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Kinktober 2022

Summary:

Reto literario de relatos independientes autoconclusivos relacionados con un fetiche sexual diferente. Se ha suplantado la temática de ciertos días por deseos de la autora.

Variedad de personajes
Stranger Things x OC

Llámese one-shots, drabbles, self-insert, etc.

Chapter 1: Steve Harrington.

Notes:

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Chapter Text

Día 01: Friends With Benefits.

 

Hybristophilia + Praise Kink.

 

El prolongado silencio dentro del auto resultaba acogedor acompañado por la melodía que se reproducía desde el equipo de sonido, una elección personal. Te gustaba tararear cada letra pero tú nunca habías sido la más talentosa de los dos, en realidad eras bastante mala entonando.

Steve, por otro lado, poseía una voz increíble y envidiable que presumía en cualquier oportunidad, afinaba y te tomaba de la muñeca como si se tratase de un micrófono mientras conducía, desenfadado como era usual. A veces golpeaba el volante al ritmo de la música o te invitaba a seguirle en el coro para molestarte un poco.

Eran esos los recuerdos que atesorabas y que extrañabas más que nunca ahora que el muchacho había decidido que iniciar una relación amorosa era una prioridad, rompiendo con su acuerdo estrictamente confidencial que mantenían desde hace años.

Por supuesto, Nancy Wheeler era el tipo de chica que tu mejor amigo en el mundo se merecía, bonita, inteligente, graciosa, sobresaliente y con un carácter de mierda pero conocerla siempre era interesante.

Tampoco te disgustaba el nuevo puesto de celestina, era divertido salir con ellos como un pegoste, sentarte en la parte trasera del coche a escucharlos coquetear por horas y toda esa basura.

Sarcasmo.

Desde luego que odiabas compartir tu tiempo de caridad con el castaño. Habían sido vecinos desde los dos años de edad, sus casas quedaban una detrás de la otra y solían verse en el patio trasero a mojarse en una piscina plástica de colores durante los veranos. Eran amigos de prácticamente toda la vida, era asombroso.

—Esta maldita lluvia no me deja ver nada —se quejó tras balbucear torpemente el final de la canción, dejando los limpiaparabrisas en funcionamiento por el resto del camino.

—Te dije que esperáramos. —Te encogiste de hombros, echando un vistazo por el espejo lateral de tu lado, confirmando que no había otro vehículo a la redonda que fuera a rescatarlos en caso de salir derrapando por la vía. No disfrutabas los viajes agitados, te mareaba subir a algo con ruedas.

—También dijiste que preferías mear en el bosque que en los baños de la escuela —él se mofó sin gracia, negando con la cabeza como si fuera bastante obvio que la culpa era completamente tuya.

Le dedicaste una mirada escandalizada.—¡Porque son asquerosos!

—¡Son baños!

Carecía de sentido discutir con él, ni siquiera tenía que sentarse en un retrete a descargar su vejiga. Nadie podía sentirse realmente cómodo realizando sus necesidades fuera de casa, era algo imposible.

Agradecías que, como mínimo, el clima del interior era agradable, los vidrios se empañaban un poco porque las bajas temperaturas del exterior colisionaban en el cristal. Lo que te servía de distracción, así podrías aguantar hasta llegar, dibujando un arcoíris con los dedos.

De todos modos reíste, acomodándote en tu sillón para darle la espalda a tu puerta y te inclinaste a cambiar de casete a pesar de sus infantiles protestas.

El camino de la preparatoria a tu domicilio no era eterno pero la autopista estaba casi inundada, había fango y charcos por todos lados. El coche de Steve era como su bebé, lo que significaba que manejaba lento como un maldito caracol embarazado.

—¿Podrías darte prisa? —chillaste en cuanto lo viste disminuir la velocidad de nuevo.

Él te miró, ofendido.

—¿Disculpa? No puedo hacer eso. Debiste pensarlo antes de beberte mi botella de agua —te recordó. Usó su índice para señalarte y amenazarte—. Como te orines en mi auto no vuelvo a subirte. Jamás.

—¡Conduce, Steve! —gritaste a punto de reír histéricamente, apretando las piernas.

Tal vez si no hubieras pasado la última hora y media buscando un libro en la biblioteca de la escuela, habrían salido antes de que la tormenta comenzara y habrías llegado a casa temprano pero, como evidentemente eras una terca de mierda, habías arrastrado al muchacho contigo, convenciéndolo de esperar a que la llovizna pasara. Algo que no sucedió.

Aún tenías los hombros empapados, era mejor mojarte que arruinar tus apuntes, así que abrazaste la mochila por todo el estacionamiento antes de resguardarte en el coche de Steve, quien se encontraba en las mismas condiciones que tú. El cabello húmedo, el suéter bañado y los zapatos hechos un desastre.

Por fin lograste respirar en cuanto tomaron la calle de tu vecindario, el alivio de ver tu casa a metros de distancia disparó tu desesperación, haciendo saltar la rodilla ansiosamente, arrugando el morral entre tus manos.

Vamos, vamos, vamos —repetiste suplicándole a la nada misma, alcanzando el seguro con la intención de salir corriendo en cuanto se detuviera pero, aparentemente, él quería verte sufrir.

Advirtió— Espera a que lleguemos.

¡Steve!

—¡Bien, ya! —Estalló en carcajadas, frenando justo a tiempo frente a la acera para permitirte descender a tropezones.

Rebuscaste las llaves en los bolsillos de tu pantalón, precipitándote por el adorado jardín de tu mamá, retorciéndote mientras intentabas dar con la cerradura. En cuanto cedió, empujaste la puerta y trotaste dentro, subiendo escaleras arriba de forma apresurada. No podías utilizar el baño de visitas porque no funcionaba bien y no apreciabas compartir algo tan privado.

Eras muy quisquillosa.

—¡Cierra la puerta! —gritaste desde el segundo piso, ingresando a tu habitación aguardando a que el chico te escuchara porque estabas segura de haberlo oído bajar del carro detrás de ti.

Y, cielos, apenas pudiste bajarte las bragas. Al menos no te habías hecho encima como en cuarto grado por esperar mucho tiempo a tu papá a la hora de la salida. Te había olvidado, por cierto.

No te demoraste mucho, te remojaste las manos y saliste del pequeño cuarto lanzando un suspiro breve. Lo encontraste recostado plácidamente en tu cama, ojeando de manera despistada la nueva fotografía que conservabas sobre la mesita de noche. El marco era de color púrpura y la imagen era de los dos; la navidad pasada se habían vestido con unos horribles abrigos de colores.

Lo observaste sonreír de reojo.

—Odio mi vejiga —reprochaste entre risas para llamar su atención, caminando directo al armario, dándole la espalda por un minuto—. ¿Te quedas a comer algo? Podemos ver una película o...

—Sí. —Ni siquiera tuvo que considerar el resto de la oración, ya era costumbre pasar el rato juntos después de la escuela.

Claro, cuando no tenía planes con su novia o algo así.

—¿Todavía tienes ropa mía? —indagó, depositando el retrato de regreso a su sitio para sentarse en el borde, apoyándose sobre sus rodillas—. Necesito una camisa.

Lo meditaste—Tengo... —Moviste algunas prendas en los cajones del fondo, haciendo una mueca sutil con la boca—. ¿Necesitas bóxers? —Tendiste la prenda con una suave burla en los labios. Pensabas lanzárselo pero él te lo arrancó de las manos una vez de pie a tu derecha, exaltado.

—¿Por qué todavía tienes mi ropa interior? Carajo.

—Bueno, no viniste por ella, ¿querías que te la llevara en una bolsa? —Negaste una y otra vez, encontrando una vieja playera del muchacho que utilizabas para dormir—. Aquí, hay una toalla para el cabello en el baño, pued...

—Lo tengo —interrumpió caminando en reversa hacia la puerta.

Aprovechaste la oportunidad para retirarte la prenda superior; el cabello mojado y frío se te adhirió a los hombros, provocándote escalofríos. Fue una suerte que el sostén siguiera seco. También te sacaste los tenis sin las manos, quitándote las calcetas, y desprendiste el botón de los jeans para bajártelo, inclinándote frente al ropero abierto.

Buscabas algo cómodo cuando lo sentiste regresar.

Te pareció escucharlo decir alguna estupidez pero al girar con un cambio de ropa en las manos, frunció el ceño, confundido, y sus ojos te recorrieron de los pies a la cabeza.

—¿Qué estás...? —Boqueó por un instante antes de apartar la mirada e inhalar—. ¡¿Por qué te... qué estás...?!

¿Qué? —Arrugaste el rostro ante su drama, asegurándote de no estar desnuda o tener trasparencias en la ropa interior. Fue extraño verle actuar de manera tan absurda—. ¿Engorde? —Trataste de analizar tu silueta a través del espejo en el tocador junto a las ventanas, preocupada.

—¿Qué? No, tú... —Te admiró de nuevo, incapaz de formular un par de oraciones congruentes sin vacilar—. ¿Podrías solo cubrirte? Por favor.

Te costó procesar sus palabras, entonces lanzaste una carcajada incrédula. —Estás jugando —adivinaste con una sonrisa rizada en las comisuras, al menos hasta que se cruzó de brazos, esforzándose por verte a los ojos y no repetir ese reflejo incontrolable de detallar otras zonas de tu anatomía—. ¿Hablas en serio, Steve? Puta madre, Nancy te jodió el cerebro. —Hiciste a un lado la ridícula escena para rodar los ojos, pasándole por un costado en dirección a tu cama.

La punzada familiar de sus pupilas persiguiéndote por la habitación te hizo bufar y negar por lo bajo, recordando ese singular cosquilleo en la piel que te generaba en el pasado, cuando no tenía una novia a la cual serle devotamente fiel y podían divertirse un rato.

—Se llama pudor, ¿lo conoces? —Sonó grosero y tenso, continuaba donde mismo, evitando el contacto visual a toda costa.

Imitaste su tono condescendiente. —Por favor, me has visto desnuda desde que nos bañábamos juntos a los dos años, no seas infantil. —Aunque estaba lejos de ti, lo golpeaste con un short arrugado, indignada—. ¡Deja de mirar el piso! Me pones de los nervios, cielos. Eso quedo atrás, ¿sí?

—Muy atrás —enfatizó, haciendo exactamente lo que dijiste al verte de nuevo. Su atención fue breve, ese recorrido casual se deslizó por ciertas partes que podrías o no extrañar de su vieja relación. No era raro.

Asentiste. —Muy atrás. —Y lo ignoraste, extendiendo el repuesto de ropa en la sábana. Tenías los pies fríos y la piel erizada por el clima o por la mirada del castaño encima de ti, contemplándote intensamente en silencio.

En realidad disfrutabas un poco de ello, después de tantos meses fingiendo que su amistad seguía intacta tras una adolescencia entera de descubrir su sexualidad el uno con el otro, te aburría no encontrar a un tipo decente con quien compartir la misma abrumadora química. Tampoco querías echar a perder su nuevo romance o arruinar lo que quedaba de su perdurable amistad pero, mierda, mirar no le hacía daño a nadie.

Tal vez ni siquiera era relevante, era como un juego inocente.

Eran amigos, los mejores amigos, no tenía que ser extraño.

—Si no te cambias, vas a pescar un resfriado. —Apenas diste media vuelta, dirigiéndole un gesto de soslayo. Una idea iluminó tus pensamientos por un instante, lo que te llevó a darle la espalda una vez más, arrastrando tus brazos al prendedor trasero del corpiño, tanteándolo como si realmente se te dificultara. Era estúpidamente evidente—. Deja de ser un idiota y ayúdame con esto, ¿quieres?

Te apartaste el cabello del camino, cepillándolo en tu hombro. Esperaste pacientemente a que eso tuviera efecto en él o rechazara tu suspicaz solicitud, habrías aceptado un verdadero intento de digna lealtad si tan solo su roce no hubiese estimulado tus poros en menos de un segundo. No distinguiste el aire contenido en tus pulmones hasta que un suspiro brotó de tu pecho mientras sus ásperas yemas dibujaban el contorno de la pieza, carraspeando para sí mismo.

No sabías a ciencia cierta qué tan cerca estaba de ti. De pronto el ambiente se palpaba ligeramente denso y pesado a su alrededor, algo recurrente hacía menos de medio año, cuando todavía era costumbre dejar la ventana abierta para dejarlo entrar por las noches; era impresionante como la culpa ni siquiera te afectaba.

Es decir, Steve y Nancy solo salían–quizá eran novios, no te interesaba–pero si lo pensabas bien, tu derecho era mayor que el suyo.

Nada personal.

Ibas a reprochar su lentitud cuando el broche se desprendió y su palma lamió tortuosamente la extensión de tu espalda, podías sentir su aliento cálido abanicarte la nuca, tan cerca de ti que su calor corporal te sedujo. Tampoco se atrevió a quitar su mano, deslizándola dócilmente de arriba abajo y de regreso.

Apenas pudiste reprimir un jadeo cohibido, cerrando los ojos y permaneciendo en mutismo, no querías arruinar la atmosfera tensa que se había formado entre ustedes. Echabas de menos todo eso, no era tan divertido tener sexo con desconocidos.

Con Steve Harrington todo tenía sentido, te conocía, sabía hacerte estremecer y nunca confundía las cosas, no insinuaba ninguna clase de compromiso por acostarse dos veces en una sola semana o algo tan absurdo como eso.

Gracias —susurraste a medias.

—Esto es nuevo. —Frotó la yema de su pulgar en tu omóplato. Resultó sencillo recordar la mordida amoratada del tipo de último año, había sido un gran error hacerlo con él, casi te arranca el músculo—. ¿Alguien fue muy rudo contigo? —Silbó divertido, masajeando la laceración en recuperación antes de inclinarse a depositar un delicado beso justo al lado.

Un escalofrío instantáneo hizo temblar cada una de tus extremidades de forma inmediata, chillando alguna amonestación vergonzosa que solo le arrancó una risa grave.

Trazó la mordida en tu carne, inclinándose a presionar los labios por segunda vez, inspirando hondo, disparando todas tus hormonas en cuanto te sujetó por ambos brazos para mantenerte quieta.

Trataste de fijar los ojos en la cama, luchando por no cerrarlos mientras su lengua daba una caricia tenue y húmeda, como si la curara. —Es... ah... es difícil encontrar a... a alguien que no me...

—Me tienes a mí —añadió sin pensar, arrastrando el tacto de sus manos desde tus codos a las muñecas, acercándose un poco más. La camiseta entre tus dedos cayó al suelo junto a tu buena intención de no ser una horrible persona. Luego vaciló— Quiero decir... no necesitas que... —En serio fue imposible para él pronunciarlo, solo lo soltó con escasa razón— que te traten así, ¿de acuerdo? Yo puedo hacerlo.

Resoplaste, desconcentrada. Sus besos estaban escalando por tu cuello, ya no podías ni forzar tus párpados abiertos o conservar la boca cerrada, eras ruidosa. —¿Puedes? —La cuestión fue casi desafiante.

Y lo lograste.

Capturó tus caderas, estrechándolas contra su pelvis, admirando como los tirantes de tu sostén resbalaban por tus hombros, mimando melosamente la tersa porción de piel magullada a su alcance. Sus caricias eran tan familiares que el cuerpo te ardía de solo recordarlo encima de ti y su boca surcaba un camino de puro fuego en cada centímetro de tu ser.

Se sentía como siempre, placentero e impresionante, tenerlo de vuelta como antes sin la necesidad de estropear la relación que cultivaban desde la infancia. Nancy Wheeler era un daño colateral, no querías lastimarla, solo...

Querías a alguien confiable con quien poder pasar el rato y Steve sabía precisamente donde tocar para desvanecer tu juicio.

Las rodillas te flaquearon imperceptiblemente, sus brazos te envolvieron por detrás, gozando la cercanía en cuanto sus besos comenzaron a profundizarse alrededor de tu garganta, viajando por el comienzo de tu espalda. Una sensación húmeda e íntima que traía a tu memoria muchas imágenes de la pubertad.

Es decir, eran jóvenes curiosos, demasiado inmaduros para valorar como impactaría en su relación y demasiado inexpertos como para dejar pasar la oportunidad. Tu primera vez con un chico–Steve–en realidad no había sido mala, ni siquiera dolorosa, no lo recordabas como un remordimiento o algo de lo que te arrepentirías el día en que su amistad muriera por causa de la calentura.

Sus pasos te empujaron hasta la orilla del colchón, deslizando sus manos por el contorno de tus muslos. Tus labios buscaron los suyos, girándote encima de los talones antes de que sus bocas se estrellaran desesperadamente en ese acto de traición y adrenalina. Se sentía como una adicción; estar sobrio y caer en ella, cientos de veces mejor que la última vez.

Te sometiste a su lengua, él separó tus comisuras de forma demandante, acunándote por la nuca y desordenando tu cabello, enredándolo entre sus falanges. Era delicioso como lograba dominarte con una caricia, impulsándote por la espalda baja hacia él y sus firmes caderas, gozando la fricción que creaba a propósito con su suéter en tus pechos desnudos.

Eras consciente del esmero que ponía por no mirarlos, tal vez no estaba seguro pero era tedioso verlo tan concentrado en besarte con los ojos sellados que tuviste que facilitarlo para él. Tomaste la mano ajena a tu alrededor, guiándola hasta tu torso, invitándolo a cubrir uno de tus senos. Steve mordió de tu labio inferior, arrebatándote un gemido austero que se intensificó cuando rozó tu sensible pezón entre los dedos, rodándolo suavemente.

Echaste la cabeza para atrás, permitiéndole descender por tu cuello y tus clavículas con extrema lentitud. Por fin abrió los ojos, saboreando una dosis de tu piel con su lengua, haciéndote suspirar.

—Tienes marcas —siseó una vez que examinó mejor, aliviando los chupetones purpúreos alrededor de tus costillas, apretando pequeños besos en cada uno de ellos. Frunció el ceño—. ¿Quién te hizo esto?

Te encogiste de hombros. —No importa —le restaste importancia, rodeándolo por el cuello y echándote en la cama. Él aterrizó una de sus rodillas en el borde para no caer sobre ti, visiblemente interesado en la respuesta—, solo era un freaky.

—¿Fue bueno? —Esta vez sonó curioso. Sus comisuras se curvearon en una sonrisa déspota, desenvolviendo tus extremidades de él para ponerse de pie una vez más, alzándose las dos prendas superiores de un tirón—. ¿Mejor que yo?

Rodaste los ojos, provocándolo. —¿Y Nance? ¿Es mejor que yo?

—Golpe bajo. —Te apuntó con el índice, entrecerrando los ojos. Se acomodó encima de ti, fundiendo sus bocas en un beso lento, disfrutando la sensación hormigueándole en el cuerpo. Levantó tus piernas con sus amplias palmas, colocándose entre ellas, y jadeó—. Tú eres mucho mejor —admitió, empujando su pelvis contra tu feminidad, excitado.

El calor inevitablemente creció en tu interior, una serie de suspiros abandonaron tu garganta conforme el contacto se volvía más intenso e insoportable, podías palpar su erección a través de los jeans, justo en esa parte de tu persona que palpitaba, retorciéndote de gusto cada vez que Steve Harrington se frotaba descaradamente.

Un gemido grave y masculino te encrespó la piel. —Como extrañe esto —murmuró antes de tomar uno de tus pezones con la punta de la lengua, sobresaltándote, obligándote a contener la respiración. Te pareció escucharlo reír a tientas, succionando del botón hasta que tu espalda se arqueó sobre el colchón, sacudiéndote debajo suyo. Solo se alejó para hacer lo mismo con el otro, hambriento—. Sabes mejor.

No podías oír más, te sentías empapada y la sensación de su miembro endurecido restregándose en ti lo hacía más incómodo. Recorriste una fracción de su torso con las manos, descendiendo por su abdomen, deslizándose hacia el vientre bajo, empezando a desprenderle los vaqueros, incapaz de frenarlo cuando sus dientes pellizcaban generosamente de tu pecho.

El pensamiento fugaz de que podría parar en cualquier momento–debido a la culpa–te presionó, ansiosa por sentirlo pronto. Sin mencionar la ausencia de buen sexo desde... bueno, desde que su cortejo a la hija mayor de los Wheeler comenzó a principios del año.

Hundiste la mano dentro de sus pantalones, aprisionando su erección entre tus dedos. Como consecuencia, sus escabrosos gruñidos te erizaron la piel, chupando de manera sedienta cada tramo de tu desnudez, escalando por tus hombros, separándose lo suficiente para sujetar tu rostro en sus manos, uniendo sus labios en un vaivén suave que no tardó en convertirse en una muestra frenética de apetito. De repente no se sentía igual que al resto de tus reservadas memorias, no era simple y sana diversión ni sexo casual.

Se sentía sucio e inmoral, casi como si la presión naciéndote en el estómago amenazara con explotar en una especie de placer distinto. Resultaba imposible sacarte su nueva relación de la cabeza pero eso, lejos de hacerte sentir miserable, logró intensificar el cosquilleo lujurioso vibrándote en el sistema nervioso.

Él sofocó otro rugido contra tu lengua, escurriendo sus yemas por tu vientre, jugando desconsideradamente con los elásticos de tu ropa interior, echando un vistazo rápido al magnífico aspecto de tu figura agitándose aceleradamente ante sí, acariciando el contorno de cada suave silueta despojada de tela, frotando todo lo que sus manos se habían atrevido a olvidar.

Separó tus muslos, tratando de controlar su respiración, desplazado por sus vacilaciones.

Un pánico gélido te inundó el cuerpo, extendiendo los brazos en su dirección en un último afán por recuperar la calidez humada que te proporcionaba, esperando a que tu urgencia fuera suficiente para esfumar las dudas que cruzaban su mente. Estabas desesperada por recuperarlo, por algo bueno, por un orgasmo que valiera la pena y no solo una experiencia borrosa de enferma frustración.

Ya habías intentado de todo, en serio que sí. Sencillamente no compaginabas lascivamente con ninguna otra persona en Hawkins–no de la escuela, al menos–y era agotador seguir en la búsqueda de un compañero apropiado que no te hiciera sufrir.

Steve era gentil, ponía atención a los detalles y, aunque era dulce, no lo volvía tedioso o aburrido.

Por favor —imploraste con un hilo de voz. La entonación rompió algo en su mirada, gruñendo y atendiendo tu anhelo por contacto, envolviéndote con sus extremidades por la cintura, alzándote de la cama para jalar de tus bragas a duras penas.

El fluido cristalino de tu lubricación manchaba la prenda, lanzándola por la orilla antes de bajarse los calzoncillos a ciegas, atacando tu boca con un beso voraz detrás de otro, mordiendo tus labios y degustando tu lengua en su paladar en medio de sonidos grotescos de saliva e infidelidad. Suspiros cargados de deseo que colmaban el cuarto y tus cavilaciones, aferrándote a su espalda como si lo necesitaras más cerca, fundido en tu ser, sumergido en ti.

Suspiraste de manera entrecortada.

Estabas muy ocupada correspondiendo a sus caricias y sus besos bruscos para verlo pero la sensación de piel contra piel fue increíblemente deliciosa, una chispa te atravesó la espina de manera electrizante y cándida cuando sus sexos se frisaron descaradamente, un movimiento al que correspondiste con la misma vehemencia, ahogando el sonido desgarrador de tu placer en sus labios.

Su masculinidad latía delirantemente en ti, restregándose y jadeando hondo. La presión de la cabeza pegajosa en tu húmedo acceso desvaneció todo propósito por fingida decencia; estaba hinchado y duro. El muchacho daba embestidas cortas, torturando ese cúmulo de nervios receptivos una y otra vez, nublándote la cordura.

Apenas podías balbucear en el ir y venir de sus lenguas, lamentando su nombre.

Te sobresaltaste en cuanto filtró una de sus manos entre los dos, resbalando las yemas sobre tu clítoris inflamado y enrojecido, estimulándolo solo un poco para continuar descendiendo por tu intimidad, encargándose de dilatar la entrada con la mezcla de humedades, apretando su miembro sutilmente.

Lo echabas tanto de menos que desviaste la cara a un costado, permitiéndole marcar tu cuello, decorándolo con huellas complacientes de pertenencia. Una de tus manos guio su muñeca, colocando el glande perlado, goteando su secreción pre seminal, en la hendidura que añorabas llenar con él. Ignoraste la evidente falta de un condón, no guardabas ninguno en tu habitación desde hacia casi medio año, pues no invitabas a nadie a casa.

Solo a Steve.

Y temías mencionarlo, arruinar la oportunidad de obtenerlo una vez más.

El castaño aguardó con paciencia en esa dichosa posición, sosteniendo su propio peso, dedicándose a satisfacerte y obedecer cuando le rodeaste las caderas con las piernas, impulsándolo dentro, despacio como un tormento. La acalorada sensación los forzó a contener el aliento, jadeando en silencio hasta que el trayecto de su punzante falo en tu estrecho canal acabó, acomodándose encima tuyo.

Los últimos centímetros de tensa carne golpearon tu pelvis, parpadeando y chillando una vez lo sentiste tan profundo como en el pasado.

Rogaste por no desmayarte de crudo éxtasis ahí mismo, preguntándote si estaba disfrutándolo o solo estaba actuando como un hombre.

En todos sus años de amistad, jamás habías visto a Steve Harrington más comprometido con una chica y te aliviaba que fuera feliz con alguien. Ahora que su vida amorosa se resolvía y tu vida íntima pendía de un hilo, te extrañaba verlo tan entregado a ti; después de escucharle hablar maravillas de Nancy en medio de otra sarta de idioteces para lucirse frente a sus amigos, simplemente...

Su erección salió lentamente de ti, deteniéndose en la punta para volver a ingresar de una estocada firme.

Un aullido agonizante los atravesó.

El muchacho no paró ahí, ni siquiera podías unir más de dos sílabas sin gimotear, arañándole los brazos detrás de cada embestida. Su pulgar rodaba sin piedad el pequeño botón coronando tu vulva, generando una secuencia de luces abrumadoras iluminando tu escasa visión.

Era bueno. Su tamaño jamás había sido un problema para ninguno de los dos, llegaba a los lugares indicados sin lastimar, fuera duro o amable, se sentía bien. Lo bastante grueso para estirarte y palpar sus venas dilatadas arrastrándose en tu interior, sin mencionar la manera en que sujetaba tu rostro para contemplarte y comprender mejor las sensaciones que causaba en ti.

Te leía, cada rasgo contraído por el deseo, el destello brillante en tus pupilas empañadas, la forma en que las pestañas te bailaban cuando era demasiado para tolerar.

Steve siempre había sido un tipo atractivo, no te hacía avergonzar que te viera porque él fruncía la quijada, reprimiéndose para no asfixiarte con sus besos demandantes conforme sus caderas te destrozaban armoniosamente en esa demostración de poder y erotismo carnal. Su aliento te abanicaba los pómulos, arrugando la nariz cuando golpeaba esa zona sensible en tu feminidad, estrechándote a su alrededor.

—Dilo de nuevo —suplicaste en medio de gemidos, tratando de mecerte debajo suyo, encontrando sus muslos cada vez que volvía y acunándolo por la nuca para tenerlo tan cerca como te fuera posible. Aprovechaste su confusión para repartir besos mojados por su mentón y barbilla mientras tu pecho se alzaba, acariciando su torso—. Por favor, por favor...

—Eres perfecta. —Con suerte consiguió formularlo sin gruñir, enfocado en no correrse de inmediato aunque ya estabas lista. Rugió pesado, azotando su pelvis en la tuya hasta el cansancio, más y más profundo—. Dios. Tú eres mejor, eres tan perfecta.

Asentiste, estremeciéndote ante cada uno de sus roncos sonidos, luchando por aguantarlo cuando ya había descubierto la pared de nervios en tu canal que lo pedía ansiosamente, ajustándose en su falo sin permiso. Bombeaba hasta arrancar los vestigios de placer directo de tu núcleo, mimando curvas de tu cuerpo que rogaban por derretirse para Steve, bajo su tacto y su merced.

—Tú eres mejor, yo... —Unió sus labios en otro arrebato, levantándote por los muslos, moviéndose más torpe y rudo.

El acto no demoró mucho más en culminar, no cuando sus anatomías fundidas en el opuesto acogieron el orgasmo como otra emoción familiar. Era más intensa de lo que la recordabas, más vívida. Sus uñas marcaron surcos rojos en tus glúteos, estrechando sus sexos hasta que el clímax se desvaneció despacio.

Aquel chorro abundante y caliente de esperma llenó tu canal hasta que finalmente se detuvo, disculpándose una infinidad de veces a tu oído por no haberse retirado. Lo consolaste, frotando uno de sus omóplatos, recuperando la respiración al ritmo jadeante de sus corazones.

Estaba tan salvajemente incrustado en ti que sentirlo deslizarse fuera fue desagradable, como volver a perderlo, sentirte vacía a pesar de guardar su liberación en ti como la última vez. Lo extrañaste al primer segundo, derrumbándote en la cama con su peso encima, acurrucándolo en tu pecho agitado.

Unos minutos más tardes de caricias y besos, reuniste el valor para bromear. —Entonces... ¿soy mejor follando?

—Solo cállate —chistó por lo bajo, tomando un largo descanso entre tus senos, depositando besos escuetos y masajeándolos dulcemente—. Dios, siempre lo arruinas todo. —Se río entre dientes, envolviéndote por el torso para apoyar su oído sobre tus latidos.

Sacudiste la cabeza con gracia, haciéndote con el derecho de cepillar su envidiosa y sedosa melena como distracción, observando el techo de tu habitación por los próximos minutos. Su eyaculación se derramaba por tus piernas, te sentías sucia pero entera.

El remordimiento estaba ahí, detrás del buen polvo, solo que no te importaba si volvía a ocurrir.

Lo admiraste, tal vez se iría sin pedírselo o quizá esperaba una invitación de tu parte para pasar la tarde ahí. Steve era bastante sencillo al respecto.

—¿Te quedas a ver una película? —divagaste agotada, dedicándole una sonrisa fugaz justo cuando dibujó el contorno endurecido de uno de tus pezones con el pulgar, pasando los labios sobre él de nuevo.

—O podemos hacerlo otra vez. —Lució despreocupado, enarcando una de sus cejas para verte con una mueca juguetona.

La pequeña risita en tus comisuras se torció con diversión, aceptando. —O podemos hacerlo otra vez.