Work Text:
—Ya es diciembre...— digo contemplando con la vista borrosa, refregándome las lagañas de mis abultados párpados para tener una mejor visión de la empañada ventana. Gruño con fastidio, rodando con todo y felpado cobertor, la pereza impresa en cada milímetro de mi musculatura modorra. Definitivamente los tallones a mis globos oculares no serían contrincantes suficientes a mi semana de desvelo diario.
Todo por haber acumulado la tarea de último momento.
Arrastrando mis calcetas de Bob Esponja por el suelo, me desplazo al exterior de mi pieza, yendo casi a ciegas al cuarto de aseo, por decirlo elegantemente. Por poco resbalo con el inodoro, pero no fue así; maldigo, cuando sea el momento apropiado le reclamaré a Yohio por ser un descuidado a la hora de orinar. Digo, ¿qué tanto le cuesta apuntar al váter? Sí, es apenas un niño, pero demonios, ahora me siento asqueado de ver a la esponja amarilla mojada de ese líquido.
Cómo sea, al menos este incidente me ha abierto los ojos. Armar un drama tan temprano es innecesario y yo tengo que prepararme para ir a la preparatoria. Es así como lavo mi cabello con un champú que huele a frambuesas, especializado en el maltrato de las puntas abiertas y el frizz, dado que el jabón de papá se acabó. Aunque, a decir verdad, me gusta más el de mamá. Enjabono mi cuerpo con la regadera desbordando agua caliente hasta su tope, pues soy una persona que poco o nada tolera el frío. No pasa más de media hora y ya he acabado, así que me enredo en una bata amarilla y ato una toalla pequeña a mi cabello medianamente largo, saliendo del aparente cuarto a vapor que he dejado atrás mío.
Dibujo una carita feliz en el espejo empañado para inmediatamente borrar con toda mi palma la humedad. Me miro al espejo. Vaya, aún si me baño sigo luciendo como la mierda. A mis espaldas está la puerta siendo golpeada con insistencia, no me había dado cuenta de que mi hermana ha estado llamando para que me apura por equis o ye razón. Da igual, porque me tomo mi tiempo para cepillarme los dientes y escupir el enjuague bucal, aplicándome mis pomadas recetadas por el dermatólogo para las cicatrices del lado derecho de mi rostro, justo después de batallar con el nuevo lente de contacto para ese ojo.
—¡AHG! Con un carajo— se me escapa una grosería y sé que mi hermana lo escuchó, no sólo por ese claro respingo de susto, sino porque aquí las paredes son de papel. Tengo las ansias de rascarme la pupila, pero por obvias razones no lo hago. Es jodido picarse por error el ojo con lente de alta graduación. Como si de por sí acostumbrarme a esta aumentada graduación no fuera suficiente. Pero, para mi desgracia, el oculista ha dicho que es lo mejor si no me quiero partir la cara por no distinguir la profundidad de un poste.
Me aferro al lavamanos una vez el ardor ha parado un poco, viendo que en mi reflejo tengo inyectado en sangre el bendito ojo. Y la pupila está rotando. Mas verlo rojo no es nada nuevo. Y ver mi nistagmo tampoco lo es.
El doctor me turbo jura que con el tratamiento y los lentes que usaba, tarde o temprano sería un ser completamente sano de nuevo, sin embargo, tras nueve años desde que adquirí nistagmo de torsión sin avance alguno —es más, mi vista se fue cuesta bajo—, uno ya no les cree. Bueno, eso y que los resultados en Google apuntan que es una condición sin remedio.
—No seas una perra lastimera, no es para tanto— señalo mi proyección en el espejo, porque es ridículo hasta para mí sentirme una víctima por ello. Pudo haber salido mil veces peor, quizás si no me hubiera puesto el cinturón de seguridad, como tanto estaba emberrinchando, hoy tendría que usar un parche por el asco que daría verme con la cuenca vacía, me imagino sería espeluznante.
Al menos es un buen tema de conversación. No todos los días un coche se da una vuelta de trescientos sesenta grados contigo adentro.
Por fin me puedo despedir de las terribles gafas que me acompañaron por todo el año anterior y volver a los castrantes, pero efectivos, lentes de contacto. Como los había extrañado, de verdad, mi ojo izquierdo por poco es diagnosticado de miopía por estar expuesto tanto tiempo a una lupa que no necesita.
—¡Finalmente abres! He estado paradota’ por veinte minutos, ¿qué te ha tomado tanto tiempo? ¡Más te vale que no te hayas terminado el agua caliente o juro que te mato!— cual Flash, si éste fuera una semi-adulta, pasa Ruby a lado mío cargando una maleta donde seguramente están sus cosméticos, empujándome para que salga rápido de allí. — Me estoy haciendo pipí y Lumi ya está en camino, ¡ah! Pero el niño necesita su tiempo de calidad, ¿no?
—En primer lugar, buenos días, y en segun— ni termino la oración y Ruby me ha plantado el portón del siglo. Ah sí es cierto, hoy la recogen, supongo que tendrá que salir más temprano. Ups. —do... bueno, no te quejes, trate de advertirte.
—¡¿Quién azotó la puerta?! ¡Les he dicho mil veces que giren la manilla!— papá regaña desde el piso debajo mientras yo bostezo y me encierro en mi habitación, sacando del armario una muda de ropa limpia y planchada.
—¡OLIVEEEEER! ¡Te mataré!
Oh, se ha dado cuenta que me acabé el agua caliente.
Mamá va de aquí para allá, acarreando el desayuno para mi hermano menor y lo intercala con el montón de papeles que resguarda en su gran bolso café, en tanto papá uniforma a Yohio al tiempo que lo alimenta. Que bonito es ir como desees a la escuela, no me preocupa que mi uniforme esté sucio o me falte el saco, porque no es obligatorio. Aunque, si lo piensas, también es una tortura mental.
Me apuro a comer los cereales y huevos estrellados en mi sándwich, si quiero que papá me lleve en auto.
—Sweet, ¿dónde está esa niña? Se le va a hacer tarde y las moscas se están tomando su café. Por Dios, ni pareciera que sea universitaria— se queja papá al ver la hora que apunta el reloj de manecillas encima del refrigerador, atisbando la boca del ahogado Yohio con hojuelas Quaker.
—Trae para acá, Big, estás ahogando al niño. Encárgate de llevar todas tus cosas al coche, ¿sí?— pide dulcemente mamá, entonces se sienta ocupando el espacio que mi papá dejó, no sin depositar un casto beso en los labios rosados e irse directo al frente de la casa, donde está estacionado el vehículo. — ¡RUBY, SE TE HARÁ TARDE!
Oh sí, mamá solía pasar de dulce y amorosa a malhumorada y exigente en un santiamén.
—Tranqui', ma'— la susodicha ha hecho aparición, con unos pantalones ajustados y un abrigo el doble de grande que oculta su corpiño coral, amarrado su abundante cabello rosa artificial en una coleta de caballo, saltando los escalones con prisa y a medio maquillar. —, Lumi va a pasar por mí y ella conduce rápido.
—Eso no me tranquiliza en absoluto. ¿Esa niña tiene licencia para conducir, verdad? Más les vale que no excedan el límite de velocidad o estarás en problemas, jovencita— arquea una ceja perfectamente delineada y con la cuchara empapada de leche apunta a la chica que tiene los cachetes repletos de cereal.
—Que sí, mamá, que sí. Lumi es mayor que yo, por supuesto que tiene licencia— mamá pone énfasis en que no debe comer con la boca llena pero pasa sin mayor reclamo debido a Yohio, quien le dice que se acabó su plato de cereal. —. Hey, tú.
—¿Hum?
—Hablando de venir a recoger, ¿por qué ya no he visto a ese lindo chico de coletita?— me atraganté con la yema y mamá me dio palmaditas en la espalda en tanto atiende una llamada de su empleo. — Mmm, ¿y ahora qué dije?
—¡R-Ruby!— demonios, tartamudeé cuando ligeramente golpeé la mesa con un furioso rubor reluciendo en mi rostro.
—¿Te refieres a Len? Cierto, Len ya no nos ha visitado tan seguido como antes— Yohio toma su lugar en la conversación aprovechando que mamá ha ido en busca de su maleta, por supuesto, ¿por qué no? —. Seguro le hiciste algo, ¡él me regalaba jugos! Haz que vuelva.
—Sí, Oli bebé, haz que vuelva tu guapo amigo. Se ve que lo extrañas— porque como familia que somos, si hay oportunidad de abochornar a un miembro, lo haremos sin dudar. —, seguro que Len también extraña las comidas de mamá.
—¿Uh?, ¿escuché que hablan de ese chico tan carismático? ¡Oh! Oliver, hace tanto que no traes a tus amistades, ¿por qué no lo invitas a la casa? Tu papá y yo no vamos a estar, pero piden una pizza y asunto arreglado. Siempre Ruby puede cocinar, ¿no es así, mi amor?— convenientemente, mamá ha escuchado el nombre de mi mejor amigo y se le ha salido esos momentos de madre permisiva, acariciando el rostro con más parentesco a mi papá, el de Ruby.
—¡Si Len viene dile que traiga a Miku! Ella siempre tiene los mejores videojuegos, los podemos poner en la consola de Ruby— alegó Yohio, refiriéndose a la hermanita pequeña de Len. Hicieron planes de lo magnífico que sería que Len se presentara, dejándome en segundo plano. La canalla de Ruby sonríe de oreja a oreja.
—Los odio a todos— me hundo en mi silla y de un sólo trago termino mi zumo de naranja.
—¿Todos llevan suéter? Es hora de irnos— entonces papá irrumpe en la cocina agitando las llaves, apresurándonos para que todos salgamos y dejemos de holgazanear. La única en no subirse a la camioneta es Ruby, ya que se quedará en la esquina a que aparezca el convertible de su novia. —. No quiero que se me estén enfermando después, ¿saben lo costoso que son los medicamentos hoy en día? Llévense al menos dos suéteres.
—Sí, papá— decimos Ruby y yo algo hastiados, sin prestarle verdadera atención. El clima empaña hasta las ventanas del auto, ¿cómo olvidaríamos algo así?
Se me olvidó mi suéter.
—A veces me pregunto cómo es que sigues vivo— muriéndome en el pupitre del salón abandonado tras la ida del profesor, se me acerca el aparente badboy/valedor de la vida diaria tatuada eternamente en su ojeroso rostro. —. Es decir, mira tu cara de culo. Estamos a bajo cero y tú eres el ser más enfermizo que he conocido, ¿qué estás haciendo con tu vida?
—Excelente manera de recordarme que me estoy congelando, gracias— y estornudo. De camino a los casilleros me limpio la nariz rojiza y congestionada, siendo seguido por Fukase. —, ¿por qué no dejas de ser un estorbo para la sociedad y me prestas uno de tus abrigos? No es como si necesitaras tantos, traes tres puestos.
—Nah. ¿Dónde estaría la lección, la moraleja del día?— sólo para encabronarme, se esconde la mitad de la cara en su bufanda, recargándose en la pila de casilleros. Me resigno, Fukase era esa clase de amistades con cero sentido común y cien por ciento sentido de la estupidez. La mano rilando abre mi rincón de la escuela y meto y saco los materiales de la clase que acaba de culminar, acomodando el desastre que es mi espacio. — Sólo toma su puto suéter y no te quejes, para algo lo conservas.
Entrometiéndose en mis cosas, Fukase señala la bolsa de cartón que contiene dicha prenda, tan cuidada como mi propio celular. Todos sabemos que el dispositivo móvil es la cosa más apreciada de un adolescente. Los labios se me tensan y simplemente cierro de golpe.
—... no es la mejor idea.
—¿Y congelarse por tus tonterías sí lo es? Llámenme loco, pero hasta hoy no había escuchado semejante incongruencia.
—No es para tanto, ni hace tanto frío— vuelvo a colgarme la mochila a la espalda y, por obra del conspiranoico universo, siento la necesidad de sorber ruidosamente mis mocos. Que jodido.
—Tks. No seas imbécil, ponte el maldito suéter o te dará hipotermia y morirás— es de las pocas veces que sale a flote el instinto paternal de mi amigo, señalando lo muy idiota que me veo desperdiciando el potencial de ese suéter que bien me quedará dos tallas más grande y me mantendrá calientito. —. Si me contagias hasta la más mínima gripe, te prometo que yo personalmente te enviaré con la enfermera a las malas. Hoy tengo una cita y tú y tus gérmenes no me la van a arruinar.
—¿Es tu manera de preocuparte por mí, echándome mierda? Aw, eres tan considerado— lo triste de ser clasificado como el niño tierno con cara de bebé del grupo es que ciertas palabras altisonantes y el sarcasmo no sonará tan bien en ti. —. Cierto, tú cita con Rana, ¿cómo va eso?
—No me cambies de tema, ricitos de oro.
—¿Me río? Ja, ja, don comedia.
—Que te sea de utilidad ese pinche bulto, si no lo vas a devolver úsalo para tu propia comodidad. Ahí sólo se va a estar pudriendo— que envidia, a Fukase si le sienta bien el usar groserías, lo hacen ver cool. Se paró en seco a nuestra recurrente rutina de ir por el almuerzo a la cafetería, hoy entra el nuevo menú. Me quedé viéndolo incómodo, tiene toda la maldita razón, pero siempre es más fácil evadirlo. —. Una de dos: o vas por ese suéter y te lo pones o vas por ese suéter y se lo entregas.
Todo sabihondo y ultra maduro, pone una mano enguantada en su cadera y abre el siguiente brazo por el camino que acabamos de cruzar, incitándome a cubrirme con la ropa de alguien más.
Y ya sabemos quién es ese alguien más.
Estoy siendo terco, infantil, ya lo sé. Por alguna razón, tengo el mismo sistema inmunológico que un bebé de tres meses, cualquier cosa que a los demás sólo les dure cual alergia en mí se extiende como la peste negra. Si me da una insípida gripe, mañana amaneceré moquiento, con temperatura, el cuerpo cortado y un montón de cosas asquerosas más.
Todo sería más sencillo si me calzo ese dichoso suéter de poliéster. Oh, claro que lo sería. Está tan acolchonado como un oso de felpa, con varios bolsillos de usos prácticos y los colores me van muy bien con el atuendo que traigo hoy.
Y él dijo que se veía muy bonito en mí.
Sería una inmensa mentira si dijera que no me hace ilusión volver a colocarme el suéter de Len, ya que lo he mantenido limpio por el lapso en el que me apropié de él. Resguardado en una bolsa de regalo muy coqueta. Lo veo con más sentimiento de lo que una persona cuerda puede observar un objeto inanimado, porque simplemente le he guardado mucho cariño a esa escueta, aburrida y para nada estrambótica pieza. Es hasta patético lo significativo que es para mí.
Eso es creepy.
Fukase toca con la punta de su botín el suelo reiteradas veces, el martirio en toda su expresión de espera. Ah, a veces solía ser muy atento sin proponérselo. Por más mala influencia que quiera demostrarse, es un chico muy fiel. Me atrevería a decir que es incluso tierno, con ese afán suyo de ser un desinteresado de mirada perdida muy mal logrado —con resultados cringes a veces—, de no ser por la cuantiosa cantidad de perforaciones y tatuajes por todo el costado derecho que presume veinticuatro siete. Eso sí que lo hace ver malote. Me ha aguantado todos los chillidos y nunca se quejó de escuchar mis desahogos de telenovela. Ha sido muy gentil conmigo... supongo que tomar su palabra tampoco está mal.
Sí, después de todo, sólo es poliéster.
Entonces, por detrás, las sonoras rizas edulcoradas de cierta persona resuenan en mis oídos en el momento preciso en el que tomé el coraje para vestirme con el suéter de Len. Su melodiosa voz, sutil toque de risa nasal, se propaga en el corredor y las manos me tiemblan.
—¿Qué estás esperando? Toma el— Fukase mismo se corta, mirando a la misma dirección que yo. —. Oh, chico...
Y ahí está él, brillando con los preciosos ojos de finito océano, contemplando la vaporosa sirena de su universo. Tan etérea, hermosa, meliflua. El arrebol acrecentando en sus impolutas mejillas, los hoyuelos acentuándose al sonreír, la gracia de una nata musa. Sus rubios, sedosos y relucientes, desparramándose en sus hombros, sin siquiera despeinarse. El nudo en la coronilla, propio de su gran moño albo, va a juego con el suéter naranjo en el que oculta sus manos. El suéter que originalmente fue de Len.
Por supuesto que Len estaría, aquí y ahora, con Rin. ¿Por qué justo frente a mí? De toda la escuela tuvimos que cruzarnos, coincidiendo que este sujeto ronda campante mi mente si veo su suéter en mi casillero. Pudo haber aparecido al principio del día, cuando no me tentaba un nervio, pero no, lo hizo en este preciso momento, donde me estoy debatiendo por entregarle la prenda a Rin.
La están pasando bien, se nota en sus caras, no por nada Rin enchina su flequillo en son de lindura. Len le ha pasado un mechón por detrás de la oreja, Rin acaricia la mano con la suya.
Se están besando.
Mi mano está adherida a la puertecita metálica, la que no he podido abrir. Fukase me aprieta el hombro.
—Dude... ¿por qué te sometes a esto? Sólo hay que irnos— sorbo la nariz, aunque esta vez no hay mocos. Asiento con la cabeza y de repente me siento decaído.
Fukase habla sobre comprar café con crema caliente y que siempre sí me prestará un abrigo de mala gana, de hecho, se lo está quitando. Hago una mueca de disgusto. ¿Tanta vergüenza doy que hasta al más machín le di empatía? Mejor dicho, pena ajena.
—¿Oli’?— esto sigue siendo un drama juvenil, cómo no. — ¡Oliver! Chico, por qué no dices nada, llevas ignorándome días— pego un brinco y el corazón se me descarrila, hasta Fukase dijo "ay cabrón" de manera no irónica. —, ¡oye! Oliveeer, no me hagas el feo. ¿Estás enojado?
—Tiempo sin verte, mandilón— actuó rápidamente Fukase, con su típico ritmo flojo al hablar y los apodos tan originales con los que bautiza a sus allegados.
Será que ahora le guarda un poquito de resentimiento, no obstante y ante todo, Len ha sido nuestro amigo desde la entrada a la preparatoria. Y, acertadamente, es raro que de la noche a la mañana nos hayamos distanciado sin decir ni pío, que le salgamos con ofensas tampoco es lo indicado. Ni lo más educado.
—Siempre es un placer alimentar tu ingeniosa mente, sombrerero— respondió con un tono juguetón Len y por un segundo a Fukase se le curvó la comisura, de esas sonrisas que se daban tras una racha impecable de sobrenombres sin sentido de hace no mucho tiempo. Cuando éramos el trío del montón en el grado.
Fue como un pincho al pecho. Por mi culpa y mis burdas excusas, le arrebaté eso a Len y Fukase.
—Oi, ¡Oliver! Hoy estás más en las nubes que de costumbre— no sé en qué momento Len estuvo tan cerca mío que ahora tengo la vista más satisfactoria de sus largas y numerosas pestañas blondas. —, ¿o será que realmente no quieres verme? ¡Hombre, si es así, dímelo! Puede que aquí sea yo el rarito.
Es sorprendente mi nula capacidad para retener los sonrojos funcionara, porque mi cuerpo es un alboroto ahora mismo. Bien, ya no necesito un suéter. ¿Cómo decirle lárgate a esa carita? No soy la persona más cursi del mundo, pero sé reconocer cuando un tipo —con el que claramente compartes un vínculo muy afectivo— guapo se inclina por asemejar un cachorro.
Rin activó el modo planta cuando su novio se avienta al supuesto mejor amigo que lo abandonó sin despedirse. Por encima del hombro esculpido y expectante frente a mí, ella nos está vislumbrando con una bonita sonrisa. ¿Por qué esa sonrisa no aspira romance, celos o diversión, como el de una pareja casual? Más que eso, parece la de una madre consentidora.
Por lo visto, me quedé inmerso en mis propios pensamientos. Len repitió mi nombre un par de veces, pasando su palma de lado a lado en mi expresión taciturna. Es cuando te preguntas: ¿qué coño estás tramando?, estamos de acuerdo que si un individuo te presta cero por ciento de su atención te vas con dignidad, ¿cierto? Entonces, por qué Len, en frente de su novia y los estudiantes chismosos, me apachurra los mofletes hasta sonrojarme y que en mis pupilas sólo él se refleje.
—Q-Qué mierda, ¡¿Len?!— Fukase reacciona como yo tuve que hacerlo si supuestamente somos sólo amigos: sacando la lengua y las facciones comprimidas. — Por el amor a lo más santo, no se jotea en frente de tu novia, es regla primordial, cabeza hueca.
La propuesta es aceptada, mas, es un misterio resuelto que Fukase lo ha hecho solamente para sacar mi trasero de los tensos aprietos. Len es un chico despistado en ciertas ocasiones, creo que todo ser humano lo es en algún punto, en especial los hombres, cuyos especímenes somos retratados en la industria del entretenimiento como idiotas de primera; ajá, sólo que hasta el más estúpido se daría cuenta de las verdaderas intenciones del indiscreto de Oliver, tan colorado como la cola de un babuino en celo y no por la calors’. Si es que lo notó, doy gracias porque no haya comentado nada.
—No le agarré una nalga, ¿o sí?— no queda dignidad cuál recoger. —, y a Rinny no le importa que me líe con ustedes, ¿verdad, dulzura?
—¡Por supuesto! ¿Quién soy yo para separarte de tus chicos?— entre las ansias de que se nos acerque y el pánico de salir corriendo, la aclamada novia de Len hace acto de presencia y Fukase dice la síntesis atinada para mi padecer: santa mierda. —Hola, chicos, tanto tiempo sin hablarnos. ¿Cómo han estado?
—... hola Rin— quedarme en perpetuo silencio levantaría más sospechas y yo creo que a mi estabilidad mental no le hacen falta achaques. Con la voz quedita de un cobarde entablo diálogo. —. Emmm, ¿bien? Supongo, qué pasaría por acá... ¿y ustedes?
—Fiu, ya me estaba preocupando, pensé que te quedaste mudo— hace ademán de limpiarse el inexistente sudor de la frente, como quien ha hecho un arduo trabajo. Arduo trabajo el mío, de soportar el ardor de mis orejas. —. Hablando en serio, Oliver, ¿pasó algo? De repente dejaste de verme, ni siquiera contestas con el chat... Por lo menos Fukase me insulta en Among Us.
Instintivamente volteé al citado. Uno creería que lo bloquearía de todas sus redes. Yo no tendría los testículos para hacerlo. Éste sólo se encogió de hombros e hizo un murmullo ronco, restándole importancia.
—¿Qué? Todos sabemos que matar a Len es tradición, no hay que perder las buenas costumbres.
—¿Qué sería de mí sin ti, Satoshi Fukase?— Len le lanza una ladina mofa, y este pedazo de humano se ve tan relajado y yo tan constipado. — En fin, ¿tienes algo qué decir, Oliver? Sabes que puedes contarme lo que sea. Soy todo orejas.
—Lenny...— el canturreo de Rin es de quien reclama tu comportamiento, pero más decorado que el dirigido de un docente a un estudiante revoltoso. — no lo presiones, Oliver no te dirá cada detalle de su vida— oh que tan buen consejo, mi querida Rin, lo que acaece es que este ridículo sí quiere contarle cada aspecto de su vida a tu amado novio.
Un brazo pasa por los hombros de Rin y se estrechan el uno al otro, cálidamente. Ahora me está dando frío. Me pregunto si yo calzaría bien en aquel rompecabezas, o si habría una diferencia abismal... el fervor de las hormonas me va bajando hasta extinguirse, con los pies aterrizados a tierra firme. Cierto, son Rin y Len ahora.
No es que tenga determinación, al contrario, prefiero mil veces que los sucesos me lleven a donde sea que me tengan que llevar hasta que no me quede de otra más que tomar acción. Un estilo de vida pésimo, pusilánime y conformista, no lo niego, pero es mi forma innecesariamente complicada de vivir; aun así... reconozco que hay días en los que yo debo tomar la iniciativa. Éste es uno de ellos.
De no ser por Fukase y su afabilidad para soltarse a charlar sin restricción alguna, pese que tuviera una barrera impuesta entre él y ambos áureos, la conversación se hubiese sumido en un sepulcral mutismo, de esos en los que hay mayor interés en una piedra que en las personas a tu alrededor. En esos casos, agonizo por dentro. Ser introvertido a lado de la persona que te gusta —añadida su pareja romántica, para variar— no es bueno ni para la salud ni para el autoestima. En cambio, mi amigo el pelirrojo bromea sobre el proyecto de química fallido de Len, siendo secundado por Rin quien comenta que ese día tuvo que quedarse con Len para limpiar el laboratorio después de la jornada.
Para el ojo de cualquier transeúnte objetaría que me están marginando de su círculo de futilidades intrascendentes, pero no es así. No lo es porque Fukase lo inició, con las intenciones de que se fueran por las ramas. Me he de ver engentado, pues no me gusta tener que hablar con alguien a que le quiero ocultar mis trapos sucios. Aunque Len no lo vuelve cosa fácil, por dos oraciones dichas repara en mí, intrigado por lo que tenga que decir.
¿Qué opino sobre la pelea bruta de dos "Chads" por el amor pedorro de una "plástica" que pasó en su salón? Un mojón, pero mamá me educó para hablar como un angelito.
Ya va para mitad del receso y Rin le recuerda a Len sobre pasar a traer sus batas para laboratorio o algo así, me concentro más en tomar agallas y ser por primera vez una persona racional que no se vaya por la ruta melodramática.
—Seguro, amor. Te veo allá— Rin se va adelantando al destino que en primer lugar debieron elegir por sobre nosotros. Len sólo levanta la mano al despedirse, sin girarse a ella. Rin oscila al caminar en reversa, como esperando a que Len haga algo. No lo hace.
—Hasta luego, Fukase...— éste chifla y Rin le sonríe. Me mira a mí.
Sé que compararse con otras personas es irresponsable, irrespetuoso y tortuoso, injusto para los involucrados, que sólo se hace para execrarse; sin embargo, ver la forma tan gentil de desenvolverse de Rin ante la pérdida de tiempo con dos tipos, tiempo que perfectamente podría estarlo invirtiendo en su pareja, es abrumador. Te hace pensar que eres poca cosa, diminuto.
—Quisiera volver a verte, Oliver.
Rascó su cachete, desvió la mirada al pronunciar mi nombre, claramente sus extremidades titubearon y la sonrisa no llegó a sus ojos. De todo eso me percaté aún con todo y espectro borroso ocular cuando Rin se despidió rápidamente de mí. ¿Qué mierda?
—¿Qué cosa tan sucia nos vas a contar para que no corras detrás de tu noviecita, Kagamine?— bromea con dobles intenciones Fukase tras que la chica de zafiros se esfumase sin la más remota apreciación de Len.
—Nada que no sepas ya. Dijera lo que dijera, el "maestro de la seducción" ya se las sabe todas, ¿verdad?— sea o no exagerar, la última vez que hablamos con la soltura de esta vez (más ellos que yo, pero estoy bien siendo espectador), se siente tan lejano, como si hubiese pasado un siglo sin vernos, por lo mucho dos o tres semanas. Sus malos elogios me hacen reír, mas no me dura, un tanto acosado por la intensa mirada de Len. — ¿Es extraño que diga que sus risas son muy pegajosas? No sé ustedes, pero sentí que no las escuché por una vida.
Quedamos callados. Por supuesto que Len hablaría de nuestra ausencia.
—Ah, bro...
—¡No, está bien!— le cortó a Fukase. — Si necesitan su espacio, lo comprendo. No quiero invadirlos con mi empalagosidad’ cursi, tampoco quiero que se sientan incómodos con Rinny, estaría mintiendo si les prometiera que no nos acompañaría... ah, quién diría que tener novia me alejaría de mis cuates. No quiero sacrificar a ninguno, ¿les parece si nos juntamos de nuevo y nos ponemos de acuerdo? Suena muy pretencioso organizar un horario.
Y de repente suelta Len tremendo monólogo acerca del tiempo que le que consume estar con personas, porque se entiende implícitamente que antes de Rin nosotros absorbíamos a Len. Cual vaso de agua helada arrojada a la cara, abro un ojo más que el otro.
—Crees... ¿crees que ella es la responsable?— articulé lentamente, más una cuestión para mi yo interno problemático que para Len. Que asco de persona que soy, deplorable, mugre de la sociedad, no se supone que aquella suposición me haga sentir aliviado, feliz.
—¿Mmm?, ¿por qué otra cosa se alejarían?— para acabarla de amolar, de nutrir mis egoístas esperanzas, no lo descartó. — Dicen que me pongo pesado cuando me encuentro ensimismado, no es mentira que meto a Rinny a todas partes, y pensé: "hey, darse cariñitos frente a tus amigos es nauseabundo".
—Porque lo es— Fukase saco la lengua y adentra la punta del dedo índice a su boca, símbolo universal de vómito. —. Prométanme que, si me pongo igual o más pendejo que Len estando con Rana, me darán un putazo.
—¡No se diga más! Trato hecho— pausa para carcajearse y se regresa a mí. Algo tiene o es que hoy me veo peculiarmente llamativo, no concibo que Len esté, por hoy, obsesionado conmigo. —. Tienes cara de que te traes algo entre manos. ¡No haré absolutamente nada ilícito! Ojo a eso, sin embargooo~— qué onda con sus acercamientos extremadamente pegados, arrinconarme me acalora. — tú di rana y yo salto, ¿bien? Si hay algo que decir o hacer, cuenta conmigo.
Hemos de llevar de diez a quince minutos absortos en este dilema unilateral, y no he podido contraer suficiente atrevimiento para encararlo de una vez por todas. Esa, a su vez, es una gran ventaja. Las pocas agallas que me he metido deben ser utilizadas ahora o se irán al cementerio de las decepciones sin aprovecharlas ni de chiste.
Cojo aire, oreo mi púbero rostro bañado en vergüenza y alzo la faz con la determinación pasajera. Maldigo quien me pasó los genes del mohín ridículamente tierno, me quitan seriedad y veracidad. Coño.
—¿Tienes tiempo después de clases?— bravo. Fluido, fuerte y claro. — De verdad necesito hablar acerca de algo, si no es mucha molestia.
Porque mis rodillas hechas gelatinas, las manos sudorosas, el embrollo en mi estómago y mi tono de voz agudizado no es normal. Acabaré con tu jodido nombre de una vez por todas.
Y sólo necesité un año, una etapa depre' y ver los suéteres para aceptarlo. Bien ahí, Oliver, bien ahí.
Tal vez sea mi imaginación o es que de plano soy más ciego de lo que diagnosticó el oculista, pero no hay argumento en este planeta que me haga cambiar de opinión, yo sé lo que vi. Vi a un Len abruptamente pálido e impactado, pestañeando medio ido. Y re-lindo que se ve con cara de baboso. Change my mind.
—A-¡Ah! Sí, no veo por qué no. Rinny también está libr—
—A solas, por favor— uy, ¿y ese coraje de dónde vino?
Por una milésima de microsegundo, su labio tembló. Se lo pensó por otro y acabó por destensarse.
—... claro, se oye fuerte, dime por favor que no estoy ni estaré en problemas.
—Mmm, ya lo veremos.
Algo nos pasó que decir aquello hizo que las alertas rojas del chico con coleta lo empujaran fuera, apresurado y despavorido. O sólo quiere ir a ver pronto a su novia. Eso no importa. Lo que importa es que hoy será el día en que cierre este bodrio de libro que sería mi vida si fuera una novela juvenil.
—Así queee— olvidé por completo que armamos una escena, en mitad de pasillo, pasando de Fukase así como así. Este día no podría ser más detestable. —, ¿qué ha sido eso? ¿Una cita, es en serio? Montar cuernos está mal, hombre.
De verdad que quise decirle que esto no sería una cita, como toda película romántica escolar, pero me hace un montón de ilusión y hoy posiblemente sea el último día en que me permita fantasear.
—Hoy— afirmo, sacando del confinamiento el afamado suéter. —, hoy se lo regresaré.
Columpiando los pies, resoplo el vaho en las palmas rosadas que tengo por güerito. El piano en mis audífonos es mi único acompañante a las afueras de la escuela. Fukase ni se molestó en insistir en ser secundario en esta declaración, por lo menos como motivo de alentador moral. Digo, es lo mejor, no me puedo estar recargando en él cada que me arraigue un dilema existencial; además, si me acompañaba, dejaría plantada a Rana. Mucho le costó pedirle salir para cancelarlo a mera hora, no no no.
He mandado dos mensajes, uno para mamá, diciéndole que me quedaré hasta tarde; y otro que se quedó en visto en el chat de Len, notificándole en dónde quiero verlo. Estrujo la bolsa de papel beige. Práctico mentalmente las palabras con las que me voy a confesar a Len y fracaso estrepitosamente de tanta incertidumbre.
Rayos y centellas. ¡Por obra de Satanás!, va a ser la cosa más embarazosa.
Las cosas ya no volverán a ser igual, si dijéramos que haremos el esfuerzo de seguir siendo amigos sería la más grande mentira de nuestras vidas, lo sé. Los días en que nuestros ojos choquen serán penosos, volteándonos sin saludarnos. Lo predigo, Len se sentirá incomodo al toparnos, junto a Rin, en los honores o el receso. Tendré que decirles adiós a las tardes de estudios y juegos deportivos, acumular la decepción que me dará ver que me bloquee sus cuentas, despedirme del suéter que me acompañó en una noche de frío. Todo por obra mía.
Reflexionar en las conclusiones de este corto encuentro es desalentador. Los instintos dicen que huya, que invente una excusa y que torpemente continúe con mi vida. Mis nerviosas manos se aferran al borde del masetero alto en el que estoy sentado. Ganas no me faltan de fingir demencia.
En especial si sabes las más obvias conclusiones. Eminente rechazo.
Realmente es trágico que una buena amistad se termine porque una de las partes confundió sus sentimientos y acabó enamorándose de un tipo imposible. No sólo me tengo que enfrentar a la realidad de que ame alguien más —siempre lo supe, mas no lo sentí real hasta que él me lo echó en cara—, de superar el pez que entre todo el inmenso mar he elegido, no, tengo que superar el hecho que mi ex mejor amigo se irá con un amargo recuerdo mío.
Si el resto de los estudiantes se enteran que el chico mosquita muerta quiso robarle el novio a la chica más guapa de segundo año las burlas y dedos acusadores no se harán esperar. Los adolescentes somos crueles en ocasiones. Eso no ayuda para nada a mi causa, la que tanta resequedad genera a mi garganta y enerva a mis lagrimales.
—Hey...— arrastraste los zapatos lustrados en la nieve regada encima del asfalto. Por tu timbre apagado puedo decir que no hay emoción de lo que aquí salga, posiblemente ya lo descifraste. Tal vez lo has sabido desde siempre, pero preferiste quedarte callado. Nunca fue tan pesado verte a los ojos.
Hubiera sido todo más sencillo desde aquel día, en el que verdaderamente inició este circo. No te diré que me arrepiento, porque es absurdo y, en efecto, los sentimientos no son algo de que apenarse; al contrario, estoy bien con ellos, los latidos de mi corazón son sinónimo de que estoy vivo y que enamorarme es un derecho natural. Sin embargo, pude haberlo solucionado con menos daños de por medio. Hace un año, un tres de diciembre, en una noche helada.
Te conozco hace cuatro años, desde el momento en que los profesores nos juntaron para hacer una exposición acerca de las prevenciones sexuales, dijiste que el sistema educativo era una caca fuera de contexto, me hiciste reír. Hace tres curiosamente nos postulamos para la misma preparatoria, lástima que te quedaste en otro grupo; pero no permitiste que se cortaran nuestros lazos, me buscabas al salón cada mediodía, sin excepción. Me alentaste para que me hiciera amigo de un chico de mi grupo, sólo que pensaste que Fukase era mala influencia hasta que te demostró lo opuesto. Hace dos, por un estúpido reto de los amigos de Fukase, nos obligaron a participar en siete minutos en el cielo y ahí me percaté que mi pecho se estremece cuando me susurras, y lo negué.
Hace un año, hace un jodido año, acaparaste todo de mí.
Aún lo recuerdo, la semana más emocional de mi primer año de preparatoria, mis sentimientos por ti se desbordaron con la sola mención de una oración tuya. Se ve mejor en ti que en mí. Dijiste y no pude evitar abrazarme a mí mismo usando tu suéter
Si tan sólo supieras lo mucho que me gustabas, ¿hubieras dicho lo mismo?
—Oliver, me estás consternando— mi cuerpo fluctúa entre pararme o tirarme el suelo. Eres forzado a tomarme de los hombros ya que no hay convicción que me haga dar el primer paso. —. Dime ya qué está sucediendo. No es resiente, hay algo que te disgusta desde hace mucho, no creas que soy tonto, he notado tu retraimiento... Oliver, por favor, háblame...
No, no hubieras dicho lo mismo. Con ver tus ojos al pasar ella, la gran alegría para esos orbes heridos, más brillantes que el cielo azul. Rin Megurine, la chica de nuevo ingreso que conociste coetáneamente al descubrimiento de mis sentimientos por ti. Es hasta irónico. Veo hacia atrás y me muerdo el labio por lo ingenuo que fui, malinterpretando cosas que no serían, amparando la minúscula llama de fe.
—... ¿qué traes ahí?— asumo que lo dice por el artículo que apachurro contra mí, el último pedazo que tendré de Len Kagamine.
Es hora de apagar la vela.
Meses fueron los que creí avances para una fructífera, y ficticia, relación. Me la pasé soñando despierto, hablándole de ti en anónimo a Ruby, pidiendo consejo de mamá, chiveándome de los comentarios doble intencionados de Fukase, suspirando por las malas películas de amor. Gracioso que haya considerado una muestra de tu amor que me regalaras mi tan querido James para mi cumpleaños quince.
—Hay... hay algo que he querido decirte desde hace un tiempo, Len.
No supe decir si esa mirada es de tristeza o resignación.
—Seguro, dilo, no puede ser tan malo...
Ilusamente estuve imaginando que tendría cabida en tu mundo, que aquel que te hipnotizara fuese yo. De tantas pistas a las que renegué ciegamente por aferrarme a ti bastó una sola que me destruyera completamente. Si te hubiera dicho cuánto me gustabas, y me sigues encantando, desde el primer segundo en que me entregaste tu suéter, todo habría acabado allí. Lagrimita por aquí, lagrimita por allá, ligera decepción y al día siguiente me habría levantado con ganas de burlarme de mí mismo. Nada de dramáticas escenas. Nada de delirar con la relación perfecta. Nada de encapricharme contigo. Nada de destrozarme con verte junto a Rin.
—No fue mi intención separarme de ti, ni la de Fukase tampoco— fui por lo fácil, desviándome en las enredaderas, lo que sea para retrasar la llegada al núcleo. —... pero iba a ser muy complicado, no quería disgustarte.
—¿Por qué lo harías? Jamás me desagradaría estar con ustedes, por algo son mis amigos— la aclaración me cohíbe. —. Perdón, no distingo el problema. Si se trata de Rin—
—Soy sólo yo, ¿okey? Esto fue por mí.
—No lo entiendo. Explícame, por favor, ¿hice algo mal?— no sé por qué la gente simpática suele atribuirse la culpa, aun si se dijo que no es así. — Oliver, háblame. Emm, va a sonar raro, pero... siento que te desconozco, y no me gusta, me duele que me apartes, ¿sabes? No sé en qué momento te perdí y creo que merezco saber lo que pasa.
Mientras yo muero.
—No digas eso— que simplemente harás que me retumbe el corazón. —. No se trata de ti, demonios— si es que tuve el propósito de decirte las cosas de frente, lo disuelvo, de golpe te empujo y doy un paso atrás. Es desesperante que seas tan amable, me hace miserable. —; no se trata de Rin, ni de Fukase, ¡ni de nadie! ¡Yo soy el problema!
Un día normal y corriente de principio de este año, iba hacia tu salón tras la alerta de la campana, puesto que tú ibas tarde y yo no quería desperdiciar ni un minuto. Fatídica tarde para ir saltando cual caperuza roja. De hecho, el suéter que me diste es rojo. Similar al suéter naranjo que traías la semana pasada y que ese día lo vi ocupado por Rin, misma que apretó tu mano totalmente sonrojada. Cancelaste conmigo ese día porque lo ibas a pasar con tu novia.
—¡Cálmate! Oi ah-¡¿Eh?! ¡¿Estás llorando?!— me tomo un break tentándome los cachetes, mis yemas son témpanos de hielo y tiemblo. — Te vas a enfermar a este paso. Carajo, Oliver, ¿por qué no te pones un suéter?— se saca el que él lleva puesto.
Odié tanto a Rin, por más de que me convenciera de que ella no tenía nada de culpa en mi desastrosa vida amorosa, la odié. Pero, ¿cómo yo podría odiarla? Si ella es un ángel. Dulce, comprensiva, interesante, amigable, aplicada. En otra realidad, en la que yo no fuese gay, ella también me habría enamorado.
¿Qué tengo que ofrecer que siquiera le roce los talones? No soy ni siquiera la mitad de lindo. Rin es una divina princesa, no hay anomalía que la corrompa, Rin no tiene cicatrices que la hagan ver como un adefesio, Rin no es un niño chillón, Rin es normal. Rin es Rin. Me he imaginado cientos de veces en su lugar y pareciera que la pieza no encaja en el rompecabezas, ¿por qué razón llegarías a besarme? Si no soy ella.
Me ganan las ganas de ridiculizarme.
—¡Toma! ¡Ya no lo quiero!— le lanzo la bolsa con su suéter antes de que pueda extenderme su ropa. No lo necesito, definitivamente no lo necesito. — Gracias, por ese día, muchas gracias... pero ya ha estado mucho tiempo conmigo, dásela a ella, díselo a ella, no a mí.
Le hace falta aliento para que haya comprensión en mis actos tan sentimentales. Mira la bolsa, me mira a mí, mira la bolsa. Hay deje de interrogantes envolviendo a Len.
—¿Qué es esto?, ¿qué estás parloteando..? Qué está pasando— musita paulatinamente. Me estiró de sopetón como un resorte. Len está checando el contenido de la bolsa y por sus expresiones se nota a leguas que eso no dibuja una sonrisa en su rostro. —. Oliver, ¿qué significa esto? Acaso es...
—Está limpio, no le hice ningún hoyo— sigue confundido. Entonces me doy cuenta de que lo ha olvidado. El agua se acumula. —. Me lo diste hace un año, en diciembre.
Se iba a escapar «dijiste que me veía bien en él» pero para qué humillarme más.
—¡Guau, ¿aún la conservas?! Creí que lo tendrías arrinconado... gracias por cuidarlo tan bien— aspiró el aroma que desprende el jabón y sonrió ampliamente. Me mira directamente a los ojos. —. Gracias, pero no gracias.
—¿Ah?
—Supongo que ya no te acuerdas...— momento, ¿ahora él es el triste? No pude haber olvidado detalle de tan importante día. — perdiste tu suéter en la cancha y toda la tarde estuviste estornudando, tampoco quisiste buscarlo porque tú eres así, por más enfermizo que seas jamás reparas en ti. Así que te obligué a que te pusieras el mío, y pensé: se le ve lindo. Por eso te pedí que te lo quedarás.
Quedé.
No tengo remembranza de ello. No lo creo. No puede.
—Quién lo diría, parece que tendré que ponértelo a la fuerza... otra vez— ríe bajito, acortando la distancia. —. Ven aquí y alza los brazos.
¿Qué demonios sucede contigo? Así no actúan los amigos.
—Detente. Te lo dije, te lo regreso, no lo quiero— aparto de un manotazo sus brazos y lo miro con mis ojos rojos. —. Len, basta, lo estamos eludiendo— bueno, yo empecé. —, ¿no ves que esto es el meollo del asunto? Soy tu amigo, ¿por qué le darías a alguien tu suéter si no es tu novia?
Busco provocarte, porque así de medroso soy, que me rechaces sin que yo tenga que decirlo.
—Qué preguntas haces, es obvio, eres mi amigo y quiero cuidarte. No rezongues y déjame ponerte el—
—¡Eso! ¡Somos amigos!— clamo furioso por el mismo concepto. No, no soy tu amigo, estoy enamorado de ti, no puedo ser tu amigo. Te haría daño a ti, le haría daño a ella. — ¡No le das a tus amigos tu muda de ropa! Para eso está Rin, ¿qué dirá ella? Len, siquiera te has dado cuenta de que está cabizbaja, todo por prestarme tu maldito suéter.
Boquiabierto balbucea sonidos descompuestos, aún enrollado el suéter a sus manos.
—Es sólo poliéster... ¿qué hay de malo con eso?
—De todo lo que dije, ¿eso te importa? El poliéster... ja— río para no llorar. Su ignorancia no lo justificaría ahora. —. Le diste poliéster, me diste y me estás dando poliéster... ¿no entiendes que esto es mucho más que el puto poliéster? Kagamine, reacciona.
Hazlo tú porque yo voy a colapsar en un abrir y cerrar de ojos.
—... es sólo poli—
—¡No sólo es poliéster!— no obstante, no me la dejarás hacerlo por la sencilla. — Con un demonio, ¡lee entre líneas, Len! A pesar de que no se trate del maldito suéter, es casi tan fundamental como el resto... le diste tu suéter a Rin porque te gusta, ¿por qué me lo darías a mí? ¡¿Por qué?!
Al borde del llanto, me coloco a un pie de distancia de Len, me supera por una cabeza. Al diablo con todo.
—Po-Porque tenías frío...
—¡AHHG! ¡CÁLLATE!— giro en mi talón y cacheteo mi cara, he rompido en lágrimas. Que impotencia más grande. — ¡¿Estás viendo y no ves?! ¡Yo soy el maldito ciego! ¡No tú!— el cuello de su camisa se arruga entre mis puños que lo sujetan. — ¡¿Es que tanta pena te da admitirlo?! Me niego a creer que no lo sepas a estas alturas, Len. Me dices tu “mejor amigo”, pero parece que finges que no tienes ni la más remota idea... Dios, estoy tan cansado de actuar que todo sigue exactamente igual. Grítame, ódiame, repúgname, haz lo que sea, ¡pero haz algo!
—¡¿Ol-Oliver?!— sus cachetes levemente tintados de rosado, sus facciones una pintura. — ¡Siento no percatarme, pero no estoy entiendo nada! ¿Qué se supone que—
Denme por muerto.
—Te amo— igual que una piedra perturbando el lago sosegado, mi confesión taladra en el perplejo Len, que no le quedan más cartas con que excusarse. Un efecto invertido, en realidad, porque la tormenta de mis gritos se oyó antes del silencio. Y seré yo el que lo perturbe nuevamente. —. Desde el suéter, tal vez antes, no sé y no me importa... pero no eres para mí. Lo sé, lo comprendo, nunca quise interponerme entre tú y Rin, qui.. quiero seas feliz. No podría darte ni la mitad de lo que ella te da, no soy una linda chica y creo que tampoco seré tu amigo. Perdóname por acomplejar las cosas, ¿sabes? Tampoco quisiera separarme de ti... y e-es incómodo por mi culpa, no hay futuro para nos-nosotros... no voy a estorbarte. No le digas a Rin, te metería en problemas, no soy tan relevante para que te arriesgues. No, no lo soy... ella te gusta más que yo, ella es tu n-novia y yo... ¡AHG!
Y yo...
¡Desearía ser Rin!
Aún lo recuerdo, en inicios de diciembre. Tus ojitos brillando de emoción, la punta respingada de tu nariz rojiza, jugando con las mangas que te quedaron largas. Tú en mi suéter, pensé que te lucía mejor a ti. Verte tan feliz me hizo feliz.
Si tan sólo hubiera visto cómo te gustaba.
No hay raciocinio que se interponga en cometer mis estupideces. Está bien, ¿no?, ser humano es caer de cara al suelo, ¿verdad?, no estoy haciendo nada malo, ¿cierto?
Las palabras no son capaces de ser expulsadas de la boca de mi estómago, atrapadas al igual que mi cerebro y corazón en el reto final: esclarecer de una vez por todas lo que tu figura significa para mí.
—¿O.. Oliver?— digo en un hilo de voz. No porque me cause disonancia, podré ser el idiota número uno de Estados Unidos, pero mis neuronas sirven que hacen sinapsis. La verdad es que estoy asustado. El pecho me sube como un loco caballo de carreras.
Cómo sentirme respecto a tus lágrimas es la cuestión.
—N-No digas na-nada...— tus pobres mejillas castañetean, sorbes con profundidad, dejas caer la frente a mi pecho. — Quí-¡Quítate!— mis brazos rodearon tu espalda.
¿Sabes cuánto has movido mi mundo, Oliver Ann?, ¿tienes idea de lo que me has hecho? Por mis dieseis años nunca puse ahínco en mis alecciones naturales, no me tomé siquiera la molestia de conocerme plenamente. Porque me sentía seguro, bien conmigo mismo, contento con lo que era. No hay satisfacción en carcomerse la cabeza, sólo me dejé fluir, convencido de lo que era por la previa experiencia. Un simple chico que se conmovía por una chica con dote al humor y la amabilidad, chicas como Rin me tenían en sus manos, absolutamente enamorado.
Y luego estás tú, el pequeño Oliver.
—¿No me estás escuchando? Len, suéltame— pensar en dejarte ir de mis brazos conllevaría a que te dejé volar fuera de mi alcance, tener que quedarme con los brazos cruzados, conformarme con lo que tengo, no verte de la misma manera nunca más. Por alguna razón eso me aterroriza.
—No— te aprieto el doble a mi cuerpo y me desvanezco en tu refrescante cabello, los frutos rojos me embriagan. —, no te vayas...— hipas en el hueco de mi cuello, posiblemente enfadado conmigo. También estaría enojado conmigo.
—P-Por qué...
Yo tampoco lo sé, si te soy franco.
—¿Qué?— ante todo soy un imbécil.
—¡¿Por qué me haces esto?!— comienzas a luchar, enterrando tus masticadas uñas en mis hombros, forcejando con mi abrazo invasivo. — ¡Te lo he dicho! Ahora vete, corre, Rin te está esperando. No quiero verte— es tan doloroso que tu sinceridad sea tan filosa como una daga.
—No quiero ver a Rin, quiero estar contigo— los amigos no se abandonan en los momentos difíciles, se apoyan, ¿no? Sí, ni yo me la trago.
—¡No me vengas con eso! No necesito tu lástima, ni que me compadezcas, lo único que quiero de ti es que te largues. ¡Entiende qué quiero estar solo!
Dices que estuviste roto, que no hay hermosura en ti. Si te dijera que brillaste para mí más que el Sol mismo, ¿me creerías?
Llegaste para darle gravedad a mi universo, empero, yo seguí flotando, extraviado. No fui capaz de asimilarlo una vez el golpe de realidad me dio un derechazo con toda la fuerza de la ironía. Catorce años, para cuando te conocí, y ni una sola vez dudé de mis elecciones. Es tonto decirlo en voz alta, ¿quién tiene una crisis de identidad por un crush? Y como el cretino que soy, encerré todas esas interrogantes en un baúl, muy a lo profundo, lejos de mi vista. Pocas veces salía a flote sus secretos, hormigueándome la piel si te colgabas de mi hombro, atento a las sonoras carcajadas, yendo cual perrito a tu salón, preparándome con anticipación y puntualidad a que llegaras a mi casa, desvelándome sin pista del sueño contestando tus mensajes, ganándome a tu familia prioritariamente, quebrándome la cabeza para saber si mis regalos te gustarían.
Una vez Fukase bromeó con que parecíamos casados por las discusiones tan efímeras que teníamos cuando te auto-insultabas con desprecio y cinismo. Me mordí el labio, vago intento de callar el pulsante latido en mis oídos, en tanto tú lo negaste entre risas.
Aunque supe por tus orejas calientes que lo creíste, o por lo menos que te agrado la idea.
Mucho antes del suéter descubrí tus sentimientos que florecieron por mí. Sólo había que prestar atención a tu persona y notarías los pequeños detalles. Y yo en ese entonces te veía mucho. Aquello fue detonante para que mi poca estabilidad mental se fuera al carajo. Me quedé mudo, sin saber cómo explicar lo que me acontecía. Pues ese polluelo que anidó en mi pecho creció a pasos agigantados y no quiso quedarse más en la jaula.
Pero... ¿cómo ver lo que no quieres aceptar?
Hago memento de todos los argumentos estúpidos que dije para engañarme. No, no, ¿yo puedo siquiera..?, ¡no, no lo soy! Toda la vida me han gustado las niñas, ¡sólo ellas! Oliver no puede ser mi... no lo es, no lo soy. ¡Yo no soy..!
—Oliver, por favor— ruego muy conmocionado para procesar toda bazofia que tuve que hacer para llegar hasta este punto. Cómo es que dejé que se me escapara de las manos. —, no te vayas... no me dejes solo... te necesito.
Aun si fui egoísta y yo te di la espalda, tú no lo hagas conmigo.
—M-Me estás confundiendo, no lo hagas, para con eso ya... ¿qué quieres de— para su sorpresa y para mi condena, reunió suficiente fuerza para atisbar mi rostro, tan rojo del frío y de Oliver mismo. Su expresión es una joya, me ve y no lo cree. —. Len, ¿acaso tú..?
¿Llorando? Sí, estoy llorando, porque soy así de frágil.
Tan miedoso que recurro a mi sentimentalismo para pretender que no hay amor en mi corazón que esté dirigido a Oliver. No se supone que haya ocurrido así, esto no estaba en mis planes.
El día en que te di mi suéter, en que mi miocardio dio un vuelco de muerte, me prometí que no cedería, que seguiría persiguiendo mi ideal. Rin Megurine, por ejemplo.
Mis ojos captaron los suyos mientras ella pasaba sonriendo cálidamente a un lado mío. Las mariposas y los acelerados latidos eran prueba de que seguía siendo yo, no obstante, eso que Rin me provoca es poca cosa si volteo a ver a Oliver. Me viste suspirar por Rin una vez en receso, probablemente pensaste que fue de enamoramiento, pero no, fue por anhelo. Anhelo de querer amarla.
Perderme en su forma de ser fue un aliento de vida para mi tormentosa mente. Me tuvo hipnotizado y eso fue maravilloso. Y si me giro a verte, seguramente retrocederé diez pasos de los dos que avancé. ¿Por qué ustedes me querrían? Sabiendo lo que estoy haciendo, no soy ni lo suficientemente bueno para mí.
Verte con mi suéter puesto, todos los días, emitiendo notas musicales, me ponía a temblar. No pensé en el momento, actué por instinto de supervivencia, dándole a Rin mi segundo suéter favorito esa tarde de abril en que le dije una verdad a medias: me gustas. No fue una total mentira, sí que me gustaba, lo que no conté es que había alguien más en mi corazón. No volviste a usar el suéter, no lo entendí en su momento, solamente es poliéster... definitivamente quería preguntarme ¿quién me gustaba más?
La mano de Rin es suave y fina, sus hombros son estrechos, su cintura es curvilínea, por su estatura me llega a las cejas, tiene una hermosa cara, sus abrazos son tibios, y en cada beso hay una clara definición de lo que ella siente con fervor por mí... y sin embargo, todos esos adjetivos, en mi mente al estar efectuándolos se presentaba la interrogativa: ¿cómo sería si fuera Oliver?
Soy el peor ser humano. No poseo derecho a flagelarme.
Y cuando te veo casi podría llorar, estupefacto en el refugio de mis brazos, desearía quedarme así eternamente, en un mundo sin complicaciones. Las que yo solito he hecho. Sólo suspiro y sorbo, perdido en la campanita que es la pupila que tanto detestas y que yo tanto adoro. Tú eres el que de verdad me hipnotiza, no tengo madera para mentir. Por qué tuviste que amarme a mí.
¿Quién me gusta más? Quizás sea Rin, quizás no sea Rin, quizás...
Desearía saberlo mejor.
—¿Len?— tu vocecita, a pesar de estar hace poco rota y posteriormente encolerizada, presenta ápice de consternación, suave, ligero, pacífico.
Mis manos trepidan sobre tus paletas. No paro de verte con el cargo de consciencia de un idiota que ha hecho la peor estupidez de su vida.
—Y-Yo.. mmm no fui... tsk— claro que sí señor, arrebátame el habla justo ahora. —. N-No quise, por Dios, jamás quise... uhg— exclamo con un dolor intermitente en el pecho. Oliver hace un sonido gutural en reacción a mi atrevido acercamiento, colocando mi frente en la suya. Su aliento es reconfortante. —. No sé qué me sucede. Estoy consciente que Rin me hace feliz, pero no es lo mismo... s-si te veo, cosas rar-ras me pasan, ¿escuchas mi corazón? Nada de esto pasaría si fueses Rin. Por mucho tiempo me he sentido así y no sé qué hacer con ello. Oli’, te lo suplico, explícame, po-por qué cuando t-te veo...
El calor le gana a mi boca.
—¿Cu-Cuándo me v-ves...?— titubeas tiernamente.
No quisiera dejar a Rin, no la merezco.
Tampoco te merezco a ti, Oliver. No merezco a nadie. E incluso así...
Te beso en los labios.
Quizás no es Rin.
En vez de quedarme asomada en la esquina, me dejé caer en la acera congelada. No hay necesidad de taparme la boca si no me retuerzo del dolor. Es preferible que una fina lágrima se deslice por mis cachetes, dando rienda suelta al mar de lágrimas. Creí que sería más fuerte.
Fukase me lo advirtió, no hay remedio, me lo busqué. Siendo la voz de la razón en aquel trío de chicos, supe que él me daría las respuestas que Len no me otorgaría, y pese que Fukase no me lo dijo explícitamente, atar cabos no fue mayor dificultad. Me recomendó que siguiera a Len bajo mi propio riesgo. Sólo tenía preguntas sin resolver...
Quien busca, encuentra.
Está comenzando a nevar, en mis piernas se reúnen los copos. Si no fuera por el mal clima me despojaría tu suéter. ¿Acaso recuerdas ese día, en que tan entusiasmada salté a tus brazos? No, sé que no. En tu mente no hay espacio para tan nimia remembranza, pasa desapercibido un presente en el florecimiento de la primavera en contraste a un detalle afectuoso en el apogeo del invierno. Lo luciría mejor en creces de lo que yo alguna vez aspiraría. ¿Me dirás que no? Oliver es encantador. Su belleza no radica en qué tan guapo es, cabiendo destacar que en ello es una palomita, sino, en la forma tan profunda en que enrolla sus fortalezas. Por más roto que esté, es la persona más completa que he conocido.
En cambio, yo, una mujer sin gracia y superflua, con el único atributo de poseer lo que llaman los hombres lascivos exquisitez virginal, no es competencia para ti Oliver. Deliberadamente lo digo, me rindo. No es para tanto, lo sospeché en algún punto, llevaste la delantera en la pista incluso antes de que corriéramos a la meta.
Felicidades, lo digo francamente, te ha escogido a ti.
Fui tan estúpida al creer que siquiera tuve oportunidad. No, por supuesto que no la tuve desde un principio, sólo fue mi ciego corazón afanado con tu atención.
Vi cómo le gustabas, sentado al otro lado del comedor, preguntando al aire por qué razón le dejaste de hablar. La vez que mis hermanos planearon una gran fiesta y tú sólo buscaste y buscaste su paradero, por más que te dijera que no fue invitado, por más que nos pegáramos al bailar. Me mordí la lengua incontables veces al verte vitorear una y otra vez acerca de lo genial que es Oliver, regresándome tu ojeada tan desalentadora y repleta de abulia —por tenerme a mí en vez de él— al prorrumpir tu desvarío amartelado. No era mi intención traerte a la realidad, sólo quería saber si realmente te importaba. Veo que sí, me quieres, pero no como lo quieres a él.
Esta tarde fue el colmo de la cascada. La manera en que Len vio a Oliver es la misma que yo hago cuando veo a Len.
Cariño, ¿por qué tratas con tanta insistencia de fingir la falsa indiferencia?, ¿cuál era el plan?, ¿probar que eres cien por cien heterosexual?, ¿ahora qué?, ¿es todo?, ¿fin del juego, gracias por participar?
Quise ser la pieza que abarrotara el vacío que dejaste en Len, sin embargo, su corazón me identificó como intruso desconocido, rechazada por mi propio "novio". Empero, sólo fui aquella morra que convence al macho de ser normal, suplantar el chico original con el que sueñas, todo porque mi querido Len tiene una masculinidad tan frágil e indecisa. Ser el puñetero adorno que encaje en el hueco de triángulo amoroso.
Gimoteo porque es muy feo acusarte de toda culpa, ya que en este fiasco hay parte de mi responsabilidad. Fukase me lo dijo cientos de veces, pidiéndome que no me exponga en un sitio al que no pertenezco. ¿Y sabes qué hice? Caer redondita a tus pies, defender a capa y espada la falsa relación que mantuvimos. Quiero echarte la culpa, quiero desquitar todo mi dolor transformado en odio hacia ti.
Tú, Len Kagamine, el chico del que estoy locamente enamorada. El cretino que nos ilusionó a ambos.
Soy tan sucia. Saliendo con un hombre que me besa pensando en otro. Que me abraza como lo haría con un familiar que apenas conoces. Que ríes con él por cortesía.
No volveré a verte y destrozaré el bendito suéter que me diste en compensación. ¿Qué carajos es el poliéster de todas formas?
Corro hacia el centro, sollozando a lo bajo, porque han vuelto a conversar tras su apasionada declaración y te alertaste por extraños ruidos de una niña me parece llorando.
Oliver, te robaste su mirada, tomaste su mano en nuestro baile a medias, no obstante, no te aborrezco, a ninguno de los dos, como tanto me gustaría hacer. Ya que yo soy la metiche. La chamaca ridícula que se preguntó ¿que podría hacer para que amaras tanto como yo? Si la respuesta estuvo plasmada delante de mí:
Vete de allí.
Habría sido maravilloso si me lo hubieses dicho. Pero bueno, Rin no es prioridad. Me dirás que soy dramática si lo reclamo, pero, bueno, me gustas mucho. Que mal momento para ser yo.
Apesta ser Rin.
