Chapter Text
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—¡Hey, ustedes dos deberían follar de una vez!
La frase de Valentino se impregnó en el aire. Desde la cama, el hombre-polilla se dejó caer entre las almohadas con una soltura indecente. Cruzó la pierna, apoyó el codo y observó la caótica pero entretenida escena.
—¿Qué? ¿Estoy equivocado?~
Sus ojos recorrieron el cuarto sin pudor: la tensión rígida de Vox, las cuerdas apretando el cuerpo de Alastor contra la silla, el casi nulo espacio entre ambos…
Un espacio que olía a tensión sexual y dinamita.
—¿Y puedo filmarlo?~
Vox se congeló.
No en gesto dramático. Sino que se ancló al sitio, con la antena vibrando apenas. Un glitch azul le trepó la pantalla; su propio algoritmo empujaba emociones que chocaban entre sí como líneas de código mal escritas, dándole un fatal error en su sistema operativo.
Su sonrisa tensa emitió un ruido leve, casi un archivo partiéndose.
—¿Qué? —la voz salió demasiado alta, quebrada en un borde metálico.
Por su parte, Alastor giró la cabeza hacia Valentino, observándolo con infinito desagrado y desprecio.
La cortesía era impecable.
La amenaza, perfecta.
Valentino soltó una risa suave, cantarina, ladeando la cabeza con un encanto nacido para incomodar. Sus uñas largas jugaron con el borde de un cigarrillo apagado, como si ya imaginara mil maneras de dirigir lo que tenía enfrente.
—Ay, por favor. No se hagan los santos —sus ojos se deslizaron entre uno y otro, midiendo reacciones, saboreándolas—. La tensión aquí es tan espesa que podría cortarla con un dedo~ Y yo, casualmente, siempre traigo una cámara en mi traje. Bueno… como si estas paredes necesitaran una más~
Desvió la mirada hacia las esquinas del cuarto, donde las luces rojas de los lentes vigilaban como parásitos brillantes todo lo que sucedía en esa habitación.
Y potencialmente, cualquier rincón de esa especie de “Torre de Babel”.
—Si lo hacemos, no quiero una toma barata de vigilancia —sonrió, lento y peligroso—. Quiero arte. Quiero intensidad. Algo con sello Valentino~ ¡El público en VoxTek se volvería loco!
Vox abrió la boca.
Nada.
El sistema interno se le atascó en pura humillación caliente, como si hubiese metido un palo en los engranes.
Y en su pantalla, apareció en una fracción de segundos un pantallazo azul de ERROR 404.
—¿QUÉ—? ¡¿Por qué diablos grabaríamos—?! ¡¿Por qué yo—?! ¡¿Qué insinúas, Valentino?! —reventó por fin cuando la presión encontró salida, su voz disparándose en un pitch ridículo, casi un glitch audible.
Valentino arqueó una ceja, encantado con el desastre que acababa de provocar.
—Oh, mi amor… —le guiñó un ojo con una suavidad que cortaba—. No es una insinuación. Es una observación. Y un servicio público, si quieres llamarlo así.
Se acomodó mejor entre las almohadas, moviendo las alas suavemente como seda.
—Porque sinceramente deberían callarse, besarse hasta quedarse sin aire y coger como dos posesos… ¡Listo! ¡Se resuelve medio infierno!
Señaló la escena con la punta de su cigarrillo largo.
—Están a un paso de arrancarse la ropa… o de arrancarse la garganta —puntualizó, volviendo a sonreír de lado a lado—. Algo que, por cierto, ambas cosas puedo filmarlas.
Alastor elevó la barbilla, gesto pulcro, orgulloso, impecablemente ofensivo.
—Te ruego que no proyectes tus impulsos en los demás —dijo con una cortesía que sangraba por dentro.
Valentino soltó un sonido que no era risa, sino más como un ronroneo afilado.
—Ay, Radio, por favor… —se inclinó un poco hacia adelante, lo justo para tensar el aire—. Tienes esa cara de “lo mato ahora mismo” mezclada con “lo haría callar de otra forma”. Aunque no conozco tus gustos, sé que al menos tus ideas deben ser retorcidas y un tanto macabras, así que, bueno, tus métodos tendrás con él.
Sus ojos se deslizaron hacia Vox, midiendo cada gesto.
—Y tú, mi papito de azul... Estás a punto de derretirte como si hubieras tocado el cable equivocado.
Chasqueó la lengua, disfrutándolo.
—Me da un poco de envidia verte tan vibrante por culpa de otros y no solo conmigo… Pero mira. Si voy a ver cómo coges estando así de rico, te lo perdono, nene~
—¡NO ME ESTOY DERRITIENDO! —Vox explotó, indignadísimo, con un glitch azul cortándole la mandíbula en diagonal—. ¡NO TIENE NADA QUE VER CON—CON—! ¡CON ÉL!
Alastor ladeó la cabeza, bebiéndose la reacción como quien cata un buen vino.
—Oh, pero qué sensible, querido —su sonrisa se afiló—. Hasta parece que te ha avergonzado más de la cuenta que no puedes ni hablar decentemente.
—¡NO ME AVERGÜENZA NADA! —bufó Vox, aunque el brillo azul en su rostro lo traicionaba por todos lados.
Valentino se veía fascinado por un momento, como un cineasta que acaba de ver oro puro.
—¡Qué lindo te ves, Vox! Pero por favor, paren la chachara~ Que cuando dos idiotas niegan algo con tanta fuerza, suele ser verdad todo en el fondo.
Vox estalló como si alguien hubiera arrojado un vaso de agua sobre una consola encendida.
—¡¿QUÉ PARTE DE QUE NO VA A PASAR NO ESTÁS ENTENDIENDO?! —su voz se disparó dos octavas, un microondas a punto de incendiarse.
Un glitch azul brutal le cruzó la frente, delatándolo más que cualquier palabra.
Valentino abrió los ojos, fascinado, viendo como si Vox fuera un árbol de Navidad emocional.
—Ay, cariño… —canturreó—. ¡Ese tono que tienes es nuevo! Deja ya de mentirte a ti mismo y bésalo~
—¡NO ESTOY MINTIENDO! —Vox se agarró la pantalla del pecho como si buscara un botón de reinicio—. ¡Y NO HARÉ ESO, VAL! ¡CON UN CARAJO! ¡¿Por qué demonios pensaría yo en— en— ESO… con él?! ¡NO TIENE SENTIDO!
Alastor alzó una ceja.
Nada de sonrisa. Nada de dramatismo.
Solo lo miró.
Seco.
Incrédulo.
Ofensivo por precisión.
Valentino miró a Vox. Luego a Alastor. Luego otra vez a Vox.
Repitió el ciclo dos veces, luciendo confundido por la mentira más idiota que alguna vez esa pantalla.
—… ¿De verdad estás diciendo eso con esa cara? —preguntó al fin la polilla.
—¡NO TENGO CARA! —chilló Vox, lo cual era técnicamente cierto y emocionalmente imposible.
—Oh, sí tienes —lo corrigió Valentino, apuntándolo con el cigarrillo apagado como si diera clase—. No humana, no normal, no… lo que sea que tengas… Pero tienes una. Y esa cara —lo señaló de nuevo— está diciendo que si cantas otra canción con ese ciervo se te va a quemar el servidor entero.
Alastor, manos tras la espalda, inclinó la cabeza apenas.
Lo estudiaba como un entomólogo estudia un insecto que patalea al borde del alfiler.
—Coincido contigo en este punto, mi cuestionablemente honorable hombre-polilla —su voz sonó impecable—. Está bastante afectado.
—¿¡AFECTADO!? ¡¿YO?! —Vox retrocedió, tropezó con la cama y cayó sentado como si un cable mal conectado lo hubiera jalado hacia abajo—. ¡Yo no estoy afectado! ¡Ni me gusta! ¡Ni me importa! ¡Ni— ni— ni—!
Hizo un sonido tan agudo que parecía un módem del 98 conectándose a Internet.
Valentino aplaudió una vez, encantado.
—¡Ese sonido ese nuevo! Será acaso que… ¿Ese es el sonido de un demonio televisión encaprichado? ~
—¡¡NO ESTOY ENCAPRICHADO!! —bramó Vox.
Alastor lo observaba en silencio.
Un silencio distinto.
Un silencio de disección.
Un “ah… ya veo”.
—Mi querido Vox —dijo Alastor al fin, ladeando la sonrisa como una telaraña tensándose—. Si tu objetivo es convencerme de lo contrario… estás haciendo un trabajo espantoso.
—¡CÁLLATE! —Vox se incorporó de un salto, una chispa escapando de su antena—. ¡Tú no sabes nada! ¡Nada! ¡Yo no tengo— yo no siento— yo no—!
La imagen en su pantalla se congeló.
De golpe.
Como un programa congelándose. Y Vox se golpeó varias veces la cabeza tratando de recuperar su imagen.
Valentino soltó una carcajada medio incrédula, medio extasiada. Sus alas temblaron de puro entretenimiento.
—¡Esto es mejor que el porno! —canturreó, llevándose una mano a la frente—. Tenía que haber empezado a filmar sin permiso, ¡qué desperdicio! ¿Dónde dejé esa cosita? —comenzó a hurgar entre su ropa tirada por la habitación.
Alastor, mientras tanto, afinó la mirada, con la misma precisión de cirujano que acaba de ver la grieta exacta por donde cortar.
—“No tengo nada con él” —repitió Alastor, imitando la voz de Vox apenas un tono más alto, elegante y venenoso—. Qué encantador. Espero que no estés soñando con que desarrolle algún tipo de síndrome de Estocolmo contigo, estando aquí atrapado.
Vox se destrabó como un ventilador golpeando contra sí mismo, con un ruido seco y lleno de furia.
—¿¡Estocolmo CONTIGO!? —escupió la frase, con una indignación tan pura que casi hizo vibrar las ventanas—. ¡¿Qué clase de enfermo crees que soy?! ¡¿Quién demonios pensaría que YO querría que tú— que TÚ— tuvieras algún tipo de apego conmigo?!
El glitch azul le trepó por la mandíbula como un latigazo.
—¡Destrozaría un servidor entero antes de insinuar que me interesa que te encariñes! ¡Ni aunque me pagaran por minuto de tortura vería eso como un beneficio! ¡No soy tan bajo!
Un chillido metálico, corto, afilado.
Un ruido que decía: ¿cómo te atreves a sugerir que YO querría que tú me necesitaras?
Alastor lo observó sin parpadear, como si acabara de confirmar exactamente lo que buscaba.
—Lo dice el que está actuando de forma extraordinariamente anormal.
Una pausa.
Un leve ajuste en la sonrisa.
—Para ser precisos, como un enfermo de mierda~
La antena de Vox vibró de rabia.
Vox ya estaba rojo-azul-glitcheado de pura furia cuando Valentino, en el acto más traicionero posible, se inclinó hacia Alastor… y le dio un golpecito de complicidad en el brazo.
Un golpecito.
Un “amigo” que NO debería existir entre ellos dos.
—Mira, Radio —murmuró Valentino, en tono de conspirador profesional—, si yo fuera tú, también estaría ofendido por la negación tan exagerada. Es casi… personal.
Alastor ladeó la cabeza, impecable.
—Oh, querido hombre polilla… —sus ojos se estrecharon con una cordialidad falsa—. Estoy completamente de acuerdo.
Vox dio un respingo tan violento que una chispa azul saltó de su antena.
—¿¡QUÉ?! ¡¿QUÉ ACABO DE ESCUCHAR?! —chilló, señalando a Valentino con un dedo que temblaba—. ¡¿EN SERIO, VAL?! ¡¿EN SERIO, VALENTINO?!
Valentino se acomodó el abrigo rosado sin prisa, disfrutando del caos.
—¿Qué? No te pongas así. Solo digo verdades. Y él —apuntó a Alastor con la boquilla del cigarrillo— tiene un punto muy válido. Estás actuando súper raro.
—NO ESTOY ACTUANDO RARO.
—Lo estás —repitieron Alastor y Valentino a la vez. Los dos. Sin mirarse.
Vox se quedó helado, horrorizado, como si dos depredadores acabaran de decidir que él era el almuerzo del día.
—No. No. NO. ¡NO PUEDEN ESTAR DE ACUERDO LOS DOS! —gritó con la voz subiendo como una alarma—. ¡Esto es ilegal! ¡Estupidamente incorrecto! ¡TÚ lo odias! —señaló a Valentino—. ¡Y TÚ! —giró hacia Alastor—, ¡me odias MÁS!
—La animosidad no impide ver la realidad —dijo, como un profesor decepcionado.
—Además… —añadió Valentino, cruzando un par de brazos—, a veces dos personas dejan de lado sus diferencias cuando ven algo más interesante que un pleito viejo. Como tú. Haciendo un berrinche adorable~
—¡NO SOY ADORABLE, VAL! —bramó Vox.
—Sigue diciéndolo así y vas a prenderme~ —susurró Valentino.
—¡USTEDES DOS NO CONFUABULEN CONTRA MI! —Vox agitó los brazos, al borde de un colapso eléctrico—. ¡No son aliados! ¡Ni conocidos! ¡No deberían estar de acuerdo en NADA!
—Qué dramático —dijo Valentino.
—Y ruidoso —siseó Alastor.
—¡DEJEN DE COMPLETARSE LAS FRASES, CON UNA MIERDA!
—No estamos completando nada —replicó Valentino con una sonrisa venenosa.
—Tu paranoia te lleva a conclusiones curiosas —añadió Alastor, disfrutando cada chispa emocional.
Vox abrió la boca.
Cerró la boca.
Volvió a abrirla.
Señaló a uno.
Luego al otro.
—¡USTEDES DOS… SE ESTÁN PONIENDO EN MI CONTRA A PROPÓSITO!
Valentino sonrió como un demonio satisfecho, con una risilla que sabía a veneno dulce.
—Ay, mi amor… ¿recién te das cuenta?~ Aunque yo lo digo a modo de broma, claro~
Vox inhaló como si llenara los pulmones con fuego.
Sus bordes temblaban, no por miedo, sino por el impulso asesino de romperle la boca a alguien con un televisor de veinte kilos.
Él mismo.
—Está bien… está bien… —alzando las manos como quien aparta un enjambre—. ¡Voy a explicarlo! ¡Voy a explicarles por qué están equivocados!
Valentino parpadeó.
Alastor giró apenas la cabeza.
—Por favor, ilústranos —dijo con tono impecable.
Vox carraspeó con un sonido áspero, molesto, como si lijara su propia garganta digital para ganar autoridad.
—Primero que nada —alzó un dedo con violencia— yo no tengo sentimientos por Alastor. Ninguno. Cero. C-E-R-O. ¿Okay? ¿Se entiende o necesitan subtítulos?
Valentino arqueó una ceja.
Alastor sonrió apenas.
Esa sonrisa mínima, sarcástica.
Vox continuó, avanzando un paso como quien marca territorio.
—Además —dijo demasiado rápido para sonar convincente—, ¡él ni siquiera es mi tipo! ¡Para nada! Yo tengo estándares. Estándares altos. Muy altos. Y él es… él es…
Entonces cometió el peor error de la noche.
Lo miró.
Directo.
A los ojos.
Alastor no hizo nada.
Pero esa quietud era un arma.
La pantalla de Vox hizo un parpadeo brusco, no delator, sino furioso.
Como si reclamara: retírame esa mirada o te arranco la antena con los dientes.
—…es él —soltó Vox, porque ya no quedaba ninguna palabra en su diccionario emocional que no fuera Alastor.
Valentino no rió.
No se inclinó hacia adelante.
No hizo ningún gesto coqueto.
Solo lo miró.
Una mirada lenta, inevitable, como si acabara de ver a un niño negar que tiene chocolate en la boca mientras chorrean gotas por la barbilla.
—Ay, bebé… —susurró por fin, con un tono casi tierno de lo obvio— mientras más lo niegas, más se te nota… ¿Tan problemático es admitir quién te obsesiona?
No era burla.
No era juego.
Era constatar un hecho que llevaba años flotando entre líneas.
Vox se atragantó con aire, como si el cuerpo hubiera olvidado cómo procesarlo.
—¡NO ESTOY OBSESIONADO! —bramó, casi tropezando con su propio volumen— ¡NO ES—NO ES—NO—!
Valentino ladeó la cabeza con una paciencia que no era paciencia: era resignación elegante.
—Claro que no, bebé —dijo, suave como veneno diluido—. Se nota bastante que no es así, ajá…
Y ahí se calló.
Valentino no añadió ni un chiste.
Ni una risa.
Ni una provocación más.
Solo los miró.
Primero a Vox… luego a Alastor.
Y ese silencio suyo —tan raro en él— tenía un filo incómodo, casi confesional. No era moral, ni dramático: era algo más simple, más feo, más humano.
Celos.
Celos burdos, celos de barrio, celos instintivos.
Porque al ver a Vox así —tenso, vivo, respirando fuerte, con esa energía que nunca gastaba con él— algo dentro de Valentino hizo click.
Lo conocía desde hace años.
Había visto a Vox furioso, arrogante, cruel, indiferente, aburrido.
Pero esto…
Esto no lo había visto jamás.
Vox estaba… encendido.
No sexualmente.
Vitalmente.
Como si Alastor hubiese presionado un interruptor que Valentino jamás había encontrado.
Un Vox desbordado.
Un Vox apasionado.
Un Vox que no cabía en su propio cuerpo.
Un Vox que él —Valentino— no había logrado despertar ni una vez.
Sus ojos se clavaron en Alastor con una lucidez resentida.
Un dejo de celos que ni él mismo había notado hasta ahora.
Sí, sabía que tenía una fijación ridícula con el demonio de la radio.
Claro que sabía que Vox tenía un “tema” con él.
¡Todo el Infierno lo sabía!
Pero una cosa es saberlo…y otra muy distinta es verlo.
Vox, temblando.
Vox, sin máscara.
Vox, volteando a defender lo que ni siquiera admite que quiere.
Vox… vivo.
Y Valentino lo tragó seco porque, en ese instante, se dio cuenta que con con él, Vox nunca había sido así.
Nunca.
Ni una vez.
Y esa verdad —tan pequeña, tan miserable— le pinchó el orgullo como una espina bajo la uña.
—Dime, Radio —soltó—. ¿Tú lo sabías?
Alastor inclinó la cabeza apenas, pulcro, educado.
—¿Saber qué? ¿Que está obsesionado conmigo? Me parece evidente.
Valentino negó con un gesto seco.
—No me refiero a eso.
El gesto detuvo a Alastor.
Sus ojos se entrecerraron con cautela, no por empatía, sino por cálculo. No entendía… no todavía.
Revisó mentalmente el tono, la tensión en los hombros de Valentino, la forma en que no apartaba la mirada…
Y recién ahí lo leyó.
Era otra cosa a lo que se refería.
—Ah —murmuró al fin, con una claridad incómoda—. Eso.
Vox parpadeó, tenso.
—¿”ESO” QUÉ? ¡¿DE QUÉ DEMONIOS HABLAN?!
La sonrisa de Alastor se volvió precisa, filosa.
—Por supuesto —dijo—. Siempre lo supe.
El cigarrillo tembló entre los dedos de Valentino. No de miedo, si no de rabia contenida. Se cruzó de brazos, molesto, mirándolo con un desagrado que no se molestó en ocultar.
Y desde ese ángulo, Vox —incapaz de entender el código emocional que tenía enfrente— explotó:
—¡¿ALGUIEN VA A EXPLICARME ESTE IDIOMA DE DEMENTES?!
¡¿CÓMO QUE “SIEMPRE LO SUPE”?! ¡¿SABER QUÉ?!
Valentino ni lo miró.
—Déjalo, Vox —dijo, sin apartar los ojos de Alastor—. Él entiende perfectamente lo que digo. Aunque después finja que no le importa.
Alastor sostuvo la mirada, imperturbable.
—Yo no finjo nada —corrigió, con esa cortesía que cortaba más que un cuchillo—. Simplemente no comparto tus… prioridades.
Valentino soltó una risa breve, amarga.
—Claro que no.
La sonrisa de Alastor se afinó, peligrosamente.
Vox se llevó ambas manos a la cabeza.
—¿QUÉ SIGNIFICA ESO? ¿QUÉ PRIORIDADES? ¿DE QUIÉN CARAJOS HABLAN? ¡¿DE MÍ?!
Valentino bajó la vista un instante, apenas lo justo para recomponerse.
Alzó una ceja, fingiendo indiferencia, pero el gesto era demasiado rígido para convencer a nadie.
—No importa, Vox —dijo, recuperando el tono ligero a la fuerza.
—Normalmente las cosas no me importan si yo no estoy involucrado… algo que, por lo que escucho, sí es el caso aquí —dijo Vox, firme, con las manos en las caderas.
Se acomodó la solapa del traje con un tirón seco.
Luego los miró a ambos.
Y algo en la postura cambió.
—Miren… confabulen todo lo que quieran —soltó con voz segura—. Digan lo que digan, hagan lo que hagan… no importa. Porque aquí, al final del día, el que está al mando soy yo. ¿O ya se les olvidó?
Valentino bajó la mano con la que estaba a punto de replicar.
Alastor inclinó levemente la cabeza, atento.
Y Vox tomó el centro.
Valentino abrió la boca.
Pero Vox levantó la mano sin mirarlo siquiera:
—Silencio —Su voz volvió a ser grave, firme, arrogante—. Has hablado suficiente por ahora, Val. Y nadie pidió tu análisis de mi ni de cómo trato a quien a mi se me da la gana.
Valentino se quedó quieto, sorprendido por lo directo que fue eso.
Vox enderezó los hombros mientras caminaba. Giró apenas la muñeca y la silla de Alastor avanzó con él, sin brusquedad, como si el ciervo no fuera más que un accesorio que debía mantenerse en plano.
—Y para que quede claro —continuó, sin elevar el tono—: si hago comentarios, si respondo, si miro, si hablo… es porque yo lo decido. No porque él, NI NADIE, tenga algún tipo de influencia. Ni emocional, ni intelectual, ni… de ningún tipo.
Alastor arqueó una ceja, intrigado.
—Qué curioso —dijo con suavidad—. Porque lo que acabas de describir suena exactamente a influencia, querido.
Vox se detuvo solo un breve instante.
Giró la cabeza hacia él, despacio, con un gesto de superioridad absoluta.
—No confundas irritación con importancia, criatura obsoleta —respondió—. No eres especial. Eres ruidoso. Como un aparato viejo que debería estar en un museo de cosas inútiles.
“Ruidoso.”
Alastor sonrió de manera burlescamente peligrosa.
Se acordaría de esa ofensa.
Vox dio un paso más cerca, acercando su sombra a la de él.
—Todo lo que haces es espectáculo vintage —levantó un dedo, rozando el aire frente a la sonrisa de Alastor sin tocarla—. Y yo… yo soy el futuro. La marca. El estándar. El nombre que importa.
Valentino, atrás, apretó los dientes.
No lo suficiente para disimular.
—Mira nada más —murmuró—. Presumiendo como si fuera desfile de moda.
Vox lo fulminó de reojo.
—¿Quieres que te recuerde quién inventó tu estética, Valentino? —preguntó, sin dejar de mirar a Alastor—. Porque no tengo problema en filtrar los archivos de cómo te encontré antes de ser parte del grupo de los Vees.
Valentino se calló de inmediato, quieto, alerta.
Su silencio resonó más fuerte que cualquier réplica.
Vox se inclinó apenas —no hacia adelante, sino hacia arriba— como si quisiera dejar claro que incluso amarrado, Alastor estaba por debajo.
—Y para dejárselos en claro, personal sería si me importaras —sentenció Vox—. Pero no es el caso. Lo único que me molesta es tu existencia anticuada… y que alguien crea, aunque sea por accidente, que tienes algún tipo de poder sobre mí. No tienen ni idea de lo irritante que es esa fantasía.
Alastor remató, tranquilo, elegante, punzante:
—Pues te diré algo, Vox… si te enfadas tanto por la idea, es porque algo toca la verdad.
Vox lanzó un zarpazo al respaldo de la silla.
Temblaba de orgullo más que de rabia.
Y, aun así, sonrió con una sonrisa fría, perfecta, corporativa.
—No me enfado porque “toquen la verdad”, chatarra obsoleta. Me molesta la incompetencia. Ustedes dos no entienden lo que pasa, así que me toca explicarlo. No es perder el tiempo… es corregir errores ajenos.
Se inclinó apenas, lo suficiente para invadir el aire del ciervo.
—Y si van a intentar psicoanalizarme, háganlo bien. No con estas mierditas de telenovela barata.
Valentino soltó una risa corta.
—Uff… regresó el CEO~
Vox ni lo volteó a ver.
—No interrumpas cuando hablo.
Valentino frunció el ceño, incómodo.
Entonces Vox se volvió hacia Alastor con la compostura de un rey cruel.
—¿Quieres jugar a medir dominio conmigo mientras estás atado? Adelante. —Su voz se volvió seda afilada—. ¿Acaso entiendes lo ridícula que es tu posición ahora? No tienes nada. Ni poder. Ni voluntad. Ni control.
Dio un paso más, moviendo la silla del ciervo con él, solo para demostrarlo.
—Si quisiera, podría tirarte al tanque de tiburones. O reventarte contra el pavimento treinta veces seguidas hasta que quedes irreconocible —se inclinó, rozándole el aliento en el rostro—. Yo decido. Yo mando. Y tú… tú solo soportas, maldita frecuencia vieja.
Un silencio tenso quedó flotando.
Alastor levantó la vista despacio, sonriendo como si acabara de leer el código fuente del demonio frente a él. Con esa elegancia asesina que solo irrita más.
—Qué curioso, Vox —murmuró—. Cuanto más te oigo gritar tu poder, más claro escucho la parte de lo que pequeño que es este. Solo respóndeme una cosa: si de verdad no influyo en ti… ¿por qué hablas como alguien que intenta convencer a sí mismo?
Vox parpadeó, un microsegundo demasiado lento.
En un instante su postura cambió: hombros hacia atrás, barbilla alzada, el aura impecable de un CEO demoníaco capaz de comprar y vender el infierno entero con una sonrisa.
—¿Sabes qué, Alastor? —murmuró, suave… y peligrosísimo—. Quizá tienes razón en eso.
La electricidad vibró entre ambos, depredadores midiéndose.
La carga estática erizó el cabello de Alastor. Una señal involuntaria. Una reacción que Vox disfrutó ver.
—Reaccioné porque ya me cansé de permitirte creer que eres intocable. Que eres… especial. Que nadie aquí puede tocarte.
Un destello azul recorrió la pantalla de Vox.
—Pero te equivocas —continuó, más bajo, más directo—. Si yo quisiera… si solo quisiera… podría hacerte lo mismo que le ocurre a cualquiera que se cree importante: recordarle que no es nada.
Extendió los brazos hacia la ciudad de fondo, como si le perteneciera.
—Míralo bien, Alastor. Este es el infierno moderno. Las reglas cambiaron. La gloria cambió. El poder cambió.
Sus ojos rojos brillaron.
—Aquí no hay leyendas. No hay elegidos. No hay monstruos especiales. Hay cifras. Hay ratings. Hay reemplazos.
Una sonrisa lenta.
—Eso es lo que te pasó a ti, ¿no? Te oxidaste. Te volviste un mito viejo. Los pocos que te recuerdan lo hacen por nostalgia… y la mayoría ni siquiera sabe quién eres.
Su voz bajó dos tonos, íntima y cruel.
—Y ahí lo tienes: al final, eres tan desechable como los que siempre despreciaste.
Su mano recorrió el respaldo de la silla y luego tomó el rostro del ciervo.
Alastor tensó las orejas hacia atrás, instintivo.
—Te aferras a ser especial porque temes la verdad: no lo eres. Ni tú… ni los muchos que pasaron por mis manos antes.
Se formó un silencio pesado entre ambos.
—Creíste que tu nombre te protegía. Que eras un caso aparte. Un monstruo épico. Unico. Uno intocable.
Vox inclinó la cabeza, casi con ternura falsa.
—Pero si yo decido romperte… no eres diferente a nadie.
Alastor casi dejó de sonreír.
—Oh… —murmuró, la voz afilada y venenosa—. Qué amenaza tan entrañable, querido.
Sus ojos se estrecharon apenas.
—Si creyera que eres un peligro real para mí, quizá lo pensaría un poco… Pero no lo eres.
Eres ruido. Siempre has sido ruido, Vox. Ahora… Y antes~
La pantalla de Vox se oscureció.
—¿Crees que no te estoy amenazando en serio, maldito ciervo…?
La mano de Vox rodeó el cuello de Alastor y lo levantó como si no pesara nada.
Los cables que lo sujetaban se tensaron y después cedieron: chasquidos secos, fibra partiéndose, acero quejándose mientras el cuerpo del venado era arrancado del apoyo de la silla y elevado por pura fuerza bruta, a más de medio metro del suelo.
Los pies de Alastor quedaron suspendidos, rasgando el aire.
El venado alcanzó a soltar un gruñido gutural, mezcla de sorpresa y dolor.
Vox lo sostuvo ahí, a pulso, sin esfuerzo, con la estabilidad de una máquina diseñada para aplastar.
—Años, Alastor —escupió, cada palabra un golpe—. Llevas años creyéndote intocable. Y lo que me cabrea es lo mismo que te sostienes una y otra vez. Crees que algo a ti no puede pasarte.Crees que estás encima de la estadística. Encima de todos.
Vox apretó más.
El cuello del ciervo crujió.
—Pero no eres nadie.
Alastor intentó inhalar. Un ruido ahogado escapó de su garganta.
Aun así, sus labios se curvaron. La sonrisa, aunque tensa, fue cortante y desafiante.
—¿En serio crees —susurró, con la voz hecha ceniza—, que puedes tocarme… sin consecuencias…?
Fue lo último que alcanzó a decir antes de que Vox lo arrojara, lanzándolo por la habitación.
El cuerpo de Alastor salió disparado y cayó de lleno sobre la cama, hundiendo el colchón con un golpe opaco. Un quejido seco escapó de él cuando su pecho chocó contra la herida aún abierta, obligándolo a encorvarse.
El venado quedó boca abajo, los dedos crispándose sobre las sábanas mientras trataba de incorporarse.
El sudor le corría por la nuca, con la respiración era irregular, cortada a la mitad.
Un intento torpe de ponerse de rodillas lo obligó a gemir en silencio, apretando los dientes en aquella sonrisa estática que cargaba siempre.
Vox lo observó desde arriba, caminando lentamente hacia él pasando de largo a Valentino, el cual estaba con los ojos abiertos parado justo al lado de la cama.
El aire se sentía cargado de electricidad.
—Vete, Val —ordenó Vox sin apartar la mirada de Alastor.
—¡¿Qué?! ¡Pero yo quería mirar! —protestó Valentino, ofendido, clavando las manos en la cintura como si él fuera la víctima.
—¡Te dije que te fueras! —gruñó Vox, por fin volteando, la pantalla de su rostro encendiéndose con irritación pura.
Alastor soltó una carcajada suave, venenosa.
—¿Te da miedo tener público, Vox? —entonó con una cortesía burlona—. Y aquí yo creyendo que vivías de la validación ajena, mi pequeña caja acomplejada~
Vox apretó la mandíbula.
—¡No estás en posición de decir nada!
Valentino levantó algo brilloso.
Una cámara portátil.
—Insisto, quiero ver~ —canturreó Valentino—. Te dije que siempre vengo preparado~
Encendió el dispositivo: Vox aparecía nítido, imponente, azul y, eléctrico.
Pero cuando el cuadro se desplazaba hacia Alastor…
Nada.
Solo un borrón estático, un vacío imposible de enfocar.
Alastor ladeó la cabeza con esa elegancia ritual suya, como si deseara quemar el aparato con la mirada.
La única concesión que tenía era saber que su imagen seguía siendo intangiblemente aterradora.
Vox no le dio tiempo a nada.
Le cayó encima.
Sin sonido previo. Sin aviso.
Solo el crack violento del abrigo del venado tensándose cuando la mano azul lo volteó con un tirón brutal.
La cama tembló cuando Vox lo azotó boca arriba, la espalda del ciervo rebotando contra las sábanas con un golpe que expulsó el aire de sus pulmones en un jadeo seco, doloroso… y aun así desafiante.
Las sombras de la pantalla de Vox se proyectaron sobre él, un depredador decidido a morder finalmente.
Valentino abrió la boca, entre morbo y diversión, grabándolo todo.
Alastor, hundido en la colcha, con una mano aún en el pecho adolorido, no rompió la sonrisa. Esta se volvió más fina e insultante.
Vox se congeló un instante. Un solo segundo. Suficiente para que la tensión se volviera física, casi táctil.
—Así es como te quería tener, maldito ciervo de mierda… —dijo Vox, la luz de su pantalla contrayéndose como una pupila.
Valentino no pudo evitarlo.
—Pero qué bueno que finalmente lo admites, papi. Aunque eso hace que tu última hora negándolo se escuche bien contradictoria… y los hace ver muy débiles tus comentarios —soltó con una sonrisa relamida.
—¡Te dije que te fueras, Val! —tronó Vox, la frustración marcándole cada palabra.
Alastor rió.
Una risa hueca, venenosa, que hizo girar la atención de Vox de inmediato.
—Es adorable cómo crees que, aun así… puedes intimidarme~ —susurró el venado, la voz baja, cortante—. Mientras más declaras que tienes el poder… más evidente es que careces de él.
Vox se inclinó sobre él.
Demasiado cerca.
Una invasión casi directa al alma.
—Puedo hacerte lo que se me dé la gana, Alastor… —su voz era un murmullo cargado de electricidad—. Si yo quisiera… te rompería.
Alastor no parpadeó.
La sonrisa se curvó apenas.
—¿Si quisieras… o si puedes?~ —preguntó, suave—. ¿Sigues hablando para advertirme… o porque estás haciendo tiempo?
Un retumbe azul cruzó la pantalla de Vox.
Y ese fue el punto exacto donde la provocación dejó de ser un juego.
Alastor ya sonreía cuando no debería, con ese brillo asesino en los ojos.
Eso fue lo que terminó de quebrar la paciencia de Vox.
La mano azul se cerró en el centro del traje del venado, arrancando la ropa de golpe. El sonido no fue un simple desgarro: fue un grito de tela, un estallido seco de costuras cediendo bajo fuerza bruta.
La tela cedió bajo los dedos de Vox como si se rindiera primero que su dueño.
La camisa se abrió de lado a lado como si Vox la hubiera rasgado con la intención específica de humillar al maldito ciervo de mierda, en lugar de simplemente desnudarlo.
Los botones volaron.
La tela quedó colgando en jirones.
Y el pecho de Alastor quedó expuesto.
Y ahí se veía todo el frente cruzado por la cicatriz rota que ese ángel le dejó.
Una herida que todavía no debería existir.
Una marca que demostraba que, por primera vez en eternidades, alguien había logrado tocarlo.
La pantalla de Vox parpadeó en un azul oscuro, enfermo, fascinante.
—Mira nada más esto… —murmuró, bajando la voz como si estuviera contemplando una maravilla—. Qué hermoso desastre te hicieron. Se ve mejor ahora de cerca en la cama, cuando puedo inspeccionarla mejor,
Dijo hundiendo sus garras en el interior de la herida, transgrediendo la carne que estaba herida.
Alastor por completo se retorció de dolor, empezando a respirar más rápido mientras apretaba los dientes y cerraba sus ojos, sintiendo como las garras laceraban el tejido por dentro, obligándolo a sudar de golpe.
Vox inclinó la cabeza, casi con ternura distorsionada.
—¿Sabes? —susurró, acercando su rostro al de él—. Cuando vi cómo ese ángel te estaba partiendo en dos, yo aposté por él.
Los ojos rojos del venado se estrecharon apenas, mirándolo de forma agresiva.
Vox siguió, disfrutando cada palabra:
—Quería que te borrara de una vez. Que te dejara tirado como la reliquia inútil que eres.
Pero… —su mano azul se deslizó, casi con cariño, por la piel dañada— …al menos te dejó un recuerdo útil.
Sus dedos se cerraron saliendo del interior de la herida para ahora enfocarse sobre las tristes costuras que evidentemente no le protegían. Empezó a estirarlas, sin arrancarlas de todo.
Un tirón seco, haciendo que Alastor diera un brinco de dolor.
Dio otro tirón, pero esta vez cargado de un chispazo, empezando a electrocutarlo.
La piel se abrió un poco más.
Un hilo de sangre ambulante brotó, caliente, resbalando por el torso del venado.
Alastor gruñó con fiereza.
No gritó.
No suplicó.
Solo apretó los dientes, un sonido ahogado que traicionaba el dolor, pero no la derrota.
Vox sonrió como alguien que por fin encontró el botón correcto.
— Esa resistencia estúpida y soberbia que te hace pensar que puedes seguir de pie —se burló la televisión, obsesivo—. ¿Cuándo vas a entrar en sumisión, Al? ¿Cuándo vas a mostrar el miedo en esa cara tan desagradable tuya?~
Otro tirón, pasando una descarga eléctrica por las hebras hasta la carne viva.
El cuerpo de Alastor se arqueó involuntariamente, las manos clavándose en las sábanas.
Su respiración se quebró por un segundo, pero la sonrisa seguía allí, más afilada aún, como si quisiera insultarlo con cada latido. Pero apretaba tan fuerte los dientes que un hilo de sangre se deslizaba por su boca. Y el sudor crispaba su rostro, apenas pudiendo soportarle la mirada que era de rencor y odio absoluto.
—Te duele, admítelo~ —dijo Vox, encantado—. ¡Y te niegas a darme el gusto de escucharlo! Quiero escuchar tus gritos, demonio de la radio… Grita… ¡GRITA!
Alastor levantó la mirada, temblando, sudoroso, pero con esa arrogancia intacta:
—Vox… —susurró, ladeando el rostro—. Qué ternura que sigas creyendo que puedes romperme solo con esto.
Los ojos de Vox parpadearon un instante.
Un microsegundo de duda.
Alastor lo vio perfectamente.
Y aprovechó.
—Siempre fuiste así —continuó—. Brutal cuando no sabes resolver algo. Tosco cuando te supera lo emocional. Físico… cuando te asusta pensar.
La pantalla de Vox vibró un poco. Color rojo. Un destello azul.
Alastor subió lentamente la mano hacia la muñeca con la que Vox lo sujetaba.
No para liberarse.
Para humillarlo, delatando que, aunque estaba febril de dolor, su pulso era firme.
—Tú no me quieres sometido —susurró—. Me quieres mirándote.Eso es lo que te desespera desde entonces, ¿cierto?
Vox tensó la mandíbula.
Valentino seguía grabando la escena, pero bajó ligeramente la cámara, para mirar la escena con sus propios ojos.
Alastor siguió:
—Tantos años después… y sigues igual de transparente. Gritas, empujas, amenazas… porque temes algo más simple: que aún no has dejado de necesitar que yo te reconozca.
La luz azul se disparó con violencia.
A Vox se le crispó la postura.
Alastor sonrió más, sin piedad.
—Dices que soy “reemplazable”, pero mírate. Todo lo que eres cambia de tono cuando estoy frente a ti. La pantalla, la voz, la postura… ¡Eres como un niño que no sabe si golpearme o suplicarme que te vea! Y ahora… Haces esto… Diciéndome una y otra vez que puedes hacer conmigo lo que quieras…
Vox retrocedió un milímetro, temblando ligeramente en el agarre de la cicatriz.
Un milímetro que lo traicionó más que cualquier palabra.
—¿Sabes por qué puedes tocarme, pero no destruirme? Porque yo ya te rompí primero, hace décadas.
Valentino los miró confundido.
Vox se congeló.
Y Alastor, con una calma humillante, añadió:
—Por eso sigues aquí. Por eso no te vas. Por eso tu enojo parece miedo mal disimulado. Porque la verdad es esta, querido Vox: Tú no estás intentando quebrarme. Estás intentando recuperar algo que perdiste conmigo. Algo que jamás vas a tener de vuelta, viejo amigo…~
La pantalla de Vox estalló en un azul furioso.
Y fue ahí donde Vox dejó de ser CEO, el VEE, el demonio de la Tele y la Tecnología.
Fue él, desnudo bajo la pantalla.
Un glitch azul atravesó su rostro.
Luego otro.
Luego otro.
Otro.
OTRO.
—¡¡¡CÁLLATE!!!
Le arrancó de un solo jalón las costuras, abriendo aun más la herida en dos.
—¡¡¡NO VUELVAS A HABLAR COMO SI ME CONOCIERAS!!!
El volumen saturó la habitación, las pantallas parpadearon y las luces se enloquecieron. Hasta la misma cámara de Valentino empezó a fallarle, resistiendo una carga estática arrolladora.
—HABLANDO COMO SI— ¡COMO SI TU TUVIERAS ALGÚN TIPO DE PODER PSICOLÓGICO SOBRE MÍ! —escupió Vox, temblando, empezando a desgarrarle el resto de la camisa, agarrando el moño del cuello y destrozándolo arrojándolo hacia un lado; haciendo lo mismo con el resto de su saco, desgarrándolo ahí mismo—¡YO NO NECESITO QUE ME “MIRES”! ¡NO NECESITO QUE ME “RECONOZCAS”! ¡NO NECESITO NADA DE TI!
Teniéndolo totalmente desnudo al menos de la cintura para arriba, agarró a Alastor del cuello con violencia ciega, sin cálculo. Apretándolo con tanta fuerza que sus dedos le dolían.
—¿TE CREES PROFUNDO, ALASTOR? ¿TE CREES PENETRANTE?
La voz se rompió. No por debilidad, sino por rabia intima.
—¡NO TIENES IDEA DE LO QUE SOY AHORA! ¡NO TIENES IDEA DE LO QUE TE HARÍA SI ME DIERA LA GANA!
Alastor, colgado del cuello, seguía sonriendo.
No triunfal…
No victorioso…
Provocador.
Y eso destruyó a Vox.
—¡¡DEJA DE SONREÍR ASÍ!! ¡¡¡DEJA DE MIRARME COMO SI SUPIERAS LO QUE SIENTO!!!
El agarre se volvió más fuerte.
—NO QUIERO NADA QUE VENGA DE TI… ¡NADA! ¡¡NI TU MEMORIA, NI TU PASADO!! ¡¡NI TU ATENCIÓN!!
Lo aplastó con todo lo que tenía contra la cama, y se escuchó un crujido seco, tal vez la madera de la cama…
Tal vez algo peor.
—¡¡¡NO NECESITO QUE ME VALIDES, MALDITO CIERVO!!!
Alastor abrió apenas la boca.
Vox no tenía ni idea de cómo aun era capaz de hablar cuando lo estaba estrangulando en ese mismo momento.
—Clarísimo… —susurró con calma sádica. —. No lo necesitas… pero reaccionas como si murieras por ello…
Vox perdió la última hebra de control.
—¡¡TE ROMPERÉ HASTA QUE DEJES DE REÍRTE PARA SIEMPRE!!
Se escuchó un chasquido eléctrico y una chispa explotó en el aire con sus garras sobre la cintura del pantalón y lo desgarraba de tajo, arrancándole todo el costado mostrando aquella parte de la piel que, hasta ese entonces, ni él ni nadie habían visto. Y que era bastante abundante de pelaje de ciervo.
Valentino sintió un escalofrío. No era ajeno a escenas como esas —no cuando el mismo las practicaba— pero retrocedió ligeramente un paso ante la fiereza de Vox no pudiendo pronosticar nada bueno.
Golpeó con insistencia la pequeña portátil cámara que tenía estática en la pantalla, casi echada a perder. Hasta que de milagro la imagen de compuso y volvió a filmar, poniéndose él de por medio entre la lente y ellos.
El cuerpo de Alastor no tenía a dónde escapar, inmovilizado bajo el peso del televisor, una rodilla presionándole la cadera, un brazo bloqueándole el esternón.
Vox era puro metal, puro peso, pura rabia convertida en geometría.
Alastor no se inmutó.
Ni un parpadeo.
Ni una contracción de miedo.
Sólo esa sonrisa irritante que parecía diseñada para encenderle cada detonador emocional al maldito televisor.
Después de todo, ese “escenario” era una posibilidad dentro de sus —desesperados— cálculos cuando decidió urgir un plan cómo ese.
Pero al final, el fin justificaba los medios…
¡Pero vaya medios!
—Qué manera tan desesperada de demostrar tu superioridad~ —susurró Alastor, la voz suave como un filo húmedo—. Y después de esto… ¿qué dirás? ¿Que venciste al Demonio de la Radio? ¿O que te lo follaste? Ya me imagino tu propaganda… ¿Harás otro desfile?~
Vox apretó más.
La pantalla quedó roja.
—No pongas palabras en mi boca.
—Oh, Vox… —Alastor rió sin aire, sin miedo—. No necesito poner nada. Solo describo lo evidente. Lo básico. Lo poco creativo que puedes ser cuando pierdes el control~
La mandíbula de Vox tembló con un glitch apenas contenido.
—No me conoces, Alastor…
—¿No? —Los dedos largos del venado alcanzaron el borde del torso de Vox, trazando un gesto mínimo, clínico; no afecto, sino disección—. Sabes, Vox… aunque lo niegues, estás obsesionado conmigo. Te aterra admitirlo, porque admitirlo es ceder un milímetro de control. Y tú… tú no toleras eso.
Clavó su mirada lentamente en él.
—¿Verdad, Vincent?~
Valentino dejó caer la cámara un centímetro.
Jamás había escuchado ese nombre.
Jamás.
La reacción fue inmediata.
Vox golpeó la cama con la mano libre, a un centímetro del rostro del venado.
Un impacto seco, doloroso de escuchar.
—¡CÁLLATE! ¡Deja de hablar cuando estás a punto de terminar bien jodido!
Alastor inclinó la cabeza atrás, ofreciendo la garganta como quien ofrece una broma cruel.
La marca de los dedos de Vox ya se dibujaba en su piel.
Y, aun así, no paró de sonreír.
—¿Te duele que lo diga? —susurró, suave como una cuchilla entrando entre costillas—. Qué fascinante ver cómo insistes en ser divino, inquebrantable, superior… cuando eres lo más humano que he visto en este infierno.
Algo dentro de Vox se quebró.
No la ira.
No el ego.
Algo más íntimo.
Más peligroso.
Vox lo tomó del mentón, torciéndole la cara hacia él, obligándolo a verlo.
El venado no evitó la mirada.
La sostuvo.
Vox sintió la rabia transformarse en otra cosa.
Algo que no quería nombrar.
Algo que odiaba reconocer.
No importó.
Necesitaba interrumpir esa mirada.
Necesitaba romperla.
Con un gesto brusco, casi impaciente, tiró de los cables de la cama. Las serpentinas metálicas se tensaron y subieron, atrapando las muñecas de Alastor y estirándolas por encima de su cabeza.
El cuerpo del venado quedó expuesto, indefenso, atrapado en una postura de vulnerabilidad absoluta.
Valentino tragó saliva, con una extraña fascinación, filmando algo sorprendente.
El resto de la tela cedió bajo sus manos con un sonido áspero, como si rompiera un disfraz que llevaba demasiado tiempo viendo.
Pero no había triunfo en ese gesto. No había placer. Solo una furia torpe que buscaba algo —lo que fuera— que por fin hiciera reaccionar a Alastor como él necesitaba.
Quería desmontarlo.
Romper esa máscara teatral que Alastor cargaba como si fuera inmortal.
Pero Alastor no retrocedió.
Por supuesto que no.
No él.
No ese maldito ciervo perfecto que sonreía incluso con la garganta marcada, con la herida abierta palpitando, con el cuerpo temblándole justo donde creía que podía ocultarlo.
La sonrisa seguía ahí: impecable, perturbadora, casi luminosa bajo la sangre seca.
Una interferencia fija que no se movía aunque todo lo demás se fracturara.
Pero el cuerpo…
El cuerpo contaba otra historia.
Vox lo vio al instante.
El arco de la espalda, encogido sobre sí mismo.
Los hombros alzados, tensos, cerrándose como un anillo sobre la caja torácica.
Los codos pegados a la cama, buscándose una armadura que no tenía.
Y las orejas.
Las malditas orejas, siempre altivas, siempre teatrales… ahora planas, pegadas al cabello.
Desde que estaba atrapado ahí con él solían apuntar hacia atrás…
Pero no así.
Jamás tan vencidas.
Jamás tan bajas.
Era la primera vez —en mucho más tiempo del que quería admitir— que Vox veía a Alastor sin esa aura de amenaza…
Mentira.
Lo había visto así antes.
Pero eso fue hace demasiado tiempo, en un contexto que no tenía derecho a irrumpir ahora.
Un latido frío atravesó su pantalla.
Un glitch.
Una línea tembló y se corrigió.
Y entonces lo oyó.
El gruñido.
Bajo.
Casi imperceptible.
Si no estuviera encima de él, no lo habría detectado.
No era ataque.
No era desafío.
Era algo más viejo.
Más frágil.
Más animal.
Algo que no encajaba en la criatura invencible que Alastor insistía en interpretar.
Vox analizó cada microgesto sin pestañear.
¿Esfuerzo?
¿Dolor?
… ¿Miedo?
Una palabra que jamás habría asociado a él. No a ese venado.
Y, aun así, ahí estaba ese temblor… sin borrar la sonrisa desafiante que Alastor sostenía como un insulto.
Ese contraste le encendió la rabia como si fuera una acusación personal.
Una mentira expuesta ante él sin permiso.
Como si Alastor no tuviera derecho a quebrarse en su presencia.
Como si esa fragilidad fuera algo íntimo que Vox no debía ver… y que precisamente por eso lo enloquecía.
Quería verlo achicarse.
Doblarse.
Esconderse.
Volverse humano al fin.
Pero incluso con el cuerpo traicionándolo, el desgraciado seguía sonriendo.
Esa sonrisa fija que era una burla, un reto, una provocación.
Y, aun así, en lo más hondo de su sistema, algo registró la escena como un error.
Un frame corrupto.
Un parpadeo rojo.
Nada que fuera a detenerlo.
Así que Vox se obligó a buscar la cara de Alastor.
Necesitaba verla para convencerse de seguir. Ver otra vez esa sonrisa burlona capaz de borrarlo todo, capaz de provocarle la necesidad de arrancársela de un zarpazo.
La respiración del venado chocaba contra su antena, irregular, demasiado rápida para alguien que presumía no temer a nada.
El corazón —porque sí, había uno, maldita sea, por muy muerto que estuviera— golpeaba bajo sus dedos en un patrón extraño.
No era excitación…
Era alerta.
Aun así, Alastor sostuvo la mirada con la calma teatral de siempre.
—¿Eso es todo tu espectáculo, Vox? —se burló, redondo, perfecto—. Cadenas, una cama, un poco de tela rota. Creí que la era digital sería más… innovadora~
Vox no respondió.
Porque algo, ahí, le hizo click.
Vox sabía leer ambientes.
Era su función, su talento, ¡su maldita razón de existir!
Ejecutivos, audiencias, ratings, mentiras disfrazadas de cortesía.
En Alastor, hasta ahora, todo eso había sido una máscara siempre ganaba.
Pero allí, desnudo y la postura encorvada, el ruido hizo foco.
Vio el temblor mínimo en la comisura de la sonrisa.
Vio los dedos apretarse hasta clavarse las uñas en la propia palma.
Vio el leve desplazamiento de las costillas buscando espacio, como si el cuerpo esperara un impacto inminente.
Y esa idea le cayó encima como agua helada.
Y supo, si bajaba un poco más la mano, ese temblor se convertiría en otra cosa.
La náusea fue inmediata.
Porque cruzar esa línea no se parecía a ganar.
… No con él. No con… Ese bastardo de Alastor…
Los dedos quedaron tensos, inmóviles.
Alastor lo notó de inmediato.
Por supuesto que lo notó.
—¿Qué pasa? —susurró, rasposo, venenoso—. ¿Te quedaste sin guion, Vox?
El televisor lo miró sin decir nada.
Pero por dentro, el procesador corría imágenes en ráfagas: Contratos firmados con sangre junto a Velvette de el nuevo o nueva estrella express de la semana. Valentino riéndose con alguien atado, recién firmado los contratos. Cámaras que nunca se apagaban.
Y ahora, ese mismo ángulo de vulnerabilidad se repetía… pero con Alastor debajo.
Como si fuera cualquier otro más…
…
Pero no era cualquier otro más.
Él no.
Chasqueó la lengua, cortó la tensión con violencia y retiró la mano como si lo quemara, haciéndose para atrás para quedar de rodillas para mirarlo sin censura alguna...
Y se alejó.
—Tsk. Olvídalo —escupió, enderezándose—. No voy a desperdiciar más tiempo en esto.
Los ojos de Alastor brillaron, confundidos al principio, pero no por eso menos venenoso.
—¿Te acobardaste…? —dijo ligero—. Vaya, vaya… Parece que la televisión sí tiene límites. Qué decepción.
La frase le abrió una herida directa en el orgullo.
El impulso bruto de empujarlo contra el colchón volvió, feroz, urgente, primitivo. Y ahí sí, fallárselo hasta matarlo, que se tragara tus putas palabras...
Pero ahora que había visto esa curvatura defensiva, esas orejas gachas, ese eco de memoria antigua recorriendo el cuerpo del venado…
… ¡MALDITA SEA!
—¿Eh… qué? ¿Vox? —preguntó Valentino, incrédulo, parpadeando el pobre diablo.
Vox ya estaba de pie.
Se bajó de la cama con un movimiento seco. Los zapatos de charol tocaron el piso con un golpe hueco y el sonido rebotó por las paredes rojas como una sentencia recién firmada.
Alastor lo siguió con la mirada, todavía atado, todavía sonriendo… pero la sonrisa se había vuelto más pequeña. El pecho subía y bajaba más lento, como si su cuerpo intentara recuperar control mientras su mente calculaba si esto era una treta o una retirada.
Vox lo ignoró a propósito.
No por superioridad.
Por NECESIDAD.
Tenía que construir una excusa antes de que ese silencio dijera exactamente lo que estaba sintiendo.
—¡Ahem! Tengo… asuntos. Asuntos importantes. De ejecutivo. Asuntos que resolver. Ya. Ahora. Importantísimos. Se me habían olvidado.
Alastor parpadeó lentamente. La sonrisa se le congeló, la expresión exacta de un depredador confundido sin captar nada.
Valentino, si caso, estaba peor:
—¡¿Qué carajos, Vox?! ¡¿Asuntos?! ¡¿A estas horas, mamahuevo?! ¿Pero qué dices, Vox? ¡¿Vas a dejarlo ASÍ?! ¡Bueno, follátelo rápido y luego vas a tus asuntos esos! ¡No me dejes la filmación inconclusa en la mejor parte!
—¡NO ME IMPORTA TU MALDITO FILME! —saltó Vox, la voz fracturada por un glitch que rasgó el aire—. ¡Tengo cosas que hacer!
Alastor frunció apenas el entrecejo.
Trataba de comprender él también, pero no entendía ahora qué mierda le pasó a Vox en la cabeza.
Había pensado en todas las posibilidades, y en bastante desenlaces posibles —ninguno bueno para él, pero se había resignado; sobreviviría, era lo que importaba—… salvo esa: el plan fuga.
…
¿Por qué?
Valentino lo observó, entrecerrando los ojos, sin entender tampoco nada.
—Mmmm… Bueno, ya veo —murmuró, tocándose la barbilla con una uña grotescamente larga—. Entonces, si no vas a seguir con él… ¿puedo yo?
Sonrió de golpe.
Vox se giró tan rápido que el cable de la antena casi se enredó.
La imagen en su pantalla se oscureció un segundo, como si algo dentro de él quisiera cortar la transmisión por completo.
—NO. NI SE TE OCURRA. NO.
La habitación se tensó con esa palabra final. La posesión primaria, eléctrica y hasta animal electrificó el aire y erizó las antenas de la polilla solo con su estática.
Un tono que decía, sin necesidad de volumen:
Él es MI conflicto. MI enemigo. MI obsesión. MI territorio.
Valentino levantó ambas manos en gesto de paz, retrocediendo medio paso.
—Ay, solo preguntaba. Porque la forma en la que dejaste a Alastor tirado… fue como si te hubieran desenchufado justo cuando ibas a—
—¡NADA! —cortó Vox, subiendo el volumen tanto que las luces parpadearon—. ¡AMBOS consumen mi tiempo!
Y Vox salió.
Rígido.
Torpe.
Orgulloso.
Y absolutamente traicionado por su propia reacción.
La puerta se cerró de un golpe seco que hizo vibrar el marco entero.
Valentino la miró, luego miró a Alastor, luego otra vez la puerta.
—…Wow —murmuró—. Eso fue patético… Y adorable. Y un poquito sexy, no voy a mentir~
Alastor finalmente inhaló hondo, moviendo los hombros para acomodarse la camisa a medias, todavía con las cuerdas tensas sobre sus muñecas.
—No diría “sexy”, querido —replicó, con esa voz aterciopelada que usaba cuando quería sonar imperturbable.
La puerta todavía vibraba por el portazo.
Un eco metálico que se quedó atrapado en la habitación.
Y luego vino el silencio.
Algo no encajaba.
Algo no tenía estructura.
Algo estaba fuera de su control narrativo.
Y eso lo enfurecía más que el dolor y la humillación.
Alastor se quedó mirando aquella puerta, mosqueado por la incertidumbre.
Como odiaba ese sentimiento. Era lo que más detestaba en la vida…
—… ¿Radio? —la voz de Valentino sonó suave.
Alastor levantó la cabeza muy despacio.
Lo miró sin expresión, como quien escucha un ruido extraño y decide si vale la pena prestarle atención.
La polilla se frotó la sien.
—Yo… juraba que él te tenía ganas… ¡No entiendo! ¡De verdad que no! ¡Y lo he visto follarse a otros cientos de veces! Ósea, ¡me folla a mí! ¡Pero al bastardo de turno, ni dudes que los mete en la cama también! Y si es con consentimiento o no, créeme, eso no lo ha detenido nunca… ¡Y yo que pensé que tú la oportunidad más obvia para él! Así que, ¿qué pasó ahora?
Alastor pestañeó una sola vez.
Sin rabia.
Sin vergüenza.
Sin humor.
Solo una quietud peligrosa.
Profunda.
—Esa es demasiada información para mi gusto —murmuró, la voz áspera, indescifrable.
Alastor detestaba las cosas molestas.
Las incógnitas ajenas, sobre todo.
Valentino cruzó los brazos, observándolo.
—Ajá —sonrió torcido—. Claro. Nada de qué hablar. Te afectó cero. Cero, cero. Cero coma cero. Radiantemente indiferente.
Había una posibilidad un tanto lógica para Valentino el por qué huyera pero… admitirlo, era demasiado de momento.
Así que prefirió ignorar aquella corazonada.
Lo suyo no era corazonada. Directamente, era sospecha…
El silencio de la habitación se hizo incómodo, denso, demasiado largo.
—…Pues… ¿te suelto, o prefieres seguir así?
—Desátame.
Pero Valentino no hizo nada, cruzándose de brazos.
—… Espera… Capaz cuando Vox vuelva de esas “juntas” que sospecho son un poco imaginarias, volverá acá mas repuesto y finalmente tenga ganas de garcharte un rato… ¿No sería mejor que te quedaras en esa posición mientras tanto?
Alastor entrecerró los ojos, molesto.
—Desátame —ordenó.
—¡Huy, espera! ¡Sí tienes cola! —exclamó Valentino de golpe, observándolo con sorpresa, y levantó la cámara—. ¡Déjame filmártela que si no, no me van a creerme! ¡Velvette ocupa ver esto!
Alastor blasfemó en francés.
Algún día se comería a esa polilla.
—Desátame —le amenazó directamente.
________________________________________________
La puerta todavía vibraba por el portazo cuando Vox salió al pasillo.
Caminó recto.
Erguido.
Digno.
El paso firme de alguien que no está huyendo, incluso si lo está.
Sus zapatos marcaban un ritmo impecable sobre el mármol —clac, clac, clac—, como si cada golpe fuera un recordatorio de que seguía en control.
O debía seguirlo.
Se arregló la chaqueta como si nada hubiera pasado.
Nada pasó.
Nada ocurrió.
Nada casi sucedió.
Como si no hubiera estado a un suspiro de cometer algo imperdonable.
Como si no hubiera sentido algo imperdonable.
No.
No debía de pensar en eso.
Siguió avanzando.
Un tramo.
Otro.
La luz azul de VoxTek lo envolvía como un escenario, obligándolo a mantener la postura perfecta, la silueta perfecta, la mentira perfecta.
Cuando el elevador se detuvo, Vox no se movió al principio.
La línea de luz azul que bordeaba la puerta tembló un instante cuando esta se abrió… y entonces lo vio.
El pasillo de cristal.
Silencioso.
Vacío.
Iluminado por el resplandor frío del acuario que ocupaba toda la pared derecha.
Litros y litros de agua oscura, ondulando detrás del vidrio reforzado.
Sombras de burbujas, destellos metálicos.
Y el tiburón más querido —y único ser vivo que Vox toleraba cerca— girando en círculos lentos dentro del tanque.
Shok.wav
Habitualmente reconfortante.
Hoy, un testigo indeseado.
Vox dio un paso afuera del elevador y el reflejo de su pantalla vibró sobre el cristal del acuario. El tiburón lo observó un momento, inclinándose apenas hacia el vidrio, como si reconociera el cambio de ritmo en la antena.
Vox enderezó los hombros de inmediato.
No podía permitirse flaquear frente a nadie.
Ni siquiera frente a un pez carnívoro con nombre de archivo.
Pero cuando el pasillo confirmó que estaba completamente solo —solo él, el tanque gigante y la respiración lenta de Shok.wav— la fachada empezó a fracturarse.
Su pie falló.
Primero un tropiezo diminuto, casi invisible.
Luego otro.
Hasta que la mano terminó apoyada contra el cristal helado del acuario.
Shok.wav se acercó nadando, curioso, flotando justo al otro lado de la palma temblorosa de Vox.
Lo miró.
Sin juicio.
Sin exigencias.
Solo lo miró.
Y ese contraste —la calma del tiburón y el desastre en su pecho— lo atravesó como un glitch.
Ahí fue donde Vox golpeó la pared por primera vez.
No contra el vidrio.
Contra sí mismo.
Clac…
… Clac.
…… Clac.
Y se detuvo.
O, mejor dicho: su cuerpo lo detuvo a él.
Vox apoyó una mano atrás, contra la pared.
Los dedos rígidos, la palma temblando con una electricidad que no sabía dónde descargar.
Lanzó un golpe seco al concreto, cargado de impotencia.
De rabia que no tenía nada que ver con Alastor…
Sino consigo mismo.
La estática se expandió por el pasillo como un suspiro violento.
Cerró los ojos y respiró hondo.
Su antena parpadeó irregular.
Pero traicionado por su propios pensamientos —ese pensamiento que llevaba años conteniendo como un virus dormido, un archivo corrupto— finalmente estalló:
“… Siempre imaginé que la primera vez con él... después de todo este tiempo... sería distinta…”
El glitch interno fue inmediato.
Más digno.
Más ordenado.
Más verdadero.
Sin testigos.
Sin accidentes.
Sin miedo en los ojos de él.
Abrió los ojos.
El reflejo azul en el piso devolvía algo que detestaba: la sombra de alguien afectado.
Él.
Vox.
El ícono.
El imperio.
La pantalla que todo lo domina.
Se masajeó el borde rígido de la “mandíbula”, como si pudiera borrar la sensación de lo ocurrido.
Su respiración tembló una fracción, apenas una arritmia digital.
… No con él mirándome así…
… No con él tensándose así…
… No con él temblando así…
La palabra asustado quiso cruzar la línea.
La negó con furia.
Porque un Alastor asustado no existe en su mundo…
…Y, sin embargo, lo vio…
Alastor estuvo asustado…
Lo sintió…
¿No?
Golpeó la pared otra vez, sacando chispas en el ambiente.
¡Ese maldito venado!
Ese depredador elegante que nunca debía quebrarse.
Ese idiota que sonríe como si no existiera ni cielo ni infierno ni dolor.
Ese monstruo que siempre tuvo la ventaja psicológica sobre todos…
Incluso sobre él.
Porque él lo quería.
Lo quiso desde antes de todo.
Antes de VoxTek.
Antes del nombre.
Quizá empezó siendo una mezcla torcida de ambición y hambre… pero negarlo ahora era una mentira que ni su propio algoritmo aceptaba.
Y además… esa noche… no engañó a nadie.
El demonio de la televisión dejó caer la espalda contra la pared y respiró pesadamente.
Miró sus manos manchadas de sangre ajena.
Restos de tela.
Fibras de pelaje adheridas.
Y en su mente persistía la imagen: Alastor boca arriba, respirando rápido, rígido, conteniendo un temblor que no debía existir.
¡¿Qué demonios fue eso?!
¡¿Qué demonios fue él?!
Se odió a sí mismo por empujarlo tan lejos.
Se odió aún más porque —por un instante— lo deseó con una claridad insoportable.
Estuvo a un movimiento.
A un gesto.
A un segundo.
Y él mismo lo arruinó.
Porque no soportó verlo así.
A él.
No a un desconocido.
No a un demonio cualquiera.
A ÉL.
Su voz salió como un glitch miserable, demasiado honesto, demasiado humano:
—… Lo amo…
Un murmullo incrédulo.
Cargado de miedo y claridad.
De Vincent, no de Vox.
Repitió, más bajo, con la garganta cerrándose:
—… Aún lo amo…
¿Cómo era posible seguir amándolo después de tantos años dedicados a odiarlo, a enterrarlo, a convertirlo en un archivo muerto?
—Maldita sea…
Se dejó caer hasta sentarse en el piso, rodillas elevadas, la cabeza hundida entre las manos.
Respiración rápida.
Caótica.
Antinatural.
Indigna de él.
Intentó recomponer la compostura.
No pudo.
Porque aun así… aun así…
La única imagen que no lograba borrar era la de Alastor: respirando irregular, el cuerpo rígido, los ojos tensos, la postura entre defensa y desafío…
Y supo —con una lucidez cruel, casi insoportable— que no se lo habría perdonado jamás si hubiera cruzado esa línea.
Por más que quisiera arrancarle la cabeza… no habría podido.
No a él.
No así.
No cuando lo había amado durante tanto tiempo.
No cuando lo seguía amando ahora.
