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dentro del calendario, cada día se va

Summary:

Conversaciones de fin de año entre dos maridos inefables. Humor, amor, calor. Referencias argentinas que probablemente no tienen sentido en otro país.

Notes:

Faculock y Lara son lo mejor que me pasaron en la vida, claramente. Era sumamente necesario que explorara la relación de Ezra y Antonio. Esto es algo totalmente delirante, no traten de buscar lógica.

Contexto para quienes no leyeron Faculock: Ezra y Antonio son profesores de la facultad (Letras e Historia). Ezra es de Rosario y Antonio de Córdoba. Rodrigo escribió Ocho Cuarenta para ellos. Will y Hannibal se escaparon a Brasil. Es diciembre en Argentina. Quiero sanguchitos de miga. Enjoy!

Work Text:

— La puta madre que me parió.

 

— La boquita…

 

Antonio se dio vuelta en la cama, el pelo pegándosele en la frente por la transpiración. Ezra no levantó la vista del sudoku que estaba llenando.

 

— Me estoy cagando de calor. 

 

— Eso se soluciona llamando al de los aires…

 

— Ni en pedo, ¿escuchaste lo que quería cobrar ese garca? Un aguinaldo. 

 

— Abrí la ventana entonces, a ver si entra aire.

 

— Aire y todos los mosquitos habidos y por haber en CABA y el Gran Buenos Aires. Capaz hasta aparecen algunos de Chaco.

 

— Bueno amor, no sé qué querés que te diga. 

 

Ezra sabía qué quería que le dijera, pero estaba esperando a que fuera Navidad. Había conseguido una oferta de pre-viaje para una semanita en el sur, un plan infalible para que su marido no se muriera de calor todo el verano en esa ciudad del mal. 

 

Antonio movió las piernas para sacarse la sábana de encima, mirando al ventilador de techo con toda la intención de prenderlo fuego si no dejaba de tirar calor. Afuera, se escucharon estruendos.

 

— ¿Son tiros o cuetes?

 

Los dos se callaron, pero el ruido paró. Ezra se encogió de hombros.

 

— Andá a saber, viste como está últimamente el barrio…

 

— Uh, ya parecés tu vieja con esos comentarios.

 

— Dejá, mejor no digo nada.

 

— No te calentés, que no tiene nada de malo parecerse a tu vieja – nomás ojalá nos pareciéramos en el tema de la guita…

 

Antonio apoyó la cabeza en el hombro de Ezra, al parecer ya habiendo olvidado que dos minutos antes se estaba quejando del calor. Después de un ratito de silencio, Ezra dejó el diario en la mesita de luz. 

 

Ezra dejó una mano en su panza, la otra corriendo el pelo de Antonio para atrás. El ventilador giraba y giraba pero el calor no cedía. Ezra se planteó seriamente levantarse de la cama solo para ir a la cocina y enfriarse las manos en la heladera. De paso podía comerse un pedacito del Mantecol que Antonio le había regalado. 

 

Pero, al final, su cama estaba demasiado cómoda, y era uno de los pocos momentos que podía compartir con Antonio sin interrupciones. 

 

— Al final viene mi hermano para Navidad —dijo Ezra, porque probablemente no iba a encontrar otro momento para decirlo.  

 

Antonio levantó la cabeza—. Por favor decime que es joda.

 

— Te dije que Gabriel iba a aprovechar el fin de semana largo, pasa unos días acá y después se va para Miami. 

 

Su hermano todavía no se recuperaba de haber perdido en las PASO, y ya hablaba de mudarse definitivamente a Estados Unidos. Ezra solo rezaba para que se decidiera rápido. Rosario siempre estuvo cerca , pero con él en Miami las veces que se veían en el año se iban a reducir considerablemente. 

 

— Decile que no pisa mi casa sin el pase sanitario. 

 

— Se vacunó para viajar. 

 

— Decile que no pisa mi casa por pelotudo entonces. Y vendepatria.

 

— Decile lo mismo a tu ex. 

 

Adam era una de las personas que Ezra más quería, pero eso no significaba que no iba a renegar cada vez que se tuviera que cruzar con su papá. La historia entre Antonio y Luca era compleja y merecedora de una novela, pero resumiendo: Antonio y Luca fueron novios, cortaron, Luca tuvo un hijo y Antonio en un confuso episodio terminó siendo su padrino. Y el padrino de la pareja de estadounidenses que estaba bautizando a su hijo en la misma iglesia y no tenía a quien poner de padrino. 

 

Antonio nunca volvió a pisar una iglesia desde ese día (o eso quiere hacerle creer a la gente, pero fue a la comunión de Adam y Warlock, y acompañó a Ezra más de una vez a misa) y de vez en cuando tenía que ver a Luca de nuevo, por más que nadie más que su compañere de trabajo, Beez, lo aguantaba.

 

— Yo tampoco tengo ganas de verlo, pero lo quiere visitar a Adam. Ya le avisé que se consiga un hotel porque el departamento de ese pendejo es inhabitable.

 

— No seas malo, que el tuyo no era el Costa Galana. 

 

Antonio no pudo evitar sonreír—. Te encantaba ese depto, ¿te acordás las birras que nos tomábamos en el balconcito? 

 

Ezra no pudo esconder su sonrisa—. Me acuerdo cuando apareció la policía porque la vecina pensaba que el humo de marihuana salía de tu balconcito.

 

— Al final nunca nos convidó, pero qué tipazo el Miguel Brillo, ¿en qué andará? No lo vemos desde el casamiento. 

 

Pocas veces en su vida habían visto a una persona tan contenta por la felicidad ajena como Miguel Brillo en su casamiento. Miguel era vecino de Antonio y compañero de la facultad de Ezra, y fue gracias a que se confundió de número de departamento cuando le pidió unos apuntes a Ezra que Antonio terminó conociendo a su futuro marido. Una de esas cosas inefables, como tanto le gustaba decir a Ezra. 

 

Su mejor amigo —que ninguno de los dos se acordaba haber invitado, pero parecía aparecer adonde sea que Miguel estuviera— lo tuvo que llevar casi a rastras por la cantidad incalculable de alcohol que tenía en sangre. Una vez que se casaron, pareció desaparecer de un día para el otro, como si su misión en la vida hubiese sido cumplida. 

 

— Su última foto en Facebook es en la Marcha del Orgullo de Córdoba, así que se ve que volvió a su casa. 

 

— La próxima vez que vayamos a visitar a mis viejos lo pasamos a saludar, nunca tomé fernet tan rico como el suyo —Antonio sonrió—. Ya nadie usa Facebook, ángel. 

 

— ¿Ah no?

 

— No, ahora estamos en Instagram.

 

— ¿”Estamos”?

 

— Los jóvenes.

 

— Mi amor, tenés como veinte años de aportes. Tus ahijados ni habían nacido cuando empezaste a torturar alumnos.

 

— Uh, habló el profe más tranquilo de la facultad de Filosofía y Letras…

 

— Los chicos me aman, Antonio, no sé qué decís. 

 

— Te aman porque no te conocen, si supieran las caras que ponés cuando lees sus parciales…

 

— Hablando de alumnos, ¿le dijiste a Warlock que venga también? 

 

— Seh, pero seguro se va a alguna fiesta después de doce con Adam. Nos vamos a tener que fumar a Gabriel y Luca solitos. 

 

— Encargate de comprar la mesa dulce entonces, amor. Mañana te hago la lista bien, pero fijate que hay descuentos los martes.

 

— Tendríamos que haber comprado en Noviembre, ahora seguro está carísima la garrapiñada. Ni te cuento el pan dulce.

 

— Acordate del peceto para el vitel toné. Y fijate de comprar Coca y no Manaos… 

 

— Pero… 

 

— No no, o compras coca o te lo aguantas vos solito  a Gabriel entonces. Y a tu ex. 

 

Por más odio que Antonio le tuviera a las multinacionales, la idea de tener que aguantar a esos dos seres peleando y, aparte, juzgando su elección de bebida era peor que cualquier contribución al imperialismo yanqui. 

 

— Yo voy a hacer una chocotorta de esa que le gusta tanto a Adam, y un budín con chispas para más tarde. ¿Por qué no te comprás una pulpa de frutilla y hacemos daikiri? No vamos a gastar el champagne en ellos. 

 

— Me estás dando muchas instrucciones para la una de la mañana, ángel, mañana de pedo me acuerdo cómo me llamo. 

 

— ¿Hace falta ese vocabulario? —Antonio le dio un beso en el cachete.

 

— Perdoname, ángel, me olvidaba que vos solo puteas viendo esos programas de deportes.

 

 — ¿Cómo van a decir que Messi es un pechofrío? —la voz de Ezra era una mezcla de odio y tristeza—. ¡Con lo que siente la camiseta! No tienen corazón, amor, son unos hijos de…

 

— ¿De? 

 

— … de su madre. 

 

Antonio asintió con la cabeza, pasando un brazo por encima de la panza de Ezra a modo de abrazo. Él sabía exactamente qué necesitaba su marido—. Quedan sanguchitos de miga en la heladera, ya mismo los traigo a la cama y los comemos con una coca fría. 

 

Ezra se relamió los labios, pero negó con la cabeza—. Pensé que tenías sueño. 

 

— Los dos sabemos que te casaste conmigo porque sabés que para mí el sueño nunca va a ser más importante que los sanguchitos de miga. 

 

— Hablando de sanguchitos, ¿te dijeron adónde va a ser la fiesta de fin de año al final?

 

— Me comentaron que va a ser en lo de Martín, el jefe de cátedra de Neurobiología.

 

— Es preciosa su casa, me la mostró hace poco. En Nordelta, obviamente. La mujer es dueña de medio Buenos Aires.

 

— Qué chusma, ángel —Ezra puso los ojos en blanco, pero Antonio amaba que su marido se dedicara a saber la vida de todos y cada uno de sus conocidos, por más que se hiciera el difícil para decir sus opiniones—. Pero tenés razón, la sigo a la mujer en Instagram… ¿No te parece que es demasiado perfecta su vida? Algo raro hay…

 

— Ay, Antonio, no seas así, Martín es un santo.

 

— Lo mismo decías de Hannibal…

 

— Si seguís hablando de eso te voy a hacer dormir en el sillón con Hamlet. 

 

El sillón había sido la primera compra para el departamento de Ezra, en un local de antigüedades de San Telmo, y los había acompañado hasta su casa. Los almohadones habían tenido que ser tapizados de nuevo y ya estaba cubierto en pelo de gato (y de Antonio), pero no tenían planes de cambiarlo. Ni plata. Mandar a Antonio a dormir al sillón era un riesgo para ambos, ni todo el Bengué del mundo iba a salvarlo del dolor de espalda con el que podía llegar a despertarse. 

 

Ezra se mordió el labio de todas formas—. Me preocupan esos chicos, andá a saber adónde están… 

 

— Juntos, seguro. Armando quilombo, Will buscando alguna agrupación a la que unirse.

 

— Solo espero que Will esté bien, sabés cómo es él… ¿Te acordás de la jornada de Lovecraft? 

 

— Cómo olvidarla, todavía le debo favores al rector.

 

— Es que no puedo dejar de pensar en lo que dijo el señorito Holmes… ¿Y si Hannibal le hace algo a Will?

 

— ¿Vos viste cómo se miraban? —Ezra asintió con la cabeza—. Hannibal podrá ser muchas cosas, pero esa mirada no miente, ángel. 

 

La cara de Ezra seguía mostrando su preocupación, pero se relajó visiblemente ante las palabras de su marido—. Ay, Antonio, me encantaría ser optimista como vos. 

 

— No soy optimista, soy cínico.

 

— Si, claro.

 

— No me digas sí como a los locos. Soy cínico, con el corazón negro.

 

— Y la camisa negra.

 

— Ah, ¿te hacés el gracioso? —Ezra no pudo esconder la sonrisa—. Andá vos a comprar las cosas mañana entonces.

 

Los dos sabían que Antonio iba a comprar todo para la mesa navideña, no hacía falta que Ezra dijera que tenía cosas para hacer. 

 

— Como digas, amor —Ezra apagó la lámpara—. Te aviso que un día de estos vamos a ir hasta la virgencita de Luján para pedir que proteja a Will. 

 

— Ni en pedo, con el calor que hace vamos a terminar peor que la Difunta Correa. 

 

Ezra se acomodó en la cama, Antonio automáticamente poniéndose de espalda para que pudieran hacer cucharita. Ni el calor le sacaban las ganas de ser agarrado por Ezra. 

 

— Ah, pero si te dijera de ir a ver un partido de Boca no tendrías problema con el calor…

 

— No metamos a Boquita en esto. 

 

Incluso sin mirarle la cara, Ezra podía ver claramente que Antonio tenía la boca abierta y lista para seguir hablando de la bizarra situación en la que se vieron metidos. Le dio un beso en el hombro para callarlo — un método infalible. 

 

En la oscuridad de la habitación, con solo la lucecita del tele para iluminarlos, todos sus problemas parecen desaparecer por un ratito. Y, en el silencio, se escucharon las primeras gotas de lluvia golpear la ventana. 

 

— Un milagro —dijo Antonio, su voz sonando más dormida que despierta—. Así da gusto dormir. 

 

— Ojalá no se corte la luz.

 

— Me parece que ya estás pidiendo mucho…

 

Y quizás la virgencita de Luján los estaba escuchando porque esa noche, por primera vez, la luz no se cortó en medio de la lluvia.

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