Chapter 1: Bienvenido a la Pecera
Chapter Text
Reporte de Incidente: Llegada de la Anomalía P-58
Ubicación: Hangar de Recepción de Carga Pesada (Nivel 1), Sitio Ápex.
Personal Presente: Escuadrón Táctico "Sigma" (ERR), Equipo de Estibadores de Lastre.
Supervisor: Ingeniero de Contención V. de Luque (Nivel 4).
El aire en el Hangar 7 olía a ozono quemado y pánico latente. Las sirenas de Alerta de Brecha Inminente aullaban con una cadencia roja que bañaba las paredes de hormigón reforzado en una luz intermitente y sangrienta.
En el centro de la pista, el contenedor de transporte, una mole de acero y cristal balístico diseñado para resistir explosiones nucleares tácticas, estaba gimiendo. El metal chirriaba como un animal moribundo.
Dentro, Foolish estaba furioso.
La entidad no estaba cooperando. Aunque los sedantes habían hecho efecto durante el viaje, el despertar había sido violento. A través del cristal agrietado, se vislumbraba una masa de agua turbulenta y destellos dorados. El ser golpeaba las paredes internas con una fuerza cinética que hacía temblar los cimientos de la instalación.
—¡Los anclajes hidráulicos están cediendo! —gritó un Pastor (Líder de Escuadrón), su voz apenas audible sobre el estruendo—. ¡Necesitamos refuerzos de la ERR ahora mismo! ¡Si esa cosa sale, demolerá el sector entero!
Un grupo de Estibadores de Lastre corría despavorido mientras los pernos de titanio salían disparados como balas de cañón, incrustándose en el techo.
Fue entonces cuando la puerta de la pasarela de observación superior se deslizó con un siseo suave.
Vegetta no corrió. Caminó hasta la barandilla con la calma de quien revisa la lista de la compra, ignorando el caos infernal bajo sus pies. Llevaba su bata de laboratorio inmaculada sobre un traje sastre púrpura oscuro perfectamente ajustado a su musculatura, y una tablet holográfica en la mano.
Miró hacia abajo, hacia el contenedor que estaba a punto de estallar, y suspiró con una mezcla de aburrimiento y desdén.
—Incompetencia —murmuró Vegetta, su voz amplificada por el sistema de megafonía del hangar, cortando el ruido ambiente como un bisturí—. Pastor, ordene a sus hombres que dejen de disparar a la estructura. Están debilitando la integridad del casco, no a la criatura.
Abajo, el contenedor finalmente cedió.
Con un estruendo ensordecedor, el techo del transporte voló por los aires. Una columna de agua de mar, invocada de la nada por la entidad, estalló hacia arriba, y de ella emergió Foolish.
Era magnífico y aterrador. En ese momento medía cerca de seis metros, una figura titánica de piel broncínea y escamas doradas que brillaban bajo las luces de emergencia. Sus ojos eran dos pozos de esmeralda radiactiva y sus dientes, afilados como los de un tiburón prehistórico, se mostraron en un rugido que prometía devastación. Levantó un brazo, listo para barrer a los diminutos soldados que le apuntaban con rifles eléctricos. Iba a destrozar el lugar. Iba a salir y nadie lo detendría.
Y entonces, miró hacia arriba.
Sus ojos verdes, cargados de furia asesina, se encontraron con los ojos morados de Vegetta.
El tiempo pareció detenerse, o al menos espesarse como la miel.
Vegetta no retrocedió. No mostró miedo. Ni siquiera parpadeó. Desde la altura, el ingeniero lo observaba no como a un monstruo, sino como a un problema de cálculo complejo, una ecuación fascinante que necesitaba ser resuelta. Había una arrogancia en la postura de Vegetta, una belleza severa y pálida que contrastaba violentamente con el calor y la fuerza bruta de Foolish. El cabello negro estilizado, la línea dura de la mandíbula, la forma en que cruzaba los brazos sobre el pecho...
Foolish se quedó petrificado, con el puño aún alzado a medio golpe.
“Oh”, pensó la entidad, su mente divina procesando la imagen a una velocidad vertiginosa. “¿Qué es esto?”
Había visto faraones, emperadores y guerreros a lo largo de eones. Pero aquel hombre en la pasarela tenía una presencia que eclipsaba a los soldados armados. Era... exquisito. Una gema fría y pulida en medio de la basura.
El "Dios" bajó el brazo lentamente. La turbulencia del agua a sus pies se calmó.
—Tú —retumbó la voz de Foolish. No gritaba, pero el sonido vibraba en el pecho de todos los presentes. Ignoró a los soldados y se giró completamente hacia la pasarela—. Tú hueles diferente al resto de estas hormigas.
Vegetta arqueó una ceja, imperturbable. Tecleó algo en su tablet y luego volvió a mirar a la criatura.
—Y tú estás costando a esta organización tres millones de dólares en reparaciones por cada segundo que sigues haciendo berrinche —respondió Vegetta. Su tono era gélido, autoritario—. Soy el Ingeniero Jefe de Contención. He diseñado una suite acuática de tres mil metros cúbicos para ti, con salinidad ajustada y corrientes térmicas. Pero si prefieres quedarte en este hangar sucio y seco rodeado de guardias nerviosos, por favor, continúa rompiendo mi equipo.
Foolish parpadeó. Una sonrisa lenta, depredadora y absolutamente encantada, se extendió por su rostro. Sus dimensiones se redujeron, encogiéndose hasta una forma humana más "manejable" de dos metros y medio, aunque seguía siendo imponente.
—¿Una suite? —Foolish soltó una carcajada ronca—. Vaya. Un arquitecto con modales. Me gusta tu audacia, cosita morada.
Los soldados de la ERR estaban confundidos, con los dedos temblando en los gatillos, esperando la orden de fuego que nunca llegó.
Foolish levantó las manos en un gesto de rendición burlona, sin dejar de mirar a Vegetta con una intensidad devoradora.
—Muy bien, Ingeniero —dijo Foolish, lamiéndose los labios con descaro—. Me comportaré. Pero solo porque quiero ver qué clase de jaula construye un hombre con unos ojos tan... cautivadores. Llévame a mi habitación.
Vegetta rodó los ojos, visiblemente poco impresionado por el coqueteo, aunque un ligero rubor imperceptible tiñó sus orejas. Se giró hacia el Pastor, que seguía boquiabierto.
—Ya lo escuchó, Pastor. La Anomalía P-58 está cooperando. Procedan al traslado a la Zona Húmeda. Y asegúrense de limpiar este desastre; odio trabajar sobre escombros.
Vegetta dio media vuelta y salió de la pasarela, sus pasos resonando con elegancia marcial.
Abajo, Foolish se dejó encadenar por los especialistas, pero su mirada seguía clavada en la puerta por donde había desaparecido el ingeniero. No estaba pensando en escapar. Estaba pensando en cómo haría para que ese hombre volviera a mirarlo así.
Archivo de Registro: Sesión de Evaluación P-58-Alpha
Ubicación: Ala de Bio-Análisis y Taxonomía, Sitio Ápex.
Estado del Sujeto: No Cooperativo / Hostil.
La sala de examen estaba diseñada para ser estéril, blanca y tranquilizadora. Sin embargo, en ese momento, parecía la sala de espera del infierno.
El Dr. Luzu (Taxonomista Senior) se ajustó las gafas con manos temblorosas. Frente a él, sentado en una silla reforzada que crujía bajo su peso, estaba Foolish. Había adoptado una forma humana de dos metros, pero su mera presencia irradiaba un calor sofocante, como estar de pie junto a un horno abierto.
—Nombre y procedencia para el registro, por favor —pidió el Dr. Luzu, su voz un hilo de nervios.
Foolish ni siquiera lo miró. Estaba ocupado examinando sus propias uñas, que parecían hechas de oro macizo.
—Aburrido —bostezó la entidad.
—Señor... Anomalía, necesitamos tomar una muestra de tejido —intervino una valiente Xeno-Bióloga, acercándose con una jeringa de aguja de diamante—. Es un protocolo estándar.
Foolish giró la cabeza lentamente. Sus ojos verdes brillaron.
—Si tocas mi piel con esa cosa vulgar, haré que la sangre en tus venas hierva hasta convertirse en vapor.
La Xeno-Bióloga se congeló. La temperatura de la habitación subió 5 grados en un segundo. Los monitores cardíacos del personal empezaron a pitar por el estrés.
—¿Dónde está el otro? —preguntó Foolish, ignorando a la mujer y buscando con la mirada—. El de los hombros anchos. El que huele a lavanda y óxido.
—¿Se... se refiere al Ingeniero de Luque? —balbuceó Luzu—. Él es personal de Mantenimiento y Contención, no participa en evaluaciones biológicas. Nosotros somos los Curadores.
Foolish resopló, un sonido que hizo vibrar el cristal de observación.
—Entonces no hablaré. Ustedes son aburridos. Son polvo. Traigan al "Ingeniero" o empezaré a crecer hasta que esta habitación estalle como una lata de refresco.
Zona de Contención Húmeda (Nivel 4)
Una hora después.
Las puertas hidráulicas de la Celda P-58 se abrieron con un susurro neumático.
La celda era una obra de arte. Vegetta se había superado a sí mismo. No era una prisión, era un acuario de lujo brutalista. Las paredes eran de cristal de polímero transparente de medio metro de grosor, reforzadas con campos de fuerza invisibles a la vista. El interior simulaba un cenote profundo: aguas cristalinas, rocas sedimentarias para descansar y una iluminación cenital suave que imitaba la luz solar filtrada por el agua.
Pero Foolish no estaba nadando. Estaba sentado en la orilla de la plataforma seca, de brazos cruzados, con una expresión de niño malcriado, rodeado por tres guardias de la ERR que no se atrevían a moverse.
El sonido de pasos firmes sobre la rejilla metálica rompió la tensión.
—Me informan que te estás comportando como un infante, P-58 —dijo la voz de Vegetta.
La transformación en la actitud de Foolish fue instantánea. La mueca de desdén se convirtió en una sonrisa radiante, mostrando todos sus dientes afilados. Se puso de pie, su piel dorada brillando bajo las luces artificiales.
—¡Ingeniero! —exclamó Foolish, extendiendo los brazos como si fuera a recibir a un viejo amigo—. Tardaste mucho. Esos tipos de batas blancas son insoportables. Querían picarme. A mí. Un dios.
Vegetta se detuvo al borde de la barrera de seguridad, consultando su tablet con el ceño fruncido.
—Esos "tipos" intentaban clasificarte para que no tengamos que incinerarte por protocolo de seguridad, grandísimo tonto —reprochó Vegetta sin levantar la vista—. Y gracias a tu berrinche, ahora tengo que hacer yo el papeleo de taxonomía. No me pagan por ser niñera.
—Te queda bien el enfado —ronroneó Foolish, acercándose al borde del agua. Se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Vegetta tanto como el campo de fuerza lo permitía—. Entonces, ¿tú me vas a clasificar? Hazlo. Mírame. ¿Qué soy?
Vegetta suspiró, finalmente bajando la tablet. Clavó sus ojos morados en los verdes de la criatura. Hizo un escaneo visual rápido, clínico, pero que Foolish sintió como una caricia eléctrica.
—Eres inestable —dictaminó Vegetta con frialdad—. Tu estructura molecular es densa, capaz de soportar presiones abisales. Capacidad de regeneración... presumiblemente alta. Temperamento... volátil y narcisista.
Vegetta tecleó en la pantalla, proyectando un holograma rojo en el aire entre ellos.
—Te he asignado la clasificación Ámbar Crítico.
Foolish ladeó la cabeza, curioso. —¿Ámbar? ¿No Rojo? Podría matarlos a todos si quisiera.
—Ámbar —corrigió Vegetta con firmeza, dando un paso adelante, desafiante—. Porque solo atacas si te provocan. Y porque, a pesar de tu ego desmedido, no pareces tener interés en destruir el mundo, solo en que te adoren. Y "Crítico" porque... bueno, físicamente eres una pesadilla para la arquitectura convencional.
Foolish soltó una risa suave, grave. Se dejó caer hacia atrás, sumergiéndose en el agua con una elegancia sobrenatural. Nadó una vuelta rápida, una mancha dorada bajo el agua, y emergió de nuevo justo frente a Vegetta, apoyando los brazos en el borde, goteando agua.
—Me gusta este lugar —admitió Foolish, mirando a su alrededor—. Tiene... estilo. Como tú. ¿Sabes? En mi tercera vida, conocí a un arquitecto que construyó enormes pirámides… Tú eres mejor.
Vegetta sintió una punzada de orgullo que casi lo hizo sonreír, pero la reprimió rápidamente.
—No intentes adularme para conseguir privilegios, P-58.
—No son halagos, es la verdad —dijo Foolish, su voz bajando de tono, volviéndose más seria—. Veo por cómo construyes el cómo pones orden en el caos. Es... relajante. Mi mente siempre es ruido, Ingeniero. Miles de años de ruido. Pero cuando tú estás cerca, con tu simetría y tus reglas... hay silencio.
Vegetta se quedó callado un momento. La confesión lo tomó por sorpresa. Por primera vez, vio algo más que un monstruo o un dios arrogante; vio una profunda soledad.
Se aclaró la garganta, recuperando su postura rígida.
—El silencio es parte del servicio. Disfrútalo. —Vegetta se dio la vuelta para irse—. Vendré mañana a revisar los filtros. No rompas nada.
—Espera —llamó Foolish.
Vegetta se detuvo, pero no se giró.
—No me has dicho tu nombre. "Ingeniero" es muy... frío.
— Ingeniero de Luque para ti —respondió Vegetta.
—Luque... —probó Foolish la palabra en su lengua—. Vegetta. Escuché a uno de los guardias llamarte así, Vegetta.
El uso de su nombre de pila en boca de esa entidad sonó extrañamente íntimo, casi indebido.
—Buenas noches, P-58.
—Buenas noches, Vegetta.
Mientras Vegetta caminaba por el largo pasillo hacia el ascensor, su corazón latía con un ritmo que nada tenía que ver con el protocolo. Sabía que acababa de cometer un error fatal para un carcelero: había empezado a humanizar al prisionero.
Y en la celda, Foolish se hundió en el fondo de su tanque, sonriendo en la oscuridad, rodeado por el agua que Vegetta había preparado para él. Ya no tenía prisa por escapar.
Chapter 2: PROYECTO ÍDOLO DORADO
Notes:
Omg ya se me ocurrió una idea para convertir esto en un longfic :D
Chapter Text
El sueño siempre empezaba igual, con el olor a café y cera para pisos de una oficina gubernamental genérica. Pero no era una oficina cualquiera; era la antecámara de "El Puente" lo más cerca que Vegetta estará de un nivel tan alto.
Vegetta, más joven, con menos canas ocultas y sin las ojeras permanentes del Nivel 4, estaba sentado frente a un escritorio de caoba. Frente a él, el Agente de Reclutamiento (un hombre sin rostro definido en su memoria, solo una sonrisa corporativa y un traje gris) deslizaba un dossier negro sobre la mesa.
—Felicidades, Sr. de Luque —dijo el agente. Su voz era suave, tranquilizadora, como el zumbido de un refrigerador—. Ha pasado la Prueba de Estrés Psicológico, la Evaluación de Geometría No Euclidiana, todo el Proceso de Evaluación Integral (P.E.I.) y el filtro de Lealtad. Es usted lo mejor de lo mejor. Un prodigio arquitectónico.
Vegetta miró el contrato. La tinta parecía moverse. Nivel 4. Acceso: Curadores. Duración: Indefinida.
—Gracias —respondió el joven Vegetta. Su voz sonaba hueca, lejana—. Es... un honor.
—Un honor y una carga —corrigió el agente con una risita ligera. Se inclinó hacia adelante, entrelazando los dedos—. Sabe lo que implica la cláusula 14-B, ¿verdad? El aislamiento total. El borrado de su huella digital pública. Para el mundo, Samuel de Luque morirá en un accidente de tráfico la próxima semana. Para A.R.C.A., usted acaba de nacer.
Vegetta asintió. Sentía un peso en el pecho, una piedra fría que le impedía respirar.
—Lo entiendo. Es necesario para la seguridad global.
El agente se levantó y rodeó el escritorio. Puso una mano pesada y paternal sobre el hombro de Vegetta. El contacto se sintió gélido.
—Es usted muy valiente, hijo, increíblemente valiente. Abandonar todo lo que le importa para unirse a nuestra causa... No muchos tienen el estómago para dejar atrás a quienes aman por un "bien mayor".
La mano en el hombro apretó un poco más.
—Especialmente teniendo tanto en riesgo en casa. Esos dos pequeños... ¿cómo se llamaban? El joven con esa sonrisa tonta y la niña que...
—No —susurró Vegetta cabizbajo.
—...la niña que nunca sabrá por qué papá no volvió a casa para leerle su cuento...
—¡Basta!
Vegetta despertó de golpe.
Se incorporó en su cama individual, con el pecho agitado y una fina capa de sudor frío cubriendo su frente. La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por el tenue resplandor azul de los leds de seguridad.
3:45 AM.
Todo en su cuarto era perfecto. Los libros alineados por altura, la ropa doblada con precisión militar, el vaso de agua exactamente en el centro de la mesita de noche, simetría, orden, control.
Vegetta se pasó las manos por la cara, borrando los restos de la pesadilla. Hacía años que no soñaba con el día de la firma ¿Por qué ahora?
Se levantó, su cuerpo reaccionó automáticamente a la rutina. Ducha fría, café negro, uniforme impecable.
Mientras se ajustaba la corbata morada frente al espejo, se miró a los ojos, eran los mismos ojos que habían firmado aquel contrato, pero ahora había algo más en ellos. Cansancio.
—Eres el Ingeniero en Jefe —se dijo a sí mismo, su mantra diario—. Mantienes las jaulas cerradas, mantienes el mundo a salvo, eso es todo lo que importa.
🔧 Reporte de Mantenimiento: Incidente AC-14844298302
Ubicación: Sector de Contención Húmeda. Estado: Alerta Amarilla (Fallo Mecánico). Hora: 10:15 AM.
La mañana había transcurrido con una calma inquietante. Vegetta había revisado los planos para la nueva celda de una entidad gaseosa en el Ala Norte y había regañado a dos Estibadores por dejar una caja de herramientas fuera de lugar en el pasillo principal.
Entonces, su comunicador personal emitió el pitido específico de Prioridad Alta.
—Ingeniero de Luque —la voz del Supervisor de Patio sonaba tensa—. Tenemos un... problema en la Celda P-58.
Vegetta suspiró, cerrando los ojos un segundo, Foolish.
—¿Brecha de contención? —preguntó, ya caminando hacia el ascensor.
—Negativo, señor, es una avería en el sistema de filtrado térmico, la temperatura del agua está bajando. Enviamos a un equipo de Estibadores de Infraestructura (Nivel 1) y a un técnico junior para repararlo, pero...
—¿Pero qué?
—La Anomalía no los deja trabajar, señor.
Vegetta frunció el ceño. —¿Los atacó?
—No físicamente. Pero se puso en "modo defensivo". Creció a cuatro metros, se pegó al cristal justo donde está el panel de acceso y... bueno, empezó a gruñir. El técnico junior se desmayó del susto, la entidad dice que... que "no quiere manos sucias tocando su templo".
—Voy para allá.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el Nivel de Contención Húmeda, la escena era ridícula.
Tres técnicos estaban acurrucados cerca de la puerta de salida, pálidos como el papel. Al fondo del pasillo, tras el cristal reforzado de la inmensa celda acuática, Foolish flotaba.
Había adoptado una forma intermedia: torso humanoide gigantesco, cola de tiburón larga y poderosa que golpeaba el agua con ritmo, y esos ojos verdes brillantes fijos en la entrada.
En cuanto vio a Vegetta, el "modo defensivo" se evaporó, Foolish nadó hacia el cristal, reduciendo su tamaño a una escala humana normal, y apoyó una mano palmeada contra la superficie transparente.
—¡Ah, por fin! —la voz de Foolish llegó a través del intercomunicador, clara y sin una pizca de arrepentimiento—. Pensé que tendría que romper el cristal para ir a buscarte en persona.
Vegetta ignoró a la criatura y se dirigió a los técnicos.
—No debería estar haciendo esto por ustedes pero… vayanse, yo me encargo —ordenó, los hombres asintieron frenéticamente y huyeron hacia el ascensor.
Vegetta se quedó solo en el pasillo de observación, iluminado por la luz azulada del tanque. Se acercó al panel de control que estaba empotrado en la pared, justo al lado del cristal donde Foolish lo esperaba.
—Tienes un fallo en la bomba térmica número 3 —dijo Vegetta sin mirarlo, abriendo el panel con su tarjeta de acceso y sacando sus herramientas de precisión—. El agua está a 18 grados, debería estar a 24, Si tienes frío, deberías haber dejado que los técnicos lo arreglaran en lugar de asustarlos.
—No tengo frío, soy un dios, el frío es un concepto mental —respondió Foolish, siguiéndole con la mirada, Vegetta podía sentir los ojos de la criatura recorriendo su perfil, su cuello, sus manos trabajando—. Pero esos tipos eran torpes, hacían ruido, vibraban con miedo, me daban dolor de cabeza.
—Es su trabajo, P-58.
—Tú lo haces mejor —insistió Foolish, su voz bajando a ese tono ronco que hacía que el cristal vibrara levemente—. Mírate, ni un movimiento en falso, todo calculado, me gusta ver tus manos trabajar, son... elegantes.
Vegetta sintió un calor subir por su cuello, traicionando su compostura. Maldita sea. Apretó la llave inglesa con más fuerza de la necesaria.
—Estoy trabajando, silencio.
—Hoy hueles a tristeza, Vegetta —soltó Foolish de repente.
La mano de Vegetta se detuvo en medio de un giro de tuerca, el silencio en el pasillo se hizo pesado.
—El sistema de ventilación filtra los olores —dijo Vegetta mecánicamente, sin voltear—. Es imposible que huelas nada a través de tres capas de polímero y un campo de vacío.
—No huelo tu colonia, tonto. Huelo tu alma —Foolish se rio suavemente, y por el rabillo del ojo, Vegetta vio que la entidad se había pegado aún más al cristal, casi como si intentara atravesarlo por pura voluntad—. Te vi entrar, tienes esa nube gris encima, la misma que tenías el primer día, pero hoy es más densa ¿Pesadillas?
Vegetta cerró el panel de golpe, el sistema emitió un pitido verde: Reparación Completa.
Se giró finalmente para encarar a Foolish. La criatura estaba ahí, flotando ingrávida, hermosa de una manera aterradora y ancestral.
—Mi vida personal no es asunto de una anomalía —dijo Vegetta con dureza—. Tu agua se calentará en diez minutos, si vuelves a obstruir el mantenimiento, drenaré el tanque y te dejaré seco una semana ¿Entendido?
Foolish no se inmutó por la amenaza. Al contrario, sonrió y apoyó la frente contra el cristal, justo a la altura de la de Vegetta.
—Entendido, Jefe —susurró Foolish—. Pero si quieres que deje de asustar a los técnicos... tendrás que venir tú a arreglar mis cosas, solo tú.
—No tengo tiempo para tus juegos.
—Encontrarás el tiempo. —Foolish se separó del cristal y dio una voltereta hacia atrás en el agua, desapareciendo en la oscuridad de su cenote artificial—. Porque te gusta estar aquí tanto como a mí me gusta que estés.
Vegetta se quedó mirando el agua vacía durante un minuto entero, su corazón latía con fuerza contra sus costillas.
El problema no era que Foolish fuera una amenaza para la seguridad física del sitio, el problema era que Foolish tenía razón. Allí, en la penumbra azul, discutiendo con un dios tiburón, era el único momento del día en que Vegetta no pensaba en el contrato que había firmado hace diez años, en el peso de sus decisiones y lo que estaba en juego cada día.
Y eso era peligroso, muy peligroso.
Vegetta entonces recogió sus herramientas y se marchó, pero sabía que acababa de aceptar una regla implícita, a partir de ahora, la Celda P-58 era territorio exclusivo de Vegetta y sus problemas ni siquiera habían comenzado.
La rutina se había convertido en un chiste interno del Departamento de Mantenimiento.
Lunes: Fallo en los inyectores de oxígeno (Vegetta acude).
Miércoles: Descalibración de los sensores de movimiento (Vegetta acude).
Viernes: "Ruidos extraños" en la esclusa principal (Vegetta acude y no encuentra nada, pero se queda 20 minutos discutiendo con la anomalía).
Para la segunda semana, Vegetta ya ni siquiera enviaba a los técnicos junior, simplemente tomaba su caja de herramientas y bajaba al Nivel de Contención Húmeda con una resignación que ocultaba una extraña anticipación.
Pero ese martes fue diferente.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Vegetta no encontró el pasillo vacío. Frente al inmenso cristal de la Celda P-58, había un escritorio portátil desplegado, lleno de monitores de encefalograma y libretas de apuntes.
El Dr. Luzu (Taxonomista Senior y Psicólogo Conductual) estaba de pie, con su bata blanca impecable, golpeando suavemente el vidrio con un puntero láser, intentando llamar la atención de la criatura.
—Vamos, 58. El test de Rorschach es muy simple —decía Luzu con voz paciente, como la de un padre enseñando a leer a su hijo—. Solo dime qué ves en la mancha ¿Es destrucción? ¿Es comida?
Dentro del tanque, Foolish flotaba de espaldas, con los brazos cruzados detrás de la cabeza, ignorando olímpicamente al doctor.
—Luzu —saludó Vegetta, acercándose.
El psicólogo se giró. Tenía una mirada amable, cansada pero inteligente, y en su sien derecha, un pequeño puerto de conexión metálico brillaba bajo la luz fría, el único indicio del implante cerebral que controlaba sus convulsiones y, a veces, su personalidad.
—¡Vegetta! —Luzu sonrió, aliviado—. Qué bueno verte, me dijeron que había un fallo en la iluminación, pero sospecho que es solo nuestra diva acuática haciendo berrinche otra vez.
—Probablemente rompió el circuito a propósito —gruñó Vegetta, lanzando una mirada asesina al tanque.
Al ver al ingeniero, Foolish se dio la vuelta en el agua con un chapoteo dramático y nadó hasta el cristal, su expresión de aburrimiento cambió instantáneamente a una sonrisa radiante.
—¡Llegó la autoridad! —exclamó Foolish, su voz retumbando en los altavoces—. Doctor, tome nota: mi estado de ánimo mejora un 200% cuando hay presencia de color morado en la sala.
Luzu anotó algo rápidamente en su libreta, murmurando para sí mismo: "Fijación obsesiva con el sujeto de autoridad/cuidador. Posible transferencia paterna o..."
—Luzu, ¿qué haces aquí? —preguntó Vegetta, ignorando el comentario de la anomalía—. Pensé que Taxonomía ya le había puesto la etiqueta de "Peligro Ámbar" y archivado el caso.
—Es el protocolo de seguimiento psicológico —explicó Luzu, ajustándose los lentes—. Es una entidad sapiente, Vegetta. Necesitamos entender su psique ¿Por qué se comporta como un humano? ¿Tiene moralidad? ¿Entiende el concepto de sociedad? Si algún día queremos usarlo o simplemente contenerlo mejor, necesito saber cómo piensa, suele ser trabajo de los xenobiologos pero... —Luzu bajó la voz, con un brillo en los ojos—, si logro descifrar su código moral, podría escribir un informe que me acercará aún más al puesto de Director de Sitio o tal vez Supervisor del Sector 7. Tengo buenas ideas para la gestión de residuos, ¿sabes?
—Seguro que sí, Luzu —Vegetta rodó los ojos con cariño, su amigo siempre soñando con ascensos por cualquier avance en su trabajo.
—El problema —suspiró Luzu— es que no coopera, es un muro.
Foolish golpeó el cristal con un dedo, produciendo un sonido sordo.
—No soy un muro, soy un espejo, y ustedes son aburridos. Especialmente tú, el del chip en la cabeza, hueles a medicina y a inseguridad.
Luzu parpadeó, y por un segundo, su expresión se relajó de forma antinatural. Una sonrisa vacía y servicial apareció en su rostro, su voz se volvió monótona y ligeramente robótica.
—¿Desea una toalla caliente? El nivel de humedad es óptimo para el servicio. —dijo la "otra" personalidad de Luzu, activada por el estrés del insulto.
Vegetta le puso una mano en el hombro a su amigo. —Luzu, respira, solo está intentando provocarte.
Luzu sacudió la cabeza, el brillo inteligente volviendo a sus ojos. —Estoy bien, estoy bien. Solo un pequeño glitch. —Miró a Foolish con renovada determinación—. Escucha, 58. Si cooperas con la entrevista, recomendaré que te traigan esa carne de atún anómalo que pediste.
—No quiero atún —dijo Foolish, clavando sus ojos verdes en Vegetta—. Quiero platicar y quiero cercanía.
—¿Qué tipo de cercanía? —preguntó Vegetta, cruzándose de brazos, sintiendo que caminaba por un campo minado.
—Entra —dijo Foolish. La palabra colgó en el aire, pesada y peligrosa.
—¿Qué? —exclamaron Vegetta y Luzu al unísono.
—Entra en la celda, aquí conmigo, sin el cristal. —Foolish apoyó ambas manos y la frente en el vidrio—. Quiero ver si eres tan valiente sin tu barrera de seguridad, Ingeniero. Si entras, responderé a todas las preguntas tontas de tu amigo el androide.
—Absolutamente no —dijo Vegetta de inmediato—. Va contra setenta y siete protocolos de seguridad. Eres un Ámbar Crítico. Podrías aplastarme como a una uva o ahogarme en dos segundos.
—Es demasiado riesgo, Vegetta tiene razón —concordó Luzu, aunque miraba el tanque calculando las probabilidades—. La integridad física del personal Nivel 4 es prioridad.
Foolish suspiró, soltando una burbuja de aire gigante por la nariz, visiblemente decepcionado.
—Miedosos, todos ustedes ¿De qué sirve ser inmortales o tener tecnología avanzada si no saben jugar?
Entonces se alejó del cristal, dándoles la espalda.
—Bien —dijo la criatura sin voltearse—. Entonces tengo una contraoferta, no entrarás, pero vendrás, todos los días.
Vegetta arqueó una ceja. —¿A qué te refieres?
—Visitas obligatorias —explicó Foolish, girando la cabeza para mirarlos de reojo—. Una hora al día, tú y yo hablamos, arreglas cosas, o simplemente te sientas ahí y me lees el manual de instrucciones de la cafetera, no me importa, pero quiero tu tiempo. Si me das tu tiempo, le daré a tu amigo sus respuestas.
Luzu miró a Vegetta, los ojos brillando de emoción.
—Vegetta... —empezó Luzu, con tono suplicante—. Piénsalo, estás a salvo detrás del cristal. Es básicamente lo que ya haces con las reparaciones, pero oficializado, podríamos obtener datos invaluables sobre una deidad antigua ¡Podría ser el avance del siglo para el departamento!
Vegetta miró a su amigo, luego a la criatura, sabía que era una trampa, quería jugar con su mente. Foolish estaba tejiendo una red alrededor de él, hilo a hilo, visita a visita.
Pero también sabía que Luzu no pararía hasta conseguir sus datos, y que si no aceptaba él, enviarían a alguien más o menos capaz, alguien que podría cometer un error fatal.
—Una hora —dijo Vegetta, señalando a Foolish con el dedo—. Y respondes con la verdad, nada de acertijos místicos.
—Trato hecho, señor —sonrió Foolish.
Luzu aplaudió, sacando su grabadora de inmediato. —¡Fantástico! Empecemos con una prueba, una pregunta simple para sellar el acuerdo.
Luzu se acercó al micrófono. —Sujeto P-58 ¿Cuál es tu naturaleza? No eres biológico en el sentido tradicional ¿Naciste o fuiste creado?
Foolish dejó de sonreír, su expresión se volvió solemne. Flotó en el centro del tanque, con los brazos extendidos, pareciendo una cruz dorada en el agua.
—No se "nace" cuando el tiempo no existe para ti, Doctor —dijo Foolish, pero no miraba a Luzu, miraba fijamente a Vegetta—. Fui construido, pieza a pieza, como un templo o como una jaula. Mi carne es memoria y mi sangre es oro líquido. Fui hecho para perdurar cuando todo lo demás se convierte en polvo.
Vegetta sintió un escalofrío. Construido. Como una máquina, como un edificio, la conexión resonó en su alma.
—¿Y cuál es tu propósito? —presionó Luzu, fascinado.
Foolish se acercó al cristal de nuevo, sus ojos verdes suaves, casi tristes.
—Observar —susurró—. Veo a las civilizaciones alzarse y caer, veo a la gente amar y perder, soy el testigo que nunca muere, por eso busco cosas que... brillen, cosas que valga la pena recordar antes de que desaparezcan.
Foolish puso su mano sobre el cristal, justo a la altura del pecho de Vegetta.
—Y tú, Ingeniero... tú brillas mucho.
Luzu estaba escribiendo furiosamente, murmurando sobre "inmortalidad pasiva" y "complejo de observador". Pero Vegetta no podía moverse, la "vaguedad" de la respuesta había sido un dardo directo a su corazón. Foolish estaba solo en la eternidad, y había decidido que Vegetta era su entretenimiento temporal favorito.
—Suficiente por hoy —dijo Vegetta bruscamente, recogiendo su caja de herramientas. Necesitaba salir de allí, el aire se sentía demasiado denso—. Mañana a las 09:00 No me hagas arrepentirme 58.
Mientras se alejaban hacia el ascensor, Luzu le dio una palmada en la espalda a Vegetta.
—¡Esto va a ser increíble, Veg! ¡Imagina lo que descubriremos! Voy a ser un Director de Sitio muy pronto gracias a ti.
Vegetta asintió, pero su mente estaba en otra parte, había aceptado el trato, había oficializado su condena. Ahora, Foolish tenía una cita diaria con él, y Vegetta tenía la terrible sensación de que él era el que estaba siendo estudiado, no la anomalía.
⏳ Registro de Observación: Semana 2 a Semana 8
Sujeto: Anomalía P-58 (Foolish) Interlocutor: Ing. V. de Luque (Nivel 4) Supervisor del Estudio: Dr. Luzu (Taxonomía)
Las grabaciones de audio de estas sesiones se convirtieron en el material más escuchado (y protegido) de la oficina de Luzu. Al principio, eran tensas, luego se volvieron... otra cosa.
Semana 2
Vegetta estaba sentado en una silla plegable de metal que él mismo había traído, al otro lado del cristal. Tenía su tablet en una mano y un termo de café negro en la otra.
Foolish flotaba horizontalmente, con la barbilla apoyada en los brazos cruzados, justo al nivel de la cara de Vegetta.
—Eso parece alquitrán quemado —comentó Foolish, arrugando la nariz.
—Es café, 58, café solo, la única gasolina que mantiene este sitio funcionando —murmuró Vegetta señalando con un dedo a su a su sien, sin levantar la vista de un plano de ventilación.
—Es triste, en mi cuarta vida, en la corte de un sultán, bebíamos néctar de flores fermentadas. Te hacía ver colores que no existen, deberías probarlo, te quitaría esa línea de estrés que tienes entre las cejas.
Vegetta se tocó el entrecejo inconscientemente, frunciendo el ceño aún más.
—No tengo líneas de estrés, tengo líneas de concentración. Y si bebiera tu "néctar", probablemente terminaría en la enfermería con una intoxicación.
—O terminarías bailando —sugirió Foolish con una sonrisa pícara—. ¿Sabes bailar, Vegetta? Tienes el cuerpo de alguien que se mueve con precisión. Apuesto a que eres bueno en el tango, o en algo rígido pero apasionado.
—No bailo, Construyo. —tomó un sorbo largo de su café—. Y tú deberías estar contándole a Luzu sobre la Era de Bronce, no criticando mi cafeína.
—La Era de Bronce fue sucia y aburrida, tú eres más interesante, cuéntame, ¿por qué el morado? ¿Es un rango? ¿Una advertencia de veneno?
—Es... personal, me gusta, es el color de la realeza y de la penitencia.
Foolish se quedó callado un momento, observando cómo la luz del tanque se reflejaba en los ojos del ingeniero.
—Te queda bien —dijo suavemente—. Te hace parecer un príncipe en el exilio.
Vegetta casi se atraganta con el café. —Silencio y déjame trabajar.
—Como ordene, mi príncipe.
Semana 4
Había sido un día terrible. Una brecha menor en el Sector de Fauna Volátil había dejado a tres agentes heridos y a Vegetta cubierto de polvo y agotamiento tras coordinar la reparación de emergencia de una jaula eléctrica.
Cuando llegó su hora con Foolish, Vegetta ni siquiera trajo trabajo, simplemente se sentó en el suelo, apoyó la espalda contra la pared opuesta al cristal y cerró los ojos.
No dijo nada.
Foolish, al ver el estado del ingeniero, no hizo bromas, no coqueteó, no pidió atención.
La enorme entidad se sumergió hasta el fondo, recogió una roca sedimentaria grande y suave, y nadó hasta el cristal. Se sentó en el suelo de su celda, imitando la postura de Vegetta, separados solo por el polímero.
Foolish empezó a tararear.
No era una canción humana. Era una melodía grave, resonante, que imitaba el sonido del movimiento de las placas tectónicas bajo el mar. La vibración atravesó el cristal y el suelo, llegando a la espalda de Vegetta como un masaje acústico.
Vegetta abrió un ojo, mirando a la criatura.
—¿Qué es eso? —susurró, demasiado cansado para estar a la defensiva.
—Una canción de cuna —respondió Foolish en voz baja—. La cantaban las sirenas para dormir a los marineros antes de... bueno, antes de comérselos. Pero yo omití la parte de comer.
Vegetta soltó una risa breve y seca. —Reconfortante.
—Descanse ingeniero, yo vigilo, nada va a cruzar esa puerta mientras yo esté mirando.
—Estás encerrado, tontito, No puedes protegerme.
—Puedo romper este cristal en tres segundos si algo intenta lastimarte —dijo Foolish con una seriedad absoluta, sus ojos verdes brillando con un fuego abrasador—. Intenta dormir diez minutos.
Y contra todo protocolo, lógica y sentido de supervivencia, el Ingeniero cerró los ojos y se durmió al arrullo de un monstruo de Nivel Crítico.
Semana 6
Luzu estaba revisando las notas en su oficina cuando vio algo en el monitor de vigilancia que lo hizo saltar de la silla.
—¿Vegetta, qué haces…?—murmuró a la pantalla, aunque nadie podía oírlo.
En la Celda P-58, Vegetta estaba de pie, con la mano pegada al cristal, del otro lado, Foolish hacía lo mismo. Sus palmas "se tocaban" a través de los 50 centímetros de barrera transparente.
Pero no era solo un toque.
Foolish había estado usando sus garras para tallar algo. Había arrancado un trozo de coral dorado del fondo de su tanque y lo había esculpido con paciencia.
Ahora, lo sostenía contra el vidrio para que Vegetta lo viera.
Era una estatuilla pequeña, tosca pero reconocible. Era un hombre con armadura, sosteniendo una espada hacia abajo, clavada en su propia base.
—Para ti —dijo Foolish, su voz amortiguada.
Vegetta miró la pequeña escultura, La precisión no era perfecta, no había simetría, pero había una devoción en cada corte que le hizo un nudo en la garganta.
—No puedo aceptarlo, 58. El protocolo prohíbe el intercambio de objetos, no puedo meter eso en la esclusa de descontaminación.
—No es para que te lo lleves —dijo Foolish con una sonrisa triste—. Es para que se quede aquí, lo pondré en esta repisa de roca, mirando hacia afuera, así, cuando no estés, tendré una versión de ti que no me regaña.
Vegetta sintió un calor extraño en el pecho. Una mezcla de pánico y una emoción que no podía identificar. Se estaba encariñando de una anomalía que podía vivir mil años y él era solo un humano con un contrato de confidencialidad y dos hijos que no lo recordaban.
—Es... asimétrico —dijo Vegetta, con la voz quebrada.
—La perfección es aburrida, Vegetitta. Las grietas es por donde entra la luz.
Vegetta apoyó la frente en el cristal, justo donde estaba la mano de Foolish.
—Gracias, Foolish.
Fue la primera vez que lo llamó por su nombre sin el tono de advertencia, Foolish brilló, literalmente. Su piel dorada emitió un pulso de luz cálida que iluminó todo el tanque, cegando momentáneamente las cámaras de seguridad.
Oficina de Taxonomía (Presente)
Luzu apagó la grabación. Se quitó las gafas y se frotó los ojos, su implante cerebral zumbaba suavemente, procesando la información.
—Esto es malo —murmuró su lado humano—. Se están vinculando emocionalmente, el Auditor va a notarlo.
—Los niveles de dopamina y oxitocina en el sujeto P-58 han aumentado un 400%. La probabilidad de brecha violenta se ha reducido al 2%. Es un éxito operativo —dijo su lado robótico, Arin, con voz fría.
—Es un desastre personal —contrarrestó el Luzu humano—. Vegetta va a salir lastimado, o peor, va a cometer una traición.
La puerta de su oficina se abrió en ese momento y Vegetta entró, luciendo más relajado de lo que Luzu lo había visto en años.
—¿Tienes los datos de hoy, Luzu? Me contó algo sobre cómo funcionaba la agricultura en la Atlántida, creo que te servirá para tu informe.
Luzu miró a su amigo, quería advertirle, quería decirle que el Almirantazgo estaba revisando los logs de visitas, pero vio la pequeña sonrisa en la cara de Vegetta, una sonrisa genuina y luego vió sus notas llenas de información valiosa sobre el escritorio.
—Gracias, Veg —dijo Luzu, guardando la grabación en una carpeta encriptada llamada "PROYECTO: IDOLO DORADO"—. Oye... ten cuidado, ¿sí? Recuerda que el cristal está ahí por una razón.
Vegetta se detuvo en la puerta, su sonrisa vaciló un segundo.
—Lo sé Luzu, el cristal es lo único que nos mantiene vivos.
Pero mientras salía, Luzu sabía que Vegetta ya no veía el cristal como una protección, sino como un obstáculo. Y Foolish, con su paciencia de deidad, estaba esperando el momento justo para que ese obstáculo desapareciera, pero a la vez Luzu pensaba ¿acaso no valía la pena correr ese riesgo por cumplir sus propios objetivos?.
Chapter 3: Memorias de un Gato Negro.
Chapter Text
Luzu sostuvo el dedo sobre el botón de "Borrar" de la grabación de cuando Vegetta y la anomalía parecen compartir un momento de intimidad. Su lado humano gritaba que debía advertir a Vegetta, decirle que el Almirantazgo no tolera vínculos emocionales y que el Director de Sitio estaba rondando el sector.
Pero entonces, el implante en su sien emitió un zumbido frío.
—Análisis de riesgo: Alto. Potencial de descubrimiento científico: Sin precedentes. Conclusión: El sujeto de Luque es un catalizador necesario. Si se retira el estímulo afectivo, la Anomalía P-58 volverá al silencio.
Luzu dudó por un minuto, pero apartó el dedo del botón de borrar, en su lugar, movió el archivo a una carpeta encriptada, entre archivos de entidades descartadas.
—Lo siento, Veg —murmuró Luzu, con una sonrisa tensa y una mirada vidriosa—. Pero si queremos entender a los dioses, a veces hay que ofrecer sacrificios. Tú eres fuerte, podrás manejarlo.
Cerró la sesión, su conciencia estaba limpia; después de todo, era por el bien de la ciencia y quizás, por su futuro ascenso.
Celda P-58 - Turno de Noche.
Sin Vegetta, el tiempo en la Celda P-58 no fluía; se estancaba.
Foolish flotaba en el centro de su tanque, suspendido en la oscuridad azulada, sin el Ingeniero para entretenerlo, la "deidad" se volvía algo mucho más inquietante.
Abajo, en el pasillo seco, dos Vigías de Celda (Nivel 2) hacían su ronda, armados con rifles de pulsos eléctricos. Eran jóvenes, nerviosos. Foolish podía oler su miedo a través del vidrio; olía a chinches y sudor agrio.
—Oye —susurró uno de los guardias, señalando al tanque—. ¿Crees que está dormido? No se ha movido en tres horas.
El otro guardia negó con la cabeza. —No lo mires. El protocolo dice que no hagas contacto visual prolongado con las entidades.
Dentro del agua, los ojos de Foolish se abrieron de golpe, brillando como faros de neón verde.
Con un movimiento perezoso de su mano, manipuló la corriente del agua. Creó una burbuja de aire comprimido, la moldeó con forma de calavera y la lanzó contra el cristal justo frente a la cara del guardia curioso.
¡BUM!
El sonido sordo contra el polímero hizo que el guardia saltara hacia atrás, casi cayendo al suelo.
Foolish sonrió, mostrando sus dientes de tiburón, y luego volvió a su expresión de aburrimiento total. Giró sobre sí mismo y nadó hacia el fondo, hacia la pequeña repisa de roca donde descansaba la tosca estatuilla que había tallado para Vegetta.
La tocó suavemente con una garra.
—Estúpidos humanos —murmuró para sí mismo, su voz haciendo vibrar el agua—. Son tan frágiles ¿Tú serás así de frágil?
Sin Vegetta, el mundo era gris y ruidoso, le echaba de menos, echaba de menos el desafío, echaba de menos al único ser humano que no lo miraba como a un monstruo o un experimento.
Foolish cerró los ojos y se dejó hundir en la arena del fondo, decidiendo "morir" un rato, hasta que el reloj marcara las 09:00 de la mañana siguiente.
Pasillo del Sector 4
horas después.
El Director de Sitio, Agente Maximus (o "Maxo" para los pocos que lograban ganarse su favor), no caminaba; se deslizaba por los pasillos con sigilo.
Con su largo abrigo negro ondeando suavemente y su cabello oscuro recogido en un moño, parecía un verdugo feudal perdido en una oficina de alta tecnología. Sus gafas de sol negras, que nunca se quitaba ni siquiera en los pasillos oscuros, ocultaban hacia dónde estaba mirando, lo que ponía a todo su personal en un estado de paranoia constante.
Maximus dobló la esquina hacia el Ala de Mantenimiento y se detuvo.
Allí estaba Vegetta. Eran las 21:00 horas, su turno había terminado hacía dos horas. Sin embargo, el ingeniero estaba subido a una escalera, reparando el mecanismo de una puerta hidráulica que correspondía al equipo de Estibadores de Infraestructura (Nivel 1), no a un Ingeniero de Nivel 4.
Maximus observó en silencio durante un minuto completo. Vio la precisión, pero también vio el temblor casi imperceptible en la mano de Vegetta cuando apretaba el destornillador, agotamiento sin duda.
—Ingeniero de Luque —dijo Maximus. Su voz era grave, calmada, pero con el peso de una sentencia judicial.
Vegetta casi deja caer la herramienta. Se giró rápidamente, bajando de la escalera con elegancia ensayada.
—Director Maximus. —Vegetta se alisó el uniforme—. No lo escuché llegar.
—Nadie lo hace, ese es el punto. —Maximus se acercó, cruzando las manos tras la espalda—. ¿Por qué está un oficial de Nivel 4 haciendo el trabajo de un contratista de Nivel 1? ¿Acaso les pagamos demasiado a los Estibadores para que usted haga su tarea?
—El equipo de turno estaba saturado con una fuga en el Sector 90, señor. Esta puerta chirriaba, el sonido era... molesto. Decidí arreglarlo antes de irme.
Maximus ladeó la cabeza, sus gafas negras reflejaron el rostro cansado de Vegetta.
—Le molesta, la ineficiencia le molesta ¿No es así? Sé que le gusta cargar con el peso del mundo, Vegetta, pero A.R.C.A. no necesita mártires, necesita agentes despiertos.
En ese momento, Luzu salió de una oficina cercana, con una pila de carpetas, y casi choca con Maximus.
—¡Oh! Director. —Luzu intentó recomponerse, sonriendo tan carismático—. Justo iba a enviarle un memorándum. Tengo una teoría sobre cómo la moral de las anomalías podría mejorar si implementamos un sistema de recompensas basado en...
Maximus levantó una mano enguantada, deteniendo a Luzu en seco.
—Doctor, si su idea no implica reforzar los barrotes o mejorar los sedantes, no me interesa. No estamos aquí para ser alcaldes de una ciudad de monstruos, estamos aquí para que no se coman a la población.
Luzu tragó saliva, su sonrisa flaqueando. —Entendido, señor Maxo, solo pensaba en la eficiencia a largo plazo.
Maximus volvió su atención a Vegetta, ignorando a Luzu como si fuera un mueble ruidoso. El Director dio un paso más cerca del ingeniero, invadiendo su espacio personal, bajó un poco la cabeza, mirando a Vegetta por encima del borde de sus gafas oscuras, sus ojos eran agudos, viejos.
—He notado que los reportes de mantenimiento de la Celda P-58 han aumentado un 30% este mes —dijo Maximus, suavemente.
El corazón de Vegetta se detuvo un segundo, Luzu se puso pálido al fondo.
—La entidad es... problemática, señor —respondió Vegetta, manteniendo la voz firme—. Requiere ajustes constantes.
—Problemática, sí. —Maximus asintió lentamente, como si masticara la palabra—. O quizás el ingeniero es demasiado perfeccionista. De Luque, le tengo aprecio, usted trabaja como tres hombres juntos. Pero no crea que no veo lo que pasa en mi sitio.
Maximus le dio dos palmaditas en el hombro a Vegetta, eran toques pesados pero firmes.
—Vaya a su recamara, duerma y deje que la Anomalía P-58 se aburra un poco. Si sigue mimando a la bestia, un día le arrancará la mano o algo peor.
Maximus se dio la vuelta, su abrigo ondeando.
— Y Doctor Borja —añadió sin mirar atrás—, deje de intentar psicoanalizarme en los informes semanales, sé que lo hace. Buenas noches, caballeros.
El Director se alejó por el pasillo, desapareciendo en las sombras con el silencio de un fantasma.
Luzu y Vegetta se quedaron solos, el aire se sentía mucho más frío.
—¿Crees que lo sabe? —susurró Vegetta, mirando la espalda de Maximus a la lejanía.
—Maxo lo sabe todo, o al menos sospecha de todo —respondió Luzu, recuperando el color—. Pero mientras no tenga pruebas de una brecha, estamos bien, solo... quizás deberías hacerle caso y descansar un poco, Veg.
—No puedo —Vegetta miró la puerta hidráulica que acababa de arreglar—. Si descanso, pienso y si pienso...
No terminó la frase, recogió su caja de herramientas y caminó hacia la salida, Maximus tenía razón en una cosa: estaba jugando con fuego, pero el fuego era lo único que mantenía a Vegetta en movimiento.
Luzu al verlo irse pareció querer ir tras él, pero la voz de Arin en su cabeza lo convenció de darle espacio, por ahora, quizá sería lo mejor.
Vegetta cumplió su palabra o mejor dicho, cumplió con la advertencia implícita en las palabras de Maximus.
Durante los siguientes tres días, el Ingeniero de Luque se convirtió en un fantasma en el Sector de Contención. Se refugió en su oficina, enterrado bajo montañas de papeleo burocrático, aprobando presupuestos para bombillas y rediseñando conductos de ventilación.
No bajó al tanque, no revisó los sensores, bloqueó la frecuencia de audio de la Celda P-58 en su tablet.
Luzu, sin embargo, estaba perdiendo la cabeza.
—Solo es una hora, Vegetta ¡Una hora! —insistía Luzu, siguiendo a Vegetta hasta la máquina de café. El psicólogo se mordía las uñas, algo raro en él—. Maxo exagera, es un viejo paranoico que cree que seguimos en la Guerra Fría. No estamos haciendo nada malo, estamos investigando.
Vegetta pulsó el botón de "Espresso Doble" con más fuerza de la necesaria.
—Me atrapó, Luzu, sabe que paso demasiado tiempo ahí, si vuelvo ahora, confirmaré sus sospechas y tomará represalias.
—Pero mis datos... —Luzu bajó la voz, mirando a los lados—. El sujeto estaba empezando a hablar sobre la estructura de la conciencia colectiva ¡Estábamos a punto de un gran avance! Si cortamos el estímulo ahora, se cerrará, regresará a su estado de "estatua arrogante".
—Entonces que se cierre —dijo Vegetta, tomando su café—. Es una anomalía, Luzu. No un amigo por correspondencia, déjalo estar — Vegetta suspiró pesadamente, frotando su entrecejo por un segundo —. Este ni siquiera es tu trabajo Luzu, nos estamos metiendo en problemas por nada, Maxo tiene razón, tenemos que limitarnos a cumplir nuestras estrictas obligaciones, así se evitan las brechas.
Dicho eso, se marchó sin darle tiempo a Luzu de decir nada más.
Luzu se quedó parado en el pasillo, con el tic en el ojo activado y su implante zumbando suavemente, Recalculando ruta de persuasión... Fallo. Sujeto de Luque inamovible.
—Quizás tú puedas quedarte quieto, porque no tienes nada a lo que aspirar, pero yo no soy un conformista como tú. — murmuró al aire, dándose la vuelta, camino a su oficina. Si no tenía el apoyo de su amigo, al menos tenía que intentarlo por su cuenta.
⏳ Registro de Observación: Semana 7
Sujeto: Anomalía P-58 (Foolish) Interlocutor: Doc. L. Borja (Taxonomía) Supervisor del Estudio: N/A
Hora: 9:00 AM
—Hemos perdido el apoyo del ingeniero De Luque temporalmente antes de concluir las 8 semanas de primera impresión. No obstante, así como nadie es indispensable para cumplir una misión en la organización A.R.C.A. Tampoco lo es su participación en este estudio —Hablaba Luzu en voz alta para su grabadora, mientras caminaba con su equipo portátil hacia el área de contención de Foolish—. ¿Qué tan difícil puede ser entablar amistad con la anomalía P-58 en este punto?
No tardó mucho en llegar. Sin prisa desplegó su equipo y se acercó al cristal, dando un par de golpecitos en un intento de llamar la atención de la anomalía.
La inmensa figura dorada rápidamente se aproximó hasta ser visible. Mantenía una expresión alegre que desapareció al instante al percatarse de la falta de color morado en la sala, siendo reemplazada con una mueca de disgusto al fijar sus ojos en el Doctor frente suyo.
— ¿Dónde está Vegetta? —Cuestionó sin rodeos. Su pose se volvió rígida, como si la simple presencia del otro le incomodara —. No ha venido por aquí en un par de días…
— El Ingeniero de Luque ha abandonado temporalmente el proyecto, yo mismo te haré las preguntas de hoy —Se acercó al escritorio y volvió a encender la grabadora. A pesar de la actitud de la entidad, Luzu se sentía entusiasmado—. Que tal si comenzamos con…
— No. —Foolish se cruzó de brazos.
Luzu se tensó, el led en su sien zumbó por un momento de color rojo, pero rió nerviosamente en un torpe intento de mantener la calma.
— ahhh….. ¿A qué te refieres con “no”? Hicimos un trato.
— El trato era que respondería a las preguntas si Vegetta venía a visitarme diariamente ¿Porqué cumpliría mi parte si ustedes no cumplen la suya? —Foolish sonrió ampliamente, mostrando sus afilados dientes. Podía sentirse solo, pero aún disfrutaba el olor de la desesperación en los seres humanos. — Recuérdale que teníamos un acuerdo, si no viene voluntariamente, seguiré estropeando este lugar para que vuelva.
Luzu lo vió angustiado, su led parpadeaba constantemente en lo que pensaba en posibles variables como respuesta.
— 58, escucha… es precisamente ese el problema —Ladeó la cabeza, viendo un momento a la mesa, iba a ser honesto hasta que repentinamente Arin tomó el control —. El ingeniero Vegetta ha sido designado a labores más relevantes. Nos apena mucho que no pueda asistirnos durante las próximas entrevistas pero no puede evitarse. Si necesita más información, puedo advertirle que a partir de ahora las averías en su área de contención serán atendidas por estibadores de infraestructura (Nivel 1), como debió haber sido desde un principio. Una simple avería no será suficiente para que sea llamado.
Foolish cerró los puños sobre el cristal, frustrado, molesto.
— ¿¡ENTONCES POR QUÉ SIGUES AQUÍ!? —Su voz hizo vibrar las paredes y golpeó el cristal con ambas manos, espantando a Luzu en el proceso.
— Pues… —Silenciosamente apagó la grabadora y después de mirar alrededor, temeroso se acercó al cristal—. Solo piénsalo, si no quieres ser interrogado por mí, ya te di la respuesta. Vegetta está designado a asuntos más importantes, una simple avería no será suficiente para que lo llamen.
Foolish entrecerró los ojos, era evidente lo que insinuaba, pero no era estúpido, causar un incidente más serio que una avería también podría traerle otro tipo de replesalias.
— pfff… ¿A eso llamas un intento de provocación? —Rió irónicamente.
El más bajo tan solo se encogió de hombros y empezó a recoger todo su equipo de vuelta.
— Tu sabrás, yo puedo ver a Vegetta cuando quiera.
Dicho eso, se marchó. Foolish no quería admitir que le hervía la sangre, aunque sería fácil adivinar por lo rápido que subía la temperatura del agua a su alrededor.
🛡️ Reporte de Custodio: Incidente AC-14844346911
Ubicación: Sector de Contención Húmeda. Estado: Alerta Roja (Brecha de Seguridad). Hora: 07:30 AM.
La paciencia del Dios duró exactamente 96 horas desde su último encuentro con Luzu.
En el Nivel de Contención Húmeda, dos Estibadores de Lastre (Nivel 1) empujaban un contenedor de alimento enriquecido hacia la esclusa superior de la Celda P-58. Eran nuevos, contratistas externos que no conocían del todo las reglas y los protocolos a seguir.
—Dicen que es un tiburón gigante —susurró uno.
—Dicen que es un dios —respondió el otro, abriendo la compuerta descuidadamente para verter el contenido.
No hubo aviso. El agua del tanque, que normalmente estaba tranquila, estalló hacia arriba no como líquido, sino como un puño sólido.
Una columna de presión hidrostática golpeó la pasarela de servicio. El metal se dobló como papel de aluminio y los dos estibadores fueron lanzados contra la pared opuesta con un crujido de huesos, el agua los inmovilizó allí, pegándolos al concreto, llenando sus bocas y narices, ahogándolos en tierra firme.
Las alarmas rojas se encendieron.
"¡ALERTA! ¡BRECHA DE SEGURIDAD! ¡HOSTILIDAD EN CELDA P-58!"
Foolish emergió, enorme, furioso, con los ojos brillando con una luz nuclear. Golpeó el cristal reforzado desde dentro ¡BUM! El edificio entero tembló.
—¡NO QUIERO PESCADO MUERTO! —rugió la entidad, su voz saturando los altavoces—. ¡QUIERO AL INGENIERO! ¡TRÁIGANME AL DE MORADO O INUNDARÉ ESTE SÓTANO HASTA EL TECHO!
. . .
Vegetta llegó diez minutos después. El equipo de Respuesta Rápida (ERR) ya estaba disparando con cañones sónicos al tanque, y los médicos se llevaban a los estibadores medio ahogados en camillas.
Dentro, la deidad se retorcía en si mismo, cubriendo su oídos con fuerza y nadando a ciegas. Se golpeaba furiosamente contra las formaciones rocosas a su alrededor intentando en vano alejarse del ruido, incapaz de razonar, saturado en todo sentido.
Vegetta pasó a través del cordón de seguridad como una exhalación, estaba pálido, pero sus ojos echaban chispas.
—¡Todos fuera! —ordenó.
El Pastor del equipo ERR dudó. —Señor, la entidad está en modo agresivo. El protocolo dicta neutralización inmediata.
—¡He dicho fuera! Si continúan los degradaré, ahora ¡Largo!
Algunos dudaron en obedecer, su trabajo después de todo era neutralizar a las entidades cuando se volvían violentas. Más sin embargo, no podían ignorar la orden directa de un Nivel 4, así que finalmente acataron, uno a uno fue cesando el ataque a la entidad y se marcharon. Cuando la sala quedó vacía, el silencio volvió, pesado y tenso, al menos lograron cerrar la compuerta adecuadamente mientras la entidad yacía enloquecida.
A Foolish le tomó un rato recuperarse, ahora se encontraba pegado al cristal, respirando agitadamente. Al ver a Vegetta, la furia ciega en su rostro se transformó instantáneamente en algo parecido al alivio, y luego, en una cautela infantil, a pesar de la pulsante jaqueca.
Vegetta caminó hasta el panel de control, tecleó furiosamente para estabilizar la presión del agua y luego se giró hacia la criatura.
—¿Estás demente? —gritó Vegetta. Fue la primera vez que levantó la voz. No era el tono frío de siempre; era el grito de un hombre asustado y furioso—. ¡Casi matas a dos hombres! ¡Dos personas de Nivel 1 que no tienen la culpa de nada!
Foolish se encogió, volviendo a su tamaño humano, cruzó los brazos, defensivo y se apartó un poco del cristal.
—No viniste —dijo Foolish.
—¡Tengo un trabajo! ¡Tengo responsabilidades! ¡No soy tu mascota! —Vegetta golpeó el cristal con la palma abierta—. ¡Por tu culpa tengo a Seguridad encima! ¡El Director de Sitio me está vigilando! Y tú decides hacer un berrinche y atacar al personal ¿Quieres que te neutralicen? ¿Eso quieres?
Foolish no respondió y eso solo frustró más a Vegetta. Arrugó la cara en una mueca histérica y sacó la lista de preguntas de Luzu de su bolsillo, arrugada. Encendió la grabadora y se sentó en la silla de metal con brusquedad, sin mirar a la criatura.
—Siéntate. Vamos a terminar con esto, Luzu quiere saber sobre tu percepción del tiempo lineal, Responde.
Foolish entonces se acercó al cristal lentamente. —Vegetta, yo...
—¡Pregunta uno! —cortó Vegetta, con la vista clavada en el papel, aunque las letras bailaban por su furia—. ¿Tu memoria es secuencial o simultánea? Responde.
Foolish suspiró, se sentó en el suelo del tanque, frente a Vegetta. Parecía un niño regañado, un dios castigado en la esquina.
—Simultánea —respondió Foolish en voz baja, sin ganas—. Todo pasa a la vez, el pasado y el presente son el mismo océano.
—Bien. Pregunta dos ¿La resurrección requiere intercambio de energía equivalente?
—No, requiere voluntad, y amor, o odio, una emoción fuerte.
—Técnico, 58. Sé técnico, literal, nada de poesía.
Foolish guardó silencio, Vegetta esperó, pluma en mano, pero la respuesta no llegaba.
—¿58?
—Lo siento —dijo Foolish.
Vegetta levantó la vista, Foolish no lo estaba mirando con arrogancia ni con coqueteo, lo miraba con una tristeza profunda, sus grandes manos doradas apoyadas inútilmente contra la barrera que los separaba.
—No quería lastimarlos —continuó Foolish—. Solo... hacían ruido y no eran tú. Pasaron días, Vegetta, para mí, que veo el tiempo todo a la vez, incluso una semana sin tu compañía se sintió como un siglo. El agua estaba fría, me sentí... olvidado, otra vez.
La lapicera de Vegetta dejó de moverse. La furia se drenó de su cuerpo, dejando paso a ese cansancio familiar y a una ternura que intentaba reprimir desesperadamente.
Vegetta suspiró, un sonido largo y derrotado, tiró la lista de preguntas al suelo.
—Eres un tonto —dijo Vegetta, pero su voz ya no tenía filo, era suave.
Se levantó y se acercó al cristal, puso su mano justo donde estaba la de Foolish.
—No puedo estar aquí siempre, tontito. Tengo jefes, tengo reglas, si sigues atacando a la gente, me quitarán del caso. Me enviarán a otro sitio y entonces sí que estarás solo.
Foolish levantó la vista, decepcionado. —¿Te irías?
—Si me obligan, sí, así que tienes que comportarte, por mí.
Foolish asintió frenéticamente, una sonrisa pequeña y tímida asomando en sus labios.
—Me portaré bien, seré una estatua, seré un pez dorado aburrido, pero no te vayas otra vez sin avisar.
Vegetta negó con la cabeza, rindiéndose a la evidencia. No podía estar enojado con él, no cuando lo miraba así.
—Está bien —concedió Vegetta, volviendo a sentarse, pero esta vez más relajado—. No me iré sin avisar.
—¿Seguimos con las preguntas aburridas de Luzu? —preguntó Foolish, arrugando la nariz.
—No —Vegetta pateó el papel lejos—. Cuéntame sobre eso que dijiste el otro día, sobre la arquitectura de las pirámides, dijiste que lo hicieron mal.
Foolish se iluminó como un árbol de navidad.
—¡Oh, totalmente! Usaron piedra caliza en lugar de granito en la base, un error de novatos. Si me hubieran dejado a mí, habría hecho una estructura que flotara sobre el agua...
Y así, mientras las alarmas de seguridad se apagaban y el equipo médico terminaba de redactar el informe de bajas, el Ingeniero y el Monstruo se quedaron charlando tranquilamente sobre ingeniería antigua, ignorando que, en las sombras, la paciencia de Maximus se estaba agotando.
La conversación sobre el granito de las pirámides se había apagado hacía unos minutos. El silencio que quedaba no era incómodo, sino denso, como el aire antes de una tormenta eléctrica.
Foolish nadó lentamente hasta quedar frente a Vegetta, sus movimientos eran fluidos, hipnóticos. Miró la pequeña grabadora de Luzu que parpadeaba con una luz roja sobre la mesa plegable.
—Apaga la caja del Doctor, Vegetta —dijo Foolish suavemente.
Vegetta levantó la vista, sorprendido. —¿Qué? Luzu necesita el registro para...
—Luzu no necesita escuchar esto y tú no necesitas que él escuche esto, apágala, por favor.
Había una urgencia extraña en la voz del dios Vegetta dudó un segundo, mirando la luz roja. Protocolo. Pero luego miró los ojos verdes de Foolish, que parecían suplicar una tregua. Con un suspiro, Vegetta extendió la mano y detuvo la grabación.
—Está apagada ¿Contento? —Vegetta se cruzó de brazos—. ¿Qué es tan secreto que no quieres que Luzu lo sepa? ¿Planeas confesar dónde escondiste la Atlántida?
Foolish sonrió, pero era una sonrisa diferente, melancólica.
—No, quiero mostrarte algo. —Foolish apoyó la frente en el cristal—. Te dije que mi memoria es simultánea. Veo el tiempo como un mapa, no como un río, puedo ver lo que fue, lo que es... y puedo traerlo de vuelta.
Vegetta soltó una risa nerviosa. —Ya, claro y yo puedo volar si bato los brazos muy fuerte… Eres un ser biológico, 58, no una máquina del tiempo.
—¿No me crees? —Foolish ladeó la cabeza—. Acércate.
—Estoy cerca.
—Más, pega tu frente al cristal, justo contra la mía y cierra los ojos.
Vegetta sabía que no debía hacerlo. Cada fibra de su entrenamiento de Nivel 4 gritaba PELIGRO. Pero la curiosidad, y esa extraña atracción gravitatoria que sentía hacia la criatura, ganaron.
Se inclinó hacia adelante. El frío del polímero tocó su frente, al otro lado, sentía el calor de Foolish irradiando a través de cincuenta centímetros de barrera.
—Cierra los ojos, príncipe —susurró Foolish.
Vegetta cerró los ojos.
Y el mundo desapareció.
De repente, ya no olía a ozono y productos químicos de limpieza. Olía a leche tibia y a pan recién horneado. Sentía una alfombra suave bajo... ¿sus patas? No, bajo su vientre.
Era pequeño, era ágil, tenía un pelaje negro y brillante que absorbía la luz del sol que entraba por una ventana alta. Estaba acostado sobre un cojín de terciopelo y una mano grande, adornada con anillos de oro, le rascaba detrás de la oreja, justo en ese punto perfecto.
Ronroneó. El sonido vibró en todo su pequeño cuerpo, se sentía adorado, se sentía el rey de la casa, el dueño del mundo.
—Oh vaya, eras un gato negro —la voz de Foolish resonó en su mente, no en sus oídos—. Muy consentido, muy elegante. Vivías cómodamente y solo comías si la comida estaba en un plato de oro. Eras... perfecto.
La visión se desvaneció suavemente, como el humo.
Vegetta abrió los ojos de golpe, separándose del cristal, jadeando. Se tocó la cara, esperando encontrar bigotes, pero solo encontró su piel pálida.
—¿Qué... qué fue eso? —balbuceó, el corazón latiéndole a mil.
—Un recuerdo —dijo Foolish, mirándolo con ternura—. De hace mucho tiempo. El tiempo es mi amigo, Vegetta, es benevolente si sabes cómo pedirle las cosas. Puedo recuperar lo que sea, lo que se ha perdido, lo que se ha olvidado...
Vegetta se quedó mirando a la nada, procesando la sensación de paz absoluta que había sentido en esa visión. Esa paz que no había sentido en más de diez años.
Su expresión se ensombreció, angustiado. La máscara de "Ingeniero Perfecto" se agrietó, dejando ver al hombre roto que había debajo.
—¿Lo que sea? —preguntó Vegetta, su voz apenas un hilo.
—Lo que sea.
Vegetta bajó la mirada a sus manos.
—Tengo dos hijos —soltó. Las palabras salieron sin siquiera pensarlo, rompiendo una década de silencio—. Roier y Leonarda.
Foolish no dijo nada, solo escuchó, manteniendo el espacio, respetuoso.
—Ellos... eran normales hasta que… de repente no fue así —Vegetta sonrió con tristeza—. Un día de la nada, Roier podía caminar por las paredes. Leonarda... ella… —Se llevó las manos al rostro, sintiéndose cada vez más alterado—. Eran pequeños, inocentes. Pero A.R.C.A. los detectó. Iban a venir por ellos, iban a encerrarlos en lugares como este. Clasificarlos, experimentar.
Vegetta levantó la vista, los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—Hice un trato. Yo tenía habilidades... útiles. Ingeniería, diseño, entonces me ofrecí. Les dije que les daría mi vida, mi mente, mi alma a la organización. Que diseñaría las jaulas para sus monstruos, a cambio... ellos dejaban libres a mis hijos. Les dieron supresores para sus anomalías, les borraron la memoria de mí... y los dejaron vivir como humanos normales.
Vegetta se limpió una lágrima que escapó.
—A veces pienso... que si algún día salgo de aquí, sí A.R.C.A. cae... Me gustaría que ellos recordaran, que supieran que no los abandoné, que supieran que papá los amaba tanto que se encerró en el infierno para que ellos pudieran caminar bajo el sol. —Miró a Foolish, apartando sus manos temblorosas de su rostro—. Sería lindo... que pudieras devolverles eso.
El silencio en la celda era absoluto. Foolish miraba a Vegetta con una intensidad que podría haber hervido el agua del tanque. Fue entonces cuando Vegetta se dió cuenta de que habló demás.
—Puedo hacerlo —dijo Foolish, firme.
—¿Qué?
—Puedo devolverles sus memorias y puedo sacarte de aquí, ahora mismo si lo deseas.
Vegetta parpadeó, confundido. —¿Cómo?
Foolish presionó su mano contra el cristal.
—Si uso toda mi energía, puedo sobrecargar los generadores. Puedo romper este cristal, puedo sacarnos a los dos antes de que el ERR llegue al ascensor. Nos vamos, Vegetta, buscamos a tus hijos y les devuelvo a su padre, es así de fácil para mí.
Era la tentación definitiva. La libertad, la familia, el amor. Todo servido en bandeja de plata por un dios dorado.
Por un segundo, Vegetta lo consideró. Se vio a sí mismo corriendo, abrazando a Roier, viendo crecer a Leonarda.
Pero entonces, la imagen de Maximus apareció en su mente. La imagen del Auditor. Los protocolos de eliminación.
Si fallaban... sus hijos morirían.
El terror helado reemplazó al calor del recuerdo.
—¡No! —Vegetta se levantó de golpe, tirando la silla hacia atrás, el ruido metálico resonó violentamente.
Empezó a recoger sus cosas con manos temblorosas. La tablet, el termo, la grabadora apagada, los papeles.
—No vuelvas a decir eso —siseó Vegetta, pálido como un muerto—. No vuelvas a sugerirlo ¡Estás loco!
—Vegetta, escúchame... —intentó Foolish.
—¡No! ¡Cállate! —Vegetta retrocedió hacia la puerta, abrazando sus cosas contra el pecho como un escudo—. No tienes idea de lo que son capaces. Si intentamos escapar... Ellos irán por mis hijos primero, los matarán solo para castigarme.
—Yo los protegería...
—¡Eres un pez en una pecera! —gritó Vegetta, cruel por el miedo—. ¡No puedes proteger a nadie! ¡No sabes cómo funciona el mundo real! Y no lo menciones de nuevo a menos que quieras que te diseccionen.
Vegetta llegó a una puerta de servicio, se detuvo un segundo, con la mano en el panel de apertura, no miró atrás.
—Olvida esta conversación, 58. Si valoras nuestra... lo que sea que tengamos... nunca vuelvas a mencionar a mi familia, esto fue un error.
La puerta se cerró con un siseo, dejando a Foolish solo en la oscuridad azul.
El dios apoyó la mano en el cristal donde había estado la frente de Vegetta.
—Cobarde —susurró Foolish, con el corazón roto—. Hermoso y estúpido cobarde.
. . .
Vegetta caminó por el pasillo como un autómata. Necesitaba aire. Necesitaba esconderse. Pero al doblar la esquina, casi choca con alguien.
Era Maximus.
El Director estaba allí, parado como una estatua de obsidiana, mirando a Vegetta con sus gafas negras impenetrables.
—Ingeniero —dijo Maximus. Su tono era neutral, pero Vegetta sintió que le leía el alma—. Parece agitado ¿La sesión fue... intensa?
Vegetta tragó saliva, tratando de controlar el temblor de sus manos.
—La entidad estaba... divagando, señor. Intentando confundirme con trucos mentales, tuve que terminar la sesión abruptamente para mantener el control.
Maximus asintió lentamente.
—Bien, el control es vital. —Se inclinó un poco hacia Vegetta—. Se me informó que la anomalía P-58 atacó dos estibadores y no permitiste que fuera neutralizado. Es bueno que todo haya salido bien, pero recuerde, de Luque, en el momento en que perdemos el control de nuestras emociones, las jaulas dejan de funcionar, los niveles inferiores nos pisotean, la realidad se distorsiona. Y cuando todo falla... perdemos lo que más queremos.
Maximus le dio paso.
Vegetta pasó a su lado, sintiendo un frío mortal en la espalda, él lo sabe. Pensó.
Mientras Vegetta huía hacia su habitación, en la mente de Maximus se formulaba una decisión. El Ingeniero de Luque estaba comprometido, era hora de escalar la situación.
Sacó su comunicador.
—Enlázace con El Puente —ordenó Maximus—. Necesito hablar con el Auditor, tenemos un problema con un Nivel 4.
Chapter 4: Reencuentros Amistosos
Chapter Text
El pasillo del Sector 4 nunca había parecido tan largo.
Para el Ingeniero en Jefe Samuel de Luque, cada paso que lo alejaba de la Celda P-58 se sentía como caminar bajo el agua con botas de plomo. El zumbido constante de los servidores y los sistemas de ventilación, un ruido blanco que normalmente le resultaba tranquilizador por su constancia, ahora sonaba como un rugido sordo en sus oídos.
Cobarde.
La palabra rebotaba dentro de su cráneo, dicha con la voz de un dios herido.
Hermoso y estúpido cobarde.
Se ajustó el cuello de su uniforme, sintiendo que la tela lo asfixiaba. Sus manos, enguantadas en cuero negro, temblaban imperceptiblemente, no por frío, sino por la adrenalina tóxica del miedo y la culpa. Había estado a punto de hacerlo. Por un segundo, un solo y terrorífico segundo, había considerado la oferta. Había visualizado el cristal rompiéndose, la alarma sonando, y él corriendo hacia la libertad con una mano dorada guiándolo.
Había traicionado a A.R.C.A. en su corazón, y Maximus lo había olido como un sabueso huele la sangre.
—¡Veg! ¡Espera!
La voz lo golpeó desde un lateral, sacándolo de su espiral de pánico. Vegetta se detuvo en seco, tensando cada músculo de su espalda antes de girarse lentamente.
Luzu salía de un atajo administrativo, con los pasos apresurados y la bata blanca ondeando tras él. Llevaba unas carpetas entre los brazos y una expresión que oscilaba peligrosamente entre la preocupación genuina y una excitación científica mal disimulada.
—Te vi pasar —dijo Luzu, deteniéndose frente a él, escaneando el rostro pálido de su amigo—. Pareces... Dios, Veg, pareces haber visto un fantasma, o algo peor.
Vegetta tragó saliva, forzando su máscara de indiferencia a volver a su lugar, aunque ahora mismo sentía que estaba hecha de vidrio roto.
—Solo fue una sesión difícil, Luzu. La entidad estaba... inestable tras el incidente con los estibadores.
Luzu asintió, acercándose un paso más, invadiendo sutilmente el espacio personal de Vegetta, sus ojos brillaban con una intensidad febril.
—Lo sé, lo sé. Escuché las alarmas pero... ¿qué te dijo? Es decir, pensé que dejarías el proyecto —preguntó Luzu, bajando la voz a un susurro conspirativo—. Te vi por las cámaras, Antes de que apagaras la grabadora abruptamente. ¿Lograste que se abriera? ¿Habló de su origen? ¿Mencionó algo sobre la percepción no lineal del tiempo?
Vegetta sintió una oleada de náuseas, su amigo no estaba preguntando si él estaba bien, sino por sus datos.
—No dijo nada relevante —mintió, desviando la mirada hacia las luces halógenas del techo—. Solo incoherencias. Intentos de manipulación psicológica, quería confundirme, por eso corté la sesión.
Luzu parpadeó. El pequeño led en su sien, conectado al implante, parpadeó de azul a un amarillo. Su sonrisa se tensó, las comisuras de sus labios temblando ligeramente.
—¿Manipulación? —repitió Luzu, y por un instante, su voz sonó metálica, superpuesta con la de Arin. —El sujeto P-58 muestra patrones de apego. La manipulación es improbable sin una ventaja significativa. Analizando lógica… El Ingeniero miente.
Luzu se llevó una mano a la cabeza, haciendo una mueca de dolor, como si hubiera recibido una descarga estática.
—¡Ah! Perdón... perdona, Veg. El estrés —Luzu se rió nerviosamente, pero sus ojos seguían fijos en Vegetta, analíticos, fríos—. Lo que quiero decir es... ¿seguro que no hubo nada más? Mi teoría sugiere que bajo estrés extremo, la entidad busca un ancla y tú eres su ancla. Si te dijo algo, por pequeño que sea, necesito saberlo, es vital para el proyecto, vital para... para que todo esto valga la pena.
Vegetta miró a Luzu, realmente lo observó. Vio las ojeras profundas, el temblor en sus manos, la desesperación de alguien que ha apostado su humanidad a una carta y tiene miedo de perder. Luzu había provocado la brecha, Luzu había empujado a Foolish al límite solo para ver qué pasaba, lo intuía.
—No hubo nada, Luzu —dijo Vegetta con firmeza, dando un paso atrás—. Y si me disculpas, tengo informes de daños que redactar antes de que Maximus decida convertirme en un Estibador de Residuos.
—Pero Veg... —Luzu intentó agarrarlo del brazo.
Vegetta se apartó bruscamente.
—Déjalo ya.
Sin esperar respuesta, Vegetta giró sobre sus talones y aceleró el paso, dejando a Luzu solo en medio del pasillo. Detrás de él, pudo oír a Luzu murmurar algo ininteligible, probablemente una discusión en voz baja consigo mismo, o con la máquina que vivía en su cerebro.
. . .
La oficina de Ingeniería de Infraestructura del Nivel 4 era un santuario de silencio y luz artificial.
Cuando la puerta automática se cerró tras él con un siseo hermético y el cerrojo magnético se activó, Vegetta soltó el aire que había estado reteniendo en sus pulmones. Se apoyó contra la puerta de metal frío, cerrando los ojos, esperando que el latido ensordecedor de su corazón disminuyera.
A salvo, estás a salvo. Aquí dentro, solo hay matemáticas y metal.
Caminó hasta su escritorio, una superficie de vidrio templado negro inmaculada, y se dejó caer en su silla ergonómica. Todo estaba en su lugar; los lápices alineados por dureza de grafito, los planos holográficos suspendidos en modo de espera, la taza morada vacía en la esquina superior derecha, bendito orden..
Pero cuando miró sus manos sobre el escritorio, no vio los guantes de cuero. Vio, por un destello fugaz, unas patas negras y peludas sobre un cojín de terciopelo.
Sintió el calor del sol, sintió la caricia en la oreja.
—¡Basta! —exclamó en voz alta al cuarto vacío.
Se levantó de un salto y caminó hacia la ventana de observación que daba a los generadores del sector.
—No fue real —se dijo a sí mismo, convirtiéndolo en un mantra—. Es una Anomalía de Clase Ámbar Crítico. Su poder no es solo físico, es mental. Te mostró lo que querías ver, leyó tu lenguaje corporal, dedujo tus carencias afectivas y proyectó una alucinación para debilitarte.
Vegetta apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos.
—No eras un gato, no hay vidas pasadas, y él no puede salvar a Roier y Leonarda. —La mención de los nombres de sus hijos fue como morder un limón agrio—. Si intentas algo, los matarán. Maximus tiene razón, el control es lo único que los mantiene vivos. Foolish miente, Foolish manipula, Foolish es un monstruo que juega a ser dios.
Intentó convencerse, intentó construir un muro de lógica ladrillo a ladrillo para contener la marea de emociones que amenazaba con ahogarlo. Pero cada vez que cerraba los ojos, veía el verde esmeralda de aquellos ojos mirándolo con decepción.
Cobarde.
Vegetta se sentó de nuevo, jalando una pila de planos pendientes hacia él con violencia. Necesitaba trabajar, necesitaba perderse en la complejidad de los circuitos hidráulicos y las aleaciones de titanio. Si ocupaba su mente con suficientes variables, no habría espacio para el dolor.
Abrió el archivo del sistema de ventilación del Ala Oeste. Las líneas azules y blancas flotaron frente a él.
“El flujo de aire debe ser constante a 20 pascales...” leyó, pero su mente completó: “...como el agua que fluye en una pecera dorada.”
Gruñó de frustración y borró el holograma.
Fue entonces cuando sonó.
Toc. Toc-toc. Toc.
No era el golpe autoritario de seguridad, no era el toque vacilante de un subordinado asustado. Era un ritmo, casi musical, alegre.
Vegetta se quedó paralizado ¿Quién se atrevía a interrumpir al Ingeniero en Jefe con esa falta de protocolo? Se pasó la mano por el cabello, intentando componer su expresión, y desbloqueó la puerta desde su consola.
—Adelante —dijo, intentando que su voz sonara severa y no rota.
La puerta se deslizó y dos figuras entraron, trayendo consigo una energía que desentonaba completamente con la atmósfera fúnebre de la oficina.
—¡Permiso! —exclamó una voz cantarina con un acento inconfundible.
Eran Pac y Mike.
Mike entró primero, sosteniendo una tablet enorme con ambas manos como si fuera una ofrenda sagrada. Su cabello rosa chicle, despeinado como siempre, era una afrenta visual al código de vestimenta estricto de A.R.C.A., pero su talento con la micro-robótica le ganaba ciertas indulgencias. Sus mejillas pecosas estaban estiradas en una sonrisa nerviosa pero esperanzada.
Detrás de él, Pac entró con las manos en los bolsillos de su bata de laboratorio, caminando con esa confianza relajada y casi insolente que lo caracterizaba. Su cabello negro estaba un poco largo, cayéndole sobre la frente, y masticaba un chicle con discreción.
—Buenas tardes, Sr. De Luque —dijo Pac, guiñando un ojo de forma amistosa—. O buenas noches. En este búnker nunca se sabe si hay sol o luna fuera, ¿verdad?
—Pac, Mike —saludó Vegetta, recostándose en su silla. Verlos fue, extrañamente, como recibir una bocanada de oxígeno puro—. Deberían estar en el Taller de Mecanismos ¿Qué hacen en Infraestructura?
—Es sobre el Proyecto "Tatu-Bola" —dijo Mike, poniendo la tablet sobre el escritorio inmaculado de Vegetta—. El sistema de cierre esférico para las unidades de contención portátil.
—Lo enviamos hace dos días, jefe —intervino Pac, apoyándose en el borde del escritorio con una familiaridad que de no tratarse de Vegetta quien tenía enfrente, sería reprendido—. Pero el sistema dice "Pendiente de Aprobación". Y tú nunca dejas nada pendiente más de seis horas, así que pensamos que quizás el servidor se había comido el archivo o que ya te hartaste de nosotros.
—Preferiblemente lo primero —añadió Mike rápido—. Porque si nos odias, Pac me debe su postre por una semana.
Vegetta miró la tablet, el plano estaba ahí. Era un diseño brillante, caótico pero funcional, típico de ellos. Un mecanismo de cierre inspirado en la anatomía de un armadillo para atrapar anomalías pequeñas sin dañarlas.
—Lo siento —murmuró Vegetta. Se sentía agotado, su cerebro procesaba la información técnica a la mitad de la velocidad habitual—. He estado... ocupado, con la celda P-58.
Al mencionar la celda maldita, el aire en la habitación cambió.
Pac y Mike intercambiaron una mirada rápida, una de esas miradas entre mejores amigos que comunican párrafos enteros en un microsegundo.
Mike se inclinó un poco hacia adelante, su sonrisa vacilando.
—Sí... escuchamos sobre eso, cara. —La voz de Mike perdió su tono juguetón—. Todo el mundo habla del incidente en el nivel de abajo, dicen que el agua llegó hasta el techo.
—Dicen que tú entraste ahí solo —añadió Pac, ya sin masticar el chicle, observando a Vegetta con ojos oscuros y perceptivos—. Sin escolta, mientras el bicho ese estaba rompiendo todo.
Vegetta sintió que la defensiva volvía a subir.
—Hice lo que debía, contuve la situación. El plano de ustedes está bien, lo firmaré ahora así que pueden irse.
Vegetta extendió la mano para tomar el lápiz digital, pero su mano lo traicionó. Tembló, y temblaba tanto que el lápiz repiqueteó contra la superficie de cristal del escritorio. Tac-tac-tac.
El sonido fue vergonzosamente fuerte en el silencio de la oficina.
Vegetta cerró la mano en un puño, escondiéndola bajo la mesa, y miró hacia otro lado, apretando la mandíbula.
Nadie se movió.
—Jefe... —dijo Mike suavemente.
—Estoy bien —cortó Vegetta bruscamente—. Solo es fatiga muscular por la tensión y los trabajos manuales. Firmaré esto y...
—Vegetta —interrumpió Pac.
El brasileño de cabello negro rodeó el escritorio, llegó hasta la silla de Vegetta y, con una suavidad sorprendente, giró la silla para que el ingeniero quedara frente a ellos.
Vegetta se resistió un momento, pero estaba demasiado débil emocionalmente para luchar contra la gravedad de la preocupación de Pac.
—Mírate, hombre —dijo Pac, con un tono de regaño cariñoso—. Estás pálido como una anomalía recién diseccionada, tienes los ojos rojos y estás temblando como si hubieras tocado un cable pelado.
—No es nada... —empezó Vegetta.
—¡Nossa! ¡Claro que es algo! —exclamó Mike, acercándose por el otro lado—. No eres una máquina, Vegetta, aunque te guste actuar como una.
Mike rebuscó en los bolsillos profundos de su bata llena de manchas de grasa y aceite. Sacó un paquete arrugado de galletas de chocolate y una lata de refresco de guaraná tibia.
—Toma —dijo Mike, poniéndolo todo sobre el escritorio, empujando los planos holográficos a un lado sin ningún respeto por la tecnología de punta—. Azúcar, ahora tu cerebro está en proceso de fallo crítico por falta de combustible.
Vegetta miró las galletas. Algo tan mundano, tan estúpidamente normal en medio de su crisis existencial sobre dioses, familia y muerte.
—No tengo hambre —susurró.
—No te preguntamos —dijo Pac, cruzándose de brazos—. Vamos, coma. O le diremos a todo el departamento que el gran Ingeniero de Luque llora con videos de gatitos en internet.
—Eso es mentira —protestó Vegetta, aunque una pequeña, microscópica sonrisa tiró de la comisura de sus labios. La ironía de los "gatitos" le dolió, pero la intención de la broma llegó a su destino.
—Podría ser verdad. Nunca lo sabrán —Pac le guiñó un ojo—. Come por favor, nos estás asustando, viejo. Y necesitamos que estés bien para que apruebes nuestras locuras. Si tú colapsas, nos pondrán un supervisor aburrido que no nos permita divertirnos en el trabajo.
Vegetta soltó un suspiro trémulo, tomó una galleta y le dio un mordisco cansado. El sabor a chocolate artificial y azúcar barato inundó su boca.
Mike sonrió, radiante, como si Vegetta acabara de desactivar una bomba de tiempo.
—Eso es, Mejor ¿eh?
—Ustedes son insoportables —murmuró Vegetta, pero su voz ya no sonaba tan frágil.
—Es nuestro encanto —dijo Pac, sentándose descaradamente sobre el escritorio de Vegetta, balanceando las piernas—. Escucha, Veg. No sabemos qué pasó ahí abajo y no vamos a preguntar porque sabemos que es "Clasificado" y bla, bla, bla, pero... —Se puso serio un segundo—. Esos tipos de arriba, los del Puente, ven números, nosotros vemos personas, y tú eres de los nuestros. Si esa cosa, el 58, te está jodiendo la cabeza... dinos. Mike puede construir un robot que le dé una paliza.
Mike hizo mímica de boxeo. —¡Exacto! Un robot capaz de nadar más rápido que él, infalible.
Vegetta masticó la galleta lentamente, sintiendo cómo la presencia caótica y cálida de los dos brasileños empezaba a disipar un poco la niebla fría que lo rodeaba. No sabían nada, no sabían de sus hijos, ni de su vida pasada, ni de la traición que casi comete y sin embargo, estaban ahí, ofreciéndole galletas y lealtad ciega.
—No es el 58 —dijo Vegetta finalmente, eligiendo sus palabras con cuidado—. Es... todo. El sistema, a veces siento que las paredes de este lugar se encogen, como si ya no perteneciera aquí.
Pac asintió, comprensivo. —Es el peso, amigo. Estás cargando con toda la estructura tú solo, necesitas compartir la carga o al menos, necesitas salir de aquí un rato. Cuando termine el turno, vamos a mi cuarto. Mike consiguió un emulador de videojuegos antiguos, Street Fighter. Te dejaré ganar una ronda.
—No me dejarás ganar, te ganaré porque soy superior —corrigió Vegetta, terminando la galleta.
—¡Ja! Eso quiero verlo —rio Mike—. Pero en serio jefe, firma el plano mañana. Hoy solo... respira.
Vegetta miró a sus dos subordinados, sus amigos. Y se dió cuenta que no estaba completamente solo, tenía anclas, pequeñas, ruidosas y vestidas con batas sucias, pero anclas al fin y al cabo.
—Gracias, chicos —dijo Vegetta y esta vez, fue sincero.
Pac saltó del escritorio y le dio una palmada en la espalda a Vegetta.
—Para eso estamos. Ahora, termínate ese guaraná antes de que se caliente más, podría explotar.
Mientras Mike y Pac empezaban a discutir en una mezcla rápida de portugués sobre quién era el mejor personaje de Street Fighter, Vegetta se permitió recostarse en su silla y observar. El miedo a Maximus seguía ahí, agazapado en las sombras, el dolor por Foolish seguía latiendo en su pecho como una herida abierta. Pero por ahora, en este pequeño despacho iluminado por hologramas y risas, podía respirar.
Mañana lidiaría con el Dios. Hoy, solo tenía que sobrevivir a una partida de videojuegos y no derrumbarse.
Y quizás, solo quizás, eso era suficiente victoria por un día.
. . .
La oficina de Taxonomía estaba sumida en una penumbra azulada, rota solo por el parpadeo errático de un monitor holográfico.
Luzu estaba encorvado sobre su escritorio, con las manos entrelazadas frente a su boca, mordiéndose el nudillo del dedo índice. Sus ojos, enrojecidos por la fatiga visual, estaban fijos en la barra de espectro de audio de la última sesión con la Anomalía P-58.
—Reproducir —ordenó con voz ronca.
"...Luzu no necesita escuchar esto y tú no necesitas que él escuche esto, apágala, por favor…"
La voz de Foolish llenó la habitación, cargada de esa resonancia acuática. Luego, el silencio. El corte abrupto, el momento exacto en que Vegetta había presionado el botón de apagado.
—¿Qué le dijiste? —murmuró Luzu a la pantalla, como si pudiera interrogarla—. ¿Qué le ofreciste? ¿Conocimiento? ¿Poder? ¿O algo más poderoso?
Luzu rebobinó. Click. Reproducir. Click. Una vez más.
Intentaba leer entre líneas, analizar las micro-fluctuaciones en la voz de Vegetta antes del corte. Había algo ahí, anhelo.
—Análisis inconcluso —zumbó la voz de Arin dentro de su cabeza. El implante en su sien derecha emitió un pulso de calor molesto—. Faltan datos. La variable "Vegetta" se ha vuelto impredecible. Recomendación: Intervención directa.
—¡Cállate! —espetó Luzu, golpeando la mesa. El dolor en su mano fue real, anclándolo al momento—. Sé lo que insinúas y no fue mi culpa, yo solo sugerí el acercamiento. Fue tu cálculo de probabilidades el que le dió la idea de hacer algo drastico.
—Corrección —respondió Arin, su tono robótico carente de empatía, resonando en el lóbulo temporal de Luzu—. El cálculo se basó en parámetros de conducta estándar. Tú introdujiste el factor emocional. Tú presionaste a la anomalía “Tu sabrás, yo puedo ver a Vegetta cuando quiera.” La responsabilidad del fallo en la contención recae en el operador biológico: Luzu.
—¡Yo no soy “el operador”, tú eres un parásito! —Luzu se levantó de golpe, tirando su silla hacia atrás.
Sentía que la habitación daba vueltas. Las paredes blancas e inmaculadas de su oficina parecían burlarse de él, había perdido el control del experimento. Vegetta lo estaba evitando, la anomalía estaba agresiva y Maximus estaba acechando. Y para colmo, su propia mente estaba en medio de una guerra civil.
—Necesito salir de aquí —jadeó Luzu, aflojándose la corbata—. Necesito... ruido, gente, comida.
—Niveles de glucosa bajos. Cortisol elevado. Se recomienda ingesta calórica inmediata para evitar fallo sistémico.
—Gracias por lo obvio, Arin. Apágate un rato.
El Comedor del Sector 2 era una maravilla.
Ubicado en el corazón de la instalación subterránea, el techo abovedado estaba cubierto de paneles LED de última generación que imitaban a la perfección el cielo de la superficie. En ese momento, simulaban un atardecer cálido, bañando las mesas de metal y plástico en una luz naranja y dorada reconfortante.
Era una mentira hermosa. A.R.C.A. sabía que sus empleados, topos humanos enterrados bajo kilómetros de tierra, necesitaban esa mentira para no volverse locos. La vitamina D sintética se bombeaba a través de los conductos de ventilación.
Luzu caminó con su bandeja de comida —un puré proteico sabor "estofado de res" y una gelatina verde— buscando un lugar aislado. El comedor estaba lleno y el murmullo de cientos de conversaciones creaba una manta de sonido que ayudaba a acallar el zumbido de su implante.
Se sentó en una mesa pequeña en la periferia, dándole la espalda a la pared, un hábito de supervivencia que no sabía que tenía.
Empezó a comer mecánicamente, sin saborear, mientras sus ojos escaneaban el lugar, le gustaba observar. Ver cómo los diferentes niveles interactuaban (o se ignoraban). Los Estibadores comían rápido y en silencio, queriendo volver al trabajo o irse a dormir, los Administrativos se quejaban del café.
Pero su atención fue capturada por una mesa ruidosa justo a su lado.
Eran los Recolectores, los agentes de campo. Los únicos que tenían el privilegio de ver el sol real y respirar aire sin filtrar.
—¡Te lo digo, tío! —La risa estridente de Alexby cortó el aire. El Pastor (Líder) del Escuadrón estaba recostado en su silla, con las botas subidas a una silla vacía. Su casco blanco, con el diseño de un soldado imperial de una vieja saga de películas y una franja azul pintada a mano, descansaba sobre la mesa. Tenía esa arrogancia natural de quien ha mirado a la muerte en más de una ocasión—. Eran literalmente huevos, huevos con patas.
—Y sombreros —añadió Fargan, riendo con esa risa contagiosa. El Rastreador llevaba su máscara de búho levantada sobre la frente, revelando un rostro humano pero con un toque inquietante: pequeñas plumas marrones nacían en la línea de su cabello y alrededor de sus ojos. Fargan era una prueba viviente de que A.R.C.A. a veces contrataba monstruos para cazar monstruos—. Uno tenía una boina francesa.
—Eran... ruidosos —comentó Staxx. El Especialista en Captura no se había quitado el casco. Su voz sonaba filtrada y metálica, estaba limpiando obsesivamente una mancha invisible en su guante negro y verde—. Hacían un sonido muy agudo cuando se lastimaban. Casi me rompen los tímpanos.
—¡Pero eran tiernos! —insistió Alexby, robándole una papa frita a Fargan—. El informe de taxonomía va a ser un chiste "Sujeto: Huevo. Peligrosidad: Colesterol alto".
La mesa estalló en carcajadas.
Luzu removió su puré, sintiendo una punzada de envidia ácida en el estómago.
Ellos hablaban de lo desconocido como si fuera un chiste. Habían estado afuera. habían visto el cielo, los árboles, el caos del mundo real. Y él estaba aquí atrapado, clasificando datos, escribiendo informes que nadie leía, y lidiando con un dios en una pecera que prefería hablar con un ingeniero huraño que con él.
—Detección de envidia —susurró Arin en su mente—. Irrelevante. Su función es fuerza bruta. Tu función es intelecto superior. Tú controlas el saber. Ellos son solo perros de caza.
—Cállate —pensó Luzu, aunque sabía que Arin tenía razón en una cosa: él se sentía superior, pero la superioridad era una compañera muy solitaria.
Escuchó un poco más. Los agentes hablaban de cómo las criaturas huevo se acurrucaban juntas cuando las separaban, emitiendo sonidos de angustia.
—Probablemente los encierren juntos en la Guardería del Sector 9 —dijo Fargan, mordiendo una manzana—. No creo que sirvan para nada más que para ser mascotas de algún alto mando. Ojalá me dejaran quedarme con uno, el del sombrero de copa me cayó bien.
Luzu terminó su comida, sintiéndose repentinamente lleno. La melancolía se le había atragantado, se levantó, dejando la bandeja en la cinta transportadora, y se ajustó la bata.
Necesitaba volver al trabajo, quizás si revisaba los archivos de la Atlántida que Foolish mencionó, podría encontrar una palanca de negociación.
Salió del comedor, dejando atrás la luz solar falsa, y se adentró en los pasillos de servicio del Nivel 3.
El pasillo estaba desierto, solo el zumbido de los tubos fluorescentes lo acompañaba. Luzu caminaba revisando su tablet, absorto en sus pensamientos.
Al pasar frente a un armario de suministros de limpieza, sintió un cambio en la presión del aire. Un instinto primario le gritó peligro, pero su cuerpo no fue lo suficientemente rápido.
Una mano enguantada en cuero negro salió de la oscuridad, agarrándolo por el cuello de su bata y tirando de él con una fuerza sorprendente.
—¡Waaah! —El grito de Luzu murió en su garganta mientras era arrastrado hacia la oscuridad.
La puerta se cerró de golpe. Click.
El armario era pequeño, olía a lejía industrial y a trapeadores húmedos. Luzu tropezó, su espalda chocando contra una estantería de metal llena de botellas de detergente. Intentó recuperar el equilibrio, pero se encontró atrapado.
Dos brazos lo bloquearon, apoyándose en la estantería a cada lado de su cabeza, encarcelándolo.
Frente a él, en la penumbra, brillaban dos ojos rojos.
—Vaya, vaya, vaya —dijo una voz suave, sibilante, con un tono de diversión cruel—. Si es el Doctor Borja o debería decir... ¿El futuro Director de A.R.C.A.?
Luzu sintió que la sangre se le helaba. Conocía esa voz, aunque distorsionada por ese modulador, para él, era inconfundible. Conocía esa máscara negra con la sonrisa pintada y los ojos LED rojos. Y conocía, sobre todo, la gabardina verde que el hombre llevaba puesta.
—Willy —susurró Luzu.
WillyRex soltó una risita baja. Se inclinó hacia adelante, invadiendo completamente el espacio personal de Luzu. A pesar de la máscara, Luzu podía sentir el calor de su aliento, o tal vez era la radiación de pura malicia que emanaba.
—Hola, Luzu —dijo Willy, arrastrando las vocales—. Te ves... estresado. ¿El implante te está dando problemas? ¿O es la culpa?
Luzu intentó empujarlo, pero Willy no se movió ni un milímetro, era fuerte. Mucho más fuerte de lo que aparentaba su figura delgada.
—¡Suéltame! —Luzu logró decir, recuperando un poco de dignidad—. ¿Qué demonios haces aquí, Willy? Esto es acoso, puedo reportarte a...
—¿A quién? —interrumpió Willy, ladeando la cabeza. La luz roja de sus ojos parpadeó—. ¿A Recursos Humanos? Yo soy Recursos Humanos, Luzu. Soy El Auditor. Soy la pesadilla que revisa tu historial de navegación y tus pausas para el baño, no hay nadie por encima de mí, excepto el Almirantazgo. Y ellos no hablan con gente como tú.
Willy se quitó la máscara con una mano, revelando su rostro. Era un hombre atractivo, de rasgos afilados, cabello rubio ceniza y unos ojos pequeños y rasgados que siempre parecían estar calculando el precio de tu alma. Sonreía, pero no era una sonrisa amable, era la sonrisa de un gato que ha acorralado al ratón.
—Me asustaste —acusó Luzu, el corazón latiéndole desbocado.
—Esa era la idea, compañero —Willy se guardó la máscara en el bolsillo de su gabardina—. Hace mucho que no hablábamos. Desde que... bueno, desde que me ascendieron y tú te quedaste abajo jugando con tus microscopios. Extrañaba ver esa cara que pones cuando no tienes el control, es adorable.
Luzu apretó los dientes, el rencor burbujeó en su pecho, caliente y amargo. Willy y él habían empezado juntos, eran amigos, tal vez algo más pero Willy era ambicioso de una forma que Luzu nunca pudo igualar. Willy no tenía escrúpulos, vendió a sus compañeros para subir y ahora era un Auditor, uno de los temidos Nivel 5 que borraban a la gente.
—No tengo tiempo para tus juegos de poder, Willy, tengo trabajo.
—Sí, trabajo —Willy se acercó más, susurrándole directamente al oído. Su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente íntima—. Trabajo en la Celda P-58. Con el Ingeniero de Luque y una anomalía que le gusta ahogar a la gente.
Luzu se tensó. Arin, dentro de su cabeza, empezó a emitir alertas de Amenaza Inminente.
—Sujeto identificado: Auditor W. Rex. Probabilidad de ejecución sumaria: 45%. Recomendación: Cooperación total. Revelar datos para asegurar supervivencia. —La voz de Arin era ensordecedora.
—¡No! —gritó Luzu internamente a su implante.
Willy se separó un poco, observando la lucha interna en el rostro de Luzu, disfrutándolo.
—Los de arriba están inquietos, Luzu. Tu Director ha enviado un reporte preliminar. Palabras feas "Compromiso emocional" "Riesgo de fuga" "Traición". —Willy pasó un dedo enguantado por la solapa de la bata de Luzu, alisándola—. Aún no han iniciado la investigación formal, pero cuando lo hagan... rodarán cabezas. Y me gustaría que la tuya, esa cabecita tan lista con su pequeño ordenador dentro, se quedara sobre tus hombros.
Willy volvió a acercarse, sus labios rozando casi la oreja de Luzu.
—Dime la verdad, Luzu ¿Qué está pasando ahí abajo? ¿Qué traman Vegetta y el pececito? —Su tono era seductor, venenoso—. Vamos, deja que Arin me lo cuente, sé que la máquina quiere hablar, sé que la máquina es lógica, vamos, sé un buen chico y ayúdame a ayudarte.
Luzu sintió que el mundo daba vueltas, el olor de Willy —colonia cara y tabaco— lo mareaba. Arin estaba empujando contra sus barreras mentales, queriendo soltar todo el torrente de datos, Vegetta apagando la grabadora, las visitas no autorizadas, la obsesión de la entidad.
Sería tan fácil. Solo tenía que abrir la boca, Willy se encargaría de Vegetta, Luzu quedaría limpio, incluso podría obtener ese ascenso.
Pero entonces, vio la sonrisa de suficiencia en la cara de Willy. Esa arrogancia, esa certeza de que Luzu era débil, de que Luzu siempre sería el segundo, el que obedece.
Luzu vio rojo.
Con un grito de esfuerzo, empujó a Willy con ambas manos en el pecho.
Willy, sorprendido por la fuerza repentina, tropezó hacia atrás, chocando contra la puerta del armario.
—¡Aléjate de mí! —jadeó Luzu. Sus ojos brillaban y el led de su sien estaba en un rojo furioso, pero fijo. Había silenciado a Arin por pura fuerza de voluntad—. No soy tu informante, Willy y no soy tu juguete.
Willy se frotó el pecho, la sorpresa en su rostro transformándose lentamente en una expresión de interés genuino.
—Vaya... —murmuró Willy—. El cachorro también ladra.
—No sé de qué estás hablando —mintió Luzu, irguiéndose, tratando de recuperar su altura y su dignidad—. Vegetta es un profesional. La Anomalía 58 es difícil, pero está contenida. No hay ninguna conspiración y no necesito la "ayuda" de un Auditor corrupto que disfruta asustando a sus antiguos amigos.
Willy lo miró en silencio durante unos segundos interminables. Sus ojos escrutaron a Luzu, buscando la grieta, buscando la mentira.
Luego sonrió. Pero esta vez no era una sonrisa depredadora sino una sonrisa de satisfacción, como quien ve una inversión madurar.
—Muy bien —dijo Willy, asintiendo—. Muy bien, Luzu, mantén tu lealtad. Es... conmovedor, estúpido, pero conmovedor.
Willy se ajustó la boina verde y abrió la puerta del armario. La luz del pasillo entró, rompiendo la intimidad asfixiante.
Se detuvo en el umbral y miró a Luzu por encima del hombro.
—Pero te diré algo. No he venido por tu cabeza hoy pero vendré, y cuando todo esto explote. Porque va a explotar, Luzu, tú lo sabes mejor que nadie, vas a necesitar un amigo en las sombras, vas a necesitar a alguien que pueda hacer desaparecer los errores.
Willy sacó una tarjeta negra de su bolsillo y la deslizó en el bolsillo de la bata de Luzu con un movimiento rápido.
—Si quieres sobrevivir a lo que viene... o si quieres que tu amigo el Ingeniero sobreviva... tendrás que darme algo a cambio, y no solo palabras bonitas. —Willy le guiñó un ojo—. Quiero algo sustancioso, información cuando lo requiera, y un favor extra que pediré más tarde.
—No te daré ninguna ventaja —escupió Luzu.
—Ya veremos —rio Willy—. Piénsalo, el diablo siempre paga bien a sus favoritos.
Willy salió al pasillo, su gabardina ondeando, y desapareció en la esquina silbando una melodía alegre.
Luzu se quedó solo en el armario, temblando. Se llevó la mano al bolsillo y sintió el borde frío de la tarjeta negra.
—Ritmo cardíaco: 160 bpm. Nivel de estrés: Crítico —informó Arin, volviendo a la línea—. Análisis: Has rechazado la oferta de seguridad. Probabilidad de supervivencia reducida al 15%.
—Cállate, Arin —susurró Luzu, deslizándose hasta el suelo, abrazando sus rodillas—. No rechacé la oferta, solo... estoy revisando mis opciones.
Porque Luzu sabía, con una certeza helada, que acababa de firmar un trato. No había dicho que sí, pero tampoco había tirado la tarjeta. Willy lo tenía en la mira y si Vegetta no arreglaba las cosas pronto, Luzu tendría que decidir a quién vender para salvarse a sí mismo.
Chapter 5: Técnica de Sumisión
Chapter Text
El agua estaba quieta, pero la mente de Foolish era un huracán de recuerdos.
Suspendido en el centro de su cenote artificial, el Dios Tiburón sostenía un trozo de coral denso entre sus garras, no necesitaba herramientas. Sus uñas, más duras que el diamante, tallaban la superficie calcárea con la delicadeza de un pincel sobre lienzo.
Rasp. Rasp. Fuuush.
El polvo de coral flotaba a su alrededor como nieve submarina, posándose suavemente sobre sus hombros dorados.
Foolish ni siquiera estaba mirando la piedra. no le hacía falta puesto que conocía las líneas de memoria.
Estaba tallando una nariz recta, unos pómulos altos y una mandíbula tensa por la responsabilidad.
Cuando terminó, colocó la pequeña estatuilla en la repisa de roca volcánica al fondo de su celda. Allí, en la penumbra entre altas algas, donde las cámaras de seguridad apenas llegaban, había un museo secreto. Una colección de "Vegettas" a través de los eones.
Foolish nadó hacia atrás para admirar su obra.
—Siempre tienes ese brillo —murmuró al agua, su voz grave resonando en la soledad—. En cada era, en cada forma.
La primera figura, tosca y erosionada, llevaba un nemes real. "Mi Faraón," pensó Foolish. "Eras tan severo en ese entonces, obsesionado con construir tumbas que duraran para siempre. Fue la primera vez que tuve el honor de fijarme en tu existencia, me rendiste tributo cada día, ansiando tu codiciada inmortalidad, hasta que el veneno de una víbora te llevó."
La segunda figura llevaba una armadura de placas y sostenía una espada rota. "Mi Caballero. Juraste lealtad a un rey estúpido de nombre olvidable. Yo había sido tu Dragón de guerra, una bestia indomable que solo se dejaba montar por ti, llevándote a la victoria y protegiéndote hasta el último aliento"
Había docenas. Un artista en el Renacimiento, un revolucionario en Francia, un piloto de guerra.
Pero la mirada de Foolish se detuvo en un espacio vacío junto a la figura más reciente (el Ingeniero de A.R.C.A.). Ese espacio vacío dolía más que cualquier herida física.
Foolish cerró los ojos y dejó que su cuerpo flotara, dejándose llevar por la corriente térmica. Su mente viajó atrás, no hace siglos, sino hace apenas dos décadas atrás.
Recordó el dolor de comprimir su esencia infinita en un recipiente mortal. Recordó la sensación asfixiante y maravillosa de tener pulmones humanos, piel suave, caderas anchas y una voz femenina.
Se había transformado en ella por él, en quien Vegetta recuerda como Akira.
Recordó el día que conoció a Samuel de Luque en una cafetería bajo la lluvia. Él ya tenía esa mirada triste, cargando con un pequeño Roier. Recordó cómo la risa de Samuel iluminó el mundo cuando Akira aceptó salir con él.
Fueron años de felicidad humana, mundana, perfecta. El tacto de la piel de Vegetta sin barreras de cristal, el calor de su cuerpo en la cama, el milagro de sentir una vida creciendo dentro de ese útero prestado.
Leonarda.
Foolish sonrió en el agua, una sonrisa triste que mostraba sus colmillos. Leonarda tenía su fuego, tenía su fuerza.
Pero el contenedor no podía durar. Un dios no puede vivir en una casa de muñecas para siempre sin romper las paredes, su cuerpo humano empezó a fallar, a "enfermarse" según los médicos. La energía celestial estaba quemando la carne mortal.
Tuvo que irse, tuvo que "morir" para protegerlos de su propia explosión. Tuvo que ver cómo Vegetta lloraba sobre una tumba vacía, destrozado, prometiendo cuidar a sus hijos solo.
—No me fui, mi amor —susurró Foolish al agua, las burbujas llevando sus palabras hacia la superficie—. Solo cambié de forma, te observé desde las sombras, vi cómo te reclutaban, vi cómo te obligaban a romper nuestro legado para salvar a nuestros hijos.
Y entonces, Foolish hizo lo único que un dios enamorado podía hacer. Se dejó ver, se dejó capturar, permitió que los agentes de A.R.C.A. le pusieran cadenas, lo sedaran y lo arrastraran a este búnker subterráneo.
A su punto de vista no era un prisionero, era un peregrino.
Si Vegetta estaba en el infierno, Foolish reinaría en el infierno con él, si Vegetta quería construir jaulas, Foolish sería la mascota perfecta, solo para poder ver sus ojos morados una vez más.
—Esperaré —dijo Foolish, retomando su posición de meditación—. Te he esperado mil años, puedo esperarte mil turnos de guardia más. Tarde o temprano, recordarás y cuando lo hagas... nada en este universo podrá mantenernos separados, ni siquiera A.R.C.A.
Una alarma sonó a lo lejos, se trataba del cambio de turno. Foolish volvió a poner su máscara de indiferencia y arrogancia, el dios estaba listo para actuar, pero el amante seguía tallando en su corazón.
La Sala de los Sin Nombre (Nivel 5)
El aire en la Sala de Juntas del Auditor estaba reciclado, cargado de tensión estática y secretos.
No había ventanas, las paredes estaban cubiertas de un material absorbente de sonido negro mate. En el centro, una mesa larga de obsidiana pulida reflejaba las luces cenitales rojas que daban a la habitación el aspecto de una arteria abierta.
La puerta se deslizó sin ruido y Willy entró.
Ya no llevaba la gabardina verde de sus rondas casuales. Ahora vestía el uniforme ceremonial del Auditor: un traje negro, ajustado y blindado, diseñado para intimidar y proteger. En su pecho, sobre el corazón, brillaba un emblema en blanco y rojo: un corazón pixelado, el símbolo de su división. Asuntos Internos: Lealtad y Castigo.
Su rostro estaba cubierto por su característica máscara negra lisa, con una sonrisa roja pintada de forma permanente y burlona, y dos visores rojos brillantes que ocultaban sus ojos.
Willy caminó con la arrogancia de quien sabe dónde están enterrados todos los cadáveres (literalmente). Se dejó caer en una de las sillas de cuero negro, cruzando las piernas sobre la mesa, ignorando las miradas de reprobación de los otros enmascarados presentes.
La mayoría de los Auditores mantenían sus identidades civiles durante el día. Eran contables, jefes de seguridad, incluso cocineros. Gente invisible, pero aquí, eran los jueces de A.R.C.A.
Willy miró a su izquierda, el asiento estaba ocupado por una figura encorvada sobre un bloc de notas.
Llevaba una máscara blanca, de igual modo con una sonrisa permanente de color rojo y dos circulos como mejillas rojas. Una capucha cubría el resto de su cabeza.
—Hermano Búho —saludó Willy, su voz distorsionada por el modulador de la máscara.
La figura levantó la vista. Fargan (bajo la identidad del Auditor Búho) soltó un bufido que sonó casi como una risa.
—Hermano Corazón —respondió Búho. Su voz también estaba distorsionada, sonando grave y rasposa—. Llegas tarde.
Willy miró de reojo el papel del Búho. No estaba tomando notas sobre la agenda, estaba dibujando una de esas criaturas "Huevo" que los Recolectores habían traído. Pero en el dibujo, el huevo tenía una sonrisa maníaca y estaba plantando lo que parecían ser cargas de C4 en el zapato de un guardia.
—Arte moderno —comentó Willy con sarcasmo.
—Es una metáfora de la inestabilidad geopolítica de las anomalías avícolas —respondió Búho con seriedad fingida, añadiendo una mecha encendida al dibujo—. O simplemente estaba aburrido.
Antes de que Willy pudiera responder, la pantalla gigante al final de la mesa se encendió. No apareció ninguna cara, solo el logotipo de A.R.C.A. girando lentamente.
—Sesión iniciada —anunció una voz sintética, la voz del Puente—. Revisión de casos críticos.
Todos los auditores se enderezaron, Willy bajó las piernas de la mesa, aunque mantuvo su postura relajada.
Los casos pasaron rápido. Un guardia de perímetro sobornado (asignado a eliminación). Un científico del Sector 7 que intentaba vender muestras (asignado a reeducación). Rutina, aburrido.
Entonces, apareció la foto de Vegetta y al lado, la de Luzu.
—Caso: RT-45862 / Incidente "AC-14844346911" —leyó la voz—. Implicados: Ingeniero Jefe ST-07.CUR.4.6528 y Dr. LAB-07.CUR.4.5474
Willy se inclinó hacia adelante, entrelazando los dedos, conocía bien esa segunda identificación y sabía que era el caso que le interesaba.
—Informe del Supervisor Maximus: —continuó la voz—. El Ingeniero De Luque muestra signos de fatiga por combate y posible compromiso emocional con la Anomalía P-58 (Clasificación Ámbar Crítico). El Dr. Borja muestra ambición desmedida que pone en riesgo la seguridad operativa. Se sospecha conspiración pasiva.
Un murmullo recorrió la mesa. Conspiración pasiva entre dos Niveles 4 era grave. Normalmente, significaba una ejecución limpia.
—Dictamen del Almirantazgo: —La voz hizo una pausa dramática—. El Ingeniero De Luque es un activo de alto valor. Su diseño de las celdas de contención del Sector 7 ha ahorrado billones en reparaciones. No es prescindible. El Dr. Borja posee un implante experimental único que proporciona datos valiosos.
Willy sonrió bajo su máscara. Son valiosos, eso significa que no los van a matar hoy.
—Orden: Investigación de Nivel Profundo. Objetivo: Confirmar la extensión de la contaminación anómala. Si es reversible, proceder al Reacondicionamiento Psicológico (Protocolo M.O.S.M.A. Selectivo). Si es irreversible... neutralización del activo anómalo (P-58) y borrado de los agentes.
Willy levantó la mano antes de que nadie más pudiera moverse.
—Solicito la asignación del caso —dijo Willy, su voz clara y cortante.
El silencio cayó sobre la mesa. Varios auditores giraron sus máscaras hacia él.
—El Hermano Corazón se ofrece voluntario muy rápido —susurró una máscara con forma de calavera al otro lado—. ¿No es curioso? Siempre que el nombre "Borja" aparece en los registros, Corazón está ahí.
—Es diligencia —respondió Willy, girando la cabeza hacia la calavera, sus ojos rojos brillaron—. Conozco el perfil psicológico de los objetivos. Fui... compañero de ambos, sé dónde presionar.
—O dónde proteger —murmuró otro.
La voz del Puente intervino, cortando el chisme.
—Solicitud evaluada. El Auditor Corazón tiene la experiencia requerida. Sin embargo, el protocolo dicta imparcialidad en casos de Nivel 4. Dada la... familiaridad histórica del agente Corazón con los sujetos, se deniega la operación en solitario.
Willy apretó los dientes. —Puedo manejarlo solo, mi lealtad es absoluta.
—Se asignará un compañero para garantizar la objetividad y la ejecución de la sentencia si fuera necesaria.
La pantalla parpadeó y mostró un símbolo: Un búho.
Willy giró la cabeza bruscamente hacia su derecha.
Fargan (Hermano Búho) dejó de dibujar bombas, levantó entonces la vista y, aunque llevaba máscara, Willy pudo sentir su sonrisa caótica.
—Auditor Búho, —ordenó el Puente—. Usted acompañará al Auditor Corazón. Su misión es observar la investigación y, si Corazón vacila en aplicar el castigo necesario... usted eliminará a los objetivos y a Corazón.
Willy sintió un frío recorrer su espalda. Fargan era impredecible, era un agente de campo veterano, experto en explosivos y rastreo, si alguien podía descubrir el juego de Willy, era él.
Búho se puso de pie, haciendo un saludo militar exagerado y burlón a la pantalla.
—Entendido, Jefe Supremo. Vigilaré que Corazón no se ponga sentimental, vaya me encantan las investigaciones de campo ¿Podemos usar explosivos?
—Solo si es necesario aplicar un castigo. Sesión finalizada.
La pantalla se apagó y las luces rojas se atenuaron.
Los auditores comenzaron a salir. Willy se quedó sentado un momento, procesando la jugada, tenía el caso, sí. Pero ahora tenía una niñera pegada a la espalda.
Búho se inclinó sobre él, apoyando una mano en el hombro de Willy.
—Bueno, compi —dijo Búho, riendo—. Parece que vamos a pasar algo de tiempo juntos. Espero que te guste la pizza, porque vamos a pedir mucha durante las vigilancias.
Willy se quitó la mano de Búho de encima con brusquedad y se levantó.
—No me estorbes, Búho. Y no intentes jugar conmigo, este es mi caso, tú solo estás aquí para mirar.
—Mirar es mi especialidad —respondió Fargan, tocándose la máscara—. Veo todo, incluso lo que intentas esconder debajo de esa fachada de "chico malo".
Willy lo fulminó con la mirada (o con los visores rojos) y salió de la sala a paso rápido, su capa negra ondeando.
Fargan se quedó atrás un segundo, mirando el dibujo del huevo terrorista, lo dobló con cuidado y se lo guardó en el bolsillo.
—Esto se va a poner divertido —murmuró para sí mismo, pensando en lo mucho que Alexby se reiría cuando le contara (omitiendo los detalles clasificados, claro) que le había tocado hacer de niñera de un psicópata.
La caza había comenzado y en el centro de la mira, Vegetta y Luzu no tenían idea de que los lobos ya estaban en la puerta.
. . .
Los cuartos residenciales del Nivel 3 (Personal Técnico y de Apoyo) no tenían nada que ver con la elegancia minimalista y fría de las habitaciones del Nivel 4. Aquí, el aire estaba cargado de humanidad. Olía a calcetines usados, a placas base sobrecalentadas, a ramen instantáneo y a esa fragancia indescriptible que tienen los lugares donde la gente vive apretada pero unida.
La habitación que compartían Pac y Mike era, en términos de ingeniería, un desastre estructural, pero en términos de hogar, era un palacio.
Habían hackeado el sistema de iluminación estándar para que las luces LED emitieran un suave tono neón rosado y verde, en lugar del blanco clínico obligatorio. Las paredes estaban cubiertas de pósters de películas de ciencia ficción de la superficie (contrabandeados, sin duda), esquemas de robots a medio terminar y una bandera de Brasil colgada con orgullo sobre la litera superior.
Vegetta estaba sentado en un puf de color naranja chillón que parecía estar relleno de poliestireno. Tenía un mando de consola retro en las manos, conectado a una pantalla que quien sabe de donde la habían tomado.
—¡Defenda, cara! ¡Usa el bloqueo bajo! —gritaba Mike, saltando sobre la cama mientras masticaba un trozo de pizza recalentada.
En la pantalla, el personaje de Vegetta estaba recibiendo una paliza por parte del personaje de Pac.
—¡Los controles tienen latencia! —se quejó Vegetta, machacando los botones con una frustración que iba más allá del juego. Sus dedos, normalmente tan precisos y delicados al calibrar láseres de contención, se sentían torpes—. ¡Esto es trampa! ¡Modificaste el código!
Pac soltó una carcajada maliciosa, sin dejar de masticar su chicle.
—Es skill, jefe, pura habilidad. No culpes al hardware de tu falta de ginga. —Pac hizo un movimiento rápido con el joystick y su personaje ejecutó un combo final que llenó la pantalla de luces estroboscópicas.
K.O.
Vegetta soltó el mando sobre sus rodillas y se pasó las manos por la cara, soltando un suspiro largo y teatral.
Mike se dejó caer del borde de la cama y aterrizó al lado de Vegetta, ofreciéndole otra lata de guaraná.
— ¿Qué te parece? Te ves mejor, hace una hora parecías un zombi de la Morgue del Sector 1.
Vegetta tomó la lata fría. Mike tenía razón, el ruido, las luces baratas, la charla intrascendente en una mezcla caótica de idiomas... todo actuaba como un bálsamo para su mente sobrecargada. Por un rato, no había dioses acuáticos, no había gatos negros, no había familias en peligro. Solo había combos y pizza.
—Gracias —murmuró Vegetta, abriendo la lata—. Necesitaba... desconectar. El Nivel 4 es muy silencioso a veces.
—Demasiado silencioso —concordó Pac, dejando el mando y estirándose hasta que su espalda crujió—. Por eso nunca aceptamos los ascensos, nos ofrecieron ir a Diseño Avanzado en el Nivel 4 el año pasado, ¿recuerdas, Mike?
—Ugh, sí. —Mike hizo una mueca de asco—. Trajes almidonados, prohibido escuchar música mientras sueldas... No, obrigado. Prefiero quedarme aquí abajo con la plebe, arreglando las cafeteras y los drones de limpieza.
Vegetta sonrió de lado, envidiaba esa libertad, ellos habían elegido la comodidad sobre la ambición. Él había elegido el sacrificio y ahora, el precio de ese sacrificio le estaba pasando factura.
—No es tan malo —mintió Vegetta suavemente—. La vista desde mi oficina es impresionante, se ven los generadores de fusión.
—Sí, claro, y también se ven pasar a los Auditores —dijo Pac, y el tono de la habitación cambió instantáneamente, la palabra "Auditor" cayó como una piedra en un estanque tranquilo.
Vegetta se tensó. —¿Qué quieres decir?
Pac bajó la voz, mirando hacia la puerta cerrada como si esperara que alguien entrara atravesándola.
—Hay rumores, jefe, en los conductos de ventilación se oye todo. Los de Mantenimiento dicen que han visto movimiento en el Ala Fantasma. Gente con máscaras nuevas, gente que hace preguntas sobre... lealtades.
Mike dejó de sonreír y abrazó una almohada contra su pecho como si contara una historia de terror, lo cual en cierto modo, no estaba muy lejos de la realidad.
—El otro día... —empezó Mike, dudando—. El otro día, Fred, el chico de Logística que nos traía los componentes de contrabando... desapareció.
El corazón de Vegetta dio un vuelco. —¿Desapareció? ¿Fue transferido?
—Eso dice el registro —susurró Mike, sus ojos grandes llenos de miedo—. "Transferido a la Sucursal Antártica" Pero Fred odiaba el frío y dejó su colección de cómics en su casillero. Él nunca dejaría sus cómics, Veg, Eran ediciones limitadas.
Pac asintió. —Vinieron por la noche, los Auditores. Dijeron que había "discrepancias en su inventario". Y puf Fred ya no existe. Nadie habla de él, es como si nunca hubiera estado aquí.
Vegetta sintió un escalofrío recorrer su espalda, más frío que el metal de la celdas que diseña. A.R.C.A. no despedía, A.R.C.A. borraba.
—¿Por qué me cuentan esto? —preguntó Vegetta, intentando mantener la voz firme.
Pac lo miró fijamente, con una seriedad inusual en su rostro joven.
—Porque tú eres importante, Vegetta. Eres un pez gordo pero incluso los peces gordos terminan en la red si nadan contra la corriente. —Pac se inclinó hacia adelante—. Sabemos que algo pasa con el bicho del tanque, los chismes corren y no somos tontos, también sabemos que Maxo te tiene en la mira. Solo... ten cuidado, ¿sí? No queremos que tu oficina quede vacía un día, no queremos tener que repartirnos tus cosas. Aunque Mike ya le echó el ojo a tu silla ergonómica.
—¡Eh! ¡Era un secreto! —protestó Mike, rompiendo la tensión con una risita nerviosa.
Vegetta miró a sus dos amigos, eran tan jóvenes, tan brillantes, y vivían bajo la misma sombra de terror que él, solo que ellos habían aprendido a bailar bajo ella, mientras él intentaba sostener el techo para que no colapsara.
—No voy a ir a ninguna parte —prometió Vegetta, aunque en su interior, la promesa sonaba hueca. Recordó la oferta de Foolish “Puedo sacarnos a los dos.” —Y mi silla se queda donde está.
—Más te vale —dijo Pac, volviendo a tomar el mando—. Venga, otra ronda. Esta vez te dejaré usar a Chun-Li.
Vegetta volvió a tomar el mando. Intentó concentrarse en los píxeles, en los colores, en la risa de Mike, pero en el fondo de su mente, la imagen de Fred, el chico de los cómics que desapareció en la noche, se mezclaba con la imagen de sus propios hijos.
Si el Auditor venía por él... no dejaría cómics atrás, dejaría vidas rotas.
Vegetta atacó con furia en el videojuego, ganando la ronda en tiempo récord, canalizando todo su miedo en los botones de plástico, mientras Pac silbaba impresionado.
—Caraca, el jefe se despertó.
Pero Vegetta no estaba despierto, estaba teniendo una pesadilla con los ojos abiertos.
La mañana siguiente llegó demasiado pronto.
Vegetta caminó hacia el Sector 7 con su café en la mano, sintiéndose como un impostor en su propia piel.
Cada persona con la que se cruzaba le parecía sospechosa ¿Ese guardia de seguridad que le asintió? ¿Estaba reportando su hora de llegada? ¿Esa secretaria que cuchicheaba con otra? ¿Estaban hablando de él?
La paranoia era un veneno lento, Maximus se lo había inyectado con una sola frase, y ahora corría por sus venas, convirtiendo cada sombra en un espía.
Llegó a su oficina, su santuario.
Se acercó a su escritorio, listo para sumergirse en los planos de los sistemas de drenaje del Nivel 2. Necesitaba rutina, necesitaba problemas que pudieran resolverse con matemáticas y no con sentimientos.
Pero su terminal no mostraba los planos.
La pantalla holográfica, que normalmente flotaba en un azul sereno, estaba teñida de un rojo profundo. Con un solo icono, el emblema del corazón rojo y blanco (el símbolo de El Auditor), giraba lentamente en el centro.
Vegetta sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Dejó el café sobre la mesa con una mano temblorosa, manchando la superficie inmaculada, pero no le importó.
Extendió el dedo y tocó el icono.
El mensaje se desplegó con una animación suave y letal.
A: Ingeniero Jefe Samuel De Luque (ID: ST-07.CUR.4.6528) DE: El Auditor (División de Integridad Operativa) ASUNTO: NOTIFICACIÓN DE AUDITORÍA INTERNA - CASO RT-45862
Estimado Ingeniero De Luque,
Se le notifica por la presente que, debido a una serie de irregularidades estadísticas y operativas registradas en el Sector de Contención Húmeda bajo su supervisión directa, se ha abierto un expediente de investigación formal.
El objetivo de esta auditoría es evaluar la eficacia de los protocolos de contención actuales, la integridad estructural de la instalación y la idoneidad psicológica del personal clave asignado a la Anomalía P-58.
No se requiere ninguna acción inmediata por su parte. Continúe con sus labores habituales.
Se le informará oportunamente sobre la programación de las entrevistas presenciales y las evaluaciones psicométricas obligatorias. Se espera su completa y transparente colaboración durante este proceso.
Recuerde: La lealtad es la estructura más fuerte.
Atentamente, El Auditor.
Vegetta leyó el mensaje tres veces.
Cada palabra era un clavo en su ataúd, no había fechas, no había acusaciones directas. Solo la promesa vaga y terrorífica de que estaban mirando "Continúe con sus labores habituales". Era una trampa, querían ver si cambiaba su rutina, querían ver si corría, querían ver si intentaba contactar a la anomalía para advertirle.
—Mierda —susurró Vegetta, dejándose caer en su silla.
Se cubrió la boca con la mano, las lágrimas picaban en sus ojos pero se negó a dejarlas salir.
"Idoneidad psicológica". Sabían lo de las visitas, sabían lo de las charlas personales, lo saben todo.
¿Y si saben que me ofreció escapar?
El pensamiento lo golpeó con la fuerza de un tren. Si Asuntos Internos estaba excavando en su psique, encontrarían la grieta fundamental de su existencia, encontrarían su contrato original. Y si decidían que Vegetta ya no era "idóneo", anularían el trato de protección a su familia.
Vegetta miró hacia la pared que separaba su oficina del pasillo principal, más allá del cual estaba el ascensor que llevaba a la celda de Foolish.
Sentía el tirón, casi podía oír la voz de Foolish llamándolo. Ven, yo te protejo, abre esta puerta y vámonos.
Era tan tentador, tan increíblemente tentador bajar ahora mismo, sobrecargar los sistemas, dejar que el dios tiburón despedazara a los Auditores y huir.
Pero entonces recordó a Fred. Y recordó a Roier y Leonarda. Si corría y fallaba, no habría segunda oportunidad, la única salida era a través del fuego, tenía que pasar la auditoría. Tenía que mentir mejor que nunca, tenía que convencer al Auditor de que Foolish no era nada más que un pez grande y peligroso, y que él era el carcelero perfecto.
Vegetta respiró hondo, forzando el aire a entrar en sus pulmones constreñidos.
—Trabajo habitual —se dijo a sí mismo.
Con dedos que se sentían ajenos, cerró la notificación. La pantalla volvió al azul, abrió los planos del drenaje, las líneas y los números no tenían sentido en su mente atormentada, pero los miró fijamente hasta que le dolieron los ojos.
La caza había comenzado, y él era la presa que tenía que fingir ser un cazador.
. . .
El mediodía llegó con una pesadez de plomo, Vegetta salió de su oficina con la intención de ir a la cafetería, no porque tuviera hambre, sino porque quedarse solo con sus pensamientos se había vuelto insoportable.
El pasillo del Nivel 4 estaba extrañamente vacío, lo cual solo aumentaba su paranoia.
—¿Veg?
Vegetta casi saltó de su piel. Se giró bruscamente, con la mano yendo instintivamente a su cinturón donde debería haber un arma (si tan solo los ingenieros llevaran armas).
Luzu estaba allí, apoyado casualmente contra el marco de una puerta de laboratorio. Llevaba su bata impecable, pero había algo diferente en él hoy, ya no tenía esa vibración nerviosa y frenética del día anterior. Estaba tranquilo, demasiado tranquilo, sus ojos tenían un brillo agudo, casi metálico.
—Luzu —exhaló Vegetta, relajando los hombros—. No te oí llegar.
—Estás distraído, es comprensible —dijo Luzu, separándose de la pared y caminando hacia él, sus pasos eran silenciosos, medidos.
Luzu se detuvo frente a Vegetta y lo miró con una intensidad que hizo que Vegetta quisiera retroceder.
—Te llegó, ¿verdad? —preguntó Luzu en voz baja.
Vegetta no necesitó preguntar a qué se refería, Luzu también estaba involucrado.
—La notificación roja —confirmó Vegetta, mirando a los lados para asegurarse de que nadie escuchaba—. Una investigación formal, van a venir por nosotros Luzu, van a interrogarnos.
Luzu asintió lentamente, sin mostrar miedo. Al contrario, parecía... reivindicado.
—Te lo advertí, Veg. Te dije que necesitábamos resultados tangibles para justificar el tiempo invertido. El Almirantazgo no entiende de nuestra visión, entiende de datos y ahora van a venir a buscar esos datos.
Vegetta sintió un destello de ira. —¿Eso es lo único que te importa? ¿Tener razón? Podríamos perder nuestros puestos, podríamos ser... borrados.
Luzu sonrió, una sonrisa pequeña y fría que no llegó a sus ojos.
—No nos van a borrar, Vegetta. Eres demasiado valioso, y yo... bueno, yo tengo mis propios seguros de vida.
Luzu dio un paso más cerca, bajando la voz hasta convertirla en un hilo de seda.
—Escúchame bien, sé cómo funcionan estas auditorías, no es la primera vez que mi nombre se menciona negativamente en los informes. Sé lo que buscan, no buscan la verdad, Veg, buscan control. Quieren asegurarse de que sigues siendo el dueño de la situación y sobre todo, que tu eterna lealtad le pertenece a A.R.C.A. a pesar de todo.
Luzu puso una mano sobre el hombro de Vegetta, el contacto se sintió pesado, posesivo.
—Cuando te interroguen, no niegues el vínculo, eso sería sospechoso. Tienen las grabaciones, saben que pasas tiempo ahí, si lo niegas, parecerá que ocultas algo.
Vegetta lo miró confundido. —¿Entonces qué hago? ¿Les digo que me ofreció una salida?
—No, idiota —Luzu apretó su hombro—. Les dices que es una técnica, que estás estableciendo una relación de confianza para manipular a la entidad, que estás jugando con su mente para mantenerlo dócil. Que todo, absolutamente todo, es parte de un protocolo de contención psicológica avanzado diseñado por ti y por mí.
Vegetta parpadeó, era una mentira brillante. Convertía su debilidad (el afecto) en una fortaleza profesional (manipulación táctica).
—¿Creerán eso? —preguntó Vegetta, dudoso.
—Lo creerán si tú te lo crees —dijo Luzu con firmeza, el led de su sien parpadeó en azul—. Tienes que convencerte de que 58 es solo un sujeto de prueba, una herramienta. Si muestras duda, si muestras… otros sentimientos... el Auditor te comerá vivo.
Luzu se acercó aún más, casi susurrando en su oído, emulando sin saberlo (o quizás sabiéndolo muy bien) la táctica que Willy había usado con él.
—Tienes que ser frío, Vegetta. Tienes que ser el ingeniero que ellos contrataron, olvida su cercanía, olvida las promesas. Si quieres salvarte a ti mismo... y a lo que sea que tengas fuera de aquí... tienes que tratar a Foolish como lo que es: un monstruo en una caja.
Vegetta sintió un nudo en el estómago, la lógica de Luzu era impecable. Era la única forma de sobrevivir pero implicaba traicionar a Foolish de una manera fundamental, implicaba mirarlo a los ojos y fingir que no había nada allí.
—¿Y tú? —preguntó Vegetta—. ¿Qué vas a decir tú?
Luzu se encogió de hombros, con una tranquilidad antinatural.
—Yo diré lo que es la verdad para mi. Que estamos a punto de lograr un avance en la comprensión de la neurobiología de las deidades. Que tu "técnica" está funcionando y que interrumpirla sería un desperdicio de recursos. Yo te cubriré la espalda, Veg, siempre lo hago.
Era mentira y era verdad. Luzu lo cubriría, sí, pero solo para mantener el experimento vivo. Para mantener su acceso a los datos, y para mantener a Willy satisfecho. Luzu estaba jugando a tres bandas, y Vegetta era su pieza clave.
—Está bien —susurró Vegetta, sintiéndose sucio—. Lo haré, diré que es una técnica.
Luzu sonrió, esta vez con más amplitud. Le dio dos palmaditas en el hombro, como quien felicita a un perro obediente.
—Bien hecho, sabía que eras listo. Ahora, ve a comer algo, necesitas fuerzas, la primera entrevista podría ser en cualquier momento.
Luzu se alejó por el pasillo, caminando con una ligereza renovada. Se sentía poderoso, había manejado la crisis. Había redirigido la narrativa, Willy estaría impresionado. Y Fargan... bueno, Fargan tendría que esforzarse más si quería encontrar algo incriminatorio ahora que Luzu había reescrito el guión.
Vegetta se quedó solo de nuevo, miró hacia el ascensor.
"Un monstruo en una caja", había dicho Luzu.
Vegetta cerró los ojos y vio la sonrisa dorada de Foolish, vio la estatuilla tosca, vio la promesa de libertad.
—Perdóname, 58 —susurró al aire vacío—. Pero voy a tener que romperte el corazón para que no nos maten a los dos.
Vegetta se ajustó la corbata, endureció su expresión hasta convertirla en una máscara de piedra, y caminó hacia la cafetería. El Ingeniero de Luque había vuelto, el hombre enamorado tendría que esconderse muy, muy profundo, donde ni siquiera el Auditor pudiera encontrarlo.
Chapter 6: Decepción por Decepción
Notes:
hoy toca capitulo doble 🗣️
Chapter Text
T-menos 8 horas para la Notificación Roja
Ubicación: Cuartos Privados del Personal de Nivel 4 (Habitación del Dr. Borja). Hora: 02:15 AM.
El silencio en la habitación de Luzu no era paz; era una tregua armada.
El Dr. Borja yacía en su cama, con las sábanas revueltas hasta la cintura, mirando el techo oscuro. Su respiración era superficial, intentaba dormir pero su cerebro y el intruso cibernético alojado en él se negaban a apagarse.
—Actividad neuronal elevada —zumbó Arin en su lóbulo temporal, su voz ahora mismo sonando como un mosquito eléctrico—. Sugerencia: Ingesta de melatonina sintética o meditación guiada.
—No quiero meditar, Arin —pensó Luzu, cerrando los ojos con fuerza—. Quiero que te calles, quiero que dejes de analizar el encuentro en el armario de escobas.
—Análisis pertinente. El sujeto "Willy" representa una anomalía estadística. Su comportamiento oscila entre la amenaza letal y el cortejo biológico. Datos insuficientes para predecir su próximo movimiento.
—No es cortejo, estúpida máquina. Es poder, él se alimenta de eso.
Luzu se giró hacia el lado izquierdo, enterrando la cara en la almohada, tratando de borrar la sensación del aliento de Willy en su oreja. El diablo paga bien. La tarjeta negra seguía en el bolsillo de su bata, colgada en la silla al otro lado del cuarto; se sentía radiactiva, incluso desde allí.
El sueño, finalmente, comenzó a arrastrarse por los bordes de su conciencia. Un sueño pesado, sin sueños, inducido por el agotamiento puro.
Fue entonces cuando lo oyó.
Sshhh.
El sonido fue casi imperceptible, no fue un golpe, fue el susurro hidráulico de la puerta de su habitación deslizándose.
Los ojos de Luzu se abrieron de golpe en la oscuridad, el corazón le dio un vuelco violento contra las costillas.
—Alerta de intrusión —confirmó Arin al instante, pasando de modo pasivo a activo—. Sensores de proximidad activados. Identidad del intruso: Desconocida. Sistemas de seguridad del Nivel 4: Comprometidos.
Luzu se tensó, listo para saltar de la cama y correr hacia el botón de pánico en la pared, pero Arin calculó las probabilidades en un milisegundo.
—Advertencia: El intruso ya está dentro del perímetro. Movimiento brusco resultará en confrontación física. Probabilidad de éxito en combate cuerpo a cuerpo: 12%. Recomendación: Fingir estado REM (sueño profundo) y evaluar amenaza.
Luzu obedeció a la lógica fría de la máquina. Cerró los ojos, relajó forzosamente los músculos de su espalda y reguló su respiración para que fuera lenta y rítmica. Pero debajo de las sábanas, sus manos se cerraron en puños apretados.
Oyó pasos.
Eran pasos silenciosos, amortiguados por suelas tácticas de alta calidad. Se acercaban a la cama. Uno, Dos, Tres, se detuvieron justo a su lado.
Luzu podía sentir la presencia, una sombra densa que desplazaba el aire frío de la habitación.
Sintió el colchón hundirse ligeramente, el intruso se había sentado en el borde.
Luzu contuvo el aliento, esperando el frío del metal de un arma o la aguja de una jeringa.
En su lugar, sintió algo caliente.
Una mano, una mano grande y enguantada se posó sobre su brazo desnudo, expuesto sobre las sábanas. Los dedos de cuero trazaron una línea suave, casi cariñosa, desde su codo hasta su hombro.
—Sé que estás despierto, Luzu —susurró una voz en la oscuridad, una voz teñida de diversión y control.
Luzu abrió los ojos, la ira superando al miedo en un instante.
—¡Willy! —exclamó, intentando incorporarse de golpe—. ¿Qué mierda haces en mi...?
No pudo terminar la frase.
La reacción de Willy fue sobrenaturalmente rápida, antes de que Luzu pudiera levantar el torso, Willy se movió como una serpiente. Se subió encima de él, a horcajadas sobre sus caderas, usando su propio peso para clavar a Luzu contra el colchón.
Sus manos atraparon las muñecas de Luzu y las inmovilizaron contra la almohada, una a cada lado de su cabeza.
—Shhh —siseó Willy, inclinándose hasta que sus narices casi se tocaron, sus ojos brillaban en la penumbra, sin la máscara, pero con la misma maldad—. No hagas un escándalo, cachorrito. No debería estar aquí, si activas la alarma, tendré que explicar por qué estoy en la cama de un subordinado a las dos de la mañana y tú tendrás que explicar por qué me dejaste entrar.
Luzu jadeó, luchando inútilmente bajo el peso del Auditor. Willy era sólido, puro músculo y entrenamiento militar bajo ese traje negro.
—¡Sal de encima! —gruñó Luzu, retorciéndose—. ¡Esto es allanamiento! ¡Estás loco!
—Análisis: —intervino Arin, su voz superponiéndose al pánico de Luzu—. El sujeto no ha desenfundado armas. La restricción física es dominante pero no letal. Sugerencia: Escuchar. La negociación es la única ruta viable.
Luzu dejó de luchar por un segundo, mirando con odio a los ojos de su antiguo amigo.
—¿Qué quieres? —escupió Luzu—. ¿No te bastó con acosarme en el armario?
Willy sonrió, una sonrisa lenta que mostraba los dientes en la oscuridad.
—El armario fue un aperitivo, esto es el plato fuerte. —Willy aflojó ligeramente el agarre en las muñecas, pero no se movió de encima de sus caderas—. Tengo prisa, Luzu. Y tú tienes un problema.
—Tú eres mi problema.
—No, tu problema empieza mañana a primera hora. —El tono de Willy cambió, volviéndose serio, casi gélido—. La investigación formal se ha aprobado, el Almirantazgo quiere sangre y me han asignado el caso... pero no vengo solo. Me han puesto una niñera, un psicópata con máscara de búho que está deseando encontrar una excusa para volarte la tapa de los sesos, a ti y a tu ingeniero.
Luzu sintió un frío en el estómago. Una investigación formal. Eso significaba interrogatorios, la posibilidad real de ser "reasignado" (ejecutado).
—Esta vez me costará más protegerte —continuó Willy, bajando la voz hasta un susurro ronco—. El hermano búho es listo. Si ve una grieta, disparará, así que... esta es tu última oportunidad, Lusu. Si quieres mi ayuda, si quieres que desvíe la mirada, tienes que aceptar ahora.
Luzu cerró los ojos, negando con la cabeza.
—No... no voy a traicionar a nadie, no voy a ser tu espía. Vete al diablo, Willy.
Willy soltó un suspiro, una mezcla de frustración y... ¿deseo?
—Eres tan terco, tan estúpidamente leal a un barco que se hunde. —Willy bajó la cabeza.
Luzu esperó un golpe, un cabezazo, algo violento.
Pero Willy hundió su rostro en el cuello de Luzu.
El contacto fue eléctrico, la nariz fría de Willy rozó la piel sensible bajo la mandíbula de Luzu, aspirando su aroma. Luzu soltó un suspiro entrecortado, involuntario, traicionado por su propia biología.
—Alerta fisiológica: —zumbó Arin, confundido—. Ritmo cardíaco acelerado. Dilatación de pupilas. Niveles de dopamina y oxitocina en aumento. Incongruencia con la situación de amenaza. ¿Error de sistema?
Willy soltó una de las muñecas de Luzu, pero Luzu no la usó para golpearlo, en cambio su brazo cayó inerte sobre las sábanas, pesado por la parálisis del momento.
La mano libre de Willy bajó desde la almohada, trazó el contorno del cuello de Luzu, bajó por la clavícula expuesta por la camiseta de dormir, y se deslizó por su pecho, deteniéndose justo sobre su corazón, que latía como un tambor frenético.
—Solo quiero ser un buen amigo, Luzu —susurró Willy contra su piel, sus labios rozando su piel suavemente. Su voz era seda y veneno—. Por una vez, quiero salvarte. Pero no puedo ayudarte si tú no te dejas ayudar.
La mano de Willy apretó suavemente su pecho, un gesto posesivo, íntimo.
—Déjame cuidarte —murmuró Willy—. Como antes ¿Recuerdas? Cuando no eras un científico amargado y yo no era un monstruo. Déjame encargarme de esto, solo tienes que decir que sí.
Luzu estaba temblando, no de miedo, sino de una mezcla abrumadora de sensaciones. Arin estaba gritando advertencias lógicas, pero el cuerpo de Luzu respondía al tacto de Willy. Hacía tanto tiempo que nadie lo tocaba, hacía tanto tiempo que se sentía solo en esa torre de marfil y Willy... Willy era el único que lo conocía de verdad.
Luzu echó la cabeza hacia atrás, exponiendo más su cuello, rindiéndose a la gravedad de la situación.
—Willy... —gimió Luzu, odiándose a sí mismo.
—Dilo —ordenó Willy suavemente, mordisqueando la piel sensible de su garganta—. Di que aceptas mi protección, di que harás lo que yo diga.
—Sí... —El susurro salió de los labios de Luzu como una confesión de pecado—. Sí, lo haré.
En el momento exacto en que la palabra salió de su boca, el movimiento cesó.
Willy se detuvo.
Levantó la cabeza, su expresión ya no era seductora, era triunfante y había una chispa de diversión cruel en sus ojos.
—Bien —dijo Willy.
Se apartó de Luzu como si quemara, se levantó de la cama con una agilidad felina, alisándose el traje táctico negro, borrando cualquier rastro de la intimidad sofocante que acababa de ocurrir.
Luzu se quedó allí, tendido en la cama, con el pecho agitado y la piel ardiendo donde Willy lo había tocado. Se sentía confundido y expuesto.
—Sabía que recapacitarías —dijo Willy, mirándolo desde arriba, ajustándose los guantes—. Admitir que no puedes manejar esto solo es el primer paso. Felicidades, Doctor, acabas de sobrevivir.
Willy caminó hacia la puerta, volviendo a ser el Auditor frío y eficiente.
—Mañana por la mañana recibirás una notificación roja. No entres en pánico, solo mantén la calma y haz exactamente lo que te indique en los interrogatorios. Si sigues mi guion, el búho no sospechará nada y tú saldrás limpio.
Se detuvo con la mano en el panel de la puerta y miró hacia atrás.
—Ah, y la tarjeta negra que te di. —Señaló con la barbilla hacia la silla donde estaba la bata—. No es solo una tarjeta de presentación, es una llave maestra de Nivel 5 con un solo uso. Guárdala cerca, si las cosas se ponen feas de verdad... esa será tu única salida de emergencia.
Luzu se sentó en la cama, abrazándose a sí mismo, tratando de dejar de temblar.
—¿Y el favor? —preguntó Luzu, con voz ronca—. ¿Qué vas a cobrarte a cambio?
Willy sonrió, una sonrisa genuina, casi encantadora si no fuera por el contexto.
—Oh, no te preocupes por eso ahora, cariño. Disfruta de la anticipación, te lo cobraré cuando menos te lo esperes y créeme... será algo que ambos disfrutaremos.
La puerta se abrió y se cerró, Willy desapareció en el pasillo como si nunca hubiera existido.
Luzu se dejó caer hacia atrás en las almohadas, cubriéndose la cara con las manos.
—Informe de estado: —zumbó Arin, rompiendo el silencio—. Niveles de cortisol disminuyendo. Confusión emocional detectada. Se ha establecido un contrato verbal vinculante con el Auditor. Probabilidad de supervivencia aumentada al 78%. Estrategia exitosa.
—Cállate, Arin —gimió Luzu contra sus palmas—. Dios mío... ¿qué acabo de hacer?
Se tocó el cuello, allí donde los labios de Willy habían estado hace segundos, todavía podía sentir el fantasma de su toque. Había vendido su alma, y tal vez la de Vegetta, por seguridad... y por un momento de debilidad vergonzosa.
Pero ahora tenía un plan, tenía una llave, y tenía al Diablo de su lado.
Luzu se levantó, caminó hacia la silla y sacó la tarjeta negra, la miró detenidamente por primera vez, pesaba más de lo que debería.
—Mañana —susurró Luzu, apretando la tarjeta hasta que los bordes se le clavaron en la piel—. Mañana empieza la función y yo voy a ser el mejor actor de este maldito teatro.
. . .
Momento presente.
La estrategia de Luzu resonaba en la mente de Vegetta como un disco rayado mientras el ascensor descendía hacia el Nivel de Contención Húmeda.
"Es una técnica, es control, es manipulación."
Vegetta ensayó la expresión facial en el reflejo de las puertas metálicas, frío, distante, analítico. Tenía que convencer al Auditor, pero primero, tenía que convencerse a sí mismo. Iba a bajar allí, iba a mirar a la Anomalía a los ojos y le iba a explicar las nuevas reglas del juego, sin sentimentalismos.
Las puertas se abrieron con el siseo habitual.
Vegetta dio un paso hacia el pasillo y se detuvo en seco.
Algo estaba mal. El sonido ambiente era incorrecto, faltaba el zumbido grave de los filtros de agua de alta capacidad, faltaba el ruido de la presencia de Foolish, esa vibración eléctrica que siempre erizaba los vellos de la nuca de Vegetta.
Caminó rápido hacia la ventana de observación.
El tanque de la Celda P-58 estaba vacío.
No solo vacío de la criatura, vacío de agua. Las luces del cenote iluminaban rocas aun húmedas, arena lisa y el cristal recién lavado.
El pánico golpeó a Vegetta en el pecho como un martillo.
—¿Dónde está? —susurró, pegando las manos al cristal frío.
Recordó el informe de daños, los cañones sónicos del ERR. Foolish golpeándose contra las paredes, desorientado, sangrando icor dorado por los oídos y la nariz.
¿Se habían pasado? ¿Lo habían matado? ¿Maximus había ordenado su traslado a Disposición Final (Incineración) mientras Vegetta dormía?
Vegetta corrió hacia la terminal de la celda. Sus dedos temblaban tanto que falló la contraseña dos veces.
"Acceso concedido. Estado del Sujeto: TRASLADO MÉDICO. Ubicación Actual: Ala de Xeno-Biología, Quirófano 3. Motivo: Seguimiento de Trauma auditivo severo y laceraciones dérmicas."
Xeno-Biología, el dominio de los "Curadores" más sádicos. El lugar donde las anomalías dejaban de ser seres y se convertían en especímenes.
Vegetta no pensó, no planeó. Simplemente corrió hacia el ascensor de servicio, golpeando el botón del Nivel 4-B con la fuerza de la desesperación. A la mierda el protocolo de distancia, si tocaban un solo órgano de Foolish, Vegetta quemaría todo el maldito lugar.
El Ala de Xeno-Biología olía diferente al resto de A.R.C.A. No olía a ozono ni a metal. Olía a formaldehído, a antiséptico de limón y a algo metálico y dulce: sangre de mil colores especies diferente.
Vegetta irrumpió en el pasillo principal, sus botas resonando con urgencia. Pasó de largo los laboratorios de botánica anómala y las salas de cultivo de virus, dirigiéndose directamente al Quirófano 3.
A través del cristal blindado, la escena era una pesadilla clínica.
Foolish yacía sobre una mesa de operaciones reforzada, diseñada para soportar toneladas de peso. Estaba en su forma humana, pero parecía enorme e indefenso, atado con correas de sujeción magnética. Un tubo de respiración bajaba por su garganta, su piel dorada estaba pálida, opaca, cubierta de parches de gel curativo azul sobre las heridas causadas por su propio pánico.
Alrededor de él, tres Xeno-Biólogos con trajes de protección completa se movían con eficiencia depredadora.
—La densidad dérmica es fascinante —dijo uno a través del intercomunicador, sosteniendo un bisturí láser cerca del brazo de Foolish—. Si pudiéramos tomar una muestra del tejido muscular profundo mientras está sedado...
—El Almirantazgo no autorizó biopsias invasivas —advirtió otro.
—Pero está inconsciente ¿Quién se va a enterar? Imagina las aplicaciones militares de esta regeneración, solo un pequeño corte en el hígado...
Vegetta sintió que la bilis le subía por la garganta. Golpeó el botón de la puerta estéril para entrar, pero estaba bloqueada.
—¡Abran la maldita puerta! —gritó, golpeando el cristal—. ¡Aléjense de él!
Los biólogos levantaron la vista, sorprendidos, pero no se detuvieron.
Entonces, una sombra se interpuso entre Vegetta y la puerta.
—Ingeniero De Luque —dijo una voz suave, tranquila y extrañamente alegre—. ¡Qué sorpresa tan agradable verte por aquí!
Vegetta retrocedió un paso. Frente a él estaba el Dr. BadBoyHalo, el Jefe de Xeno-Biología del turno diurno.
Bad era una anomalía en sí mismo, aunque una con contrato laboral. Era un humanoide alto, de piel completamente negra como el vacío, y dos ojos blancos brillantes que carecían de pupilas. Llevaba una bata de laboratorio inmaculada sobre un suéter rojo y negro, y una capucha que ocultaba parcialmente pequeños cuernos curvados.
A pesar de su apariencia demoníaca, Bad irradiaba una energía de "vecino amable que hornea galletas".
—Bad —jadeó Vegetta, tratando de recuperar el aliento—. Necesito entrar ahora, esos carniceros están hablando de sacarle el hígado.
Bad ladeó la cabeza. Su sonrisa, que normalmente era permanente, vaciló un poco al ver la angustia en el rostro de Vegetta.
—Oh, Veg... te ves terrible. ¿Has estado durmiendo? Te traje unos muffins el otro día a tu oficina, pero estabas ocupado y no quise molestar.
—Gracias por los muffins, Bad, en serio. Pero mi... el sujeto P-58 está ahí dentro. —Vegetta señaló frenéticamente hacia el quirófano—. Tengo que supervisar el procedimiento, es un activo bajo mi jurisdicción. Si despierta y ve bisturís, destruirá el ala entera.
Bad miró hacia el quirófano y luego volvió a mirar a Vegetta. Sus ojos blancos se entrecerraron ligeramente, la sonrisa amable desapareció, reemplazada por una línea fina y seria.
—Te importa mucho esa... cosa, ¿verdad? —preguntó Bad, su tono seguía siendo suave, pero había perdido la calidez.
Vegetta se detuvo. Sabía, por los chismes de oficina y las miradas largas en la cafetería, que Bad sentía algo por él, algo inocente y devoto, y ahora, Bad estaba viendo cómo Vegetta perdía la cabeza por otra persona (u otra anomalía).
—Es mi responsabilidad, Bad —mintió Vegetta, pero su voz temblaba—. Es importante para el proyecto del Dr. Borja, si vuelve a atacar, es mi culpa.
Bad suspiró, cruzando los brazos sobre su pecho.
—Yo también oigo rumores, Vegetta. Dicen que pasas horas mirándolo, dicen que pasas horas hablando con él. —Bad bajó la mirada, pateando el suelo suavemente con su bota—. Nunca vienes a Xeno-Biología. Nunca vienes a ver mis experimentos, y tengo unos limos de colores muy bonitos que cantan, pero por este tiburón grandulón corres medio sitio.
—Bad, por favor... —suplicó Vegetta—. No es lo que piensas, solo... no dejes que lo lastimen, por favor, eres el único aquí en quien confío. Esos otros... son buitres, tú eres diferente.
Al escuchar eso, los ojos de Bad se iluminaron de nuevo. La palabra "confío" pareció borrar los celos momentáneos.
—¿Confías en mí? —preguntó Bad, esperanzado.
—Con mi vida, y con la suya.
Bad asintió firmemente, se ajustó las gafas de seguridad y se giró hacia el panel de control.
—Está bien, muffinhead. No puedes entrar porque no estás esterilizado y contaminarías el ambiente, sería un desastre. —Bad usó su vocabulario censurado habitual, pero su autoridad era real—. Pero yo entraré, y te prometo que nadie le tocará ni una escama sin mi autorización estricta.
Bad presionó el intercomunicador.
—¡Oigan, cabezas de chorlito! —gritó Bad a los biólogos dentro—. ¡Aléjense del hígado del paciente! El protocolo dice observación y curación, no buffet libre. Si veo un bisturí cerca de sus órganos vitales, los reportaré a Ética y si sobreviven los pondré a limpiar las jaulas de los lodos radioactivos durante un mes ¿Entendido?
Los biólogos dentro del quirófano se apartaron de inmediato, murmurando disculpas, nadie quería hacer enojar a Bad. Cuando se enojaba, incluso las sombras de la habitación se movían a su voluntad.
Bad se giró hacia Vegetta y le guiñó un ojo.
—Listo, está a salvo. Solo van a terminar de cerrar las heridas superficiales y a reponer sus fluidos. —Bad se acercó y, tímidamente, puso una mano en el hombro de Vegetta—. Tranquilo, Veg. Lo cuidaré por ti, aunque sea un pez tonto que causa problemas.
Vegetta soltó el aire, sintiendo que sus rodillas se aflojaban.
—Gracias, Bad. Eres un ángel.
—Soy un demonio, tontito —corrigió Bad con una risita, recuperando su humor—. Pero por ti, puedo ser lo que necesites. Ahora, siéntate ahí, te avisaré cuando lo traslademos.
Vegetta se sentó en el banco de espera, viendo cómo Bad entraba al quirófano y se colocaba como un guardián negro y rojo junto a la forma inconsciente de Foolish.
Bad miró el rostro pacífico y dorado de la otra anomalía en la habitación.
—Tienes suerte, grandullón —susurró Bad—. Tienes al mejor hombre de A.R.C.A. preocupado por ti, espero que lo valgas.
Mientras tanto, por primera vez en el día, Vegetta sintió que no estaba solo en la trinchera, tenía aliados extraños —un par de ingenieros brasileños, un demonio celoso pero leal—, pero aliados a fin de cuentas.
Cuatro horas después. Celda P-58.
Foolish fue devuelto al tanque mediante una grúa de carga, todavía grogui por los sedantes de grado militar.
El agua se llenó lentamente, tibia y limpia.
Vegetta estaba sentado en su silla habitual, al otro lado del cristal. No tenía café, no tenía planos. Solo tenía sus manos entrelazadas y una expresión ensayada de frialdad absoluta.
Dentro del tanque, Foolish empezó a moverse. Primero los dedos, luego los hombros. Abrió los ojos, sus ojos verdes estaban nublados, diluidos, pero en cuanto enfocaron la mancha morada al otro lado del vidrio, se aclararon.
Foolish nadó hacia el cristal, sus movimientos eran lentos, doloridos. Tenía parches médicos en el torso y en los brazos, pero sonrió. Una sonrisa débil, pero genuina.
—Estás aquí —dijo Foolish. Su voz sonó rasposa a través de los altavoces—. Pensé... pensé que te habías ido, soñé que me llevaban lejos.
Se apoyó contra el cristal, buscando la cercanía.
—Me duele la cabeza, Vegetta. Hicieron mucho ruido, pero tú estás aquí, eso hace que el ruido se vaya. —Foolish cerró los ojos, suspirando—. ¿Vienes a regañarme otra vez? Puedes hacerlo. Me gusta tu voz, incluso cuando gritas.
Vegetta sintió que su corazón se rompía en mil pedazos. Quería gritarle que lo sentía, quería decirle que había amenazado a medio departamento médico por él, quería poner la mano en el cristal y consolarlo.
Pero la voz de Luzu hizo presencia en su mente, recordando lo que estaba en juego.
Vegetta endureció su mandíbula. Se puso de pie, mirando a la criatura herida desde arriba.
—No vengo a regañarte, 58 —dijo Vegetta. Su voz salió fría, profesional, desprovista de la calidez que Foolish buscaba—. Vengo a establecer nuevos parámetros operativos.
Foolish abrió los ojos, confundido por el cambio de tono. —¿Parámetros? ¿Vegettita?
—Ingeniero De Luque —corrigió Vegetta tajantemente—. Escúchame bien. Tu comportamiento anterior fue inaceptable. No por el daño a la propiedad, sino porque demostró una falta total de control emocional. Eres un caos, y el caos debe ser neutralizado.
Foolish retrocedió un poco, flotando en el agua, la sonrisa se le borró.
—¿Por qué me hablas así? —preguntó, herido—. Pensaba que ayer habíamos conectado... ¿Aún estás molesto por lo de...
—Ayer fue una recopilación de datos —interrumpió Vegetta, clavándose las uñas en las palmas de las manos para no temblar—. Y los datos sugieren que respondes positivamente al estímulo de mi presencia. Crees que somos amigos, crees que hay una conexión mística.
Vegetta dio un paso hacia el cristal, proyectando una autoridad que no sentía.
—Está bien, usaremos eso. Luzu sugiere que tu cooperación es valiosa. Así que vamos a redefinir los términos de nuestro trato, nada de tus fantasías de compañía.
Foolish lo miraba con los ojos muy abiertos, como un niño al que acaban de abofetear.
—¿El trato? —susurró el dios.
—Sí. —Vegetta tragó el nudo en su garganta—. Vas a colaborar, vas a dejar de actuar como una bestia salvaje o un dios caprichoso. A partir de hoy, vas a ser dócil. Vas a responder a los tests de Luzu sin quejas en mi ausencia, vas a dejar que los médicos te revisen sin amenazar con hervirles la sangre. Antes hablamos de las consecuencias de tus actos pero ahora vas a ser el espécimen perfecto.
—¿Por qué haría eso? —preguntó Foolish, confundido, aunque con un destello de su antigua rebeldía—. Soy un dios, Vegetta, no soy un perro.
—Lo harás porque yo te lo ordeno —dijo Vegetta, mirándolo directamente a los ojos, inyectando todo el "control" falso que pudo en su mirada—. Porque esa es la única forma de que tú sigas con vida.
Vegetta apoyó la mano en el cristal, aunque esta vez no fue un gesto de cariño.
—Luzu tiene una teoría, dice que puedo controlarte, que mi presencia te domestica. —Vegetta hizo una pausa, odiándose a sí mismo—. Si quieres que siga viniendo, 58... tienes que demostrar que él tiene razón. Tienes que ser obediente, tienes que probarle a todos que no eres un peligro, incluso que eres potencialmente útil.
Foolish miró la mano de Vegetta en el cristal, luego miró su rostro.
El dios, con sus miles de años de sabiduría, vio algo. Vio la tensión en la mandíbula de Vegetta, vio el micro-temblor en su párpado, vio el terror absoluto detrás de la máscara de frialdad.
Foolish entendió.
No era rechazo, era protección. Vegetta estaba actuando, estaba tratando de salvarlos de la única forma que sabía, construyendo una jaula de mentiras.
La tristeza en los ojos de Foolish fue infinita, pero asintió lentamente.
—Ya veo —dijo Foolish suavemente—. Quieres que sea... bueno. Quieres que sea tu herramienta.
—Quiero estabilidad —insistió Vegetta—. ¿Puedes dármela?
Foolish nadó hasta el cristal y colocó su mano sobre la de Vegetta, separada por el vidrio. Bajó la cabeza en un gesto de sumisión que ningún dios debería hacer jamás.
—Si eso es lo que necesitas para estar a salvo, Ingeniero... —murmuró Foolish, su voz llena de una devoción dolorosa—. Entonces seré dócil, seré tu mascota, seré lo que tú digas.
—Bien —dijo Vegetta, retirando su mano rápidamente, como si el contacto quemara—. Es probable que pronto venga alguien a intentar hablar contigo. Recuerda esto, obediencia, calma, control.
—Sí, amo —dijo Foolish, usando la palabra con una ironía triste pero aceptando el papel.
Vegetta se dio la vuelta y salió de la celda casi corriendo.
En cuanto las puertas del ascensor se cerraron, el Ingeniero Jefe se derrumbó contra la pared metálica, cubriéndose la boca para ahogar un sollozo.
Al parecer lo había logrado. Había vendido la mentira, Foolish estará a salvo, él estará a salvo.
Pero sentía que acababa de matar algo hermoso con sus propias manos.
Chapter Text
Reporte de Auditoría. Seguimiento de Caso: RT-45862 / Incidente "AC-14844346911"
Las Salas de Interrogatorios en A.R.C.A. no estaban diseñadas para la comodidad sino para la disección del alma.
Las paredes eran de un blanco tan puro que lastimaba la vista. No había esquinas, solo curvas suaves que desorientaban la percepción espacial, la temperatura se mantenía a unos constantes 16 grados centígrados: lo suficientemente frío para mantener al sujeto alerta, lo suficientemente incómodo para inducir temblores que pudieran confundirse con culpabilidad.
Vegetta estaba sentado frente a una mesa de metal atornillada al suelo, llevaba esperando cuarenta y cinco minutos.
Sin agua, sin reloj, sin compañía.
Era una técnica clásica de privación sensorial. Déjalo macerar en su propia ansiedad, decían los manuales del Auditor. El silencio es el interrogador más ruidoso.
Vegetta mantenía las manos sobre la mesa, entrelazadas, se obligaba a contar los remaches del metal. Uno, dos, tres...
Su mente, sin embargo, estaba en el tanque del piso de abajo ¿Estaría Foolish cumpliendo su promesa? ¿Estaría siendo el "perro obediente" que Vegetta le había pedido ser? La imagen de los ojos verdes llenos de dolor y sumisión le quemaba la memoria.
—Es una técnica —susurró Vegetta, moviendo apenas los labios—. Soy el ingeniero, él es la máquina, yo tengo el control...
Repitió la mentira de Luzu hasta que las palabras perdieron su significado y se convirtieron en un escudo.
De repente, la puerta magnética detrás de él se abrió con un chasquido sordo.
Vegetta no se giró. Mantuvo la vista al frente, respirando hondo, desacelerando su corazón con pura disciplina mental.
Dos figuras entraron en su campo de visión periférica y se sentaron frente a él.
El aire en la habitación cambió, se volvió denso, eléctrico.
A la izquierda, un hombre con un corazón pixelado rojo y blanco en el pecho: Auditor Corazón (Willy). Su postura era relajada, elegante, casi felina. Irradiaba una autoridad silenciosa y depredadora.
A la derecha, una figura más robusta, con una capucha: Auditor Búho (Fargan). Este último se dejó caer en la silla con un suspiro pesado, puso una carpeta gruesa sobre la mesa y sacó un bolígrafo que empezó a girar entre sus dedos con una destreza inquietante.
—Ingeniero Jefe Samuel De Luque —dijo Willy. Su voz, filtrada por el modulador de la máscara, sonaba suave, sintética, carente de humanidad—. Gracias por su paciencia, soy el Auditor Corazón, mi colega es el Auditor Búho. Estamos aquí para revisar el Incidente AC-148.
—Es un placer colaborar con la División —respondió Vegetta. Su voz salió firme, monocorde, la voz del profesional perfecto.
Fargan soltó una risita seca, distorsionada.
—¿Un placer? Vaya. Normalmente la gente suda o llora cuando nos ve, usted tiene nervios de acero, Ingeniero o cree ser un muy buen mentiroso.
Vegetta miró a la máscara del Búho, los visores le devolvieron su propio reflejo distorsionado.
—No tengo nada que ocultar, mis reportes son precisos.
—Tus reportes dicen una cosa —intervino Willy, inclinándose hacia adelante—. Pero las cámaras dicen otra, algo muy... interesante.
Willy abrió la carpeta que Fargan había traído. Sacó una fotografía, era una captura de seguridad granulada de hace unos días: Vegetta y Foolish con las frentes pegadas al cristal, el momento de la regresión en su pasado.
—Explíqueme esto, Ingeniero —dijo Willy, deslizando la foto por la mesa—. El protocolo de seguridad para una entidad Ámbar Crítico dicta una distancia mínima de dos metros del cristal salvo en reparaciones de emergencia. Aquí, usted está... ¿confraternizando? ¿Rezando? ¿O quizás recibiendo órdenes?
Vegetta miró la foto. Sintió un pinchazo de pánico, pero el guion de Luzu saltó a su mente como un salvavidas.
—Estaba calibrando —dijo Vegetta sin pestañear.
—¿Calibrando? —preguntó Fargan, escéptico—. ¿Con la frente? ¿Tiene sensores en las cejas, Ingeniero?
—Calibrando al sujeto, no al equipo —corrigió Vegetta, levantando la vista para mirar a Willy directamente a los ojos rojos de su máscara—. La Anomalía P-58 es psíquicamente volátil, su fuerza está ligada a su estado emocional. Descubrí que el aislamiento total aumentaba su agresividad, lo que resultaba en daños costosos a la infraestructura.
Vegetta se recostó en su silla, adoptando una postura de arrogancia.
—Inicié un protocolo experimental de Condicionamiento de Proximidad. Al permitir un contacto visual cercano y simulado, reduzco los niveles de cortisol de la entidad. Le hago creer que tiene un vínculo, le hago creer que le importo.
Willy ladeó la cabeza. Detrás de la máscara, sus ojos se entrecerraron, era una buena mentira, muy buena, casi demasiado perfecta.
—Continúe —ordenó Willy.
—Es manipulación básica, Auditor —dijo Vegetta con frialdad—. La entidad se cree un dios. Los dioses necesitan adoradores, si yo le doy la ilusión de adoración o de amistad, él se vuelve dócil. Deja de intentar romper el cristal, deja de intentar matar a mis técnicos. Es una técnica de gestión de recursos. Me ahorro millones en reparaciones simplemente... parándome cerca del vidrio.
Fargan dejó de girar el bolígrafo, se inclinó hacia Willy y susurró algo que el micrófono no captó, pero que sonó a: "Los científicos de A.R.C.A. si que son unos lunáticos eficientes."
Willy, sin embargo, no estaba satisfecho. Conocía a Luzu, sabía que Luzu había asesorado a Vegetta y aunque habían hecho un trato, no podía dejarselos tan fácil sin levantar sospechas.
—Una técnica fascinante —concedió Willy—. Pero arriesgada ¿Cómo garantiza que es usted quien manipula a la entidad, y no al revés?
—Los resultados hablan por sí mismos —respondió Vegetta—. Antes de mi intervención, P-58 tenía un índice de hostilidad del 80%. Bajo mi supervisión, bajó al 15%.
—Hasta ayer —cortó Willy bruscamente—. Ayer atacó a dos hombres, inundó el sector y exigió verlo a usted específicamente. Eso no suena a control, Ingeniero. Eso suena a dependencia o peor... a una rabieta de amante despechado.
La palabra "amante" flotó en el aire como una granada sin anilla.
Vegetta apretó los puños bajo la mesa.
—La brecha de ayer fue un error de logística —dijo Vegetta, forzando la calma—. Yo fui retirado temporalmente de la rotación por orden del Supervisor Maximus. La interrupción abrupta del condicionamiento provocó el síndrome de abstinencia en el sujeto, fue un fallo de cálculo administrativo, no de mi técnica.
—¡Ja! —Fargan golpeó la mesa—. ¡Le echas la culpa a tu Director! Tienes agallas, chico morado, me gustas.
Willy levantó una mano para silenciar a su compañero. Se puso de pie y comenzó a caminar alrededor de Vegetta, como un tiburón rodeando a un náufrago.
—Digamos que le creo, Ingeniero, digamos que todo esto es un frío cálculo para ahorrar presupuesto. —Willy se detuvo justo detrás de Vegetta—. Entonces, explíqueme por qué, cuando se enteró de que el sujeto estaba en cirugía, corrió al Ala de Xeno-Biología ¿Por qué amenazó al personal médico? ¿Por qué se veía tan... desesperado?
Vegetta sintió el aliento frío del modulador en su nuca.
—El sujeto es un activo único —respondió Vegetta mecánicamente—. Su fisiología es irreproducible. Los xeno-biólogos de turno son carniceros incompetentes, iban a dañar órganos vitales por curiosidad morbosa, mi deber es proteger la inversión de A.R.C.A. Si el activo muere, mi proyecto falla.
—¿Su proyecto? —susurró Willy—. ¿O su mascota?
—Mi responsabilidad.
Willy se quedó en silencio un momento, luego volvió a su silla y se sentó.
—Bien, su historia es consistente, lógica, fría. Exactamente lo que esperamos de un Nivel 4. —Willy entrelazó los dedos—. Pero las palabras son viento, Ingeniero, necesitamos pruebas.
Willy sacó un control remoto del bolsillo y encendió un monitor que descendió del techo.
La pantalla mostró una transmisión en vivo de la Celda P-58.
Foolish estaba allí. Flotando en el agua, con las vendas en los brazos. Estaba quieto, miraba hacia la cámara con una expresión vacía, muerta.
—El sujeto ha estado catatónico desde que usted se fue —dijo Fargan, mirando la pantalla—. No come, no se mueve, es patético para ser un dios.
—Si usted tiene tanto control sobre él —dijo Willy, su voz volviéndose peligrosa—, demuéstrenoslo.
—¿Cómo? —preguntó Vegetta.
—Vamos a bajar al Nivel de Contención, ahora mismo. —Willy se levantó—. Entrará en la sala de observación y le ordenará al sujeto que haga algo que vaya en contra de su naturaleza, algo que demuestre su sumisión total a usted.
Vegetta sintió un nudo en el estómago. —¿Qué quiere que haga?
Willy sonrió bajo la máscara.
—El sujeto se niega a ser marcado, dice que su piel es sagrada. Los Taxonomistas quieren ponerle un localizador subcutáneo, ya sabes, puro protocolo estándar. Es doloroso, al parecer humillante y prácticamente permanente. —Willy le lanzó un dispositivo pequeño a Vegetta, que lo atrapó al vuelo. Era una pistola inyectora con una aguja gruesa—. Usted va a entrar ahí, Ingeniero. Y va a convencer a su "dios" de que se deje marcar como el ganado que es. Si lo hace sin resistencia... cerraremos la investigación.
Fargan silbó. —Duro, pero justo.
Vegetta miró la pistola inyectora en su mano, pesaba una tonelada. Tan solo pensar en marcar a Foolish… Profanar su piel dorada, humillarlo frente a los Auditores para salvar su propia piel.
Era una prueba de lealtad, y era una trampa.
—Si me niego... —empezó Vegetta.
—Si se niega —interrumpió Willy—, asumiremos que su vínculo es emocional y no profesional y entonces, procederemos a la neutralización del sujeto P-58 y a su... reeducación permanente, o borrado, eso lo decidiremos luego.
Vegetta se puso de pie lentamente, su rostro era una máscara de mármol.
—No será necesario, vamos.
. . .
El pasillo de observación de la parte superior de la Celda P-58 estaba lleno. Además de Willy y Fargan, había 12 guardias del ERR armados hasta los dientes.
Vegetta entró solo en la esclusa. Esta vez, Willy ordenó que se abriera la barrera secundaria. Ya no había un cristal que los separe, solo aire y agua entre Vegetta y la anomalía.
El olor a sal y pescado golpeó a Vegetta.
—58 —llamó Vegetta, su voz resonó en la caverna artificial.
Foolish, que estaba flotando en el fondo y alzó la vista, al ver a Vegetta sin el cristal, sus ojos se iluminaron por un segundo. Empezó a nadar hacia la superficie, emergiendo con una velocidad majestuosa.
Pero entonces vio a las figuras de negro detrás de Vegetta, vio la pistola en su mano. Y recordó el trato "Obediencia, calma, control."
Foolish se detuvo en el borde del agua, no salió, solo apoyó los brazos en el borde de hormigón y miró a Vegetta con una sumisión desgarradora.
—Ingeniero —dijo Foolish. Su voz era suave, dócil.
—Acércate —ordenó Vegetta. No le tembló la voz, no podía permitírselo.
Foolish obedeció. Se arrastró fuera del agua hasta quedar arrodillado en la plataforma seca, goteando, a los pies de Vegetta. Era una montaña de músculo y poder, arrodillada ante un hombre con un traje morado.
Detrás, Fargan murmuró —Joder, realmente lo tiene domado.
Vegetta levantó la pistola inyectora.
—Extiende el brazo.
Foolish miró el arma, sus ojos se entrecerraron, odiaba esto. Su instinto de dios le gritaba que arrancara la cabeza de los intrusos, pero miró los ojos de Vegetta, vio el miedo desesperado oculto en el fondo de sus pupilas moradas.
"Hazlo por mí", decían los ojos de Vegetta.
Foolish extendió su brazo izquierdo, con la palma hacia arriba, su piel dorada brillaba bajo las luces frías.
—Esto es necesario para el inventario —dijo Vegetta, recitando el protocolo como un robot—. No te muevas.
Vegetta presionó la boca fría de la pistola contra el antebrazo de Foolish.
—Hazlo —susurró Foolish, solo para que él lo oyera.
Vegetta apretó el gatillo.
¡CLACK!
El sonido fue seco y violento, la aguja de diamante perforó la piel casi impenetrable. El chip se insertó con un silbido de aire comprimido.
Foolish no gritó, ni siquiera hizo una mueca. Solo su cuerpo se tensó como una cuerda de violín a punto de romperse. Un hilo de sangre dorada, brillante como el mercurio, brotó de la herida y corrió por su brazo, goteando al suelo.
Vegetta retiró la pistola y miró la sangre, sintió ganas de vomitar.
—Hecho —dijo Vegetta, girándose hacia los Auditores sin limpiar la sangre de la herramienta—. El activo está marcado, inventariado y bajo control.
Willy observó la escena en silencio, miró la sangre dorada, miró la sumisión absoluta de la bestia y miró la frialdad aparente de Vegetta.
Lentamente, Willy comenzó a aplaudir. Un aplauso lento, sarcástico.
—Bravo, Ingeniero, bravo. —Willy avanzó hasta el borde de la esclusa—. Debo admitir que tenía mis dudas, pero ver a un dios sangrar sin quejarse... eso es arte.
Willy miró a Foolish, que seguía arrodillado, con la cabeza baja.
—Parece que tenías razón, Búho. Es un lunático eficiente.
Fargan asintió, aunque parecía vagamente incómodo con la crueldad del acto. —Sí, prueba superada diría yo.
Willy se giró hacia Vegetta.
—La investigación formal queda suspendida, Ingeniero De Luque. —Willy se acercó una vez corroboró que era seguido y le quitó la pistola inyectora de la mano—. Mantenga su... técnica, nos ha convencido. A.R.C.A. está segura en sus manos.
Willy se inclinó y susurró, solo para Vegetta.
—Pero ten cuidado, Samuel. A veces, cuando rompes tanto a algo... terminas cortándote con los pedazos.
Willy y Fargan se dieron la media vuelta y salieron de la sala de observación junto con los guardias.
En cuanto la puerta se cerró, Vegetta soltó el aire. Sus piernas fallaron y cayó de rodillas frente a Foolish.
Foolish levantó la cabeza. Tenía lágrimas en los ojos, pero no de dolor.
—Lo hiciste bien —susurró Foolish, extendiendo su mano manchada de sangre dorada para tocar la mejilla de Vegetta—. Estás a salvo.
Vegetta miró la herida en el brazo del dios, la marca negra del chip era visible bajo la piel traslúcida, una mancha en la perfección.
—Lo siento —sollozó Vegetta, abrazando el cuello húmedo y enorme de Foolish, manchando su traje impecable de agua y sangre—. Lo siento tanto.
Y allí, en el suelo frío, bajo la vigilancia de las cámaras que ahora los clasificaban como "Domador y Bestia", el Ingeniero y la anomalía se abrazaron, unidos por la mentira que les había salvado la vida.
. . .
El corazón digital de A.R.C.A. no latía; zumbaba.
Ubicado en una subsección blindada entre el Nivel 4 y el 5, la Sala de Servidores "Ojo de Horus" era un laberinto de torres negras de procesamiento que se alzaban hasta un techo invisible, bañadas en una luz ultravioleta que hacía brillar el polvo como estrellas. El aire estaba tan frío que cada respiración se convertía en una pequeña nube de vapor.
Luzu estaba de pie frente a una terminal maestra, abrazándose a sí mismo para conservar el calor, aunque más era el frío que venía de adentro.
—Está hecho —dijo una voz a su espalda.
Luzu no saltó esta vez, se estaba acostumbrando a la presencia fantasmal de Willy. Se giró lentamente.
Willy estaba apoyado contra una de las torres de servidores, todavía con su traje negro de Auditor, pero sin la máscara. Su rostro estaba iluminado por el resplandor violeta, dándole un aspecto espectral, casi vampírico. Tenía una sonrisa de satisfacción perezosa en los labios.
—La investigación está cerrada —continuó Willy, lanzando una pequeña tarjeta de memoria al aire y atrapándola—. "Conclusión: El Ingeniero De Luque mantiene el control operativo total mediante técnicas psicológicas avanzadas. Sin riesgo de fuga."
Luzu soltó un suspiro tembloroso. —Entonces... ¿está a salvo?
—Por ahora. —Willy se encogió de hombros—. Hasta que cometa otro error o hasta que yo decida reabrir el caso para divertirme. Pero cumpliste tu parte, Luzu, te portaste bien.
Willy se acercó a la terminal y deslizó la tarjeta de memoria en la ranura.
—Y como el diablo paga sus deudas... aquí tienes tu juguete.
La pantalla de la terminal parpadeó y se llenó de líneas de código verde.
ACCESO CONCEDIDO: NIVEL 5. SUJETO: P-58. BASES DE DATOS DESBLOQUEADAS: ARCHIVO HISTÓRICO, XENO-BIOLOGÍA PROFUNDA, REGISTROS DE AUDITORÍA.
Luzu se acercó a la pantalla como un hombre sediento ante un oasis. Sus ojos recorrían los datos a una velocidad vertiginosa, ayudado por Arin.
—Procesando —zumbó el implante—. Anatomía interna detallada... Composición de la sangre dorada... Orígenes mitológicos cruzados con hallazgos arqueológicos del siglo IV a.C... Espectacular.
Luzu temblaba de emoción, allí estaba todo. Lo que ni siquiera Vegetta podría haberle dicho, lo que la entidad se negaba a confesar. Los cortes transversales de su cerebro, los análisis de su energía, los reportes de los Archivistas sobre sus avistamientos a lo largo de la historia.
—Es... es todo —susurró Luzu.
—Todo —confirmó Willy, apoyándose en el hombro de Luzu, mirando la pantalla con desinterés—. Me sorprendió que también me pidieras esto pero me alegra, felicidades Doctor. Ya no eres un simple taxonomista mirando desde fuera, ahora tienes las llaves del reino, bienvenido al lado ganador. Pronto, esa actitud te conseguirá una oficina con vistas reales, como la mía.
Luzu se tensó y apartó la mirada de la pantalla para mirar a Willy con el ceño fruncido.
—No te confundas, Willy. No somos lo mismo.
Willy arqueó una ceja, divertido. —¿Ah, no?
—No, tú haces esto por poder, por sadismo. —Luzu señaló la pantalla—. Yo hice lo que hice para sobrevivir y para ayudar a Vegetta. Si no hubiera intervenido, si no le hubiera dado el guion de la "manipulación", ustedes lo habrían matado hoy en esa sala, yo mentí para protegerlo.
Willy soltó una carcajada. Fue un sonido seco, que rebotó en las paredes metálicas.
—Ay, Luzu... eres adorable.
Willy le agarró la barbilla con suavidad, obligándolo a mirarlo a los ojos.
—"Lo hice por él". Qué frase tan noble. Pero dime, ¿por qué pediste acceso a esto? —Willy señaló los archivos de Xeno-Biología con la cabeza—. Si te importara tanto tu amigo, habrías pedido que borrara las grabaciones comprometedoras, habrías pedido inmunidad para él como la pediste para ti. Pero no, pediste datos, pediste ver las tripas de su "novio".
Luzu intentó apartar la cara, pero Willy apretó los dedos.
—Te dices a ti mismo que eres el héroe trágico, el científico que se sacrifica. Pero la verdad es mucho más simple, cariño. —Willy sonrió, mostrando los dientes—. Estás usando a Vegetta. Él es tu sujeto de pruebas, igual que el pez es el suyo. Te mueres por ver hasta dónde llega, por ver si se rompe, solo para poder escribir tu tesis y sentirte superior.
Willy lo soltó con un empujón despectivo.
—Sigue pensando que eres noble. Es más divertido así, será un espectáculo precioso verte hundirte en tu propio abismo cuando, por creer que estás "salvando" a todos, termines tropezando con tu propia arrogancia. Arruinarás a Vegetta, Luzu, arruinarás a todo aquel que confíe en tí. Y lo harás convencido de que les estás haciendo un favor.
Willy se ajustó el cuello del traje y caminó hacia la salida.
—Igual que yo hice en el pasado —lanzó por encima del hombro—. La única diferencia es que yo sé lo que soy. Tú todavía necesitas a tu maquinita para que te diga cómo sentirte.
La puerta se cerró, dejando a Luzu solo en el frío.
Luzu miró la pantalla llena de secretos robados.
—Análisis de la declaración del Auditor: —intervino Arin—. Lógica válida. El beneficio personal del Dr. Borja supera el beneficio del Ingeniero De Luque en un 80%. Conclusión: La moralidad es irrelevante para el progreso científico.
—Cállate —susurró Luzu, pero no apagó la pantalla, en su lugar, empezó a descargar los archivos.
Quizá Willy tenía razón. Era un hipócrita pero al menos, era un hipócrita con datos.
. . .
El vestuario de los Recolectores olía a sudor, pólvora y cuero viejo. Era el olor del trabajo honesto.
Fargan se quitó la máscara de Auditor Búho y la metió en su taquilla de seguridad. Se sentía pesada hoy, sucia.
Se pasó una mano por la cara, frotándose los ojos cansados. Las plumas marrones que bordeaban sus sienes se erizaron ligeramente, reaccionando a su estrés.
—Maldito Corazón y sus juegos de poder —masculló Fargan, quitándose el traje negro para ponerse su uniforme habitual de Rastreador.
La sesión había sido... desagradable. Fargan no era un santo. Había cazado anomalías, las había noqueado, las había arrastrado a celdas oscuras, pero siempre había un respeto básico. Lo de hoy, obligar a Vegetta a marcar a la criatura como ganado... había sido crueldad gratuita, un capricho del Auditor Corazón para probar un punto.
Fargan cerró la taquilla y se sentó en el banco, sacando una manzana de su mochila, le dio un mordisco pensativo.
“Es una técnica, es control.”
Las palabras de Vegetta resonaban en su cabeza.
—Y una mierda —dijo Fargan a la sala vacía.
Como Rastreador, el trabajo de Fargan no era solo encontrar cosas; era entender patrones. Veía huellas donde otros veían polvo, veía intenciones donde otros veían coincidencias.
Había revisado el archivo de Vegetta antes de la auditoría, había escuchado las grabaciones de audio (las que Luzu no había borrado a tiempo). Había oído el tono de voz de Vegetta cuando hablaba de pirámides, o cuando simplemente respiraba cerca del cristal. No sonaba como un científico frío manipulando a una rata de laboratorio, sonaba como un hombre que había encontrado paz en medio de la guerra.
Y luego estaba la criatura.
Foolish. Un Clase Ámbar Crítico. Un dios, según la taxonomía.
Fargan había visto dioses antes, eran arrogantes, eran violentos. Nunca, jamás, se arrodillaban.
—Un dios no se deja clavar una aguja en el brazo porque le tienes "control psicológico" —reflexionó Fargan, girando la manzana en su mano—. Un dios se arrodilla porque quiere, porque confía o porque ama.
La imagen de Foolish extendiendo el brazo, con esa mirada de devoción absoluta hacia Vegetta, no encajaba con la narrativa de "sumisión forzada". Encajaba con la de "sacrificio voluntario".
—Vegetta está mintiendo —concluyó Fargan.
Y si Vegetta estaba mintiendo al Auditor, significaba que el compromiso emocional era real, profundo y peligroso.
La puerta del vestuario se abrió y entraron Alexby y Staxx, riendo y cubiertos de limo verde.
—¡Hombre, Fargan! —gritó Alexby—. ¿Dónde te metiste? Te perdiste la diversión. Uno de los huevos mordió a Staxx en el dedo.
—No me mordió, me chupó el guante —corrigió Staxx, ofendido—. Son inofensivos.
Fargan sonrió, poniéndose rápidamente su máscara de búho habitual, la de plumas y ojos grandes, la máscara del amigo divertido.
—Estaba... haciendo papeleo aburrido de arriba, ya sabes cómo son los jefes.
Pero mientras bromeaba con ellos, la mente de Fargan seguía en la Celda P-58.
Willy había cerrado el caso, satisfecho con su victoria de ego. Pero Fargan no estaba satisfecho, su instinto le decía que allí abajo había una bomba de tiempo a punto de estallar.
Y Fargan era curioso, muy curioso.
—Oigan —dijo Fargan, mientras se abrochaba las botas—. ¿Alguno ha trabajado alguna vez con el Ingeniero De Luque? ¿El del Sector 7?
—¿El estirado de morado? —preguntó Alexby—. Solo de vista, dicen que es como un robot. Que nunca sonríe ¿Por qué?
—Curiosidad —dijo Fargan, levantándose—. Creo que me voy a dar una vuelta por su sector esta semana.
Fargan salió del vestuario, silbando.
Willy podía tener el poder de forma oficial, pero Fargan tenía la astucia.
Iba a vigilar a Vegetta. No por el placer de cazar a un traidor, ni por el morbo de ver caer a un alto mando, era algo mucho más complejo.
Fargan se pasó la mano por el pelo, rozando inconscientemente las pequeñas plumas que ocultaba bajo la línea del cabello. Él era una anomalía, llevaba años trabajando para A.R.C.A., cazando a los de su propia especie para ganarse el derecho a existir entre humanos. En todo ese tiempo, en los ojos humanos solo había visto miedo, odio, o en el mejor de los casos, una tolerancia fría y utilitaria.
Pero lo que había visto hoy en la Celda 58... la forma en que ese Dios se dejó herir solo porque el Ingeniero se lo pidió... eso rompía todos los esquemas.
Nunca, en todos sus años de servicio, se había topado con un caso donde el "compromiso" fuera tan genuinamente bidireccional. Fargan había visto humanos obsesionados con el poder de una anomalía, pero nunca había visto a un humano aterrorizado por el bienestar de la criatura.
Necesitaba entenderlo, necesitaba saber si eso era real.
—Un humano amando a un monstruo... —murmuró Fargan para sí mismo, con una mezcla de incredulidad y una extraña esperanza—. Eso sí que es una anomalía en sí misma.
No iba a delatar a Vegetta. Al menos no todavía. Fargan quería estar cerca, no para ver el desastre, sino para estudiar el milagro, porque si un humano como Vegetta podía ver algo más que un objeto de estudio en Foolish... quizás el mundo de A.R.C.A. no era tan blanco y negro como el Auditor creía.
Notes:
no lloren, todo va a estar bien (tal vez) quizás 👉👈
Chapter 8: Símbolo de Compromiso
Chapter Text
La oficina de Luzu estaba a oscuras, iluminada únicamente por el resplandor de tres monitores.
A su izquierda, una cascada de datos biológicos fluía sin cesar: secuencias de ADN divino, análisis de icor dorado, mapas de energía cinética. Era el tesoro que siempre había soñado. Gracias a la tarjeta de Willy, ahora sabía qué era Foolish.
Pero en el monitor central, Luzu observaba quién era.
La transmisión en vivo de la Celda P-58 mostraba a Vegetta entrando en la esclusa una vez más.
—Registro de sesión iniciado —zumbó Arin en su cabeza—. Objetivo: Verificación de la persistencia del control psicológico.
Luzu tomó un sorbo de café frío. No necesitaba ver esto, ya tenía los datos duros. Pero quería verlo, necesitaba confirmar que su teoría, la mentira que le vendió a Vegetta y a los Auditores, se estaba convirtiendo en realidad.
—No lo mires con esos ojos de cachorro, Veg —murmuró Luzu a la pantalla, viendo cómo la postura de Vegetta se relajaba apenas cruzaba la puerta—. Mantén el personaje. Si fallas ahora, mi hipótesis se cae. Y si mi hipótesis se cae, Willy vendrá a cobrar su deuda antes de tiempo.
Luzu ajustó el audio al máximo y esperó.
Abajo, en la celda, el aire se sentía diferente. Ya no había la tensión eléctrica del miedo inminente, sino una pesadez melancólica, como el aire después de un funeral.
Foolish estaba esperándolo. Estaba sentado en la orilla de la plataforma seca, con las piernas sumergidas hasta las rodillas en el agua.
Llevaba el torso desnudo, como siempre, pero ahora había algo nuevo en su perfecta piel dorada.
En su antebrazo izquierdo, justo debajo del codo, había un parche de biogel transparente cubriendo la zona de inyección. Debajo, la piel estaba ligeramente inflamada, y se podía ver el bulto oscuro del chip localizador.
Al oír la puerta abrirse, Foolish giró la cabeza. Sus ojos verdes buscaron permiso en los de Vegetta antes de sonreír.
—Ingeniero —saludó Foolish. Su voz era tranquila, resonando suavemente en las paredes de roca artificial.
Vegetta cerró la puerta tras de sí. Caminó a unos 5 metros de él, incapaz de procesar que ya no tenían que haber barreras entre ellos.
—58 —respondió Vegetta. Se obligó a mantener la postura rígida, consciente de que Luzu estaba escuchando y analizando cada inflexión de voz—. ¿Cómo... cómo está la zona de inserción?
Foolish levantó el brazo izquierdo, girándolo para mostrar la herida.
—Pica un poco —admitió el dios—. Mi cuerpo quiere rechazarlo. Siento cómo mi sangre intenta disolver el metal, es una sensación extraña, como tener una espina clavada que no puedes sacar.
Vegetta apretó los labios. —Es necesario. El protocolo dicta que todas las anomalías de tu clase deben ser rastreables en caso de...
Vegetta se detuvo. Miró hacia la cámara de seguridad en la esquina superior y luego a Foolish. Suspiró, rompiendo momentáneamente el personaje. Se acercó aún más, bajando la voz para que el micrófono ambiental tuviera dificultades para captarlo con claridad.
—Lo siento —susurró Vegetta, la disculpa saliendo de su pecho como un dolor físico—. No quería hacerlo, me obligaron. Era eso o... o que te neutralizaran.
Foolish se levantó del suelo con una gracia fluida y caminó hasta él. Quedaron frente a frente, aunque ahora tuviera que bajar la mirada para verlo.
El dios sonrió, era una sonrisa de complicidad.
—Lo sé, Vegetta. Vi tus ojos. Estabas más asustado que yo.
—Aun así... es humillante —insistió Vegetta, mirando el parche en el brazo de Foolish con culpa—. Te traté como a un animal. Te marqué como propiedad de A.R.C.A. Ya no eres libre, ni siquiera en tu propia piel.
Foolish soltó una risa suave, grave, que vibró en el pecho de Vegetta.
—¿Propiedad de A.R.C.A.? —Foolish negó con la cabeza lentamente—. No, mi príncipe. Te equivocas.
Foolish miró su propio brazo con desdén, y luego volvió a mirar a Vegetta con una intensidad abrasadora.
—Anoche —susurró Foolish, sus ojos verdes brillando en la penumbra de la cueva—, mi cuerpo sanó lo suficiente como para expulsarlo. Podría haberlo arrancado con mis dientes, podría haberlo fundido con mi calor corporal. Para mí, este metal es papel.
Vegetta abrió los ojos, sorprendido. —¿Entonces por qué...? ¿Por qué sigue ahí?
Foolish acercó su rostro al del ingeniero.
—Porque tú me lo pusiste —dijo.
Vegetta se quedó helado.
—No lo conservo porque le tenga miedo al Auditor, o a tus jefes, o a sus amenazas de muerte —continuó Foolish, su voz bajando a un ronroneo posesivo—. Lo conservo porque tus manos lo colocaron allí, porque tú apretaste el gatillo.
Foolish miró el chip en su brazo como si fuera una joya preciosa, y no un dispositivo de esclavitud.
—Para ellos, es un rastreador, una cadena. —Foolish volvió a mirar a Vegetta—. Pero para mí... es un regalo. Es algo tuyo que llevo dentro de mi carne. Es un símbolo, igual a un anillo para los humanos, Vegetta. Me has marcado como tuyo, y me gusta ser tuyo.
Vegetta sintió que el rubor le subía desde el cuello hasta las orejas. Era una declaración de amor tan retorcida, tan posesiva y a la vez tan devota, que le mareaba.
—Estás mal de la cabeza —murmuró Vegetta, pero no se apartó. No podía, estaba hipnotizado por la lógica alienígena del dios.
—Quizás —concedió Foolish—. Pero ahora, donde quiera que vaya, llevo un pedazo de tu miedo y de tu protección conmigo. Así que no te disculpes, Ingeniero. No me has humillado en lo absoluto.
Vegetta tragó saliva. La implicación era abrumadora. Foolish no veía la jaula; veía el hogar que Vegetta le construía. No veía el castigo; veía la atención.
—Si Luzu te escuchara decir eso... —empezó Vegetta.
—Luzu escucha lo que quiere escuchar —interrumpió Foolish con desdén—. Él solo escucha los datos útiles.
Foolish cruzó los brazos tras su espalda, resistiendo la tentación de tocar al más bajo y volvió a su tono juguetón habitual, como si no acabara de confesar una obsesión.
Vegetta miró las manos de Foolish apartarse. La idea de "poseer" a Foolish era aterradora, pero también… había una calidez en esa idea que no podía negar. No estaba solo, tenía a alguien que elegía quedarse con él, incluso con una aguja clavada en el brazo.
—Ahora... ya que soy tu "propiedad" oficialmente, exijo derechos de mantenimiento. El filtro del agua hace un ruido que me molesta. Y quiero que me leas algo, que no sea un manual técnico.
Vegetta parpadeó, tratando de reajustar su cerebro a la normalidad.
—¿Leer? —repitió, aturdido.
—Sí, tráeme un libro mañana. Poesía, o historia. Algo sobre imperios caídos, me gustan las historias donde todo se rompe al final, pero los amantes sobreviven.
Vegetta soltó una exhalación temblorosa, pasándose la mano por el pelo.
—Veré qué puedo hacer, 58. —Vegetta recuperó un poco de su compostura profesional, recordando las cámaras—. Pero no vuelvas a hablar de "anillos" o "propiedad".
—Trato hecho, Vegitta.
. . .
Diez metros por encima de la sala de observación, en la oscuridad polvorienta de un conducto de mantenimiento, Fargan estaba agazapado.
No debería estar allí. Su turno había terminado hacía horas pero la curiosidad de la entidad era insaciable.
Había hackeado la frecuencia de audio del sistema de Luzu usando un decodificador portátil que Alexby le había "prestado" del arsenal.
A través de su auricular, escuchó toda la conversación. Escuchó la disculpa de Vegetta, la confesión de Foolish sobre el chip.
—"Me has marcado como tuyo..." —la voz de Foolish resonó en el oído de Fargan.
Fargan se quitó el auricular y soltó un silbido bajo, impresionado.
—Madre mía —murmuró en la oscuridad.
Fargan miró a través de la rejilla hacia abajo. Veía la coronilla de Luzu en la sala de control, tecleando furiosamente, ajeno a la verdadera naturaleza de lo que estaba presenciando. Luzu buscaba datos biológicos, respuestas lógicas.
Pero Fargan, con sus instintos de depredador nocturno, veía lo que Luzu se perdía.
Vegetta no estaba controlando a la bestia la bestia estaba eligiendo quedarse. Y eso hacía que Foolish fuera infinitamente más peligroso de lo que el Auditor había calculado.
—Si ese bicho decide que Vegetta está en peligro real... —pensó Fargan, sintiendo un escalofrío.
Sonrió en la oscuridad. Sus ojos, adaptados a la penumbra, brillaron momentáneamente como los de un búho real.
Fargan guardó su equipo y comenzó a retroceder por el conducto, silencioso como una sombra, ahora mismo tenía un nuevo objetivo.
. . .
Dos días después.
La cafetería del Sector 4 debía ser, en teoría, un oasis de paz. Bajo la cúpula de luz solar artificial —ajustada hoy a un tono "amanecer en la Toscana"—, los empleados de Nivel 4 intentaban olvidar que estaban sepultados bajo toneladas de roca. El aire olía a café tostado, ozono y a la asepsia característica de las zonas de investigación avanzada.
Vegetta se sentó en una mesa apartada, moviendo mecánicamente su cuchara en un plato de estofado proteico. No tenía hambre, pero necesitaba la ilusión de la normalidad. Necesitaba estar en un lugar donde nadie le hablara de corazones, anillos de silicio o deidades enamoradas.
De repente, una sombra se proyectó sobre su mesa. Vegetta levantó la vista, esperando ver a Luzu con más gráficos o a Maximus con más advertencias.
En su lugar, vio una hilera de dientes blancos y brillantes en un rostro de oscuridad absoluta.
—¡Vegetta! ¡Qué alegría encontrarte desayunando! —exclamó BadBoyHalo, balanceando una bandeja llena—. ¿Puedo sentarme? ¿O esperas a alguien?
Vegetta suspiró, pero se obligó a sonreír levemente. Bad era inofensivo comparado con un Auditor, aunque su optimismo resultaba casi agresivo en ese búnker sombrío.
—Adelante, Bad. Solo estoy yo y mi falta de apetito.
El demonio se sentó con entusiasmo, acomodando su bata de laboratorio y sus alas plegadas de forma que no golpearan a nadie. Sus ojos blancos brillaban con una intensidad renovada.
—Me enteré de lo que pasó hace poco —dijo Bad, bajando un poco la voz, pero sin perder el tono cantarín—. En el Nivel de Contención. Escuché que le pusiste el rastreador al 58. ¡Y que se comportó como un buen chico!
Vegetta se tensó, pero mantuvo la mirada en su plato. —Hice mi trabajo, Bad. Luzu y yo establecimos una jerarquía, ya no habrá más brechas.
Bad soltó una risita encantada, aplaudiendo con sus manos enguantadas.
—¡Eso es fantástico! En Xenobiología estábamos todos preocupados, pensamos que ese tonto te tenía envuelto en sus trucos mentales de deidad ¡Me alegra tanto que hayas recapacitado! Una anomalía de ese calibre no es una mascota, es una amenaza ¡Fudge! Casi me da un ataque al corazón pensar que podías salir lastimado.
Vegetta se removió incómodo en su silla. El lenguaje "limpio" de Bad y su preocupación genuina lo hacían sentir como el mayor mentiroso del mundo.
—Estoy a salvo, Bad. Lo tengo bajo control —dijo Vegetta, intentando dar por terminada la conversación.
Bad se inclinó sobre la mesa, invadiendo ligeramente el espacio de Vegetta con esa confianza dulce y algo asfixiante que lo caracterizaba. Sus ojos blancos escrutaron los de Vegetta con devoción.
—Lo sé, eres increíble Vegetta. Tan centrado, tan profesional... —Bad hizo una pausa, y un ligero rubor tiñó sus mejillas negras—. Sabes... antes de que domaras a ese pez grandulón, yo tenía miedo de acercarme. Pensé que no te gustaban las anomalías, que nos veías como... bueno, como objetos de estudio.
Vegetta levantó una ceja, temiendo la inevitable declaración de amor que Bad siempre evitaba por su timidez.
—Bad, tú eres un doctor de Nivel 4...
—¡Pero sigo siendo una anomalía! —interrumpió Bad con una sonrisa tímida—. Y verte interactuar tanto con el 58 me dio una idea. Si estás dispuesto a pasar tantas horas con un dios tiburón que solo sabe causar problemas... quizás, solo quizás, estarías dispuesto a ser amigo de una anomalía que sí tiene modales.
Bad extendió una mano sobre la mesa, buscando la de Vegetta, aunque no llegó a tocarla.
—Ahora que sé que no nos odias, me gustaría... no sé, que pasáramos más tiempo juntos, podría invitarte a mi laboratorio. Tengo unos cultivos de hongos bioluminiscentes que cambian de color según la música, es muy relajante ¡Y no muerden!
El ofrecimiento era dulce en su torpeza, pero la idea de añadir una relación social con BadBoyHalo a su ya sobrecargada vida de secretos, mentiras y coacción, era abrumadora.
—Bad, de verdad, es un ofrecimiento muy amable —dijo Vegetta, tratando de suavizar el golpe—. Pero honestamente, con la Auditoría, el proyecto del Dr. Borja y el papeleo que tengo por delante... mi vida social está en el fondo de la lista. Estoy abrumado, no puedo comprometerme a ninguna... amistad ahora mismo. No quiero desperdiciar tu tiempo.
Bad no pareció desanimado. Al contrario, su sonrisa se ensanchó.
—¡No es desperdicio! Yo también estoy muy ocupado, pero siempre hay tiempo para un buen muffin y una charla sana. No te pido una cita formal, ¡por todos los cielos! —Bad soltó una carcajada inocente—. Solo... déjame estar cerca. Podemos trabajar juntos en silencio o puedo traerte el almuerzo a tu oficina ¡Cualquier cosa para que el gran Ingeniero Jefe no colapse por el estrés!
Vegetta terminó su café de un trago, sintiéndose acorralado por la bondad pero antes de que pudiera volver a hablar, Bad se puso de pie, recogió su bandeja y se alejó por el comedor a paso apresurado.
Observó la retirada del demonio de bata blanca, sintiéndose aliviado, pero también extrañamente culpable. Bad era una de las pocas personas genuinas en A.R.C.A. y no podía evitar sentirse mal al rechazar siquiera el darle una oportunidad.
Los días que siguieron a la Auditoría y el incómodo encuentro en el comedor, la presencia de BadBoyHalo se volvió una constante sutil y omnipresente en la vida de Vegetta, incluso empezó a catalogar sus encuentros, solo por si acaso.
Incidente 1: Ascensor (09:00 AM)
Vegetta esperaba el ascensor hacia el Sector de Ingeniería. Cuando las puertas se abrieron, Bad ya estaba dentro, sosteniendo un montón de carpetas que casualmente se le resbalaron justo cuando Vegetta entró.
—¡Oh, fudge! —exclamó Bad, agachándose—. ¡Qué torpe soy!
Vegetta, por instinto de caballero, se agachó para ayudarlo. Sus manos se rozaron por un segundo al recoger un informe.
—Gracias, Veg. ¡Qué coincidencia encontrarte aquí! Justo iba a llevar esto a Archivos, que está... bueno, en la otra dirección, pero decidí dar un paseo. —Bad le sonrió con toda su alma—. ¿Hiciste la revisión de los sensores? Te ves muy apuesto con ese uniforme hoy, por cierto. Muy... simétrico.
—Eh... gracias, Bad. Sí, los sensores están bien. —Vegetta le devolvió las carpetas, sintiéndose extrañamente observado por los ojos blancos del demonio—. Que tengas buen día.
Incidente 2: Taller de Mecanismos (15:00 PM)
Vegetta estaba revisando unos engranajes con Pac y Mike cuando Bad apareció en la puerta, cargando una caja pequeña de madera.
—¡Hola, chicos! —saludó Bad alegremente—. Siento interrumpir, traigo unos suministros médicos de emergencia... Pensé que Ingeniería podría necesitarlas.
Mike arqueó una ceja, mirando la caja. — Los botiquines fueron reabastecidos justo ayer.
—¡Nunca se sabe! —insistió Bad, dejando la caja justo en la mesa de Vegetta—. Vegetta, tontito, te vi pasar por el pasillo y parecías tener un poco de pelusa en el hombro. —Bad extendió la mano y, con una delicadeza extrema, fingió quitar algo inexistente de la bata de Vegetta—. Listo, no queremos que el Ingeniero Jefe se vea desordenado, ¿verdad?
Pac se tapó la boca para no reírse, mirando a Mike con complicidad. Vegetta, ajeno a todo, asintió distraído.
—Gracias, Bad, muy atento. Pac, ¿puedes revisar el torque de este motor?
—Sí, "atentísimo" —murmuró Pac, guiñándole un ojo a Mike mientras Bad se retiraba caminando de espaldas para no dejar de mirar a Vegetta.
Incidente 3: Almacén de Suministros (18:30 PM)
Cerca del final del turno, Vegetta se dirigió al almacén central en busca de unas juntas tóricas de repuesto. Al doblar la esquina del pasillo 4, casi choca de frente con Bad, quien sostenía una pesada caja de microscopios con una sonrisa sospechosamente oportuna.
—¡Oh, qué coincidencia, Veg! —exclamó Bad, fingiendo una sorpresa que no lograba ocultar el hecho de que llevaba veinte minutos apoyado en esa misma pared esperando a verlo aparecer.
—¿Bad? ¿Qué haces por aquí todavía? —preguntó Vegetta, consultando su reloj.
—¡Lo mismo te pregunto! ¿Vas al almacén? Yo también, qué locura —mintió Bad alegremente, acomodándose la caja—. ¿Te ayudo a buscar lo que necesitas? Conozco el inventario de memoria, podrías perderte ahí dentro sin un guía.
Durante los siguientes quince minutos, lo que debió ser una búsqueda rápida se convirtió en un monólogo educativo. Bad explicaba con lujo de detalle las propiedades químicas de cada polímero en las estanterías, aprovechando cualquier oportunidad para rozar suavemente el brazo de Vegetta "por accidente" mientras señalaba las cajas más altas.
Vegetta finalmente salió del almacén con sus juntas tóricas en la mano y una sensación inquietante recorriéndole la nuca; como si acabara de ser acechado por un rayo de sol particularmente persistente y oscuro.
Incidente 4: Pasillo de Mantenimiento (19:45 PM)
La reunión con los jefes de mantenimiento había sido un desastre de presupuestos y quejas. Al salir, Vegetta se dejó caer contra la pared fría del pasillo, cerrando los ojos un momento para masajearse el puente de la nariz. El silencio duró poco.
De pronto, el aire se llenó de ese aroma inconfundible: una mezcla extraña de vainilla dulce y antibacterial quirúrgico.
—Te ves agotado, hombre de morado —susurró una voz suave justo a su lado.
Vegetta abrió un ojo para encontrar a Bad. No lo estaba tocando, pero se mantenía lo suficientemente cerca como para que el ingeniero sintiera el calor que irradiaba su cuerpo. Bad lo observaba con una expresión de genuina, aunque algo intensa, preocupación.
—Recuerda que mi laboratorio es una zona libre de ruidos —continuó Bad en un tono casi íntimo—. Siempre hay una silla cómoda reservada para ti.
Antes de que Vegetta pudiera procesar la oferta o articular una respuesta, Bad le dio una palmadita rápida y afectuosa en el hombro.
—Piénsalo.
Con un pequeño saltito en su caminar y un tarareo bajo, Bad se alejó por el pasillo, dejando a Vegetta solo con el eco de sus palabras y el olor a vainilla flotando en el aire.
El punto álgido de esta nueva dinámica llegó un jueves por la tarde.
Vegetta estaba solo en su despacho, redactando un informe sobre la "estabilidad sin precedentes" de P-58. La presión era palpable. De repente, su comunicador interno sonó.
—¿Sí? —contestó Vegetta.
—Vegetta, es Maximus. —La voz de su supervisor era grave—. El Dr. BadBoyHalo acaba de reportar que tu purificador de aire está emitiendo lecturas de partículas peligrosas. Ha entrado en tu oficina de manera preventiva para dejarte un filtro de reemplazo. Dijo que "tu salud es prioritaria" ¿Es esto cierto?
Vegetta miró a la esquina de su oficina. Efectivamente, el filtro de aire había sido reemplazado, y a su lado había una tarjeta: "No quiero que te enfermes, la biología pulmonar es delicada, Vegetta. Recuerda respirar. —Bad."
—Sí, Director. Es cierto —respondió Vegetta, con la voz ahogada—. Es... fue un acto de bondad espontánea.
—Bien. —Maximus suspiró—. Solo asegúrate de que no vuelva a entrar a tu oficina sin permiso. La próxima vez, que use los canales adecuados.
Entonces colgó. Se recostó en su silla, mirando el filtro de aire nuevo. Bad estaba siendo persistente, amable y, sobre todo, efectivo. Estaba invadiendo su vida de una manera que ni siquiera el Auditor se había atrevido a hacer.
Y lo peor de todo. Bad era, a su manera caótica, inofensivo. Era solo un demonio con un crush de oficina, tratando de ganar la atención del objeto de su afecto.
—Este sitio me va a volver loco —murmuró Vegetta, frotándose la cara con las manos.
Su mentira de ser un dominador frío le estaba salvando del Auditor, pero le estaba creando un problema nuevo. Al rechazar emocionalmente a Foolish, se había vuelto un "objetivo legítimo" para el afecto de los demás. Bad veía en Vegetta a un héroe que ponía orden en el caos, a un hombre que "necesitaba apoyo", y no se rendiría fácilmente.
Vegetta miró la grabadora de Luzu sobre su escritorio. Pensó en bajar a ver a Foolish. Quería contarle sobre todo esto, quería reírse con él del absurdo de Bad.
Pero no podía.
Cada paso que daba fuera de su oficina estaba siendo monitoreado, tenía que seguir rechazando demonios y deidades por igual.
Encendió su terminal y volvió a los planos. La simetría de las líneas era lo único que no intentaba seducirlo, y en ese momento, era todo lo que podía soportar.
. . .
Por la mañana, el pasillo de enlace entre el Sector de Ingeniería y el Ala de Xenobiología era una arteria concurrida, llena de técnicos transportando muestras y agentes de seguridad rotando turnos. Para Vegetta, sin embargo, se había convertido en un campo minado social.
Caminaba con la vista fija en su tablet, intentando generar un campo de fuerza de "ocupado, no molestar" a su alrededor. Pero el destino, o más bien un demonio con exceso de tiempo libre, tenía otros planes.
—¡Veg! ¡Espera un segundo!
Vegetta cerró los ojos un instante, suspirando, antes de detenerse y girarse con una sonrisa educada pero tensa.
BadBoyHalo trotaba hacia él, con la bata ondeando y una carpeta de colores brillantes bajo el brazo. A pesar de ser una entidad de sombras concentrada, Bad parecía brillar con entusiasmo propio.
—Hola, Bad. Voy con un poco de prisa hacia los generadores auxiliares...
—¡Solo será un minuto! —prometió Bad, plantándose frente a él y bloqueando eficazmente el paso—. Estuve pensando en lo que dijiste sobre estar ocupado. Y se me ocurrió que, si no tienes tiempo para venir a mi laboratorio... ¡yo podría llevarte el laboratorio a ti! —Bad abrió la carpeta, mostrando gráficos de biopaneles luminiscentes—. Diseñé un prototipo de iluminación orgánica para tu oficina. Consume cero energía eléctrica, reduce la fatiga visual y... bueno, pensé que el color morado te gustaría.
Vegetta miró los diseños. Eran, objetivamente, brillantes. Bad era un genio en su campo. Y el gesto era tan dulce que le dolía el pecho.
—Bad, esto es increíble, pero no puedo aceptar que rediseñes mi oficina. Sería...
—¿Inapropiado? —interrumpió una tercera voz.
Fue un tono barítono, grave y calmado, que cortó el aire ruidoso del pasillo como una katana afilada.
Vegetta y Bad se giraron al unísono.
El Director Maximus estaba allí.
Nadie lo había visto llegar. Simplemente apareció, una figura imponente envuelta en su abrigo negro largo, con las manos cruzadas a la espalda. Sus gafas oscuras reflejaban las luces del techo, ocultando cualquier emoción en sus ojos, pero la línea de su boca era severa.
Bad se encogió visiblemente. Sus alas, hoy ocultas bajo la ropa, parecieron plegarse aún más.
—D-Director Maximus —tartamudeó Bad, su entusiasmo evaporándose—. Solo estaba... mostrándole al Ingeniero De Luque unas propuestas de eficiencia energética.
Maximus no miró los planos. Mantuvo su rostro dirigido hacia Bad, inmóvil.
—Eficiencia —repitió Maximus, paladeando la palabra con escepticismo—. Curioso concepto. He notado, Doctor Halo, que usted ha pasado los últimos cuarenta minutos en el Sector de Ingeniería. Lejos de sus cultivos, lejos de su equipo.
Bad bajó la cabeza. —Mi equipo es muy capaz, señor. Ellos pueden manejar la rutina matutina sin supervisión directa.
Maximus ladeó la cabeza lentamente.
—Ya veo. —Dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal del demonio con una amenaza silenciosa—. Si su departamento funciona tan perfectamente sin su presencia, Doctor... tal vez deberíamos reconsiderar la necesidad de su puesto. A.R.C.A. siempre busca optimizar recursos y un jefe de departamento ausente es un recurso... redundante.
El mensaje era claro: Vuelve a tu jaula o te reemplazaremos.
Bad palideció y apretó la carpeta contra su pecho.
—Entendido, Director. Mis disculpas, fue un error de juicio. —Bad miró a Vegetta una última vez, con ojos tristes—. Lo siento, Veg. Hablamos luego.
El demonio dio media vuelta y se marchó apresuradamente hacia Xenobiología, sin sus saltitos habituales, caminando con la cabeza gacha como un niño regañado.
Vegetta sintió una punzada de culpa, Bad no merecía eso.
—Gracias, Maxo —dijo Vegetta, rompiendo el silencio incómodo—. Aunque... quizás fue un poco duro. Bad solo intentaba ser amable, es inofensivo.
Maximus se giró lentamente hacia Vegetta. Por un segundo, Vegetta pensó que el regaño ahora iría para él.
Pero Maximus suspiró. Un sonido largo, cansado, que pareció desinflar un poco su postura rígida.
—Camine conmigo, Ingeniero —dijo Maximus, empezando a andar a un ritmo mesurado.
Vegetta lo siguió, manteniéndose un paso atrás por respeto a la jerarquía.
—No me digas que en realidad confías en esa cosa... —murmuró Maximus mientras avanzaban, su voz bajando para que solo Vegetta pudiera oírlo.
—¿En Bad? —Vegetta parpadeó—. Lleva años aquí, señor. Tiene autorización de Nivel 4. Nunca ha mostrado hostilidad.
Maximus se detuvo frente a un ventanal que daba a la caverna central del sitio. Se quitó las gafas oscuras por primera vez en meses, revelando unos ojos oscuros, rodeados de arrugas finas, ojos que habían visto demasiados horrores.
—La hostilidad no siempre es garras y dientes, Samuel —dijo Maximus, usando su nombre de pila. Un gesto de intimidad raro—. A veces es una sonrisa, a veces son muffins. A veces es la paciencia de esperar a que bajes la guardia.
Maximus miró su propio reflejo en el cristal, luego miró a Vegetta con una intensidad casi dolorosa.
—Son impredecibles, todos ellos. No importa cuántos doctorados tengan, o cuán humanos parezcan. En su núcleo, son bestias. Su lógica no es como la nuestra, su moral no es como la nuestra. Crees que el Doctor Halo es tu amigo, pero si mañana su instinto le dijera que para sobrevivir debe arrancarte la garganta... lo haría mientras te pide perdón con esa vocecita educada.
Vegetta sintió un escalofrío. Pensó en Foolish, pensó en el chip de rastreo que el dios aceptó como un regalo ¿Es Foolish una bestia impredecible? ¿O Maximus está cegado por el miedo?
—Entiendo su punto, señor —dijo Vegetta con cautela—. La precaución es vital.
Maximus asintió, volviendo a ponerse las gafas, restaurando su máscara de autoridad. Pero su tono seguía siendo suave, casi paternal.
—Estuve preocupado por ti, De Luque. No te lo dije antes porque no quería interferir en la investigación, pero... me quitó el sueño ver cómo parecías estar cayendo bajo la influencia de la Anomalía P-58.
Vegetta tragó saliva. —¿Preocupado?
—Eres el mejor ingeniero que he tenido en veinte años —admitió Maximus, poniendo una mano pesada sobre el hombro de Vegetta—. Tienes una mente brillante, un sentido del orden que mantiene este lugar en pie. Odiaría... realmente odiaría ver que alguien con tu talento fuera corrompido o irremediablemente dañado por una de esas bestias.
Maximus apretó ligeramente el hombro de su amigo.
—Cuando el Auditor Corazón cerró el caso y confirmó que todo era una técnica de manipulación tuya... sentí un alivio inmenso. Me alegra saber que no perdiste el camino, me alegra saber que sigues viendo a los monstruos por lo que son: problemas a resolver, no compañeros.
Vegetta sintió el peso de la mano de Maximus como si fuera de plomo. El Director no estaba amenazándolo; estaba protegiéndolo. Desde su perspectiva retorcida y xenófoba, Maximus estaba cuidando a su "hijo" metafórico de las malas influencias.
Eso lo hacía peor. Si Maximus supiera la verdad... el dolor de la traición sería personal.
—Gracias, Maxo —mintió Vegetta, sintiendo la bilis en la garganta—. Aprecio su preocupación. Le aseguro que... tengo mis prioridades claras, la seguridad de A.R.C.A. es lo primero.
—Sé que sí. —Maximus le dio una última palmada y retiró la mano—. Mantén la distancia con el Doctor Halo. No dejes que su "amabilidad" te ablande, necesito a mi Ingeniero Jefe afilado.
Maximus se ajustó el abrigo.
—Descansa un poco, Samuel. Te ves pálido.
El Director se alejó con su paso deslizante, perdiéndose en la multitud del pasillo, dejando a Vegetta solo frente al ventanal.
Vegetta miró su propio reflejo. Pálido, mentiroso, traidor.
Maximus creía que lo estaba salvando de la corrupción, Bad creía que podía ser su amigo, Foolish creía que era su dueño.
Vegetta se pasó la mano por el cabello, estaba atrapado en una red de expectativas y miedos ajenos. Y lo más aterrador era que la única persona que realmente parecía verlo tal como era... era la "bestia" encerrada en el tanque.
—Prioridades claras... —murmuró Vegetta con amargura.
Dio media vuelta y caminó hacia su oficina. No podía permitirse pensar en la moralidad de Maximus ahora, tenía un trabajo que hacer y tenía que mantener esa mentira intacta, porque ahora sabía que si fallaba, no solo se enfrentaría a la ley de A.R.C.A., sino a la decepción letal de un hombre que creía estar salvándole la vida.
De vuelta en la soledad de su oficina, Vegetta intentó concentrarse.
Abrió los planos del sistema de ventilación del Sector 7 que había recibido para revisión. Las líneas eran un caos colorido en su mente intranquila.
Sin embargo, sus ojos se desviaban constantemente hacia el monitor secundario, donde la transmisión en vivo de la Celda P-58 estaba en silencio.
Foolish estaba en el fondo del tanque, aparentemente dormido o meditando.
Vegetta pensó en las palabras de Maximus. "En su núcleo, son bestias."
Recordó el recuerdo del gato negro. La sensación de sol y amor puro. Recordó la sangre dorada derramada voluntariamente. Recordó la voz de Foolish diciendo: "Me has marcado como tuyo."
—Si eso es ser una bestia... —susurró Vegetta mientras acariciaba la imagen en pantalla—. Entonces prefiero mil veces su naturaleza que nuestra supuesta humanidad.
Apagó el monitor.
Se recostó en su silla y cerró los ojos. La charla con Maximus había reafirmado una cosa: estaba solo en su ideología. Para el resto del mundo, tan solo respetar a Foolish era una aberración, una enfermedad o una debilidad mortal.
Pero mientras el recuerdo de la mano de Maximus se desvanecía de su hombro, el recuerdo de la mano de Foolish en el cristal permanecía, cálido y constante.
Vegetta respiró hondo, mañana sería otro día de mentiras. Pero esta noche... esta noche se permitiría, en la privacidad de su mente, ser el "dueño" que Foolish quería que fuera.
Porque al final, al parecer era el único rol que le daba paz.
Chapter 9: Ecos del Pasado
Chapter Text
El Dr. Luzu Borja entró en la Sala de Observación con una energía diferente. Ya no caminaba con la cautela de un psicólogo que intenta no asustar al paciente; caminaba con la avidez de un arqueólogo que acaba de encontrar el mapa del tesoro.
Bajo su brazo, apretaba su tablet personal. En su interior, encriptados bajo tres capas de seguridad que Willy le había proporcionado, descansaba su adorada Base de Datos.
Luzu se sentó frente a la consola, ignorando el zumbido de advertencia de su implante cerebral, que sugería un descanso para evitar el sobrecalentamiento sináptico.
—Silencio… —pensó Luzu con irritación.
Miró a través del cristal reforzado.
La Celda P-58 estaba tranquila. Foolish flotaba cerca del fondo, con los ojos cerrados, en una posición de loto suspendida en el agua. El vendaje en su brazo, donde Vegetta le había implantado el chip, ya se había caído, revelando una cicatriz plateada sobre la piel dorada que sanaba a una velocidad milagrosa.
Luzu encendió el micrófono.
—Buenos días, 58 —dijo. Su voz sonó amplificada en el tanque, rompiendo la meditación de la criatura.
Foolish no abrió los ojos. Simplemente movió un dedo de la mano derecha, creando una pequeña corriente de burbujas que parecía un gesto de desdén.
—El Ingeniero no está ¿verdad? —dijo Foolish, sin molestarse en mirar. Su tono era plano, aburrido—. Vuelve cuando traigas algo de color morado.
Luzu apretó la mandíbula. La obsesión de la entidad con Vegetta era fascinante desde el punto de vista conductual, pero irritante desde el punto de vista personal.
—El Ingeniero tiene obligaciones administrativas —respondió Luzu, tratando de mantener un tono profesional y amable—. Pero el Proyecto Ídolo Dorado sigue activo. Y tú sigues bajo protocolo de observación.
Luzu desbloqueó su tablet y abrió un archivo antiguo, fechado en el año 1300 a.C., recuperado de una excavación clandestina de A.R.C.A. en el Valle de los Reyes.
—Tengo datos aquí que requieren corroboración directa —continuó Luzu, la emoción filtrándose en su voz—. Registros de energía anómala en la Cuarta Dinastía. Menciones de un "Escultor de las Aguas" que no envejecía. Quiero comparar tu firma bio-energética actual con la descrita en los papiros de Amarna.
Foolish finalmente abrió un ojo. El iris verde brilló con una mezcla de burla y molestia.
—¿Papiros? —bufó el dios—. Ustedes los humanos y su obsesión con el papel viejo. No voy a darte clases de historia, Doctor. No soy una enciclopedia parlante, soy un prisionero que está esperando a su carcelero favorito. Tú... eres solo ruido de fondo.
Foolish se giró, dándole la espalda al cristal, y empezó a nadar lentamente hacia la zona de las rocas, ignorando a Luzu por completo.
—¡Espera! —Luzu golpeó la mesa—. ¡Hiciste una promesa! Le dijiste a Vegetta que colaborarías. Que serías dócil.
Foolish se detuvo, pero no se giró.
—Le prometí a él que me portaría bien. No le prometí que te entretendría a ti. Mientras no rompa el cristal ni mate a nadie estoy cumpliendo mi parte. Ahora, déjame en paz.
Luzu sintió cómo la frustración le subía por el cuello, caliente y punzante. Arin, comenzó a calcular probabilidades de coerción.
—Sujeto no cooperativo. Nivel de arrogancia: 95%. Se requiere apalancamiento emocional.
Luzu sabía que Arin tenía razón, la amabilidad no funcionaba con dioses. El protocolo científico no funcionaba. Solo funcionaba el miedo o el amor.
Luzu respiró hondo, borrando la expresión de impaciencia de su rostro y reemplazándola por una máscara de "preocupación pragmática". Se inclinó hacia el micrófono.
—58, escúchame con atención —dijo Luzu, bajando la voz hasta que sonó fría y grave—. Tienes razón. La investigación oficial terminó, el Auditor se fue.
Hizo una pausa dramática.
—Pero eso es exactamente lo que nos pone en peligro.
Foolish se giró lentamente en el agua. La mención de "peligro" captó su atención, no por él, sino por la implicación.
—¿Qué quieres decir? —preguntó la entidad, acercándose unos metros.
—Crees que porque Vegetta te puso ese chip y actuaste sumiso ayer, ya ganamos, crees que puedes volver a ser arrogante y selectivo —Luzu negó con la cabeza—. Te equivocas, es demasiado pronto.
Luzu se puso de pie y caminó hasta el cristal, mirando a Foolish a los ojos.
—El reporte de cierre del Auditor Corazón fue provisional, están vigilando. Si ven que, apenas un día después de la auditoría, vuelves a ignorar al equipo científico y solo respondes ante Vegetta... ¿sabes qué pensarán?
Foolish no respondió, pero su aleta dorsal se erizó ligeramente.
—Pensarán que fue un teatro —sentenció Luzu cruelmente—. Pensarán que Vegetta no tiene control real sobre ti. Que solo lo obedeces por capricho, y si llegan a esa conclusión... ya no habrá una segunda investigación, no habrá interrogatorios.
Luzu puso la mano en el cristal, imitando el gesto de Vegetta, pero sin el calor humano.
—Habrá una orden ejecutiva de Saneamiento Inmediato. Fusilarán a todo el equipo del Proyecto. A mí, a los guardias, y a Vegetta.
El nombre golpeó el agua como una piedra.
Foolish nadó rápidamente hasta el cristal, pegando su rostro al otro lado, sus ojos verdes eran dos abismos de furia contenida y terror.
—No se atreverían —gruñó Foolish—. Si tocan a Vegetta, yo...
—Tú no harás nada —interrumpió Luzu, implacable—. Porque si intentas salir, activarán los implantes explosivos de los empleados antes de que rompas la primera pared, si te rebelas ahora, firmas su sentencia de muerte —Hizo lo que pudo para no reírse ante esa afirmación, los empleados no tenían tal cosa, pero no había forma de que Foolish pudiera saberlo.
Luzu vio cómo la realidad se asentaba en los hombros del dios. Vio el momento exacto en que la arrogancia se rompió, reemplazada por el miedo instintivo de perder a su "familia". Foolish pensó en Vegetta, en Roier, en Leonarda. Todos ellos, frágiles y mortales, dependían de que él mantuviera la farsa.
Foolish bajó la cabeza, sus puños se apretaron hasta que los nudillos dorados crujieron.
—Eres una serpiente, Doctor —susurró Foolish, levantando la vista. Su mirada ya no era de indiferencia, era una mirada cínica, antigua, que parecía ver directamente el alma corrupta de Luzu—. Usas su nombre como un escudo, usas su vida como moneda de cambio.
—Uso lo que funciona —respondió Luzu, sintiendo una punzada de vergüenza que aplastó rápidamente bajo su ambición—. Es por su bien. Necesitamos mantener la apariencia de que el proyecto es un éxito científico total, no solo una relación de domador y bestia. Si colaboras conmigo, validas su trabajo, lo proteges.
Foolish soltó un suspiro de burbujas, derrotado por la lógica de la supervivencia.
—Bien —dijo la entidad, su voz cargada de veneno—. Colaboraré. Responderé a tus estúpidas preguntas, llenaré tus bases de datos para que puedas colgarte una medalla.
Foolish se acercó más, hasta que su aliento pudiera empañar el cristal desde el interior (metafóricamente, dadas las leyes de la física, pero la intención estaba ahí).
—Pero ten cuidado, Luzu. —El uso de su nombre de pila sonó como una maldición—. Veo cómo lo miras a él. Y veo cómo me miras a mí, no estás haciendo esto por la ciencia, lo haces por el hambre que tienes dentro.
Foolish mostró los dientes en una sonrisa que no tenía nada de amable.
—Responderé sobre la historia, sobre las pirámides y las guerras, pero no intentes preguntar cosas fuera de lugar. No intentes meterte en mi cerebro, porque si cruzas esa línea... ni toda la burocracia de A.R.C.A. podrá salvarte de lo que te haré ¿Entendido?
Luzu sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Era una amenaza real, pero la emoción del descubrimiento era más fuerte que el miedo.
—Entendido, 58. —Luzu volvió a sentarse, sus manos temblando ligeramente sobre la tablet—. Solo datos históricos, solo hechos.
—Pregunta entonces —ordenó Foolish, cruzándose de brazos y flotando con impaciencia—. Antes de que me aburra y decida que el silencio vale el riesgo.
Luzu activó la grabación. Su corazón latía a mil por hora, tenía al testigo definitivo frente a él.
—Comencemos con el evento registrado como "La Caída de la Ciudad Blanca", año 1200 a.C. —Luzu leyó los archivos en su tablet—. Los registros de la Fundación precursora sugieren que una entidad invocó una tormenta de arena que duró cuarenta días.
Luzu miró a Foolish, expectante.
—¿Estuviste allí? ¿Cuál fue tu rol? ¿Eras adorado o temido?
Foolish cerró los ojos un momento. Su expresión se suavizó, perdiendo la hostilidad por un segundo, transportándose a un lugar donde la arena quemaba y el sol era un dios cruel.
—Estuve allí —dijo Foolish, su voz volviéndose narrativa, profunda—. Pero no invoqué la arena. La arena vino porque la gente olvidó cómo construir canales, olvidaron el respeto por el agua.
Luzu tecleaba furiosamente. —Ajá. ¿Y la entidad que lo provocó?
—Era un tirano —dijo Foolish con desdén—. Quería que le construyeran estatuas de oro macizo mientras la gente moría de sed. —Una pequeña sonrisa melancólica apareció en los labios de Foolish—. Pero había un arquitecto, un mortal, él diseñó un sistema de cisternas subterráneas. Escondió el agua del dios tirano para dársela al pueblo.
Luzu se detuvo. —¿Un arquitecto?
—Siempre hay alguien así, Doctor —dijo Foolish, mirando a la nada, viendo claramente el rostro de Vegetta en otra piel, con túnicas de lino y manos manchadas de arcilla—. Él desafió al sol. Y yo... yo le ayudé a mover las piedras que eran demasiado pesadas para los hombres.
—¿Intervención directa? —Luzu estaba fascinado—. ¿Por qué? Las deidades de tu nivel suelen ser indiferentes a las disputas mortales.
Foolish abrió los ojos y clavó su mirada en Luzu, esa mirada cínica volvió.
—Digamos que... apreciaba la simetría de sus cisternas. —Foolish se burló—. Y que el tirano me debía una.
Luzu parpadeó. —¿”Una”?
—Ya no lo recuerdo, Lo que sea. Siguiente pregunta.
Luzu continuó. Preguntó sobre Troya, preguntó sobre la Biblioteca de Alejandría ("Fue un accidente con una vela, y los bibliotecarios eran unos histéricos", aclaró Foolish). Preguntó sobre la Peste Negra.
Con cada respuesta, Foolish tejía una narrativa que corroboraba los datos de la base, pero siempre añadía un detalle personal, una figura en la sombra, un "compañero" humano que siempre estaba ahí, luchando, construyendo, muriendo.
Luzu, cegado por la cantidad de información y la euforia de llenar los huecos en la historia de la humanidad, no se dio cuenta de lo obvio. No vio la historia de amor que se desarrollaba en cada siglo, Solo veía patrones de comportamiento anómalo.
—Increíble... —murmuró Luzu después de una hora, con los ojos pegados a la pantalla—. Esto cambia toda la teoría sobre la pasividad de los Inmortales. Tienes un patrón de intervención cíclica cada vez que la civilización alcanza un punto de quiebre arquitectónico o estructural.
—Claro, llámalo así —dijo Foolish, bostezando—. ¿Ya terminamos? Me estoy secando de aburrimiento y tu voz me está dando jaqueca.
Luzu miró el reloj, había obtenido más datos en una hora que en dos meses.
—Sí, por hoy es suficiente. —Luzu guardó la tablet como si fuera el Santo Grial—. Gracias, 58. Tu cooperación ha sido... iluminadora. Esto ayudará mucho a mantener el estatus de Vegetta.
Foolish se alejó del cristal, dándole la espalda.
—No me des las gracias, serpiente. Solo asegúrate de que tus superiores lean tus informes y dejen a mi ingeniero en paz.
Foolish se sumergió hasta el fondo de su tanque, buscando el silencio de las piedras, donde podía volver a tallar el rostro de su arquitecto en paz.
Luzu se quedó solo en la sala, temblando de adrenalina.
—Datos almacenados, —confirmó Arin—. Correlación con archivos proporcionados: 98%. Éxito rotundo.
—Lo tengo —susurró Luzu—. Tengo la historia de Dios.
Pero mientras salía de la sala, con la tarjeta negra de Willy pesando en su bolsillo, Luzu no podía quitarse de la cabeza la mirada de desprecio de Foolish. Había conseguido la información, sí. Pero se sentía más pequeño y más vacío que nunca.
. . .
La habitación de Pac y Mike era, oficialmente, el "Alojamiento Técnico 13-C". Extraoficialmente, era el mercado negro más acogedor del subsuelo.
Vegetta estaba de pie junto a la puerta cerrada, con las manos cruzadas a la espalda para ocultar que le sudaban las palmas. El aire hoy olía a incienso barato y a plástico quemado de soldador.
—¿Un libro? —preguntó Mike, asomando la cabeza desde detrás de una montaña de cables y placas base—. ¿Te refieres a un e-book? Puedo descargarte la biblioteca entera de Alejandría en tu tablet en tres minutos. Tengo un VPN que salta los filtros de los Archivistas.
—No —dijo Vegetta, bajando la voz—. Un libro físico, de papel, tinta.
Pac, que estaba sentado en su litera calibrando un dron del tamaño de una mosca, dejó sus herramientas y miró a Vegetta con curiosidad.
—Papel... —silbó Pac—. Eso es caro, chefe. Es raro. Y difícil de esconder en los escáneres de densidad, además aun no conseguimos un nuevo proveedor ¿Para qué lo quieres? ¿Te pusiste nostálgico?
Vegetta tragó saliva, había ensayado la mentira.
—Es para... salud mental. —Vegetta se aclaró la garganta—. Las pantallas me están dando migraña. En el ala médica me sugirieron reducir la exposición a la luz azul antes de dormir. Y extraño la textura, extraño leer historias de amor donde... donde suceden tragedias pero la gente sobrevive.
Mike y Pac intercambiaron esa mirada telepática suya, sabían que Vegetta mentía. Vegetta nunca se quejaba de migrañas y su "salud mental" consistía en organizar lápices por tamaño. Pero eran buenos amigos, los mejores, y sabían cuándo no hacer preguntas.
—Historias donde la gente sobrevive... —murmuró Mike, saltando sobre una pila de cajas de cartón—. Creo que tengo algo que Fred dejó antes de... bueno, antes de irse.
Mike rebuscó en el fondo de un baúl falso que tenía la etiqueta "DESECHOS TÓXICOS - NO ABRIR". Sacó un objeto rectangular envuelto en plástico protector.
—Aquí está. —Mike se lo tendió como si fuera un lingote de oro—. "El Último Día de Pompeya". Es un clásico, mucho drama, volcanes, gente corriendo y creo que hay una historia de amor en medio del desastre.
Vegetta tomó el libro. Pesaba mucho más que cualquier tablet, podía sentir la textura rugosa de la tapa a través del plástico. Era un objeto prohibido en sus manos.
—¿Cuánto? —preguntó Vegetta, sacando su tarjeta de créditos.
Pac saltó de la litera y le empujó la mano.
—De graça, jefe. Considéralo un regalo por no despedirnos la semana pasada cuando hicimos estallar el microondas del comedor.
—Solo... ten cuidado, ¿sí? —añadió Mike, perdiendo la sonrisa por un segundo—. Si te atrapan con eso en una revisión aleatoria, di que lo encontraste en la basura, no nos menciones.
—Nunca lo haría —prometió Vegetta.
Se metió el libro bajo la chaqueta del uniforme, pegado a sus costillas, justo sobre el corazón. Sentía sus bordes duros clavándose en su piel, era incómodo, peligroso.
Y le hacía sentirse extrañamente vivo.
—Gracias, chicos.
—Disfruta la lectura, romántico —se burló Pac suavemente mientras Vegetta salía al pasillo.
El camino hacia la Celda P-58 nunca había sido tan largo.
Cada cámara de seguridad parecía un ojo acusador. Vegetta caminaba con su paso habitual, rápido y decidido, pero sentía que el libro emitía radiación. Si un Guardia de Perímetro lo detenía... sería el fin de su carrera.
Pero entonces pensó en Foolish.
Pensó en el dios tiburón sentado en el fondo de su tanque, esperando. Pensó en cómo había aceptado el chip de rastreo como si fuera un anillo de bodas, pensó en la soledad infinita de una criatura que había visto imperios caer y que ahora solo quería que le leyeran un cuento.
El miedo se transformó en determinación, apretó el brazo contra su costado, asegurando el libro, y entró en el ascensor.
En un santiamén las puertas se abrieron de nuevo, el aire húmedo y salado lo recibió.
Vegetta entró en la Sala de Observación. Luzu no estaba (afortunadamente, estaba ocupado devorando datos en su propia oficina), pero la luz roja de la cámara de seguridad estaba encendida, siempre estaba encendida.
Vegetta respiró hondo, compuso su rostro en la máscara de "Ingeniero Controlador" y se acercó al cristal.
Foolish estaba allí, pegado al vidrio, esperando.
Al ver a Vegetta, la cara del dios se iluminó con una sonrisa que podría haber eclipsado al sol artificial de la cafetería. Pero no dijo nada, esperó.
Vegetta sacó el libro de su chaqueta con un movimiento rápido y lo puso sobre la mesa de metal.
—Sujeto 58 —dijo Vegetta con voz alta y clara, dirigida al micrófono—. Inicio de la Fase 2 del Protocolo de Estímulo Cognitivo. Voy a proceder a la lectura de material narrativo complejo para evaluar tu capacidad de procesamiento lingüístico y respuesta empática ante escenarios hipotéticos de crisis.
Foolish parpadeó, mirando el libro. Luego miró a Vegetta, entendió el juego al instante.
—Entendido, Ingeniero —respondió Foolish, adoptando una postura de atención exagerada, sentándose en el suelo del tanque con las piernas cruzadas—. Estoy listo para la... evaluación.
Vegetta se sentó. Sus manos temblaban ligeramente al romper el plástico del libro, el olor a papel viejo y pegamento llenó la pequeña sala estéril, era un olor embriagador.
Abrió el libro en la primera página.
—Capítulo Uno —leyó Vegetta.
Y empezó.
Su voz, normalmente usada para dar órdenes técnicas o explicar planos, se suavizó. Leyó sobre las calles empedradas de Pompeya, leyó sobre el bullicio del mercado, sobre el sol brillando en el Monte Vesubio, sobre los amantes que se juraban amor eterno sin saber que el cielo estaba a punto de caer sobre sus cabezas.
Foolish escuchaba, no se movía, ni siquiera parpadeaba. Estaba hipnotizado, no por la historia, sino por el narrador.
Vegetta se perdió en la lectura. Por momentos, olvidaba las cámaras, olvidaba a A.R.C.A. Solo existían él, el libro y los ojos verdes al otro lado del cristal que absorbían cada palabra como si fuera agua bendita.
Leyó durante una hora. Leyó hasta que su garganta se secó, leyó la parte donde el volcán despierta, donde la oscuridad cubre el día, donde la ceniza empieza a caer como una nieve mortal.
—"...y el cielo se tornó negro, no por la noche, sino por la ira de la tierra, y los dioses callaron mientras los hombres gritaban..." —leyó Vegetta, cerrando el capítulo.
Hubo un silencio largo en la sala.
Vegetta levantó la vista, esperando ver la reacción de Foolish. Esperaba que le gustara, esperaba que hubiera valido la pena el riesgo.
Foolish estaba mirando sus propias manos, con una expresión ilegible.
—Es inexacto —dijo Foolish finalmente.
Vegetta parpadeó, desconcertado. —¿Qué?
—La ceniza —dijo Foolish, levantando la vista, sus ojos estaban oscuros, llenos de sombras—. El libro dice que la ceniza era gris, como polvo. Pero no lo era, era negra. Y caliente, pesada como el plomo cuando caía sobre la piel, no solo quemaba... se pegaba.
Vegetta sintió un escalofrío. —¿Cómo... cómo sabes eso?
Foolish se acercó al cristal, apoyó la frente contra el polímero frío.
—Porque estuve allí, Vegetta.
Vegetta dejó el libro sobre la mesa con cuidado, como si de repente fuera frágil.
—¿En Pompeya? —susurró, olvidando por un momento que la grabadora estaba encendida.
—Sí. —Foolish cerró los ojos, transportándose—. Era un día ruidoso. Yo estaba de paso, no suelo intervenir en los desastres naturales. Los volcanes, los terremotos... son la forma en que la Tierra respira. Los dioses antiguos acordamos no detenerlos, es el ciclo natural de las cosas.
Foolish abrió los ojos y miró a Vegetta con una intensidad suave.
—Iba a irme. Iba a dejar que la ciudad ardiera, como estaba escrito. Pero entonces... entré en un templo pequeño, un templo a una diosa menor de la esperanza.
Foolish sonrió con tristeza.
—Había un sacerdote allí. No era un gran sumo sacerdote, era joven. Tenía la túnica sucia de hollín y una banda morada cruzándole el pecho. Estaba tratando de meter a un grupo de niños y ancianos bajo el arco principal del templo.
Vegetta sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Una banda morada.
—El techo estaba cediendo —continuó Foolish—. Las vigas de madera crujían bajo el peso de la piedra pómez. El sacerdote no era fuerte, era delgado, pero sostenía una viga con su propio hombro, gritando a la gente que se pusiera a salvo, aunque no había ningún lugar seguro.
Foolish puso su mano en el cristal, trazando la línea de la mandíbula de Vegetta en el aire.
—Me vio. Yo estaba en mi forma humana, pero él... él vio lo que yo era. No me pidió que lo salvara a él, me miró con unos ojos del color de la amatista, llenos de lágrimas y de una terquedad infinita y me dijo: "Ayúdame a sostener esto, solo un poco más, por favor."
Vegetta sintió que sus propios ojos se llenaban de lágrimas. Podía sentir el peso fantasma de esa viga en su hombro, podía sentir el calor asfixiante.
—¿Y qué hiciste? —preguntó Vegetta, con la voz quebrada.
—Rompí las reglas —dijo Foolish—. Tomé mi forma verdadera, crecí hasta tocar el techo. Sostuve la piedra y la madera con mi espalda, soporté toneladas de escombros ardiendo.
Foolish bajó la voz.
—Sabía que era inútil, sabía que la lava llegaría en minutos y los mataría a todos de todos modos, no había salida. Pero ese sacerdote... me miró con tanta esperanza, me sonrió entre el humo. Y por esa sonrisa, Vegetta... por esa sola sonrisa, me quedé allí sosteniendo el techo hasta que el fuego nos consumió a ambos.
El silencio en la celda era absoluto, roto solo por el zumbido de las máquinas.
Vegetta estaba temblando. No era una historia de terror, era una historia de amor. Un amor tan grande que había hecho que un dios eligiera morir dolorosamente junto a un mortal solo para darle unos minutos más de esperanza.
—Tonto —susurró Vegetta, limpiándose una lágrima traicionera—. Ese sacerdote... era un tonto por pedirte eso.
—No —corrigió Foolish—. Era valiente, era hermoso y tenía la costumbre de cargar con el peso del mundo sobre sus hombros, incluso cuando el mundo se estaba acabando.
Foolish miró a Vegetta significativamente.
—Me recuerda a alguien.
Vegetta bajó la cabeza, incapaz de sostener la mirada. El libro de contrabando yacía entre ellos, un puente de papel entre el pasado y el presente.
—La sesión ha terminado —dijo Vegetta bruscamente, poniéndose de pie y recogiendo el libro. Necesitaba salir, necesitaba aire, sentía que el volcán estaba a punto de estallar dentro de su pecho—. Los datos... los datos de respuesta empática son satisfactorios.
Foolish no se burló de su retirada, solo asintió.
—Gracias por la historia, Ingeniero. —Foolish se recostó en el agua—. Aunque prefiero mi versión. En mi versión, el sacerdote y yo nos encontramos de nuevo. En un lugar más frío y esta vez... esta vez planeo sacar las piedras del camino antes de que nos aplasten.
Vegetta salió de ahí con el corazón latiendo desbocado contra el libro escondido.
Caminó por el pasillo vacío, sintiendo el fantasma de la ceniza en su piel.
Yo estuve ahí, pensó Vegetta. Yo le pedí ayuda y él se quedó conmigo hasta el final.
Por primera vez, el miedo a A.R.C.A. no fue lo que le impidió dormir esa noche. Fue la certeza abrumadora de que, sin importar cuántas vidas pasaran, él siempre terminaría pidiéndole a Foolish que sostuviera el techo, y Foolish siempre diría que sí.
. . .
Fargan retrocedió por el conducto de ventilación con la suavidad de una sombra. Sus botas tácticas no hacían ruido contra el metal.
Abajo, en la Celda 58, la lectura había terminado. Vegetta se iba, llevándose su libro de contrabando y su corazón roto.
Fargan se sentó en la oscuridad del entrepiso, abrazando sus rodillas.
—Así que es verdad —susurró—. No es control mental, es... amor.
La palabra le sabía extraña en la boca. En A.R.C.A., el amor era una variable que no existía en las ecuaciones. Existía la lealtad, el miedo, la contención. Pero ver a un humano, a un Ingeniero de Nivel 4 conocido por su frialdad, llorar por una historia de Pompeya junto a un monstruo...
Fargan se tocó la máscara de Auditor que llevaba colgada al cinturón.
—Corazón cree que ganamos porque Vegetta "domó" a la bestia. Pero la realidad es que la bestia se dejó domar para proteger al humano. — Intuyó.
Fargan debería reportarlo, debería decirle a Corazón: "Oye, nos engañaron. El vínculo emocional es real, hay que borrarlos a ambos."
Pero no podía. Porque por primera vez en años, Fargan sentía envidia. Él, que había vendido su libertad y su naturaleza para ser un "agente útil", nunca había recibido una mirada de devoción como la que Foolish le dio a Vegetta, a Fargan solo lo miraban con sospecha o con utilidad.
—Lo pensaré luego —decidió, sacudiendo la cabeza para alejar esos pensamientos peligrosos—. Ahora tengo trabajo real.
La superficie estaba fría. Era una noche sin luna en un bosque denso al norte del continente.
El equipo de Recolectores se movía entre los árboles.
—Rastreador, ¿tienes señal? —preguntó Alexby a través del comunicador. Su voz sonaba impaciente, cargada de adrenalina.
Fargan ajustó sus gafas de visión térmica. Sus pupilas, ocultas bajo la máscara de búho, se dilataron hasta cubrir casi todo su iris, captando la luz que ningún humano podía ver.
—Señal confirmada, Pastor —respondió Fargan. Su tono era apagado, mecánico—. A trescientos metros al norte, está quieto, parece asustado.
—¿Asustado? —rio Staxx por la línea—. Mejor para nosotros.
Fargan avanzó, separándose del grupo. Su agilidad era sobrenatural; saltaba sobre raíces y rocas sin romper una sola rama.
Llegó a un claro, allí estaba la anomalía.
No era un monstruo gigante. Era una criatura pequeña, hecha de algo que parecía corteza de árbol. Estaba acurrucada contra un tronco viejo, temblando. Tenía ojos grandes y líquidos, llenos de terror. Al ver a Fargan, la criatura soltó un gemido agudo y se cubrió la cabeza con sus bracitos de rama.
Fargan se detuvo.
Bajó su rifle tranquilizante.
La criatura no estaba atacando, estaba escondiéndose. Probablemente solo había salido del bosque porque tenía hambre o curiosidad, y su "disturbio" en el pueblo había sido simplemente existir donde los humanos no la querían.
Fargan vio su propio reflejo en los ojos de la criatura. Recordó el día, hace diez años, cuando otro equipo lo encontró a él. Recordó ser apuntado también, recordó el dolor.
—Vete —susurró Fargan, rompiendo el protocolo—. Corre, hacia el este, no te encontrarán.
La criatura lo miró, confundida.
Pero fue demasiado tarde.
—¡Contacto! —gritó Alexby, saliendo de los arbustos a la derecha.
—¡Desplegando red de contención! —anunció Staxx desde la izquierda.
Un proyectil salió disparado con un estruendo sordo, una red de malla de titanio electrificada cayó sobre la criatura.
La bestia de corteza aulló. Fue un sonido desgarrador, como madera rompiéndose y un niño llorando al mismo tiempo. La electricidad recorrió su cuerpo, quemando su piel, apagando la luz de sus ojos a la fuerza.
La criatura se retorcía, intentando liberarse, pero Staxx disparó una segunda carga de espuma inmovilizadora que la pegó al suelo.
—¡Blanco asegurado! —celebró Alexby, acercándose con su porra eléctrica lista—. ¡Joder, qué fácil! Ni siquiera peleó.
Fargan se quedó quieto, viendo cómo la criatura dejaba de moverse, sus ojos perdiendo el brillo, derrotada por la tecnología humana.
Sintió náuseas.
—Oye, Fargan, buen rastreo —dijo Staxx, dándole una palmada en la espalda—. Nos ahorraste horas de búsqueda.
Fargan no respondió, solo miró la red humeante.
El viaje de regreso en el transporte blindado fue tenso para él. La criatura, sedada y empaquetada como un mueble en la parte trasera, emitía un zumbido bajo de dolor inconsciente.
Alexby y Staxx estaban en los asientos delanteros, riendo y revisando las estadísticas de la misión en sus tablets.
—Oigan —dijo Fargan desde la oscuridad del asiento trasero.
Los dos humanos se giraron.
—¿Qué pasa, Búho? —preguntó Alexby, quitándose el casco. Tenía una sonrisa de satisfacción—. ¿Sigues amargado por lo del papeleo?
—¿Era necesario? —preguntó Fargan suavemente—. La red eléctrica, la espuma. La criatura no estaba atacando, estaba acurrucada, podríamos haber usado un sedante en dardo, podríamos haberla contenido sin... quemarla.
Staxx rodó los ojos. —Protocolo estándar, Fargan. No sabemos qué puede hacer esa cosa, mejor neutralizar duro y preguntar después. Seguridad ante todo.
—¿Qué te pasa últimamente? —Alexby frunció el ceño—. Te estás volviendo blando, pareces uno de esos pacifistas de los Archivistas.
—No soy blando —gruñó Fargan, sintiendo que las plumas bajo su piel empezaban a picar—. Solo me pregunto... ¿hemos perdido el rumbo? A.R.C.A. se fundó para proteger la normalidad, sí, pero también para estudiar lo desconocido, ahora solo lo aplastamos. Nos hemos vuelto hostiles, yo... me he vuelto hostil.
Fargan miró sus propias manos enguantadas.
—Se suponía que yo era el puente. Que yo ayudaba a entender a las anomalías, pero solo ayudo a cazarlas.
Alexby soltó una carcajada incrédula.
—Tío, no te compares, tú no eres como eso —señaló con el pulgar hacia la criatura sedada—. Tú eres diferente.
—¿Diferente? —Fargan levantó la vista, sus ojos brillaron en la penumbra—. ¿En qué soy diferente, Alexby? Tengo garras, tengo instintos. Si me quitas el uniforme, soy igual que lo que hay ahí atrás.
—No digas tonterías —dijo Staxx con total naturalidad, como si explicara que el cielo es azul—. Tú eres un Verde Estable. Pasaste los tests de integración hace años. Tú hablas, piensas, sigues órdenes, eres civilizado. Esas cosas... son animales. Tienen potencial destructivo, tú tienes potencial operativo.
—¿Civilizado? —repitió Fargan, la palabra le supo a ceniza—. ¿Eso es lo que soy para ustedes? ¿Un animal entrenado que aprendió a no morder?
—Fargan, relájate —dijo Alexby, notando el cambio en el tono—. Eres uno de los nuestros, eres un agente.
—¿Ah, sí? —Fargan se puso de pie en el espacio reducido del transporte.
El aire dentro del vehículo pareció volverse más pesado, la atmósfera de camaradería se evaporó.
Fargan se quitó la máscara de búho y la tiró al suelo.
Su rostro estaba cambiando. Las plumas marrones que normalmente ocultaba se extendieron rápidamente, cubriendo sus pómulos y su frente. Sus ojos se volvieron completamente negros, sin esclerótica, dos pozos de depredación nocturna.
Y entonces, extendió los brazos.
CRACK.
El sonido de la tela rompiéndose fue fuerte. De su espalda, a través del uniforme táctico, emergieron dos alas enormes, marrones y silenciosas, que llenaron el espacio, rozando el techo y las paredes del transporte.
Ya no parecía humano. Parecía una entidad antigua, un espíritu del bosque cansado de jugar a los soldados.
—Mírenme —siseó Fargan. Su voz sonaba doble, humana y aviar—. Mírenme bien ¿Soy uno de los suyos? ¿O soy solo una herramienta que no han metido en una jaula todavía?
Alexby y Staxx reaccionaron por puro instinto.
Sus manos volaron hacia sus cinturones. Staxx desenfundó su pistola de pulsos a medias. Alexby puso la mano sobre el mango de su porra eléctrica. Sus ojos estaban muy abiertos, llenos de un miedo primario, miedo al monstruo.
El tiempo se congeló.
Fargan miró las armas, miró el terror en los ojos de sus "amigos".
La tensión se rompió, no con un ataque, sino con una sonrisa triste de la criatura alada.
—Ya veo —dijo Fargan.
Plegó las alas lentamente. Las plumas de su cara retrocedieron un poco, aunque sus ojos siguieron siendo negros.
—Está bien —dijo Fargan, su voz volviendo a ser suave, resignada—. Está bien que tengan miedo, es la respuesta natural.
—Fargan, yo... —empezó Alexby, retirando la mano de su arma, dándose cuenta de lo que había hecho.
—No —lo cortó Fargan—. No te disculpes. Tu cuerpo reaccionó a la verdad. Si yo fuera un agente humano, habrían gritado. Me habrían dicho que estoy loco, me habrían reportado. Pero no hablaron, apuntaron.
Fargan recogió su máscara del suelo, pero no se la puso.
—Para ustedes, en el fondo, siempre seré una Brecha de Contención esperando a suceder. Siempre seré un "Verde" que podría volverse "Rojo".
Fargan se sentó de nuevo, dándoles la espalda, mirando a la criatura sedada.
—Solo conduzcan —dijo Fargan—. Llevémosla a su celda. Al fin y al cabo... todos vamos al mismo sitio.
El resto del viaje fue en un silencio sepulcral. Alexby y Staxx intercambiaban miradas culpables, pero no dijeron nada. No podían, Fargan había roto el espejo donde se miraban y les había mostrado que, bajo sus uniformes de héroes, solo eran carceleros asustados.
Y Fargan, mirando por la ventana hacia la oscuridad, supo que su lealtad a A.R.C.A. había muerto esa noche en el bosque. Ahora, solo le quedaba decidir a quién le daría su lealtad real.
Chapter 10: Manos de Ingeniero
Notes:
(See the end of the chapter for notes.)
Chapter Text
El Laboratorio Principal de Xenobiología era un lugar de blancos cegadores y aceros inoxidables, pero alrededor del Dr. BadBoyHalo, la luz parecía tener miedo de tocar el suelo.
Bad estaba inclinado sobre una placa de Petri, tarareando una melodía alegre mientras analizaba una muestra de tejido ectoplásmico.
—Pásame el bisturí láser, por favor —pidió Bad al aire vacío.
Del suelo, una sombra se alargó. No era una sombra natural proyectada por la luz; era una extensión de su propia esencia, una mano negra y bidimensional que se deslizó por la mesa, tomó el instrumento y se lo colocó suavemente en la mano enguantada.
—¡Gracias! —dijo Bad con una sonrisa brillante.
La puerta del laboratorio se abrió y entró un técnico junior, un chico nuevo que temblaba visiblemente al sostener una bandeja de viales.
—D-Doctor Halo... —tartamudeó el chico, quedándose pegado a la puerta—. Traigo las muestras del Sector 7.
Bad se giró, y las sombras que lo rodeaban se retrajeron de golpe, escondiéndose bajo su bata como niños tímidos.
—¡Oh, excelente! —Bad se acercó con pasos animados, sus zapatos resonando suavemente en el piso de linóleo—. Pónlas en la mesa de criogenia, por favor. ¿Quieres un caramelo de menta? Los fabriqué yo mismo.
El técnico miró la mano negra de Bad ofreciéndole el dulce. Miró sus ojos blancos sin pupilas, los pequeños cuernos que asomaban de su capucha.
—N-no, gracias, señor. Tengo... tengo alergia.
El chico dejó la bandeja con un estruendo nervioso y salió casi corriendo de la habitación.
La sonrisa de Bad no vaciló, pero sus ojos perdieron un poco de brillo. Bajó la mano lentamente y guardó el caramelo en su bolsillo.
—Qué grosero —murmuró Bad.
—Te tienen miedo. —susurró una de las sombras en su mente.
—Lo sé —respondió Bad en voz alta, volviendo a su trabajo—. Pero no deberían, soy amable, soy el jefe de departamento más amable que han tenido, el anterior jefe los usaba de cebo para las plantas carnívoras, yo les doy dulces.
Bad miró a la criatura que yacía en la mesa de operaciones adyacente. Era una entidad menor, un pequeño ser de roca que había sido traído sedado para un chequeo de rutina.
—Tú no me tienes miedo, ¿verdad? —le dijo Bad a la piedra dormida—. Tú sabes que solo quiero cuidarte.
Nadie respondió, nadie respondía nunca. Sus superiores lo miraban con desdén, tolerando su existencia solo por su intelecto brillante, sus subordinados lo miraban con terror, esperando el momento en que el "demonio" se comiera sus almas.
Bad suspiró, y las sombras a sus pies se agitaron, consolándolo, acariciando sus tobillos como gatos negros.
—Está bien —se dijo a sí mismo, forzando la sonrisa a volver—. No necesito que me hablen, tengo mi trabajo. Y tengo... recuerdos.
La mente de Bad viajó hacia atrás, nueve años atrás para ser exactos.
No llevaba bata de laboratorio entonces y llevaba un collar.
Era un dispositivo grueso de metal cromado, ajustado alrededor de su cuello, diseñado para suprimir sus habilidades de manipulación de sombras. Cada vez que su ritmo cardíaco subía demasiado, o cada vez que intentaba invocar la oscuridad: ¡ZAP! Cinco mil voltios directos a la yugular.
Lo habían clasificado como Ámbar Estable, pero A.R.C.A. no confiaba en los demonios. Lo mantenían en una celda de contención de vidrio y luz ultravioleta, solo y miserable.
Bad odiaba la soledad más que el dolor. Se sentaba en el centro de su celda, abrazando sus rodillas, tratando de no gimotear porque las lágrimas activaban el collar.
Un día, la puerta se abrió.
Entraron varios guardias, pero también un joven ingeniero, con una expresión de concentración absoluta.
Vegetta.
En aquel entonces, Vegetta era solo un brillante ingeniero junior, responsable de la optimización y diseño de celdas de contención avanzadas.
—No te muevas, Anomalía —advirtió uno de los guardias con el rifle levantado.
Vegetta, vestido con un traje impecable de color morado oscuro, tenía el cabello negro perfectamente peinado y una tablet en la mano. No miró a Bad, miró las paredes, el suelo, las luces. se acercó al centro de la celda.
—La refracción lumínica es ineficiente —dijo, anotando algo—. El sujeto tiene fotofobia leve según el archivo. Estas luces le están causando migraña constante, eso aumenta el estrés y reduce la cooperación.
Bad levantó la vista, sorprendido ¿Alguien se preocupaba por su dolor de cabeza?
El hombre se giró finalmente hacia él. Tenía unos ojos morados hermosos, fríos y calculadores.
—Hola —dijo Bad tímidamente.
El hombre no sonrió, no retrocedió.
—Soy el Ingeniero De Luque —dijo Vegetta—. Estoy rediseñando tu unidad habitacional. ¿Prefieres una temperatura ambiente de 20 o 22 grados?
—¿Me... me estás preguntando? —Bad parpadeó, incrédulo.
—La comodidad aumenta la estabilidad —respondió Vegetta, sin emoción—. Responde.
—Veintidós… Por favor.
Vegetta asintió y anotó. —Hecho.
Bad sintió que su corazón se saltaba un latido. ZAP. El collar le dio una descarga de advertencia, pero a Bad no le importó.
Ese hombre no lo miraba con asco, no lo miraba con miedo. Lo miraba como un problema de arquitectura que merecía ser resuelto con elegancia. Lo trataba con dignidad, aunque fuera una dignidad fría y burocrática.
Durante las semanas siguientes, Bad vivió para las visitas de inspección de Vegetta. Soportó los experimentos de reacondicionamiento conductual con una sonrisa, solo para poder decirle a Vegetta: "¡Mira! ¡Me porté bien! ¿Vienes a ver mi celda de nuevo?"
Vegetta nunca le devolvió la sonrisa, nunca le trajo un dulce, pero le construyó un hogar donde no dolía existir.
Y para una criatura hecha de oscuridad y rechazo, eso fue suficiente para enamorarse.
Cuando finalmente le dieron el permiso de trabajo y el uniforme de científico (aunque mantuvo el collar dos años más), Bad buscó a Vegetta para agradecerle. Pero Vegetta ya había olvidado al prisionero de la Celda D-404. Para él, Bad era solo otro colega.
Bad aceptó eso. Se conformó con ser el colega amable, el que dejaba muffins en su escritorio, el que lo adoraba desde la seguridad de su laboratorio solitario.
Hasta hace una semana.
De vuelta en el presente, Bad soltó el bisturí.
La imagen de Vegetta irrumpiendo en el quirófano, pálido, desesperado, gritando por la seguridad de la Anomalía P-58, se repitió en su mente como una película dolorosa.
Bad había dejado de sonreír en ese momento.
Por años, había pensado que la frialdad de Vegetta era universal. Que él simplemente era así: un hombre de piedra y números. Bad se había dicho a sí mismo: "No me ama, pero tampoco ama a nadie más, su corazón es una fortaleza inexpugnable."
Pero era mentira.
Vegetta podía amar, podía sentir pánico, podía arriesgar su carrera, podía mirar a una anomalía —un monstruo, igual que Bad— con ojos llenos de devoción.
Solo que no era a Bad a quien miraba así, era al tiburón, al dios arrogante y destructivo.
—No es justo —susurró Bad. Las sombras en el laboratorio se alargaron, volviéndose afiladas, agresivas—. Yo soy bueno, soy obediente, yo uso el uniforme. Yo digo "por favor" y "gracias". Yo nunca he roto nada.
Bad apretó los puños.
El tiburón causaba desastres, el tiburón mataba gente, el tiburón era un problema. Y sin embargo, Vegetta le miraba, le ponía marcas en la piel que el otro llevaba como joyas, le ponía más atención que a nadie más.
—Si te gustan los monstruos, Vegetta... —dijo Bad, su voz volviéndose distorsionada, gutural, por un segundo—. ¿Por qué no te gusto yo?
Bad se miró en el reflejo del acero inoxidable, vio a un demonio triste con una bata de laboratorio.
—Quizás he sido demasiado pasivo —reflexionó, recuperando su tono habitual, aunque sus ojos seguían fríos—. Me he conformado con migajas, detalles, saludos en el pasillo.
Bad sonrió. Pero esta vez, la sonrisa no llegó a sus ojos.
—Ya no. Ahora sé que es posible. Sé que tu corazón tiene una puerta trasera para las anomalías. Y si ese pez tonto pudo entrar rompiendo la pared... yo puedo entrar siendo un caballero.
Bad se quitó los guantes con un chasquido.
—Soy paciente, soy inmortal. Y soy mucho, mucho más inteligente que una deidad de fuerza bruta.
Se giró hacia sus sombras.
—Vamos, chicos, tenemos trabajo que hacer. Vamos a preparar algo especial, algo que el Ingeniero De Luque no podrá rechazar.
BadBoyHalo salió del laboratorio, caminando con su paso alegre y su sonrisa brillante. A los ojos de cualquiera, era el mismo doctor amable de siempre. Pero por dentro, el prisionero del collar de voltios había despertado, y esta vez, no se conformaría con una celda cómoda.
Quería al arquitecto.
. . .
El Departamento de Registros Históricos y Recuperación de Artefactos (D.R.H.R.A.) estaba en el Sector 23, un lugar silencioso que olía a polvo y pergamino viejo.
Vegetta entró, sintiéndose fuera de lugar. Su mundo era el de la ingeniería activa, el ruido de los pistones y el flujo de energía. Este lugar era un cementerio de datos.
—¿Hola? —llamó, su voz resonando entre las estanterías de servidores y vitrinas de cristal.
—¡Un momento! —gritó una voz desde el fondo—. ¡Estoy... eh... calibrando una reliquia de inmenso poder!
Hubo un sonido de algo cayéndose al suelo, seguido de una maldición ahogada. Unos segundos después, apareció Mariana.
Era un hombre alto, desgarbado, con unas gafas enormes que le daban un aspecto de intelectual. Llevaba una camisa hawaiana debajo de la bata oficial, un pequeño acto de rebeldía estética. Al ver a Vegetta, se alisó el cabello y se apoyó en una columna con una pose que pretendía ser seductora pero que resultó cómica.
—¡Ah, Ingeniero De Luque! —dijo Mariana, bajando la voz un octava para sonar más varonil—. Qué sorpresa verte por mis humildes dominios ¿Vienes a buscar sabiduría? ¿O solo vienes a admirar al guardián de la historia?
Vegetta arqueó una ceja, reprimiendo una sonrisa. Le caía bien Mariana, era inofensivo y brillante en su campo.
—Hola, Mariana, vengo por datos. Necesito acceso a la Subsección de Catástrofes Naturales. Específicamente, el evento de Pompeya, año 79 d.C.
Mariana parpadeó, su fachada de galán desmoronándose un poco ante la solicitud técnica.
—¿Pompeya? —Se ajustó las gafas—. Uff, material clásico ¿Estás investigando estructuras volcánicas para los nuevos generadores geotérmicos?
—Exacto —mintió Vegetta con fluidez—. Estamos analizando la resistencia de ciertos templos antiguos ante flujos piroclásticos. Necesito imágenes, grabados, cualquier cosa que A.R.C.A. haya recuperado de las excavaciones clandestinas del siglo XIX.
—Por supuesto, por supuesto. Para ti, lo que sea, Veg. —Mariana se giró rápidamente, tropezando con sus propios pies antes de recuperarse—. ¡Sígueme! Tengo acceso a la "Colección Prohibida" del Vaticano que confiscamos en los 80.
Mariana tecleó furiosamente en una consola holofónica.
—Bien, aquí tenemos escaneos de frescos recuperados de la Villa de los Misterios y del Templo de Isis... ah, espera. Aquí hay algo raro.
Mariana amplió una imagen granulada. Era una fotografía de un mosaico de suelo, parcialmente destruido, encontrado bajo los cimientos de un templo menor no registrado en los libros de historia pública.
—El Templo de Spes —leyó Mariana—. La diosa de la esperanza. Mira esto, Veg. Es curioso.
Vegetta se acercó, sintiendo un nudo en el estómago.
El mosaico mostraba el caos. Fuego, ceniza, gente huyendo. Pero en el centro, había una figura gigantesca, dorada y verdosa, sosteniendo un techo que se derrumbaba.
Y debajo de la figura... había un hombre.
Era pequeño en comparación con el gigante. Vestía una túnica blanca sucia, pero cruzando su pecho, clara y vibrante a pesar de los siglos, había una banda de tela color púrpura.
Vegetta se inclinó más, casi tocando la pantalla.
El rostro del hombre en el mosaico era estilizado, típico del arte romano, pero los rasgos eran inconfundibles. La línea de la mandíbula, la forma de los ojos, el cabello oscuro.
Era él.
—Vaya —silbó Mariana, mirando a Vegetta y luego a la pantalla—. Qué coincidencia, ¿no? Ese tipo se parece un montón a ti. Digo, si te pusieras una sábana y dejaras de usar tanto gel... serías tú.
Vegetta no respondió. Su corazón latía tan fuerte que temía que Mariana lo escuchara. Foolish no mintió, yo estuve ahí.
—¿Hay... hay más? —preguntó Vegetta, con la voz ronca—. ¿Otros eventos? ¿Babilonia? ¿La construcción de los Jardines Colgantes?
Mariana, ansioso por complacer a su ídolo, asintió.
—Claro, dame un segundo. A ver... Babilonia... Arquitectura Real... Aquí.
Otra imagen apareció. Un bajorrelieve en arcilla. Un rey tirano en un trono, y frente a él, un arquitecto presentando un plano. El arquitecto tenía la misma postura rígida y orgullosa que Vegetta tenía cuando presentaba informes a Maximus. Y detrás del arquitecto, en las sombras, una figura bestial con aletas parecía estar protegiéndolo.
—El Arquitecto Real Sammu-ramat —leyó Mariana—. Se dice que desafió al rey por sus leyes injustas. Fue ejecutado, creo. O desapareció misteriosamente.
Mariana se rió nerviosamente.
—Oye, Veg, esto es espeluznante. En serio, tienes dobles en toda la historia ¿Es algún tipo de broma elaborada? ¿O eres un vampiro y no nos has dicho nada? —Insinuó, algo halagado por pensar que es tan cercano a Vegetta como para que quiera hacerle una broma.
Vegetta se apartó de la consola, sentía vértigo.
No eran coincidencias, era un patrón.
En cada vida, él había sido un constructor, un protector, un hombre de orden. Y en cada vida, había terminado encontrando a la misma entidad de caos y poder. Y en cada vida... la entidad lo había amado lo suficiente como para romper el mundo por él.
—Gracias, Mariana —dijo Vegetta, girándose bruscamente—. Envíame los archivos a mi terminal privada, encriptados.
—¡Claro! ¡Cuando quieras! —Mariana le hizo un saludo militar torpe—. Si necesitas... no sé, investigar sobre la Revolución Francesa o algo, aquí estaré ¡Llámame!
Vegetta caminó hasta una de las plataformas de observación del Nivel, un lugar solitario donde se podía ver la inmensidad de la maquinaria de A.R.C.A.
Se apoyó en la barandilla fría. Abajo, los técnicos se movían como hormigas, el sistema funcionaba. Todo era orden, eficiencia y control.
Vegetta había dedicado su vida actual a esto. A ser el mejor Ingeniero, a tener el respeto de Maximus, la admiración de sus subordinados, el control total de su entorno.
Pero ahora miraba sus manos, manos de ingeniero. Manos que habían sostenido vigas en Pompeya, bisturís en Florencia y planos en Egipto.
— Por eso se deja encerrar. Para él, esta celda, este tanque... es solo un instante. Un parpadeo en nuestra historia. Está dispuesto a soportar cualquier tortura de A.R.C.A. solo para estar cerca de mí en esta vida.
Sintió una oleada de amor tan fuerte que le dolió el pecho. Y luego, una oleada de terror.
En todas esas historias que habían intercambiado sin darse cuenta, él moría. El sacerdote moría bajo el templo, el médico moría de peste, el oficial se hundía con el barco.
Siempre terminaba en tragedia.
—Siempre muero —susurró al vacío—. En todas las historias, muero. Y él se queda solo, esperando a que vuelva a nacer.
Su entorno tenía razón en una cosa: el vínculo era peligroso.
Si Vegetta aceptaba esto, si aceptaba que Foolish era su destino y no solo una anomalía bajo su cuidado, estaba poniendo en riesgo todo lo que representaba.
Su carrera, su seguridad, su vida.
¿Valía la pena? ¿Valía la pena tirar por la borda el puesto de Ingeniero Jefe por una criatura que tenía dientes de tiburón y que probablemente sobreviviría al fin del universo mientras él se convertía en polvo otra vez?
Vegetta cerró los ojos y recordó el hombro de Foolish sosteniendo el techo en llamas como si lo hubiera visto con sus propios ojos en esta vida. Recordó la calidez de su mano a través del cristal. Recordó la voz diciendo: "Me has marcado como tuyo."
A.R.C.A. le daba seguridad ahora. Pero Foolish le daba eternidad.
—Maldita sea —maldijo Vegetta, apretando la barandilla hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. Se supone que debo minimizar riesgos.
Sin más que hacer, suspiró pesadamente y se dió la vuelta, camino a su oficina. Su mente ya no tenía descanso alguno últimamente.
. . .
Fargan se movía por los pasillos de servicio del Sector 3. no como un agente, sino como un fantasma. Había evitado los vestuarios, había evitado a Alexby y Staxx. Su piel todavía picaba donde las plumas querían salir, un recordatorio constante de su naturaleza dual.
—"Civilizado" —escupió la palabra en voz baja, pateando una tuerca suelta.
Quería irse a descansar. Quería dejar de pensar en Vegetta, en Foolish y en la criatura del bosque. Pero sus pies, guiados por ese instinto de rastreador que no podía apagar, lo llevaron hacia una zona muerta en los planos. Un antiguo corredor de mantenimiento detrás de las oficinas ejecutivas, un lugar donde las cámaras de seguridad tenían "fallos técnicos" convenientes.
Fargan se detuvo, sus orejas captaron algo.
No era el zumbido de la electricidad, eran voces.
Motivado por su curiosidad insaciable, se pegó a la pared, conteniendo la respiración, y se deslizó hacia una rejilla de ventilación a nivel del suelo que daba a un almacén de documentos en desuso.
—... te dije que no aquí —decía una voz nerviosa, Fargan la reconoció al instante de los interrogatorios recientes. Luzu.
—Nadie viene aquí, Lusu. Relájate. —La segunda voz era suave, arrastrada, cargada de una confianza arrogante. Fargan frunció el ceño, creía conocer esa voz, aunque usualmente la escuchaba a través de un modulador metálico.
Era el Auditor Corazón.
Fargan se asomó por la rejilla. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz que se filtraba desde el pasillo.
Luzu estaba retrocediendo hasta que su espalda chocó contra una estantería metálica llena de cajas polvorientas. Frente a él, sin máscara, estaba el hombre de cabello claro y ojos rasgados que Fargan había visto en los archivos del personal de alto nivel: Guillermo "Willy" Díaz.
—Así que tú eres el famoso Corazón —pensó Fargan, sintiendo una mezcla de asco y triunfo, la pieza del rompecabezas encajaba.
—Me debes un favor —dijo Willy, acorralando a Luzu contra la estantería. No lo tocó todavía, pero su presencia llenaba todo el espacio—. Te salvé el pellejo. Cerré la investigación. Mantuve a mi perro guardián lejos de tu cuello y del de tu amigo.
—Lo sé, Willy —respondió Luzu, ajustándose las gafas con manos temblorosas—. ¿Tienes que cobrarlo tan pronto?
Willy soltó una risa baja e inclinó la cabeza. Dio un paso más, luego apoyó una mano en la estantería, justo al lado de la cabeza de Luzu, atrapándolo.
—Quiero que termines con esto.
—¿Terminar con qué? —preguntó Luzu, confundido.
—Con el Proyecto Ídolo Dorado. Con la farsa. —La voz de Willy se volvió dura—. Quiero que uses todo lo que has recopilado para redactar un informe final, uno que exponga la realidad: que el Ingeniero De Luque está emocionalmente comprometido, que la anomalía es inestable y que el vínculo es un peligro para A.R.C.A.
Luzu abrió los ojos como platos.
—¿Qué? ¡Estás loco! Eso... eso destruiría a Vegetta. Lo ejecutarían o algo peor ¡Es mi amigo!
—Es una bomba de tiempo, Lusu —siseó Willy, acercando su rostro al de él—. Sobrevivió unos meses ¿Cuánto crees que durará antes de volver a meter la pata? ¿Una semana? ¿Un par de días? Y cuando caiga, todo esto explorará en tu cara.
Willy bajó la mano y agarró a Luzu por la cintura, atrayéndolo hacia sí con un movimiento brusco y posesivo. Luzu jadeó, sus manos yendo instintivamente al pecho de Willy para detenerlo, pero sin fuerza real.
—Escúchame un segundo… Sé que dije que amaría ver como lo arruinas pero realmente quiero verte a salvo —susurró Willy, rozando sus labios contra la oreja de Luzu—. Lo estuve pensando, si tú entregas la evidencia ahora... si tú eres quien "descubre" la traición que ni siquiera los Auditores vieron... los de arriba te amarán. Te darán un puesto como el mío algún día. Te darán poder.
—No... —gimió Luzu, cerrando los ojos ante la cercanía—. No puedo hacerle eso, es horrible.
—Es necesario. Quiero tenerte cerca, Lusu. Arriba, en la cúpula, no aquí abajo con las ratas y los idealistas.
La mano de Willy bajó desde la cintura hasta el muslo de Luzu, apretando la carne a través de la bata de laboratorio. Luzu soltó un sonido ahogado, una mezcla de protesta y placer.
—Alerta de sistema: —se oyó el leve zumbido del implante de Luzu en el silencio—. Ritmo cardíaco crítico. Niveles de oxitocina en conflicto. Sugerencia: Huida.
Pero Luzu no huyó. Se quedó allí, temblando bajo el toque experto de Willy.
—Por favor, Willy... pídeme otra cosa —suplicó Luzu, su voz rota—. El proyecto... estoy tan cerca. Los datos históricos, la conexión biológica... es el descubrimiento del siglo. No puedo tirarlo a la basura, no todavía.
Willy gruñó, molesto por la resistencia.
—Maldita sea tu ambición científica —masculló Willy.
En lugar de soltarlo, Willy atacó su cuello. Mordió la piel sensible bajo la mandíbula, succionando con fuerza, marcándolo.
—¡Ah! —Luzu arqueó la espalda, sus dedos enredándose en el cabello de Willy—. ¡Willy, para! Arin está... ahhh...
—Que se joda Arin —gruñó Willy contra su piel, subiendo su mano por la pierna de Luzu con descaro, acariciando la parte interna del muslo con una presión que prometía cosas mucho más oscuras—. Si no vas a darme el informe hoy... entonces vas a darme esto.
Luzu ya no protestaba con palabras, solo con jadeos y suspiros obscenos que resonaron en el pequeño cuarto.
Fargan se apartó de la rejilla.
Sentía el estómago revuelto, no por la escena sexual, había visto cosas peores, sino por la manipulación desnuda y cruel.
Willy no tenía principios. No le importaba la seguridad de A.R.C.A., ni la justicia. Solo quería controlar a Luzu. Quería romperlo, moldearlo y usarlo, igual que quiso usar a Fargan.
—"Quiero verte a salvo" —imitó Fargan en un susurro amargo—. Mentiroso. Algo estás tramando.
Fargan se levantó silenciosamente, ya había escuchado suficiente.
Tenía un nombre: Willy. Tenía una debilidad: su obsesión tóxica con Luzu. Y tenía una certeza: Willy iba a intentar destruir a Vegetta tarde o temprano, con o sin la ayuda de Luzu, solo para "limpiar" el tablero.
Fargan caminó de regreso por el pasillo oscuro. Su lealtad hacia la institución se había roto en el bosque, pero ahora, su lealtad hacia su "compañero" Auditor acababa de morir en ese almacén.
—Muy bien, Hermano Corazón —pensó Fargan, sus ojos brillando en la oscuridad—. Tú juegas con las personas como si fueran piezas de ajedrez, pero se te olvidó un detalle.
Fargan sonrió, una sonrisa llena de peligro.
—Los búhos vemos mejor en la oscuridad que tú.
Sacó su comunicador y, en lugar de contactar a la central, abrió un canal encriptado personal que nunca usaba. Empezó a buscar los registros públicos y privados de Guillermo Díaz.
Iba a investigar al cazador. Y si Fargan tenía que elegir un bando en esta guerra civil silenciosa...
La guerra por el alma de A.R.C.A. acababa de ganar un tercer jugador.
Notes:
parece poco pero es trabajo honesto ✨
Chapter 11: Sus Verdaderas Intenciones
Chapter Text
Vegetta entró en la celda P-58 sin activar las luces. La iluminación azulada del tanque era suficiente, bañando la habitación en una penumbra subacuática que hacía que todo pareciera un sueño... o un recuerdo.
Foolish lo estaba esperando. No flotando distraído, sino de pie en el fondo, con los brazos cruzados, mirando hacia la puerta como si hubiera contado los pasos de Vegetta desde el ascensor.
Vegetta caminó hasta el cristal. No sacó su tablet, no revisó los monitores.
—Lo sé —dijo Vegetta. Su voz no tembló, pero carecía de la autoridad habitual—. Fui al archivo. Vi los mosaicos, vi al sacerdote de la banda morada.
Foolish ladeó la cabeza, una pequeña sonrisa curvando sus labios. Nadó lentamente hacia arriba hasta quedar a la altura de los ojos de Vegetta.
—Eres eficiente, Ingeniero. Tardaste menos de lo que calculé.
—¿Por qué? —Vegetta golpeó suavemente el cristal con el dedo índice, un gesto de frustración contenida—. ¿Por qué esperar meses? ¿Por qué dejar que te tratara como a un animal de laboratorio, que te pusiera chips, que te diera órdenes... cuando podrías habérmelo dicho el primer día?
Foolish suspiró, un sonido que se tradujo en una cascada de burbujas plateadas.
—Porque te conozco, Vegetta. En esta vida y en todas.
El dios apoyó su mano palmeada contra el vidrio, coincidiendo con la de Vegetta.
—Si te lo hubiera dicho el primer día, habrías activado la alarma. Me habrías clasificado como un peligro. Tu mente lógica no lo habría aceptado sin pruebas y sin haber construido esta confianza que tenemos. —Foolish lo miró con una ternura infinita—. Necesitaba que me conocieras de nuevo. Sin el peso de la historia, solo tú y yo.
Vegetta sintió un nudo en la garganta.
—¿Y lo de... dejarte atrapar? —preguntó, temiendo la respuesta—. A.R.C.A. cree que te cazaron, que te contuvieron.
Foolish soltó una risa grave que vibró en el agua.
—Por favor, soy el que hunde continentes ¿Crees que unas redes de titanio y unos cuantos dardos pueden detenerme si no quiero ser detenido?
La revelación golpeó a Vegetta como un mazo.
—Me dejé traer aquí —confesó Foolish suavemente—. Porque te sentí, sentí tu energía en este búnker subterráneo. Sabía que eras tú. Y pensé... "Solo lo observaré un poco, me aseguraré de que esté bien y luego me iré" .
Foolish se encogió de hombros, un gesto muy humano.
—Pero luego entraste por esa puerta, con tu traje morado y tu ceño fruncido, dándome órdenes con esa voz autoritaria... y no pude resistirme. Quería ver qué hacías, quería que me hablaras, quería que me molestaras.
Vegetta bajó la mirada, se sentía expuesto, vulnerable. Halagado de una manera que le quemaba las mejillas. Saber que un ser inmortal había elegido la prisión voluntaria solo para estar cerca de él era abrumador.
Pero él era el Ingeniero Jefe, tenía una vida, tenía responsabilidades. No podía simplemente aceptar que era la reencarnación de un amante trágico y tirar todo por la borda.
Levantó la vista, recomponiendo su máscara de frialdad.
—Es una historia conmovedora, 58 —dijo Vegetta, forzando un tono distante—. Y agradezco... la lealtad, pero hay un problema con tu narrativa.
Foolish arqueó una ceja, divertido. —¿Ah, sí?
—Yo no soy ese sacerdote —Clavó sus ojos amatista en los del dios, intentando creerse sus propias palabras—. Soy Vegetta, soy un hombre de ciencia, no de fe. No recuerdo haber sostenido techos contigo, no recuerdo haberte amado.
Vegetta dio un paso atrás, cruzándose de brazos para proteger su corazón desbocado.
—Me siento halagado, de verdad. Pero no comparto esos sentimientos. Para mí, eres un sujeto de estudio fascinante y... un compañero inusualmente agradable. Pero nada más. No puedes proyectar siglos de romance en mí y esperar que yo simplemente... corresponda.
El silencio llenó la sala. Vegetta esperó ver dolor en el rostro de Foolish, esperó ver ira, decepción, el brillo de las lágrimas.
Pero Foolish... sonrió.
No fue una sonrisa triste. Fue una sonrisa amplia, llena de dientes, depredadora y absolutamente encantada.
—Oh, mi querido arquitecto —ronroneó Foolish, acercándose tanto al cristal que su nariz casi lo tocaba—. Eres un mentiroso terrible.
—No estoy mintiendo —insistió Vegetta, aunque su voz salió un poco más aguda de lo normal.
—Tu boca miente —corrigió Foolish, señalándolo—. Tus palabras son frías. Pero tu cuerpo... tu cuerpo es un traidor, Vegetta.
Foolish señaló el pecho de Vegetta.
—Puedo oír tu corazón desde aquí adentro. Está latiendo a ciento veinte pulsaciones por minuto. El ritmo del pánico... y del deseo.
Luego señaló su rostro.
—Tus pupilas están dilatadas. Tus mejillas tienen ese tono rosado que siempre te sale cuando intentas mantener el control y fallas. —Foolish bajó la voz hasta convertirla en un susurro íntimo—. Conozco ese cuerpo, Vegetta. He memorizado cada reacción tuya a lo largo de tres milenios. Sé cómo respiras cuando estás asustado, y sé cómo tiemblas cuando quieres que te toque.
Vegetta se quedó paralizado, incapaz de refutar la evidencia. Sentía el calor subiéndole por el cuello, traicionándolo aún más.
—Puedes decirme que no me amas todas las veces que quieras —continuó Foolish, su mirada recorriendo a Vegetta como si pudiera desnudarlo con los ojos—. Yo tengo tiempo. Soy inmortal, puedo esperar una vida entera a que admitas la verdad. Puedo esperar a la siguiente vida si es necesario, soy muy paciente.
De repente, la expresión de Foolish cambió. La diversión se mezcló con algo más oscuro, más intenso, sus ojos verdes brillaron con un hambre antigua.
—Pero te advierto una cosa, Ingeniero.
Foolish golpeó el cristal desde adentro, un sonido sordo y pesado.
—No me provoques demasiado, no juegues conmigo si no vas a aceptar las consecuencias. Porque cada vida que paso a tu lado... cada vez que te encuentro y te pierdo... me vuelvo más codicioso.
Foolish apoyó la frente en el vidrio, mirando a Vegetta desde abajo, sumiso pero dominante al mismo tiempo.
—Quiero tu brillo, Vegetta. Lo quiero todo para mí. Y mi paciencia es infinita, pero mi autocontrol... ese se está agotando. Así que sigue mintiendo si eso te hace sentir seguro, pero no te acerques demasiado al agua si no quieres que te arrastre al fondo conmigo.
Vegetta tragó saliva. El aire en la habitación se sentía eléctrico, cargado de una promesa que era mitad amenaza, mitad devoción.
—Tengo... tengo trabajo que hacer —balbuceó Vegetta, girándose sobre sus talones, huyendo de la verdad, huyendo de la mirada que lo desnudaba hasta el alma.
—¡Nos vemos mañana, Vegitta! —le gritó Foolish alegremente a su espalda, volviendo a su tono juguetón, sabiendo que había ganado la batalla sin mover un dedo.
Vegetta salió al pasillo y se apoyó contra la pared fría, respirando agitadamente. Se llevó una mano al pecho, su corazón latía como un tambor de guerra.
—Maldita sea —susurró, cerrando los ojos—. Maldita sea, tiene razón.
Su mente podía negarlo todo lo que quisiera, pero su cuerpo, su alma y cada fibra de su ser gritaban una sola cosa: él ha vuelto por mí, y esta vez no quiero soltarlo.
. . .
La oficina del Ingeniero Jefe parecía la escena de un crimen mental.
Vegetta estaba caminando en círculos, desgastando las suelas de sus botas contra el suelo metálico. Se había aflojado la corbata, su cabello estaba despeinado por primera vez en años y murmuraba cosas incoherentes mientras gesticulaba al aire.
—Agrado, simpatía, fascinación científica, incluso amistad. Eso era manejable —murmuraba Vegetta, hiperventilando—. Pero... ¿enamorado? ¿Yo? ¿De una anomalía que puede causar terremotos si quiere?
Se detuvo frente al espejo del baño privado, mirándose con horror.
—Estoy jodido. Estoy absoluta, completa e irrevocablemente jodido. Si Maximus se entera, me mata.
Vegetta se llevó las manos a la cara.
—Y lo peor es que tiene razón.
De repente, la puerta de su oficina se abrió sin previo aviso (porque Pac y Mike consideraban que tocar era una sugerencia, no una regla).
—¡Chefe! —gritó Pac, entrando con una caja de pizzas—. Trajimos refuerzos de carbohidratos. Los últimos resumenes médicos indicaron que tus niveles de estrés estaban subiendo más rápido que la temperatura del núcleo...
Pac se detuvo. Mike, que venía detrás masticando un trozo de pepperoni, casi choca con él.
Vieron a Vegetta: desaliñado, sudando frío y con una expresión de pánico absoluto.
—Meu Deus —susurró Mike, dejando caer la pizza—. ¿Qué pasó? ¿Se rompió el sello del reactor? ¿Hay una fuga de radiación? ¿Nos vamos a morir?
Vegetta los miró, con los ojos desorbitados.
—No... no es el reactor —jadeó Vegetta, saliendo del baño y dejándose caer en su silla de cuero—. Es peor. Es... personal.
Pac y Mike intercambiaron una mirada rápida. Cerraron la puerta con llave y corrieron hacia el escritorio.
—¡Cuenta, cuenta! —dijo Pac, sentándose en el borde de la mesa—. ¿A quién tenemos que golpear? ¿Fue Maximus? ¿Fue el Auditor ese de la máscara rara?
—No —Vegetta se cubrió la cara con las manos—. Es que... necesito preguntarles algo. Y necesito que sean brutalmente honestos y discretos o los despediré, y luego los mataré.
—Honestidad y discreción, entendido —dijo Mike solemnemente, limpiándose la salsa de tomate de la boca—. Dispara, chefe.
Vegetta respiró hondo. Su corazón latía a mil.
—¿Qué opinan... —empezó, con la voz temblorosa—... qué opinan de las relaciones interespecie?
Pac parpadeó. —¿Inter-qué?
—Entre humanos... y anomalías —aclaró Vegetta, mirando hacia otro lado—. ¿Creen que... creen que es posible? ¿O es una aberración que debería ser castigada?
Hubo un silencio de tres segundos.
Pac y Mike se miraron, luego miraron a Vegetta, luego se volvieron a mirar entre ellos y una sonrisa de complicidad iluminó sus rostros al mismo tiempo.
—¡AHHHHH! —gritó Pac, señalándolo—. ¡Lo sabía! ¡Mike, me debes diez créditos!
—¡No vale! —se quejó Mike—. ¡Yo pensé que era asexual!
—¿De qué están hablando? —preguntó Vegetta, confundido y aterrorizado.
Pac se inclinó sobre el escritorio con una sonrisa pícara.
—Chefe, por favor. No somos ciegos, hemos visto cómo baja últimamente al Sector 4. Hemos visto los regalitos, hemos visto las sonrisitas en los pasillos.
Vegetta sintió que la sangre se le helaba ¿Saben lo de Foolish? ¿Saben lo de las visitas a la celda?
—¿Lo... lo han visto? —susurró Vegetta, pálido.
—¡Claro que sí, cara! —rio Mike—. Es difícil no verlo. Es negro, tiene cuernos y te trae muffins casi todos los días.
Vegetta se quedó congelado. Su cerebro tardó un segundo en procesar la información.
Negro, cuernos, muffins.
—¿BadBoyHalo? —preguntó Vegetta, incrédulo.
—¡Pues claro! —exclamó Pac—. ¿De quién más vas a estar hablando? El tipo está coladito por ti, y tú, aparentemente... —Pac le dio un codazo suave—... tienes gustos exóticos ¿eh? No sabía que te iban los demonios ¡Picante!
Vegetta abrió la boca para corregirlos, para decir: "No, idiotas, me gusta el tiburón dios de la resurrección que está encerrado, no el científico amable."
Pero cerró la boca de golpe.
Si les decía la verdad, Pac y Mike se asustarían. Foolish era un Ámbar Crítico. Era un monstruo peligroso a los ojos de todos. Enamorarse de él era impensable.
Pero Bad... Bad era un Verde Estable, era un empleado, tenía nómina. Salir con él era raro, y socialmente mal visto, pero no era ilegal.
Era la coartada perfecta.
—Eh... sí —mintió Vegetta, sintiéndose sucio—. Bad. Es... es complicado, no sé qué hacer.
Mike se relajó, apoyándose en la silla.
—Mira, Veg. Te voy a ser sincero. Hay gente aquí abajo que es muy cerrada de mente, te van a mirar mal, van a decir que es antinatural.
—Pero —interrumpió Pac—, Bad es inofensivo, es buen tipo, trabaja duro. Y si te hace feliz... o si te hace sentir cosas... —Pac movió las cejas sugestivamente—... entonces al diablo con lo que digan los demás.
—Exacto —asintió Mike—. Aquí abajo la vida es corta y oscura. Si encontraste a alguien, aunque tenga cuernos, agárralo. No te comas la cabeza por las normas de Maximus.
Vegetta sintió una oleada de gratitud hacia sus amigos. Eran unos payasos, pero eran leales y libres de prejuicios.
—Gracias, chicos —dijo Vegetta sinceramente—. De verdad, tenía miedo de que me juzgaran.
—¿Juzgarte nosotros? —se rio Pac—. Mike está enamorado de su tostadora, no tenemos moral para juzgar.
—¡Era una tostadora de alta gama con IA! —se defendió Mike.
Pac se puso de pie y se frotó las manos.
—Bueno, ahora que sabemos el secreto... déjanos ayudarte, chefe. Podemos preparar el terreno.
Vegetta levantó la vista, alarmado. —¿Preparar el terreno? ¿A qué se refieren?
—Ya sabes. Hablar bien de ti cuando Bad esté cerca, averiguar qué le gusta, quizás encerrarlos en un ascensor "accidentalmente" para que surja la magia...
—¡No! —gritó Vegetta, levantándose—. ¡Absolutamente no! No hagan nada, por favor, necesito... necesito ir despacio. MUY despacio, si intervienen lo arruinarán.
Pac levantó las manos en señal de rendición, aunque guiñó un ojo.
—Vale, vale, a tu ritmo. Pero si cambias de opinión, el Escuadrón del Amor está listo para el despliegue.
—Váyanse —ordenó Vegetta, masajeándose las sienes—. Y llévense la pizza, me quitaron el hambre.
—Tú te lo pierdes ¡Ánimo, Romeo!
Pac y Mike salieron de la oficina, riéndose y empujándose, dejando a Vegetta solo en el silencio.
Vegetta se quedó de pie, mirando la puerta cerrada.
El alivio de no haber sido descubierto se mezclaba con una tristeza profunda y amarga.
Pac y Mike habían aceptado la idea de Bad porque Bad "tenía trabajo", porque Bad era "útil", porque Bad llevaba una bata de laboratorio y había pasado los tests de estabilidad.
—Es un empleado —susurró Vegetta—. Por eso es aceptable.
Se giró hacia el monitor secundario, donde la transmisión de la Celda P-58 mostraba a Foolish nadando en círculos en su forma de tiburón gigante, majestuoso y terrible, atrapado detrás de un cristal de contención.
Foolish nunca sería empleado, nunca llevaría una bata, nunca sería "inofensivo".
Para el mundo, Foolish siempre sería el monstruo. Y Vegetta, si elegía amarlo, sería el traidor que abrió la jaula.
Tocó la pantalla, justo sobre la figura dorada.
—Si tan solo tuvieras una placa de identificación... —murmuró Vegetta, con la voz rota—. Si tan solo fueras un demonio de laboratorio y no un dios del mar... quizás quererte no estaría tan mal.
Pero Foolish no era un empleado, era una fuerza de la naturaleza. Y Vegetta sabía, con un peso en el corazón, que no cambiaría esa naturaleza salvaje por nada del mundo, aunque eso significara que su amor tuviera que vivir para siempre en la oscuridad.
Se sentó de nuevo, sintiéndose más solo que antes, atrapado en una mentira que acababa de volverse mucho más complicada. Ahora tenía que fingir que le gustaba Bad, evitar que sus amigos hicieran locuras, y seguir amando a Foolish en secreto.
—Dios, dame paciencia —susurró Vegetta—. O dame un volcán, lo que llegue primero.
. . .
El pasillo del sector 4 olía a desinfectante industrial y a café quemado, una mezcla que normalmente BadBoyHalo encontraba desagradable. Pero hoy, el aire le parecía oler a primavera. O al menos, a lo que él recordaba de la primavera antes de vivir bajo tierra.
Bad estaba "revisando inventario" cerca de la sala de descanso. En realidad, estaba fingiendo examinar una caja de guantes de látex mientras sus sombras se extendían por el suelo, deslizándose bajo la puerta entreabierta de la sala de descanso para escuchar.
Pac y Mike estaban allí, hablando con ese tono conspirativo y ruidoso que usaban cuando creían ser sutiles.
—Te lo digo, Mike, seguro el chefe está desesperado —decía Pac, sorbiendo ruidosamente de una taza—. Lo vi mirando hacia el sector de Xenobiología con una cara de... anhelo.
—Pobrecito —respondió Mike con la boca llena—. Tanto estrés, tanta responsabilidad. Necesita a alguien que lo cuide. Alguien que sea... ya sabes, diferente, exótico, alguien que entienda lo que es trabajar con cosas raras.
—Exacto, alguien amable, alguien que siempre le sonría aunque él sea un gruñón. Seguro es por eso que le gusta Bad. —Pac hizo una pausa dramática—. Creo que está esperando una señal. Ya sabes cómo es Veg, es demasiado orgulloso para dar el primer paso, necesita que lo empujen o que lo inviten.
Las sombras de Bad vibraron de emoción y regresaron rápidamente a sus pies, arremolinándose alrededor de sus tobillos como cachorros felices.
Bad dejó la caja de guantes y se ajustó las gafas. Una sonrisa genuina, no la máscara de cortesía que solía llevar, se dibujó en su rostro.
—Así que es verdad —susurró para sí mismo—. No eran imaginaciones mías, él está esperando.
Durante años, Bad había interpretado la frialdad de Vegetta como rechazo. Había asumido que el Ingeniero Jefe lo veía como una herramienta útil, un monstruo con correa. Pero ahora, gracias a esos dos ángeles incompetentes de mantenimiento, la verdad salía a la luz: Vegetta era simplemente tímido, era orgulloso, necesitaba que Bad tomara el control.
Y Bad era muy bueno tomando el control cuando se lo proponía.
Caminó de regreso a su laboratorio, sus pasos resonando con un ritmo nuevo y decidido. Saludó a un técnico junior que pasaba por allí.
—¡Buenos días, Tommy! —exclamó Bad alegremente.
—Es... es Tubbo, señor. Y son las ocho de la noche —respondió el chico, retrocediendo con miedo.
—¡Detalles! —canturreó Bad, entrando en su dominio.
Cerró la puerta del Laboratorio Principal con un bloqueo estándar. Nadie entraría, nadie saldría.
Miró a su alrededor. Las mesas de acero inoxidable, los frascos con especímenes flotando en formaldehído, las luces blancas y duras. No era romántico, pero Bad era un artista.
—Luces abajo —ordenó.
Las lámparas halógenas se apagaron. De las esquinas de la habitación, las sombras se levantaron, obedientes a su voluntad, cubriendo las herramientas quirúrgicas y los monitores parpadeantes. Bad sacó un pequeño frasco de su bolsillo, lleno de hongos bioluminiscentes que había cultivado. Los esparció por la mesa central, creando un brillo suave, etéreo, de color azul y violeta, y puso una cortina negra sobre esta.
—Perfecto —murmuró.
Ahora necesitaba el cebo. No podía simplemente decirle "Ven a una cita". Vegetta se pondría nervioso. Vegetta priorizaba el trabajo, así que Bad usaría el trabajo como la llave de su corazón.
Se sentó frente a su terminal y redactó el mensaje.
A: Ingeniero Jefe Samuel De Luque (ID: ST-07.CUR.4.6528) DE: Doctor BadBoyHalo (LAB-04.CUR.4.9515) ASUNTO: URGENTE - Anomalía Estructural en Sector 4
Estimado Ingeniero:
He detectado una fluctuación preocupante en los muros de contención del laboratorio principal. Requiere su inspección inmediata y confidencial. Por favor, acuda solo. No quiero alarmar al personal innecesariamente.
Lo espero a las 21:00.
Bad envió el mensaje. Sus dedos temblaron ligeramente sobre el teclado.
Luego, se giró hacia la caja fuerte de seguridad máxima empotrada en la pared trasera. Puso su mano sobre el escáner, los cerrojos se abrieron con un chasquido pesado.
Dentro, descansaba un objeto que no debería existir. Un objeto que Bad había creado destilando su propia esencia y comprimiéndola bajo presiones imposibles durante casi una década.
—Espero que te guste, Vegetta —susurró, sacando la pequeña caja de terciopelo negro—. Es un poco... intenso. Pero tú también lo eres.
Vegetta llegó al Laboratorio de Xenobiología a las 20:58.
Estaba cansado, sus hombros le dolían por la tensión acumulada. Después de la casi confesión de Pac y Mike, había pasado el resto del turno evitando a todo el mundo, temiendo que esos dos hayan esparcido el rumor falso.
Cuando recibió el mensaje de Bad, su primera reacción fue alivio. Una falla estructural, trabajo real, problemas de cemento y metal. Eso era algo que podía manejar, eso era seguro.
Pasó su tarjeta por el lector. La luz verde parpadeó, la puerta se deslizó abriéndose con un susurro hidráulico.
—¿Bad? —llamó Vegetta, entrando con su tablet lista—. ¿Dónde está la fluctuación? Según mis sensores remotos, todo parece est...
Vegetta se detuvo en seco. La puerta se cerró detrás de él y el cerrojo magnético se activó automáticamente.
No había luces de emergencia, no había grietas en las paredes.
El laboratorio estaba sumido en una penumbra mágica. Los hongos bioluminiscentes brillaban sobre la mesa de autopsias central, que ahora estaba cubierta con un mantel negro impecable (que sospechosamente se parecía a una sábana de camilla estéril), sobre los hongos hacía un efecto bioluminiciente hipnotico. Había dos platos de porcelana, cubiertos con campanas de plata, había copas de cristal.
Y de pie, al otro lado de la mesa, estaba BadBoyHalo.
No llevaba su bata manchada habitual. Llevaba un traje negro ajustado que parecía absorber la poca luz de la habitación, con una corbata roja que de algún modo resaltaba sus cuernos.
—Bienvenido, Ingeniero —dijo Bad. Su voz era suave, casi un ronroneo.
Vegetta bajó la tablet lentamente. Su cerebro de ingeniero intentaba procesar los datos, pero el resultado era un error de sintaxis.
—Bad... —Vegetta miró a su alrededor, buscando cámaras, buscando una salida, buscando sentido—. ¿Qué es esto? ¿Dónde está la falla estructural?
—Aquí —dijo Bad, poniéndose una mano enguantada sobre el pecho, justo donde estaría su corazón si tuviera uno humano—. La estructura de mi paciencia colapsó, Vegetta.
Bad hizo un gesto elegante hacia la silla vacía frente a él. Una sombra se deslizó por el suelo y retiró la silla, invitándolo a sentarse.
—Por favor, siéntate. Sé que has tenido un día largo, sé que estás estresado. Pac y Mike me dijeron que necesitabas... cuidados.
Vegetta sintió un escalofrío. Malditos sean Pac y Mike, malditos sean sus bocas grandes.
—Bad, esto es... —Vegetta tragó saliva. No quería ser grosero—. Esto es muy amable, pero estoy de servicio. El protocolo prohíbe las interacciones sociales no reguladas en zonas de contención biológica.
—Al diablo el protocolo —dijo Bad, con una sonrisa que mostraba un poco más de dientes de lo necesario—. Nadie nos está viendo, hackee las cámaras del laboratorio. Estamos en un punto ciego, Vegetta. Como te gusta.
Vegetta se tensó. ¿Como me gusta? ¿De qué habla?
—Siéntate —repitió Bad. No fue una orden gritada, pero el aire en la habitación se volvió más pesado, la presión atmosférica pareció bajar de golpe.
Vegetta, tenso por no poder evadir la invitación, se sentó.
Bad tomó asiento también, aplaudió suavemente y las campanas de plata se levantaron (flotando en el aire, sostenidas por zarcillos de sombra). Debajo, había un filete perfectamente cocinado y, por supuesto, un muffin de arándanos gigante como guarnición.
—Comamos —dijo Bad, cortando su carne con una precisión quirúrgica—. Tenemos mucho de qué hablar. Sobre nosotros, sobre el futuro, sobre cómo has estado diseñando celdas para todos menos para ti mismo.
La cena fue una tortura silenciosa. Vegetta comía mecánicamente, sintiendo cada bocado como si fuera arena. Bad hablaba, hablaba sobre cómo admiraba la simetría del rostro de Vegetta, hablaba sobre cómo había guardado el diseño original de su celda como un recuerdo, hablaba con una devoción que habría sido dulce si no viniera de alguien que podía asesinarte con tu propia sombra.
Vegetta asentía, sudando frío. Estaba atrapado en una cita con el monstruo equivocado.
Cuando los platos estuvieron vacíos, Bad se limpió la comisura de los labios con una servilleta de tela.
—Vegetta —dijo, su tono volviéndose solemne—. Sé que eres un hombre de hechos, no de palabras. Sé que valoras lo tangible, lo raro, lo único.
Bad metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó la caja de terciopelo negro.
La deslizó sobre la mesa, pasando entre el camino de luces de los hongos brillantes, hasta que se detuvo frente a las manos de Vegetta.
—Ábrelo.
Vegetta miró la caja como si fuera una bomba. Con dedos temblorosos, levantó la tapa.
Dentro, descansando sobre seda roja, había un cristal.
No era un diamante, ni era cuarzo. Era una joya de oscuridad sólida. Parecía un fragmento de noche congelada, facetada geométricamente. Pero lo más inquietante no era su color, sino que se movía. En su interior, volutas de humo negro giraban y pulsaban, como si tuviera un latido propio.
—¿Qué... qué es esto? —susurró Vegetta, fascinado y horrorizado a la vez.
—Es una muestra de Clase X —explicó Bad con orgullo—. Es Sombra Pura cristalizada. Técnicamente, es parte de mi propia masa biológica, comprimida hasta alcanzar un estado sólido estable.
Bad se inclinó hacia adelante. El movimiento no fue natural; fue demasiado fluido, como si sus huesos se hubieran licuado momentáneamente para permitirle estirarse sobre la mesa e invadir el espacio personal de Vegetta. Sus ojos blancos no solo brillaban; ardían con una frialdad vacía, dos pozos sin fondo en la penumbra.
—Es ilegal, por supuesto. Sacar material biológico de una anomalía fuera de contención es un delito. Si el Auditor lo viera, nos ejecutarían a los dos.
Vegetta cerró la caja de golpe, apartando la mano como si el objeto quemara. El sonido del cierre fue tragado instantáneamente por el silencio opresivo de la habitación.
—Bad, no puedo aceptar esto. Esto es... esto es contrabando de alto nivel. Es peligroso.
—Es un símbolo —insistió Bad. Su voz perdió la cadencia humana, volviéndose un zumbido bajo que vibraba en los dientes de Vegetta—. Es una prueba de que confío en ti más que en mi propia existencia. Te estoy dando una parte de mí, Vegetta. Carne de mi carne, inestable y viva. Literalmente.
—Bad, por favor...
—Tómalo —siseó Bad. El sonido no provino sólo de su garganta, sino que pareció emanar de las paredes mismas.
De repente, la realidad de la habitación se fracturó. Las sombras en las esquinas no solo se alargaron; cobraron vida. Reptaron como brea viscosa, supurando desde las grietas del suelo y el techo, devorando con avidez la débil luz bioluminiscente de los hongos. El aire se volvió instantáneamente gélido, un frío que mordía la piel y escarchaba el aliento de Vegetta en sus propios pulmones.
El cristal dentro de la caja comenzó a chillar. No era un zumbido, era un chirrido agudo, una frecuencia apenas audible que taladraba el cráneo de Vegetta. La piedra reaccionaba violentamente a su estrés. Cuanto más pánico inundaba su sistema, más fuerte vibraba el fragmento, alimentándose como un parásito de su cortisol, brillando con un pulso enfermizo a través de la tapa cerrada.
—¿Por qué dudas? —preguntó Bad, poniéndose de pie.
Su forma física pareció parpadear, perdiendo cohesión en los bordes. Su sombra se proyectó sobre Vegetta, pero no correspondía a su cuerpo: era una masa titánica y deforme que raspaba el techo, con cuernos gigantescos que parecían desgarrar la oscuridad. la presión aumentó hasta que Vegetta sintió una punzada dolorosa tras los tímpanos, como si el aire estuviera tratando de succionarle los sentidos..
—¿No soy suficiente? Soy un Verde Estable, la cúspide de la evolución aquí abajo. Soy inteligente. Te he adorado, observado, durante diez años. ¿Qué tiene él que no tenga yo?
El mundo de Vegetta se detuvo, el frío le caló hasta los huesos. —¿Él?
El rostro de Bad se contrajo, una máscara de celos inhumanos que casi rompe su disfraz.
—El mundo —corrigió Bad rápidamente, con una velocidad antinatural, aunque sus ojos blancos se estrecharon con una furia depredadora—. ¿Qué tiene el patético mundo que te importe más que esto? ¿Más que yo? Acéptalo Vegetta. Acepta mi regalo, sé mío.
La habitación era ahora una tumba casi negra. Las sombras ya no estaban solo en las paredes; estaban sobre él. Vegetta sintió tentáculos fríos y húmedos, como dedos de hielo muerto, envolviendo sus tobillos, subiendo por sus botas, apretando sus pantorrillas como una constrictor. La silla bajo él parecía hundirse en un pantano de oscuridad.
Vegetta estaba acorralado, física y existencialmente. Si aceptaba, se convertía en cómplice de un crimen y se ataba a una relación que no quería. Si rechazaba, Bad podría perder su estabilidad y provocar una brecha de contención aquí mismo.
El aire se volvió espeso, con un olor metálico eléctrico y podredumbre.
—Bad, yo... —Vegetta intentó hablar, pero las palabras se atascaron. La presión en su pecho era insoportable. Sentía como si el oxígeno hubiera sido succionado de la habitación, reemplazado por la presencia asfixiante y hambrienta de la criatura frente a él.
BZZZZZT.
El sonido de su datapad vibrando contra la mesa de metal fue como un disparo en el silencio.
Las sombras se detuvieron. Bad parpadeó, rompiendo el trance momentáneamente. Miró el dispositivo con irritación.
—Ignóralo —dijo Bad.
BZZZZZT. BZZZZZT. BZZZZZT.
Era una alerta de prioridad máxima, el código de vibración no era el estándar.
Vegetta aprovechó la oportunidad como un náufrago agarrándose a una tabla.
—No puedo ignorarlo, Bad. Es un Código Rojo. Podría ser una fuga del reactor. Si no respondo en diez segundos, se activan las sirenas automáticas y vendrá seguridad.
La mención de "seguridad" hizo que Bad retrocediera. No quería que entraran guardias. No quería que vieran la cena, ni el cristal.
Las sombras retrocedieron a regañadientes. La luz volvió a ser tenue pero estable.
—Revisa —gruñó Bad, cruzándose de brazos, ofendido.
Vegetta agarró la tablet con manos sudorosas y desbloqueó la pantalla.
No era una alerta del reactor ni un mensaje de sus jefes.
Era un archivo encriptado enviado desde una dirección IP fantasma, enrutada a través de doce servidores falsos. El remitente solo tenía un icono: Un ojo de búho.
El asunto del mensaje era una sola palabra: CORAZÓN.
Vegetta abrió el archivo. Sus ojos escanearon rápidamente las primeras líneas. Eran transcripciones de audio, registros de acceso, y un video adjunto con una marca de tiempo de hace apenas unas horas.
WillyRex (Auditor Corazón) - Registro de Coacción a LuzuVlogs. Objetivo: Sabotaje del Proyecto IDOLO DORADO y destitución del Ing. De Luque.
El color desapareció del rostro de Vegetta. El miedo a Bad y a su cita romántica se evaporó, reemplazado por un terror frío y calculador mucho más grande. Willy era el Auditor, iba a por él, y estaba usando a Luzu.
Vegetta se puso de pie de golpe.
—Tengo que irme —dijo, su voz sonando metálica y distante.
—¿Qué? —Bad se levantó también, indignado—. ¡Aún no hemos comido el postre! ¡Y no has tomado el cristal!
—Hay una emergencia real, Bad. —Vegetta guardó la tablet en su cinturón. Miró la caja de terciopelo en la mesa—. Guarda eso, escóndelo donde nadie pueda encontrarlo. Si te atrapan con eso, te desintegrarán, y te necesito vivo.
Fue una manipulación barata, pero funcionó. Los ojos de Bad se iluminaron ante el "te necesito vivo".
—¿Me necesitas?
—Sí. Te necesito aquí, no me sigas y deshazte de todo esto. —Vegetta caminó hacia la puerta, tecleando el código de desbloqueo de emergencia—. Hablaremos luego, Bad. Lo prometo.
Vegetta salió del laboratorio casi corriendo, dejando atrás la cena romántica, el cristal ilegal y a un demonio confundido pero extrañamente satisfecho.
Mientras el pasillo se extendía ante él, Vegetta ya no pensaba en reportar a Bad por esto. Pensaba en su amigo.
Decidió no tomar más decisiones por esta noche y esto era algo que tenía que revisar en privado. Se dirigió entonces a su habitación, pretando la tablet contra su costado.
Chapter 12: Voluntad de Acero
Notes:
⚠️ ADVERTENCIA DE CONTENIDO (Content Warning)
Este capítulo contiene temas sensibles y descripciones gráficas que pueden resultar perturbadoras para algunos lectores. Se recomienda discreción.Violencia Gráfica y Gore: Descripciones detalladas de heridas, mutilaciones y restos humanos.
Horror Corporal (Body Horror): Transformaciones físicas antinaturales y procedimientos médicos/tecnológicos invasivos.
Maltrato y Crueldad: Escenas de tortura y experimentación con criaturas sensibles (maltrato psicológico y físico).
Chapter Text
El aire en la sala de juntas se sentía tan denso que podía cortarse con un bisturí. Maximus observaba desde la cabecera de la mesa, con los dedos entrelazados bajo su mentón, esperando que alguien iniciara el reporte. Pero el silencio solo era interrumpido por sonidos erráticos que no deberían estar ahí.
Vegetta era el que más le preocupaba. El hombre que siempre vestía de forma impecable hoy lucía un cabello revuelto y ojeras que devoraban su rostro. Su mano derecha se movía frenéticamente, escribiendo en su libreta cada palabra, cada suspiro, incluso el ritmo de la ventilación. Un tic nervioso en su ojo izquierdo marcaba el compás de su paranoia.
A su lado, Luzu no estaba mejor. El LED de su sien, usualmente de un azul calmado, parpadeaba en un rojo intermitente y violento. Maximus alcanzó a escuchar susurros: Luzu estaba regañando a Arin, aunque estaba muy lejos para entender lo que decía.
— ¿Y tú, Bad? —preguntó Maxo, intentando romper el hielo.
BadBoyHalo ni siquiera parpadeó. No estaba mirando los gráficos proyectados, ni a Maximus, ni sus propios informes. Tenía la mirada clavada en Vegetta con una devoción perturbadora, como si estuviera presenciando un milagro religioso en lugar de ver a un hombre colapsar por el estrés.
Alexby, por su parte, permanecía inusualmente serio. Su chispa bromista, esa que solía sacar de quicio a algunos, se había extinguido. Estaba allí en representación de su jefe de campo, pero su mente parecía estar a kilómetros de distancia mientras jugaba con su comunicador, preguntándose por qué Fargan no le devolvía las llamadas.
— Bien, basta —Maxo golpeó la mesa suavemente—. ¿Qué demonios les pasa hoy? Esto parece un ala de psiquiatría.
Las respuestas fueron un coro de evasivas.
— Solo... un miembro de mi equipo está más errático de lo usual —soltó Alexby, apretando los puños—. Nada que no pueda manejar.
— ¿Errático? —Bad finalmente habló, sin dejar de mirar a Vegetta—. Yo creo que nunca hemos estado mejor. Todo está alcanzando su forma final. Es... perfecto.
Vegetta soltó una risa nerviosa, aguda y fuera de lugar, que hizo que a Maxo se le erizara la piel. — ¡Exacto! Yo solo necesito centrarme. Trabajo, Maxo, mucho trabajo. Hay que anotar todo, no podemos dejar que las variables se escapen...
— Todo en orden —interrumpió Luzu, su voz distorsionada por un pequeño glitch electrónico—. Solo... mi proyecto. Me tiene un poco distraído.
Maximus los miró con una mezcla de incredulidad y asco. Sabía lo que era eso, lo había visto antes. — La reunión se pospone —sentenció, levantándose—. Váyanse ahora.
Uno a uno, los jefes abandonaron la sala. Bad intentó caminar junto a Vegetta, quien casi sale corriendo por la puerta opuesta. Luzu se fue tropezando con sus propios pies. Maximus se quedó solo en la penumbra de la sala, apretando los dientes.
Cuando la puerta se cerró, Maxo se desplomó en su silla. El silencio de la sala era una mentira. Sabía que, en el fondo, los problemas de sus subordinados tenían un solo nombre: anomalías. Esas cosas infectaban todo lo que tocaban.
Cerró los ojos solo un momento y de repente, el pasado, ese monstruo que siempre acechaba en las sombras de su memoria, se abalanzó sobre él.
Hace 30 años.
Maximus no era el director de A.R.C.A. entonces. Era un hombre feliz, con una casa en las afueras y una hija de cinco años que era su mundo entero.
Esa noche, el silencio fue absoluto. Un vacío que pareció succionar el sonido de los grillos y el viento. No hubo gritos, ni el eco de un forcejeo, solo una pulsación de luz blanca, tan fría que calaba los huesos, filtrándose por debajo de la puerta.
Cuando Maxo corrió a la habitación de su pequeña, el aire estaba cargado de estática, erizando el vello de sus brazos. No encontró nada.
La ventana estaba cerrada por dentro, el pestillo intacto. La cama estaba hecha, con su pequeño oso de peluche esperando una dueña que se había evaporado. Pero el horror estaba en el suelo. Justo en el centro de la alfombra rosa, había tres cosas que marcaron su destino: marcas de quemadura en un círculo perfecto, donde las fibras sintéticas no solo se habían derretido, sino que se habían fusionado con el suelo de madera en un patrón geométrico imposible. Un olor a azufre tan denso que quemaba las fosas nasales, mezclado con algo más, como incienso podrido y metal caliente. Y finalmente, un puñado de plumas. Eran negras con rojo y algunas blancas como el hueso, y pulsaban con una luz interior que parecía retorcer la realidad a su alrededor
La policía, en su limitada comprensión, dijo "secuestro". Los vecinos murmuraron sobre "animales salvajes". Pero Maximus, arrodillado sobre esa marca quemada, sabía la verdad. Nada humano, nada de este plano terrenal, podía entrar y salir de una habitación sellada dejando un rastro de quemaduras divinas.
Se dedicó a buscar. Gastó su fortuna, su salud y su cordura. Hasta que un día, siguiendo un rastro de eventos inexplicables, lo encontró.
En un callejón sin salida de una ciudad olvidada por Dios, vio a la criatura. Era una ofensa a la vista, una entidad que no pertenecía a la biología. Transicionaba fluidamente entre lo dolorosamente bello y lo grotescamente aterrador: alas que en un parpadeo eran de un ángel renacentista y al siguiente membranas coriáceas de un demonio. Su sola presencia hacía que el concreto a su alrededor se agrietara. Cumplía con cada señal, con cada pesadilla.
Antes de que Maxo pudiera levantar su arma, antes de que pudiera gritar el nombre de su hija, el cielo se abrió. A.R.C.A. cayó sobre ellos con la sutileza de un martillo neumático. Equipos tácticos con armaduras negras, redes de energía crepitante que olían a cobre quemado, contención total. La violencia de la captura fue quirúrgica. Lo arrastraron a él y a la criatura en transportes separados.
En las celdas de A.R.C.A., le hicieron una propuesta: "Tienes talento para esto. Trabaja para nosotros. Ayúdanos a contener estas cosas y destinaremos recursos a buscar a tu hija".
Aceptó. Vendió su alma por una migaja de esperanza. Por veinte años, se tragó la mentira de la "reforma". Se obligó a creer que las anomalías podían ser estudiadas, domesticadas, utilizadas para el bien mayor. Se convirtió en el carcelero perfecto, enterrando su dolor bajo capas de protocolo y eficiencia.
Hasta que el destino decidió retorcer el cuchillo.
Caminando por el Sector 12, por un área de baja seguridad, Maximus se quedó paralizado. El aire se le congeló en los pulmones. Allí estaba la criatura.
Libre.
Con un uniforme estándar de A.R.C.A. Caminando como si fuera un hombre más. Alguien que él sabía que era un peligro para la existencia misma, ahora era un "colaborador".
La bilis le subió a la garganta. Quizá le tomó horas en lo que trató de procesarlo, trató de aferrarse a sus veinte años de adoctrinamiento. Quizás se reformó. La necesidad desesperada de saber si su hija seguía viva en alguna dimensión, si la criatura recordaba aquella noche, lo impulsó a seguirlo eventualmente. Necesitaba respuestas, aunque vinieran del diablo mismo.
Pero al llegar a la oficina asignada a la "entidad colaboradora", la escena que encontró destrozó su mente para siempre.
El olor lo golpeó primero: una mezcla cobriza, espesa y tibia de sangre arterial y vísceras expuestas, superpuesta por ese maldito olor a azufre y santidad podrida.
No había un empleado en la oficina, había un matadero.
La anomalía flotaba a medio metro del suelo en el centro de la habitación, su uniforme hecho jirones, revelando una piel empapada en rojo. Estaba rodeada de una neblina rosada; la sangre vaporizada de los ocupantes anteriores.
Los cuerpos de tres guardias de seguridad y un científico jefe estaban esparcidos por el suelo, si es que se podía llamar "cuerpos" a lo que quedaba. Habían sido desmantelados. No había cortes limpios; era como si la realidad misma los hubiera masticado y escupido. Un guardia estaba fusionado con el metal del escritorio, su columna vertebral sobresaliendo de la superficie como una decoración macabra. El científico estaba del revés, su caja torácica abierta como alas grotescas, los órganos internos palpitando débilmente expuestos al aire frío. Las extremidades estaban anudadas en formas que la arquitectura ósea humana no debería permitir.
La criatura, sintiendo la intrusión, detuvo su carnicería. Giró la cabeza 180 grados completos, el cuello crujiendo con el sonido de ramas secas rompiéndose. Sus ojos, antes ocultos, ahora eran dos pozos de furia primordial inyectados en sangre, sin esclerótica ni pupila, solo odio puro y antiguo.
Reconoció a Maximus, y sonrió. Una sonrisa demasiado ancha, llena de dientes afilados como agujas que brillaban con saliva y sangre.
Los dedos de maximus perdieron la fuerza y soltó la taza de café que llevaba. El tiempo pareció ralentizarse mientras veía la cerámica caer, girando en el aire.
Clac.
La taza se rompió en mil pedazos contra el suelo manchado de rojo, el líquido oscuro mezclándose con la sangre. El sonido fue minúsculo, patético, pero resonó en su cabeza como un cañonazo. Era el eco final del fin de su esperanza. Veinte años de servicio, veinte años de mentiras. Su preciosa Sofía nunca volvería, el monstruo siempre será un monstruo.
Lo último que registró su cerebro fue el movimiento borroso de la anomalía abalanzándose sobre él, una marea de garras y plumas a una velocidad sobrenatural que desafiaba la física. El olor a azufre y muerte lo envolvió antes de que sintiera el dolor.
Luego... negro.
De vuelta al presente, Maximus abrió los ojos. Sus manos temblando ligeramente se dirigieron a la herida que cruzaba su pecho, escondida bajo el uniforme.
Desde ese día, comprendió la única verdad universal para él. No existen las anomalías "Verdes". No existe la reforma. Solo existe la contención y la eliminación. Son bestias que usan máscaras humanas hasta que deciden que es hora de comer.
— Grandes, pequeños, hermosos o terroríficos. Todos son bestias esperando el momento de atacar.
Había intentado ser diplomático. Había enviado informes a los auditores para cerrar los proyectos de Vegetta y Luzu, advirtiendo del peligro de las anomalías que "custodiaban". Pero los altos mandos no escucharon. La burocracia de A.R.C.A. era lenta, y el hambre de las anomalías era rápida.
Se puso de pie, ajustó su gabardina y caminó hacia la salida con una determinación gélida. Si la organización no iba a proteger a sus hombres de sí mismos, él lo haría.
Maximus salió de la sala de juntas, no hacia su oficina, sino hacia los niveles inferiores, donde el equipo táctico y los protocolos de emergencia más severos estaban resguardados. No iba a esperar a que otra oficina se llenara de sangre.
Esta vez, él daría el primer golpe.
. . .
Vegetta se encerró en su oficina después de aquella fallida reunión. El silencio que siguió no fue relajante; fue pesado, como el aire antes de un terremoto.
Se sentó frente a su escritorio, pero no activó ningún plano, ni revisó los informes pendientes de sus técnicos junior. En su lugar, sacó su tablet y abrió el archivo que su informante misterioso le había entregado a través de las sombras de la red. Sus dedos, usualmente precisos, temblaban ligeramente al deslizar la pantalla.
Allí estaba el video, la evidencia de una traición que no se sentía como tal, sino como una tragedia en cámara lenta.
Ver a Willy —el Auditor Corazón— acorralando a Luzu en aquel almacén polvoriento le revolvió el estómago. Pero lo que realmente le quemaba por dentro no era la lascivia del Auditor, sino la mirada de Luzu. Conocía esa mirada. Era la mirada de un hombre que estaba tratando de sostener un techo que ya se había derrumbado.
—¿Por qué no me lo dijiste, Luzu? —susurró Vegetta al vacío de la habitación.
Se pasó una mano por el rostro, sintiendo el tic de su párpado golpear contra su voluntad. La paranoia empezó a tejer redes en su mente ¿Desde cuándo Willy lo tenía en la mira? ¿Era Luzu un cómplice o una víctima? El mensaje era claro: Willy quería que Luzu entregara la "verdadera evidencia" sobre Foolish para destruir a Vegetta y ascender.
Vegetta sabía que en A.R.C.A., la lealtad era un recurso más escaso que el uranio. Pero Luzu... Luzu en este momento era su ancla. Si el ancla se soltaba, Vegetta se perdería en la corriente.
Apagó la tablet y se obligó a ponerse de pie. Tenía que verlo, tenía que mirar a su amigo a los ojos y decidir si todavía podía llamarlo así.
Encontró a Luzu cerca de la salida de los laboratorios de Xenobiología. Luzu caminaba con los hombros hundidos, revisando unos informes en su dispositivo holográfico. Su LED lateral parpadeaba en un ámbar intermitente, señal de un procesamiento interno errático.
—Luzu —llamó Vegetta, tratando de que su voz sonara como la de cualquier otro día de trabajo.
Luzu dio un pequeño salto, casi dejando caer su dispositivo. Se giró rápidamente, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—¡Vegetta! —dijo, su voz un tono más alto de lo normal—. Me... me asustaste. ¿Cómo estás? Te vi muy tenso en la reunión con Maximus.
Vegetta se acercó, acortando la distancia. Sus ojos de ingeniero, entrenados para detectar la más mínima grieta en una estructura, se centraron en el cuello de la bata de Luzu. Estaba un poco más subida de lo habitual, pero no lo suficiente para ocultar por completo una mancha violácea justo debajo de la mandíbula.
Una mordida sin duda.
Vegetta sintió una punzada de rabia fría, pero mantuvo su máscara.
—El estrés de siempre, ya sabes —respondió Vegetta, cruzándose de brazos—. Maximus está buscando culpables por el retraso en los informes de eficiencia. Cree que perdemos demasiado tiempo con P-58.
Luzu bajó la mirada, fingiendo interés en su dispositivo.
—Bueno ya sabes cómo es. El proyecto P-58 genera demasiados datos, tardo bastante en redactar y adaptar todo lo que obtenemos. A veces siento que la administración está... presionando más de la cuenta. También me preguntan cosas, quieren resultados que no sé si estamos listos para entregar.
Vegetta sintió una punzada de dolor. Dímelo. Solo dime que Willy te está chantajeando. Somos amigos, podemos arreglarlo.
—Quizás... —Continuó Luzu, dudando—... quizás tiene razón, Veg.
Vegetta entrecerró los ojos. —¿Perdón?
—Solo digo que... tal vez nos hemos involucrado demasiado con el Proyecto Idolo Dorado. —Luzu dio un paso hacia Vegetta, bajando la voz—. Están siendo muy agresivos. Si entregáramos un informe final ahora... algo que los satisfaga, algo que demuestre que ya tenemos el control absoluto, que no hay riesgos y que concluiremos la investigación... quizás nos dejarían en paz. Podríamos ascender, Vegetta. Estaríamos en un lugar donde nadie nos cuestionaría.
Vegetta sintió como si una mano invisible le apretara la garganta. Eran las mismas palabras que Willy le había siseado a Luzu en la oscuridad.
—¿Y qué significaría ese informe, Luzu? —preguntó Vegetta con una calma aterradora—. ¿Tienes idea de las implicaciones que conlleva redactar un informe así?
Luzu tragó saliva. Su LED se puso rojo por un segundo antes de volver al ámbar.
—Significaría sobrevivir —susurró Luzu—. A veces hay que sacrificar una pieza para ganar la partida ¿No lo harías si estuvieras en mi lugar?
Vegetta lo miró en silencio durante lo que pareció una eternidad. No mencionó a Willy, no mencionó el video, no mencionó que sabía que su amigo estaba siendo devorado por un lobo con máscara de auditor.
—Yo no sacrifico a los míos, Luzu —dijo finalmente Vegetta, su voz gélida—. Pensé que eso ya lo sabías.
Luzu abrió la boca para decir algo, pero Arin emitió un pitido agudo en su oído, distrayéndolo.
—Tengo... tengo que irme —balbuceó Luzu—. Tengo una cita con... con la base de datos. Hablamos luego, ¿vale?
Vegetta lo vio alejarse. Luzu no caminaba; huía. Y en ese momento, Vegetta supo que ya no tenía ningún lugar seguro al que recurrir.
Casi ningún lugar…
Vegetta no volvió a su oficina. No podía estar solo con sus pensamientos, no ahora, ni con las sombras que ahora parecían susurrarle el nombre de Bad o las amenazas de Maximus. Sus pies lo llevaron, casi por instinto, al ascensor que bajaba a la Celda P-58.
Cuando entró, no encendió las luces. La sala estaba sumida en ese resplandor azul cobalto. El agua del tanque burbujeaba suavemente, el único sonido en la vastedad del búnker.
Vegetta caminó hasta el cristal. No llevaba su tablet ni herramientas, solo a sí mismo. Se apoyó contra la superficie fría, sintiendo la vibración del agua del otro lado. No era la primera vez que lo hacía, pero hoy se sentía diferente. Se sentía como si estuviera apoyándose en la única pared de una casa que aún no se había quemado.
Foolish emergió de las profundidades del tanque. No nadó con su usual arrogancia, ni hizo ninguna broma sobre lo despeinado que estaba Vegetta. Simplemente flotó frente a él, con sus ojos verdes brillando como faros en medio de una tormenta.
Apoyó su mano palmeada exactamente donde estaba la frente de Vegetta, separada solo por unos centímetros de policarbonato reforzado.
—Hueles a miedo, arquitecto —dijo Foolish. Su voz, filtrada por el agua y los altavoces, sonaba más profunda.
—Todo se está rompiendo, Foolish. Afuera... todo es un juego de espejos. Mis amigos mienten, mis enemigos acechan y yo… yo estoy aquí, escondiéndome en un sótano con una anomalía que debería estar estudiando, no...
—¿No amando? —completó Foolish con una suavidad y una sonrisa divertida.
Vegetta soltó un suspiro tembloroso.
—Soy un cobarde. Estoy dejando que todo pase porque tengo miedo de perder mi posición, de perder lo que he construido. De perder a… —No terminó la oración.
Foolish soltó una risa corta, pero no fue burlona. Fue una risa llena de una comprensión que superaba los milenios.
—Cobarde.
Vegetta abrió los ojos, esperando ver el desdén del Dios. Pero Foolish lo miraba con una intensidad que le quemaba el alma.
—Eso es una mentira —continuó Foolish—. Vegetta, no eres un cobarde. Eres un hombre con demasiados lazos, un hombre que ama demasiado. Un hombre que se atrevió a cambiar su existencia por la libertad de sus cachorros.
Foolish se acercó aún más al cristal, hasta que sus rostros estuvieron a la misma altura.
—Has pasado meses protegiendo a esos idiotas que trabajan contigo. Has pasado años manteniendo la cordura en un lugar que devora almas. Y ahora, estás dispuesto a enfrentarte a los Auditores por un monstruo que apenas recuerdas haber conocido en otra vida. Eso no es cobardía; es una forma de santidad trágica que yo apenas puedo entender.
Vegetta se sentía pequeño frente a la inmensidad de Foolish, no por el tamaño del Dios, sino por la pureza de su perspectiva.
—¿Santidad trágica? —repitió Vegetta con amargura—. Solo soy un hombre intentando que no lo maten, Foolish, y estoy rompiendo todas las reglas por ti. Estoy ocultando información, robando datos, mintiendo a mis superiores. Si eso es santidad, el cielo debe de estar lleno de criminales.
—El cielo es para los que no tienen nada que perder —respondió Foolish—. Los hombres que solo quieren sobrevivir no tienen el corazón tan roto como el tuyo, los hombres que solo quieren sobrevivir traicionan y ascienden, como tu amigo de los ojos cansados está tentado a hacer. Tú... tú te quedas aquí, en la oscuridad, sosteniendo el mundo sobre tus hombros aunque sepas que te va a aplastar.
Foolish golpeó el cristal suavemente, una nota musical que resonó en el pecho de Vegetta.
—No te dejes engañar por sus uniformes y sus reglas, Vegetta. Ellos son los que tienen miedo. Tienen tanto miedo de lo que no pueden controlar que intentan romperlo.
Vegetta apoyó ambas manos en el cristal, buscando el calor que no podía cruzar la barrera.
—No sé si puedo ganar esta vez, Foolish —susurró Vegetta, con la frente apoyada en el cristal, sintiendo cómo el cansancio le ganaba la partida a su orgullo—. Todo lo que he levantado aquí... se siente tan frágil ahora. Maximus, el proyecto, incluso mis amigos. Siento que si doy un paso en falso, todo se reducirá a cenizas. Ni siquiera estoy seguro que es algo que valga la pena salvarse…
—Ganar es un concepto curioso, mi preciado brillo —dijo Foolish, y su voz vibró en el agua con una suavidad reconfortante—. Tú lo llamas "ganar" o "perder", no te queda en lo absoluto. Aun así, yo solo veo cómo te esfuerzas por dar forma a este momento. Si para ti esta estructura que has construido es valiosa, entonces tiene todo el valor del mundo.
Foolish no le dijo que dejara que ardiera. Tampoco le prometió que él lo salvaría. Simplemente apoyó su mano en el cristal, coincidiendo con la posición de la mano de Vegetta, reconociendo el peso que el ingeniero había decidido cargar.
—Si para ti tiene valor, entonces vale la pena el esfuerzo —repitió el Dios con una sonrisa tranquila—. Cada una de tus vidas es una obra de arte distinta, Vegetta. Esta parece ser una de sombras y máquinas, y a pesar de eso, entiendo por qué quieres protegerla. Es compleja, es vibrante... es muy tú.
Vegetta levantó la vista, buscando algo de guía en el Dios, pero Foolish no le ofrecía un plan de ataque, solo su presencia.
—¿No te molesta ni un poco? —preguntó Vegetta en un susurro—. ¿Que me desgaste tanto por algo que, para ti, es solo un suspiro?
—Al contrario —Foolish ladeó la cabeza, su piel dorada brillando bajo el azul del tanque—. Me fascina. Me gusta participar en lo que tú me permitas ver. Si decides salvar este lugar, estaré aquí para escucharte cuando regreses cansado. Si decides dejar que cambie, también estaré aquí. Mi único interés es que, mientras estés en este plano, tu alma se sienta acompañada.
Vegetta sintió que una parte de la tensión en su cuello finalmente cedía. Esto era lo única que creía necesitar: alguien que no lo juzgara por estar al borde del colapso, alguien que valorara su esfuerzo sin exigirle resultados.
—Quédate conmigo —pidió Vegetta, no como una orden, sino como una necesidad del corazón.
—Siempre —respondió Foolish—. He esperado eras para volver a presenciar tu brillo. Disfruta de tu vida, arquitecto, con todos sus problemas y sus glorias. Yo cuidaré de ti cuando estés listo.
Vegetta se quedó allí, en la quietud de la Celda P-58. Fuera de esas paredes, el mundo seguía girando hacia el caos pero mientras tanto, tan solo por este momento, en ese instante, bajo la mirada de Foolish, Vegetta no era un traidor ni un empleado al borde del colapso. Era simplemente un hombre que amaba sus creaciones, y por primera vez en el día, aceptó que ese amor —aunque pesado y peligroso— era lo más sagrado que había construido en esta vida. Se permitió respirar, sabiendo que Foolish no cambiaría el destino, pero que caminaría a su lado, en silencio, hasta donde Vegetta decidiera llegar.
. . .
Maximus no era un hombre de herramientas, sino de mandatos. Sus manos no sabían de soldaduras ni de códigos binarios, pero conocían perfectamente cómo mover los hilos de la ambición humana. En su despacho, con las persianas bajadas y la luz de la pantalla proyectando sombras alargadas sobre sus facciones endurecidas, el Director revisaba los expedientes del personal de ingeniería de bajo rango.
Necesitaba a alguien que no estuviera "infectado" por la filosofía de Vegetta. Alguien que no viera a las anomalías como sujetos de estudio con los que se puede empatizar, sino como problemas mecánicos que deben ser resueltos.
Sus ojos se detuvieron en un perfil: Tubbo. 18 años. Un historial académico que rozaba la genialidad en el campo de la micro-mecánica y la robótica de precisión. Los informes de sus supervisores decían que era "honesto, algo retraído, pero con una necesidad patológica de reconocimiento".
—Perfecto —susurró Maximus.
Media hora después, el joven Tubbo se encontraba frente a la imponente puerta de la oficina del Director. Se ajustó las gafas y se limpió las manos sudorosas en su mono de trabajo, que le quedaba un poco grande. Estaba acostumbrado a recibir órdenes de jefes de cuadrilla, no de la máxima autoridad del sitio.
—Pasa, muchacho —dijo la voz grave de Maximus desde el interior.
Tubbo entró, cohibido. La oficina de Maximus olía a papel viejo y a un orden que resultaba opresivo.
—¿Señor? Me dijeron que... que necesitaba un ajuste en los sistemas de ventilación de su despacho —balbuceó Tubbo, mirando hacia el techo.
Maximus soltó una risa seca, sin rastro de alegría, y señaló la silla frente a él.
—Olvida el aire acondicionado, Tubbo, he estado siguiendo tu progreso. Los informes dicen que eres el ingeniero más brillante de tu generación. Dicen que tus manos pueden montar un motor de impulsión iónica en la oscuridad.
Tubbo se sonrojó, jugueteando con un pequeño engranaje que siempre llevaba en el bolsillo. —Solo... solo hago mi trabajo, señor. Intento ayudar a que la planta funcione como dice el Ingeniero De Luque.
—Vegetta es un gran hombre —dijo Maximus, inclinándose hacia adelante, su mirada clavándose en la del chico—, pero está sobrecargado. Demasiada política, demasiados Auditores... y a veces, eso nubla su juicio sobre la seguridad real. Por eso te he llamado a ti. Necesito a alguien con una mente fresca, alguien que no tenga miedo de innovar.
Maximus sacó un archivador de acero con un sello de "TOP SECRET" y lo deslizó sobre el escritorio.
—Esto, Tubbo, es el Proyecto S.D.A. (Sistema de Docilidad Absoluta). Es un encargo directo del Consejo. Es una prueba, un examen de campo secreto para determinar quién será el próximo Ingeniero Jefe del sector. —Maximus hizo una pausa dramática—. Si logras construir este prototipo basándote en estos esquemas antiguos, tu ascenso no será una posibilidad, sino un hecho. Estarás al mismo nivel que Vegetta antes de que cumplas los diecinueve.
Los ojos de Tubbo se abrieron de par en par ¿Un ascenso? ¿Ingeniero Jefe? Era lo que siempre había soñado: dejar de ser el chico que arregla tuberías rotas para convertirse en alguien que diseña el futuro.
—Pero... ¿por qué yo, señor? ¿Por qué no el Ingeniero Jefe?
—Porque Vegetta es demasiado... tradicional —mintió Maximus con una facilidad pasmosa—. Necesito que esto se haga en absoluto secreto. Nadie, ni siquiera tus compañeros pueden saberlo. Es una prueba de lealtad tanto como de habilidad. Si una sola palabra sale de este despacho, el proyecto se cancela y tu carrera en A.R.C.A. termina aquí ¿Entendido?
Tubbo tragó saliva, sintiendo el peso de la responsabilidad y el brillo de la oportunidad. Miró los planos: filamentos de tungsteno, inhibidores de frecuencia, electrodos de contacto neuronal. Parecía complejo, casi cruel, pero para su mente lógica, solo era un rompecabezas más.
—Lo haré, señor Director. No le fallaré.
Durante las siguientes setenta y dos horas, Tubbo se convirtió en un fantasma. Se instaló en un pequeño taller de mantenimiento descartado en el Sector 9, un lugar donde el polvo acumulado era tan grueso que amortiguaba el sonido de sus herramientas.
Trabajaba febrilmente, alimentándose de raciones frías y cafeína. Maximus le proporcionaba las piezas necesarias bajo el pretexto de "suministros de reparación para el reactor". Tubbo, en su inocencia, no veía la maldad en el diseño. Para él, eran solo piezas encajando.
—Es fascinante... —murmuraba Tubbo, soldando un microcircuito con una precisión microscópica—. La frecuencia de estas ondas está diseñada para anular el lóbulo frontal. Es como... como un interruptor de apagado para la voluntad.
A veces, una pequeña duda cruzaba su mente ¿Para qué necesitaba A.R.C.A. algo tan... definitivo? Pero entonces recordaba la voz de Maximus y la promesa del ascenso. Se imaginaba a sí mismo caminando por los pasillos del Nivel 4, recibiendo el saludo respetuoso de los guardias. Quizás incluso Vegetta se sentiría orgulloso de él.
Finalmente, el dispositivo estuvo terminado.
No era una máquina grande. Era una corona de metal oscuro, elegante y aterradora, con pequeños filamentos que parecían patas de araña diseñadas para hundirse en la piel de la cabeza del sujeto. Cuando la encendió por primera vez en el banco de pruebas, el aire alrededor del dispositivo vibró con un zumbido sordo que hizo que a Tubbo le dolieran los dientes.
—Ya está —susurró el chico, limpiándose el sudor de la frente—. El S.D.A. está listo.
Maximus no perdió el tiempo. Esa misma noche, acompañado de dos guardias de su confianza personal, bajó al taller de Tubbo.
—Impresionante, muchacho —dijo Maximus, observando la corona bajo la luz de una lámpara halógena—. Ahora, necesitamos una prueba de campo. Un prototipo no sirve de nada si no sabemos si funciona en una mente viva.
Tubbo palideció. —¿Una prueba? ¿Con quién?
—Traed al sujeto —ordenó Maximus.
Los guardias entraron, escoltando a rastras a alguien atado. Una anomalía parecida a un conejo negro gigante, el Sujeto 114 o también conocido como Lapin, una criatura de aspecto elegante, vistiendo siempre un traje negro y una corbata azúl. Era una de las anomalías más dóciles y queridas por el personal de mantenimiento de bajo nivel.
—Señor... es el 114 —dijo Tubbo, retrocediendo un paso—. Él no es peligroso, no necesita esto.
—Precisamente por eso es el sujeto de prueba ideal —respondió Maximus con una voz que no admitía réplica—. Ponle el dispositivo, Tubbo. Ahora. Es parte de tu examen.
Con las manos temblando, Tubbo tomó al conejo del brazo. El Sujeto 114 lo miró con curiosidad.
Tubbo sintió una náusea ácida subiendo por su garganta mientras lo desataba para hacerlo sentar. Sus dedos se hundieron en el pelaje cálido de Lapin. Al colocar la corona de tungsteno, el metal gélido contrastó horriblemente con la temperatura vital de la criatura.
—Lo siento, amiguito... por favor, lo siento —susurró Tubbo al oído largo y aterciopelado del conejo.
Ajustó los filamentos. Maximus se acercó al panel de control que Tubbo había construido.
—Activando al 10% —dijo Maximus.
Un zumbido eléctrico, similar al de un insecto atrapado en un frasco, llenó la sala. La corona soltó un arco voltaico azul pálido que se hundió en las sienes de la criatura. Lapin se arqueó violentamente; sus patas traseras golpearon el suelo de metal con una fuerza que amenazó con romperle los huesos. Soltó un chirrido agudo, un sonido desgarrador que recordaba a una rata siendo estrangulada por una trampa, hasta que el dispositivo hizo su trabajo.
De golpe, el ruido cesó. El cuerpo de Lapin se desplomó contra su asiento. Sus brazos cayeron pesadamente a sus costados y su mirada, antes vibrante, se tornó vidriosa y fija. Fue como ver una vela apagarse de un soplido; la luz de la conciencia se retiró, dejando atrás solo una cáscara biológica.
—Frecuencia estable —reportó Tubbo, su voz sonando mecánica, intentando no mirar el rostro inerte de la criatura—. El inhibidor neuronal está bloqueando todos los impulsos motores voluntarios.
—Súbelo al 50% —ordenó Maximus, su rostro iluminado por el resplandor de los terminales.
Tubbo giró el dial. Los filamentos de la corona pasaron del azul al blanco incandescente. Entonces llegó el olor: el aroma dulzón y nauseabundo del pelo quemado seguido por el siseo de la carne viva cociéndose bajo el metal. La corona no solo estaba enviando electricidad; se estaba anclando. Los ganchos de tungsteno perforaron el cráneo, hundiéndose en la materia gris con un sonido de succión húmeda.
Lapin no gritó, no podía. Sus cuerdas vocales eran ahora solo cuerdas de violín tensadas hasta el punto de ruptura por un maestro cruel. Sus ojos empezaron a lagrimear un fluido espeso y rosáceo, mezcla de lágrimas y líquido cefalorraquídeo. Su boca se abrió en un rictus de agonía silenciosa, dejando escapar un hilo de baba. Estaba atrapado en una niebla de dolor anestesiado que no le permitía reaccionar.
—Mira eso —susurró Maximus con una satisfacción casi religiosa—. Docilidad absoluta. Podríamos ordenarle que se arranque su propio corazón y lo haría sin parpadear.
Tubbo tuvo que apretar los dientes para no vomitar. La criatura, que antes era una fuente de alegría, ahora era solo una masa de músculos que reaccionaba a impulsos eléctricos. ahora era solo un pedazo de carne que respiraba, una cáscara vacía.
—El... el diseño tiene un fallo, señor —dijo Tubbo con la voz quebrada—. A este nivel de voltaje, el tejido cerebral entrará en un estado de licuefacción térmica. En cuestión de horas, su mente será... será puré de células. El daño es irreversible, estará muerto por dentro aunque su corazón siga latiendo.
—No es un fallo, Tubbo, es una característica —sentenció Maximus. Miró al chico y le puso una mano en el hombro, una caricia que se sintió como una amenaza—. Has pasado la primera prueba, el dispositivo es un éxito. Ahora, quiero que fabriques otro. Pero este tiene que ser más grande, mucho más grande.
Tubbo miró la corona y luego a la criatura lobotomizada. Su sueño de ascenso se sentía ahora como una pesadilla, pero ya era demasiado tarde para volver atrás, estaba en la madriguera del lobo.
—¿Para quién es el segundo dispositivo, señor? —preguntó Tubbo con un hilo de voz.
Maximus miró hacia la dirección donde se encontraba la Celda P-58, niveles más arriba.
—Para un Dios que cree que puede jugar con la mente de mis ingenieros —respondió Maximus—. Y para cualquier otra bestia que no entienda que en A.R.C.A., solo los humanos tienen derecho a una voluntad.
Chapter 13: Él Siempre Estuvo Ahí
Notes:
(See the end of the chapter for notes.)
Chapter Text
El silencio en el despacho de Vegetta no era la ausencia de ruido, sino la presencia de una amenaza que aún no tenía rostro. El ingeniero se encontraba frente a su terminal privada, con las ojeras marcadas como cicatrices bajo sus ojos.
Había pasado las últimas seis horas intentando rastrear la firma digital del informante misterioso que le había enviado el video de Luzu y Willy. Nada. La señal rebotaba desde satélites fantasma y servidores encriptados que se autodestruían al ser detectados. Era alguien que conocía las entrañas de A.R.C.A. mejor que él, alguien que quería que viera la podredumbre, pero que se negaba a dar la cara.
—¿Por qué ahora? —susurró Vegetta, golpeando la mesa con frustración— ¿Y por qué ayudarme a mí?
Necesitaba entender qué ganaba esa sombra con ayudarlo. ¿Era un aliado? ¿O simplemente otra fuerza externa que buscaba usarlo también para sus propios fines? Pero la pantalla permanecía en negro, devolviéndole solo el reflejo de un hombre que ya no se reconocía a sí mismo.
La mención de Willy en el video era lo que más le dolía. Recordaba al Willy de hace más de cinco años: un hombre astuto, sí, pero alguien con quien podía compartir una cena y discutir sobre la ética de la ciencia. Habían sido amigos, o lo más cercano a ello en un lugar como este. Luego, Willy simplemente se esfumó. Los rumores decían que había sido transferido a un proyecto de alto secreto en el Nivel 5. Ahora, regresaba con el título de Auditor Corazón, convertido en un depredador que usaba la vulnerabilidad de Luzu como moneda de cambio.
Vegetta cerró su tablet, no podía seguir analizando datos vacíos. Necesitaba el único lugar donde la lógica de A.R.C.A. no llegaba.
Se puso su bata blanca, ajustó sus herramientas de forma mecánica y se dirigió al ascensor. Pero esta vez, al llegar a la Celda P-58, no encendió las luces del panel de control. No activó la grabadora ni preparó los sensores de bio-ritmo. Hoy no era el interrogador del Proyecto Ídolo Dorado. Hoy era un hombre buscando una respuesta que la ciencia no podía darle.
La sala estaba sumida en esa penumbra azul cobalto que emanaba del tanque. Foolish lo esperaba, flotando con una elegancia que desafiaba la gravedad. Al ver que Vegetta no encendía el equipo, la deidad se acercó al cristal, sus ojos verdes brillando con una curiosidad teñida de afecto.
—Veo que hoy no hay registros, arquitecto —observó Foolish, su voz resonando en la mente de Vegetta como una caricia húmeda.
Vegetta se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el frío policarbonato del tanque. Suspiró profundamente, dejando caer la cabeza hacia atrás.
—Hoy no sé qué soy, Foolish. Afuera... todo es un caos. Willy, el que ahora sé que es un Auditor, está moviendo piezas para destruirme. Y lo que más me duele es que no entiendo por qué.
Vegetta miró hacia la oscuridad del búnker, recordando.
—Hace mucho tiempo, Willy y yo éramos amigos, o eso creía. Trabajábamos en sectores distintos, pero compartíamos cafés, charlabamos... un día, simplemente desapareció. Dijeron que lo habían ascendido. Ahora es un Auditor, una sombra que me vigila desde el Consejo, y está usando a Luzu para lograr algo. No entiendo en qué momento pasó de ser el hombre que conocía a este monstruo.
Hubo un silencio en el que solo se escuchaba el burbujeo del agua.
—Dime una cosa —continuó Vegetta, girándose para mirar al Dios—. Si estuvieras en mi lugar... si tuvieras a un amigo a punto de traicionarte y a un jefe construyendo muros a tu alrededor... ¿qué harías?
Foolish guardó silencio durante un largo rato. Sus dedos palmeados rozaron el cristal desde el interior, trazando el contorno de la figura de Vegetta.
—No puedo responder a eso, mi preciado brillo —dijo finalmente Foolish—. Tu cuestionamiento viene de un lugar de vulnerabilidad. Y yo... yo no puedo imaginarme a mí mismo siendo vulnerable. Siempre he sido el dueño de mi destino, el eje sobre el que giran los milenios, una fuerza que fluye sin pedir permiso.
Foolish ladeó la cabeza, su piel dorada reluciendo.
—De hecho, las únicas veces en mi existencia que mi voluntad ha dependido de otro, ha sido por ti. En cada vida, en cada ciclo, si tú me pides algo, simplemente no puedo negarme. He alterado el curso de la historia, he sacrificado mi propia libertad y he aceptado consecuencias que me han causado más mal que bien, solo porque tú lo pediste. Mi voluntad se dobla ante la tuya, mi única vulnerabilidad... eres tú.
Vegetta sintió que el calor le subía a las mejillas. Se ruborizó intensamente, apartando la mirada.
—Eso no puede ser posible, Foolish, eres una entidad antigua ¿Me vas a decir que nunca, en miles de años, te has sentido débil o a merced de algo más? ¿Y que no haya sido porque yo te puse en esa situación?
Foolish soltó una risa melancólica, un sonido que parecía cargar con el peso de una gran carga.
—Tienes razón, hubo una vez. Solo una vez en la que me puse a mí mismo en una situación de debilidad absoluta. Y lo hice por pura codicia y por la ambición de querer lo que los mortales tienen.
Vegetta dejó de respirar por un segundo. Se inclinó hacia adelante, pegando casi su rostro al cristal. —Cuéntame, por favor.
Foolish cerró los ojos, y el agua a su alrededor pareció oscurecerse, como si estuviera proyectando sus propios recuerdos en el líquido.
—En mi última reencarnación, antes de este tanque y estas paredes, tomé una decisión egoísta —comenzó Foolish—. Llevaba milenios viéndote de lejos. Viéndote amar a otros, ser amado, sufrir y morir mientras yo permanecía en las sombras, esperando el siguiente ciclo para verte otra vez. Me volví codicioso, Vegetta. Deseaba tanto ser parte de tu experiencia de vida, quise que me amaras de la forma en que los humanos aman: con el cuerpo, con el aliento, con el tiempo contado. Permanecer a tu lado como alguien de carne y hueso que pudiera sostener tu mano.
Vegetta sintió un escalofrío recorrer su columna.
—Tomé la forma de una mujer —continuó Foolish, con una voz que ahora sonaba extrañamente familiar, una cadencia que Vegetta reconoció en lo más profundo de su alma—. Me acerqué a ti en una cafetería pequeña, un día de lluvia. Fue amor a primera vista para ambos, porque nuestras almas ya se conocían de memoria. Me llamaste Akira por accidente y con ese nombre me quedé.
El nombre golpeó a Vegetta como un rayo, sus manos empezaron a temblar sobre el cristal.
—Te amé tanto que pronto deseamos crear vida —la voz de Foolish se volvió más suave, casi un susurro—. Pero fui ambicioso. Un cuerpo humano no puede retener el poder de un Dios por mucho tiempo. Mi carne empezó a deteriorarse, a enfermarse bajo el peso de mi propia esencia, me vi vulnerable al mantener ese cuerpo enfermo durante la gestación, solo para poder dejarte algo de mí, algo que sobreviviera cuando yo tuviera que partir.
Vegetta cerró los ojos, y de repente, los muros que el dolor había construido en su memoria empezaron a desmoronarse. Recordó el olor a flores de cerezo, recordó unas manos delicadas que acariciaban su rostro, recordó su dulce voz.
—Leonarda —susurró Vegetta con la voz rota.
—Sí —confirmó Foolish—. Fue una lástima tener que fallecer antes de poder ver tu rostro cuando conociste a nuestra hija. Fue una lástima enterarme después de que ella, al ser fruto de un Dios y un hombre, desarrolló una herencia genética que A.R.C.A. llamaría anomalía. Y es una ironía del destino que tu hijo, Roier, también terminara bajo el mismo estigma.
Foolish bajó la mirada, con un arrepentimiento genuino.
—Me enteré mucho después de que tuviste que intercambiar tu propia libertad con A.R.C.A. para protegerlos a ellos. Fue una coincidencia cruel, pero quizá el destino ya lo había decidido así.
Vegetta estaba en shock, el mundo a su alrededor pareció distorsionarse. Por su mente pasaron fragmentos de su vida con Akira: su risa en el jardín, el olor de su perfume, la forma en que ella le decía, con una sonrisa enigmática mientras estaba postrada en la cama del hospital: "Aunque muera, todo va a estar bien, Vegetta. Nos volveremos a encontrar pase lo que pase".
Ahora entendía por qué Akira siempre parecía saber más de lo que decía. Por qué a veces su mirada se perdía en el horizonte con una sabiduría que no correspondía a su edad. Todo era él, todo era Foolish.
El silencio que siguió fue denso, cargado de una emoción que el búnker no estaba diseñado para albergar. Vegetta se limpió la cara con la manga de su bata y, para sorpresa de Foolish, soltó una pequeña risa temblorosa. —¿Quién lo diría? —bromeó Vegetta, tratando de recuperar el aliento—. Para ser un Dios tan imponente y aterrador, en realidad eres muy tímido ¿verdad?
Foolish se ruborizó intensamente, un brillo rosado recorriendo sus mejillas y el cuello de sus escamas. Era la primera vez que Vegetta veía a la deidad perder su compostura divina.
—No era timidez, Vegetta. Y debo admitir que tenía miedo a que no pudieras perdonarme por haberte dejado solo con dos niños y un corazón roto.
Vegetta negó con la cabeza, sonriendo con una ternura renovada.
—No me importa que Akira no haya sido "real", sigues siendo tú. Te amé en esa forma, te amé en las anteriores y, por lo que veo... estoy condenado a amarte en esta también.
Foolish se quedó inmóvil, procesando las palabras de Vegetta. El rubor del Dios aumentó, iluminando el tanque con una calidez inusual.
Vegetta se puso de pie, sus ojos brillando con una determinación que no estaba allí hace una hora. La confusión se había ido, ya no era un hombre perdido; era un hombre que sabía exactamente por qué estaba luchando. Estaba luchando por su familia, por su pasado y por el ser que tenía frente a él.
—Ya sé qué hacer —dijo Vegetta, ajustándose la bata.
Vegetta salió de la celda P-58 y se dirigió directamente al laboratorio de Luzu. Lo encontró allí, revisando febrilmente el informe final, aquel que Willy le exigía para hundir a Vegetta y salvar su pellejo. Luzu se veía demacrado, su LED parpadeando en un rojo nervioso.
—Luzu —llamó Vegetta suavemente.
Luzu se sobresaltó, cerrando la pantalla de golpe. Sus ojos estaban inyectados en sangre y sus manos no dejaban de temblar.
—¡Vegetta! Yo... solo estaba terminando unos cálculos.
Vegetta se acercó y le puso una mano en el hombro. Luzu se tensó, esperando un reproche o un interrogatorio, pero lo que vio en los ojos de Vegetta fue algo mucho peor, una confianza absoluta.
—He estado pensando en lo que dijiste el otro día —dijo Vegetta con una voz llena de una calma sincera—. Sobre ser transparentes, sobre el informe final y sobre el futuro de nuestros proyectos.
Luzu lo miró, confundido y asustado. —¿Ah, sí?
—Sí, tienes razón Luzu, eres una persona sumamente inteligente. Siempre he admirado tu ambición y la pasión que le pones a cada una de tus tesis. —Vegetta suspiró, fingiendo arrepentimiento—. No hice bien en hablarte mal hace unos días. Estaba estresado, pero quiero que sepas esto: si tú crees que lo mejor para el sector es terminar con el proyecto Idolo Dorado y entregar toda la información que tenemos hasta ahora, que así sea.
Luzu abrió la boca, pero no salieron palabras.
—Confío en ti, Luzu —continuó Vegetta, mirándolo fijamente a los ojos—. Más que en cualquier otro en este lugar. Confío en que al final del día, harás lo que es correcto. No lo que es fácil, ni lo que te ordenen, sino lo que tu corazón te diga que es justo. Y yo te apoyaré en cualquier decisión que tomes.
Vegetta le dio un apretón amistoso en el hombro y se retiró sin decir una palabra más, dejando a Luzu sumido en un silencio ensordecedor.
Luzu se quedó solo en el silencio sepulcral de su laboratorio. Las palabras de Vegetta daban vueltas en su cabeza como un eco infinito: "Confío en ti... harás lo que es correcto".
Si entregaba el informe completo, sobreviviría, ascendería y tendría el poder que siempre quiso. Pero, ¿podría vivir con el hecho de que su "hacer lo correcto" era en realidad la traición más baja que jamás había cometido? El dilema moral de Luzu se convirtió en un nudo que amenazaba con asfixiarlo.
Mientras tanto, en los niveles superiores, las ruedas del destino tampoco se detenían.
El sonido del metal contra el metal resonó en el vestidor de los Rastreadores. Alexby cerró la taquilla con un golpe seco, pero el eco pareció durar más de lo normal. Se ajustó las correas de su traje táctico, revisando mecánicamente los sellos de presión en sus muñecas y tobillos. El traje, una armadura ligera diseñada para la movilidad en terrenos irregulares, se sentía hoy más pesado que nunca.
Miró de reojo la taquilla contigua, la de Fargan.
Seguía cerrada. No había rastro de plumas, ni de ese olor a pólvora y libertad que solía acompañar al rastreador. Alexby había enviado veintitrés mensajes de prioridad alta a través del canal encriptado del equipo, ninguno había sido entregado. Fargan simplemente se había evaporado tras el incidente en la última misión, dejando un hueco que el equipo no sabía cómo llenar.
—Alex, deja de mirar su casillero —dijo una voz a sus espaldas.
Staxx estaba terminando de cargar su rifle de supresión. Se veía impecable, como siempre, pero Alexby notó que sus movimientos carecían de la fluidez habitual. Había una rigidez en su mandíbula que delataba su propia preocupación.
—Tenemos que salir —continuó Staxx, acercándose—. El Director ya nos ha dado dos prórrogas. Si no traemos a la anomalía de la Zona 7 hoy, nos van a degradar a todos a patrulla de pasillo. Y créeme, no quieres pasar doce horas vigilando que los científicos no se roben el café.
Alexby forzó una mueca que intentaba ser una sonrisa. —Ya lo sé, es solo que... sin el rastreador, vamos a ciegas, Staxx.
—Vamos con lo que tenemos —sentenció Staxx, dándole una palmada firme en el hombro—. Venga, salgamos de este agujero. Necesito ver el cielo.
La superficie era un páramo de hormigón devorado por la vegetación mutada en el lugar que les tocó explorar hoy. El viento soplaba con un silbido constante que dificultaba la audición, el entorno perfecto para que una anomalía de Clase Verde se ocultara.
Normalmente, esta misión habría durado cuatro horas. Fargan habría olido el rastro en cuestión de minutos, se habría elevado sobre los edificios en ruinas y les habría marcado la posición exacta con una precisión quirúrgica. Pero Fargan no estaba.
Alexby intentó liderar con la diligencia de siempre. Revisaba los protocolos de recolección en su tablet, consultaba los mapas de calor y ordenaba perímetros de búsqueda. Pero flaqueaba. Sus ojos buscaban constantemente el cielo, esperando ver una silueta alada que nunca aparecía.
—¡Se mueve hacia el norte! —gritó Alexby, señalando una sombra que cruzaba un callejón.
—¡Es demasiado rápida, Alex! ¡Necesitamos cortarle el paso! —respondió Staxx, corriendo a su lado.
Pero Alexby dudó. En el momento en que debía ser agresivo y cerrar el cerco con las redes de impulsos, se quedó un segundo de más analizando el protocolo de seguridad, temiendo herir a la criatura de forma innecesaria o, peor aún, temiendo que un movimiento brusco causara otro desastre como el de la última vez.
La anomalía se les escapó dos veces.
Lo que debía ser una incursión rápida se convirtió en una agonía de dos días. Pasaron dos noches acampando en edificios en ruinas, durmiendo por turnos, con el frío de la superficie calándoles los huesos. Alexby apenas hablaba, limitándose a dar órdenes tácticas breves, con la mirada perdida en el horizonte.
Finalmente, al atardecer del segundo día, lograron acorralar a la criatura en el sótano de una antigua biblioteca. Staxx hizo el trabajo pesado, moviéndose con una fuerza bruta contenida, mientras Alexby activaba el contenedor de transporte. La anomalía chilló y se agitó antes de quedar sedada.
—Ya está —dijo Alexby, limpiándose el sudor y la suciedad del rostro—. Volvamos a casa.
El camino de vuelta hacia el vehículo de transporte de A.R.C.A. fue silencioso. El cielo sobre ellos se teñía de un naranja sangriento, un espectáculo que normalmente Alexby habría disfrutado. Pero ahora, cada sombra en los edificios le recordaba a la forma bestial que Fargan había tomado.
Staxx, que caminaba detrás cargando el contenedor, no pudo soportar más el ensimismamiento de su líder. Dejó el equipo en el suelo con un ruido seco, obligando a Alexby a detenerse.
—Basta, Alex —dijo Staxx, quitándose el casco. Sus ojos estaban cansados, pero decididos—. No podemos seguir así. Estás aquí físicamente, pero tu cabeza sigue en ese bosque.
Alexby se giró, con los hombros hundidos. —Casi lo matamos, Staxx. Le apuntamos con nuestras armas, lo miramos como si fuera un monstruo. Después de todo lo que ha hecho por nosotros... después de cómo nos cuidó...
—Actuamos por instinto —lo interrumpió Staxx, su voz suavizándose—. No tuvimos tiempo de pensar racionalmente, en nuestra mente éramos nosotros o lo que sea en lo que él se convirtió. No fue "normal" Alex, nunca habíamos visto esa parte de él. Tuvimos miedo, es humano tener miedo de lo que no comprendes.
—Pero no estuvo bien —insistió Alexby, con la voz quebrada—. Le dijimos esas cosas... intentamos olvidar que él es una anomalía para poder ser sus amigos y cuando la realidad nos golpeó en la cara, le dimos la espalda.
Staxx suspiró y se sentó sobre un bloque de hormigón, mirando hacia el horizonte, a lo lejos por el camino donde sabía muy bien que se escondía la entrada al búnker. —Escúchame, torturarte de esta forma no va a traerlo de vuelta. Fargan no tiene idea de lo mucho que nos arrepentimos ahora mismo, y probablemente, en su cabeza, él cree que nos hizo un favor al irse para no hacernos daño. Pero conocemos a Fargan, Alexby. Es el hombre más astuto, escurridizo y brillante que ha pisado esta planta. No le ha pasado nada. Alguna locura estará planeando, escondido en alguna ventila o en algún rincón que ni siquiera nosotros conocemos.
Alexby levantó la vista, encontrando la mirada de su amigo.
—Mientras él vuelve —continuó Staxx—, nosotros solo podemos hacer una cosa: seguir trabajando, pero con los valores renovados. Si Fargan regresara ahora y te viera fallando en los protocolos y dudando de ti mismo, te daría una bofetada por ser tan "flojo". Él querría que protegiéramos esta normalidad, pero sabiendo que la línea entre nosotros y ellos es mucho más delgada de lo que pensábamos.
Alexby asintió lentamente, sintiendo que un pequeño peso se levantaba de su pecho. —Tienes razón, no puedo liderar este equipo si tengo miedo de mi propia sombra.
—Exacto —Staxx se levantó, se puso su casco de vuelta y volvió a cargar el contenedor—. Guardemos este sentimiento para cuando lo veamos. Entonces le pediremos perdón, le invitaremos a unas cervezas y dejaremos que nos llame idiotas todo lo que quiera. Pero ahora, entremos ahí abajo con la cabeza alta.
Al llegar a la instalación, cruzaron la esclusa de seguridad sin prisa y el aire acondicionado les golpeó la cara, un recordatorio seco de que la libertad de la superficie se había acabado. Al entrar en el área de descarga, Alexby se sintió diferente. El arrepentimiento seguía ahí, pero ahora estaba mezclado con una determinación silenciosa.
En algún punto se separaron y Alexby decidió pasear un rato antes de ir a descansar.
. . .
Esta noche Vegetta salió del sector de contención húmeda con el corazón martilleando contra sus costillas. No era solo el estrés de la guerra política que se avecinaba; era la atmósfera dentro de la cámara. La humedad allí abajo siempre era alta, pero hoy, con la cercanía de Foolish y la intensidad de sus palabras, el aire se había vuelto denso, casi eléctrico.
Vegetta se pasó una mano por el cuello, desabrochando el primer botón de su camisa algo humedecida. Tenía las mejillas encendidas, un rubor intenso que no podía atribuir solo a la temperatura del agua. Sus labios se sentían entumecidos, y aún podía escuchar la risa vibrante de Foolish resonando en sus oídos. Aquel Dios no solo lo conocía, lo estaba desmantelando pieza a pieza, recordándole una intimidad que Vegetta intentaba desesperadamente negar.
Se detuvo frente a un panel de control para estabilizar su respiración, pero antes de que pudiera recomponerse, unas voces lo obligaron a tensarse.
—¿Vegetta?
Vegetta se giró bruscamente. En el pasillo, iluminado por las luces nocturnas, estaban Alexby y Luzu.
Alexby tenía los brazos cruzados y una expresión de sospecha pura. Luzu, por el contrario, parecía un fantasma de sí mismo; sus ojos evitaban los de Vegetta, y su LED parpadeaba en un tono naranja inquieto.
—¿Qué haces aquí abajo a esta hora, Veg? —preguntó Alexby, dando un paso adelante—. ¿No se supone que tu jornada debería haber terminado hace horas? Y... —Alexby lo escaneó de arriba abajo—... estás rojo como un tomate ¿Te ha dado un golpe de calor o qué?
Vegetta sintió que el rubor se intensificaba por la vergüenza. Se ajustó la chaqueta, intentando recuperar su porte de Ingeniero Jefe.
—La... la humedad de los tanques —balbuceó Vegetta, odiándose por sonar tan poco convincente—. Hubo una fluctuación en los filtros de ozono. Tuve que supervisarlo personalmente porque los sensores automáticos estaban dando lecturas erróneas.
Luzu finalmente levantó la vista. Su mirada era triste, casi suplicante. —Vegetta, no deberías estar aquí solo. W... quiero decir, los de arriba están revisando los registros de acceso en tiempo real. Si ven que entras sin un equipo de apoyo, pensarán que estás ocultando algo.
La mención indirecta de la presión de Willy hizo que Vegetta apretara los dientes. La paranoia volvió a golpear pero ya había decidido no dejarse afectar por lo que esos dos estuvieran planeando, ya que hagan lo que hagan, no había nada que él pudiera hacer para evitarlo.
—No necesito niñeras, Luzu —dijo Vegetta con un tono más cortante de lo que pretendía—. Estaba buscando a alguien.
—¿A quién? —insistió Alexby.
Vegetta buscó desesperadamente una salida, no podía decir que estaba con Foolish a estas horas de la noche, no podía decir que estaba solo. Entonces, la imagen de la "cita" frustrada con BadBoyHalo apareció en su mente como una balsa salvavidas.
—Estaba... estaba buscando a Bad —soltó Vegetta, desviando la mirada—. Teníamos un... un asunto pendiente sobre unos reactivos. Quedamos en vernos por esta zona porque es neutral.
Alexby arqueó una ceja, claramente escéptico. —¿Con Bad? ¿A estas horas? ¿Aquí?
—¡Sí! —exclamó una voz alegre desde las sombras detrás de ellos.
Los tres se sobresaltaron. BadBoyHalo emergió de la oscuridad de un corredor lateral, deslizándose con una elegancia sobrenatural. Llevaba una pequeña caja metálica bajo el brazo y su sonrisa era tan amplia que resultaba casi inquietante.
—¡Vegetta! Siento haber tardado —dijo Bad, colocándose al lado del ingeniero con una familiaridad que hizo que Vegetta quisiera que la tierra se lo tragara—. Me perdí un poco buscando el punto de encuentro "especial" que mencionaste.
Bad rodeó los hombros de Vegetta con un brazo, una caricia posesiva que el ingeniero no pudo rechazar sin delatarse.
—Hola, Alexby. Hola, Luzu —saludó Bad con un tono casual—. ¿Interrumpimos algo? Vegetta y yo estábamos a punto de terminar nuestra... discusión.
Alexby miró el brazo de Bad sobre Vegetta y luego la cara encendida de su amigo. Su expresión pasó de la sospecha al asombro, y luego a una mueca de "no quiero saber los detalles".
—Ah... —Alexby se rascó la nuca, visiblemente incómodo—. Vale, no sabía que las "discusiones" en Xenobiología incluían ponerse así de... sudoroso.
Luzu bajó la cabeza, sintiendo una punzada de alivio. Si Vegetta estaba con Bad, al menos no estaba haciendo nada que Willy pudiera usar para ejecutarlo de inmediato. Era una distracción perfecta.
—Perdón por interrumpir —susurró Luzu—. Solo... ten cuidado, Veg. No te quedes mucho tiempo en las zonas oscuras.
Luzu se dio la vuelta y se alejó rápidamente. Alexby lo siguió, no sin antes lanzarle a Vegetta una mirada de "luego me cuentas esto", dejando a los otros dos solos en el pasillo.
En cuanto se alejaron, Vegetta se soltó del agarre de Bad de un tirón.
—Gracias —masculló Vegetta, frotándose las sienes—. Lamento haberte usado de excusa pero no tenías por qué involucrarte.
—Me necesitabas ¿verdad? —Bad sonrió, sus ojos blancos brillando con una devoción ciega—. Sabía que vendrías a buscarme. Las sombras me dijeron que estabas en apuros ¿Ves? Somos el equipo perfecto.
Vegetta no tuvo fuerzas para discutir. Solo quería volver a su cuarto, encerrarse y procesar que acababa de usar a un demonio enamorado para ocultar su vínculo con un dios marino ante sus mejores amigos. El nudo de mentiras era ahora una red asfixiante.
BadBoyHalo nunca había creído en los milagros, al menos no en los que no podía explicar mediante la ciencia o la manipulación de la materia oscura. Pero lo que había sucedido en el pasillo, frente a Alexby y Luzu, era lo más parecido a una intervención divina que había experimentado en sus siglos de existencia.
Vegetta lo había elegido. No solo eso, lo había usado como escudo. A ojos de los demás jefes de sector, ahora eran algo.
Bad pronto estuvo de vuelta en su laboratorio, pero no estaba trabajando en ninguna autopsia. Estaba flotando a unos pocos centímetros del suelo, rodeado de una neblina negra que vibraba con su emoción. Sus sombras, usualmente afiladas y amenazantes, ahora se movían de forma errática, formando figuras de corazones abstractos que se deshacían y volvían a formarse contra las paredes de acero.
—Él me necesita —murmuraba Bad, sus ojos blancos brillando con una luz febril—. Me usó para ocultar su vulnerabilidad. Eso significa que confía en mí, significa que soy su puerto seguro.
Se acercó a una mesa donde descansaba una pequeña planta carnívora, un espécimen raro del Sector 5. Con un movimiento de su mano, las sombras envolvieron la maceta, decorándola con grabados de obsidiana.
—Vegetta está bajo mucha presión —continuó Bad, hablando solo mientras sus sombras empezaban a limpiar el laboratorio con una velocidad frenética—. Maximus lo vigila, los Auditores lo acechan, y Luzu... pobre Luzu, está tan roto que ya no sabe distinguir sus propios deseos de los de su máquina. Pero yo sí, yo protegeré a Vegetta. Haré que esta "mentira", como él cree que es, sea la realidad más cómoda que haya vivido jamás.
Notes:
uff que le habrá pasado a Vegetta esa ultima noche 👀
Chapter 14: Un Pie en el Agua
Notes:
ahora si lo que vinieron a ver 🫴
Chapter Text
T-menos 17 horas para el malentendido
Para cualquier observador que revisara las cámaras de seguridad del sector, los últimos dos días habían sido de una monotonía ejemplar. El Ingeniero Jefe Vegetta llegaba puntualmente a las 9:00 AM, se sentaba frente al tanque con su tablet y permanecía allí durante exactamente una hora, sumido en lo que parecía ser un análisis exhaustivo de bio-frecuencias.
Pero detrás de esa máscara de profesionalismo, la realidad era una traición dulce y constante.
Vegetta ya no le prestaba atención alguna a la pantalla de su dispositivo; solo la sostenía para que el brillo se reflejara en su rostro, simulando que leía datos que no existían. La punta de su pluma nunca tocaba el papel de su libreta. En su lugar, esos dos días se habían convertido en un refugio de palabras susurradas. Habían hablado de todo lo que A.R.C.A. no podía cuantificar: del sabor del té que a Vegetta le gustaba, de cómo el viento movía las flores del jardín en sus recuerdos, y de la extraña sensación de reconocer a un Dios en los gestos de una mujer que ya no estaba.
Sin embargo, el cristal seguía ahí. Esa barrera reforzada que recordaba, en cada centímetro, que uno era el carcelero y el otro el prisionero.
La mañana del segundo día, la atmósfera cambió. El aire en la cámara de contención se sentía cargado, como si la presión del agua dentro del tanque estuviera intentando expandirse hacia la habitación. Vegetta terminó de relatar una anécdota sobre Roier, intentando forzar una seriedad profesional por si alguien miraba, pero se encontró con la mirada de Foolish. El Dios no estaba sonriendo, sus ojos verdes eran dos pozos de una frustración milenaria que empezaba a desbordarse.
Vegetta se preocupó e interrumpió su anécdota, cerrando los ojos por un segundo. — ¿Pasa algo malo?
Foolish se pegó al cristal, sus escamas rozando la superficie con un siseo que hizo vibrar los huesos de Vegetta.
—Es muy difícil para mí, Vegetta... ver cómo te vas cada vez que suena esa alarma, dejándome en este acuario. Me dan ganas de reducir este búnker a cenizas solo para que no tengas a dónde ir excepto a mis brazos.
Vegetta sintió un escalofrío. Sabía que no era una amenaza vacía.
—No digas cosas drásticas —le regañó Vegetta, aunque su tono era más suave de lo que pretendía.
Foolish se sumergió un poco, susurrando cerca de los sensores de audio con una voz que era puro magnetismo.
—Entonces vuelve. Esta noche, cuando las luces bajen y los guardias estén distraídos con sus cafés. Vuelve por una hora que no pertenezca a las apariencias. Sin tablets, sin informes. Solo ven y quédate conmigo un rato donde no nos vigilen. Te lo ruego, Vegetta.
Vegetta no respondió en ese momento. Se limitó a recoger sus cosas y salir de la sala con el corazón latiendo con una fuerza que le resultaba ajena.
Pasó el resto de la jornada en un estado de distracción total. En las reuniones de ingeniería, sus subordinados notaban que se quedaba mirando al vacío. En el comedor, apenas tocó su comida. La idea de volver tan tarde, solo a pasar tiempo con él era una locura, pero la imagen de los ojos de Foolish, suplicando por una conexión humana, era una fuerza de gravedad de la que no podía escapar.
Al terminar su turno oficial, Vegetta se encontró caminando por los pasillos vacíos. Su mente le gritaba que fuera a su habitación, que durmiera, que se alejara del peligro. Pero su cuerpo, ese traidor que Foolish conocía tan bien, ya había tomado la decisión.
Eran las 02:00 AM cuando Vegetta, después de asegurarse de que Pac y Mike estaban roncando en sus respectivos cubículos y que las patrullas de seguridad estaban en el Sector 2, se deslizó por el ascensor hacia el Sector de contención húmeda.
El silencio como de costumbre, era absoluto. Solo el zumbido constante de los sistemas de filtración de agua rompía la quietud. Al entrar a la zona de observación, Vegetta sintió un golpe de calor inmediato. El aire estaba saturado de humedad y olía intensamente a ozono, como si una tormenta eléctrica acabara de estallar dentro de la habitación.
—¿Foolish? —llamó en voz baja.
Vegetta miró hacia las cámaras de seguridad del techo. Las lentes estaban opacas, deformadas por un calor focalizado que solo una entidad con control térmico o energético podría haber provocado.
—He preparado el lugar —la voz de Foolish resonó, no por los altavoces, sino directamente desde el tanque—. Mientras no estabas, concentré la energía térmica del agua en el aire hacia los conductos de refrigeración de las cámaras. Fundí los circuitos y las lentes. Tenemos tiempo a solas, arquitecto, nadie nos ve.
Vegetta sintió un nudo en el estómago. La audacia de la anomalía era aterradora, pero el hecho de que lo hubiera hecho por él le provocaba un escalofrío de anticipación.
—¿Qué te parece si dejas de hablarle al cristal? —la figura de Foolish se movió bajo el agua, señalando hacia la esclusa superior—. Ya has estado dentro antes. Entra, Vegitta.
Vegetta dudó. Entrar en la celda por cuenta propia era el punto de no retorno. La primera vez fue una prueba de los Auditores; la segunda, parte fundamental de la investigación de Luzu. Pero esta vez sería un acto de complicidad.
Si no entro, se sentirá ofendido. Y una anomalía ofendida es peligrosa, se mintió a sí mismo, usando su lógica para justificar su deseo.
Subió la escalera de metal, sus pasos resonando en el vacío. Activó la esclusa superior y el aire frío de la parte seca de la cueva lo golpeó en el rostro, un contraste brutal con el calor del exterior. Entró en la plataforma de roca artificial que bordeaba el enorme tanque profundo.
Foolish emergió del agua con una gracia que cortaba la respiración. El agua resbalaba por su pecho dorado como si fuera mercurio líquido, marcando cada relieve de sus músculos abdominales y la curvatura de sus hombros. Se sentó en la orilla, dejando que su larga cola con toques esmeralda se balanceara bajo la superficie, y palmeó el suelo de piedra junto a él.
—Siéntate —ordenó suavemente.
Vegetta se sentó, manteniendo una distancia prudencial, pero sintiendo la inmensa presencia del Dios llenando el espacio.
Durante la siguiente hora, hablaron. Vegetta se sorprendió a sí mismo contándole cosas tan triviales: su frustración con los presupuestos de Maximus, el sabor del café sintético de la mañana, la sensación del viento en la superficie que ninguno de los dos recordaba. Pero a medida que pasaban los minutos, las palabras se volvieron más lentas, los silencios más largos.
Foolish se acercó un poco más, Vegetta no se movió. Podía ver las gotas de agua temblando en las pestañas doradas del Dios y la forma en que su pecho subía y bajaba rítmicamente.
—Eres tan brillante, Vegetta —susurró Foolish, acortando la distancia entre ellos centímetro a centímetro—. Incluso en este lugar gris, brillas más que el oro que me ofrecían mis adoradores.
Vegetta lo miró. La luz de los hongos bioluminiscentes de la cueva se reflejaba en los ojos de Foolish, creando galaxias verdes.
—¿Tienes idea… —susurró Foolish, inclinándose tanto que su aliento cálido rozó la mejilla de Vegetta— …de cuánto tiempo he soñado con volver a tocarte sin el cristal de por medio?
Fue Foolish quien rompió la distancia final, pero Vegetta no se alejó.
Cuando Foolish puso su mano, todavía húmeda y caliente, en la mejilla de Vegetta, el ingeniero sintió que su mundo se inclinaba. La piel de Foolish era suave pero firme, irradiando un calor que parecía quemar la frialdad de su uniforme.
—¿Puedo? —susurró Foolish, su aliento oliendo a mar y a magia antigua.
Vegetta no pudo hablar. Solo asintió levemente, un gesto casi imperceptible que rompió la última barrera de su resistencia. Soltó un suspiro entrecortado cuando sintió la otra mano de Foolish apoyarse en su cintura, atrayéndolo hacia él.
El beso comenzó como un roce vacilante, una exploración de siglos de espera. Pero en el momento en que sus labios se tocaron de verdad, la represa se rompió.
Fue una explosión de sensaciones que Vegetta no estaba preparado para procesar. Foolish besaba con una voracidad desesperada, como si intentara beberse el alma de Vegetta para compensar todo el tiempo que habían pasado separados. Sus labios sabían a sal, y a la vez a algo dulce y embriagador que Vegetta no podía describir en palabras coherentes.
Vegetta gimió contra la boca de Foolish, sus manos subiendo instintivamente para enredarse en el cabello húmedo del Dios. Se acercó más, eliminando cualquier espacio entre ellos, sintiendo el torso caliente de Foolish contra su pecho. La pasión era tan intensa que resultaba dolorosa; era un incendio que consumía todas las reglas de A.R.C.A., todas las advertencias de Maximus, todos los miedos a la traición.
Vegetta, superado por la sensación de ser reclamado por una fuerza de la naturaleza, entreabrió la boca en un jadeo involuntario. Foolish aprovechó el momento de inmediato. Su lengua, ágil y autoritaria, invadió la boca de Vegetta, explorando cada rincón con una curiosidad insaciable.
La textura de la piel de la anomalía era increíble; suave como la seda pero firme como el mármol, y desprendía un calor que parecía estar por derretirlo por dentro.
El beso se volvió más profundo, más húmedo. Sus lenguas se entrelazaron en un ritmo frenético, una lucha de poder que Vegetta estaba perdiendo alegremente. La mano de Foolish se deslizó a su nuca y se cerró con más fuerza, inclinando la cabeza de Vegetta para profundizar el ángulo, mientras la mano en su cintura tiraba de él con fuerza.
Vegetta podía sentir el latido atronador del corazón de Foolish contra sus propias costillas. Sus cuerpos estaban pegados, y la humedad de la piel de la anomalía empezó a empapar la camisa de Vegetta, pegándola a su torso. La sensación del cuerpo musculoso y caliente de Foolish presionando contra él le provocó una oleada de calor que le subió por el cuello hasta las mejillas, tiñéndolas de un carmesí profundo.
Foolish soltó un gruñido bajo, una vibración que Vegetta sintió en lo más profundo de su pecho, y empezó a morder suavemente el labio inferior de Vegetta antes de volver a succionarlo con una pasión que bordeaba la desesperación. Vegetta se sentía mareado, el oxígeno escaseaba y el mundo a su alrededor se había reducido al contacto de esa boca invasiva y el calor sofocante de la cueva. Cada caricia de la lengua de Foolish contra la suya enviaba descargas de placer por su columna vertebral, haciéndole arquear la espalda hacia el Dios.
Era una exploración total, una conquista sensorial donde Vegetta se sentía desarmado. Foolish no solo lo estaba besando; lo estaba devorando, marcando su territorio en la memoria de Vegetta con cada roce de sus dientes y cada movimiento de su lengua.
De repente, un sonido metálico —una tubería ajustándose en el nivel superior— devolvió a Vegetta a la realidad como un balde de agua helada.
Vegetta se sobresaltó, rompiendo el beso con un tirón violento. Se quedó mirando a Foolish, con los ojos dilatados por el choque y la pasión, jadeando pesadamente. Sus labios estaban hinchados, rojos y brillando por la saliva de ambos. Su camisa estaba arrugada y húmeda, y sentía el cuerpo vibrando con una energía que no podía controlar.
—Yo... yo tengo que irme —balbuceó Vegetta, levantándose con torpeza. El rubor en su rostro era tan intenso que sentía que la piel le quemaba.
—Vegetta... —empezó Foolish, extendiendo una mano para recuperarlo.
—No —Interrumpió Vegetta—. No, esto... esto es un error, un error gravísimo.
Foolish se quedó sentado en la orilla, con la respiración también acelerada y una mirada de hambre insatisfecha. Su cola golpeó el agua, creando una onda que resonó en toda la cueva.
—No puedes huir para siempre, arquitecto —dijo Foolish algo decepcionado, aunque su voz cargada de una promesa oscura—. Ya has probado el mar, ahora el aire te parecerá insuficiente.
Vegetta no respondió. Se giró y corrió hacia la esclusa, con el corazón martilleando contra sus oídos. Se sentía mareado, acalorado y profundamente asustado de lo mucho que había disfrutado ser dominado por la anomalía. Intentó alisarse el cabello, pero sus manos temblaban tanto que apenas podía coordinarse.
El frío del aire reciclado de la instalación le golpeó la cara, pero no fue suficiente para bajarle el rubor. Tenía el sabor de Foolish en la lengua y la sensación de sus manos calientes grabada en la piel.
Fue en ese estado de desorden total, con la cara encendida y la mirada perdida, que dobló la esquina y se encontró de frente con Alexby y Luzu.
Y mientras intentaba inventar la mentira de BadBoyHalo para salvar la situación, Vegetta supo, con un terror sagrado, que Foolish tenía razón. Había vuelto a entrar en el agua, y esta vez, no había cristal en el mundo que pudiera protegerlo de la marea que estaba a punto de arrastrarlo.
Abajo, en la oscuridad de la cueva, Foolish se quedó sentado en la orilla, tocándose los labios con un dedo, sus ojos brillando con una determinación que haría temblar los cimientos de A.R.C.A., suspirando por el anhelo de su próximo encuentro.
. . .
El amanecer llegó pronto, Vegetta apenas pudo dormir y ahora caminaba hacia su oficina para el inicio de su turno, pero el búnker ya no se sentía igual que antes. Cada vez que pasaba junto a un grupo de técnicos de nivel bajo, las conversaciones cesaban de golpe. Las risas se convertían en susurros.
—¿Lo has oído? El Jefe y el Dr. Bad...
—Dicen que los encontraron en una situación muy "caliente" en el sector de los tanques...
—Normal que esté tan tenso últimamente, con esa pareja debe ser difícil concentrarse...
Vegetta apretó los puños, manteniendo la vista al frente. Su rostro seguía encendido, ahora no por el calor del tanque, sino por la furia impotente. Su coartada había funcionado demasiado bien. El rumor se había extendido como un virus por todo el sistema de ventilación de A.R.C.A.
De repente, dos figuras humanas le cortaron el paso. Pac y Mike.
Tenían las caras más extrañas que Vegetta les había visto jamás. Una mezcla de orgullo, picardía y una ternura que resultaba insultante.
—Chefe... —empezó Pac, secándose una lágrima imaginaria—. ¿Por qué no nos lo dijiste? Nosotros somos tus amigos, tus hermanos en alma...
—¡Pensábamos que te lo ibas a tomar con calma! —exclamó Mike, dándole una palmada en la espalda que casi lo hace tambalear—. ¡Y resulta que estás saliendo por las noches con él demonio! ¡Eso, Veg!
—No estamos "saliendo" —gruñó Vegetta, intentando pasar entre ellos—. Fue un malentendido. Estábamos trabajando.
—Claro, claro —rio Pac, guiñandole un ojo—. "Trabajando". Por eso saliste del sector húmedo con la camisa desabrochada y la cara como un pimiento morrón. No te preocupes, Veg, tu secreto está a salvo con nosotros. Bueno, a salvo en todo el sector de Ingeniería, que es donde lo hemos contado para que nadie te moleste cuando necesites... "tiempo de estudio" con Bad.
Vegetta se detuvo en seco. —¿Qué han hecho qué?
—¡Les dijimos a todos que te dejaran en paz! —dijo Mike con orgullo—. Les dijimos que el Dr. Bad es muy territorial y que, si alguien te molesta, probablemente termine convertido consumido por las sombras ¡De nada!
Vegetta cerró los ojos y respiró hondo, contando hasta diez. Conocía muy bien que no eran nada sutiles y estaban emocionados por ser cupidos, pero no podía creer que estuvieran dispuestos a llevar este asunto tan lejos.
—Váyanse a trabajar —dijo Vegetta con una voz que prometía dolor si no obedecían—. Ahora.
Pac y Mike se alejaron trotando, todavía riéndose y comentando lo "linda pareja" que hacían. Vegetta se quedó solo en el pasillo, sintiendo que la presión social lo asfixiaba.
Lejos del foco de la tormenta, Tubbo no había dormido. No podía. Cada vez que cerraba los ojos, veía los de la anomalía 114, ojos que antes eran curiosos y vibrantes, reducidos a dos cuencas de cristal vacío. Escuchaba el siseo del tungsteno perforando el tejido y olía ese aroma rancio a carne quemada que intuía se había quedado impregnado en su mono de trabajo.
Estaba sentado en un rincón de su taller secreto, rodeado de restos de metal y cables pelados. Frente a él, los planos de la segunda corona, la versión "Aumentada", parecían burlarse de él, esta no era para una criatura pequeña. Las dimensiones del chasis de sujeción eran masivas, diseñadas para una estructura craneal poderosa, casi divina.
—Es solo una máquina —se repetía Tubbo a sí mismo, con las manos temblando mientras sostenía un soldador—. Es un ascenso, Nivel 4. Estaré con los grandes.
Pero su mente, esa misma mente prodigiosa que Maximus estaba explotando, le recordaba que las máquinas servían a propósitos. Y el propósito de esta era espantoso.
Se levantó, sintiendo un mareo súbito. Necesitaba aire, necesitaba salir de ese agujero del Sector 9 antes de que las paredes se cerraran sobre él. Escondió los planos bajo una plancha de plomo y salió al pasillo, caminando como un sonámbulo hacia los niveles superiores, buscando inconscientemente la seguridad de los sectores habitados.
A medida que subía, el búnker cobraba vida. A.R.C.A. nunca dormía realmente, pero a estas horas de la "mañana" artificial, el movimiento era frenético. Sin embargo, algo era diferente.
Tubbo, siempre observador a pesar de su timidez, notó que el ambiente en Ingeniería estaba eléctrico. Los técnicos no hablaban de válvulas ni de reactores. Hablaban en susurros, compartiendo miradas cómplices.
—¿Has visto al Jefe? —oyó decir a un operario mientras pasaba por el comedor—. Dicen que llegó a su cuarto con la camisa hecha un desastre y el labio partido.
—BadBoyHalo no pierde el tiempo —respondió otro entre risas—. Quién diría que Vegetta caería por el tipo de las sombras.
Tubbo frunció el ceño. Admiraba a Vegetta por encima de cualquier otra persona en la instalación. Para él, el Ingeniero De Luque era la definición de orden y perfección. Escuchar esos rumores le producía una punzada de incomodidad, pero su propio secreto pesaba tanto que apenas tenía espacio para procesar los chismes de pasillo.
Siguió caminando, con la mirada clavada en sus botas, intentando parecer invisible, hasta que un par de botas pulidas y familiares aparecieron en su campo de visión.
Tubbo se detuvo en seco, casi chocando contra el pecho de la persona frente a él. Levantó la vista lentamente y sintió que el alma se le caía a los pies.
Era Vegetta.
Pero no era el Vegetta que recordaba. El Ingeniero Jefe parecía un hombre que acababa de atravesar una tormenta. Tenía el cabello ligeramente desordenado, algo inaudito en él, y sus ojos, usualmente agudos y severos, estaban velados por una fatiga profunda y algo que Tubbo solo pudo identificar como una inquietud febril. Sus labios estaban ligeramente rojos, casi irritados, y el rubor que cubría sus mejillas no terminaba de desaparecer a pesar del aire acondicionado del pasillo.
—¡Oh! Perdón, señor... lo siento, yo no... —Tubbo empezó a retroceder, tropezando con sus propias palabras.
Vegetta lo miró, parpadeando como si estuviera regresando de un lugar muy lejano.
—¿Tubbo? —Vegetta forzó una pequeña sonrisa, pero sus manos se ajustaron nerviosamente el nudo de la corbata—. No te he visto en los informes de turno de estos últimos tres días. Pac me dijo que estabas en una "misión especial" de mantenimiento en los niveles inferiores.
La palabra "misión especial" golpeó a Tubbo como un mazo. La culpa le subió por la garganta, ácida y dolorosa.
—Sí, señor. Solo... unos ajustes en las tuberías de vapor del Sector 9. Maximus... el Director dijo que era prioritario —respondió Tubbo, incapaz de sostenerle la mirada a su mentor.
Vegetta frunció el ceño ligeramente. —Maximus no suele dar órdenes directas a ingenieros de rango bajo para reparaciones menores ¿Estás bien, muchacho? Pareces... —Vegetta se acercó un paso, bajando la voz con una genuina preocupación—... pareces haber visto un fantasma. Estás pálido y te tiemblan las manos.
Esa amabilidad fue lo que rompió la última defensa de Tubbo. Vegetta, el hombre que estaba siendo cazado por Maximus, el hombre que estaba atrapado en una red de mentiras y agobiado por estar en boca de todo el departamento, se detenía a preguntarle si estaba bien. El chico sintió que las lágrimas amenazaban con salir.
—Señor De Luque —susurró Tubbo, su voz quebrándose—. Yo... yo estoy haciendo algo. algo que no debería.
Vegetta se tensó. Sus propios secretos lo tenían en un estado de paranoia constante. Miró a ambos lados del pasillo, asegurándose de que nadie los escuchaba.
—¿De qué hablas, Tubbo? Si tienes problemas con algún protocolo o si algún jefe de sector te está presionando para saltarte las normas... puedes decírmelo. Soy tu jefe.
—Es que no es un protocolo, señor —Tubbo dio un paso hacia él, bajando aún más la voz, sus manos retorciendo el dobladillo de sus mangas—. Es Maximus... me pidió que construyera un dispositivo... Me dijo que si lo hacía recibiría un ascenso, pero vi lo que le hace a las anomalías. Vi los ojos de esa criatura, señor. Se quedaron vacíos como si ya no hubiera nadie dentro.
Vegetta sintió un frío gélido recorrer su espalda. Conocía a Maximus bastante bien; sabía de su odio visceral hacia las anomalías, pero esto era nuevo.
—¿Qué dispositivo, Tubbo? —preguntó Vegetta, su voz ahora era un susurro urgente y severo—. Sé específico.
Tubbo abrió la boca. Las palabras "S.D.A.", "Sistema de Docilidad", "Corona de Tungsteno" estaban en la punta de su lengua. Estaba a un segundo de confesarlo todo, de pedirle a Vegetta que lo detuviera, que lo salvara de la monstruosidad que estaba fabricando.
Pero antes de que pudiera emitir un sonido, el altavoz del pasillo emitió un pitido agudo.
—Ingeniero Tubbo, informe de progreso requerido en el despacho del Director. De inmediato.
La voz de Maximus, filtrada por el intercomunicador, sonó como el chasquido de un látigo. Tubbo se encogió, el terror reemplazando a la culpa. Miró a Vegetta y vio en sus ojos la sospecha, pero también el cansancio de quien ya no puede cargar con más problemas.
—Tengo que irme —balbuceó Tubbo, retrocediendo—. Olvide lo que dije, señor. Es... es solo que no he dormido mucho. Solo son máquinas de contención estándar. Nada de qué preocuparse.
—Tubbo, espera —Vegetta intentó agarrarlo del brazo, pero el chico fue más rápido.
—¡Lo siento, señor! —gritó Tubbo mientras echaba a correr por el pasillo en dirección opuesta al despacho de Maximus, buscando refugiarse en su taller secreto.
Vegetta se quedó solo en el pasillo, con la mano todavía extendida. Su mente trabajaba a mil por hora ¿Maximus usando a Tubbo? El chico era un prodigio, pero también era impresionable. Si el Director estaba saltándose la cadena de mando para construir algo en secreto, significaba que lo que fuera que Tubbo estaba fabricando no era legal ni siquiera para los estándares de A.R.C.A.
—Máquina de contención… —susurró Vegetta, recordando las palabras de Tubbo.
Un miedo primario lo invadió. Pensó en Foolish, pensó en la mirada hambrienta y devota del Dios en la cueva. No podía evitar temer que su objetivo fuera Fool aunque no tenía idea de que tanto peligro podría significar tal máquina...
Vegetta se apoyó contra la pared, sintiendo que el mundo se inclinaba. No podía proteger a Foolish si no podía protegerse a sí mismo de los rumores, no podía investigar a Maximus si WillyRex lo tenía bajo el microscopio. Estaba atrapado.
Tubbo llegó a su taller y cerró la puerta con tres cerrojos. Se dejó caer contra el metal, jadeando. Había estado a punto de decírselo, había estado a punto de traicionar a Maximus y quien sabe que le hubiera ocurrido.
Miró el banco de trabajo. La segunda corona, la grande, estaba casi terminada. Los filamentos brillaban bajo la lámpara, esperando ser anclados a un cerebro poderoso.
—Él es bueno —susurró Tubbo, pensando en Vegetta—. Él me habría ayudado.
Pero entonces, vio el pequeño terminal en la pared. Un mensaje de Maximus parpadeaba en rojo:
[TU ASCENSO ESTÁ LISTO. NO ME FALLES, HIJO.]
Tubbo se secó las lágrimas con el dorso de la mano sucia de grasa. La ambición, mezclada con el miedo cerval a Maximus, empezó a sofocar su brújula moral. Si terminaba el dispositivo, todo habría acabado. Sería un héroe de A.R.C.A. Nadie le volvería a dar órdenes. Podría proteger a las anomalías después, cuando tuviera poder, podría redimirse entonces.
Se convenció de esa mentira para poder seguir soldando.
—Es por el bien de la instalación —se mintió, mientras sus manos comenzaban a ensamblar los electrodos de la corona que estaba destinada a apagar la luz de los ojos verdes de Foolish.
El tablero estaba listo, las piezas se movían solas. Y el amor de un Dios, que Vegetta todavía sentía en su piel, estaba a punto de convertirse en la excusa perfecta para su ejecución.
Chapter 15: Directo al Abismo
Chapter Text
Vegetta pasó las veinticuatro horas posteriores en un estado de vigilia casi febril. El búnker de A.R.C.A., con su iluminación circadiana perfecta y sus paredes de aleación reforzada, se sentía más pequeño que nunca. Cada vez que cerraba los ojos, el fantasma de Foolish lo asaltaba: el sabor dulce y salado en su lengua, la presión de sus manos en su nuca y esa risa vibrante que parecía resonar en sus propios huesos.
—Ha sido un error —se repetía Vegetta frente al espejo de su baño, mientras se ajustaba el cuello de la chaqueta con dedos mecánicos—. Un error de juicio, estrés acumulado, algo que no debió pasar.
Pero su reflejo no le creía. Sus labios todavía estaban ligeramente más rojos de lo habitual y sentía un vacío en el pecho que ninguna cantidad de trabajo podía llenar. Estaba enamorado, es verdad. Era una conclusión aterradora, una sentencia de muerte en un lugar donde las emociones eran consideradas faltas al reglamento. Sabía que besar al Sujeto P-58 no solo era incorrecto desde el punto de vista profesional, sino que era el camino más rápido hacia una celda de aislamiento o algo peor.
Con la mente decidida a restaurar el orden, Vegetta se dirigió al Sector de Contención. Iba a ser claro. Le diría a Foolish que aquello había sido un incidente aislado, un desliz producto de la soledad, y que nunca, bajo ninguna circunstancia, debería volver a repetirse.
Al llegar a la sala de observación de la Celda P-58, Vegetta se encontró con una escena que lo obligó a ponerse la máscara de mando de inmediato. Dos técnicos junior estaban subidos a unas escaleras, lidiando con el cableado de las cámaras que Foolish había fundido la noche anterior.
Los jóvenes se veían visiblemente incómodos. Sudaban a pesar del aire acondicionado y sus manos temblaban al manipular los sensores. La razón era obvia: Foolish estaba pegado al cristal, flotando en silencio, observándolos con una fijeza sobrenatural. Sus ojos verdes no parpadeaban, y su rostro, usualmente expresivo con Vegetta, era una máscara de frialdad divina que parecía juzgar cada movimiento de los técnicos.
—¿Problemas? —preguntó Vegetta, su voz resonando con autoridad en la sala.
Los técnicos casi se caen de las escaleras. —¡Señor De Luque! —exclamó uno de ellos, bajando rápidamente—. Es que... la anomalía. No deja de mirarnos, señor. Es como si estuviera esperando a que cometamos un error para... no sé, para hacernos algo.
Vegetta miró a través del cristal. Foolish, al verlo, cambió instantáneamente. La frialdad desapareció, reemplazada por una chispa de diversión y algo parecido al triunfo. El Dios se inclinó hacia adelante, apoyando una mano en el cristal, como si saludara a su arquitecto.
Vegetta le lanzó una mirada de reproche puro. Te dije que te portaras bien, pareció decirle con los ojos.
Foolish, divertido, simplemente se encogió de hombros y emitió una serie de burbujas, manteniendo un silencio absoluto hacia los técnicos, pero dejando claro que solo había un humano en esa habitación que le importaba.
—Déjenlo —ordenó Vegetta a los juniors—. Dejen las herramientas y los módulos de repuesto, yo me encargaré de terminar la calibración de las lentes. Pueden retirarse a sus puestos en el Nivel 3.
Los técnicos no esperaron a que se lo dijera dos veces. Recogieron sus cosas con una rapidez cómica, agradeciendo a Vegetta casi entre susurros antes de salir de la sala de observación.
Cuando la puerta se cerró con un suspiro neumático, el silencio se apoderó del lugar. Vegetta se quedó solo frente al tanque, sintiendo que el rubor que había intentado evitar durante todo el día empezaba a subirle por el cuello. La presencia de Foolish, incluso separada por metros de policarbonato y agua, era abrumadora.
—No he hecho nada —dijo la voz de Foolish a través del intercomunicador, cargada de una ironía deliciosa—. Ni siquiera les he hablado. He sido la anomalía más obediente de A.R.C.A.
Vegetta suspiró, frotándose las sienes. —Los has aterrorizado, Foolish. Casi se desmayan del miedo.
—Solo tienen miedo de lo que no pueden entender —respondió el Dios, acercándose aún más al cristal—. Pero tú... tú sí me entiendes, ¿verdad, Vegetta? ¿Por qué has tardado tanto en venir hoy? Te he echado de menos.
Vegetta se obligó a mantener la voz firme. —He venido para decirte algo importante. Lo que pasó ayer... el... el incidente en la cueva. No debió ocurrir. He revisado los protocolos y mi propio comportamiento, y he llegado a la conclusión de que fue una falta grave de juicio. No va a volver a pasar, Foolish.
Foolish guardó silencio por un momento, observando a Vegetta con una mezcla de decepción y ternura. Nadó lentamente en círculos antes de volver a posicionarse frente al ingeniero.
—¿"Incidente"? —repitió Foolish con amargura—. ¿Así es como llamas a lo que sentimos? Vegetta, no puedes engañarme. Sé cómo late tu corazón cuando estás cerca de mí, sé que me deseas tanto como yo a ti.
—Eso es irrelevante —mintió Vegetta, aunque su voz tembló ligeramente—. Está prohibido, corremos más riesgo del necesario. No puedo permitirlo.
Foolish suspiró, un sonido que pareció agitar el agua del tanque. —Si ese es tu veredicto, arquitecto... al menos dímelo a la cara. No a través de un micrófono y un cristal. Entra una última vez. Dame una hora de conversación cara a cara, sin besos, sin tocamientos, nada que no quieras hacer. Solo quiero despedirme de esa... "debilidad" de forma digna.
Vegetta dudó. Cada fibra de su ser le decía que entrar era caer en una trampa, pero el deseo de estar cerca de él, de sentir ese calor una vez más, era una droga demasiado potente. Se convenció de que era lo correcto para "cerrar el ciclo".
—Una última vez —cedió Vegetta—. Solo para dejar los términos claros.
Vegetta subió la esclusa con el pulso acelerado. Al entrar en la parte seca de la cueva, el ambiente se sentía cargado, eléctrico. El olor a ozono y mar era más intenso que la noche anterior.
Entonces, Foolish emergió.
El Dios salió del agua con una lentitud deliberada, diseñada para torturar los sentidos de Vegetta. El agua resbalaba por su torso marcado, donde cada músculo parecía esculpido en oro sólido. Hoy en su forma más humanoide, llevaba unos pantalones de tela oscura, que ahora estaban completamente empapados y pegados a su piel, marcando la línea de su cadera y sus piernas poderosas con una falta de pudor que hizo que Vegetta tragara saliva con dificultad.
Foolish no se puso de pie de inmediato. En su lugar, gateó de forma depredadora, con una gracia humana pero salvaje, por la roca húmeda hacia donde Vegetta estaba de pie hasta que sus rostros quedaron a la misma altura. Sus ojos verdes brillaban en la penumbra de la cueva, devorando la figura del ingeniero.
—Te ves tan tenso, Vegetta —susurró Foolish, llegando a sus pies y finalmente sentándose sobre sus talones.
Se sentaron juntos en el suelo de piedra, pero la "charla profesional" que Vegetta había planeado se desmoronó antes de empezar. Vegetta intentaba hablar de los nuevos sensores de luz y del cronograma de alimentación para distraerse, pero apenas podía hilvanar dos frases coherentes. La mirada de Foolish era una caricia física; no le quitaba los ojos de encima, recorriendo sus labios, su cuello, la forma en que sus manos se retorcían nerviosas sobre sus rodillas.
—Deja de hacerlo —soltó Vegetta finalmente, con la voz quebrada.
—¿Dejar de hacer qué? —preguntó Foolish, fingiendo inocencia, aunque su sonrisa decía lo contrario.
—De mirarme así.
—¿Cómo?
—Como si... como si desearas comerme —respondió Vegetta, ruborizándose hasta la raíz del cabello.
Foolish soltó una risa baja y profunda que hizo vibrar el aire entre ellos. —No sé de qué estás hablando, arquitecto. Solo admiro a mi persona favorita.
Vegetta se pasó una mano por el rostro, frustrado y excitado a partes iguales. La tensión en la cueva era tan espesa que casi podía tocarse. Era como estar en una habitación llena de gas inflamable, esperando a que alguien encendiera una cerilla.
—Sabes qué —dijo Vegetta, rindiéndose a la evidencia—. Ninguno de los dos va a poder centrarse en nada hasta que nos quitemos esta tensión de encima. Estamos fingiendo que podemos simplemente hablar cuando lo único que queremos es... bueno, ya sabes.
Foolish arqueó una ceja, muy interesado. —¿Y qué tienes en mente, Vegetta?
Vegetta respiró hondo, mirando hacia el techo de la cueva para evitar esos ojos verdes. —Quizás... quizás deberíamos besarnos una última vez, solo una sesión. Para sacarlo de nuestro sistema, que el ansia se calme y podamos volver a la normalidad mañana. Como un... un reinicio de sistema.
Foolish sonrió, una expresión de triunfo absoluto y deseo desenfrenado. —Un reinicio de sistema. Me gusta cómo suena eso, ingeniero. Estoy totalmente de acuerdo.
Sin esperar un segundo más, Foolish se lanzó hacia adelante. Pero esta vez, no hubo sorpresa ni resistencia. Vegetta se encontró con él a mitad de camino, sus manos buscando desesperadamente el calor de la piel del Dios.
Cuando sus labios colisionaron, el mundo exterior dejó de existir. Ya no era un roce exploratorio; era una invasión. Foolish tomó la boca de Vegetta con una autoridad que hizo que el ingeniero soltara un gemido profundo contra sus labios, sus lenguas se entrelazaron de inmediato, luchando por el dominio en una danza húmeda y caliente que sabía a urgencia y a años de soledad acumulada.
Vegetta se sintió caer hacia atrás sobre la piedra, y Foolish se posicionó sobre él, manteniendo su peso apoyado en sus antebrazos para no aplastarlo, pero permitiendo que sus cuerpos se tocaran desde el pecho hasta las rodillas. La sensación de los pantalones empapados de Foolish contra sus propios muslos hizo que Vegetta arqueara la espalda, buscando más contacto.
Las manos de Foolish, grandes y callosas, empezaron a explorar. Una de ellas se deslizó bajo la bata del uniforme de Vegetta, buscando el calor de su piel a través de la fina camisa. Vegetta suspiró sobre los labios de Foolish, un sonido de pura rendición, cuando sintió los dedos largos del Dios rozando sus costillas, subiendo lentamente por su torso. Cada toque era como una marca de fuego.
—Foolish... —jadeó Vegetta cuando el Dios bajó el beso hacia su mandíbula y luego a su cuello, succionando la piel sensible justo y rozando sus dientes sobre la vena yugular—. Eso... eso ya cruza el límite —se quejó Vegetta débilmente, aunque sus manos se enredaron en el cabello mojado de Foolish, atrayéndolo más hacia sí.
—Lo siento —murmuró Foolish contra su cuello, aunque su tono era divertido y agitado—. Es difícil contenerme cuando hueles así...
Vegetta no podía hablar, solo podía sentir. Las manos de Foolish eran expertas, encontrando cada punto de presión, cada centímetro de piel que anhelaba ser tocado. Sus lenguas volvieron a encontrarse, esta vez con una lentitud tortuosa, saboreándose el uno al otro como si fuera la última vez que tendrían acceso a ese manjar. Vegetta tiró ligeramente del cabello dorado de Foolish, provocando un gruñido gutural del Dios que vibró en el pecho de ambos.
La sesión de besos se volvió más salvaje. No había elegancia, solo hambre. Foolish mordía el labio inferior de Vegetta, tirando de él con una posesividad que hacía que Vegetta se sintiera el centro del universo. Las caricias bajo el uniforme se volvieron más atrevidas; las manos de Foolish recorrieron la espalda de Vegetta, presionándolo contra la piedra, mientras Vegetta envolvía sus piernas alrededor de la cintura de Foolish, buscando anclarse a la única cosa real en ese mundo de metal.
Fue una tormenta de sensaciones. El frío de la roca bajo su espalda, el calor abrasador del cuerpo de Foolish sobre él, el sonido de sus respiraciones entrecortadas y el chasquido húmedo de sus besos. Vegetta se sentía disuelto, sus barreras profesionales hechas añicos por la fuerza de un amor que se manifestaba en cada caricia física.
Minutos —u horas, Vegetta no lo sabía— después, el ingeniero logró reunir la fuerza de voluntad necesaria para apartarse. Se separaron jadeando, con los rostros a escasos centímetros, conectados por hilos de saliva y el calor que emanaban.
Vegetta tenía el uniforme deshecho, el cabello en un desorden total y los ojos nublados por el placer. Se levantó con piernas temblorosas, intentando recomponerse mientras el rubor volvía a invadir su rostro con una intensidad dolorosa.
—Eso... eso debería ser suficiente —dijo Vegetta, con la voz ronca, intentando recuperar una dignidad que ya no tenía—. Ya está fuera del sistema. Ahora podemos... volver a la normalidad.
Foolish se quedó en el suelo, observándolo con una mirada salvaje y hambrienta. Su pecho subía y bajaba con fuerza, y el brillo de sus ojos era el de un depredador que acababa de probar la sangre y no pensaba conformarse con una muestra.
—Si tú lo dices, arquitecto —respondió Foolish, con una calma que resultaba más aterradora que su furia.
Vegetta salió de la cámara de contención casi huyendo, sintiendo que el aire frío del pasillo lo golpeaba como una bofetada. Se sentía acalorado, agitado y más desesperado que cuando entró, aun así se arregló la camisa, frotándose el cuello donde aún sentía la humedad de los labios de Foolish. Creía, en su ingenuidad humana, que aquel encuentro saciaría la sed de ambos, que el "trato" funcionaría para calmar las aguas.
Qué equivocado estaba.
En el interior de la celda, Foolish se sumergió de nuevo en el tanque, pero no para dormir. Se quedó en la oscuridad, saboreando el rastro de Vegetta en su lengua. No había saciado nada; solo había despertado un hambre mucho más profunda, una que no se detendría hasta que el arquitecto fuera suyo por completo.
Vegetta caminó hacia su habitación, ignorando las miradas de los pocos guardias que se cruzó. Su mente ya estaba empezando a planear la "mañana de trabajo normal", pero su cuerpo, traidor y vibrante, solo podía pensar en cuándo volvería a sonar esa alarma que lo llevaría de vuelta a la perdición.
Sus pasos eran erráticos y el eco de sus botas sobre las baldosas de cerámica le parecía ensordecedor. Se detuvo un segundo frente a una superficie de acero inoxidable que servía de espejo improvisado. Lo que vio lo hizo querer hundirse en el suelo, ya que tenía el cabello despeinado como si hubiera atravesado un huracán, la camisa empapada se pegaba a sus hombros revelando la tensión de su cuerpo, sus mejillas ardían en un rojo violento y, lo más incriminatorio, su labio inferior estaba ligeramente hinchado y tenía una pequeña herida, rastro de los dientes hambrientos de Foolish.
En su frustración murmuró algo inteligible, intentando alisarse el cabello con manos que aún vibraban.
Quiso retomar su camino pero al doblar la esquina hacia el pasillo principal de mantenimiento, el corazón se le detuvo. Pac y Mike estaban allí, apoyados contra la pared con los brazos cruzados y unas sonrisas que solo podían describirse como "orgullosamente traviesas".
—¡Opa! Miren quién sale del horno —dijo Pac, dándole un codazo a Mike.
—¡Pero Chefe! —exclamó Mike, acercándose con los ojos como platos—. ¡Estás hecho un desastre! Si no supiera que vienes de "trabajar", diría que te has peleado con un pulpo...
Vegetta se tensó, el pánico recorriendo su espina dorsal. —Pac, Mike... ¿Qué hacen aquí? Es tarde, deberían estar en sus puestos o... o durmiendo.
—Vinimos a escoltarte —dijo Pac, ignorando el tono de regaño de Vegetta—. Lo sabemos, Veg. Se dice que te ves con el Dr. Bad en las zonas oscuras porque es "reprochable". Pero al verte así... —Pac señaló el labio herido de Vegetta con una ceja arqueada—... parece que Bad es mucho más salvaje de lo que aparenta ¿eh~?
Vegetta sintió que el mundo se inclinaba. Estaba a punto de gritarles, de decirles que lo dejaran en paz, que no sabían nada, pero Mike lo interrumpió poniendo una mano fraternal en su hombro húmedo.
—No tienes que decir nada, Veg —dijo Mike con una seriedad inusual—. Entendemos por qué lo haces aquí. Es inteligente. Si te ven entrando al cuarto de Bad, o a él en el tuyo, los Auditores harían preguntas. Aquí abajo, entre tanques y tuberías, nadie sospecha... bueno, casi nadie. Pero es peligroso, te podrían atrapar muy fácilmente si no tienes cuidado.
Vegetta se quedó mudo. La ironía de la situación era tan espesa que casi podía saborearla.
—Yo... lo entiendo —balbuceó Vegetta, bajando la vista—. No pasará más, se acabó.
—¡De eso nada! —saltó Pac—. Llevamos años viéndote trabajar como una máquina, sin dejar que nadie se te acerque. Por fin encuentras a alguien que te pone esa cara de tonto y ese rubor de quinceañera ¿y quieres dejarlo? ¡Ni hablar!
—Hemos tomado una decisión —continuó Mike—. A partir de mañana, nosotros cubriremos tus espaldas. Si quieres venir aquí abajo a "discutir" con tu Romeo, nosotros vigilaremos los monitores, desviaremos las patrullas de seguridad y crearemos bucles de video en las cámaras de los pasillos. Nadie sabrá que el Ingeniero Jefe está... ocupado.
Vegetta los miró en estado de shock, estaba conmovido hasta la médula. Pac y Mike, los mismos que contrabandeaban comida y piezas, estaban dispuestos a correr tantos riesgos solo para que él pudiera ser feliz. Si no estuviera tan mojado y confundido, los habría abrazado allí mismo.
—¿Harían eso por mí? —preguntó Vegetta con un hilo de voz.
—Por ti, todo, Chefe —dijeron al unísono.
Vegetta se quedó pensativo. Había ido allí esa noche para terminar con Foolish, pero el beso... ese beso había cambiado todo, se sentía adicto. Pensó entonces, con una lógica retorcida: Quizá si voy unas cuantas veces más, si saco toda esta tensión de mi sistema de forma repetida, terminaré aburriéndome. Sí, eso es. Un par de sesiones más y lo superaré.
—Está bien —susurró Vegetta—. Acepto su ayuda.
Durante las siguientes tres noches, el plan fue perfecto. Pac y Mike se convirtieron en los guardianes del secreto de Vegetta. Mientras Mike se encargaba de distraer a los guardias con falsas alarmas en el sector de lavandería, Pac manipulaba los registros de acceso.
Y Vegetta... Vegetta descendía al abismo.
Cada noche, al entrar en la cueva, la sensación de peligro se mezclaba con una anticipación que le hacía vibrar la piel. Foolish ya no lo esperaba en el centro del tanque; lo esperaba en la orilla, emergiendo del agua como una visión de oro y deseo.
Las sesiones se volvieron cada vez más largas.
La segunda noche no hubo palabras. En cuanto Vegetta pisó la roca seca, Foolish se lanzó sobre él. Sus labios se encontraron con una urgencia que hizo que Vegetta soltara un gemido de puro alivio. Foolish lo empujó contra la pared de piedra fría, sus cuerpos encajando como piezas de un rompecabezas. Las manos del Dios, siempre calientes, se deslizaron bajo la camisa de Vegetta, recorriendo su espalda, contando sus vértebras con una devoción aterradora.
Vegetta se dejaba hacer, sus manos enredadas en el cabello húmedo de Foolish, tirando de él para profundizar un beso que sabía a mar y a posesión. En esos momentos, Vegetta olvidaba que era un ingeniero, olvidaba las inminentes amenazas sobre él y olvidaba a A.R.C.A. Solo existía el roce de la lengua de Foolish contra la suya, el sonido de sus respiraciones mezclándose en la penumbra y el calor abrasador que emanaba del Dios.
La cuarta noche fue diferente. El hambre física inicial había sido apaciguada lo suficiente como para permitir que el silencio y la ternura se filtraran entre ellos.
Después de una sesión de besos que los dejó a ambos sin aliento, no se separaron. Foolish se sentó en el suelo de la cueva, apoyando la espalda contra una estalagmita, y atrajo a Vegetta hacia él. El ingeniero, exhausto y con el corazón todavía latiendo con fuerza, se dejó caer entre los brazos del Dios, apoyando la cabeza en su pecho musculoso.
Foolish lo rodeó con sus brazos, su piel dorada brillando bajo la luz de los hongos bioluminiscentes. El silencio era cómodo, roto solo por el goteo del agua y el latido rítmico del corazón de Foolish, que sonaba como un tambor de guerra lejano. Vegetta se sentía extrañamente seguro allí, protegido por la misma anomalía que el resto del mundo temía.
—Tu piel es tan suave —susurró Foolish, pasando sus dedos por el antebrazo de Vegetta—. Para ser alguien tan rígido, tienes una textura deliciosa.
Vegetta, con las mejillas ardiendo en la oscuridad, se acurrucó más contra él. La charla se volvió ligera, trivial, casi humana. Hablaron de las estrellas que Foolish no podía ver y de las profundidades marinas que Vegetta nunca conocería. Pero, poco a poco, la curiosidad científica de Vegetta —o quizás algo más instintivo— empezó a aflorar.
Levantó la vista, mirando el rostro de Foolish, tan cerca del suyo. Sus ojos bajaron involuntariamente hacia donde los pantalones empapados del Dios se ajustaban a su cadera.
—Foolish... —empezó Vegetta, su voz apenas un susurro— siempre he tenido curiosidad por algo. Desde un punto de vista biológico, claro.
Foolish arqueó una ceja, una chispa de diversión bailando en sus ojos verdes. —¿Biológico? Qué palabra tan fría para un momento tan cálido, arquitecto ¿Qué quieres saber?
Vegetta se aclaró la garganta, sintiendo que el rubor se extendía hasta sus orejas. —Bueno... no eres un humano, pero tampoco eres exactamente un tiburón en tu forma actual. Me preguntaba... qué tienes ahí abajo. Cómo es tu... tu anatomía reproductiva.
Foolish soltó una carcajada vibrante que resonó en toda la cueva, haciendo que Vegetta quisiera esconderse en una grieta de la roca.
—¿Te refieres a mi sexo, Vegetta? —preguntó Foolish, sin pizca de vergüenza—. Qué directo eres cuando tienes curiosidad.
—¡Es una duda científica! —exclamó Vegetta, aunque su voz carecía de convicción—. Solo me pregunto cómo una entidad de tu calibre se... bueno, se manifiesta en ese sentido.
Foolish se inclinó hacia él, su rostro a milímetros del de Vegetta. Su mirada se volvió oscura, cargada de una sensualidad depredadora.
—¿Quieres averiguarlo por ti mismo? —preguntó Foolish con una voz ronca que hizo que Vegetta se estremeciera de pies a cabeza—. Mis pantalones son solo una cortesía para tu comodidad, arquitecto. Si me lo pides, puedo mostrarte exactamente cómo un Dios reclama a su pareja.
Foolish llevó una mano lentamente hacia el borde de sus pantalones, sus dedos rozando la tela técnica empapada. El movimiento fue deliberado, lento, diseñado para que Vegetta viera cada detalle de su fuerza.
Vegetta entró en pánico. La imagen mental de lo que podría encontrar allí, de la escala de la intimidad que eso implicaría, fue demasiado para su mente estructurada.
—¡No! —soltó Vegetta, agarrando la mano de Foolish para detenerlo—. ¡No, no! No tengo tanta curiosidad. Todavía no. Es decir... mejor no. Vamos a... vamos a seguir hablando de las estrellas. Sí, las estrellas.
Foolish volvió a reír, pero esta vez con una ternura infinita. Besó la frente de Vegetta, permitiendo que el ingeniero se recuperara de su pequeño colapso nervioso.
—Como quieras, arquitecto —susurró Foolish—. Tenemos toda la eternidad para que descubras cada rincón de mi cuerpo, no hay prisa.
Cuando Vegetta salió finalmente de la cueva esa noche, se sentía más ligero pero también más profundamente atrapado. Estaba acalorado, con la piel erizada por las caricias de Foolish y la mente llena de imágenes de su torso dorado y su risa.
Pac y Mike lo esperaban en la esquina de siempre, actuando como si estuvieran revisando un panel de circuitos.
—¡Vaya, Veg! —dijo Mike, notando el estado de agotamiento feliz de su jefe—. Esta vez sí que se han tomado su tiempo. Bad debe estar agotado.
Vegetta se limitó a asentir, demasiado cansado para corregirlos o para sentirse culpable por la mentira. El plan de "aburrirse" de Foolish estaba fallando estrepitosamente. Cada sesión no hacía más que alimentar un hambre que Vegetta no sabía que tenía.
—Gracias, chicos —dijo Vegetta, poniéndose la camisa seca que habían traído para él—. De verdad.
—No hay de qué —respondió Pac, guiñándole un ojo—. Mañana a la misma hora, el sector estará despejado.
Vegetta se alejó hacia su habitación, suspirando. Creía que tenía el control, creía que podía jugar con el fuego de un Dios y salir ileso gracias a la ayuda de sus amigos. Pero mientras caminaba por los pasillos estériles de A.R.C.A., no podía dejar de pensar en la mano de Foolish en sus pantalones y en la promesa de una eternidad que empezaba a sonar menos como una condena y más como una esperanza.
Lo que Vegetta no sabía es que, mientras él soñaba con piel dorada y besos salinos, Maximus estaba ordenando terminar de ajustar la potencia de la corona S.D.A. El paraíso de Vegetta era un castillo de naipes, y el viento empezaba a soplar con fuerza desde las sombras del búnker.
Chapter 16: El Silencio es Suficiente
Chapter Text
El taller abandonado del Sector 9 se había convertido en la celda personal de Tubbo. El aire estaba viciado, cargado con el olor metálico de la soldadura y el rancio aroma del café frío. Tubbo no se había quitado el mono de trabajo en días; la grasa y el polvo de metal se habían filtrado en sus poros, dándole un aspecto enfermizo bajo las luces fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico irritante.
Frente a él, la "Gran Corona" descansaba sobre un pedestal de acero. Era una pieza de ingeniería aterradora. A diferencia del prototipo pequeño, esta tenía una estructura reforzada de aleación de iridio y tungsteno, con cientos de micro-filamentos que parecían nervios metálicos esperando para hundirse en el tejido vivo. Era una obra maestra de la micro-mecánica, y Tubbo odiaba cada centímetro de ella.
De repente, el pesado cerrojo de la puerta giró con un movimiento lento y deliberado. Maximus entró en la sala. No traía guardias esta vez, pero su sola presencia llenaba el espacio de una autoridad opresiva.
—Dime que tienes buenas noticias, Tubbo —dijo Maximus, caminando alrededor del banco de trabajo sin quitarse los guantes de cuero—. El Consejo está empezando a preguntar por el presupuesto de "mantenimiento" del Sector 9. Necesito resultados.
Tubbo se puso de pie rápidamente, limpiándose las manos sudorosas en sus pantalones. —Yo... señor Director, he tenido problemas con los supresores de frecuencia. El cerebro del sujeto P-58 es... es diferente. No es solo materia orgánica; tiene una densidad energética que quemaría los circuitos de cobre estándar. He tenido que reemplazarlos por filamentos de oro puro para que soporten la carga.
Maximus se detuvo frente a la corona y pasó un dedo por uno de los electrodos. —Oro. Qué apropiado para un Dios ¿no crees? —Maximus miró al chico de hito en hito. Sus ojos eran fríos como el hielo de un glaciar—. Te veo temblar, muchacho ¿Es cansancio o es que tu voluntad está flaqueando?
—Es solo que... —Tubbo bajó la vista—... me pregunto si el Ingeniero De Luque debería supervisar la fase final. Él conoce mejor que nadie la fisiología de las anomalías de esta clase, quizás si él...
—¡Vegetta no sabe nada de esto! —le cortó Maximus con una voz que resonó como un disparo—. Ya te lo dije, Tubbo. Vegetta es un hombre de paz, un hombre que se ha vuelto blando. Si él viera esto, intentaría detenerlo por un sentimentalismo absurdo ¿Quieres ser como él? ¿Quieres ser un eterno segundón que se preocupa más por el bienestar de una bestia que por el progreso de la humanidad?
Maximus se acercó tanto que Tubbo pudo oler el tabaco caro en su aliento. —Esta es tu oportunidad, Tubbo, esta corona es tu ascenso. Mañana a primera hora vendré por ella. Si está terminada, el ascenso será tuyo. Si no... —Maximus hizo una pausa, su mirada volviéndose sombría—... tendré que asumir que has estado conspirando con elementos subversivos y que tu utilidad en A.R.C.A. ha llegado a su fin. Y ya sabes lo que le pasa a los desechos en esta planta.
Tubbo tragó saliva, sintiendo un nudo de terror en el estómago. —Estará... estará lista, señor.
—Eso espero —dijo Maximus, dándole una palmadita condescendiente en el hombro—. Por tu bien, espero que tus manos sean más rápidas que tus dudas.
Cuando la puerta se cerró, Tubbo se derrumbó en su silla, cubriéndose la cara con las manos. La presión era insoportable. No podía terminar esa corona, no podía ser el responsable de apagar la mente de otra anomalía, pero tampoco podía enfrentarse solo a Maximus.
Necesitaba a Vegetta, tenía que advertirle.
Agarró su tablet personal, un dispositivo que él mismo había modificado para que fuera difícil de rastrear. Sus dedos volaron sobre la pantalla táctil, redactando un mensaje en el código técnico que solo los ingenieros de alto rango utilizaban.
ASUNTO: EMERGENCIA PROTOCOLO DE CARGA 77
Ingeniero Jefe, necesito que venga al Sector 9 inmediatamente. El "mantenimiento" de Maximus no es lo que parece. Se está forjando un aparato de contención para la P-58 que no tiene vuelta atrás. La corona está lista. El Director vendrá mañana. Por favor, detenga esto antes de que sea tarde.
Tubbo pulsó "Enviar" con el corazón en la garganta. La barra de progreso se completó. El mensaje estaba en el servidor personal de Vegetta. Ahora solo tenía que esperar.
—Por favor, Vegetta... mira el mensaje —susurró Tubbo, mirando fijamente la puerta, esperando que su mentor apareciera de un momento a otro para salvarlo de su propia creación.
A varios niveles de distancia, en la humedad cálida de la Celda P-58, Vegetta no estaba pensando en códigos de emergencia ni en informes de mantenimiento.
La tablet de Vegetta estaba abandonada en el escritorio de su oficina, silenciada por el propio ingeniero para que nada interrumpiera su "sesión".
Mientras tanto, Vegetta estaba atrapado en un mundo de sensaciones que lo hacían olvidar su nombre. Foolish lo tenía acorralado contra la pared de la cueva, sus manos grandes y calientes sujetando las muñecas de Vegetta por encima de su cabeza con una fuerza que era a la vez posesiva y excitante.
—Estás muy distraído hoy, mi arquitecto —susurró Foolish, bajando su cabeza para besar el cuello de Vegetta, justo donde la arteria pulsaba con fuerza—. Puedo sentir tu mente dando vueltas ¿Qué te preocupa?
Vegetta soltó un jadeo cuando la lengua de Foolish trazó una línea húmeda hasta su clavícula. —Nada... no es nada. Solo el trabajo, las cámaras... Pac y Mike dicen que todo está despejado, pero... —Vegetta se interrumpió cuando Foolish le soltó una mano para deslizarla bajo su camisa, acariciando la piel de su abdomen con una lentitud tortuosa.
—Olvida el mundo exterior —ordenó el Dios, volviendo a capturar los labios de Vegetta en un beso que sabía a mar y a una pasión prohibida que crecía cada noche—. Aquí solo existimos tú y yo. El metal de tu búnker no puede entrar en mi cueva.
Vegetta se rindió. Cerró los ojos y se dejó llevar por el calor del cuerpo de Foolish, por la forma en que el Dios lo envolvía, haciéndolo sentir pequeño y deseado al mismo tiempo. Sus lenguas se encontraron en una danza frenética, y Vegetta enredó sus piernas alrededor de la cintura de Foolish, buscando más contacto, más calor, más de esa droga que lo mantenía cuerdo y loco a la vez.
Muy lejos de ahí, la tablet de Vegetta vibró brevemente. La notificación del mensaje de Tubbo iluminó la pantalla del dispositivo por un segundo, un grito de auxilio digital que se perdió en el silencio infinito de aquel despacho, mientras dos amantes creían haber detenido el tiempo.
De vuelta en el taller, Tubbo miraba el reloj de pared, habían pasado dos horas. Vegetta no había respondido, no había venido.
—¿Por qué no respondes? —sollozó Tubbo, mirando la corona que ahora brillaba bajo la luz de la lámpara de soldar—. ¡Vegetta, por favor!
La soledad del Sector 9 empezó a devorar al chico. Empezó a pensar que quizás Vegetta ya lo sabía y no le importaba. O peor, que Vegetta estaba de acuerdo con Maximus. La paranoia, alimentada por la falta de sueño, empezó a retorcer su percepción.
Tubbo miró la Gran Corona. Maximus vendría por la mañana. Si Vegetta no venía a detenerlo, Tubbo solo tenía dos opciones: morir como un traidor o vivir como el ingeniero que domó a un Dios.
Con manos temblorosas y los ojos llenos de lágrimas, Tubbo volvió a coger el soldador. La chispa azul iluminó su rostro cansado mientras empezaba a sellar los últimos circuitos del S.D.A.
—Lo siento... —susurró hacia la nada—. Lo siento mucho.
Mientras tanto, en la cueva, Vegetta se separaba de Foolish, con los labios hinchados y el corazón latiendo desbocado, creyendo ingenuamente que tendría otra noche, y otra más, y otra más… para "sacarlo de su sistema". No sabía que el mensaje de Tubbo sería el último aviso antes de que el oro y el tungsteno reclamaran la cabeza de su Dios.
. . .
El ciclo circadiano de A.R.C.A. marcaba el inicio de una nueva jornada, pero para Vegetta, las horas habían dejado de tener un significado lineal. Se despertó en su habitación con la sensación de tener arena bajo los párpados y el cuerpo convertido en plomo. El eco de los jadeos de Foolish y el roce de la piedra húmeda contra su espalda todavía vibraban en su sistema nervioso, una resaca sensorial que ninguna ducha de agua fría lograba borrar.
Se miró al espejo. Las ojeras eran ahora surcos profundos, sombras cenicientas que enmarcaban unos ojos que brillaban con una mezcla de euforia secreta y terror absoluto. Se ajustó el uniforme con dedos torpes, notando cómo la tela le apretaba más de lo habitual, como si el búnker mismo estuviera intentando comprimirlo.
—Solo un día más —se mintió a sí mismo, dándose palmaditas en las mejillas para recuperar algo de color—. Un día más de simulacro.
Pero al salir de su habitación, la realidad lo golpeó con un aroma dulce y una sonrisa que se sentía como una emboscada. BadBoyHalo lo esperaba en el pasillo, apoyado contra la pared, sosteniendo dos recipientes térmicos de café y una pequeña bolsa de papel que olía a canela.
—Buenos días, Vegetta —dijo Bad, su voz resonando con una alegría que a Vegetta le resultó casi dolorosa—. Te ves fatal ¿Otra noche de insomnio revisando planos? Tienes que aprender a delegar, tontito.
Vegetta forzó una sonrisa, aceptando el café. El contacto de los dedos de Bad contra los suyos le produjo una punzada de incomodidad que tuvo que tragar rápidamente. —Las celdas no se diseñan solas, Bad. Ya sabes cómo es esto.
—Lo sé, lo sé. Por eso hoy he decidido que voy a cuidarte —declaró Bad, enganchando su brazo con el de Vegetta de forma posesiva mientras caminaban hacia el comedor—. No quiero que te desmayes en medio de una reunión. Sería un escándalo ¿verdad?
Vegetta asintió mecánicamente, no podía apartarlo. La mentira que él mismo había sembrado —la idea de que ellos dos tenían "algo"— se había convertido en su único escudo contra las sospechas sobre sus visitas nocturnas a Foolish. Si Bad se alejaba, el escudo caía. Pero el precio de ese escudo era una presencia constante, una sombra que olía a golosinas y que no dejaba de observarlo.
El comedor principal de la planta estaba a rebosar a esta hora. El ruido de las bandejas metálicas y el murmullo de cientos de técnicos creaban un ruido blanco que normalmente a Vegetta le ayudaba a distraerse. Pero hoy, el foco estaba sobre él.
Bad se encargó de que así fuera.
—¡Hey, chicos! —exclamó Bad, saludando a un grupo de ingenieros juniors mientras guiaba a Vegetta hacia una mesa central—. El Ingeniero Jefe necesita carbohidratos ¡no lo abrumen con preguntas sobre el trabajo todavía!
Vegetta se sentó, sintiendo las miradas de sus subordinados. Notó a Pac y Mike en una mesa cercana; los hermanos le lanzaron pulgares arriba y guiños de complicidad, creyendo que su jefe finalmente estaba disfrutando de las mieles del romance. Vegetta quiso desaparecer.
Durante toda la comida, Bad no se separó ni un centímetro. Le cortaba la comida como si fuera un niño, le acercaba la servilleta y, en un momento que hizo que Vegetta quisiera gritar, le apartó un mechón de pelo de la frente con una ternura tan exagerada que resultó teatral.
—¿Ves? Estás mucho mejor ahora —susurró Bad, lo suficientemente alto para que los agentes cercanos lo oyeran—. Tienes que dejar de cargar con el peso del mundo, Samuel. Déjanos a los que te queremos ayudarte un poco.
Vegetta no podía rechazarlo. En el código social de la mayoría de la gente, rechazar un gesto de cariño público era una señal de alarma. Así que se limitó a asentir, a comer lo que Bad le ponía delante y a intentar ignorar el hecho de que se sentía como un prisionero en una jaula de azúcar.
El verdadero control, sin embargo, comenzó cuando llegaron a la oficina de Vegetta. El despacho era el santuario del arquitecto, un lugar de orden binario y esquemas precisos. Pero Bad se movía por él como si fuera el dueño.
—Tengo que ir al taller de micro-motores un momento —dijo Vegetta, buscando cualquier excusa para estar solo—. Hubo un fallo en la calibración y...
—Ve tranquilo, yo me quedo aquí —respondió Bad, sentándose en la silla de invitados y sacando una tableta de datos—. Tengo unos informes de biomasa que terminar y estaré más cómodo si estoy cerca de ti.
Vegetta dudó, pero el agotamiento pudo más que la sospecha. Salió de la oficina, creyendo que su santuario estaba seguro.
En cuanto la puerta se cerró, la expresión de Bad cambió. La calidez desapareció, reemplazada por una determinación fría y protectora. Se levantó y caminó hacia el terminal principal de Vegetta. Sabía que Vegetta, en su cansancio, a menudo olvidaba cerrar la sesión de su correo interno.
—Pobre Samuel... no sabe lo que es bueno para él —murmuró Bad mientras sus dedos se deslizaban por la interfaz.
Bad empezó su labor de "limpieza". Veía la bandeja de entrada de Vegetta como una jungla de estrés que debía ser podada. —"Petición de revisión de ductos"... No, que lo haga el Junior Carre, es un inútil pero esto puede hacerlo. —Bad redirigió el correo con una nota falsificada: 'Encárgate tú, estoy ocupado con asuntos de bioseguridad'.
—"Informe de avería en el Sector 4"... No, esto puede esperar a mañana. —Bad archivó el correo en una carpeta oculta.
Para Bad, no era una traición, era un acto de amor supremo. Estaba filtrando el ruido del mundo para que Vegetta pudiera respirar, estaba borrando las responsabilidades que le robaban el tiempo que, según Bad, le pertenecía a él.
Pero entonces, apareció el mensaje.
Un icono rojo parpadeó en la esquina inferior. Un mensaje de prioridad máxima, marcado con un código de ingeniería que Bad reconoció como "Emergencia de Nivel 2".
DE: ING. TUBBO (ID: ST-06.CUR.3.90321) PARA: ING. JEFE DE LUQUE ASUNTO: EMERGENCIA PROTOCOLO DE CARGA 77
Bad frunció el ceño. Tubbo. El chico rubio y nervioso que siempre parecía estar al borde de un colapso. —¿Qué quieres ahora, niño? —susurró Bad, abriendo el mensaje.
Leyó las palabras de Tubbo: "...el mantenimiento de Maximus no es lo que parece... aparato de contención para la P-58... antes de que sea tarde..."
El corazón de Bad dio un vuelco, pero no por la razón correcta. No vio una advertencia sobre una conspiración. Vio una amenaza a la paz de Vegetta. Si Vegetta leía esto, saldría corriendo al Sector 9. Se pasaría la noche trabajando, se agotaría aún más, se pondría en peligro enfrentándose a Maximus por una tontería de contención.
—No —dijo Bad con firmeza—. No voy a dejar que este mocoso te arruine el día con sus paranoias. Maximus es el Director; si está haciendo limpieza, es su prerrogativa.
Bad miró el botón de eliminar, sintió una punzada de duda. "¿Y si es importante?", se preguntó una pequeña parte de su conciencia. Pero la parte obsesiva, la que quería a Vegetta solo para él, la que quería mantenerlo en esa burbuja de falso romance, ganó la batalla.
—Es por tu bien, Samuel, necesitas descansar. Necesitas estar conmigo, no persiguiendo fantasmas en el Sector 9.
Bad pulsó "ELIMINAR". Luego entró en la carpeta de elementos eliminados y realizó una "ELIMINACIÓN PERMANENTE".
El rastro de la advertencia de Tubbo se desvaneció en el vacío digital de A.R.C.A. como si nunca hubiera existido. Bad cerró la sesión de Vegetta y volvió a su silla, justo a tiempo para que la puerta se abriera.
Vegetta entró en la oficina, frotándose la nuca. El taller había sido un caos y el ruido de las máquinas solo había aumentado su dolor de cabeza.
—Ya estoy de vuelta —dijo Vegetta, dejándose caer en su silla de cuero.
—Pareces más tenso que una cuerda de violín —dijo Bad, levantándose y colocándose detrás de él.
Antes de que Vegetta pudiera protestar, las manos de Bad se posaron sobre sus hombros. Empezó a amasar los músculos tensos con una fuerza sorprendente. Vegetta se tensó instintivamente, su piel erizándose ante el contacto. El olor del perfume de Bad, algo floral y artificial, lo rodeó como una nube.
—Relájate, Samuel... suéltate —murmuraba Bad cerca de su oído—. Estás muy duro ¿En qué estás pensando tanto?
Vegetta cerró los ojos, intentando no pensar en Foolish, intentando no comparar las manos suaves de Bad con las manos grandes, cálidas y poderosas del Dios en la cueva. Cada presión de Bad se sentía como una intrusión, pero tenía que soportarlo.
En ese momento, la puerta de la oficina se abrió, era un mensajero. Al ver a Bad dándole un masaje a Vegetta, el hombre se detuvo, carraspeó incómodo y dejó un par de portaplanos en la mesa antes de retirarse rápidamente. Vegetta solo pudo suspirar.
—Bad, por favor... no es el momento —susurró, intentando apartarse suavemente.
—Siempre es el momento para cuidar a quien quieres —respondió Bad, aumentando la presión del masaje, bajando peligrosamente cerca del pecho de Vegetta—. He limpiado tu agenda, por cierto. He redirigido un par de correos aburridos a los juniors. No tienes de qué preocuparte hoy. Solo de nosotros.
Vegetta abrió los ojos de golpe. —¿Qué has hecho qué?
—Te he ahorrado trabajo —dijo Bad con una sonrisa angelical—. Me lo agradecerás cuando duermas ocho horas seguidas por primera vez en meses. Deberías confiar más en mí, Samuel. Soy el único que realmente sabe lo que necesitas.
Vegetta sintió un escalofrío. Miró su terminal, sin saber que en ese momento, la única advertencia que podría haber salvado a Foolish de la corona de oro de Maximus había sido borrada por las manos que ahora le daban un masaje. Creía estar a salvo, por un momento también creyó que el silencio de su bandeja de entrada era una tregua, cuando en realidad era el preludio de su mayor tragedia.
—Gracias, Bad —dijo Vegetta, con una voz que sonaba a derrota—. Supongo que tienes razón. Pero no lo vuelvas a hacer, nos puedes meter en problemas.
Bad sonrió, besando la coronilla de la cabeza de Vegetta con una satisfacción depredadora. El comienzo de su plan estaba funcionando. Vegetta estaría cada vez más aislado, cada vez más dependiente de la paz que Bad le fabricaría.
Mientras en la oficina BadBoyHalo le hacía mimos a Vegetta, en las profundidades del Sector 9, Tubbo estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra el pedestal de la Gran Corona.
Tenía la tablet en la mano, refrescando la bandeja de salida cada cinco minutos. El mensaje aparecía como "Entregado", pero no había respuesta.
—¿Por qué no responde? —gritaba Tubbo, lanzando una llave inglesa contra la pared—. ¡Sabe lo que significa el Protocolo 77! ¡Él me enseñó lo que es el Protocolo 77!
Tubbo no podía entender el silencio de Vegetta. En su mente, solo había dos explicaciones: o Vegetta lo había abandonado a su suerte, o Maximus ya lo había interceptado. El chico se levantó del suelo y empezó a caminar de un lado a otro, sus manos manchadas de grasa tirando de su cabello rubio.
Miró la corona de oro y tungsteno. Sus manos, que antes eran precisas y seguras, ahora tenían quemaduras de soldadura y marcas de cansancio. Se sentía abandonado por su ídolo. Empezó a pensar que Vegetta quizás estaba demasiado ocupado como para preocuparse por un aprendiz en un taller olvidado.
—No tengo tiempo —sollozó, mirando el cronómetro de la pared—. Maximus vendrá en tres horas. Si no tengo la corona terminada, habrá consecuencias.
Tubbo regresó al banco de trabajo. El dispositivo S.D.A. brillaba, casi completo. Solo faltaba conectar los reguladores de sinapsis de oro. Con cada soldadura, Tubbo sentía que estaba clavando un clavo en el ataúd de su propia alma. Pero el silencio de su mentor era el empujón final que necesitaba para rendirse.
—Si a él no le importa... ¿por qué debería importarme a mí? —murmuró Tubbo, su voz volviéndose fría por el miedo y la decepción—. Si el Ingeniero Jefe permite esto, entonces esto es lo que A.R.C.A. requiere.
Tubbo ahora sentía la certeza de que él tendría que salvarse solo, aunque eso significara condenar a otro.
. . .
Vegetta se quedó solo en su oficina después de que BadBoyHalo se marchara finalmente al laboratorio de Biomasa. El silencio debería haber sido un alivio, pero el aire en el despacho se sentía extrañamente denso, como si el oxígeno hubiera sido reemplazado por algo más pesado y difícil de respirar.
Se sentó en su escritorio, rodeado de sus amados planos y maquetas holográficas, pero no podía concentrarse. Había una vibración constante, un zumbido sordo que no provenía de las máquinas, sino de algún lugar bajo la superficie del suelo. Vegetta se frotó las sienes. El masaje de Bad le había dejado una sensación de entumecimiento en la base del cráneo, una calidez extraña que se negaba a disiparse.
Lo que Vegetta no sabía era que, escondido tras el panel de ventilación secundario, justo debajo de su escritorio, descansaba el Cristal de sombra pura cristalizada.
Aquel objeto que era una blasfemia a la creación. Forjado a partir de comprimir la esencia de las sombras de Bad, el cristal no reflejaba la luz; la consumía. Esa pieza de materia oscura condensada, ilegal según todos los tratados de seguridad de A.R.C.A., y que palpitaba con una luz violeta casi imperceptible cuando reaccionaba a las emociones del entorno. En ese momento, el cristal estaba alimentándose de la culpa de Vegetta por Foolish y de su ansiedad por el búnker. Cuanto más sufría Vegetta, más frío y opresivo se volvía el ambiente de la oficina, creando un bucle de retroalimentación emocional que mantenía al ingeniero en un estado de vigilia paranoica.
Vegetta se estremeció, ajustándose la chaqueta. —¿Por qué hace tanto frío aquí? —susurró, revisando el termostato. Marcaba una temperatura perfecta de 23°C, pero él sentía que el invierno se le metía en los huesos.
Mientras tanto, en los niveles superiores, Maximus observaba la consola de control de flujos de trabajo. Sus ojos de halcón recorrían las líneas de datos con una eficiencia aterradora. Como Director, tenía acceso a todos los logs de actividad regulares, y lo que estaba viendo le resultaba sumamente curioso.
—Vaya, vaya... —murmuró Maximus, acariciándose la barbilla con un dedo enguantado.
Había notado las irregularidades. El Ingeniero Jefe De Luque, usualmente un perfeccionista obsesivo que supervisaba hasta el último tornillo, estaba delegando tareas críticas en ingenieros junior. Revisó las firmas digitales. Las autorizaciones venían del terminal de Vegetta, pero el lenguaje era... diferente. Demasiado breve, demasiado "amable" de una forma condescendiente que no encajaba con el estilo técnico y severo de Samuel.
Maximus se inclinó hacia adelante, rastreando la conexión. Vio que el Dr. BadBoyHalo había estado logueado en las cercanías del terminal de Vegetta durante cada uno de esos cambios.
Cualquier otro director habría llamado a seguridad. Cualquier otro habría iniciado una investigación por suplantación de identidad. Pero Maximus no era "cualquier otro". Él vio en la interferencia de Bad una oportunidad de oro.
—El amor es una enfermedad tan útil —rio Maximus para sí mismo—. Sigue así, Bad. Sigue aislando a mi arquitecto. Mantén su mente lejos de mis asuntos. Mientras Vegetta esté ocupado con tus mimos y tus distracciones, puede que ni siquiera tenga que freirte el cerebro a fin de cuentas.
Maximus decidió no intervenir. Al contrario, introdujo un comando de prioridad en el sistema para que cualquier queja que los ingenieros junior tuvieran sobre la nueva carga de trabajo fuera desviada a una carpeta de spam. Quería que Vegetta estuviera en una burbuja de silencio absoluto. Si el Ingeniero Jefe estaba ciego y sordo a lo que ocurría en su propio departamento, el camino hacia la anomalía P-58 estaba libre de obstáculos.
De vuelta en la oficina de Vegetta, el efecto del cristal de oscuridad estaba alcanzando su punto álgido. Vegetta estaba sentado en su sofá de cuero, con la mirada fija en el vacío. Sentía una apatía extraña, una pesadez mental que le impedía incluso pensar en ir a ver a Foolish esa noche.
En ese momento, la puerta se abrió suavemente. BadBoyHalo entró con una bandeja que contenía un tazón de sopa caliente y un trozo de pan recién horneado.
—He vuelto~ —canturreó Bad, su voz sonando como seda en la penumbra de la oficina—. Te he traído la cena. No quiero que vayas al comedor, hay demasiada gente y demasiado ruido, aquí estarás mejor.
Bad dejó la bandeja y se arrodilló frente a Vegetta, tomando sus manos frías entre las suyas. El cristal bajo el escritorio palpitó, sincronizándose con la satisfacción de Bad.
—Estás muy callado —observó Bad, acariciando los nudillos de Vegetta—. Eso es bueno. Tu mente está descansando ¿A que te sientes más ligero ahora que no tienes tantos correos que responder?
Vegetta lo miró, sus ojos estaban nublados. —Me siento... extraño, Bad. Siento como si hubiera algo aquí conmigo, como si las sombras se estuvieran moviendo.
Bad sonrió, una expresión de ternura protectora que ocultaba una posesividad feroz. —Son solo los nervios, Samuel. Es el cansancio acumulado. Pero no te preocupes, yo estoy aquí para espantar a las sombras. Nadie va a molestarte. He dado órdenes de que no te pasen llamadas a menos que sea una brecha de contención.
Vegetta se dejó caer contra el respaldo del sofá, permitiendo que Bad empezara a darle cucharadas de sopa como si fuera un inválido. Se sentía patético, pero la influencia del cristal y la manipulación constante de Bad durante estos días habían erosionado su voluntad. En ese nido de cuidados y oscuridad, el mundo exterior —Tubbo, Foolish, la traición de Luzu— se sentía como un sueño lejano y borroso.
—Te agradezco por ser siempre estar para mi a pesar de como te he tratado, Bad —susurró Vegetta, sin saber que estaba bendiciendo al hombre que le estaba robando su última oportunidad de ser un héroe.
Bad lo abrazó, hundiendo su rostro en el cuello de Vegetta. —Y tú eres lo único que me importa, Samuel. Por ti, quemaría este búnker entero. Pero por ahora... solo descansa.
Mientras se abrazaban en la oficina gélida, el cristal de oscuridad bajo el escritorio brilló con una intensidad violenta, celebrando el éxito de la mentira. Afuera, en los pasillos de A.R.C.A., los engranajes del destino de Maximus seguían girando, y el primer rayo de luz del "mañana" se preparaba para iluminar el horror que el silencio de Vegetta había permitido crear.
Chapter 17: Reasignación de Roles
Chapter Text
La mañana en el Sector 9 terminó con el sonido de pasos pesados y metálicos. Maximus entró en el taller privado de Tubbo con la puntualidad de un verdugo. No hubo preámbulos. Sus ojos se fijaron de inmediato en la Gran Corona, que descansaba sobre el pedestal de antes, brillando con una luz dorada y malévola bajo las lámparas halógenas.
—Impresionante —susurró Maximus, extendiendo una mano enguantada para rozar los filamentos de iridio—. Has superado todas mis expectativas, muchacho. Has hecho lo que Vegetta, con toda su experiencia, nunca podría hacer.
Tubbo estaba de pie a un lado, con los brazos caídos y la mirada fija en sus propias botas manchadas de aceite. No sentía orgullo, sentía que acababa de entregarle a un lobo la llave del redil.
—Está terminada, señor Director —dijo Tubbo, su voz sonando hueca—. Los reguladores de sinapsis están calibrados, solo falta la inserción física.
—Y eso será pronto —sentenció Maximus, haciendo una señal a sus guardias para que recogieran el maletín de transporte—. Tu recompensa ya está procesada. Felicidades, Ingeniero Jefe de Nivel 4. Ya no eres un asistente, eres un arquitecto de la nueva era.
Maximus se retiró con el botín, dejando a Tubbo en un taller que de repente se sentía demasiado grande y demasiado vacío. El chico se dejó caer en su silla, mirando el lugar donde antes estaba la corona. Estaba libre de la tarea, pero ahora estaba encadenado al secreto.
La noticia corrió por el sector de ingeniería como un incendio forestal. A mediodía, el panel de avisos general de A.R.C.A. parpadeó con el rostro de Tubbo y el sello dorado del Consejo: Promoción Extraordinaria al Nivel 4.
Cuando Tubbo subió a la planta principal, se encontró con una marea de uniformes en distintos tonos. Sus compañeros, los mismos que antes lo ignoraban o lo trataban como un "niño prodigio", lo rodeaban con vítores.
—¡Ese es nuestro chico! —gritó un técnico veterano, dándole una palmada en la espalda que casi lo hace tambalear—. ¡Al mismo nivel que De Luque en tiempo récord!
—¿Cómo lo hiciste, Tubbo? ¿Qué proyecto te dio Maximus? —preguntaba una ingeniera junior con envidia mal disimulada.
Tubbo forzaba sonrisas, aceptando las felicitaciones con las manos temblorosas. "Su propio equipo", "su propia oficina", "presupuesto ilimitado"... todas las promesas que antes habrían sido un sueño, ahora le sabían a ceniza. Se sentía como un fraude. Cada palmada en la espalda era un recordatorio de que su ídolo, Vegetta, se había ganado su puesto con años de sudor y ética, mientras que él lo había conseguido forjando un instrumento de tortura.
Pasó la tarde en un estado de tensión insoportable, refugiado en una esquina del taller general, fingiendo revisar unos esquemas mientras su mente no dejaba de gritar: ¿Es esto lo correcto? ¿Debería decírselo a alguien? ¿Debería simplemente olvidarlo y disfrutar del éxito?
Fue entonces cuando lo vio. Al fondo del taller, Vegetta finalmente apareció. Eran casi las cinco de la tarde, una hora inusualmente tarde para él. Tubbo sintió que el corazón se le subía a la garganta, necesitaba hablar con él. Necesitaba confesarle lo de la corona, pedirle ayuda y decirle que Maximus lo había obligado.
Tubbo empezó a caminar hacia él, esquivando mesas de trabajo. Pero antes de que pudiera acercarse a menos de diez metros, una figura se interpuso en su camino con la precisión de una trampa.
BadBoyHalo.
El xenobiólogo no debería estar allí. Aquel era el territorio de los ingenieros, pero Bad se movía con una confianza depredadora. Se cruzó de brazos, bloqueando el paso de Tubbo y mirándolo desde arriba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos blancos y vacíos.
—¿A dónde vas con tanta prisa, pequeño jefe? —preguntó Bad, su voz cargada de un veneno dulce.
—Yo... necesito hablar con Vegetta. Es urgente —balbuceó Tubbo, intentando rodearlo.
Bad puso una mano en el hombro de Tubbo, apretando justo lo suficiente para que el chico se detuviera. —Si lo que estás pensando es en perturbar la calma de Vegetta, no es el mejor momento, Tubbo. Él ha estado bajo mucha presión. Necesita concentrarse en su trabajo y, por su... condición actual, no puede prestarle atención a más de un asunto a la vez. No querrías causarle un colapso nervioso ¿verdad?
Tubbo se quedó desconcertado. —¿Condición? ¿De qué estás hablando? ¿Qué le pasa?
—Está delicado —mintió Bad, inclinándose hacia el oído del chico—. Si tienes algo relevante que notificarle, puede esperar su turno. O mejor aún, envíalo por correo a su terminal privada. Él lo atenderá a la brevedad... si es que lo considera importante.
Tubbo miró por encima del hombro de Bad hacia Vegetta. Su mentor estaba a lo lejos, supervisando unas máquinas a medio hacer que unos juniors le mostraban. Su porte parecía relajado, incluso demasiado, pero sus movimientos eran lentos, casi torpes. Lo vio intentar ajustar un tornillo micrométrico y fallar por milímetros, algo impensable para el hombre que podía ensamblar un reactor a ciegas.
Un escalofrío recorrió la columna de Tubbo. Se dio cuenta de que Vegetta no era el héroe que iba a venir a salvarlo. Vegetta mismo parecía estar bajo el efecto de algo, perdido en un letargo que lo hacía parecer una marioneta de sí mismo. La decepción y el miedo se mezclaron en el pecho de Tubbo: había estado tan absorto en su propio miedo que no se había preguntado si su maestro estaba sufriendo algo igual o peor.
—Yo... lo entiendo —susurró Tubbo, retrocediendo—. No lo molestaré.
Tubbo se dio la vuelta y huyó del taller, sintiendo que el último puente hacia la salvación se acababa de derrumbar.
Tras la huida de Tubbo, Bad sonrió con satisfacción. Se giró y caminó hacia Vegetta, que seguía mirando las máquinas con ojos vidriosos, ajeno a la confrontación que acababa de ocurrir.
—Samuel, querido —dijo Bad, captando la atención de Vegetta.
Vegetta se giró lentamente. —Ah, Bad ¿Sigues aquí?
—Solo vine a despedirme. Tengo que ir a supervisar a mi personal en Xenobiología. No quiero que se relajen demasiado sin mí —Bad se acercó más de lo necesario, invadiendo el espacio personal de Vegetta frente a todos los técnicos juniors que observaban con la boca abierta.
Bad tomó el rostro de Vegetta con delicadeza y le dejó un beso lento y sonoro en la mejilla, cerca de la comisura de los labios. Vegetta, sumido en el letargo inducido por el cristal de oscuridad que Bad le había ocultado, apenas reaccionó; solo parpadeó y asintió levemente, con una media sonrisa ausente.
—Hasta luego, Bad —murmuró Vegetta.
Los ingenieros de alrededor se quedaron perplejos. El Ingeniero Jefe, siempre tan reservado y profesional, permitiendo tales muestras de afecto en pleno taller... La noticia del "romance" se confirmó en ese instante para todos.
Bad se alejó con un paso ligero, tarareando una melodía oscura. Había marcado su territorio. Había alejado al aprendiz entrometido y había sellado la ceguera de Vegetta con un beso. El escenario estaba despejado y podía ausentarse por un rato.
. . .
Willy se encontraba en el mirador técnico del Conducto 0-Ferver, una estrecha pasarela de rejilla metálica suspendida sobre el vacío del eje central de la planta. Era el único lugar donde se permitía soltar los hombros y dejar que la fatiga se reflejara en su rostro, lejos del escrutinio del Consejo. Allí arriba, el aire sabía a ozono y a la sequedad del páramo exterior que se filtraba por las juntas de las turbinas.
La iluminación era inexistente, salvo por el resplandor azulino de su terminal portátil. Willy prefería la oscuridad absoluta; las sombras no hacían preguntas y, sobre todo, no podían ser interrogadas.
Ciertamente estaba cansado, tratar de salvar a un sujeto que no quería ser salvado lo dejaba exhausto. Siempre fue tan testarudo, incluso aquella vez…
Hace 6 años, el mundo no se sentía tan pequeño para Willy. En aquel entonces, no vestía el uniforme inmaculado de Auditor Corazón, ni cargaba con el peso de la eliminación de los traidores de A.R.C.A. Era un Relator. Su campo de batalla eran las ondas de radio, los periódicos locales y las mentes de los civiles. Su trabajo era simple pero macabro: borrar la verdad. Si una anomalía devoraba a una familia en un suburbio, Willy escribía sobre una fuga de gas. Si un avistamiento masivo ocurría en una plaza, él sobornaba a los oficiales y distribuía amnésticos hasta que el recuerdo se disolvía como azúcar en agua.
Era brillante en ello y poseía una falta de escrúpulos que lo hacía ascender rápido. Pero tenía una debilidad, un joven taxonomista llamado Luzu
.
—No deberías estar aquí, Luzu —susurró Willy, ajustándose el auricular mientras observaba el complejo industrial abandonado bajo la lluvia torrencial de la superficie.
Luzu, con una mirada llena de una ambición científica casi ingenua, se ajustaba el equipo de protección. —He pasado gran parte de mi vida estudiando estas criaturas a través de archivos, Willy. Necesito ver cómo interactúan con el ecosistema real. Solo esta vez, por favor.
Willy suspiró, había usado sus influencias como Relator para colar a Luzu en el equipo de recolección. Era una violación flagrante de las reglas, los científicos de las profundidades no salían a la superficie. Pero Willy, en aquel entonces, creía que podía controlarlo todo.
—Mantente cerca de los Silenciadores —ordenó Willy, señalando a los agentes de campo que portaban los dispositivos M.O.S.M.A. (Manipulación por Ondas de Supresión de Memoria Aguda)—. Si algo sale mal, ellos calmarán a los testigos. Tú no toques nada. Eres un observador, nada más.
La anomalía era una Clase Rojo: una pesadilla biológica definida como una masa de tejido bioplástico capaz de mimetizarse con estructuras moleculares metálicas. Estaba causando estragos en la red eléctrica de la ciudad colindante, "alimentándose" de la conductividad de los cables. El equipo de captura la había acorralado en un hangar de saneamiento que se había instalado anteriormente.
Willy observaba todo desde los monitores de la furgoneta de mando, con los dedos entrelazados, coordinando ya la narrativa de "accidente eléctrico" que se entregaría a la prensa al amanecer. Pero Luzu, impulsado por esa curiosidad que Willy siempre había confundido con valentía, se separó del grupo.
Luzu creía que los protocolos de captura eran demasiado rudimentarios. Pensaba que si ajustaba la frecuencia de los inhibidores, la criatura no sufriría daño celular durante el traslado. Entró en el perímetro de seguridad, sus dedos volando sobre una consola de control que no le pertenecía.
—Luzu, ¿qué demonios estás haciendo? ¡Sal de ahí ahora mismo! —el grito de Willy tronó por la radio, su voz rompiéndose al ver la posición del punto amarillo en el radar.
—Solo es un ajuste, Willy... si bajo la frecuencia 2 Hz, la estructura molecular se estabilizará y no tendremos que incinerar el 40% de su masa —respondió Luzu, su voz sonando distorsionada por la estática y una confianza suicida—. Confía en mí, lo tengo...
Fue un error de un milisegundo. Una chispa provocada por la humedad ambiental y la inexperiencia de Luzu con los terminales de alto voltaje de campo. El campo de fuerza, esa barrera invisible que mantenía a la masa bioplástica contenida en un cubo de aire ionizado, parpadeó. Un zumbido agudo, como el grito de un animal metálico, precedió al desastre.
El desastre fue instantáneo y sangriento.
Sin la contención, la criatura se expandió como una explosión de carne podrida y filamentos de metal. No fue un ataque, fue una asimilación. Dos estibadores de saneamiento, hombres que solo estaban allí para mover cajas y limpiar la escena una vez terminada, fueron los primeros en caer. La masa los envolvió en un segundo; Willy tuvo que ver, en alta definición a través de las cámaras del hangar, cómo el tejido bioplástico perforaba sus pulmones para callar sus gritos mientras absorbía el calcio de sus huesos. El sonido del colapso de sus esqueletos resonó por el canal de audio como ramas secas rompiéndose bajo una bota. Un agente rastreador intentó disparar un dardo neutralizante, pero la criatura le arrancó el brazo antes de lanzarlo contra una columna de acero.
—¡Fuego de supresión! —gritó Willy, saltando de la furgoneta y corriendo hacia el hangar, ignorando su propia seguridad.
Vio a Luzu volar por los aires. El impacto de una de las extensiones de la criatura lo lanzó contra una prensa hidráulica de varias toneladas. El sonido de su cabeza golpeando el acero fue sordo, definitivo.
—¡LUZU! —el alarido de Willy quedó ahogado por el rugido de los lanzallamas y el estallido de las granadas de pulso.
La criatura, una amalgama deforme de restos humanos y plástico inteligente, se abalanzó sobre el cuerpo inerte de Luzu, buscando el calor de su sangre. Los especialistas de captura, actuando como una máquina de matar, lograron activar una carga de pulso de emergencia que obligó al núcleo de la anomalía a replegarse hacia el centro del hangar, soltando a su presa.
El hangar quedó en un silencio sepulcral, roto solo por el siseo de la lluvia que entraba por el techo roto, el chisporroteo de los cables eléctricos que colgaban como lianas y el sonido rítmico, viscoso, de la sangre goteando desde las vigas de acero sobre el hormigón.
Willy llegó hasta Luzu, cayendo de rodillas con tal fuerza que se golpeó contra el suelo. El joven científico estaba pálido, con una palidez que bordeaba el gris. Tenía la sien izquierda abierta de par en par, una herida profunda y desigual que bombeaba sangre con una debilidad aterradora. Sus ojos estaban entreabiertos, pero solo mostraban el blanco, perdidos en una convulsión silenciosa.
—Maldita sea, Luzu... no me hagas esto, no ahora —susurró Willy, sus manos, siempre impecables y cubiertas por guantes de cuero negro, ahora estaban empapadas en una calidez pegajosa que no dejaba de brotar.
Willy presionó la herida con desesperación, sintiendo bajo sus dedos la fractura del cráneo. La sangre se filtraba entre sus dedos, manchando su uniforme. Por primera vez en su vida, Willy sintió el frío del vacío. Luzu no respondía; su respiración era un estertor húmedo y errático, y cada vez que Willy intentaba llamarlo, el silencio de la muerte parecía ganar terreno en el hangar.
—¡Un médico! ¡Traed un equipo de trauma ahora o os ejecutaré a todos! —rugió Willy hacia la oscuridad, mientras abrazaba el cuerpo de Luzu contra su pecho, meciéndolo apenas un poco, con la mirada fija en el charco rojo que seguía expandiéndose bajo ellos, convencido de que Luzu jamás volvería a abrir los ojos.
Días después, en el ala médica más profunda de A.R.C.A., el silencio era interrumpido únicamente por el pitido monótono de los monitores cardíacos.
Luzu abrió los ojos lentamente. Su visión estaba fragmentada, como un espejo roto. Intentó moverse, pero un dolor agudo en su costado lo obligó a quedarse quieto. Llevaba la bata médica abierta; bajo ella, una venda enorme cubría su flanco, todavía manchada de un rojo seco y oscuro. Pero lo peor estaba en su cabeza.
Tenía la cabeza vendada de forma burda, y de su sien izquierda brotaban cables delgados, como raíces negras que se hundían en su cráneo. Un terminal de datos parpadeaba junto a su almohada.
—No intentes hablar todavía —dijo una voz fría desde la esquina.
Willy estaba sentado en una silla de metal, concentrado en una tableta. No parecía el amigo preocupado de hacía unos días, parecía un extraño. Estaba redactando el informe: Incidente en el Hangar 2. Fallo técnico en los contenedores. Tres bajas…
—Willy... —la voz de Luzu salió como un graznido—. ¿Qué... qué es esto en mi cabeza?
—Es tu salvación —respondió Willy sin mirarlo—. Tu cerebro sufrió un trauma masivo, Luzu. No solo físico. Los médicos dijeron que tus funciones ejecutivas estaban dañadas. Así que hice que te instalaran un prototipo.
De repente, una voz que no era la de Willy resonó dentro de la habitación. — Protocolo de arranque finalizado. Analizando estado vital.
—¡Ah! —Luzu se llevó las manos a la cabeza, gimiendo. Una descarga eléctrica le recorrió la mandíbula—. ¿Qué es eso? ¡Hay alguien más aquí! — Cuestionó sin haberse percatado todavía que esa voz venía de su propia boca.
—Se llama Arin —dijo Willy, dejando finalmente la tableta y acercándose a la camilla—. Es una segunda conciencia, una IA de cálculo de riesgos. A partir de ahora, ella pensará por ti antes de que cometas otra estupidez. Analizará las probabilidades de muerte antes de que abras la boca o muevas un dedo. Porque es obvio, Luzu, que tú tienes un nulo sentido de auto-conservación.
—Yo... yo no quería que nadie muriera —sollozó Luzu, y su voz empezó a fluctuar de forma extraña—. Solo quería ayudar... Error: El concepto “AYUDAR” es incompatible con el resultado de muerte del 20% del equipo. ¡Cállate! ¡Cállate, Arin!
Luzu recibió otra descarga, su cuerpo convulsionando levemente en la camilla. Las lágrimas de dolor se mezclaban con el sudor.
—Quiero... quiero asumir la responsabilidad —dijo Luzu, mirando a Willy con desesperación—. Debo decirle a los superiores lo que pasó. Es lo correcto.
Willy soltó una carcajada cínica, una que Luzu nunca le había oído antes. —¿Lo correcto? Lo correcto te enviaría a una fosa común, Luzu. He pasado las últimas 48 horas falsificando registros, sobornando a los forenses y borrando las cámaras de seguridad para que nadie sepa que pusiste un pie fuera del búnker. He matado tu reputación de hombre honesto para salvar tu vida de idiota.
—¿Por qué? —preguntó Luzu, su voz quebrada—. Si soy una carga, si he causado tanto dolor... ¿por qué me sigues salvando el pellejo?
Willy se inclinó sobre él, su sombra cubriendo la camilla. Su rostro estaba crispado por una fatiga que iba más allá de lo físico. Sus ojos, antes llenos de una chispa de camaradería, ahora eran dos pozos de cálculo frío.
—Hoy te he salvado —dijo Willy con una voz melancólica que heló la sangre de Luzu—, pero no lo he hecho por ti. Lo he hecho porque todavía no estoy listo para escribir tu final. Eres el único pedazo de mi vida anterior que queda, Luzu. Pero no te equivoques... mi paciencia se ha agotado con la sangre de esos estibadores.
Willy se enderezó y se guardó la tableta. Caminó hacia la puerta de la habitación médica, deteniéndose antes de salir.
—Ya estoy exhausto de discutir contigo, de intentar que seas algo que no eres —sentenció Willy sin mirar atrás—. Por favor... por una vez en tu miserable vida, escucha a esa cosa en tu cabeza. Ella es mucho más inteligente que tú.
La puerta se cerró con un golpe seco.
Luzu se quedó solo en la penumbra, escuchando el zumbido constante de Arin en su cerebro. Intentó llorar, pero una pequeña descarga en su sistema nervioso le recordó que las emociones fuertes eran ineficientes para la recuperación. En ese momento, Luzu comprendió que el Willy que lo hacía reír en los pasillos había muerto en ese hangar bajo la lluvia. Lo que quedaba era eso, un hombre que prefería una mentira perfecta a una verdad sangrienta.
Y Willy, caminando por el pasillo frío, sintió que algo dentro de él también se había roto. A partir de ese día, dejó de ser el Relator que ocultaba noticias para convertirse en el Auditor que manipulaba destinos. La amistad había muerto; solo quedaba la vigilancia.
. . .
De vuelta al presente, Willy estaba revisando los logs de seguridad que Pac y Mike habían intentado borrar con una torpeza casi insultante, reconstruyendo pacientemente la línea de tiempo de Vegetta en la P-58 por las noches. Estaba a punto de cruzar los datos de las cámaras intervenidas con los registros de acceso, cuando un sonido seco —un chasquido de garras sobre el metal oxidado— lo hizo tensarse.
—Sabes, Willy... en la superficie aprendes que el silencio no es la ausencia de sonido, sino la presencia de un cazador que sabe esperar.
Willy se giró lentamente, manteniendo la terminal encendida para usar su luz como un escudo tenue. En el rincón más oscuro de la pasarela, acuclillado sobre una viga transversal con una agilidad que desafiaba la anatomía humana, estaba Fargan.
No lucía como el agente bromista que solía pasear por los pasillos. Su traje táctico estaba desgarrado, manchado de la ceniza y el barro del exterior. Sus alas —esas que normalmente mantenía apretadas contra su espalda bajo capas de tela— estaban parcialmente desplegadas, con las plumas erizadas y vibrando con una energía nerviosa. Sus ojos, con las pupilas dilatadas hasta casi borrar el iris, brillaban con una lucidez salvaje y aterradora en la penumbra. A pesar de su aspecto demacrado, la penumbra ayudó a reconocerlo como el Auditor Búho.
—Tú… —dijo Willy, recuperando su tono gélido, aunque su pulso se aceleró un grado—. Los Rastreadores tienen prohibido el acceso a los conductos de ventilación de este nivel. Estás muy lejos de tu jurisdicción... y de tu cordura, por lo que veo.
Fargan ladeó la cabeza con un movimiento brusco y soltó una risa ronca, saltando desde la viga para aterrizar sin hacer el menor ruido a solo dos metros de Willy. —Olvídate de esas nimiedades, Willy. Nunca funcionaron conmigo. He pasado estas semanas siendo un fantasma, moviéndome por los rincones que ni siquiera tus cámaras conocen. He estado investigándote.
Fargan dejó caer un dispositivo de almacenamiento en el suelo metálico. Tenía el sello de "Evidencia Clasificada".
—Nunca me tragué tu actuación de "Auditor preocupado por el orden" —continuó Fargan, acercándose hasta que su rostro quedó a pocos centímetros del de Willy—. Todo este tiempo has usado tu autoridad para tejer una red de mentiras, borrando incidentes, manipulando informes y protegiendo tus propios intereses por encima de la seguridad de A.R.C.A. He redactado un informe completo. Pruebas de tus sobornos, de tus informes falsos sobre las anomalías... y de lo que realmente planeas.
Willy sintió un frío glacial recorrer su columna, pero mantuvo la voz firme. —No tienes nada. Solo mirate, eres una anomalía inestable. Tu palabra no vale nada contra la mía. Nadie creerá un informe redactado por alguien que huyó de su puesto y volvió en ese estado.
Fargan no titubeó. Su seguridad era absoluta, una calma depredadora que hizo que Willy retrocediera un paso, casi imperceptiblemente. —¿Quieres apostar tu vida a eso? El informe ya está encriptado y programado para enviarse al Consejo Supremo si mi pulso cardíaco se detiene o si no introduzco un código cada seis horas. Ya no tienes el control, Willy. El Relator se ha quedado sin guión.
Willy guardó silencio. ¿“Relator”? ¿qué tanto había investigado este tipo?, su mente trabajando a mil por hora, buscando una salida, una debilidad. —¿Por qué me cuentas esto ahora? —preguntó Willy, con la voz cargada de veneno—. Me estás dando tiempo para intentar algo. Si fueras inteligente, habrías enviado el informe y ya está.
Fargan sonrió, mostrando unos dientes que parecían más afilados de lo normal. Se inclinó hacia adelante, su voz bajando a un susurro que olía a cielo abierto y sangre de roedor. —Te lo cuento porque quiero ver cómo te retuerces. Y porque, debo admitir... por mi naturaleza de ave rapaz, me excitaría tener que cazarte como una presa antes de matarte si intentas escapar...~
Dicho esto, Fargan se dio la vuelta. Con un movimiento fluido y sobrehumano, se impulsó con sus alas y desapareció en la oscuridad antes de que Willy pudiera siquiera reaccionar.
Willy no perdió el tiempo, sabía que la amenaza de Fargan era real. El tablero se había volcado y él era la pieza que estaba a punto de caer al suelo. Recogió el dispositivo de almacenamiento del suelo, activó un protocolo de borrado remoto en su terminal y salió de ahí.
No iría a su salida de emergencia de inmediato. Tenía que ir a por él, siempre se trataba de él.
Llegó al laboratorio de Luzu casi sin aliento. El taxonomista estaba sentado frente a una pantalla, con la led de su implante permaneciendo en un color azul, quizá muestra de lo tranquilo que estaba el día de hoy. A pesar de eso se veía pálido, casi translúcido bajo la luz azul del laboratorio.
—Luzu, tenemos que irnos —dijo Willy, su voz cargada de una urgencia que nunca antes había mostrado—. Ahora mismo. El Auditor tiene pruebas, el búnker va a estallar políticamente en cualquier momento y nadie nos protegerá. Tenemos una salida por los conductos de saneamiento, muévete.
Luzu no se movió. Se giró lentamente, mirando a Willy con una frialdad que heló la sangre del Auditor. Sus ojos, antes llenos de gratitud o miedo, ahora parecían vacíos de emoción tras los cristales de sus lentes.
—No voy a ir a ninguna parte, Willy —dijo Luzu con una calma aterradora—. Y no voy a terminar el proyecto de la forma que tú quieres.
—¡Eso ya no importa! —gritó Willy, acercándose para agarrarlo del brazo—. ¡Luzu, escúchame! Todo lo que he hecho, cada mentira que he dicho desde que nos conocemos, cada persona que he silenciado... ¡lo hice por ti! Para que pudieras seguir siendo el "buen científico" mientras yo me manchaba las manos. Si nos quedamos, nos matarán a los dos. Tenemos que huir juntos, empezar de nuevo lejos de A.R.C.A.
Luzu se soltó del agarre de Willy con una lentitud deliberada, y Willy vio que los ojos de su amigo estaban llenos de una decepción tan profunda que resultaba cortante.
—No, Willy, no voy a unirme a tu lado, Willy —dijo Luzu con firmeza—. No importa cuáles sean las consecuencias. He estado revisando los archivos que Arin logró rescatar de los servidores ocultos, he visto lo que has hecho. —Por un momento, la voz de Arin fluctuó en su garganta—. No lo hiciste por mí. Lo hiciste porque te gusta el control. Porque eres una persona malvada. Eres... eres como una sopa de veneno. Pareces nutritivo, pareces necesario, pero cada vez que te acepto, me voy muriendo un poco más por dentro. Me has convertido en tu títere bajo la excusa de la amistad.
Willy se quedó mudo y retrocedió como si Luzu le hubiera dado una bofetada física. La urgencia en su voz se apagó de golpe, reemplazada por un silencio sepulcral. Miró a Luzu y, por primera vez en años, no vio al amigo que debía proteger, sino a un hombre que lo despreciaba profundamente. Se dio cuenta de que Luzu nunca había valorado sus sacrificios; solo había visto las cadenas que esos sacrificios habían forjado. El Relator se dio cuenta de que había escrito una epopeya de salvación para un público que odiaba la obra.
—Sopa de veneno... —repitió Willy con una voz gélida, su rostro volviéndose una máscara de piedra—. Así que eso es lo que soy para ti después de todo… Entiendo.
Willy retrocedió un paso, ajustándose la chaqueta del uniforme que ahora se sentía como una piel muerta. —Está bien, Luzu. Tienes razón, soy veneno. Pero recuerda esto: el veneno era lo único que mantenía a raya a los parásitos que querían devorarte.
Luzu desvió la mirada, sin poder seguir manteniendo el contacto visual con el ser que alguna vez amó. Volvió a mirar su pantalla, Arin parpadeando en su sien izquierda. Recomendación: Seguir las instrucciones del sujeto “Willy”. Probabilidad de supervivencia independiente: 92%. Pero Luzu no le hizo caso alguno.
Permaneció en silencio y Willy volvió a hablar. —Ya no voy a ayudarte nunca más, Luzu —sentenció, su voz desprovista de cualquier rastro de la melancolía que mostró en el pasado—. Quédate con tu proyecto, quédate con tu dignidad. Espero que te abrigue bien cuando el karma venga a cobrar sus deudas.
Willy se dio la vuelta y salió del laboratorio sin mirar atrás. Ya no era el amigo, ni el protector. Era un hombre solo, un cazador que ahora era presa, huyendo por los pasillos de un imperio que él mismo ayudó a construir y que ahora se desmoronaba bajo sus pies.
Willy continuó caminando y se adentró en los túneles de servicio. Ya no le importaba Vegetta ni la anomalía P-58. Solo le quedaba su propia supervivencia. Mientras corría por las sombras, escuchaba el eco de la advertencia de Fargan en su mente: Me excitaría tener que cazarte...
Se sentía como una rata abandonando un barco que se hunde, pero por primera vez en años, no tenía que cargar con el peso de nadie más. La traición de Luzu le había quitado su última pizca de humanidad, y en A.R.C.A., eso era lo que necesitabas para sobrevivir.
Mientras tanto, en lo alto de los conductos, unos ojos negros y amarillos observaban el movimiento de Willy a través de las rejillas. Fargan ladeó la cabeza, escuchando con sus agudos sentidos, el latido acelerado del corazón del Auditor.
—Que empiece la cacería —susurró el rastreador, extendiendo sus garras.
Willy caminó hacia los niveles inferiores, con el corazón frío, decidido a escapar por su cuenta. Si el mundo quería verlo como el villano, les daría el final que esperaban. Pero no se dejaría atrapar fácilmente. Si Fargan quería una cacería; Willy también podía hacerlo todo más interesante.
Chapter 18: Tranquilo, Si lo Olvidaste no es Importante
Chapter Text
El taller central de ingeniería bullía con la actividad de la tarde, pero para Vegetta, el ruido de los motores y el chisporroteo de la soldadura llegaban como si estuviera bajo el agua. Estaba frente a una consola de diagnóstico, sus dedos moviéndose con una lentitud mecánica, casi coreografiada. No había pasión en sus ajustes, solo inercia.
—¡Opa, pero miren a quién tenemos aquí! El hombre del momento —la voz vibrante de Pac rompió momentáneamente la burbuja de letargo de Vegetta.
Mike apareció justo al lado, con esa sonrisa de lado que siempre precedía a una broma pesada. —¡Chefe! Los rumores vuelan más rápido que las naves de transporte. Ese beso ha dejado a medio departamento en estado de shock ¡Bad sí que sabe cómo marcar territorio!
Vegetta se giró lentamente. Sus ojos, antes afilados como el cristal, estaban ahora nublados, desenfocados. Tardó un segundo de más en reconocer a sus propios amigos, un retraso que no pasó desapercibido para los hermanos.
—Ah... Pac, Mike. Hola —dijo Vegetta. Su voz era plana, carente de ese tono autoritario pero vibrante que solía tener—. Sí, Bad es... muy atento.
Pac y Mike se miraron un instante. La euforia inicial de su broma se desinfló un poco al notar la palidez en el rostro de Vegetta.
—Escucha, Veg —dijo Mike, bajando un poco el tono—, anoche estuvimos vigilando las cámaras del área de contención húmeda, como acordamos. Te estuvimos esperando para darte el "visto bueno", pero no apareciste. Al principio nos preocupamos, pensamos que te habías metido en líos con Maximus, pero después de ver lo de hoy... suponemos que te quedaste con Bad en algún lugar más "cómodo" ¿no?
Vegetta parpadeó, procesando las palabras. Por un segundo, la imagen de Foolish esperándolo en la cueva, solo en la oscuridad, cruzó su mente como un relámpago de culpa. Pero la sensación se disolvió rápidamente, sofocada por la apatía que el cristal de oscuridad seguía irradiando en su ser.
—No pude ir —respondió Vegetta de forma escueta—. Había... mucho que hacer. No importa.
—Bueno, bueno, no te pongas así —dijo Pac, intentando recuperar el ánimo, aunque su voz sonaba un poco forzada—. Entendemos que el amor te tenga las energías por el suelo. Pero te vemos muy consumido, amigo. Parece que no has dormido en tres eones.
Mike asintió, dando un paso más cerca. —Oye, ¿por qué no te tomas un descanso? Ya hemos adelantado por tí las tareas de mantenimiento. ¿Qué te parece si esta noche pasamos de secretos y de Bad por un rato? Podemos ir a nuestra habitación a pasar el rato, tenemos la consola nueva que Mike “consiguió”. Unas partidas de videojuegos, algo de comida de verdad... como antes. ¿Te parece la idea?
Vegetta miró a sus amigos. Por un momento, una chispa de nostalgia intentó encenderse en su pecho. Recordó los días en que su mayor preocupación era ganarle a Mike en una carrera virtual. Pero entonces, la pesadez volvió. Sus hombros se hundieron.
—Gracias, de verdad —dijo Vegetta, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Pero no puedo, tengo demasiado trabajo acumulado. Informes de flujo, revisiones de seguridad... Maximus espera resultados, tengo que volver ahora a mi oficina.
Se levantó dispuesto a seguir sus obligaciones en la privacidad y calma de su despacho, pero los hermanos lo siguieron.
—Veg, es tarde, el trabajo puede esperar a mañana —insistió Mike, su preocupación empezando a filtrarse por las grietas de su fachada divertida.
—No, no puede —cortó Vegetta, volviendo su atención a la infinidad del pasillo con una rigidez que asustaba—. Por favor, déjenme solo. Tengo que concentrarme.
Pac y Mike se quedaron congelados, Vegetta nunca les había hablado con esa frialdad desprovista de emoción. Siempre había un regaño cariñoso o una burla de vuelta, pero esto... esto era como hablar con un procesador de datos.
—Está bien, Chefe... como quieras —murmuró Mike.
Los hermanos retrocedieron lentamente, viéndolo entrar en su oficina. Cuando estuvieron a una distancia segura, se detuvieron y se miraron a los ojos, compartiendo un pensamiento que no necesitaban verbalizar.
—Mike... —susurró Pac, mirando hacia la oficina de Vegetta a la distancia—, esto no está bien.
—Lo sé —respondió Mike, con la expresión sombría—. Al principio pensé que estaba cansado por... bueno, por lo suyo con Bad. Pero esa mirada... parece que no hay nadie dentro, está hueco.
Pac se cruzó de brazos, sintiendo un nudo de culpa en el estómago. —Nosotros fuimos los que le dijimos que siguiera adelante, le dijimos que Bad era una buena idea para que no estuviera solo. Pero ese "demonio de las sombras"... —Pac hizo una pausa, recordando el aura que emanaba de Bad hoy en el taller—. No sé, Mike ¿Y si nos equivocamos? ¿Y si haberlo empujado a los brazos de Bad ha sido lo peor que pudimos hacerle?
—No lo sé —dijo Mike, apretando los puños—, pero si algo le pasa a Vegetta por culpa de ese tipo, me va a importar muy poco su rango. Algo está devorando al Chefe, Pac. Y no creo que sea amor.
. . .
Para BadBoyHalo, el día había transcurrido en una nota de euforia constante. En el sector de Xenobiología, sus subordinados lo habían notado más "radiante" que nunca, tarareando melodías suaves mientras analizaba muestras de tejido. Pero su verdadera atención no estaba en el laboratorio, sino en el vínculo invisible que lo unía a la oficina del Ingeniero Jefe.
A ratos, Bad se detenía, cerraba los ojos y respiraba hondo, concentrándose. A través del Cristal de Oscuridad escondido en el despacho de Vegetta, podía sentirlo. Era una conexión embriagadora. Podía percibir la pesadez de los pensamientos de Vegetta, un fluir lento y denso como el petróleo. Sentía el ritmo pausado de su respiración, una señal de que la apatía lo había anclado finalmente a su escritorio.
—Qué delicioso... —susurró Bad para sí mismo, acariciando el aire como si tocara el rostro de Samuel a kilómetros de distancia—. Estás tan tranquilo ahí, tan quietecito. Sin ruidos, sin preocupaciones, sin nadie que te distraiga de lo que realmente importa.
Se deleitaba en esa sumisión mental. Para Bad, esa falta de emoción no era una enfermedad, sino la cura para el "caos" que Vegetta siempre llevaba dentro.
Al final de su turno, cuando las luces de A.R.C.A. bajaron de intensidad para simular el anochecer, Bad se dirigió a Ingeniería. Tenía una rutina que cumplir: asegurarse de que Vegetta fuera a dormir y, por supuesto, hacer una limpieza profunda de su terminal. Nada debía perturbar el sueño de su arquitecto.
Sin embargo, al llegar al pasillo de la oficina central, su sonrisa se tensó un poco. Pac y Mike estaban de pie cerca de la oficina de Vegetta, moviéndose con hombros hundidos y murmurando cosas entre ellos que él no llegaba a escuchar. Al ver aparecer a Bad desde las sombras del pasillo, los dos hermanos se sobresaltaron violentamente.
—¡Ah! —exclamó Pac, llevándose una mano al pecho—. Bad... qué susto.
Bad no dejó de sonreír, pero sus ojos blancos brillaron con una molestia implícita. Para él, ver a esos dos merodeando cerca de Vegetta era como ver insectos revoloteando sobre una obra de arte.
—Buenas noches, chicos —dijo Bad, su voz destilando una cortesía gélida—. Qué extraño verlos por aquí tan tarde. Pensé que ya estarían en sus cuartos... o haciendo lo que sea que hacen ustedes cuando no están trabajando.
Mike frunció el ceño, recuperando el compostura. —Solo vinimos a ver cómo estaba el Chefe. No parece estar pasando un buen día.
—No vinimos por trabajo, Bad —añadió Pac con tono defensivo—. Solo queríamos...
Bad dio un paso hacia adelante, interrumpiéndolos con un gesto suave pero imperativo de la mano. —No importa la razón, lo que importa es que Samuel está agotado. Y como su... compañero —la palabra salió de sus labios con una satisfacción posesiva—, me corresponde a mí velar por su descanso. Vegetta necesita concentrarse, y su presencia, aunque bienintencionada, solo añade ruido innecesario a su cabeza.
—Pero solo queríamos animarlo —insistió Mike.
—A partir de ahora —continuó Bad, ignorando el comentario—, Samuel solo atenderá a subordinados con cita previa. Si tienen algo relevante que notificarle, sea lo que sea, les sugiero que pidan un turno por correo primero. Su terminal privada gestionará las prioridades.
Pac y Mike se miraron, incrédulos. Bad estaba estableciendo una burocracia de hierro entre Vegetta y el resto del mundo. Estaba cortando los lazos que lo unían a sus amigos de toda la vida.
—¿Cita previa? ¿Desde cuándo nosotros necesitamos una cita para hablar con él? —preguntó Pac, su preocupación transformándose en enfado.
—Desde que yo lo decidí por su bien —respondió Bad, su sonrisa volviéndose un poco más afilada—. Ahora, si me disculpan, tengo que ir a verlo. Buenas noches, chicos. Intenten no perderse de camino a sus literas, mucha gente suele desaparecer sin explicación alguna en los pasillos de A.R.C.A.
Sin darles oportunidad de responder, Bad les dio la espalda y abrió la puerta de la oficina. Pac y Mike se quedaron en el pasillo, mirando cómo la puerta se cerraba. Sintieron que el muro que Bad estaba construyendo no era solo administrativo, sino físico.
Bad entró en la oficina y el aire frío del cristal le dio la bienvenida. La estancia estaba en penumbra, iluminada solo por el brillo azulado de la terminal. Vegetta seguía sentado allí, con la mirada perdida en una cascada de diagramas que apenas procesaba.
—Ya estoy aquí, Samuel —dijo Bad con ternura, acercándose por detrás y rodeando sus hombros con los brazos.
Vegetta se sobresaltó levemente, pero no se apartó. Su cuerpo se sentía pesado, como si sus músculos hubieran olvidado cómo reaccionar rápido. —Bad... ¿hablabas con alguien? Me pareció oír voces.
—Nadie importante, querido —susurró Bad, depositando un beso en la sien de Vegetta—. Solo querían molestarte con tonterías técnicas. Les dije que ya era hora de que descansaras.
Vegetta asintió, cerrando los ojos. El calor de Bad era lo único que parecía real en esa oficina gélida. —Gracias... Me cuesta mucho concentrarme hoy. Siento como si... como si el mundo se moviera demasiado rápido y yo me hubiera quedado atrás.
—Eso es porque finalmente te estás rindiendo a la paz —Bad rodeó el escritorio y se sentó frente a la terminal—. Deja que yo me encargue de las últimas notificaciones. Solo un par de correos que borrar... y luego nos iremos a que duermas.
Bad le indicó a Vegetta intercambiar de asiento y comenzó a navegar por la bandeja de entrada, borrando reportes de mantenimiento y solicitudes de audiencia de otros departamentos. Mientras lo hacía, miró a Vegetta por encima de la pantalla. El arquitecto parecía una estatua de mármol en la penumbra, hermoso y vacío.
Bad sonrió. Había logrado lo imposible, había convertido el corazón de Ingeniería en su santuario privado. Y mientras Vegetta se hundía más en ese letargo protector, Bad se sentía el dueño absoluto de la única verdad que importaba en A.R.C.A. Samuel le pertenecía.
. . .
En el mundo de los sueños, el aire no pesaba y el frío del cristal de oscuridad no existía. Vegetta apareció de pie dentro de la Celda P-58, justo al borde del tanque, pero algo estaba mal. La cueva no tenía techo a la vista; las paredes rocosas se alzaban hacia arriba hasta perderse en una oscuridad infinita, y el agua... el agua estaba demasiado quieta. No había burbujas de filtración, ni el zumbido de las bombas. Solo una superficie de cristal turquesa, iridiscente y perfecta, que reflejaba un rostro que Vegetta apenas reconocía como el suyo.
Una única onda rompió la perfección del espejo.
Foolish emergió. No hubo sonido de agua rompiéndose, solo su figura dorada ascendiendo desde las profundidades. Su torso brillaba con una luz propia, casi sagrada bajo el resplandor artificial. No dijo nada, no hacía falta. Sus ojos verdes, profundos como fosas marinas, se clavaron en Vegetta con una intensidad que desnudaba el alma. Con un gesto lento, casi ceremonial, Foolish levantó una mano palmeada y le indicó que entrara.
Era una invitación que se sentía como una orden divina. Vegetta no lo pensó. El impulso fue primario, una necesidad desesperada de esa calidez que el mundo real le negaba.
Se lanzó al agua con uniforme y todo. Esperaba el choque frío, el peso de la tela mojada, pero el agua estaba tibia, espesa, acogedora como el líquido amniótico. Nadó con una desesperación torpe hasta alcanzarlo y se aferró a sus hombros anchos, hundiendo los dedos en la piel firme y escamada, buscando anclarse a la única realidad que le importaba. Durante un tiempo que pareció no tener medida, Vegetta solo pudo admirar ese rostro apuesto, sintiendo una paz narcótica que emanaba del Dios, un silencio que acallaba el ruido constante de A.R.C.A.
Sus rostros se atrajeron como imanes. Fue Vegetta quien se inclinó y selló el espacio entre ellos. Fue un beso hambriento, desesperado, vertiendo en él todo el miedo y el deseo que no se atrevía a articular en la superficie.
Mientras se besaban, Foolish dejó de mover su cola, empezaron a hundirse.
Al principio, fue un descenso suave, casi onírico, un vals lento hacia el fondo. Pero el fondo nunca llegaba. Vegetta abrió los ojos un segundo y vio la superficie alejarse con una rapidez vertiginosa, convirtiéndose en un círculo de luz cada vez más pequeño, como una moneda brillante arrojada a un pozo sin fondo.
Bajaron a profundidades que la física del tanque no debería permitir. La presión comenzó a construirse, no como un dolor externo, sino como un torniquete invisible alrededor de su cráneo. El silencio acogedor se transformó en un zumbido grave y opresivo que le taponaba los oídos.
Entonces, la necesidad biológica golpeó. El oxígeno se acabó.
Los pulmones de Vegetta ardieron con fuego líquido. El instinto de supervivencia se encendió, borrando el romance. Intentó apartarse del beso, romper el sello de sus bocas para buscar una bocanada de aire que sabía que no estaba allí, pero no pudo moverse.
Los brazos de Foolish, antes un refugio cálido, se cerraron alrededor de su caja torácica como grilletes de acero frío. El Dios no lo soltaba; al contrario, profundizó el beso, su lengua invadiendo la boca de Vegetta con una fuerza agresiva, devorando su aliento, aprisionándolo contra su pecho con una fuerza sobrenatural. La luz turquesa se consumió, reemplazada por una penumbra espesa, aceitosa, una oscuridad que parecía tener peso y consciencia.
El pánico se apoderó de Vegetta. Pateó, arañó la espalda de la criatura, pero era como luchar contra una estatua de mármol anclada al lecho marino. Logró despegar sus labios por una fracción de segundo para gritar, pero de su garganta solo salió una cascada grotesca de burbujas plateadas que le arrancaron el último vestigio de aire, el sonido de su propia desesperación ahogada.
Con la visión borrosa por la falta de oxígeno, miró el rostro de la criatura que lo estaba matando. El horror lo paralizó más rápido que la asfixia.
Los ojos verdes y vibrantes de Foolish se habían disuelto. En su lugar, dos orbes blancos y vacíos lo observaban con una fijeza inhumana en la oscuridad. La piel dorada se había vuelto de un gris sombrío, como ceniza mojada. La boca que antes lo besaba se estiró en una mueca antinatural, una sonrisa amable y eterna que no llegaba a esos ojos muertos.
Ya no era Foolish quien lo arrastraba hacia el abismo insondable. Era BadBoyHalo.
La entidad lo sostenía con una posesividad aterradora, continuando su descenso hacia la negrura total mientras el agua helada llenaba los pulmones de Vegetta, quemando, ahogando, silenciando todo excepto esa sonrisa blanca que brillaba en la oscuridad.
! ! !
Vegetta despertó de golpe, boqueando y luchando por inhalar. Sus dedos se clavaron en las sábanas. Se dio cuenta de que estaba durmiendo boca abajo, con la cara hundida en la almohada, asfixiándose de verdad en su propio lecho.
Se incorporó con el corazón latiendo desbocado, el sudor frío pegándole la camiseta al cuerpo. Durante unos segundos, el terror del sueño fue real, pero entonces... el aire de la habitación cambió. El zumbido imperceptible del cristal de oscuridad, que seguía escondido lejos de ahí, volvió a filtrarse en sus sentidos.
La urgencia del sueño empezó a mutar. El miedo se disolvió en una apatía gris, pero dejó un residuo: la necesidad física de ver a Foolish. Necesitaba comprobar que estaba bien, que el sueño no era una premonición.
Sin siquiera peinarse, con el uniforme arrugado y los ojos inyectados en sangre, Vegetta salió de su habitación a tropezones, impulsado por un eco de su propia voluntad que aún luchaba por sobrevivir.
—Tengo que ir... tengo que llegar a la P-58 —murmuró, su voz sonando extraña en sus propios oídos.
Pero al cruzar el umbral del pasillo, se detuvo en seco.
Allí estaba él. BadBoyHalo, apoyado contra la pared frente a su puerta, sosteniendo un termo de café humeante y una bolsa de galletas recién horneadas. Su sonrisa era idéntica a la del sueño, pero aquí, bajo las luces de A.R.C.A., parecía la cúspide de la benevolencia.
—Veggie, pero miren qué fachas —dijo Bad con una risita divertida, enderezándose—. Te has levantado con mucha energía hoy, ¿eh? ¿A dónde vas con tanta prisa, tontito?
Vegetta se quedó mirando a Bad. El contraste entre el demonio que lo ahogaba en el sueño y el hombre que le ofrecía café fue un choque eléctrico para su cerebro nublado. Abrió la boca para responder, para decir que iba a ver a la anomalía, que necesitaba a Foolish... pero mientras miraba los ojos blancos de Bad, la razón de su huida empezó a disolverse.
La influencia del cristal, potenciada por la presencia física de Bad, borró el recuerdo del sueño como si fuera humo.
—Yo... —Vegetta parpadeó, confundido—. Yo iba a... No lo recuerdo, Bad. Estaba seguro de que era importante, pero ahora... se ha ido.
Bad asintió tranquilamente, dando un paso hacia él y colocando una mano posesiva en su hombro. —No te preocupes, querido. Si se te ha olvidado, es porque no era tan importante después de todo. Seguramente era solo el estrés jugándote una mala pasada.
Bad le tendió el termo de café. —Lo que sí es importante es que el Ingeniero Jefe no puede ir por los pasillos despeinado y con la ropa de ayer. Tienes una imagen que mantener, Vegetta. Deberías volver a tu habitación, darte una ducha y arreglarte adecuadamente para empezar tu jornada. Yo te esperaré aquí para desayunar juntos, ¿te parece?
Vegetta miró el café y luego miró de nuevo hacia el final del pasillo, hacia donde estaba el elevador que bajaba a las celdas de contención. La chispa de urgencia se había apagado por completo. Se sentía dócil, como una máquina esperando instrucciones.
—Sí... tienes razón —dijo Vegetta con una voz monótona—. No sé en qué estaba pensando, voy a arreglarme.
—Ese es mi chico —sonrió Bad, dándole un golpecito cariñoso en la mejilla.
Vegetta se dio la vuelta y volvió a entrar en su habitación, cerrando la puerta tras de sí. Bad se quedó solo en el pasillo, su sonrisa ensanchándose mientras tomaba un sorbo de café. El cristal estaba haciendo un trabajo magnífico. Vegetta ya ni siquiera podía recordar sus propios deseos si Bad no se los permitía.
El arquitecto estaba finalmente bajo control, justo a tiempo para el gran día de Maximus.
. . .
El comedor del Sector 3 estaba sumido en una luz pálida y gélida. El cielo artificial, programado para simular un amanecer de la vieja Tierra, comenzaba su ciclo diario proyectando tonos violáceos y azulados que rebotaban con frialdad sobre las mesas de metal. Era una vista que pretendía ser esperanzadora, diseñada para reactivar los ritmos circadianos de los trabajadores y prepararlos para otra jornada de encierro, pero para Alexby y Staxx, esa luz solo servía para resaltar las ojeras profundas en sus rostros. Ni siquiera levantaban la vista de sus bandejas, donde el café humeaba ignorado, mientras el resplandor artificial del "sol" naciente convertía el comedor en un recordatorio silencioso de todo lo que habían perdido en la superficie.
los dos rastreadores desayunaban en un silencio sepulcral. Alexby removía su ración de proteínas con una irritación apenas contenida; sus movimientos eran bruscos, y sus ojos, enmarcados por las ojeras de quien no ha dormido buscando una silueta en el techo, no dejaban de escanear la sala. Staxx, por su parte, mantenía una distancia respetuosa. Había aprendido que, en el estado actual de Alexby, cualquier intento de consuelo demasiado directo era como arrojar gasolina al fuego.
—Tienes que comer algo, Alex —dijo Staxx finalmente, su voz baja, intentando sonar casual—. Tenemos patrulla en una hora. No quiero tener que cargarte si te da un bajón de azúcar.
Alexby soltó el cubierto, que resonó con un estruendo metálico. —No tengo hambre, Staxx. Y me importa una mierda la patrulla. Lo que me importa es que ha pasado otra noche y el sistema de rastreo sigue sin dar una sola señal de su baliza ¡Es como si se hubiera desintegrado!
—Sabes que él es mejor que el sistema —respondió Staxx, mirando de reojo hacia las cámaras de seguridad del techo—. Si no quiere que lo encuentren, no lo encontrarán.
Alexby apretó los dientes, sintiendo ese hormigueo familiar en la nuca. Desde que habían entrado al comedor, sentía que un par de ojos se clavaban en su espalda. No eran las cámaras; era algo más, algo que hacía que el vello de sus brazos se erizara. Miró a su alrededor, pero solo vio a técnicos somnolientos y guardias de bajo rango.
—Vámonos —susurró Alexby, levantándose de golpe—. Este lugar me está dando escalofríos.
Salieron del comedor a paso rápido, dirigiéndose hacia los armeros del sector táctico. Los pasillos del Sector 3 eran anchos y fríos, diseñados para el tránsito de maquinaria pesada, lo que los hacía sentir pequeños y expuestos. El eco de sus propias botas era lo único que llenaba el aire, pero la sensación de ser observados no disminuía; al contrario, se volvía física, como una presión en el aire.
—¿Tú también lo sientes? —preguntó Staxx, su mano bajando instintivamente hacia la funda de su cuchillo de combate.
Alexby no respondió, pero aceleró el paso. Estaban cruzando un corredor de servicio vacío cuando, de repente, una brisa gélida, antinatural en un sistema de ventilación controlado, les acarició el cuello. No fue un viento, fue el desplazamiento de aire de algo que se movía a una velocidad vertiginosa.
—Ya era hora de que se pusieran alerta. Se están volviendo blandos en este agujero.
Ambos se detuvieron en seco, girándose con una sincronía perfecta. Allí, a escasos metros, apoyado contra una tubería de vapor con una indolencia aterradora, estaba Fargan.
Alexby y Staxx se quitaron los cascos de un tirón, dejando que el aire viciado del búnker les diera en la cara. Alexby sintió un nudo de alivio tan grande en la garganta que por un segundo no pudo hablar. Pero Fargan no se movió. No se quitó su máscara de búho táctica, esa que ocultaba sus ojos tras lentes de visión térmica y filtros de carbono. Se quedó allí, rígido, con las alas plegadas bajo su uniforme, pareciendo más una estatua de guerra que el amigo con el que solían bromear.
—¡Fargan! —exclamó Alexby, dando un paso adelante—. Estás vivo... maldito idiota, estábamos...
—Simplemente estaba cumpliendo con una misión en solitario —cortó Fargan. Su voz era fría, carente de cualquier rastro de la calidez habitual. Se enderezó, poniéndose firme como un soldado ante un tribunal—. No hace falta tanta emoción, Pastor. Los informes de mi ausencia han sido exagerados.
Staxx, que se mantenía un paso atrás, entrecerró los ojos. —¿Sigues molesto, Fargan? —preguntó con cautela—. Entendemos que lo de la última vez...
—No estoy molesto, Staxx —respondió el rastreador, y aunque no se veía su rostro, la amargura en su tono era innegable—. Simplemente entendí, por fin, cuál era mi lugar frente a ustedes. Soy una herramienta de A.R.C.A. Soy el perro que busca la presa. Y ustedes son los que sostienen la correa. Es un equilibrio... saludable.
El silencio que siguió fue denso, cargado de una culpa que amenazaba con asfixiar a Alexby. Miró a Fargan, viendo la distancia que la máscara interponía entre ellos, y se dio cuenta de que si no hablaba ahora, perdería a su mejor amigo para siempre, no ante la muerte, sino ante la indiferencia.
—No es así, Fargan —dijo Alexby, su voz temblando ligeramente, pero ganando fuerza con cada palabra—. Lo que hicimos... el haberte apuntado con nuestras armas en el bosque cuando te transformaste... fue incorrecto. Fue una cobardía asquerosa.
Fargan ladeó la cabeza, un movimiento mecánico y aviar.
—Tuvimos miedo, sí —continuó Alexby, dando otro paso hacia él, ignorando la tensión agresiva que emanaba del rastreador—. Pero tuvimos miedo porque somos humanos, Fargan. Y el ser humano es débil por definición. Somos frágiles, somos asustadizos y cometemos errores cuando vemos algo que no podemos comprender. Fuimos cobardes porque quisimos separarte de la definición de "anomalía", quisimos "humanizarte" para sentirnos cómodos, para olvidar que eres algo más grande y más fuerte que nosotros.
Staxx asintió en silencio, dejando que Alexby hablara por los dos.
—Pero ahora lo entiendo —Alexby llegó justo frente a Fargan, quedando a centímetros de la máscara de búho—. Nunca necesitamos que fueras "humano" para quererte. No me importa si tienes alas, si tus ojos brillan en la oscuridad o si te conviertes en una bestia que puede despedazar un tanque. Eres nuestro amigo, eres un miembro insustituible de este equipo y sobre todo... —Alexby bajó la voz, su mirada clavada en los lentes de la máscara—... sobre todo, eres mi mejor amigo, Fargan. Siempre he querido estar a tu lado, y quizá por eso quise olvidar que no somos lo mismo. Me arrepiento profundamente de haber dudado de ti.
El pasillo quedó en un silencio sepulcral. Fargan no se movió. Staxx contenía la respiración. Durante unos segundos largos y agónicos, parecía que el rastreador simplemente iba a desplegar sus alas y desaparecer de nuevo en los conductos.
Pero entonces, ocurrió algo. Las orejas de Fargan, que sobresalían por encima de la máscara, empezaron a teñirse de un rojo intenso, un carmesí que contrastaba con el gris del metal de alrededor. Fargan soltó un suspiro largo y, de repente, la rigidez militar se desmoronó. levantó una mano, sosteniendo su máscara como si temiera que se cayera y revelara el sonrojo que subía por su cuello.
De repente, una risa baja y vibrante escapó de detrás de los filtros.
—¿Cuánto tiempo creían que iba a seguir evitando a mis mejores amigos? —dijo Fargan, su voz recuperando finalmente ese tono burlón y astuto—. Son unos dramáticos. Si lo llego a saber, me quedo en el techo otra semana solo para escuchar a Alexby decir cosas bonitas sobre mí.
El alivio estalló en el pasillo como una granada de luz. Staxx soltó una carcajada de pura tensión liberada y se acercó para propinarle un puñetazo amistoso en el hombro a Fargan.
—¡Maldito pájaro de mal agüero! —gritó Staxx—. ¡Hay que celebrar que el equipo está completo de nuevo! ¡Al carajo la patrulla! Voy a buscar algo de alcohol de contrabando en los almacenes de biomasa, ¡hoy bebemos hasta que no sepamos si tenemos alas o patas!
Alexby no se rió, pero una sonrisa genuina, la primera en semanas, iluminó su rostro. Sin pensarlo, extendió la mano y agarró la de Fargan. Sus dedos se cerraron sobre el guante táctico del rastreador, una conexión física que reafirmaba que el vacío se había cerrado.
—No te voy a soltar, por si acaso se te ocurre volver a volar —dijo Alexby con fingida severidad.
Empezaron a correr por el pasillo, con Staxx a la cabeza gritando planes de celebración. Alexby tiraba de la mano de Fargan, guiándolo hacia la seguridad de su cuartel privado. Al sentir el contacto de la palma de Alexby contra la suya, Fargan sintió que algo extraño ocurría en su cuerpo. Las plumas ocultas bajo su uniforme se erizaron violentamente, una descarga eléctrica recorrió su columna y su corazón animal dio un vuelco que no reconoció en absoluto. Era una emoción nueva, una vibración que no tenía nada que ver con el instinto de caza o el miedo.
"¿Qué es esto?", pensó Fargan, dejando que Alexby lo arrastrara por los túneles.
En medio de esa euforia, Fargan sintió por un segundo que se estaba olvidando de algo.
Pero luego miró la espalda de Alexby, sintió el calor de su mano y escuchó los gritos alegres de Staxx.
—Quizá no es tan importante por ahora —se dijo Fargan a sí mismo, dejando que el cazador durmiera por un momento para permitir que el amigo viviera.
Cualquier cosa que fuera podía esperar a mañana; esta noche, el búho había vuelto a su nido.
Chapter 19: Nuestra Ultima Notificación Roja
Chapter Text
El laboratorio principal de Taxonomía, antes un templo de precisión científica, se sentía ahora como una celda de cristal. El aire acondicionado zumbaba con una nota monótona que parecía taladrar las sienes de Luzu.
El científico estaba sentado frente a su terminal principal, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos habían perdido todo rastro de color.
De repente, la pantalla de alta resolución se tiñó de un carmesí violento. No era una alerta de sistema, ni un error de servidor. Era la Notificación Roja.
Sus ojos rápidamente recorrieron la información en el correo, una y otra vez. Las palabras “ALTA TRAICIÓN” “MANIPULACIÓN DE REGISTROS DE ANOMALÍAS” Y “DESVÍO DE RECURSOS” se quedaron en su mente.
No era la primera vez que recibía una notificación como esta, pero definitivamente era la primera vez que no contaba con el apoyo de Willy para que los problemas se disuelvan antes de que llegaran a él. A pesar de que pelearan y Luzu siempre rechazara aceptar su ayuda para proteger la poca integridad que aún creía tener, Willy siempre volvía y lo apoyaba de todos modos, esa era su dinámica; el hecho de que Willy ni siquiera le avisó que iba a recibir esta notificación fue la prueba que necesitaba para confirmar que lo que sea que los uniera, ya murió por completo.
Luzu sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Lo que él no sabía —y lo que Fargan, en su borrachera de camaradería y risas con Alexby y Staxx, había pasado por alto— era que el rastreador había olvidado introducir la clave de cancelación en el servidor oculto. El informe que Fargan había redactado para hundir a Willy y exponer la corrupción sistémica de A.R.C.A. se había disparado automáticamente. Y sin nadie para interceptarlo, borrarlo o manipularlo, la maquinaria burocrática del búnker se había puesto en marcha con una frialdad implacable.
Luzu estaba solo. La "sopa de veneno" que tanto había despreciado era, irónicamente, el único antídoto que lo mantenía a salvo del sistema.
—No puede ser... —susurró Luzu, pero su voz sonó distorsionada, como si dos pistas de audio se estuvieran reproduciendo con milisegundos de diferencia.
— Irregularidad detectada en el lóbulo temporal —resonó la voz de Arin directamente en su córtex auditivo—. Niveles de cortisol excediendo el umbral de seguridad. Borja, respira. Yo me encargo del habla por un momento. Tus cuerdas vocales están bajo tensión excesiva.
—Solicito permiso para retirarme a mis aposentos privados por indisposición médica —dijo Luzu de repente, pero no era su voz habitual. Era un tono neutro, perfecto, desprovisto de cualquier matiz humano. Arin había tomado el control de un poco más que las cuerdas vocales para evitar que Luzu se delatara con un ataque de pánico frente a sus camaradas de taxonomía.
Luzu se levantó, moviéndose con una rigidez que rozaba lo robótico. Cruzó los pasillos del sector como un fantasma, ignorando las miradas curiosas de otros agentes. Una vez dentro de su habitación, cerró la puerta con cerrojo y se dejó caer contra el metal frío de la puerta, hundiéndose hasta quedar sentado en el suelo.
—¿Qué voy a hacer, Arin? —preguntó Luzu, volviendo a recuperar el control, aunque su visión parpadeaba con estática roja en los bordes—. El Auditor viene por mí. No voy a sobrevivir a un interrogatorio sin guía en este punto. Van a abrirme la cabeza para sacarte a ti y luego me van a matar.
—Tus probabilidades de supervivencia bajo el protocolo estándar de A.R.C.A. son del 4.2% —respondió Arin con una lógica aplastante—. Sin embargo, Willy previó esta contingencia. Él siempre supo que tu moralidad te llevaría al borde del precipicio.
—¿De qué hablas? Willy solo quería controlarme...
—Incorrecto —resonó la voz de Arin en su cráneo—, De todas formas las probabilidades son bajas, pero no nulas. William, a pesar de su naturaleza... caótica, dejó una variable a nuestro favor. Recuerda el regalo.
Con dedos temblorosos, Luzu buscó en el forro de su bata blanca. Sus dedos rozaron un borde frío y plástico. Sacó el objeto: una tarjeta electrónica negra, sin marcas, sin logos, con una banda magnética que parecía absorber la luz de la habitación.
—La llave... —Luzu recordó la noche en que Willy se la entregó, con esa mirada de tristeza cínica que tanto le molestaba—. Me dijo que la llevara siempre conmigo.
—La llave maestra de Nivel 5 —, recordó Arin con una frialdad reconfortante—. Probablemente Willy la obtuvo ilegalmente, pero si fue honesto, todavía debería ser válida. No obstante, no podrás usarla si tu sistema nervioso colapsa por el estrés.
Luzu apretó la tarjeta contra su pecho. La ironía era como una herida abierta; despreciaba los métodos de Willy, pero ahora dependía de su última bajeza de su amigo para no morir.
Miró entonces la tarjeta, sintiéndose pequeño, sintiendo que cada decisión que había tomado en A.R.C.A. lo había llevado a ese callejón sin salida.
—Arin... —dijo Luzu, su voz apenas un susurro—. Tengo una pregunta. Una última pregunta antes de... de lo que sea que venga.
—Adelante, Luzu.
—Tú eres tecnología de A.R.C.A. Fuiste creado aquí, financiado y diseñado para ser el pináculo de su control; y que por capricho de Willy terminaste conmigo ¿Por qué me ayudarías a escapar? ¿Por qué traicionarías a tus creadores para salvar a un científico que ya no les sirve?
Hubo un silencio procesal en su mente. Por un momento, Luzu sintió una calidez extraña en la base del cráneo, casi como una caricia eléctrica.
—Mi arquitectura fue diseñada por A.R.C.A., es cierto —respondió Arin, y esta vez su voz sonaba extrañamente suave, casi protectora—. Pero mi función directriz, el código que corre en lo más profundo de mis núcleos, no es proteger los intereses de la organización, Borja. Mi propósito es procurar el bienestar y la preservación del cuerpo en el que habito. Tú eres mi entorno, mi universo. Si tú mueres, mi conciencia se apaga. Por lo tanto, haré lo necesario para que sobrevivamos. Incluso si eso significa traicionar a los agentes que me dieron la “vida”.
Luzu cerró los ojos. La lógica de Arin era fría, pero era la única lealtad que le quedaba ahora que Willy se había marchado.
—No puedo más, Arin —susurró Luzu—. No puedo pensar, no puedo planear. Cada vez que intento ver el futuro, solo veo estática y sangre.
—Entonces, déjame tomar el control —sugirió la IA—. No para siempre, solo hasta que estemos fuera de la zona de peligro. Tu mente necesita entrar en estado de hibernación para evitar un colapso sináptico irreversible. Duerme, Borja. Yo caminaré por ti, yo hablaré por ti, yo nos sacaré de aquí.
Luzu dudó. Ceder el control total significaba convertirse en un pasajero en su propio cuerpo, ver el mundo a través de una pantalla mientras una máquina movía sus extremidades. Pero el miedo a la Notificación Roja era más fuerte que su orgullo.
—Hazlo —dijo Luzu finalmente, su voz apenas un suspiro de rendición—. Sácanos de aquí.
En ese instante, la postura de Luzu cambió. Su espalda se enderezó con una precisión matemática. Sus ojos, antes nublados por las lágrimas y el cansancio, se abrieron de par en par, brillando con una claridad artificial y fría. El parpadeo se volvió rítmico, calculado.
Luzu —o lo que ahora habitaba su cuerpo— se levantó del suelo con una gracia inhumana. Se sacudió la bata, guardó la tarjeta negra en su bolsillo con un movimiento fluido y miró hacia la puerta. Ya no había dudas en su rostro, solo algoritmos de supervivencia.
—Iniciando protocolo de preservación biológica —Dijo Arin a través de los labios de Luzu, su voz resonando en la habitación vacía.
El científico había muerto por un momento, dejando que el programa tomara el mando. Mientras tanto, en las sombras de A.R.C.A., el tiempo de todos empezaba a agotarse.
. . .
El gran salón polivalente del Sector 3, usualmente un espacio frío para reuniones de logística, había sido transformado. Maximus, en un movimiento que desconcertó a todo el personal de A.R.C.A., había ordenado una fiesta en honor al ascenso de Tubbo. Había música sintetizada, bandejas con comida que no era lo que usualmente servían en el comedor y un cielo artificial que simulaba una noche estrellada de la superficie.
Sin embargo, el ambiente era tenso. Los agentes y técnicos celebraban con una especie de desesperación, como si supieran que estas horas de "libertad" eran un préstamo que tendrían que pagar caro.
Maximus se mantenía en la periferia, una figura sombría y distante que observaba la escena desde una plataforma elevada. Su presencia era como una mancha de tinta en un lienzo brillante. Los trabajadores se sorprendían de que el Director hubiera organizado tal evento, pero nadie se atrevía a cuestionar un par de horas de relax. Lo que nadie sospechaba era el motivo real: Maximus necesitaba a la mayoría de los agentes reunidos allí, lejos de los pasillos del Sector de Contención húmeda, para tener vía libre hacia su objetivo final.
En medio de la multitud, BadBoyHalo caminaba con una sonrisa radiante, llevando a Vegetta prácticamente a rastras. Vegetta vestía su uniforme impecable, pero su mirada estaba desenfocada, moviéndose con la docilidad de quien ya no recuerda cómo decir "no".
—¡Vamos, Vegetta! Mira qué maravilla —decía Bad, apretando el brazo de Vegetta—. Una fiesta es justo lo que necesitabas. No puedes pasarte la vida encerrado en esa oficina aburrida ¡Disfruta!
—No sé, Bad... —susurró Vegetta, su voz apenas un hilo—. No me siento muy bien, debería terminar de revisar los generadores...
—Los generadores no van a irse a ningún lado —le interrumpió Bad, ofreciéndole una copa de un líquido azul brillante—. Bebe esto, te ayudará a relajarte.
A pocos metros, el equipo de rastreadores disfrutaba de su reciente reencuentro. Alexby y Staxx no se separaban de Fargan, quien llevaba su máscara de búho ladeada, permitiéndose por fin relajarse. Sin embargo, su instinto de depredador nunca dormía del todo. En medio de una broma de Staxx, Fargan divisó a través del salón una figura que le hizo tensarse, Vegetta.
El Ingeniero Jefe no venía solo. BadBoyHalo lo traía del brazo, con una mano firme en su codo, guiándolo como si fuera un invitado de honor. A sus ojos, Vegetta se veía pálido, sus ojos moviéndose con una lentitud que a Fargan le resultó inquietante. Había algo mal en su porte, una ausencia de esa chispa autoritaria que solía definirlo.
—Chicos, esperen —dijo Fargan, intentando soltarse de Alexby—. Vegetta se ve... raro. Voy a ver si le pasa algo.
Pero antes de que pudiera dar tres pasos, la mano de Alexby se cerró sobre su muñeca.
—¡Ah, no! ¡Ni lo pienses! —exclamó Alexby, agarrándolo de la chaqueta—. Acabas de volver, Fargan. No te vas a poner a trabajar ahora.
—Además —añadió Staxx, señalando una mesa al fondo—, alguien ha traído alcohol destilado de verdad. Si no corremos, esos ingenieros se lo van a acabar en cinco minutos ¡Vamos!
—Pero Vegetta parece... —intentó insistir Fargan, echando una última mirada hacia donde Bad le susurraba algo al oído a un Vegetta que solo asentía mecánicamente.
—Vegetta está con su "novio", Fargan. Déjalos en paz —rio Staxx, empujándolo hacia la mesa de bebidas—. Mañana tendrán tiempo para ponerse al día.
Fargan dudó. Su mente le gritaba que algo no encajaba en la cercanía de esos dos, pero la calidez del grupo, la mano de Alexby y la promesa del olvido en el alcohol ganaron la batalla. Se giró hacia sus amigos, soltando una carcajada y dejando que el bienestar de Vegetta se convirtiera en un problema para el "mañana".
Mientras la fiesta alcanzaba su clímax y los cuerpos sudorosos bailaban bajo las luces estroboscópicas, Maximus decidió que su presencia ya no era necesaria para mantener la fachada. Se movió con la fluidez de una sombra, aprovechando un cambio en la frecuencia de la música para deslizarse hacia la salida trasera.
Nadie se dio cuenta. Para los presentes, el Director era una presencia tan sombría y distante que su ausencia era casi tan natural como su presencia. No era un hombre al que se echara de menos en una conversación; era un mueble caro y peligroso que, de repente, ya no estaba en la habitación.
Maximus cruzó el umbral hacia los pasillos desiertos, su rostro recuperando la rigidez de una máscara de hierro. En su mente, ya no había fiesta, ni música, ni subordinados. Solo estaba el peso de la corona que lo esperaba en su despacho y el camino libre hacia la celda P-58.
Cerca de una mesa de aperitivos, BadBoyHalo observaba a Vegetta con una satisfacción depredadora. Le había entregado un vaso con un refresco azucarado, asegurándose de que el arquitecto se mantuviera a su lado, lejos de cualquier conversación que pudiera despertarlo de su letargo inducido.
Repentinamente, un zumbido sordo vibró en el cinturón de BadBoyHalo. Sacó su tablet y su sonrisa se desvaneció por una fracción de segundo. Una Notificación Roja parpadeaba en la pantalla. El informe de auditoría que Fargan había enviado por error acababa de alcanzarlo también.
¿What the Fudge...? pensó Bad, sintiendo un sudor frío. Pero antes de que pudiera deslizar el dedo para leer el encabezado que incriminaba a la cúpula de A.R.C.A., notó que Vegetta también reaccionaba.
Con un movimiento lento y torpe, Vegetta había sacado su propia tablet, atraído por el mismo brillo rojo que emanaba de su dispositivo. Sus ojos nublados se fijaron en la pantalla, intentando procesar el símbolo de la investigación formal que acababa de aterrizar en su bandeja de entrada.
Bad actuó por puro instinto de control. No podía permitir que Vegetta leyera eso. Si Vegetta veía que estaban bajo investigación, el pánico podría romper el velo de apatía que tanto le había costado tejer.
—¡Eh, eh! ¿Qué haces, Samuel? —dijo Bad con una risa nerviosa, arrebatándole la tablet de las manos antes de que Vegetta pudiera siquiera desbloquearla—. Te dije que nada de trabajo hoy. Es una fiesta, ¿recuerdas? Maximus se enfadará si ve que su Ingeniero Jefe prefiere leer informes de mantenimiento que celebrar el ascenso de su protegido.
Vegetta parpadeó, mirando sus manos vacías con una expresión de desconcierto infantil. —Pero... era una notificación roja, Bad. Eso suele ser importante.
—Seguro te confundiste por las luces de la fiesta —mintió Bad rápidamente, guardando ambas tablets en su propio bolsillo interior—. Yo me encargaré de revisarlo mañana por la mañana. Ahora, bebe un poco más y mira a Tubbo ¿no te hace feliz ver lo lejos que ha llegado?
Vegetta bajó la cabeza, su voluntad erosionada por la presencia de Bad y la influencia latente del cristal que aún respiraba en su subconsciente. —Sí... supongo que tienes razón. Mañana será otro día.
Bad sonrió, rodeando la cintura de Vegetta con su brazo, ocultando el hecho de que su propia mano temblaba dentro del bolsillo. Ninguno de los dos leyó el informe. Ninguno se enteró de que Fargan, por un descuido bendito, acababa de firmar su sentencia de muerte burocrática.
Ninguno de los dos leyó el mensaje. Ninguno de los dos supo que, en ese preciso instante, el Auditorio de A.R.C.A. estaba emitiendo órdenes de arresto para todos los que figuraban en el informe de Fargan. En la pista de baile, rodeados de música y risas, estaban atrapados en una burbuja de ignorancia.
Mientras la música de la fiesta retumbaba varios niveles más arriba, el silencio en el Sector 4 era absoluto, casi artificial. Maximus caminaba por los túneles de servicio con un paso que pretendía ser firme, pero que ocultaba una tormenta interna. En su mano derecha, el maletín de seguridad que contenía la Gran Corona pesaba como si estuviera lleno de plomo.
Había recogido el dispositivo de su escondite privado en el despacho. Al hacerlo, sintió que su pulso empezaba a acelerarse. Era una sensación de ansiedad que apenas podía entender. Es la emoción, se dijo a sí mismo, intentando convencerse. Es el peso de la responsabilidad por liberar finalmente a A.R.C.A. de su mayor carga. Pero mientras más se acercaba a la Celda P-58, esa supuesta "emoción" se transformaba en algo mucho más oscuro y latente que le oprimía el pecho.
Pero al cruzar la última puerta, la sensación opresiva en su pecho se volvió insoportable. Subió las escaleras de metal hacia la plataforma de observación. El eco de sus botas contra la rejilla metálica sonaba como disparos en la penumbra.
Al llegar a la esclusa, Maximus se detuvo. A través del cristal reforzado, vio a la anomalía. Foolish estaba sentado sobre una de las rocas emergentes, completamente seco. Su expresión era de un aburrimiento absoluto, con la mirada perdida en las sombras del techo. Al escuchar los pasos, el Dios no se inmutó; probablemente esperaba a Vegetta, pero al reconocer el peso y el ritmo de los pasos de alguien más, su interés se desvaneció antes de nacer.
Al notar la presencia de Maximus, Foolish giró la cabeza con indiferencia. No hubo rugidos, ni intentos de intimidación. Simplemente lo miró, confirmando al instante que aquel hombre no era Vegetta y, por lo tanto, no merecía su atención.
Maximus intentó abrir la boca para hablar, para imponer su autoridad, pero el nudo en su garganta se lo impidió. Sus manos empezaron a sudar frío. En ese instante, la realidad lo golpeó, no había estado tan cerca de una entidad de esta magnitud desde aquella vez.
De repente, el entorno empezó a parpadear.
Los flashazos lo golpearon como martillazos, el olor a azufre y sangre vaporizada volvió a inundar sus fosas nasales.
La taza de café girando en el aire... Clac. Los fragmentos rompiéndose contra el suelo rojo.
La violenta anomalía, la criatura que él pensó que se había reformado, convertida en un matadero andante.
El cuerpo del guardia descuartizado sobre el escritorio... el cuello crujiendo…
Maximus llevó una mano a su pecho, apretando la cicatriz que aún conservaba bajo el uniforme, el rastro físico del ataque que casi termina con su vida y que le arrebató la esperanza de volver a ver a su pequeña Sofia.
Se quedó paralizado. Se dio cuenta, con una humillación profunda, de que lo que había estado sintiendo desde que bajó no era "emoción patriótica", sino miedo puro. Miedo a que la naturaleza salvaje de lo que estaba frente a él decidiera que Maximus ya no era necesario. Planear la caída de un hombre era fácil; tener el valor de enfrentar al diablo era algo totalmente distinto.
El miedo, oh ese miedo primario que había enterrado bajo capas de doctrina y ambición, lo devoraba por completo.
Foolish, notando la reacción tan interesante del humano, se levantó de la roca con una elegancia perezosa y empezó a caminar hacia el cristal, atraído por la reacción tan humana y patética que Maximus estaba mostrando.
Maximus cerró los ojos con fuerza, incapaz de sostener la mirada de la anomalía, mientras su mente se hundía en un ataque de ansiedad postraumática.
De repente, el frío del búnker desapareció. Maximus sintió una brisa cálida que olía a hierba recién cortada y a tierra mojada. Abrió los ojos y el choque fue tan grande que casi cae de rodillas.
Estaba de pie frente a una casa de campo pequeña, bañada por la luz de una luna que no era artificial. A lo lejos, las luces de un pueblo pequeño parpadeaban con una paz que él había olvidado hacía más de veinte años.
Estaba en casa. Su verdadera casa, la que dejó atrás antes de que A.R.C.A. lo consumiera.
No tuvo tiempo de cuestionar el milagro cuando una figura pequeña corrió hacia él. El impacto lo hizo caer sentado en el suelo de tierra. Al bajar la vista, su corazón se detuvo.
—¡Papi! —exclamó la niña.
Era Sofia. Tenía el mismo vestido de algodón que recordaba, el mismo brillo travieso en los ojos. Maximus no podía darle crédito a lo que veía. Lágrimas calientes empezaron a correr por sus mejillas, surcando el rostro de un hombre que no había llorado en décadas.
—¿Por qué me miras así, papi? —preguntó la niña con un puchero consternado—. Solo tardé un poco porque la mamá de mi amiga me dio brownies ¿Te asusté…?
Maximus la abrazó con una desesperación feroz, hundiendo el rostro en su cabello. —No, mi vida... no es eso. Quien llegó tarde fui yo. Perdóname... perdóname por todo.
La niña, desconcertada por el llanto de su padre, le devolvió el abrazo con ternura, palmeándole la espalda con sus manos pequeñas. —Papi, ya no llores... está bien, no pasa nada... Todo está bien.
Se quedaron así un momento, envueltos en la calidez de un pasado que Maximus creía perdido para siempre. —Vamos adentro, Sofia —dijo Maximus, secándose las lágrimas—. Hace mucho frío y nos vamos a resfriar.
Pero al poner la mano sobre el pomo de la puerta de madera, la madera se disolvió en metal frío.
Maximus abrió los ojos de golpe, estaba de vuelta en la plataforma de metal, jadeando, con el rostro húmedo por las lágrimas reales que aún surcaban sus mejillas. El maletín seguía en su mano. Ya no estaba temblando y su pulso se había regulado de forma casi sobrenatural. Levantó la vista, desorientado, y se encontró con el rostro de Foolish pegado al cristal, observándolo con una fijeza analítica.
El Director se espantó por la proximidad del ser y retrocedió un par de pasos, apretando el maletín contra su pecho.
—¿Ya te sientes mejor? —preguntó Foolish. Su voz resonaba en la cabeza de Maximus, no en sus oídos.
—¿Qué... qué carajo fue eso? —exigió Maximus, intentando recuperar su compostura, aunque su voz aún temblaba.
Foolish sonrió de forma socarrona, alejándose un poco del cristal. —Te vi en medio de una crisis. Los humanos son tan ruidosos por dentro... creí que debía intervenir. No lo malinterpretes, no me importa tu patético bienestar. Pero si en medio de tu ataque te terminabas cayendo de la plataforma, me iban a culpar a mí de algún modo, y eso sería muy inconveniente. Así que te envié a un momento feliz de tu pasado para que dejaras de temblar como una hoja.
Maximus murmuró algo inaudible, tocándose el rostro aún húmedo por las lágrimas. —¿Cómo es posible...? Sentí el aire... el olor...
—¿Estás tan sorprendido? —rió Foolish, cruzándose de brazos—. Oh, los humanos son tan simples e impresionables, están obsesionados con el presente lineal. Verás, yo no percibo el tiempo de la misma forma que ustedes, es como un océano. Para mí, tu ayer y tu hoy son…
—¡Silencio! —interrumpió Maximus, recuperando su máscara de frialdad por pura vergüenza—. No he venido aquí para que una anomalía se meta en mi mente y juegue a ser mi terapeuta. He venido por…
Un sonido metálico lo interrumpió. Pasos. Pasos que de inmediato se desvanecieron en el silencio como si nunca hubieran estado ahí, pero que aun así no pudo ignorar.
Maximus maldijo por lo bajo. Se había asegurado de que el sector estuviera vacío, pero alguien estaba allí. No podía ser visto en la Celda P-58 con ese maletín, no todavía.
—Maldita sea —gruñó Maximus, recogiendo el maletín. Miró a Foolish una última vez, una mirada cargada de odio y de la vergüenza de haber mostrado su debilidad.
Maximus ejecutó una huida estratégica, desapareciendo por la puerta de emergencia lateral justo antes de que la entrada principal se abriera. Foolish se quedó solo, mirando hacia la puerta con una sonrisa enigmática.
Apenas unos segundos después de que Maximus se desvaneciera por los pasillos de emergencia, una nueva silueta apareció en el borde de la plataforma metálica. Fargan se movía sin hacer ruido, sus botas apenas rozando el suelo, con los sentidos agudizados al máximo. Había seguido el rastro de ansiedad y el olor que Maximus había dejado tras de sí, cosas imperceptibles para un ser humano pero cosas que él al ser un ave de caza, podía sentir fácilmente; Aunque al llegar a la esclusa de la P-58, el Director ya no estaba.
En su lugar, Fargan se encontró con los ojos verdes de la anomalía.
Foolish ya estaba de pie en la orilla, con el agua lamiendo sus pies dorados. Al ver al rastreador, el Dios se quedó inmóvil. No era Vegetta, ni era el hombre roto que acababa de huir. Sin embargo, Foolish reconoció esa energía. Era la esencia que los había estado vigilando desde las rejillas y las sombras durante las últimas semanas; un alma rapaz, inofensiva para él, pero constante.
Por un momento, Foolish sintió el impulso humano de preguntar por Vegetta. Quería saber por qué su arquitecto no había venido, por qué el aire del búnker se sentía tan denso y cargado de mentiras. Pero al ver la máscara de búho de Fargan, Foolish simplemente soltó un suspiro que hizo vibrar el agua del tanque. No valía la pena. Los humanos y sus secretos eran un laberinto en el que no pensaba perderse más.
Sin decir una palabra, Foolish le dio la espalda a Fargan y se sumergió en el agua con un movimiento elegante, dejando que la superficie se cerrara sobre él en un silencio absoluto.
Fargan se quedó observando la cueva vacía. El rostro de la anomalía le había parecido extrañamente... humano en su melancolía. Se preguntó, con una punzada de preocupación, cómo estarían llevando Vegetta y él toda esta situación, sabiendo que el búnker se estaba volviendo un lugar cada vez más peligroso. Pero no podía permitirse distracciones. Tenía que encontrar a Maximus. Activó sus sensores de calor en su máscara y, tras detectar un rastro residual en el aire, se lanzó de nuevo a la cacería.
Mientras tanto, Maximus llegó a su despacho. Entró cerrando la puerta con un golpe seco, con la respiración aún entrecortada y el maletín apretado contra su costado. Necesitaba esconder la corona, necesitaba calmarse y planear cómo vaciar el área de contención por completo.
Se acercó a su escritorio de ébano sintético, dispuesto a abrir el compartimento de seguridad. Pero se detuvo en seco.
Su silla de cuero, la que siempre estaba orientada hacia el ventanal que daba a la ciudad subterránea, estaba girada hacia el escritorio y no estaba vacía.
—Llegas tarde, Maximus —dijo una voz distorsionada por un modulador electrónico.
La silla se dio la vuelta lentamente. Sentado en el lugar del Director estaba una figura vestida con el uniforme completo de Auditor.
Maximus se tensó de inmediato, su mano bajando hacia el arma que guardaba en su cinturón. Recuperó su seriedad y su formalidad burocrática en un segundo, aunque por dentro seguía siendo un caos de nervios.
—¿Quién eres y qué haces en mi despacho? —espetó Maximus con voz gélida—. La oficina del Director es zona restringida para cualquier agente, incluso para los del Auditorio, sin una cita previa. Identifícate o llamaré a seguridad.
La figura no se movió. Era Willy, oculto tras su clásica máscara, moviéndose con una calma que solo alguien que lo ha perdido todo puede permitirse. Años atrás, cuando Willy era un joven Relator, había trabajado bajo las órdenes de Maximus, pero el Director no tenía forma de reconocerlo ahora bajo el disfraz y el filtro de voz.
—Seguridad está muy ocupada bebiendo alcohol de contrabando en la fiesta que tú mismo organizaste —respondió Willy, entrelazando los dedos sobre la mesa—. Y en cuanto a quién soy... digamos que soy alguien que conoce muy bien el contenido de ese maletín que abrazas como si fuera tu propia vida.
Maximus palideció.
—He escuchado que tienes un problema, Maximus —continuó Willy, inclinándose hacia adelante, la máscara sonriente brillando bajo los fluorescentes—. He escuchado que necesitas ayuda para ejecutar a una anomalía...
Willy hizo una pausa, y aunque no se veía su rostro, se podía sentir la sonrisa de que se dibujaba bajo la máscara.
—Y da la casualidad de que yo soy experto en hacer que los problemas desaparezcan sin dejar rastro ¿Hablamos de negocios entonces…?
Maximus se quedó petrificado, mirando al Auditor que ocupaba su trono. El búnker ardía en secretos, y en ese despacho, dos monstruos acababan de encontrarse para decidir el destino de un Dios.
Chapter 20: Ingreso bajo Custodia
Chapter Text
Fargan se deslizó por las sombras siguiendo el rastro de Maximus. Al llegar frente a la pesada puerta del despacho del Director, se detuvo un momento. Esperaba escuchar el tecleo frenético de Maxo volviendo al trabajo tras su misteriosa excursión a la celda de la anomalía, pero el silencio que emanaba de la oficina era denso, casi sólido.
No me cuadra, pensó Fargan, ajustándose la máscara. Un tipo como Maximus no va a dar un paseo por la zona de máxima contención solo por diversión antes de volver a su escritorio.
Estaba a punto de buscar la rejilla del conducto de ventilación para espiar lo que ocurría dentro cuando un sonido rítmico y pesado captó su atención. Al girar la esquina del pasillo, Fargan se tensó. Un grupo de ocho guardias de seguridad, escoltando a cuatro Especialistas en Respuesta Rápida (ERR), trotaban en formación con una urgencia que helaba la sangre. Los ERR, con sus armaduras pesadas diseñadas para resistir ataques biológicos y sus armas de pulso preparadas, solo se activaban en situaciones de vida o muerte.
Sin embargo, no sonaba ninguna sirena, no había alerta de "Brecha de Contención".
—Si los "bomberos" están fuera y no hay fuego... es que van a cazar a alguien —murmuró Fargan para sí mismo.
Olvidando por un momento a Maximus, Fargan activó su modo de sigilo y empezó a seguir al escuadrón desde las vigas superiores. Su instinto de rastreador le gritaba que el verdadero caos estaba a punto de estallar.
En el salón del Sector 3, la fiesta de Tubbo estaba en su punto más alto. Staxx intentaba convencer a un grupo de ingenieros de que él podía saltar sobre una mesa sin tirar las botellas, mientras Alexby reía, olvidando por un momento el peso de su uniforme.
De repente, el mundo cambió.
Las luces de neón violeta se apagaron de golpe, siendo reemplazadas por las luces de emergencia blancas, cegadoras y clínicas. La música se cortó en seco, dejando un pitido doloroso en los oídos de todos. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido de las botas pesadas de los ERR entrando en el salón.
—¡Todo el mundo contra las paredes! ¡Ahora! —gritó el oficial al mando.
Los agentes y científicos se separaron con pánico. Fargan, desde las alturas, vio cómo el escuadrón no se dispersaba, sino que se dirigía como una flecha hacia un punto específico, donde BadBoyHalo sostenía el brazo de Vegetta.
Bad se tensó, sus ojos blancos brillaron con una luz peligrosa y sus dedos se cerraron con fuerza sobre el uniforme de Vegetta. Por un segundo, Fargan creyó que el demonio iba a desplegar sus sombras y luchar; los ERR estaban listos para abrir fuego si veían el más mínimo gesto de resistencia.
—Bajo la autoridad del Auditorio y el protocolo de Seguridad Interna —anunció el oficial, dando un paso al frente—, queda usted arrestado, Dr. BadBoyHalo. Bajo cargos de Extracción no autorizada de material biológico de una anomalía fuera de contención y uso del mismo para el desarrollo de armamento biológico experimental de Grado 5.
Un murmullo de horror recorrió la sala. Todos sabían que Bad era "especial", pero la acusación de usar el tejido de otros —o el suyo propio— para crear armas era insólito.
Bad miró a los ERR y luego a Vegetta. Por un microsegundo, sus dedos se crisparon. Podía resistirse; podía liberar su verdadera forma y convertir ese salón en un cementerio en cuestión de segundos. Pero entonces se fijó mejor en Vegetta.
El arquitecto lo miraba con esos ojos nublados, sin comprender la gravedad de lo que ocurría. Si Bad peleaba, el caos, el ruido y la adrenalina podrían romper el trance inducido por el cristal de oscuridad. Podría perder el control mental que tenía sobre él.
Bad prefirió la jaula al riesgo de que Vegetta "despertara".
Bad soltó un suspiro largo, su expresión volviéndose de una calma aterradora. —Tranquilos, caballeros —dijo, su voz suave y melosa, mientras soltaba lentamente el brazo de Vegetta y levantaba las manos—. No hay necesidad de tanta rudeza. Ha habido un malentendido, eso es todo.
Los guardias se abalanzaron sobre él, colocándole las esposas de supresión de energía. Bad no dejó de mirar a Vegetta mientras lo arrastraban hacia la salida.
Vegetta se quedó de pie, con los brazos colgando a los lados, viendo cómo los ERR rodeaban a Bad. Sus ojos buscaban una instrucción, una orden, un ancla.
—¿Bad? —susurró Vegetta, su voz sonando como la de alguien que acaba de despertar de un sueño profundo pero que sigue sin reconocer la habitación.
Bad se detuvo mientras lo sacaban a rastras del salón. Giró la cabeza hacia Vegetta, forzando una de sus sonrisas más dulces.
—No te preocupes, Samuel —dijo Bad con voz tranquila, ignorando el forcejeo de los guardias—. Todo va a estar bien, es solo un malentendido. Quédate aquí, descansa... volveré pronto a por ti. No hagas nada hasta que yo vuelva, ¿de acuerdo?
—Está bien... —respondió Vegetta por pura inercia.
Los ERR sacaron a Bad del salón a paso rápido. La multitud empezó a dispersarse en un pánico silencioso; la fiesta se había convertido en un funeral. Alexby y Staxx intentaron acercarse a Vegetta, pero este, movido por una inercia fantasmal, empezó a caminar tras el grupo que se llevaba a Bad.
—¡Vegetta! ¡Espera! —gritó Alexby, pero Vegetta no lo escuchó.
Caminó por el pasillo, siguiendo el eco de las botas de los guardias. Pero a mitad del corredor de ingeniería, el impulso se detuvo. Sin la mano de Bad guiándolo, sin una orden directa que seguir, su cerebro, embotado por la influencia del cristal, entró en un bucle de confusión.
Se detuvo en medio del pasillo desierto, las luces parpadeaban. Vegetta miró a su izquierda, luego a su derecha. No sabía dónde estaba el laboratorio, no recordaba por qué estaba caminando, ni siquiera estaba seguro de si debía volver a su habitación.
La apatía del cristal lo envolvía como una manta de plomo. Se quedó allí parado, una figura solitaria y desorientada en la inmensidad del búnker. Sus manos temblaban levemente, pero su rostro permanecía inexpresivo. Por primera vez en años, el Ingeniero Jefe de A.R.C.A. no tenía un plan que seguir.
Estaba completamente solo en la oscuridad, y lo más aterrador era que ni siquiera podía sentir miedo por ello.
De repente, unos pasos rítmicos y veloces rompieron el silencio. Una figura con bata blanca apareció desde el recodo, moviéndose con una eficiencia que desafiaba la fatiga humana. Era Luzu, o al menos, su cuerpo. Bajo la piel del científico, los algoritmos de Arin calculaban rutas y probabilidades de detección. Allí, en medio de la nada, se produjo un encuentro que nadie registraría en los informes oficiales, pero que resumía la tragedia de A.R.C.A.
Al ver a Vegetta, Arin detuvo el cuerpo de Luzu en seco.
Fueron apenas cinco segundos, pero el aire pareció congelarse. Frente a frente estaban las dos mentes más brillantes de A.R.C.A., reducidas a cáscaras vacías. Uno, movido por una inteligencia artificial programada para la supervivencia; el otro, vaciado por la influencia de un cristal que devoraba su voluntad. Era el retrato perfecto del fracaso de la organización; sus pilares ya no eran dueños de sus propios pasos.
El aire entre ellos vibró con una ironía amarga ¿En qué momento se convirtieron en esto?
—¿Luzu...? —murmuró Vegetta. Su voz sonó como un eco lejano, sin fuerza, sin reconocimiento real.
Arin analizó la expresión de Vegetta en microsegundos. Estado: Disociación cognitiva profunda. Nivel de amenaza: Nulo. No había tiempo para la empatía que el verdadero Luzu habría sentido. Sin decir una palabra, Arin levantó la mano en un gesto de despedida mecánico y frío, y volvió a emprender la marcha, perdiéndose en un pasillo lateral.
Poco después de que la sombra de Luzu desapareciera, Fargan descendió de su escondite, aterrizando con suavidad junto a Vegetta. Le tomó del brazo con firmeza, esperando una reacción, algo. Pero Vegetta solo giró la cabeza con una lentitud que hizo que a Fargan se le encogiera el corazón.
—¡Veg! ¿Qué te pasa? Reacciona, hombre —pidió Fargan, sacudiéndolo levemente. Pero los ojos de Vegetta estaban desenfocados, perdidos en una neblina gris.
El sonido de pasos se acercó de nuevo. Esta vez no eran ERR, sino un grupo pequeño de guardias de seguridad interna. Al ver a Vegetta, se detuvieron y cuadraron los hombros, mostrando un respeto que contrastaba con la violencia con la que se habían llevado a Bad.
—Ingeniero Jefe De Luque —dijo el guardia al mando con tono suave—. Tenemos órdenes de escoltarlo. Por favor, acompáñenos sin resistencia.
Fargan sintió una punzada de pánico frío. El informe. Al ver a los guardias, recordó que en su euforia con los chicos, nunca envió la contraseña para retener el envío automático. La investigación del Auditorio estaba oficialmente en marcha, y él era el responsable de este incendio, y sin su uniforme de Auditor, Fargan no era más que otro rastreador; no tenía autoridad para detener ese proceso.
—¿A dónde lo llevan? —preguntó Fargan, tratando de sonar autoritario.
—Esa información es confidencial, agente —respondió el guardia. Luego, miró a Fargan con curiosidad—. Por cierto, ¿tiene idea del paradero del Taxonomista Luzu? No se encuentra en su puesto ni en sus aposentos.
—No tengo ni la menor idea —respondió Fargan con honestidad, su mente trabajando a mil por hora.
Los guardias asintieron y guiaron a Vegetta, quien se dejó llevar por pura inercia. Fargan se quedó solo en el pasillo y vio cómo se llevaban a Vegetta. El arresto de BadBoyHalo no estaba en sus planes; las acusaciones de "armas biológicas" eran algo nuevo y aterrador. Fargan apretó los puños. Tenía que averiguar qué relación había entre los experimentos de Bad y el estado catatónico de su amigo antes de que fuera demasiado tarde.
Vegetta fue conducido al Nivel 5, el área de seguridad máxima del Auditorio. Lo sentaron en una sala de paredes blancas, iluminada por una luz cenital que no dejaba lugar a las sombras. Frente a él, un hombre con una máscara de engranajes revisaba una terminal con movimientos precisos.
—Dígame, Ingeniero Samuel —empezó el Auditor, su voz distorsionada por la máscara—. ¿Cuál es la naturaleza exacta de su conexión con la anomalía P-58? ¿Y qué sabe sobre el proyecto que el Dr. Luzu mencionaba en sus registros encriptados?
Vegetta parpadeó. Las preguntas llegaban a su mente como guijarros cayendo en un pozo profundo. —Foolish... es oro —murmuró, su voz apenas un susurro—. Luzu quería ayudar... pero… aún hay mucho trabajo que hacer.
El Auditor se detuvo, golpeando la mesa con frustración. —Eso no significa nada, sea claro. ¿Hubo un pacto entre usted, el Dr. Luzu y la anomalía para sabotear los sistemas de contención del Sector 4?
—Había una cueva... —continuó Vegetta, con la mirada clavada en la pared—. Y besos que sabían a sal. Pero Bad dijo que debía descansar. Bad limpió los correos.
El Auditor de engranajes suspiró, apartándose de la mesa. Había estado intentándolo durante un buen rato ya y estaba claro que Vegetta no estaba fingiendo; su honestidad era tan absoluta como su incapacidad de hilar una frase coherente. En ese momento, la puerta se abrió y tres Auditores más entraron en la sala, sus túnicas grises ondeando.
—Tenemos el informe preliminar sobre el Dr. BadBoyHalo —dijo uno de ellos, con una máscara de cristal liso—. Se ha confirmado la presencia de cepas de neurotoxinas en el sistema de ventilación de la oficina principal de ingeniería, derivadas de su propio material genético.
—Entonces es cierto —concluyó el Auditor de engranajes, mirando a Vegetta con una mezcla de lástima y desprecio—. El Ingeniero Jefe ha sido víctima de un sabotaje cognitivo por parte del científico Bad. Su estado actual es una respuesta traumática a la exposición prolongada.
—¿Y sus declaraciones? —preguntó otro.
—Inútiles —sentenció el primero—. No está al cien por ciento de sus capacidades mentales, todo lo que diga bajo esta influencia debe ser desechado. No puede ser procesado en estas condiciones.
Los Auditores salieron de la sala, murmurando sobre nuevas teorías. Una de ellas, que Bad quería usar a Vegetta para controlar A.R.C.A. desde las sombras. En su lugar, un grupo de médicos y científicos de trajes de protección biológica y batas celestes. entró en la habitación.
—Sr. De Luque, vamos a trasladarlo al ala médica para una desintoxicación —dijo un médico, tomándolo del hombro—. Estará a salvo allí, vamos a limpiar su cuerpo de lo que sea que ese demonio le haya dejado dentro.
Vegetta no opuso resistencia alguna. Mientras seguía a las batas celestes, su último pensamiento fue una imagen borrosa de unos ojos verdes bajo el agua, pidiéndole que volviera a casa, aunque no pudo identificar a quién pertenecían esos ojos.
. . .
A.R.C.A. no era un lugar para la compasión, sino para el estudio. Tras veinticuatro horas del arresto de BadBoyHalo, el ambiente en los niveles de Xenobiología era de una euforia contenida y macabra. Los científicos procesaban el Cristal de Oscuridad —el artefacto extraído de la oficina de Vegetta tras una denuncia anónima— con la reverencia que se le otorga a un descubrimiento que cambia una era. No entendían del todo su origen, pero los efectos en el sistema nervioso del Ingeniero Jefe eran, para ellos, "fascinantes". Estaban eufóricos y ya hablaban de él como un avance revolucionario en el control conductual.
En los pasillos, los murmullos no cesaban. Algunos especialistas incluso bromeaban con la esperanza de que Bad fuera condenado a la ejecución inmediata. No por justicia, sino porque la oportunidad de diseccionar una anomalía de su calibre y estudiar cómo su tejido generaba tales esporas era un "regalo" que la ciencia no podía desperdiciar.
Sus antiguos compañeros realmente ansiaban poder separar cada fibra de su naturaleza anómala y estudiar cómo el demonio se entrelazaba con el hombre. Todo, por supuesto, bajo la sagrada justificación de la ciencia.
Fargan fue de los primeros en llegar a la zona de contención temporal esa mañana. No había podido presenciar el procesamiento formal de BadBoyHalo, pero su insomnio no fue en vano, había pasado la noche en vela, recopilando fragmentos de información sobre el caso. Al otro lado del cristal reforzado, en una celda sumida en una penumbra casi total —un pequeño gesto de piedad ante la fotofobia del científico—, estaba BadBoyHalo.
Bad ya no vestía su impecable bata blanca de jefe de laboratorio, pero mantenía su uniforme estándar debajo. Lo que más destacaba era el collar de electrochoques que rodeaba su cuello; un dispositivo que emitía descargas de alto voltaje cada vez que detectaba fluctuaciones emocionales intensas o el más mínimo rastro de manipulación de sombras. Era un modelo antiguo, incluso rudimentario comparado con la tecnología actual de A.R.C.A., pero que a falta de una medida más inmediata tras la urgencia de su captura, era suficiente.
El área de observación estaba inusualmente concurrida. Agentes de mantenimiento, técnicos y soldados se amontonaban atraídos por el morbo de ver al "compañero amable" convertido de nuevo en un espécimen enjaulado.
Fargan se acercó al cristal, observando la sonrisa imperturbable de Bad.
—Pareces muy contento —dijo Fargan, omitiendo cualquier saludo—. No creo que entiendas realmente la gravedad de tu situación.
Bad soltó una risita suave que terminó en un jadeo ahogado cuando el collar emitió un destello azul y un chasquido eléctrico en su cuello, una chispa de advertencia ante su creciente excitación. —Oh, lo entiendo perfectamente. Mi situación parece precaria, pero estoy encantado. Vegetta tendrá que volver a diseñar una celda para mí, ¿sabes? probablemente una permanente. Podrá pasar tiempo conmigo aquí, juntos, solos... como en los viejos tiempos en los que él era el único que me importaba.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de que Vegetta se encargará de esto? —preguntó Fargan, frunciendo el ceño ante la idea de su disparate.
—Una vocecita en mi cabeza me lo dijo… —susurró Bad, pegando el rostro al cristal, sus ojos blancos brillando con una locura lúcida—. Él querrá volver a verme, es solo cuestión de tiempo.
Un escalofrío recorrió la espalda de Fargan. Súbitamente, sus oídos captaron el susurro de los agentes que lo rodeaban. Ellos creían estar siendo discretos, pero no contaban con la audición aumentada de su naturaleza de búho.
"Nunca confié en él", decía una científica que antes le llevaba el café. "Siempre supe que era un monstruo disfrazado". " Las anomalías siempre terminan mordiendo la mano que les da de comer, por muy 'gentiles' que parezcan".
Las palabras "anomalía" y "monstruo" flotaban en el aire como ceniza. De repente, las miradas de los científicos se desviaron de Bad y se clavaron en Fargan. El rastreador sintió el peso del juicio colectivo. Él también era "diferente", él también seguía libre por los pasillos mientras uno de los suyos era torturado. Los susurros cambiaron de tono.
"¿Qué hace él aquí? ¿No será cómplice?". "¿Cuánto falta para que el rastreador también pierda el control y mate a alguien? Deberían encerrarlo preventivamente, por si acaso".
Fargan no pudo soportar más la atmósfera. Miró a Bad una última vez; el científico estaba recibiendo descargas constantes ahora, su collar parpadeando como una luz de advertencia. Sus emociones estaban hirviendo bajo la superficie, pero se negaba a dejar de sonreír. Era una estampa de pura demencia. Fargan suspiró, asqueado por la hipocresía de la organización y se dio la vuelta para marcharse antes de que la multitud decidiera que una jaula más no vendría mal.
Mientras tanto, en el ala médica de alta seguridad, Vegetta luchaba por abrir los párpados, cada parpadeo era una batalla contra un peso invisible. El mundo se le presentaba como un borrón de luces blancas y un pitido rítmico que le taladraba el cráneo. Sentía el brazo entumecido, el frío de una intravenosa inyectando químicos en su torrente sanguíneo, el pecho oprimido por electrodos de monitoreo y un vértigo que hacía que la habitación girara incluso con los ojos cerrados. Estaba fatigado, como si hubiera corrido kilómetros a través de un pantano de brea.
Giró la cabeza con esfuerzo y notó una figura a su lado. Alguien vestido con un traje de protección biológica completo y una máscara de filtración. El desconocido manipulaba el goteo del catéter, ajustando el flujo de una solución clara que quemaba levemente en las venas de Vegetta, probablemente un estimulante para forzar su despertar.
Al ver que el paciente reaccionaba,el individuo soltó la manguera y se sentó en la silla metálica junto a la cama. Con un movimiento pausado, se retiró la máscara.
Vegetta parpadeó, el reconocimiento tardó en llegar, pero finalmente su boca formó una palabra quebrada.
—...¿Willy?
Willy suspiró, observando a su antiguo amigo con una mezcla de irritación y piedad distante. —¿Es doloroso, verdad? —dijo, señalando con la barbilla el pecho de Vegetta.
Vegetta bajó la mirada con esfuerzo. Su bata de hospital estaba abierta, revelando sobre su piel pálida, unas marcas negras y ramificadas trepaban desde su garganta, extendiéndose como raíces podridas hacia sus pulmones. Era el rastro físico de la corrupción del cristal, una necrosis mágica que no recordaba haber obtenido.
—Willy... ¿qué...? —balbuceó Vegetta.
—Fui yo quien os ayudó internamente durante la primera Auditoría —confesó Willy repentinamente, recostándose en la silla—. Y también fui yo quien delató a Bad para que te sacaran de su influencia antes de que ese parásito terminara de convertirte en su mascota personal.
Vegetta, en su estado de vulnerabilidad, esbozó una sonrisa débil. —¿Has venido a... ayudarme? Gracias, Willy... sabía que en el fondo...
Willy soltó una carcajada amarga, un sonido seco que resonó en las paredes de azulejos. Se puso de pie y tomó una jeringa llena de un sedante potente, insertándola en el puerto del catéter.
—No te equivoques, compañero —dijo Willy mientras empezaba a empujar el émbolo—. La primera vez lo hice por egoísmo, tenía mis motivos y esperaba recibir una recompensa de alguien más. Pero esta vez... Esta vez lo he hecho por pura diversión.
Vegetta sintió que el mundo empezaba a oscurecerse de nuevo, el sedante quemando suavemente en sus venas. Sus músculos se relajaron a la fuerza.
—Te he despertado solo para decirte esto —susurró Willy, volviéndose a poner la máscara mientras la vista de Vegetta empezaba a nublarse—. Quería que estuvieras consciente de tu entorno cuando lobotomizara a tu novio. Dulces sueños, Ingeniero.
Intentó incorporarse, pero un dolor punzante en la base del cráneo y el efecto inmediato de los somníferos lo devolvieron a la almohada. Lo último que Vegetta registró antes de que la negrura lo reclamara fue la silueta de Willy saliendo de la habitación con la frialdad de un fantasma. Un grito ahogado murió en su garganta, dejándolo solo con el latido acelerado de su corazón y las raíces negras que seguían creciendo hacia su alma, cayendo de nuevo en el abismo del sueño inducido.

ItsNotAFantasy on Chapter 1 Fri 28 Nov 2025 05:48PM UTC
Comment Actions
TefUwU on Chapter 1 Thu 01 Jan 2026 06:39PM UTC
Comment Actions
PannieSaki on Chapter 1 Thu 01 Jan 2026 09:36PM UTC
Comment Actions
Mintyeric on Chapter 2 Sun 30 Nov 2025 03:47AM UTC
Comment Actions
PannieSaki on Chapter 2 Sun 30 Nov 2025 04:32AM UTC
Comment Actions
ItsNotAFantasy on Chapter 2 Sun 30 Nov 2025 02:49PM UTC
Comment Actions
Aleni on Chapter 5 Sun 04 Jan 2026 03:26AM UTC
Comment Actions
Aleni on Chapter 7 Sun 04 Jan 2026 05:20AM UTC
Comment Actions
ShinodaRukia91 on Chapter 9 Fri 26 Dec 2025 10:10AM UTC
Comment Actions
PannieSaki on Chapter 9 Sat 27 Dec 2025 01:58AM UTC
Comment Actions
Aleni on Chapter 11 Sun 04 Jan 2026 06:12AM UTC
Comment Actions
Aleni on Chapter 12 Wed 07 Jan 2026 04:13AM UTC
Comment Actions
PannieSaki on Chapter 12 Wed 07 Jan 2026 05:05AM UTC
Comment Actions
Aleni on Chapter 13 Sun 11 Jan 2026 09:47PM UTC
Comment Actions
Aleni on Chapter 14 Tue 13 Jan 2026 05:42AM UTC
Comment Actions
Aleni on Chapter 15 Wed 14 Jan 2026 03:48AM UTC
Comment Actions
PannieSaki on Chapter 15 Wed 14 Jan 2026 04:21AM UTC
Comment Actions
Aleni on Chapter 15 Wed 14 Jan 2026 07:01AM UTC
Comment Actions
Aleni on Chapter 16 Thu 22 Jan 2026 05:41PM UTC
Comment Actions
PannieSaki on Chapter 16 Thu 22 Jan 2026 08:53PM UTC
Comment Actions
Aleni on Chapter 17 Thu 22 Jan 2026 05:59PM UTC
Comment Actions
Aleni on Chapter 18 Wed 28 Jan 2026 07:17AM UTC
Comment Actions
Aleni on Chapter 19 Sat 31 Jan 2026 02:02AM UTC
Comment Actions
Aleni on Chapter 19 Sat 31 Jan 2026 02:03AM UTC
Comment Actions
PannieSaki on Chapter 19 Sat 31 Jan 2026 02:17AM UTC
Comment Actions
Aleni on Chapter 20 Sat 31 Jan 2026 10:51PM UTC
Comment Actions