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La taberna era un trasiego de gente. Comerciantes, viajeros y ancianos hablaban unos con otros, intercambiando risas, licor y rumores mientras los niños correteaban en el exterior. El olor de la comida caliente y el del sudor de los clientes, se mezclaba dándole a la taberna un toque que distaba del de los distinguidos salones de té, donde los modales y los hanfus de patrones delicados eran un signo de elegancia y serenidad.
Lan Zhan observaba todo ese movimiento sin perder detalle, mientras al otro lado de la mesa, Jiang Cheng masticaba su cena sin mediar palabra alguna. El ambiente en la mesa, tenso como la cuerda más fina de un guqin, solo llegaba a ser respirable gracias a las pequeñas risas que dejaban escapar los jóvenes que ocupaban los dos asientos restantes.
—¡Jin Ling! ¿Qué te he dicho de hablar mientras se come? —espetó de repente Jiang Cheng, girándose hacia su sobrino que, con gesto cohibido, bajó la mirada hacia su plato.
Lan Sizhui, a su lado, le imitó.
—Líder Jiang Wanyin. Ser tan duro con tu discípulo no significa que vaya a ser en el futuro más dedicado.
Jiang Cheng clavó la mirada en él.
—Es curioso que diga eso, Lan Wangji, cuando Gusu se encarga de que sus discípulos se aprendan todas esas rígidas normas.
Lan Zhan le mantuvo la mirada sin pestañear.
—Pero si la gran joya del clan Lan las ha roto en el pasado con tanta facilidad —siguió Jiang Cheng—. ¿De qué sirve escuchar sus consejos? Son solo agua turbia para mis oídos.
Con esas palabras, hizo un gesto a Jin Ling y se levantó de la mesa, mientras la cacofonía de voces y sonidos seguía de fondo.
Lan Zhan cogió un vaso entre los dedos y se lo llevó lentamente hacia los labios para calmar su garganta seca.
Jiang Cheng tenía el don de atacar rápido y con dureza, como Zidian, dejándole aterido por dentro. Jiang Cheng era un buen espadachín, pero sus palabras podían resultar más mortales que la más afilada de las espadas. Abrían una herida, en la que el joven líder hurgaba a cada oportunidad sin remordimiento.
Pocas eran las veces que sus caminos se cruzaban, pero cuando lo hacían, Lan Zhan apretaba con fuerza la funda de Bichen para poder controlar sus sentimientos. Trece años recordando la espada de Jiang Cheng hundiéndose en aquella roca y la mirada de temor en los ojos de Wei Ying, le habían clavado una espina cerca del corazón difícil de arrancar. Aquel momento había marcado un antes y después y partido su vida en dos.
La sensación más extraña era notar cierta aura de Wei Ying en Jiang Cheng cuando llegaban a las armas, como si estuviera presente en espíritu, pero era inútil pensar en ello. Jiang Cheng se había asegurado a base de golpes de Zidian de que eso no fuera posible. El odio y resentimiento que parecía existir dentro de la mente del joven líder, le había llevado a cometer castigos muy severos a aquellos que demostraban cualquier tipo de afinidad hacia la Cultivación Demoníaca.
Era bien sabido que, aquellos acusados de ello, no volvían a salir del Muelle de Loto.
Lan Zhan apartó la nube de pensamientos y desvió la mirada hacia Sizhui. El joven había seguido con los ojos la marcha de su compañero de cacería, sus cejas levemente fruncidas y una pequeña muestra de desilusión en los labios.
—Líder Jiang es un hombre respetable, pero Jin Ling le teme. ¿Por qué actúa así? —preguntó Sizhui tras un pequeño silencio—. La familia debería apoyarse, ¿no es así?
Lan Zhan dejó el vaso de nuevo en la mesa.
—A veces, las personas no saben cómo demostrar el aprecio hacia otras de la manera correcta.
Sizhui le miró a la cara.
—¿Es la manera de demostrar que le quiere?
Lan Zhan le devolvió la mirada.
—No siempre somos conscientes del daño que podemos hacer con esa actitud.
—Pero Hanguang-jun siempre me ha tratado con cariño —replicó, sus facciones suavizándose, —y me ha hecho querer ser mejor con palabras sabias y llenas de comprensión. Aunque también sabe ser severo —añadió con una sonrisa.
Lan Zhan curvó los labios levemente.
—Al igual que debemos alcanzar una cultivación exitosa, debemos cultivar lo correspondiente en las personas. El dantian no acepta ser manchado por la clase de sentimientos que Jiang Wanyin parece tener en su interior. Las reglas del clan así nos lo recuerdan.
Una sonora carcajada se dejó oír en la mesa colindante, junto al sonido de un vaso volcándose y la embriaguez dejándose ver en ojos humedecidos.
—Necesita un Hanguang-jun que estabilice su dantian —murmuró Sizhui de repente.
Lan Zhan bajó la mirada y volvió a llevarse el vaso a los labios.
𐩕 𐩕 𐩕
El paisaje nocturno era una extensión de árboles cuyas ramas entrelazadas destellaban ligeramente bajo la pálida luz de la luna. Encaramado sobre una roca, Lan Zhan observaba el suelo humedecido por la escarcha de la madrugada, una mano en la empuñadura de Bishen y la otra detrás de la espalda. Sus ojos oscuros seguían la silueta de blanco que se movía lentamente por el bosque, seguida por otra dorada, en la búsqueda de un espíritu errante que vagaba por los alrededores.
Era una cacería nocturna fácil para un discípulo y que no requería asistencia. Lan Zhan, sin embargo, había determinado oportuno acompañar a Sizhui, y poder así, alejarse de Descanso en las Nubes y de la continua mirada severa de Lan Qiren. Un lugar de paz y descanso para algunos, se había convertido con el paso de los años, en un lugar de desasosiego y tormento. Sentimientos solo soportados por la presencia de un pequeño que ahora era casi un adulto.
Una sensación conocida le hizo apretar el agarre sobre su espada de repente. La familiaridad de una sensación agradable que le traía una sonrisa a la memoria, y la de una oscuridad que le traía el olor de la muerte en un campo de batalla.
—Sólo estoy aquí por Jin Ling.
Lan Zhan se giró hacia su izquierda sin menguar el agarre en la espada.
—Es un espíritu débil.
—Y por eso acompañas a tu discípulo —replicó Jiang Cheng, de pie junto a él—. ¿No se cansa Lan Wangji de una búsqueda sin sentido?
—¿No se cansa Jiang Wanyin de castigar a aquellos que no lo merecen?
—¿Quién dice que no se lo merecen? La Cultivación Demoníaca es un veneno —respondió entre dientes—. Sólo trae muerte y dolor. Ni el Segundo Maestro de Gusu Lan puede negarlo.
Lan Zhan cerró los ojos. No había razonamiento posible con Jiang Cheng, y eso le enervaba. Estaba cansado de su forma de actuar, como si fuera el único que había perdido a casi todo su clan a manos de la secta Wen, como si fuera el único que había perdido a un ser querido en la Batalla en Ciudad Sin Noche. Como si fuera el único que tenía que intentar sobrevivir con sentimientos de culpa y dolor día a día.
Desenvainó a Bichen en un movimiento grácil y la empuñó hacia la figura de Jiang Cheng.
—Pensaba que Lan Wangji no iba a reaccionar nunca —dijo Jian Cheng acompañando la situación con el sonido de Sandu saliendo de su funda.
El primer chocar de Bichen y Sandu rompió el silencio de la noche como si de un trueno se tratara, seguido por el baile del sonido de las espadas y los movimientos en el aire de sus dueños.
Los movimientos de Jiang Cheng eran memorables pero predecibles, técnicas de la secta Yunmeng Jiang que Lan Zhan había visto muchos años atrás. Esquivó un ataque con facilidad, y saltó antes del siguiente con rapidez. Otra estocada intentó darle en una pierna, y otra casi le roza el cuello. Uno a uno, esquivó cada ataque, sin optar por un contraataque. Jiang Cheng empuñaba a Sandu como si fuera la espada la que le dominara y no al revés. Una desviación clara en el Qi.
Lan Zhan volvió a esquivar otra estocada, y voló hacia atrás poniendo distancia entre los dos.
—¡Ataca! —gritó Jiang Cheng, impulsándose en el aire hasta ponerse a su altura.
Viéndose rodeado a su espalda por una masa de árboles, Lan Zhan envainó a Bichen.
—No quiero hacerte daño.
—¡Pero yo a ti sí!
—Control, Jiang Wanyin.
—¿Control? ¡No fuiste capaz de controlar a Wei Wuxian! ¡No oses hablarme de control!
—Wei Wuxian era responsable de sus actos.
—¡Se supone que el papel del gran Hanguang-jun era pararle! Luchar contra el mal. ¡No hacerse su aliado! —gritó, empuñando a Sandu con fuerza—. ¡Mereces morir tanto como él! —añadió lanzándose hacia Lan Zhan.
Lan Zhan paró el filo de Sandu con las manos a escasos metros de su rostro, notando al acto como le cortaba la piel y la sangre caía por la muñeca.
—Jian Wanyin, ¡concentración!
—¡NO!
Sandu pedía sangre, pero no era la suya la que quería. Aguantando el dolor, Lan Zhan concentró su energía espiritual, y con un impulso, separó a Sandu de las manos de su dueño, quien, desprovisto de su arma, se abalanzó contra él.
Lan Zhan no tuvo que esforzarse mucho para evitar su ataque y rodear el torso con un brazo para inmovilizarlo, con la intención de ponerle un Talismán de Control en la espalda. Sin embargo, Jiang Cheng tiró con fuerza de la manga ensangrentada de Lan Zhan y ambos acabaron en el suelo del bosque.
Con Jiang Cheng debajo de él, Lan Zhan le sujetó los brazos contra el suelo, esperando que se relajara y que sus ojos oscuros en la noche dejaran de brillar con la locura de un poseído. Unos ojos oscuros que de repente se le asemejaron a los de Wei Ying, mirándole en una noche lluviosa, con el dolor reflejado en ellos y en cada curva de su joven rostro. Un rostro que había querido besar para apartar ese dolor y la furia que albergaba en su mirada.
Nadando en su recuerdo, se acercó a esos labios y se inclinó despacio para besarlos, notando una pequeña respuesta al instante. Casi podía oír la risa de Wei Ying en su primer encuentro, sentir el olor y el sabor del licor que tanto le gustaba tomar, y el calor de su piel bajo las capas de tela cuando se acercaba tanto a él.
Mecido por todas esas sensaciones, Lan Zhan se perdió en el beso, moviendo una mano para rozar el rostro del otro. Con la piel suave y cálida bajo la yema de los dedos, una sensación de plenitud le recorrió el cuerpo por primera vez en mucho tiempo mientras cogía aire. Nada había en ese momento que quisiera más que seguir prolongando el contacto de sus labios.
—Lan Wangji…
Algo se removió en su mente ante el sonido de su nombre. Como si una cuerda de un guqin se rompiera en mitad de una hermosa melodía, Lan Zhan vio desvanecerse el hermoso rostro de Wei Ying.
Con la sensación de estar despertando de un trance, Lan Zhan abrió los ojos y se encontró con el rostro de Jiang Cheng a escasos centímetros del suyo, que le miraba con los labios entreabiertos y humedecidos.
Lan Zhan, aturdido y avergonzado, se incorporó y le dio la espalda, permaneciendo sentado. Vio a Bichen en el suelo a su lado, y la envainó mientras intentaba controlar sus pensamientos y el tambor en el que se había convertido su pulso.
Percibió el sonido que hizo Jiang Cheng al incorporarse, el crujir de las hojas bajo sus zapatos, el suspiro y la falta de fuerzas de un cuerpo y una mente que no quería luchar más por esa noche.
—Ni una palabra a nadie de esto —dijo secamente Jiang Cheng, envainando a Sandu.
Unas voces se oyeron a los pocos segundos, gritando sus nombres.
—¡Tío Jiang! -gritó la voz de Jing Lin.
El joven rostro de Sizhui apareció en seguida delante de él.
—Hanguang-jun, ¿está herido? —preguntó, acunando con sus manos las heridas de Lan Zhan—. ¿Qué ha pasado? ¿Está bien?
Lan Zhan miró a los ojos a su discípulo.
No. No estaba bien.
