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En las pocas veces que hablaron, él notó que empezaba a sentirse raro. Comenzó con pequeñas reacciones poco comunes en su cuerpo. Algo tan simple como que su corazón se aceleraba cuando ella estaba cerca. Y con los días fue a más: se ponía nervioso, ansioso, incluso le temblaban un poco las manos.
Con su genialidad, no le costó mucho descubrir lo que eso significaba.
Era imposible no sentirse atraído por ella. Le llamaba la atención no solo físicamente, porque sí, era guapísima, pero también por su determinación.
Obviamente, disimulaba todo eso con una actitud indiferente y una sonrisa cínica, mientras la provocaba llamándola "Leona".
No era cercano a ella, y lo poco que sabía era por lo que hablaba con Chrome o lo que los del club chismeaban sobre ella durante los descansos en los experimentos.
Chismes que siempre se cortaban con el mal humor y la carga de trabajo del científico. No por celos, claro, jamás sería por eso...
Y fue en uno de esos chismes que se enteró de lo inevitable. Ella salía con el mujeriego del colegio.
No pensaba hacer nada al respecto. Los juegos amorosos le parecían una pérdida total de tiempo. Y el tiempo era justo lo que no tenía, considerando el plazo para entregar el nuevo modelo de cohete que planeaba lanzar. Y encima, había otro problema: Mozu...
La puerta de su laboratorio se abrió como de costumbre.
—¡Buenas tardes, Ishigami-san! —Hablando de la leona...
—Ya te dije que puedes llamarme solo Senku —dijo sin darse la vuelta—. Paso de formalidades inútiles. Aunque supongo que debe ser difícil para una leona como tú —Sonrió con ironía.
—¡Idiota! ¡No soy una leona! —dijo con el tono alterado y una vena saltándole en la sien.
—Como sea —suspiró, aún sin mirarla—. Chrome salió a buscar unos materiales para el combustible del cohete —dijo mientras se rascaba la oreja con el meñique.
—¡Maldito! Ese idiota no me avisó —soltó un suspiro cansado—. Bueno, esta vez no vine a traerle el almuerzo. Mi hermana y yo hicimos mochi, para él y para el personal del laboratorio —dijo levantando la bolsa con una gran sonrisa, ganándose una mirada indescifrable del científico—. Si quieres, puedes comer algunos.
Él asintió con la cabeza, así que ella dejó los dulces en una mesa un poco alejada de los materiales del laboratorio, donde los miembros del club solían dejar sus cosas.
—Bueno, nos vemos Senku —dijo al irse, seguida por un par de ojos color rubí.
Y otra vez, su cuerpo lo traicionaba de la peor forma posible.
—De verdad... —suspiró—. Un cerebro enamorado es problemático —murmuró para sí mismo, justo cuando escuchó la puerta abrirse de nuevo.
—¿Qué pasa, Senku? —dijo mientras se abrochaba la bata—. Me retrasé un poco, ¿vino la gorila? —
—Se fue hace poco —respondió con indiferencia—. ¿Trajiste lo que pedí?
—Sí.
—Perfecto, entonces empecemos —dijo ignorando la sensación molesta en su cuerpo. "No tengo tiempo para estas tonterías..." pensó mientras volvía a centrarse en su experimento.
