Chapter Text
31 de octubre, 1994
¿Es que acaso nunca podría tener un año tranquilo?
Harry Potter estaba agotado, y no solo físicamente. Parecía que los problemas lo seguían como una sombra. Cuando descubrió que era un mago, creyó genuinamente que finalmente escaparía del tormento que vivía con los Dursley, pero la realidad lo había golpeado peor que una Bludger en pleno partido: ser un mago no había traído la paz que tanto anhelaba, sino una cadena interminable de peligros.
En primer año, apenas estaba aprendiendo a decir "Wingardium Leviosa" cuando descubrió que un mago oscuro lo buscaba para matarlo, utilizando el cuerpo de un profesor para cumplir su propósito. Pero felizmente logrando salir con vida.
En segundo año, sus propios compañeros lo señalaron como el heredero de Slytherin, forzándolo a enfrentar a un basilisco en la Cámara de los Secretos, que se encontraba a profundidades de Hogwarts. Si no hubiese sido por Fawkes, el fénix de Dumbledore, habría muerto allí mismo.
Y en tercer año, un prisionero fugado de Azkaban parecía decidido a terminar lo que Voldemort había empezado. Pero la verdad era más compleja de lo que jamás imaginó: aquel hombre era su padrino. Y aunque en un inicio se había sentido lastimado y traicionado, supo la verdad, pero los dementores casi lo matan, a ambos. Solo gracias a un giratiempo pudo salvarlo de un destino peor que la muerte, aunque no sin permitir que el verdadero culpable, Peter Pettigrew, escapara.
Ahora, en su cuarto año, esperaba por fin un respiro, un año en el que solo pudiera ser un espectador de la magia y la vida de Hogwarts. Pero no, el destino, como siempre, tenía otros planes. De alguna manera inexplicable, su nombre había salido del Cáliz de Fuego, obligándolo a competir en un torneo mortal diseñado para estudiantes mayores.
Un nudo se formó en su estómago al sentir las miradas de todos los estudiantes sobre él, Hermione, dándole un leve empujón, lo alentó a ir y muy a su pesar tuvo qué. Mientras cruzaba el Gran Comedor pudo oír como murmuraban llamándolo tramposo y que no era justo. En ese momento, Harry no se sentía ni mago, ni héroe, ni remotamente especial. Solo quería desaparecer.
"¿Por qué yo?" pensó con desesperación. "¿Por qué siempre yo?" A veces, se preguntaba si ser mago realmente valía la pena, si no sería más sencillo vivir una vida común... una vida en la que no tuviera que arriesgar la suya, año tras año.
Al llegar a la sala que le indicaron, los participantes que estaban dentro se sorprendieron de su estadía, pero antes de que pudiesen preguntarle algo llegó el director y detrás de él, los demás profesores.
—Harry, mi muchacho —Dumbledore lo llamó con voz tranquila, pero firme—, ¿pusiste tu nombre en el cáliz?
Los ojos de Harry se alzaron hacia el director. Había preocupación en ellos, pero también algo más... ¿duda?
—No, señor —respondió con firmeza, aunque su voz sonó más alta de lo que pretendía.
Era la verdad. ¿Por qué iba a querer arriesgar su vida? ¿Por qué competiría contra estudiantes mayores, más fuertes y con más experiencia que él?
—Mientes —intervino Karkarov con voz fría y afilada, dando un paso adelante.
Harry lo miró fijamente, encontrándose con unos ojos que solo reflejaban una mezcla de desprecio y acusación. Apretó los puños bajo la capa, dentro de él eran un torbellino de emociones, no sabía cómo había terminado a este punto, pero él no había buscado esto.
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—Harry... ¿Tú de verdad no pusiste tu nombre en el cáliz? —preguntó cautelosamente la castaña, su voz sonando casi como un susurro.
—No Hermione —respondió con firmeza, aunque no pudo evitar sentirse ofendido—, no lo hice ¿Crees que me gusta estar arriesgando mi vida todos los años?
Se levantó bruscamente, indignado, el sonido de la silla raspando el suelo rompió el silencio incómodo de la sala común. La decepción en su rostro era palpable. Algunos de sus compañeros levantaron la vista y lo miraron con desprecio antes de retirarse a sus dormitorios, otros solo se quedaron ahí y murmuraban cosas mientras lo miraban, ni siquiera se molestaban en ocultarlo.
—Te creo, Harry —respondió tomándolo del brazo antes de que pudiera irse—. Es solo que Ron parece no hacerlo.
El azabache dejó escapar un suspiro pesado y volvió a sentarse, aunque la tensión en sus hombros seguía presente.
—Debería saber que después de todo lo que hemos vivido, no me gusta ser el centro de atención.
—Entiéndelo Harry, él es... bueno, puede ser un poco impulsivo y se deje llevar fácilmente.
—Es mi mejor amigo, debería creerme —la interrumpió con frustración, las palabras saliendo más como un reproche
No esperó una respuesta de su parte. Se levantó una vez más y esta vez salió decidido de la sala común, era sofocante estar ahí.
Cruzó el arco de piedra y recorrió los pasillos con pasos apresurados, las sombras de las antorchas bailando a su alrededor. ¿Cómo era posible que Ron, siendo su mejor amigo, pensara que había puesto su nombre en el cáliz? ¿Que él realmente quisiera atraer toda esa atención? La pregunta lo atormentaba, una y otra vez. Y el peso de la traición se sentía más insoportable que cualquier mirada de desprecio o murmullo malintencionado.
Fue cuando sintió el aire frío en su rostro que se dio cuenta que se encontraba en el campo de Quidditch, no sabía muy bien como había llegado allí; sus pies solo se movieron por sí solos. El espacio al aire libre y la inmensidad del cielo estrellado parecían de alguna forma ofrecerle un respiro de la opresión que sentía en el pecho.
Se detuvo en el centro del campo por un momento, con las manos en los bolsillos, dejando que el viendo revolviera su cabello, si es que era posible que lo hiciera más desastroso de lo que ya estaba. El silencio solo era interrumpido por el leve susurro de las hojas de los árboles del bosque prohibido y el eco de sus pensamientos.
Decidido a olvidar el mal sabor de boca de toda la situación, giró sobre sus talones y se dirigió hacia el almacén donde se guardaba el uniforme y las escobas.
El sonido de sus pasos resonaba suavemente en el suelo de madera mientras buscaba su escoba. Tocó el mango con cuidado, como si fuera un viejo amigo que lo estaba esperando. Quizás un vuelo nocturno era justo lo que necesitaba. Algo que lo desconectara de las dudas, las miradas, y el dolor de la traición.
Sin dudarlo, tomó su escoba y volvió al campo de Quidditch. Sabía que si algún profesor o prefecto lo veía, probablemente se iba a ganar un castigo ¿Pero que más daba? Eso era todo lo que necesitaba, la libertad que solo el vuelo le daba.
Se impulsó con fuerza, y en un instante, dejó de tocar el suelo. La escoba respondió como si entendiera su urgencia, llevándolo cada vez más alto. Arriba, todo parecía más simple: el frío de la noche mordía su piel, el cielo despejado parecía infinito, y por un breve momento, todo lo demás desapareció.
Pero entonces, un movimiento en la periferia de su visión llamó su atención. Giró la cabeza y vio otra figura volando hacia él desde el extremo opuesto del campo. Incluso antes de distinguir el cabello rubio y la capa ondeando al viento, ya sabía quién era.
—¿De verdad eres tan loco y suicida como para meter tu nombre en el Cáliz de Fuego, Potter? —fue lo primero que preguntó Draco mientras se acercaba. Su tono estaba cargado de burla, pero había una pizca de curiosidad genuina en sus ojos.
Harry rodó los ojos, cansado.
—No lo hice —respondió, su voz plana y sin ganas de discutir.
Draco soltó una risa breve, burlona, que resonó en la noche como un eco molesto.
—Claro que no. Porque siempre te pasan estas cosas, ¿no? Qué conveniente.
Harry sintió cómo la irritación crecía en su pecho. Giró bruscamente su escoba, como si fuera a alejarse sin decir una palabra más, pero antes de que pudiera avanzar, Draco lo detuvo.
—Espera. —Draco voló hasta su altura, extendiendo una mano como si pudiera atrapar a Harry antes de que se fuera.
—¿Qué quieres, Malfoy? —preguntó Harry, girándose para enfrentarlo, su tono más cortante de lo que pretendía.
Draco lo miró en silencio por un momento, su rostro perdiendo parte de su habitual expresión de superioridad.
—Solo quería asegurarme de que no fueras tan idiota como para haberlo hecho. Porque si lo fuiste, Potter, entonces estás más loco de lo que pensé.
Harry lo miró fijamente, sus ojos verdes brillando a la luz de la luna.
—No estoy loco. Y no soy un idiota. Créelo o no, Malfoy, no siempre busco ser el centro de atención.
Por un momento, el rubio pareció considerar sus palabras. Finalmente, dejó escapar un suspiro que casi parecía... resignado.
—Supongo que no lo necesitas. El drama te sigue como si estuviera encantado.
Harry no sabía cómo reaccionar ¿Eso era un halago o una burla? Sea como sea se permitió reír levemente. He de admitir que la situación en que Malfoy lo hiciera reír era simplemente absurda, pero vamos él solo necesita olvidar por un momento los problemas que lleva sobre los hombros.
—Sé que no pusiste tu nombre en el cáliz —confesó el rubio repentinamente.
Harry dejó de reír de inmediato y lo miró con el ceño fruncido.
—¿Cómo estás tan seguro de ello? Ron y casi todo el colegio, por no decir todos, ni siquiera me creen.
Draco giró su escoba en un movimiento fluido, alejándose unos metros antes de responder. La luz de la luna iluminaba su perfil, dándole un aire casi reflexivo.
—Porque no eres tan astuto, Potter. —Su tono tenía un deje de burla, pero esta vez carecía de la malicia habitual.
Harry frunció aún más el ceño, cruzándose de brazos mientras flotaba en su escoba.
—Gracias, supongo... —respondió con sarcasmo.
Draco rodó los ojos, claramente irritado.
—No lo decía como un insulto, aunque podrías tomártelo así si quieres. Solo que... no tiene sentido. ¿Qué ganarías metiéndote en este lío? Además, no eres del tipo que busca la gloria a propósito, aunque siempre termines obteniéndola.
El silencio entre ellos fue breve, pero cargado. Harry lo rompió, todavía desconfiado.
—¿Por qué me estás diciendo esto? —preguntó con cautela.
Draco lo miró directamente, sus ojos grises brillando bajo la tenue luz nocturna.
—Porque, aunque me divierta verte lidiar con todo este caos, no puedo evitar pensar que hay algo raro aquí. Alguien te metió en esto, Potter, y no fue para hacerte un favor.
Harry parpadeó, sorprendido por la sinceridad de las palabras de Draco. No era algo que hubiera esperado escuchar de él.
—¿Estás... preocupado por mí? —preguntó, la incredulidad evidente en su voz.
Draco bufó, el sonido teñido de irritación y nerviosismo.
—No te hagas ilusiones, Potter. No quiero que te pase nada solo porque prefiero vencerte yo mismo en el campo de Quidditch.
Harry no pudo evitar una sonrisa torcida.
—Claro, Malfoy. Lo que digas.
Por un momento, los dos se quedaron en silencio, flotando sobre el campo de Quidditch. No eran amigos, pero esa noche parecía que había un pequeño entendimiento entre ellos, algo que iba más allá de las rivalidades y el desprecio.
Draco finalmente rompió el silencio con su característico tono burlón.
—Espero que tengas un buen plan, porque dudo que sobrevivas a la primera prueba sin uno.
Harry rodó los ojos, pero su sonrisa no desapareció del todo.
—Gracias por el voto de confianza.
Draco rio suavemente, un sonido inusual viniendo de él, antes de impulsarse hacia el cielo con su escoba.
—No te mueras, Potter.
Harry lo observó desaparecer en la noche, preguntándose si acaso esa había sido la conversación más extraña y tranquila que había tenido con Draco Malfoy después de mucho tiempo. Probablemente sí, pero al menos, por un breve instante, había olvidado el peso de todo lo demás.
