Chapter Text
oh, para llenar el vacío
de mi pútrido corazón
lloveré un mar sin guión
quemaré al mundo sin razón.
para ahogarme en el frío
para arder sin parar
para caerme sin sentido
en su llanto hecho un mar.
para en su nombre abogar
recuerdos que no pude dejar.
in her name
—¿Quieres salir? Solo tienes que pedirlo.
Un hombre se acercó a la celda que contenía a una figura arrodillada en el suelo, sin necesitar verla para saber que la carcelera no era una persona cualquiera. Su hermoso cabello rubio estaba sucio por la sangre y desparramado por todos lados, piel pálida y seca, con ojeras notables bajo sus ojos y a solo un paso de ser recibida por la muerte. Aún en esas condiciones deplorables, el hombre pensó que ella era lo más trágicamente hermoso que verá en toda su vida.
Lo único que los separaba eran las rejas de la celda, el triste gris de la prisión apenas opacando la belleza de la desafortunada princesa; una princesa que no se molestó en ocultar su odio por el visitante.
—Elegiré la muerte cualquier día antes que a tí —le contestó, un tono ácido saliendo de su preciosa boca. Las cadenas pesaban en sus pies, pero las elegiría cien veces si eso la separaba del monstruo en carne humana frente a ella.
(Érase una vez, hace mucho tiempo, le habría creído si él le dijera que venía a salvarla. Ahora, con el monstruo al desnudo frente a ella, sabe que está aquí para condenarla.
Ya no se dejó engañar por la bonita máscara; él era una calamidad andante, un producto de los errores del mundo y su más grande arrepentimiento. Si pudiera volver en el tiempo, correría sin mirar atrás. Que se queme el mundo, que caiga un imperio bajo sus crueles pies; pero ella no quiere volver a llamar la atención de este monstruo).
El hombre dejó escapar una risita ronca, sus rasgos aristocráticos oscurecidos debido a la falta de emoción en todo su rostro. La sonrisa que se extendió por sus labios no era nada menos que espeluznante, apenas revelando una fracción de obsesión en sus ojos hechizantes mientras se agachaba a centímetros de las rejas con el fin de apreciar de cerca a la fuente de su afecto.
La mujer alzó su mano, acariciando la mejilla del hombre mayor antes de clavar sus uñas en su cuello con tal fuerza que la piel se abrió y pequeñas gotas de sangre empezaron a caer. El hombre no se inmutó ante el daño claramente intencional, incluso llegando a inclinarse más cerca del toque como si fuera un hombre varado en el desierto al que le han ofrecido un vaso de agua.
—Sabes que ni la muerte va a poder alejarte de mí —susurró las palabras, una promesa en vez de una amenaza. Oh, lo que daría para que ella lo mirara con aprecio solo una vez—. Puedes huir, puedes morir, pero te encontraré, lo prometo. Una, y otra, y otra vez.
Como su deseo de ser amado no era posible, se conformó con el otro camino.
Él la encadenará a su lado para siempre. En la vida y en la muerte, en cientos y miles de años, él todavía la perseguirá. Si el odio mancha su corazón, si las heridas se esparcen por su cuerpo, no importa. Le recordará que el único que siempre estará a su lado es él.
La respuesta de la mujer fue una risa húmeda que escondió un sollozo.
MORIR ES FÁCIL, VIVIR ES DIFÍCIL. Es un pensamiento que le queda en la cabeza, que se endurece con el paso de los años y se convierte en una especie de mantra cada vez que sucede una situación problemática. O tal vez es solo él siendo dramático, arrastrando su vida hasta el borde del pesimismo como si cada día se parara al borde de un acantilado y considerara dar el paso sin pensar en las consecuencias. Tal vez todos aman sus vidas y solo es Dennis Howlett el que se complica todo, el que ve la vida como una zona de guerra a la que va a luchar y sale con más estrés postraumático en cada oportunidad.
La muerte nunca ha sido una opción para una persona como él, un tipo afortunado con un padre bondadoso y una madre cariñosa. No puede imaginarse a sí mismo dejando voluntariamente a las personas tan preciosas que son sus padres, no puede tirar a la basura toda la amabilidad y el afecto que le ofrecen como si no fuera nada. Porque ellos no tenían la obligación de adoptarlo, adoptar a un niño que veía el mundo como estiércol de caballo desde el principio, pero lo hicieron y se aseguraron todos los días de recordarle que era amado incluso si él no sabía cómo corresponder ese amor.
No hay nada que Dennis odie más que su propia inseguridad, la que siempre sale a relucir cuando se trata de ellos. No puede evitar el miedo que le sube por la garganta cuando se mira al espejo con el corazón desbocado y los dedos temblorosos, su reflejo siendo una burla de sus pensamientos traicioneros que susurran "es cuestión de tiempo hasta que ellos vean tu verdadero yo; es cuestión de tiempo que te vean romper".
Y está cerca de eso, de desmoronarse. Se va a quebrar, pronto.
Porque si Dennis fuera un soldado como todos los demás, lo habrían matado hace mucho, mucho tiempo por el odio consigo mismo que se regodea en su conciencia. La debilidad se aferra a sus huesos y una bomba de tiempo a punto de estallar se cierne sobre su cabeza, la cuenta regresiva lenta pero segura con cada número que da.
Por eso no se sorprende cuando el momento finalmente llega; porque para personas como Dennis que viven al límite todo el tiempo, es solo cuestión de un mal día hasta que la bomba estalle y se lleve a más de uno con ella.
Mentirá si dice que no tuvo curiosidad por lo que existe después de la muerte: ¿hay vida, hay paz, hay un infinito vacío o una calma eterna? Tal vez la respuesta es todo y nada; hay vacío al comienzo, pero luego sus alrededores empiezan a teñirse de color. Todos los colores del universo moviéndose a la par de su sombra, formándose como estrellas y luz, una calma visceral que se extiende por todo su pecho y, oh, una dulce sensación de pertenencia, de "por fin, finalmente estoy en casa".
Nunca se había sentido tan vivo hasta ahora. ¿Y no es eso irónico? Que a Dennis le tomó una vida corta y agridulce antes de llegar a las puertas de la muerte, lanzado a un túnel de luz y expuesto al otro lado con nada más que un corazón humano y un espíritu amado, solo para llegar a aprender lo que se siente vivir de una forma que no es solo simplemente respirar.
Porque ha estado viviendo sin estar realmente vivo, respirando veneno que se filtra en su cerebro, un veneno provocado por sus propios pensamientos negativos. Ahora está muerto y no se siente como un muerto, porque, por supuesto, siempre voy a ser una maldita contradicción, pensó con desagrado.
Se familiariza con la muerte en su nuevo estado, y es difícil no hacerlo cuando el tiempo no existe en un lugar como este y cada momento se siente como una eternidad. Solo sabe que está en paz, más paz de la que nunca ha sentido como un ser vivo, y es todo lo que podría pedir y más.
Todavía tiene sus días malos, pero no son tan frecuentes como antes. Es menos común en este reino, dónde los espíritus y seres bailan al compás del canto de la muerte y el universo descansa dentro de ellos en pequeñas porciones, donde dejan de existir las tontas preocupaciones humanas y cada ser se preocupa por el otro genuinamente, desinteresadamente.
Hoy es un día malo, se lamenta, existiendo y simplemente sabiendo que algo va a pasar: si es malo, bueno o intermedio, no lo sabe. Pero la premonición inquietante arde dentro suyo mientras se sumerge en recuerdos de una vida que no está seguro de si extraña o no.
No le gusta recordar cómo murió, por qué murió y todo lo que conllevó su muerte. Es lo que se repite en su cabeza como una especie de disco rayado, una vida que pendía de un hilo deshilachado finalmente desprendida de todo lo que la mantenía atada. Es una cosita triste cuando la miras de cerca, pero mientras más Dennis la recuerda, más se siente entumecido; menos como un hombre que ha perdido su vida y futuro, y más como un espectador que observa a través de los ojos de un extraño.
Es una cosa aún más triste cuando se despierta, un día, lejos del reino de la muerte, en las manos de un ser que lo arrastra a un destino desconocido con intenciones aún más desconocidas. Dennis grita, un grito silencioso y de súplica que el ser finge no escuchar, inclinándose hacia él mientras lo sostiene en un agarre irrompible y dice:
"Sabes el guión, sigue tu papel". Y lo empuja.
De todas las cosas, el ser (un Dios, susurra su conciencia) lo expulsa y Dennis cae en una réplica perfecta de como cayó en el túnel de entrada al reino de la muerte: descuidado, poco elegante y de forma patética.
Cuando se despierta, lejos de la calidez del vacío, se encuentra en una nueva vida. No sabe por qué alguien podría pensar que un monstruo en ciernes como Dennis merece una segunda oportunidad como ésta, porque todo lo que siente cuando ve sus manos de bebé es una sensación de realización y "voy a desperdiciar ésta vida también", un pensamiento traicionero que revela sus verdaderas intenciones.
La cuestión es que Dennis Howlett no supo como apreciar la vida que se le ofreció, por lo que no es extraño que el ahora llamado Dionis sea de la misma manera. Es solo cuestión de tiempo, susurra su conciencia. ¿Para qué? Es una pregunta a la que ya tiene respuesta.
La muerte es fácil, había pensado no hace mucho, todavía aferrándose a ese hecho de vez en cuando, consolándose con volver a encontrar esa paz que se le escapó de entre los dedos. La realidad es una completamente diferente cuando se encuentra mirando ojos enjoyados y una sonrisa plástica, un tirano en vez de padre y un futuro de desdicha flotando entre ellos. La vida, oh, la vida siempre va a ser difícil.
