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Language:
Español
Stats:
Published:
2023-01-01
Completed:
2023-02-22
Words:
75,796
Chapters:
28/28
Comments:
387
Kudos:
477
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40
Hits:
12,212

Ven y sígueme

Summary:

Pablo es un joven de 22 años que decide embarcarse en estudiar para sacerdote. Lionel tiene 44 años, es un cura y docente de la institución. Dios los cruza en sus caminos y orquesta un vínculo del que no se van a poder librar fácilmente.

Notes:

me tomé varias libertades sobre la realidad, por ejemplo, en este universo pablo no debutó en el fútbol aún. también respecto a la vida dentro de la comunidad del seminario, sólo para darle sentido a la trama.

otra cosa: puede que tome cosas de la serie Fleabag, sólo para entendidas (?)

Chapter 1: Capítulo 1.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Pablo se despierta súbitamente. Mira el reloj: 3:16 A.M.

 

— La puta madre. — Lágrimas en sus ojos. Toma su celular, comienza a navegar por diversas redes sociales. Había tenido una pesadilla, su amigo, Román, sangrando, mutilado, entraba a su habitación y le pedía que por favor-

 

 ("Por favor, Payito")

 

-ese día lo acompañara al club, él quería una excusa para no tomar el tren hasta la casa de su padre. Pablo le dijo que no podía. No recuerda por qué. Lo borró. Román había intentado treparse al tren, como hacían muchos jóvenes cuando estaba lleno, usualmente le salía bien, aunque varias veces fue advertido. Esta vez, cayó en las vías.

 

Pablo se había acostumbrado a los sueños culpables, al sudor frío, a la frustración, al dolor, al peso de saber que jamás le dijo a nadie que él podía haber cambiado el curso de las cosas sólo pronunciando una palabra.

 

(Sí, Román, vamos)

 

Ya no le causaba tristeza, las lágrimas se habían agotado y no quedaba más, no había nada más, entendió que había llegado al pináculo de su llanto, que no había un mayor gesto que el silencio para representar su agonía. Los días caían pesado, los entrenamientos aún más. Había pasado un año desde aquel día y aunque todos, presuntamente, habían podido redirigir el curso de sus vidas, Pablo parecía atado con cadenas al exacto momento de "Por favor, Payito". Él jugó siempre para divertirse, no pensó más allá, y ahora menos. Su futuro era prometedor, el DT lo decía, el cuerpo técnico en general, sus compañeros, su familia que lo apoyaba y veían sus partidos. No obstante, desde ese momento, todo estaba teñido de gris, el futuro era lúgubre y siempre iba a estar ausente de Román. No iba a volver.

 

Cuando se despertaba en la madrugada, como esta noche, como muchas anteriores, y el celular no lo entretenía lo suficiente, solía prender la televisión. Por algún motivo – divino –, siempre quedaba enganchado un canal que pasaban una misa, que no tenía idea de dónde era, o pasaban fragmentos de la Biblia leídos, o experiencias de gente que había "visto a Dios". Todos parecían llenos, felices, habiendo encontrado el sentido de la existencia o simplemente, aferrados a la idea de que existe algo superior que nos comanda, que no somos responsables en la totalidad de los sucesos que vivimos. Entendieron algo que él no.  

 

Miró fijamente a la televisión. Seguía acostado, con la mirada inerte, vacía. Se escuchó:

 

"[...] Y limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos, y la muerte no será más, y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor: porque las primeras cosas son pasadas". [1]

 

El cura profesaba. Con esas palabras, algo en Pablo se despertó. Quizás, entregarse a Dios le permitiría vivir en paz, tal vez creer devotamente en algo más grande podría sanarlo. Necesitaba un descanso de su vida, que por más que intentara con todas sus fuerzas creer, tener que vivir cada día, era una piedra más que levantar a su espalda. Él no podía. No estaba dispuesto a la psicología tampoco. Anhelaba desesperadamente un escape. Sumergido en su conclusión, cerró los ojos, el televisor emanaba:

 

"El temor del Señor conduce a la vida, para dormir satisfecho sin ser tocado por el mal". [2]

 


 

Sonó el despertador. No recordó su monólogo mental sobre la idea de dejar todo atrás, entró en modo automático. Se levantó de la cama, en sus bóxers y remera apaleada por el tiempo, miró a la pared un momento. Fotos, muchas fotos, pequeños trofeos de valor emocional, posters, uno de ellos, de Diego Armando Maradona. Pensó: "Alguien que luchó cada día de su vida, incluso en la cima". Él no tenía madera de luchador, sí siempre fue alguien vivaz, con energía, revoltoso inclusive, pero no se atribuyó nunca el perfil luchador, vencedor, se consideraba alguien de perfil bajo y prefería que fuera así en el resto de los días que vinieran en su vida.

 

Sin más preámbulo, decidió enfrentar el día como estaba programado a hacerlo, sonriendo un poco por allá, conversando por acá, evitando, sosteniendo, y, por último, el momento del pensamiento: la cama. Él no se atrevía aún a expresar a su familia lo que pasaba por su cabeza, y esperaba que ellos no lo notaran, ya que mantenía su misma esencia y no se comportaba de forma sospechosa, que pudieran alertarlos e invitarlos a indagar. Aunque, debía decirles, volvió a pensar, con los ojos perdidos en el techo, que iba a tomar una decisión radical, que iba a irse hacia Buenos Aires, que tenía que retirarse – espiritualmente, aunque no usara esa palabra – de allí, pausar el tiempo un momento, o más bien, sentir que el tiempo se había pausado. No esperaba comprensión, ni autorización, tenía 22 años y podía movilizarse si quisiera, pero no podía desaparecer y dañar el corazón de sus seres queridos.

 

Se sorprendió a sí mismo entendiendo que la decisión ya estaba tomada, no estaba dubitativo, sonaba convencido, ya evaluando cómo lo iba a comunicar: eso era una decisión. Prendió la televisión, aún no estaban las misas, ni los cantos, ni los encontrados con Dios, y a los pocos minutos, estaba en los brazos de Morfeo.

 


 

El traslado al Seminario en Buenos Aires se dio sin mayores complicaciones, la decisión fue recibida por su familia de la forma esperada: impactados, sorprendidos, lo cuestionaron – en toda su preocupación – y él respondía, sincero, porque sabía que la sinceridad dolería, pero en el tiempo los lastimaría menos. Prometió estar comunicado, y empezó el proceso de mudanza.[3] Entre las preguntas que le hicieron, apareció la más obvia: ¿Y el celibato?

Pablo no había reflexionado en eso, tampoco estaba emocionalmente predispuesto a siquiera considerar compartir su vida con alguien más en ese momento. Yendo más allá, ni siquiera estaba seguro de su sexualidad, cosa que, solamente comentó a Román, el único al que le confiaba la vida, y viceversa. Varias veces le mencionaron la típica frase “Tan lindo y soltero”, pero no tenía efecto sobre él, se limitaba a asentir educadamente. A su familia respondió: “Lo veré en el momento.”

En su primer día y llegada en la comunidad, se le presentó un sacerdote para recibirlo, para él eran todos lo mismo, aunque se le explicaron todos los cargos y jerarquías. Se le informó que tendría compañeros de cuarto, que existía un Curso Introductorio, donde, textualmente, se definía como: “Un período especial destinado a considerar la grandeza y naturaleza de la vocación sacerdotal y las obligaciones a ella inherentes, para que los candidatos se entreguen a una madurada deliberación, por medio de una reflexión más cuidadosa y una más intensa oración”. En síntesis, le enseñarían a ser pastor. Modelarían sus cualidades para que se adapten al servicio que debe ofrecer a la comunidad y su espíritu – y corazón – para que esté completamente abierto a Dios.

─ No te preocupes, en este año lectivo en el curso, no hay presiones. ─ Le dijo el sacerdote cuyo nombre ya había olvidado, las cosas que le había comentado aturdieron su mente. ─ Muchos discípulos repiten el curso. Te podés tomar el tiempo necesario para llegar a tu unión con el Señor. ─ Era más alto que Pablo, así que miró hacia abajo amablemente, y en secreto le dijo ─ Yo lo hice dos veces. ─ Sonrió, y Pablo también.

─ Discúlpeme Padre, ¿me repite su nombre? ─ Preguntó temeroso. Se encontraba algo aturdido por la calma que ese hombre llevaba, por su sonrisa de experiencia, empero jovial.

─ Mi nombre es Lionel. ─ Hizo una pausa. ─ Lionel Scaloni. ─ Volvió a sonreír y Pablo por alguna razón, sabía que no lo olvidaría de nuevo.

─ Te comento, estaré a cargo de la “cátedra” ─ Hizo énfasis en esas comillas verbales. ─ donde se enseña la dimensión intelectual, tengo entendido que sabés de qué se trata, ¿no? ─ Lo miró preparado para explicar, como si hubiera leído la mente de Pablo.

─ Algo leí en la página… es sobre teología, me parece. ─ Se lo notaba nervioso, cabizbajo, no se atrevió a responder mirándolo.

─ Bien, estás encaminado. ─ Posó su mano respetuosamente sobre su espalda, para hacerlo sentir en confianza y bienvenido, Aimar no sintió en ningún momento que estaba siendo desubicado. ─ Si bien las más importantes son las dimensiones humana, comunitaria y espiritual, esta dimensión es también importante. Te va a permitir “dialogar con el mundo”, por decirlo de alguna manera. ─ Gesticulaba con sus manos mientras explicaba. Pablo ya había notado unas pequeñas expresiones, que parecían tics nerviosos, y le resultaban simpáticas.

─ Padre, ¿hace cuántos años está usted acá? ─ Tomó el atrevimiento de preguntar. No sabía de dónde había salido esa curiosidad sobre la vida personal del Padre Lionel.

─ Bueno, no es algo que me pregunten los jóvenes ingresantes. ─ Miró hacia Pablo y sonrió, pero estaba visiblemente sorprendido. ─ Igualmente, te respondo. ─ Miró hacia adelante. ─ Hace ya bastantes años tomé la decisión de emprender este camino, y en algún punto entendí que parte de mi vocación era enseñar, así que terminé en este lugar. Estuve gran parte de esos años estudiando y finalmente me otorgaron el cargo. ─ Se volvió a dirigir hacia él. ─ Para ahorrarte la saliva, te respondo otra cosa. ─ Esa frase salió con un tono más firme, no defensivo, pero se percibía la dureza, y, sin embargo, continuaba siendo amable. ─ Tengo 44 años. ─ Dato que Pablo no tenía la valentía de preguntar, prefería quedarse en la incertidumbre y en el juego de adivinar. Pensó que lucía mucho más joven, y apuesto, comentario que guardó para sí mismo. Continuaron caminando por los pasillos.

─ Usted es joven. ─ Se limitó a decir Aimar luego de una pausa reducida, lo miró sólo unos segundos.

─ Para vos debería ser un viejo. ─ Pablo trataba de llamarlo de usted, y él tuteaba, no sabía si eso era aceptado o él estaba siendo excesivamente formal. ─ Tengo exactamente el doble de tu edad. ─ Volvió a sonreír un poco, y en esa sonrisa se podía intuir una melancolía que no estaba antes en todo su monólogo.

─ ¿Cómo…?

─ Leí tus datos antes de salir a recibirte. ─ Interrumpió. ─ Sería una falta de respeto si no conozco mínimamente al discípulo ingresante. ─ No había borrado del todo la sonrisa anterior, no obstante, esta tenía un aura confiada. Pablo sabía que seguro ese era el trato con cada quién que entraba por aquella puerta, a pesar de ello, sintió esa sensación de tener demasiada atención sobre sí, era un acto de consideración. Quedó atónito. Luego, Lionel dijo:

─ Quiero que en este año tengas una frase en mente, de nuestro Señor. ─ Se detuvo, para que ambos se miraran a los ojos. Lo tomó de ambos brazos con las manos, reteniéndolo en el lugar, gentil, pero rígido.  Aimar se petrificó, no había sitio para mirar que no fuera su rostro. ─ “Ven y sígueme[4].

 

Notes:

1 Apocalipsis 21:4:4.

2 Proverbios 19:23.

3 Según investigué, primero se hace como un curso introductorio para la vocación, donde se enfocan en el aspecto espiritual de forma muy intensa. Ahí se entrenan las 5 dimensiones: humana, comunitaria, espiritual, intelectual y pastoral.

4 Mateo 19,21