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Gwayne Hightower
Miró la mueca en el rostro de su hermana y los ojos helados de su padre, marcados contrastes con el resto de los invitados, quienes mantenían expresiones alegres y asombradas.
Una nueva Boda de Oro estaba llevándose a cabo.
La boda de la Princesa Heredera, Rhaenyra Targaryen, y el Príncipe Canalla, Daemon Targaryen.
En otro tiempo, esta boda no sería tan aclamada, apenas tolerada por el mismo rey, pero este no era otro tiempo.
En este tiempo a los nobles no les importaba perder la oportunidad de mezclar su sangre con la sangre real, en este tiempo los plebeyos estaban contentos de que su Príncipe de la Ciudad se convertiría en uno de sus futuros monarcas, en este tiempo cualquier aliado de la Casa Hightower, de la causa de Aegon, no lanzaban burlas veladas (pero sí temían).
Y era así porque la causa de Aegon no era una verdadera causa. Y decir cualquier aliado era la manera de enmascarar, en su propia mente, la falta ellos.
¿Cómo iban a tener aliados aquellos que no tenían campeones?
Alicent le había dado hijos al rey, tres hijos y una hija, pero ninguno de ellos era adecuado para ser el campeón de su causa, para heredar el Trono de Hierro.
Aegon, que nació con la mitad del cuerpo manchado de rojo y arrugado como si fueran marcas de quemaduras (a la que el Gran Maestre llamó marca de nacimiento para minimizar cualquier estigma negativo en la Corte), así como su miembro viril inservible, fue el primero fracaso de Alicent.
Helaena, que nació muda y sorda, fue el segundo.
Entonces Aemond, que nació malformado, sin un ojo.
Y finalmente Daeron, que nació con huesos frágiles que se rompían al mínimo toque o movimiento brusco.
Todos niños de cabello y ojos Targaryen, pero enfermos, dañados. Así se había expresado incesantemente Otto Hightower de sus nietos, no pasaba un día que no le recordara a Alicent sus fracasos, ni que se quejara de la ruina de todo lo que había conseguido.
Ninguno de ellos era útil para los planes del padre de Gwayne, ni siquiera Aemond, quien era el niño con menos impedimentos. Las condiciones de sus hermanos lanzaban sombras sobre él, el miedo de que engendrara hijos con los mismos padecimientos lo hacía indeseado para cualquier matrimonio y casarlo con Helaena no era una opción porque era aumentar las probabilidades de niños enfermos o deformes.
No importaba lo que la Mano del Rey intentara hacer para presentar bien a sus nietos, para disipar cualquier rumor sobre maldiciones o lo inadecuado que fue elegir a Alicent como esposa, nada funcionaba. Si sólo uno de los niños hubiera sido el problema, sería manejable, ¿pero los cuatro? ¿Todos los hijos del rey con su nueva reina?
La situación había empeorado por el mismo rey, quien había lamentado su decisión de casarse con Alicent. Mezclar sangre valyria con otra sangre, sangre ándala, sólo producirá abominaciones, fue lo que dijo el príncipe Daemon después del nacimiento de Aemond, pero también puede ser que nuestros dioses y antepasados te estén maldiciendo por caer tan bajo al casarte con esa moza humilde. En ese momento, el rey no había estado de acuerdo ni en desacuerdo con el príncipe, tampoco lo había amonestado por sus palabras, pero su silencio fue peor y terminó por darle la razón cuando Daeron nació, creo que tienes razón, hermano.
Así, el rey decidió enmendarse ante sus dioses valyrios al casar a la princesa Rhaenyra con el príncipe Daemon.
El padre de Gwayne intentó evitarlo, aludió a Ser Laenor Velaryon como un mejor candidato por su riqueza y unión de linajes, además de su sangre que era valyria. Sí, la sangre de Ser Laenor es valyria, pero no es tan pura, y Daemon tiene más sangre Targaryen. No voy a tentar la suerte, Otto, mi hermano es la mejor elección; esa había sido la explicación del rey a su Mano.
Éste intentó apelar al Septón Supremo para que no apoyara la anulación del matrimonio del príncipe con Lady Royce, pero fue ignorado. La Fe no había estado muy contenta con el desempeño de su Reina Piadosa, especialmente cuando, durante años, habían rondado chismes sobre la manera en que Alicent consiguió la corona (no tenían pruebas, pero estaban bastante seguros que esos rumores salieron de Lady Amanda Arryn y todo el séquito de la Reina Aemma).
Aunque los Targaryen, Velaryon y hasta los Celtigar aludían que se trataba de la manifestación del descontento de los dioses valyrios, el resto de los nobles y los plebeyos creían que era el castigo de los Siete por las acciones impropias de Alicent.
Sea como fuere, su hermana y su padre estaban preocupados de que la princesa Rhaenyra alumbrara perfectos bebés Targaryen que afectarían más su causa.
Ellos todavía tenían esperanza y la intención de hacer avanzar sus objetivos, pero Gwayne sabía que era un juego perdido.
Tal vez siempre lo había sido.
Amanda Arryn
Observó con descontento a su sobrina.
Rhaenyra estaba visitando la Guardería Real, contando historias al primogénito de la gran puta y trenzando el cabello de la hija de la misma. Su sobrina tenía un corazón tan gentil como el de Aemma, mostrando cuidado a la progenie del asesino y su puta.
Amanda se habría deshecho de esos niños, amenazas o no, mucho tiempo atrás, pero Rhaenyra era una mejor persona que ella. Un chica ingenua, además, que no aceptaba que esos niños eran verdaderas amenazas a su herencia.
Las desdichadas criaturas no representaban un gran peligro, no con ellos como eran, pero seguían siendo símbolos que podrían ser usados contra la hija de Aemma. Esa serpiente Otto no dudaría en usarlos aunque estuviera decepcionado por sus existencias mediocres, incluso podían servirle más así, títeres enfermos para usar sin resistencia.
Después de un largo momento más, su sobrina se despidió de sus medios hermanos. Los colmó de besos y abrazos, siendo especialmente cuidadosa con el menor, ese bebé de huesos sumamente frágiles al que bautizaron con el nombre Daeron.
—Debes tener más cuidado con tu trato, sobrina —dijo uno de los mantras que más había pronunciado desde que Rhaenyra decidió cuidar a esos niños.
La Princesa de Dragonstone siempre había sido compasiva con sus medios hermanos, preocupándose a una distancia prudente, se había acercado completamente a ellos, abrazándolos y cuidándolos, cuando el niño tuerto fue enviado a Oldtown para ser criado por sus parientes maternos. Un movimiento calculado por parte de la serpiente, el sacar al único niño rescatable para que creciera libremente entre los ideales de usurpación de su familia; Amanda no tenía confirmación, pero tampoco dudas de que ese fue el razonamiento de Otto y Alicent Hightower, después de todo, si querían esconder el fracaso de la gran puta al alumbrar niños monstruosos, habrían enviado a uno de los otros niños.
—Ellos no son contagiosos, tía. Tampoco son culpables de nada, no merecen el abandono de sus padres.
El asesino estaba decepcionado con los vástagos de su segunda unión, también asustado de los dioses, mientras que la gran puta estaba avergonzada por el fracaso. Ninguno de los dos había mostrado interés por sus hijos, ambos evitándolos activamente, sólo recibiendo información de su estado por boca de las niñeras y los guardias, pero sin involucrarse en su crianza o siquiera visitarlos.
La puta sólo había cargado a su hija, esa única vez al darla a luz cuando todos pensaron que había nacido normal. Se había negado a sostener al primogénito cuando vio la marca roja y al segundo hijo cuando vio una cuenca de ojo vacía. Al tercer niño ni siquiera lo miró y las parteras no intentaron acercarlo pues de inmediato se dieron cuenta de que nació con huesos quebradizos; fue pura suerte o milagro divino que la criatura sobreviviera pese al dolor y que sus huesos pudieran sanar en cierta medida.
—Como dices, sobrina —cedió, sabiendo lo terca que era la princesa —. Sólo permíteme aconsejarte que no te esfuerces demasiado, no ahora que tienes un niño propio creciendo dentro de ti.
El primer nieto o nieta de Aemma llegaría pronto al mundo. Rhaenyra tenía cinco meses de embarazos y todos en el reino, sin excepción, esperaban con gran expectación el nacimiento.
El rey asesino de reinas había mandado a traer al Sumo Sacerdote Valyrio desde Dragonstone para que bendijera a Rhaenyra y el bebé, no pasaba un solo día sin que el anciano hiciera un ritual de fuego para pedir la protección de las Llamas de Valyria. El asesino también hacía sacrificios, derramando su sangre en cuencos de vidriagón, prometiendo cosas de las que sólo él sabía.
La puta pasaba horas arrodillada en el septo de la ciudad, pero una de las septas (una de las que había adorado a Aemma pues supo reconocer su sinceridad y tranquila devoción) le había relatado a Amanda, con horror e incredulidad, que la ramerita oraba por la desgracia de Rhaenyra y su bebé. No era nada sorprendente, dada la situación, así como la envidia que siempre vio en esa chica hacia Rhaenyra, pero eso no evitaba que la ira despertara dentro de Amanda.
Ella no se consideraba hipócrita, no cuando había sido ella, Amanda, quien les deseó lo peor a la puta y su progenie. Rhaenyra, pese a todo, no deseaba nada vil contra la maldita chica, incluso cuando lo merecía porque había sido Alicent Hightower quien actuó mal desde el principio.
¿Era bueno, honorable o piadoso visitar a un viudo solo, un hombre, sin compañía y en la oscuridad de la noche? ¿Era leal desear sentar a su hijo en el trono cuando éste ya estaba destinado a alguien más? ¿Era digno de alguien que se consideraba elegido de los dioses el orar por enfermedad y muerte a un bebé inocente?
La hipócrita era otra y se llamaba Alicent Hightower.
Mysaria
— ¿Cómo está el principito? —fue como inició la conversación, mirando a Daemon entrar en la habitación del burdel que usaba como solar.
—Él es perfecto.
Eso no fue lo que ella preguntó, pero aun así era una respuesta aceptable y típica del Príncipe Canalla.
—Escuché que nació con los ojos del Viejo Rey, pero el cabello oscuro de los Arryn.
—Pudo haber nacido con alas y escamas en lugar de piel, y seguiría siendo nada más que perfecto —fue una extraña mezcla de protección, indignación y un tono defensivo.
Más extraño era ver a Daemon Targaryen actuar como un padre.
—La Mano y la reina han comenzado rumores de bastardía debido a ese cabello —se levantó de la silla cuando se hizo evidente que Daemon no tomaría asiento en la otra.
Mysaria odiaba sentirse así, pero no podía negar la sensación vulnerable que la consumía el tenerlo alzándose sobre ella. Él no estaba ahí como enemigo, pero él siempre tenía ese aire depredador, justo como el dragón que montaba y la sangre que corría por sus venas. E incluso para aliados, Daemon Targaryen era peligroso, sólo existían tres personas a los que nunca levantaría siquiera un dedo; el rey, la princesa Rhaenyra y el recién nacido príncipe Jacaerys.
Un nombre tradicionalmente Velaryon, pero valyrio, y según las flores de Mysaria, fue sugerido por Lady Laena Velaryon, la dama que llenó el vacío que la nueva reina había dejado al lado de la princesa Rhaenyra.
—Estoy aquí por información reciente, Mysaria —la molestia de Daemon tenía más relación con la osadía de los Hightower.
Rumores de bastardía no significaban mucho para Daemon, no cuando eran desmentidos con facilidad. ¿Por qué la princesa heredera sería infiel al hombre que había codiciado por años? ¿Cómo podría el temible Príncipe Canalla reclamar como suyo a un bastardo? Además de eso, la prueba de legitimidad estaba en el mismo bebé. Con sólo once meses de nacido ya había demostrado poseer una buena parte del carácter de su padre; de sirvientes, niñeras y guardias se sabía por toda la Fortaleza Roja, la ciudad y el reino, que el pequeño príncipe fruncía el ceño de la misma manera, hacía las mismas muecas, dormía en posiciones idénticas y tenía la misma maldita sonrisa.
—Los Hightower han tomado como una reivindicación el cabello del príncipe Jacaerys, pero todavía están asustados porque él es un Targaryen en lo más importante.
—Vermax —Daemon se cruzó de brazos.
El huevo de dragón que colocaron en la cuna del bebé había eclosionado y pasaba el tiempo enroscado junto a su futuro jinete.
Mysaria asintió —. La belleza valyria-
—Por supuesto, el rostro de mi hijo es completamente Targaryen, nada como los cachorros de mi hermano con sus rasgos simples.
—Y la falta de enfermedades y deformaciones —completó sin inmutarse por la interrupción.
Daemon bufó.
—Conociendo a Otto y la tonta de su hija, seguramente esperaban que mi hijo naciera tan o más extraño que sus cachorros por la estrecha relación sanguínea entre Rhaenyra y yo.
Él no se equivocaba. Ellos habían esperado y deseado eso para equilibrar el estigma de sus niños.
—Idiotas. Los Targaryen nos hemos casado por generaciones entre parientes y no ha habido ningún problema. Es la sangre ándala que se mezcló antinaturalmente con la valyria lo que ha hecho que sus cachorros nacieran como lo hicieron.
—Debido a eso la Mano ha tomado una decisión… drástica —continuó ella —. Ser Otto me ha pedido que busque un hombre valyrio, quiere usarlo para que le dé hijos adecuados a la reina.
Como era de esperar, Daemon se echó a reír.
—Ah, Otto, estás tan desesperado que hundirás más a tu hija en el pecado —rio un poco más —. Dime, ¿cómo reaccionó la perra ándala?
—No lo tomó bien, pero terminó por aceptar —sus flores había relatado el llanto tembloroso de la reina y las suplicas de perdón a los Siete —. Está dispuesta a seguir sacrificándose por el bien del reino.
—Tan piadosa y sufrida como siempre —él se burló, ya no reía, pero había una sonrisa socarrona en su rostro —. Entonces, ¿cuándo le traerás lo que quiere?
— ¿Quieres que lo haga? Pensé que querrías impedirlo.
— ¿Y perderme de ver cómo le explota todo en la cara al leal sirviente del rey? Déjalo, que cave su propia tumba y la de todos los suyos, será satisfactorio verlo perder cuando yo decida que ha sido suficiente.
Por supuesto.
Sabiendo la verdad sólo sería cuestión de que Daemon decidiera que estaba aburrido y revelara todo. Más que aburrimiento, esperaría el momento preciso para que la pérdida de los Hightower, especialmente de Otto Hightower, fuera más dolorosa.
— ¿No corre el riego de que esos niños puedan convertirse en jinetes de dragón?
Daemon dio un paso hacia ella, mirándola con algo así como compasión.
— ¿No lo sabes? No todos los de sangre valyria pueden montar dragones. En el Feudo Valyrio no todos eran lores dragón, sólo unos pocos fueron bendecidos por las Llamas. Actualmente sólo los Targaryen pueden vincularse con dragones y esos futuros bastardos no tendrán ni una pizca de sangre Targaryen.
Él hizo una pausa y dio otro paso hacia ella.
Mysaria se negó a dar un paso atrás, no le daría esa satisfacción.
—Asegúrate de que el hombre que elijas no esté relacionado con Saera Targaryen, ella nunca ha dejado Volantis, pero puede que algún hijo o nieto se aventurara cerca del Estrecho o Westeros. Que tampoco sea una semilla de Dragonstone. No importa cuánto tengas que pagarle al hombre o con qué debas amenazarlo, asegúrate de que sepa mentir —Daemon la miró directamente a los ojos —. Otto te pidió que consiguieras uno de ellos, ¿no? Una semilla.
La Mano lo había hecho, sí, él quería tener las máximas probabilidades de su lado.
—Bueno, no tengo que decirte que la permanencia de tu linda cabeza sobre tus hombros depende que no cometas ese error. Tu cabeza y la de todos aquellos que proteges, putas y niños. A nadie le importará que algunos burdeles se quemen, nadie exigirá justicia por lindas cosas prescindibles como ustedes.
Mysaria lo sabía muy bien, por eso seguía trabajando para Daemon, por eso no se atrevía a traicionarlo de una vez por todas. Otto Hightower le prometió muchas cosas, algunas inverosímiles, Mysaria no era idiota, pero también había hecho amenazas. Sin embargo, ninguna amenaza era tan efectiva como la de Daemon Targaryen.
Ese maldito monstruo la conocía bien, sabía qué le dolería, qué la destruiría.
—No habrá errores. No soy descuidada, mi príncipe.
No soy idiota.
—Por supuesto que no lo eres —fueron las palabras condescendientes con que Daemon Targaryen selló su amenaza.
