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El amor también puede nacer de las cenizas

Summary:

Después de la guerra el mundo de los cazadores queda hecho cenizas, Murata, el único demonio que queda vivo no encuentra sentido a su vida, perdió a la mujer que ama ¿Qué sentido tiene vivir? Hasta que Yushiro vuelve a aparecer. El cazador y el demonio encuentran en el otro el sostén que necesitan para reconstruir su mundo.

Notes:

Work Text:

El sol se asomaba entre los restos de la ciudad y el bosque que había Sido destruido. El aire olía a ceniza, a tierra húmeda y sangre vieja. El silencio después de la batalla era un vacío espeso, quebrado solo por el murmullo distante de los heridos y los gritos de quienes buscaban a sus compañeros.

Murata avanzaba entre los escombros con un vendaje improvisado en el hombro y las piernas cubiertas de polvo. Apenas podía mantenerse en pie, pero la costumbre de moverse, de seguir ayudando, era lo único que lo mantenía cuerdo. El amanecer no parecía una promesa, sino una herida abierta sobre el mundo.

—¿Hay alguien aquí? —su voz sonó ronca, devorada por el viento. —¡Si hay alguien, responde!

El eco se perdió entre los restos de lo que había sido una calle. Se detuvo a escuchar, manteniendo la respiración. Entonces, un sonido débil, apenas un gemido, lo guio hacia una pila de escombros ennegrecidos. Se inclinó, separando fragmentos de madera y piedra. Debajo, una figura inmóvil, pálida como la cera, abrazaba algo contra su pecho.

Murata reconoció de inmediato el rostro.

—… ¿Yushiro?

El demonio no respondió. Tenía la ropa desgarrada, las manos cubiertas de polvo y sangre seca. Aun así, su expresión era obstinadamente serena. Murata se arrodillo junto a él, aliviado y asustado a la vez.

—Oye, estás… estás vivo. —Intentó tocarlo, pero Yushiro abrió los ojos con un destello carmesí.

—No me toques. —su voz sonó áspera, como si cada palabra le pesara. —No necesito tu compasión.

—No es compasión. Solo... estás herido. —dijo Murata y retrocedió apenas un poco con las manos alzadas.

Yushiro presionó el objeto que sostenía contra su pecho: un retrato roto, manchado, con el rostro de Tamayo casi borrado por la sangre y el polvo. Lo miró un segundo, y una sombra le cruzó la mirada.

—Ella no está. —dijo apenas, como si la frase se le escapara sin permiso. —Y tú, cazador, no puedes hacer nada.

Murata tragó saliva. Había visto ese tipo de pérdida antes: en los ojos de sus compañeros, en los rostros de los que sobrevivían a costa de otros. Pero en Yushiro, la herida parecía más antigua, más profunda, como si no fuera solo la muerte lo que lo había destrozado, sino el hecho de seguir respirando.

—Perder a alguien es difícil. —respondió con calma. —Pero eso no significa que tengas que quedarte aquí a morir también.

—¿Morir? Los demonios no morimos tan fácil, Murata. Ni siquiera sé porqué estoy vivo si Muzan murió. 

—Entonces, al menos levántate. —Murata extendiendo la mano. —Hay supervivientes. Algunos te necesitan… incluso si tú no crees que sea así.

Por un instante, Yushiro lo miró con un destello de irritación, luego bajó la vista al retrato. Los dedos temblaron, la pintura se desmoronó un poco más entre sus manos. Murata aprovechó el silencio para acercarse, sin forzarlo, hasta quedar a su lado.

—Tamayo-san luchó para que esto terminara. —dijo en voz baja. —Para que tú siguieras viviendo. Si te quedas aquí, todo lo que hizo no sirvió de nada.

Yushiro frunció el ceño, manteniendo algo que no quería mostrar.

—No hables de ella como si las conocieras.

—No necesito haberla conocida para entender lo que perdiste.

La respuesta dejó un largo silencio entre ambos. El viento se coló por los huecos de los edificios, arrastrando polvo y trozos de papel chamuscado. Yushiro cerró los ojos un momento, respirando despacio, y Murata vio cómo los hombros del demonio cedían apenas, como si el peso del mundo por fin lo empujara hacia el suelo.

Sin decir nada más, Murata le ofreció la mano. Esta vez, Yushiro la miró. La piel humana, sucia, temblorosa, extendida hacia él con una obstinación que rayaba en la ternura. Dudó un instante… y finalmente la tomó.

El contacto fue breve, casi simbólico, pero suficiente. Murata lo ayudó a incorporarse, sujetándolo del brazo con firmeza. Yushiro se tambaleó, gruñendo en voz baja, pero no se apartó.

—No esperaba que un cazador tuviera tanta insistencia —murmuró Yushiro.

—No esperaba que un demonio fuera tan testarudo. —respondió Murata con una sonrisa cansada.

Una chispa apenas perceptible cruzó por los ojos de Yushiro; No era simpatía, pero sí algo más tenue, más humano. Se soltó lentamente, guardando el retrato entre los pliegues de su ropa.

Caminaron juntos unos pasos, en silencio, hasta el borde del camino. Desde allí, podía ver el horizonte. El sol ascendía con lentitud, bañando de dorado las ruinas y los cuerpos cubiertos con mantas. Murata entrecerró los ojos ante la luz, sintiéndola como una promesa.

Yushiro, en cambio, apartó la mirada. Sus pupilas parecían encenderse con el reflejo del amanecer, pero no había calidez en ellas. Solo una melancolía vieja, inquebrantable.

—Qué insoportable puede ser la luz… —susurró. —Cuando ella ya no está para verla.

Murata lo miró de reojo, sin saber qué decir. A su alrededor, el mundo seguía reconstruyéndose en silencio: un amanecer sobre las ruinas, una vida que aún no sabía cómo continuar.

Yushiro permaneció allí un momento más, observando el horizonte. Y, por primera vez desde que Murata lo encontró, no parecía solo un demonio perdido entre los vivos, sino un alma que aún no había decidido si quedarse o desaparecer con la memoria del sol.

Las semanas siguientes fueron una lenta transición del caos al silencio. Las llamas se habían apagado, pero la ciudad aún olía a ceniza y humedad. Las cigarras cantaban sin descanso entre los escombros, como si intentaran llenar el vacío que habían dejado las voces que ya no estaban.

Murata se había quedado en aquel pueblo, ayudando en la reconstrucción. No porqué quisiera ayudar, sino porque aquí conservaba algunos recuerdos de su amada. Levantaba muros, transportaba tablones, atendía a los heridos junto a los pocos médicos que quedaban. Dormía poco, comía menos. Y cada vez que el sol caía, encontraba una excusa para desviarse por la misma calle: la que terminaba en una casa semidestruida con las ventanas cubiertas de papel.

Allí vivía Yushiro o, mejor dicho, allí existía.

El demonio había improvisado un taller en lo que antes fue una clínica. Las paredes estaban manchadas de pintura, las estanterías llenas de frascos con hierbas secas y pigmentos. Murata nunca lo veía de día, solo al anochecer, cuando el cielo era de un gris tenue y el aire empezaba a enfriarse.

Esa tarde, como tantas otras, Murata empujó la puerta sin esperar permiso.

—Te traje algo. —anunció, levantando una pequeña caja envuelta en tela. —Pan y caldo de verduras. Lo hizo la señora de la esquina. Dice que estás demasiado flaco.

Yushiro, sin levantar la mirada del frasco que agitaba, respondió con su habitual tono seco.

—No necesito comida humana.

—Sí, ya lo sé. Pero es educación aceptar un obsequio.

—La educación es una costumbre de los vivos. —respondió el demonio en un suspiró y cerró el frasco con un clic.

—Entonces considéralo una molestia humana. —respondió Murata entre risas.

Apoyó la caja sobre una mesa repleta de pinceles y viales. El lugar olía a alcohol, tinta y flores marchitas. En una esquina, un cuadro cubierto por una tela esperaba ser terminado; Murata no preguntó de quién era.

Pasaron unos segundos en silencio. Yushiro trabajaba sin descanso, mezclando líquidos, revisando notas escritas con caligrafía impecable. Sus movimientos eran precisos, casi rituales, y Murata comprendió que ese ritmo era lo único que mantenía al demonio en pie.

—Llevas días sin dormir, ¿verdad? —preguntó, observando las sombras bajo los ojos de Yushiro

—No necesito dormir tanto como tú.

—Eso no fue una negación.

—¿Por qué vienes aquí todos los días, Murata? ¿Esperas que te agradezca tu preocupación o que te ofrezca té? —respondió Yushiro con el ceño fruncido.

—No. —dijo el cazador y sonrió levemente. —Me caes mal cuando hablas así, pero supongo que me gusta verte vivo.

Yushiro entrecerró los ojos.

—Vivo no es la palabra adecuada.

Murata no respondió. Se limitó a sentarse en el suelo, recargando la espalda contra una pared, con la serenidad de quien ya había hecho esto más veces de las que quería admitir. El demonio lo ignoró al principio, pero después de unos minutos, soltó un bufido resignado.

—No puedes quedarte aquí. Me estorbas.

—Perfecto. Me quedaré en silencio, entonces.

Y lo hizo. El único sonido fue el roce de los pinceles y el crepitar lejano del fuego en alguna fogata cercana. El silencio entre ellos ya no era incómodo; se había vuelto parte del paisaje.

Murata observó la forma en que la luz tenue del farol se reflejaba en el cabello oscuro de Yushiro, en sus dedos manchados de tinta. Había algo profundamente triste en esa figura que se negaba a detenerse, que vivía entre frascos y recuerdos.

De vez en cuando, Yushiro salía a atender a los heridos del distrito. Lo hacía rápido, sin hablar con nadie, evitando las miradas humanas. Murata lo había visto curar heridas imposibles con una mezcla de medicina y sangre, siempre oculto tras una máscara o la sombra. Nadie sabía quién era realmente ese médico de la noche.

Solo Murata.

Y eso, por alguna razón, le bastaba.

El cazador no se dio cuenta de cuándo empezó a dormirse. El cansancio acumulado lo venció poco a poco, mientras escuchaba el suave golpeteo del pincel contra el cristal. Sus párpados pesaron, su respiración se volvió lenta. Cuando Yushiro levantó la vista, Murata ya estaba dormido, con los brazos cruzados y la cabeza ladeada, una expresión tranquila en el rostro.

—Idiota… —susurró Yushiro, bajando la mirada.

Durante unos segundos, lo observó en silencio. Las pestañas de Murata temblaban apenas con el ritmo del sueño; su respiración era irregular, humana, cálida. Un sonido frágil en medio de tanto vacío.

Yushiro apartó la vista, molesto consigo mismo. Caminó hacia un armario, sacó una manta raída y volvió a acercarse. Se inclinó solo lo necesario para cubrirlo con cuidado, cuidando que el ruido del tejido no lo despertara.

—No es por ti. —murmuró, como si necesitara justificar el gesto ante un juez invisible. —Es para que no me contagies tus enfermedades humanas.

Pero su voz sonó demasiado baja, demasiado temblorosa. Durante un instante, sus dedos rozaron el cabello de Murata, un toque casi imperceptible. Luego se apartó, girándose hacia la mesa. El taller quedó en silencio otra vez, salvo por el respiro pausado del cazador. Afuera, la noche avanzaba con lentitud.

Yushiro volvió a sentarse, pero no reanudó su trabajo. Se quedó mirando el lienzo cubierto, el retrato que no podía terminar, y pensó (solo por un instante) que el calor que había sentido en el aire no era del farol.

Por primera vez desde la muerte de Tamayo, algo dentro de él no dolía. No completamente, solo un poco menos.

La rutina se volvió un hilo silencioso que unía los días.

Murata seguía visitando el taller de Yushiro cada tarde, sin anunciarse y sin pedir permiso, como si el gesto se hubiera convertido en una costumbre tan natural como respirar. Para cuando el sol comenzaba su descenso, el cazador ya estaba a medio camino, con las manos llenas de polvo y el uniforme manchado de tierra.

Yushiro, por su parte, había dejado de decirle “vete” cada vez que lo veía entrar. No era una invitación, tampoco un permiso… pero Murata lo tomaba como un avance.

Esa noche, el taller olía a tinta fresca. Yushiro mezclaba pigmentos con movimientos pausados, exactos; el líquido azul oscuro brillaba bajo el farol como si contuviera trozos de cielo. Murata entró empujando la puerta con el hombro, todavía portando el vendaje que Yushiro le había colocado días atrás.

—Hoy no traigo comida. —anunció, dejándose caer en su lugar habitual junto a la pared. —Se me olvidó.

—Me sorprende que recuerdes respirar —respondió Yushiro sin levantar la vista.

—¿Sabes? Creo que cada vez eres más amable conmigo. —dijo Murata con una sonrisa en sus labios.

—Deja de decir estupideces.

El silencio volvió a instalarse, cómodo, denso. Murata observó las manos de Yushiro deslizarse por la mesa, mover frascos, ajustar pinceles. Había una precisión en él que rozaba lo hipnótico, una concentración que solo se rompía cuando la tristeza le cruzaba el rostro como una sombra fugaz.

—Estuve pensando en Tamayo-san. —dijo Murata de pronto, con suavidad.

La mano de Yushiro se detuvo a medio movimiento, su expresión no cambió, pero el aire se volvió más pesado.

—No hables de ella si no sabes lo que dices.

—Mira, sé que no la conocí como tú, pero… De escucharte hablar de ella, de sus logros y como era, no pude evitar pensar en la señora Tamayo-san.

El demonio alzó la mirada, molesto, estaba a la defensiva, el tema de la mujer con la que había compartido tanto aún era un tema bastante delicado para él, pero Murata continuó, sin desafiarlo, pero negándose a dejar de hablar. El cazador quería acercarse al demonio, quería estar ahí para él. Quizás fue la adrenalina de la batalla lo que lo hizo forjar un lazo traumático con él o era implemente que de forma genuina disfrutaba el tiempo que pasaba a su lado.

—Sé lo que es perder a alguien importante. Y sé que a veces seguir vivo duele más que morir con ellos.

—No tienes idea de lo que hablas. —murmuró Yushiro, pero su voz tembló al final y sus hombros y su postura ya no era tan a la defensiva.

—No —admitió Murata, encogiéndose de hombros. —Pero puedo imaginarlo cuando te veo trabajar hasta deshacerte. Cuando no duermes. Cuando sostienes ese retrato como si temieras olvidar su olor.

Yushiro apretó los labios. Murata vio la lucha interna en su mirada, un resentimiento que no iba dirigido a él, sino al mundo. Finalmente, Yushiro exhaló, cansado.

—Preferiría haberme ido con ella.

La confesión cayó entre ellos como un balde de agua fría, aquel comentario dicho de forma tan casual, dejó a Murata completamente congelado en su lugar. No espera una confesión así de… íntima y dolorosa. Imaginar un mundo donde no hubiera tenido la oportunidad de convivir y estar cerca de aquel demonio por alguna razón le pesó.

—No lo creo. —dijo al fin, con una firmeza sorprendentemente suave. —Tú sigues aquí por el sacrificio que ella hizo. Y no puedes contradecir a alguien que amaste tanto.

—No lo entiendes.

—Tal vez no. Pero escucha esto: seguir vivo también es una forma de honrar a quien amamos. Seguir respirando cuando duele es un acto de memoria… no de abandono.

Yushiro lo miró como si no supiera qué hacer con esas palabras, pero no lo insultó, no lo despreció, solo lo miró.

—Hablas demasiado. —murmuró al final, bajando la mirada.

—Y tú muy poco. Hacemos un buen equilibrio. —respondió Murata con una pequeña risa al final. Sus ojos no se perdieron de la sutil sonrisa de Yushiro, de cómo las comisuras de su boca se curvaron hacia arriba. Algo cálido surgió en su pecho al saber que él era el causante de eso.

Yushiro gruñó algo incomprensible, volvió a mezclar pigmentos con un movimiento brusco, pero Murata vio cómo el demonio apartaba la cara apenas, como si quisiera ocultar un temblor extraño en sus labios.

El cazador decidió no mencionarlo y en cambio, señaló el frasco de tinta azul que Yushiro intentaba ignorar.

—¿Ese es para pintar el cielo?

—El cielo no es azul. Es dispersión.

—Me estás dando una lección, ¿eso significa que me estás tomando cariño?

—Significa que eres ignorante.

—Eso también es cariño viniendo de ti.

Yushiro lo miró con una mezcla de irritación y… algo más suave. Algo que Murata no supo nombrar, pero que reconoció al instante: un hilo invisible tensándose entre ambos.

—Eres tan terco.  —susurró Yushiro.

—Y tú un gruñón —respondió Murata.

La respuesta, inesperadamente, provocó lo que Murata no esperaba ver tan pronto (no después de unos segundos donde la primera apareció, pero ahí estaba), los labios de Yushiro se alzaron apenas, un gesto mínimo, contenido, como si una sonrisa surgiera sin su permiso. Fue pequeña, cansada y torpe… pero sincera.

La primera desde la guerra, Murata no dijo nada. Solo la memorizó. Yushiro, al notarlo, volvió a fruncir el ceño.

—Deja de mirarme así.

—Lo siento… es que hacía mucho que no te veía sonreír.

—Fue un espasmo.

—Claro, claro. Un espasmo muy bonito.

El demonio quiso protestar, pero la palabra bonito se quedó flotando en el aire entre ellos y lo dejó en silencio. Murata se incorporó, alzó sus brazos sobre su cabeza estirándose.

—Oye, Yushiro…

—¿Qué?

—Enséñame a pintar. Aunque sea algo feo.

Yushiro lo miró como si acabara de escuchar la petición más absurda del mundo, pero su mirada, por primera vez, no tenía sombras.

—Eres un caso perdido, Murata —dijo con un suspiro resignado. —Trae un pincel mañana.

Y el cazador sonrió con un alivio que no sabía que necesitaba.

El calor del verano llegó sin pedir permiso. Murata lo notó de golpe a la mañana siguiente, cuando el sol ya asomaba decidido entre las nubes y la brisa traía ese olor a madera tibia y hojas frescas. No había dormido del todo bien; la conversación con Yushiro seguía repitiéndose en su cabeza como un eco suave. Aquella primera sonrisa (mínima, fugaz, casi invisible) había sido suficiente para inquietarlo de una forma que no terminaba de comprender.

Quizá por eso, cuando se encontró de pie frente al taller de Yushiro, respiró hondo antes de tocar la puerta corrediza.

Adentro, el olor a tinta y pigmentos húmedos lo envolvió al instante. Había frascos abiertos, trozos de minerales molidos, pinceles perfectamente ordenados y papeles que brillaban apenas con la luz del mediodía. Yushiro estaba de espaldas, inclinado sobre una mesa baja, concentrado en una mezcla azulada que parecía cielo líquido.

—Pensé que llegarías tarde —dijo sin voltear, como si hubiera sentido su presencia desde el umbral.

—No me subestimes. Me prometiste enseñarme a mezclar pigmentos y yo cumplo.

Yushiro alzó la mirada, y aunque su expresión seguía siendo seria, había algo relajado en los bordes de sus ojos. Había cambiado desde la noche anterior. O tal vez Murata había aprendido a mirarlo mejor.

—Ven. —indicó, haciéndole un gesto para acercarse. —Intenta no arruinar nada.

Murata se arrodilló frente a la mesa, mirando los colores con curiosidad casi infantil. Tocó un frasco y Yushiro de inmediato le apartó la mano con dos dedos.

—Ese no. Ese es especialmente difícil de limpiar. Y caro.

—Entonces dame uno barato para empezar. —bromeó Murata.

—Todos mis pigmentos son valiosos. —replicó Yushiro, como si fuera una ofensa siquiera pensar lo contrario.

Murata soltó una risa suave, lo bastante contenida como para no irritarlo demasiado, pero lo suficientemente clara para que Yushiro levantara una ceja.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Tú. —Murata se encogió de hombros. —Lo cuidadoso que eres con todo. Incluso con el polvo de colores.

Yushiro quiso fulminarlo con la mirada, pero había algo casi cómodo en la exasperación que mostraba.

—No es “polvo de colores”. Es pintura. Es arte. Es… —Hizo un gesto vago, como si la palabra correcta no existiera. —No entenderías.

—Por eso vine a aprender —sonrió Murata.

Un rato después, ambos estaban inclinados sobre un cuenco pequeño. Yushiro sostenía una espátula y, con movimientos lentos, la arrastraba sobre los minerales machacados. Murata observaba cada gesto, sorprendido por la delicadeza con la que aquel demonio (tan poderoso, tan letal en otro tiempo) movía la mano.

—Tienes un toque suave. —comentó sin pensar.

Yushiro no lo miró, pero su mano se detuvo apenas, solo por un segundo, antes de seguir mezclando.

—El arte no soporta la brusquedad. —explicó. —Si fueras tan torpe con un pincel como lo eres hablando, romperías el papel.

—Eh, oye, tengo mis momentos —se defendió Murata, y el otro solo rodó los ojos.

Cuando Yushiro le ofreció la espátula para que intentara mezclar, Murata la tomó con cierto entusiasmo. La apretó demasiado, y al primer movimiento brusco, parte del pigmento saltó fuera del cuenco, dejando un rastro azul sobre la mesa. Y sobre la muñeca de Yushiro.

—Lo sabía. —murmuró Yushiro, exasperado.

Murata se rió, pero la risa se disolvió cuando vio el manchón de color sobre la piel pálida del demonio. Sin pensarlo, tomó un paño cercano y levantó la mano de Yushiro para limpiarlo.

El contacto fue mínimo. Nada más que la yema de sus dedos rozando la piel ajena., pero Yushiro se tensó igual, como si aquel gesto insignificante le hubiese tomado por sorpresa. Murata se dio cuenta tarde de lo que hacía. Retiró la mano con torpeza, sintiendo un calor que no venía del verano.

—Perdón… no quería-

—No pasa nada. —interrumpió Yushiro, sin brusquedad, lo cual lo sorprendió aún más.

Un silencio suave se instaló entre ellos, acompañado por el sonido del mortero y por el golpeteo distante de una cigarra. La luz entraba por la ventana, reflejándose en los pigmentos y bañando a Yushiro en un brillo casi irreal. Murata lo miró de reojo. Había algo en esa escena que le parecía… demasiado íntimo. Y no sabía si era bueno o peligroso.

—Yushiro. —dijo de pronto.

—¿Qué?

—Ayer hablaste de Tamayo —recordó Murata, con la voz más seria que antes. —De que habría sido mejor irte con ella.

Yushiro se quedó quieto un instante. Sus dedos se cerraron ligeramente sobre la espátula deteniendo el movimiento de su mano.

—Eso no tiene relevancia ahora —dijo, pero el tono era más bajo, más vulnerable.

—Para mí sí la tiene. —insistió Murata. —Porque… sigues aquí. Decidiste quedarte.

—No. No lo decidí. Sigo vivo por obligación. Por circunstancias. No por voluntad.

—Seguir vivo también es una forma de honrar a quien amamos. Lo dije en serio.

Yushiro frunció el ceño, pero no discutió. Había palabras que, aunque dolieran, no podían rechazarse.

—Y si te soy honesto… —tragó saliva. Murata continuó mezclando pigmento, intentando no sonar torpe ni dramático. —No me asusta que no puedas morir.

—¿Qué te asusta entonces? —preguntó Yushiro, miró al otro hombre directamente a los ojos.

—No volver a verte. —dijo Murata, el cazador apenas puedo sostenerle la mirada. Era algo que había rondado su cabeza desde ayer, desde aquel destello de sonrisa en los labios del demonio. Aquel hombre con quien había estado tratando de reconstruir los pedazos de su vida después del fin del cuerpo de exterminio de demonios.

Murata no era un hombre complicado, era sencillo, apreciaba las pequeñas cosas de la vida y después de la batalla contra Muzan, apreciaba tener a Yushiro a su lado.  La espátula resbaló de Yushiro y cayó sobre la mesa con un sonido suave. El silencio que siguió no fue incómodo.

Yushiro no apartó la mirada. Era la primera vez que Murata lo veía así: sin enojo, sin indiferencia, sin esa barrera que siempre parecía rodearlo. Algo en sus ojos tenía la misma vulnerabilidad que había visto la noche anterior, pero ahora era más clara, más… consciente.

Demasiado tiempo, Murata sintió cada segundo de ese cruce de miradas como si pesara. Yushiro fue el primero en romper el momento. Desvió la vista y tomó un pincel nuevo, como si necesitara aferrarse a la rutina para no perder el control.

—La mezcla está lista. —dijo con voz baja. —Pruébala.

Murata tomó el pincel, su mano un poco temblorosa por razones que prefería no analizar. Hizo un trazo sobre el papel. El azul se extendió suave, pareciendo agua que fluye.

—¿Así? —preguntó, apenas un murmullo.

—Así está bien. —respondió Yushiro.

Sus voces eran casi susurros.

El pincel deslizándose sobre el papel fue lo único que rompió la quietud. Murata siguió pintando líneas torpes, pero cada una de ellas se sentía extrañamente importante. Yushiro lo observaba en silencio, ya sin impaciencia, como si algo en él hubiese cambiado de forma silenciosa pero definitiva.

El sol bajaba, tiñendo el taller de un dorado suave. Y entre pigmentos, manos manchadas y un silencio que decía demasiado, Murata pensó que tal vez… solo tal vez… Esa era la primera vez que Yushiro lo dejaba entrar un poco más allá de sus sombras.

Desde aquel día, algo cambió entre ellos. No fue un acuerdo ni una conversación explícita; simplemente ocurrió. Murata comenzó a aparecer con más frecuencia en el taller, a veces con una excusa absurda (traía pan, por si te sirve para… algo) y otras sin motivo aparente. Yushiro, que al principio lo echaba con su habitual exasperación, terminó por permitirle quedarse. O quizá, más exacto aún, terminó por querer que se quedara.

Los encuentros se volvieron costumbre. Murata, sin darse cuenta, empezó a anticipar el murmullo seco de Yushiro corrigiendo cada uno de sus movimientos torpes. Y Yushiro, a pesar de negarlo con cada fibra de su orgullo, comenzó a apreciar la voz cálida del cazador llenando el silencio que antes era insalvable.

Cuando Murata hablaba (sobre la reconstrucción, sobre la vida, sobre nada en particular) el taller parecía menos vacío. Cuando Yushiro respondía con sarcasmos afilados, Murata se descubría sonriendo como un idiota.

No eran amigos. Tampoco desconocidos. Eran… algo suspendido en un punto intermedio, como un color que aún no terminaba de mezclarse.

El verano seguía avanzando con un calor espeso que hacía brillar los techos del pueblo reconstruido. Murata llevaba media mañana cargando tablones para la nueva enfermería, pero su mente no estaba en el trabajo. No del todo. Había dormido poco, con el recuerdo del silencio cargado del taller repitiéndose una y otra vez. Las palabras que dijo (no me asusta tu eternidad… me asusta no volver a verte) resonaban en su cabeza con una mezcla de vergüenza y algo parecido al orgullo.

Sabía que había cruzado un límite, pero también sabía que no quería retroceder.

Así que cuando el sol estaba en su punto más amable, tomó un descanso “casual” y se dirigió al taller de Yushiro. No llevaba pan esta vez, ni una excusa. Solo una pregunta que ardía como tinta fresca.

Abrió la puerta con el mismo cuidado de siempre y encontró a Yushiro sentado, inclinado sobre un lienzo nuevo. Estaba tan concentrado que al principio no notó su presencia. Murata lo observó unos segundos. Había algo en la forma en que Yushiro movía la mano (precisa, suave, casi devocional) que le hizo contener la respiración.

—Volviste —dijo Yushiro sin girar, con esa certeza molesta que solo él podía tener.

—¿Te sorprende? —Murata sonrió, avanzando.

—No. Me decepciona.

Pero el tono no coincidía con la frase. Era más suave, más cansado, casi… cómodo. Murata se agachó junto a él y miró el lienzo. No era un paisaje, ni un objeto. Era un rostro. Femenino. Delicado. Los trazos eran recientes, pero suficientes para reconocerla.

Tamayo.

—La estás… pintando otra vez. —murmuró. Murata sintió un nudo en la garganta.

—No. —lo corrigió Yushiro, sin apartar el pincel del lienzo. —La estoy recordando. Antes de que ese recuerdo desaparezca.

—No va a desaparecer. —respondió el espadachín con firmeza.

—Los humanos creen eso, pero la memoria se gasta. La mía también, aunque tarde más. —dijo Yushiro y soltó un suspiro lleno de ironía. Un demonio que no podía morir de alguna forma a pesar de que Muzan fue asesinado, él seguía ahí.

—¿Te molesta si me quedo? —preguntó Murada, dudo, pero al final se sentó a su lado.

—Siempre me molesta que te quedes —respondió Yushiro. —Y aun así lo haces.

Murata se rió y Yushiro, aunque no sonrió del todo, dejó escapar un pequeño resoplido, una especie de rendición. El taller estaba en silencio salvo por el roce del pincel y el canto de una cigarra afuera. Murata observaba los trazos finos, la dedicación absoluta, había ternura en cada movimiento.

—¿Quieres ayuda? —preguntó Murata.

—Sí. Aléjate —respondió Yushiro, sin levantar la vista.

—Eres insoportable —dijo, acomodándose mejor. Murata soltó una carcajada que él mismo intentó controlar.

—Y tú eres ruido —le replicó Yushiro. —Pero… —su mano se detuvo un instante. —…a veces el ruido hace menos vacío.

Murata lo miró en silencio. Ahí estaba. Esa grieta mínima que Yushiro dejaba ver a cuentagotas.

—¿Puedo…? —Murata señaló un pincel más pequeño.

Yushiro lo evaluó con sospecha.

—Si arruinas este lienzo, te convierto en pigmento.

—Suena justo.

Le dio el pincel. Sus dedos se rozaron, apenas, pero suficiente para que ambos se tensaran sin admitírselo. Murata se concentró en no temblar, mientras Yushiro desviaba la mirada como si el lienzo fuera súbitamente más urgente.

—Haz una línea aquí —indicó Yushiro, señalando un punto.

Murata lo intentó, pero el trazo quedó torcido, el espadachín estuvo a punto de reírse sin embargo el bufido que soltó el demonio lo hizo voltear a verlo.

—Murata… —Yushiro cerró los ojos con un suspiro profundo. —¿Es cosa de los humanos hacer todo mal a propósito?

—Estoy nervioso. —dijo el cazador y soltó una pequeña risa demostrando su punto.

—¿Por qué? —preguntó Yushiro y lo miró.

Murata abrió la boca y luego la cerró. No sabía cómo responder sin cruzar otro límite.

—Porque… tú miras mucho cuando pinto.

Yushiro parpadeó. El demonio de lengua venenosa y paciencia limitada estuvo callado. Callado de verdad.

—No te estoy mirando —murmuró al final.

—Claro que me estas mirando. —dijo Murata y sonrió suavemente. —Pensé que me lo estaba imaginado, pero no. Lo haces.

Yushiro apartó la vista con un movimiento brusco, como si Murata lo hubiera descubierto haciendo algo prohibido.

—Solo vigilo que no destruyas mi trabajo —dijo.

—Ajá. —murmuró Murata. —Claro.

El silencio volvió, espeso, pero no incómodo. Murata pintó otra línea, más firme esta vez. Yushiro no lo corrigió. Solo lo observó de reojo, más tiempo del que creía permitido.

—Yushiro —dijo Murata de pronto.

—Si dices otra tontería te saco del taller.

—¿Cómo… cómo sigues recordándola sin que duela tanto?

—No dejo de sentir dolor. Aprendo a convivir con él. Es diferente.

—Si quieres… si algún día quieres hablar de ella sin pintar, puedo escucharte.

—No necesito que me escuches.

—Lo sé. Pero igual estoy aquí.

Yushiro abrió la boca para contestar, pero nada salió. Solo lo miró como si Murata fuera un problema que no sabía resolver. Un problema al que no quería renunciar.

El demonio volvió al lienzo, pero su mano se movía más despacio ahora. Murata siguió pintando junto a él, concentrado, cuidadoso, sintiendo el peso suave del silencio compartido. Había un equilibrio extraño entre ellos, como dos pinceles distintos trazando la misma figura.

Y entonces, sin previo aviso, Yushiro habló: —Murata.

—¿Sí?

—Si te vas algún día sin avisar… —el demonio tragó saliva, su cuerpo estaba tenso. — …no vuelvas después.

—¿Qué…?

—No quiero-

—No necesito interrupciones.

—No planeo irme a ningún lado —respondió, firme, sin dramatismo. Murata entendió. No del todo, pero lo suficiente.

Yushiro lo miró otra vez y Murata sintió la piel arderle otra vez.

—Sigue pintando —murmuró Yushiro, desviando la vista con un leve temblor en la mano que no logró ocultar. El sonido del pincel llenó el taller de nuevo.

Los días siguientes transcurrieron como pinceladas tranquilas: algunos torpes, otros sorprendentemente claros, todos formando una rutina que ninguno de los dos nombraba. Pero esa noche, tras horas mezclando colores que ya no necesitaban instrucciones y silencios que ya no eran incómodos, el taller quedó envuelto en un sosiego distinto.

Murata guardó los pinceles mientras Yushiro observaba cómo sus manos (grandes, humanas, imperfectas) recogían las últimas manchas de pigmento del día. La lámpara del techo (en realidad era un pequeño candelabro con velas) proyectaba sombras suaves sobre las paredes, y la luz dibujaba en el rostro del cazador sombras, sus espesas pestañas se veían incluso más largas y su perfil era…

Yushiro lo miró durante demasiado tiempo. Otra vez. Como la tarde anterior. Como todas las tardes recientes. Murata sintió esa mirada antes de verla directamente; un calor silencioso le rozó la nuca, y cuando alzó la vista, Yushiro no apartó la suya.

—Hoy estabas más concentrado. —murmuró el demonio, sin sarcasmo.

Murata sonrió, un poco sorprendido por el halago, porque el hecho de que Yushiro dijera algo sin insultos o sin sarcasmo podía ser considerado un halago, y el espadachín mentiría si dijera que aquello no causó una sensación cálida en su interior.

—Hoy… —buscó cómo decirlo sin sonar torpe. —…Quería que estuvieras orgulloso.

Yushiro frunció el ceño, sintió un escalofrió recorrer su cuerpo, sus colmillos picaron en su boca al igual que sus manos. Una sensación extraña se posó en su estómago, algo que no había sentido desde la muerte de la mujer que había amado.

—No tiene sentido que quieras eso.

—Quizá no. —admitió Murata. —Pero lo quiero.

Las flamas de las velas danzaron, las sombras crearon siluetas a su alrededor. Ambos hombres se quedaron viéndose fijamente tan solo un segundo, por solo un segundo sus corazones latieron al unísono.

El aire fresco de la noche se coló por la ventana abierta haciendo castañear sus dientes, lo cual rompió el hechizo, ese trance que se había hecho entre ellos. Murata caminó hacia ella para dejar entrar más aire, y la luz de la luna se extendió sobre el suelo de madera, alcanzando los pies de ambos.

—Siéntate. —dijo Yushiro de pronto.

—¿Por qué? —preguntó el espadachín. El hombre miró al otro con la cabeza ladeada y la ceja derecha arqueada.

—Porque… —el demonio apretó los labios, ¿qué le digo? Pensó, solo sabía que por alguna razón (más bien sí sabía la razón, solo que se negaba aceptarla) lo quería cerca suyo, así que señaló el tatami. — …te ves cansado.

Murata obedeció, más por la ternura que le causó el esfuerzo de Yushiro por tratar de justificar porque lo quería cerca que por la orden. Se sentó en el tatami junto a la ventana, la luz de la luna cayendo sobre su hombro. Yushiro permaneció de pie unos segundos, dudando, antes de acercarse y tomar asiento frente a él. No demasiado cerca, pero ya no lejos.

—Yushiro… —dijo el espadachín, sintoó el rodar de cada letra en su lengua y se sintió bien. —¿Por qué me miras así?

Yushiro no respondió enseguida. Su mirada, nítida en la penumbra, bajó a las manos de Murata, luego subió de nuevo a sus ojos con una vulnerabilidad que no intentó ocultar.

—Porque no entiendo.  —él confesó. —No entiendo por qué sigues viniendo. Por qué no te marchas. Por qué… —susurró lo último. Sus manos apretaron los pinceles, respiró hondo tratando de poner en palabras lo que sentía, lo que pensaba. —Por qué tu presencia no me molesta como debería.

Murata se quedó estático, ¿de verdad Yushiro había dicho todo eso? Sus ojos se abrieron abruptamente y su corazón latió con frenesí contra su pecho, sus oídos zumbaron y esa calidez que llevaba semanas sintiendo cuando estaba con él solo incrementó. El ex espadachín no sabía que responder, sin embargo, cuando miró como Yushiro ante sus ojos volvía a ponerse esa coraza por su falta de respuesta fue que volvió a hablar.

—Porque… Porque todos necesitamos compañía, Yushiro, incluso tú. Cuando… después de la batalla estabas consumido en vida, no sé porque no desapareciste junto al resto de los demonios, pero… Te encontré cayéndote a pedazos por la muerte de la señora Tamayo-san. Algo en mí me hizo evitar que terminaras suicidándote.

El demonio bajó la mirada, y Murata vio cómo sus dedos se cerraban, tensos, sobre la tela de su hakama. Yushiro no esperaba esas palabras, no entendía de esa empatía, de ese sentimiento que su señora tanto había profesado por otros y aún más en su noble sacrificio. Sin embargo, ahí, frente al hombre que lo había visto en su peor momento y aun así se quedó, quizás empezaba a entender de eso que hablaba Tamayo-san y aún más, entendía que el latir de su corazón ya no era por una simple amistad.

Un gesto pequeño, un temblor diminuto, pero suficiente para que Murata lo notara, así que extendió su mano para ofrecerle consuelo, no quería tocarlo sin su permiso. Yushiro levantó la mirada y notó la mano de Murata extendida frente a él y para él. Su respiración, que siempre era tan pareja, falló apenas un instante.

—No deberías… —murmuró, pero sus palabras no tenían filo.

Murata apenas movió los dedos, una invitación silenciosa.

—Puedo retirarla si quieres.

Yushiro lo observó como si estuviera analizando un color desconocido, uno que no existía en su paleta. Luego, con una lentitud tan delicada que Murata sintió el pulso en los labios, Yushiro extendió la mano y rozó con la yema de sus dedos los dígitos ajenos. No la tomó, pero sí se permitió ese pequeño contacto.

La piel del demonio estaba fría; fue una frialdad que Murata recibió como algo que podía calentar si se acercaba lo suficiente.

—Eres… —Yushiro frunció el ceño, molesto consigo mismo. —…caliente.

—Y tú eres… —acercó un poco más la palma. Murata rió muy bajo. —…exactamente como imaginé.

—¿Imaginaste mi mano? —preguntó Yushiró, parpadeó varias veces sin comprender a que se refería Murata.

—Imaginé muchas cosas —admitió Murata, con un rubor adornando sus mejillas y la punta de sus orejas.

El demonio apartó la mirada, y esa reacción, ese pudor tan humano que él como demonio no debería tener le hizo a Murata algo en el pecho, como un nudo que se deshacía y apretaba a la vez. Entre ellos, la distancia se redujo sin que ninguno se moviera realmente.

Quizá fue aquel roce de sus manos, quizás fue el silencio tan cómodo que siempre se formaba entre ellos, o tal vez la acumulación de días, miradas y palabras que habían pintado un espacio donde ambos podían respirar.

—No estoy… acostumbrado a esto.  —dijo Yushiro. Sus dedos seguían rozando los del otro hombre, sin atreverse a realmente tomarlo de la mano. Era algo nuevo para él.

—Yo tampoco.

Yushiro alzó la mirada, su mano tembló cuando la colocó por completo sobre la de Murata. Ese contacto, tan simple, abrió algo entre ellos, algo inevitable.

—Murata… —susurró Yushiro, casi como si el nombre le quemara.

El cazador se acercó un poco más, apretó el agarre de sus manos, sintió el frio de la piel del demonio contrastando con la tibieza de la suya. Acercó su rostro hasta que pudo sentir la respiración del demonio rozándole la piel.

—Yushiro. —respondió con la misma suavidad. —No voy a hacer nada que no quieras.

Yushiro cerró los ojos un segundo, rebuscó en su interior algo, una excusa del porque no debería cruzar este puente, pero dentro suyo, solo encontró paz, una paz que hacía tanto tiempo no sentía. Sabía que esto era lo correcto, que estos sentimientos por aquel humano eran verdaderos.

Cuando los abrió, había una claridad feroz y frágil al mismo tiempo.

—Quiero… —tragó saliva. —…No quiero que desaparezcas esta noche.

Murata sintió su corazón detenerse por un momento, aquellas palabras eran todo lo que quería escuchar. Entonces, acercó un poco más su rostro al de Yushiro. Era tan dulce, jamás pensó que aquel demonio que conoció tan rudo tendría un lado tan tierno.

—No planeo irme.

—Entonces… —Yushiro bajó la mirada a la boca de Murata— …acércate.

El cazador obedeció. Sus labios se encontraron con la lentitud reverente de dos personas que no temen romper nada porque ya estaban rotas, y en ese momento cada pieza de ellos se unió formando una sola. No fue un beso ansioso. Ni hambriento. Fue un roce largo, cuidadoso, como si ambos estuvieran aprendiendo la forma del otro a través del silencio.

Murata sintió los colmillos de Yushiro rozar su labio inferior, suaves, sin intención de herir. Ese toque le recorrió la espalda como una corriente. Abrió más la boca, apenas, invitando sin pedir. Yushiro respondió igual de lento, moviéndose con la precisión de quien teme arruinar un cuadro invaluable. El demonio invadido por una sed que hacía siglos no sentía, tomó la nuca del cazador consu mano obligando al humano a besarlo con más ganas.

El espadachín tembló y el gemido que escapó de su boca murió en la ajena, Yushido tiró del cabello de su nuca y aquellas largas uñas rasparon su cuero cabelludo. El agarre de su otra mano se intensificó, sin embargo, Yushido lo soltó para llevar esa misma mano a la tira que mantenía el yukata de Murata en su lugar para tirar del nudo deshaciéndolo.

Cuando se separaron, la respiración de ambos era entrecortada y un hilo de saliva conectaba sus bocas. Murata apoyó su frente en la de Yushiro, tenía los ojos entreabiertos mirando fijamente al demonio. Notó el rubo (extraño, pero lindo) que había en las mejillas de Yushiro.

—Eres… hermoso —susurró Murata adorando al hombro frente a él.

Yushiro soltó una exhalación que carecía de toda burla o enojo, en cambio el demonio tiró del cabello del humano con fuerza haciendo que Murata echará su cabello hacia atrás. Yushiro se levantó del tatami logrando así, ser unos buenos diez centímetros más altos que el espadachín.

Murata respondió colocando una mano sobre la cintura de Yushiro, despacio, lento, esperando cualquier señal de incomodidad. No llegó, Yushiro acercó sus labios al cuello del cazador con una cautela que lo hizo temblar, su aliento cálido rozó la piel del humano.

—Si te marco… —dijo él y succionó la piel de su cuello. Sintió el aroma de la sangre y no pudo evitar abrir la boca lo suficiente para rozar sus colmillos contra la yugular. — … ¿Te asustarás?

Murata sintió un estremecimiento profundo, su piel se erizo. Entre las uñas filosas y sus colmillos se sintió como la presa de un peligroso depredador, pero no sintió miedo sino excitación; su pene se apretó dentro de su ropa interior bajo su yukata.

La imagen mental que se formó en su cabeza con Yushiro enterrando sus colmillos en su carne lo estremeció.

—No. Me… gustaría

El demonio lo miró, los ojos brillando con una mezcla de deseo y vulnerabilidad que Murata nunca había visto.

—Eres… tan terco, peleas por lo que quieres ¿Verdad, cazador? —susurró Yushiro, antes de apoyar su boca en la piel del cazador, apenas un beso, apenas un roce de colmillos, suave, lento, prometedor.

Yushiro soltó un pequeño gemido. Murata lo sintió vibrar contra su piel, y ese sonido (tan breve, tan dulce) le recorrió el pecho como un fuego lento. Yushiro elevó el rostro apenas, mirándolo desde abajo con esos ojos que parecían querer devorarlo sin tocarlo.

—Quítate el yukata —ordenó, pero su voz sonó como un susurro que Murata hubiese obedecido incluso si no lo hubiese escuchado.

El cazador se enderezó, todavía temblando, y llevó las manos al nudo que Yushiro ya había aflojado. Pero el demonio lo detuvo antes de que pudiera terminar. Su mano (fría, firme, larga) tomó la tela desde el hombro y la deslizó él mismo. Cada movimiento era lento, ceremonioso, como si estuviera desenvolviendo un objeto precioso. El yukata cayó a los pies de Murata en un susurro, dejándolo solo con la ropa interior y el temblor en sus manos.

Yushiro lo observó como quien contempla un secreto que ha deseado demasiado tiempo.

—No te escondas —murmuró, rozando con sus uñas la cintura del humano, apenas un toque, apenas un rastro de electricidad. —Quiero verte.

Murata tragó saliva. Se sentía expuesto, sí, pero no vulnerable: Yushiro lo miraba como si lo reverenciara… y, aun así, lo controlaba sin esfuerzo. El demonio se incorporó más, quedando firme sobre el tatami mientras Murata permanecía de pie frente a él. Con un tirón suave, casi perezoso, tomó la muñeca del cazador y lo guio.

—Al suelo —susurró.

Murata obedeció, arrodillándose primero, luego dejándose recostar sobre la madera lisa con una lentitud que delataba cuánto le ardía la piel. Su respiración era un jadeo silencioso. Yushiro lo siguió, no encima, sino junto a él, inclinándose lo suficiente para que su cabello rozó el rostro del humano. Su mano recorrió el pecho de Murata con la precisión de un pintor que decide dónde irá el primer trazo.

—Así —dijo, acomodándolo, empujando ligeramente su hombro para que quedara recostado por completo. —Quiero que me mires solo a mí.

Murata lo hizo. Sus ojos estaban abiertos, brillantes, vulnerables de una forma que solo Yushiro conseguía arrancarle.

El demonio se sentó a horcajadas sobre él, no en un gesto lascivo, sino posesivo. Control absoluto. El cuerpo del cazador se tensó bajo el suyo, pero sus manos lo recibieron con una caricia suave en la cintura, como si Yushiro fuese frágil y no un depredador.

—Te dije que no planeaba irme —susurró Murata.

Yushiro bajó la mirada, sus dedos rozando la tela de la ropa interior del humano con intención lenta, casi meditativa.

—Y yo te dije. —murmuró, inclinándose hasta rozar la nariz de Murata con la suya. —Que eres imposible, demasiado terco.

Sus labios se encontraron otra vez, esta vez sin la reverencia del primer beso. Yushiro lo tomó, lo probó, lo dirigió. Los dedos del demonio se enterraron en el cabello de Murata para obligarlo a seguir el ritmo que él marcaba: firme, exigente, dulce solo en los bordes.

Cuando se separaron, Yushiro respiraba como si le faltara el aire.

—Murata… —dijo su nombre bajito, como si le pesara en la lengua. —Déjame tomarte.

Su mano bajó por el abdomen del cazador, lenta, cuidadosa, siguiendo cada línea de músculo como si estuviera leyendo algo escrito en su piel. Rozó la tela que aún cubría la intimidad de Murata, sin tocar más allá, solo presionando lo suficiente para que él entendiera la invitación implícita, la dirección, la entrega controlada.

—Quiero que seas tú —dijo Yushiro con un hilo de voz que tembló de deseo, aunque aún ordenaba. —Pero lo haremos a mi ritmo ¿Está claro?

—Sí… —jadeó. Murata sintió su cuerpo encenderse en una oleada lenta y profunda. —Como tú quieras.

Yushiro sonrió apenas, una sonrisa pequeña, peligrosa, preciosa, lo guió suavemente, acomodándolo sobre el suelo, marcando dónde debía poner las manos, dónde debía sostenerlo, cómo debía mirarlo.

El demonio lo acomodó mejor contra el suelo, sus dedos sujetando el mentón de Murata para obligarlo a mirarlo directamente. El brillo de sus ojos era afilado; había deseo, sí, pero también una autoridad silenciosa que lo envolvía todo.

Sin apartar la mirada, Yushiro dejó caer su propio yukata de los hombros. La tela resbaló con un susurro elegante, revelando su torso pálido y perfecto bajo la luz tenue. Murata tragó saliva, no por lujuria sino por el simple impacto de ver al demonio sin ninguna barrera.

—Mírame. —ordenó Yushiro, suave pero innegable.

Murata obedeció y Yushiro, con un movimiento lento, casi insoportablemente delicado, deslizó también su ropa interior hasta dejarla caer junto al yukata. Quedó completamente desnudo. Sereno. Dueño de la habitación. Del aire. De Murata.

El cazador sintió cómo su pecho se apretaba; no sabía si era deseo o devoción. Yushiro caminó hacia él sobre las rodillas y se inclinó, colocando una mano en el suelo junto a su cabeza. La otra bajó hasta rozar la cintura del humano.

—Ahora tú —dijo, rozando su piel con la uña, apenas una línea que quemaba. —Quítate todo.

Murata inhaló con dificultad. Sus manos temblaron al llevarse a la cintura, pero no había vergüenza en ello; había expectativa. Respiró hondo y comenzó a deslizarse la ropa, despacio, como si temiera romper aquel momento frágil.

Cuando Murata quedó completamente desnudo, aún tendido en el suelo, Yushiro inclinó la cabeza con una expresión que mezclaba desdén fingido y adoración real. El miembro erecto del cazador golpeó su cadera y goteo líquido preseminal contra su piel.

—Estás temblando —comentó. —Qué ridículo… y qué adorable.

—Es que… eres demasiado —susurró. Murata soltó una risa suave y nerviosa. —Eres… hermoso. Perfecto. Y no sé cómo se supone que debo respirar con alguien como tú encima de mí.

—Cursi. —murmuró, acercándose para rozar la nariz del cazador con la suya. Yushiro rodó los ojos, no por molestia, sino porque los halagos le golpearon de una manera inesperadamente íntima. —Pero sigue diciéndolo.

Murata levantó una mano, despacio, como si pidiera permiso antes de tocar. Yushiro le permitió posar la mano en su cintura. El tacto fue suave, tembloroso, reverente.

—Eres precioso, Yushiro… —susurró el espadachín. —Como si hubieran hecho a propósito cada parte de ti solo para que yo me quedara mirándote.

El demonio apretó los labios, incapaz de esconder la reacción. Sus mejillas adquirieron un rubor tenue, casi invisible, pero Murata lo notó.

—Cállate. —le dijo Yushiro, pero su voz se quebró apenas un poco. Su mano descendió y tomó delicadamente el rostro del humano. —O haré que te arrepientas… de una forma que no sabrías soportar.

—No podría arrepentirme de nada contigo —admitió. Murata sonrió con una ternura que contrastaba con la amenaza. —Ni aunque quisieras.

Yushiro exhaló profundamente, como si esas palabras lo golpearan en un sitio que él mismo había mantenido cerrado durante demasiado tiempo. Su mano descendió por el pecho de Murata, marcando su camino con la uña, dejando una línea fina, ligeramente rojiza, que hizo que el cazador arquease la espalda.

—Tú… —susurró Yushiro, colocándose a horcajadas sobre él, reclamando otra vez su espacio, su mirada, su cuerpo. —No tienes idea de lo que provocas.

—Creo que sí —respondió. Murata lo miró como si estuviera viendo algo sagrado. —Porque tú provocas lo mismo en mí.

Yushiro bajó la cabeza y apoyó su frente en la de él por un instante, un contacto breve, intimo, cargado de todo lo que aún no decían. Luego tomó las manos de Murata y las llevó por encima de su cabeza, sujetándolas contra el suelo.

—No te muevas —ordenó en voz baja y grave, peligrosamente suave.

—Como tú digas, Yushiro. —dijo Mirara en medio de un largo suspiro cargado de placer, una sensación bulliciosa se instaló en su estómago.

El demonio sonrió con un orgullo acomodándose mejor sobre él, su piel rozando la del cazador. Yushiro aún mantenía las muñecas de Murata atrapadas sobre su cabeza cuando se incorporó un poco, lo suficiente para que el aire frío rozara su piel desnuda. Sus ojos brillaban con una determinación suave, como si hubiera tomado una decisión silenciosa.

—No quiero que me hagas daño… sin querer —murmuró, casi avergonzado por lo vulnerable que sonaba.

—Jamás te lastimaría —respondió en un susurro que parecía un juramento. Murata sintió el pecho apretársele con una ternura tan profunda que le recorrió todo el cuerpo.

El demonio desvió la mirada un instante, sus mejillas teñidas de un rubor delicado. Luego, estiró la mano hacia un pequeño frasco de aceite con el que preparaba sus pigmentos cuando pintaba. La botella era simple, de vidrio oscuro, y al moverla se escuchó el suave deslizamiento del líquido en su interior.

Yushiro llevó una pequeña cantidad del aceite a sus dedos. El brillo del líquido quedó atrapado en su piel blanca. El demonio lo miró con una mezcla de nervios y decisión.

—Quiero que… cuando estemos juntos… —su voz se apagó unos segundos, cargada de vulnerabilidad. —Quiero que sea placentero para los dos.

—Yushiro… —su voz tembló. Murata sintió un nudo en la garganta.

—Shh —susurró. —Déjame hacerlo.

Yushiro manchó sus dedos con aquel aceite y luego apoyó su peso sobre sus rodillas a los costados de la cadera el espadachín. Se había quitado su ropa interior entonces fue fácil llevar sus dedos hacia su agujero. Aquel anillo de músculos se tensó cuando él rodeó el borde, su cuerpo tembló. Yushiro jamás había hecho algo así.

Con cuidado metió el primer dedo, sin embargo, el dolor y el ardor era soportable, introdujo un segundo dígito arrancando gemidos de su boca. Antes de darse cuenta ya tenía tres dedos en su interior y estaba moviendo las caderas follandose a sí mismo.

Murata lo miraba con deseo, pero también con una devoción que lo quemaba. Yushiro respiró hondo mientras sus dedos trabajaban con suavidad, preparando su piel con un cuidado meticuloso. Sus ojos se mantuvieron entrecerrados, las pestañas temblando, la boca apenas entreabierta.

No había prisa, no había vergüenza.

Solo la dulzura de alguien permitiéndose ser vulnerable para quien ama. Cuando terminó, dejó el frasco a un lado y se acercó lentamente, hasta quedar otra vez sobre Murata. Su piel cálida y brillante por el aceite rozó la del espadachín, haciéndolo estremecer. El miembro erecto de Murara goteaba líquido preseminal, la cabeza Roma estaba de un color rojo intenso y había una vena resaltada a un costado.

—Ahora sí —susurró con una voz suave, peligrosa y dulce a la vez. Yushiro tomó su rostro entre las manos. —Estoy listo para ti.

—Eres lo más hermoso que he visto —murmuró, su voz quebrada de emoción. Murata cerró los ojos, respirando como si acabara de recibir el honor más grande de su vida.

—Entonces… —susurró. Yushiro sonrió, fue una sonrisa pequeña y temblorosa, apoyando la frente contra la suya. —No me sueltes.

Sin más, el demonio guio el miembro de Murata hacia su anillo de músculos el demonio con firmeza fue bajando empalandose a su mismo hasta que sus glúteos chocaron contra la pelvis del cazador.

Ambos hombres comieron ante el estremecimiento que recorrió sus cuerpos, Yushiro abrió y cerró la boca tratando de respirar, pero se sentía tan lleno que estaba mareado, el placer lo mantenía en una nube de éxtasis.

Yushiro sintió cada estremecimiento de Murata contra él como si fueran olas que recorrieran su cuerpo. La calidez del humano, la suavidad de su piel, el ritmo de su respiración… todo lo envolvía en un torbellino que nunca antes había sentido. No era solo deseo; Era una mezcla de protección, adoración y vulnerabilidad compartida. Cada caricia de Murata era precisa, delicada, ya la vez reclamaba su control. Yushiro se dejó llevar por eso, por la sensación de que podía ceder sin perder el poder de dirigir la conexión entre ellos.

El demonio cerró los ojos, inhalando profundamente, sintiendo la presión del corazón de Murata contra el suyo. Cada roce, cada movimiento, era un lenguaje silencioso. No se necesitan palabras. Su piel ardía, sus manos temblaban ligeramente, y aún así mantenía el control. Murata lo guiaba suavemente, activo y tierno, y Yushiro se rindió a cada contacto con una confianza que nunca había sentido.

El tiempo pareció detenerse. Todo a su alrededor desapareció, dejando solo el calor compartido y la respiración entrecortada de ambos. Murata, con su ternura característica, le susurraba palabras que eran halagos y promesas, mientras Yushiro respondía con gemidos contenidos y abrazos posesivos que lo mantenían cerca, aferrándose al humano como si no pudiera soltarlo.

Cuando alcanzaron el punto en que todo se volvió abrumador, fue como si el mundo entero se hubiera reducido a aquel instante. La intensidad subió y luego explotó en un clímax silencioso, lleno de gemidos ahogados, respiraciones entrecortadas y caricias que no querían terminar.

Las piernas de Yushiro temblaron por el esfuerzo, su cuerpo tembló montando las olas de su orgasmo, tira tras tira de semen macho el pecho de Murata mientras que el demonio se sentía como aquel hombre lo llenaba de su propia semilla. Yushiro Se dejó caer sobre el pecho de Murata y se abrazaron con fuerza, la piel contra piel, cuerpos temblando, y el aire de la habitación vibrando con la energía compartida.

Yushiro quedó sobre Murata, sintiendo cómo su cuerpo se relajaba y se hundía en la seguridad del abrazo. Murata también se recostó contra él, acariciando su espalda y sosteniendo su rostro con delicadeza, como si ambos quisieran memorizar cada contorno y cada reacción del otro.

No había palabras, solo murmullos, respiraciones profundas y el sonido de sus corazones latiendo al unísono. Fue dulce, fue intenso, fue perfecto. Finalmente, se quedaron quietos, con las extremidades entrelazadas, mientras la calma post-orgasmo los envolvía, un silencio lleno de satisfacción y de la certeza de que pertenece el uno al otro.

Yushiro, todavía temblando, apoyó la frente en la de Murata y murmuró, apenas audible:

—Eres mío.

—Y tú también eres mío. —dijo Murata y sonriendo, acariciando su mejilla.

Y allí permanecieron, fundidos en la intimidad y el calor de su amor, mientras la noche los abrazaba, testigo silencioso de su entrega y devoción mutua.