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Una delgada capa tan oscura como el caucho cubrió su visión, como si le hubieran puesto un saco hecho de oscuridad en su cabeza – incapaz de ver, imposible respirar, no poder sentir nada a su alrededor.
Un sueño sin sueños, una siesta sin pesadillas? No, solo su mente vacía y desactivada, apagada luego de una larga jornada de trabajo, disponiéndose para otro nuevo día de empleo – otro día sin valor – y engullir litros de basura fermentada.
“Si mis cálculos son correctos--” dijo una voz, se cortó repentinamente, inentendible por un fuerte ruido blanco, distorsionando las palabras, haciéndolas inentendibles, “--deberíamos poder invocarlo pero--” de nuevo se cortó, como la estática de una radio, y casi como si aquella voz lejana tuviera una mordaza, “--deberíamos poder invocarlo--”
“¿Estás seguro de que va a funcionar?---” replicó una voz completamente distinta, también estrangulada y ahogada por la estática de una radio vieja, sonando fuerte, comiéndose todas las palabras y reemplazarlas por un ruido blanco ruido, “--tendría que funcionar--”
Incluso si el caucho azabache había reclamado su visión para sí mismo, podía ver una luz roja, como si tuviera los ojos cerrados y mirara directamente a la lámpara fosforescente de su habitación, con el fulgor grabándose en sus visión. La luz era lejana, tan lejana que apenas podía tocarla con la punta de sus dedos.
“--ayuda, por favor!” -- exclamó la primera voz, mientras la luz roja se hacía cada vez más intensa, aplacando la pegajosa oscuridad que se pegaba a su piel y mataba a sus sentidos -- “¡te invocamos, humano!”
¿Humano? Sí, eso es lo que es él. ¿Por qué querrían ayuda de un fracaso total? ¿O acaso estos ruegos y suplicos de auxilio no son más que una elaborada burla? O tal vez solo sea un sueño… sí, un sueño completamente lúcido, donde la barrera de su mente se había desfigurado hasta quedar como un cadáver completamente irreconocible.
Levantó su brazo derecho, moviéndolo hacia la oscuridad pegada fríamente a su piel, como alquitrán. Intentó tomar la luz roja que seguía siendo tan distante, y tan brillante.
Tocó la luz con la yema de sus dedos - era una luz tan cálida, como un diminuto orbe del tamaño de su palma. Era caliente, teniendo un ardor reconfortante y familiar, como el de una estufa en invierno. Añorando más esa sensación, intentó reclamar la luz para él.
Fue un agarre torpe, porque al estar tan lejos el orbe de luz giró como un huevo que rodaba en el espacio, alejándose más y más. El orbe se le escapa de los dedos, huyendo hacía la dulce libertad, pero su intento de escape fue fútil, pues fue capaz de reclamar el orbe para sí mismo, finalmente agarrándolo con su mano.
Atrajó el orbe lentamente hacía su pecho, regocijándose con la sensación de la luminiscencia por cada segundo que la tenía atrapada en sus manos…
Acarició la esfera con su dedo, sintió las múltiples grietas en su superficie lisa y caliente, estaba hecha de un material indescriptible, pero que respiraba con vida. Y entonces…
La oscuridad se cayó como si fuera un telón mal puesto, revelando el escenario real donde se encontraba: el espacio. Cientos de estrellas llenaron su visión, bolas de fuego quemándose por la eternidad a miles de millones de distancia, ni siquiera en la inmensidad del cosmo podía dejar de sentir como si flotara en la nada.
Miró de un lado al otro, intentando discernir adónde estaba, pero para no esforzarse demasiado, no quería pensar tanto como para que sus sesos se desparramaran por el universo, pero inmediatamente sintió como su cabeza fuera apuñalada por cientos de pequeñas agujas.
El orbe fue volando, huyendo de sus manos y alejándose a alta velocidad hasta estar a mucha distancia de él. Intentó arrastrarse hacía la esfera, pero esta empezó a temblar, mientras la luz brillaba más y más, hasta casi desaparecer.
“¡No!” – Gritó el chico, sabiendo que no podía hacer nada. –
Sin que pudiera evitarlo, el orbe con luz explotó en mil pedazos, casi como una estrella, y como si aquello fuera humo, salió un ser amorfo y gaseoso. Era de un color amarillo muy claro, sin forma, casi como deforme y un poco transparente, como si fuera un gas intentando tomar una forma sólida. Lo único que podía percibir es que esta criatura frente a él era un ser incomprensible para sus posibilidades cognitivas.
Aquella entidad solo tenía una cosa distinguible: sus dos anillos rojos. Aquellos aros que brillaban de un color rojizo –como el orbe destruido– eran sus ojos, y estaban donde se podría ubicar su ‘cabeza’.
“ H U M A N O . ”
Una voz penetró dentro de su mente. Venía de todas las direcciones y de ninguna a la vez, como si aquellas palabras que taladraban su cráneo se comprimian y descomprimian cada milisegundo. Era una voz sin género, sin tono, pero absolutamente aterradora y poderosa.
“¿ Q U I É N E R E S T Ú ?”
Preguntó la entidad, pero seguramente ya sabía la respuesta.
Pero él mismo no lo sabe. Todos los recuerdos que alguna vez pudieran haber sido de un hombre ya no existen, todas esas memorias fueron borradas. Tal vez era por las ominosas palabras dichas en frente de él, o por las oleadas de basura en su sistema digestivo.
“ H A S S I D O I N V O C A D O . C U M P L I D V U E S T R O P A P E L C O M O S A L V A D O R Y P O D R É I S V O L V E R A V U E S T R O M U N D O . ”
Eso era una orden, un mandamiento y una instrucción. El ser omnipotente que se mostraba frente a él y la voz tan poderosa era totalmente aterradora. Ya nada podía hacer él para protestar, pues su destino ya estaba marcado.
Sintió el sudor cruzar por su rostro, y solo asintió mientras su cuerpo era dominado por los escalofríos en sus huesos.
Se quedó en silencio, su garganta estaba cerrada, su boca cosida con hilos hechos de carne, y sus orejas selladas con estática.
“ C U M P L I D V U E S T R O P A P E L , A B R A . ”
Apenas tuvo unos segundos para pensar acerca de que era un “abra” o de que quería decir la entidad con “abra”, y pronto, sus pensamientos fueron cortados.
Sintió una aguda aflicción en su columna vertebral y que subió por su espina dorsal hasta su cerebro, como miles de cuchillos incrustándose en cada uno de sus nervios de forma perfecta. Le dolía el cerebro, como si tuviera la peor resaca que haya tenido jamás, pero no solo en su mente, sino también, en todo su cuerpo.
Cada músculo de su cuerpo temblaba con violencia y él cayó al suelo de rodillas. Intentó chillar del dolor, pero no tenía ni lengua ni boca.
El ser gaseoso se desvaneció, como si se lo hubiera llevado el viento o hubiera muerto, como si nada, jamás había importado.
Frente a él, todo se fue haciendo oscuro.
Y finalmente despertó.
