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Regard Rêvuer

Summary:

La primera vez que Shinichi conoció a Kuroba Kaito, estaba en la escuela media. Se presentó ante él en medio de un torbellino de serpentinas y plumas blancas. Su pecho se oprime cuando lo ve y tan sólo desea que le hable y esté con él.

Cuando Kaito conoció a Kudō Shinichi, lo primero que notó fue su mirada de ensueño, aquella que te paraliza y te deja sin aliento, cargada de alegría y el reflejo del océano. Su único temor es hablarle y no decir lo correcto, dar un mal comentario y provocar el no agradarle.

Y eso es lo que tanto quieren ambos, agradarse al otro.

Notes:

Esto fue inspirado de una experiencia mía con un chico. Así que un día simplemente pensé en que cambiando ciertas cositas encajaría perfecto con nuestro par de gays favorito.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

"...tengo mis latidos al servicio de tu corazón."

Ray Meza.

Él es un chico listo y bastante popular entre sus compañeros desde que tiene memoria; sin embargo, pese a rodearse de muchas personas, sólo hay alguien a quien considera verdaderamente cercano a él: Ran Mōri, su amiga de la infancia. Y entiéndase que, a parte de su relación sincera, Shinichi no espera encontrar a nadie más, no busca en nadie una verdadera amistad, porque ya la tiene. Entonces se estanca voluntariamente en el conformismo de su vida. 

Asiste a la escuela, habla con Ran, se junta con el equipo de fútbol de la escuela y va a la biblioteca escolar cuando tiene trabajo que hacer y Ran no estará para acompañarlo a estudiar en casa. Su vida es tranquila, rutinaria y acogedora. No parece que nada esté mal y cree lograr continuar así por el resto de su vida académica.

No hay problemas.

No hay inconvenientes.

Sólo paz y tranquilidad.

Pero entonces, al entrar al siguiente año de la escuela media, llegó aquel inconveniente. 

Alguien problemático que rompería la paz y tranquilidad envuelto en una tormenta de serpentinas y plumas blancas.

Conoció a Kuroba Kaito en la escuela media. Recuerda perfectamente que ese día había comenzado como cualquier otro, con inconvenientes ocasionales de no haber dormido bien por desvelarse leyendo, lo que lo llevó saltarse el desayuno para abusar un poco del café. Seguro que Ran se dió cuenta de eso, era lo más seguro; aunque él sólo podía intuirlo porque se escapó temprano de casa para evitar sus regaños.

—¡Si no te preocupas por ti mismo, déjame hacerlo yo por ti, Shinichi! —Ran le gritó enojada a sus espaldas mientras él caminaba hacia su salón. Se encogió en su lugar, temiendo verla de frente. Escuchó sus pesados ​​pasos hasta que se colocó frente a él con los brazos cruzados—. Fui a tu casa y no estabas, así que fui con el profesor y me dijo que te vio salir más temprano que de costumbre. ¿No comiste, verdad?

Ella se lo pregunta pero Shinichi sabe que esto es una confrontación en toda regla, porque es consciente de que es demasiado predecible en muchas cosas y que se vuelven ridículamente evidentes para Ran que lo conoce desde hace tanto tiempo. Realmente no es bueno mintiendo y no está seguro de si eso es bueno o malo por completo, pues espera que el engaño no sea un recurso necesario para ser detective. Pero eso hace que evitar los regaños de Ran sea imposible.

Así que sólo suspira, mirando por el rabillo del ojo a unos de sus amigos, quienes pasan a su lado murmurando cosas vergonzosas que lo hicieron sonrojar. Cuando mira a Ran, ella se encuentra más roja que él.

—Parece que Kudō tiene problemas —dice uno burlonamente.

—Son cosas de esposos, mejor no nos entrometamos —contesta otro.

—Seguro que lo están regañando por comportarse como un anciano y beber sólo café —bufó uno más.

—Oh, mi mamá hace eso igual, dice que... —murmuró el primero distraídamente.

—¿Qué? ¿Qué dice?

—Amigo, estás rojo.

—Es que dice que el café incrementa el deseo sexual.

—¿En serio te dijo eso tu mamá?

—Sólo lo escuché cuando ella le-

—¡¿Podrían ir a hablar de eso a otra parte?! —espetaron Shinichi y Ran al mismo tiempo, sorprendiendo a sus compañeros, quienes se disculparon y fueron rápidamente a su salón.

¿Sería eso cierto? Shinichi se preguntó, grabando las palabras que Tachihara dijo hace unos momentos, él no se sintió diferente a otros días. Incluso, no se sentía incómodo de alguna manera como sus profesores les dijeron que podrían sentirse cuando era un poco más pequeño. Recuerda que dijeron que era algo normal de la edad si llegase a pasar, como los sueños húmedos, sí, aunque a él todavía no le ocurría nada de eso, lo que lo hacía enfadarse un poco, porque por mucho que se esforzara en crecer, su cuerpo no cooperaba.  

—No te distraigas, tonto. —Ran murmuró con el ceño fruncido, negando con los ojos cerrados y dejando atrás la vergüenza anterior.

Shinichi no supo si ella era muy inocente o muy despistada por no tomar relevancia a lo anterior. Aunque no importaba mucho, así se evitaba un ambiente incómodo.

—Compraré algo después —dijo despreocupado, alzándose de hombros. Retomó el camino seguido de Ran, quien no parecía satisfecha con la respuesta.

—El desayuno es la comida más importante del día —continuó molestando.

—Sí, mamá —soltó Shinichi sin pensar y se tensó cuando escuchó el tronar de los nudillos de Ran.

Cuando entraron a su aula, algunos estaban fuera de su lugar, otros hablando con sus grupos de amigos y uno que otro en solitario viendo la pantalla de su celular o leyendo, lo de siempre. 

—¡Raaaan! —Contrajo una expresión de fastidio cuando la mejor amiga de Ran, Suzuki Sonoko, se acercó corriendo con una sonrisa de dientes completos hacia ella para abrazarla. Él puso los ojos en blanco y ella hizo lo mismo, acomodó mejor su cabeza sobre el hombro de Ran para fulminarlo con su mirada, mientras su amiga le correspondía el abrazo—. Detective —saludó con seriedad, separándose de Ran, quien rio por saber la razón del apodo: una burla disfrazada. Pues, para Sonoko, el ser detective era algo que Kudō no era ni podría llegar a ser.

—Señorita —secundó Shinichi, sonriendo con ironía, imitando su intención. Pero Sonoko se lo tomó con madurez y sensibilidad. Se paró derecha y le mostró la lengua antes de jalar a Ran a sus asientos segundos después.

Después de un rato, las maestra entró para poner orden, con las manos llenas de carpetas y acomodando sus gafas sobre su nariz cuando se le resbalaron hacia abajo. Dejó caer sus documentos sobre el escritorio con un ruido seco y se enderezó con una sonrisa, escaneando el salón. Luego aplaudió una vez, para llamar la atención de algunos que empezaron a murmurar entre ellos para ignorarla.

—Hoy traigo buenas noticias para ustedes —informó, dirigiéndose a la puerta corrediza para abrirla—. Ha llegado un nuevo compañero que se integrará a nuestro grupo. Trátenlo bien. Ya puedes pasar —dijo al pasillo vacío y todos empezaron a murmurar otra vez. La maestra parpadeó confundida y se asomó, atisbando a ambos lados del corredor sin poder ver a nadie. Cerró la puerta tras de ella y se llevó la mano al mentón, estaba segura de que el chico la estaba siguiendo hasta hace unos minutos, cuando le pidió que esperara afuera. Entonces negó y volvió a abrir la puerta para irlo a buscar a donde sea que se hubiera escapado y regañarlo por hacerlo. Al mismo tiempo, entraron volando una docena de palomas blancas. 

La mujer exclamó de la impresión y sacudió las plumas que cayeron sobre ella, parpadeando al ver la coreografía que las palomas hacían en el techo, donde ya estaban todos viéndolas con una sonrisa. Las palomas cambiaron su vuelo hasta el escritorio de la profesora, dando vueltas en un mismo lugar hasta que le dieron forma a una silueta. El vuelo de las aves se condensó hasta que algo estalló entre serpentinas y ellas salieron volando por la ventana abierta.

Ladies and gentleman! —Un chico castaño con la sonrisa más carismática y contagiosa que Shinichi había visto alguna vez, se presentó ante ellos con una seguridad y confianza asombrosa. El chico alzó las manos al aire y blandió una con sutileza y elegancia para dar una reverencia—. Me presento, soy Kuroba Kaito, futuro mago extraordinario. Espero que hayan disfrutado del pequeño show.

Shinichi supuso que este extravagante chico era su nuevo compañero. Pero también estaba seguro de que «su pequeño show» le traería problemas, porque estaba prohibido traer animales a la escuela. Suspiró, era impresionante lo que hacía este tipo para alardear frente a todos.

—¡Asombroso!

Shinichi cortó sus propios pensamientos cuando Sonoko se levantó de su asiento, con un chillido tan estridente que le hirió el tímpano. La Suzuki aplaudió alegremente, mirando con ojos soñadores al chico nuevo. Y con eso bastó para crear una reacción en cadena, donde sus demás compañeros, incluida Ran, empezaron a elogiar la presentación. 

Y el chico —Kuroba Kaito— se enderezó en su sitio y se sintió satisfecho.

Shinichi sólo puso los ojos en blanco al confirmar una vez más lo fáciles de impresionar que podían llegar a ser las personas. Pero luego la maestra (la única persona racional aparte de él, pensó) se acercó a Kuroba con el ceño fruncido, a punto de regañarlo; sin embargo, el castaño no parecía asustado en lo absoluto, sino que la esperó con paciencia con una sonrisita engreída en el rostro.

Shinichi bufó incrédulo, no podía creer que existiese alguien tan desvergonzado.

Cuando la mujer estuvo a unos pasos de distancia, Kaito la detuvo con un gesto y ella, extrañada, se detuvo. El chico hizo un puño y luego apareció una rosa roja que hizo sonrojar a la profesora cuando se la ofreció. Con eso, todos parecieron aún más encantados con la llegada de Kuroba. 

Después de eso, Kaito se adaptó a la escuela bastante bien y muy rápido; se hizo de gran popularidad y de la compañía de muchas personas. A diferencia de él, amaba llamar la atención a donde sea que fuese y, estaba seguro, la que más le gustaba era la de las chicas con las que siempre coqueteaba y de quienes recibía regalos de San Valentín en su casillero, nunca en persona. Shinichi no logró descubrir el porqué, pues, extrañamente, a Kaito siempre le ocurría algo durante esas fechas y se veía obligado a faltar a la escuela. Sin embargo, Kudō supuso que sólo era una excusa para no recibir directamente algún obsequio y así no tener la obligación de devolverlo a alguien durante el día blanco —porque era un mujeriego y quería seguir conservando la atención de sus compañeras—, hasta que se lo encontró en la farmacia cuando Shinichi iba a comprar curitas para los raspones que se había hecho durante sus prácticas de fútbol (por insistencia de Ran, quien no le hizo caso cuando Shinichi le recalcó, durante todo el recorrido, que bastaba con lavar sus heridas).

Kaito estaba ahí, luciendo el mismo peinado desordenado de siempre, con un pijama con dibujos de dulces puesta y una sudadera gris encima. No parecía llevar mucho más tiempo que ellos ahí, pues lo escucharon toser amortiguadamente por la mascarilla blanca que usaba, hasta que un hombre lo atendió.

—Vaya, siempre logras que algo te ocurra por estas fechas, Kuroba-kun —comentó con diversión y algo de preocupación, antes de tomar la receta de manos del menor e ir a buscar la medicina que necesitaba—. Tal vez deberías ir al hospital otra vez para que te hagan un mejor chequeo —aconsejó sin mirarlo, guardando todo en una bolsa de plástico.

—No siempre estoy enfermo, no soy tan débil. —Se quejó antes de volver a toser—. La vez pasada estaba probando un truco aéreo que le ví practicar a mi papá. —Hubo atisbo de un pequeño sonrojo en la parte de sus mejillas que aún eran visibles y luego tomó entre sus manos la bolsa que el hombre le ofreció—. Creí que si podía lograrlo antes que él me felicitaría, pero no funcionó y me esguincé la muñeca cuando caí. —Recordó con decepción aquella vez: había llorado mucho, hasta que sus padres se dieron cuenta y corrieron hacia él con una cara de espanto y angustia. Luego de eso no pudo hacer trucos por un mes entero y su padre se negó a enseñarle nuevos cuando se recuperó.

Fue un castigo muy cruel de su parte. 

—Al parecer, eres un imán para este tipo de cosas. —El hombre se rio, sin saber si debía estar más preocupado que lo que ya estaba—. Eres un niño muy inquieto —comentó de último, haciendo reír a Kaito antes de que se despidiera para irse. 

A diferencia de Ran, Shinichi se tensó cuando Kaito caminó hacia ellos para salir y los notó. No sabe porqué, pero tenerlo cerca siempre lo hace sentir un poco extraño. Él los saludó con la mano, sus ojos se cerraron y se curvaron, indicándole a Shinichi que, debajo de la mascarilla, el chico estaba sonriendo.

Como se esperaba, Ran sonrió y lo saludó con emoción. Ella era una de las pocas chicas con las que Kaito no coqueteaba abiertamente, pero no se salvaba de las rosas rojas ocasionales o los halagos. Parecían llevarse bien, fue algo que a Shinichi no se le escapó al ver la forma tan feliz con la que su amiga veía al mago. Entonces Kaito dejó de ver a Ran y ella avanzó para buscar lo que necesitaban. Shinichi pensó que eso sería todo e hizo amago por seguirla.

—Adiós... —Escuchó la voz serena de Kaito a sus espaldas y se giró, viéndolo ahí, por una vez, quieto y calmado.

Shinichi no tiene nada en contra de Kaito, no le molesta si empieza a ser amigo de Ran o de Sonoko, porque ellas vienen en pack de dos, tampoco si es ruidoso y le gusta llamar la atención, a él también le gusta, pero es más del tipo que quiere ser reconocido sin necesidad de hacer un gran espectáculo. 

No hay nada en Kaito que le moleste.

No era un mal chico.

Tampoco era lo suficientemente fastidioso como para que Shinichi lo quisiera lejos.

Le da igual como cualquiera de sus compañeros, pero es muy vistoso como para que pueda ignorarlo. Como para que pueda continuar siendo indiferente.

Y no lo va a admitir, que tal vez en el fondo, Shinichi tiene un poco de curiosidad sobre él. Que también quiere que le hable y se le acerque. 

Pero no lo entiende.

No sabe porqué.

Esa curiosidad pica más de lo que creería podía hacer. 

¿Quiere ser su amigo?

¿Por qué?

Shinichi está bien como está: tiene una mejor amiga, compañeros de equipo, padres que lo apoyan con su sueño de ser detective, es listo y suspicaz, esa pizca alborotadora en su vida es Sonoko. ¿Qué más necesita? ¿Qué hay en Kaito que le llama tanto la atención? 

Puede ser, quizás, esa aura misteriosa que siempre le acompaña. Esa sonrisa que tiene que presume que tiene todo bajo control, como si todo lo supiera. Lo sigiloso y habilidoso que es para hacer lo que le gusta. Tal vez lo admira un poco, ¿podría ser? Kaito, al igual que él, tiene un sueño en claro que parece no haber cambiado a lo largo de los años, a diferencia del resto de sus compañeros, puede ser que su convicción sea lo que lo tiene así: ansioso por hablar con él, por tener algo en común.

Pero aun así.

Aun así .

—Sí, adiós... —Se despide sin agregar nada más, yendo tras de Ran y dejando atrás a Kaito, quien ya tenía en mente algo para intentar conversar con él.

Es difícil hablar con Kaito, por alguna razón.

Esa no fue la única ocasión que le habló, por supuesto. Con el paso del tiempo intercambiaron algunas frases y palabras, durante las lecciones de oratoria o educación física, como «¡Kudō, pasa la pelota!» o «¡Kuroba está libre!» y nada más. Nunca hubo un verdadero acercamiento y nunca desapareció el deseo de Shinichi por hablarle.

Recuerda que, una vez, Ran se ausentó de la escuela por enfermedad y, por supuesto, Sonoko no se le acercó porque no tenía razones para hacerlo. Así que se pasó todo el tiempo con el equipo de fútbol. No comió y sólo tenía café en el estómago, así que después de jugar bajo el sol un rato, se desplomó.

Estuvo en la enfermería el resto del día y la enfermera, una mujer joven y de cabello negro, por muy bonita que fuese por fuera, era muy gruñona y no le permitió regresar a clases, así que se las perdió. Shinichi lo único que lamentaba de eso era que ahora no había a quien pedirle prestadas sus notas. Aunque, seguramente, Sonoko le daría las suyas a Ran. Tal vez luego él podría pedírselas, porque seguro que sus  amigos no habrían anotado nada. Con eso resuelto, jaló un extremo de la manta que le habían dado y se envolvió con ella. Esperaba que las clases terminaran pronto para poder pedirle un justificante a la enfermera y dárselo a sus profesores mañana.

Pero mientras dormitaba, la puerta corrediza se abrió  y escuchó la voz de la mujer decir: «¿Necesitas algo?», a lo que una voz más joven respondió: «Vine a ver a alguien», una voz que reconoció al instante.

«Oh, debe ser a Kudō-kun». Y esa simple frase le hizo entender que no había nadie más aparte de él en la enfermería, lo que descartaba la posibilidad de que Kaito hubiera ido a visitar a alguien más.

Entonces, apareció la incógnita de por qué, ¿por qué Kaito vendría a visitarlo?

«Así es.»

«¿Eres su amigo?»

Shinichi esperó pacientemente la respuesta, sin entender qué era lo que esperaba exactamente y así como no lo sabía, nunca llegó. Lo más seguro es que hubiera negado o asentido.

Kaito apareció frente a él cuando corrió la cortina que rodeaba su cama. Le dio una sonrisa amable, así como que le daba a todo el mundo. Kudō no supo porqué eso le molestó.

Shinichi se incorporó, apartando un poco las sábanas, antes de que Kaito pusiera una expresión escandalizada y lo tomara de los hombros para obligarlo a recostarse.

—¿Qué haces? —Preguntó Shinichi, apoyándose con una mano sobre el colchón y con la otra sosteniendo el brazo de Kaito.

—Deberías descansar, ¿o no? Escuché que te desmayaste —respondió de inmediato, dejando de insistir cuando parecía que Shinichi no iba a ceder.

—Sí, bueno, ahora estoy bien —murmuró algo nervioso. ¿Desde cuándo se preocupaba tanto por él?—. ¿A qué viniste?

Sonó brusco y se arrepintió de haber formulado así la pregunta, pero a Kaito no pareció importarle eso y se sentó en la silla de metal que estaba cerca. Tomó su maletín, rebuscó en el interior y luego le ofreció un cuaderno azul.

—No estuviste durante el resto de las clases, así que tomé apuntes para ti.

Shinichi miró los ojos índigo de Kaito, esas traviesas y enigmáticas estrellas brillantes que, en lugar de resplandecer, parecían emitir una luz cálida sólo para él. 

Bonitos.

Eso empezó a ser un pensamiento cada vez más recurrente, muchas cosas en Kaito podían ser descritas con esa misma palabra, y eso a Shinichi dejó de molestarle con el tiempo. Aún era incapaz de comprender del todo esos sentimientos, pero prefirió seguir disfrutándolos de lejos, seguir con esa picazón y no intentar nada para saciarla.

—¿Por qué? —Tomó la libreta con su mano derecha, sacando sus piernas de las sábanas y sentándose apropiadamente en la orilla, sin quitarle la mirada de encima.

Kaito se sorprendió cuando aceptó los apuntes y se inclinó un poco al frente. 

—¿Estaría mal decir que me preocupé? —inquirió, aparentemente inocente, pero con ese toque de picardía que sólo él podía unificar de ese modo.

—¿En serio?

¿Por qué estaría Kaito preocupado por él? No tenía sentido. No para Shinichi.

—Pues claro —Pero entonces Kaito continuó con esa aparente indiferencia juguetona que adquiría después de que hacía lo que otros considerarían increíble o considerado—. Si Ran-chan llega a enterarse que te desmayaste por no comer bien, seguro querrá golpearte —comentó entre una risa, esa que le ha empezado a gustar a Shinichi, pero no logra disfrutarla cuando la mención de su amiga sale de boca del mago.

Oh, Ran. Ella es muy bonita y a muchos de su clase les gusta. Es talentosa, lista y es muy fuerte (literal y figurativamente). Kaito trata a Ran diferente al resto de las chicas, es algo de lo que ya era consciente y, por el mismo motivo, ahora su pecho se siente algo pequeño.

Ahora tiene sentido su preocupación por Shinichi, no es por él...

—Lo hiciste por Ran —susurra algo desanimado y ni siquiera se percata a tiempo de que lo ha dicho en voz alta.

Kaito parece sorprendido en su lugar y parpadea un par de veces antes de negar, borrando la sonrisa de su cara.

—No lo hice por ella, sino por ti —declara con sinceridad, como si no estuviera diciendo algo vergonzoso. Las mejillas del mago se sonrojan un poco, igual que las de Shinichi. Cuando Kudō baja la mirada, él desvía la suya—. Bueno... —Aprieta el abrazo sobre su maletín, esporádicamente tímido y se levanta, alzando una mano para despedirse del ojizarco—. Debo irme ya. Cuídate, Kudō.

—Ah, pero- —Shinichi se recompone y se levanta de la cama para detener a Kaito. El chico se gira hacia él y Shinichi le ofrece la libreta de vuelta—. No puedo aceptarlo, ni siquiera debiste. Puedo tomarle una foto, no es necesario que me la dejes.

Kaito volvió a sonreír.

—Tranquilo, siempre cargo una libreta de repuesto —Alzó el maletín y lo palmeó despreocupadamente—, realmente no la necesito. —Y empujó la libreta de regreso hacia Shinichi—. Además, escribir las cosas dos veces me ayuda a aprender mejor las cosas, así que no te preocupes.

—Entiendo, pero...

—No lo rechaces, por favor, o me pondré triste.

Shinichi calló, mirando la expresión lastimera de Kaito. Era una tonta forma de obligarlo a aceptar el favor que le hizo, como una de esas típicas tácticas para conquistar, y él podía darse cuenta de eso. No le daba pena y tampoco creía que Kaito fuese a estar verdaderamente triste si lo rechazaba. No pensaba en eso, pero aún así, sólo asintió y se quedó con la libreta.

—Gracias... —murmuró tímidamente.

La segunda vez que tuvieron una interacción real, fue cuando estaban en bachillerato. Ese día, como muchos otros, Ran se fue con Sonoko a algún lugar después de la escuela al que no fue invitado, aunque tampoco quería ir. Así que aprovechó el tiempo para ir a la biblioteca de la escuela e iniciar el proyecto que uno de sus maestros había asignado. Su profesor había escrito un libro que sólo estaba disponible ahí, y ya que había una muy limitada cantidad de ejemplares, prefirió adelantarse al resto de sus compañeros. Pero claro, no contó con que muchos hubieran pensado lo mismo que él y hubieran tenido la insensibilidad de alquilar la mayoría de copias.

Aunque podía entender las prisas de todos; era un proyecto sencillo, pero aun así les habían dejado casi un mes para terminarlo. Si no fuera porque las vacaciones estaban a la vuelta de la esquina, Shinichi no habría tenido que preocuparse por obtener un ejemplar ahora.

Él no estaba preocupado por las vacaciones, en realidad, porque no iba siempre a un lugar en particular. Tampoco le emocionaba salir del país, sino más bien tener tiempo para trabajar con el inspector Megure —a quien había empezado a frecuentar después de ayudar a resolver un caso hace algunos meses—.

Shinichi le agradeció al bibliotecario cuando el hombre le indicó la sección donde debería encontrar el último ejemplar físico disponible para su proyecto. Se encaminó al pasillo y se quedó rígido cuando encontró a Kaito sosteniendo el libro que buscaba entre sus manos. 

Kudō no podía decidirse entre si tenía suerte o si había alguna entidad en alguna parte que le tenía saña cuando Kaito le sonrió al percatarse de su presencia.

—¿Quieres que lo compartamos? —ofreció con una sonrisa entusiasta. 

Shinichi no le dijo que sí, pero tampoco le dijo que no. En realidad, no estaba seguro de lo que había dicho, porque Kaito sólo los encaminó después hacia una mesa vacía y Shinichi terminó sentado frente a él, aún sin poder actuar como una persona normal, porque estaba demasiado ocupado en pensar por qué Kaito siempre parecía tan contento todo el tiempo y cómo odiaba que eso lo hiciera sentir algo en la panza.

Una vez acomodados, Kaito tuvo el detalle de colocar el libro en medio de los dos mientras lo leía pero, aunque Shinichi era muy habilidoso en variedad de cosas —algunas útiles y otras no tanto— sólo por el simple ocio de poder y saber hacerlas, estaba casi seguro de que no podía leer de cabeza. 

Cuando Shinichi estaba deliberando entre cómo decírselo al mago, Kuroba deslizó el libro más cerca de él y le dio la vuelta. El detective lo recibió y miró a Kaito, quien ya había bajado la mirada hacia su cuaderno. No se dijeron nada, pero a Shinichi no se le hizo difícil entender lo que Kuroba estaba proponiendo ahora.

Shinichi regresó las páginas y avanzó hasta donde Kaito había estado antes, cuando terminó, le deslizó el libro devuelta y anotó lo necesario para su proyecto. Así se la pasan un rato, intercambiando la posesión del libro, pero después de un tiempo, por primera vez, el silencio se volvió incómodo. 

Shinichi es el tipo de persona a la que otros se acercan para conversar y que luego se ve obligado a escuchar todos los intentos que tienen por mantener una conversación con él, hasta que ellos se cansan y no tienen de otra más que darlo por su lado. Él nunca da el tema de conversación y tampoco le nace hablar con alguien con el que no se relaciona frecuentemente. Kaito es una de esas personas: no hablan lo suficiente como para ser amigos, o ser algo cercano a ello, no conoce casi nada de él; lo que le gusta, lo que no, cuándo cumple años (aunque eso es algo avaricioso de su parte), quién es su mejor amigo o algo tan sencillo como su color preferido. No sabe nada de eso, sólo ve su exterior, todo aquello que le deja ver a los demás.

No son amigos.

¿Entonces qué son?

Son el ejemplo de compañeros de clase, sólo eso.

Con un compañero de clase nunca tiene la necesidad de hablar para romper el silencio, al contrario, lo aprecia porque no tiene la facilidad de sacar temas triviales automáticamente. No se le dificulta hablar, pero no le es fácil seguir el ritmo de una conversación a la que no quería ser incluido.

Pero esta vez es diferente, porque tiene un compañero frente a él, que está en silencio, tal y como le gusta, pero desea que le esté hablando. Quiere escuchar su voz, que le diga algo. 

Por primera vez, tiene la necesidad de sacar un tema de conversación y no puede. No sabe qué decir y tampoco tiene el valor. Sólo pasa lo de siempre, donde quiere hablarle pero le es difícil hacerlo.

Y no lo entiende, debería ser fácil si sólo quiere ser su amigo, e incluso en su cabeza es estúpido el cómo desea ganarse la amistad de alguien cuando nunca le había pasado eso. Lo quiere cerca pero no tiene el valor de decírselo. 

Así que sólo se queda callado, ansiando el próximo día en el que puedan coincidir. Shinichi le devuelve el libro de nuevo y se pone a escribir sobre su libreta. Kaito devuelve el libro poco después y Shinichi continúa con su lectura.

Pero entonces, Kaito se distrae con un mensaje de uno de sus amigos. Él resopla una risa ante su atrevimiento de pedirle que los acompañe al cine —su enésimo intento por convencerlo— y él le repite que de verdad quiere terminar el proyecto. Deja su teléfono de lado y vuelve a su libreta. Pero nota con gran frustración que ha olvidado lo que iba a escribir. Suspira con fastidio, porque odia que eso le pase. 

Para Kaito es fácil estudiar, memorizar cosas o entenderlas, pero tiene un problema: no puede hacer las cosas si no está concentrado por completo en lo que hace. La mínima distracción hace que olvide el hilo de su aprendizaje. Lo cual es levemente irónico, tomando la palabra de la mayoría de las personas que le conocen y siempre mencionan lo ruidoso que es.

Ahora tendrá que esperar a que Shinichi termine su turno de leer. Pero cuando lo mira se cuenta de que el detective está muy cerca de la página donde Kaito se quedó. Ahí donde tenía la cita que necesitaba.

Kuroba no debería interrumpirlo sólo por eso, menos cuando se ve tan concentrado en su lectura. Tampoco debería desesperarse, él puede ser paciente. No obstante, Kaito no puede negar que este viene y va con el libro es un poco incómodo. No es como si Shinichi y él fueran enemigos a los que obligan a trabajar en equipo. Son compañeros de clase, prácticamente amigos... No, tal vez eso no. Todavía no.

Compañeros entonces, eso es. A los compañeros no les molesta sentarse uno al lado del otro, ¿verdad? Kaito podría atreverse a sentarse a su lado y Shinichi no se molestaría con él, ¿cierto?

Kaito se detiene ante su costumbre de tamborilear los dedos contra la mesa cuando necesita usar las manos en algo, porque eso podría ser grosero. No querría que Shinichi sintiera que lo está apresurando. Así que sólo aprieta el lápiz con su mano, impaciente, y lo sigue mirando.

Pero después de un rato de mirar, Shinichi cambia a la página donde Kaito se quedó y, en lugar de sentirse aliviado, el mago toma una decisión. Pasará lo que tenga que pasar. Kaito desliza su libreta hacia el espacio vacío al lado de Shinichi y se pone de pie. Kudō apenas y nota el cuaderno, lo observa con algo de extrañeza y regresa la mirada al frente para entender lo que Kaito podría estar haciendo, pero no lo encuentra ahí. En cambio, le da un pequeño sobresalto cuando escucha el raspar de una silla contra el suelo. Cuando se gira hacia su izquierda, Kaito lo recibe con una sonrisa de disculpa.

—No te importa si lo leemos así, ¿o sí? —pregunta con algo de incertidumbre.

Shinichi niega en automático. Kaito suspira con algo de alivio y el detective aparta la mirada hacia su cuaderno.

Después de eso, terminar el proyecto fue bastante fácil, lo hicieron casi al mismo tiempo, así que Kaito se ofreció con más emoción de la que Shinichi pensaría que debería tener para acompañarlo a la salida. El detective sólo asió con fuerza las riendas de su maletín y asintió.

Una vez empezaron a caminar, Shinichi aceptó que no quería tolerar un instante más con Kaito en completo silencio. Así que tomó aire y lo soltó, preparándose. 

—¿Irás de viaje a algún lugar estas vacaciones? —preguntó Shinichi algo tímido. Estaba seguro de que Sonoko se habría burlado por verlo nervioso—. Quiero decir —corrigió cuando Kaito sólo lo miró sorprendido. ¿Acaso Shinichi había hecho una pregunta invasiva?—, parecía que querías terminar la tarea cuanto antes.

Kaito lo miró un instante más de antes verse satisfecho y contento, como alguna clase de perrito. Shinichi se relajó al ver su sonrisa.

—Visitaremos a un viejo amigo de mi padre y estoy emocionado por eso. Realmente me gustaría no tener algún pendiente cuando nos vayamos. ¿Y tú? También parecías querer acabar rápido, ¿irás a algún lado con Ran-chan o algo así?

Shinichi negó.

—Ran viajará a la playa con sus padres —dijo, omitiendo la parte donde era un plan de su amiga y Sonoko para tratar de reconciliar al matrimonio Mōri, porque no creía que fuera correcto contarle algo que no tenía el permiso de decir—. Yo me quedaré aquí, tengo algunas cosas que quiero hacer.

—¿De verdad? ¿Qué cosas? —Kaito parecía muy emocionado por mantener una larga conversación con él. Dejando eso de lado, a Shinichi le encantaba hablar de su progreso como detective.

Así que, por primera vez desde que lo conoció, Shinichi no se abstuvo de sonreírle con alegría. Kaito pareció querer grabarse esa imagen en su mente, pues no le apartó la mirada durante todo el camino a casa del detective, escuchando atentamente cada palabra que salía de la boca de Shinichi. Se veía tan emocionado, tan inocente, casi podía ignorar que le estaba hablando acerca del plan que usó el asesino que apareció en el periódico la semana pasada para matar a su jefe.

Shinichi se veía tan hermoso hablando de lo que le apasionaba. A veces, su madre decía que él tenía una cara de dicha increíble cuando hacía sus trucos de magia, pero aun así Kaito no creía haberse sentido tan dichoso antes como ahora.

No hay algo que a Kaito le guste más que la magia, creció admirando a su padre y lloró como nunca aquella ocasión a los nueve años donde peligró su vida al fallar su truco de escapismo. Desde entonces, Toichi ha sido el mago que logró escapar de la muerte, el mejor truco de escapismo que le ha visto hacer jamás. Y tampoco desea otra cosa que lograr superarlo algún día, ser aquel que continúe con su sueño, el próximo gran mago Kuroba. 

La magia es su vida, su inspiración y aspiración. No importa si son simples trucos o baratijas como le ha oído decir a los padres de su madre más de una vez cuando deben visitarlos, Kaito sabe que no hay otra cosa más genuina que ver la alegría y sorpresa soñadora en los ojos de aquel que los mira. No hay mayor ilusión que los sueños, que por muy difíciles que parezcan, pueden hacerse realidad.

Y no hay mayor regocijo que ver la mirada iluminada por la alegría. Su padre nunca ha faltado en decírselo cada que lo necesita para que no lo olvide. Entonces Kaito soñó con ver aquella mirada soñadora, una tan brillante como el sol y cálida como un abrazo. Una vez le escuchó decir que esa mirada es especial, una mirada anhelante puede ser muy seductora y bella, que era esa misma mirada la que lo hizo enamorarse de su madre. Un pequeño él, entonces, se encontró preguntándose qué tan bella podía ser aquella mirada. 

Es tan preciosa.

Ahora lo sabe, que esa mirada especial conlleva más magia de la que podía esperar; no está construida de baratijas o ilusiones, sino de sueños, de alegría y el reflejo del océano. Es la mirada de ensueño, aquella que te paraliza y te deja sin aliento, la misma que tiene Shinichi, la misma que le atrajo desde que lo vio la primera vez y por la que ahora se encuentra más perdido que antes, porque ahora sabe que puede volverse aún más brillante cuando sonríe.

Kaito empezó a anhelar otras cosas desde que le conoció; quería hablarle, tal y como Ran lo hacía, así que empezó por intentar ser amigo de ella, de esa forma, tal vez Shinichi llegaría a sentirse más agusto con él. Pero eso no pasó, Kudō siguió estando distante a su lado y amigable con otros. Kaito terminó rodeado de personas, tal y como quería, mostrándoles los mejores trucos que tenía, feliz por ver la sorpresa reflejada en sus ojos, pero ninguna más linda que la de Kudō. Pero entonces quiso verla, ver eso reflejado en su mirada.

Pero Shinichi nunca habló con él, por mucho que intentase, tampoco le era fácil. Era como si pudiese hablar de cualquier cosa con las demás personas y sólo querer decir la frase correcta ante él para agradarle.

»—Pero si eres el chico más agradable que conozco —exclamó su madre en la cocina cuando le contó su inquietud. Alzó ambas cejas, tal vez sorprendida por la inusual inseguridad de su hijo.

»—Sí, pero... —Kaito se mordió el labio, era tan complicado para él transformar en palabras aquel sentimiento que tenía atorado en la garganta, que sólo gruñó desesperado y dejó caer su cara contra la mesa—. Sólo no lo sé. 

Seguro su madre sonrió, sintiendo pena por él, porque lo más probable era que estaba igual de confundida que él. Su madre le dijo más de una vez que su dificultad para expresar lo que sentía en palabras era herencia suya, por mucho tiempo lo negó y ahora le daba la razón.

»—Pero acabas de llegar... —Su madre suspiró, pensando en todas las cosas que estaban ocurriéndole a su pequeño en tan poco tiempo. Sirvió la comida y la dejó sobre la mesa, tomando asiento a su lado—. ¿Por qué no esperas a tu padre? Él sabrá qué hacer.

»—Pero-

»—Sabes que es mucho mejor en estos temas que yo. Es buenísimo con las palabras.

»—¿Lo dices por esa historia que me contaste de cuando se conocieron? —murmuró con aburrimiento.

Chikage se sonrojó un poco y se llevó ambas manos a la cara, recordando aquella ocasión que apareció de inmediato en su mente.

»—¿Hablas de la vez que me pidió matrimonio y me dijo que yo era la joya más bella que había visto?

Kaito la miró inexpresivo.

»—No, hablo de la vez en París que quisiste hacerte la graciosa llevando una réplica de una de las joyas en exhibición y casi te llevan presa al creer que la robaste de no ser por mi papá.

»—¡Creí que me vería bonita! —Se defendió.

»—Sí, desgraciadamente fue tu único mérito de la noche.

Su madre siguió diciendo que el verse bien no era un crimen y Kaito continuó con su versión de que esa no era una justificación real. Así hasta que su padre apareció sorpresivamente en la entrada de la cocina, sonriendo al verlos aún en la mesa con sus platos de comida.

»—¿Me estaban esperando para comer? —preguntó con ilusión, remangando su camisa blanca cuando se deslizó por uno de sus brazos.

Kaito y Chikage se miraron, conocían perfectamente lo inocente y sentimental que podía llegar a ser el hombre frente a ellos, así que acordaron silenciosamente en asentir con una sonrisa. Toichi se sentó complacido, agusto con su pequeña familia cuando su esposa no le dejó terminar de entrar para servirse su plato y ella se levantó para hacerlo por él.

Comieron tranquilamente, lo cual era en extremo raro, así que el mayor paró de comer y miró a los dos grandes amores de su vida. Primero a su esposa, quien le miraba con curiosidad y luego a su hijo, quien parecía muy tranquilo, hasta que notó el corto segundo en que sus ojos miraron a otro lado.

»—Todavía no dominas por completo tu cara de póquer, hijo —murmuró con una sonrisa apacible, dejando de lado con tranquilidad los palillos sobre la servilleta.

Kaito se avergonzó. Odiaba no ser capaz de ocultarle nada. Dejó igualmente los palillos sobre el casi vacío recipiente de arroz y suspiró.

»—¿Qué sucede? —Su padre preguntó con suavidad. Chikage también miró a Kaito, antes de extender su mano sobre la mesa hasta la suya y darle un apretón.

Kaito presionó sus labios, aún más avergonzado por lo que iba a decir, porque antes no le contó a su madre completamente los sentimientos que sentía sobre Shinichi y ahora que su padre estaba ahí, estaba más que seguro de que ya no iba a lograr ocultarlo.

»—Puede que, pues, um... —balbuceó, miró a su padre y él seguía igual de tranquilo que al principio, lo que agradeció mentalmente—. ¿Cómo fue cuando conociste a mamá?

»—¿Oh? —exclamó su padre con una sonrisa.

»—Te gusta alguien. —Su madre afirmó con una sonrisa socarrona y picando la mejilla del menor—. Qué lindo, Kaito.

»—Es que él- —Se detuvo a sí mismo y apartó la mano de su madre, algo fastidiado por sus intentos por avergonzarlo—. Esta persona es diferente. Me gusta, creo. No estoy seguro —murmuró y miró a su padre—. Quisiera saber qué hiciste cuando la viste a los ojos, a mamá. Cuando yo lo veo, es difícil hablarle, es como si estuviera en un campo minado cuando me acerco y cualquier cosa que saliera de mi boca fuera a arruinar algo, o hacer que no le agrade. A mí nunca me importó mucho eso, sé que no le agradaré a todo el mundo, pero... Quiero agradarle.

Toichi asintió, comprendiendo a la perfección la inquietud de su hijo.

»—Es normal que te sientas así, Kaito, no tengas miedo a equivocarte, es imposible escapar de eso —murmuró con suavidad, estirando su mano para llegar hasta su hombro—. Recuerda una cosa: el amor llega y se va, como las flores del campo. Unas resisten y otras no, son tan delicadas como hermosas. Si tanto quieres a esa persona, asegúrate de cuidarla bien. No tengas miedo de perderla, porque entonces no resistirá al invierno.

»—¿Qué debería hacer entonces? Incluso ahora, no sé si le agrado...

»—Hazle saber que estás para esa persona —insistió—. No necesitas ser su héroe o su salvador, sé aquel en quien pueda confiar.

»—¿Cómo esa vez que salvaste a mamá? —preguntó y Toichi se río por lo bajo.

»—¿Podemos dejar de hablar de la vez que casi me arrestan? —pidió Chikage con el ceño fruncido. 

»—Dime, Kaito —volvió a decir su padre, sonando un poco melancólico de repente—. Sino estuviera yo para aconsejarte, ¿qué harías para que la persona que tanto quieres se dé cuenta de que le importas?

A Kaito no le gustó esa implicación, pero aún así lo consideró. 

»—Yo... Quisiera ayudarle en todo lo que pueda. Que sepa que cuenta conmigo para lo que sea, por peligroso que parezca.

»—Entonces ahí está la respuesta. —Toichi movió una de sus manos y luego hizo aparecer una paloma—. Muéstrale a Kuroba Kaito, las sorpresas que hay en tu corazón y cuídalo bien.

El miedo no se fue, por supuesto, pero aceptó con el tiempo que, entre más temiese el equivocarse, más probable era que lo hiciera. Quiso tratar a Shinichi como lo hacía con sus amigos, como cuando tomó notas por él, pero no quería ver al ojizarco como un amigo y terminó externando un poco de lo que había en su corazón. Y desde entonces empezó a ser más fácil estar con él, más cuando a Shinichi no pareció molestarle su atrevimiento.

Y hasta ahora había logrado estudiar juntos, cuando Shinichi se sentó frente a él, moverse de su sitio o decirle que podía acomodarse a su lado no pudo suceder, fue como si sus piernas estuvieran pegadas al suelo y su boca perdiera el volumen cuando Intentaba sugerir una cercanía mejor.

Así que ahora estaba disfrutando más que nunca estar a su costado, escuchándolo.

—... Y así fue como Jhon y Sherlock terminaron siendo compañeros. —Shinichi continuó emocionado, tomando la mano de Kaito para cruzar la calle y seguir su camino con él.

Y así fue como Kaito terminó oyendo el resumen de Estudio en Escarlata durante la caminata a casa de Shinichi. Aprendió mucho del ídolo de Kudō y también ambos tocaban el violín. 

Cuando Shinichi llegó a la puerta de su casa, se sorprendió consigo mismo por haber arrastrado a Kaito hasta ahí. Ni siquiera estaba seguro de en dónde vivía el mago, tampoco si lo había aburrido con todo lo que estuvo diciendo casi por media hora. Así que se giró a mirarlo, y él le regresó la mirada con curiosidad.

—Lo siento, debí haberte aburrido —murmuró, frotando su nuca. Se había excedido hablando—. Y también por traerte hasta aquí.

—No hay problema, Kudō. Realmente disfruto escuchándote hablar —afirmó con una sonrisa y Shinichi desvió la mirada con un sonrojo. Aún no lograba acostumbrarse a los repentinos halagos del mago. Aunque, cómo podría si casi nunca hablaban.

Entonces volvió a picar el hecho de que quería volver a estar así con él.

Así de cerca.

La tercera vez que le habló habían cambiado muchas cosas. Shinichi tenía diecisiete años y había adoptado una gran fama como el detective adolescente que podía resolver cualquier caso. Ran se le declaró un día durante las vacaciones y él tuvo que rechazarla, pues aunque los sentimientos que mantenía intactos en su corazón no llegasen a ningún lado, seguían ahí, esperando.

Esperando el día en que pudiesen volver a sentirse cálidos antes de volver a conservarse.

Kaito y él no hablaron por casi un año, después de aquella última conversación, las cosas parecían ir al mismo rumbo con final de siempre. A ese callejón sin salida que le recordaba su picazón.

La vida de Shinichi cambió por segunda vez desde que conoció a Kaito, cuando las esporádicas ausencias de Ran dejaron de serlo y dejó de acompañarlo durante el camino a la escuela. Cuando dejó de decirle algo sobre la comida y dejaron de estudiar juntos. Sabía que no estaba molesta y que Sonoko tampoco, pero también era consciente de que un amor no correspondido podía doler.

Lo sabía bien.

Lo recordaba cada día que la sonrisa de Kaito aparecía en su mente.

Y dolía como la primera vez cada que lo veía.

Empezaba a ser tan frustrante cómo aquellos primerizos e inocentes sentimientos no parecían menguar y, al contrario, seguían creciendo. Era consciente de que debía olvidarlos y aun así no era capaz de hacerlos desaparecer. Era tan obvio que Kaito no le iba a corresponder y que nunca iban a estar juntos. Había pasado tanto tiempo que Shinichi estaba seguro de que a este punto de su vida no estaba siendo pesimista, sino realista.

Jugó impaciente con su lápiz en la mano derecha, mirando el mismo problema de matemáticas que había estado viendo desde hace un buen rato, que había dejado vacío pese a saber la respuesta desde casi el mismo tiempo. Y no puede evitar el pensamiento que se introduce en su mente y le dice que es como una metáfora de su dilema. Desde que vio ese problema, adornado con tantos números y símbolos, ha sabido la respuesta, ha sido sencilla cuando se dio el tiempo de observarlo. Pero lo mantiene así, vacío, a la expectativa de lo que va a hacer y Shinichi no tiene la más mínima urgencia por escribir sobre el espacio en blanco, porque sabe que aunque olvide la respuesta, bastará con volverlo a ver para recordar. Porque una vez que llene ese espacio vacío, todo habrá terminado.

Pero se equivocaba en algo, porque no podía terminar aquello que nunca existió. 

Y entre Kaito y él, nunca ha pasado nada.

Ni una amistad.

Hablaron durante todo el bachillerato lo suficiente como para parecer pláticas de cortesía. Supieron del otro lo más mínimo y nunca llegaron a nada. Y esa parecía ser la temática, donde están cerca y lejos el uno del otro. Como si fueran conocidos perfectamente desconocidos.

Kaito es un hombre misterioso del que no sabe su identidad. Sólo conoce al hombre de la superficie y no llega a algo más. Quizás y Shinichi sea lo mismo para él: un hombre sin identidad aparente. Alguien que ha empezado a salir en los periódicos y con quien habló unas cuantas veces.

A Shinichi le han dicho que las amistades durante el bachillerato serán las más fuertes y que, con suerte, seguirán hasta después de que se gradúe. Con Kaito no ha tenido nada de suerte, sólo podrá lograr que aquel confuso sentimiento de amor llegue a madurar hasta su graduación. No se está llevando nada de lo que quiere consigo.

—Oye —escuchó la voz fastidiosa de Sonoko y miró hacia arriba, quien tenía el ceño fruncido y le mostraba su libro de matemáticas. Lucía casi asqueada por pedirle ayuda y suponía que podía entenderlo, antes de que Ran se declarara, el papel de Sonoko era el molestarlo con comentarios incómodos sobre el matrimonio o las relaciones románticas, así que ahora no había alguna broma de por medio que pudiera decirle—. No entiendo este problema, ¿podrías ayudarme? —La expresión de la Suzuki se calmó un poco a lo último, seguramente cansada de no entenderlo.

Shinichi alzó una ceja, mientras miraba ese mismo problema de antes, aquél que empezaba a ser deprimente de ver.

—Kuroba es bueno en matemáticas también —murmuró, desviando su mirada a Sonoko—. Él te gusta, ¿no es así? ¿Por qué no aprovechas la oportunidad de hablar con él?

Sonoko chasqueó la lengua y miró a otro lado, presionando sus labios y pareciendo indecisa en querer hablar.

—Me declaré hace poco y me rechazó.

—Quisiera poder decir que estoy sorprendido. —Shinichi susurró con sorna para sí mismo.

—¡Nadie te preguntó de igual manera! —Sonoko espetó, golpeando a Shinichi con su libro—. ¿Me ayudarás o no?

—Sí, está bien, te ayudo —cedió entre un suspiro, mientras la chica resoplaba con molestia y se sentaba en una silla frente a su pupitre. Entonces Shinichi se calló su comentario de «Ahora entiendo por qué te rechazó», porque no se creía capaz de soportar otro golpe en su cabeza y también porque, en algún lugar de su mente, algo le gritaba que eso sonaba cruel. 

—Shinichi-kun. —Sonoko volvió a hablar, mientras el aludido le mostraba cómo resolver el problema sobre una hoja. Él se detuvo y la miró, esperando que continuara—. ¿No extrañas a Ran?

—¿A qué viene eso? —Le preguntó, sintiéndose incómodo por la pregunta.

—Bueno, vamos, no quiero decir que debas disculparte otra vez —dijo, alzando una mano al aire al recordar cuando Shinichi se inclinó y luego abrazó a Ran para pedirle disculpas el día que le dijo sus sentimientos—. Sino más bien que le hables un poco, ¿sabes? Quiere volver a ser tu amiga, pero no está segura de si tú también quieres.

—¿Entonces te envió a ti a decirme esto? —preguntó con seriedad y Sonoko asintió. Miró a su costado y se encontró con la mirada de Ran, quien la desvió de inmediato y continuó hablando de algo con Kaito, quien se sentaba a su lado. Shinichi volvió su atención a Sonoko—. ¿Eso significa que no necesitabas ayuda con el problema? Porque realmente parecías tan perdida como una mula con los ojos vendados cuando te explicaba.

Suzuki tensó una sonrisa, tentada en gritarle algo pero no quería perder los estribos porque era la señorita que Shinichi tanto presumía que no era.

—Imbécil, es obvio que estaba actuando no saber.

—Sí, por supuesto.

—¡Hablo en serio! —espetó con el ceño fruncido—. Como sea, ¿lo harás o no?

Shinichi asintió. Tampoco entendía por qué tenía que ser él el que se acercara a Ran cuando no tenía la culpa de nada, pero tampoco estaba esperando que ella se acercara arrepentida por haber tenido sentimientos por él, por lo que llegó rápido a la conclusión de que era un deber entre los dos, porque antes de saber sobre sus sentimientos y distanciarse, ambos eran amigos de la infancia.

Cuando Kaito vio a Shinichi acercarse a Ran, hizo el amago por irse de ahí, sabía que tendrían que hablar de algo personal y no se creía lo suficientemente fuerte como para oír los sentimientos que la Mōri sentía por el detective. Pero entonces sintió un tirón en la manga de su saco azul y supo muy bien de quién se trataba. Dejó incompleto el intento por pararse y volvió a sentarse, mirando a Ran, quien lucía una sonrisa agradecida en su rostro.

—Fuiste tú quien me animó a hacer esto, no te vayas, por favor. —Le pidió. Para Kaito había sido fácil darse cuenta del gran cambio entre Ran y Kudō los últimos meses, de igual manera, no fue difícil enterarse cuando una de las chicas del equipo de karate de Ran —con la que hablaba de vez en cuando— y que frecuentaba cuando ella salía a correr al parque al que Kaito iba para alimentar a los patos, le dijo que la Mōri se le había confesado a Kudō y que él la había rechazado.

Al principio estuvo un tanto molesto con la facilidad con que ella se lo contó, diciéndole que no era correcto decir los temas personales de los demás a todos, hasta que ella le confesó que se lo dijo sólo porque sabía que él estaba enamorado de Kudō. Luego sólo se levantó de la banca del parque y estiró sus brazos, mostrando esa sonrisa escalofriante que siempre hacía y que robaba las miradas de todos los chicos que pasaban (por alguna razón que era incomprensible para Kaito), mientras ella se regocijaba por su belleza y volvía a correr, moviendo de un lado a otro su larga cola de cabello con ese tono rojizo que llamaba tanto la atención.

Entonces prestó más atención y lamentó el que tanto Kudō como su amiga estuvieran tan tristes. Kaito sabía que para Shinichi él no era nada. Que para Shinichi sólo era un compañero más de la escuela con el que habló un par de veces, pero sabía que Ran no era nada de eso para él, que ella era especial y que seguramente su distanciamiento lo lastimaba.

Por lo que se acercó a Ran cuando sabía que ante ella podía tener la confianza que quería que Shinichi tuviera con él, pero sólo podía conformarse a ser el ente detrás de todo. Así que le costó un poco el que ella quisiese por propia voluntad el contarle lo que había pasado entre ambos y, entre sus intentos por animarla, terminó sin querer alentado a Sonoko a que se le confesara. Aunque, por mucho que no quisiera que se repitiera la misma situación que tenían Ran y Shinichi, estaba claro que no podía mentirle sobre sus sentimientos y la rechazó.

Sin embargo, grata fue su sorpresa cuando ella se lo tomó bastante bien.

»—No sería la primera vez —murmuró algo melancólica y él no pudo evitar sentirse un poco mal—. Lo único que no lamentaré es el quedarme callada sobre estos sentimientos —dijo como último y le sonrió antes de irse. Las cosas entre ellos no cambiaron y eso le hizo tener esperanzas. Porque, contrario a ella, él si pretendía quedarse callado sobre esos sentimientos que había estado añejando en su interior.

Aquellos que alimentaba cada vez que veía a Shinichi, cuando veía sus ojos. Esos ojos de ensueño. 

Y lo malo era que ahora ya no quería eso. Quería probar esos sentimientos. Quería creer que tras decirlo, realmente no cambiaría nada entre ellos, porque no tenían nada, no había nada por perder. Él también quería gritar lo que sentía y no avergonzarse de eso.

Eso quería.

Quería a Shinichi.

Y quería que él lo supiera.

Quiero que sepa que le quiero.

—Ran... —Shinichi titubeó en un inicio, no sabía qué tenía o debía decir y, a decir verdad, la presencia de Kaito lo estaba poniendo nervioso. ¿Por qué estaba él con Ran? ¿Por qué estaban juntos? Y más importante, ¿por qué Ran lo sostenía de la manga?

Era tan estúpido, el cómo se sentía celoso porque Ran tenía dos de sus dedos sobre la manga de Kaito, aún más cuando sabía que no tenía ese derecho.

No tenía ninguno.

—Quería disculparme —interrumpió Ran su cavilar, levantándose de su silla y teniendo la intención de inclinarse, pero Shinichi se lo impidió poniendo ambas manos sobre sus hombros.

—No hace falta que hagas eso. —Se apresuró a decir y ella se enderezó—. No hay nada por lo que debas disculparte, ¿está bien? El tener sentimientos no está mal, lo sabes. Y espero que también sepas que te quiero, tal vez no con la misma fuerza ni de la misma forma que tú lo haces, pero lo hago. Yo nunca dejé de querer que fuéramos amigos, Ran. Tampoco estoy molesto porque te tomaras tu tiempo. Cuentas conmigo para lo sea —dijo, esperando no decir algo que pudiera malinterpretarse, preocupándose un poco cuando miró a Kaito de soslayo y él tenía una expresión extraña en el rostro.

Sólo no sabía qué estaba sintiendo, como si tuviera una máscara sobre la cara. No sabía qué escondía, pero sabía que lo hacía.

—¡Shinichi! —Entonces Ran lloriqueó y lo abrazó, aferrándose con fuerza a su saco y él comprobó de nuevo la fuerza que su amiga poseía—. Quiero que sepas que también cuentas conmigo para lo que sea; yo también quiero seguir siendo tu amiga. Que sigamos siendo amigos. Pase lo que pase, yo también te quiero.

«Tener sentimientos no está mal.»

Fueron las palabras exactas de Shinichi y eso lo golpeó fuerte. Kaito consideraba la posibilidad hace poco y ahora estaba muy seguro de lo que iba a ser.

Ya no lo quería.

Lo haría.

Se lo diría.

Ran se separó de Shinichi, dejando su hombro completamente húmedo.

—¡Lo lamento mucho! —continuó lloriqueando, tratando de buscar un pañuelo entre sus bolsillos, mientras sorbía su nariz—. Ensucié tu saco...

Shinichi forzó una sonrisa, desviando la mirada de su propio hombro empapado y le ofreció su pañuelo a Ran.

—No te preocupes por eso, está bien —dijo suavemente, acariciando la espalda de Ran para que se tranquilizara, mientras ella limpiaba su cara, dejando un rastro de negro debajo de sus ojos debido al rímel.

—Te acompañaré a que laves tu cara —intervino Sonoko, saliendo de detrás de Kudō.

—Gracias —dijo Ran con voz temblorosa y se dejó llevar cuando Sonoko tomó su mano.

Ambos miraron por donde salieron las chicas. Kudō sonrió para sí mismo, sintiendo el alivio de la reconciliación. Quizás y el distanciamiento con Ran no le había pesado tanto como a ella, pero aún así, Ran había sido su compañía más cercana desde pequeño, que imaginarse un mundo en el que no podría volver a contar con su presencia le había hecho sentir muy mal. 

Luego de un momento, se atrevió a mirar a Kaito y él lo miraba aún con esa expresión indescifrable, de alguna manera, esa intensidad le hizo sonrojar.

—Entonces, yo... —tartamudeó nervioso, señalando sobre su hombro sin saber qué más decir—. ¿Qué ocurre? —Arrugó la nariz con confusión cuando Kaito se dobló sobre su pupitre y amortiguó una risa con su mano—. ¿Pasó algo? —insistió extrañado.

—No, perdón —dijo rápidamente, luciendo apenado—. Sólo estoy feliz por ustedes.

—¿Lo estás? —preguntó Shinichi alzando una ceja.

Kaito asintió con una sonrisa y sacó un pañuelo de la nada.

—Lo estoy —dijo, acercándose unos pasos para secar lo más posible el hombro húmedo de Kudō, quien se tensó al tenerlo tan cerca—. Ran-chan había estado muy triste luego de lo que pasó entre ustedes, así que verla tan recuperada es reconfortante.

Y Kaito era consciente de que había quedado anonadado por la vista de Shinichi sonriendo tan dulcemente. La imagen de Shinichi de perfil iluminado por la luz, en un espectáculo precioso que había sentido que sólo podía ser gozado por él, pero no podía decirlo, no aún. 

—Entiendo... —Shinichi murmuró algo desanimado. De nuevo, esto era sobre Ran.

Era extraño el pensar que algo tan íntimo y personal como la confesión de Ran hacia él pudo ser conocida por otra persona aparte de Sonoko. Porque era claro que Kaito sabía de eso, aun si no lo había dicho directamente, Shinichi podía darse cuenta y entonces la cercanía entre ellos de hace un momento cobraba sentido. ¿Cuándo había pasado esto? Simplemente, ¿desde cuándo Ran le tenía tanta confianza a Kaito? ¿Por qué tenía que sentirse tan frustrado al respecto?

No podía tener celos de Ran, no de ella. Se sentía tan incorrecto en su interior mirar a Ran como un obstáculo entre Kaito y él, porque sabía muy bien que eso no tenía sentido alguno.

No existía el «Kaito y él»

No había absolutamente nada.

Además, ¿qué más daba si a Kaito le gustaba Ran? Ella estaba enamorada de Shinichi.

Ah.

¿Pero qué carajos acaba de pensar?

—¿Sucede algo? —Escuchó la suave voz de Kaito muy cerca, pero ni siquiera pudo sentirse avergonzado por eso. Así que sólo negó, aún con esa expresión de pánico que seguramente tenía y llevó una mano hacia su boca abierta de la impresión.

Realmente había pensado algo tan cruel acerca de Ran. 

—Estoy, er... Acabo de recordar algo. Discúlpame. —Se apartó torpemente de Kaito, retrocediendo y chocando con uno de los pupitres, para murmurar una disculpa y luego salir corriendo del salón.

La cuarta vez que conversaron de verdad, habían pasado un par de meses después de reconciliarse con Ran. Todo parecía volver a ser lo mismo que antes, el mismo desorden que era desde que Kaito apareció, pero era reconfortante.

Shinichi había notado a Ran más cerca de Kaito que nunca, eso sólo lo hacía sentirse impotente, porque no lograba nada diciéndole lo que sentía por el mago. Ni tampoco apartando a Kaito de Ran. Así que sólo se hizo el desinteresado, aunque por dentro estuviera gritando.

Las clases ya habían terminado, así que Shinichi se dispuso a guardar sus cosas en la mochila. Como Ran y Kaito estaban al frente del salón conversando, el detective prefirió simplemente pasar a un costado para salir. Sabía que era un poco mezquino no despedirse, pero no tenía ánimos para sonreírle a ninguno por el momento.

Sin embargo, una mano alrededor de su muñeca lo detuvo y, por lo que parecía, debía ser Ran. Pero cuando se giró se dio cuenta de que no, era la de Kaito. Él volvió a mirarlo con esa mirada cálida de antes, pero esta vez no le dejaba confundido o anonadado, porque ahora estaba más seguro que antes de que todos los acercamientos anteriores que tuvieron, fueron por Ran.

Seguramente, tras ver el cómo Shinichi le dejó en claro que sólo la veía como su amiga, Kaito había tomado el valor para intentarlo. Ahora volvía a hacerlo, a acercarse a él para llegar a ella. Y aunque lo sabía, quería tenerlo cerca. 

Aunque no fuera por él.

Eso quería.

Que se quede con él.

—Quiero hablar contigo... —Kaito murmuró con timidez, de nuevo, parecía ser algo normal cuando quería hablar de algo vergonzoso. De algo que sentía. Como aquella vez en la enfermería.

Miró a Ran, de nuevo estaba confundido y ella sonrió, acercándose antes de susurrar en su oído.

«Suerte.»

Shinichi arrugó la nariz cuando ella se separó y pasó de él, encontrándose con Sonoko en la puerta corrediza, quien lo miró con algo de tristeza e hizo el pulgar hacia arriba antes de irse.

—¿De qué quieres hablar? —murmuró nervioso, mirando a los lados, donde algunos de sus compañeros seguían ahí, guardando sus cosas y el sol empezaba a esconderse.

—Quiero... —murmuró por lo bajo, notando lo mismo que él—. Caminemos juntos a casa.

—¿La tuya no queda al lado contrario? —Shinichi cuestionó, aunque estaba seguro. Desde esa vez luego de hacer el proyecto juntos, oyó a uno de sus amigos del equipo durante uno de sus últimos partidos decir que la casa de Kaito se encontraba algo lejos de la escuela, cuando les preguntó sobre eso, se enteró de que la dirección era totalmente lo apuesto a la de su casa. Así que se sintió algo culpable por haberlo arrastrado hasta su hogar en aquella ocasión.

Tuvo la intención de disculparse alguna vez, pero nunca pudo.

—Lo hace —dijo Kaito, subiendo y bajando sus hombros, como si no importara. Le dio una pequeña sonrisa tímida cuando se atrevió a bajar su agarre hasta su mano y comenzar a caminar—. ¿Te molesta? —Le preguntó, mirando hacia Shinichi, mientras el detective sujetaba su maletín sobre su hombro y tenía la mirada fija en sus manos unidas. Entonces alzó la mirada y Kaito pudo apreciar aquel brillo que tanto añoraba ver así de cerca. Shinichi negó, manteniendo la tentativa sonrisa que quería aparecer en su rostro.

Caminaron en silencio un rato, pero a Shinichi no le incomodó, no del todo. No entendía a dónde quería llegar Kaito con todo esto y era consciente de que la realidad podría llegar a pegarle duro. Que tener esperanzas a este punto lo iba a herir, lo sabía. Quería que le hablara, que tomara su mano de esta manera muchas veces más, por mucho más tiempo. Ya no quería sentirse así de repente, cómo la calidez se colaba por su cuerpo y la felicidad explotaba, para luego regresar a la tierra y dejar de tener esto.

—¿Recuerdas aquella vez en la enfermería? —escuchó a Kaito decirle de pronto. Ahora empezarían a hablar, se sentirían cercanos y luego no volverían a verse. Shinichi no sabía qué clase de amistad era esa o si simplemente era una clase de capricho, pero él ya no quería seguir guardándose las cosas.

¿Cómo había podido hacer esto?

¿Cómo se había enamorado tanto de él?

¿Y por qué era tan cobarde para decirlo?

—Lo recuerdo.

Se llenó la boca diciéndole a Ran que los sentimientos no eran malos, que no eran causa de disculpas, que no debía arrepentirse por sentir, pero ahí estaba él, queriendo disculparse por eso, pensando en que quería que desaparecieran, arrepentido por sentir todo esto por él y, aún así, no tener el valor de decírselo.

—Esa vez estaba muy preocupada por ti, en serio lamento si te incomodé por lo que te dije. —Kaito siguió mirando al frente, pero presionó un poco el agarre con su mano. Shinichi correspondió el gesto, porque, por fuera de la impresión que le dio en ese entonces, en el fondo, había deseado que volviese a preguntarle sobre su bienestar—. Ese día en la biblioteca, no sabes cuánto me costó concentrarme estando tú ahí. —Entonces paró de caminar y se plantó frente a él, donde Shinichi alternó la mirada entre su cara y cualquier otro lugar. Tener sobre él su mirada intensa estaba resultando algo más pesado de lo que pensaba. Sus bonitas estrellas ahora lucían tan tristes y no parecían emitir esa cálida luz para él, estaban titilando de duda—. Sólo estaba pensando en si te sentías cómodo conmigo. En si te molestaría estar cerca de mí y si por eso estabas del otro lado de la mesa. 

—Yo no-

—Tan sólo quiero agradarte —lo interrumpió, sonrojándose un poco y tomando su otra mano entre la suya. Shinichi se la ofreció, sin poder soltar su maletín, pero ahí estaba, tomando sus dos manos y actuando en automático. Esperando cualquier cosa—. Porque te quiero. Lo hecho desde hace mucho, Shinichi.

Entonces Shinichi sólo atinó a abrir más los ojos, sorprendido, su respiración se aceleraba con todas las cosas que quería hacer. Quería reír. Quería llorar. Quería gritar. Quería abrazarlo. Decirle que siente lo mismo.

Quería tanto poder besarlo.

—Lamento mucho hacerte pasar por esto otra vez, el escuchar una confesión. —Entonces Kaito sólo luce ya tan resignado al rechazo, sonriendo con tristeza y entrelazando sus manos en un intento de disfrutar un último contacto—. El aparecer y desaparecer de tu vida, aún si eso es algo irrelevante para ti. Sólo me era tan difícil hablarte, estaba tan preocupado, todo el tiempo, de equivocarme con algo y provocar que me odiaras. Miedo de acercarme y amarte más, ¿lo entiendes? Ni siquiera nos frecuentamos y aún así, esto que siento por ti nunca desapareció, siguió ahí, siguió creciendo hasta que ya no puedo callarlo.

—Kuroba...

—Por favor, déjame terminar de decírtelo, ni siquiera espero una respuesta, sólo quería que lo sepas. Y no te sientas mal por mí, he cargado con esto casi desde el día en que te conocí. Quedé enganchado a esos lindos ojos que tienes y la pasión que expresas al hablar de lo que te gusta. Y —resopló una risa y apareció un intento de sonrisa en la cara de Kudō al verlo sonreír—, vaya, aunque se trate de cadáveres, aún así te ves tan tierno. Cada cosa que pude conocer de ti me hizo quererte más, estoy más que seguro de que eres tú a quien quiero conmigo, pero no te estoy obligando a nada, incluso puedo entender si esto es raro para ti. 

—Tus ojos también son bonitos, Kaito —Shinichi murmuró, soltando una de sus manos y llevándola a la mejilla del mago—. Y no me parece raro, ni me parece mal, porque yo también te quiero. También desde el día en que te conocí y yo tampoco quería seguir callándolo. —Kaito sólo lo miró con esas estrellas centelleantes, explotando de lo feliz que se sentía porque Shinichi sentía lo mismo que él—. Yo sólo deseo que te quedes conmigo.

—Me quedaré a tu lado todo el tiempo que me lo permitas. —Llevó su mano hacia la que Shinichi tenía sobre su mejilla y sonrió—. Esta vez no me voy a enajenar otra vez.

Entonces Shinichi dejó de pensar y se acercó a Kaito para besarlo. No importaba lo mucho que los dos lo habían estado deseando o el inmenso sentimiento que se estaba tranquilizando en su interior al saber que eran correspondidos; que aquel fuerte amor que habían estado conservando para el otro por fin lo estaban probando. Que a Kaito o a Shinichi le estuvieran temblando las manos por el temor de estar soñando. Sólo se dieron un beso suave y cariñoso de unos segundos, antes de mirarse a los ojos y volver a sonreír.

La quinta vez que tuvo una conversación real con Kaito fue al día siguiente. Shinichi había dormido mejor que otras noches y, por primera vez, sus compañeros lo vieron trayendo un bento a la escuela. Había llegado con algo de nerviosismo, sin saber cómo debía hablar con Kaito de ahora en adelante, si debía comportarse más cariñoso o sólo tratarlo amistosamente. Estaba tan feliz que no sabía qué eran los demás sentimientos que estaban floreciendo en su interior.

Ese día Kaito no se despegó de él en ningún momento y no pudo estar más feliz por eso. El chico que quiso por tanto tiempo estaba con él y había prometido no apartarse de nuevo.

Y recordar todo eso seguía generándole algo de nostalgia, si hubiera sido más valiente desde el principio, ahora no estarían cumpliendo siete meses de novios, sino más. 

Entonces, cuando el pasillo quedó a solas, sintió cómo unas manos le cubrían los ojos. Shinichi debió asustarse o reaccionar violento, quizá, pero algo que había descubierto hace un tiempo, fue que era perfectamente capaz de diferenciar la presencia de Kaito de los demás.

—Aquí es cuando gritas «¿Quién es? ¡Suéltame!» —escuchó a Kaito susurrarle al oído y Shinichi no pudo evitar reírse. 

—¿Quieres que te patee también? —ofreció con sorna, mirándolo cuando Kaito descubrió sus ojos y le dio un beso en la mejilla, mientras lo abrazaba por la espalda—. Llegaste temprano. —Llevó su mano al cabello de Kaito y le devolvió el beso.

Kaito tarareó, pseudo pensativo—. Puede que no haya podido dormir por estar pensando en lo lindo que es mi novio.

Entonces Shinichi se sonrojó, odiando lo fácil que Kaito lograba avergonzarlo siempre. Una sonrisa traviesa se deslizó por su rostro inmediatamente después.

—Pues yo dormí bastante bien —confesó, esperando la reacción dramática de Kaito, quien se hizo el indignado y se separó de él.

—Me acabas de llamar feo —espetó, llevando una mano a su pecho y desviando la mirada cuando Shinichi se acercó a él, mientras ponía los ojos en blanco.

—Nunca dije eso.

—Pero lo insinuaste —continuó Kaito—. Es nuestro séptimo mes y ya me maltratas, creo que esto es violencia psicológica o algo así. Lástima que seas tan lindo, no tengo el valor para denunciarte.

—No digas eso —Shinchi se siguió burlando y se carcajeó cuando pasó sus brazos al rededor del cuello de Kaito y el reflejo de su novio fue llevar sus manos a su cintura—. Eres un dramático.

—No lo soy —se defendió, rozando sus labios—. Sólo soy demasiado bello que me duele el que no lo aprecies.

—Sí, claro, eres el hombre más guapo que he visto.

—¡Por supuesto que lo soy! Lo soy, pero de toooodo el mundo.

—Kaito es el amo y señor del universo, porque es muy guapo y sus ojos son un par de estrellas violetas que me gustan tanto —susurró seductor, provocándole un sonrojo al mago antes de besarlo y terminar de pegarlo a la pared.

Tal vez los primeros meses intentaron disfrutar de la compañía del otro, hablar de todos los temas que no se atrevieron a preguntar antes, incluso los besos fueron cortos y dulces. Ahora ya no había esa vergüenza, ahora se besaban siempre que querían y se decían abiertamente cuánto se querían. Y por eso mismo Shinichi descubrió la manía de Kaito por tomarlo de la cintura, aunque tampoco le molestaba, le gustaba mucho cómo se aferraba a ella. 

Aunque, por eso mismo, descubrió otra manía suya.

Shinichi gruñó en medio del beso, avergonzado cuando se percató del apretón que Kaito tenía sobre su trasero, agarre que parecía no querer moverse de ahí.

—Estamos en la escuela —murmuró pegado a sus labios y sintió perfectamente cuando Kaito sonrió—. Eres un desvergonzado.

—Puede ser —susurró con ese tono que ponía siempre tan nervioso a Shinichi. La voz de Kaito resultaba tan versátil que, de alguna manera, lograba seducirlo con las palabras más sencillas. Nunca se lo había dicho, pero estaba seguro de que Kaito lo sabía—. Quiero ir a tu casa más tarde —dijo al fin, subiendo sus manos a su cintura.

—¿A qué exactamente? —Shinichi preguntó receloso.

Kaito se rio y besó sus mejillas sonrojadas.

—A nada malo, cariño. — Se separó de Shinichi, tomó su mano y lo guió de camino a su salón. Luego de un rato de no decir nada, Kaito lo miró con sus estrellas centelleantes y con una timidez que le causaba gran ternura al detective—. ¡Quiero cocinar para ti!

—¿Cocinar para mí? —repitió, quizá disfrutando un poco la imagen mental de su lindo Kaito cocinando para él. Además, el verlo tan entusiasmado y tímido por eso era simplemente encantador. No obstante, no por eso dejaría pasar la oportunidad de burlarse un poco de él—. Qué tierno, por eso estás más meloso de lo normal, ¿verdad? —Kaito se crispó. Shinichi sonrió—. Adiviné, ¿no es cierto?

—¡Esto no es un caso, Shinichi! —protestó avergonzado—. ¡No lo pienses mucho y dime qué sí, anda! —rogó mientras lo sacudía y Shinichi se carcajeaba—. ¡Además, ¿a qué te refieres con eso?! ¡Siempre soy meloso contigo!

—Era una forma de decirlo...

—¡Ah, me dijiste fastidioso!

—¡No, no lo hice!

—¡Sí, lo hiciste! 

Entonces Shinichi tomó de las mejillas a Kaito y lo atrajo para darle un beso.

—Me encantaría que cocinaras para mí —dijo con una sonrisa. Kaito se sonrojó.

—Me estás cambiando el tema —murmuró con sus mejillas apretadas entre las manos de Shinichi.

—No es verdad.

—Sí lo haces. —Shinichi arrugó el ceño y Kaito sonrió—. ¿Sabes lo lindo que te ves cuando haces eso?

Kudō desvió la mirada avergonzada y luego suspiro resignado. Tomó la mano de Kaito y continuó su camino hacia el salón. Puede que deseara haber tenido el valor de confesarse antes y disfrutar lo que ahora; sin embargo, aún si le dieran la oportunidad, no la tomaría. No cambiaría nada del camino que lo terminó uniendo a Kaito de esta manera. Shinichi ama a su novio y no duda de que Kaito también lo ama. Son muy felices y han progresado mucho junto con sus amigos. Ran conoció a un chico llamado Hondou que la hace muy feliz y Sonoko conoció a Makoto, quien la cuida y protege de todo. Al final, todo el dolor y sufrimiento valió la pena. 

—Kaito —llamó y el mago tarareó. Shinichi volteó a verlo y sonrió—. Te amo.

Kuroba abrió grande los ojos, pues si bien no era la primera vez que su novio se lo decía, sí era la primera vez que lo decía tan repentinamente y no alentado por el mismo Kaito que esperaba respuesta a esas mismas palabras. Sonrió dulcemente.

—Y yo a ti, cariño. Te amo.

Bonito.

Esa sigue siendo la palabra que Shinichi tiene para describir a Kaito.

De ensueño.

Es la palabra que Kaito utiliza para describir la mirada filosa de su novio.

Mi amor.

Es lo que se dicen cuando están solos.

Notes:

No tengo nada para decir más que: sufran conmigo por mi romance gay fallido.