Chapter Text
Satoru Gojo tenía diecinueve años cuando dejó de pensar en consecuencias.
Era joven incluso para los estándares del mundo de la hechicería, demasiado joven para cargar con un poder que nadie más podía igualar y con una pérdida que todavía no sabía cómo nombrar. La deserción de Suguru Geto había dejado un vacío persistente, una herida silenciosa que no sangraba, pero que tampoco cerraba. El mundo seguía funcionando como si nada hubiera pasado, y eso era lo que más le molestaba.
No buscaba consuelo. Buscaba ruido. O silencio. Algo que no fuera pensar.
Naoya Zen’in fue lo que estuvo ahí.
Tenía dieciocho años y una postura impecable que no coincidía con lo joven que era. La rigidez del clan lo había moldeado, puliendo cada gesto, cada palabra. Satoru siempre había sabido que Naoya era atractivo, de esa manera pretenciosa y cuidadosamente construida que exigía atención incluso cuando no la pedía. Un omega orgulloso, con la barbilla en alto y la mirada afilada.
No le era indiferente. Nunca lo había sido.
Pero tampoco era Suguru Geto.
La noche ocurrió sin premeditación. No hubo palabras suaves ni promesas que pudieran sostenerse al amanecer. Fue impulso, despecho y una cercanía que ninguno de los dos intentó detener. Para Naoya, rechazarlo nunca fue una opción; no a él, no al alfa más fuerte del mundo de la hechicería. Para Satoru, pensar en consecuencias tampoco.
A la mañana siguiente, Satoru se fue.
No porque Naoya no importara, sino porque había algo roto dentro de él que no le permitía quedarse. Tenía diecinueve años, un mundo entero observándolo, y no se concedió el lujo de mirar atrás.
***
Al principio, Naoya no pensó en nada extraño.
El cansancio era normal. El clan exigía demasiado, y los omegas jóvenes siempre eran observados con lupa. Se dijo que era estrés, que el cuerpo reaccionaba al exceso de presión. Ignoró el leve mareo, el cambio en el apetito, la forma en que ciertos olores comenzaban a resultarle insoportables.
Naoya Zen’in no se permitía debilidades.
Pero los días pasaron. Luego las semanas, y el silencio de su cuerpo empezó a volverse sospechoso.
Fue entonces cuando contó los días hacia atrás con una precisión casi obsesiva. El cálculo fue rápido, cruel e inevitable. La respuesta apareció antes de que pudiera negarla del todo y, aun así, esperó. Se aferró a la posibilidad de estar equivocado, como si no mirarlo de frente pudiera hacerlo desaparecer.
El diagnóstico no dejó espacio para la duda.
Un hijo.
Durante largos minutos, Naoya no sintió miedo. Sintió vértigo. Era demasiado joven y, aun así, comprendió de inmediato el alcance de aquello. El alfa más fuerte de su mundo. Que algo suyo creciera dentro de él le resultaba irreal, casi ofensivo para el orden rígido que siempre había conocido.
No era alegría ni ilusión.
Era una certeza pesada, absoluta, que se le instaló en el pecho.
Pensó en su padre. Pensó en el clan. Finalmente, pensó en Satoru Gojo.
No dudó demasiado.
***
Satoru lo supo poco después de que Naoya se enterara.
Se encontraron en una sala amplia, demasiado grande para dos personas que no sabían cómo mirarse sin medir cada gesto. Satoru llegó primero, relajado en apariencia, con las manos en los bolsillos y esa expresión distraída que hacía imposible saber qué estaba pensando en realidad.
Naoya entró después, la espalda recta, el mentón en alto.
—No debió pasar —dijo Satoru, rompiendo el silencio con ligereza ensayada.
—Ya pasó —respondió Naoya—. Decirlo no lo borra.
Satoru inclinó la cabeza, concediendo el punto.
—No dije que quisiera borrarlo.
Eso incomodó a Naoya más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Te cité porque necesitas saber algo.
Satoru lo observó con más atención entonces. Algo en el tono de Naoya no encajaba con su arrogancia habitual.
—¿Qué ocurre?.
Naoya respiró hondo. Una vez. Dos.
—Estoy esperando un hijo.
Por un instante, Satoru no reaccionó.
Parpadeó una sola vez, como si la frase necesitara repetirse para adquirir sentido. Luego su sonrisa habitual desapareció, sustituida por una quietud extraña, pesada.
—¿Estás seguro? —preguntó al fin.
—No habría venido si no lo estuviera.
El silencio cayó entre ellos, espeso.
—¿Hace cuánto fue aquello? —continuó Satoru.
—Un poco más de un mes.
Satoru pasó una mano por su cabello, gesto poco común en él cuando estaba realmente pensando.
—Eres joven.
Naoya frunció el ceño.
—Tú también —replicó.
No hubo respuesta inmediata.
Por primera vez desde que Suguru Geto se había ido, algo distinto reclamó espacio dentro de Satoru. No era amor. Era la conciencia incómoda de que una noche impulsiva había dejado algo permanente.
Algo que no podía ignorar.
—Entiendo —dijo finalmente.
Naoya lo miró con cautela.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir?
Satoru levantó la vista.
—No —respondió—. Pero necesito un momento para entender en qué nos metimos.
El peso de la palabra "padre" no fue pronunciado, ni siquiera la palabra, pero quedó suspendido entre ambos, ineludible.
Y en ese instante, Satoru Gojo comprendió que su vida acababa de desviarse por completo, sin pedirle permiso.
