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El Hilo Rojo del Destino.

Summary:

En un mundo donde las almas gemelas existen, su nombre se presenta en la muñeca y un hilo rojo te une a ese ser, que era el más importante de tu vida. Saga y Kanon, ambos alfas, conocen el nombre de sus elegidos desde su más tierna edad, sin embargo, qué sucede cuando estos piensan que tu eres un demonio, un vil monstruo que solo desea hacerles daño. La respuesta podría ser sencilla: demostrarles que no lo son. Pero será mucho más difícil de lo que piensan.

Chapter 1: Prólogo.

Chapter Text

El Hilo Rojo del Destino.

Prólogo.

Shura había dejado con vida a la pequeña de cabello morado, algo en él no permitió que la matara, asi que dandole la espalda, dio por muerto a Aioros, así como les dejó solos, a su suerte, caminando con un paso lento, sin darse cuenta de que una sombra les veía en silencio, esperando el momento de actuar.

Una sombra que temía el dia que eso pasara, cuando por fin su hermano perdiera la cordura y decidiera destruir a su diosa, como se lo había sugerido en el pasado, así como a su amado, aquel cuyo destino estaba atado al suyo, aunque tal vez, había llegado demasiado tarde para salvarle.

Observando a un anciano caminar hacia ellos, tal vez para brindarle ayuda al joven moribundo, algo que no podía permitir, por lo cual atacó al anciano, matándolo en ese instante con su triángulo dorado, observando a Aioros que apenas podía creer lo que veía.

Cambiando de esa forma el destino, modificando el libro de la vida y el futuro escrito en esta, de una forma que apenas podía comprender, pero le importaría muy poco de hacer, al menos, no en ese momento en el que vestía las escamas del General del Dragon Marino.

-¿Quien? ¿Quién eres tú?

Pregunto horrorizado, acercando a la pequeña a su pecho, escuchando una técnica prohibida en el santuario, una técnica que era casi una firma de los santos de géminis, una técnica que sintió atravesar su frente, controlar sus movimientos.

-Saga… Saga… Saga… siempre eres tan débil.

Susurro el hombre en sombras, pensando que matar a la diosa era demasiado apresurado, en ese momento él tenía una mejor idea, a pesar de que era la diosa Athena, podían evitar que despertara como él hizo con su propio dios, usando su cosmos a su conveniencia, evitando un guerra civil en el Santuario, la creación de nuevos heroes.

-¿Por qué matar a Aioros?

Pregunto, escuchando los pasos de su hermano, sonriéndole con esa expresión que compartían, sus ojos azules brillando en la oscuridad, deteniéndose en los rojos de su hermano mayor, de su gemelo, que era mucho menos sabio que él.

-Kanon…

Aunque tan solo era un niño, todos ellos lo eran, niños obligados a matar, pues ambos tenían unos dieciséis años en ese momento, pero ya tenían demasiadas responsabilidades, se dijo, ladeando la cabeza, observando como su hermano jadeaba al verle, su cabello cambiando de color, pensando que le atacaria.

Pero lo que hizo fue abrazarlo, con fuerza, rodeando su cintura, acariciando su mejillas, pues le pensaba perdido en el mar, siendo esa una de las razones por las cuales mató al patriarca, por tener que encerrarlo en esa prisión, por pensar que lo había matado, todo en nombre de Athena.

-Hermano… ¡Hermanito!

Susurro, haciendo que Kanon sonriera, respondiendo al abrazo, sintiéndose a salvo en compañía de su hermano mayor, pero tenía a la pequeña diosa en sus manos, al propio Aioros a sus espaldas, quien estaba moribundo, apenas podía moverse.

-Te tengo una propuesta, querido hermano, espero que esta vez sí quieras escucharme…

Saga asintió, esta vez si deseaba escucharlo, esta vez sí lo haría, se dijo, observando a Aioros, apenas con vida, a la diosa en los brazos de su hermano, sin entender muy bien qué era lo que estaba pasando, porque Kanon fue quien le dijo que debían matarla.

-Qué es lo que tienes planeado…

Kanon sonrió divertido, explicando a Saga las conclusiones de sus constantes meditaciones en Cabo Sunion, lo que había aprendido con el dios Poseidón, la forma de usar a la diosa Athena, pero para eso necesitaban mantenerla viva, evitando una posible guerra en el futuro.

Así como podrían ahorrarse el sufrimiento de su hermano, el asesinar a Aioros, que era sin duda alguna su alma gemela, su omega destinado, pues al verle, supo su nombre, sabía quién era él, a pesar de haber dado los primeros pasos en el Santuario, siendo unos niños pequeños, él y su hermano Aioria.

El en cambio, había soñado con un chico rubio, con una lindas cejas unidas, un tanto graciosas, pero sabía que se transformaría en un apuesto omega, sabía que era un omega, porque él era un alfa.

-Tengo la forma de hacernos con este mundo, Saga, solo si me escuchas…

*****

Al mismo tiempo un niño despertaba llorando en medio de la noche, llamando la atención de su omega, que fue a verle inmediatamente, cojeaba un poco, tratando de socorrer a su hijo, que se aferró a su cuerpo apenas pudo verle.

-¿Qué sucedió?

Quiso saberlo, acariciando el cabello rubio del pequeño que lloraba en su regazo, quien recordaba esa mirada profunda, como si estuviera ahogándose en el mar, a sus once años, se suponía que ya no debería tener pesadillas, pero las tenía, con ese monstruo de esa silueta tan extraña.

-Rada… dime que paso…

Como si fuera la criatura de la laguna, o algo parecido, tenía escamas y aletas, pero lo que más le aterraba era su sonrisa, su expresión de absoluta maldad que poseía, así como saber que de alguna forma ellos estaban conectados.

-Soñe con un monstruo… es un monstruo…

Su omega pensaba que ya tenía edad suficiente para comenzar a soñar con su alma gemela, por lo cual no comprendía porque en vez de sentir dicha sintió temor, especialmente al ver como un tatuaje se pintaba en su muñeca, un nombre griego, de eso estaba seguro.

-No es un monstruo… no debes tener miedo… no es un monstruo…

Aun así su pequeño se aferró a su cuerpo, aun seguía llorando, pues estaba seguro de que si lo era, se trataba de una criatura despreciable, alguien terrible, alguien que lo buscaba, de eso estaba seguro y era lo que más le hacía temer.

-Además, no debes preocuparte mi pequeño, mi dulce niño, yo te protegeré…

Radamanthys era uno de los soldados del dios Hades, eso lo sabía muy bien, por lo cual, estaba mucho más asustado por ello, al pensar que tarde o temprano tomarían la vida de su hijo en las manos de la muerte.

-Trata de dormir un poco… mañana tienes un viaje muy importante, una excursión.

Susurro con una sonrisa, acariciando su mejilla, para después besar su frente y salir de allí con un paso lento, dejando la puerta ligeramente abierta.

-Dulces sueños, pequeño dragón.

Radamanthys en ese momento se cubrió con las cobijas hasta la cabeza, sin moverse demasiado, tardando demasiado tiempo en dormir de nuevo, porque no quería verle otra vez.

*****

Kanon estaba sentado en el trono que utilizaba en la Atlántida, el que debería ser de Poseidón, tomando un poco de vino, fruta y carnes frias, pensando que eso era una gran vida, no había nadie que se atreviera a enfrentarse a ellos.

A su hermano gobernando el Santuario, sin tener que ocultarse porque la diosa estaba con ellos, aunque la perdida de Shion fue un golpe duro, debido a su edad, iba a pasar tarde o temprano.

Y el, que era el segundo al mando de Poseidón, el General del Dragon Marino, quien blandía su tridente, así como se sentaba en su trono, utilizando su cosmos, así como su poder para formar un pacto con el Santuario, preparándose para enfrentar al dios Hades.

Observaba con detenimiento la marca en su muñeca, el nombre Radamanthys, ese era el nombre de su alma gemela, el cual estaba escrito en griego también, aunque no pensaba que estuviera en su amada tierra natal, porque ya le habría encontrado de ser ese el caso.

-Radamanthys… que edad tendrás ahora mismo…

Pero era un poco claro, recordaba que esa marca no estaba los primeros cinco años de su vida, sin embargo, un treinta de octubre simplemente apareció, como si siempre hubiera estado allí, ese día fue el más feliz de su vida, el segundo la bienvenida que le dio su hermano mayor, el tercero, seguramente sería cuando por fin pudiera encontrarle, aunque tal vez, ese se transformaría en el mejor dia de su vida, no estaba seguro.

-Unos dieciséis… si… tienes dieciséis años… dulce dieciséis…

Sonrió entonces, tratando de visualizar a su omega a esa edad, con el cual ya había soñado en varias ocasiones, todos esos sueños castos, puros, usando su cosmos para tratar de conectarse con él, pero fue rechazado apenas pudo encontrarle.

-Eres cinco años menor que yo…

Pronunció, relamiendo sus labios, seguro que tarde o temprano daría con él, usando el dinero de los Solo para buscarle, asi como a sus soldados, no debían existir tantos Radamanthys en ese mundo, pero nunca daba con él.

Aunque, sabía que una vez que le hallara, sería el tesoro de su reino, su premio por mantener la paz, por actuar de la forma en que Shion hubiera querido, además, era su omega, su alma gemela, el destino los deseaba juntos.

*****

Radamanthys despertó con un jadeo, llevando su mano a su pecho, ansioso, era el mismo alfa, ese que se llamaba Kanon, a quien le temía, porque pensaba que se trataba un mal hombre, a sus dieciséis años, aún era hasta cierto punto inocente.

-¿Sigues teniendo las mismas pesadillas?

Radamanthys asintió, no creía que jamás se terminarían, para eso tendría que morir y no pensaba que un hombre como ese pudiera fallecer tan fácilmente.

-Si… siempre las tendré… a menos que ese alfa muera…

O el perdiera la vida antes, sin embargo, no deseaba morir, aun era demasiado joven, creia que tenía un destino importante que realizar, de eso estaba seguro.

-Aunque… me matare antes de ser suyo.

Eso se lo dijo a su ayudante de cámara, aunque se trataba de su mejor amigo, un chico de cabello rosa, que le miraba con cierta preocupación, cuyo nombre escrito en su muñeca era Sylpheed.

-Tal vez no sea tan malo…

*****

Hades había despertado, su golpe debía ser claro, contundente, así que tanto el Santuario como la Atlántica atacaron sin mostrar piedad, liderados por la diosa Athena, que al ser educada por los soldados de géminis, confiaba en cada una de sus palabras.

Y a pesar de que se mundo fue creado en los cimientos de muertes injustas, de actos despreciables, era un mundo pacifico del cual podían sentirse orgullosos, al que protegerían de las huestes de Hades a como diera lugar.

Abriéndose paso con sus ejércitos, ejecutando a cuantos espectros se enfrentaran a ellos, dándole piedad a quienes decidieran abandonar el ejército de Hades, deteniéndose en la sala del trono, en donde estaban la dama negra, cuyo nombre era Pandora, Hades, usando el cuerpo de un muchacho inocente, que hasta ese momento servía en la Isla Andrómeda y el último juez de las almas en pie, que portaba un casco que apenas cubría su rostro.

-Señorita Pandora, mi Señor Hades… huyan…

*****

Radamanthys al ver a los soldados enemigos avanzar sin detenerse, sin esfuerzo alguno, supo antes que nadie que iban a perder esa guerra, de una forma en que nunca había sucedido.

Los ejércitos conjuntos del Santuario y de la Atlántida eran como una fuerza de la naturaleza, dirigidos por el Santo de Géminis y el General del Dragon Marino, ambos eran hermanos.

Pero no fue hasta que posó su mirada en la bestia acuática que sintió que caminaban sobre su tumba, porque el General del Dragon Marino era la viva imagen de su peor pesadilla.

-Señorita Pandora, mi señor Hades… huyan…

Sugirió, aunque esa era mas bien una orden, quemando su cosmos para atacar a sus enemigos, pero en realidad, lo que estaba haciendo era tratar de matarse, esperando recibir el daño suficiente para no tener que vivir bajo el dominio de su pesadilla, de su propio monstruo del armario.

No supo si le obedecieron, si su dios sobrevivió a esa batalla o si Pandora pudo escapar, para comenzar a planear la siguiente guerra, porque los dos hermanos atacaron al mismo tiempo, decidiendo que no iban a perder mas tiempo en esa guerra innecesaria.

*****

Esta es una historia en honor al cumpleaños de nuestro gemelo favorito, el astuto y poderoso Kanon de Geminis, cuyo regalo, supongo que ya sabemos que será. Muchas gracias por sus lecturas, estrellas y comentarios. SeikenNJ.