Work Text:
Reaparecía en su mente el recuerdo de aquella suave piel en contacto con la suya, aun si ahora había otro cuerpo debajo del suyo, sumergido en el placer de sus caricias e ignorando sus traicioneros pensamientos. Sus exitantes gemidos opacados por los jadeos engorrosos de una mujer. Trataba en vano de cubrir la necesidad latente de tener entre sus brazos a aquél cuerpo que le robaba todos sus suspiros, de saciar con sus besos la ausencia de otros labios y con su voz olvidar su melodiosa risa.
De olvidar aquél opresor deseo de amarlo. Porque todo él estaba bien, todo él era todo lo que deseaba y buscaba desesperado cada vez que la realidad de que no era suyo golpeaba su mente.
Fue algo de una noche, caricias y dulces palabras vacías después de mucho desearse, pero fue una descarada trampa. Porque de saber que después de tener sus labios, no podría desear nada más, tal vez no lo habría hecho. Tal vez no lo hubiera tentado. Sentirse atado a un cuerpo ajeno y a su voz de forma tan desesperante como esta, era algo que odiaba. Pero le gustaba.
Querían sentirse libres y sin responsabilidades, pero cada vez que querían alejarse y resguardarse entre las piernas de alguien más, volvían a caer entre las sábanas del otro. Ninguno quería ceder, ni que el otro se enterara de su debilidad. Pero cuando veían la mirada sedienta del contrario, besarlo era una acción inminente.
Suspiró una última vez antes de terminar, su acompañante arqueando la espalda mientras se dejaba recostar en medio de un gemido de placer. Él acarició su abdomen, estaba lejos de sentirse satisfecho, pero cuando ella pasó sus delgados dedos sobre su pecho, rozando sus pezones, el inminente recuerdo de aquél hombre besándolo en ese mismo sitio, mientras lo acariciaba, chocó contra su mente. Cerró sus ojos para alejar esa imagen, pero sólo logró sonrojarse ante su vívida imagen.
«Kudō», oyó su voz seductora, tan relajada, como si no se lo estuviera cogiendo en su oficina.
Chasqueó la lengua con molestia y miró a la chica una última vez, quien se hallaba ofuscada por la excitación, que no se percataba de su estado. Se levantó de la cama y ella lo siguió con la mirada.
—¿A dónde vas? —murmuró con voz juguetona, frotando sus piernas.
—Recordé que tengo algo que hacer —mintió descaradamente. Había cancelado sus citas y reorganizado su agenda para estar con la mujer que ahora se estaba vistiendo a sus espaldas, acercándose furiosa. Tomó su camisa del suelo y la abotonó, luego se puso su ropa interior y los pantalones, luciendo verdaderamente apresurado.
—¡Prometiste que seríamos sólo tú y yo, Kudō! —espetó, tomándolo del hombro para que la mirase. Asió firme el agarre de las sábanas sobre sus hombros para cubrir su desnudez y esperó a que el contrario le contestara—. ¿Tenías que ver a otra mujer y lo olvidaste? No quieras tratarme de idiota...
—No digas tonterías —Kudō negó, alejándose hacia la cama para ponerse los zapatos—. Acordamos que lo intentaríamos; yo lo estoy tomando en serio —presionó sus labios y paró sus movimientos, reconsiderando su decisión. No eran pareja ni nada, la mayor parte del tiempo, ella fue la única que se le insinuó y él quiso intentarlo, pero no estaba funcionando. Cada vez que gemía y pedía por él, recordaba que él mismo lo hizo también; sin embargo, rogándole a otro nombre—, pero...
—¿Pero? —Exigió impaciente y, cuando Kudō no respondió, sólo suspiró y desvió la mirada a la gran ventana que daba vista al mar, sintiéndose decepcionada—. No tenía muchas esperanzas en esto, pero realmente esperaba que no fuese sólo tener sexo, ¿sabes?
—Yo también, Sōma.
❇▪❇▫❇
Condujo hasta la empresa, pensando en qué le diría cuando lo viera, luego considerando la posibilidad de que también se hubiese ido para estar con alguien más. El volante crujió cuando lo apretó, sintiéndose celoso de la cualquiera con la que podría estar acostándose.
Negó, convencido de que él era mucho mejor que cualquier tipeja. Pero entonces la escena en el hotel, donde estuvo hace poco, golpeó su mente y gruñó, sintiéndose un maldito hipócrita.
Bajó la velocidad y pegó su cabeza en la ventana del vehículo cuando llegó a un semáforo, inquieto.
No podía exigirle nada, para empezar, quien se alejó y trató de apartarlo de su vida fue Shinichi, bien por él si quería imitarlo. Pero... Sintió otra vez esa presión en el pecho; era un egoísta, y lo sabía, no quería que estuviera con nadie más, pero tampoco le estaba dejando quedarse con él.
Cuando ya podía avanzar, se reincorporó, asió la palanca de cambios hacia la primera velocidad y aceleró, subió a la segunda estando en una avenida y giró en una esquina.
Aparcó en el estacionamiento tan pronto como llegó y se quedó un largo rato dentro del auto, aun después de apagarlo. No quería tener que hablarle, verlo después de irse sin decirle. Se inclinó sobre el volante, respirando por la boca. Era muy estúpido aún creer que podrían regresar a como era todo antes. Pero no quería que desapareciera tampoco, no quería fingir que nada pasó.
Levantó el rostro cuando escuchó toques en la ventana, encontrándose con Jii, quien sonreía y saludaba amigable desde el otro lado. Shinichi parpadeó, luego dejó ir su nerviosismo e hizo una seña para que el mayor entendiera que se iba a bajar, quien asintió y se apartó.
Bajó del vehículo y presionó el botón para el seguro automático, regresando su atención al asistente de Kaito.
—¿Qué ocurre, Konosuke-san? —le pregunta, guardando sus llaves con naturalidad en el interior de su saco.
—El joven amo me envió a buscarlo —informó cordialmente, haciendo un ademán hacia la entrada. Shinichi se quedó quieto en su lugar, sus manos se sintieron frías y la posibilidad de escapar se hacía más interesante. Apretó sus manos detrás de su espalda, inquieto, y asintió, siguiendo al viejo—. No esperábamos verlo tan pronto, creíamos que llegaría dentro de dos semanas —dijo, mientras le abría la puerta y lo dejaba pasar.
Kudō saludó con un asentamiento a los demás empleados que se encontró, quienes dieron una leve reverencia, sonriendo y regresaban a sus labores.
—Sí, bueno, ocurrieron algunas, er —acomodó el cuello de su camisa, sintiéndose ansioso mientras más avanzaba—, cosas.
—Comprendo, señor —replicó con tranquilidad.
Shinichi observó el perfil apacible del mayor y arrugó la nariz, llamándose idiota mentalmente por estar tan nervioso. No debería, él era mayor que Kaito, después de todo, tendría que saber sobrellevar sus emociones y dejar de actuar como lo estuvo haciendo todo este tiempo; como un niño. No evadiría el tema, arreglaría esto..., de alguna manera.
Konosuke paró cuando estuvieron frente a la oficina de Kaito, despidiéndose con una inclinación.
—Si me permite el atrevimiento —dijo Konosuke y Shinichi asintió—. Espero y logren resolver sus asuntos, señor Kudō, a nadie le gusta verlos peleados entre ustedes, especialmente cuando reconocemos cuando están decaídos debido a ello. —Sonrió amigable—. Todo problema tiene solución, estoy seguro.
Kudō agradeció con una sonrisa y luego vio al mayor irse por el pasillo, se giró hacia la puerta con la mano gravitando cerca, dudando en tocar. Sacudió la cabeza y dio tres toques, esperando a que le dejaran pasar, pero Kaito fue directo a abrirle.
—¿No te gustó la playa? —inquirió burlón, obstaculizando el paso con su brazo, mientras se apoyaba en el marco de la puerta. Maldición, se veía muy bien con su traje y Shinichi no pudo evitar tragar, para cuando se dio cuenta, Kaito ya le estaba sonriendo de lado.
Kudō carraspeó, frunciendo las cejas—. Creo que un «Hola» es un saludo más apropiado —replicó, palmeando el bíceps del castaño, para que lo dejara pasar, pero él no se movió. Entonces alzó una ceja y lo miró—. ¿O es que acaso sólo me mandaste a llamar para estar parado frente a tu puerta? —sonrió de igual manera, engreído.
Kaito desvió la mirada y fue a su escritorio, permitiéndole pasar. Le ofreció una silla, deteniéndose antes de llegar a la suya propia y extrañándose cuando el ojizarco rechazó la invitación y prefirió quedarse parado en medio de la oficina.
—Me pregunto qué diferencia hace estar parado aquí dentro que allá afuera —Kaito murmuró, apoyándose de espaldas en el escritorio, ladeando el rostro mientras observaba a Shinichi.
—Que aquí hay privacidad —contestó con seriedad, acercándose— y puedo hablar contigo.
—¿Otra vez con lo mismo? —Kaito resoplo con fastidio , poniendo los ojos en blanco después—. Me quedó claro la primera vez; no quieres nada que ver conmigo, bla, bla, bla, soy menor que tú, bla, bla, bla. Ahg, sólo por cinco malditos años y más cosas que no importan porque son más de lo mismo —parloteó, simulando una boca con su mano, pero pese a estar burlándose, lucía particularmente serio.
—No es... —Shinichi presionó sus labios, arrugando una de las mangas de su saco con su mano derecha—. No es de eso de lo que quiero hablar —arrugó la nariz—. Además, no soné así.
—No, de hecho, sonaste exactamente igual. —aseguró.
—Claro que no —se defendió. Desvió la mirada, queriendo ignorar ese irrelevante detalle—. Pero como sea, yo quería disculparme —Kaito lo miró confundido—. Sé que fui algo duro contigo cuando te dije todas esas cosas, tampoco estuvo bien que me fuera así como así después de... Bueno, eso. Yo realmente estaba algo estresado y no estaba pensando en lo que salía de mi boca. Lamento mucho si te ofendí, de verdad. Sé que lo que dije no se va a olvidar fácilmente y que no volveremos a estar como antes, pero tampoco quería dejar las cosas así y... ¿Kaito? —murmuró nervioso cuando el mencionado se acercó y quedó muy cerca de su rostro, sin poder evitar sonrojarse un poco.
—¿Por eso regresaste tan pronto?
—¿De qué hablas? Realmente quería disculparme —bisbiseó nervioso, pronto hallándose mirando los rosados labios del castaño. Kaito se acercó un poco más, rozando sus labios y Shinichi hizo amago por abrir los suyos, pero reaccionó y retrocedió dos pasos, luciendo escandalizado—. Espera, eso no es lo que yo... ¡Mierda! ¿Podrías parar de mirarme de esa manera? Yo de verdad no vine para esto.
—¿Y si fue por esto que yo te llamé? —cuestionó con lentitud, siguiendo a Shinichi hasta acorralarlo contra una pared, quien desvió la mirada hacia abajo. Kaito agarró una de sus manos y la besó con cariño—. Mencionaste que tal vez no podríamos volver a lo de antes, pero a mí no me molestaría que fuese así, ser como antes —declaró, Shinichi suspiró pesado, sin saber qué decir.
No era así como quería que se dieran las cosas, o tal vez sí. Ya no estaba seguro.
—No fue así, siempre interpretas las cosas a tu conveniencia —dijo, aún sin mirarlo, acostándose sobre su pecho cuando Kaito lo atrajo hacia sí por la cintura.
—Mírame a los ojos, deja tu ridículo ego de lado y admite que extrañas tenerme dentro de ti —exigió con seriedad. Ya no le interesaba ganarse su corazón, si Shinichi sólo lo quería como un desahogo sexual, su marioneta, él estaría dispuesto si eso significaba recuperar lo poco que una vez tuvieron.
—Yo... —mantuvo la mirada baja, acorralado a la pared, levantó una mano y agarró la solapa de su saco. Sintió que el aire le faltaba, esa odiosa opresión en el pecho que se había hecho recurrente desde el día en que se separaron, apareciendo para fastidiarlo. No quería regresar a sólo tenerlo en ocasiones, estar entre sus brazos, sentirse cerca de su corazón y luego ya no estarlo. Odiaba añorar su compañía, sentir su mano vacía, buscando la suya. Deseando sus besos y caricias, sus dulces susurros que lo hacían sentir especial. Su labio tembló por un breve instante, cuando, en respuesta de su silencio, Kaito alzó su rostro con ambas manos. Mirarlo a aquellos ojos violetas, oscurecidos por un sentimiento que aún era capaz de distinguir, lo hacía sentir tan débil..., tan suyo—. Yo te extraño a ti, idiota.
No podía ver su propio rostro, pero Kaito estaba seguro de que ahora su expresión sería de sorpresa.
¿Me extrañaste? ¿A mí?
Incluso en su cabeza, aquellas palabras resonaron con duda, mientras lograban expandir en su pecho una sensación de felicidad. Acunó el rostro de Shinichi entre sus manos, donde él suspiró, posiblemente aliviado, y cerró sus ojos, sus castañas y largas pestañas mojándose con el remanente de lágrimas que no terminaron de salir. Entonces limpió la comisura de sus ojos con los pulgares, acercándose antes de dejar un beso sobre su nariz.
—Kaito... —Shinichi murmuró, presionando sus labios en un fina línea, antes de entreabrir su mirada, examinando la cara del hombre, quien sólo parecía inseguro, con un tono de rosa sobre sus mejillas.
—No puedes estar hablando en serio... —Kaito exhaló, desviando la mirada. Lucía... Decepcionado.
—¿Qué? —farfulló con confusión, apretando en puños ambas manos cuando Kaito se apartó.
—Habíamos aclarado las condiciones cuando empezamos esta relación —le dio la espalda, mientras caminaba devuelta a su escritorio, haciendo ese vago gesto al aire. Se viró sobre su hombro, viendo a la perfección la cara pesarosa de Shinichi, tratando de mantenerse compuesta—. Específicamente: que no seríamos nada.
Le dolió, en serio. Oír esas palabras por parte de Kaito, realmente dolió.
—Yo... Lo sé, es sólo que... —se mordió el labio y miró al suelo. Era incómodo. No esperaba que Kuroba reaccionara así, tampoco pensó en una reacción en particular, pero ¿esto?
—Eres mayor que yo, tal vez por eso te ilusionas tan rápido —Kaito murmuró pseudo pensativo.
Deja de arruinarlo.
Tensó la mandíbula, ¡ya basta! No se esperaba nada esto, no de Shinichi. Que le dijera que lo extrañara no sólo le hizo feliz, sino también hacerlo sentirse expuesto. Sentir que Shinichi podía ver a través de él.
Después de todo, ¿no fue Shinichi quién estableció todas esas condiciones al permitir que tuvieran relaciones?
No podían tener ningún tipo de contacto en el trabajo. No coqueteos. No decirle a nadie. No enamorarse.
Sin embargo, Shinichi continuó acostándose con otras mujeres, otras personas a parte de él. Kudō nunca lo tomó en serio y eso se lo dejó claro desde un principio, cada vez que estaban juntos.
«Mierd-ah. Para ser un niño, por lo menos lo haces bien» siempre con sus comentarios durante el acto. Siempre sonriendo superior, creyéndose lo mejor que le pudo haber pasado a Kaito.
«No puedo creer que de verdad estoy permitiendo esto»
«¿Tan siquiera sabes usar un condón?»
Tan engreído. Tan molesto.
Incluso cuando le dijo que ya no quería nada con él.
—»¡Estoy cansado de todo esto! —ese día azotó con fuerza la mesa, sorprendiéndolo un poco—. Esos estúpidos chinos creen que pueden aprovecharse de la situación. —Siempre pensando en el trabajo y nada más. Cuando se enoja es alguien insoportable y difícil de tratar, pero Kaito siempre está dispuesto a calmarlo. Kaito disfruta de consolarlo y hacerle saber que está ahí para él con discretas acciones. Así que sólo extiende ambos brazos, mientras le da una gran sonrisa; no es dulce, no es cariñosa ni amable, sólo una sonrisa para no confundir las cosas.
Desde el escritorio, Shinichi sólo tiene esa mirada profunda e iracunda que les hace a entender fácilmente a los demás que quiere estar solo, pero Kaito nunca la entiende (o finge que no —que es lo que Shinichi ha deducido con el tiempo) e insiste con ambos brazos extendidos, sentado en el sillón de la oficina de Kudō.
Kudō arruga la nariz y mira los varios papeles que arrugó por su escena, siendo aplastados debajo de sus manos. Gruñe. Odia admitirlo, saber que está un poco más sereno de lo normal sólo porque Kaito está ahí, irradiando ese falso consuelo al que se ha hecho dependiente.
También odia sentirse inferior, el que las demás personas crean que son más listas que él y por eso traten de pisotearlo. Lo odia mucho. Pero Kaito jamás luce así, nunca.
Y será ingenuo creer que no lo hace, ese hombre que está ahí, sentado en su sillón dentro de su oficina, quien lo ha tomado sin pudor varias veces sobre su propio escritorio, donde no dejaría a nadie hacerlo jamás, luce tan dócil en su lugar, volviendo a evidenciar sus intenciones a él, mirando sus ambos brazos extendidos mientras hace un puchero.
Mierda. ¿En qué momento esta relación de sólo-sexo-y-nada-más se volvió tan íntima?
¿Por qué está permitiéndolo?
Y más importante, ¿por qué carajos sólo cede a la orden silenciosa de Kaito?
Parece un niño que se ha calmado después de un gran berrinche, cabizbajo y arrastrando los pies. Se acerca y queda de frente a él, quien ya luce más feliz por ver que aceptó.
Suspira y sólo le da el gusto. Se sube a su regazo, abriendo sus piernas y abrazándolo del cuello, para luego recargar su cara en su hombro.
Kaito no dice nada por un rato, sólo se limita a acariciar su espalda.
Pero Shinichi lo disfruta, disfruta estar a su lado y dejarse hacer cuando Kaito quiere tratarlo bonito. Como dijo, sólo para darle el gusto.
Porque eso hace, ¿verdad?
Shinichi disfruta de esto, pero no es que lo quiera. Sólo le gusta, es capaz de seguir sin que Kaito esté para calmarlo. Seguramente, de no estar, sólo iría a buscar a alguien más que lo complazca.
Aunque, no así.
No así de cariñoso, nadie lo haría.
No otro más que Kaito.
Tampoco quería a otro que no fuera Kaito.
Se cortó el pensamiento.
—»¿Qué fue exactamente lo que pasó? —inquirió Kaito con suavidad, haciéndolo enfadar. No lo había pensado, y tal vez fue porque creía que Kaito no era lo suficientemente listo como para tramar una segunda intención aparte del sexo con él.
Pero podía creerlo, quería intentar.
Kaito tiene casi la misma oportunidad que él para ser el presidente de la empresa, porque su papá es cofundador y ahora Kaito es el único que queda, porque su mamá está completamente desinteresada en influir en esos asuntos sino es como accionista.
No, Kaito no lo haría. Porque Kaito es Kaito, y a él tampoco le interesa tener la empresa.
«Esto es como un pasatiempo.» Se lo confesó hace un tiempo, cuando apenas había llegado y Shinichi estaba receloso al respecto «Mamá sólo quería quitarse el asunto de encima, después de esto, tal vez me quede como accionista también.»
«¿Piensas que me voy a creer ese cuento?» Espetó. Incluso antes e incluso ahora, no le era fácil confiar en las personas. Usualmente, las personas se cansan de su forma de tratarlas, porque, para Shinichi, ser amable con un rival es lo mismo que decirle que pueden ser amigos, lo mismo que permitir que lo pisoteen.
Pero Kaito no se inmutó e, incluso, sonrió. Por que es cliché, que a Kaito le guste tratar con este tipo de personas.
A Kaito le gusta que no le toleren, porque así le da más ánimos de seguir molestando. Le gusta porque así puede tentar la paciencia y comportarse como si tuviera el control.
«Yo tengo otro sueño en mente. Ser accionista me ayudará con eso.» Sí, porque Kaito es más joven. Kaito también tiene anhelos y planes. Tiene el tiempo medido para cada cosa.
Shinichi ya no, porque él ya ha conseguido lo que anhela y sólo le queda perseverar para mantenerlo.
Y tal vez por eso le dejó cruzar esa línea entre ellos, porque Kaito no tenía intenciones de robarse su puesto o fingir que tan siquiera le interesaba. Tal vez por eso le interesó, porque encontró divertido competir con él.
Era divertido ver cómo él se esforzaba en molestar, mientras Shinichi fingía que de verdad le fastidiaba.
Y entonces cruzó la última línea cuando lo besó.
Lo besó esa noche en su oficina, donde no debía estar, porque Shinichi odia que la demás gente esté ahí. Y aún no logra entender porqué le permitió eso, porqué lo dejó entrar.
¿Por qué le permitió continuar?
Aspiró su olor, porque tantos pensamientos lo estaban poniendo ansioso. Y seguro Kaito lo notó, porque lo presionó un poco más contra él.
—»La estúpida de Chen Li exigió un veinte por ciento más de lo acordado —bramó, removiéndose entre sus brazos para que lo soltara y comenzó a quitarse el saco porque empezaba a ser incómodo. Porque quería sentirlo más cerca. Era ese incipiente deseo que aún no notaba el que lo estaba molestando—. Sabe que no podemos arriesgarnos a un fracaso, no después de todo lo que se ha invertido.
—»Te dije que no era buena idea lo del trato verbal —Kaito replicó con seriedad, ayudándolo cuando las manos temblorosas por la impotencia no le dejaban desabotonar nada. Entonces Shinichi bufó, porque tenía razón. Odiaba que la tuviera. Porque Kaito era bueno en los negocios, a pesar de que dijo que no le interesaban; siempre estaba ahí para aconsejarlo y lo apreciaba mucho. En serio lo hacía—. Escuché que su corporación sufrió pérdidas después de que su último trato con una empresa japonesa la dejara mal.
—»No escuché sobre eso.
—»¿En serio? —inquirió incrédulo y Shinichi negó—. Bueno, tal parece que se confió e hizo un trato para exhibir una joya llamada "Blue Birthday", fue un trato verbal, así que cuando a la empresa que exportaría la joya recibió una mejor oferta, todo el dinero invertido en otras piezas importantes y la publicidad para la exposición del Blue Birthday no se recuperó.
—»Entonces- —Kaito soltó un quejido cuando Shinichi presionó su agarre sobre su clavícula, conteniendo el enojo—. ¡Maldita perra! —Se levantó rápidamente, agarrando con brusquedad el teléfono sobre su escritorio—. Sōma, dime en qué hotel se hospeda Chen Li —exigió con seriedad. Escuchó la dirección y sólo azotó el teléfono, tomando su saco y pasando de Kaito para salir de su oficina. Kuroba lo tomó de la cintura y le impidió irse, cerrando la puerta con su palma—. ¿Qué mierda-? ¡¿Qué carajos haces?! —espetó, forzando la cerradura para abrir, pero Kaito se quedó quieto en su lugar. Entonces lo presionó contra la puerta con su propio cuerpo—. ¡No me jodas, si estás caliente, acuéstate con cualquiera!
—»No te dejaré ir a ningún lado si no te controlas —declaró con seriedad en su oído, con ese tono que no usa con regularidad. Entonces Shinichi dejó de forcejear, pegando su espalda al pecho de Kaito, para poder ver el tipo de expresión que estaba haciendo: ninguna. Frunció el entrecejo, Kaito siempre tenía un mejor dominio de las emociones que él—. ¿Irás a verla y luego qué? ¿Le gritarás? —
Luego su rostro cambia y parece molesto. Presionó con más fuerza el agarre que tenía en el costado de Shinichi, quien jadeó—. ¿O es que piensas acostarte con ella también?
Ese tono no le gustó a Shinichi.
—»¿Acostarme con ella? —ironizó y torció una sonrisa—. ¿Es en serio? —Se giró para quedar cara a cara y lo abofeteó. Kaito se separó de él y se llevó la mano a la mejilla—. ¡¿Qué te piensas, que soy alguna clase de prostituto?! ¡Puedo hacer que este estúpido trato funcione sin tener que seducir a esa maldita vieja!
—»¡Mierda! —Kaito siseó por lo bajo, mirando a Shinichi con el ceño fruncido.
—»No confundas las cosas, idiota. Me acostaré contigo, pero no porque intente aprovecharme de tu posición para asegurar mi puesto. No lo necesito.
—»¿En serio? —entonó sarcástico. Y ahí estaba, sólo provocándolo porque sí, o por celos—. ¡Porque si me hubieras escuchado cuando te dije que tenía un plan para ayudarte a cerrar el trato, con las formalidades pertinentes, en vez de llevar a la puta de tu secretaria sólo porque querías coger, no hubieras sido tan estúpido como para aceptar esa promesa sin un contrato de por medio!
—»¡Eres un...!
—»¿Por qué no intentas negarlo? Quiero verlo. Ahora irás a su cuarto de hotel y qué, ¿arreglarás las cosas con otro trato verbal? ¿Qué harás? ¿Qué le dirás?
—»Eso no te incumbe —masculló con enfado.
—»Muy bien —hizo un rictus con los labios y Shinichi miró con algo de preocupación la zona de su mejilla que se estaba volviendo roja. Kaito apuntó con un gesto brusco la puerta—. ¡Entonces, ve! ¡Ve y haz un escándalo!
—»No planeo hacer un escándalo y me iré si así lo quiero —¿Por qué estaban discutiendo para empezar? Bajó la mirada, ¿por qué lo estaba tratando tan mal? Kaito no se merecía eso.
—»Sí, claro, el orgullo por delante —Kaito ironizó en voz alta, alzando sus manos al techo, agregándole un molesto dramatismo a la situación. Shinichi frunció el ceño—. Entonces me iré yo, he tenido suficiente de tu berrinche de adulto funcional —escupió con acidez, pasando de su lado.
Algo en la cabeza de Kudō se encendió o se apagó, no está seguro. De un instante a otro, sólo deseaba hacer las paces con él para no tener otro problema que resolver, pero tampoco cedía para aceptar que se equivocó. Y luego estaba ese momento, donde su orgullo actúa sobre su sensatez y quiere recuperar algo de control.
Odia que lo subestimen, depender de la gente como si él no estuviera lo suficientemente calificado como para lidiar con sus asuntos. También que los demás tratasen de entrometerse. Shinichi era capaz, hacía lo que hacía porque siempre tenía un plan de respaldo.
Pero esta vez no. Esta vez quiso confiar un poco más en sus peones y todo se estaba yendo abajo por un mal consejo de alguien que sabía que sólo pensaba en sexo, porque así fue, después de cerrar el trato, Sōma y él se fueron al cuarto del hotel.
Aún no entiende porqué lo hizo, nunca antes había permitido que lo personal se mezclara con lo laboral, pero así fue, primero fue una caricia y después ya estaban en la cama. Nada en ese momento podría convencerlo de que hizo aquello por ella, porque no fue el caso, ni siquiera lo disfrutó, en todo momento estuvo pensando en Kaito, en la forma en la que lo trataba, lo tocaba y le susurraba al oído. Pero era consciente de que eso no era alguna clase de gesto de alguien enamorado, sólo se estaba acostumbrando a él terriblemente rápido. Tan rápido que en todas sus noches a partir de su primera vez juntos, no podía sacarlo de su cabeza.
Confiaba demasiado en él; Kaito era la única persona confiable, a parte de sus padres, con la que verdaderamente creía poder contar para lo que sea.
Y estaba a punto de perderlo. Fue consciente de eso.
Pero no le importó.
No en ese momento.
No lo piensa, del contrario, se lo hubiera guardado y eso sería una anécdota con la que lidiar luego cuando lo recordase, y no una escena que no lo dejaría dormir después. Pero lo hizo, le dio la espalda, esperando que girara el picaporte de la puerta y la frase salió como un disparo; frío, rápido e inesperado.
—»Luego no te molestes en regresar.
Por supuesto que no es un despido, porque Shinichi no tiene ese poder sobre Kaito. No laboralmente. Y quizás es por eso que Kaito no simplemente se marcha dejándolo solo en la habitación, sino que se queda.
Sabe que Kaito ha dejado la puerta entreabierta, porque no se oye cuando cierra ni sus pasos al salir. Shinichi lo mira por sobre su hombro, sin una pista de lo que dijo en su mirada para aportar, pero Kuroba arruga la nariz.
Y está eso en su cara, su forma de respirar tan calmada, en cómo no se mueve, esperando algo de él que ni Shinichi espera. Esa vaga inquietud que ha sentido desde hace un tiempo, esa que le acribilla y molesta tanto.
¿Qué hay si a él ni siquiera le gusto?
Es un tonto, un cobarde y un hipócrita. No es capaz de dimensionar ese miedo ridículo, porque tampoco está seguro de querer a Kaito. Disfruta estar con él más que con nadie, no soporta que otros lo traten mal y le gusta verlo feliz.
¿Eso es amor?
No, porque Shinichi no sabe amar. Lo sabe desde este momento, donde cree ver algo de dolor en su mirada y en vez de corregirse para recuperar algo de lo poco que se supone que tienen, no hace nada.
No hace nada.
Tiene ese sentimiento contradictorio y todavía lidia con su propia bajeza al pensar que es mejor así. Porque entonces no se arriesga a terminar de descubrir si es capaz de hacer algo por ese dichoso amor que le tiene.
Porque tiene miedo de dañarlo más de lo que ya lo ha hecho.
Miedo de que se enamore también de alguien como él. Alguien que se acuesta con otras mientras está contigo, lo cual siempre se ha sentido un poco mal, porque sabe que lo que busca es a él. Lo busca, pero teme que Kaito lo descubra.
Teme que descubra que se ha vuelto débil ante él.
Que todo lo que ha dicho para menospreciarlo, jamás ha sido sobre su edad, sino una forma para evitar algo que a este punto se ha vuelto inevitable. Hace esto por sí mismo y no está considerándolo a él, porque es egoísta.
Y un egoísta no se merece a Kaito.
No sabe expresar todo esto, por eso mismo no cree que merezca más de sus atenciones. Es estúpido, como todo encaja de un momento a otro. Cómo de un momento a otro dejaron de estar abrazados en su sillón. Cómo de un momento a otro discuten por alguien que no tiene nada que ver con ellos. Cómo de un momento a otro sacaron a relucir ciertas cosas que se acordaron no hacer. Y cómo de un momento a otro todo se acabó.
—»¿Cómo dices? —Kaito masculla, sorprendido por la facilidad con la que Shinichi quiere acabar con todo. No hay mucho que rescatar entre ellos, porque nunca han tenido nada claro. Pensó que podría ganarse su corazón acercándose de a poco y por un momento se engañó a sí mismo con que lo estaba logrando, pero no era así—. Prefieres desquitarte conmigo, a aceptar mi ayuda. Vaya, eso dice cosas muy buenas de ti. —Sí, lo quiere y desea poder quedarse a su lado, pero no va a permitir que las cosas terminen por algo así. No de esta manera.
Y deberá admitir que esto no se trata de su orgullo o su dignidad, porque acepta que ha perdido ambas cosas durante su recorrido por robar el corazón de Shinichi, y no le importa. Con Shinichi sólo hay una manera para solucionar las cosas, porque no interesa lo que Kaito quiera, sino lo que el hombre frente a él quiere que se haga.
Kudō es ese tipo de hombre egoísta y recto que Kaito detesta, ese tipo de persona a la que se le dificulta adaptarse a otros. Y por eso Kaito se vuelve el perfecto contraste de esas personas, porque le gusta verlas comportarse todo lo opuesto a lo que son.
Pero Shinichi era diferente. Fue difícil pero logró que cediera a ciertas cosas por él, aunque se mostrará fastidiado cuando lo hacía o se excusara con que así ya no le insistiría. Kaito empezó a sentir que lo soportaba y eso se volvió en una gran razón para mantenerse a su lado.
Entonces todo resultó en pequeñas ilusiones de las que no se percató. En deseos que quiso hacer realidad. En un amor que comenzó a rogar. En un sueño que no se hizo realidad.
Shinichi gruñe, porque lo que dice es cierto, tan cierto que le cuesta aceptar que es así.
—»Tengo cosas más importantes en las que ocuparme ahora, como para lidiar contigo también. Así que mejor dejémoslo hasta aquí —preceptúa, mirándolo de frente, pero intentando ignorarlo al mismo tiempo.
—»¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra, Shinichi? —exige saber. Kaito también ha cedido infinidad de veces por Shinichi, se moldeó un poco a él inconscientemente, llegando al punto en que no se imagina de esta manera con nadie más. Porque nunca había querido así, anhelado tanto.
Sin embargo, ese hecho fehaciente no niega la existencia de ese porfiado carácter con el que ambos cuentan. Ése mismo que los hace discutir de esta manera. Ése mismo que les impide ser claros y crea tantos malentendidos. Ése mismo que los hace hablar a medias y los aleja.
—»Que estoy —hace una pausa, no quiere decir algo así, pero el cómo insiste le da a entender que no quiere perder las citas especiales que tiene con él. Antes, saber que piensa eso de ellos le tranquilizaría porque así se ahorraría escenas. Pero eso estaban haciendo: una escena. Y le estaba doliendo. Pero no debería, porque a él le daba igual, ¿no es así?— cansado de lidiar con un niño. ¿Es bastante obvio, o no? Acordamos que sólo sería sexo, pero no sería algo permanente y ya me aburriste.
—»¡Ah, yo te aburro! Pues qué curioso, porque no puedo decir que eres el hombre más divertido del mundo —soltó sin más, resoplando una risa burlona—. También te recordaré que dijimos que lo que hiciéramos en la cama y el trabajo, no tendrían relación, pero aquí estás, relacionando todo.
E insiste, lo hace porque lo que pide no es aquello que sale de su boca. Porque sus encuentros dejaron de ser sólo sexo desde hace un tiempo. Y eso es lo que le ruega: su compañía. Y no es esa salaz y prohibida, sino la inocente y cariñosa en contraste.
—»¡Sólo déjalo así y vete! —ahora ni siquiera lo intenta, el oírse coherente. Grita tan desesperado, como si realmente necesitara que lo dejara solo. Porque es así, Shinichi ha estado mucho tiempo solo, pasando sus noches con diferentes chicas de las que ahora no recuerda el rostro, ellas jamás estuvieron interesadas en saber quién era él y viceversa. Era más fácil cuando el amor sólo era una palabra con la que podía describir la relación de sus padres, una palabra lejana de él y de su vida.
Ahora sólo tiene miedo de que sea eso. Tan frustrante. Todos saben que el amor es doloroso cuando se vuelve unilateral, pero Shinichi sólo no quiere admitir que fue fácil de conquistar. Que se ha enamorado de alguien que sólo buscaba algo de compañía. Que ahora se siente como una prostituta por seguir a su lado buscando sus muestras de efecto y atención falsos como si fueran el pago de sus servicios.
Odia sentirse así: expuesto. Saber que no está teniendo el control de nada. Que ese hombre frente a él, al que se ha doblegado y entregado tantas veces, sólo lo trata bien porque se acuesta con él.
Sólo, ya no quiere sentirse así. Porque Shinichi también comenzó usando a Kaito, pero ahora es él quien se siente utilizado.
—»¡Pero ten la decencia de explicarme el porqué! —Y continúa, en gran parte porque le preocupa la manera en la que Shinichi trata de apartarlo. Todo rastro de su ególatra y compuesto ser se está cayendo a pedazos frente a sus ojos—. ¿Te hice algo que no te gustó? —pregunta preocupado y es tonto a la vez, hace tan sólo unos minutos dijo cosas que sabe que le molestan, pero Shinichi nunca pareció realmente ofendido ante nada de lo que le decía.
«Me hiciste quererte», piensa y se lo calla.
—»No es eso... —Shinichi bisbisea, mientras estira una mano hasta el pecho de Kaito para evitar que se siga acercando—. Sólo que ya no quiero tener algo contigo.
—»¿Por qué? —dice, tomando entre sus manos la de Shinichi, quien gime de frustración y no le mantiene la mirada.
—»¿Acaso importa? —intenta sonar hastiado, pero su susurro no suena lo suficientemente convincente—. Ya no quiero nada que ver contigo, ¿de acuerdo? Tener que esconder una relación como esta, de sexo consensuado, es muy cansado para mí. Tengo tantos asuntos que no puedo con todo, no puedo contigo. Además, ¿si te das cuenta de la diferencia de edad? Tengo veintisiete años, Kaito.
—»¿Y eso qué importa? Yo tengo veintidós, ni siquiera es tanto.
—»Y aun así lo siento tan disparejo. No quiero ni imaginar lo que la gente diría si se entera de que el heredero, Kudō Shinichi, está enredado con otro tipo que es cinco años menor que él. Sería un escándalo, ¿y sabes qué? De sólo pensarlo me duele la cabeza. No necesito eso. Tengo que arreglar el problema con Chen Li, supervisar la exhibición, terminar de tazar precios y atender a los corporativos; no necesito que estés tras de mí todo el tiempo, reclamando para saber el porqué quiero que esto —señaló algo inexistente entre ellos y lo cruelmente acertado que era eso, le dolió a los dos— se termine, cuando ni siquiera es una relación seria. Tenemos sexo, Kaito —enfatizó, atreviéndose a mirarlo—, en mi oficina, en el sillón y en tu casa. Sólo tenemos eso, no hay testigos de nada y nadie lo sabe, en otras palabras: no existe. A nadie le va a doler que tú y yo sigamos teniendo nada. Es mejor para los dos; tú podrás salir con chicas de tu edad y yo seguiré como hasta ahora: libre. —No le permitió protestar más, sólo se colocó el saco y salió de la oficina, cerró la puerta y esperó que al volver ya no estuviera ahí.
Kudō Shinichi fue esa clase de tipo hasta que todo lo que tenían terminó. Pensando sólo en él mientras fingía que realmente le importaba lo que dijeran los demás. Claro que no importaba, no lo hacía porque todos sabían que él, el heredero de la empresa de los Kudō, se acostaba con cuanta mujer se le cruzara. Todos sabían eso.
Y eso jamás fue un escándalo. Porque para bien o para mal, todas las mujeres con las que estuvo acordaban con él no hablar sobre lo que hacían en esas noches a nadie, y no lo hacían.
Le dijo muchas cosas esa vez, cosas que le hicieron entender que eso era todo lo que pensaba de él, que no había más. Que en realidad nunca hubo oportunidad de un ellos como tanto imaginaba. Porque dijo muchas cosas hirientes, dichas con esa intención.
Entonces se enteró que después de eso llegó a un acuerdo con Chen Li, se hizo cargo de todas esas cosas de las que dijo que quería encargarse y creyó que, tal vez, podrían hablar. Ahora con todo su estrés a un lado, decirle todo lo que quería con él. Pero entonces se fue.
Se apresuró tanto en terminar todo lo que tenía pendiente sólo para irse de vacaciones con su secretaria, Sōma. Y entonces todo lo que planeaba dio igual, porque Kaito siempre estuvo para él, lo apoyó y consintió. Y era completamente consiente de que su trato de dar y recibir era en un sólo sentido y con una única segunda intención detrás.
No estaban en una verdadera relación, ni para fingir algo para mantener tranquilos a sus padres. Sólo era eso: sexo.
Siempre fue eso. Le gustó Shinichi desde que lo vio, tuvo esa atracción hacia él y el saber sobre lo que le gustaba fue el camino que tomó para acercarse. Era un ganar-ganar, porque lo que Shinichi y Kaito querían era lo mismo: divertirse un rato.
No se suponía que dolería tanto.
Y luego volvía, manejando su tan conocido auto de regreso a la empresa, cuando había dicho que volvería dentro de dos semanas. Fue una casualidad estar viendo a través de la ventana en ese momento, por eso llamó a Jii para que lo fuera a buscar.
Entonces Kaito ya no buscaba hablar de amor, porque quería convencerse con que sería suficiente con tenerlo a su lado. No importa si las noches que no estaba con él, estaba con otras. Si sus lindos tratos, caricias, detalles y palabras nunca recibían respuesta, lo iba a tolerar.
Porque eso se supone que debe hacer.
Se supone que respetaría las reglas y no caería tan fácil ante sus pies, encantado por todo de él; de esos hábitos que tiene al dormir, de los lunares que tiene en la espalda, de lo competitivo que era en los juegos de mesa, de las lágrimas de impotencia que era capaz de derramar cuando veía casos de homicidios sin resolver, de lo selectivo que era con su ropa, lo observador que podía llegar a ser con ciertas cosas que a la vista de cualquiera no tienen importancia y de lo lindo que era cuando no quería admitir que quería un abrazo suyo. Pero Kaito lo hizo, cayó ante él de la peor manera.
Pero ese Shinichi con el que estuvo todo ese tiempo no fue el mismo que le dijo todas esas cosas. Y quería recuperarlo, por eso haría ese pequeño sacrificio. Así que sí, él quería volver a lo de antes, porque así era mejor.
Porque si lo que los unía era un deseo salaz que no era amor, lo que perdieran por discutir se podría recuperar.
Conoció dos tipos de Shinichi: el que conoció por casualidad y del que se enamoró; el que celó y luego lo terminó lastimando por lo filoso que resultó ser.
Pero había uno más: este.
Uno que llegó a disculparse, quien se arrepiente y dice quererle. Uno que no quiere recuperar lo mismo que él.
Uno que ahora piensa lo mismo que Kaito se esforzó tanto por cambiar para estar con él. Y ahora no sabe que hacer.
Ahora tiene miedo. Miedo de equivocarse y perderlo para siempre.
No se supone que el amor funcione así, no debería. Esto no lo es.
¿Qué es capaz de dejar Kaito para estar con él?
¿Su miedo?
¿Sus sentimientos?
Ya ha hecho todo eso, ¿no es así? Sin embargo, ¿por qué no se siente suficiente? Quiere cumplir cada cosa que Shinichi quiere para tenerlo a su lado y lo ha hecho, como amante o consejero, sólo se equivocó con enamorarse. Pero Shinichi sólo se ha disculpado. Sólo ha regresado una semana antes de sus vacaciones con la secretaria.
¿Es eso suficiente?
No quiere que alguno sufra por esto. No tiene claro si lo que Shinichi trató de decir con «Yo te extraño a ti» es realmente aquello que Kaito quiere que sea y por eso duda. No quiere pensar en que es sólo Shinichi tratando de recuperar esas noches. Pero él estaba dispuesto a ceder ante eso.
Libre.
Fue la palabra que Kudō usó para decirle que esa es su forma de ser. ¿Qué tipo de libertad le esperaba con Kaito al hacer eso?
Entonces sólo predomina este eterno silencio entre los dos. Donde los papeles se invierten de cierta manera y donde todo duele un poco más.
Tal vez, si Kaito y Shinichi hubiesen sido una pareja... ¿un abrazo sería suficiente para borrar toda esta tristeza?
—No lo sé... —Shinchi murmuró, avanzó tan sólo unos cuantos pasos hasta quedar a una distancia prudente de Kaito. Pasó el dorso de su mano por su mejilla, tratando de no lucir más miserable—. Si me he ilusionado o no, está bien. Que sea yo el único al que le duela el que lo que sea que tuvimos se acabe de verdad, porque me lo merezco. Me he equivocado en diferentes cosas durante toda mi vida, no soy perfecto y siempre lo he sabido, pero ninguna fue lo suficientemente dolorosa como para tomarle importancia. Pero aquí estoy, tratando de enmendar algo que yo rompí. Tú eres lo más cercano a algo «perfecto» que yo puedo ver, nunca te equivocaste en esto, incluso aunque no éramos pareja, aunque lo que teníamos no era nada serio y por eso nunca te devolví nada, porque no quería arriesgarme a acostumbrarme; siempre me apoyaste en lo que pudiste, me tratabas con cariño, me decías que podría solucionarlo todo, me mimabas y yo no lo aprecié. Quise apartarte cuando estar contigo ya no se sentía un acuerdo con un sólo propósito. Quise escapar cuando nuestra peculiar relación se volvió algo más que sólo unas cuantas noches juntos y caricias.
»Desde la primera vez que estuvimos juntos, me sentí diferente y pasó, pasó que quise alejarme de ti. Era un sentimiento nuevo y extraño que no era capaz de distinguir o de nombrar. No paraba de pensar en ti, en querer que estuvieras conmigo, que me abrazaras, que tomaras mi mano; empecé a sentir el vacío de tu ausencia. Sin embargo, me convencí de que esto que había en mi pecho, eso que me molestaba y no me permitía dejar de mirarte en el trabajo era sólo pasión. Me convencí de eso, aunque en el fondo sabía que no era verdad, que esto que siento por ti no lo he sentido por nadie más. Y odiaba el que lograras atraerme sin tener la suficiente fuerza como para hacer que me quedara, porque pese a todo lo que estoy sintiendo por ti, no dejé de ser este desastre, de no devolverte nada de lo que me dabas. No pude intentar ser algo mejor para ti. Entonces quise deshacerme de ese sentimiento peligroso en otras personas, quise encapricharme con alguien más. Porque eso quería que fuera: un capricho. Quise fingir que todo lo que me generabas no era realmente amor, e incluso ahora, temo que sea eso. Me culpaba a mí mismo de haberme acostumbrado tanto a ti, porque sabía que en algún momento podía herirte. Me dije que ese pensamiento sólo era compasión debido a que conocía de ti un historial parecido al mío. Pero quise ignorar que desde que estuviste conmigo no se escuchó ningún rumor sobre ti, porque no quería edificar ilusiones absurdas; creer en un amor que seguramente me estaba inventando.
»Fingí no notar en ti todo lo que quería en alguien, porque en ese momento no era capaz de detenerme un momento a pensarlo. Odiaba acostumbrarme tan rápido, porque entonces, en el fondo, sabía que sufriría cuando me faltaras. Porque no es un secreto el que no estoy hecho para las relaciones. Mi experiencia me ha dicho que soy incapaz de amar con la misma fuerza, que en una pareja soy el que ama menos y yo no quería que vivieras eso. No quería que sintieras que no eras amado de vuelta y por eso me empeñé en hacerte entender en que lo nuestro no era nada serio. Pero pronto me sorprendí a mí mismo anhelando más. Queriendo algo serio y entonces me llené de dudas, de miedos e inseguridades. Y ya no pude soportar eso. Entré en pánico ante una simple pregunta que me hizo temblar: «¿Y qué si a él ni siquiera le gusto?» Entonces decidí abandonarlo todo antes de que eso se volviera algo doloroso.
»Me aterraba el pensar que un chico menor que yo me rompiera el corazón, porque era muy probable; tú puedes salir con quien quieras y yo no era tu única opción. Es cierto, son sólo cinco años de diferencia, Kaito, pero yo logré muchas cosas en ese tiempo y no quería privarte de que tú hicieras lo mismo. No sentía que te atara, pero llegas en un momento de mi vida en la que yo ya me había mentalizado a estar solo, que tenerte conmigo fue muy fácil de disfrutar. Y no vengo ahora sólo para llenar el vacío, porque te quiero a ti, porque quiero hacer las cosas bien. Pero me temo que no soy lo suficientemente bueno para ti.
»No hace mucho tiempo que saliste de la universidad, estás iniciando tu carrera y yo sólo estoy enfocado en trabajar, ¿qué podría sacrificar yo por ti? Me he esforzado por estar en el puesto en el que estoy y no me creo capaz de dejar eso por ti, por eso es mejor así. Yo acepto eso, no quiero volver a lo de antes, porque sinceramente no podría lidiar con esconderlo otra vez, no me importa lo que digan los demás. Quisiera presumir que estoy contigo y que tú puedas hacer lo mismo. Pero no hay nada de mí de lo que te puedas enorgullecer. No hay nada en mí que realmente valga la pena. Vine aquí a disculparme, pero no esperaba ningún tipo de respuesta de tu parte, algo de mí tenía esperanza y la otra sólo quería decirte esto. Lo cierto es que he hecho todo mal desde el principio, incluso cuando no éramos nada.
—No quiero que sacrifiques ese tipo de cosas, Shinichi. —Ahora ni siquiera podía verlo al rostro, todo lo que le dice sólo le hace querer abrazarlo, besarlo y no soltarlo jamás, pero es difícil. Porque es verdad, Shinichi hizo muchas cosas y sólo ahora, después de decirle tantas otras, viene y pide su perdón. Ya lo había dicho, que lo haría, que se lo daría, pero eso era cuando creía que no se arrepentía, cuando creía que lo hizo sin pensar porque no sentía lo mismo que él. Y ahora entendía que no, que siempre tuvo algo en su corazón, incluso cuando dijo esas cosas, consciente de que podía lastimarlo. Entonces es un poco más difícil perdonarlo, porque si hizo eso cuando lo quería, ¿qué más no haría si se lo permitiera?—. Lo cierto es que sólo tengo miedo. Miedo de que un día sólo me digas que te has cansado de mí, porque si bien dije que la brecha de la edad no es grande, sí me acompleja un poco. Has vivido tan sólo unos cuantos años más que yo, pero has conocido más gente en ese tiempo, gente a parte de mí que seguramente es más interesante, como esas chicas con las que sueles estar y luego dejas atrás. Yo no quería ser algo de una noche, ni hacerte sentir que tú eras eso para mí. Te traté todo este tiempo por el cariño que comencé a tenerte, y en el momento que menos lo esperé, ya me había enamorado. Estaba tan frustrado cuando me di cuenta, porque eso fue lo primero que me dijiste «eres joven, los jóvenes se enamoran rápido» y fue la principal razón por la que no querías iniciar nada conmigo. Pase muchas noches fingiendo que esto que sentía no era el dichoso amor del que tanto pregonabas en el que iba a caer. Luego sólo dio igual, porque me llegué a encariñar con los pocos momentos en los que estábamos juntos, me conformé con eso y me convencí con que desear algo más era avaricia. Escondí lo mejor que pude mis ganas de abrazarte siempre, de besarte y decirte las cosas lindas que pensaba de ti, realmente tenía la esperanza de que llegaras a quererme como yo a ti.
»Y no negaré que después de que nos separamos me dolió. Me había convencido durante tanto tiempo de que lo que empezaba a querer no podía ser posible, que todos esos momentos con los que empecé a soñar jamás se harían realidad, que me resigné a conservar lo poco que había. Sin embargo, cuando me mandabas a llamar porque te sentías mal y sólo querías un abrazo. Cuando me visitabas en mi apartamento y no era para tener algo, sino sólo dormir, lo disfruté, en serio. Despertar y tenerte ahí, prepararte el desayuno y desearte los buenos días. Sentía que todo lo que quería contigo se estaba haciendo real. Pero luego dejó de ser suficiente, quise más. Quería y deseaba que supieras que te quería. Pero temía que eso te alejara de mí. Entonces me propuse ganarme un lugar en tu corazón poco a poco, pero continué con tus reglas y todas las restricciones que nos permitían estar juntos. Realmente quise mantenerme al margen, mas no pude. Empecé a concederme atribuciones que no me correspondían. Me ponía inquieto el que descubrieras este sentimiento que tenía por ti, estar expuesto ante ti. No obstante, todo eso me dio igual el día que terminaste nuestra relación, cuando dijiste todas esas cosas sobre mí que me hicieron regresar a la realidad. Que me hicieron ver que todo lo temía era verdad. Que lo que te impedía quererme era solamente yo. Que esas esperanzas y todo aquello que quería contigo jamás podrían ser.
»Pero no pude odiarte. No podría porque la razón de nuestra unión era meramente carnal y yo estaba más que consciente de eso. Porque yo, casi todo el tiempo que duró, estuve de acuerdo con eso. Y esta semana que no estuviste sólo hizo crecer esto que hay en mi pecho. Esto que sólo late por ti. Entendí que te extrañaba tanto y te quería de igual manera que estaba dispuesto a esconder mi amor con tal de recuperarte. Que haría lo imposible por ocultarlo bien está vez. Aunque sabía que no estaba bien, que entonces saldría lastimado otra vez. Que eso que quería era una manera estúpida de creerme tuyo un poco más. Pero no me importaba. No importaba si le daba la razón a todas esas cosas que dijiste de mí. Aún me aferraba a esa diminuta esperanza. Pero era tan estúpido, tan tonto, tan yo creer que de esa manera podría ser feliz. ¡Estaba desesperado! Ahora lo digo frente a ti, en voz alta, lejos de mi mente que no hace más que estar de acuerdo con las idioteces que planifico y me doy cuenta de que nada de lo iba a hacer realmente iba a funcionar. Es ahora que lo transformo en palabras que me doy cuenta eso no es felicidad. —Entonces exhala frustrado contra sus manos y continúa hablando, porque ya no es capaz de mantenerle la mirada—. Esto es tan confuso. Te amo, Shinichi, quiero estar contigo. Realmente quiero hacerlo. Pero me temo que necesito tiempo, ambos lo necesitamos, ¿no lo crees así? —Y levanta la mirada, percatándose de la inquietud de Kudō. De esa mirada suya carente de brillo y esa seguridad que le cautiva tanto, que comprende lo que sucede. Que le permite leerlo a la perfección, y no le importa si sabe que a él le fastidia la forma en que le conoce tan bien, porque cree que esta vez no será así, que no estará a la defensiva y lo rechazará. Porque ahora se percata de este nuevo aire que se respira: dónde no hay restricciones y reglas absurdas que los alejan. Entonces sonríe un poco y contrario al pasado, Shinichi no hace una mueca, sólo espera—. ¿Qué se supone que es esto? Te estoy diciendo que te quiero como lo haces tú, ¿lo que sigue no es un abrazo, un beso y asunto arreglado? ¿Entonces por qué luces tan triste, cariño?
Lo cierto es que lo han arruinado tanto, ninguno con el valor suficiente de admitirlo antes, de contar lo que realmente sentían y permitiendo que los sentimientos quedaran enterrados en lo profundo del corazón. Y tal vez lo mejor fue que las cosas se dieran así, porque de no ser por esa discusión, ninguno de los dos hubiera dicho nada.
Porque entonces Shinichi no estaría llorando por la culpa que siente, corriendo a los brazos de Kaito, ya que sabe que él lo va a recibir. Que Kaito no estaría ocultando aquellos sollozos de felicidad en el hombro de Shinichi y susurrándole un «Te amo» repetitivo que no pierde el significado pese a lo mucho que lo pronuncia. Que Shinichi no estaría acariciando su espalda para calmarlo y besando su mejilla, respondiendo un «Yo también» las veces que sean necesarias hasta que Kaito entienda que nunca se va a cansar de él.
—Mejoremos juntos —Kaito murmura sin intenciones de separarse del abrazo. Shinichi no puede mirar su cara y no sabe si sigue llorando, pero sólo continua consolándolo. Ya han tenido suficientes caricias y noches juntos, ahora sólo necesitan algo más inocente—, vamos a convertirnos en algo de lo que el otro pueda enorgullecerse.
Shinichi se separa un poco y presiona una sonrisa, un intento de
no volver a llorar, porque ya es suficiente de lágrimas, ahora sólo quiere estar feliz, estar con Kaito. Entonces asiente y le da un beso suave en los labios. Cuando se separan, ni siquiera están tan distanciados, es lo suficientemente cerca como para que la respiración del otro roce sus labios.
—No necesitas hacer nada más para que esté orgulloso de ti.
Fin.
