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Fue una noche de tormenta cuando la madre de Hakkai falleció. Había estado enferma durante un largo periodo de tiempo, por lo que no fue repentino para él ni para su hermana (ni para su hermanastro) pero aún así recordó llorar en los brazos de Yuzuha. Su padrastro miraba el cuerpo inerte que estaba tumbado en la cama, tapado por una sábana blanca; de sus ojos no caían lágrimas, ni tampoco parecía realmente triste por la noticia. Taiju se quedó en silencio al lado de su padre.
El funeral no fue hasta un par de días después; habían venido amigos, familiares y hasta gente del pueblo de al lado que, aunque en realidad no conocían mucho, vinieron a enseñar sus respetos. Él volvió a llorar cuando su padre dio unas palabras, y Yuzuha le sonrió lo más cálidamente posible con sus ojos nublados como el cielo en un día de lluvia, mientras le abrazaba por detrás como si fuera una armadura contra toda la tristeza que llevaban teniendo estos días. La calidez rodeó a Hakkai, que se hundió aún más en su hermana, mientras se limpiaba el rastro de lo que parecían ríos en sus mejillas, porque a su madre no le gustaba cuando lloraba. Ella siempre le decía que su rostro era precioso cuando sonreía, que le traía la alegría a sus días; que era como tener el sol a su lado. Cuando todo terminó y se despidieron de la gente, mientras volvía a su casa, agarrado a la mano de Yuzuha, Hakkai vislumbró un arcoíris cerca de la montaña preferida de su madre, pero antes de poder decir algo a su familia, su padrastro se giró para mirarlos.
—Nos mudamos de casa en unos días, preparad la maleta —anunció, abriendo la puerta de la casa para alejarse a su despacho.
Hakkai parpadeó un par de veces, confundido por la repentina mudanza. No quería irse, aquí tenía su amigo de ojos lavanda que venía dos veces a la semana al pueblo para jugar con él, al panadero que siempre le regala una galleta cuando va a comprar el pan y a la chica de la frutería que le da cerezas. Gira su cabeza levemente hacia Yuzuha, que parece que está a punto de llorar, y le agarra la mano más fuerte. Taiju los mira con aversión.
—Dejad de ser unos lloricas —se queja desde donde está, sentado en el sofá como si no había estado hace diez minutos en el funeral de la que le cuidó por dos años.
La castaña parece estar lista para responder a lo que había dicho, pero un golpe le hace parar. Un libro había golpeado la pared detrás de ambos hermanos, cerca de la cabeza de Yuzuha, y el mayor de los tres parece irritado. Hakkai siente que le tiemblan las manos, y esconde la que tiene libre detrás de la espalda.
—¿Ibas a decir algo?
Su hermana niega con la cabeza.
—No.
Taiju tararea contento, y el de cabello azul se da cuenta de que su vida iba a cambiar desde este momento. La castaña, aun agarrando la mano del más pequeño, dirige a las escaleras rápidamente, pero antes de subirlas, su padrastro sale de la habitación.
—Si os tenéis que despedir de alguien, podéis hacerlo ahora —dice, porque a lo mejor sintió algo de pena por ellos—. Y también de paso traed algo de pan del pueblo, lo necesitamos para la noche.
Yuzuha asiente a su lado, viendo como la silueta del hombre desaparece de nuevo en el interior de la habitación. Un resoplido resuena por el salón y Hakkai gira la cabeza para encontrarse a Taiju dormido en el sofá, roncando mientras abrazaba el cojín que tenía en brazos. Entonces, su hermana empieza a tirar de él hacia el pueblo. No es una caminata larga y en menos de diez minutos están en la entrada; Yuzuha se gira a él con una sonrisa, pero él sabe que ella quiere ir a despedirse de sus amigas. Abre la boca para decir algo, pero ella se le adelanta.
—Voy a decirle adiós a Emma y a Hina, tú también despídete de tu amigo, y espérame en la fuente del pueblo.
Y con eso, Hakkai se queda allí, viendo el cabello castaño de su hermana alejarse por la izquierda. Suspira cansado, porque en los catorce años que lleva allí, solo conoce a una persona con la que se lleve bien, y solamente venía dos veces a la semana al pueblo. Empieza a caminar al centro para esperar en la fuente cuando una voz le hace parar en seco.
Girándose, se encuentra con unos ojos lavanda que le miran centelleantes, el cabello lila desordenado por correr. Por ese instante, toda la tristeza que llevaba sintiendo por días se desvanece al verle.
—Taka —saluda alegremente mientras el contrario se acerca a él.
El mayor le sonríe, poniéndose de puntillas para alborotar su cabello en forma de saludo.
—Hola, Hakkai. Siento no haber podido ir al funeral de tu madre —anuncia, con un toque de arrepentimiento en su voz.
—Está bien, no pasa nada —dice, aunque su voz tiembla un poco y su vista se nubla por las lágrimas. Se apresura a volver a hablar, porque en realidad no tienen mucho tiempo—. Había venido a decir adiós.
La sonrisa que traía Taka desaparece.
—¿Qué?
Hakkai cambia su peso de un pie a otro, inseguro.
—Nuestro padrastro quiere que nos vayamos a otra casa que está en otro pueblo. Me alegra que hayas venido hoy, pensé que no iba a poder despedirme de ti.
El de ojos lavanda le observa por unos minutos en silencio. El más alto escucha la voz de su hermana desde la lejanía, y también la de Hina, por lo que sabe que es el momento de ir a la fuente del pueblo. Antes de que Hakkai diga algo sobre tener que irse, Taka le agarra de la camiseta para inclinarle y tenerle a su misma altura; es entonces cuando unos labios suaves rozan su mejilla en un beso.
Hakkai siente sus mejillas enrojecer y balbucea, alejándose del otro chico, que le mira con una sonrisa suave y cálida dibujada en sus labios.
—Nos volveremos a ver, no te preocupes.
Esa fue la última vez que vio la sonrisa de Taka por lo que fueron seis largos años.
