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Midnight Light

Summary:

Michizou Tachihara tiene una misión, y piensa cumplirla.
Eso sería sencillo, si la Port Mafia fuera el nido de monstruos que el gobierno prometió… y si Chuuya Nakahara no fuera todo lo contrario a lo que se suponía que debía ser.

En una Yokohama donde la cronología se quiebra, Dazai se va antes, las lealtades pesan más que las órdenes, y la Mafia resulta ser un hogar inesperado, Tachihara empieza a preguntarse en qué momento cumplir su misión dejó de ser lo más importante.

Una reescritura de Bungou Stray Dogs desde múltiples miradas, donde pertenecer es más peligroso que traicionar... y la Port Mafia es más que solo lo que un espía está entrenado para ver.

Notes:

Hola de nuevo
Mientras revisaba viejas notas, me reencontré con esta historia que había quedado olvidada entre tantas ideas, así que decidí darle una oportunidad ahora que estoy publicando con más constancia.

Esta es mi primera vez publocando para el fandom de Bungou Stray Dogs, y vale la pena aclarar que se trata de una reescritura desde la perspectiva de la Port Mafia, iniciando unos meses antes de que Osamu Dazai abandone la organización.

Aunque la historia sigue la lógica general del canon, la cronología no será exacta, y algunos eventos y personajes se desviarán deliberadamente. Es posible que ciertos comportamientos se sientan fuera de carácter (OoC), pero espero que tras la construcción de los capítulos esas diferencias sean lógicas, al menos respecto a la historia en el fic.
La verdad... escribí esto apenas Tachihara se reveló como espía y no he estado al tanto de los nuevos capítulos de BSD desde entonces... una disculpa.

Dicho eso, espero que lo disfruten. Como siempre, estoy abierta a comentarios, sugerencias y recomendaciones de etiquetas que consideren apropiadas para la historia...

Chapter Text

La pólvora se notaba en el aire, el olor inconfundible rodeando todo el perímetro… un rojo que teñía la noche apenas iluminada por el destello de disparos intermitentes que atraviesan el viento. 

Michizō Tachihara estaba pegado a la pared de un edificio en ruinas, su corazón latiendo con intensidad audible para sus oídos. Sus dedos apretaban su arma con fuerza, pero en su pecho lo que primaba era una sensación amarga que no tenía nada que ver con la adrenalina. Era miedo. Llevaba apenas una semana en la Mafia y ya lo habían lanzado de cabeza a una misión caótica. No le sorprendía. Esa gente no tenía consideración por la vida de los suyos... al menos en la Policía Militar le habían entrenado antes de enviarlo al campo de batalla.

Era absolutamente denigrante. Los enemigos los rodeaban y la Mafia, en su infinita crueldad, solo había mandado soldados para medir el alcance del poder enemigo

La Mafia es exactamente lo que me enseñaron.. solo somos peones sacrificables para ellos.

El pensamiento cruzó su mente cuando vio a uno de sus compañeros caer con un sonido sordo contra el pavimento. Otro, apenas unos metros más adelante, intentó retroceder, pero una bala se incrustó en su hombro y lo lanzó de espaldas. La sangre se mezclaba con el polvo, y en el caos, Tachihara sintió por primera vez el peso real de su decisión. Lo habían entrenado para esto, claro… pero el entrenamiento no se parecía en nada a la realidad de una balacera.

Sus compañeros estaban atrapados en el mismo estado de duda, sus cuerpos tensos, sus armas alzadas sin convicción. Un segundo más y la balanza se inclinaría en su contra. Tachihara se mordió la lengua. No podía permitirlo. Pero las órdenes de permanecer encubierto lo ataban, impidiéndole usar su habilidad.

Un resplandor carmesí se extendió por la calle como una marea de sangre viviente. Las balas que surcaban el aire se envolvieron en aquella luz oscura y se detuvieron por un instante, como si el tiempo mismo se congelara. Luego, como si fueran arrastradas por una fuerza invisible, las balas desviadas cayeron al suelo inofensivamente. Fue un instante, un solo parpadeo, pero suficiente para encender algo en los soldados de la Port Mafia.

Tachihara siguió el resplandor con la vista... y entonces lo vió. Parecía un ángel vengador, aunque uno que prefería los puños y la pólvora a las alas y los rezos. Se movía con precisión casi poética, derribando enemigos con una brutal elegancia. Cada golpe era exacto, cada movimiento calculado, lanzándose una y otra vez para interceptar ataques mortales antes de que alcanzaran a los suyos. 

Estaba tan hipnotizado que no notó las balas dirigidas hacia él hasta que fue demasiado tarde. Pero una figura se interpuso.

El resplandor rojo envolvió los proyectiles en el aire, dándoles la vuelta contra aquellos que los dispararon. No tuvo tiempo de reaccionar, ni siquiera de agradecer. Porque en un instante, aquella presencia etérea ya se había lanzado a otro punto del campo de batalla: protegiendo, neutralizando, dominando.

Tachihara empezó a escuchar susurros entre sus compañeros. Al principio, apenas un murmullo. Luego, como un incendio propagándose entre las filas, se transformó en algo más. Se alegraban. Celebraban la presencia de esa figura, y de repente, la desesperanza que los había envuelto hasta hacía un momento desapareció por completo.

Los que aún podían sostener un arma la alzaron sin dudar y cargaron contra el enemigo. Sus esfuerzos eran insignificantes en comparación con el del ser que había tomado el control de todo en un abrir y cerrar de ojos... pero, de alguna manera, lo significaban todo.

Él no podía quedarse atrás, así que se lanzó de lleno a la pelea, todavía atrapado entre la adrenalina y la intriga. En un breve instante, preguntó a uno de sus compañeros qué estaba pasando. Este solo le sonrió con una certeza inquebrantable. "Ahora sí vamos a ganar."

No había dudas, no había titubeos. Solo la convicción absoluta de que aquel resplandor rojo aseguraba su victoria.

Tachihara no necesitó más. Siguió peleando hasta que ya no hubo lugar para la incertidumbre. La batalla estaba decidida. Los enemigos se replegaban y los más valientes de sus filas se acercaban al lugar donde aquel ser había aterrizado.

Y Tachihara, sin pensarlo, hizo lo mismo.

El silencio volvió lentamente mientras el eco de los disparos se desvanecía. El lugar estaba cubierto de casquillos y cuerpos inmóviles. Tachihara, respirando con dificultad, sentía la adrenalina aún corriendo por sus venas. El grupo de soldados se reagrupó, y las miradas de alivio y gratitud se dirigieron a la figura de cabello rojo que aún desprendía una presencia imponente.

Lo primero que distinguió fueron los agradecimientos. Voces temblorosas, aliviadas, algunas riendo entre jadeos. Y luego, una respuesta simple, casi despreocupada:

"Es mi trabajo."

La voz lo hizo apresurar el paso antes de pensarlo. ¿Quién era capaz de arrancar esa devoción en medio del caos?

Y cuando llegó al centro, lo vio. Era extraño. O más bien, era imposible no mirarlo. Su cabello pelirrojo, perfectamente atado en una coleta baja, resaltaba entre la escena desordenada. Su piel era impecable, sin una sola imperfección que delatara las cicatrices de la guerra. Pero fueron los ojos los que lo atraparon.

Azul. Intenso. Hipnótico.

El color lo consumió por completo cuando aquella mirada se dirigió a él. Y no supo cómo reaccionar cuando el ser empezó a caminar en su dirección, con la misma seguridad con la que se había movido en el campo de batalla. Y cuando aquella voz pronunció con naturalidad:

"Oh, eres el nuevo recluta... Tachihara, ¿cierto?"

Ahí Tachihara lo supo. Estaba perdido. El ser... aquel ángel, lo observó en silencio por un instante más. Luego, inclinó ligeramente la cabeza, como si intentara descifrar su falta de reacción.

"¿Estás bien?"

La preocupación en su voz era genuina. Incluso se giró hacia uno de los soldados más cercanos y le pidió que trajera un médico. Pero Tachihara apenas lo escuchaba. Su mente seguía atrapada en la imagen frente a él. Aun así, de alguna manera encontró la fuerza para responder.

Y entonces, la incredulidad lo envolvió.

Porque aquel ser etéreo no se alejó después de recibir su confirmación. No desapareció como una visión imposible. En cambio, se quedó... y empezó a elogiar su manera de pelear. Era irreal. Cada palabra suya lo era.

Y entonces uno de los hombres más veteranos se adelantó, cortando la interacción del ángel. "Chuuya-san, gracias por salvarnos."

El ángel... no. Chuuya Nakahara, uno de los objetivos prioritarios de su misión, hizo un gesto desdeñoso con la mano, restándole importancia. "No fue nada, más bien fue mi error no llegar antes" y entonces, desvió la mirada hacia el caos que los rodeaba "Ocupense de los cuerpos de nuestros caídos." Ordenó, firme pero con respeto. "Sepúltenlos adecuadamente. No merecen menos."

Los soldados asintieron en silencio, movidos no solo por la orden sino por el respeto que Chuuya inspiraba. Tachihara observó la escena, una chispa de comprensión encendiéndose en su mente: la Port Mafia era implacable, pero incluso en sus sombras más densas, existían llamas que ardían con una intensidad aterradora.

Y aquella comprensión creció de forma incómoda, persistente, como una astilla alojándose en el pecho mientras Tachihara observaba cómo los soldados se dispersaban para cumplir la orden sin que nadie protestara, sin una sola mirada de resentimiento. Aquello no era obediencia forzada ni miedo a represalias. Era respeto, lealtad. 

Nakahara se movía entre los cuerpos con una solemnidad silenciosa, inclinando ligeramente la cabeza ante los caídos, murmurando palabras que Tachihara no alcanzó a distinguir. No era un gesto para la galería ni una pose heroica. Era algo íntimo, casi reverente. Humano de una manera peligrosa. El rojo de su habilidad ya no envolvía el aire con violencia, pero seguía allí, latente, como brasas bajo la ceniza, recordándole a todos que ese hombre era un arma… si, pero una que elegía con cuidado cuándo destruir y cuándo proteger.

"No mires así" murmuró una voz a su lado.

Tachihara se sobresaltó apenas. Uno de los soldados veteranos lo observaba con una media sonrisa cansada, apoyado en su rifle como si el peso del combate recién terminado comenzara por fin a caerle encima.

"Si lo haces, te das cuenta demasiado rápido... y así no es divertido" continuó el soldado.

"¿Darme cuenta de qué…?" preguntó Tachihara, aunque la respuesta ya empezaba a tomar forma en su mente.

El hombre soltó una risa breve, sin humor, y desvió la mirada hacia Chuuya. "De que la Port Mafia no es solo el monstruo que nos pintan. Tenemos una reputación que mantener, chico... pero hay gente aquí que pelea para que otros no mueran como carne de cañón."

Tachihara no respondió. Sus ojos siguieron, casi sin permiso, cada movimiento de Chuuya. Objetivo prioritario, recordó. Amenaza extrema. Y aun así, cuando el pelirrojo alzó la mirada y sus ojos azules se cruzaron fugazmente con los suyos, algo incómodo se retorció en su pecho. No era miedo. Tampoco admiración ciega. Era una duda, afilada y peligrosa, abriéndose paso entre certezas que creía inamovibles.

¿Y si el enemigo no es quien me dijeron que era?  pero de inmediato se obligó a enterrar esa idea en lo profundo de su mente, o lo intentó...

Chuuya se giró para marcharse, pero se detuvo a medio paso. "Tachihara."

El nombre lo atravesó como un disparo. Enderezó la postura de inmediato, el cuerpo reaccionando antes que la mente.

"Buen trabajo ahí fuera" dijo Chuuya sin mirarlo directamente "No todos mantienen la cabeza fría en su primera misión."

No hubo más. Ninguna ceremonia, ningún énfasis innecesario. Chuuya siguió caminando como si esas palabras no acabaran de plantar algo irreparable en el pecho del joven recluta.

Tachihara se quedó quieto unos segundos más, con el arma aún en la mano y la adrenalina bajando de golpe, dejando espacio para una certeza brutal: había cruzado una línea invisible. Pero no podía permitirse indagar en ella, su misión era la prioridad. Y si, tenía muchas dudas... Pero ya lo averiguaría, por ahora, tenía una mafia entera a la que adaptarse.

 


 

Los días siguientes pasaron con una rapidez inquietante.

Tachihara fue asignado a tareas menores al principio: patrullajes nocturnos, transporte de armas, vigilancia de puntos que la Mafia consideraba seguros. Nada glorioso ni digno de mención. Y, sin embargo, cada jornada parecía empujarlo un poco más hacia adentro, como si el edificio de la Port Mafia se cerrara tras él con un clic suave pero definitivo.

Aprendió rápido quién mandaba y quién solo gritaba para sentirse importante. Descubrió que la violencia tenía jerarquías, que no todos los golpes eran iguales y que, en contra de lo que esperaba, había reglas no escritas que se respetaban con más fervor que cualquier contrato. No era un caos sin forma. Era un sistema brutal… pero funcional.

Chuuya Nakahara aparecía de vez en cuando.

Nunca anunciaba su llegada. Simplemente estaba ahí, cruzando un pasillo, saliendo de una reunión, deteniéndose a intercambiar unas palabras con algún subordinado. Cada vez que ocurría, el ambiente cambiaba de forma casi imperceptible: las voces bajaban, las posturas se enderezaban, y el respeto se volvía tangible. Tachihara intentó convencerse de que solo lo observaba por deber, por memoria, por estrategia. Pero su mirada siempre lo buscaba antes de darse cuenta.

Una noche, tras una misión particularmente larga, Nakahara pasó a su lado y le dio una palmada breve en el hombro.  "Sigues vivo, es bueno saberlo" comentó, como si fuera una broma privada.

Tachihara se quedó rígido un segundo antes de asentir, sin saber qué responder. Chuuya ya se había alejado, pero la frase le quedó resonando más de lo que debería. Sigues vivo. No buen trabajo. No cumpliste. Solo eso. Como si, de alguna manera, eso ya fuera suficiente.

También empezó a notar otras cosas.

Soldados que compartían cigarrillos en los descansos, veteranos que corregían a los nuevos, órdenes duras que, aun así, evitaban pérdidas innecesarias cuando era posible. La Mafia no tenía piedad… pero tampoco era el pozo vacío que le habían descrito. Y esa ambigüedad lo inquietaba más que la crueldad abierta.

Por las noches, cuando el cansancio lo alcanzaba de golpe, Tachihara repasaba cada detalle con una precisión casi obsesiva. Qué había visto. Qué había sentido. Qué no encajaba con el informe que tendría que entregar cuando los Hunting Dogs le respondieran al primer informe que envió luego de la misión en la que vio por primera vez a Nakahara. La línea entre su misión y su experiencia real comenzaba a difuminarse, y por primera vez desde que se infiltró, esa línea no le parecía tan clara.

Y entonces un aviso llegó al cuarto día. Una orden breve, directa, entregada sin ceremonia: había una nueva misión. Más lejos. Más peligrosa. Un escenario donde no bastaría con observar y sobrevivir. Esta vez tendría que probar su utilidad de verdad.

Tachihara cerró el aviso de la Mafia con manos firmes, pero el pulso acelerado.

Mientras se preparaba, una certeza incómoda se asentó en su pecho como un peso inevitable: ya no entraría a esa misión siendo la misma persona que había llegado una semana atrás. La Port Mafia lo estaba cambiando. Lentamente. Silenciosamente.

Y no sabía si eso lo acercaba más a su objetivo… o lo alejaba de él para siempre.