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La hija de los Suzukis era una chica popular entre los hombres y mujeres de su pueblo natal. Siempre amó cocinar y cuidar de los demás. Cualidades que se asocian más con la imagen de una perfecta Yamato Nadeshiko omega.
Nana Suzuki era una mujer beta. Aunque la mitad de sus pretendientes de su juventud rezaban cada mañana para que sucediera un milagro y se convirtiera en la omega perfecta y sumisa de sus sueños, pero eso nunca sucedió. Siempre fue una chica risueña alegre, aunque muchos la tachaban de tonta, así que esos comentarios no la afectaron mucho.
Cuando se convirtió en una estudiante de intercambio y partió hacia el extranjero rompió decenas de corazones. Estudio música en Italia. Hizo un sinfín de adorables amigas, aunque esa escuela se consideraba cosa de chicas ricas.
Todas las tardes se escapaba de clase con Lavina-chan para mejorar su italiano y enseñarle a ella japonés. Reían y bromeaban mientras disfrutaban del mejor Tiramisú de todo Italia en pequeño café con terraza y disfrutaba del sol italiano con su mejor amiga.
Hubiera deseado que esos días felices duraran para siempre. Pero el tiempo de su beca se acababa.
Un día lluvioso, esperando a sus amigas en medio de una calle comercial conoció a un hombre alto y maravilloso que era tan cálido como un cielo de verano en Toscana. Era medio japonés y había nacido en su país natal. Conversaron por horas. No suspiro por lo que pudiera haber sido, la miraba a los ojos con pura adoración por la mujer que era y nada más. Ni siquiera estaba segura de cuando se enamoró, pero cayó fuerte, fue inevitable, como la gravedad que la fijaba al suelo.
Nana Suzuki se convirtió en Nana Sawada y la vida fue dulce por un par de años hasta que empezó a desender en una lenta caída ya que no importa cuánto subas, la graveda es inevitable.
Se mudaron juntos a Nanimori. Un pueblo soñoliento que no aparece en los mapas, pero tiene un montón de gente extraña y maravillosa. Los padres de Nana protestaron al principio, ya que Nana todavía era muy joven, el hombre era mayor por unos cuantos años y ni siquiera se conocían tanto. Pero Nana estaba enamorada, y por amor incluso la hija más obediente puede actuar un poco rebelde.
Un día nació su hijo. Llorando como su el mundo le debiera algo, pero era su adorable Tsu-chan. Tsunayoshi Sawada por el nombre de su difunto abuelo. El pequeño atún de Iemitsu. Un niño que sonreía tan brillante que hacia opacar el cielo de un día despejado. Todo el mundo amaba a Tsunayoshi para el alivio de Nana. Era un omega dulce, pero aventurero y curioso. Estaba dispuesta a mimarlo hasta la muerte y ya estaba preparada para bloquear a sus posibles pretendientes hasta por lo menos los 25 años junto a su esposo.
Iemitsu dejo de visitarlos en las vacaciones a partir del primer cumpleaños de Tsuna. Estaba triste, pero lo entendía.
Pudo soportar la queja de su esposo por el sexo secundario de su hijo, en el fondo ella hubiera deseado que fuera un beta como ella, libre del destino esclavizante que la sociedad pone sobre los omegas y el hecho de cada vez los viera menos para traer comida sobre la mesa y mantener una bonita casa con jardín. Pero cuando un verano el jefe de su esposo se apareció sosteniendo a su hijo con la mirada de un abuelo orgulloso para luego colocar un dedo sobre la frente de Tsuna esa ilusión rosa pastel se rompió en mil pedazos.
Tsuna, su pequeño e inocente Tsuna enfermó por días. Nana pasó horas frente a su cama, sin comer ni dormir, rezando a toda deidad existe que no se llevará a su bebé.
Tsuna sobrevivió, pero no volvió a ser igual. Lloraba todo el tiempo y temblaba de frío. Se tropezaba con sus propios pies y tuvo que aprender a leer lentamente de nuevo. Su desarrollo se había atrasado años. Y su pequeño lo sabía y sollozaba en su regazo por ser diferente a otros niños. El corazón de Nana sangraba cada vez que acunaba su cuerpecito frío.
Nana Sawada solo fue Sawada de apellido y nada más. Iemitsu trato de convencerla por meses de que no se divorciará. Pero al final cedió cuando amenazó con desaparecer con su hijo en la zona rural de Japón dónde nació. No cambió su apellido, en Japón no se mira bien a las madres solteras y sus hijos.
Nana no era tonta como la mayoría pensaba. Supo que su perfecto marido no era una persona normal desde que lo vió por primera vez. La cuidad donde estudio música estaba repleta de delincuentes y mafiosos. Incluso algunas de sus compañeras de estudios tenían alguna relación con la mafia. Un hombre que caminaba con la cabeza tan en alto, incluso en las peores partes de la cuidad no podría ser un civil. Las veces que se encontraban en Italia había algo de aroma residual a pólvora y sangre. Pero lo dejo pasar porque estaba enamorada. Ese era su mayor defecto. Estar enamorada de la idea del amor, del propio consepto.
No sabía que alguna vez amaría a alguien más que Iemitsu. Pero cuando sostuvo a su Tsu-chan por primera ves lo supo. Quemaría el mundo por su hijo. El amor de una madre no tiene ningún límite.
La penúltima vez que vió a Iemitsu lo amenazó con un cuchillo de carne, no le temblaban las manos. Lo hizo jurar que nunca involucraría a su Tsuna en el mundo oscuro de la mafia. No le importaba quien fuera, no tocaría a su bebé. Ya era mucho que le dejara enviar dinero y la opción de una llamada al año.
Pero no importa cuánto suban las cosas, siempre caen. Nana Sawada nunca imagino que su hijo voltearia el mundo entero de la mafia y lo volvería a construir.
