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Besar a un ángel | Guapoduo

Summary:

El hermoso y caprichoso Roier De Luque puede ir a la cárcel o casarse con el misterioso hombre que le ha elegido su abuelo. Los matrimonios concertados no suceden en el mundo moderno, así que... ¿Cómo se ha metido Roier en este lío?

Cellbit Balanar, tanto serio como guapo, no tiene la menor intención de hacer el papel de prometido amante de un consentido cabeza hueca. Aparta a Roier de su vida llena de comodidades, lo lleva de viaje con un ruinoso circo y se propone domarlo.

Pero este hombre sin alma ha tropezado con un chico que es todo corazón. No pasará demasiado tiempo hasta que la pasión los lance desde las alturas sin redes de seguridad... ¿lo arriesgaran todo en busca de un amor que dure para siempre?

Notes:

Esta es una adaptación editada del libro "Besar a un Ángel" de la autora Susan Elizabeth Phillips.

Chapter 1: La boda

Summary:

"Yo, Roier..." tragó saliva "te tomo a ti, Cellbit..." volvió a tragar saliva "Como mi horrible esposo."

Chapter Text

Roier De Luque había olvidado el nombre de su novio.

—Yo, Roier, te tomo a ti...— Se mordisqueó el labio inferior. Su abuelo los había presentado unos días antes, aquella terrible mañana cuando los tres habían ido a buscar la licencia matrimonial. Después, su prometido se había esfumado y no lo había vuelto a ver hasta hacía sólo unos minutos, en la finca que su abuelo poseía al oeste del Río Támesis, cuando había bajado a la sala donde ese mediodía estaba celebrándose aquella apresurada boda.

Roier casi podía sentir la enérgica desaprobación de su abuelo, que se encontraba a su espalda, pero eso no era nada nuevo para él. Lo había decepcionado incluso antes de nacer y no importaba cuanto lo hubiera intentado, nunca había conseguido que cambiara de opinión sobre su nieto. Se arriesgó a mirar de reojo al novio que el dinero de su abuelo había comprado. Un semental. Un auténtico semental de estatura imponente, unos dos centímetros más alto que el mismo Roier, pero que parecían mucho más alto por su constitución fibrosa y esos extraños, pero desafiantes ojos color azul. Al padre de Roier le habría encantado.

Vegetta había muerto el año anterior, en el incendio de un yate cuando dormía en brazos de una estrella de rock de veinticinco años. Roier ya podía pensar en su padre sin sentir dolor y sonrió para sus adentros al darse cuenta de que el hombre que estaba junto a él hubiera sido demasiado mayor para Vegetta. Debía rondar los treinta y cuatro años y su padre solía fijar el límite en veintinueve. Tenía el cabello lacío y rubio cenizo, su cabello largo y rebelde le daba un toque salvaje y unos rasgos cincelados que harían que su cara pareciera demasiado bella si no fuera por la mandíbula firme y el ceño amenazador. Los hombres que poseían ese brutal atractivo habían atraído a Vegetta, pero Roier los prefería más maduros y conservadores. No por primera vez desde que la ceremonia había comenzado, deseó que su abuelo hubiera escogido a alguien menos intimidante.

Intentó tranquilizarse recordándose que no iba a tener que pasar más que unas pocas horas con su nuevo marido. Todo acabaría en cuanto tuviera oportunidad de exponerle el plan que se le había ocurrido. Por desgracia, el plan conllevaba romper unos votos matrimoniales que él consideraba sagrados y, dado que no solía tomarse sus promesas a la ligera -en especial los votos matrimoniales-, sospechaba que eran los remordimientos de conciencia la causa de su bloqueo mental. Empezó de nuevo, esperando que el nombre le viniera a la mente.

—Yo, Roier, te tomo ti...— la voz de Roier se apagó. El novio en cuestión no le dirigió ni una simple mirada y, por supuesto, tampoco intentó ayudarlo. Permaneció con la vista al frente, y las inflexibles líneas de aquel duro perfil le provocaron a Roier un cosquilleo en la piel. El hombre acababa de formular sus votos, así que tenía que haber pronunciado el dichoso nombre, pero la dureza en su voz no había traspasado la parálisis mental de Roier y no se había enterado.

—Cellbit— masculló su abuelo detrás de él, y Roier pudo deducir por el tono de su voz que apretaba los dientes otra vez. Para haber sido uno de los mejores diplomáticos de Inglaterra no se podía decir que tuviera demasiada paciencia con él. Roier se clavó las uñas en las palmas de las manos, diciéndose que no tenía otra alternativa.

—Yo, Roier...— tragó saliva —te tomo a ti, Cellbit...— volvió a tragar saliva —Como mi horrible esposo.

Hasta que no escuchó la exclamación de Elena, la esposa de su abuelo, no se dio cuenta de lo que había dicho. El semental volvió la cabeza y lo miró. Arqueaba una ceja oscura con leve curiosidad, como si no estuviera seguro de haber oído correctamente. «Mi horrible esposo». El peculiar sentido del humor de Roier tomó el control y sintió que le temblaban los labios. Cellbit alzó las cejas, y esos ojos profundos lo miraron sin una pizca de diversión. Resultaba evidente que el semental no compartía sus problemas para contener una risa inoportuna. Tragándose la histeria que crecía en su interior, Roier miró rápidamente hacia delante sin disculparse. Al menos una parte de aquellos votos había sido honesta porque el otro hombre, sin duda, sería un esposo horrible para él. Finalmente, el bloqueo mental desapareció y el apellido del novio irrumpió en su mente. Balanar. Cellbit Balanar. Era otro de los tantos colegas brasileños de su abuelo.

Como antiguo embajador en Brasil, abueloier, como solia llamarlo Roier a los 4 años, o Gerardo De Luque-Barrenechea, tenía infinidad de conocidos en la comunidad inglesa-brasileña, tanto allí, en Inglaterra, como en Brasil. La gran mano del novio tomó la de Roier, que era un poco más pequeña, y él sintió la fuerza que poseía cuando le puso la sencilla alianza de oro en el dedo.

—Con este anillo, yo te desposo— dijo él con voz severa e inflexible. Contempló el sencillo aro con momentánea confusión. Por lo que podía recordar, acababa de entrar en lo que Vegetta denominaba la fantasía del amor: el matrimonio. Y lo había hecho de una manera que nunca hubiera imaginado posible.

—... Por el poder que me otorga el estado de Inglaterra, los declaro marido y... marido.

Roier se tensó mientras esperaba que el juez Sapopeta invitara al novio a besar al otro. Cuando no lo hizo, supo que había sido una sugerencia de Gerardo para ahorrarle la vergüenza de verse forzado a besar esa hosca y recia boca. No entendía como su abuelo había pensado en ese detalle, que sin duda se les había pasado por alto a todos los demás. Aunque no lo admitiría por nada del mundo, Roier desearía haberse parecido más a él en ese aspecto, pero si no era capaz de encargarse él solo de los acontecimientos más importantes de su vida, ¿Cómo iba a ocuparse de unos simples detalles?

Sin embargo, detestaba sentir lástima de sí mismo, de modo que apartó a un lado ese pensamiento mientras su abuelo se acercaba a él para abrazarlo fríamente como remate de la ceremonia. Esperaba alguna palabra de afecto, pero tampoco se sorprendió al no recibirla. Incluso consiguió no sentirse dolido cuando él se apartó. Gerardo señaló al misterioso novio, que se había acercado a las ventanas que daban al Río Támesis. Los había casado el juez Sapopeta. Los otros testigos de la ceremonia eran el chófer, que había desaparecido discretamente para atender sus deberes, y la esposa de su abuelo, Elena, que destacaba entre los demás con aquel cabello gris y aquella característica voz ronca.

—Felicidades, cariño. Forman una bonita pareja Cellbit y tú. ¿No te parece, Gerardo?— sin esperar respuesta, Elena abrazó a Roier, envolviéndolos a los dos en una nube de perfume almizcleño.

Elena simulaba sentir un cariño sincero por el nieto ilegítimo de su esposo, y aunque Roier era consciente de los verdaderos sentimientos de la dama, reconocía su mérito guardando las apariencias. No debía de ser fácil para ella enfrentarse a la prueba viviente de uno de los tantos actos irresponsables que Vegetta, hijo de su esposo había cometido en su vida, incluso aunque este hubiera ocurrido veintiséis años antes.

—No sé por qué has insistido en ponerte ese traje, cariño. Sería perfecto para una fiesta, pero no para una boda— la mirada crítica de Elena evaluó con severidad el caro traje crema adornado con pequeños toques dorados de Roier.

—Es casi blanco.

—El crema no es blanco. Y es demasiado brillante.

—La chaqueta es muy discreta— señaló Roier, alisando las solapas de la prenda de raso color crema que le caía hasta la parte superior del muslo.

—Una cosa no tiene nada que ver con la otra. ¿No podías haber seguido la tradición y ponerte algo blanco? ¿O haber escogido al menos algo de seda?

Ya que ése no iba a ser un matrimonio de verdad, Roier pensaba que, de haber tenido en cuenta la tradición, se estaría recordando a sí mismo que estaba vulnerando algo que debería haber sido sagrado.

Incluso se había quitado el adorno que Elena le había colocado en el bolsillo del traje, aunque ésta se lo había vuelto a colocar en el mismo lugar poco antes de la ceremonia. Sabía que Elena tampoco aprobaba los zapatos marrones, que no encajaban para nada con su atuendo. Eran terriblemente incómodos, pero al menos era imposible confundirlos con unos zapatos tradicionales de raso.

—El novio no parece feliz— susurró Elena —No me sorprende ¿Por qué no tratas de evitar decir alguna otra tontería por ahora? Y te lo digo en serio, haz algo con respecto a esa molesta costumbre que tienes de decir lo que piensas— Roier apenas pudo reprimir un suspiro.

A pesar de ser un hombre, la familia de su abuelo no lo había criado como tal, siempre fue tratado con delicadeza, lo que incluía entre otras cosas, el mantener su opinión encerrada en su cabeza, él poseía el deber de no compartirla con el resto a menos que se le pregunte. Elena nunca decía lo que pensaba en tanto que Roier casi siempre lo hacía, y tal alarde de sinceridad molestaba a la esposa de su abuelo. Pero él no era capaz de actuar con hipocresía. Tal vez fuera porque eso era lo único que sus padres tuvieron en común cuando ambos vivían. Dirigió una mirada furtiva a su nuevo marido y se preguntó cuánto le habría pagado su abuelo para que se casara con él. La parte más irreverente de Roier se moría por saber cómo se había efectuado la transacción. ¿Dinero en efectivo? ¿Un cheque? «Perdón, Cellbit Balanar, ¿Acepta transferencia bancaria?» Mientras observaba al novio declinar una mimosa de la bandeja que le había tendido una de las empleadas, intentó imaginar lo que él estaría pensando.

«¿Cuánto tiempo más debo esperar antes de poder sacar al mocoso de aquí?» Cellbit echó un vistazo a su reloj. Otros cinco minutos más, decidió. Observó cómo el sirviente que pasaba con la bandeja de bebidas se paraba a adularlo. «Disfrútelo, señorito. Pasará mucho tiempo antes de que pueda volver a hacerlo.»

Mientras Gerardo le mostraba al juez un samovar antiguo, Cellbit contempló las piernas de su nuevo esposo, a pesar de no estar expuestas ante todo el mundo pudo notar que eran fuertes y bien proporcionadas, lo cual le hizo preguntarse si el resto de ese cuerpo masculino, oculto por su atuendo al cual él le llama traje, sería igual de tentador. Pero ni siquiera el cuerpo de una sirena lo compensaría de tener que casarse a la fuerza. Recordó la última conversación que mantuvo con el abuelo de Roier.

—Es maleducado, atrevido e irresponsable— había dicho el Señor De Luque-Barrenechea —Su padre fue una mala influencia para él. No creo que Roier sepa hacer algo útil. Por supuesto, no es todo culpa suya. Su madre tampoco fue un mejor ejemplo a seguir, era un músico muerto de hambre que cantaba en los peores bares de Londres, encontró la muerte en uno de ellos, además, Roier estuvo pegado al pantalón de su padre hasta que él murió. Es un milagro que no estuviera a bordo del barco la noche que se incendió. Tienes que tener mano dura con mi nieto, Cellbit, o te volverá loco.

Lo poco que Cellbit había visto de Roier hasta ahora no le había hecho dudar de las palabras de Gerardo. Su padre, Vegetta, había sido un arquitecto ingles reconocido hacía treinta años. Como los polos opuestos se atraen, Vegetta y Rubí habían tenido una aventura amorosa cuando se conocieron brevemente en un bar donde tocaba el hombre; Roier era el resultado.

Gerardo le había asegurado a Cellbit que había obligado a la chica del bar a casarse con su hijo a pesar de no ser un buen partido, con la simple razón de no deshonrarla, puesto que el mundo en el que se desempeñaba la familia De Luque-Barrenechea era de muy mal gusto ver a una madre soltera, pero ella se había negado a sentar cabeza, Vegetta también parecía reacio a la idea de contraer matrimonio. No obstante, Rubí había participado activamente en la crianza de su hijo, el poco dinero que ganaba cantando estaba destinado a gastarlo en Roier, aunque la familia De Luque-Barrenechea era millonaria, sólo por ese acto, Rubí se había ganado una minúscula fibra de respeto por parte de Gerardo, hasta que fue asesinada en el bar donde trabajaba cuando Roier tenía 15 años.

Por otra parte, cuando la carrera de Vegetta había comenzado a desvanecerse, se había convertido en asiduo de fiestas y saraos. Y donde quiera que él fuera, Roier lo acompañaba. Ciertamente, Gerardo nunca se había involucrado directamente en la crianza de su nieto y dejó que su hijo lo criara como si fuera un muñeco hasta el fin de sus días, momento que como única familia que le quedaba al chico, tuvo que intervenir. Al menos Vegetta había tenido una profesión, y Rubí una pasión, pensó Cellbit, pero Roier no parecía haber hecho nada útil en la vida.

Mientras miraba a su nuevo esposo con más atención, observó algún parecido con Vegetta. Tenían el mismo color de pelo, café y obscuro como chocolate puro, y sólo las personas que salían de casa podían tener esa tez acaramelada. Sus ojos eran de un café intenso y embriagador. Pero Roier era más alto que su padre, no más que Cellbit por supuesto, tenía el maxilar definido, hombros anchos y las curvas de su espalda que conducían a su estrecha cintura era una clara señal de que la silueta de su cuerpo podría encajar a la perfección entre sus brazos. Por lo que recordaba de viejas fotos, el perfil de Vegetta había sido masculino, mientras que el de su hijo era mucho más suave, especialmente en la nariz respingona y en aquella boca rosada y absurdamente dulce.

Según Gerardo, Vegetta tenía un carácter fuerte, pero era corto de entendederas, otra cualidad que él pequeño cabeza hueca con él que se había casado parecía haber heredado. Mientras que Rubí, tan libre como un pájaro, siempre tenía buen humor, era suave con su hijo y absurdamente apasionado por todo tipo de arte, desde la música y matemáticas hasta la poesía y baile. Por ello, Roier no era exactamente él típico chico bonito y tonto -era demasiado culto para eso-, pero a él no le costaba imaginárselo como el caro juguete sexual de un hombre rico.

Cellbit siempre había elegido con cuidado a sus compañeros de cama, y aunque le atraía ese atractivo cuerpo, prefería otro tipo de personas, que fuera algo más que un gran trasero. Le gustaba que fueran inteligentes, ambiciosos e independientes y que no se guardaran nada para sí mismos. Podía respetar que lo mandaran a la mierda, pero no tenía paciencia con lloriqueos y pataletas. El mero hecho de pensar en eso hacía que le rechinasen los dientes. Al menos tenerlo bajo control no sería un problema. Miró a su esposo y curvó una de las comisuras de la boca en una sonrisita sardónica.

«La vida tiene maneras de poner a los pequeños chicos ricos y mimados en el lugar que les corresponde. Y, nene, eso es lo que te acaba de pasar.»

Al otro lado de la habitación, Roier se detuvo delante de un espejo antiguo para mirarse. Lo hacía por costumbre, no por vanidad. Para Vegetta, la apariencia lo era todo. Consideraba que llevar el rímel corrido era peor que un holocausto nuclear. El nuevo corte de pelo de Roier, corto por la nuca y un poco más largo por arriba, era ligero, juvenil y delicado. A él le había encantado desde el principio, pero le había gustado aún más esa mañana, cuando Elena había protestado sobre lo inadecuado que era ese estilo para una boda. Sujetó uno de sus mechones castaños rebeldes que cayó por su frente y una vez más adoró el corte. Roier vio acercarse a su novio por el reflejo del espejo. Compuso una sonrisa educada y se dijo a sí mismo que todo saldría bien. Tenía que ser así.

—Toma tus cosas, cara de ángel. Nos vamos— a él no le gustó ni un ápice aquel tono de voz, pero había desarrollado un talento especial para tratar con personas difíciles y lo pasó por alto.

—Nina está haciendo falafel para el convite de bodas, pero no está listo aún, así que tendremos que esperar.

—Me temo que no. Tenemos que tomar un avión. Tu equipaje ya está en el coche— necesitaba más tiempo. No estaba preparado para estar a solas con él.

—¿No podemos tomar un vuelo más tarde, Cillian? Odio decepcionar a Nina. Es una joya y hace unos desayunos maravillosos.

Aunque la boca del hombre se había curvado en una sonrisa, los ojos parecieron taladrarlo. Eran de un inusual color claro que le recordaba a algo vagamente estremecedor. Aunque no podía recordar lo que era, ciertamente lo inquietaba.

—Mi nombre es Cellbit, y tienes un minuto para llevar ese dulce culo tuyo hasta la puerta— a Roier le dio un vuelco el corazón, pero antes de que pudiera reaccionar, el hombre le dio la espalda y se dirigió a los otros tres ocupantes de la habitación con voz tranquila pero autoritaria —espero que nos disculpen, pero tenemos que tomar un avión— Elena dio un paso adelante y le dirigió a Roier una maliciosa sonrisa.

—Vaya, vaya. Alguien está impaciente por celebrar la noche de bodas. Nuestro Roier luce apetecible, ¿verdad?— de repente, a Roier se le fueron las ganas de comer el falafel de Nina.

—Me cambiaré de ropa— dijo.

—No tienes tiempo. Estás bien así.

—Pero...— la firme mano de Cellbit se posó en su espalda baja y lo empujó resueltamente hacia el vestíbulo.

—Supongo que ésta es tu mochila— ante el asentimiento de Roier tomo la mochilita de marca de la mesita dorada y se lo tendió. Justo entonces, el abuelo de Roier y su esposa se acercaron para despedirse. Si bien él no pensaba llegar más allá del aeropuerto, quiso escapar del contacto de Cellbit que lo conducía hacia la puerta. Se volvió hacia su abuelo y se odió a sí mismo por el leve tono de pánico en la voz.

—Tal vez tú podrías convencer a Cellbit de que nos quedemos un poco más, abuelo. Apenas hemos tenido tiempo de hablar.

—Obedécele, Roier. Y recuerda que ésta es tu última oportunidad. Si me fallas ahora, me lavo las manos. Espero que hagas algo bien por una vez en tu vida.

Hasta ahora, siempre había soportado las humillaciones de su abuelo en público, pero ser humillado delante de su nuevo marido era demasiado vergonzoso y Roier apenas consiguió enderezar los hombros. Levantando la barbilla, dio un paso delante de Cellbit y salió por la puerta.

Se negó a sostener la mirada de su esposo mientras esperaban en silencio el ascensor que los llevaría al vestíbulo. Segundos después, entraron. Las puertas se cerraron sólo para abrirse en la planta siguiente y dar paso a una mujer mayor con un pequinés color café claro. De inmediato, Roier se encogió en un rincón del ascensor, pero el perro lo divisó. Enderezó las orejas, emitió un ladrido furioso y saltó. Roier ahogó un grito mientras el perro se abalanzaba sobre sus piernas y le desgarraba los pantalones.

—¡Quieto!— el perro continuó arañándole. Roier gritó y se agarró al pasamanos de latón del ascensor. Cellbit lo miró con curiosidad y luego apartó al animal de un empujón con la punta del zapato —¡Mira que eres travieso, Max!— la mujer tomó a su mascota en brazos y le dirigió a Roier una mirada de reproche —No entiendo lo que le pasa. Max quiere a todo el mundo.

Roier había comenzado a sudar. Continuó aferrado al pasamanos de latón como si le fuera la vida en ello mientras miraba cómo aquella pequeña bestia cruel ladraba hasta que el ascensor se detuvo en el vestíbulo.

—Parecía conocerte— dijo Cellbit cuando salieron.

—Nunca... nunca he visto a ese perro en mi vida.

—No lo creo. Ese perro te odia.

—No es eso...— Él tragó saliva —es que me pasa una cosa extraña con los animales.

—¿Una cosa extraña con los animales? Dime que eso no quiere decir que les tienes miedo— Roier asintió con la cabeza e intentó respirar con normalidad —Genial— masculló Cellbit atravesando el vestíbulo —Simplemente genial.