Chapter Text
CAPÍTULO O1:
UNA CARTA (IN)ESPERADA
Harry estaba atado, con su cuerpo incapaz de moverse más allá de espasmos. Su espalda chocaba contra una fría lápida que le impedía constantemente olvidarse de donde estaba, un ancla cruel que lo mantenía en la realidad de pesadilla que se veía obligado a vivir.
Las chispas doradas del caldero donde Colagusano metió al homúnculo que predicaba ser Voldemort de repente dejaron de salir, para lentamente destilar un vapor blanco espeluznante, subiendo hasta arriba como si quisiera alcanzar el cielo, aunque lo que sí le llegó a Harry fue su olor; tuvo arcadas y pensó en aguantar la respiración: así se desmayaría y dejaría de sentir ese olor a carne quemada que se inyectaba en sus papilas gustativas como el mayor parásito.
Aunque Harry, mortalmente ingenuo y esperanzado, no pudo evitar pensar que tal vez su magia, siempre irregular, a lo mejor había actuado en su favor por una vez. Todos sus anteriores añoranzas de que se hubiera ahogado, que su carne haya sido quemada en miles de partículas y deseando que lo único que quedara de Voldemort fueran cenizas, tal vez se externalizó. Tal vez su magia, a lo mejor él, tal vez…
‘ Ha ido mal, se ha ahogado, por eso salió el humo, sí’
Pero su ya frágil esperanza fue masacrada en cuanto vio a través de sus gafas torcidas, cómo salían del caldero unos dedos largos con uñas puntiagudas y de piel blanca como los huesos de todos los que murieron bajo esas mismas manos, que en un instante se agarraron con fuerza a los bordes del recipiente. Así, en la visión más horrorosa que había visto Harry jamás, poco a poco comenzó a surgir un ser blanquecino y alto. Tal era su monstruosidad que el Gryffindor temió por un momento que la pérdida de sangre lo hubiera afectado y que ahora estaba imaginando un esqueleto viviente.
Pero no, era peor. Él no tenía tanta imaginación.
Sus profundos ojos escarlata lo observaron con gran placer, mientras su rostro por lo demás plano era el epítome de lo antinatural, dos orificios por nariz y una lengua bífida que sacó en su dirección. Harry ocultó su estremecimiento, ahora apretándose más contra la lápida, queriendo fundirse con ella cuando antes la repelía. Bueno, las circunstancias cambian.
Menos Cedric, él ya no podrá cambiar jamás…
Harry gruñó con fuerza, apretando sus dientes y apartando ese pensamiento y la necesidad de girarse a ver a su compañero campeón. Al igual que ese experimento que había leído en la biblioteca muggle hace años, se sentía como un retorcido gato de Schrödinger: no quería verlo, así, mientras observaba cómo Voldemort se ponía su capa oscura, Cedric no estaba muerto. Tampoco vivo, pero para saberlo tendría que verlo y Harry no iba a ser quien lo hiciera.
No importa que haya visto cómo lo alcanzó esa maldición, que vio cómo caía su cuerpo con una lentitud atronadora, pero se negaba a mirarlo. En su lugar prefirió sentir el desconsuelo de volver a conectarse a la perorata que estaba soltando el mago oscuro, que caminaba entre él y Colagusano.
Harry pudo captar algo sobre su padre, venganza y muchas palabras grandilocuentes de por medio que no le interesaban. Ahora mismo solo luchaba con intentar pensar en algo para salir de allí y ayudar a Cedric. Impotente, solo podía esperar a que todo este teatro se desarrollara y encontrar alguna oportunidad.
—Vaya Harry, me vas a tener que disculpar—expresó en un susurro a unos pasos del campeón de ojos verdes, dedicándole una gran sonrisa que partía su rostro y que parecía llegar de un lado a otro, como una serpiente preparándose para devorarte.— Me estoy volviendo sentimental… ¡Pero mira, Harry! Ahí vuelve mi verdadera familia.
Predeciblemente los mortifagos empezaron a aparecer, uno a uno trayendo más sombras a el cementerio, vestidos completamente encapuchados y con máscaras en sus rostros. Típico, los terroristas siempre escondían la cara por muchas acciones inhumanas que hicieran.
El sonido de sus pasos vacilantes se escucharon por todo el lugar, sin creer apenas que aquel ser que había ante sus ojos no fuera una ilusión. Uno de los mortífagos cayó al suelo al igual que una marioneta al cortarle los hilos, salvo que este solo había caído aún más en las manos de su titiritero. Y así los siguieron el resto ante el rostro contraído de un Harry asqueado.
Los seguidores de Voldemort se postraron ante él, manchando sus túnicas con la tierra. Desde su posición aún podía oír sus chillidos de emoción y miedo, gritando disculpas inconexas, con sus manos manchadas rogando por agarrar la túnica de su maestro.
Esas manos que estaban muy cerca de Cedric, se dio cuenta Harry con un temblor. Sus ojos se agrandaron al ver el pecho inmóvil del Huffelpuff, y Harry recordó con tal dolor que tuvo que morderse el labio para contrastarlo, cómo Cedric solía reírse: movía todo el cuerpo, de manera estruendosa y cálida, casi como si su corazón se riera a la vez y quisiera compartir su alegría con todos.
Y ahora estaba muerto. Su corazón no volvería a reír y Cedric ya no podría esparcir la felicidad que solo una sonrisa suya lograba transmitir.
Por eso mismo Harry no… no se atrevía a mirarlo a la cara. No podría soportar que una cara que solo había albergado alegría hubiera muerto con el rostro manchado de dolor o traición. En su lugar vio cómo minuto a minuto el cuerpo de Cedric se enfriaba cada vez más, postrado encima de la dura tierra que no lo acunaba como debía, como él se merecía. Esta tierra maldita que nunca debería haberlo recibido en primer lugar.
Harry quería ponerle una manta encima, no quería que pasara frío.
Mientras escuchó inadvertidamente a Voldemort hablar con sus secuaces, también pudo captar que algunos encapuchados giraban sus rostros hacia su compañero caído. Quería salir de su encierro y proteger a Cedric de los pecadores allí presentes que se atrevían a mancillar su cuerpo al posar su mirada en él.
Harry tuvo ganas de vomitar, pero la fuerte cuerda contra su cuello y estómago le impedirían sentir hasta ese mínimo alivio. Era un recordatorio más de su inutilidad.
Observó un punto lejos de la escena, allí la vegetación parecía viva y hasta pudo creer que veía flores en medio de ese panorama oscuro. El Gryffindor entrecerró los ojos, intentando así poder llegar a contar los pétalos que había en una margarita lejana. En un punto sospechó que alguien había gritado y una luz roja apareció en su izquierda, pero su mente estaba en intentar enumerar esos bonitos pétalos. Así casi podría pensar que estaba en el jardín trasero en Surrey, con la tía Petunia gritando de fondo en la cocina y él hablándole a las flores que acababa de plantar, fingiendo que eran sus amigos.
‘Espero que la tía Petunia me deje plantar margaritas este verano’ pensó, ido y con la vista borrosa de tanto forzarla. ‘Tal vez podría llevarle a Cedric… No, no pienses en eso.’
— Lucius, mi escurridizo amigo —habló el mago oscuro, su voz resonando por el lugar, sus rojos iris penetrando en los mortífagos encorvados—no has cambiado mucho, tan poca lealtad en un cuerpo tan orgulloso. Y Macnair —continuó, sin dar opción a réplica aún cuando Harry pudo ver al que seguro era el Sr. Malfoy levantar levemente el brazo,—he oído de tu trabajo y gran placer con la matanza de criaturas… pronto te otorgaré mejores criaturas que serán más divertidas de aniquilar.
El prisionero que escuchaba todo en contra de su voluntad —como todo en su vida— quiso que las sombras se lo tragaran o que sus sentidos dejaran de funcionar. El tener que ver la nuca calva y huesuda de Voldemort, escuchar los apenas perceptibles cambios en las respiraciones de sus sirvientes… hasta podía sentir en su piel, como una alergia incurable, la cruel sonrisa del mago oscuro en su tono frío mientras hablaba de matar personas. Y Cedric… él ya no podía sentir nada.
No era justo. No era justo. Él aún respiraba, aún sentía, mientras alguien indudablemente mejor que él en todos los ámbitos ya no lo haría. Y él tenía la culpa, así que como cómplice de su muerte ¿no se merecía Cedric ese respeto, verlo y que la imagen de su cuerpo se quedara grabado en sus retinas y sufriera por ello? Cedric merecía que lo atormentara. Harry debía soportarlo. Por él.
Así, Harry abrió los ojos que en algún momento cerró, y sus pupilas fueron directamente al rostro frío de Cedric que en sus iris oscuros sin vida—muertos, está muerto, está muerto— parecían estarlo juzgando.
—Tiene que ganar uno de nosotros—aún escuchaba su voz, tan juguetona hace solo unas semanas. El Hufflepuff le pasó el brazo por los hombros, sin siquiera fingir en susurrar en la biblioteca llena de gente.—Si no soy yo, espero que seas tú, Harry—,acercó aún más su rostro, con Harry paralizado al percibir su aliento acariciándole la mejilla.—¡Pero no te lo dejaré fácil! Tendrás que ganarme justamente, lucha con todas tus fuerzas. No dejes de luchar.
Ahora, el recuerdo antes cálido, estaba manchado de agonía.
‘Te has rendido.’ Parecía estarle gritando, sus labios torcidos hacia un lado. Casi podía imaginar que eran de asco. ‘Me dijiste que lucharías.’
Pero él… él no podía. Si había salido con vida de sus “aventuras” anteriores fue gracias a Ron y Hermione. Él solo era el soldado que ejecutaba el plan de otras personas más inteligentes y que realmente controlaban su magia. ¿Qué podía hacer, aparte de clavarse las uñas en el interior de sus manos para evitar llorar?
Cedric habría tenido un plan. Harry debería haber cogido él solo la copa, así él habría estado a salvo. Como siempre, cualquiera que estuviera cerca de él estaba destinado a la ruina, pero nunca había sido algo tan… permanente. Él fue quien decidió compartir la copa, él hizo que Cedric estuviera ahí para que lo… por su culpa ahora estaba… Estaba muerto. Apretó los puños, su garganta le escoció pero se excusó con la cuerda que lo oprimía y no por el peso aplastante de la culpa. Ojalá pudiera darse cabezazos contra esa tumba para olvidarlo todo y no ver cómo Voldemort imbuía terror en sus perros rastreros. Era patético.
—Y los brillantes Crabbe y Goyle, por supuesto—Harry ya no debería extrañarse que todos los padres de sus compañeros de año Slytherin fueran mortífagos, aunque no pudo evitar hacer una mueca al oír el claro sarcasmo en la voz del ser humanoide—Confío que en esta segunda vez no me falléis. Y Nott…
El Gryffindor observó sin ver cómo alguien bajo su oscura capa se encogía mientras daba un paso más fuera de las sombras. Harry sintió un leve atisbo de curiosidad, era el primer esclavo de Voldemort cuyo apellido no conocía o había escuchado hablar.
—El más joven,—la sibilante voz de Voldemort pareció detenerse en la palabra, saboreándola, y Harry tuvo arcadas por segunda vez,—y aún así el más listo de todos mis amigos.
Su enemigo se acercó un poco más al hombre encapuchado que parecía encogerse a niveles imposibles. Harry comprendía el sentimiento de querer mimetizarse con el suelo, así las pisadas en su ser tal vez no le dolerían tanto, pero mientras Voldemort se fijaba más en Nott, más tiempo tenía Harry para pensar. ¿Pensar en qué? Eso ya era otra historia. El tiempo y el poco ingenio que poseía se le escapa igual de rápido que su sangre, brotando interminablemente de su herida abierta, dibujando una pintura abstracta en su brazo, llenándolo de líneas y en el proceso acariciando cruelmente sus manos temblorosas, gota a gota corriendo hasta desembocar en las puntas de sus dedos, cayendo así para alimentar la tierra muerta debajo de él.
—He escuchado muchas cosas sobre nuestro… proyecto.—Voldemort acarició su varita, sin interés aparente en la respuesta, pero Harry lo conocía, conocía a Voldemort casi mejor que a sí mismo y supo que esa indiferencia no podía estar más alejada de la realidad. Ante ello Harry intentó prestar atención, esto parecía importante.—Pero quiero oírlo de tí, querido Leodore.
Un trémulo silencio se extendió por el claro, solo interrumpido por las respiraciones aceleradas de los allí presentes. El Gryffindor escuchaba intrigado, a la vez que así evitaba pensar en… pensar.
La figura al frente de Voldemort levantó la cabeza, dejando ver unos mechones castaños tras la negrura de su capa, y Harry tuvo el extraño sentimiento de que lo estaba observando. Bueno, si era así, que disfrutara las vistas, pensó con rencor mientras escupía sangre que se había formado en su boca tras morderse la lengua y sonrió en dirección de ese tal Leodore. Harry esperaba que sus dientes se hubieran manchado de rojo, porque si no estuviera atado, la sangre en su boca sería la de ellos. Lo juraba por su compañero campeón caído.
Mientras Leodore respondía con palabras entrecortadas que era un gran éxito, Harry empezó a oler algo en el aire. Giró como pudo la cabeza hacia los lados, intentando captar de dónde provenía, sorprendido y esperanzado por una vez. Era salado, se le metía por la nariz hasta su boca y aliviaba el sabor metálico de la sangre en su boca, reemplazándolo por lo que Harry pensaba que olería un abrazo. Le recordó a las semanas que pasaba de niño encerrado en su alacena, muriendo lentamente de hambre y con sus manos raspaba la puerta hasta que le salía sangre y se dormía llorando, agotado pero con un dulce olor en el pequeño ambiente que era todo su hogar.
Ese olor familiar que siempre se presentaba cuando su magia se volvía loca. Desde hacer explotar un caldero en pociones que solo tenía agua, romper la piedra filosofal en cuanto sus manos la tocaron, lo de Quirrell…
No, no iba a ir ahí ahora.
Fue desde matar al basilisco con un hechizo que salió desde su pecho y que ni siquiera conocía, hasta quemarle la piel a Sirius la única y última vez que lo abrazó. Su magia peleaba siempre contra él, menos cuando por algún motivo actuaba por sí sola y ese olor llenaba su ser cada vez que eso pasaba. Y si su magia decidía actuar por su cuenta esta vez… Harry apreciaría su naturaleza destructiva por una vez.
Con fuerza fue capaz de mirar hacia abajo y allí donde su líquido vital escarlata seguía cayendo, había nacido una rosa roja profundamente oscura que casi le llegaba hasta la mano. Harry intentó no reírse de la ironía o gritar. La única vez que pedía un poco de descontrol, su sangre creaba una rosa del mismo color que ella y profundas espinas, esa era su vida, claro.
— Gracias a los esfuerzos de mi fiel vasallo en Hogwarts, ha venido aquí esta noche nuestro joven amigo —dijo Voldemort, con su voz serpentina de algún modo sonando dura como una lija. Con la espalda hacia Harry, movió su varita lánguidamente hacia el Gryffindor apresado, aún observando con atención a sus mortífagos con desafío.
Un vasallo en Hogwarts, cómo no. De algún modo el mago oscuro siempre se las ingeniaba para adentrarse en la escuela o mandar a sus súbditos a ella.
Voldemort era el mal, el jefe, la mente tras las macabras ideas de exterminio. Pero que esas personas eligieran seguirlo, que siguieran su palabra sin rechistar, que estuvieran de acuerdo con él aún cuando tenían otra opción… Utilizaron su libre albedrío y se encadenaron a un psicópata y decidieron que estaba bien matar en su nombre.
Y Harry, cuya vida entera estuvo deseando el más mínimo atisbo de libertad, quien nunca tuvo otra opción, destinado a nunca poder elegir, ver a esa gente arrodillada ante Voldemort, saber que incluso cuando no era más que un espectro aún le eran fieles, lo llenó de una furia que nacía en su herido corazón y que con cada bombeo errático le inundaba aún más en las venas, trasladándose por todo su cuerpo como una infección que no podía —ni quería— frenar, hasta que el veneno fue tal que tuvo que salir de su boca.
—Harry Potter ha tenido la bondad de venir a mi fiesta de renacimiento. Me atrevería a decir que…
—Vas a morir—para decepción de Harry su voz salió como un triste sonido lastimero, las cuerdas contra su garganta haciendo aún más presión, a lo que solo respondió apoyando su cabeza contra la lápida, aparentando confianza al lanzarle una sonrisa a Voldemort. Quería que lo mirara, que esos estúpidos vasallos fueran relegados a segundo plano y se sintieran como la mierda que eran. Además, si ese monstruo iba a iniciar un monólogo sobre él, que lo hiciera de frente.—Yo te mataré, Tom.
Hasta los muertos en sus tumbas hicieron aún más silencio, el viento se paralizó de miedo y los mortífagos se agruparon con sus varitas listas pero temblorosas. El tiempo fue el único que no tuvo misericordia y siguió corriendo veloz, aunque Harry sintió que se había ralentizado mientras Voldemort se giraba hacia él y con pasos taimados estuvo a escasos centímetros de él.
—Tanta imprudencia… Eso es lo que Dumbledore le ha enseñado a su chico milagroso, sí.
Harry parpadeó con furia, soñando con que ojalá Voldemort se ahogara con su propio ego, o que al menos se alejara para no tener que ver tan de cerca la forma de sus escamas blancas que le recorrían el cuerpo —sí, no tenía piel, eran escamas, que Merlín lo ayude a olvidar esa información— y sus iris carmesí intentando conectar con sus esmeraldas.
El mago oscuro observó clínicamente el rostro de Harry, casi como si estuviera buscando algo. Tal vez lo encontró en su piel de ébano manchada de sangre, en su pelo rizado oscuro lleno de tierra o en sus ojos que le lanzaban maldiciones del mismo color que sus iris.
—Yo también te enseñaré algo, Harry Potter—presionó su blanca varita en su mejilla, sacando sangre que Voldemort observó con fascinación.—Y no solo a ti. A toda mi familia aquí reunida. Revelaré tu verdadero tú, Harry, ¿no es maravilloso?—susurró entre ellos, con una voz falsamente emocionada. Tranquilamente se alejó del chico, para apuntarlo con la varita a poca distancia, ahora hablando con la multitud.—Os enseñaré lo que se esconde detrás de mi supuesto asesino. ¡Cruccio!
La maldición roja le impactó en el pecho sin que Harry pudiera hacer algo para evitarla. Pero por mucho que lo hubiera esperado, la realidad, como se estaba haciendo costumbre, era peor.
No era nada que hubiera sufrido antes. Miles de cuchillas ardiendo clavándose constantemente en su piel, queriendo masacrar sus extremidades, una y otra vez, sin un solo segundo de alivio. Tal vez gritó, tal vez se le salieron las lágrimas, pero no podía importarle mientras sentía que su cabeza se abría en dos y todo su cuerpo estaba siendo ultrajado, como si le arrancaran la piel y con sus nervios a plena vista siguieran desollándolo. Era como una perturbadora búsqueda del tesoro y la x estuviera marcada en toda su piel: la maldición escarbaba en él hasta encontrar sus huesos y más allá.
Y Harry solo quería morir.
Ni siquiera se dio cuenta que había cesado hasta que se vio capaz de respirar de nuevo, apenas y con arcadas abrió los ojos con esfuerzo. En medio de la tortura su cuerpo se había movido, intentando escapar del desconsuelo y ahora Harry se encontraba en una extraña posición sin fuerza, donde antes las cuerdas lo tenían prisionero, ahora eran las únicas que lo mantenían en pie. Sus extremidades temblaban sin que él pudiera hacer nada, y solo fue capaz de levantar ligeramente la cabeza para observar a Voldemort de frente con valentía, a través de una neblina en sus ojos que se negaba a reconocer como lágrimas.
—Conocí a alguien con la misma imprudencia que tú. Un gran soldado—sonrió, sacando la lengua, como si estuviera saboreando el dolor de Harry.—También se convirtió en un gran abono cuando lo maté por esa misma insensatez.
El chico frunció el ceño, escuchando lejanamente las carcajadas de los mortífagos.
La indignación, la injusticia llenó su ser. Por supuesto, como solo un cobarde podía hacer, lo atacó cuando no podía defenderse. Y a lo mejor Voldemort leyó su mente o el rugido que soltó lo dijo todo por él, pero al instante el mago oscuro soltó una risa seca, girándose completamente hacia su audiencia.
— Y este es el chico que todos vosotros creíais que había sido ‘mi caída’ —se burló, aunque su postura reflejaba la furia que realmente padecía ante esa declaración. Con un gesto de su varita apuntó a la figura desgarbada de Harry, el desprecio estaba claro en su tono.— Creo que veis lo estúpido que es pensar que este niño haya sido alguna vez más fuerte que yo.
Las figuras oscuras corearon ruidos de afirmación, cada cual tartamudeando más que el anterior. La vista fue lo suficientemente humillante para darle fuerzas a Harry. Poco a poco empezó a mover los pies, dibujando círculos en la tierra hasta que sintió sus pies al completo, y así empezar a apoyar su peso en ellos. Tras varios intentos, aunque temblando, fue capaz de ponerse recto y por simple capricho intentó desprenderse de esas malditas cuerdas, fallando miserablemente.
‘Oh, cierto’ con un calambre doloroso que poco tenía que ver con la maldición de tortura, Harry se dio cuenta del dolor en la pierna que le granjeó esa maldita araña. Debido al estrés no se había percatado, pero ahora, con todo su cuerpo como si estuviera recién salido de una hoguera, a su sistema nervioso le pareció el momento adecuado para recordarle su posiblemente rota extremidad. Joder, claro que sí.
El Gryffindor debió tardar demasiado en recomponerse, porque lo siguiente que escuchó fue un abrupto:— Ahora, Colagusano, desátalo y devuélvele la varita.
No fue capaz de captar el momento en que desataron las cuerdas ni cómo fue capaz de mantenerse después. Sus orejas silbaban y todo lo que oía eran ecos de la realidad, como si estuviera sumergido otra vez en el lago negro pero sin ninguna branquialga.
—Saludémonos con una inclinación, Harry —susurró Voldemort, que en el silencio del claro bien podría considerarse un grito. El chico notó cómo los ojos de su enemigo parecían regocijarse al ver su estado moribundo, tambaleándose en su sitio.— Inclínate ante la muerte, Harry.
Su mano se sentía áspera contra su varita que le dejó Colagusano sin contemplaciones. Podría haber huído, pensó, observando a Voldemort como se mira a un mueble aburrido. Pero no sabía cómo, ni siquiera sabía dónde estaba exactamente.
‘Además’, echó los hombros hacia atrás, resoplando, esperando que con eso se fueran sus pensamientos negativos. ‘Le prometí a Cedric que iba a luchar’, se dijo en su mente mientras levantaba su varita de acebo con más confianza de la que poseía. Fingió no ver cómo le temblaba la mano, eso no era importante ahora.
—Tengo una mejor idea—dijo Harry, la sangre que seguía saliendo de su brazo salpicó por el suelo cuando lo movió, en un gesto despreciativo a Voldemort. Sin dejar de apuntarle con la varita, Harry habló.—Haré que te inclines ante algo peor que la muerte. ¿Puedes imaginarte qué es, Riddle?—conectó sus ojos directamente con los del mago oscuro, se pasó la lengua por los labios, saboreando los restos de sangre y sonrió.—Yo.
Con ese comentario, antes de que se desatara la furia esperada, Harry lanzó un bombarda a los pies de Voldemort. La distracción surtió efecto. Mientras la sorpresa se habría paso, Harry corrió arrastrando su pierna mala y se escondió tras una lápida, exhalando unas trémulas respiraciones.
Con la varita apretada fuertemente en ambas manos, Harry esperaba que se le ocurriese algún plan milagroso para salir de esa situación. Escuchó de lejos a Voldemort ordenar a sus mortífagos que se quedaran quietos, esa era su cacería y nadie le quitaría el placer de acechar. Con una mano se tapó boca y nariz, esperando que fuera suficiente para silenciar su respiración. La varita, inútil, parecía regañarle. Sí, claro que quería usarla, ¿pero qué hechizos usaría? Apenas dominaba un par y el Expelliermus no lo salvaría de este enfermizo juego del escondite.
—Da la cara, Harry—exclamó el mago oscuro, caminando por el cementerio como si el tiempo mismo se postrara a sus pies, doblándose a su antojo. Harry se estremecía cada vez que sus pies desnudos pisaban la tierra, pero era por el Cruciatus, se negaba a tener miedo, no lo tenía.—Qué Gryffindor más vergonzoso has resultado ser, Harry Potter—por unos atronadores segundos, con el corazón del adolescente bombeando a mil, Voldemort no se movió.—Igual que James Potter, tu patético padre—continuó, caminando entre las tumbas,—resultaste ser una decepción sin modales.
¿Habría algún hechizo para volverse sordo? Porque Harry daría todo su oro para dejar de oír al asesino de sus padres hablar de ellos, como si tuviera algún derecho a pronunciar siquiera sus nombres. No, tenía que hacer algo, se rehusaba a quedarse sentado y escuchar cómo mancillaban el nombre de su padre.
‘Piensa, Harry, ¿qué plan se le ocurriría a Ron? ¿qué hechizo usaría Hermione?’ Su mente le respondió con un silencio y las imágenes de sus amigos que ahora estaban lejos de él. Estaba solo… y eso significaba que tenía que seguir sus propias reglas.
Harry miró la herida en su brazo, recordando la rosa que había creado su magia sin querer, ya con una idea en mente. Oh, esperaba que Hermione nunca se enterara de esto…
—Igual que tu padre—repitió, las risas de los mortífagos como coro,—poseedor de una magia débil, incapaz de proteger a su familia, indigno de su apellido y del nombre del mago…
—¡Eso es porque envidiabas su apellido mágico! ¿Verdad Riddle?—gritó desde su lugar, pero no se movió. No, Voldemort tenía que llegar hasta él.—Solo escucho envidia en tu tono, Tom. ¿Quieres hablar del tema?
—¡Basta de juegos!—exclamó con furia el señor Oscuro. Harry sonrió desde su posición, orgulloso de haber roto la fingida calma del hombre. Los mortífagos ahora estaban increíblemente callados. Bien, que les den.— Da la cara como un hombre. Débil pero orgulloso, como murió tu pa…
Antes de finalizar la oración el rostro grotesco de Voldemort apareció encima de donde Harry estaba agachado. Su corazón se paralizó, olvidando por un momento su plan. Los orificios donde estarían sus labios se abrieron, mostrando sus colmillos. Harry no pensó, sólo actuó.
—¡Deja de hablar de mi padre, maldito psicópata!—gritó con furia, para en un segundo pasar su mano contraria por la herida de su brazo y con fuerza agarrar a Voldemort por el cuello, marcándolo con su sangre en el proceso. No se fijó en lo cerca que estaban sus caras, Harry sólo mantuvo los dientes apretados, enfadado de que Voldemort seguía sin tomarlo en serio, riéndose y aún sin atacarle.—¿Tanto querías mi sangre? ¡Pues disfrútala!
Era una apuesta arriesgada, pero era lo único que tenía. Con fuerza, pensó en las veces que su magia se revelaba en su contra, a veces sintiéndola burbujear debajo de su piel cuando se enfadaba. Pensó en el Accio que hizo en la primera tarea con el dragón, sintiendo su magia, externalizándola hacia fuera y cómo al lanzar el hechizo se sintió conectado con su escoba a metros de donde estaba. Con ese recuerdo en mente, se dio cuenta que su sangre era aún más fácil de sentir. Estaba en su boca, cayendo por su brazo, esparcida por el suelo allí donde lo apresaron… y ahora manchaba el cuello de Voldemort.
Sintió la conexión de la esencia que marcaba parte de su enemigo y empujó su magia hacia allí con una idea y sonriendo mentalmente.
Al principio no pasó nada y Voldemort parecía cada vez más divertido por la ineptitud de Harry, pero ya cansado.—Bueno, ha estado bien este pequeño descanso, ahora…
Pero nunca pudo terminar su oración. Un sonido horrible empezó a hacerse presente, como cuando la tía Petunia partía el pollo en la cocina, de piel siendo machacada, el olor metálico se hizo más notorio aún, y mientras Voldemort de repente gritaba y se apoyaba tembloroso contra una lápida, su sangre saliendo a borbotones, ahora era el turno de Harry de reír.
Porque allí donde lo marcó con su sangre, en mitad de su cuello, lentamente se abrieron paso unas espinas negras, abriéndose paso de su piel escamosa como un tejón rabioso queriendo salir a la superficie. Voldemort ni siquiera podía intentar tapar la hemorragia, dichas espinas eran tan afiladas como los cuchillos de cocina que él usaba desde los cinco años. La herida era salvaje, y su sangre —la de Harry, la que le robaron y que ahora alimentaba a su enemigo— salía como un río, manchando su túnica oscura.
La cacofonía de los mortífagos gritando de sorpresa y miedo le dieron más impulso a Harry, levantándose completamente y sin apoyar su pierna mala. Se negó a reconocer el cansancio aún más notorio que sentía —suponía que el tipo de magia que acababa de usar lo cansaría más— e inclinando la cabeza, pensó que Voldemort podría parecer una de esas estatuas de arte moderno que había visto en libros en la biblioteca. Las espinas negras que salían de su cuello eran extrañamente hermosas y creaban un marcado contraste contra sus escamas blancas.
Harry sonrió, pensando en vender una estatua de Voldemort así e intentar explicar el concepto. ‘Monstruo serpiente se lleva su merecido’ de título, ya podía ver a los muggles volverse locos.
Dejó de pensar en esa situación hilarante cuando vio a dos mortífagos acercarse. El Gryffindor agarró su varita, preparándose. Merlín, ojalá tuviera alguna idea de cómo salir de allí.
Pero mientras tanto solo tendría que luchar y aguantar, justo como le había dicho Cedric.
Uno de ellos se acercó a su señor que siseaba de dolor, apenas capaz de abrir la boca, y con su varita empezó a cortar las espinas y cerrar la herida. Una pena, le habría gustado sacarle una foto para motivarse. Tan concentrado estaba en el primero, en que no se girara hacia él de repente, que no se percató del segundo que se acercaba a él con rapidez, y cuando se dio cuenta ya era tarde.
Un estruendoso—¡Imperio!—salió de la varita negra del desconocido, dándole directamente a Harry. Así, Harry se encontró atrapado por lo que era la tercera vez que le lanzaban el hechizo que, en su más oscuro interior, era de sus favoritos. ¿Y cómo no lo sería? Por unos segundos no sentía nada, no pensaba, era como volar sobre su escoba sin preocuparse de caer o pensar en todo lo que tendría que hacer al bajar.
Así es cómo se debería sentir la paz, suponía.
Solo eran unos gloriosos segundos hasta que una voz, como siempre, irrumpía en su cielo mental.—Arrodíllate ante mi señor—decía la voz esta vez, bastante áspera.—Pídele clemencia. Arrodíllate, discúlpate ante sus pies…
Harry miró la tierra allí donde Voldemort se ponía precariamente de pie. Al poder ver sus pies brevemente de entre su túnica, el chico no tuvo muchas ganas de hacerlo. Tal vez la tía Petunia debería recomendarle una pedicurista, esos pies con uñas como garras daban asco. ¿Y él se iba a arrodillar ante eso? Aunque, bueno… la verdad es que era tentador… Estaba muy cansado y la voz se hacía cada vez más persuasiva en sus oídos.
Pero esos pies monstruosos estaban conectados con alguien aún más feo que sus uñas. Prefería morir antes que caer ante el asesino de sus padres, el ladrón de toda su felicidad y quien lo marcó como igual en contra de su voluntad.
Bueno, bien, porque los iguales no se arrodillan ante el otro.
—¡No lo haré!—exclamó con fuerza, sacudiendo la cabeza con vigor. Parpadeó, intentando concentrarse, y con un Depulso rápido que hizo por puro acto reflejo, noqueó al mortífago que le había lanzado el Imperio. Bien.—¿Querías jugar, Tom? Pues juguemos.
Haría que se arrodillara ante él. Por sus padres y, tal vez, un poco por él mismo.
En un instante Voldemort estaba frente a él, parcialmente recuperado pero aún se veía en él rastros de lo que solo podría ser un gran shock. Los mortífagos volvieron a apilarse a su alrededor, el público que no había pedido en este circo demencial. Bueno, supuso que Voldemort sería un buen candidato a payaso, definitivamente el requisito de aterrorizar a los niños lo tenía.
Pensaría en él con una peluca de rizos naranja cuando se sintiera mal, pero ahora debía concentrarse.
—¿Te he dejado mudo, Tom?—preguntó, poniendo sus pies y postura ya en posición de ataque.
Voldemort contestó blandiendo su varita, con la lengua fuera, saboreando el aire mucho más lento de lo que lo hacía antes. La falta de respuesta alegró a Harry, esas espinas en el cuello realmente lo habían afectado, gracias a Merlín.
Pero incluso sin poder hablar, pudo ver de lejos qué maldición iba a usar contra él. Bueno, lo suyo sería darle uno equivalente, y hasta el momento Harry no había encontrado un mejor hechizo que el…— ¡Expelliarmus! —gritó a la vez que Voldemort lanzaba una maldición verde sin palabras.
El carmesí y la esmeralda se fundieron, chocando como agua y aceite, como muchas veces lo habían hecho los ojos de sus dueños. Los mortífagos que antes tanto añoraban estar junto a su señor, se alejaban cada vez más, temerosos pero igual de fascinados por lo que ocurría ante ellos.
Aunque Harry no tenía ni idea de lo que estaba pasando, para ser sincero.
Usó su hechizo favorito porque estaba cansado de correr. Apenas le quedaban fuerzas en el cuerpo, no tenía ningún plan de escape, así que si caía lo haría de pie, como su padre, como muy amablemente Voldemort le recordó. No pensó que aún estaría vivo en ese momento, y lo que acontecía a su alrededor no mejoraba su entendimiento de la realidad.
Una luz dorada empezó a brotar del punto en que se fundían ambos hechizos, como cuando Dudley conectó su regalo número veintitrés al enchufe y salieron cientos de chispas, solo que aquí no había agua para apagarlo y por mucho miedo que tuviera —que no tenía— ante el hecho desconocido, no podía solo cortar la conexión si no quería arriesgarse a que le cortaran la vida también.
Su mano empezó a temblar, pero esta vez no por la maldición de tortura. Su varita se movía, como si quisiera escapar de él. Casi como… si la estuvieran torturando. El solo pensar que su varita, todo lo que lo conectaba con la magia y lo primero que lo hizo sentir normal, pudiera estar sufriendo por su culpa le dieron arcadas. Quiso retirar el hechizo, cancelarlo de cualquier manera posible si con eso su varita dejaba de temblar, pero no surtió efecto. Su varita estaba encerrada con él.
Hasta que de repente empezaron a salir hilos dorados allí donde aún seguía esa luz del mismo color. Eran hilos gruesos, firmes, que se lanzaron hacia sus manos reptando en el aire como una serpiente hecha de luz. A Voldemort se lo veía igual de desconcertado, observando cómo iban a por Harry. Al Gryffindor le recordó a las cintas que solía llevar a la escuela una niña que hacía gimnasia —Amber era su nombre, si no se equivocaba—, en el recreo solía bailar con ella y dar largos saltos, a veces parecía que incluso se enrollaba en ella cuando daba vueltas. Se preguntó si Amber se sintió igual de mareada cuando lo hacía que él, ahora con sus pies alzándose por encima del suelo y los hilos dorados amenazándole con su presencia.
Estar en el aire sin escoba se sentía antinatural, y eso lo decía el epítome de todo lo raro.
Lejanamente escuchó a Voldemort ordenar a sus mortífagos que se mantuvieran lejos, su voz increíblemente rasposa y entrecortada, pero Harry solo pensaba en cómo saldría de esta. Ahora que se fijaba había toda una red de luces alrededor de ellos, encarcelados juntos. Justo lo que necesitaba.
Harry seguía poniendo su fuerza en el hechizo aunque parecía inútil. No, ahora tenía que centrarse en los guijarros de luz, que lentamente iban a por su varita, y Harry sentía en su mano, que cuanto más se acercaban, más temblaba su hermosa varita.
No, se negaba a que siguiera sufriendo. Si alguien se merecía ese dolor era la de Voldemort, una varita que solo había causado muerte indiscriminadamente.
Así poco a poco, con todas las fuerzas que le quedaban puso toda su magia en su varita, para ver con satisfacción cómo el guijarro de luz iba cada vez más hacia Voldemort y cómo este parecía realmente aterrado por un momento. Hasta que el guijarro hizo contacto con la varita de Voldemort y el mundo de Harry cambió para siempre.
El sudor corría por su frente y sus brazos dolían de mantenerlas en alto, así como el empuje que hacía el hechizo, sus dedos sentían calambres por la fuerza que agarraba su varita y su cuerpo en completa tensión por la adrenalina del momento, apenas prestaba atención a los golpes y la herida de su pierna o brazo.
Creyó escuchar muchos gritos junto con la misteriosa neblina que salía de la varita del mago oscuro, pero toda su atención se centró en… ¿era esa la mano que le había conjurado a Colagusano?
Hasta que apareció Cedric y de repente ya no escuchó nada.
Solo que no era el Cedric que había llegado a conocer.Todo su ser estaba teñido de un gris oscuro, como si de alguna manera Cedric fuera un trapo sucio al que nadie le importó que se destiñera en la lavadora. Y él no lo era. Incluso mientras le sonreía con tristeza, Harry juraba que iluminaba el lugar. ¿Cómo alguien así podía ser gris? Él debería ser amarillo como el Sol, o blanco como las nubes.
Lo peor es que… parecía un fantasma. Uno como los tantos de Hogwarts, pero Cedric era mucho más, no debería…
No debería haber muerto. Punto.
Harry observó a Cedric como un sediento mira un manantial. Cedric giró la cabeza, observó el espectáculo de luces y fue hacia Harry. Movió los brazos, como si quisiera agarrar al Gryffindor por los hombros, pero se contentó con una mirada firme.
Harry temblaba y no por el cansancio.
Harry lloraba y no por el dolor.
— ¡Aguanta Harry! —le dijo, su voz se oía lejana cuando en realidad estaba justo frente a él, su rostro serio como nunca antes lo había visto.—¡Sigue luchando!
¿Cómo podía decir esas palabras? Justo ahora, cuando había intentado hacer de todo por cumplirla, por no dejarse vencer fácilmente, y aún así… Harry apretó los dientes, sin saber si lo que sentía era rabia o algo más, algo más oscuro y aterrador.
Soportando como podía la presión en la varita sujetándola con las dos manos, observó con los ojos abiertos cómo aparecían la forma de un señor mayor y de Bertha Jorkins, ambos alentándolo a ganar la pelea.
¿Cómo se sentirían si supieran que realmente no le importaba y lo hacía más por acto reflejo y terquedad? Bueno, supuso que les daba igual, ya estaban muertos. Quien podía perder la vida ahí era él. Y Voldemort, se aseguró de recordarse a sí mismo, viendo a su enemigo a través de las luces totalmente desconcertado.
Cedric estaba a su lado, callado, mientras Bertha le animaba y el señor estaba diciéndole cosas a Voldemort que no lograba escuchar, pero por los aspavientos del fantasma no era nada bonito. Ojalá pudiera escucharlo.
Y al segundo siguiente, tan concentrado estaba en mantener firme su varita y no rendirse, que casi se pierde el momento en que de la varita de Voldemort volvió a aparecer otra figura, cayendo al suelo como las otras.
Harry casi deja caer sus manos, para acercarse a ella o para alejarse no lo sabía. Esa figura era distinta a otros fantasmas. Mientras los otros eran grises, ella tenía un brillo blanco a su alrededor, o al menos así la veía Harry. Se apartó el pelo largo y se levantó, a unos escasos pasos de él.
Lo miró, y él desearía que no lo hubiera hecho. Porque allí estaban unos ojos incoloros, pero cuya forma era igual a la suya. Esa sonrisa nerviosa que había visto en muchas fotografías a altas horas de la noche y la forma en corazón de su rostro.
Su madre lo miraba y él quería que dejara de hacerlo. No era así… no era así como lo había imaginado, cuando era pequeño y aún pensaba que alguien lo rescataría de los Dursley, y no era así como pensó en ella tras ver las fotografías que le dio Hagrid.
Ella era tan… joven. Casi podía pensar que era un ángel con la luz que emanaba de ella.
Su fantasma se acercó a él, pasándose las manos por el pelo, como si estuviera nerviosa. Harry quiso que alguien le arrancara las gafas, no quería ver esto. Prefería seguir imaginándola a tenerla allí, tan distinta a como pensaba, tan joven, y no poder hacer nada. No poder acercarse, no poder abrazarla, no poder… hacer algo.
—Harry—su voz lo sorprendió. Era un poco más grave de lo que había pensado, pero seguía teniendo una dulzura que solo había llegado a soñar. Se puso a su lado izquierdo, mirando la luz dorada de la que había salido.—Mi niño… tengo tanto que quiero decirte, pero tu padre viene, quiere verte… solo recuerda que te amo…
Su madre —su madre, su madre— fue bajando la cara lentamente, para que Harry decidiese si rechazarla o no. Como si en algún mundo Harry pudiera llegar a rechazar a su madre. Así, Lily apoyó su frente en un lado de su cara, un poco por encima de su oreja.
El chico sintió un escalofrío y cómo su cuerpo temblaba de frío ante el contacto. No sentía nada. Notó la garganta doler por las lágrimas que estaba reteniendo. Deseaba que esto no estuviera pasando, así nunca sabría qué había perdido esa noche. Pero ahora lo sabía. Esto, este amor que lo envolvía con solo un toque de su madre…
Esto era peor que cualquier cruciatus … y aún así Harry quería más.
El Gryffindor no se movió por miedo a espantar a su madre o romper el momento. Ahora mismo Voldemort ni sus asquerosos mortífagos no le podían importar menos.
Su madre levantó los brazos, casi como si quisiera abrazarlo, pero se arrepintió y los volvió a bajar. Harry quería decirle que le daba igual, que si iba a morir prefería hacerlo en sus brazos fantasmales que en cualquier otro lugar, pero no pudo.
—Harry—repitió su madre.—Harry, mi precioso niño…—su voz bajó aún más, como si sus palabras estuvieran saliendo de ella tras luchar contra el dolor. Hablaba como si esta fuese su última oportunidad de hacerlo y quisiera que esas fueran sus únicas y últimas palabras. Como si Harry fuese lo más precioso del mundo…—Va a venir tu padre… solo tienes que saber…—su susurro le daba justo en la oreja, su voz era lo más parecido a un cálido abrazo que había tenido nunca,—que nunca, en ningún momento me arrepentí de aquella noche.
A Harry se le acabó el aire y por unos segundos se le olvidó de que tenía pulmones. Harry dejó de mirar la luz de los hechizos y la miró, a ella, su madre, que le sonreía ya no con nervios, sino con una alegría que parecía que la iluminaba aún más. Podía ver tanta fuerza en esa sonrisa y ojos que lo miraban con una firmeza obstinada…
—Moriría por ti cientos de veces, en cada universo y vida, lo volvería a hacer, siempre, sin dudarlo un segundo…—con sus dos manos le acarició las mejillas, solo ahora se daba cuenta que se le habían escapado unas lágrimas que su madre intentaba secar, en vano. La voz de su madre parecía igual de rota que su corazón cuando habló—Te amo, mi precioso niño, mi Harry…
Y antes de que el chico procesara esas palabras empezó a salir otra persona. Este iba más lento, como si le costara y estuviera luchando para poder salir. Su madre se apartó un poco de él, mirando la escena con tristeza.
Y ahí estaba, la figura en el suelo que se levantó con rapidez, sus extremidades moviéndose como alguien que no está acostumbrado a estar quieto. Harry no podía relacionarse con eso, pero sí con la cara de él. Era él, su padre. Y Harry era solo una copia de peor calidad de él, ahora lo veía claro.
Su padre se acercó a él, y contrario a su madre él tenía un color gris oscuro a su alrededor. No podría decir de qué color era la camisa o pantalones que llevaba, pero sí sabía que la sonrisa que le daba podía contener cien soles en ella. Sus ojos eran más pequeños que los de él, sus labios un poco distintos y la forma de su cara más cuadrada, pero era igual a Harry, y él… no sabía qué hacer con eso, tenerlo ahí delante, justo al lado de su madre, ambos mirándolo como si fuera el gran tesoro de sus vidas.
Lo primero que pensó al verlos a ambos juntos es que eran jóvenes. Era completamente distinto verlos a través de viejas fotografías que tenerlos en persona. Su padre llevaba una camisa con las mangas subidas, y tenía unos brazos largos y fuertes que llamaban a Harry a hundirse en ellos. Si Voldemort no lo hubiese matado podría haber recordado cómo se sentía tener a su padre abrazándolo. ¿Se sentiría calmado, protegido? La voz de su madre había sido como estar rodeado de miel, si no se hubiera sacrificado por él y hubieran vivido de alguna manera, ¿le habría cantado a Harry, enseñándole canciones de su infancia?
Ambos parecían solo unos años mayor que él, ¿cómo es que a la vez parecían tan adultos? Ya con arrugas, con expresiones cansadas que ni la muerte podía quitar. Su padre, a pesar de su alegría, era el que peor aspecto tenía.
—Harry, ente kunjaa… cómo has crecido—la voz de su padre tenía una gravedad inesperada pero reconfortante. El chico puso una mueca extraña, esta vez no por el cansancio o el dolor, sino por la vacilación. ¿Qué quería decir su padre con esas palabras extrañas? Su padre también simulaba querer abrazalo, todo su cuerpo fantasmal vibrando. Hasta que tras ver a su madre un momento la seriedad lo abrigó como una segunda capa.— Harry, escúchame.
Harry no habría escuchado otra cosa ni aunque quisiera.
— Cuando la conexión se rompa, —continuó James,— desapareceremos al cabo de unos momentos… pero te daremos tiempo. Tienes que alcanzar el traslador, que te llevará de vuelta a Hogwarts, ¿lo entiendes, Harry?
No, Harry no lo entendía. Miró a sus padres, que estaban ahí con él tras solo soñar con ellos, ¿y ahora tenía que despedirse de ellos? No.
Harry nunca se había podido despedir de ellos o siquiera crear recuerdos ya que había sido solo un bebé cuando se fueron, pero tenerlos allí y decirle que se iban otra vez… ¿Por qué la vida le hacía esto? ¿Disfrutar un momento con ellos para volver a arrebatárselos, para que esta vez doliera y supiera con cada respiración que tomara que sus padres lo habían querido y ya no estaban ahí para mostrarle ese amor?
—No…—dijo con mucho esfuerzo, su boca sin saliva.—No quiero, por favor…—observó a quienes le dieron a luz, que se veían cada vez más tristes.—Mamá, papá, por favor…
—Prepárate—susurró su padre, casi con pesar y ojos tristes. Se puso firme a su lado, su madre siguiendo su ejemplo a su derecha, como escudos protectores. Risible, porque estaban rompiendo su corazón que se desarmó en cuanto vio a su madre aparecer.
Le hubiera gustado tener algo que protegiera a su corazón maltratado. Pero volvería a pasar por todo el dolor si eso lo llevaba a ese instante, con sus padre con él.
—Ñaan ennum ninne snehikkum—le dijo su padre en voz baja, con firmeza. Harry no entendía nada, pero la forma en que lo dijo, con gran calidez y amor… no podía imaginar que fuese algo malo. Se giró un instante para mirarlo, un extraño arrepentimiento reflejándose en su rostro.—Y… lo siento mucho Harry… ojalá hubiera podido, ojalá no haber…—no pudo terminar la oración, un dolor abrumador empañando su voz.
Dio unos pasos atrás, alejándose de él. Harry, estúpido de él, sacó una mano con la que empuñaba su varita, ahora haciendo fuerza solo con una, e intentó agarrar a su padre del antebrazo.
El mundo se volvió a paralizar otra vez, su mano a escasos centímetros de la piel de su padre, quien también se había quedado parado, observándolo con gran atención. Allí había… alzó la cabeza, su padre cerró los ojos y asintió.
—Harry—Cedric le habló, ahora sorpresivamente al lado de su madre, sacándolo del pozo en el que había estado a punto de caer. No era… no era el momento para eso.— Lleva mi cuerpo, ¿por favor? A mis padres…
El Gryffindor no hizo falta que dijera palabra, debió de mostrarse su resolución en sus ojos porque Cedric se fue tras Voldemort, quien cada vez parecía más colérico.
Su padre asintió hacia su madre, casi hablando telepáticamente, y se volvió hacia Harry.—Hay alguien más que quiere decir algo y es… es importante. Escúchala y después… corre.
Harry tragó saliva, o lo intentó con lo reseca que tenía la garganta. No quería que esto terminara. Si con tal de sostener el hechizo podía ver a sus padres, sacaría fuerzas de cualquier lugar para mantenerlo eternamente.
Pero ya no podía pensar más, sus padres tenían rostros estoicos y decididos. Estaba decidido, iba a perderlos… otra vez.
Una joven de pelo largo ligeramente rizado apareció. Harry no la reconoció, pero le hubiera gustado hacerlo para poder abrazarla cuando aún vivía. El dolor que enmarcaba su rostro no podía ser del momento de su muerte, era uno que solo se conseguía tras una vida llena de penurias. Sabía que era joven, pero tenía tantas arrugas en su pálido rostro… Podía escuchar a los mortífagos gritando, ahora todavía más alto. La mujer —¿era una mujer? se veía tan joven y tan mayor a la vez…— observó el caos a su alrededor, con una tranquilidad que solo la muerte podía otorgar. Miró lejanamente a la distancia y después se fijó en Harry, que había estado muy atento a sus movimientos.
Con una mano gris, prácticamente translúcida, acarició la mejilla del chico que apenas pudo contener un escalofrío y no alejarse. Sus padres tampoco dijeron nada. Bueno, si esta era la voluntad de una de las víctimas de Voldemort, que al menos se llevara algún consuelo con ella.
—Las respuestas están al principio—el bajo susurro pareció llegar al alma de Harry, imposible de no escuchar aún cuando estaban en una gran vorágine de ruido y gritos. Con el pulgar congelado, muerto, acarició el pómulo del Gryffindor. Harry solo notó frío. Le hubiera gustado poder sentirlo y saber a quién pertenecía realmente esta hermosa caricia.—Y dile… dile que no está roto, que no tiene que esconderse y que lo siento. Que lo siento mucho.
Su padre se acercó a ella como si quisiera darle algún consuelo, pero se decidió por acercarse más a Harry, casi rozando sus brazos.
Si los fantasmas pudieran llorar Harry sabía que ella ya lo habría hecho. Era triste que no pudiera externalizar toda la desolación que llevaba dentro; la muerte no tenía misericordia con nadie. Con ese pensamiento en mente, Harry juró que si seguía vivo en las vacaciones, lloraría un poco por ella también.
Añadir otro nombre a la lista no sería ninguna molestia, y menos por una señora que lo veía —no a él, sino a quien sea que estuviera imaginando encima de su cara— con tanta ternura y arrepentimiento.
La mujer, ya sin nada que decir, le dio la espalda y cargó contra algunos mortífagos que seguían gritando y ya no la volvió a ver.
—Prepárate—volvió a repetir su padre, enfocándose otra vez en él. En su voz se notaba la urgencia.—Siempre estaremos contigo, Harry—su madre dijo con rapidez, sus palabras salieron atropelladas. Ambos lo miraron, el dolor y el orgullo eran notorios. Harry era incapaz de apartar la mirada.
Su padre miró a Voldemort con un odio iracundo y gritó—¡Corre, ahora!
Harry apartó la varita con dolor, sin creerse que hubiera podido aguantar tanto, rompiendo así el hechizo dorado y la extraña jaula en la que estaban. Pero las figuras fantasmales no desaparecieron, sino que todas juntas cargaron contra Voldemort, como un escudo.
El chico no sabía cómo sentirse con ello, pero tampoco tenía tiempo para ello. Corrió como nunca había corrido en su vida, ni cuando Dudley y su pandilla lo perseguía, ni cuando se escabullía en Hogwarts y estaba cerca la señora Norris. No, ahora no huía de nadie, sino que iba a por alguien. A por Cedric, esquivando tumbas y mortífagos. A algunos les lanzó algún hechizo, pero sus ojos estaban fijos en el cuerpo de Cedric y sólo en él.
No importaban los muertos, las figuras fantasmales de quienes lo amaron con su vida, ahora lo importante era Cedric, por quien sí podía hacer algo.
Cuando llegó hacia él hundió sus uñas en su camisa, y observó con pánico dónde estaba la copa. En vez de eso se encontró con la sonrisa sanguinaria de Voldemort, sus ojos rojos combinando con la sangre seca de la herida en su garganta, ya tristemente cerrada. Harry, con su cabeza latiéndole y la adrenalina fluyendo por sus venas pudo ver la copa lejos de él. Cuando Voldemort levantó la varita, Harry también lo hizo, solo que en vez de una maldición de sus labios salieron:—¡Accio!
La copa voló por el aire hacia él, y en el instante en que tocó el asa supo que iba a estar a salvo. Puso su frente en el pecho de Cedric, el tirón tras el ombligo que provocaba un traslador que se activaba y los gritos de furia de Voldemort fueran su canción de cuna, permitiendo a su cuerpo relajarse solo unos instantes.
Estaban bien, estaban juntos.
Cuando el traslador lo dejó en el suelo no pudo recordar nada a partir de ahí. Cree haber escuchado música y después muchos gritos. No podría saberlo, Harry solo se agarraba al pecho de Cedric, con fuerza, clavando las uñas en el cuerpo del Hufflepuff, luchando contra la sola idea de separarse de él. Su cuerpo temblaba por todas partes, cree haber gritado algo de lo que pasó en algún momento, pero cuando alguien intentó apartarlo, luchó con las mínimas fuerzas que le quedaban, sus lágrimas de rabia manchando su cara ya llena de tierra y sangre. Estaba seguro que se veía más bestia que persona, gruñendo y con sangre seca por la boca y barbilla.
No lo entendían, Cedric tenía frío, él solo quería darle algo de calor. En vez de gritar podrían ir a coger una maldita manta. Las personas se desdibujaron en su visión, como en una cámara lenta extraña que había visto en algunas películas desde su alacena.
De algún modo, el profesor Moody nunca había sido Moody y era un mortífago disfrazado —¿habría sido el que mencionó Voldemort? no le importaba— y ante la revelación Harry actuó con indiferencia, mirando el lugar por donde había huido ese tal Barty Crouch Jr. y deseando estar con Cedric para darse consuelo mutuo.
El resto fue un borrón en negro, hasta que de repente se encontró otra vez en su habitación, que esta vez se sentía incluso más pequeña que otros años, en la casa de sus tíos.
Cayó en su cama mientras Hedwig lo juzgaba con la mirada. Daba igual, el día de hoy era para llorar por Cedric, por sus padres, por esa señora desconocida y, con suerte, quedaría un poco para sí mismo.
Harry esperaba una carta. De hecho esperaba varias, pero ninguna era la carta que quería. Sí, sus amigos le escribían, pero eran apenas un par de oraciones mal escritas, Harry podía imaginar la pluma temblorosa de Hermione, dudando de cada palabra, y la mueca de Ron, pensando en qué debería poner.
Intentaban aparentar normalidad cuando nada en Harry lo era. Hermione le comentó de los nuevos libros que había leído y las próximas vacaciones que haría a Francia con su familia. Palabras vacías de aliento, un simple “espero que estés bien” o un “no podemos decir mucho”. Ni una pregunta sobre Harry, ni una mención a lo que pasó en el laberinto y ni una noticia de lo que pasaba realmente ahí fuera.
Ron se quejaba de las tareas domésticas y hablaba de que le gustaría que Harry estuviera ahí. Un banal “confía en nosotros” y “aguanta un poco más”. Nada más. Lo que no decían era mayor que lo que decían.
Y se preguntaba ¿cómo? ¿cómo aguantar cuando su cuerpo se debilitaba cada día? Ahora hasta sus parientes lo dejaban en paz, olvidado, solo hablaban con él para quejarse de sus gritos por la noche llamando a Ce…
No, no iba a ir ahí ahora.
Los días perdieron su significado. Solo era un segundo más que sentía que no podía respirar, un minuto que se alargaba y dolorosamente pasaba al minuto siguiente sin su consentimiento. Una hora entera acostado en su cama, mirando el techo esperando que se le cayera encima, manteniendo una mano permanentemente en el corazón, sintiendo sus latidos volviéndose más lentos, y con la terrorífica incertidumbre de si lo hacía para asegurarse de que seguía funcionando, o si es que acaso esperaba a sentir el momento en que dejara de hacerlo.
Lo importante es que Harry esperaba una carta. Varias, de hecho. Le gustaría alguna que estuviera llena de preocupación, pero no demasiada o se sentiría culpable. Una que hablara sobre lo que ocurría en su mundo en vez de intentar descifrar medias verdades en el Profeta. Le gustaría alguna que lo llenara de preguntas, para que pensara en responderlas y dejara de pensar en cosas —personas— más deprimentes. Le gustaría otra que dijera un simple te quiero.
Harry se movió a la izquierda en la cama, cambiando de visión desde el techo a la pared junto a la cama. Con la uña empezó a darle golpes, la pesadez cada vez más usual cerniéndose sobre él. Era mejor darse con el dedo a lo que hizo ayer, dándose cabezazos para poder sentir algo y creer que tenía algún tipo de control. Ahora, sin fuerzas ni para soltar un suspiro, se resignó. Debería saber que alguien como él no merecía ese amor. Tener a Ron y Hermione ya era un milagro, y sabía que Sirius lo apreciaba… Solo que a veces, sentía que no lo entendían. La carta donde Sirius le pedía que no hiciera nada precipitado se reía de él en algún lugar del suelo.
No iba a mentir y decir que no había pensado en salir a buscar algún tipo de pelea, o incluso en coger su escoba y volar a la Madriguera, pero cualquier resolución se exterminaba cuando le venían recuerdos de lo que ocurrió en el cementerio mezclado con sus pesadillas, allí donde Cedric y sus padres eran los personajes principales de sus peores sueños. Se encogía en su cama, la mayoría de las veces con Hedwig a su lado ululando y dándole suaves mordiscos que lo despertaban lo suficiente de su estado como para acariciarla.
Sus seres queridos no habían visto lo que él, no estaban sufriendo lo que él, no entendían absolutamente nada. ¿Habían visto a sus padres salir de la varita que los había matado? ¿A su madre, tan absolutamente viva, fuerte y tan joven que había sido doloroso verla? ¿A su padre, que a pesar de la situación le había sonreído con suficiente calidez como para derretir un país helado y que tenía…?
No. Harry se estremeció, sintiendo náuseas. No iba a pensar en eso, había visto mal, habia sido una ilusión porque era de color gris, nada más.
Prefirió seguir con su pensamiento anterior y mucho más seguro, encogiéndose en su interior, odiándose un poco más por su raciocinio. ¿Cómo se atrevía a criticar a sus amigos por no entenderle si ni siquiera se entendía a sí mismo?
Pensó en todos los libros que leyó hace años en la biblioteca de Little Whinging, en quién se los había recomendado y cómo habían sido un refugio en un momento donde se sentía invisible. Ja, irónico, ahora se sentía incluso aún más invisible, como si fuera aire y las personas pasaran por encima de él. ¿Estaba mal que le gustaría que lo pisaran para sentir algo más que apatía?
Recordó el libro de Frankenstein en sus manos, un libro demasiado grande para un niño tan pequeño. Lo había leído con gran rapidez, sin importarle el dolor de cabeza que siempre venía después. Había leído con tristeza y un extraño dolor en el pecho cómo todos rechazaban al llamado monstruo, cómo gritaban nada más verle y cómo dañaban a ese ser que solo quería tener amigos, que miraba con envidia cómo el resto de humanos se daban amor sin reserva, mientras a él lo rechazaban nada más verle. No fue hasta ahora, muchos años después, que se dio cuenta de qué era ese dolor en el corazón: reconocimiento, como si hubiese leído un trozo ligeramente cambiado de su vida. El ser de Frankenstein —el monstruo— era como él.
Intentaba no centrarse en esa parte, el dolor al rechazo hacía tiempo que había desaparecido—se había vuelto bueno en ocultarlo—. No, ahora mientras Harry miraba a una Hedwig triste observar al aún más triste Harry, pensó en la idea de un ser que no debería existir, que estaba hecho de pedazos de otros humanos. Así se sentía él.
Su piel era toda de su padre, cuando lo miraban muchos solo veían al antiguo Potter con su pelo rebelde, miopía, talento en la escoba y su capacidad para meterse en problemas, hasta que se decepcionaban cuando veían sus ojos, el único órgano que le había dado su madre. ¿Tal vez también la nariz? A lo mejor lo sabría si alguien le hablara de ella. Los huesos fueron gracias a los Dursley, aunque esta parte vino con defectos; con cada golpe de la sartén, con cada grito y falta de cariño sus huesos se astillaban, pero le sirvieron bien incluso cuando a veces le costaba levantarse de la cama por eso. Y cuando llegó al mundo mágico las expectativas en sus miradas se convirtieron en su órgano central, dándole vida a Harry Potter.
Solo un cuerpo sin cerebro.
Ahora Harry, solo Harry, en la casa de sus tíos muggles, intentaba calmar sus pensamientos, con la cara contra la almohada y las gafas a un lado. No le importaba el calor que hacía en su pequeña habitación o cómo la sábana debajo de él se pegaba a su cuerpo. Casi lo agradecía, así podía pensar que el líquido que salía de sus ojos era sudor.
Sí, estaba sudando por el peso de todos los órganos, huesos y tejidos encima de él que lo aplastaban y lo habían transformado en el monstruo que es hoy. Y era solo cuando estaba a solas, que las preguntas aterradoras se abrían paso en su mente. Porque si no era la copia de sus padres, ni la creación rota de los Dursley, ni la esperanza de la comunidad mágica, Harry se preguntaba en el cruel silencio de su habitación, sintiendo la soledad más fuerte que nunca. ¿Entonces qué era?
No se atrevía a buscar una respuesta.
Hedwig, la mejor lechuza del mundo se había negado a dejarle, incluso cuando le pidió que mandara algunas cartas, las rechazaba y con su pico le acariciaba el pelo. Harry pensaba que esa era su forma de dar un abrazo. Gracias a ella era cuando estaba más lúcido, y a veces… A veces no quería estarlo y se odiaba por eso.
Las pesadillas, por horribles que fueran, eran una buena excusa para su malestar y cuando despertaba repleto de sudor, el corazón acelerado como si acabara de hacer una gran maniobra de quidditch y con temblores en su cuerpo como residuo del terrorífico sueño… él lo sentía. Sentía algo. Sentía esas emociones: dolor, miedo, tristeza. Y el resto del día… una nada aplastante.
Harry ‘El loco’ Potter, ya podría verlo en las portadas de todas las revistas si se supiera cómo estaba, cómo era en realidad. Bueno, al menos tenía a su leal lechuza que solo se alejaba de él para cazar y hacer sus necesidades —es una lechuza muy limpia—.
Harry le tocó el pico negro tras ponerse las gafas, y Hedwig al instante le mordió el dedo, jugando con él. El chico soltó una leve risa, sus ojos recorriendo cansadamente cómo movía sus alas, dándole sin querer un poco de aire en esa habitación que cada vez era más asfixiante con el calor del verano acumulándose.
—Eres…—dijo, la garganta le dolía de no usarla, sintió su lengua reseca y añorando algo líquido. A Harry no le importó, apoyando su frente en el pecho de Hedwig,—eres la mejor amiga del mundo Hedwig—susurró, ronco,—y te quiero.
Porque si alguien se merecía oír esas palabras era ella.
Si alguien se merecía una carta, cientos de ellas con miles de te quieros, esa era Hedwig.
La cosa es que Harry esperaba… Tal vez no una carta. Podría ser una señal, un humo en el cielo que le dijera que le importaba a alguien, podía ser un abrazo que él realmente quisiese y pudiera sentir completamente a la otra persona sin miedo a hacerle daño —o que le hiciese daño a él—. Solo un simple recordatorio de que importaba, de que alguien lucharía por él en vez de tener que ser él quien siempre llevara la espada, ¿acaso no podía llevar una rosa, o un libro en su lugar? Solo a veces, que alguien le arrancara esa espada de Excalibur que nunca quiso arrancar de la roca ni pidió empuñar y la blandiera por él.
Harry sacudió la cabeza, sentándose en la cama, ante lo cual Hedwig movió las alas, nerviosa por el movimiento.
Sabía un poco de historias, y al final el héroe siempre sucumbía al destino, lo quisiera o no. Al fin y al cabo, ¿quién querría leer sobre un héroe cobarde que pedía ser rescatado?
Harry no.
Cuando levantó la mano para sacarse el pelo que se había pegado en su frente, una mancha negra cubrió su visión y solo fue gracias a sus rápido reflejos que echó su cabeza hacia atrás y no impactó contra él. En su lugar, esa mancha desconocida ahora hacía ruidos molestos tras haberse dado contra la pared, habiendo caído en su mesilla de noche vacía.
Hedwig, siempre protectora, fue la primera en acercarse a la criatura desconocida. Harry, aún lento en procesar sorpresas, solo fue cuando Hedwig le lanzaba ruidos que se fijó que era un cuervo. Se acercó, por primera vez en lo que parecían años sintiendo curiosidad por algo. Nunca había visto uno tan de cerca: su cuerpo lleno de plumas eran de un negro inquietante, sin hablar de su pico y ojos. Todo en el pájaro parecía una señal de amenaza, un augurio de malas noticias, de muerte. Si lo pensaba con detalle, se podría decir lo mismo de él.
Harry solo se sentó más cerca de los pájaros, sin importarle mucho nada.
La verdad es que era entretenido ver a los pájaros comunicarse a su extraña manera. Hedwig movía sus alas amenazadoramente mientras el cuervo parecía mortalmente aburrido, lo que ofendía más el orgullo de su lechuza.
Ojalá tuviera una cámara y poder grabar esa imagen. Se contentó con tenerla grabada en la cabeza.
Tras unos minutos Hedwig debió de dar su visto bueno porque se calmó y sin pedir permiso, aunque no lo necesitaba, se puso en su regazo y se hundió allí, cerrando los ojos.
Harry soltó una ligera risa, arrepintiéndose ante el dolor que sintió en la garganta. Su hermosa lechuza, siempre buscando caricias. Bueno, no sería Harry quien se lo negaría, así que empezó a acariciarla como le gustaba, mientras a la izquierda el cuervo observaba todo.
—Bueno—habló el Gryffindor, tosiendo un poco. Le mantuvo la mirada al cuervo y por muy estúpido que fuera, habló con él. Si aparecía por allí al menos podría hablar con él al no estar Hedwig disponible.—¿Qué te trae por aquí? Normalmente se pide permiso para entrar en casas ajenas.
El cuervo giró la cabeza como si quisiera entender lo que decía. Así, la luz de la ventana le dio en la cara al pájaro y Harry se dio cuenta que sus ojos, contrario al resto del cuerpo, no eran del negro que había pensado. Eran azules, un azul profundo y oscuro.
¿Era normal que los cuervos tuvieran ojos azules? Aunque si era un animal mágico… No iba a preocuparse por eso.
—Tienes unos ojos bonitos—le dijo, sin ser capaz de sonreír como quería, sus músculos faciales sin fuerza.
Ante esa confesión el animal pareció escandalizarse. Levantó las alas y lanzó varios graznidos amenazadores. Harry no se echó atrás, sobre todo porque estaba Hedwig encima de él y no quería molestarla. Si el cuervo decidía morderle o algo no le importaba, mientras no le hiciera nada a su lechuza.
El pájaro se calmó ante su falta de respuesta. Harry negó con la cabeza, un poco divertido en contra de su voluntad.—Que sepas—le dijo al cuervo, aunque su mirada estaba en el plumaje de Hedwig—que sigo manteniendo lo que dije. Aprende a aceptar un cumplido.
El cuervo hizo más sonidos, pero Harry no vio lo que hizo, ocupado en sentir la respiración calmada de su lechuza. Y después el cuervo ya no estaba en su mesilla de noche, sino a su lado en la cama.
El pájaro se movía incómodo sobre sus dos patas, como si no supiera qué hacer en esta situación. Bueno, Harry tampoco lo sabía, así que ya eran dos. Sintiendo un poco de pena por lo aturdido que se veía, le dio su brazo para que se subiera ahí, sin importarle si le clavaba las uñas o no.
El cuervo, al parecer con mucho más orgullo que Hedwig, se negó y lo miró como si fuera caca de dragón. Aunque tal vez sí olía como uno, ¿hacía cuánto no se duchaba? No lo recordaba…
Sintió un pequeño dolor en su pierna, y al bajar la vista el cuervo lo había mordido levemente para llamar su atención.—Eres un cuervo muy travieso, ¿lo sabías?
El pájaro miró la ventana a su lado como si quisiera irse de allí en seguida y se estuviera arrepintiendo de haber entrado. Harry entendía ese sentimiento, él tampoco quería estar allí. El chico suspiró, cansado de todo, ya sintiendo sus párpados cayendo a pesar de ser por la tarde. Él solo… estaba cansado todo el tiempo, y un cuervo en su habitación no iba a cambiar eso.
El animal pareció ver algo en él, porque se acercó un poco más y dejó ver al fin una pequeña carta que tenía atada. ¿Cómo no la había visto antes? Seguramente por el cansancio y la sorpresa. Un cansancio que ahora se estaba desvaneciendo.
¿Alguien le había escrito? ¿Quién podría ser? ¿Tal vez Sirius había cambiado de pájaro? Un cuervo iría bastante bien con su estética. Sus manos empezaron a temblar, esta vez no por el crucio de hace semanas, sino por pura expectación y una alegría que estaba naciendo a pasos agigantados en su pecho.
El cuervo se quedó quieto, posiblemente sin respirar, mientras Harry le quitaba la carta con toda la delicadeza posible. Cuando tuvo el pergamino amarillento en sus manos lo llevó a su pecho como si fuera una bomba de oxígeno, pudiendo respirar completamente tras tanto tiempo sin aire. Ahora todo su cuerpo había empezado a temblar y a respirar fuerte, sus ojos un tanto cristalinos.
Podría ser una carta en la que lo insultaran y él se sentiría igual de bendecido, hacía tanto que no recibía nada de nadie… Miró al cuervo, que ahora había vuelto a posicionarse en su mesilla de noche. Tragándose lo que sentía, asintió hacia el pájaro, sus manos temblando sobre el pergamino.
—Gracias—le dijo.—Gracias.
Sin esperar más, investigó su nueva carta. Y así, poco a poco la alegría que había llegado a sentir se fue transformando en duda. Le dio vueltas, notando al fin lo rugosa que estaba en comparación con cómo debía ser. Por fuera solo ponía “Harry Potter” con una letra temblorosa que no reconocía.
La abrió, y antes de empezar a leerlo ya supo que algo no estaba bien.
Abierto se notaba más, pero estaba lleno de manchas de tinta que se habían intentado borrar mágicamente con prisas, partes de la carta tenían marcas de rotura que se habían vuelto a unir, y poseía algunas perforaciones por la fuerza que había usado con la pluma. Todo en ella gritaba desesperación y miedo, dos palabras que Harry conocía muy bien.
Lo leyó.
Ojalá no lo hubiera hecho.
Potter, no tengo mucho tiempo, así que lo haré rápido.
Sé lo que ocurrió en el cementerio, cómo Voldemort volvió y lo que hiciste para salir con vida de ahí. Y sobre todo, la ayuda que tuviste para conseguir eso.
Imagino que te gustó ver a tus padres, aunque solo fueran como fantasmas. Pero por mucha alegría que hayas sentido, la verdad es que no sabes nada sobre ellos. ¿Acaso no te dio curiosidad lo que dijo el Señor Oscuro? ¿No viste nada extraño en el brazo de tu padre? Sé que lo viste, viste ese tatuaje en su piel, esa calavera.
En palabras simples, tu padre fue un mortifago, Potter, no sé cómo ni por qué, pero esa marca en su brazo es inconfundible. Lo importante ahora es, ¿qué vas a hacer con esa información? Y mejor, ¿qué voy a hacer yo? Puedes seguir ciego a la verdad o venir a verme para descubrir qué más nos han ocultado.
No desperdiciaré esta oportunidad, ¿y tú?
Si quieres que el secretito de tu padre siga siendo un secreto, ven a verme hoy a las ocho al final de Cremer Street, en Shoreditch, sabrás dónde es. Allí hagamos un trato.
No me gusta no saberlo todo, y aunque tú seguro estás acostumbrado a eso, yo no pienso desperdiciar esta oportunidad.
Tu elección, tu futuro.
Con los ojos abiertos y sintiendo ya más peso sobre sus hombros y alma, miró al cuervo —¿qué otra cosa haría sino?— quien parecía bastante desinteresado de la situación.
—Esto no puede…—dijo Harry al cuervo, a Hedwig, a su padre y a sí mismo. El pájaro negro no le permitió finalizar y tras observar su entorno una última vez, salió volando por donde vino, dejando un rastro de miseria tras su vuelo.
Hedwig se había despertado, incómoda, y ahora lo juzgaba desde su escritorio. Harry no tenía nada que decirle. Todo estaba ahí, en esa carta maldita que había roto el muro que había construido sobre lo que vio ese día en el cementerio, en el antebrazo de su padre. Ahora la realidad lo agarraba del pelo y le obligaba a ver la verdad.
Una verdad que no podía ser posible.
No, su padre no fue un mortífago. Además de que no pensaba como uno, ¡el resto lo habría sabido! Pero… pero él había visto ese dibujo, esa calavera y cómo la serpiente a su alrededor tenía las fauces abiertas justo en la muñeca de su padre, como si en el instante en que se moviera le fuera a clavar sus colmillos venenosos en las venas.
A Harry se lo habían clavado en el corazón y estaba envenenando todo su mundo.
Pero había estado ahí, un color y forma inquietantemente similares a la que había visto en el cielo en la Copa Mundial de Quidditch, que había visto enseñar con orgullo a los mortífagos en el cementerio, estaba ahí, en la misma parte del brazo, en la piel fantasmal de su padre.
Se había negado a reconocerlo, pero ahora… Arrugó la carta con rabia.
Se negaba a creerlo por mucho que dijera esta carta. Y él podía haber visto mal, o Voldemort podría haber hecho algo con su cuerpo cuando lo mató (por mucho que sintiera ganas de vomitar con tan solo pensarlo) pero no podía dejar que esta información, por errónea que fuera, se hiciera pública. Dañaría para siempre la imagen de su padre, y Harry moriría antes de permitir eso.
No sabía dónde quedaba exactamente Shoreditch, pero no podía estar cerca. Miró el reloj medio roto en su escritorio, uno de los tantos regalos que Dudley había olvidado. Marcaba en rojo las seis y media de la tarde. Miró al armario que tenía enfrente, pensando.
No podía ir en escoba, no sabía ni en qué dirección tendría que ir, y el autobús Noctámbulo no tenía ninguna privacidad, iba solo a destinos estrictamente mágicos y sus paradas quedaban guardadas mágicamente. La persona de la carta ni siquiera escribió un lugar concreto, sería demasiado arriesgado. Si alguien supiera que iba allí, si alguien lo espiaba hablando de este tipo de información, de su padre…
Harry sintió arcadas de solo pensarlo. No podía decírselo a nadie, ni siquiera a Hermione o a Ron, y Sirius… no era una opción.
Se abrazó un momento para darse consuelo, intentando calmar su respiración y pensar. Hedwig se acicaló las plumas, llamando su atención sin querer. Un poco más allá de su lechuza, vio algunos libros de historia que su primo tiraba en su habitación como basurero y que Harry había leído en los veranos cuando no tenía nada que hacer.
Se levantó de la cama, de repente la resolución llenando su ser, apartando la amargura a un lado.
Con una caricia a Hedwig que aleteaba y hacía pequeños ruidos de emoción, se guardó la carta en el bolsillo del pantalón. Sabía lo que tenía que hacer, y con una determinación y emoción que no había sentido en semanas, supo exactamente quién lo ayudaría a llegar a ese sitio.
Bueno, eso esperaba.
Con el cuerpo sintiéndose extraño por estar en movimiento tras tiempo sin él, se dirigió a la biblioteca pública de Little Whinging.
James esperaba una carta. Bueno, en realidad esperaba varias, así que no se le puede culpar por saltar de la cama en cuanto vio un rayo de sol —que sus padres no se enteren que no durmió por la emoción—. Su pijama granate no quedaba muy bien con sus calcetines naranjas, pero se los había hecho su tía y se sentía mal si no los usaba, y además eran increíblemente calientes, y en esa mañana de verano donde parecía que el sol solo estaba de adorno, siempre eran bienvenidos.
Tras despedirse de su pez naranja, bajó las escaleras de dos en dos, agarrándose al pasamanos por miedo a caerse. Su amma siempre decía que su energía era tanta que intentaba salir de su cuerpo, y James no quería ganarse un regaño por no tener cuidado, otra vez. Con un puchero pensó en Hogwarts, donde ya había hecho cientos de amigos y con escaleras mucho más divertidas que las de casa.
—¡Amma! ¡Papá!—gritó fuerte, ya viendo el suelo a pocos escalones.—¡Es hoy, tiene que ser h…!—frenó de repente, su mano agarrando con gran potencia el pasamanos, el suelo de repente a kilómetros de distancia. Y todo por culpa de eso.
Ese olor a coco que ya estaba impregnando toda la mansión poco a poco, como uno de esos venenos que actuaban lentamente del que Sirius le había dicho que era inmune —no lo era, Madame Pomfrey no estuvo contenta— y James ya podía sentirlo dentro de su nariz. Arrugó la cara, ya deseando no haber salido de su habitación.
—¡Baja ya James, se te va a enfriar!—El niño cerró los ojos, ya condenado a su destino. Además, su amma no era muy lista, ya sabía que la comida no se enfriaba gracias a un hechizo —no sabía cuál, debería preguntarle a Remus en su próxima carta— así que empezó a bajarlas de una en una, al igual que uno va a la oficina de la profesora McGonagall sabiendo que hiciste algo mal.
Contando los segundos, esperando que se hicieran más largos para no tener que enfrentar esa pesadilla.
La pesadilla de James lo recibió en el comedor familiar, en la mesa blanca pequeña para ellos tres, y justo encima un pequeño plato cóncavo, bellamente adornado con flores rosas y blancas, y en su interior un líquido naranja con garbanzos negros y muchas especies, entre ellas un coco rayado, del cual su amma ponía el doble solo para él, asperando que así le llegaría a gustar a James.
Se equivocaba.
Eso en sí no soltaba olor a coco, de hecho era muy agradable cuando te acercabas al plato —pero James seguía viéndolo incomible, sabiendo lo que llevaba dentro—. El mayor problema era el aceite de coco que había usado que seguía apestando la habitación, así que en vez de observar con anhelo los grandes ventanales de la habitación que estaban tortuosamente cerrados, James se contentó con mirar el puttu que estaba al lado, su única salvación en ese desayuno. Esas pequeñas bolas de arroz circulares parecían tener un brillo especial a sus ojos, y aunque James ya sabía, muy a su pesar, que también llevaban coco, en este no se notaba en absoluto y era increíblemente comestible, delicioso incluso —no se lo digáis a su amma, no le deis esperanza—.
—James, la silla te espera—dijo su amma de espaldas. James ya no debería asustarse por eso, estaba claro que usaba algún hechizo para siempre verlo desde todas partes.—Y no comas hasta que llegue tu padre.
El niño puso los ojos en blanco, con los brazos sobre la mesa para apoyar allí su cabeza, aburrido. Sabía que según sus muchas clases de modales no debería hacerlo, pero oler el coco había eliminado toda su alegría por...
—¡Amma, es verdad, hoy florece, dijiste que sería hoy!—exclamó, su sonrisa apareciendo otra vez en su rostro. Se agarró a la silla, con ganas de salir ya al jardín.
Su amma se giró, apartándose de la mesa alta, mirando a James con toda su altura.
James estaba seguro de que le dijo algo, sobre todo con esa cara tan seria que le ponía, pero la luz de la mañana le daba por detrás y su piel oscura parecía brillar cuando los rayos del día le acariciaron la mitad del rostro. Apenas se le notaban un par de arrugas, incluso cuando se enfadaba como ahora. A James le encantaban sus grandes labios que siempre sonreían—¿por qué tuvo que tener los labios pequeños de su padre?— y ojos oscuros que brillaban de cariño al verlo. James amaba a su padre, pero a veces le gustaría parecerse más a su amma.
Por eso apreciaba tanto su piel (y sus ojos), porque aunque no tan oscura como la de su madre, le recordaba a ella y a parte de su cultura y familia que estaba muy lejos de él. Verse al espejo le daba fuerza cuando extrañaba a sus tíos y primos, y si se esforzaba casi podía sentirlos abrazándolo junto con el olor a especies de la casa de su ammini, envolviéndolo dulcemente.
Le daba igual que Peter se riera de sus cremas, ya vería quién se reiría cuando la adolescencia los golpeará con fuerza. Él cuidaría de su piel como el tesoro que era y la historia de su familia que con ella representaba.
—Sí—respondió su amma, sentándose enfrente de él, con una mano apartándose el pelo oscuro de la cara.—Pero para ir hay que desayunar primero y esperar a tu padre.
James se tambaleó en el asiento, reacio a aceptar lo que decía.—Pero no es mi culpa que papá haya estado toda la noche haciendo pociones, ¿no podemos ir…?
—James—su dulce voz se volvió más seria, hasta que soltó un leve suspiro y le sonrió a su hijo.—Ya sabes cómo funciona esto, ente kunje, tiene que estar toda la familia presente para verlo florecer.
James se rascó el pelo, avergonzado como cada vez que su madre le decía cosas en malayalam. Se sentó quieto, por una vez sin moverse y con la postura correcta agarró un plato con puttu y se sirvió.
—Kshamikkanam amma—susurró el niño, mirando a su madre débilmente y cómo rápidamente el brillo volvía a sus ojos con sus palabras. Era en estas ocasiones donde agradecía más que nunca haber tenido que aprender malayalam. Había algo en ese idioma que ablandaba a su madre.
Mientras a él lo riñeran menos hablaría en el idioma que hiciera falta.
Tras haber tenido que esperar diez minutos sin poder probar nada —a James no le importaba, solo quería ir al jardín— su padre apareció por la puerta con el pelo revuelto, las gafas torcidas y aún vistiendo el pijama (él también lo llevaba, pero su amma lo dejaba porque era su niño).
Su amma puso los ojos en blanco al verle, pero lo dejó pasar, ya acostumbrada. Su padre le saludó, aún bostezando y sentándose al lado de su amma, a quien le dio los buenos días con un beso en la frente.
—Monty, ¿al menos te has lavado los dientes?—expresó su amma, sin poder esconder una sonrisa.
Su padre se encogió de hombros, aún luchando para mantener los ojos abiertos.—¿Para qué si los voy a volver a manchar ahora? Además hay un hechizo que…
James ya no los escuchó, contento de poder empezar a comer ya para poder salir. Hoy era un día importante y odiaba tener que esperar —odiaba esperar por cualquier cosa—. Una alegría se abría paso por su cuerpo, sintiendo escalofríos de expectación. Su cuerpo pedía salir ya, pero no podía.
Para James no había nada peor que quedarse sin hacer nada, aún menos cuando esperaba algo con tanta ilusión.
Y mientras tanto allí estaban sus padres, completamente despreocupados de sus sentimientos. Mientras James comía velozmente todo el arroz, uno de ellos observaba embelesado los platos, como si el solo hecho de mancharlos con comida fuera un sacrilegio, mientras la otra persona contestaba una cartas de unos políticos aburridisimos que seguramente dirían nada y mentiras, como diría Peter.
Su amma apartó las cartas, ya contenta con el número escrito.—Monty, querido, no pongas esa cara, me dijiste que podía usar esa vajilla…
Su padre, de repente completamente despierto observaba los platos con dibujos de rosas—¡Y puedes, mi cielo! Pero es que… son una edición de coleccionista, dicen que perteneció a la misma Morgana.
James resopló, soltando arroz por la boca sin querer. Asustado de que su amma haya visto eso los tiró al suelo velozmente, un elfo doméstico lo recogería más tarde en silencio.
Aguantando las ganas de salir corriendo, James bostezó. Solo su padre se ponía así por unos cuantos platos viejos.
—Sí—respondió su madre con calma, ya acostumbrada a esta conversación.—La misma Morgana de tus historias usó unos platos con dibujos de flores… sí.
—No son mis historias, ¡es historia! Además, combinan mis pasiones, las antigüedades, la historia y las flores, ¿no es encantador?—terminó su padre con una sonrisa, dos manchas rojas notándose en sus pálidas mejillas.
Su amma apoyó la cabeza en una de sus manos, sin poder evitar sonreír—Sí, Monty, eres un completo encanto.
James estaba harto. Siempre se ponían así en las peleas, odiaba verlos tan melosos, pero no había otra, estaba encadenado a la mesa… qué tortura. Al niño no podía importarle menos los platos y a quién pertenecieron… pero su padre no estaba de acuerdo. Porque ambos sabían que por mucho que sonriera amma, su furia podía encenderse con la facilidad con la que uno lanza un lumos. Y a su padre le encantaba enfurecer a amma.
—James, ¿no piensas igual que yo? Yo mismo te conté la historia.—Oh no, su padre ahora quería otra víctima que se hundiera con él. Pues ese no iba a ser James.
—Ehm… No, no recuerdo mucho… ¡Pero seguro que Remus lo sabe!—se emocionó al pensar en sus amigos.—Ya os hablé de él, ¿verdad? Lee mucho, pero es mi amigo, igual que Sirius y Peter.
Sus padres se miraron, y por algún milagro empezaron a comer también. Ahora toda su atención estaba en él, lo que a James le encantaba. Esperaba que con los años todos en Hogwarts lo miraran con la misma atención.
—Sí, nos hablaste mucho de ellos por carta y cuando llegaste. Y de esa niña… ¿cómo se llamaba?—preguntó su amma con inocencia.
James la miró, sin creérselo. Su amma tenía mucha memoria, ¿y olvidó el nombre de Lily? Cree que debería ofenderse en su nombre.
James se cruzó de brazos, ya sin hambre e impaciente.—Se llama Lily, amma, y sí os hablé de ella. Es muy inteligente y aunque sus padres sean muggles sabe mucho de magia. ¡Y tiene el pelo muy rojo!—terminó, haciendo aspavientos con las manos para explicarse mejor.
Sus padres volvieron a mirarse, esta vez de forma rara. James suspiró, acostándose en la silla, ya cansado del día, de sus padres y del mundo.
En el fondo de su mente empezó a escuchar un sonido, pero pensó que debían ser sus padres hablando de cosas aburridas de adultos, pero aún persistía tras muchos minutos. James intentó ver de dónde veía, y en lo alto había un ave con cara enfadada picoteando el cristal.
—Eh, hay un pájaro…—habló James, sin saber muy bien qué decir ante la presencia sorpresa.
Su madre frunció el ceño, añadiendo más arrugas a su rostro. Giró la mano y esa ventana desapareció, así la ave pudo entrar. Y no era una simple ave, se fijó cuando aterrizó majestuosamente en medio de la mesa, sus alas cortando el aire entre los gritos de pánico de su padre preocupado por los platos y risas de su amma.
Era un águila. Con una carta atada a su garra izquierda.
James esperaba cartas, pero no… así. Y sin embargo… tragó saliva, con miedo tras darse cuenta que el animal lo observaba a él. No sabía muchas cosas, pero un águila no era lo que se usaba normalmente para el correo.
Sus padres, ahora callados, estaban igual de desconcertados que él. No esperaban ningún correo… al menos no así ni ahora.
Su madre, como la más racional de la familia, fue la se acercó primero y agarró la carta. Tras observarla, movió su mano derecha a su alrededor lanzando hechizos que no conocía. Con un giro de muñeca, se la dio a James por el aire, quien la atrapó con rapidez.
—Es segura—añadió, para volver a sentarse y terminar el desayuno. Su padre tenía una expresión preocupada, pero confiaba en las habilidades mágicas de su mujer y más que eso, en la seguridad de su hijo.
Mientras sus padres seguían comiendo, James abrió la carta, sin saber qué se encontraría. Al leer la primera línea soltó una carcajada, reconociendo al fin la letra y de quién era.
Querido James Analfabeto Potter (seguiré así hasta que me digas cuál es tu segundo nombre, tú eliges)
Primero, si eres analfabeto, ¿cómo estás leyendo esto? Espero por tu bien que no le estés haciendo leer la carta a Orange, Merlín sabe que ese pez tiene bastante con estar contigo.
Oye, con Orange no, pensó James en su cabeza. Su pez naranja era la mejor mascota del mundo. Pero espera, ¿estaba insultando a su pez o a él?
Segundo, te estoy enviando esta carta con el pájaro de mi hermano, perdón por el susto inicial que debió ser. Nuestra madre se la regaló porque va a comenzar Hogwarts este año. A él no le gusta, pero yo creo que se parecen, ¿sabes la cara amenazadora que parece que te va a comer? Mi hermano es igual, así que por una vez creo que mi madre acertó con el regalo.
Como a Regulus no le gusta, me dejó usarla para darte esta pequeña carta. Mamá nos tiene muy controlados, no quiere que pensemos en algo más que no sean los estudios o decirle cosas bonitas a los mayores. Así que si te has preguntado por mi falta de comunicación este verano, fue porque literalmente no pude. Espero que no hayas pensado que te ignoraba.
¡Amigos hasta la muerte y más allá, recuérdalo!
A James le dolieron un poco los ojos, sonriendo hacia la carta. En ningún momento había dudado de él. Había hablado de la falta de comunicación con Remus y Peter y pensaron que había pasado algo, pero nunca dudó de su amistad.
Y claro que lo recordaba, ¿se reía de él? Fueron unos meses después de que se conocieran. Remus había estado muy enfermo y no quería que nadie se acercara a él, y por algún motivo se negaba a ir a la enfermería, así que no pensaron, solo actuaron. James lo había distraído con historias tontas mientras Peter las actuaba para su entretenimiento mientras Sirius le ponía paños húmedos en la frente y verificaba su recuperación. Esa misma noche se acostaron los cuatro en la cama de Remus, con James y Sirius a sus veras y Peter a sus pies por ser el más bajo. Ninguno replicó por el poco espacio, solo se hicieron compañía y comieron las grageas de Bertie Botts para todos los sabores para distraerse.
Así, ante un avergonzado Remus, se prometieron entre todos ser siempre amigos, hasta que la muerte los separase (James había añadido que ni eso haría que se separase de sus seres queridos, por lo que el resto estuvo de acuerdo)
Tengo muchas cosas que contarte, pero no puedo escribirlo, ¡solo tengo este pergamino y no me sirve para todo lo que quiero decirte! Así que hablaremos pronto en persona en el tren. Solo quería decirte que estoy vivo, que eres mi amigo y que para este año tal vez tengamos a uno más en nuestro grupo. ¡Espero que Regulus termine en Gryffindor! Es un niño un poco raro, le gusta mucho leer así que puede que vaya a Ravenclaw, mientras no sea Slytherin… ¿Te imaginas a alguien que nos contara todos los secretos internos de Ravenclaw?
Tengo muchas ganas de este curso, volver a veros y poder llevar a Reggie conmigo… espero que lo améis igual que yo.
Un para nada cordial saludo
De Sirius Orion Black III
James puso los ojos en blanco, harto de la manía de su amigo de poner el nombre con su número como si fuera de la realeza. Que pensándolo bien, sí era un poco en la comunidad mágica, pero era solo… Sirius. Había visto cuál era el escondite de sus mocos, pero tras descifrar su terrible letra que parecían más bien dibujos, se dio cuenta que aún había mucho que no sabía de su amigo.
Estaba bien, tenía toda la vida por delante para descubrirlo.
—¡Amma, papá!—gritó tras procesar la carta. Sus padres, acostumbrados a sus gritos, solo le indicaron que siguiera hablando.—¡Sirius me ha dicho que este año va a venir su hermano a Hogwarts! Espero que esté también en Gryffindor, podríamos cuidarlo y enseñarle mucho. Sí es el hermano de Sirius sería como el mío también, ¿no es genial?
Su padre se vio preocupado, hablando lentamente, apartando su plato ya vacía con delicadeza.—James, aunque eso sería maravilloso, tienes que recordar que ¿Regulus dices? Es un Black, y aunque Sirius fue distinto, no tiene que ser igual a su hermano.
Su madre, como siempre que se hablaba de algo de Hogwarts que no le gustaba, fruncía el ceño y fingía no escuchar para evitar decir lo que pensaba. Esta vez no se contuvo.
—Sigo pensando que James habría estado mejor en la Surya con sus primos. Allí no hay nada de esa cosa absurda de las casas.
James, tras haber estado un curso entero en Hogwarts se espantó ante la idea. Si bien el Sūrya Mahāvidyālaya, el cual era su nombre técnico pero nadie lo llamaba así (aunque su madre le había hecho memorizarlo) había sido una opción, no era tan bueno hindú como lo era con el malayalam, estaba mucho más lejos de casa y no se imaginaba vivir en el templo que hacía de colegio e internado en Sikkim, al norte del país y muy lejos de Kerala, donde estaba su otra familia y el paisaje con el que se sentía cómodo allí. Y además de eso…
—¡Sino no habría conocido a Sirius, amma! ¡Ni a Remus ni a Peter! ¡Ni a todos mis amigos de Gryffindor!
Su madre le dio una pequeña sonrisa, asintiendo.—Sí, supongo que lo que Hogwarts no tiene en calidad de estudios, lo tienen en personas.
—Oh, estoy totalmente de acuerdo con eso—exclamó su padre, llenando la amplia sala con su felicidad. Le dió un amplio beso en la mejilla a mamá, avergonzándola.—Por eso te casaste con lo mejor de Hogwarts mi amor.
James hizo una mueca, asqueado por sus padres.
El águila se había ido hace tiempo, igual que la comida en el plato de sus padres. James se llevó la carta de Sirius al pecho, sintiendo su corazón como cuando volaba en la escoba.
Sus padres se levantaron al unísono. James ya sabía lo que eso significaba, así que sin esperar un segundo más saltó de su asiento y con la carta en una mano, abrió la puerta blanca con la otra, observando los amplios jardines de su casa. El cielo estaba claro y había una brisa fresca que le enfriaba la cara y le traía paz.
Fue directo hacia la gran mancha de color que se veía a unos cuantos pasos. Un gran árbol con muchas ramas lo esperaba, sus flores de un hermoso color amarillo le hacían cosquillas en la cara mientras se adentraba, sus flores creando casi un escudo contra el resto del mundo. Su amma le había dicho que por eso la gente lo llamaba el árbol de lluvia dorada, pero que ellos sabían más y debían llamarlo por su nombre: kanikkonna. En secreto le gustaba más el nombre de lluvia dorada, pero a veces amma era rara con las cosas de la India, así que solo obedecía. A James le encantaba apoyarse en el tronco, que aunque delgado era fuerte, y observar las flores. Su padre había hecho algo para que siempre floreciera, sin importar la estación, sabiendo lo importante que era para su madre. Y para James también lo era.
Allí se sentía en paz, algunas ramas rozando su rostro y haciéndole cosquillas, casi podía creer que estaba en casa, su otra casa, en Kerala con su ammini, sus tías Nalini y Indira y su tío Suresh.
Sus padres salieron más lentos de casa, tomados de las manos. Su padre en pijama arrugado contrastaba con el vestido beis de su amma, pero se veían muy felices mientras iban hacia él. Su amma, por dentro igual de emocionada que él, tiró más de su marido, queriendo llegar rápido.
—¿Estás listo, hijo?—le preguntó su padre, ya a su lado y apoyando una mano en su hombro. Su amma se quedó en silencio a su derecha, observando con atención los pétalos amarillos que se movían con el viento.
James inspiró aire para después expulsarlo, mirando la hierba bajo sus pies. Le ponía nervioso que en algún momento no funcionara, pero confiaba en su familia, y la carta de Sirius en su mano le daba fuerza.
Su madre le agarró de la mano mientras su padre hizo lo mismo, los tres conectados. Solo se podía hacer esto si toda la familia estaba junta (Orange no contaba, lo que era una lástima)
—Hṛdayaṅṅaḷuṭe vākkukaḷ ozhukaṭṭe—susurró su amma a la nada, con los ojos cerrados. Le gustaba mucho esa frase, que en inglés tenía un significado parecido a permitir que hablen sus corazones. A James le parecía muy apropiado.
Su amma le dio un suave apretón en la mano para que no olvidara su parte. Lo había hablado con sus primos y le dijeron que no hacía falta que dijera nada, pero su madre le obligaba. James soltó un bajo:—Dayavaayi—que significaba por favor. Le parecía tonto, pero por su familia haría lo que hiciera falta.
James no podía cerrar los ojos como su amma, le gustaba ver cómo sucedía todo.
Primero el silencio los acogió, y poco a poco el viento se empezó a hacer más fuerte, y así se soltaron de sus ramas varios pétalos amarillos. Por esas ocasiones le gustaba más llamarlo lluvia dorada, esas flores cayendo encima de ellos como la lluvia más bonita de todas, cuya caída vio James con pura felicidad.
Los fue contando, cada pétalo cayendo a quién pertenecía. Uno, dos, tres, cuatro… James tenía cuatro, situadas en su nido de pájaro que tenía por pelo, su amma tres en los hombros y a su padre le había entrado una en la boca. James soltó un grito de emoción, sacando con delicadeza cada pétalo amarillo, pudiendo soltar al fin las manos de sus padres y viendo con emoción cómo los pequeños pétalos se agrandaban hasta tener la longitud de un pergamino normal.
Ya sabía que el primer pétalo que le cayó era de su prima Anandita, que por mucho que se riera de su acento, su pétalo siempre era el que llegaba antes, señal de su entusiasmo y ansias de comunicarse con él, y de algún modo hacía que la tinta tuviera olor a cardamomo, increíblemente dulce y cuando leía sus palabras en los pétalos, no sabía si guardarlos o comerlos.
Y Divit, por mucho que se creía demasiado mayor para andar con él, se aseguraba de contar sus nuevas aventuras con muchos detalles, y lo que le calentaba el corazón, es que siempre ponía la traducción al inglés debajo. Sabía de sus dificultades al leer y escribir malayalam —toda la familia lo sabía— pero que hiciera eso por él… James podía ser pequeño, pero no era tonto.
Investigó los otros grandes pétalos, confirmando al ver la letra que eran de su ammini y de su tío Suresh.
Se sentía bendecido, allí con su familia a su lado e incluso más al otro lado del planeta. Lo querían tantas personas y él se sentía agradecido. Con un suspiro lleno de una alegría infantil, corrió de nuevo hacia las puertas de la mansión.
Su padre le decía siempre que las cosas queridas se llevaban cerca del corazón, a James le pareció lógico e intentaba seguirlo, así que con la carta de Sirius y los grandes pétalos amarillos guardadas celosamente tras sus manos y empujadas junto a su corazón, entró en casa, listo para responder cada misiva de ellos.
Al fin y al cabo eso es lo que sus padres le habían enseñado que era el amor: un juego de dar y recibir donde todos ganaban. Si James a veces prefería dejar ganar a otros y quedarse sin nada… eso es otra historia.
