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El Instituto siempre había creído que dormía.
Sus muros estaban cubiertos de runas antiguas, capas y capas de protección grabadas por generaciones de nefilim que confiaban en la piedra, en la tinta y en la tradición. Cada símbolo era una promesa: aquí están a salvo.
Pero esa noche, el Instituto respiró.
No fue un sonido.
Fue una sensación.
Un leve temblor en el aire, como cuando alguien pasa demasiado cerca en una habitación a oscuras. Las runas parpadearon una sola vez, tan sutil que nadie lo notó. La magia no se rompió.
Se acomodó.
En algún lugar bajo tierra, algo que no debía existir abrió los ojos.
No gritó.
No se movió.
Solo recordó.
Recordó el calor de la sangre.
Recordó el pulso de un corazón que no era suyo.
Recordó una promesa hecha en un idioma que ya no se enseñaba.
Arriba, en los pasillos silenciosos, dos sombras cruzaron juntas una esquina al mismo tiempo, con pasos perfectamente sincronizados. No se miraron. No lo necesitaron.
El Instituto exhaló.
Nadie despertó.
Pero algo, en lo profundo de sus muros, había comenzado a contar el tiempo.
