Chapter 1: La Reina de Hielo
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1
La Reina de Hielo
— De ninguna manera.
Jack Frost alzó una ceja ante la inmediata negativa de la persona frente a él. Los ojos azules de la chica se clavaron en la estantería, donde buscaba uno de los libros de Historia que habían solicitado en clases. En todos los escenarios posibles, nunca imaginó que su propuesta sería rechazada en menos de tres segundos. La apuesta de Hipo era de cinco, pero él confiaba en que al menos fueran diez.
Sí. Diez hubiese sido un número estupendo.
— ¿En serio vas a negarte? Creí que mi propuesta era buena, al menos…
— Honestamente, Frost, no es el dinero lo que provoca mi negativa. De hecho, admito que la oferta es bastante buena —la chica había tomado uno de los libros y comenzado a caminar hacia el mostrador. Eran los únicos en la biblioteca; el día ya había terminado, así que su compañera no tenía reparos en hablarle como si estuviesen en el patio. Jack la siguió unos pasos, hasta que ella se detuvo y se giró hacia él— La verdad, es tu presencia la que me resulta intolerable.
— ¿Te han dicho que tienes la sutileza de una bala de cañón?
La chica rodó los ojos y continuó su camino hacia el mostrador, donde Bella, la bibliotecaria, los observaba con curiosidad. Jack volvió a seguirla y se apoyó en el mueble de forma ruidosa y poco sutil, acto que le ganó otra mirada reprobatoria de la estudiante.
— Pero me gusta la honestidad. Por eso, necesito que tú seas mi tutora.
— Aprecio el intento, pero no me parece una buena idea —respondió ella.
La bibliotecaria esbozó una leve sonrisa ante la interacción de ambos jóvenes y recibió los libros de la chica con cuidado, registrándolos en el sistema.
— ¿Puedo saber por qué?
— ¿De verdad necesitas una explicación?
— Ilústrame.
— Bien. Te daré tres sólidas razones por las que no puedo ser tu tutora —comenzó ella. Jack la observó con atención, mientras la bibliotecaria fingía tipear algo en el computador. — Primero: no te soporto.
— Bastante obvio, pero nunca he entendido tus motivos.
— Te lo he explicado cientos de veces, pero, en resumen, eres un inmaduro que no se toma nada en serio —Jack se cruzó de brazos y la chica suspiró, comenzando a guardar los libros que Bella le entregaba—. Segundo: sé que el equipo de hockey es importante para ti. No me cabe duda de que, en temporada de campeonatos, dejarías plantada una tutoría por un entrenamiento extraprogramático —el chico abrió la boca para replicar, pero ella lo fulminó con la mirada antes de que emitiera palabra— Y no, no estoy de humor para escuchar esa estupidez de que "debes mantener tu honor como capitán", porque ya me la sé.
— En realidad, iba a decir que en esos casos podríamos hacer la tutoría en la pista —la idea pareció irritarla aún más. Jack apenas alcanzó a oír algo parecido a un resoplido antes de que la chica se girara y caminara con paso firme hacia la puerta.
Era increíble cómo alguien tan delgada podía moverse con tanta energía. Jack casi corrió a su lado cuando estuvo a punto de salir de la biblioteca.
— ¡De acuerdo, mala idea! Pero aún te falta la tercera razón…
— Por último, pero no menos importante, no voy a hacerle tutorías al responsable de que me pusieran un apodo tan desagradable.
Jack abrió los ojos de par en par. Ella se volteó, atravesándolo con esos carámbanos azules que usaba por ojos. El chico aún no se acostumbraba a eso. Era como si pudiera decapitarlo con la mirada.
— ¿O crees que ha sido divertido que, desde primer año, me llamen "la Reina de Hielo"?
— ¡Oh, vamos! Te he pedido disculpas no una, sino mil veces… ¡Hasta públicamente! —Y aunque pudo haber sido su imaginación, Jack juró que por un instante la joven suavizó un poco su expresión. No iba a desaprovechar esa oportunidad— Además, debes admitir que fue un accidente…
— Uno bastante público.
— ¿De verdad crees que fue tan grave? A mí también me dicen apodos y cosas todo el tiempo…
— Sabes muy bien que son casos abismalmente distintos, Frost.
— No fue con mala intención. Solo... se me escapó. Y ni siquiera fue tan terrible.
— ¿No tan terrible? —repitió ella, cruzándose de brazos con una ceja alzada—. Estábamos en primero. Te escucharon alumnos, profesores, padres… y el mismísimo director. Literalmente arruinaste mi reputación desde el primer día.
Jack apretó el gesto. Se estaba quedando sin argumentos.
No esperaba que su compañera aún recordara ese incidente, aunque él tampoco lo había olvidado. Se veía a sí mismo escabulléndose a la sala del equipo técnico el último día del primer semestre, solo porque ese tipo de ceremonias le parecían insufribles. Joe, el profesor de Música y técnico en sonido, le había permitido quedarse con la condición de no hacer tonterías.
Y claro, Jack hizo justo eso.
Recordaba a la chica caminando al podio con paso firme y rostro serio con un peinado perfecto y esa postura que parecía esculpida. La habían elegido para dar un discurso sobre la responsabilidad durante las vacaciones de invierno. Nadie más adecuado que la mejor estudiante de la generación.
Entonces, justo cuando ella tomó aire para hablar, Jack dijo lo que pensaba, sin filtro ni malicia.
Ahí está, nuestra Reina de Hielo. Inquebrantable hasta en el último día.
Por supuesto, no sabía que el micrófono de Joe seguía encendido.
Lo suspendieron y tuvo que pedir disculpas públicas, pero no fue suficiente. El apodo la siguió hasta el día de hoy.
— ¡Pero sonaba elegante! —intentó defenderse—. "La Reina de Hielo" tiene algo especial. Dignidad. Poder. ¡Admite que te queda bien!
Su compañera lo fulminó con la mirada. Jack se encogió ligeramente.
— Bien. Lo siento. Retiro lo dicho.
Ella suspiró, como si solo tuviera energías para sobrevivir esa conversación.
— Si estás intentando convencerme, estás fallando por completo.
— Elsa, en serio necesito tu ayuda —casi se sorprendió del cambio en su tono. Había bajado la voz; rozaba la súplica. Ella no respondió, pero tampoco lo interrumpió. Jack respiró hondo—. Puedo optar a una beca deportiva, pero la universidad también exige cierto puntaje en el examen escrito. No me gusta admitirlo, pero apesto en todo lo que no sea hockey. El entrenador me advirtió que, para mantener la capitanía, tengo que mejorar mis notas.
— ¿De verdad te importa tanto ser el capitán del equipo? —preguntó Elsa, alzando una ceja.
Jack la miró fijamente.
— Si me quitan el puesto, queda en mi historial. Si eso pasa, puedo olvidarme de la beca.
Hubo un breve silencio. Elsa notó cómo él sostenía la mirada sin titubear. A pesar de su fama de distraído, esta vez hablaba con claridad y convicción.
Y debía reconocer que no se lo esperaba.
Ni eso, ni la propuesta.
— ¿Te das cuenta de que tendrías que estar al menos una hora escuchándome y haciendo lo que te digo? —preguntó.
Jack sonrió y colocó los brazos detrás de su cabeza.
— Pensaré que eres mi capitana. Quizás así me funcione.
— ¿Por qué todo tiene que volver al hockey? Hablo en serio… —replicó ella.
Él la observó con más atención. Elsa no lo miraba directamente; tenía la cabeza levemente alzada, como si intentara contener la respiración. Finalmente, suspiró y lo encaró.
— Vas a pagarme por adelantado y estarás puntual los días que yo diga.
— ¿Eso significa…?
Elsa asintió, derrotada.
— ¡Eso es! ¡No te vas a arrepentir, lo prometo! — exclamó él, dando un pequeño salto.
Antes de que Elsa pudiera responder, ambos escucharon un "shhh". Se giraron. Bella, la bibliotecaria, les sonreía desde su escritorio. Elsa inclinó la cabeza en señal de disculpa; Jack unió las manos, sonriendo como si hubiera ganado una medalla.
— Te espero mañana después de clases —dijo Elsa con seriedad—. Si llegas tarde o haces una sola broma, te vas a arrepentir de haberme hecho perder el tiempo, Frost.
— Lo prometo. Será la tutoría más académicamente seria de tu vida.
— Lo dudo —murmuró ella, y salió sin despedirse.
Jack la vio irse y, genuinamente, sonrió.
Bella lanzó una risa suave desde el escritorio.
Parecía que Jack acababa de jugar la final más difícil de su vida.
Y el año recién comenzaba.
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Los entrenamientos de hockey eran intensos. Nicholas North era un entrenador de nivel nacional, por lo que era exigente cuando se trataba de la puntualidad, estado físico y concentración. Curiosamente, cuando se trataba de su deporte, Jack Frost era bastante aplicado. Los maestros incluso decían que, si fuera así en todas las materias, sería un estudiante ilustre.
Aunque, para ser honestos, el encanto de Frost era bastante útil para no meterse completamente en problemas. Hipo siempre le decía que, si tuviera la mitad de su carisma, se ahorraría muchísimos malos ratos. Los padres de este último estaban muy agradecidos con Jack, pues sabían que era él quien muchas veces salvaba a Hipo de su propia tozudez. Por algún motivo, el dúo siempre buscaba la peor solución a sus dificultades, pero quien salía de la situación con humor era Jack Frost.
En esos momentos, Jack se encontraba en la pista de patinaje. Aún quedaban treinta minutos para el entrenamiento, pero no pudo resistirse a colocar los pies en el hielo. A pesar de que el entrenador Nicholas le había advertido que no usara la pista sin supervisión, ahí estaba, dando giros, moviendo el caucho de un lado a otro. Estaba tan absorto, que su mejor amigo tuvo que gritarle para captar su atención. Frost sonrió y salió de la pista, sentándose en la banca.
— ¿Y bien? —preguntó Hipo, tomando lugar junto a él—. ¿Sobreviviste o estás planeando tu funeral?
Jack soltó aire y se dejó caer hacia atrás.
— Digamos que... no me pateó los dientes. Lo cual ya es una mejora.
— Eso no suena muy alentador.
— Dijo que sí.
— ¿Sí de qué?
— Que será mi tutora. Bajo condiciones rígidas del tipo: "si haces una broma más, lo pagarás".
Hipo se echó a reír. Era evidente que Elsa Arendelle detestaba a su amigo, aquello no era un misterio para nadie. Su enemistad era clara desde el incidente de primer año y, aunque Hipo jamás había cruzado palabra con la rubia chica, podía jurar que el aire se enfriaba cuando Jack y ella estaban en la misma habitación.
Así era difícil que no la llamaran la Reina de Hielo, la verdad.
— ¿Y tú aceptaste?
— Tenía pocas opciones. Y… no sé. Hay algo en ella.
— ¿Además del odio visceral hacia tu existencia?
Jack sonrió, pero bajó la mirada.
— Creo que… fue más que eso. Estaba enojada, sí. Pero también estaba… dolida por lo de primer año — aquello llamó la atención de Hipo, quien juntó sus castañas cejas. Hubo una breve pausa y Jack se acomodó en el asiento, irguiéndose — Es decir, siempre parece no importarle demasiado lo que el resto piensa…
— Lamento decírtelo, pero en esto, estoy con ella — Jack lo miró ofendido e Hipo encogió los hombros — ¡Jack! Prácticamente le dijiste un apodo despectivo frente a toda la escuela… Cualquiera se molesta por eso.
— ¡Claro! Pero siempre parece tan… — el chico de cabello platinado se tomó unos segundos, pensando bien los términos para definir a Elsa. Hipo alzó una ceja, esperando.
— ¿Lista para asesinarte?
— No, bueno, además de eso… Es como si hubiese un muro entre las personas y ella — aquel análisis pareció sorprender al castaño, pues abrió un poco los ojos. Jack continuó — Como si no tuviera permiso para divertirse, no sé…
— Bueno, hay que admitir que no es tan antisocial, al menos comparte con Mérida y tiene a su hermana y prima un curso más abajo— opinó Hipo. Jack lo miró y el castaño nuevamente se encogió de hombros — De hecho, ¿te acuerdas de su exnovio, Tadashi Hamada? ¿El que estaba de intercambio y volvió a Japón? — Jack asintió — Bueno, una vez hablamos de Elsa y dijo algo como que él había podido "verla de verdad".
— ¿Y no salió corriendo o se congeló? — preguntó el chico, genuinamente sorprendido.
Hipo lo fulminó con la mirada, aunque sonrió. Jack lanzó una risa baja, negando con la cabeza.
— Es que, en serio, pareciera como si estuviera blindada — comentó el chico. — Creo que jamás ha sonreído con nada de lo que le he dicho.
— Recuerda que te odia.
Jack lo empujó con el hombro y ambos rieron. Pero luego, el capitán de hockey se quedó callado otra vez, más serio.
— ¿Sonaría poco honesto si te digo que esta vez quiero hacer las cosas bien? — Hipo levantó las cejas y Jack junto sus pálidas manos, para luego fijar su mirada azul en la pista de patinaje — Es decir, ella no coopera demasiado con su actitud, pero tal vez podríamos hacer las paces ¿no?
— Recuerda que te odia.
— Eso ya me lo dijiste…
— Sí, pero parece que lo olvidas — Jack lo miró e Hipo le sonrió — Jack, es genial que quieras redimirte con ella, pero no es tan fácil borrar eso. — el chico de pelo platino suspiró y miró la pista de patinaje, a lo que Hipo lo imitó — Además, lamentablemente le pusiste un apodo que le quedó como anillo al dedo. En serio… ¿y después soy yo el que tiene talento para meterse en problemas?
— Hipo, por algún motivo, el año pasado te las arreglaste para quedar colgado del techo del gimnasio con cinta adhesiva industrial…
— Era un experimento de física.
— No. Era una apuesta con los del club de Robótica.
— ¡Una apuesta con fines educativos!
Jack lo miró, conteniendo la risa.
— Tuvieron que usar una escalera de emergencia y un extintor como palanca para bajarte.
— Y, aun así, Elsa sigue siendo más intimidante que caer desde cinco metros de altura.
—¿Y qué aprendiste?
— Que el cuerpo humano no está diseñado para ser una lámpara.
Ambos rieron y Jack negó con la cabeza.
— Definitivamente tú ganas.
Hubo un silencio largo entre ambos chicos. La pista de hielo estaba vacía, aunque en unos minutos estaría con los miembros del club de hockey en su interior. Jack observó de forma panorámica todo el gimnasio, las gradas azules, las paredes oscuras, la pista blanquecina… Todo eso iba a ser un recuerdo algún día, por lo que debía aprovecharlo. No podía despedirse de la capitanía de su equipo ni de su beca, por supuesto que no.
— ¿Sabes? — la voz de su amigo lo sacó de sus pensamientos. Jack se volteó y lo miró, encontrándose a Hipo apoyado en el respaldo del asiento de plástico, con temple pensativo — Quizás no sea tan relevante para ti, pero esa vez de la cinta adhesiva fuiste tú quien intervino con mis padres. De alguna forma, lograste convencerlos de que de verdad era un experimento de física.
— Sí, fue difícil — dijo Jack, sonriendo. Hipo se rio levemente y su amigo alzó una ceja — ¿Por qué te acordaste de eso?
— Porque creo que, si Elsa viese ese lado tuyo, tal vez pensaría que eres una persona medianamente decente — Jack levantó las cejas e Hipo se encogió de hombros — Es decir, sí, eres un poco idiota, pero no un descorazonado.
— ¿Eso se supone que es un elogio?
— Mi punto es que, si te conoce de verdad, ella hará las paces contigo.
— Recuerda que me odia.
— Oh, sí, pequeño gran detalle.
Ambos chicos rieron
El sonido de la puerta del gimnasio abriéndose rompió el momento. Algunos de los jugadores comenzaban a entrar, saludando desde lejos.
Jack se puso de pie y recogió su casco.
— Bueno, hora de hacer méritos si quiero mantener la capitanía.
— Y hora de no volver a quedar colgado del techo —bromeó Hipo, poniéndose de pie también.
Jack se detuvo antes de entrar a la pista, aún con el casco bajo el brazo. Miró por última vez hacia las gradas vacías y suspiró sonoramente, para luego equiparse y entrar a la pista. Con la facilidad que le habían brindado los años, se acercó patinando a sus compañeros y los saludó. Hoy tenían audiciones de novato de primer año, por lo que se sacudió un poco la idea de Elsa y las tutorías.
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Al día siguiente, Bella estaba ordenando libros cuando escuchó que alguien entró a la biblioteca. Se giró y vio que Elsa Arendelle caminaba impasible, ubicándose en su sitio de siempre. Bella la saludó con la mano y Elsa esbozó una pequeña sonrisa, mientras abría uno de los libros que había solicitado el día anterior. Ciertamente, la castaña mujer podía dar fe de que la mayor de las hermanas Arendelle era casi la única persona que visitaba la biblioteca los primeros días de clase, así como había personas que jamás se asomaban.
Era el caso de Jack Frost, quien, luego de unos minutos, atravesó la puerta de la biblioteca. Bella lo observó ingresar y advirtió que Elsa aún no notaba su llegada, absorta en su libro. Frost se sacó los audífonos grises y comenzó a caminar en dirección a su nueva tutora. Bella sonrió divertida, recordando que el joven Frost jamás venía a sus aposentos, alegando desde primer año que las bibliotecas eran "lugares insoportablemente silenciosos".
Sin embargo, ahí estaba. Caminando entre los estantes con una expresión curiosa, que Bella no había visto nunca en él. Era como si Jack fuese un estudiante nuevo que recién estuviese conociendo las instalaciones. Su andar era un poco más cuidadoso y miraba a todos lados, claramente ajeno al espacio. Se detuvo a unos pasos de Elsa, quien seguía concentrada, pasando las páginas con su delicadeza habitual.
— Hola — dijo Jack, lo bastante fuerte como para que solo ella lo oyera.
Elsa levantó la vista lentamente. Su rostro no mostraba sorpresa, aunque sus cejas se alzaron apenas un segundo antes de asentir. La rubia cerró su libro y sacó una carpeta azul, con una pulcritud que Jack jamás había visto. De hecho, el joven podría afirmar que la chica estaba perfectamente limpia de la cabeza a los pies.
¿Qué acaso Elsa Arendelle no despeinaba ni el aire al caminar o qué?
— Llegas a tiempo — era un comentario positivo, pero Jack pudo advertir aquella suavidad cortante en su tono de voz. Honestamente, jamás se lo había escuchado a otra persona.
— ¿Te hice esperar? Sé que llegas un poco más temprano a los lugares—respondió Jack, con una sonrisa ladeada, mientras se sentaba frente a ella. Elsa abrió la carpeta que tenía y sacó un par de hojas impresas de su interior.
— Mientras más pronto empecemos, más pronto terminaremos — la frase hizo que Jack asintiera y suspirara sonoramente.
Buen comienzo, Frost.
Mientras tanto, Bella observaba la escena desde su escritorio, sin intervenir. Había algo en esa interacción que la hizo quedarse un poco más expectante de lo habitual, como si supiera que estaba presenciando algo que apenas comenzaba. Sí, ambos jóvenes se veían completamente disgustados con la presencia del otro, pero conocía la juventud. Había estado años suficientes en la escuela para entender una cosa:
Puede ser que haya algo más allí.
— Bien, comenzaremos con esto — Elsa le acercó una hoja, la cual Jack observó con el ceño fruncido — Es un diagnóstico, tengo que saber qué tan grave es tu caso para ayudarte.
— ¿Tengo que hacer tarea sin siquiera haber terminado la primera semana del año?
— Frost…
— De acuerdo… — dijo el chico a regañadientes. Elsa tuvo la tentación de cruzar los brazos, pero solo se mantuvo seria, atenta a la reacción del chico. Jack sacó sus lápices y, luego de unos segundos de inspeccionar el examen sorpresa que tenía frente a él, suspiró sonoramente — Elsa, estoy seguro de que, según esto, me quedé en la escuela media…
— ¿Qué?
— Recuerdo muy poco de Historia — admitió el chico, levantando la vista. Elsa advirtió la preocupación en sus ojos, por lo que se mantuvo en silencio — Siendo honesto, la Revolución Industrial no suena tan familiar para mí…
— ¿No sabes lo que es? — ante la expresión genuinamente sorprendida de la chica, Jack apretó los labios. Esta vez no hubo sonrisas ladeadas ni bromas, pues lo único que se asomó por el semblante del capitán del equipo de hockey fue preocupación y desesperanza. — ¿Estás hablando en serio?
— No soy tan idiota, sé lo que es, pero es como si hubiese una laguna en mi cerebro, donde sé más o menos los años, pero no qué pasó exactamente — Elsa levantó las cejas y Jack suspiró, rascándose la nuca. Hubo un gran silencio y, por primera vez, la Reina de Hielo no tuvo palabras. Jack suspiró y bajó la vista a la hoja impresa frente a él — Voy a completar lo que pueda…
— Frost — Jack levantó la vista y se encontró con Elsa, seria e impasible. No había rastro de la sorpresa anterior, más bien, era como si la rubia estuviese a punto de declarar algo importante — Lo peor que puede ocurrir es que debamos vernos más veces a la semana…
— Lo dices como si mi presencia… — ante la mirada de ella, Jack lo entendió inmediatamente — Bueno, sí, ya me dijiste que no me soportas.
— Pero acepté, así que soportarte o no, eso es mi problema — dijo ella. El chico la observó y la chica le señaló la hoja con su pálido índice — Ahora, coloca lo que sabes y trabajaremos con eso. Solo te advierto que, dado el antecedente que me acabas de comunicar, la tarifa podría elevarse.
— Bien, más me vale completar algo de esto, sino estaré en la ruina antes de lo que creí.
Jack se acomodó en la silla con su habitual desenvoltura, pero Elsa advirtió que esta vez no se recostaba con el mismo aire arrogante de siempre. En cambio, se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa, dispuesto a resolver un desafío para el cual no estaba completamente listo. Ella lo sabía: estaba totalmente fuera de su elemento.
Estuvieron unos minutos en silencio. Jack apretaba los labios mientras se enfocaba en la hoja impresa y Elsa había vuelto a abrir su libro. Al pasar diez minutos, la ilustre estudiante dio un vistazo ocasional al chico frente a ella, como si verificara que todo estaba en orden. Estaba gratamente sorprendida por el silencio y la mirada de concentración de Jack. Observó su mandíbula apretada y su postura firme. Si bien era evidente que Frost era un chico delgado, no se veía para nada enclenque. De hecho, si se fijaba bien en detalles que jamás se había percatado, el capitán presentaba una musculatura que Elsa no esperaba.
No era excesiva ni marcada como la de otros deportistas del colegio, pero estaba ahí: en la tensión sutil de los bíceps, en la forma definida de los hombros, en cómo los tendones de sus manos se marcaban al sostener el lápiz. Tenía manos grandes, de dedos largos y firmes, con los nudillos algo ásperos, como si estuvieran acostumbrados a sostener palos de hockey o a recibir golpes. Había una torpeza distinguida en sus gestos, como si su cuerpo fuera naturalmente ágil sin esforzarse demasiado. La mente de Elsa le advirtió que estaba contemplando demasiado, pero por algún motivo, no reaccionó hasta que la voz de Jack llegó a sus oídos, provocándole un discreto respingo.
— Oye… —murmuró Jack, señalando su hoja—, ¿esto era lo de las máquinas de vapor o los telares automáticos? Porque me suena, pero nunca entendí bien por qué importaba tanto. O sea, ¿cuál era el escándalo con cambiar telares?
Elsa se inclinó un poco hacia él para mirar la pregunta.
— Se está hablando de la mecanización del trabajo —respondió, en su tono habitual de profesora implacable— Cuando aparecieron esas máquinas, mucha gente perdió sus empleos o tuvo que adaptarse a condiciones nuevas y muchas veces precarias. Por eso fue importante: cambió el modo de vivir, no solo de producir ¿Lo ves?
Jack la observó mientras hablaba y Elsa levantó la vista justo en ese momento.
Sabía que Jack tenía ojos azules. Todo el mundo, de hecho. Pero nunca se había detenido a mirarlos de verdad. No eran solo claros, eran luminosos, atentos. No había burla en su expresión. Había genuino interés, como si realmente quisiera entender lo que ella explicaba.
Elsa parpadeó y apartó la vista, recomponiéndose.
No empieces con estupideces. Solo está siendo un alumno decente por una vez en la vida.
Sin embargo, mientras él volvía a mirar la hoja, Elsa tardó unos segundos más de lo habitual en retomar el hilo de sus pensamientos. Durante el resto de la tutoría, evitó permanecer en contacto visual y mirar las manos del chico, lo cual hace un rato le hubiese parecido una burrada. Sobre todo, se prohibió fijarse nuevamente en lo atractivo que era, porque jamás iba a admitírselo ni a ella misma.
Claramente, lo que ocurría en la mente de Elsa pasaba totalmente inadvertido para Jack. El chico estaba batallando contra hechos históricos que habían sucedido siglos atrás y, para su mala suerte, estaba perdiendo. Pasaron tres cuartos de hora, cuando finalmente entregó el diagnóstico de su tutora. Elsa, en un rápido movimiento con el lápiz, sacó su puntaje. La rubia levantó sus azules ojos y le mostró un claro resultado reprobatorio.
— Bien, puedes burlarte si quieres… — dijo el chico. No obstante, Elsa alzó una ceja.
— Jamás me he burlado ni me burlaría de un estudiante — dijo ella. Jack la miró, cruzado de brazos. La chica observó el examen y luego posó sus ojos en él. Esta vez, su mirada no era fría, más bien parecía solo pensativa — De hecho, cuando me dijiste que la Revolución Industrial era una laguna en tu cabeza, pensé que ibas a obtener un resultado menor, pero podemos trabajar con esto.
— ¿Estás segura?
Elsa asintió, a lo que Jack suspiró aliviado. En un movimiento ágil y silencioso, la chica abrió su carpeta azul y guardó los resultados de su nuevo estudiante. Al ver que su compañera se ponía de pie y se acomodaba la carpeta bajo su menudo brazo, Jack también se levantó.
— Nos vemos mañana, entonces —dijo Elsa.
— ¿Mañana? ¿No era una vez por semana? —preguntó Jack, alzando las cejas con dramatismo.
— Eso era antes de este diagnóstico —respondió ella, girándose para mirarlo un segundo— Si quieres mejorar, tendremos que vernos dos veces como mínimo.
Jack soltó una risa breve, sin sarcasmo esta vez.
— De acuerdo, tú mandas — Elsa se volvió a acomodar la mochila y Jack sonrió — A este ritmo, te pagaré la universidad antes de entrar a la mía.
Elsa no respondió, pero él juraría que algo parecido a una sonrisa en la comisura de sus labios antes de que se alejara entre los estantes. Era segunda vez en esos días que veía cómo la joven rubia se retiraba de la biblioteca, pero en esta ocasión, su andar parecía más calmado. A diferencia de él, Elsa Arendelle pertenecía a ese espacio, encajando con cada pieza de la silenciosa biblioteca, la cual en esos momentos estaba inundada por la luz del crepúsculo. Los reflejos dorados hicieron notar el color platino del cabello de Elsa y Jack, sin saber muy bien por qué, la observó hasta que se fue.
— ¿Qué tal la primera tutoría? — Jack se volteó a Bella, quien lo miraba con gentiles ojos castaños.
— ¿Honestamente? No estoy seguro — La bibliotecaria lo observó con curiosidad y Jack sonrió, mientras se acomodaba la mochila y comenzaba a sacar sus audífonos — Estaba preparado para una destrucción moral, pero fue todo lo contrario. — el chico se colocó sus audífonos grises y miró a Bella con aire relajado — Siento hasta ganas de venir mañana, en realidad.
— Oh, Elsa tiene ese efecto en las personas — fue el momento de Jack para mirar curioso a la mujer, quien le sonrió ampliamente — Es una chica seria, ¿sabes? Pero de alguna forma, siempre saca lo mejor de los demás.
Jack asintió y se despidió con un gesto perezoso, antes de colocarse nuevamente los audífonos y salir por donde había venido. Bella volvió a sus labores con naturalidad, pero no sin una leve satisfacción al ver que, por una vez, un estudiante que solía evitar ese lugar como la peste había pasado casi una hora completa en la biblioteca y no solo eso: parecía dispuesto a volver. Mientras recorría los estantes para devolver un par de libros, pensó que, si alguien podía hacer que un chico como Jack Frost se tomara en serio sus estudios, esa era sin duda Elsa Arendelle.
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Chapter 2: Mientras hagas tu tarea, estaremos bien...
Notes:
Disclaimer: DreamWorks y Disney no me pertenecen.
(See the end of the chapter for more notes.)
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2
Mientras hagas tu tarea, estaremos bien
El despertador marcaba las 6:30 cuando Elsa abrió los ojos con precisión quirúrgica. A diferencia del resto del mundo, la mayor de las hermanas Arendelle simplemente suspiró y se estiró con una delicadeza envidiable, como si todos sus movimientos estuviesen medidos. Tenía su cabello platinado un poco revuelto, pero se enderezó el moño y abrió su armario, con el fin de tomar uno de los conjuntos de ropa que había alistado el día anterior. Según el tiempo en su teléfono, aún había días de calor, por lo que se pondría algo ligero.
Luego de ducharse y vestirse, Elsa caminó por el largo pasillo de su habitación y le tocó la puerta a Anna. Los ronquidos de su pelirroja hermana se escuchaban hasta el pasillo, por lo que supuso que aún no estaba lista. Abrió la puerta y prendió las luces, a lo que la menor protestó totalmente. Elsa suspiró y negó con la cabeza, sonriendo levemente. Sabía que en unos minutos su madre subiría a hacer la segunda ronda, por lo que bajó a servir el desayuno.
La familia Arendelle era parte de la diplomacia, con un legado bastante fuerte al respecto. Agnarr Arendelle, el padre de Elsa, era abogado y un político influyente, al igual como lo fueron sus antecesores. La mansión era una residencia con muchas habitaciones y largos pasillos, en la cual se respiraba memoria y respeto por esta herencia. Sin embargo, la sección favorita de Elsa era la biblioteca, mientras que la de Anna era un aposento de pinturas en el que hasta tenía nombres para cada personaje ilustrado.
Esa mañana, Elsa llevaba una blusa blanca y jeans oscuros de corte perfecto, el cabello recogido en una trenza que había realizado con la misma paciencia con la que otros arman origamis. El desayuno era simple pero meticuloso: tostadas integrales, rodajas de palta ordenadas en abanico y una taza de té verde humeante. Gerda siempre le decía que ella podía realizarlo, pero Elsa se negaba cada vez, estableciendo que había algo en preparar su propio desayuno que le resultaba terapeútico.
Anna lo consideraba rarísimo y Gerda sonreía al escucharlas.
En medio de la amplia cocina, mientras Gerda y Elsa charlaban, apareció su padre desde la puerta y saludó con una sonrisa, mientras ella le pasaba una taza con café. Se sentaron en silencio y Gerda desapareció rumbo a otras labores.
— Entonces… — la chica levantó la vista de su té, encontrándose con el semblante serio de su padre. — ¿Algo interesante ha ocurrido en esta primera semana de clases?
— Sabes que lo interesante viene después de las dos primeras, ¿cierto? — el padre de Elsa sonrió un poco y la chica se encogió los hombros, mientras cortaba un pedazo de tostada con el cuchillo — Creo que lo único que podría contarte es que Bella al fin recibió los ejemplares de clásicos que pidió hace años y, bueno, yo aún sigo haciendo tutorías después de clases.
— Sandman lo ha hecho muy bien como director, no me cabe duda de que al fin escuchó los ruegos de esa pobre bibliotecaria — comento su padre. Elsa asintió — ¿Crees que puedas compatibilizar las tutorías con los estudios este año? Recuerda que en septiembre debes empezar tus postulaciones a la universidad.
— Lo más probable es que tenga que dejarlas a mitad de año, pero intentaré que mis estudiantes estén suficientemente encaminados — respondió ella. El señor Arendelle asintió, atento a cada palabra. Elsa tomó un sorbo de té y continuó — Además, algunos profesores me eligieron para continuar como miembro del Consejo Estudiantil.
— ¿Bella otra vez? — preguntó su padre. Elsa respondió, esta vez esbozando una pequeña sonrisa — Estoy segura de que serían muy buenas amigas con tu madre.
— También lo creo — apoyó Elsa.
En ese momento, se escucharon pasos fuertes y apresurados desde la escalera de mármol. Se escuchó la risa modesta de Gerda y unos murmullos inteligibles. Elsa no se volteó a ver el escándalo, pues sabía que se trataba de Anna. Su hermana apareció despeinada, con calcetas de distintos colores y una chaqueta torcida. Elsa la observó con una sonrisa y se levantó de su lugar sin hacer el menor ruido. Mientras, Anna se desplomó en la silla y comenzó a peinarse con los dedos como si estuviese desenredando una madeja de lana. Luego de un minuto, Elsa le deslizó una taza de chocolate caliente sin decir palabra. Su hermana la miró como si fuese una santa y le sonrió, bostezando como un gato.
— ¿Cómo se irán a la escuela? Puedo pedir que las lleven... —dijo su padre, sonriendo ante la diferencia abismal entre sus dos hijas. Se levantó y comenzó a alistar sus cosas para el trabajo con una pulcritud que no todos tenían a las siete de la mañana.
Elsa negó con una pequeña sonrisa.
— Nos van a pasar a buscar —respondió ella.
— Mérida y Rapunzel —agregó Anna, masticando un pedazo de tostada.
Su padre se detuvo a mitad de camino hacia el perchero, con una ceja arqueada.
— ¿Mérida DunBroch? Esa niña maneja como si estuviera cabalgando un caballo salvaje en una isla desierta.
Anna soltó una carcajada mientras Elsa apretaba los labios, reprimiendo una sonrisa.
— Exageras —dijo Elsa, aunque no con demasiada convicción.
— Solo digo que, si sobreviven, me mandan un mensaje —replicó su padre con humor, besando a ambas en la frente.
Fue entonces que Kai, el mayordomo de la mansión, apareció en la puerta de la cocina. Elsa y Anna se levantaron de inmediato, imaginando lo que significaba.
— La señorita Mérida y la señorita Rapunzel acaban de hacer ingreso — anunció Kai, con solemnidad.
Las chicas estaban por contestar, cuando el motor de un auto sonó afuera con un rugido breve y luego un bocinazo doble y alegre.
Nadie se sobresaltó.
—¡Ya vienen! —gritó Anna, lanzándose hacia la puerta con la mochila al hombro.
Elsa tomó su bolso con calma y salió tras ella. Al cruzar el umbral, se volvió un momento para mirar a su padre.
— Te mandamos mensaje si hay explosiones —bromeó. Luego, miró a Kai — Gracias por el aviso, Kai. Que tengan buena jornada.
Kai y su padre sonrieron, mientras Anna corría hacia el auto de Mérida y Elsa comenzaba a cerrar la puerta.
— Suerte —respondió el señor Arendelle entre risas suaves. Elsa notó que ajustaba su corbata antes de cerrar.
El auto rojo de Mérida estaba estacionado frente a la casa. Rapunzel saludaba desde el asiento del copiloto, mientras Mérida gesticulaba algo que parecía una historia épica sin palabras. Las puertas traseras se abrieron de golpe y las Arendelle se subieron entre risas y el retumbar de la música que ya vibraba en los parlantes.
El vehículo cruzó el portón enorme de la mansión y, con una velocidad que era claramente más alta de la aconsejable, fueron rumbo a la escuela. Entonces, mientras el auto se alejaba con un pequeño derrape, Elsa, desde el asiento trasero, sintió una sonrisa nacer en sus labios. Era una mañana diferente. Había algo nuevo en el aire, algo más allá de su rutina perfecta.
— ¡Elsa! ¡Recuerda que hoy tenemos clases con Lord Naftalina! ¿Alcanzaste a ver algo del programa?
— ¿Hablas del profesor Ratcliffe? — preguntó Anna, de forma bastante ruidosa. Elsa no aprobaba los apodos, pero no pudo evitar sonreír al notar la expresión de sufrimiento de Mérida — Creí que su apodo era Gobernador Vintage o algo así…
— Tenía unos atuendos muy interesantes el año pasado — comentó Rapunzel. Anna y Mérida lanzaron una carcajada, pues recordaron los trajes de aquel hombre. Le faltaba solo el sombrero con pluma para ser la viva imagen de un personaje histórico colonial — Bastante fiel a su apodo, a decir verdad...
— Oh, silencio… — suplicó Elsa, aguantándose la risa. Mérida, al volante, alcanzó a ver a su amiga por retrovisor y se volvió a reír, siendo secundada por Rapunzel y Anna.
— Bueno, Elsa, confío en ti para no reprobar con ese viejo — dijo la pelirroja. — La verdad, hubiese preferido a la profesora de la otra sección…
— ¡La señorita Jane! — exclamó Anna. Elsa la miró casi con ternura
— Anna, es señora, se casó el año pasado… — comentó Elsa. Anna sonrió ampliamente, antes de continuar.
— ¡Su hombre sí que estaba guapísimo! Una vez, la noté revisando fotos de sus vacaciones y vi a su pareja a torso desnudo ¡Parecía una escultura!
— ¿Cómo es que pasamos de hablar de los deberes de Historia al cuerpo escultural del marido de la profesora Jane? — preguntó Mérida, mientras pasaba una curva. Las chicas rieron y Elsa negó con la cabeza, sonriendo — ¿Y no que ella estaba con licencia prenatal?
— Eso se llama aprovechar la Luna de Miel... — comentó Rapunzel, encogiéndose de hombros.
Hubo risas compartidas ante ese comentario. Anna, por supuesto, alcanzó decibeles que podían despertar a toda la cuadra si se lo propusiera.
El auto de Mérida giró con fuerza en la esquina de la calle, con una velocidad bastante cuestionable. Frenó frente a la escuela con un chillido breve, pero ya familiar. A pesar de ello, muchos estudiantes de primero se voltearon con sorpresa. Luego de estacionarse, las cuatro chicas descendieron.
— ¡Gracias por el viaje, Mérida "Relámpago" Dunbroch! —bromeó Anna, dándole una palmadita en el hombro a su amiga conductora.
— Cállate o la próxima vez te dejo en la esquina del cementerio —replicó Mérida, con una sonrisa torcida.
Rapunzel ajustó su mochila con una flor en el broche, siempre vibrante. Anna saltó un par de veces en su lugar para sacarse el frío. Mérida se estiró como un felino y guardó las llaves como si se tratara de un arma peligrosa. Elsa se acomodó el bolso con una prestancia que a pocos se les daba natural. Venía riendo discretamente por un chiste de Anna, pero enderezó los hombros apenas entraron al hall central de la escuela. Su espalda adoptó una postura casi impecable, su mentón se elevó con naturalidad y su mirada se volvió más centrada, más controlada. Los pasillos de la escuela no eran para la espontaneidad: eran territorio de excelencia, reputación y eficiencia. En rigor, Elsa Arendelle dominaba cada centímetro de ese terreno.
Anna lo notó al instante. Siempre lo hacía. Pero no dijo nada.
Los estudiantes comenzaban a llenar los pasillos como un río apresurado, quedando quince minutos para la primera campana. Las chicas se despidieron y cada una fue a su casillero. Elsa era la que quedaba más lejos, por lo que apresuró el paso. Escuchó risas descontroladas, personas con miradas afiladas y otros que simplemente luchaban contra el deseo de dormir un poco más.
Elsa respiró hondo.
El día había comenzado.
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La campana había sonado hace cinco minutos. Hades, el profesor de Literatura, escribía en la pizarra sin necesidad de dar órdenes, pues todos conocían el temperamento del hombre en cuestión. Algunos incluso sufrieron consecuencias importantes por sorber una bebida en medio de una clase, lo cual nadie quería repetir.
Estaban en completo silencio. Elsa tenía su espalda recta y anotaba cada palabra con su lápiz azul. Al parecer, comenzarían con mitos griegos, los favoritos del profesor. Hades estaba por completar el título, cuando lo interrumpió el azote de una puerta. Todos voltearon a mirar, excepto el docente, quien sabía perfectamente de quién se trataba.
— Siéntese, señor Frost — dijo el adulto, anotando sin despegar su vista de la pizarra — Prefiero el silencio a una excusa, así que prepárese para una interrogación sobre nuestra apasionante literatura clásica.
— No suena tan apasionado, profesor…
— No pruebes mi suerte, chico.
Sin preocuparse por hacer ruido o no, Jack Frost cruzó el aula hasta los asientos de la tercera fila, donde Hipo lo esperaba con un lugar vacío. Traía el cabello platino revuelto y húmedo, su mochila colgando de un solo hombro y su andar despreocupado de siempre. Apenas lo miró, Hipo supo que venía de entrenar. Frost dedicó algunos saludos rápidos a compañeros y luego se desparramó en su pupitre sin ningún cuidado, para comenzar a sacar sus útiles con el mismo escándalo. Elsa apretó el bolígrafo de forma automática, bastante molesta por la falta de actitud. Escuchó risas y, aunque quería hacer como que no le importaba, sintió como su columna se tensó.
Aborrecía la poca disciplina, el descaro, todo lo que provenía de Jack Frost. No era primera vez.
Sin embargo, la voz del profesor Hades llenó el aula como un trueno elegante.
— Entonces, ¿quién me puede decir qué simboliza el rapto de Perséfone en la mitología griega?
El silencio fue inmediato. Un par de miradas se cruzaron, pero nadie se atrevió a levantar la mano. Jack estaba copiando lo que Hipo le mostraba en su cuaderno, chequeando que el profesor solo había anotado algunas fechas de los exámenes semestrales. Estaba distraído, pero, como siempre, llamaba la atención.
Hades entrecerró los ojos y apuntó con el plumón, como si tuviera una daga en la mano.
— Frost. Ilumínanos.
Jack levantó la vista, anotando recién la segunda fecha del cuaderno de Hipo.
— ¿Perdón?
— ¿El rapto de Perséfone? ¿Símbolos? ¿Ideas? ¿Algo que no incluya un bastón de hockey ni jugadas en patines?
Una risita se escapó en la sala. Jack se encogió de hombros, apoyando el codo en la mesa. Se notaba a leguas que el chico no había leído absolutamente nada, pero, como siempre, no tenía vergüenza en responder una pregunta dirigida. Hipo no dudaba de sus habilidades sociales, pero claramente la lectura no era su fuerte.
— Eh… bueno, no sé. Supongo que… representa cuando a la gente le toca vivir en lugares feos.
Un par de compañeros se rieron. Hades no. El profesor sonrió como un dios que disfruta las ofrendas absurdas.
— Poético. Pero insuficiente. — Entonces giró su mirada como un cuchillo hacia los primeros puestos del salón — ¿Señorita Arendelle? ¿Algo que agregar?
Elsa ni siquiera se inmutó. Solo asintió, levantando la vista al profesor.
— El mito de Perséfone representa el cambio de estación, el tránsito entre vida y muerte, y también la pérdida de la inocencia. No es solo un rapto: es la consagración de una figura femenina que aprende a habitar dos mundos. El de la superficie y el subterráneo. El hogar y lo desconocido.
La sala se sumió en un silencio helado. Elsa hablaba con voz clara y precisa de quien ha leído demasiado y no necesita convencer a nadie. Su tono no dejaba espacio para bromas. Se escucharon susurros sobre "ahí está, la Reina de Hielo", pero ella hizo como que no oía, más bien, seguía con la vista impasible. Mérida la observó desde el fondo del salón, pensando que era increíble como su amiga era elegante sin siquiera esforzarse. Parecía sacada de una pintura francesa.
Hades iba a decir algo, pero el joven Frost tenía otros planes. En su postura relajada, miró a Elsa y, con una ceja alzada, simplemente le contestó.
— Entonces… ¿estás diciendo que Perséfone quiso quedarse con Hades?
Elsa giró la cabeza hacia él. Sus ojos lo estudiaron como si fuera una pregunta mal escrita. Jack sintió que esta vez no lo decapitaba con la mirada, pero podría jurar que comenzaba a hacer más frío.
Sin embargo, eso no le molestaba ni le intimidaba.
— Estoy diciendo que las interpretaciones fáciles suelen venir de una lectura perezosa.
La voz fue tranquila, pero letal. Jack alzó una ceja.
— Touché — murmuró Hipo desde su asiento, intentando no sonreír ante el intercambio. Su amigo era bastante impulsivo o claramente idiota, porque no podía existir otro motivo para inmiscuirse en una discusión de literatura clásica con Elsa Arendelle. Sobre todo, sin haber leído ni una palabra de lo que hablaba.
Jack arrugó la nariz, sonriendo apenas.
— O sea, que algunos leemos mal… porque no pasamos todo el fin de semana casados con Wikipedia.
Hubo murmullos en el salón. Elsa sostuvo la mirada con Jack, donde, a diferencia de antes, sintió que en cualquier momento se quedaría sin cabeza. Sin embargo, el semblante de ella no parecía alterado. Era una calma gélida.
— Wikipedia no es una fuente confiable de investigación — replicó Elsa, sin despegarle la mirada. Jack se acomodó en su asiento, sonriendo de lado. — Lo sabe cualquiera que estudia.
Otra oleada de murmullos. Algunos se miraron entre sí y un estudiante, incluso, imitó el gesto de abrazarse fuertemente, como si estuvieran en una tormenta de nieve. La temperatura simbólica había bajado de golpe. Mérida suspiró e Hipo tensó sus labios mientras negaba con la cabeza.
Hades alzó ambas manos, satisfecho.
— Me siento como un árbitro olímpico. Diez puntos para Arendelle. Frost, gracias por participar.
Jack se hundió en su asiento, sin dejar de mirar a Elsa. No parecía molesto. Más bien... entretenido.
Elsa, en cambio, volvió a su cuaderno como si nada hubiera ocurrido. Como si Jack no existiera.
Pero existía. Vaya que existía.
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La campana sonó marcando el fin de la clase. Hades desapareció del aula con una frase seca sobre lo decepcionante que era la educación moderna, dejando tras de sí olor a marcador y un aire tenso aún sin disipar. Los estudiantes comenzaron a salir en grupos, murmurando sobre el duelo verbal entre Elsa y Jack, donde claramente la Reina de Hielo había vencido.
Mérida esperó a que Elsa terminara de guardar sus apuntes —perfectamente subrayados y ordenados por colores— antes de acercarse a su banco.
— Tal vez no era necesario tomar tan en serio a Frost, ¿sabes? —comentó con una media sonrisa, cruzándose de brazos.
Elsa no levantó la vista de su cuaderno.
— Frost es un fastidio indisciplinado. Llegó tarde, no sabe de qué se habla y encima lo encuentran gracioso —respondió, sin cambiar el tono.
Mérida soltó una risa suave.
— Igual… entiendo un poco tu odio visceral hacia él.
Elsa la miró de reojo, arqueando una ceja. Su amiga pelirroja había comenzado a avanzar hacia el pasillo y ella la siguió, acomodándose la mochila gris. Caminaban sin apuro, a pesar de que su próxima clase era dos pisos más arriba, mientras que Mérida debía ir en dirección contraria. Cuando llegaron a la escalera, se quedaron paradas en el lugar.
— ¿Eso crees? — La chica de cabello rizado levantó una ceja y Elsa cruzó los brazos — Eso que dijiste, que entiendes mi "odio visceral" hacia Frost
— Sí, porque el tipo es un total dolor en el trasero cuando se lo propone — ante aquel comentario, Elsa rodó los ojos y Mérida sonrió — Pero no voy a mentir: a veces hasta me alegra. Es como si nadie más en esta escuela lograra sacarte emociones. Excepto Anna, Rapunzel y yo, claro.
Elsa apretó la mirada con un suspiro contenido. Aquí iba otra vez.
— Mérida, por favor, no empieces con el discurso.
— Sí, voy a empezar. Porque me molesta —dijo ella con franqueza, cruzándose de brazos, en una postura seria que Elsa conocía muy bien — Me molesta que la escuela entera se pierda al buen ser humano que eres. A veces creo que te comportas como si sentir algo fuera una amenaza constante.
Elsa bajó la mirada, sin negar ni confirmar nada. Mérida notó que el semblante de su amiga se suavizó y, por un momento, pensó que tal vez eso había sido innecesario. Sin embargo, ¡Era su último año! No es que no se hubiesen divertido durante su tiempo escolar, pero notaba que, cada vez más, Elsa se encasillaba en un personaje que no necesariamente la representaba todo el tiempo.
La campana sonó y Mérida suspiró sonoramente, descruzando los brazos y apoyando una de sus manos en el menudo hombro de su amiga. Elsa la miró, tensa.
— De acuerdo, Els, lo siento. No te voy a presionar más —añadió Mérida — Pero tal vez deberías restarle importancia a Jack Frost. No te hace bien ser así con él. Le das la razón al prejuicio que tienen sobre ti.
— ¿Cuál prejuicio?
— Que eres brillante, sí, pero… fría. Que nada te toca. Que no tienes corazón.
Elsa apretó los labios.
— Y además — comenzó Mérida, ya dispuesta a marcharse— Frost no es un mal tipo. No te digo que te caiga bien. Pero tampoco te está persiguiendo con una antorcha.
El pasillo se empezó a llenar de estudiantes y los profesores llamaron a viva voz para hacer el ingreso a sus clases.
Elsa alzó la vista y, al fondo, vio a Jack riendo fuerte mientras caminaba al lado de Hipo. Este último le mostraba unos planos en una tablet y gesticulaba con entusiasmo. Jack fingía estar impresionado y le daba pequeños empujones en el hombro, haciéndolo reír.
Por un instante, la expresión de Elsa se suavizó. No lo suficiente como para notarse… pero sí como para que Mérida lo advirtiera.
— Nos vemos en el almuerzo, Els —le dijo, lanzándole una mirada rápida por sobre el hombro antes de perderse entre la multitud.
Elsa se quedó quieta. Luego guardó un papel en su carpeta, sin prisa, y caminó en dirección contraria.
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El aula 3B siempre olía a café. Probablemente porque el profesor Milo Tatch vivía con una taza en la mano, incluso cuando escribía en la pizarra o gesticulaba con entusiasmo frente al proyector antiguo que insistía en usar. Para muchos, su asignatura era una excusa para completar los créditos del plan electivo. Pero para Hipo Haddock, Geografía Cultural era uno de sus momentos favoritos de la semana.
Había algo en el profesor Milo que le agradaba: su forma de explicar las cosas, como si cada pueblo perdido o lengua extinta escondiera una historia esperando ser contada. No era raro que el profesor lanzara risas nerviosas entre explicaciones o mostrara fotos de cuevas que había explorado con una linterna en la boca. Pero lo mejor era que nunca hacía sentir a nadie tonto por no saber algo. De hecho, muchos se aprovechaban de su bondad. El año pasado, incluso Jack había encarado a un par de compañeros por burlarse de él. Milo les había agradecido en privado, aunque les pidió que no lo hicieran de nuevo.
Sin Jack como compañero en esa clase este año, Hipo se sentaba cerca de la ventana. Estaba absorto en los apuntes de la sesión anterior sobre las rutas comerciales del Imperio de Malí, cuando algo lo distrajo. O más bien, alguien.
Un destello rubio atravesó la sala y ocupó uno de los asientos libres, dos filas más adelante. Astrid Hofferson. Imponente incluso sin proponérselo.
Hipo se irguió inconscientemente. Era imposible no fijarse en ella. Era la estrella del equipo de atletismo, sí, pero no solo por sus marcas en los 200 metros. Tenía una mirada decidida, una inteligencia envidiable y una lengua afilada cuando alguien se atrevía a subestimarla.
Todos recordaban la vez que un chico del equipo de fútbol intentó invitarla a salir en su primer año, diciéndole que sería un "honor para ella" acompañarlo a una fiesta. Astrid lo miró como si fuera un insecto y respondió, frente a todos:
— No soy un premio, ni una decoración. Además, no me interesas.
El rumor recorrió el colegio en cuestión de minutos.
El año pasado, durante una asamblea escolar, defendió a una compañera de su club con una claridad brutal, dejando sin palabras incluso a varios adultos en la sala. Desde entonces, hasta los profesores le hablaban con respeto. Estoico Haddock, su padre y el coordinador de deportes de la escuela, solía decir que Astrid Hofferson había hecho más en esos segundos que muchos funcionarios en años. Además, su desempeño deportivo era admirable.
Los periódicos escolares la habían llamado "la estrella más brillante".
Pero para Hipo... era algo más. Algo más profundo. Más antiguo. Ella no solo era impresionante.
Era su primer beso.
Aunque nunca hablaban, aunque lo suyo había sido un episodio relegado al rincón de las cosas que no se dicen —una consecuencia inesperada de una ronda de Siete minutos en el paraíso en primer año—, para Hipo ese recuerdo se mantenía intacto. Ella había sido su primer beso, y él… bueno, él había estado enamorado de ella mucho antes de que eso ocurriera.
Aún lo estaba.
A pesar de que se lo negara incluso a Jack Frost.
—Muy bien, chicos —la voz entusiasta de Milo lo trajo de vuelta— Como les adelanté, el trabajo final será en parejas. Investigarán una cultura desaparecida y deberán presentarla como si ustedes fueran parte de ella. Quiero ver mapas, costumbres, creencias, incluso vestimenta si se atreven. Recuerden: todo tiene contexto. Nada surge de la nada. La cultura es una respuesta.
Un par de estudiantes rieron por lo bajo, señalando la particular vestimenta que el profesor llevaba puesta. Milo los ignoró mientras sacaba su cuaderno de notas. Pasaron unos segundos, en los cuales se escucharon algunos chirridos de sillas.
— ¡Oh! Antes de que corran a sentarse con sus mejores amigos: las parejas ya están sorteadas. Nada como una buena mezcla para que el pensamiento florezca, ¿no?
Ante esta revelación, muchos protestaron. En su lugar, quieto, Hipo tragó saliva. Nunca había tenido buenos resultados cuando trabajaba con otra gente. Normalmente, él terminaba haciendo todo el trabajo.
—Veamos… Bobbie con Jessie… Ralph con Max… Hipo Haddock con… Astrid Hofferson.
Silencio.
Hipo parpadeó.
¿Qué?
Astrid levantó la vista lentamente desde su cuaderno. Sus ojos se cruzaron con los de él, azules bajo la luz del proyector.
Milo continuó leyendo, ajeno a la tensión que acababa de instalar en la sala. Apenas terminó, Hipo se obligó a levantarse y acercarse a donde estaba Astrid, sintiendo que cada paso pesaba más que el anterior. Se sentó a su lado con cautela, como si acercarse demasiado pudiera detonar algo.
Ella lo miró con algo que bordeaba la hostilidad.
— Todo saldrá bien, mientras no me estorbes —dijo en voz baja, tajante.
Hipo abrió la boca, sorprendido. Luego la cerró. Tomó aire para contestar a aquel peculiar saludo.
— No es mi idea —respondió, sin tono defensivo, pero con firmeza— No te preocupes. Solo quiero hacer bien el trabajo.
Astrid lo evaluó unos segundos más. Luego asintió apenas y volvió a mirar su cuaderno. Sin quererlo, Hipo se sintió más enclenque bajo su afilada mirada.
Si esto fuera una manada, definitivamente ella sería una Alfa.
Sin embargo, a pesar de los pensamientos intrusivos, le sostuvo la mirada. Apretó la mandíbula, como si ese gesto solitario pudiera probar que en su existencia había al menos una pizca de valentía. Astrid apartó la vista, sacó su lápiz y abrió el cuaderno con un poco más de fuerza de la necesaria. Hipo la observó en silencio.
— Podemos avanzar algo mañana ¿Biblioteca después de clases?
— Perfecto —respondió él, rápido. Tal vez demasiado.
No hablaron más durante la clase. Pero cuando Milo pidió que anotaran sus ideas preliminares, ambos escribieron "Cultura nórdica precristiana" sin siquiera mirarse.
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La cafetería del colegio estaba más ruidosa de lo habitual, como si los pasillos aún no pudieran contener toda la energía del cuerpo estudiantil. Jack Frost avanzó con su bandeja en equilibrio, sorteando mochilas abandonadas y sillas desalineadas con la agilidad que le había provisto el hockey. Luego de saludar a un par de personas camino hacia allí, hasta se sentó en su mesa habitual.
Hipo ya estaba ahí, removiendo distraídamente el arroz de su plato con un tenedor. Cuando Jack se dejó caer frente a él, soltó un resoplido.
— ¿Y? ¿Qué tal? — preguntó Hipo, sonriendo. Jack encogió los hombros mientras sacaba una hoja arrugada. — ¿Qué es eso?
— Es un listado de pendientes — reveló Jack, acomodándose y sacando un lápiz del bolsillo de su chaqueta. Hipo alzó una ceja, confundido. Sin embargo, Frost se acomodó y, además, de ese papel arrugado, sacó una agenda de la mochila, lo que provocó que su amigo abriera los ojos de par en par. — El profesor Hades ya dio lecturas para la próxima semana, mientras que esa vieja de Yzma nos dejó dos capítulos también… En serio, ¿creen que tengo todo el día para estudiar? — cuando dejó de escribir, Jack se encontró a su amigo viéndolo como si le hubiesen crecido dos cabezas adicionales. El capitán de hockey alzó una ceja y sonrió — ¿Qué?
— ¿Quién eres y qué hiciste con mi amigo?
— Haddock, eso fue grosero.
— ¡Pero si estás pendiente de la tarea! ¡Tú! ¡Nunca sabes ni qué día es a menos de que se trate de un partido de hockey! — luego, con un incrédulo semblante, Haddock señaló la agenda en la que Frost escribía — ¡Por ejemplo eso! ¿Recuerdas cuando te regalé una y decidiste usarla para el taller de origami?
— Había que darle un uso útil — ambos se rieron y Jack sonrió, con aire derrotado— Bueno, debo seguirle el ritmo a mi tutora. Creo que hoy estuvo cerca de cancelarme.
— Bueno, tú tampoco ayudaste a la situación, Frost… — Jack rodó los ojos mientras tomaba un bocado de su comida. Hipo se acomodó en el asiento, con expresión divertida — Amigo, entiendo que no sepas callarte, pero… ¿debatir con Elsa Arendelle sobre literatura clásica? No sé si decir que tienes mucho valor o instinto suicida.
— Oh, vamos, ¡Le gusta explicar cosas! ¿Qué tiene de malo?
— Jack, le dijiste que estaba casada con Wikipedia…
— Ella me llamó perezoso — puntuó él. Hipo suspiró y Jack lo miró con determinación — Bien, lo cierto es que tengo una tutoría con ella en unas horas y no sé si lo lograremos. De hecho, creo que quiere lanzarme por una ventana y, conociéndola, sería una de vidrio templado para maximizar el daño.
Hipo soltó una risa nasal.
— ¿Sabes? A veces creo que siempre estás en modo circo con ella, Jack — el capitán de hockey puso cara de no comprender e Hipo tomó un poco de jugo antes de continuar — De verdad, es como si no pudieses contenerte cuando habla.
— ¿De verdad? Porque por mi parte, a veces creo que, aunque le dijera algo normal como "hola" o "gracias", de todas formas me miraría como si acabase de patear un pingüino.
Ambos amigos volvieron a reír. Hipo volvió a su arroz, pero luego lo dejó a un lado.
— Bueno, no sé si eso se compare a lo que me pasó a mí.
—¿Qué te pasó?
— Me tocó en dupla con Astrid Hofferson. En un proyecto para Geografía Cultural.
Jack se quedó en silencio un segundo.
— ¿Astrid Hofferson? ¿La que corre como si tuviera que ganar los Juegos Olímpicos todos los días?
— Esa misma.
— ¿La misma que se rehusó a recibir la corona como Reina del Baile el año pasado?
— Tal cual.
— ¿La misma chica de la que estás enamorado desde primer año?
— Sí… ¿Qué? ¡No! — Jack lanzó una carcajada genuina, al ver cómo la cara de Hipo se teñía de rojo. Hipo lo señaló con el tenedor, acusándolo. — Frost…
— Haddock…
— No es así — cortó Hipo, aún con las mejillas rosadas. Jack rodó los ojos y se echó hacia atrás, en una postura relajada.
— Entonces díselo a tu cara — respondió. El castaño iba a protestar, pero Jack se le adelantó — ¿Y? ¿Cómo fue?
Hipo apretó los labios, lo pensó un momento y luego murmuró en voz baja:
— Casi tengo un infarto cerebral.
Jack soltó una carcajada.
— ¡Lo que hubiera deseado por estar ahí! Gran favor te hizo Milo… — El delgado chico resopló y el capitán de hockey sonrió — Oh, vamos, no será tan malo… mientras no respires tan cerca de ella.
— Por el momento, planeamos vernos en la biblioteca mañana como dos personas civilizadas y profesionales —Hipo hizo una pausa, mirando a su amigo. Jack estaba mirándolo con una cara que hizo que su amigo frunciera el ceño— ¿Podrías dejar de disfrutarlo tanto?
Jack lo miró divertido, intentando no reírse otra vez.
— Perdón, es que es un buen momento, admítelo.
Hipo encogió los hombros.
— ¿Sabes qué es lo peor? Quizás me estoy volviendo loco, pero lo cierto es que, por una fracción de segundo, no me miró como si fuera una ameba. Fue más bien... una bacteria útil.
Jack levantó su botella de jugo.
— Por el avance bacteriológico, entonces…
Chocaron botellas como brindis y siguieron comiendo. El almuerzo avanzó normalmente luego de eso, con el ruido ambiente de la cafetería.
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Cuando Jack entró a la biblioteca esa tarde, el lugar estaba bañado por una luz suave que se filtraba por los ventanales, difuminada por el polvo en suspensión. Por algún motivo, se le vino a la cabeza la imagen de su primer partido de hockey. Era apenas un niño, y aunque estaba muy emocionado, también sentía una punzada de incertidumbre. Sin embargo, esta vez, no era su desempeño lo que provocaba esa cosquilla de nervios en el estómago, sino la posibilidad de que Elsa Arendelle tomara sus pertenencias y le dijera que, por ser un idiota, su tutoría quedaba totalmente cancelada.
Jack llegó puntual, lo cual ya era un hito en su historial escolar. Al cruzar el mostrador, advirtió que Elsa ya estaba instalada en una mesa cerca del fondo, rodeada de libros, como si estuviera en su propio santuario de concentración. Tomó aire y caminó hacia ella, fingiendo naturalidad.
— Hola —dijo Jack, dejando su mochila con más cuidado del habitual.
— Hola —respondió Elsa, sin alzar la vista de sus apuntes— ¿Tienes tus copias?
— Sí. Impresas, subrayadas y con olor a honestidad más que a calidad — dijo él, sacándolas de su carpeta.
Elsa lo miró, sin cambiar su serio semblante. Tomó las hojas entre sus manos y comenzó a estudiarlas con calma.
— No sabía que podías subrayar.— comentó Elsa. Su tono no era burlón, solo objetivo.
Eso provocó que Jack se cruzara de brazos.
— Lo aprendí por ti.
— ¿Por mí?
— Quiero decir... para esto. Para la tutoría. —Se aclaró la garganta y, con torpeza, cambió de tema— Oye, sobre hoy…
— Frost… —lo interrumpió. Jack, aún de pie, notó que ella también tomaba aire antes de continuar— Eres insoportable.
— ¿Qué?
— Te dije el primer día que me parecías alguien que no se tomaba nada en serio y que eras insoportable, pero esto me demuestra que eres solo lo segundo.
Jack no supo si tomarse eso como un elogio, así que decidió guardar silencio y simplemente escuchar.
— Mientras hagas tu tarea, estaremos bien. No es necesario nada más.
Ante sus palabras, Jack asintió levemente. Luego se sentó. Elsa le entregó unos resúmenes de la Revolución Industrial y una línea de tiempo que le parecía la cosa más estructurada que había visto. Ella le señaló algunos fragmentos clave, y él atendió con más seriedad de la que habría admitido. Luego le dio una guía con esquemas para completar.
La tutoría avanzó en silencio, interrumpido solo por el sonido de las hojas que Jack pasaba sin demasiado entusiasmo. Elsa, sentada frente a él con una postura impecable, repasaba sus propios apuntes, subrayados con precisión casi quirúrgica. Pasaron varios minutos así, hasta que la voz de ella quebró el ambiente.
— ¿Cómo te hiciste amigo de Hipo Haddock? — preguntó Elsa de pronto, sin levantar la mirada.
Jack parpadeó, sorprendido por la pregunta.
— ¿Te gusta? —replicó con una sonrisa ladeada.
Elsa alzó la vista lentamente. No necesitó decir nada. Esa mirada era puro hielo.
—De acuerdo, de acuerdo — dijo Jack entre risas, alzando las manos — Solo preguntaba. La verdad… lo encontré encerrado en un casillero en quinto grado.
Elsa parpadeó, genuinamente confundida.
— ¿Qué?
— Sí. Lo habían metido ahí unos brutos de octavo. Cuando abrí la puerta, él simplemente salió y empezó a hablarme sobre las ventajas del aerogel en estructuras flotantes. Yo no entendí nada, pero me pareció divertido, así que lo seguí escuchando. Desde entonces somos mejores amigos.
Jack sonrió con cierta nostalgia, tamborileando los dedos contra la mesa.
— Hasta traté de meterlo en el equipo de hockey una vez. Le duró una práctica. En el primer tacleo quedó inconsciente por cinco minutos. Desde entonces solo viene a verme entrenar y hacerme comentarios pasivo-agresivos sobre mi coordinación.
Elsa reprimió una sonrisa. Lo intentó, al menos. Sus labios se curvaron apenas, aunque Jack no lo notó.
— ¿Por qué me preguntas por Hipo? —preguntó él, inclinándose un poco hacia ella.
— No lo había pensado hasta hoy —respondió Elsa, encogiéndose apenas de hombros— Supongo que me sorprendió ver que alguien como tú pueda sostener una amistad tan... genuina.
— Oye, sé ser buen amigo —dijo Jack, ofendido de forma teatral— Incluso me llevo excelente con sus padres, sobre todo con Estoico.
— ¿El coordinador de deportes? —Elsa frunció el ceño, pensativa— Interesante.
— ¿Lo conoces?
Elsa no respondió de inmediato. Bajó la mirada a su cuaderno, como si volviera a centrarse en los apuntes.
— Lo respeto —fue todo lo que dijo.
Jack no insistió, pero la observó con renovado interés. Había algo más ahí. Algo que ella no estaba lista para compartir, y por primera vez, él no sintió ganas de empujar para obtener una respuesta.
—¿Y tú? —preguntó entonces— ¿Cómo te hiciste amiga de Mérida?
Elsa sonrió, esta vez de forma un poco más notoria.
— Desde segundo grado es mi única amiga. Me defendió de un niño que me empujó en la fila del almuerzo. Le lanzó la bandeja encima. Desde entonces, creo que decidió que necesitaba una escocesa rabiosa a mi lado.
— Suena muy Mérida —asintió Jack, genuinamente conmovido.
El silencio que siguió fue cómodo. Jack hojeó el libro que tenía delante con algo más de atención. Elsa lo notó, y justo cuando iba a decir algo, él se le adelantó:
— ¿Cuál de estos libros tiene la mejor versión de los mitos griegos? Ya sabes, hoy Hades nos dejó una lista no menor... Pensé que esta vez podría hacer un esfuerzo.
Elsa no respondió de inmediato. Se levantó con gracia y fue hasta una estantería lateral. Jack la observó mientras recorría los lomos con los dedos, como si conociera cada centímetro del lugar. Finalmente, sacó un volumen encuadernado con tapas de cuero gastado. Regresó a la mesa y se lo tendió.
— Este. También puedes complementar con estos apuntes — añadió, entregándole una hoja de su carpeta.
Jack tomó el libro y los papeles con una expresión de leve asombro.
—¿Así que con esto podría vencerte en una batalla intelectual?
Elsa lo miró. Su expresión ya no era tan distante, más bien parecían estudiarlo con cautela. Tal vez fue la historia de Hipo. O quizás cómo Jack había escuchado sin interrumpirla.
De alguna forma, la temperatura del ambiente no pareció disminuir, sino mantenerse en total normalidad. La chica se volvió a sentar con un movimiento elegante y Jack siguió la secuencia con total atención.
— Dudo que puedas vencerme —murmuró, al fin— Pero son valiosas municiones.
Jack sonrió.
— Gracias.
Entonces, Elsa levantó la vista. Sus ojos azules se encontraron con los de él, y esta vez no tenían ese brillo gélido. No parecía que lo estuviera juzgando. Más bien, existía cierta calidez. No abrumadora, más bien era como si hubiesen encendido una pequeña fogata dentro de un iglú.
— ¿Habrá un día en que me parezcas soportable? —murmuró ella.
Jack se inclinó un poco, sonriendo con su usual confianza.
— Si estás en una biblioteca conmigo ahora, supongo que ya lo soy, ¿no?
— Tienes una confianza desmedida.
— Y tú una altivez imposible de imitar —replicó él. Elsa frunció el ceño y Jack soltó una risita— Lamento haber dicho que estabas casada con Wikipedia.
La luz de la tarde iluminaba el cabello platinado de Elsa de un modo que Jack no había notado antes. Ella parecía debatirse entre una respuesta sarcástica o dejarlo pasar. El silencio se volvió atrapante. Jack sintió que todo se movía en cámara lenta: el pestañeo de sus ojos azules, la trenza en su hombro izquierdo, el aire que entraba por sus pulmones...
— ¡Elsaaaaa! ¿Ya nos vamos? ¡Mamá dice que debemos pasar a comprar…!
El canturreo de Anna irrumpió como una bomba de azúcar y su voz se detuvo al captar la escena frente a ella.
— ¿Jack Frost? —dijo, incrédula, mirando a su hermana sentada frente a él.
Jack sonrió, apoyando el codo en la mesa y alzando una mano como saludo.
— Hola, Anna. — pronunció simplemente.
En segundos, Elsa pudo ver cómo los ojos de su hermana se iluminaron como si le hubiese revelado que era la ganadora de algún concurso millonario. La mayor de las Arendelle suspiró sonoramente y se levantó del asiento con cuidado, sin emitir ningún sonido. Jack la observó y se dio cuenta, al ver el reloj, que la hora ya había terminado.
— Mañana el profesor Ratcliffe comenzará la clase con lo que hay en los esquemas que te entregué — dijo Elsa, acomodándose su bolso. Jack asintió — Asegúrate de tomar notas, para compararlas y organizarlas en la próxima sesión.
— A tus órdenes — dijo Jack, juntando todas las hojas en una carpeta. Elsa advirtió que la sonrisa ladina volvió a aparecer — Gracias de nuevo.
— Es mi deber — dijo ella, secamente. Jack asintió.
A unos pasos, Anna Arendelle observaba la escena como si fuera irreal.
—¿Estaban estudiando? —preguntó con una sonrisa apenas contenida, acercándose con los ojos muy abiertos—. ¿O esto fue otra cosa...? Porque desde afuera parecía una escena de esas de drama coreano, con tensión y todo.
— Anna —advirtió Elsa, sin levantar mucho la voz, pero lo justo para que su hermana entendiera.
— ¿Qué? Solo digo que... wow. No tenía idea que hacías tutorías personalizadas con los capitanes del equipo de hockey —murmuró con picardía, sin molestarse en esperar a estar fuera del alcance de Jack.
Jack reprimió una risa, bajando la cabeza como si se interesara mucho en ordenar sus hojas. Elsa le lanzó una mirada severa a Anna y comenzó a caminar hacia la salida.
— Nos vemos, Jack —canturreó Anna mientras seguía a su hermana.
— Nos vemos, Anna —respondió él, aún con una sonrisa en los labios.
Cuando la puerta se cerró tras las hermanas Arendelle, Jack se quedó sentado un momento más. Un pequeño eco de risas se apagó en el pasillo, y el silencio regresó.
Recordó, sin querer, el modo en que la luz de la ventana se había reflejado en el cabello de Elsa, haciéndolo parecer casi plateado, como si tuviera copos de nieve atrapados entre los mechones. Podría jurar que, efectivamente, el tiempo en ese momento se congeló, como esas escenas de los programas que Anna había señalado.
Sin embargo, imaginó alguna vez diciéndolo en voz alta y francamente dudaba si viviría para contarlo.
El chico negó con la cabeza, para luego comenzar a guardar sus cosas. Entonces, su celular vibró. Lo sacó del bolsillo y leyó el mensaje que parpadeaba en la pantalla:
Hipo: ¿Sobreviviste o te enterramos mañana con honores?
Jack soltó una carcajada baja, sacudiendo la cabeza antes de escribir una respuesta.
oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo
Notes:
¡Entró el Hiccstrid! ¡Hurra!
Debo decir que este fanfic estará lleno de parejas, pero la principal sigue siendo el Jelsa. Prometo que se vienen sorpresas y necesitaré bastante la opinión honesta de ustedes.
¡Gracias por leer!
Aglae.
Chapter 3: Solo soy su tutora y él, un fastidio
Notes:
Disclaimer: Dreamworks y Disney no me pertenecen.
(See the end of the chapter for more notes.)
Chapter Text
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3
Solo soy su tutora y él, un fastidio
El comedor bullía de ruido y movimiento. Las bandejas metálicas chocaban, las conversaciones se cruzaban como ráfagas de viento, y el aroma a pizza del día llenaba el ambiente. Elsa estaba en su mesa de siempre, junto con Anna, Mérida y Rapunzel. La Reina de Hielo revolvía distraídamente su ensalada mientras escuchaba a su prima hablar sobre su ensayo de Historia del Arte.
— Yo solo digo que Goya no podía estar bien de la cabeza —dijo Mérida, inclinándose sobre la mesa con su cuaderno abierto y su tablet. En ella, se apreciaba uno de los cuadros del artista. — O sea, mira esto… ¿acaso no es demoníaco?
— Es arte, Mérida. Oscuro, sí, pero arte al fin y al cabo —respondió Rapunzel, señalando el mismo cuadro. Mérida arrugó la nariz y la rubia sonrió— A mí me gusta cuando los artistas no se guardan nada.
— Bueno, la que no se guarda nada es Anna —interrumpió Mérida con una risita— ¿Qué estabas diciendo antes sobre Elsa y Frost?
Al escuchar el nombre, Elsa levantó la vista de su plato. Advirtió que su hermana sonrió como quien sabe que está a punto de incomodar a alguien por diversión. Anna le dedicó una mirada satisfecha, antes de soltar sus palabras.
— ¡Elsa le está dando tutorías a Jack Frost! — exclamó.
Mérida y Rapunzel levantaron sus cejas, notoriamente sorprendidas. Elsa sintió la atención sobre ella y resopló preparándose para responder, pero Anna no dudó en continuar.
— Me lo hubiesen contado, no lo creo — continuó. — ¡Pero ahí estaban! Juntos. Estudiando. En la biblioteca, en un horario donde a veces ni Bella está. — Anna sonrió con suficiencia y luego miró a su hermana, quien seguía con aire tranquilo, pero muy quieta. — ¡Te dije ayer! Tenían aire de comedia adolescente, se miraban intensamente…
— Anna, lo único intenso en esa tutoría son las ganas de irme — respondió Elsa. Mérida casi se atraganta con su comida, debido a una risa nasal. Rapunzel sonrió con lástima y Anna seguía sin creerlo — Y sí, llevo dos tutorías con Frost. Era buen dinero y además me ayuda a mis postulaciones para la universidad, ¿cuál es el problema?
— No hay ninguno, en realidad — contestó Anna. Elsa tomó un bocado de su ensalada y masticó con calma, esperando que su hermana continuara — ¡Pero! Aún me llama la atención, porque si lo odias tanto como dices…
— Odiar es una palabra bastante mayor…
— Bueno, si detestas tanto su existencia o, como dices tú, su "falta de disciplina", ¿por qué le ayudas?
Elsa se tomó un momento para responder, con el tenedor suspendido en el aire. Aquella pregunta pareció llamar la atención de Mérida y Rapunzel, que observaban el intercambio como si fuese un partido de tenis.
Antes de contestar, la mayor de las Arendelle pareció tomar aire. Se veía tranquila, pero Mérida sabía que su mejor amiga estaba buscando paciencia e invocando al sentido común.
— Porque claramente las necesita y, aunque sigue siendo un fastidio, al menos ahora está intentando estudiar.
— ¿Estudiar? ¿Jack Frost? —repitió Mérida, escéptica—. Ya, claro.
— De hecho, ayer me pidió un libro para Literatura.
— ¿Y se lo diste? —preguntó Rapunzel, como si eso fuera aún más sorprendente.
— Sí, me dijo que quería esforzarse esta vez.
Un silencio se instauró en la mesa. Mérida, quien había sido testigo del diálogo helado entre Jack y Elsa el día anterior, estaba bastante sorprendida. Su amiga, Elsa Arendelle, la estudiante más brillante, delegada académica y premio a la excelencia, estaba dándole tutorías a Jack Frost, el capitán del equipo de hockey, famoso por sus bromas en momentos célebres y, por supuesto, responsable del apodo "Reina de Hielo". Este recuerdo provocó que Mérida alzara una ceja, pues nunca hubiese imaginado que Elsa pudiese siquiera considerar darle tutorías a ese individuo.
Sin embargo, por algún motivo, le alegraba. Quizás por lo que habían hablado ayer, de que nadie además de Frost parecía superar su muro de hielo.
Durante esos segundos, Rapunzel alzó la barbilla y entrecerró los ojos, mirando hacia el otro lado del comedor.
— Hablando del diablo… ahí está. ¿Está… subrayando algo?
Elsa arqueó una ceja, curiosa, y giró la cabeza. Jack estaba en su mesa de siempre, cerca de los ventanales, rodeado por algunos de sus compañeros del equipo de hockey e Hipo Haddock, quienes hablaban animadamente, pero no prestaba atención a ellos. Tenía una libreta abierta sobre la bandeja y un resaltador azul en la mano. Elsa notó, además, que en su regazo estaba el libro de ayer, con tapa de cuero gastado.
Hubo un momento en que Hipo les señaló a Jack a sus compañeros de equipo y todos lo observaron como si fuese un fenómeno. Luego, se escucharon risas y un escándalo que no pasó desapercibido para el grupo de las chicas. Mérida incluso soltó una risa al ver cómo uno de los chicos, Jim Hawkins, le decía una broma a Jack y este le golpeaba el brazo, soltando una carcajada despreocupada. Haddock tuvo que intervenir para que Hawkins no golpeara de vuelta y el equipo entero terminó riéndose.
Sin embargo, Jack volvió a lo suyo, sin soltar el marcador azul en ningún momento.
Elsa entrecerró los ojos.
— Esos son mis apuntes.
No sonrió. Pero algo en su expresión cambió. Las líneas tensas de su ceño se suavizaron ligeramente, como si algo la hubiese desconcertado... o conmovido.
Anna se inclinó con los codos sobre la mesa, observándola con una sonrisa cómplice.
— Esa es la mirada que vi el otro día.
Elsa volvió a mirarla, esta vez con un suspiro exasperado.
— No inventes cosas.
—¿Quién está inventando? —murmuró Anna.
Rapunzel y Mérida advirtieron, igualmente, la suavidad de los ojos de su amiga, pero decidieron guardar un silencio cómplice. Era mejor no presionarla.
Por su parte, Elsa volvió a su ensalada como si no pasara nada, aunque sus ojos, por unos segundos más, siguieron perdidos en la mesa de Jack.
oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo
La tarde no estaba fría. El sol comenzaba a bajar, pero aún había rastros del verano. Incluso, ese día había una brisa agradable, perfecta para salir a caminar o quedarse al aire libre. Sin embargo, Astrid Hofferson se dirigía a la biblioteca, a paso firme y decidido, como era típico en ella. Llevaba su cuaderno bajo el brazo, su chaqueta roja abierta y los audífonos colgando del cuello.
En general, Astrid tenía una cara de fastidio y pocos amigos. Las personas la consideraban más justa que amigable, a menos de que estuviese con sus amigos o chicas del club de Atletismo. Sin embargo, esta vez, su cuerpo estaba tenso. Era una sensación similar a cuando perdió una de las carreras importantes el año pasado y, de todas maneras, la entrenadora la obligó a subir al podio. No obstante, en esta ocasión no había medallas ni nada, solo un recuerdo incómodo que se le metía bajo la piel de vez en cuando, como cuando se quiere espantar una mosca.
Maldita sea.
No podía evitarlo. Iba a juntarse con Hipo. Hipo Haddock.
Jamás lo admitiría en voz alta, pero cada vez que pensaba en él, experimentaba una ola de sensaciones que no podía definir. No sabía si era fastidio, molestia, simpatía o suavidad, o tal vez una mezcla de todo.
Astrid apretó su afilada mirada, intentando concentrarse en los reflejos de las ventanas del pasillo, pero la luz tenue le evocó otro lugar.
El cumpleaños de Patapez.
13 de junio, finales de primer año.
Ahí estaba: ella, Astrid Hofferson, encerrada en un armario con Hipo Haddock durante siete larguísimos minutos.
Ella llevaba el flequillo más largo y una trenza suelta le colgaba por la menuda espalda. También estaba más delgada en ese entonces, además que le gustaba vestirse con bototos y chaquetas que parecían armaduras. Hipo, por otro lado, era enclenque y un poco más bajo que ella. Astrid notó que ese día había intentado peinar su castaño cabello desordenado, quedándole una onda extraña en las puntas.
El armario estaba oscuro y polvoriento. El espacio era ridículo. Olía a madera vieja y perfume barato, la luz se colaba apenas por una rendija de la puerta. Él intentó no mirarla directamente. Se notaba que no sabía dónde poner las manos. Ni la mirada. Ni el alma entera, probablemente. Astrid lo observó en la penumbra.
Él, claramente nervioso, hizo lo que mejor sabía hacer: tartamudear.
— Si quieres solo... esperar los minutos. No... no hace falta que...
— Cállate —le dijo.
Hubo unos segundos de silencio, pero entonces, Hipo comenzó a hacer un movimiento con el pie que la exasperó.
— ¿Quieres dejar de hacer eso?
— Perdón es solo que... no… no sé qué hacer — admitió él. Astrid lanzó un resoplido y el chico continuó — Pensé que era mejor eso a decir algo estúpido.
— Eso es una gran novedad en ti.
Se arrepintió apenas lo dijo. Pero no lo iba a mostrar.
Él, en cambio, pareció encoger los hombros como si ya estuviera acostumbrado.
— Lo intento, ¿sabes? Pero al parecer el estúpido me sale natural.
Astrid bufó y se cruzó de brazos.
Él, inesperadamente, se atrevió a hablar otra vez.
— Tampoco sé fingir mucho. Nunca se me ha dado. Siempre fui el que decía las cosas raras, el que hablaba de robótica, el que leía mapas por diversión… No me sale ser distinto. Supongo que eso debería molestarme más, pero—
— ¿No te cansas de ser así? —lo interrumpió ella, seca.
Hipo se quedó en silencio. Luego sonrió.
— ¿Cansarme? — repitió. La chica, aún con los brazos cruzados, le clavó su mirada más fría, pero Hipo pareció inmune — Quizás, antes de conocer a Jack y después a los chicos de hockey y Robótica, pero ¿sabes? No podría ser diferente…
Siguió hablando. De lo que era ser él. De lo que no entendía de la escuela, de la gente, de por qué todos tenían tanto miedo a ser vulnerables. Palabras atropelladas, sin mucha coherencia, pero con mucha honestidad.
Astrid lo miró.
No lo pensó.
No lo planeó.
Solo lo agarró de la camisa con un tirón y lo besó.
Él abrió los ojos como si acabara de ver una supernova. No supo si poner las manos en su espalda, en sus costillas, o quedarse paralizado como estaba.
Astrid lo soltó igual de rápido.
— Si le dices a alguien, lamentarás haber nacido.
— Entendido.
Entonces, cuando la puerta se abrió y todos gritaron con risas y bromas tontas, salieron como si nada hubiera pasado.
Él, por supuesto, no dijo nada. Ni una palabra. Jamás.
Justamente, era eso lo que la volvía loca. Porque nunca sabía qué pensaba él. No podía leerlo. Tampoco podía herirlo, no como a los demás. Astrid era buena con su lengua afilada, sabía mantener a todos a raya. Pero con Hipo...
Con Hipo no funcionaba.
Era irritante.
Le molestaba ver cómo saludaba a Cornelius Robinson del Club de Robótica como si fuera su hermano menor. Cómo ayudaba a la profesora Yzma a guardar los tubos de ensayo sin que se lo pidieran. Cómo en las fiestas le explicaba a los más tímidos qué se hacía para pedir una bebida o hablar con alguien sin sonar desesperado. Su amabilidad no parecía ensayada. Era real.
Aquello también le molestaba.
Astrid resopló y empujó la puerta de la biblioteca. Pasó el mostrador y saludó a Bella con un asentimiento de cabeza, a lo que ella le sonrió. Al fondo, visualizó a Hipo. Lo encontró solo, inclinado sobre una tablet con gráficos y mapas. Tenía el pelo más desordenado que de costumbre y estaba rodeado de papeles. Al verla entrar, se le iluminó la cara como si hubiera visto una constelación nueva.
—¡Astrid! Justo estaba revisando unos datos geniales para lo de la cultura nórdica. Mira —dijo, girando la tablet— Hice un cuadro con las raíces lingüísticas del islandés y el noruego antiguo, y cómo algunas tradiciones se mantienen todavía en ciertas celebraciones rurales…
Ella dejó su cuaderno sobre la mesa y se cruzó de brazos.
— ¿Siempre te emocionas tanto con estas cosas?
Hipo parpadeó, algo confundido por la pregunta. Luego bajó la mirada, incómodo.
Astrid lo observó un segundo. Maldita sea, pensó de nuevo.
Se sentó a su lado, pero mientras él abría los documentos y le explicaba cómo algunas costumbres nórdicas aún persistían disfrazadas en festivales modernos, ella no podía dejar de notar el brillo en sus ojos verdes. Ni el movimiento peculiar de sus manos cuando hablaba. Hacía un movimiento con los hombros muy notorio.
Definitivamente, esto iba a ser una pesadilla.
Pero no por las razones que todo el mundo creía.
oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo
La semana transcurrió sin grandes novedades. Elsa y Jack apenas cruzaron palabra y las amigas de ella simplemente parecieron entender que no había nada de romance de telenovela en sus encuentros académicos de los martes y miércoles. No obstante, Hipo continuaba señalando que, si Jack Frost seguía estudiando con esa concentración durante el almuerzo, era más probable que un meteorito cayera sobre la escuela a que él reprobara Historia.
Llegó el martes. La biblioteca, como siempre, conservaba ese silencio reverencial, apenas quebrado por el leve sonido de páginas pasando y el zumbido distante de algún ventilador. No era, definitivamente, comparable con una pista de hockey. Jack llegó puntual esta vez, con la carpeta bajo el brazo y una sonrisa cansada. Saludó a Bella con normalidad y se dispuso a cruzar hacia su mesa habitual, ya preparado para los carámbanos verbales que la Reina de Hielo pudiera lanzarle.
Elsa ya estaba ahí, impasible como siempre.
Jack se acercó con naturalidad, tal como las otras veces.
— Hola — saludó, dejando su mochila. Elsa levantó la vista de su libro.
— Hola — respondió. Jack se acomodó en el asiento y dejó su carpeta sobre la mesa —¿Trajiste los apuntes que te pedí?
—Sí —respondió Jack, sacando un cuaderno con varios post-its asomando como plumas— Además de las notas de la clase de Ratcliffe, hice un resumen con lo que me diste.
Elsa tomó el cuaderno y lo hojeó en silencio durante unos segundos. Finalmente asintió, aún sin mirarlo directamente.
— Esto está bien. Con esto puedes nivelarte.
— No sé si está perfecto, pero al menos ahora entiendo la diferencia entre la Edad Antigua y la Edad Media —bromeó.
Ella asintió otra vez y suavizó los ojos azules. Fue apenas un gesto, el cual Jack Frost creyó imaginar.
— Es un avance —dijo, y luego sacó unas hojas organizadas de su carpeta— Te preparé más material. Tenemos la ventaja de estar juntos en clase, así que puedo ver en qué andas. Pero no te confíes: si no los lees, no sirven de nada.
— Entiendo. Gracias —dijo Jack. Elsa corcheteó las hojas en su cuaderno y se lo entregó.
— A medida que avances, me vas a necesitar menos —agregó Elsa, con seguridad.
— Qué alivio para ti, Alteza.
— No empieces…
Jack rio suavemente. Entonces, justo cuando Elsa iba a cambiar de tema y sacar los trabajos prácticos, él se adelantó, apoyando los codos en la mesa.
—Oye… ya que Historia está más o menos resuelto… ¿te puedo preguntar algo que es de otra materia?
Elsa lo miró con curiosidad, sin señales de molestia. Jack tomó aire para hablar, en su ritmo relajado de siempre.
—Bueno, Hades nos dejó un mito en Literatura, sobre el amor. Eros y Psique, creo.
—¿Qué pasa con él?
— Es que no entiendo por qué Afrodita odiaba tanto a Psique… ¿de verdad solo por ser bonita? ¿Eso bastaba para que una diosa te arruinara la vida?
Elsa suspiró levemente y dejó el lápiz sobre la mesa.
— Afrodita representaba la belleza absoluta, divina. Psique era humana, pero su hermosura empezó a eclipsarla. En los mitos, eso es casi una traición. Ella no solo era bella… era deseada. Entonces, eso la volvió peligrosa para una diosa que no toleraba competencia.
Jack frunció el ceño, pensativo.
— Igual es un poco absurdo. Todo el problema empieza porque alguien se ve bien.
— ¿De verdad crees que eso es tan absurdo? —replicó Elsa, con calma— A veces, la belleza no es solo una cuestión de apariencia. Puede hacer que otros proyecten sobre ti cosas que no pediste.
— Me pasa todo el tiempo — bromeó él. Elsa rodó los ojos. — Quizás Afrodita también me castigaría.
— La verdad, los hombres atractivos no provocan celos o envidia en Afrodita, sino deseo o capricho.
— ¿Entonces sería algo así como su esposo?
— Su amante, más bien…
— ¡Demonios! ¿De verdad?
Elsa alzó una ceja y, por primera vez en esa tarde, clavó los ojos en él. No era una mirada fría ni inquisidora, sino una mezcla difícil de descifrar entre ironía y estudio. Jack sintió que el aire en ese rincón de la biblioteca el aire se volvía un poco más liviano.
— ¿En serio te interesaría convertirte en el amante de una diosa olímpica? —preguntó con fingida neutralidad, pero sus labios se curvaron apenas, en un gesto que rozaba lo divertido.
Jack se encogió de hombros con exageración.
— Depende de si eso viene con inmunidad a los rayos y al despecho divino.
— No lo creo —dijo ella, bajando de nuevo la vista a sus papeles— Recuerda que Eros, incluso siendo un dios, se quemó por ocultar cosas.
— ¿Y tú? ¿Le habrías perdonado?
— No soy Psique.
— Ya, pero si fueras ella…
— No lo sé —dijo Elsa tras una pausa breve, como si la pregunta la hubiese tomado por sorpresa—. Supongo que... si alguien me amara lo suficiente como para desafiar a los dioses, merecería al menos que lo escuchara.
Jack la observó en silencio por unos segundos. Elsa parecía absorta en su hoja, pero él notaba cómo tamborileaba el lápiz contra el borde de la mesa. Era casi imperceptible, pero ahí estaba.
Tuvo la breve ocurrencia de preguntarle por Tadashi Hamada, pero algo en su interior le advirtió que no. Recordó a Elsa en esos tiempos, caminando de la mano con el joven japonés. Incluso, habían ido juntos al baile del año pasado, donde ambos parecían superar la elegancia de cada asistente. Hubo rumores de que Tadashi incluso le había ofrecido viajar con él a Japón, pero los relatos extraoficiales revelaban que ella se negó.
A pesar de la curiosidad que eso le provocaba, sabía que no era el momento de preguntarlo.
Así que prefirió otro tipo de riesgo.
— Así que… ¿crees que soy atractivo?
Elsa no levantó la vista. Se limitó a trazar algo en el margen de su hoja antes de responder. Para Jack, pasaron unos segundos en los que la Reina de Hielo parecía medir bastante lo que iba a contestar. Luego, sus ojos encontraron a los de él, con una expresión difícil de descifrar.
— Digamos que, si Afrodita estuviera cerca, te tendríamos que esconder. Aunque probablemente se aburriría en menos de una semana.
Jack lanzó una genuina y pequeña risa entre dientes.
— ¡Ouch! Halago disfrazado de insulto… — dijo él, aún sonriendo — Llevaré una medalla: la Reina de Hielo cree que soy atractivo. No está mal.
— Eres imposible — replicó Elsa con aire de resignación, antes de reanudar sus apuntes con una dedicación algo exagerada.
Jack no dijo nada más, pero su sonrisa persistió mientras la observaba escribir, como si acabara de descubrir una hebra nueva en el enigma que era Elsa Arendelle. Sin embargo, las bromas no parecieron acabar ahí, pues Jack se acomodó en su asiento, preparándose para realizar otro comentario.
— Bueno, hay otra cosa que saqué en limpio hoy —murmuró él, sonriendo con suavidad. Elsa nuevamente levantó la vista, con cautela. Esta vez, Jack hablaba en un tono más bajo, que, sin quererlo, provocó más curiosidad en ella — Después de todo lo que dijiste, ganarse tu atención requiere un viaje al Inframundo, pruebas imposibles y resistir la furia de Afrodita.
— No digas tonterías — dijo ella. Jack no dejó de sonreír y Elsa se cruzó de brazos — Olvidaste el rogar por mi inmortalidad al mismísimo Zeus.
Jack soltó una leve risa. Elsa no lo imitó, pero un brillo inusual en sus azules ojos se presentó. Normalmente, lo miraban con algo entre la indiferencia y el desprecio, pero esta vez parecía divertirse con su diálogo literario.
Lo encontró memorable.
Incluso, observándola allí, pensó que tal vez Afrodita ni siquiera se fijaría en Psique si Elsa Arendelle estuviese en la misma habitación.
E inesperadamente, sintió un cosquilleo en el estómago.
¿Qué…?
— Entonces — la voz de ella lo sacó de sus pensamientos. Elsa sacó nuevas hojas y Jack frunció el ceño cuando notó que se trataba de fórmulas matemáticas — Ya probamos tu desempeño en Historia, ahora necesito saber cómo vas en lo demás.
Jack soltó un leve suspiro, dejando caer la cabeza hacia atrás dramáticamente.
— Ahora sí me parece buena idea que Afrodita me secuestre…
— Vamos, Frost.
— Está bien —replicó él, enderezándose para tomar las hojas.
Pasaron los siguientes minutos sumidos en ecuaciones. Ninguno hablaba más de la cuenta. A veces Jack preguntaba, otras Elsa explicaba con una paciencia diplomática. La luz de la tarde caía en ángulo desde las ventanas altas y una brisa imperceptible parecía rodear a ambos.
Desde el mostrador, Bella alzó la vista del libro que leía y los observó con detenimiento. No era que estuvieran particularmente cerca, ni que hablaran en susurros íntimos. No, en apariencia seguían igual que siempre: ella explicando con frialdad metódica, él haciendo comentarios sarcásticos cada tanto.
Pero había algo. Una vibración leve. Un cuidado nuevo en los silencios.
Bella entrecerró los ojos, luego esbozó una sonrisa muy, muy pequeña.
oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo
Historia nunca había sido la asignatura favorita de Jack.
Siendo honesto, aunque lo hubiera sido, su entusiasmo se habría esfumado con el profesor que le había tocado ese año: John Ratcliffe.
La sala de Historia tenía esa atmósfera espesa que solo Ratcliffe sabía imponer: persianas a medio cerrar, una quietud tensa y el eco de sus pasos resonando como si presidiera un tribunal más que una clase. Era el único docente que aún usaba un puntero de madera —y lo blandía como si dictara sentencias—, y tenía una forma peculiar de elogiar los aportes de ciertos estudiantes: solía reservar sus "brillantes" para los varones de apellido importante.
Sin embargo, Elsa Arendelle tenía el mejor promedio de la generación y esa, por más que le incomodara, era una verdad que ni él podía ignorar.
El profesor Ratcliffe se paseaba entre los pupitres, con su puntero en la mano. No lo usaba contra los estudiantes, pero Jack estaba seguro de que, si por él fuera, esto sería diferente. Por su parte, Jack se encontraba sentado con el cuerpo medio ladeado sobre la silla, jugueteaba con su lápiz, como si no estuviera prestando atención. Pero esta vez, sí lo estaba.
—A ver… —dijo Ratcliffe con su voz rasposa, paseando la mirada entre los estudiantes, como si buscase una nueva víctima—¿Quién puede explicarme la diferencia entre el absolutismo monárquico y el despotismo ilustrado?
Silencio.
Jack se estiró un poco en su silla y levantó la mano con gesto relajado. Su rostro estaba seguro. Sin embargo, Hipo giró la cabeza tan rápido que casi se disloca el cuello. Tenía un gesto entre asombro y horror absolutos. Al notarlo, Jack no supo si sentirse ofendido o reírse a carcajadas.
—¿Frost? —Ratcliffe entrecerró los ojos como si no estuviera seguro de lo que estaba viendo.
—Sí, profesor. Eh... el absolutismo monárquico se basaba en que el rey tenía el poder por derecho divino, mientras que el despotismo ilustrado igual concentraba el poder, pero con reformas pensadas en el bienestar del pueblo… aunque sin darle participación real.
La sala entera quedó en un extraño silencio de transición.
Luego, parpadeos y miradas atónitas entre los estudiantes.
Ratcliffe lo observó con expresión de perplejidad genuina.
— Eso es… correcto.
Hipo lo miró como si fuera la primera vez que veía a su mejor amigo. Sus verdes ojos estaban tan abiertos que casi se le salían de la cara. Un par de cabezas más allá, se escuchó un "¡Wow!" que fue seguido por una risa incrédula de otra esquina.
Los murmullos no tardaron en aumentar. Incluso Mérida, al final del salón, soltó una risita incrédula.
Elsa Arendelle, en las primeras filas, simplemente escribió algo en su cuaderno.
— ¿Se imaginan a Frost estudiando? —murmuró alguien al fondo.
— Debe ser porque está en tutorías con la Reina de Hielo —se oyó por lo bajo, pero con la fuerza suficiente para recorrer toda la sala.
Las miradas se volvieron como agujas hacia Elsa, quien no se movió ni un centímetro. Solo se irguió lentamente en su postura típica y la mandíbula pareció tensarse un poco. El murmullo creció como una ola, unos cuantos soltaron risitas y otros, gestos de sorpresa. Desde su asiento, Mérida entornó los ojos. Sabía que su amiga odiaba ser el centro de atención por esas razones.
Antes de que la pelirroja protestara por el repentino —y ridículo— desorden, Jack se irguió en su asiento y giró su cabeza a los que murmuraban y burlaban. Sus ojos habían cambiado e Hipo, a su lado, advirtió que en su semblante no había espacio para bromas.
— Sí, estoy tomando tutorías con Elsa —dijo Jack, con tono firme, sin una gota de vergüenza— ¿Y cuál es el problema con eso?
El murmullo bajó como si alguien hubiera echado un balde de agua sobre la sala. Incluso los más habladores no supieron qué contestar. Elsa, sorprendida, se dio vuelta lentamente.
Entonces, sus ojos se encontraron con los de Jack.
Él la sostuvo con seguridad, sin rastro de su actitud despreocupada por excelencia. En esos pocos segundos, había algo distinto en su expresión: una mezcla de orgullo, desafío y una especie de lealtad inesperada. Elsa parpadeó, apenas. No porque dudara, sino porque esa mirada directa, sin adornos, la desarmaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Ni siquiera sabía qué estaba sintiendo con claridad.
Ratcliffe, como si nada hubiera ocurrido, asintió lentamente y volvió a caminar entre los pupitres, ignorando por completo la sacudida silenciosa que acababa de cruzar la sala.
— Bien, Frost. Me alegra ver entusiasmo. ¡De hecho! Hoy tenemos justamente un examen sorpresa.
La sangre se le fue del rostro a Jack, mientras se escucharon protestas de sus demás compañeros.
— ¿Qué? ¿Hoy?
— Sí, claro. Dije que habría uno de estos pronto, el primer día de clases. Vaya, me sorprende que no lo supieras con tanta… motivación nueva —dijo el profesor, volviendo a su escritorio.
Elsa giró la cabeza para verlo justo antes de que él se dejara caer en su silla. Sus ojos lo buscaron y, aunque no hubo palabras, se notaba que ella entendía exactamente lo que pasaba.
Por su parte, Jack se hundió en el asiento, mascullando algo inaudible. Hipo le dio un golpecito en el hombro, sin dejar de mirarlo como si fuera un fenómeno de laboratorio.
El profesor comenzó a repartir las hojas a cada estudiante y, por un momento, hasta parecía disfrutarlo. La mayor de las Arendelle bajó la mirada hacia su hoja y, con un suspiro mínimo, escribió con calma su nombre en el encabezado.
Sin embargo, no pudo evitar cerrar los ojos por unos segundos.
Entonces, pensó en Frost.
Había estudiado. Había respondido con seguridad. Se había expuesto sin miedo frente a todos. Se había enfrentado a las burlas y, sin dudar, la había defendido. No con una broma ni con una evasiva. Con una verdad que no ocultaba ni se disfrazaba.
Jack Frost, el chico del hockey y las sonrisas fáciles, había sido… valiente.
Cuando abrió los ojos, Elsa se sorprendió al notar una presión desconocida en su pecho. Como si algo hubiese cambiado de lugar dentro de ella.
Porque, aunque lo negase, quería que le fuera bien.
No por las tutorías. No por el esfuerzo.
Sino porque él lo merecía.
Fue ahí cuando advirtió que ese pensamiento, tan simple y verdadero, la desarmó más que cualquier examen sorpresa.
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El timbre sonó, marcando el fin de la clase y el escape de las últimas neuronas que quedaban en pie tras la arremetida de Ratcliffe y su "examen sorpresa". Jack se dejó caer en su silla con un suspiro dramático, mientras Hipo metía sus cosas en la mochila con una expresión de "esto no estaba en el contrato escolar".
—¿"Crisis del tabaco en Jamestown"? —gruñó Hipo, frunciendo el ceño—. ¿De verdad espera que sepamos eso?
—¿Quién sabe? Yo sólo repetí lo que decía el resumen. Si suena colonial y deprimente, seguro que es correcto —respondió Jack, mientras él también se levantaba y salía del salón.
Antes de que Hipo pudiese preguntarle algo, sus ojos se abrieron en sorpresa por la figura que se acercaba. Jack, no comprendiendo del todo, se giró.
Elsa.
Con su habitual impecabilidad y rostro impasible, caminaba hacia ellos sin prisa. Detrás venía Mérida, balanceando los libros como si no tuviera idea de que todos en el pasillo se estaban girando a mirar.
— Hola —dijo Elsa, deteniéndose frente a él— ¿Cómo te fue?
Jack parpadeó. Una parte de él quería contestar algo ingenioso. La otra estaba ocupada intentando entender si eso había sido una muestra de interés. Estaba un poco aturdido por el hecho mismo de que ella se hubiera acercado… en público… con gente mirando… como si nada. Hipo pasó la mirada entre ella y su mejor amigo, quien tardó un segundo en reaccionar. Su cerebro parecía estar reiniciándose.
— Increíblemente bien para alguien que pensó que Ratcliffe era el nombre de un whisky hasta hace dos semanas —bromeó, con una sonrisa ladeada.
Elsa apretó los labios, como si contuviera una risa. No dijo nada, pero sus ojos chispearon con el mismo destello que Jack había visto el día anterior en la biblioteca. Frost sonrió sin apartar la mirada, e Hipo juraría que los ojos azules de su mejor amigo brillaban con algo más que su habitual diversión. Por su parte, Mérida soltó un leve "hm" que no iba dirigido a nadie, pero lo decía todo.
— Es un avance —respondió ella al fin. Luego miró a ambos— Que tengan buena tarde.
— Igualmente —dijo Hipo, apenas recobrando el habla.
— Nos vemos —añadió Jack, aunque ya se había ido.
La observaron alejarse. Su andar era tan recto y calculado que parecía flotar sobre las baldosas. Mérida les lanzó una mirada cómplice antes de seguirla.
Jack la siguió con la vista más de la cuenta, con las cejas levemente levantadas.
— ¿Qué demonios fue eso? —preguntó Hipo, sin moverse.
— No tengo idea —respondió Jack, sin dejar de mirar— No pensé que se me acercaría.
— Sin mencionar que te le quedaste mirando como si te fuera a revelar la estrategia para ganar el campeonato de hockey.
Jack frunció el ceño, confundido. Se giró a Hipo y lo encontró con una ceja alzada y una mirada que conocía muy bien.
— ¿Qué tontería estás diciendo?
— No es una tontería. Tenías esa cara… ya sabes, la de "estás diciendo algo totalmente banal, pero tienes toda mi atención" — Jack observó a su amigo como si le acabara de decir algo aberrante e Hipo se encogió de hombros — Y eso que llevan solo cuatro tutorías.
Jack entrecerró los ojos, negando con la cabeza, aunque la sonrisa seguía ahí.
— Estás viendo cosas, Haddock.
— Claro. Solo estoy diciendo que, si algún día logras hacerla reír en voz alta, voy a considerarlo un evento sobrenatural. Tipo… eclipse total, lluvia de ranas, rebelión de los robots contra la humanidad y todo eso.
— Cállate.
Jack empujó a Hipo con el hombro mientras ambos comenzaban a caminar por el pasillo atestado de estudiantes que ya pensaban en la salida o la próxima catástrofe académica.
En el caso de Frost, aprovecharía de ir a la biblioteca otra vez y, después, acompañaría a Hipo a la sala de Robótica.
— De todos modos —murmuró Jack, mirando de reojo hacia el final del pasillo, donde Elsa y Mérida habían doblado la esquina— admito que… no me esperaba eso.
— ¿Que te hablara? —replicó Hipo, fingiendo sorpresa— Considerando que te odiaba hace unos días, yo tampoco.
Jack se rio por lo bajo, y al hacerlo, no pudo evitar sacudir un poco la cabeza, como si aún no terminara de creérselo.
—Tiene algo raro… no sé —dijo al fin.
Hipo lo miró de reojo.
— Jack, como tu mejor amigo solo te digo…—y luego añadió con una sonrisa torcida— que te veías como cuando Chimuelo descubrió el reflejo del sol en la pared y lo siguió por toda la sala de estar.
— ¿Y cómo se supone que debo interpretar eso?
— Como alguien que estaba confundido y maravillado al mismo tiempo.
Jack no respondió, pero la media sonrisa que se le escapó decía suficiente. La conversación quedó flotando mientras avanzaban a sus respectivos casilleros, con el último sol de la tarde dorando los techos del colegio.
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En otro lugar de la escuela, el sol de la tarde teñía de ámbar los muros de la escuela mientras Elsa y Mérida descendían por la escalera exterior. El aire olía a pasto recién cortado y a ese final de jornada que anuncia que algo quedó rondando sin resolverse.
Mérida caminaba a su lado con pasos ligeros, casi danzantes. La sonrisa que se le escapaba a ratos era imposible de disimular.
— ¿Vas a hacer como si nada? —preguntó, con los ojos chispeantes.
Elsa ladeó la cabeza apenas.
— ¿A qué te refieres?
— A que Jack Frost te defendió y no fue solo un comentario, fue una escena, Elsa. Frente a todos — Elsa continuó caminando, mientras pensaba en una respuesta razonable. Mérida continuó sonriendo — ¡Y tú te le acercaste después!
Elsa bufó con suavidad, sin detenerse.
— No tiene importancia.
— ¿"No tiene importancia"? —repitió Mérida, subiendo el tono como si citara una novela dramática— ¡Els! ¡Casi te hizo reír! No puedes decir que eso también lo imaginé…
Elsa apretó la boca y miró al frente, como si observar el cielo pudiera hacerla flotar fuera de la conversación.
— Quizás el optimismo irracional sea contagioso. Él tiene una fuente inagotable.
Mérida enarcó una ceja y la miró de lado, divertida. Luego, lanzó una risa breve.
— Tal vez Anna no estaba tan equivocada después de todo.
Elsa se giró hacia ella, frunciendo el ceño.
— ¿Con qué?
— Con lo de la "química". Tú y Frost… hay algo, Elsa. Algo en cómo lo miraste, cómo te acercaste. — Elsa alzó una ceja nuevamente y Mérida se llevó una mano al corazón, teatral — ¡Lo juro! Casi escuché una banda sonora de película adolescente… ¿No lo ves?
Elsa negó con la cabeza.
— No. No hay nada. Solamente hay un vínculo académico — Mérida rodó los ojos y la rubia se acomodó su mochila, aún con aire tranquilo — Solo soy su tutora y él, un fastidio.
— ¡Oh, vamos! ¿Todavía con eso? — insistió la pelirroja. La chica suspiró — Lo niegas con tanta fuerza que ya parece sospechoso.
Elsa apretó los labios. La luz del sol encendía el borde de su cabello, y por un instante pareció más frágil de lo que solía dejar ver. Pero enseguida recompuso el gesto.
— Estás delirando.
— Entonces no te molestará si lo invito a estudiar con nosotras mañana —dijo Mérida, casi cantando— Ya sabes, para que se integren... los elementos.
Elsa se detuvo en seco, girando lentamente hacia ella.
— Si haces eso, voy a hacer que todos en la clase escuchen tus audios cantando canciones de películas… en gaélico. A todo volumen.
Mérida abrió la boca, fingiendo una expresión de horror.
— ¡No te atreverías!
— Oh, sí que me atrevo.
Ambas rompieron en risas mientras retomaban el paso. El viento soplaba suave entre los árboles, como si murmurara algo que ninguna estaba lista para admitir. Se encaminaron al estacionamiento, al auto rojo de Mérida. Ese día eran solo ellas dos, pues Rapunzel y Anna se habían quedado en el Club de Teatro. Hablaron de otras cosas, por lo que Elsa pudo respirar en paz por primera vez en toda la tarde.
Sin embargo, a pesar de que Elsa Arendelle lo negó en voz alta, una parte de ella —una pequeña, terca parte— no había dejado de repasar la escena con Jack Frost desde que cruzó la puerta del aula.
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Notes:
¡Hola, lectores!
Debo decir que amé escribir este capítulo. ¿Qué más les gustó a ustedes?
Pronto se viene más.
¡Los leo!
Atentamente,
Aglae.
