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Miró a la multitud reunida en la plaza frente al Gremio de Alquimistas, nobles y plebeyos esperaban expectantes a la ceremonia de bautizo tradicional de Casa Targaryen. Cada vez que nacía un niño con sangre y apellido Targaryen una ceremonia valyria tenía lugar para que las Catorce Llamas bendijeran al bebé.
Alicent nunca había entendido por qué la Fe permitía tal blasfemia, ¿no era suficiente que la Corona practicara su religión pagana a puerta cerrada? ¿Por qué permitía una ceremonia tan atroz e impía a ojos de todos?
Había sido un compromiso entre la Fe y el Viejo Rey, pero la única religión verdadera también había llegado a considerar el rito una prueba para estar seguros que los nuevos Targaryen eran dignos. Los Siete consideraban el fuego como un medio de purificación, por algo era usado para ejecutar a los pecadores, como los ándalos hicieron a su llegada a Westeros al quemar los arcianos tétricos que los Primero Hombres seguían adorando.
No lo entendía, pero lo aceptaba, Alicent había llegado a ese acuerdo.
Además, el bautizo funcionaría a su favor, a favor de Aegon.
Ver a Aegon intacto en medio del fuego debería convencer a Viserys de que su hijo debía ser nombrado heredero.
Rhaenyra había reído durante su bautizo, pateando y agitando las manos, riendo como si jugara con las llamas, como si disfrutara estar en medio de todo ese peligroso calor. Viserys nunca se callaba sobre eso, tan orgulloso de su hija, ya comparando a Aegon con ella.
Aegon sería mejor, Alicent estaba segura.
Con la mitad de su sangre siendo ándala no había forma de que Aegon no saliera airoso de esto. ¿Qué tendrían que purificarle a su hijo perfecto? A Aegon que era un varón, el hijo primogénito del rey, con su sangre valyria y sangre ándala, descendiente de los antiguos Reyes del Faro, hijo de una mujer piadosa y devota.
—Es hora —dijo su padre, parado orgulloso a su lado.
Lord Hobert y Lady Melinda Hightower estaban parados al otro lado de Alicent.
Sus tíos eran los padrinos de Aegon para esta ceremonia.
Viserys había deseado que el príncipe Daemon y la princesa Rhaenys lo fueran, pero ambos habían rechazado el honor.
Tontos y orgullosos.
El príncipe Daemon siempre había despreciado al padre de Alicent y tampoco tenía amor por ella. La princesa Rhaenys seguía amargada por Viserys eligiendo a Alicent sobre su hija vulgar.
Eso estaba muy bien para Alicent, lo último que deseaba era influencias dañinas como ellos para su hijo perfecto.
La princesa Rhaeny había demostrado su valía deficiente como madrina de Rhaenyra. El príncipe Baelon había elegido al matrimonio Velaryon –Lord Corlys fue padrino por relación, pero no directo aunque no lo detuvo de actuar como tal– como los guardianes espirituales de su única nieta, tantos años atrás; según Viserys, había sido el intento del Príncipe de la Primavera para reparar un poco los lazos lastimados desde que fue elegido heredero en lugar de la princesa Rhaenys tras la muerte del príncipe Aemon. Una decisión sentimental, el padre de Alicent había dicho con sabiduría.
Una decisión que sólo había hecho a Rhaenyra más mimada de lo que naturalmente era. Entre los Velaryon y el príncipe Daemon, Rhaenyra creció para ser una criatura vanidosa y salvaje que era incapaz de reconocer y aceptar su lugar en el mundo.
Por eso, aunque Alicent le tenía cariño por todos los años juntas, no estuvo de acuerdo cuando Viserys decidió que ella fuera la madrina de Aegon. En lugar de cualquiera de esas personas inadecuadas, Alicent eligió a sus tíos.
Un matrimonio piadoso, dos personas rectas y sensatas era lo que Aegon necesitaba como guías. Guías responsables y conscientes de sus deberes, no guías que sólo lo llevaran a su perdición.
Una perdición tanto figurativa como física.
Alicent estaba segura que Rhaenyra o los Velaryon se desharían de Aegon a la primera oportunidad, siendo él un desafía a su herencia y la manifestación del insulto de Viserys contra los caballitos de mar.
Personas insensatas que se negaban a aceptar el orden del mundo.
Rhaenyra era una mujer, se suponía que se casara y diera hijos a su marido, no que gobernara un reino que merecía más que una chiquilla temperamental. Y Alicent definitivamente era mejor reina de lo que Laena Velaryon pudo ser, después de todo, el reino necesitaba una reina piadosa y obediente que fuera capaz de cumplir su deber.
—Acerquen al príncipe —llamó el Sumo Sacerdote Valyrio, parado frente a la cuna de acero valyrio en la que el Alquimista Principal acababa de encender un fuego.
Alicent miró a Viserys, que permanecía parado al otro lado de la cuna, junto a Rhaenyra. Los únicos miembros de sangre de la Familia Real que se habían dignado a asistir.
Ella se había molestado cuando le explicaron el orden en que cada asistente se presentaría. Los valyrios de sangre a la derecha, el resto a la izquierda. Alicent era la reina, pero estaba a un lado como un simple invitado de honor, Aegon también, pero él pasaría a los brazos de su padre una vez que fuera bendecido como un verdadero Targaryen.
Se había mordido la lengua cuando escuchó los murmullos de los invitados, quienes recordaron que la reina Aemma había estado junto a reyes y príncipes durante el bautizo de Rhaenyra. Ah, pero la Gentil Reina Aemma tenía sangre Targaryen. Sí, Alicent no tenía sangre real, pero ya había salido victoriosa en lo que Aemma Arryn nunca pudo.
Viserys asintió hacia Alicent, entonces ella indicó a su doncella principal, una prima del Dominio, que comenzara a caminar con Aegon en sus brazos. Sus tíos avanzaron también. Alicent y su padre fueron los últimos en acercarse, a la par de Viserys y Rhaenyra.
Su otrora querida amiga la miraba sin emoción, su expresión apenas controlada para no mostrar desprecio. Rhaenyra seguía sin aceptar a Alicent como esposa de su padre, ni como su reina. Alicent se mantuvo impasible y correcta, la opinión de una chica mimada no importaba, no cuando era Alicent quien estaba en lo alto de la jerarquía.
Rhaenyra aceptaría su lugar tarde o temprano. Más temprano, una vez que viera a Aegon pararse digno y solemne entre las llamas de los dioses que Rhaenyra tanto favorecía. Pobrecita princesa, ¿cuánto se amargaría al ver que sus preciados dioses impíos bendecían y favorecían al hijo de Alicent?
Escuchó el siseo de sus tíos cuando el Sumo Sacerdote cortó los dedos anulares de sus manos izquierdas. Arrugó la nariz cuando vio gotas de sangre caer en la boca abierta de Aegon; otra cosa por la que consideraba tan atroz esta ceremonia.
Finalmente, colocaron a Aegon en la cuna.
Pasó un momento donde las llamas lo envolvían como si estuvieran inspeccionando cada parte de Aegon. Se regañó por tener un pensamiento tan ilógico.
Salió de sus pensamientos cuando escuchó gritos.
Provenían de la cuna encendida.
Aegon estaba gritando.
Aegon se estaba quemando.
— ¡El príncipe! ¡Sáquenlo! —gritó el tío Hobert.
— ¡Su Gracia! —Lady Melinda se atrevió a gritar al rey en busca de ayuda.
Alicent y su padre permanecían parados, sin moverse, como si no pudieran creer lo que estaba pasando.
—Los dioses han hablado —sentenció el Sumo Sacerdote, lleno de seriedad, entonces gritó para que la multitud lo escuchara —: ¡Los dioses han hablado! ¡Aegon, hijo de Alicent Hightower, no es un dragón!
Fue entonces que el padre de Alicent reaccionó.
— ¡Eso es traición! ¡Cómo te atreves a decir-
Fue cortado por Viserys.
—Los dioses han hablado, Otto —¿por qué su esposo no tenía ninguna reacción? ¿Por qué no mostraba incredulidad o tristeza? ¿No era su hijo el que gritaba mientras moría quemado? —. Lo siento, querida.
¿Por qué Viserys la miraba con lástima?
¿Por qué no había, al menos, sorpresa en su mirada?
¿Por qué parecía que su esposo había esperado esto?
—Mi sentido pésame, madrastra —Rhaenyra era todo frialdad, pero algo brillaba en sus ojos.
Satisfacción.
Triunfo.
Alicent gritó.
…
Se estaba desgarrando los dedos, viendo al otro lado de la carpa donde Rhaenyra desfilaba con Helaena en la cadera, sonriendo, recibiendo adulaciones y felicitaciones de todos como si Rhaenyra fuera la madre de la hija de Alicent.
Tras la pérdida de Aegon, su padre la urgió a embarazarse de nuevo.
El rey necesitaba un heredero y Alicent necesitaba un hijo que afianzara su posición.
Todo poder que había conseguido con el nacimiento de Aegon se perdió con su muerte. Los susurros que la habían seguido al principio de su matrimonio, criticando cómo consiguió la corona, señalándola como una puta cuando sólo obedeció a su padre, se hicieron más fuertes desde el bautizo.
Su padre se había encargado de silenciarlos tanto como era posible, pero con Alicent sin la protección de la existencia de un hijo varón, las Corte se volvió valiente y no escatimaban en sus golpes contra la Reina Puta, la dama cuyo útero era tan débil que no podía crear un verdadero niño Targaryen.
Los susurros se detuvieron un poco durante su segundo embarazo, todos expectantes a ver si Alicent volvía a fracasar.
Y fracasar era lo que hizo.
Ella tuvo una hija.
Un perfecto bebé Targaryen, como había pensado que lo fue Aegon, pero aunque Helaena sobrevivió al bautizo, su existencia seguía siendo un fracaso.
¿De qué le servía una hija?
Helaena sería incapaz de proteger a Alicent a medida de los años, Helaena pertenecería a un hombre y otra Casa cuando creciera. Además, Helaena, de hecho, seguía a Rhaenyra en la línea de sucesión.
Helaena Targaryen era la segunda hija del rey, la segunda heredera de la Corona.
La tradición y la Fe no estaban en su favor en este caso.
Que su hija descansara tranquila entre las llamas fue una victoria vacía para Alicent y Casa Hightower, su padre se lo había dejado bastante claro.
Por si fuera poco, Rhaenyra se aprovechó de la desgana de Alicent y se acercó a Helaena como si tuviera todo el derecho del mundo. La tomó bajo su ala y declaró que la ayudaría a crecer como una espléndida princesa Targaryen y Viserys, que parecía no amar a nadie más que a sus hijas, estuvo completamente de acuerdo.
¿No fue suficiente nombrar a Rhaenyra la madrina de Helaena sin tomar en cuenta la opinión de Alicent?
¿Qué esperabas que sucediera, hermano? El chico tenía una madre ándala, un abuelo ándalo y padrinos ándalos, el príncipe Daemon se había burlado frente a toda la Corte cuando regresó de los Peldaños de Piedra, mirando a Alicent como si fuera lodo manchando sus botas.
—Ya es tiempo de que la princesa se case —comentó una de sus damas.
Alicent sabía eso muy bien.
Pronto, Rhaenyra estaría expulsando niños que podrían triunfar donde el Aegon de Alicent no.
La cacería actual tenía el doble propósito de festejar el primer onomástico de Helaena y conocer prospectos como esposo de Rhaenyra.
—Pensé que la princesa se casaría con Lord Laenor Velaryon —comentó la más joven de sus acompañantes, otra niña del Dominio, el único reino que aceptaba enviar a sus hijas a servir a Alicent —, ya que la Corona quiere puros niños valyrios.
Alicent le dirigió una mirada mordaz.
¿La chica estúpida no se dio cuenta que acababa de insultar a su reina?
—No, la Corona quiere niños Targaryen puros —Lady Hannya Redwyne reflexionó, también ignorando deliberadamente que su reina la estaba escuchando —. Lord Laenor sólo tiene, tal vez, una cuarta parte de sangre Targaryen. Su madre, la princesa Rhaenys, es mitad Targaryen.
— ¿Tal vez por eso Lord Laenor y Lady Laena no tuvieron un bautizo? Quizás la princesa Rhaenys temió que sus hijos se quemaran, ella fue lo suficientemente afortunada para sobrevivir a su bautizo.
—La reina Aemma nunca tuvo uno —agregó la tía de Alicent.
Era una especulación que la Buena Reina no se atrevió a bautizar a su nieta por temor a que muriera; además, Aemma Arryn había sido eso, una Arryn y como tal no había tenido derecho a la ceremonia.
— ¿Entonces qué será de los hijos de la princesa Rhaenyra? No hay Targaryen varones para casarse.
Alicent ocultó una sonrisa detrás de su taza de té.
Los hijos de Rhaenyra perecerían y ella sentiría la misma derrota que Alicent, después de todo, Rhaenyra sólo era tres cuartas partes Targaryen. La sangre de dragón en sus hijos sería superada por la de su marido porque Viserys nunca anularía el matrimonio del príncipe Daemon.
…
Se presentó a la boda de Rhaenyra con un esplendoroso vestido verde.
No era un llamado a la guerra.
Era una declaración de triunfo anticipado.
No había manera de que Rhaenyra tuviera hijos cuyos bautizos no terminaran en lágrimas.
Eso si lograba quedar embarazada de un tragaespadas.
Alicent tocó solemnemente su vientre abultado.
Estaba esperando un nuevo bebé; un hijo varón, estaba segura.
Tan seguro como estaba de que su nuevo hijo triunfaría donde Aegon no.
A pesar de sentir dolor en el corazón se acercó a la religión valyria. Escuchó los sermones del Sumo Sacerdote, oró a las Catorce Llamas y convenció a su padre de que era necesario construir templos valyrios.
Ella podía estar tentando la ira de los Siete, pero ellos entenderían las acciones desesperadas de una madre. El Septón Supremo lo había entendido después de que le entregara cofres llenos de oro. Los Siete no eran ambiciosos ni banales, pero sin duda apreciarían el sacrificio de una mujer piadosa por el futuro de su legado y el de su Casa.
Sin embargo, Alicent trazó la línea en cuanto a los padrinos de su nuevo bebé.
En lugar de Rhaenyra y Laenor Velaryon, ella eligió ya a su hermano, Gwayne.
…
¿Por qué?
¡¿Por qué?!
¡¿Por qué el hijo de Rhaenyra bostezó en las llamas, intacto, pero el dulce Aemond de Alicent pereció?!
Aemond que nació fácil, deslizandose sin contratiempos en el mundo. Aemond que era tranquilo cuando Aegon había sido inquieto. Aemond que se acurrucaba contento en los brazos de Alicent cuando Helaena había gritado al menor contacto.
Su Aemond que nació como un perfecto príncipe Targaryen con su cabello como luz de estrellas y ojos como joyas brillantes, mientras Jacaerys Targaryen tenía cabello negro y ojos morados oscuros que parecían también negros.
Jacaerys Targaryen que era un bastardo.
No había otra forma de que ese niño triunfara mientras el Aemond de Alicent no.
¿No era Criston Cole el escudo juramentado de Rhaenyra? El caballero dorniense siempre había sido obvio en su adoración por la princesa puta. Y Laenor Velaryon nunca dejó a su amante, ese caballero Lonmouth que lo seguía a sol y sombra.
No importaba que Targaryen y Velaryon afirmaran que el príncipe Jacaerys heredó su cabello de su abuela, la princesa Rhaenys, y sus ojos eran como los de la Reina del Este, Rhaena Targaryen.
Rhaenyra se estaba agarrando a todo lo que podía para presentar a su bastardo como legítimo. Incluso pasó sobre el orgullo de su marido al declarar que sus hijos tendrían el apellido de su madre y no de su padre.
Era una aberración, ¿pero qué se podía esperar de esa princesa presuntuosa?
…
—Dejarás que el rey elija a los padrinos para este niño, ¿entiendes, Alicent? —su padre apretó el agarre en su brazos.
Alicent hizo una mueca, tanto por el dolor como por la orden.
¿Cómo se atrevía su padre a tratarla así? ¿A ella, la reina?
¿Reina de qué? Sólo eres una consorte y el único niño que ha sobrevivido es una mujer y ni siquiera te ve como su madre, había perdido la cuenta de las veces que escuchó eso de diferentes parientes Hightower.
Nadie la respetaba.
—No puede ser coincidencia que Helaena sobrevivió por tener a Rhaenyra como madrina, mientras que Aegon y Aemond, que tuvieron padrinos de nuestra Casa, no —su padre la miró fijamente a los ojos —. Debe ser alguna magia que portan en la sangre.
— ¡La magia no existe, padre!
— ¡Niña idiota! ¡¿Cómo crees que montan dragones?!
Alicent no tenía respuestas, así que volteó el rostro.
Su padre la soltó sin delicadeza y se apartó.
—Te tragarás tu desprecio y aguantarás tu descontento, el bebé que esperas debe sobrevivir, especialmente si es un varón. Una mujer será empujada más en la línea de sucesión, sobre todo ahora que el príncipe Jacaerys existe y hay posibilidad de que Rhaenyra tenga otro varón.
Alicent y Rhaenyra estaban embarazadas al mismo tiempo.
Ella lo detestaba.
La atención que debía ser para ella fue robada por la puta.
—Jacaerys es un bastardo, el reino nunca lo aceptará como rey.
Su padre la miró, de nuevo, como si fuera estúpida.
Aunque alimentaba los rumores, su padre nunca había parecido convencido de la bastardía del hijo de Rhaenyra.
—Bastardo o no, es un varón. Los Velaryon, Arryn y Baratheon lo apoyan, tiene un dragón que eclosionó en su cuna y es ahijado del maldito Daemon Targaryen. El reino puede no aceptar felizmente a Rhaenyra como reina, pero está apaciguado porque es seguro que habrá un rey después de ella. Una reina con un hijo varón es mejor que una reina niña.
Alicent había estado presente cuando su padre y tío discutieron sobre la posibilidad de impulsar su causa con Helaena como reina. Ella se había sentido aliviada por la idea de que si era así había cumplido con su deber, pero también se sintió desconcertada. ¿No era la intención apartar a Rhaenyra como heredera porque el orden natural era un varón como futuro rey?
—No importa si es Rhaenyra o Daemon, este bebé tendrá padrinos Targaryen.
Fue la orden de su padre antes de dejarla sola.
…
Bebió una copa de vino tras otra mientras esperaba.
Rhaenyra y Ser Laenor se habían llevado a Daeron para practicar un ritual antes de la ceremonia de bautizo.
Alicent estaría más asustada si no hubiera experimentado algo como esto antes. Rhaenyra también había realizado un ritual para Helaena la noche antes del bautizo. Ella había pasado horas angustiada, pero Helaena fue devuelta a los brazos de su niñera completamente sana y salva.
Si este era una especie de requisito, ¿por qué no hubo ritual para Aegon y Aemond?
—Porque sus padrinos no eran valyrios —la voz de Lady Laena la sobresaltó —. Disculpas por asustarte, Excelencia, pero hablaste en voz alta.
A pesar del título, Alicent sintió que fue una burla.
Nunca había respeto ni reverencia cuando otros se dirigían a ella.
El príncipe Daemon, sobre todo, disfrutaba de seguirla llamando como si fuera soltera; Lady Alicent. La burla de Rhaenyra era mayor con su madrastra.
—Mis hijos eran valyrios.
—Apenas la mitad.
No lo suficiente, fue lo que escuchó.
Alicent la miró con furia.
¿Por qué siempre la atacaban como si su sangre fuera inferior? ¿Qué tenía de malo ser ándalo? En lo que a Alicent respectaba, su sangre ándala estaba limpiando la abominable ascendencia de los Targaryen.
—La sangre es más importante de lo que crees, Excelencia, siempre lo ha sido para los valyrios, especialmente para los Targaryen desde la Perdición.
—La sangre es sangre —espetó despectiva.
Lady Laena miró a Alicent como si fuera una niña pequeña que estaba aprendiendo por primera vez las oraciones de la Fe.
—La sangre es sangre, de hecho.
Y con eso se fue para reunirse con sus padres y el príncipe Daemon al otro lado de la habitación.
La princesa Rhaenys tenía al bastardo mayor en su regazo, leyéndole alguna historia sucia en alto valyrio. Lord Corlys y Viserys, mientras tanto, competían por sacar una risa del bastardo menor que estaba acunado en brazos del príncipe Daemon.
Lucerys Targaryen, quien tomaría el apellido Velaryon cuando se convirtiera en Señor de las Mareas, nació con una mata de cabello blanco, apenas rizado, y ojos dispares, además del rostro mil veces maldito de la reina Aemma.
El príncipe Daemon fue elegido como su padrino, tal como lo había sido para Jacaerys.
Alicent estaba casi segura que este segundo chico era el bastardo del príncipe.
¿A quién elegiría Rhaenyra a continuación? Tal vez al reciente esposo de Lady Laena, ese príncipe promiscuo de Dorne.
…
—Somos los padrinos de Daeron y tenemos todo el derecho a participar en su vida e intervenir en decisiones que lo afectarán negativamente.
¡Cómo se atrevía!
¡Rhaenyra no tenía ningún derecho sobre el hijo de Alicent!
—Es una tradición que lo niños sean fomentados en otras Casas, princesa —el padre de Alicent intentó hacer entrar en razón a la puta idiota.
—Una tradición ándala —el encanto de Lord Laenor desaparecía cada vez que interactuaba con cualquier Hightower —. Daeron es un valyrio, es un príncipe. ¿Cuándo se ha visto a un príncipe Targaryen ser criado lejos de su familia y en una Casa menor?
—Casa Hightower es extremadamente respetable —su padre estaba rojo, mostrando la ira que Alicent también sentía por el flagrante desprecio de esos mocosos mimados contra su Casa.
—Por supuesto que lo es, eso no está en duda, Ser Otto —Rhaenyra sonrió sin sinceridad, faltando el respeto a Lord Mano —. Daeron es muy joven, apenas cumplió un onomástico y su lugar es con su familia, no lejos de ella.
—Todo Hightower es su familia —intervino Alicent —, él estará bien cuidado por su familia materna, mi familia.
Y protegido.
Muy protegido, lejos de la amenaza de Rhaenyra y de su influencia perniciosa.
Helaena ya era un caso perdido, con la mente siempre en las nubes, ya ostentosa y mimada como Rhaenyra lo había sido. Y rodeada de alimañas porque Rhaenyra era incapaz de educarla bien.
Pero no Daeron.
Daeron sería perfecto.
Sería educado adecuadamente, piadoso y obediente. Crecería para ser el rey más grandioso de todos.
Casa Hightower se aseguraría de eso.
—Comprometámonos —Viserys finalmente habló, Alicent se acercó para tomar su mano.
Ella ya había hablado con él y lo convenció de estar a su lado. Además, él no podía negarle esto, no cuando Aegon y Aemond se perdieron por su tradición pagana.
—Daeron vivirá un tiempo en Oldtown, aprendiendo de su familia materna —Alicent sonrió y Rhaenyra frunció el ceño —, cuando cumpla diez onomásticos.
La sonrisa de Alicent cayó, su padre intentó refutar.
Viserys levantó una mano.
—Entonces pasará, digamos, tres años con Casa Hightower para honrar a la reina Alicent.
Su padre comenzó a negociar el número de años después de que sus esfuerzos por hacer recapacitar a Viserys no funcionaron. Rhaenyra y Ser Laenor estaban hablando en valyrio entre ellos, seguramente conspirando para humillar a Alicent.
—Muy bien —Viserys decidió por fin, cansinamente —. Daeron se criará en Oldtown durante seis años, hasta su mayoría de edad.
— ¡Padre! —Rhaenyra estaba enojada.
Bien.
—Paz, mi hija.
Ser Laenor tomó una mano de Rhaenyra, tratando de tranquilizarla.
Rhaenyra era incapaz de mantener la mente fría, siempre temperamental e irrefelxiva.
—Hasta que ese momento llegue, el cuidado y la educación de Daeron estará en manos de la princesa Rhaenyra. Ella y su esposo, Ser Laenor, tienen la última palabra en todo lo que respecta al pequeño Daeron.
¿Qué… ¿qué tontería acababa de escuchar?
— ¡Majestad! —el padre de Alicent se acercó a Viserys —. ¡Alicent es su madre! ¡Su deber el velar por Daeron!
— ¡No puedes quitarme a mi hijo! —reaccionó, soltando violentamente a su marido y encarándolo —. ¡Ya le diste a Helaena! ¡No puedes darle también a Daeron!
— ¿Darme? Fuiste tú quien abandonó a Helaena porque no era el varón que deseabas.
— ¡Cállate! ¡La madre de bastardos no puede juzgarme!
Una bofetada fue lo que recibió por sus palabras.
Alicent trastabilló hacia atrás, tocando con una mano la mejilla que ya comenzaba a palpitarle, viendo a Rhaenyra que todavía tenía la mano levantada.
—Te equivocas, Alicent. La que no puede juzgarme eres tú, la hipócrita traidora que se metió en la cama de mi padre la misma noche del funeral de mi madre y hermano.
— ¡Esta falta de respeto no puede tolerarse! —su padre salió en su defensa —. ¡Majestad, la princesa acaba de-
—Suficiente, Otto. Mi hija no dijo mentiras, ¿o sí?
Viserys no se inmutó cuando Alicent y su padre lo miraron, sintiéndose traicionados.
—Cometí un grave error al permitir la cercanía de Alicent. No soy tan tonto como me creen, desde el principio supe cuál era el objetivo de las visitas de tu hija.
—Y todavía cometiste tal… desliz —Ser Laenor lucía muy crítico, pero también divertido en cuanto miró a Alicent.
¿Alicent Hightower era considerada un simple desliz por su propio esposo?
—Estaba cegado por el dolor.
—No puedes decir eso —la voz de Rhaenyra tembló, pero su expresión estaba deformada en ira —. No puedes excusar con eso la falta de respeto contra mi madre. Tampoco puedes decirlo así, tan a la ligera, como si no hubieras puesto en peligro mi derecho.
—Nada saldría de este matrimonio, lo sabes tan bien como yo, Rhaenyra.
¿Qué acababa de decir Viserys?
—Tu derecho nunca estuvo en peligro.
— ¿Y crees que eso lo hace mejor?
Viserys bajó la mirada, avergonzado.
Alicent no entendía nada.
— ¿De qué habla, Majestad? —el padre de Alicent pidió explicaciones.
Fue Ser Laenor quien respondió.
—Los niños mestizos nunca sobreviven a un bautizo, especialmente cuando sus padrinos no tienen sangre de dragón. El incesto Targaryen tiene una razón, además del vínculo con dragones, la pureza de la sangre asegura que los bebés sobrevivirán a la ceremonia.
— ¿Por qué una ceremonia así existe en primer lugar? —su padre se veía tan pálido como Alicent se sentía.
—El bautizo ha existido desde el apogeo de Valyria, desde que aparecieron los primeros jinetes de dragones. El bautizo, además de una ceremonia para implorar la bendición de las Llamas, es una prueba. Sólo aquellos que son dignos pueden convertirse en señores dragones. Además, los bebés ganan un conjunto más de padres que los protegerán y guiarán.
— ¿Mis hijos nunca iban a sobrevivir? —Alicent escuchó lejana su propia voz.
Viserys la miró, lástima una vez más en sus ojos.
—Ellos no iban a ser concebidos, para empezar. Te envié el té de luna para evitarte el dolor, Alicent, además de proteger el derecho de Rhaenyra.
Rhaenyra.
Rhaenyra, Rhaenyra, Rhaenyra.
¡Todo siempre se reducía a Rhaenyra!
— ¿Envió qué?
— ¿Alicent no te lo dijo, Otto?
Por supuesto que Alicent no le habló de tal indignidad a su padre. ¿Cómo iba a decirle que no podía cumplir con su deber porque el rey no la consideraba digna de concebir a sus hijos?
Alicent se había sentido como la peor de las putas la primera vez que un acolito le presentó el té de luna. Esa misma noche había decidido que no aceptaría ser tratada así, por eso, por primera vez, actuó contra los deseos del rey. Cuando el rey no la regañó ni castigó por desobedecerlo, pensó que tal vez había sido un lapso de juicio y que había recapacitado.
El té le fue presentado entre cada embarazo, pero ella estaba decidida a cumplir su deber. Además, pensó, el rey lo hacía porque quería evitar conflictos, para no molestar a Rhaenyra, pero Alicent iba a asegurarse de sacarlo debajo del lindo pie de su hija caprichosa.
Pero nada de eso había sido cierto nunca.
¿Cómo era posible?
—Los bautizos son un estigma que señala a los Targaryen como verdaderos dragones, ¿por qué no dejar vivir a Aegon y Aemond con la indignidad? ¿Por qué salvar a Helaena y Daeron? —preguntó su padre.
— ¿No elegí a mi prima y mi hermano, entonces a mi hija, como padrinos para Aegon y Aemond?
—Estaban tan asustados de que podríamos lastimarlos que nos rechazaron —¿cómo se atrevía Rhaenyra a culparlos?
¿Cómo se atrevía a decir que era culpa de ellos que Aegon y Aemond murieran? ¡Si hubieran sabido que eso pasaría, Alicent nunca lo habría permitido!
—Que los padres sean valyrios es el primer seguro para los bebés, el segundo es que los padres estén casados a la manera valyria y el tercero es que los padrinos sean Targaryen. En la Vieja Valyria los padrinos podían pertenecer a cualquier Casa, siempre que esa Casa tuviera sangre de dragón.
—Helaena y Daeron sobrevivieron —dijo Alicent la continua explicación del tragaespadas.
—Me aseguré de hacer un ritual de protección para ambos antes del bautizo, imploré a las Llamas que los dejaran vivir porque se convertirían en míos —Rhaenyra miró a Ser Laenor cuando éste carraspeó —. Nuestros. En realidad, Daeron es nuestro, Helaena es sólo mía.
—Pero, mi esposa, tus hijos son mis hijos y viceversa —se quejó juguetonamente Ser Laenor.
— ¡Esos niños son bastardos!
—De verdad eres así de ciega e idiota —Ser Laenor, además, se atrevió a mirar con desprecio a Alicent —. Es difícil de creer para ti, pero mis hijos nacieron de mi semilla. Y si no hubiera sido así, aún serían míos por sangre.
— ¡Eres un tragaespadas!
—Y eso no me hace impotente.
—Que tus abuelos y los de Rhaenyra hayan sido hermanos no significa que sus hijos se conviertan en tuyos —espetó el padre de Alicent.
—Eso no es a lo que Laenor se refería.
— ¿Entonces a qué, princesa? —intervino su padre.
—A asuntos que no le corresponden a personas ajenas a la familia.
— ¡Mi padre es familia! ¡Es el padre de la reina!
—Otto Hightower es el padre de la puta del rey.
— ¡Te atreves! —dio un paso adelante, ¡cómo deseaba arañar ese bonito rostro!
—Sí, me atrevo. ¿Qué harás al respecto?
—¡Suficiente! —Viserys se interpuso entre amabas —. El objetivo de esta reunión se resolvió. Retirémonos todos.
— ¿Los dejarás ir sabiendo lo que saben?
Alicent vio a su padre inquietarse.
—Tienes razón, como siempre, hija.
Fue el turno de Alicent para inquietarse.
—Laenor, por favor.
Alicent gritó cuando Ser Laenor le dio un puñetazo tan fuerte a la Mano del Rey que cayó inconsciente.
—Mi tío estará tan celoso —Rhaenyra comentó, indiferente a los gritos de Alicent.
¡¿Por qué nadie entraba en su auxilio?!
Fue Rhaenyra quien golpeó a Alicent.
No lo suficientemente fuerte para dejarla inconsciente, pero sí para tirarla al suelo y acallar sus gritos.
¿Qué estaba pasando?
¿Por qué Viserys lo permitía? Alicent era su esposa, pero él seguía ahí sin hacer nada, sólo mirándola con lástima.
—Daenys tuvo un sueño, Alicent —Viserys habló mientras Ser Laenor se acercaba a la puerta, llamando a alguien, y Rhaenyra bebía vino —. Ella soñó que niños mestizos traerían destrucción y vergüenza a los Targaryen. Soñó con una danza que culminaría en la desaparición de los dragones. Por ello los bautizos se volvieron tan importantes para nosotros. Por eso no quería tener hijos contigo.
—Daeron —murmuró.
Él era su hijo.
Su hijo había sobrevivido a pesar de todo.
A pesar de ser un mestizo.
— ¿Necia o estúpida? —alcanzó a escuchar el murmullo de Rhaenyra.
—Ellos son hijos de Rhaenyra y Laenor. Los padrinos son más que sólo guías y nuevas figuras paternas, ellos son padres en todo el sentido de la palabra. Por eso durante la ceremonia los elegidos dan a beber unas gotas de su sangre a los bebés.
Alicent soltó un chillido horrorizado.
—Aegon y Aemond tuvieron una oportunidad, pero la paranoia-
Viserys se detuvo cuando la puerta se abrió por completo, dejando entrar al príncipe Daemon y varios Capas Blancas.
—Ser Harrold, lleve a Otto Hightower a las Celdas Negras. Él se atrevió a atacar al rey —Rhaenyra mintió tan fácil como siempre —. Ser Criston, encierre a Alicent Hightower en sus aposentos, lamentablemente se puso histérica y se desmayó por el esfuerzo.
Alicent quiso gritar, denunciar la verdad de lo ocurrido, pero sólo se echó a llorar.
…
Avanzó apresurada por los pasillos de la Fortaleza Roja.
Lady Mano había permitido que Alicent se uniera a la Corte en el Gran Salón para recibir a Daeron.
Su hijo por fin regresaba después de largos años lejos en Oldtown.
Durante más de una década, Daeron había sido la esperanza de Alicent.
Desde que su padre fue sometido a una farsa de juicio, acusándolo de traición e intento de asesinato contra el rey, y Alicent fue encerrada en sus aposentos bajo invenciones de locura, sólo pudo confiar en que su hijo crecería y tomaría lo que era suyo por derecho.
Rhaenyra pudo haber hecho su hechicería, pero nada de eso era más fuerte que los dioses verdaderos. Alicent oró día y noche, rogando por claridad y purificación para Daeron, para que cualquier cosa impía que los Targaryen le hicieron fuera lavada.
Cuando el rey y Rhaenyra, la nueva Lady Mano, le informaron que Daeron sería criado por Casa Hightower durante algunos años, Alicent supo que sus oraciones habían sido escuchadas.
Sus parientes se asegurarían de criar bien a Daeron, de encarrilarlo en el camino correcto y guiarlo hacia lo que le correspondía.
Una vez en el Trono de Hierro, el hijo de Alicent la sacaría de su prisión, traería justicia a su abuelo y libraría a Westeros de la abominación que eran los Targaryen.
No podía ser de otra forma.
No después de todo el sufrimiento de Alicent.
El heraldo la anunció y mientras avanzaba con la barbilla en alto, indiferente al silencio y las miradas insidiosas de la Corte, pudo saborear el triunfo por el que tanto había rezado.
El rey estaba sentado en el Trono, Rhaenyra, su esposo, su amante y sus bastardos estaban alineados a la derecha. Todos estaban ahí parados, orgullosos, como si fueran los dueños del mundo y no como si fueran monstruos que mataban bebés.
Cinco hijos y una hija.
Sólo el tercero parecía hijo de Ser Laenor, pero Rhaenyra seguramente acudió a algún otro Velaryon. Alguien de esa pobre Casa que era pisoteada una y otra vez por la ambición de Rhaenyra, como el sobrino de Lord Corlys que adoraba al bastardo Lucerys como si fuera el Rey Merling, ese otros dios falso.
Todos esos mocosos que eran tan parecidos a su madre, tanto que Alicent se preguntaba cómo no habían llevado Westeros ya a la ruina.
Y Helaena, esa niña por quien Alicent debió luchar.
Se arrepentía de no haberla mantenido a su lado, ella habría sido una excelente esposa para Daeron. Tal vez cuando su hijo fuera rey le pediría que anulara el matrimonio de Helaena con ese salvaje del Norte.
—Excelencia —fue saludada únicamente por la esposa dorniense del bastardo mayor.
Coryanne Martell era tan vulgar como su madre, Laena Velaryon.
Ya que estaban en público y Alicent no quería mostrar una mala imagen en la única aparición que había tenido en mucho tiempo en la Corte, la honró con un grácil asentimiento de cabeza.
Tomó posición a la izquierda del trono y esperó.
Su aliento tartamudeó cuando escuchó a su hijo ser anunciado.
Su hijo era tan perfecto.
Encantador sin esfuerzo como Aegon iba a ser, mirada dulce como fue la de Aemond, y digno como todo Hightower. Además de hermoso como la misma Alicent fue en su juventud.
(No se dio cuenta que era encantador como Rhaenyra, que era dulce como la reina Aemma, que era digno como Rhaenys y que era hermoso y fuerte como todos los jóvenes príncipes y princesas que lo esperaban con los brazos abiertos al pie del trono.)
(Tampoco se dio cuenta que la belleza de Daeron era más masculina que femenina y que provenía directamente de Laenor.)
—Bienvenido, príncipe Daeron —habló el rey —. Tu familia te ha extrañado.
—Como yo he extrañado a mi familia —Daeron tenía dieciséis onomásticos recién cumplidos, pero ya sonaba como un hombre.
Éste era su hijo.
—Estoy feliz de estar de regreso en casa —su hijo miró a cada una de las abominaciones al lado contrario de Alicent.
Esperó ansiosamente a que esos ojos llegaran a ella, ella que había rezado incansablemente por él, ella que era su única familia en este espantoso lugar.
Sin embargo, esos ojos se detuvieron en Rhaenyra, adquiriendo una suavidad que no había tenido desde que entró al Gran Salón.
—Te extrañé, madre.
…
Sin hijos.
Sin padre.
Sin nada.
Alicent Hightower permaneció encerrada en su habitación, siempre rodeada de verde como recuerdo del único momento de triunfo que sintió durante toda su vida.
