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WAYNE'S PROTOCOL FOR HEARTBREAK

Summary:

Damian Wayne lo tenía todo bajo control: una vida lejos del caos de Gotham, una prestigiosa carrera en medicina y una tranquila distancia de la familia más disfuncional de los superhéroes. O eso creía, hasta que un colapso por agotamiento lo devuelve, vulnerable y fracturado, al epicentro del drama familiar.

Jonathan Kent, por su parte, está atrapado: entre un trabajo que lo subestima, una relación fallida que no termina de morir y el persistente fantasma del amor que enterró por su mejor amigo de la infancia.

Cuando una crisis obliga a Damian a regresar a Gotham, su reencuentro con Jon desata una chispa que ambos creían apagada. Pero en la familia Wayne, el amor nunca es simple. Bruce, consumido por la paranoia paternal y celos irracionales, está decidido a "proteger" a su hijo de cualquier romance, especialmente si involucra a un hombre mayor... o al hijo de Superman. Lo que comienza como un intento de reconexión se convierte en una misión casi imposible: enamorarse bajo el escrutinio más intenso del mundo, mientras navegan los traumas del pasado, las expectativas de sus legados y la locura hiperprotectora de Batman.

Notes:

Este es un capítulo corto. Aún no profundizamos mucho en la dinámica entre Jon y Damian —eso se explorará en el próximo capítulo—, pero necesitaba sentar las bases de la trama de Bruce. Las etiquetas se modificarán periódicamente, al igual que los capítulos, ya que nada está del todo establecido aún.

Chapter 1: CAPÍTULO UNO

Chapter Text

 

El pasillo del quinto piso en el edificio de apartamento en el que vivía, estaba inusualmente oscuro y silencioso.  Sospechó, un sonido leve que se perdió en la penumbra. O se les había olvidado encender las luces del pasillo, o la pequeña Liv —de ocho años y una energía inagotable— había estado otra vez jugando con los interruptores. Lo que, a su vez, implicaba que el “Señor” Donovan, su vecino, aún no había regresado del trabajo.

Encendió la luz, bañando el pasillo en una claridad tenue, y se acercó a la puerta del apartamento. De su bolsa de lona, ​​extrajo un paquete de pasteles y los colocados en la manija de la puerta.            

Esperaba que eso animara a la pequeña Liv. Había sido su cumpleaños ayer, y él lo había olvidado por completo. La niña, sin duda, lo reclamaría con esa mezcla de indignación y cariño que solo los niños pueden dominar.                    

Aún se sorprende de lo mucho que todo había cambiado, lo que parecía ser una eterna rivalidad entre vecinos, había terminado cuando la niña irrumpió en su departamento llorando, tras una serie de incidentes con niñeras poco confiables y el estrés palpable de Elias Donovan, entre el trabajo y ser padre soltero de una niña pequeña. Había estado furioso, cuando se enteró de los castigos aplicados por las niñeras, había gritado a todos y contra todo. Y fue así, que cualquier rivalidad que pudo haber existido se esfumó por completo. No es que la niña no le hiciera bromas pesadas aún, pero él tenía que demostrar quién era el adulto entre ambos. E indiscutiblemente se habían convertido en los mejores amigos.

Tocó la puerta con los nudillos, un golpe seco y preciso. Sabía que Liv estaba adentro; había escuchado el leve sonido de la televisión presentado algún programa de dibujos animados. Un pequeño nudo de preocupación, mínimo pero presente, se forma en su estómago. Esperaba que, esta vez, no hubiera espantado a la niñera.

El asunto de las niñeras era un punto delicado, y él tenía cierta… responsabilidad indirecta. Tras enterarse de que su cuidadora anterior había sido brusca con Liv, Él, en un raro impulso de intervención práctica, le había enseñado a la niña algunos principios básicos de defensa personal. " Aquí es donde pateas si alguien te agarra y no suelta ", le había dicho, señalando con seriedad una zona específica de la espinilla. "Y si te tapan la boca, muerde. Fuerte."

Liv, con la ferocidad aplicada de una niña de ocho años que había encontrado un superpoder, lo tomó al pie de la letra. El resultado fue una sucesión de niñeras aterrorizadas que llegaban con mordeduras en las manos, gritos desgarradores a los oídos y relatos de una "pequeña fiera". La agencia local se había negado tajantemente a enviar a más candidatas. Elías, había pasado por un infierno logístico, desesperado por conciliar, su trabajo como abogado con el cuidado de su hija. Ciertamente, el hombre no podía quedarse todo el día en casa.

Después de un rato, se escucharon pasos—más de una persona. Sin duda, una niñera nueva. Debe ser buena si Liv la dejo quedarse más de un par de horas, aunque parece que se olvidó prender la luz del pasillo. Al menos la niña no estaba sola. Suspiré y se giró hacia su propio apartamento.

-

Abró la puerta, subió la luz de su pequeño apartamento y dejó caer su mochila en el sofá. Dio unos pasos hasta la cocina y se sirvió un vaso de agua, bebió despacio, dejando que el líquido frío lo despertara un poco.

 Damián estaba exhausto. Había tenido que asistir a una clase imprevista; luego tuvo que correr hacia el hospital y revisar la condición de unos de los pacientes que estaban bajo su cuidado, a pesar de ser su día libre.

Después de unas horas ahí corrió a hacía, su trabajo ocasional en la Galería de Arte local, el trabajo era muy bueno, podía ver los ingresos de nuevas obras, y ayudaba ocasionalmente en el taller de restauración, aunque su trabajo ahí era como asistente de identificación y procedencia de las obras, le gustaba el trabajo, era muy flexible con su horario. Aunque la paga era poca y difícilmente llegaría a fin de mes, sin duda tendría que buscar un segundo trabajo tan bueno como ese, para poder pagar las cuentas. Damian se negó a usar la tarjeta negra que se encontraba en uno de los cajones de su armario.

Miró el reloj de la pared. Las 21:07 horas. No había comido nada desde el desayuno—una manzana que devoró corriendo para no llegar tarde. Ahora el hambre era un agujero sordo en su estómago. Abrí el refrigerador, buscando algo comestible.

Ahí estaba, en un recipiente de vidrio: la ensalada de quinua, tostadas de espinacas y nueces que había preparado la tarde anterior. Parecía estar bien aún. La sacó, junto a un vaso de jugo de naranja natural que quedaba, y se dirigió al sofá. Depositó el bol y el vaso en la mesita del centro.

Miró sus manos, completamente sucias; aún había rastros de resina entre sus dedos. Se dirige al baño a lavarlas. Después de lo que parecía una hora, aunque en realidad fueron solo un par de minutos, regresó a la sala y sacó el celular del bolsillo de sus pantalones, suspensó cuando se dio cuenta que el celular estaba muerto. Lo conectó al cargador que tenía junto al sofá, espero un momento antes de encenderlo, instantáneamente, las notificaciones comenzaron a llegar en un torrente silencioso. Dejó que el celular sonara con las notificaciones.

Se sentó, dispuesto a por fin comer, cuando el teléfono vibró con una llamada entrante. Gruñó irritado.

Coloco el tenedor sobre la mesa, sin siquiera haber probado bocado. Se estiró hasta el otro extremo del sofá para poder agarrar el móvil. La pantalla estaba iluminada, el celular vibraba, y el nombre que apareció hizo que su cansancio se volviera de plomo:

Capellán.

Desconectó el celular del cargador y volvió a sentarse correctamente en el sofá, jugueteo con el móvil en sus manos y después del tercer timbre, contestó con un tono que era casi un susurro, pero firme.

-Capellán.

—¿Por qué no contestas? —La voz de Bruce fue un látigo al aire, cortante y sin preámbulos. Ni un saludo, ni disculpa por la hora—. Él llamó tres veces.

—Estaba ocupado —respondió Damian, apretando el teléfono con más fuerza—. En el hospital.

Un silencio cargado. Damian podía casi  oír  el ceño fruncido de Bruce al otro lado de la línea.

—Olvídalo —dijo finalmente, descartando la explicación—. ¿Cuándo vuelves?

La pregunta, tan directa, lo tomó por sorpresa. — ¿Vuelvo? No tengo planeado un viaje a Gotham. Las clases y el trabajo…

—El aniversario —lo interrumpió Bruce, su tono era el de quien da un informe—. De bodas. En dos semanas. Habrá un evento en la Mansión. La prensa estará allí. Preguntan por ti.

La razón era tan fríamente práctica, tan  Bruce Wayne , que a Damian le dio un vuelco el estómago. No era "quiero que vengas", era "tu ausencia genera preguntas incómodas".

—No puedo ir —declaró Damian, manteniendo su voz tan neutra como la de su padre—. Tengo exámenes esa semana. Y prácticas en el hospital ya programadas. Estoy... ocupado.

—Reordénalo —fue la única respuesta, una orden.

—No es algo que se 'reordene', padre —replicó Damian, sintiendo cómo una vieja frustración comenzaba a hervir—. Esta es mi vida ahora. No gira alrededor de los eventos sociales de Gotham.

Hubo otro silencio, más largo, más denso. Damian podía sentir la desaprobación emanando a través del océano.

—Se espera que estés aquí —dijo Bruce al final, y su voz había perdido el filo, convirtiéndose en algo plano y definitivo.

—Pues…

La línea se cortó.  Hacer clic.  Un sonido final, absoluto, que resonó en el silencio de su habitación. Bruce no había esperado una respuesta. No había dicho adiós. Solo había colgado, dejando a Damian con el teléfono en la mano, dejó el teléfono sobre la mesa, junto al tenedor que nunca llegó a usar. Miró su ensalada: la quinua parecía más seca, las espinacas un poco más marchitas.

El hambre, que hace poco había hecho rugir a su estómago, se retiró de golpe, ahogado por algo más profundo y familiar: la resignación. Que lo llevó a sumergirse en sus pensamientos.

 

-

 

Tras un largo y gris período de transición tras la muerte de Alfred, Damian se había quedado en la Mansión. Lo hizo, en parte, por un sentido del deber y un temor silencioso a que Bruce se hundiera en la soledad. Pero, en el fondo —un fondo que solo reconocía en sus momentos más honestos—, lo había hecho por él mismo. No quería estar solo con su propio dolor. La casa vacía, sin el mayordomo, era un mausoleo.

Pero poco después, Selina llegó, trayendo consigo una calma ruidosa, una complicidad y una paz que Damian nunca supo —ni quizás pudo— ofrecer. Comprendió entonces que, para superar el dolor inconsolable que la muerte de Alfred había dejado en él, debía encontrar su propio camino, tal como parecía que todos los demás hacían con una facilidad que a él, le parecía inalcanzable. Así que se embarcó a un nuevo reto: el Torneo de Lázaro.

Y luego, Alfred había regresado. Resucitado —un fenómeno aparentemente común en la familia de murciélagos, aunque eso no restaba ni un ápice del milagro. Al enterarse, Damian había regresado a la Mansión inmediatamente, ávido de recuperar el tiempo perdido con su abuelo, de aferrarse a la normalidad estable y amorosa que solo Alfred podía tejer a su alrededor.

Pero muchas cosas habían cambiado. La vida de los demás seguida, llena de hitos que él observó desde la distancia. Dick se casó con Babs —lo cual estaba bien, Damian era genuinamente feliz por ellos—. Después, Tim empezó a salir con Conner, y la presencia de la Super Familia se volvió una constante aún más arraigada en la Mansión. Bruce pasó más tiempo con Clark, Selina se hizo íntima amiga de Lois. Los matrimonios, las parejas establecidas, formaban su propio círculo, cómodo y completo.

Y luego estaba Jonathan.

Damian había estado enamorado de Jon desde hacía mucho, mucho tiempo. Desde que eran niños, desde antes de que el viaje con su abuelo los separara e invirtiera sus edades. Claro, cuando Jon regresó, era alcalde, y tenía un mundo que conocer. Damian tampoco pasaba por un buen momento. Y la vida siguió: Jon, a sus dieciséis años, empezó a salir con otras personas. Damian, a los trece, lo observaba, tragándose cada nombre, cada sonrisa dirigida a otro. Eran etapas diferentes, caminos que parecían paralelos pero destinados a no tocarse.

Luego vino Jay. La relación de Jon con Jay Nakamura tuvo sus altibajos, pero cuando Jon tenía diecinueve años y Damian dieciséis. Jon y Jay rompieron. Y en el corazón de Damian, una esperanza temeraria y tóxica brotó como una flor en el desierto. No podía vivir para siempre escondiendo sus sentimientos de su mejor amigo. Era Damian Wayne, no una cobarde. Era todo o nada.

Se plantó frente a Jon, con el corazón latiéndole en la garganta, y se lo dijo. Hacer. La admiración, la amistad, el amor que había crecido con cada año de silencio. Y Jon… Jon lo besó, no un beso fugaz, no, un beso apasionado. Fue un beso que hizo que Damian creyera levitara, que el universo entero se reorganizara alrededor de ese punto de contacto. Esa noche, se durmió pensando que ese sería el inicio de su historia, la suya y de Jon. Cursi, cliché, lo que fuera. Él estaba enamorado.

Hasta que despertó.

Fue en la fiesta para anunciar el compromiso oficial de Tim y Kon. La Mansión estaba llena de luz, risas y felicidad ajena. Y allí, entrando de la mano, radiantes, estaban Jon y Jay. Anunciando, con sonrisas amplias, que habían vuelto.

El mundo de Damian no se hizo añicos con estruendo. Se desvaneció, silenciosamente, como un azucarillo en agua fría. El beso, la confesión, la esperanza… todo quedó reducido a un malentendido patético, a un momento de debilidad de Jon, a nada. Mientras todos celebraban un amor, él enterraba el suyo en el mismo instante en que había nacido, con la sonrisa forzada pegada al rostro y el sabor a cenizas en la boca. Y ese día, Jon lo había evitado, cada vez que intentaba acercarse para poder exigir una explicación.

Y, luego todo pareció empeorar, tras un incidente en el que Damián había sido particularmente violento, su padre le quitó la capa de Robin. Esta vez, en lugar de luchar por recuperarla, Damián simplemente perdió hasta las ganas de hacerlo. Se sintió vacío, perdido… y, una vez más, abandonado a su suerte.

Fue un contraste brutal. Mientras su padre y sus hermanos se sumergían en misiones que duraban meses —operando en una frecuencia heroica y cerrada en la que él ya no sintonizaba—, para Damián no surgió ni la más mínima necesidad genuina de volver a ponerse el traje, ni de bajar a la Baticueva como quien vuelve a casa. Ese impulso, sencillamente, se había apagado.

Sintiéndose una vez más desencajado, como una pieza de un rompecabezas que ya no encajaba en el cuadro completo, Damian supo que tenía que seguir su camino. Se sentía incómodo viviendo en la Mansión; aunque Alfred estuviera de vuelta —un faro de consuelo—, cada uno —Bruce, Dick, Jason, Tim, Cass… Jon— navegaban en su propia órbita, con vidas y luchas que no tenían cabida para él. Y él necesitaba encontrar la suya. No podía seguir orbitando para siempre alrededor de la gravedad de su padre, esperando, como un satélite olvidado, a ser visto y reclamado. Necesitaba encontrar su propio camino en la vida, y ciertamente, ayudaría mucho, ser admitido en la escuela de medicina a los dieciséis.

De eso hacía ya cinco años.

La verdad, cruda y simple, era que no había puesto un pie en la Mansión Wayne, hacía mucho tiempo, hace tres años para ser exactos, al principio había viajado regularmente para visitar a su familia, hasta que noto el desinterés de su padre. A lo cual, simplemente decidió no regresar  Gotham, tampoco tenía el menor deseo de hacerlo. No quería perturbar el nuevo hogar —equilibrado, completo— que su padre había logrado construir, ni forzar encuentros incómodos apareciendo sin invitación. Cómo se lo habían insinuado una vez. Además, entre sus estudios en Cambridge y la demanda de su trabajo en el hospital y la galería, se mantuvo lo suficientemente distraído —y, tal vez, deliberadamente ocupado— como para darse cuenta de lo rápido que pasaba el tiempo, y de la distancia silenciosa que surgía.

 

-

 

El dolor de cabeza, que había empezado como una punzada sorda durante la llamada, se hizo más fuerte, insistente en sus sienes. Le ardían los ojos, ya no solo de cansancio, sino de una tensión que le nublaba la vista. De repente, le invadió una sensación de frío que parecía venirle de los huesos, a pesar de la calefacción de su apartamento.

Sin fuerzas para más, se levantó del sofá. Su movimiento fue mecánico: fue al baño, buscó en el botiquín una pastilla para el dolor, se tragó la píldora con un sorbo de agua directamente del grifo. No miró su reflejo en el espejo.

Mañana se levantaría temprano, y tendría que continuar con su día ya planificado.

 

-

 

Se había levantado tarde, con la cabeza aún martilleándole desde dentro, como si llevara un yunque en lugar de un cerebro. Salió de su apartamento a duras penas presentable, alisando a tirones la camisa arrugada y con una mancha de café en el pantalón. Su uniforme de prácticas estaba sucio; maldijo en silencio, recordando que tenía un repuesto en su locker del hospital.

El ascensor. Miró el indicador: atascado en la planta baja. No subía. Tendría que bajar los tres pisos por las escaleras, corriendo, con la cabeza a punto de estallar. Un gemido de pura frustración le escapó de los labios.

—Vas tarde —oyó que alguien decía a sus espaldas. Una voz grave, familiar, con un deje de diversión.

Damian se giró, encontrándose con Elias Donovan. A sus 36 años, abogado pedante y padre de Liv tenía el aspecto de quien, contra todo pronóstico, había logrado dormir unas horas decentes. El hombre estaba en muy buena forma y era atractivo, algo que Damian nunca le diría, no haría más grande el ego del hombre. —No estoy para tus bromas, Donovan —refunfuñó Damian, usando el apellido como solía hacer en tono seco.

Elias soltó una risa breve, un sonido bajo y cálido.
—No quiero fastidiarte, Damian. Yo también estaba esperando el ascensor —dijo. Pero en cuanto lo miró de cerca, el gesto burlón se desvaneció, reemplazado por una atención seria,
—Vamos —añadió con suavidad—. No te preocupes por eso. Te llevo en el coche. El hospital me queda de camino al trabajo.

Damian lo miró con escepticismo. La oferta, viniendo de él, era… inusualmente considerada.

—Lo digo en serio —insistió Elias, inclinándose apenas hacia él—. Aunque, mirándote bien… tal vez deberías llamar y pedir el día. No tienes buen aspecto, Dami.

La observación, hecha con una franqueza que no lo invadía, pero sí lo tocaba, pinchó un nervio. Dami. Un apodo que Elias usaba solo cuando estaba siendo sincero… o descaradamente confiado.

—No lo creo, Donovan —replicó Damian, enderezándose con un esfuerzo deliberado que tensó cada músculo de su espalda, desafiando el dolor, el mareo y el cansancio que se le aferraba a los huesos—. Por el contrario, tengo el presentimiento de que hoy será… un gran día.

La frase sonó hueca incluso para sus propios oídos, pero era la única armadura que le quedaba.

Elias Donovan lo observó durante un segundo que se sintió eterno. Sus ojos azules, de un tono grisáceo y preciso, se entornaron, escaneando el rostro pálido de Damian, las sombras bajo sus ojos, la línea de tensión en su mandíbula. No era la mirada de un vecino preocupado; era la mirada analítica de un abogado acostumbrado a detectar fisuras en un testimonio. Finalmente, asintió, un movimiento lento que no denotaba acuerdo, sino resignación ante la terquedad ajena.

—Como digas —murmuró, su voz perdiendo el último rastro de broma. Con un gesto de la cabeza, indicó la salida del garaje—. Pero la oferta del coche sigue en pie. Y… —hizo una pausa deliberada, midiendo sus palabras— si en algún momento del día te das cuenta de que no estás en condiciones, puedes llamarme. Lo sabes, ¿verdad?

Damian arqueó una ceja, una mezcla de incredulidad y fastidio. —¿Por qué te llamaría a ti, exactamente?

Una sonrisa ladeada, peligrosamente encantadora, se dibujó en los labios de Elias. Era la sonrisa de un hombre que sabía el efecto que causaba: rubio impecable, trajeado con una elegancia despreocupada a las siete de la mañana, emanando una seguridad tan natural como el aire que respiraba. Difícil de ignorar, imposible de descartar por completo.

—Vamos, Damian —dijo, bajando la voz a un registro casi confidencial que atravesó el eco del vestíbulo—. No somos desconocidos. Nos conocemos desde hace cuatro años. Somos vecinos. Y, me atrevo a decir, amigos. En esta ciudad, estamos prácticamente solos el uno para el otro.

Se inclinó ligeramente hacia adelante, reduciendo la distancia entre ellos. El gesto no fue invasivo, pero sí íntimo.

—Además… —añadió, y esta vez su tono fue completamente sereno, sin rastro de coquetería— eres mi contacto de emergencia y esperaba ser el tuyo.

Damian parpadeó, la sorpresa limpiando por un instante la niebla de su dolor de cabeza. —¿Qué? ¿Desde cuándo?

—Desde que Liv decidió, con la sabiduría indiscutible de sus ocho años, que, si a su papá le pasaba algo, tú eras la única persona “que sabía pelear como los superhéroes y no se asustaría de nada” —explicó Elias. Su voz mantuvo una nota de humor, pero por debajo fluía algo más cálido, más genuino, un hilo de profunda confianza—. Y la verdad… no tuve corazón para cambiarlo.

La manera en que lo dijo —directo, sin subterfugios, sosteniendo su mirada— hizo que un extraño y fugaz calor ascendiera por las mejillas de Damian. No era vergüenza. Era algo más complejo.

Elias, al ver su reacción, dio un paso atrás, devolviendo el espacio. La sonrisa se suavizó, volviéndose casi comprensiva. —Piénsalo. Y recuerda la oferta del coche. No voy a esperar toda la mañana.

 

-

 

"Tengo el presentimiento de que hoy será… un gran día."

Eso era lo que había dicho.

Había escuchado a personas hablar del poder de la palabra, de la manifestación. "Manifiesta lo que deseas y el universo conspira". Vaya montaña de mierda, pensó ahora, con amargura.

 

La ironía era tan grotesca que casi resultaba cómica. Damian se había desmayado. No durante el forcejeo caótico en Urgencias, donde un paciente intoxicado y violento había sembrado el pánico, y donde él, junto a otros médicos y enfermeros, había intervenido para sujetarlo. En ese momento, recibió un golpe en la cabeza, sí, pero se había mantenido en pie. Adrenalina. Deber.

No. El desastre ocurrió después, cuando la adrenalina se esfumó. Había ido a la cafetería, buscando finalmente un café y una ensalada vegetariana que le devolvieran algo de energía. Había pagado, había dado dos pasos con la bandeja en la mano… y el mundo se había inclinado de repente. Un vértigo absoluto, una oscuridad que subió como una marea. Lo último que recordaba era el frío del suelo de linóleo contra su mejilla, y un dolor agudo, distinto, en el hombro.

Cuando despertó, el mundo era blanco, lento y borroso. Estaba en una camilla, con una vía intravenosa que le pinchaba el dorso de la mano. Un médico de cabello canoso y gesto severo. El Dr.  Grover, —dios Damian quiere desaparecer— le explicó con voz clínica que había estado inconsciente cerca de cuarenta y ocho horas. Que además de una conmoción cerebral moderada, presentaba una fractura limpia del húmero proximal izquierdo. Estaría inmovilizado con un yeso y un cabestrillo durante, al menos, ocho semanas. Y que, para colmo, sus análisis sanguíneos habían arrojado niveles alarmantes: anemia ferropénica severa y marcadores de desnutrición leve pero persistente, un cuadro clásico de meses de estrés extremo y descuido alimenticio. El reposo, dijo el doctor, no era una sugerencia.

Damian intentó protestar, articular que tenía exámenes, que su rotación… pero fue interrumpido por la residente a cargo de las prácticas de Damian, la Dra. Chen, una mujer joven cuya voz serena no lograba ocultar un reproche feroz.

—Tuviste una suerte increíble, Wayne —le dijo, sosteniendo su tablilla contra el pecho como un escudo—. La fractura está en el hombro izquierdo y, milagrosamente, no ha afectado el plexo braquial ni ningún nervio principal. Tu pronóstico de recuperación absoluta es favorable, pero solo si sigues el protocolo al pie de la letra. —Hizo una pausa, clavándole la mirada—. Si quieres ser cirujano, Damian, debes saber que esa caída pudo haberte arruinado la carrera. Un daño nervioso ahí… y te hubieses despedido de la cirugía de precisión. Considéralo una advertencia.

Antes de salir, la Dra. Chen añadió, con un tono más neutro: —Ah, y tu familia está fuera. Han estado… insistiendo. Ingresarán en unos minutos.

Fue entonces cuando Damian, a través de la niebla de los analgésicos, se percató de los detalles: las cortinas gruesas, el silencio, la vista a un patio interior tranquilo. Una habitación privada. Por supuesto. Alguien, se había asegurado de ello. Un gemido de pura frustración y debilidad le escapó de los labios.

La puerta se abrió antes de que pudiera componerse.

Y allí estaban. Llenando el umbral con una presencia que hizo que la estéril habitación de hospital se sintiera de pronto opresiva: Bruce, con el rostro tallado en granito, pero con una palidez bajo los ojos que delataba noches sin dormir. A su lado, con una familiaridad que aún le resultaba extraña a Damian, Selina Kyle. No, Wayne. Selina Wayne. Estaba prendida de su brazo, no con debilidad, sino con una solidaridad posesiva y calmante.

Dick, cuyos ojos brillaban con una angustia mal disimulada. Jason, de brazos cruzados, con una expresión que oscilaba entre el fastidio y la preocupación. Tim, analítico y silencioso. Y Alfred, impecable como siempre, pero con una fina línea de tensión alrededor de la boca que decía más que cualquier palabra.

Y justo detrás de ellos, su cabellera rubia destacando como un faro en el mar de tonos oscuros y familiares, Elias Donovan. No vestía de traje, sino con unos jeans y una chaqueta informal, pero su postura era la misma: esa seguridad relajada y observadora. Su mirada se posó en Damian, y en sus ojos azules no había rastro de la sonrisa ladeada qué lo caracterizaba. Solo una preocupación intensa, nítida.

Damian sintió que el aire se le atascaba en los pulmones. ¿Qué demonios hacía Donovan ahí? ¿Cómo había llegado con ellos? La invasión no era solo familiar; era total. Su mundo en Cambridge, su refugio solitario, estaba siendo violentamente invadido por su familia.

Un nuevo gemido, esta vez de puro desconcierto y una vergüenza aguda, le surgió del pecho. Estaba atrapado, fracturado, y ahora, completamente expuesto.

 


 

Bruce estaba sentado en una silla rígida al lado de la camilla, observando a su hijo. Damian parecía una versión frágil y quebrada de sí mismo: un morado oscuro y violento con bordes rojizos le cubría la sien, marcando donde su cabeza había golpeado el suelo. Una vía intravenosa le perforaba la piel del dorso de la mano, un tubo transparente que alimentaba su cuerpo con los líquidos y nutrientes que su propia negligencia le había negado. Y el brazo izquierdo, inmovilizado en un yeso blanco e implacable.

La ira crecía dentro de Bruce, como lava hirviente que amenazaba con hacer saltar por los aires su compostura. Quería sacudirlo. Gritarle. Interrogarlo bajo una luz cegadora hasta que cada verdad saliera a la superficie: ¿Cómo había llegado a esto? ¿Por qué? ¿Por qué nunca hablaba? ¿Por qué no confiaba en ellos?

Si tenía problemas, podía decirlo. Si se sentía mal, podía parar. Si el peso de las clases y el hospital lo aplastaba, podía renunciar. Él lo sostendría. Bruce lo habría respaldado sin dudar.

Entonces, ¿por qué? ¿Por qué ese esfuerzo obstinado, silencioso y claramente autodestructivo? Podía apoyarse en ellos. Podía pedirle ayuda a él, a su padre. Bruce no se la hubiera negado. Damian podía haber pedido lo que quisiera, todo lo que quisiera.

Pero esto. Llegar a este punto. Terminar herido no por la bala de un enemigo o el hechizo de un adversario, sino por el lento, insidioso envenenamiento de su propia negligencia. Por su propio descuido.

Era lo que más le quemaba el pensamiento a Bruce. ¿Cómo habían llegado a esto? Su hijo, el niño que solía tratar su cuerpo como un templo, siempre impecable, siempre en control, siempre en la cúspide de su forma física… ¿cómo había permitido que se redujera a esto? A una fractura por desmayo.

Con la mirada baja, clavada en la mano de Damian que no cesaba de retorcer y alisar las arrugas de la sábana, Bruce sentía el silencio de la habitación volverse una presión tangible en sus oídos. Quería reventarlo a gritos, imponer una sentencia irrevocable: Se vendría con ellos a Gotham. Y no volvería. Y no importaba cuánto protestara, cuánto valorara su prestigioso título en la Escuela de Medicina de Cambridge. No lo valía. Nada valía la pena si el precio era ver a su hijo consumirse, alejarse más y más, enterrarse en una carrera como si fuera un sustituto de una vida. Si tanto quería estudiar medicina, lo haría en Gotham. Viviría en la Mansión, con él y con Alfred, donde podrían supervisarlo. Donde podrían protegerlo.

Alzó la vista lentamente, y por primera vez en años, miró a su hijo de verdad. Y absorbió, con una claridad que le cortó la respiración, cada cambio, cada detalle nuevo y ajeno. Era mucho más alto que la última vez que lo vio, sí. Pero eran las ojeras lo que lo golpearon: profundas, violáceas, talladas bajo unos ojos que evitaban los suyos. El cansancio había esculpido su rostro con líneas que no le pertenecían. Estaba más delgado, no de forma dramática, pero sí evidente: la definición de sus brazos y pectorales había cedido. Podía atribuirlo a la falta de ejercicio, claro. Damian era experto en engañarlos. Pero ahora sabían la verdad: desnutrición. La palabra le quemó el pensamiento. Desnutrición. Su hijo.

Dios. Bruce quería gritar. Sentía su corazón martilleando contra las costillas, salvaje, como si intentara escapar. Como hace dos días cuando casi le da un infarto al recibir la llamada. Una voz impersonal diciendo que su hijo había tenido un "accidente", que estaba inconsciente. El terror se había apoderado de él con garras de hielo, paralizándolo. Selina lo había sostenido, había sido su ancla. Alfred tomó el teléfono, con su voz siempre serena. Cuando colgó, Bruce lo miró, desesperado. "¿Qué le pasó a mi hijo?" La respuesta fue un puñetazo: conmoción cerebral, fractura, desnutrición. Necesitaban a un familiar. ¿Podían viajar?

Bruce no lo pensó. Ordenó el jet. Sus otros hijos se unieron al instante. Nueve horas de vuelo, un purgatorio de peores escenarios. Al aterrizar, se dirigieron de inmediato al hospital, Bruce solo quería ver a su hijo.

Después de preguntar a una enfermera, le dijeron que estaba inconsciente, pero bien y que el médico a cargo hablaría con ellos. Y solo entonces la tormenta en su interior se calmó un poco, entonces con toda su lógica, Bruce, pidió que trasladarán a su hijo a una suite privada. Su familia era numerosa, sería un inconveniente, estar todos en una habitación compartida. La enfermera los miró con curiosidad. "Ah, el Dr. Wayne ya está en una habitación privada. Por orden de su otro familiar. Quien está esperando en la sala de espera."

 

Otro familiar.

 

Dick, confundido y nervioso, preguntó ¿quién? . Bruce tuvo que admitirlo: no había ningún familiar de los Wayne en Inglaterra, ni mucho menos que estuviese al cuidado de Damian. Después de pensarlo un rato, Bruce se tensó. Toda la familia se tensó. El mismo pensamiento, venenoso, cruzó por todas sus mentes: ¿Talia? Eso era Imposible, ¿o no?

Sin embargo,lo fue. Algo mucho peor. Hubiese preferido que fuese Talia.

En la sala de espera, un hombre. Rubio. Aspecto de príncipe de cuento de hadas, impecable incluso en medio de la crisis. La enfermera que los atendió les dijo, con naturalidad, que él se había identificado como el novio de su hijo.

Bruce sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Le bajó la presión de golpe, un vértigo que amenazó con derribarlo ahí mismo. Dick palideció como si le hubieran drenado la sangre. Jason y Tim no estaban mejor.

Un novio.

No sabía que su hijo tuviera un novio. Uno mayor que él —calculó su mente automáticamente—. Un novio del que no había dicho nada. Ni siquiera sabía que a su hijo le gustaran los hombres. ¿Era gay? ¿Bisexual? Dios. Bruce siempre había asumido que Damian simplemente no estaba interesado, que era arromántico o asexual. Y ahora… esto. Un hombre adulto, con aspecto de príncipe encantador estúpido, esperándolos como si tuviera todo el derecho del mundo. Bruce no lo podía creer, no lo hará, si esas palabras no salen de los labios de su hijo, Bruce no creerá nada.

El silencio en la habitación del hospital era ahora un océano de cosas no dichas, y Bruce navegaba en él, ahogándose en ira, en miedo, y en la dolorosa, humillante comprensión de que no conocía a su hijo en absoluto.

 


 

La habitación estaba sumida en un silencio incómodo y denso. Donovan se había acercado y estaba de pie al otro lado de la cama, frente a Bruce. Damian podía sentir el peso de todas las miradas alternando entre él y Donovan, como un péndulo cargado de electricidad. No entendía por qué todos miraban a Donovan con tanta hostilidad abierta, ni por qué Jason parecía estar evaluando la distancia para estrangularlo, ni por qué Dick estaba tan inquietantemente callado, clavando en el pobre hombre una mirada de fastidio hirviente. Hasta empezó a sentir lástima por él.

Pero peor era la mirada de su padre. Bruce no lo miraba a él, sino a Elías, con la mirada de Batman evaluando a una amenaza de nivel desconocido. Era aterradora.

Damian quien, incapaz de soportar más la presión, decidió romper el silencio. Sabía que debería dirigirse a su familia primero, pero la necesidad urgente era deshacerse del elefante en la habitación para poder afrontar los reproches que sin duda vendrían después.

—Creo que deberías volver —dijo Damian, dirigiéndose a Donovan, su voz un poco ronca—. Liv debe estar preocupada.

—Lo está —reconoció Donovan, su tono era calmado, un contraste total con la tensión de la habitación—. Pero no por mí. Por ti. Me pidió que me quedara contigo hasta que pudiera llevarte a casa.

—¿Cómo es que ella lo sabe? —preguntó Damian, confundido.

—Llamé al hospital. Me preocupé cuando no llegaste en la noche. Te dije que te veías mal, que deberías haber pedido un descanso. Eres tan testarudo… en fin, ella escuchó cuando me dijeron que te habías desmayado. Y aquí estoy.

—Eso es… bueno. Gracias por preocuparte —murmuró Damian, antes de que su mente analítica, aún nublada, hiciera la conexión—. ¿Cómo es que te dieron información? Son estrictos. Solo se la brindan a familiares.

—Será porque es tu novio, mocoso —rugió Jason desde la puerta, su paciencia agotada—. ¿Y quién es Liv?

—¿Ustedes… ustedes viven juntos? —preguntó Dick, horrorizado, ignorando a Jason—. ¿Vives con un hombre y no nos dijiste nada? ¡Eso es…!

—¡QUÉ! —gritó Damian, impulsándose en la cama con el brazo sano antes de que un dolor punzante lo obligara a recostarse—. ¡Él no… ! ¿De qué rayos están hablando?

—Es lo que nos dijeron cuando llegamos —intervino Bruce, su voz era un glaciar que cortó el aire—. Que tu novio estaba aquí y que había pagado una habitación privada para ti.

—¿Qué? ¿Mi… novio? —repetió Damian, girando ahora su mirada de incredulidad hacia Donovan, buscando una explicación.

Donovan tuvo la decencia de parecer un poco avergonzado, pero no se inmutó. —Vamos, tú lo sabes. Llamé y no querían darme información. Así que… les dije que era tu novio y que solo nos teníamos el uno al otro en esta gran ciudad. Solo así me dieron información. Vamos, Dami, no estés molesto —añadió, con un tono casi suplicante—. Hasta traje un cambio de ropa para ti.

—Da… Dami —Dick casi tartamudeó, su rostro era una máscara de traición herida—. ¿Acabas de llamarlo Dami? ¿Desde cuando tienes novio? —le increpó a Damian.

—¿Cambio de ropa? ¿Cómo? ¿Viven juntos? —intervino Tim, su lógica buscando cabos sueltos—. Y una vez más, ¿quién es Liv?

—¡Es un malent.. —intento Damian, sintiendo que la situación se le escapaba totalmente de las manos.

—Liv es mi hija —aclaró Donovan, con sencillez.

Un jadeo colectivo, sorprendido y audible, surgió de Alfred y Selina, quienes habían permanecido como testigos silenciosos hasta ese momento.

—Bruce… él tiene novio. Una hija, Bruce. Viven juntos. ¡Di algo! —Dick, Jason y Tim hablaron casi al unísono, un coro de caos familiar dirigido a su padre.

—Silencio.

La palabra de Bruce no fue un grito. Fue un mandato, un rugido helado que cortó todas las voces de raíz. El aire se congeló. Lentamente, Bruce desvió su mirada de Donovan y la clavó en su hijo. Su expresión era impenetrable, pero en sus ojos ardía una tormenta de preguntas, decepción y una furia controlada.

—Damian —dijo, y el nombre sonó como una sentencia—. Hijo. Será mejor que expliques quién es este hombre.

 

-

 

A Damian le empezó a martillear la cabeza, no solo por el dolor residual, sino por el cacofónico torrente de gritos y la tensión eléctrica que llenaba la habitación. Pero en medio del caos, una idea clara y desesperada surgió en su mente. Una solución nuclear que, si funcionaba, lo liberaría de la sentencia de Gotham, de las galas, de la prensa y de los reencuentros incómodos que más temía.

Tomó aire, ignorando el pánico que le agitaba el estómago.

—Padre—dijo, su voz cortando por encima del murmullo—, él es Elías Donovan. Mi novio. —Dejó que las palabras, claras y duras, resonaran. —Tiene una hija de ocho años. Nos conocimos hace cuatro años. Somos vecinos. Y novios. Esa es la verdad.

Bruce se quedó inmóvil. La tensión, que antes solo anidaba en sus hombros, pareció expandirse y petrificar todo su cuerpo, convirtiéndolo en una estatua de horror contenido.

—Así que…son novios —repitió, las palabras saliendo lentas, como si le costaran respirar—. ¿Es eso verdad? —Su mirada, ahora cargada de una tormenta helada, se desplazó hacia Donovan.

Damian giró la cabeza hacia Elías. Su mirada era una súplica silenciosa, desesperada. Por favor, sígueme el juego. Luego te lo explico. Ayúdame.

Elías cerró los ojos un instante y dejó escapar un suspiro profundo,de resignación ante la locura en la que se estaba metiendo.

—Sí—confirmó, y dio un paso hacia adelante, acercándose a la cama de Damian en un gesto de apoyo y posesión que no pidieron—. Soy el novio de Damian.

—Imposible —declaró Bruce, y la palabra fue como un vacío que absorbiera todo el oxígeno de la habitación. Su voz se quebró—. Po… Podrías dejarnos solos. Necesito hablar con mi hijo.

Elías buscó de nuevo la mirada de Damian, una pregunta clara en sus ojos: ¿De verdad quieres que te deje aquí, con esto?

—Está bien. Puedes irte —dijo Damian, intentando imitar un tono cálido, de pareja, aunque le salió forzado y extraño—. Hablaremos después.

—Bueno… si es lo que Damian quiere —asintió Elías, con una tristeza genuina. Dejó las bolsas que sostenía junto a la cama y puso su mano en el hombro sano de Damian —. El médico dijo que ya podías comer. Traje tu ensalada, la del restaurante al que vamos. Y algo de ropa. Vendré luego. —Con una última mirada llena de una complicada mezcla de preocupación y cariño, salió de la habitación.

Un nuevo silencio cayó, pero este era pesado, venenoso, cargado de todo lo no dicho que ahora bullía en la superficie.

—Vaya —murmuró Tim, el primero en romper el hechizo de horror—. Qué imbécil. “si es lo que Damian quiere”. En serio, Damian, él… no me gusta para nada. Es…

—Mi elección de pareja no tiene que gustarte a ti, Timothy, sino a mí —espetó Damian, hundiéndose más en las almohadas.

—Solo digo que…

—¡¿Estás loco,mocoso?! —rugió Jason, adelantándose—. ¡Tu novio! ¡Imposible! ¡No puedes!

—¡Es demasiado mayor para ti, Dami! —gritó Dick, su rostro pálido de indignación—. ¡Y parece un… acosador! ¿Cuántos años tiene?

—¡Y con una hija pequeña! —añadió Jason, como si fuera el crimen definitivo—. ¡Maldita sea, Damian! ¡No es… no deberías salir con un hombre así!

—Es cierto —apuntó Tim, ya con el celular en la mano, su voz de analista sonando grotesca en medio del drama—. ¿Por qué harías eso? ¿Acaso ese hombre tiene algún fetiche con los jovencitos? ¿Te coaccióna? Es eso. Porque ese hombre es tan mayor como Jason o Dick. O más.

—¡PAREN! —ordenó Bruce, pero su tono ya no era el de un mando, era el de un hombre al borde del precipicio. Se volvió hacia Damian, su expresión era una máscara de pánico paternal—. Damian. Hijo. Entiendes que no puedo creer que esto sea cierto. ¿Verdad?. Tú nunca saldrías con un tipo así. Yo lo sé, así que hijo dime. Él.. ¿Te hizo algo, hijo? ¿Te está amenazando? ¡Habla, Damian! —gritó, perdiendo por completo el control.

—¡No! —gritó Damian a su vez, exasperado—. ¿Qué diablos les pasa? ¡Él es solo mi novio! Empezamos a salir hace poco. ¡No tiene nada de malo! ¿De dónde sacan esas ideas?

—Elías Donovan. Treinta y seis años. Padre soltero. Abogado con su propio bufete. Una hija de ocho años. Reconocido por revistas como ‘la promesa de su campo’. Una fortuna amasada… y al parecer con una vida nocturna privada pero muy activa, pero no lo suficientemente discreta como para no saber que ha salido con diversas personas, todas menores que él y.. —leyó Tim en voz alta desde su pantalla.

—¡¿Qué fiables son tus fuentes, Drake?! ¡Cállate! —gritó Damian.

—¡Treinta y seis años! —rugió Jason, fuera de sí—. ¡Es… demasiado mayor, Damian! ¡Casi te dobla la edad!

—¿Es siquiera legal? —bramó Dick, su rostro contraído por la ira—. ¡No lo acepto! ¡No puedes! ¡Eres un niño!

—¡Es verdad! ¡Tienes dieciséis! ¡Eres un niño! ¡No puedes salir con un hombre tan mayor!

—¡TENGO VEINTIUNO! —explotó Damian, su voz rasgada—. ¡Y es completamente legal aquí, en Gotham y en cualquier lugar del planeta! ¡Por Dios, parecen dementes!

—NO LO CREO, PEQUE..

—¡BASTA! —exclamó Bruce, su voz un trueno de furia y autoridad paterna que cortó el grito de Jason—. ¡Es un hombre mayor con una hija, y tú eres un chico inexperto! ¡No estás en condiciones de establecer una relación con un… con un desconocido! ¡Hijo, tu aún no sabes lo que sientes! ¡Ese es un hombre que te embaucó para aprovecharse de ti!.. ¡Y no voy a permitirlo!

—¿Qué quieres decir, padre? ¡No es un desconocido, lo conozco hace cuatro años! —replicó Damian, su rabia ahora fría y cortante—. ¿Y desde cuándo importa con quiénes salimos? ¿Por qué ellos sí pueden salir con quien quieran y yo no? —señaló a sus hermanos con el brazo sano—. ¡Y claro que soy inexperto, padre! ¡Precisamente por eso estoy en una relación, para dejar de serlo! ¡Nesecito ganar experiencia! ¡Y dicen que los hombres mayores brindan la mejor!

—¡DAMIAN! —Bruce volvió a gritar, un sonido crudo y desesperado—. ¡Cállate! ¡Solo cállate! ¡Está decidido! Vas a romper cualquier relación con él, no lo volverás a ver y regresarás a casa. Y, hijo… ¿cómo es que no ves el problema? ¡Lo conociste hace cuatro años! ¡Hace cuatro años eras un niño, Damian, y él ya era un hombre con una vida! ¿De verdad crees que puedo confiar en un hombre que empieza una relación con un niño que ha visto crecer? ¡No! ¡No lo permito!

—¿Y qué hay con que sea mayor? —contraatacó Damian, clavando la mirada en su padre, su voz ahora un hilo venenoso—. Seguramente eras mayor que mi madre, y eso no te detuvo. Eres mayor que tu esposa. Y eras mayor que todas las modelos con las que saliste. Así que no entiendo por qué está mal. Y ustedes —giró su acusación hacia sus hermanos— han hecho lo mismo. Así que, ¿por qué soy yo al que juzgan aquí?

Se escuchó un jadeo colectivo. Un golpe de realidad tan brutal que dejó sin aire a todos.

Bruce sintió que el mundo se inclinaba. Un mareo repentino, agudo, lo sacudió. Las palabras de su hijo no eran un argumento; eran un puñal retorcido, clavado directamente en el centro de sus propias contradicciones y culpas. Su hijo. Usando su pasado en su contra.

—Bruce —susurró Selina, corriendo hacia él para sostenerlo, su rostro lleno de alarma.

A Damian le estalló la cabeza en una punzada cegadora, pero ya era demasiado tarde para retroceder.

—¡Maestro Damian, por favor! ¡Todos, calmense! —la voz de Alfred, grave y cargada de una autoridad ancestral, cortó el aire como un bisturí—. ¡Esto es inaceptable! ¡Están montando un escándalo en un hospital! ¡Maestro Bruce, su hijo se encuentra delicado! ¡Por favor, guarden la compostura!

Los gritos se apagaron de golpe, reemplazados por un silencio tenso y avergonzado. La habitación, testigo del derrumbe emocional de la familia más disfuncional de Gotham, volvió a quedar en un vacío frío, ahora roto solo por la respiración agitada de Bruce y el latido furioso del dolor en la sien de Damian.

 


 

Un dolor de cabeza agudo, punzante como una estocada, había remitido en Damian. Tan fuerte que tuvieron que llamar a un médico., quien tras aplicar una dosis de calmantes a Damian y estabilizarlo brevemente, se giró hacia ellos y, con expresión severa y profesional, les pidió a todos —con una frialdad que no dejaba lugar a dudas— que guardarán la compostura. "Están en un hospital. Si no pueden controlarse, tendré que pedirles que se retiren."

Cuando Bruce intentó hablar, para protestar o quizás para exigir quedarse, fue Alfred quien, con una mirada glacial que no admitía réplica, los echó de la habitación con un simple y firme gesto de cabeza. Él se quedaría al cuidado de Damian.

Fuera, en el pasillo blanco y silencioso, la familia Wayne se encontró varada. El personal médico que pasaba los miraba de reojo con expresiones frías, de desaprobación apenas disimulada. Fue gracias a una enfermera de edad avanzada que se apiadó de su evidente desorientación y confusión que no terminaron de pie en medio del corredor. Con un suspiro, los condujo a una sala de espera privada, pequeña y anónima, y cerró la puerta tras de ellos, dejándolos encerrados con su caos.

Bruce, ahora hundido en una incómoda butaca de una sala de espera privada, estaba desconcertado.

El hombre de aspecto estúpido, de cliché de príncipe encantador, era el novio de su hijo. Y Bruce lo desaprobaba con cada fibra de su ser. Su hijo menor, el niño de la familia, saliendo con un hombre que le doblaba la experiencia de vida. ¿Qué había estado haciendo Damian aquí? ¿Estudiando? ¿Trabajando? ¿Saliendo en secreto con hombres mayores y jugando a ser padrastro de una niña, cuando él en sí mismo aún era su niño?

Y si… si era culpa de ese hombre que Damian estuviera así de enfermo. Claro. Su hijo siempre había sido responsable, leal, de buen corazón. Debía haber sido coaccionado para entrar en esa relación, cargando además con la responsabilidad de cuidar a una niña pequeña. El estrés de semejante carga, sumado al trabajo y los estudios… Eso era lo que había quebrado la salud de Damian. Y su hijo, temeroso, no se lo había dicho porque sabía que Bruce la desaprobaría, y había tenido que cargar solo con todo.

La certeza se endureció como cemento en la mente de Bruce. Su hijo no sabía lo que hacía. Estaba siendo manipulado. Tenía que ser así, porque no había otra explicación lógica para que Damian, siempre tan lógico, tan controlado, hiciera algo tan autodestructivo. Y ese desafío… gritarle, increparle, defender a ese hombre con tanto ardor… Damian, aunque desafiante, nunca le había hablado así. A menos que… a menos que estuviera asustado. A menos que Donovan fuera también violento con él, y Damian tratara de alejar a Bruce para evitar represalias de su pareja.

Bruce recordó con escalofrío la forma en que ese Donovan había buscado la mirada de Damian, como transmitiendo una amenaza silenciosa. Y cómo puso su mano en el hombro de Damian de una manera demasiado posesiva, como marcando su propiedad. Sí. Todo encajaba en el estándar de conductas abusivas. Si ese imbécil había lastimado a su hijo, Bruce le haría pagar. Cada moretón, cada palabra humillante, cada instante de miedo. Le haría pagar con creces.

—Estás pensando de más, cariño —la voz de Selina, suave pero firme, lo sacó del torbellino. Había pasado un brazo sobre sus hombros—. Buscando indicios de cualquier cosa que se te haya ocurrido para acabar con tu nuevo némesis —dijo, tratando de aligerar el ambiente—. Te estás preocupando de más, Bruce.

—¿Preocupándome de más? —replicó Bruce, girándose hacia ella, sus ojos encendidos—. Es mi hijo. El que está siendo embaucado por un hombre mayor, para obtener quién sabe qué. Claro que me preocupo. No he visto a mi hijo hace tres años, y lo primero que me entero es que sale con un playboy soltero, padre, y más de una década mayor. Eso no está bien.

—Bruce, Damian se mudó hace cinco años y.. —intentó Selina, con paciencia.

—¡Sí, pero al principio llamaba! ¡Nos visitaba! ¡Pasaba las vacaciones en casa! —la voz de Bruce subió, llena de una frustración dolorosa—. Fue hace tres años que dejó de hacerlo. Tres años. La misma cantidad de tiempo que ese hombre entró en su vida. Así que, sí, ¡puedo sospechar que lo coaccionó para alejarse de nosotros y…!

—Dios, Bruce, lo conoce hace cuatro años, y no creo que sea eso —cortó Selina—. Damian es un chico inteligente. Solo debe estar… más ocupado que antes.

—¿Tú crees que sea… nuestra culpa? —la voz de Dick sonó de repente, temblorosa, desde el otro lado de la sala.

Todos se volvieron hacia él. Jason frunció el ceño. Tim alzó una ceja, analítico. Bruce y Selina lo miraron, interrogantes.

—Es que… —Dick tragó saliva—, he leído casos. Jóvenes que salen con personas mucho mayores, a veces asociado a una… falta de figura paterna en sus vidas. Y bueno, yo… ¿Por qué otra razón Damian saldría con alguien así? Es… es un chico apuesto, con carácter, leal, apasionado… cualquier persona de su edad querría salir con él. Entonces, ¿por qué fijarse en un hombre mayor?

—¿Me estás diciendo que Damian tiene una de esas… raras relaciones? —preguntó Jason, con brutalidad—. ¿Que lo llama “papi” en privado?

—O sea, científicamente, lo que dice Dick tiene cierta base, pero… —empezó Tim, frotándose la sien—. Nunca pensé que Damian fuera de esos.

—¡En serio, Tim! —exclamó Dick—. ¡Hace unas horas pensábamos que no estaba interesado en nada de relaciones y ahora, tiene novio! ¡Es… es mi culpa! ¡Debí hablar con él, debí…!

—Espera, espera —interrumpió Jason—. O sea, ¿entonces nosotros también deberíamos tener esos problemas? ¿No?. Es decir, todos hemos tenido problemas paternales. Porque, vamos, a mí no me atraen las personas que me duplica la edad.

—Así no es cómo funcionan las personas, Jason —recalcó Tim, exhausto.

—B… —Dick murmuró, mirando a su padre, que se había convertido en una estatua pálida.

Papi.

La palabra hizo cortocircuito en la mente de Bruce. Un zumbido agudo lo inundó todo.

Era culpa suya. Él nunca fue un padre presente. No fue emocionalmente disponible. Siempre fue tosco, torpe con las palabras, incapaz de expresar lo que sentía. No era de abrazos, ni de muestras de afecto fácil. Con Damian, que tenía su mismo carácter obstinado, esa distancia se había convertido en un abismo de incomodidad mutua. Y ahora… ahora su hijo buscaba en un hombre mayor la protección, el cuidado, la afirmación que Bruce no supo —o no pudo— darle. Claro. Lo primero que hizo al verlo fue reclamarle, no abrazarlo.

A Bruce se le revolvió el estómago, una náusea física y abrumadora que le subió por la garganta. La imagen, grotesca e insoportable, se instaló en su cerebro como una pesadilla en bucle: su hijo llamando “papi” a un extraño. A un hombre que lo había visto prácticamente crecer, que debía saber lo inapropiado que era, que sin duda se aprovechaba de su inocencia y su... su necesidad.

Y todo es su culpa.

La certeza, fría y afilada como una lanza de hielo, lo atravesó. La teoría de Dick, por torpe que fuera, daba en un blanco dolorosamente exacto. Bruce no había estado ahí. No de la manera que importaba. Había sido una sombra, un instructor, un estratega. Nunca un padre de verdad.

Pero... puedo arreglarlo. El pensamiento surgió como un mecanismo de supervivencia, una orden táctica para evitar el colapso. Puedo ayudarlo. Lo primero es sacarlo de las garras de ese hombre. Damian terminará con él, y entonces estará... ¿estará bien?

El pánico regresó en un nuevo oleaje. ¿Y si Dick y Tim tenían razón? ¿Si esto era un patrón? ¿Si Damian, herido y confundido, seguía buscando la aprobación y la seguridad en hombres mayores, en "viejos pervertidos" que verían en su hijo un blanco fácil? La idea hizo que a Bruce le ardieran los puños, un instinto primal de proteger a su hijo, su bebé a cualquier costo. No lo permitirá.

Si solo hubiera sido mejor. Si hubiera sabido cómo. El remordimiento era un ácido. Pero el tiempo pasado es un lujo que no tiene. Lo único que tiene es el ahora.

Puedo intentar ser un buen padre ahora. Demostrarle que tiene un padre que se preocupa, que lo cuida. La resolución se endureció dentro de él, frágil pero feroz. Debe dejar de ser el hombre estoico, el muro de granito. Debe... abrirse. Mostrar afecto. Hablar. Empezar ahora.

 


 

Alfred estaba sentado junto a la cama de Damian, pasándole un vaso con agua fresca. El chico lo tomó con la mano buena, algo más estable.

—Gracias, Alfred —dijo Damian, su voz un poco más relajada bajo el efecto de los calmantes.

—No hay de qué, joven señor —respondió Alfred, dejando el vaso en la mesita de a lado con su caracterética precisión. Luego, lo miró. No con reproche, sino con esa mirada que había visto crecer a cuatro generaciones de Wayne y que ningún secreto podía resistir—. Nos asustó muchísimo. Estábamos terriblemente preocupados de que algo aún más grave le hubiese pasado. Su padre casi se desmaya del susto. Creí que le daría un infarto. Ya no es un hombre tan joven como usted piensa.

—Fue… sin querer. No quise preocuparlos. Lo siento, Alfred —murmuró Damian, desviando la mirada hacia las sábanas.

Alfred suspiró, un sonido cargado de décadas de experiencia similar. —Es igual a su padre, ¿sabe? Durante años he tenido que controlar mis nervios y esa sensación de pánico cada vez que recibía una llamada del hospital o de la Baticueva. Son imprudentes y descuidados con ustedes mismos, como si fuesen inmortales. —Hizo una pausa—. Y no solo en eso. En el carácter. Terquedad y obstinación a raudales. Pero, joven señor, por esta vez… le pido el favor de dejar de decirles mentiras a su padre y a sus hermanos.

—Alf, no es… —intentó Damian, pero la mirada de Alfred lo detuvo en seco.

—Oh, no me diga que no lo es —dijo Alfred, suavemente, pero con una firmeza inflexible—. Por un instante, hasta yo le creí. Pero lo conozco. Lo vi crecer. Y sé cuándo miente. ¿Me dirá acaso que está felizmente enamorado y en una relación con ese muchacho? Porque no me lo creo. Supongo que son buenos vecinos. Amigos que se preocupan el uno por el otro. Y que han decidido seguir con esta pésima broma de mal gusto por alguna especie de complicidad forjada con el tiempo. Así que, muchacho, no se atreva a decirme mentiras a mí.

Damian se derrumbó ante la evidencia. La resistencia se le escapó como el aire de un globo. —Bueno… sí. Él es mi vecino. Y algo así como un amigo. Soy amigo de su hija, de hecho. Bueno, al principio no… pero después de descubrir que era maltratada por sus niñeras, no pude quedarme quieto. Y… bueno, aquí estamos.

—Lo que sospeché —asintió Alfred, sin un ápice de triunfalismo, solo con certeza—. Pero, muchacho, ¿por qué hacer una broma de tan pésimo gusto?

—Porque él quiere que regrese a Gotham —explicó Damian, la frustración regresando a su voz—. No le importa mi vida aquí, Alf. Me dijo "reordénalo". ¿Qué se supone que haga? ¿Que ponga mi vida en pausa y corra a Gotham cuando él lo pida? ¡Tengo cosas que hacer! ¡Una vida!

—Una vida… solo, lejos de su familia y de las personas que lo aman. De su hogar. ¿Está bien con eso, mi muchacho? Alejarse y no llamar a casa. Su padre se preocupa por usted. Sus hermanos También. Yo.

—¿Por qué no lo estaría? —replicó Damian, defensivo—. ¡Claro que estoy bien! ¡Estoy creando una vida para mí! ¿Por qué me pintas como el malo aquí, Alf? ¿Por qué soy yo el que tiene que llamar o visitar? ¿Por qué él no puede llamar o venir a verme? Hace tres años que no voy a Gotham, ¡y nunca vino! ¡Nadie vino! Son contadas las veces que me ha llamado, y de todos, solo hablo con usted y con Richard. En todo este tiempo no le ha importado, y ahora sí… ¿por qué? ¿Para presumir de su linda familia en las revistas?... Pero no puedo culparlo, ¿verdad? Porque así es mi padre. —Terminó, con un tono de resignación amarga.

—¿Es por eso que hace esto? ¿Es una especie de castigo contra su padre, contra sus hermanos… contra mí? —preguntó Alfred, su voz aún calmada, pero perforando hasta el fondo.

—¿Qué? no, Alf! Esa no era mi intención —negó Damian, agitado—. Solo estoy cansado, Alfred. Mi vida está tan tranquila que ni siquiera me di cuenta de lo rápido que pasa el tiempo. Y realmente no quiero regresar a Gotham si para lo único que me quiere ahí es para posar ante cámaras y asistir a eventos. Prefiero quedarme en casa, estudiando y trabajando.

—Pero ese departamento no es su casa, mi joven muchacho. Ni su hogar —dijo Alfred, con una dulzura que hacía que las palabras dolieran más—. Yo no puedo hablar por su padre, pero estoy seguro de que lo extraña y no encuentra una manera de llegar a usted. Por eso usa la excusa del aniversario. Solo quiere que vuelva. —Hizo una pausa—. Como todos en casa…  Y eso no responde a mi pregunta, señor. ¿Por qué ha hecho esa fea broma?

Damian se quedó callado un momento, avergonzado. —Bueno… solo pensé que, si le decía que tenía novio, se molestaría tanto que se iría y ya no insistiría en que regrese a Gotham. No con un novio mayor y una hija. ¿Te imaginas los titulares? Así que pensé que padre… se ahorraría la molestia y me dejaría quedarme aquí.

—Oh, muchacho —suspiró Alfred, esta vez con un deje de compasión triste—. Estar lejos de casa lo ha afectado tanto que ha olvidado el carácter de su padre. Estoy seguro de que está ahí afuera, sumergido en sus pensamientos, encontrando sentido a lo que usted ha dicho, buscando una manera de alejarlo de ese hombre, inventando cosas, con su paranoia consumiéndolo, echándose la culpa de cualquier cosa que haya imaginado para darle sentido a este arrebato suyo. Ha desatado la locura de su padre, me temo. Y sus hermanos deben de estar buscando cualquier cosa en la vida de ese pobre hombre para fastidiarlo.

—Vamos, Alfred, estás exagerando —dijo Damian, aunque con menos convicción—. Ha sido una tontería. Ellos saben que no es verdad. Lo olvidarán cuando se los explique.

—Procure que sea pronto, mi dulce muchacho —advirtió Alfred, levantándose—. Aunque me temo que su padre se pondrá como un dragón, protegiendo su doncellez.

—En serio, Alfred. Eso es exagerado y dramático. Convivir con mi padre te está afectando —intentó bromear Damian, débilmente.

—Oh, y usted ha estado lejos tanto tiempo que ha olvidado la naturaleza de su propia familia —replicó Alfred, con una media sonrisa llena de certeza—. Por ahora, llamaré a su padre y a sus hermanos para que aclare esta… mala broma.

—Podríamos esperar un poco más —sugirió Damian, con un último destello de esperanza de posponer lo inevitable.

—Me temo que no, joven señor. Ya se ha divertido lo suficiente.

 


 

Alfred apareció en el umbral de la pequeña sala privada. Se aclaró la garganta con solemnidad y todas las miradas se volvieron hacia él al instante. Bruce se puso de pie de un salto.

—Maestro Bruce, su hijo quiere hablar con usted. Será mejor que vayamos todos a la habitación. Luego averiguaremos sobre el alta médica.

—Sí, sí, Alfred —asintió Bruce, la mente ya en otra parte.

Es el momento. De ser un mejor padre. Demostrarle que puede confiar en mí. Que no necesita buscar aprobación en otro hombre. La determinación lo inundó. Se irguió con una convicción nueva, casi marcial, y se dirigió al pasillo con paso firme. Jason, Tim, Dick y Selina lo siguieron, intercambiando miradas de perplejidad.

 

-

 

Al ingresar a la habitación, encontraron a Damian apenas incorporado, incómodo, su rostro pálido y cansado.

Bruce se abalanzó hacia él con una velocidad que hizo parpadear a todos. Con una sorprendente (y torpe) delicadeza, ayudó a Damian a recostarse, ajustó las almohadas y luego se sentó en la silla junto a la cama. Sus manos, grandes acostumbradas a manejar batarangs, empezaron a arreglar nerviosamente la sábana que cubría a Damian, alisando arrugas inexistentes. Parecía nervioso, como si no supiera qué hacer con su propio cuerpo ahora que había decidido "ser afectuoso".

—¿Entraste en razón, mocoso? —bufó Jason, rompiendo el tenso silencio—. Vas a dejar a ese novio tuyo.

—Dami, creo que lo mejor es que vuelvas a casa —añadió Dick, con una preocupación genuina pero mal canalizada.

—Silencio —dijo Bruce, pero su tono ya no era el de un mando, sino el de un hombre que repite un mantra—. Su hermano necesita descanso. No es el momento para eso. —Se volvió hacia Damian, y su expresión se transformó en una máscara de preocupación competitiva—. ¿Te duele algo, hijo? ¿Estás cómodo? Esta habitación parece… pequeña. ¿Quieres que la cambiemos por una suite más grande? Con salón.

—Es la habitación más grande del ala privada, padre —contestó Damian, mirándolo como si le hubieran implantado un cerebro alienígena.

—Aun así, parece pequeña —insistió Bruce, desestimando la realidad con un gesto—. No importa, pronto solicitaremos el alta, y podrás estar más cómodo en casa. —Sus ojos se posaron entonces en una de las bolsas que Donovan había dejado. Con un movimiento rápido, casi furtivo, rebuscó dentro, sacando unos pantalones de jogging y una polera suave. Examinó la tela con una mueca de desaprobación y emitió un sonido gutural de frustración antes de devolver la ropa a su lugar con desdén—. Y podemos conseguirte ropa más cómoda que la que… trajo ese sujeto..

Selina observaba a su esposo con incredulidad absoluta. Bruce Wayne, la encarnación del control y la reserva, parecía un niño de cinco años tratando de superar en regalos al visitante de otro cumpleaños. ¿Qué diablos le pasa?

—¿Has comido algo? —preguntó Bruce, sin esperar respuesta. Se dirigió entonces a la bolsa de comida, la inspeccionó y la apartó con desdén—. Por supuesto que no. Como podrías comer esto. No te gusta cuando las verduras se mezclan con la salsa… y este aderezo parece echado a perder. Deberíamos comprarte algo. ¿Pasta con champiñones? Esa te gustaba. Podemos pedirla. —Hijo —terminó, y al decir la palabra, su mano se alzó y acarició la cabeza de Damian con una torpeza conmovedora y espeluznante.

—Maestro Bruce —intervino Alfred, con su tono más seco y cortante—, tal vez debería sentarse. Está usted…

—¡No, Alfred, estoy bien! —lo interrumpió Bruce, sin apartar los ojos de Damian—. Solo quiero saber si mi hijo se encuentra bien.

Damian solo podía mirar, sumamente confundido e incrédulo. ¿Qué diablos le pasaba a su padre? Parecía demente. Cada gesto inusualmente tierno, cada palabra forzadamente dulce, hacía que un escalofrío le recorriera la espalda. Era tan raro que daba miedo. La situación se le había ido totalmente de las manos. Lo mejor, lo único, era cortar de raíz esta locura.

—Padre —dijo Damian, su voz más firme de lo que se sentía—. Te mentí.

Bruce se quedó quieto, su mano suspendida en el aire a medio camino de otra caricia.

—Elías Donovan no es mi novio. Es solo mi vecino. Todo fue una mentira —declaró Damian, su voz ganando firmeza ante el comportamiento aberrante de su padre—. Podrías… podrías dejar de actuar así. Me estás asustando.

El silencio que siguió fue breve pero denso, antes de ser roto, por Dick, Jason y Tim, quienes se encontraban incrédulos ante el espectáculo de padre “cariñoso" que Bruce estaba montando.

—Eh… sí, viejo —dijo Jason, arrugando la nariz—. Es incomodo verte así. Pareces un poco… loco.

—¡Oh, bueno, yo creo que es genial, B! —intervino Dick, siempre el conciliador, aunque su sonrisa era tensa—. Pero… ¿podrías tomártelo con calma? Un poquito.

Tim se inclinó hacia Jason, manteniendo la voz baja pero lo suficientemente audible como para que todos la oyeran, su mirada analítica fija en Bruce. —No —murmuró—. Yo creo que esto es algún tipo de método de psicología inversa. Una táctica. Para que Damian se sienta tan incómodo quiera dejarlo. Es brillante, en realidad.

Jason lo miró como si hubiera crecido una segunda cabeza.

—¿Esto es una broma? —preguntó Bruce, su voz era plana, como si no pudiera procesar otro giro—. ¿Estás tratando de engañarme para…?

—No, padre. Es la verdad. Te mentí. —La voz de Damian era clara, firme, sin rastro de la manipulación de antes—. Sólo… no sé por qué mentí.

Bruce lo miró fijamente, sus ojos escudriñando cada pequeño gesto en busca de otra mentira. Luego, un suspiro largo y profundo le escapó del pecho, y pareció desvanecerse en la silla, toda la rigidez artificial abandonando su cuerpo de golpe.

—Sí… claro que sí —murmuró, y una rara y frágil sonrisa se dibujó en sus labios—. Sabía que tú no harías eso. —Parecía aliviado de una manera casi infantil, como si un peso de toneladas se hubiera levantado de sus hombros. Pero la sonrisa se desvaneció tan rápido como llegó, reemplazada por una mirada más familiar: severa y llena de significado—. Eso no fue nada gracioso, Damian. Tendremos que hablar, tú y yo.

—Eres un… eres un demonio, maldito mocoso —bufó Jason, pero por primera vez desde que llegaron, había un destello de alegría genuina, de hermano mayor fastidiado, en sus ojos.

—¿Qué diablos te pasa? —exclamó Tim, frotándose el puente de la nariz—. Esa fue una broma de mal gusto. Estás loco, igual que Bruce, sin duda padre e hijo.

—Oh, pequeño D. —suspiró Dick, llevándose una mano al corazón con dramatismo—. Hermanito, La próxima vez podrías avisarme qué harías algo así. Casi me das un infarto. Ya no estoy para estos sustos.

Un coro de reproches aliviados llenó la habitación. La tensión ominosa se había roto, reemplazada por la exasperación familiar, casi cariñosa, ante la última travesura insoportable de su hermano pequeño.

En medio del murmullo, Alfred se enderezó con su impecable compostura.

—Ahora que la verdad ha salido a la luz y los ánimos parecen…estabilizarse —dijo, con una mirada que abarcaba a todos—, señores, iré a gestionar el alta médica. Supongo que todos estamos de acuerdo en que lo mejor será que el joven señor se recupere en un entorno más… controlado.

La mirada de Alfred se posó brevemente en Bruce, quien asintió, un gesto de acuerdo tácito y paternal. Gotham ya no era una sugerencia. Era una inevitabilidad.

Para Bruce, la conclusión era clara: su hijo estaba perdiendo la razón en este lugar. Esta ciudad, este país, lo habían cambiado de una manera fundamental y alarmante. Damian jamás le haría ese tipo de bromas sádicas. Ni mentiría tan descaradamente, con ese fuego en los ojos defendiendo a un extraño. No, el Damian que él conoció —terco, brutalmente honesto, de un código estricto— se había desdibujado aquí, en Cambridge. Necesitaba volver a casa. A su hogar. A su familia.

Damian no regresaría a Cambridge. Oh, claro que no. Bruce tenía ocho semanas —el tiempo de recuperación del hombro— para hacer magia. Ocho semanas para reacomodar el mundo de su hijo, para hacer que desease quedarse en Gotham. Ya había estado el tiempo suficiente lejos. Demasiado.

Su mente, siempre táctica, ya trazaba aviones. Gotham también tenía un programa de medicina excelente. Y un servicio médico de primera… bueno, la mayoría de sus villanos tenían un doctorado en algo, lo cual, pensándolo fríamente, era un testimonio macabro de la calidad académica local. (No era algo de lo que debía estar orgulloso, pero los hechos eran los hechos). ¿Por qué Damian tenía que hacer esto al otro lado del océano? Tenían Harvard. Tenían Oxford. ¿No podía hacerse un simple traslado? De hecho, eran mejores universidades que Cambridge, ¿o no? Al menos, esa sería la línea de argumentación que usaría. La logística era lo de menos. Lo importante era tenerlo cerca. Donde pudiera vigilarlo. Donde pudiera, por fin, ser el padre que debía ser desde el principio.

El acuerdo estaba sellado, no con palabras, sino con esa mirada a Alfred y con la firme resolución en el corazón de Bruce. Damian Wayne iba de vuelta a Gotham, incluso si tenía que mover cielo, tierra y el consejo directivo de la Universidad de Gotham para lograrlo.