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Pero Esta Noche eres un Extraño, una Silueta

Summary:

La mente era un objeto maravilloso y extenso, capaz de almacenar los recuerdos de toda una vida de una persona.

«-¿Quién es Mafuyu?»

Pero también era tan frágil y delicada, capaz de destruir todos esos recuerdos que alguna vez almacenó.

Notes:

Edit:

Hola!! Me gustaría hacer una pequeña aclaración, este fic fue escrito antes de que salgan los capítulos 180 (y en adelante) del manga de Sakamoto Days, o sea antes de que el pasado de Shin fuera revelado, así que puede que encuentren varios errores o alteraciones en la linea de tiempo.

Gracias y perdón las molestias!

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: 1.

Chapter Text

Comenzó un lunes.

Los días en la tienda de Sakamoto volvían a ser tranquilos, con una calma que no se percibía tras meses de luchas, sicarios y organizaciones secretas que iban detrás de la cabeza de Taro Sakamoto. Ahora los días pasaban lentos y calmados, interrumpidos a veces solo por pequeños incidentes como ladrones de cuarta creyendo que podrían robar la tienda sin ser descubiertos, pero solo bastaba que Shin leyera sus pensamientos para evitar cualquier acto criminal futuro.

Ese lunes en particular no era diferente a otros. Shin estaba tratando de hacer su trabajo limpiando los pasillos, una tarea complicada de terminar con la constante molestia de Lu, que estaba ignorando descaradamente su trabajo en la caja –aunque no había ningún cliente cerca, en palabras de ella– y solamente seguía tirándole papelitos. Estaba agradecido de que Heisuke se encontrara en el techo haciendo los repartos, sino seguramente se uniría a Lu para molestarlo y él no tendría más remedio que golpearlos a los dos.

Solamente cuando una ola de clientes entró al local pudo suspirar de alivio de deshacerse, aunque sea por segundos, del ataque de Lu.

Se tomó esos momentos para pensar en la molestia que tenía desde esa mañana en su cabeza. Era como un vacío que palpitaba en su mente, un pensamiento que faltaba en algún lugar, pero que no podía recordar el qué era. Desde hacía días ese tipo de sensación había comenzado a aparecer en su cabeza, pero a las horas desaparecía y volvía a recordar que era eso que faltaba en su mente, sin embargo, esta vez la sensación estaba prevaleciendo más tiempo que otras veces.

La primera vez que sintió que un vacío se instalaba en su cabeza fue la última vez que había llevado sus poderes al máximo, durante su última pelea contra la orden y Uzuki. Ese día había llevado sus poderes mentales a su pico máximo, lo que le dio la posibilidad de ganar su pelea. Al final de la noche y cuando todo finalmente llegó a su fin, incluyendo la recompensa por la cabeza del señor Sakamoto, Shin finalmente se había permitido desmayarse debido al insoportable dolor de cabeza. Lo último que recordó fue ver a Sakamoto y Natsuki yendo hacía él, para luego caer en la oscuridad.

A la mañana siguiente no recordaba donde estaba ni que día era. Había intentado recordar algo, o usar sus poderes para leer la mente de alguien cercano en el hogar, pero, así como su pelea contra Haruma, era como si su telepatía simplemente se hubiera apagado.

Le tomó cerca de una hora, una larga charla con Sakamoto y escuchar el noticiero de asesinos, para poder recordar todos los sucesos del día anterior.

A partir de ese día sus lagunas mentales habían comenzado.

Después de un mes y medio y con algunas cosas fuera de lugar en su cabeza, Shin estaba considerando que tal vez era momento de comentárselo al señor Sakamoto. Solo esperaba que no estuviera muy molesto por no habérselo dicho más antes.

Suspiró rendido, diciéndose que ya después recordaría qué era eso que se le estaba pasando por alto.

En ese momento los clientes se retiraron, y Sakamoto iba llegando con un feliz Heisuke a su lado que ya había concluido sus tareas de reparto. El mayor se detuvo, mirándolo por un momento en blanco. Durante ese momento se preguntó si eso que olvidó era algo que el señor Sakamoto le había encargado.

—¿Shin? ¿qué haces aquí?

La pregunta lo descolocó por un momento. A su lado podía escuchar a Lu y Heisuke hablar de ese programa de televisión nuevo que habían comenzado a ver juntos los viernes.

—¿A qué se refiere? ¿no me quiere en la tienda? —Shin preguntó en un tono inseguro. En su cabeza pasaban cientos de escenarios, entre ellos que lo olvidado era el hecho de que el señor Sakamoto lo había despedido y no quería verlo cerca del él ni de su familia nunca más en su vida.

Él realmente esperaba que no fuera eso porque ya había hecho planes con Hana para ir al cine el sábado a ver esa película de Sugar que tanto quería.

—Me refiero a que hoy es tu día libre, entonces ¿por qué estás aquí trabajando?

—¡Shin, te estás volviendo un adicto al trabajo! A este paso te saldrán canas, de hecho, creo que estoy viendo una en tu cabeza ahora mismo.

El comentario seguido de la risa de Lu y Heisuke hizo que una arruga se formara en su frente. Estaba listo para negar que tenía canas –esa mañana se había mirado en el espejo, y podía confirmar que no tenía ninguna–, pero la voz en su cabeza del señor Sakamoto lo interrumpió.

La semana pasada también olvidaste hacer inventario de la tienda, y el fin de semana olvidaste acompañar a Aoi a hacer las compras, ¿está todo bien con tu cabeza?

La voz, teñida apenas con preocupación, hizo que un malestar se instalara en él. Lo que menos quería era causarle problemas al señor Sakamoto, o a cualquiera a su alrededor.

—... Sí, está todo bien señor Sakamoto, creo que estuve un poco desconectado estos días por todos los sucesos del mes pasado, pero prometo que seré más atento. —mintió a medias, esperando que Sakamoto no lo cuestionara más. Él lo miró unos momentos, para luego asentir.

Shin suspiró por segunda vez, realmente tenía que encontrar la manera de que esos vacíos mentales no siguieran apareciendo en su cabeza. Tal vez debía comenzar a dejar de usar un poco sus poderes, o al menos hasta que supiera controlarlos bien sin consecuencias.  

 

 

Las cosas no habían mejorado los siguientes días.

La mayoría de las veces eran cosas insignificantes las que se olvidaba, mientras que otras no tanto. A veces solo eran cosas como ir a cenar, olvidar de lavar sus ropas o simplemente no recordar el qué desayunó esa mañana. Pero otras cosas eran cosas más importantes, tal como olvidar de acomodar la tienda, limpiar después del cierre o no llevar la cuenta de la caja registradora. Lu y el señor Sakamoto lo habían regañado por eso, pero Shin podía ver que ellos también estaban notando que su distracción cada vez se volvía más frecuente.

Una vez incluso había llegado tarde a recoger a Hana de su escuela, y después de que el señor Sakamoto casi lo asesinara por eso –a pesar de que sí lo hizo varias veces en su cabeza–, Shin comenzó a llevar consigo una libreta donde anotaba todos sus deberes del día así no se olvidaba de ninguno.

Su día a día se había vuelto más fácil de esa forma, y ya no les causaba problemas a los demás. O eso creía.

Esa mañana Shin despertó con una pequeña molestia en la parte posterior de su cabeza, pero creyó que era solo una de sus migrañas por usar demasiado sus poderes, otra vez.

El día anterior Shin, Lu y Sakamoto habían aprovechado en hacer las compras de la semana, ya que Aoi no había podido hacerlas esos días. Los tres estaban pasando cerca de un callejón con todas las bolsas cuando fueron emboscados por un grupo de siete personas.

Taro había tratado de explicarles que él ya no tenía ninguna recompensa por su cabeza, pero ellos se habían negado a escuchar, alegando que si mataban al gran sicario igualmente iban a recibir prestigio, con o sin recompensa por cobrar. No habían tenido más remedio que luchar contra ellos, pero sin matarlos, derramar sangre ni estropear las compras para que Aoi no los regañara, en palabras de Sakamoto.

Tendría que haber sido una pelea fácil y sin la necesidad de que él usara sus poderes, pero solo bastó un segundo de distracción para que uno de ellos sacara un arma escondida y estuviera a punto de disparar por la espalda a Lu.

Shin no lo había pensado mucho cuando usó sus poderes para manipular sus movimientos y ordenarle que se detenga, dándole suficiente tiempo a Sakamoto para que lo desarme.

Al principio no había pasado nada, pero cuando llegaron a la tienda ese sentimiento de vacío comenzó a aparecer. Si pudiera describirlo en palabras, era como si algo se fuera evaporando en su mente, como un vaso de agua bajo el intenso sol que poco a poco comenzaba a hervir para después convertirse en vapor y mezclarse con el viento. Pero por más que miraba su libreta, nada importante se había esfumado de sus recuerdos.

Su migraña al final del día era insoportable y solo se mantenía de pie en la tienda porque se había prometido no causarle problemas al señor Sakamoto. Cuando el turno de ese día llegó a su fin, no podía negar que fue el momento más feliz de su semana, y subió casi corriendo a su cuarto en la parte de arriba de la tienda después de limpiar.

Se había quedado dormido casi al instante, trayendo consigo un descanso a su acelerado cerebro.

Cuando despertó esa mañana siguiente su migraña había desaparecido, y todo iba relativamente bien. Desayunó junto con la familia Sakamoto y se despidió de Hana que iba a la primaria como todas las mañanas. Después ayudó a abrir la tienda, y pasadas las diez de la mañana Lu había aparecido.

Todo estaba tranquilo, la tanda de clientes se había detenido un poco y solo quedaron él y Lu en la tienda. El señor Sakamoto había desaparecido arriba hacia rato.

—No, Lu, no podemos tener gatos en la tienda, ¡Se comerían todo lo que encuentren!

—Ow, vamos, solo un par. Los podemos tener en la parte de arriba. Estoy segura de que Hana los amaría. Solo tenemos que evitar que Sakamoto los vea.

—¿Y cómo piensas hacer que el señor Sakamoto no se dé cuenta que tienes dos gatos viviendo en su casa?

—Puedes esconderlos en tu cuarto.

—Claro que no. Además, en todo caso, si metiéramos algún animal tendría que ser un perro, son mucho mejores que un gato.

—¡Claro que no! ¡Retráctate de lo que dijiste!

—¡Nunca!

—¡Hola, chicos! —los dos habían estado tan metidos en su pelean tirándose el pelo que no se habían percatado que la campana de la tienda sonó, y muchos menos de la presencia de Heisuke— ¿estaban hablando de algo divertido?

—¡Heisuke, dile a Shin que los gatos son mucho mejores que los perros! —Lu fue la primera en saltar detrás del mostrador con su pelo desordenado (Shin estando en las mismas condiciones), queriendo alejarse lo más posible de su declarado enemigo –entiéndase, Shin–

—¡No le hagas caso, Heisuke! Tú sabes bien que los perros son mejores.

Tanto él como Lu soltaban chispas de sus ojos, ninguno queriendo ceder. Shin estaba agradecido de que el señor Sakamoto no estuviera cerca, sino ya habría visto en sus pensamientos cien formas diferentes en que Sakamoto planeaba asesinarlos por ser tan ruidosos.

—Perdón, chicos. Pero no estoy de acuerdo con ninguno de ustedes —los dos miraron a Heisuke, que tenía una cara de estar pensando una respuesta seria— ¡porque es obvio que los pájaros son mejores!

— .... ¿pájaros? —tanto Lu como él dijeron al unisón. Shin ni se molestó en ver la línea de pensamientos de Heisuke, ya que estaba seguro de que en su cabeza solo se reproducían cientos de imágenes de pájaros y corazones volando por ahí.

En ese momento hizo aparición el pequeño pajarito que acompañaba a Heisuke a todos lados, graznando como si estuviera de acuerdo con la respuesta de su dueño.

—Como sea, no tengo tiempo para ustedes dos y- Shin, ¿estas bien? —la voz de Lu resonaba en su cabeza, pero él apenas la escuchaba. Estaba más concentrado en el repentino dolor de cabeza que lo había golpeado en el momento que el pajarito amarillo hizo presencia, además de darse cuenta qué era lo que faltaba en su cabeza.

¿Cómo diablos se llamaba el pájaro mascota de Heisuke?

—Solo es una molestia. Ya volveré a estar bien, no se preocupen.

—Amigo, te ves terrible —la voz de Heisuke resonó seguido junto a un segundo graznido del animal.

—Lo siento, yo... creo que solo es un dolor de cabeza. —su voz salió más baja de lo que le hubiera gustado. Con una de sus manos se sujetó la cabeza fuertemente, tratando de contener el dolor que aullaba por explotar ante la repentina oleada de ruido que resonaba por todas partes.

—Pero hace un momento estabas bien —la voz de Lu se mezcló junto con la de Heisuke y los constantes graznidos de… ¿Cómo se llamaba el pájaro? ¿Chiisuke? ¿Perique?

—¿Necesitas que llamemos al señor Sakamoto?

—¿Quieres que le pida a la señora Aoi unas pastillas para la migraña?

—Shin-

—Shin-

Pii

—¡Lo único que necesito es que ese pájaro se calle! —apenas terminó de pronunciar las palabras cuando se dio cuenta que estaba casi gritando, arrepintiéndose al instante de su repentino estallido.

La expresión de aflicción en el rostro de Heisuke y de su compañero animal era una que Shin no iba a poder borras durante los siguientes días. Lu a su lado lo miraba entre una mezcla de confusión y decepción.

—Oye, amigo, no tenías que ser tan brusco. Si estábamos molestando solo debías decirlo. —el tono amargo no era similar a uno que Shin haya escuchado alguna vez proveniente de Heisuke. Estaba acostumbrado a su tono risueño, alegre y siempre animado, no a este tan opaco.

—Heisuke, lo siento…

—No importa, viejo. Creo que iremos a dar unas vueltas con Piisuke por ahí, nos vemos luego… creo.

Shin lo vio marcharse, sin atreverse a detenerlo después de lo que le había dicho. Él nunca había sido alguien de palabras, sino más bien de acción, pero esta vez sentía sus piernas tan pesadas, como si estuvieran atrapadas entre cientos de enredaderas, las mismas que subían por su espalda hasta su cabeza, llegando a su cerebro y envolviéndolo entre sus brotes, bloqueándolo y haciéndolo incapaz de recordar cosas tan básicas.

Piisuke, claro. Con que ese era el nombre que su cerebro se negaba a dejarle recordar.

El dolor de cabeza había disminuido ahora con la información que faltaba en su lugar, pero con el daño ya hecho tras de sí. Shin cayó entonces que Lu seguía a su lado, sin dirigirle una palabra.

—Lu, yo-

—No.

—¿No?

—No. No es conmigo con quien tienes que disculparte —su declaración lo sorprendió, aun cuando sabía que tenía razón. Ella le devolvió la mirada, más molesta que la que siempre tenía cuando Shin le hacía una broma pesada—. Heisuke y Piisuke son tus amigos, nuestros amigos. Ellos están preocupados porque desde hace días te estás comportando como un idiota. Yo estoy preocupada y tú sigues siendo el mismo tonto de siempre que prefiere cerrar su boca antes de admitir que algo le está pasando. ¿Cuándo entenderás que los demás no podemos leer mentes como tú lo haces?

Su voz subía de nivel cada vez, mientras con su dedo golpeaba repetidamente su pecho para enfatizar su molestia. Shin realmente quería decir algo, calmarla o aligerar el ambiente, pero su mirada cargada de emoción y lágrimas no derramadas lo detenía para no empeorar el ambiente.

—Lo siento, Lu. Realmente no sé qué es lo que me pasa. Yo creo… es el estrés de todos estos días.

Era una verdad a medias, y ambos lo sabían. Lu lo miró unos segundos más, antes de suspirar fuertemente.

—Cómo sea, piensa en lo que te dije y deja de preocupar a todos. Ya no estás solo en tu vida, ahora somos todos en tú vida. Dile al jefe que estaré tomando mi descanso de treinta minutos. —y con eso ella también se fue, dejándolo solo en la tienda y con su cabeza en una constante lucha de volver a ser libres de esas enredaderas que lo envolvían.

¿Cuándo entenderás que los demás no podemos leer mentes como tú lo haces?

Era algo tan obvio, pero Shin simplemente se olvidaba que no todos estaban condenados a saber todos los pensamientos de las otras personas. Él había vivido con sus poderes desde temprana edad, los había perfeccionado a tal punto que parecía que había nacido con ellos. Pero solo eran una herramienta más, un don que se le fue otorgado a él y solamente a él. Nadie más podía saber que sentía, pensaba o estaban por hacer otras personas. Nadie más que él sufría consecuencias por sobre explotar sus poderes. Y nadie más que él estaba perjudicando a las personas que amaba a su alrededor por culpa de esos mismos poderes.

—Creo que realmente la jodí esta vez. —las palabras escaparon de sus bocas, mientras su mano desordenaba su cabello.

—Lo importante es que lo hayas admitido.

La voz en su cabeza de Sakamoto lo sorprendió, sin esperar que él estuviera aquí cerca. Shin lo miró, con el pesar en sus ojos.

—Señor Sakamoto, me sorprendió, usted… ¿escuchó todo?

Un poco, sí.

—Ya veo. —Fue lo único que alcanzó a decir, dejando caer su cabeza contra el mostrador.

En esa posición no podía ver la expresión de Sakamoto, así que solo esperaba que lo regañara en su cabeza y le dijera que se disculpara por ser un imbécil con sus amigos, incluso hasta esperaba que lo mandara a su cuarto para que piense en lo que hizo, como un padre que castigaba a su hijo adolescente rebelde.

Es por eso que la mano en su cabeza desacomodando su cabello suavemente lo sorprendió. Como si quisiera sacarle un peso de encima, una muestra de afecto que Sakamoto pocas veces le mostraba.

—Todos en algún momento decimos cosa que no deberíamos —Shin levantó la cabeza, sorprendido por segunda vez que Sakamoto no usara sus pensamientos para comunicarse con él. Sakamoto no lo miraba directamente, sino más bien tenía la vista en la entrada de la tienda—, pero lo que importa es reconocer nuestros errores y aprender de ellos.

—… Tiene razón, señor Sakamoto.

—No olvides las reglas de la familia y discúlpate con Heisuke y Piisuke antes de que termine el día. Aoi cocinará tonkatsu, así que regresen temprano.

—¡Eso haré, señor Sakamoto! ¡Gracias! —Shin dejó su delantal, decidido a ir en búsqueda de Heisuke, pero cuando llegó a la puerta la voz de Sakamoto lo detuvo.

—Shin.

—¿Sí, señor Sakamoto?

—Después de la cena hablaremos de tus poderes. —no era una pregunta, sino más bien una afirmación.

—Sí, de acuerdo. —Shin sabía que este momento iba a llegar, así que solo asintió y se marchó.

Mientras salía de la tienda, no pudo evitar sentirse como un niño regañado por su padre.

 

La mañana siguiente Shin se levantó como de costumbre, pero esta vez con un peso menos en sus hombros después de la charla del día anterior con Sakamoto.

Después de buscar por todos lados a Heisuke, finalmente lo encontró en el parque que estaba cerca de la tienda, hecho bolita con Piisuke a su lado. Shin se había disculpado de corazón por sus palabras arrepintiéndose de lo dicho, y después de prometer comprarle su alimento a Piisuke durante los siguientes meses en forma de disculpa, los tres hicieron los pases. Lu se les había unido poco después, trayendo consigo una botella de sake y llorando de alegría al ver que todo volvía a estar bien entre ellos. Shin aún se preguntaba de dónde había conseguido la botella.

Los tres (cuatro con Piisuke) se quedaron un tiempo más en el parque hablando de tonterías, hasta que Shin recordó la cena que Aoi estaba preparando, teniendo que correr a la tienda para llegar a tiempo.

Por suerte habían llegado justo cuando Aoi comenzaba a servir la comida, pero eso no los libró de que Sakamoto igualmente los regañara por abandonar su trabajo toda la tarde.

Finalmente, mientras Lu y Heisuke lavaban los platos y Aoi llevaba a acostar a Hana, Shin y Sakamoto tuvieron una larga charla sobre sus poderes. Shin le habló de cómo aún después de su batalla contra Uzuki a veces aún tenía vagos recuerdos de esa noche, o recuerdos inconclusos en ciertas partes. También le habló de sus lagunas mentales, de que olvidaba cosas básicas de su día y de cómo había comenzado a llevar consigo una libreta para recordar cualquier dato importante que no quería olvidar.

Sakamoto lo escuchó atentamente y sin interrumpirlo en ningún momento. Cuando terminó de relatar todo, Sakamoto le dijo que al día siguiente llamaría a Granny Miya para saber si ella tenía conocimiento acerca de eso.

Shin quedó tranquilo después de su charla y más aliviado luego de contarle a Sakamoto su problema, y de él lo entendiera y lo ayudara. Era casi como si un peso fuera sacado de encima de él.

Esa mañana todo iba tranquilo. Lu estaba en la caja atendiendo a un par de clientes habituales, mientras Sakamoto estaba a su lado comiendo su plato de fideos diario.

Solo después de que se fuera el último cliente, Shin se acercó a la caja después de acomodar los estantes.

—Shin, es tu turno de atender a los clientes.

—Olvídalo, Lu, se acerca la hora pico y la última semana estuve yo en la caja durante ese turno.

—Por favor~, Shin, sabes que me estreso cuando hay muchos clientes —se recostó dramáticamente sobre el mostrador, para enfatizar su punto. Shin la miraba con un tic en su ojo.

—No me importa. Haz tu trabajo.

Sakamoto a un lado de ellos solo los miraba con una creciente arruga en su frente. Si no fuera porque Shin le prometió que no usaría sus poderes hasta que descubrieran cuál era su problema, ya habría podido ver en la cabeza de Sakamoto las diferentes maneras en las que quería asesinarlos.

La campana de la tienda interrumpió la discusión de los dos, y Shin se giró para atender al nuevo cliente.

—Bienvenido a la tienda de Sakamoto-

—Oye, maldito sper —el conocido apodo le provocó un nuevo tic en su ojo.

—Bastardo invisible, ¿qué haces aquí?

—No sabía que ahora era un delito visitar a mi novio durante su trabajo —Natsuki le comentó, con su tono aburrido de siempre, después les hizo una pequeña reverencia a los dos presentes—. Hola Lu, Sakamoto.

Los dos nombrados le hicieron una pequeña reverencia devuelta.

—Cómo sea, ahora estoy trabajando así que no puedo atenderte. Pero si quieres puedes subir a mi cuarto, aunque creo que Heisuke aún sigue dormido en mi cama. —después del cansado día de ayer, tanto Lu como Heisuke se habían quedado a dormir en la casa de los Sakamoto, Lu se había ido con Hana mientras que Shin tuvo que soportar a Heisuke en su cama y moviéndose por todos lados.

No era tampoco la primera vez que Seba pasaba a quedarse en casa de los Sakamoto. Al ser uno de los mejores estudiantes de la JCC, tiene un pase especial de la escuela que le permite salir del establecimiento para buscar materiales que le hicieran falta y no consiguiera en la escuela. Pero los últimos meses, había hecho uso poco debido de su pase, usándolo para escapar por un par de días a visitar a Shin. O en palabras de Shin, venía a invadir su espacio, ya que cuando estaba ahí se la pasaba pegado a él y molestándolo por puro disfrute de verlo enojado.

En palabras de Seba, esa era una especie de venganza por el tiempo que Shin se la pasó pegado a él cuando estuvo en la JCC.

Si era totalmente sincero, a Shin no le molestaba. Pero desde que Seba empezó a pasar más tiempo en la casa de los Sakamoto, el señor Sakamoto había agregado una nueva regla a su lista de reglas familiares.

Las puertas de los cuartos permanecen abiertas. Sin excepción.

A Shin le daba un poco de vergüenza saber que cualquiera podría pasar frente su puerta cuando estaba con Seba, a pesar de que nunca habían hecho algo que requiriera privacidad.

Seba lo miró un momento, como si estuviera esperando algo más de él. Shin estaba a punto de preguntarle si le pasaba algo cuando él habló.

—¿Eres idiota? —una vena se marcó en su frente ante el insulto. Estaba por responder, pero Seba se le adelantó—. ¿Acaso olvidaste que teníamos una cita hace dos horas? Te estuve esperando y como no apareciste, ni respondías mis llamadas, decidí venir aquí.

En ese momento se acordó que había dejado su teléfono cargando arriba junto con su libreta.

—Oh

—¿Oh? ¿eso es todo lo que tienes para decir? —a pesar de su tono y expresión aburrida, Shin podía sentir el inicio de la molestia en su voz.

—Lo siento, Seba. Estos días tuve… problemas con mi cabeza, y simplemente se me olvidó nuestra cita. —Shin se mostró realmente arrepentido. Él sabía que las últimas semanas Seba había tenido problemas por salir tan seguido de la escuela, por eso sus visitas ahora eran menos frecuentes, así que los dos siempre trataban de aprovechar el mayor tiempo juntos que pudieran.

También podía sentir la mirada discreta de Sakamoto sobre su espalda, pero decidió que por el momento la iba a ignorar, más concentrado en la situación entre sus manos.

Seba lo miró, como si estuviera analizando si lo que le estaba diciendo era una mentira bien planeada o la verdad. Al final se dio cuenta que realmente estaba arrepentido, y simplemente soltó un suspiro.

—Como sea. Pero igualmente también tendrás que recompensar a Mafuyu, él quería entrenar contigo un rato antes de que nos fuéramos.

—¿Quién es Mafuyu?

La pregunta hecha por Shin con tanta naturalidad trajo un largo rato de silencio en la tienda. Lu lo miraba con una expresión de total desconcierto, como si le hubiera crecido una segunda cabeza. Mientras que Sakamoto esta vez no ocultó la evidente preocupación en su rostro, con el ceño tan fruncido como alguna vez lo hubiera visto en su inexpresivo rostro.

Seba por otro lado lo miraba inexpresivo, como si no hubiera escuchado la pregunta salir de sus labios. Como quién se negaba a reconocer lo dicho.

—¿Qué? ¿qué pasa? —Shin preguntó con genuina curiosidad, sin entender las reacciones de los otros.

Se tensó aún más cuando Seba la sujeto por el frente de su camisa, acercando sus rostros. Él lo miraba seriamente, sin ningún rastro de emoción en sus ojos.

—Sabes que no me gustan este tipo de bromas.

—¿Broma? Yo no estoy bromeando, no sé de quién mierda hablas. —mientras más hablaba, más podía ver que la mirada de Seba se endurecía. Él realmente no entendía su reacción, ni siquiera sabía por qué ese tal Mafuyu provocaba una reacción tan tajante en Seba.

Sakamoto decidió que era momento de intervenir, antes de que la conversación siguiera otro rumbo más drástico.

—Shin, ¿qué día es hoy? —habló interrumpiendo el cruce de miradas molestas entre ambos jóvenes. Shin lo miró como si no comprendiera.

—Hoy es martes, ¿pero que tiene- —la mano de Lu en su frente lo desconcertó un momento, pero ella solo lo miraba con una seriedad poco característica.

—No tienes fiebre, ¿no es una de tus migrañas?

Seba lo soltó mientras analizaba la situación frente suyo, enfriándose nuevamente y volviendo a su aspecto despreocupado. Shin podía sentir con sus poderes que Seba comenzaba a entender el contexto frente suyo, delatándolo la preocupación que comenzaba a sentir, la cual se mezclaba con la sensación de preocupación que emanaban Sakamoto y Lu.

—No, Lu, no es migraña. Simplemente… no se me viene nadie a la cabeza con ese nombre. —ella lo miró ahora claramente alarmada, pero la voz de Seba volvió a llenar el silencio.

—Mafuyu es mi hermano. Se supone que lo conociste durante el examen de ingreso a la JCC, ahí también conociste a Toramaru, Akira y Kaji.

Los tres vieron como un brillo de reconocimiento apareció en los ojos de Shin ante la nueva información, pero su respuesta no era exactamente lo que esperaba alguno.

—¡Me acuerdo! Akira la conocimos en el avión, y Kaji era el tipo de la super audición, pero… no me suena el nombre de Toramaru tampoco.

La situación era más complicada de lo que alguno de los tres pensaba. Era como si la mente de Shin hubiera decidido borrar momentos y personas específicas. Sakamoto decidió que ya era suficiente.

—Lu, ve a buscar a Heisuke, ustedes quedan a cargo de la tienda. Shin y yo le haremos una visita a Granny Miya.

 

 

—Al parecer, no hay ninguna conmoción en su cabeza, y todo parece estar bien físicamente —el veredicto de la anciana no era ninguna noticia alentadora para los tres. Seba había ido con ellos a visitar a la anciana y Sakamoto había aprovechado el tiempo para ponerlo al día sobre el estado complejo de la memoria de Shin, así que ahora después de entender todo no había querido despegarse de él, sabiendo que la clarividencia y la memoria de Shin estaban críticas—. Todo parece indicar que su problema se debe al sobre esfuerzo de sus poderes.

—¿Hay alguna solución para esto, abuela?

—Soy médico de asesinos, Taro. Puedo arreglar una pierna o un brazo roto, incluso puedo conseguir un corazón si necesitas un trasplante, pero los poderes y la mente son algo que está fuera de mis manos. No puedo hacer más que esto.

—¿Eso es todo? ¿Lo dejará ir a casa como si nada? —Seba habló por primera vez desde que salieron de la tienda, con la molestia irritando en su garganta. Pero la anciana solo sacudió su cabeza indicándole que ella no podía hacer más, aunque quisiera.

Durante el regreso a la tienda, el ambiente se sentía más pesado que de costumbre.

Shin durante todo el viaje de ida y vuelta había estado en silencio, incluso cuando estuvieron en la casa de la abuela, comprendiendo poco a poco la situación en la que ahora estaba.

¿A caso así sería su vida de ahora en adelante? ¿Olvidando a todas las personas que quería? ¿Todo lo vivido, sus aventuras, momentos de risas o llanto?

Iba en la parte trasera del auto de Sakamoto mirando las calles del vecindario por la ventana, cuando sintió la mano de Natsuki en su pierna apretándolo. No hacía falta muchas palabras entre ellos, nunca las necesitaron mucho, porque con ese simple gesto le demostraba que iba a estar a su lado todo el tiempo que hiciera necesario.

Shin realmente estaba agradecido de haberlo conocido, tanto a él como a la familia Sakamoto. No podía imaginar una vida donde él no los hubiera conocido y siguiera vagando solo en el mundo, como un diente de león que ha perdido el rumbo por culpa del viento.

Unos momentos después llegaron a la tienda donde ya los esperaban Lu, Heisuke y Aoi, pero Shin realmente no estaba en condiciones de responder las preguntas de todos, así que solo se disculpó y subió a su habitación, bajo la mirada del resto de los presentes.

Natsuki vio la figura desaparecer por la entrada de la tienda, mientras su ceño se fruncia en preocupación.

Seba conocía a Shin tanto como conocía a Mafuyu, sabía cuándo algo lo molestaba o le desagradaba, incluso conocía todas sus expresiones de fastidio cuando él lo molestaba durante sus turnos en la tienda, todas sus muecas de diversión cuando Lu le contaba un chiste o incluso sus expresiones de afecto cuando Heisuke compartía comida que había comprado de algún lado con ellos. Seba incluso sabía leer la expresión de Shin cuando leía un pensamiento desagradable en la mente de otra persona; era tan obvio cuando sus mejillas se inflaban casi imperceptiblemente, y sus ojos se agudizaban como un halcón acechando a su víctima. Todas sus muecas Natsuki las conocía a la perfección después de haberlas estudiado por meses, tanto como cuando estudiaba los números de series de todos los materiales que usaba para fabricar sus armas.

Pero la expresión que tenía después de salir del médico era una que nunca había presenciado, una expresión tan… triste. Una mueca desoladora, como de alguien a quien le hubieran dicho que solo le quedaba unas horas de vidas. Tan amarga, apesadumbrada, una expresión tan fuera de lugar que simplemente no pertenecía en el rostro de alguien como Shin.

De fondo podía escuchar como Sakamoto les explicaba a su esposa y a sus dos empleados lo mismo que les había dicho el médico, dejando tras sus palabras un ambiente de preocupación. Natsuki sabía, lo había presenciado varias veces, lo mucho que todos ellos se preocupaban por Shin. Debían sentirse igual, o incluso más, de inútiles como él por no poder hacer nada por ayudar a una persona preciada.

Seguían hablando de qué hacer cuando Seba decidió que no podía –ni quería– dejar a Shin solo en estos momentos, así que se disculpó y siguió el mismo camino que había seguido el rubio.

Conocía el camino de memoria, había estado demasiadas veces en esa casa, subió por las escaleras y entró por la sala, hasta llegar a la última puerta del pasillo a la izquierda, donde una pegatina de alguna película alternativa en la puerta, que tanto le gustaba a Shin, se mostraba frente a sus ojos.

No pidió permiso. Después de todo sabía que el dueño de la habitación ya debió haber escuchado sus pensamientos, o sentido su presencia.

Shin estaba recostado boca abajo sobre su cama, sin mostrar señales de querer moverse de esa posición. Seba tampoco le pidió que se mueva, tomó la almohada que estaba en el suelo –la que estaba seguro de que usó Heisuke para dormir, pero en algún momento de su sueño la tiró– y se acostó a un lado de Shin.

La posición era incómoda, en la cama de Shin a duras penas cabían dos personas, pero corriendo el riesgo de golpear sus codos cada minuto. Seba no entendía cómo Heisuke y Shin podían caber ahí, y hasta se compadecía cuando su novio le decía que debía dormir con Heisuke. Aun así, esa posición le daba una vista de todo su cuarto; tenía varios posters de películas y actores pegados por las paredes, muchos de los cuales Seba no tenía ni idea de qué trataban, a pesar de que Shin ya le hubiera contado la trama cientos de veces. También tenía algunas repisas repletas de CD de más películas, o de colecciones de mangas y figuras de acción que conseguía de oferta en tiendas.

A Seba le gustaba molestarlo diciendo que su habitación parecía la de un adolescente, ganándose una queja molesta de su pareja alegando que él no era tan viejo y sabía disfrutar del arte visual.

En la esquina del cuarto, y lo que más llamaba la atención, eran los peluches y dibujos esparcidos por el suelo, en todos ellos siempre aparecían las mismas dos figuras, una alta y rubia usando algún tipo de delantal y la otra una más pequeña y con el cabello negro sujetando en una mano un peluche de conejo, mientras con la otra mano sujeta la mano de la figura más alta. Esa esquina era especie de rincón dedicado exclusivamente a Hana y que Shin se la había dedicado cuando ella quería pasar más tiempo con él.

A Seba le parecía tierno como Shin era un hermano mayor para Hana. Le hacía recordar mucho a su relación con Mafuyu.

Pero, lo que más le gustaba del cuarto de Shin, era esa repisa sobre su cama que guardaba todo lo que Natsuki alguna vez le regaló; un prototipo de una bomba congelante, la caja en la que estaba guardada la pulsera que le regaló para su primer aniversario de un mes, y por sobre todo su guante, al que cuidaba con esmero todos los días, tratando de que el polvo nunca llegue a esos objetos especiales.

A Seba le gustaba mucho su cuarto, porque era un lienzo de la vida de Shin, un lienzo donde expresaba todo lo que más atesoraba y quería.

—Lo siento —la voz de Shin lo sobresaltó, olvidándose por un momento de la situación en la que se encontraban.

—¿Por qué?

—Por no poder recordar a tu hermano, y por tener que ser una carga. —la voz salió amortiguada porque la cara de Shin seguía enterrada en la almohada, pero Seba la escuchó claramente, provocándole una arruga en su entrecejo.

—Oye, mírame

—¿Para qué?

—Mírame —su voz salió un poco más autoritaria de lo que le hubiera gustado, pero cumplió su propósito cuando Shin se levantó sobre sus codos, ahora mirándolo directamente a los ojos.

Su expresión ya no era la misma que la que tenía cuando salió de la tienda, pero seguía teniendo la sombra de la tristeza y aflicción.

A Seba no le gustaba, esa expresión no era Shin.

Una de sus manos se movió a la mejilla contraria, acariciándola en un gesto suave. Shin apenas y se movió para presionar más su mejilla contra su mano.

—No eres una carga para nadie. Lo que está pasando es frustrante para todos, aún más para ti, pero nos preocupamos por igual en buscar una solución.

—Ninguno de ustedes pidió tener que soportar las consecuencias de mis poderes.

—Ni tu tampoco, así que detente de tratar de cargar todo tú solo y deja que los Sakamoto, Lu, Heisuke y yo te ayudemos a buscar una solución.

Seba notó apenas como la mirada de Shin pasó de la conmoción a lo emotivo, antes de acomodarse sobre su pecho, con su cabeza casi pegada sobre su hombro.

Seba lo dejó estar mientras con su mano desacomodaba el cabello rubio.

Estuvieron en esa posición un largo rato, cómodos con el silencio que se instalaba entre ellos.

Solo después de un rato la voz de Shin volvió a interrumpir la tranquilidad.

—Perdón por no poder recordar a Mafuyu.

—No importa, no es culpa tuya.

—Háblame de él.

La declaración lo tomó por sorpresa por un momento. Nadie le había pedido alguna vez que hablara de su hermano menor, ni siquiera las personas que consideraba cercanos en la JCC, muchos menos se habían interesado en conocer más sobre una de las personas más importantes para Natsuki de su boca, pero Shin no era alguien más, así que aceptó.

Seba le contó todo sobre su hermano menor, desde que nació y cómo tuvo que encargarse él de su cuidado, porque sus padres estaban más ocupados siendo unos idiotas, hasta la vez que aprendió a caminar y a decir su primera palabra, la cual había sido Natsuki. Le habló de su infancia, de su miedo a la oscuridad y a no tener consigo siempre un gel desinfectante. También le contó que tuvo que dejarlo con sus padres a los cinco años cuando él tuvo que entrar a la JCC, y como estuvieron años sin hablarse. Le habló de lo feliz que estaba cuando volvió a saber de él, así sea solo por mensajes. Le contó todo lo que le gustaba, y de la larga lista de cosas que le desagradaban.

También le contó cómo se conocieron ellos durante el ingreso a la JCC, de lo mucho que Shin lo había ayudado, de cómo se había convertido en uno de sus mejores amigos y de cómo lo había salvado en más de un sentido.

Los dos perdieron la noción del tiempo, hablando hasta que el cielo nocturno era visible a través de la ventana del cuarto. Ninguno de la familia los había interrumpido, ni siquiera Sakamoto a pesar de que tenían la puerta del cuarto cerrada. Eso delataba que todos de la familia confiaban lo suficiente en Seba como para permitirle ser el que consuele y tranquilice a Shin.

—Mafuyu parece buen chico.

—Sí, lo es. —si su afirmación estaba teñida con el comienzo de orgullo, Shin no dijo nada.

Seba aprovechó que el silenció volvió para levantarse de la posición en la que estaban, el hombro comenzaba a dolerle después de tanto tiempo en el mismo lugar, y encima teniendo que aguantar el peso contrario, pero no se quejaba.

—¿Tienes hambre? Iré a ver si quedó algo de cenar-

—No quiero olvidarte —la declaración lo congeló en su lugar, pero antes de poder decir algo Shin siguió hablando—. No quiero olvidar a nadie más, ni a la familia Sakamoto, a Lu, Heisuke, ni a ti. Yo… tengo miedo de que eso pase, no quiero olvidar todas las tardes que pasé jugando con Hana, todos los turnos que hice con Lu y Heisuke. Las sonrisas amables de Aoi, y los momentos junto con el señor Sakamoto. Tampoco quiero olvidarte, ni este sentimiento tan profundo que tengo por ti. Simplemente, no puedo- no quiero.

—Oye —sus manos sujetaron el rostro de Shin, que comenzaba a respirar más agitado. El pánico asomaba por sus ojos, un miedo tan profundo como el océano nocturno—, sé que tienes miedo, que toda esta situación es atemorizante, pero ninguno de nosotros permitirá que eso pase.

—¿Cómo puedes asegurar que no pasará? ¿Qué no olvidaré a ninguno? No sé qué me pasa, y nadie tampoco. ¿Qué pasa si mañana despierto y ni siquiera sé quién soy?

—Entonces te haré recordar —su afirmación tan llena de confianza sorprendió a Shin—. Si algún día te olvidas de mí, me encargaré todos los días de recordarte quién soy, de qué soy para ti. Si algún día te olvidas de quién eres, yo te reconstruiré pieza por pieza a base de todos mis recuerdos y de los recuerdos de las personas más importantes para ti. Ninguno de nosotros permitirá que olvides quién eres, y de todo lo que has hecho por cada uno de nosotros.

Las palabras tan llenas de confianza y cariño congelaron a Shin, quien sentía como una calidez subía desde su vientre hasta su rostro. Un afecto tan conmovedor que las palabras de Seba, a pesar de carecer una respuesta solida a su problema, aun así, lo reconfortaba y le hacía tener esperanzas.

—… Gracias, lo necesitaba —fue lo único que pudo salir de sus labios. Seba lo miró unos segundos más antes de soltar su rostro y suspirar levemente.

—De acuerdo, entonces cena y después dormir, ¿está bien?

—Sí, claro.

 

 

La mente era un objeto tan maravilloso y extenso, capaz de almacenar los miles de recuerdos de una vida humana, desde su nacimiento hasta su fallecimiento. Era un contenedor que resguardaba los diferentes tipos de olores que alguna vez hubiera tenido el agrado de sentir; ya sea el perfume de Aoi, ese que era su favorito y que Sakamoto le regalaba cada vez que se le terminaba; el aroma de los bollos recién salidos del horno y que a Lu tanto le gustaba robar a escondida; la fragancia del primer ramo de flores que Seba le había regalado en uno de sus raros, pero genuinos, momentos de romanticismo; el olor de la pólvora del arma de Heisuke cuando le pedía a Shin que lo ayude a practicar su tiro al blanco.

Heisuke… su mejor amigo y a quien veía todos los días trabajando en la tienda. Su hermano, compañero y aliado durante sus momentos más complicados.

También era capaz de recordar cada sonido que alguna vez escuchó y quedó marcado en su mente; las risas de Hana cuando Shin le contaba un chiste; el sonido del señor Sakamoto mientras comía su ramen diario; el sonido del arma de Heisuke cada que la usaba para demostrar su buen manejo.

Heisuke… su amigo y con quién compartió momentos divertidos, y quien lo ayudó en momentos difíciles.

La mente era una cámara de video que grababa en su memoria todos los momentos más felices de su vida, los que le recordaban quién era y quiénes eran los que le rodeaban; todos los días que trabajó en la tienda de Sakamoto; todas sus citas junto a Natsuki, o las veces que iba a visitarlo en su taller solo para molestarlo; sus días de sicario junto con Sakamoto; las tardes que había pasado junto con Hana, Lu o Heisuke.

Heisuke… el chico que conoció durante el torneo. El francotirador que iba tras la cabeza de Sakamoto.

Heisuke… ¿Quién es Heisuke?

La mente era un objeto tan maravillo, lleno de los recuerdos de la vida de la persona. Pero también era un objeto tan frágil como un frasco de cristal lleno de pequeños caramelos, el cual se resbalaba de sus manos y caía al suelo, rompiéndose en mil pedazos y los caramelos se esparcían por todo el suelo, algunos desapareciendo para siempre entre la suciedad, dejando al individuo con la sensación de insuficiencia, como si algo desapareciera en algún lugar de su cabeza.

 

Después de que Seba lograra hacer que Shin cenara, los dos quedaron acurrucados en la pequeña cama, con Shin todavía en el pecho de Seba mientras él desordenaba su cabello. En otras circunstancias el momento habría sido romántico, un acto tan íntimo entre ellos que pocas veces demostraban. Pero las circunstancias no habían podido ser como ellos quisieran, pero a pesar de todo, cuando se estaban por dormir, Seba pudo darse cuenta de que Shin poco a poco se reía como si todo volviera a la normalidad.

Seba se permitió, por un momento, creer que eso era una buena señal y que Shin al despertar volvería a estar bien, con todos sus recuerdos de vuelta a su lugar.

Pero la mañana siguiente las cosas no habían mejorado, sino que habían empeorado.

Cuando los dos despertaron se alistaron y bajaron a la tienda para tratar de simular que estaban en la normalidad de siempre. Shin le había insistido que no debía acompañarlo durante su turno, pero Seba igual lo siguió y acompañó durante sus tareas en la tienda, porque en el fondo le gustaba ver a Shin con una actitud responsable durante el trabajo, actitud que desaparecía siempre que estaban juntos. Los dos junto con el señor Sakamoto abrieron la tienda, realizaron la limpieza diaria e hicieron reposición de todos los productos que faltaban.

A Shin le hacía gracia ver como su novio batallaba tratando de adivinar donde iba cada producto, fracasando estrepitosamente para hallar el pasillo de los productos de limpieza, así que a mitad de mañana se apiadó de él y lo dejó en la caja registradora donde hacía mejor trabajo hablando con las ancianas que venían a charlar con él que tratando de averiguar cuál era el número de barra de la pasta dental.

Momentos como esos le hacían recordar a Shin que Seba no era el chico serio y reservado que siempre trataba de demostrar ser, sino solo un chico un poco tímido y con nula experiencia para socializar con otras personas a causa de todas sus heridas sin sanar provocadas durante su infancia.

Cuando Shin miraba a Seba no veía en él al Seba aburrido de la vida, al estudiante altanero o despectivo al que odiaban la mayoría de sus compañeros, mucho menos veía en él al as de las armas perfeccionista y obsesionado por innovar con sus armas; Sino que veía en él al hermano mayor que cuidaba a su hermano pequeño, veía al amigo dispuesto a señalar los errores que sus compañeros estuvieran cometiendo (a veces un poco demasiado duro, pero nunca engreído), veía al estudiante apasionado por el amor a su profesión, y también veía al novio que todos los días trataba de mejorar para ser mejor pareja, que siempre estaba en los mejores y peores momentos, justo como ahora.

Shin realmente amaba a Seba, y realmente le aterraba la idea de olvidarlo.

Él deseaba con desesperación que sus poderes volvieran a la normalidad dentro de poco.

La campana de la puerta lo distrajo de su constante acecho a su pareja, cuidando que no estuviera escaneando mal los productos.

Por la entrada una dormida Lu entraba seguida de un chico que Shin recordaba haber visto en algún lado.

—Buen día

—Lu, son las once de la mañana, llegas tres horas tarde.

—Oye, al menos llegué temprano ayer.

—Llegaste a las diez y media

—¿Ves? Media hora más temprano —Shin iba a replicar, pero Lu lo ignoró, más concentrada en la nueva incorporación en la caja registradora, que solo veía entretenido la discusión entre ellos—. Oh, hola Seba, creí que ya habías regresado a la JCC.

—Tengo vacaciones.

—¡Mentiroso! —el grito del otro lado de la tienda de Shin sobresaltó al Seba, quien solo desvió la mirada.

—Tengo un par de días libre. Ya sabes, ventajas de ser de los mejores estudiantes.

—Nunca fui a la escuela, me educaron en casa, así que no lo entiendo, pero bien por ti.

Sakamoto y el chico de cara conocida se mantenían al margen, más concentrado en las instrucciones que Sakamoto le daba sobre las entregas del día.

Solo cuando un pájaro amarillo se posó sobre su hombro se dio cuenta de quién era.

—¡Oye, te conozco! Eres el chico de la competencia de airsoft, ¿qué haces aquí?

Shin sintió una sensación de deja vú cuando todos lo miraron otra vez como si le hubiera salido una segunda cabeza, menos el chico de la competencia, que parecía que le hubieran roto el corazón en múltiples pedacitos.

—¡¿Cómo puedes decirme eso, hermano?! —la queja fue acompañada junto con la del pajarito que seguía a su lado, con una expresión igual de dolida que la de su dueño.

Shin iba a disculparse por… lo que sea que haya hecho mal, cuando sintió que Lu lo sujetaba por los hombros y lo sacudía de un lado a otro.

—¡Shin, esto es más grave de lo que creía! ¡Por favor, no te olvides de mí! —el pedido desesperado de Lu resonó en la cabeza de Shin, mientras todavía era sacudido violentamente. Realmente quería pedirle que se detuviera, pero en el fondo podía entender el porqué de la desesperación de Lu. Incluso él tenía miedo de despertar a la mañana siguiente y no saber quién era.

—Shin, ¿no recuerdas a Heisuke? —la pregunta de Sakamoto detuvo a ambos jóvenes. Shin miró entre Sakamoto y Heisuke, como sabía ahora que se llamaba, pero después de un rato negó con la cabeza.

—Lo siento, señor Sakamoto. La última vez que lo vi fue durante la competencia en el centro comercial. —sus palabras solo parecían provocarle más nubes de tristezas al chico y su pájaro, que ahora estaba en una esquina con lágrimas en sus ojos.

Shin realmente quería decirle algo, consolarlo o pedirle disculpas, pero no le salía nada.

¿Qué podía decirle a alguien que no conocía?

—Lo siento, yo… estaré en mi descanso.

Ni siquiera alcanzó a dejar que alguien diga algo, a esperar una confirmación o la típica pregunta de ¿estás bien?

No, no lo estaba.

Cuando tenía seis años y veía trabajar al profesor Asakura, lo único que quería era volverse un científico tan bueno como él, una persona dedicada a su profesión y que luchaba por ayudar a más personas. Alguien que tuviera una pasión tan fuerte para morir por ella.

Pero cuando huyó del laboratorio esa tarde, todos sus sueños y deseos quedaron atrapados entre esas paredes subterráneas del museo.

Toda su vida creció entre comentarios sobre cuan terrible era su habilidad, de cómo todos a su alrededor se sentían invadidos y vulnerados sabiendo que convivían con alguien que podía leer sus pensamientos en cualquier momento. Durante un tiempo en su adolescencia, había creído que todo lo que decían realmente era cierto, que él era el bicho raro y que su habilidad realmente afectaba a todos a su alrededor.

Y ahora que finalmente su habilidad lo afectaba negativamente a él, comenzaba a entender verdaderamente a esas personas a las que siempre afectó.

Después de caminar un rato metido en sus pensamientos, se dio cuenta que terminó en el parque que estaba cerca de la tienda. A veces solía ir ahí con Hana para jugar durante las tardes libres, otras veces iba con Lu mientras tomaban su descanso, y otras veces como hoy solía estar solo para poder pensar.

¿Qué necesitaba pensar? ¿En cómo sería su vida de ahora en adelante? ¿Tratar de adivinar qué recuerdo preciado desaparecería de su mente la próxima vez?

Sus pies lo llevaron a los columpios que apenas se balanceaban con la suave brisa. A esa hora no había ninguna persona, todos los niños estaban en sus casas pasando el tiempo con sus padres, haciendo sus deberes y disfrutando de una vida normal, como los niños normales que eran.

Shin nunca fue un niño normal, y ahora mucho menos era un adulto normal.

Mientras se balanceaba levemente en el columpio, su mirada estaba fija en la punta de sus zapatillas.

¿Qué era ser normal? Cuando tenía cinco años y veía a todos los niños en el orfanato jugar, correr, divertirse, él solo se quedaba en su columpio preferido del patio, ese columpio que le daba una vista a las calles de la ciudad. Le gustaba ese lugar, porque ahí podía imaginar cómo pudo haber sido su vida en otras circunstancias. Mientras veía a los niños caminar por las calles mientras sujetaban las manos de sus padres, a veces dejaba volar su imaginación y pensaba que tal vez, en otra vida, él podría haber sido ese niño que lo único que tenía en mente era hacer sus deberes y en la cena de esa noche.

Tal vez en otra vida, él nunca habría tomado ese experimento del profesor Asakura, y tal vez ambos hubieran podido seguir viviendo juntos mientras Shin lo ayudaba con sus experimentos.

Tal vez en otra vida, nunca habría conocido a Taro Sakamoto. Nunca habría conocido a su primer mentor y una de las personas que más admiró en su vida, la persona que le enseñó diferentes maneras de sujetar un arma, qué partes del cuerpo eran las más vitales para matar a alguien, o cuán fuerte podía ahorcar a alguien antes de que su cuello se rompiera. Pero que también le enseño la dicha de una vida tranquila, de tener un hogar al cual regresar y a un grupo de personas a la cual llamar familia.

Tal vez en otra vida, él no habría sido un asesino, ni hubiera conocido a todos sus amigos, a sus aliados y enemigos, a su pareja, ni mucho menos a Sakamoto, Aoi o Hana.

Una parte de su pecho, donde su corazón aún latía, lo oprimía ante ese pensamiento.

Si no encontraba una solución sus miedos se volverían realidad, y los rostros con los que cada día convivía y a los que se acostumbró, pronto se volverían un rostro más entre tantos otros que cruzaron por su vida.

Estaba tan concentrado en sus pensamientos que apenas cayó en cuenta del ruido de pasos acercándose frenéticamente a él, solo cuando un pequeño cuerpo lo golpeó en el pecho volvió a la realidad. En vano trató de sujetarse de algo, pero su espalda se balanceó y terminó cayendo hacía atrás mientras con sus brazos protegía el pequeño bulto que era una niña con lágrimas en sus ojos aferrada a su camiseta por el frente.

—¡Shin!

—¡¿Hana?! ¿Qué haces aquí? ¿Volviste a escapar de casa?

—¡Es-es qué, papi dijo que estabas lastimado! —los grandes ojos llorosos de la niña conmovían en profundidad a Shin, y solamente quería calmarla y prometerle que todo estaría bien, aun si él mismo no lo creía—, y después fui a buscar en la tienda para darte una bandita, porque eso me ayuda cuando me raspo mis rodillas y me lastimo, pero no estabas en ningún lado.

—Hana…

—¡Y papi dijo que te habías ido! Si estás lastimado y no estás en casa nunca sanarás, debes dejar que te curen y cuiden para que vuelvas a estar mejor.

Curar y cuidar. Esa frase siempre le decía Aoi a Hana cuando se lastimaba, y eran las mismas palabras que le decía a Sakamoto cuando aún era un asesino y llegaba a sus encuentros con alguna herida de su enfrentamiento, según le había contado Aoi.

Nunca creyó que sería Hana quien le estuviera recordando ahora que no debía aislarse ni tratar de sanar sus heridas por sí solo.

—Gracias, Hana. Prometo que dejaré que me curen y me cuiden, así que no tienes de qué preocuparte. —mientras le hablaba, alcanzó a darle un abrazo que transmitiera todo su afecto. La niña solo se dejó estar, devolviendo apenas el abrazo con sus cortos brazos.

—¿Ya estás mejor? —la inocente pregunta lo dejó pensando, tratando de buscar qué decir.

—Todavía no, y no sé muy bien cuánto tarde mi herida en sanar, pero mientras tu papá y nuestros amigos me ayudan a buscar una cura estoy seguro de que dentro de poco volveré a estar bien.

La niña lo miró por un segundo, hasta que finalmente pareció convencida con la respuesta. En ese momento pareció recordar algo, ya que buscó rápidamente entre sus bolsillos. Después de unos segundos, sacó de su bolsillo izquierdo una bandita en forma de cruz de Sugar, las que siempre le ponían a ella cuando se lastimaba.

—¿Necesitas que te ponga una bandita?

—Claro.

Después de indicarle dónde, dejó que la niña ponga la bandita en medio de su frente. Ella lo miró orgullosa por su trabajo.

—Gracias, Hana. Ahora vamos a casa antes de que su papá se enoje por haberte escapado. —Shin los puso de pie a ambos mientras sacudía su ropa de la tierra que se había pegado por haber estado en el suelo, cuando sintió un pequeño tirón en su pantalón, miró para abajo donde la niña lo miraba con su intensa mirada.

—¿Me llevas en tus hombros?

No necesitó darle respuesta, sino que se agachó y dejó que la niña se colgara emocionada en su espalda.

Mientras iban caminando por las calles hacía la tienda, Shin escuchaba el relato de la niña de cómo había ido su día durante las clases y lo mucho que había aprendido hoy. El sol se alzaba alto en el cielo, trayendo consigo un cálido día de verano.

Esos momentos de tranquilidad eran los que más apreciaba y guardaba en sus memorias, y los que menos deseaba olvidarse.

Realmente necesitaba encontrar una solución a su habilidad.

Cuando llegaron a la tienda Sakamoto y Aoi ya los estaban esperando en la entrada, Aoi con su típica sonrisa amable, mientras Sakamoto parecía estar al borde un brote psicótico por la desaparición de su hija.

—¿No te lo dije, Taro? Shin siempre cuida de ella tanto como tú.

El hombre más alto no dijo nada, pero la preocupación de su rostro comenzó a desaparecer, volviendo a adoptar su cara neutra de siempre.

—Hana, ya te dije que si vas a salir debes avisarle a alguien.

—Lo siento, papi, pero Shin estaba solo y no podía dejarlo que se lastime más.

—Lo siento, señor Sakamoto, de saber que Hana iría tras de mí no me habría ido.

El hombre solo pudo soltar un suspiro ante la mirada arrepentida de ambos, el enojo y la preocupación nunca permanecían demasiado tiempo consigo.

—Si van a salir otra vez asegúrense de llevar una gorra para el sol.

Aoi tomó en brazos a Hana y las dos subieron a su casa, mientras que Shin se quedó con Sakamoto acomodando la tienda, aprovechando que a esa hora el fujo de clientes era bajo, casi nulo. Shin había preguntado por la ausencia de los demás empleados, pero Sakamoto le dijo que estaban arriba ayudando con el almuerzo. Al ser demasiados en casa para la hora del almuerzo nunca venía de más un par de manos extras que ayudaran a Aoi a preparar la comida. Aunque Shin sabía, en el fondo, que seguramente les haya pedido a todos que los dejen a solas.

Ese momento del día siempre era un rato tranquilo en la tienda, limpiar, acomodar la mercadería y llevar la cuenta de la caja registradora. Shin se conocía de memoria todos los pasos que debía hacer; mientras Sakamoto atendía la caja y hacía reposición, él se encargaba de limpiar y dejar todo en su lugar.

Una coreografía que había aprendido a dominar con el pasar de los meses, y de la que estaba seguro de que podía hacer aún sin sus memorias.

—Shin, ¿cómo estás llevando la situación? —la pregunta de Sakamoto entre el silencio lo distrajo de su tarea. Se quedó quieto en su lugar, mientras por su cabeza volvía a repasar la conversación que había tenido con Hana.

—Es difícil. La sombra del temor de olvidarme de alguien más me sigue a todos lados, y realmente no sé quién sea el siguiente en desaparecer de mi mente, ni qué recuerdo importante tal vez pueda perder para siempre —era la primera vez que era tan honesto con Sakamoto, sin contar la primera vez que le dijo sobre sus lagunas mentales, tal vez en otra situación solo habría sonreído y dicho que no pasaba nada, pero lo último que quería hacer en ese momento era en seguir fingiendo—. Realmente no quiero seguir olvidando a nadie, ni tampoco quiero olvidarlo a usted ni a su familia, a mi familia.

Si alguien le hubiera dicho al Shin adolescente, ese chico que vagaba solo por el mundo sin un rumbo fijo, creyendo que solo era una molestia para todos a su alrededor y qué se valía por sí solo, que algún día encontraría una casa a la que llamar hogar y a un grupo de personas a la que llamar familia, se habría reído para después dispararle por ser un mentiroso.

Pero ahora, con Sakamoto viéndolo fijamente a través de sus gafas, sabía que estaba haciendo lo correcto en confiar y dejar su destino en otras manos.

—Sé que es una tarea complicada, y que le causo muchos problemas, pero por favor, cuide de mí durante este tiempo, señor Sakamoto. —su cabeza apenas veía al suelo en una débil reverencia hacía su mayor figura de admiración. Se dejó confiar en las palabras de Hana, en confiar en que alguien más lo cuide y lo ayude a curar.

La cálida mano de Sakamoto sobre su cabeza y desacomodando su cabello le trajo una sensación de tranquilidad y cariño.

—No te preocupes, Shin. Todo estará bien —eran unas simples palabras, pero eran suficiente para sacar un gran peso de encima de los hombros de Shin y que le provocaban unas inevitables ganas de llorar—. Ahora vayamos a comer, todos nos esperan.

La hora de la cena pasó entre historias de Hana contando cómo fue su día, en Heisuke (el francotirador de la competencia y que trabaja como repartidor en la tienda, como había descubierto) tratando de hacerle recordar todas las aventuras que tuvieron juntos en Tailandia (no recordaba haber ido a Tailandia, ni siquiera hablaba tailandés) y durante su estadía en prisión (tampoco recordaba haber sido arrestado, pero esa parte fue la que menos le sorprendió), pero nada de lo que le decía podía ayudarlo a traer de regreso sus recuerdos. Heisuke le dijo que no pasaba nada, pero aun así podía sentir el aura deprimida que lo rodeaba, así como a su pájaro mascota. Lu por otro lado había estado enseñándole todas las fotos que tenían juntos, algunas podían recordar con lujo de detalles, pero había otras cuantas que le faltaban varias partes en sus memorias.

Aoi le había dicho que tal vez compartiendo tiempo juntos sus recuerdos volverían solos, así que todos se quedaron más tiempo de lo normal en la sala compartiendo su día a día y de sus recuerdos pasados; como la primera vez que fueron juntos al parque de diversiones de Sugar; la vez que fueron a acampar y a pescar; todos sus viajes en familia juntos.

Natsuki se había mantenido al margen, más entretenido en escuchar todas las aventuras locas por la que había pasado la familia de su pareja y aprendiendo más de él y de su vida al mismo tiempo.

Solo cuando el reloj marcaba más de las dos todos volvieron a sus respectivas tareas. De esa forma, el día pasó rápido, y a la cena se había repetido el mismo ritual de hablar de sus momentos en familia juntos.

Seba y Shin estaban en la cama de su habitación mientras Heisuke yacía dormido en un futón al otro lado de la habitación. Los dos tenían suerte de que Heisuke tuviera el sueño pesado, así no se despertaría mientras ellos hablaban.

—Así que fueron ustedes los que derrotaron a la familia Dan. Había oído rumores acerca de eso, pero nunca se confirmaron.

—No es como que nosotros hayamos ido por ellos, más bien ellos vinieron a nosotros, o a por Lu más bien, pero ya sabes, cosa de familia.

—Mh, ya veo. ¿Y sobre esos asesinos que escaparon de prisión?

—Lu y yo derrotamos a uno, y Sakamoto con Heisuke al otro. Aunque realmente creí que moriríamos ese día con Lu. —la desesperación de no poder hacer nada se había apoderado de él, y realmente había pensado en cómo tomar a Lu para huir de ese lugar, pero por suerte los dos habían podido derrotarlo y salir a salvo.

—Se nota que la pasaste bien. —el tono de voz divertido provocó una sonrisa en el rostro de Shin. Iba a responder algo, cuando escuchó que la puerta de su habitación se abrió.

A través del pequeño espacio la cabeza de Hana se asomó y sonrió cuando lo vio despierto. Llevando consigo su peluche de Sugar, entró a la habitación cerrando tras de sí la puerta y se acercó a la cama pasando por encima de un Heisuke dormido. Se quedó quieta a un lado de la cama, dudando de lo que iba a hacer cuando vio a Natsuki mirándola.

Shin notó su duda, así que decidió hablar primero.

—Hana, ¿Qué haces aquí? Deberías estar durmiendo.

—Es que no quería dejarte solo por si te lastimas otra vez y necesitas que te vuelva a pegar una bandita. —la inocencia de la menor le provocaba un dolor de amor en el pecho de Shin. Él la miró por un momento mientras le sonreía.

—No te preocupes, si me vuelvo a lastimar no estaré solo esta vez, tengo a Seba y a Heisuke para que me cuiden.

La niña pareció satisfecha con la respuesta, pero aún asomaba la duda en sus ojos. Él iba a preguntarle si le pasaba algo más cuando ella habló primero.

—¿Puedo… puedo quedarme a dormir aquí? Solo para asegurar.

Él la miró sorprendido, no era la primera vez que los dos dormían juntos, ya que ella a veces iba a buscarlo cuando tenía pesadillas o hubiera una tormenta fuera. Pero era la primera vez que le pedía quedarse a dormir cuando Natsuki estaba presente.

No sabía muy bien que responderle, cuando el pensamiento de Natsuki atravesó su cabeza.

Déjala que se quede. Sí entramos los tres en la cama.

Shin realmente lo dudaba, pero finalmente accedió.

—Claro, ven. No te preocupes por Seba, no muerde.

—A veces.

El armero soltó una leve risa cuando Shin lo pateó por debajo de las sábanas, pero la niña no se dio cuenta de eso, más concentrada en acomodarse en la cama.

Finalmente tuvieron que dormir sobre sus costados los tres para poder entrar, con Shin atrapado en el medio.

No tardó mucho tiempo en darse cuenta de que la chica se había quedado dormida, con una de sus manos aferrada a su peluche y la otra aferrada a su camiseta. Eran en momentos como esos en los que realmente se sentía como un hermano mayor que debía proteger a su hermana menor de toda adversidad.

Estaba tan concentrado en sus pensamientos que apenas sintió los brazos de Seba aferrándose a su cintura, colocándose en posición de cuchara grande y dejando a Shin como la cuchara pequeña. Iba a preguntar sobre eso cuando un segundo pensamiento de Seba pasó por su cabeza.

Podría acostumbrarme a estos momentos si eso significa abrazarte.

Shin no necesitó responderle para que Seba supiera que estaba de acuerdo con él.

 

<En sus sueños Natsuki sostenía con su mano un cuchillo manchado de sangre, la cual goteaba lentamente desde la punta hasta el piso, creando un charco de sangre a solo unos centímetros de un cuerpo inerte.

En sus sueños, otra vez volvía a estar usando su traje de invisibilidad mientras todo a su alrededor se desmoronaba por las explosiones. Otra vez estaba en el laboratorio Okutabi, uno de sus tantos trabajos de medio tiempo, con la respiración agitada mientras veía a su objetivo en el suelo.

En sus sueños, otra vez le habían asignado la misión de matar a su objetivo, un idiota que podía leer la mente según le habían dicho, pero no le había prestado la suficiente atención a la información más allá de su apariencia y su nombre.

Pero ahora que había terminado su misión se quedó pensando, mientras sus ojos no se despegaban del cuerpo del chico rubio, el cual hacía rato había dejado de mostrar señales de estar respirando. Una voz dentro de sí hablaba, se preguntaba quién era ese chico.

¿Tenía familia? ¿Tenía pareja? ¿Hermanos, amigos, conocidos? ¿Alguien que estuviera esperando por él en casa, sin saber que él nunca volvería?

Algo en esas preguntas se sentía mal, como si él conociera todas esas respuestas, pero se negaba a contestarlas. Algo pesaba dentro de él, algo oscuro, lúgubre y apagado.

¿Por qué se sentía mal después de haber cumplido su misión? ¿Por qué se sentía así, después de matar a este chico? >

 

Natsuki despertó de golpe, sentándose rápidamente en la cama mientras una de sus manos se dirigía a su pecho, donde su corazón latía frenéticamente en busca de estabilidad.

Había tenido una pesadilla, una muy terrible pesadilla.

Él casi no tenía pesadillas, no desde que dejó la casa de sus padres y comenzó a vivir en la JCC. Sus días como estudiante lo habían ayudado a distraerse, y el final del día terminaba tan cansado que su cerebro simplemente se apagaba y no soñaba con nada. Pero los días que pasaba fuera de la JCC sin el constante estrés del taller o sus clases lo apaciguaban tanto que le permitían a su cerebro relajarse lo suficiente para volver a darle paso a las pesadillas, como lo eran estos días.

Esta vez las pesadillas ya no eran sobre sus padres gritándole cuánto hubieran deseado que no existiera, o de su padre usándolo como blanco para probar sus propias armas, esas que con tanto esmero había fabricado. Esas pesadillas habían sido fáciles de olvidar porque los actos en ellas siempre eran cometidos por otras personas contra él. Pero esta vez la pesadilla lo tenía a él como el monstruo principal, el villano de sus propias acciones.

Soltó un gran suspiro mientras se dejaba caer de espaldas contra la calma, con su corazón ahora más tranquilo. Aprovechó ese momento para escanear la habitación donde dormía, cayendo tarde en cuenta que ahora era el único individuo dentro de esas paredes. No sabía qué hora era, pero concluyó que debía ser lo suficientemente tarde como para que incluso Heisuke estuviera despierto antes que él.

El lado de la cama donde Shin y Hana habían dormido se había enfriado hace rato, dejándolo con la única compañía del peluche de Sugar con el que había venido Hana.

No valía le pena que siguiera pensando en su pesadilla y en tiempos pasados, las cosas habían cambiado, él ya no era esa persona y nunca lo volvería a ser.

De tantas veces que había pasado tiempo en la casa de los Sakamoto, más específicamente en el cuarto de Shin, él ya le había designado un cajón donde tenía guardadas un par de prendas suyas para cambiarse y un cepillo de dientes de repuesto. No tardó mucho en darse una ducha y ponerse ropa nueva y limpia.

Mientras bajaba por las escaleras hacía la tienda se dio cuenta que Mafuyu le había dejado un par de mensajes en su bandeja, un simple “¿Cómo se encuentra Shin? Seguido de “Responde, estúpido Natsuki.”

A veces se lamentaba por haber dejado que su mocoso hermano menor creciera como un niño malcriado.

Iba concentrado en responder el mensaje de Mafuyu cuando cruzó por las puertas de la tienda que apenas cayó en cuenta de la figura que iba frente a él, hasta que un par de brazos rodeando su cuello lo alertaron, quitando los ojos de su teléfono para prestarle atención ahora a la mata de cabellos rubios que se aferraban a él.

—Buenos días, dormilón, ¿tuviste una buena noche soñando conmigo? —la melosa voz de su pareja llegó a sus oídos, quién lo veía con una sonrisa de oreja a oreja.

Había demasiadas cosas mal en esas palabras y tono que no era difícil adivinar con quién estaba hablando.

—Buenos días, Nagumo. Por favor, deja de abrazarme.

—¡Nagumo, ¿qué haces con mi apariencia?! —el grito de su, ahora verdadera, pareja llegó a sus oídos desde el mostrador.

Apenas alcanzó a parpadear cuando Nagumo apareció frente a él con su verdadera apariencia, sonriéndole divertido.

—Perdona, Shin, es divertido verte celoso.

—¡¿Quién dijo que estoy celoso?!

Las peleas entre Shin y Nagumo no eran raras de ver, así que Seba solo los dejó ser mientras tomaba asiento a un lado de Lu, que también estaba en el mostrador comiendo su bollo diario mientras veía la discusión entre ambos. Ella le ofreció uno y él lo tomó gustoso, todavía no había desayunado y necesitaba cargar energía.

—¿Qué haces por aquí, Nagumo? —preguntó por genuina curiosidad, a pesar de saber que el otro aparecía por la tienda cada que podía solo para molestar al primero que se le cruzara, los cuales solían ser Sakamoto, Shin o Lu.

El más alto ignoró la sarta de insultos hacía su persona de parte de Shin para dirigirse a él con su típica sonrisa, la cual Seba aún no podía descifrar si era verdadera o solo una de las tantas falsas que tenía en su repertorio.

—Había escuchado que la telepatía de Shin estaba fallando, así que vine a comprobar en persona si yo era una de las personas que había sido borrada de sus recuerdos y, de ser así, recordarle lo buenos amigos que somos.

—Realmente habría deseado que tú fueras una de las personas que desapareció de mi mente, Nagumo.

—Ow, Shin, no digas eso, romperás mi corazón.

Los dos siguieron en su disputa, aunque solo era Shin despotricando en contra del más alto mientras él solo le respondía divertido.

Lu a su lado terminaba de comer su tercer bollo cuando se dirigió a él.

—Oye, Seba, ¿qué pasa con tus clases? Digo, creí que ahora solo podías salir por un par de días de la JCC.

—Pedí un permiso especial, se supone que estoy en el funeral de mi padre durante las siguientes dos semanas.

—Oh, mis condolencias, no sabía que tu padre había muerto.

—No murió. No todavía, hasta lo último que supe de él.

Realmente lo último que le importaba era si ese viejo había muerto o no, pero falsificar un certificado de defunción era más fácil que fingir que se había casado. Además, todavía no estaba listo para dar ese paso con Shin

Lu lo miró como si no terminara de entender, pero no preguntó más sobre eso, más concentrada en una nueva duda que cruzaba por su cabeza.

—¿Y Mafuyu? Ahora que ya no es un asesino ni asiste a la JCC, y ya que tú estás aquí, ¿con quién está él?

—Le informé todo lo ocurrido acerca de Shin y sus poderes, además de que estaría unos días por aquí, así que le dije que se quede unos días en casa de Toramaru con ella y Amane. Le pedí al abuelo de Amane que les haga un permiso especial a ellos así acompañaban a Mafuyu estos días, ya que son los únicos con los que Mafuyu soporta estar, además de ustedes y a mí.

La mención del nombre de Mafuyu distrajo a Shin, quien detuvo su discusión con Nagumo para mirar a Seba.

—¿Mh, Mafuyu? ¿Se encuentra bien? —la pregunta confusa sorprendió a Seba, Lu a su lado tenía la misma expresión de sorpresa.

—¿Recuerdas a Mafuyu? —Lu fue la primera en preguntar, queriendo asegurarse de que lo que estaba escuchando era real.

Shin los miró a los dos un momento, antes de sorprenderse él también de la información que salió de su boca. Entonces miró feliz a ambos chicos.

—¡Recuerdo quien es Mafuyu!

En ese momento iba entrando Heisuke con Piisuke, que volvían de hacer las entregas diarias.

—Buenos días, chicos.

—¡Heisuke, también te recuerdo! —el mencionado tardó unos momentos en entender a qué se refería Shin, pero cuando se dio cuenta una gran sonrisa apareció en su rostro.

—¡Shin, hermano!

Heisuke y Lu estaban colgados del cuello de Shin, quien también estaba feliz de que sus poderes volvieran a la normalidad.

Seba los miraba desde el mostrador, sin querer interrumpir el momento feliz. Él realmente estaba feliz también por su pareja, pero algo en su interior le seguía molestando, algo acerca de la pesadilla que había tenido durante la noche le provocaba un mal sabor de boca, como si todo esto fuera demasiado bueno para ser verdad. Nagumo, que aún seguía en la tienda, se sentó a su lado en el mismo lugar donde había estado Lu momentos antes.

—Es bueno saber que Shin recuperó sus memorias, ¿no? —eran contadas las veces que Seba había escuchado alguna vez la tranquilidad en la voz de Nagumo, libre de todo tono bromista o burlón.

—Sí, realmente es bueno ver que solo era algo momentáneo.

—Entonces, ¿por qué tienes cara de no estar feliz? —la pregunta lo descolocó por un momento, más que nada porque no creía que el mayor se daría cuenta. Soltó un leve suspiro, sabiendo que de nada servía mentirle al rey de las mentiras.

—Es sólo… es demasiado bueno para ser cierto, ¿realmente todo en su cabeza volvió a la normalidad? ¿solo fue un susto o una advertencia? ¿volverá a pasar por esto cada mes? —eran las preguntas que más cruzaban por su cabeza y las que más le preocupaban.

¿Qué le aseguraba que mañana Shin no despertara sin recordar quien era él mismo o donde estaba? ¿Qué no sería un peligro para él mismo o el resto a causa del miedo y la confusión de no saber siquiera quien era él mismo?

Nagumo no dijo nada, ni siquiera trató de consolarlo o mentirle diciéndole que todo estaría bien, porque estaba seguro de que él pensaba lo mismo, pero al final ninguno podía hacer nada para adivinarlo o frenarlo.

—Eres un fabricador de armas, ¿no? —el cambió de tema confundió a Seba, pero igualmente le respondió afirmativamente con la cabeza—. Dime, si alguna vez te encuentras con un arma sin dueño y dañada, ¿Qué harías? ¿tratarías de arreglarla o la llevarías con su dueño?

—Trataría de arreglarla.

—¿Y si no puedes arreglarla?

—Creo… que la llevaría con su dueño. No entiendo que tiene que ver con los poderes de Shin.

—Shin no nació pudiendo leer la mente de las personas, es obvio que en algún punto de su vida simplemente adquirió ese poder. Personalmente no sé cómo fue su pasado ni como adquirió esos poderes, pero si realmente quieres ayudarlo puedes empezar buscando más información de una de las pocas personas que seguro saben la historia completa, y ese es Sakamoto —Nagumo le decía eso con su rostro serio, ese que siempre usaba cuando le asignaban misiones especiales y que Seba nunca había presenciado, pero de un momento a otro volvió a adquirir su sonrisa juguetona de siempre—. Pero es solo una idea. Shin es bastante especial, tal vez solo se golpeó la cabeza y no se dio cuenta.

—Oye, ¿qué quieres decir con eso? —Shin había alcanzado a escuchar esa pregunta final.

Seba aprovechó el momento para pensar sobre lo que Nagumo le dijo.

¿En algún punto de su vida Shin había adquirido sus poderes? Seba sabía perfectamente la respuesta de donde, pero no sabía el por qué, ¿Acaso Shin había sido un experimento más del laboratorio? ¿Un arma para la federación que logró escapar? La única persona que sabía esas respuestas, además del propio Shin, era la persona dueña de la tienda, Sakamoto.

El resto del día transcurrió con la rutina normal que se había perdido con el pasar de los días y los problemas. Clientes iban y venían, conversaciones entre ellos, su día, la serie que habían estado viendo o las clases de Natsuki, al mediodía habían aprovechado que el flujo de clientes bajó para saquear la despensa con un par de ramen y bollos mientras veían esa película de la que Shin tanto les había hablado durante toda la semana.

Seba nunca había experimentado esta sensación de pasar el día junto con un grupo de amigos, de sentir que encajaba con varias personas no solo por necesidad o conveniencia, sino porque realmente querían pasar tiempo con él, así se sentía entre Shin y sus dos revoltosos amigos; Lu y Heisuke.

Ambos chicos eran un caso… especial para Seba. Empezando por Heisuke, había escuchado historias del legendario francotirador que le había sacado el primer lugar incluso al mismo Taro Sakamoto. La primera vez que se cruzaron en el laboratorio, él no se había dado cuenta que Heisuke era la misma leyenda que rondaba por los pasillos de la JCC, pero las siguientes veces que comenzó a convivir con él, todas las grandes leyendas que alguna vez había escuchado se esfumaron en un momento mientras veía al feliz chico tropezar con sus propios cordones. Aun así, a pesar de sus primeras impresiones, Seba no tardó en darse cuenta de que más allá del torpe chico, había una gran persona que no guardaba rencores, y a pesar de que Seba lo había apuñalado, Heisuke lo trató con la misma familiaridad como si no hubiera visto a un amigo desde hacía mucho tiempo. Heisuke era buen oyente y un gran consejero, como había descubierto en poco tiempo. A Seba realmente le caía bien.

Lu, por otro lado, la segunda vez que volvieron a cruzarse había tratado de atacarlo, lo cual no la culpaba. Había ido por primera vez de visita a la tienda con Mafuyu, cuando la chica lo interceptó y lo reconoció como “el idiota que me había secuestrado” (en palabras verdaderas de ellas), solo después que Shin interviniera y le explicara la situación, la chica había vuelto a su personalidad alegre de siempre. Aun así, durante sus primeras idas a la tienda, ella siempre se mostraba reservada, como si esperaba que en cualquier momento revelara que estaba ahí para matarlos a todos. El ambiente había sido incomodo durante ese tiempo, pero cuando vio que Sakamoto incluso lo trataba como un igual, ella poco a poco comenzó a convivir más con él, preguntándole cosas básicas de la escuela, de su hermano y sus armas, como si genuinamente quisiera conocerlo más. Seba agradecía el voto de confianza, así que también puso de su parte para que todo fuera más ameno, lo cual había resultado bastante bien porque poco después lo habían agregado al chat grupal que tenían entre ellos para incluirlo a él.

Los dos eran personas interesantes, con sus propias virtudes y debilidades, pero con mucha amabilidad y cariño que dar. Seba podía visualizar perfectamente a Shin como amigos de ellos.

Pero siempre que miraba a los tres, y tal vez era porque Shin es su pareja y él no estaba siendo parcial, algo en la apariencia de Shin siempre resaltaba entre todos, como si fuera un agujero negro en medio del espacio que atraía todo a su alrededor. Tal vez era su sonrisa que cautivaba a todos, o tal vez solo era Seba el que estaba cautivado en esa sonrisa y no podía despegarse de ella.

Cuando dieron las seis de la tarde, todos comenzaron a prepararse para cerrar la tienda. La familia Sakamoto hacía un rato había vuelto a su hogar, pero los adultos los habían dejado a ellos a cargo de la tienda por el momento mientras ellos subían a la casa principal a preparar la cena y a terminar otros deberes pendientes.

Seba, por otro lado, sabía que esa era su oportunidad para hablar con Sakamoto.

Le dijo a Shin que subiría a su cuarto para llamar a Mafuyu para no levantar sospechas, recibiendo una afirmación de entendido de su parte.

Una vez arriba no fue difícil localizar a Sakamoto, quien estaba en la sala ayudando a su hija con la tarea, de fondo podía escuchar a Aoi en la cocina. Era una escena común y tan familiar, algo de lo que Natsuki nunca había sido protagonista y que en el fondo le causaba un poco de envidia.

—¿Necesitas algo, Seba? —la voz de Sakamoto lo sacó de sus pensamientos, dándose cuenta de que ahora él y Hana lo miraban, la niña con una sonrisa mientras lo saludaba con una mano. Él le devolvió el saludo antes de dirigirse al ex sicario.

—¿Podría hablar con usted un momento? —preguntó en cambio. Sakamoto solo lo miró un momento, antes de decirle algo en voz baja a su hija, pero ella pareció entender ya que se dirigió a donde estaba Aoi. Entonces le hizo un gesto a Seba para que se sentara frente a él en la mesa.

Seba tomó asiento, sintiéndose un poco nervioso de repente. Shin admiraba demasiado a Sakamoto y lo quería tanto como un hermano mayor o un padre, y estaba seguro de que Sakamoto veía de igual forma en Shin un hermano pequeño o hijo revoltoso a Shin.

¿Así se sentía pedir la mano de su hija a su suegro? Pero Shin no era mujer.

—¿Es sobre Shin? Escuché que sus memorias habían vuelto a la normalidad. —Sakamoto habló primero, rompiendo un poco la tensa atmosfera. Tal vez se había dado cuenta de su repentino nerviosismo y se apiadó un poco de él.

—Sí, de hecho, es sobre sus poderes. ¿Usted cree que estará bien?

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir… ¿cree que todo estará bien? ¿Qué Shin no volverá a tener problemas con su poder? No sabemos qué es lo que tiene, ni siquiera cómo ayudarlo, nada nos asegura que un día de estos despierte y no recuerde nada, y que pueda volverse una… amenaza, tanto para ustedes como para él mismo. —a Seba le molestaba tratar a su pareja como una amenaza, sabiendo lo suave que podía llegar a ser Shin, pero era la única forma de enfatizar su punto, además sabía que Sakamoto lo entendería.

Sakamoto quedó en silencio, analizando lo dicho con una leve cara de preocupación. Shin no solo había evolucionado sus poderes mentales, sino que su propia fuerza física hacía rato había dejado de ser la misma que la que tenía a los quince años. Si un día olvidaba quién era y dónde estaba, el miedo lo haría actuar a ciegas para tratar de huir y ponerse a salvo, y nadie sabía si en el camino lastimara a alguien accidentalmente.

—¿Qué propones entonces? —Sakamoto le preguntó, ahora con toda su atención.

—Nagumo… él me dijo que Shin había adquirido sus poderes en algún punto de su vida, y soy consciente de dónde fue, pero ahora necesito que me cuente toda la historia sobre Shin y su relación con el laboratorio Okutabi.

Después de unos momentos en silencio, donde Sakamoto ni siquiera lo miraba a los ojos, Seba había comenzado a creer que no le diría nada, y que en cambio él mismo se encargaría de buscar respuestas, lo cual también era una opción viable, pero entonces la voz volvió a romper el silencio.

—Shin me contó la historia ese día después de rescatar a Lu. Obtuvo sus poderes a la edad de seis años, todo a causa de un accidente…

No fue una historia realmente larga, solo lo justo y necesario para entender el contexto, pero igualmente algo se conmovió en su interior al imaginar a un Shin de siete años solo por el mundo y con el sentimiento de ser error. Había creído que sus pasados eran casi iguales, pero la diferencia es que Seba había tenido a alguien por lo que sacrificarse y continuar, pero Shin no lo había tenido hasta muchos años después. Algo en eso dolía.

Solo cuando escucharon la puerta de la casa abrirse, los dos decidieron dejar el asunto ahí para ir a cenar.

Un rato después, cuando ya todos habían cenado y cada uno estaba en su habitación, Seba volvía a repasar las palabras de Sakamoto y Nagumo. Mientras escuchaba la leve respiración de Shin dormido a su lado, Seba pensaba en que ya tenía toda la información que le faltaba, ahora solo seguía la parte más complicada, pero no importaba que tan difícil fuera, igualmente lo haría todas las veces que fueran necesarias para proteger la persona y recuerdos que eran Shin hoy en día.

 

 

<Las pesadillas no lo atacaron esa noche otra vez, pero igualmente volvió a soñar.

No era algún tipo de sueño que haya tenido antes, ni siquiera sabía que estaba soñando hasta que se dio cuenta que no podía ver sus pies. Era como si estuviera flotando en un gran espacio en blanco, perdido en algún punto.

Lo curioso es que era consciente de que estaba soñando, pero por más que intentaba despertar no podía. Entonces cerró los ojos con fuerza, esperando despertar finalmente de su transe, pero cuando los volvió a abrir el paisaje había cambiado.

Ahora estaba sentado en la arena mientras el viento salado le golpeaba el rostro, frente suyo el basto océano se presentaba imponente ante sus ojos. Era un pozo azul gigantesco que se extendía hasta el límite de su visión, pero al mismo tiempo le daba tanta paz por el constante pero leve movimiento de las olas.

No tardó mucho tiempo en darse cuenta sobre qué era su sueño cuando una cabeza rubia se apoyó sobre su hombro.

Esta era la primera cita que había tenido con Shin. Lo recordaba tan bien cómo si hubiera sido ayer.

Shin había estado de visita en su taller durante una de las tantas tardes que iba para molestar a Seba durante su trabajo, le estaba hablando acerca de una película que había visto ese fin de semana con Lu y Heisuke y sobre lo mucho que lo había hecho llorar el final cuando uno de los protagonistas murió después de haber cumplido su sueño de ver el mar junto a su pareja.

Seba se había burlado un poco, ganándose un quejido molesto del rubio, pero en el fondo realmente le había parecido interesante la trama de la película. A partir de ahí nació la idea.

Solo una semana después de organización, pedir permisos y demás, Seba sorprendió a Shin llevándolo a tener su propia cita en la playa.

La mirada sorprendida pero emocionada de Shin había sido una de las que Seba nunca había podido olvidar de sus recuerdos, ver lo emocionado que estaba de poder visitar el mar lo había entusiasmado incluso a él.

Se la habían pasado todo el día jugando en la orilla del mar, hablando de cosas sin sentido y comiendo bocadillos que Seba había preparado esa mañana.

Finalmente, cuando el sol se estaba escondiendo, los dos habían decidido tomar un descanso mirando el atardecer.

En sus sueños, él estaba recordando esos últimos minutos de su día, sintiendo la cálida presencia de Shin a su lado.

Durante ese mismo momento, Shin le había dicho las palabras que cambiarían el rumbo de su vida.

—Creo... que quiero pasar el resto de mis días contigo. >

 

Natsuki sabía, incluso antes de abrir sus ojos, que algo iba terriblemente mal.

De la misma forma que habían dormido la noche anterior uno de sus brazos rodeaba el cuerpo de Shin en un medio abrazo, sujetándolo cerca de su cuerpo. Gracias a ese contacto entre sus cuerpos fue que se dio cuenta que el cuerpo de Shin comenzaba a tensarse, mientras un aura cada vez más pesada asolaba la habitación.

No entendía lo que estaba pasando, ¿acaso un enemigo se había metido a la casa? ¿le había sucedido algo a alguien?

Abrió los ojos mientras su cuerpo se ponía en alerta, listo para pelear si fuera necesario. Iba a preguntarle a Shin que sucedía, pero entonces el cuerpo entre sus brazos se zafó en un momento, alejándose lo más que pudiera de él, como si sus brazos fueran brazas encendidas y lo hubieran quemado.

Seba realmente no entendía, quería preguntarle a Shin cuál era el problema, pero en cuanto vio la expresión que Shin le dirigía entendió que el problema era él.

—¡¿Qué mierda haces, bastardo invisible?! —la voz alta y enojada de Shin dirigida a él no era una de la que no había sido testigo, pero que vuelva a ser dirigida a él junto con su expresión en una mezcla de furia, confusión y recelo era suficiente para sentir que el corazón de Seba era apretado desde su interior, como si alguien tratara de arrebatárselo de su cómodo lugar en su pecho.  

Shin lo había olvidado.

Se levantó despacio de la cama, con sus manos en alto para tratar de mostrarle a Shin que no era una amenaza.

—Déjame explicarte. —habló con la voz más baja y tranquila que pudo encontrar dentro de sí en ese momento, pero Shin seguía retrocediendo, como si fuera un animal herido tratando de alejarse de su depredador.

—¿Explicarme qué? ¿Qué haces aquí? ¿Qué hacemos aquí y no en el laboratorio?

El laboratorio. La mente de Shin estaba de vuelta en ese día, durante su primer encuentro.

Tenía que ser una broma de la vida, una mala pasada que le estaba tomando el destino. Cuantas eran las posibilidades de que hace solo unas horas ellos hayan tenido una tarde tranquila y ahora estén de regreso a esos terribles días.

Seba Natsuki odiaba las bromas.

—Escucha, sé que me ves como tu enemigo, pero juro que no lo soy.

—¿Qué no eres mi enemigo? ¿Me estás tomando el pelo? —con cada palabra el enojo de Shin más crecía, y sabía que solo era cuestión de tiempo hasta que atacara.

Lo que menos quería era volver a pelear con Shin. Nunca se perdonaría si volviera a lastimarlo.

—No te estoy mintiendo, solo… déjame explicártelo todo, Shin.

Algo en la mirada de Shin pareció flaquear, como si realmente quisiera creer sus palabras, pero, así como apareció se esfumó, volviendo otra vez su rostro a tomar una expresión de enojo y determinación. Seba solo tuvo un momento para protegerse antes de que una patada volara a su torso, mandándolo a volar contra la pared detrás suyo.

El aire de sus pulmones se había esfumado, y en ese momento se lamentó no traer consigo su traje de invisibilidad. Aunque lo aliviaba un poco el hecho de saber que Shin no recordara el guante que le había dado, porque de ser así esta pelea sería aún más complicadas para Seba.

Una mano sujetó el frente de su camisa, levantándolo de vuelta solo para volver a tirarlo al suelo, pero esta vez Shin estaba encima suyo sujetando uno de sus brazos tras su espalda, reteniéndolo en el suelo.

¿En qué momento Shin se había hecho tan fuerte? Seba no era alguien débil, pero seguía prefiriendo el combate a distancia antes que cuerpo a cuerpo.

Un quejido salió de sus labios cuando Shin tiró un poco más de su brazo.

—¿Dónde está Lu? ¿Por qué estamos en mi habitación? ¡Responde!

¿Qué debía responderle? ¿Qué ya no estaban en el laboratorio salvando sus vidas? ¿Qué ya habían pasado muchos meses desde ese suceso? ¿Qué su mente estaba fallando y lo estaba haciendo olvidar momentos importantes de su vida, como por ejemplo que él era su pareja y no su enemigo?

El desconcierto, la tristeza y el sabor amargo se mezclaban en la cabeza de Seba, bloqueándolo para poder formular una pregunta coherente.

¿Por qué de todas las personas, justo Shin tenía que olvidarlo a él? ¿Por qué justo sus recuerdos eran los que sus poderes habían decidido que debía borrar de su memoria? Todos los buenos días de convivencia, sus momentos de amistad, conciliación, caballería y sobre todo su amorío se esfumaron de la cabeza de Shin, pero seguían latiendo dentro de la cabeza de Seba.

¿Qué debía hacer si la persona más importante para él, la que tanto añoró y le dedico todo su amor, ahora no lo recordaba ni a su relación?

En ese momento la puerta de la habitación se abrió de golpe.

—¿Shin? ¿Qué sucede? —la voz de Sakamoto llegó a los oídos de Seba, y gracias a la posición en la que estaba Shin sobre él podía sentir que un poco de la tensión se aliviaba de su cuerpo.

—¡Señor Sakamoto! ¿Qué hacemos aquí? ¡Tenemos que volver al laboratorio y recatar a Lu!

A pesar de que Seba desde su lugar no podía ver el rostro de Sakamoto, podía asegurar que su expresión era de malestar y entendimiento al mismo tiempo. Tampoco podía escuchar sus pensamientos, pero no debía ser adivino para saber que Sakamoto estaba pensando en la misma conclusión a la que los dos habían llegado ayer.

La mente de Shin iba en decadencia.

—Escucha, Shin, sé que es difícil de explicar, pero ya no estamos en el laboratorio. De eso ya pasaron meses.

—¿Qué? —el desconcierto en la voz de Shin era palpable— Pero, Lu…

—Ella está bien, la rescatamos, y todos los enemigos que tomaron el laboratorio fueron eliminados. —Seba no podía verlo, pero sabía que la mirada de Shin y Sakamoto estaban sobre él como una obvia pregunta—. Sé que ahora mismo vez a Seba como tu enemigo, pero no lo es.

—No puede ser, esto… esto debe ser alguna trampa, alguna vacuna de ese loco del primer piso. —la mano que sujetaba su brazo poco a poco perdía fuerza en su agarre. Seba podía ver desde el rabillo de su ojo como Shin llevaba su otra mano a su cabeza tratando de sujetarla, pero al final solo descansaban sobre su cabello, sin entender la situación frente a él.

Los pasos de Sakamoto se acercaban a donde estaban ellos, arrodillándose frente a Shin.

—Puedes leer mis pensamientos, hazlo y dimes que ves.

Shin debió haber acatado a la petición, porque poco después el leve agarre sobre su brazo desapareció, dejándolo solo con el fantasma de la sensación de su agarre.

—Yo… nos veo a nosotros, yo hablaba al revés por culpa de ese idiota del primer piso.

—¿Qué más?

—Después yo estoy peleando con el bastardo invisible, no puedo verlo, pero puedo leer sus pensamientos. Heisuke apareció en algún momento, y nosotros… ganamos.

—Sigue

—Llegué a tiempo para rescatar a Lu, ella se disculpó por haber sido mala, todo está derrumbándose y yo ayudo a los científicos a escapar, también… ayudo a escapar al bastardo invisible. Todos nos vamos a casa después de eso, y festejamos que todos estemos bien.

—¿Ves? Ya no estamos en el laboratorio, y Seba no es tu enemigo. —la voz tranquila de Sakamoto lograba calmar los nervios en la habitación.

—Pero, no entiendo, ¿Por qué esta él en mi habitación? ¿Por qué estábamos durmiendo juntos y él… abrazándome?

El leve inició de la vergüenza se asomaba en su voz y Seba no podía culparlo, para Shin debió haber sido una amenaza despertar con el ultimo recuerdo de Seba siendo su enemigo y tratando de matarlo para después despertar y ver a ese mismo enemigo durmiendo con él y con sus brazos rodeándolo.

—Eso… es un poco más complicado de explicar, y estoy seguro de que Seba te lo explicará con mayor detalle.

Shin miró de vuelta a Seba, con la duda en su mirada todavía. Seba podía entenderlo, pero eso no significaba que doliera menos ver que Shin lo trataba como un extraño más.

En ese momento dos nuevas cabezas se asomaron por la puerta.

—¿Shin, Seba? ¿Qué está pasando aquí? —la voz llena de confusión de Lu llegó a los oídos de los tres.

Shin finalmente dejó su lugar sobre Seba, dirigiéndose a dónde estaban sus amigos y, para sorpresa de ambos, los atrajo en un abrazo.

—Estoy feliz de que estén bien, chicos.

Ni Lu ni Heisuke entendían del todo la situación, pero solo bastó un movimiento de cabeza de Sakamoto para que entendieran que la mente no Shin otra vez estaba fallando.

Seba se dejó caer sobre su espalda mientras soltaba un largo suspiro. Iba a ser un largo día.

Durante el trascurro del día Shin había escuchado con demasiada atención la explicación que todos le daban sobre lo qué había sucedido después de los acontecimientos del laboratorio, sorprendiéndose de todo por lo que había pasado esos meses, aunque seguía manteniendo su distancia con Seba, como si creyera que en algún momento volvería a ponerse su traje de invisibilidad y los atacaría a todos. Pero, aun así, realmente estaba sombrado por la cantidad de cosas que había borrado su memoria, y hasta lamentaba no poder recordar nada.

Seba se había mantenido al margen, pues él no era el indicado para explicar todo lo que había sucedido en su vida, además que su estado de animo no era realmente el mejor, la tristeza asolaba en el fondo, pero se negaba a dejarla salir, sabiendo que no serviría de nada en esta situación. Lu en algún momento se había acercado a él y le había dado una suave palmada en el hombro, mostrándole todo su apoyo.

Cuando el reloj marcó las tres de la tarde, Seba aprovechó para tomarse un descanso de su turno.  A esa hora el movimiento de clientes bajaba un poco, pero no faltaría mucho para que vuelva a ser el de siempre por todos los chicos que comenzaban a salir de la escuela. Tomó una bebida del refrigerador y se fue a un costado de la tienda, queriendo distraerse un momento.

Miraba el cielo lleno de nubes, una señal de que en cualquier momento podía comenzar a llover. Se preguntó que estaría haciendo Mafuyu, si todavía estaba en clases, o si la estaba pasando bien en casa de Toramaru. La respuesta obvia era que sí, pero Mafuyu era un poco orgulloso y se negaba a admitir que disfrutaba pasar el tiempo con sus amigos. Tal vez, después de que todo esto pasara, le diría a su hermano para ir a comprar esas crepes que tanto le gustaban.

El ambiente sin turbulencias no había durado mucho, pocos minutos después una figura apareció a su lado, distanciado solo por unos cuantos pasos entre ellos. La segunda persona tomó asiento, recostando su espalda contra la pared de la misma forma en la que Seba se encontraba.

Ninguno dijo nada, Shin no sabía por dónde empezar a preguntar, y Seba realmente no quería responder mucho, a pesar de que era la mejor manera para ganarse la confianza de Shin, pero él no quería ganarse su confianza, él quería a su novio de siempre de vuelta.

Se quedaron unos minutos así en silencio, y Seba por un minuto se permitió cerrar los ojos y creer que todo volvía a la normalidad, que Shin no había olvidado quién era y que nada de eso estaba pasando, que los dos disfrutaban su tiempo libre hablando de sus planes para vacaciones, de sus proyectos a futuro juntos. Pero cuando Shin habló, volvió a la dura realidad.

—Todos me hablaron sobre estos meses olvidados de mi memoria, las cosas que hice y las personas que conocí, y realmente puedo imaginarme a mí mismo pasando por todas esas situaciones, pero… ¿dónde apareces tú? ¿Qué pasó desde ese día en el laboratorio hasta hoy? —la pregunta obvia no había salido de sus labios, pero no necesitaba decirla para que Seba supiera.

¿Por qué estabas abrazándome esta mañana?

—Es bastante complicado de explicar.

—¿Lo es, realmente?

No, no lo era. Pero algo en el pecho de Seba dolía por tener que explicar todo.

—Nosotros… nos hicimos amigos. Durante el ingreso a la JCC conociste a mi hermano, y después me conociste a mí. La JCC fue invadida, y nosotros unimos fuerzas para derrotar a los miembros de Slur.

—Sakamoto me explicó un poco sobre eso. Durante ese tiempo conocí a una tal Akira, y otros más.

—Sí, fuimos un grupo un poco raro, pero realmente supimos combinar nuestras habilidades y potenciar nuestras debilidades —la imagen de la profesora Satoda pasó por su cabeza, trayéndole un sentimiento de nostalgia—. Ahí fue cuando me enteré de que mi hermano fue secuestrado por X, o Slur, pero tú… me prometiste que lo traerías a salvo. —su voz salió más débil de lo que le hubiera gustado, pero sabía que el otro lo había escuchado claro.

—¿Y lo hice?

—Sí, lo hiciste. Salvaste a mi hermano de su muerte… y también me salvaste a mí, en más de un sentido.

Las palabras con doble sentido resonaban en el vacío callejón. Podía sentir la mirada de Shin en su persona, pero no quería mirar esos profundos huecos sabiendo que Shin no lo miraba como su novio, sino como una persona con la que tenía historia.

—¿Que pasó después? —Shin preguntó en voz baja, como si le faltara el aliento.

—Nosotros… comenzamos a vernos más de seguidos. Me molestabas demasiado en mi taller, realmente me exaltaba tu presencia porque solo ibas a perder el tiempo y hacerme perder tiempo a mí, pero después de un tiempo comencé a extrañarla, a extrañarte. Cuando te ibas, te llevabas una parte de la luz del cuarto y me dejabas en las penumbras. Después comencé a buscarte yo, primero con excusas, después con verdades a medias, y finalmente con mi corazón. No quería que te fueras de mi lado, y tú tampoco querías irte. Nos habíamos acostumbrados uno al otro.

El silencio pesado resonaba en los oídos de Seba, como una radio que hacía interferencia. Pero no era un silencio incomodo, sino más bien un silencio de compresión, como si todo comenzara a encajar en su lugar.

—¿Nosotros… éramos felices? —la pregunta genuina de Shin trajo una pequeña sonrisa a Natsuki.

—Fuimos los más felices.

Esa fue suficiente respuesta para Shin, quien no volvió a decir nada más.

Las siguientes horas pasaron en tranquilidad, los dos haciendo su trabajo casi de memoria. Shin no le había vuelto a pedir explicaciones, pero tampoco rehuía a su presencia, sino más bien la buscaba, como si estar cerca de Seba le traería de vuelta esos sentimientos tan profundos que Seba decía tener alojado en el fondo de su pecho, escondidos o resguardados. A Seba no le molestaba que Shin se la pasara siguiéndolo por toda la tienda, en realidad hasta le traía una pequeña sensación de deja vú, como cuando Shin lo visitaba las primeras veces y lo seguía por todo el taller, sin la total confianza de explorar por su cuenta el lugar.

La hora de la cena había sido más tranquila que otras veces, todos tratando que Shin se acostumbrara a la carga de información que había tenido durante el día. Al final, él fue el primero en retirarse.

Ahora estaba acostado sobre su espalda en el futón donde antes dormía Heisuke, pero ahora el desplazado había sido él, escuchando como Heisuke soltaba leves ronquidos desde la cama a un lado de Shin. Se quedó despierto un largo rato, incluso hasta que los grillos de afuera se habían callado y el único ruido eran los truenos que se escuchaban desde lejos.

El sueño no lo acechaba, y por su cabeza un solo pensamiento rondaba por sus paredes, y esas eran las palabras de Nagumo.

Busca al dueño del arma. Busca al que le había dado los poderes a Shin.

No había otra forma.

En silencio, tomó prestada una de las mochilas que Shin tenía en su habitación y puso un par de sus prendas ahí, después pasó a la cocina y tomó un poco de comida que encontró en los estantes para los siguientes días. Después se disculparía con Sakamoto.

Estaba por tomar la puerta de la entrada cuando una voz lo alertó.

—¿Estás seguro de lo que harás? —la voz baja de Sakamoto lo hizo dar vuelta. El de anteojos no lo veía con reproche ni mucho menos enojo, sino más bien con el leve inicio de la preocupación.  

—Es la única forma. Haría lo que fuera para que Shin vuelva a ser él mismo.

Esperaba que Sakamoto le dijera que no sea imprudente y que esperara a que alguien más lo ayude, pero sus palabras lo sorprendieron.

—Ten cuidado y abrígate bien. —fue lo único que le dijo, provocándole un leve sentimiento de melancolía a Natsuki.

—Vuelvo pronto.

Con eso dicho, bajó las escaleras y desapareció por las oscuras calles, con la mirada de Sakamoto fija en su espalda hasta que su figura ya no era visible.

La mañana siguiente, cuando Shin despertó y no vio a Seba durmiendo en el futón, un extraño sentimiento floreció en su pecho. No podía explicarlo, pero era como una sensación de ausencia, de que algo faltaba dentro de sí.

 

Al tercer día, su laguna mental no había desaparecido. Tampoco había vuelto a tener noticias o rastros de Natsuki.

Algo le agobiaba en su pecho, como si estuviera preocupado y temeroso de no volver a ver a Seba, a pesar de saber que era prácticamente un desconocido para él.

Aun así, Shin realmente esperaba volver a verlo pronto.