Chapter Text
Ti Voglio•
Te deseo•
Te quiero•
"Una volta che dici la prima bugia, non puoi più fermarti "
"Una vez que dices la primera mentira, ya no puedes parar."
La música hacía vibrar las ventanas del penthouse Targaryen como un corazón enfermo. Grave. Insistente. Vivo.
Luces lilas y rojas se derramaban sobre el mármol blanco, sobre copas abandonadas, sobre cuerpos que ya no recordaban la distancia prudente entre uno y otro. El aire estaba cargado: perfume caro, vodka dulce, sudor joven y feromonas alteradas que se mezclaban como una tormenta invisible.
El cumpleaños de Rhaena parecía un altar dedicado a la negación. Todos reían demasiado fuerte. Todos tocaban demasiado cerca. Nadie quería hablar del drama que siempre flotaba alrededor de ellos.
Aemond Hightower no se movía. Rígido como una estatua antigua colocada en medio de una fiesta moderna. Su presencia imponía orden incluso cuando no hacía nada. Alfa en cada línea de su cuerpo, en la forma en que ocupaba el espacio, en cómo los demás se abrían apenas a su paso.
Cuatro años con Rhaena. Estables. Impecables.
La beta ideal para el alfa ejemplar que las familias querían ver en las fotos.
Ella le apretó la mano, intentando seguir el ritmo de la música. No sabía bailar; nunca le había importado aprender. Pero esa noche sí. Esa noche quería todo. Quería la fiesta, la libertad, la mayoría de edad latiéndole en la piel.
Cumplía la mayoría de edad.
Nada de pijamadas. Nada de cenas formales. Con el abuelo Corlys de viaje, el penthouse era territorio liberado.
Su vida siempre había sido sencilla: padres con dinero, apellido pesado, una academia donde estudiaban los herederos más influyentes del país. Un futuro escrito antes de que aprendiera a leer.
Y, aun así, su mundo giraba en dos nombres.
Aemond su alfa.
Lucerys su mejor amigo.
Lucerys Velaryon.
El omega que todos llamaban la perla de la academia.
No era solo un apodo. Era una maldición envuelta en belleza imposible.
Piel de un blanco luminoso, casi traslúcido, con venas azules que parecían ríos bajo mármol vivo. Rulos negros perfectos, apretados, brillantes, que parecían moverse solos bajo la luz.
Ojos de un color verde tormenta que cambiaban de esmeralda a turquesa según la ira o el deseo.
Labios naturalmente rosados, mandíbula delicada pero afilada.
Caminaba con la cabeza alta, los hombros relajados pero rectos, como si el mundo entero fuera un escenario y él supiera que todos los focos estaban puestos en él. Y lo estaban.
Un omega dominante.
Las omegas lo miraban con envidia y deseo a partes iguales, porque Lucerys no era solo hermoso: era inalcanzable incluso cuando estaba a un paso.
Su aroma -brisa salada y chocolate amargo- no era suave; era envolvente. Se quedaba en la garganta. Provocaba.
Lo suficiente para intimidar a los alfas... y obsesionarlos.
Y como toda criatura luminosa en ese mundo cruel, tenía a su lado a un príncipe adecuado: Cregan Stark. Capitán del equipo de rugby. Hombros anchos. Mandíbula firme. Silencioso y correcto.
La pareja perfecta.
Lucerys era en mejor de su clase el número uno era popular. Y el favorito del abuelo Corlys.
Rhaena nunca se sintió menos a su lado. Lucerys jamás la hizo sentir desplazada. Sus discusiones eran por: secretos mal contados, celos pequeños que se resolvían con una risa. Nada grave.
Nada que anunciara desastre.
Pero esa noche el ambiente estaba demasiado denso.
Alfas y omegas bailaban pegados, piel contra piel, manos que descendían sin permiso explícito pero con consentimiento implícito. Las feromonas estaban alborotadas; el aire vibraba con esa electricidad previa a la tormenta. Risas que se volvían susurros. Susurros que terminaban en rincones oscuros.
Rhaena lo miró todo con el pecho encendido. Por primera vez, el caos no la asustaba.
Aemond, Lucerys y ella habían sido inseparables desde los diez años. Comían juntos. Faltaban juntos. Lloraban juntos.
Un trío blindado.
Entre Rhaena y Lucerys había sangre. Primos. Entre Lucerys y Aemond había algo más confuso: misma edad, misma casa, un pasado tejido por adopciones y silencios familiares que nadie desarmaba del todo. Para Lucerys, era su tío. Para el resto, un Hightower demasiado Targaryen para ser casualidad.
Pero eran familia.
Cuando Rhaena empezó a salir con Aemond, Lucerys lo celebró como si el universo hubiese decidido recompensarlos por tanta lealtad infantil. Él mismo había empujado esa confesión torpe que terminó en noviazgo.
Cuatro años después, Rhaena estaba decidida.
Esa noche dejaría de ser virgen.
Lo haría con Aemond. Como lo habían prometido, entre risas adolescentes y planes de boda inventados. Se casarían. Era lo lógico. Lo correcto. En un futuro entonces porque no.
Era su destino.
Pero algo debía romperse.
Siempre algo se rompe.
Lucerys estaba bailando demasiado cerca de alguien que no era Cregan.
Su camisa ligeramente levantada. La mano de otro alfa bajando con descaro bajo sus caderas calculado. La multitud miraba sin disimulo; algunos alentaban, otros susurraban.
Las feromonas cambiaron.
Una mano bajó por la cadera de Lucerys.
Cregan apareció como una tormenta de invierno. Le dio un golpe.
El caos estalló.
Aemond reaccionó por instinto -o por orden- cuando Rhaena le susurró al oído que interviniera. Se abrió paso entre cuerpos pegados, empujó, separó, sostuvo a Lucerys antes de que cayera.
Y entonces Rhaena recordó. Cómo Lucerys le contaba en una de sus noches de omegas. Como en dos años de relación.
Y aún nada.
Ni piel marcada. Ni mordidas. Ni una luna compartida.
Cregan hablaba de respeto. De esperar el momento perfecto. De construir recuerdos dignos.
A Lucerys aquello le sonaba a rechazo decorado con flores.
Incluso antes de la fiesta los vio discutir.
—No puedo creer que hayamos discutido por eso —gritó el omega, la voz quebrándose como un cable a punto de partirse—. ¡Por eso!
—No se trata de eso —intentó Cregan, mandíbula rígida, orgullo herido—. Solo quiero...
—¿Qué? —escupió Lucerys, los ojos brillando de furia y algo más profundo—. No te aguanto, Cregan. Vete. No... no quiero verte.
Silencio.
La música bajó, indecisa.
El penthouse entero contuvo la respiración, Rhaena fue la primera en moverse.
—Cariño... —lo llamó con esa voz suave que siempre lograba doblarlo—. Llévalo a su departamento. No quiero que se vaya solo.
Le dijo.
Mientras estaban al lado de Lucerys llevándolo a la salida, este balbuceando hacia Rhaena todas clases de perdón en diferentes idiomas, a Lucerys le gustaba demasiado aprenderlos. Rhaena solo asentía después tendría tiempo para reclamar.
Podría haber ido ellos.
Pero era su noche.
Baela la mataría si desaparecía ahora. Y, además, Aemond siempre había sido quien cargaba con un Lucerys borracho. Era casi tradición.
Le tenia una confianza ciega.
—Creo que puede llegar — murmuró Aemond.
Lucerys tropezó contra la mesa de bebidas. El cristal vibró.
—No puede —respondió Rhaena con calma firme—. Te doy la llave. Tú conoces el camino.
No lo decía como novia, lo pedía como amiga y luego, bajando la voz, añadió:
—Después vuelves... y quizá terminamos lo que hablamos.
Aemond se tensó.
El instinto -esa bestia vieja que vivía en su pecho- debería haber reaccionado. Pero no lo hizo. Nunca lo hacía con Rhaena.
La amaba... lo suficiente como para no tocarla.
Lo suficiente como para huir siempre antes de cruzar la línea.
Las palabras de ella pesaron más que cualquier otra cosa.
Tomó la llave.
Y sostuvo a Lucerys.
La música volvió a subir detrás de ellos.
Y nadie notó que algo irreversible acababa de ponerse en marcha.
Al salir con Lucerys casi colgando de su brazo, la limusina Targaryen los esperaba como un pecado planificado.
Lucerys se reía en el asiento del copiloto. El cuero blanco parecía atraparlo como confesión. Las pantallas interiores proyectaban luces de ciudad que deformaban los ojos de los dos: un alfa y un omega que jamás debían estar tan cerca.
—Ahora debería estar con Rhaena... —balbuceó—. Ella ya no me aguanta. Me mira y me quiere matar.
—Te quiere, Luke —respondió Aemond, rígido—. Solo... te cuida.
Lucerys giró el rostro hacia él. El movimiento liberó más aroma. Chocolate... pero no dulce. Más espeso. Más caliente.
—Tiene motivos —Lucerys soltó una carcajada rota—. Soy un desastre.
Y Aemond sonrió.
Una sonrisa mínima, arrastrada, accidental.
Pero Lucerys la vio.
Y eso fue suficiente.
Desde siempre, esas pequeñas sonrisas eran la señal. Terapia clandestina. Confesiones a las tres de la mañana. Preguntas que no se hacían a nadie más.
—¿Qué pasó con tu príncipe azul? —preguntó Aemond.
Así lo llamaba siempre: príncipe azul. Cregan Stark y su moral de cuento.
—No quiero hablar de él —gruñó Lucerys, pero su mano cayó sobre el asiento, demasiado cerca del muslo de Aemond—. Es un imbecil.
—¿Te hizo algo?
Lucerys lo miró. No triste. No dolido. Más bien aburrido de sí mismo.
—Algo peor —susurró—. No me hizo nada.
El coche avanzaba. El espacio parecía encogerse.
—Cregan es como una estatua. Cuando intenté... ya sabes... llevarlo a otro nivel, me dijo que era tarde, que llegaríamos tarde, que quería algo especial. Siempre es eso. Especial que perfecto Dios, qué desastre.
Aemond se quedó inmóvil, intentando procesar. Luke era alguien demasiado exigente lo conocía, si algo no se le daba el lo conseguía como sea.
Su risa fue amarga.
El aroma cambió otra vez.
Aemond lo sintió en la garganta antes de procesarlo con la mente.
—Olvídalo —dijo Lucerys, con sonrisa venenosa—. Seguro tú y Rhaena no tienen esos problemas.
La expresión de Aemond lo negó todo.
No necesitaba decir nada.
Lucerys lo entendió: el alfa era virgen. Virgen.
Algo oscuro se deslizó por el pecho del omega.
Se excitó.
No en el sentido sexual. No todavía.
Era algo más oscuro. Casi cruel. Curiosidad.
Era tonto pensar que su tío favorito y amigo de infancia sea un inexperto es esos temas.
Algo rozó su curiosidad, Aemond era alfa entonces el sabría de gustos por omegas era su instinto después de todo.
—Mond... -ladeó la cabeza, acercándose—. ¿Acaso yo soy atractivo? ¿O mis feromonas lo son?
El coche pareció quedarse sin aire, Aemond no respondió.
Observó.
Nunca había escuchado una pregunta más absurda. Lucerys siempre había sido atractivo: sonrisa peligrosa, ojos grandes, piel cálida, olor a chocolate cualquiera diria que era dulce pero para Aemond era mucho más que eso era más parecido al fuego que a una brisa de verano. Uno de los omegas más deseados de la academia. Ciertamente su belleza era otro tema... era igual de atrayente que su olor.
Sus facciones eran un arma.
Ojos grandes, con pestañas tan negras y largas que proyectaban sombras sobre las mejillas.
Nariz recta y fina, labios llenos pero no carnosos, de un rosa natural que parecía pintado con el jugo de alguna fruta.
La mandíbula era delicada, casi femenina en su curva, pero afilada lo suficiente para que, cuando apretaba los dientes en desafío, pareciera capaz de cortar vidrio.
No era una belleza frágil. Era una belleza insolente. Descarada. De esas que sostienen la mirada y no parpadean primero; que te hacen bajar los ojos no por timidez, sino porque sientes que estás mirando directamente al sol.
Si era atractivo siempre lo fue, cualquiera se daría cuenta de ello, y cuando menos lo espero ya se encontraba mirándolo. Desvió la mirada.
—Estás borracho —logró decir, la voz más grave de lo normal—. Cierra la boca.
—Solo dime sí o no.
La limusina frenó. Salvación. O condena.
—Ya llegamos. Baja.
El ascensor hasta el piso veintitrés fue un ritual tortuoso.
Lucerys no sabía en qué momento decidió que lo más interesante de ver en ese ascensor era su tío alejado de él como si lo estuviera evitando. Inclinó la cabeza hacia atrás, tocando el espejo. Sus ojos buscaron los de Aemond a través del reflejo.
—Arruiné la noche de Rhaena contigo —susurró—. Qué mierda de primo y mierda de amigo.
—No la arruinaste. Solo te pasaste. Como siempre.
Lucerys rió bajo. Y cuando estuvo a punto de caer Aemond lo alcanzó.
Los espejos multiplicaban la escena: Lucerys apoyado contra la pared, respirando más fuerte de lo necesario. Aemond sosteniéndolo por la cintura para que no resbalara.
La mano del alfa tardó un segundo más de lo necesario en soltarse.
En el reflejo, parecían otra cosa.
La risa del omega fue suave; demasiado suave.
El ascensor subía lento. Piso quince. Diecisiete.
Lucerys giró el rostro. Ahora estaban frente a frente.
El aroma se volvió denso. Vulnerable. Necesitado.
Aemond sintió el impulso. Ese tirón en el pecho que le decía que lo acercara. Que lo protegiera. Que lo marcara como propio.
Instinto.
—Mond... —susurró Lucerys.
El alfa levantó la vista.
Los ojos del omega estaban nublados por el alcohol... pero no por confusión.
Estaban claros.
Demasiado.
—Hagámoslo.
Aemond lo miró como si el idioma hubiera cambiado.
El mundo no explotó, se tensó.
El ascensor marcó piso veinte.
Aemond no entendió la palabra. O fingió no entenderla.
—¿Qué?
Lucerys dio medio paso adelante. El contacto fue eléctrico.
—Tú me juzgas -prosiguió el omega, con voz suave—. Si puedo seducir a alguien... y yo te ayudo con tu problema.
Los ojos de Aemond se crisparon.
Feromonas. Un chispazo mínimo. Imperceptible para betas. Letal para alfas.
Lucerys lo percibió.
—No me mires así —susurró—. Es una broma.
Mentira.
El piso veintitrés llegó con un sonido seco.
Pero el daño ya estaba hecho.
Aemond desvió la mirada.
Él, que nunca bajaba la cabeza ante nadie... no podía mirar a Lucerys a los ojos.
Porque para tomar decisiones, los Targaryen no daban buen ejemplo.
Lucerys levantó el rostro. Sus ojos estaban nublados. Pero no débiles: peligrosamente claros.
El departamento era un caos precioso. Regalos abiertos, abrigos en el suelo, flores secas.
Herencia de Rhaenyra, obsesión de Daemon: siempre demasiado, siempre cerca.
Aemond dejó las llaves en la barra. Iba a retirarse.
—Me voy. Ve a bañarte —dijo.
Lucerys lo miró con un pequeño puchero inconsciente. Aemond y Rhaena siempre se encargaban de bañarlo cuando llegaba así, después de alguna noche en la que iban a buscarlo.
El calor lo alcanzó por la espalda.
Un olor.
No perfume.
Omega.
—Sigamos bebiendo. Acompáñame —dijo Lucerys. No sonó como súplica, sino como orden.
—Luke —advirtió Aemond. La voz salió grave, vieja—. Ve a bañarte.
—Estoy cansado —lo corrigió-. Y muy... muy borracho. No puedo.
Los dedos del omega tiraron de la camisa de Aemond.
—Báñame tú.
El alfa giró.
Lucerys estaba a centímetros. Labios húmedos. Pupilas grandes. Respiración agitada.
—En serio... —murmuró Aemond, incapaz de terminar.
Lucerys sonrió como si hubiese ganado la guerra sin disparar.
—Te bañas primero.
Aemond lo llevó al baño y llenó la bañera.
Preguntó por la temperatura con voz neutra.
Fingió no ver nada.
Lucerys luchaba con la camisa, ropa interior aún puesta. Lo habían visto desnudo mil veces. Nunca así. Esta vez había olor un peso. Inexplicable algo lo hacia querer pasar una línea que no debería, Aemond se arrepintió de aceptar bañarlo.
—Ayúdame —pidió el omega.
Simple como pedir agua.
Aemond se giró. No había desnudez... pero sí piel anticipando. Feromonas en ascenso.
Y Lucerys no lo sabía... o sí.
Lo seducía con cosas pequeñas: postura, cuello abierto, vulnerabilidad fingida.
El vapor llenó el baño como un telón que cae. El mármol negro absorbía la luz sin juicio, como si ya hubiera presenciado demasiadas traiciones. El baño tenía una pared de vidrio donde se podía ver todo insólito y demasiado ostentoso.
Había omega en cada poro: olor dulce al principio, chocolate ya habia teniado demasiado de ese olor; después sal y tormenta. Una invitación.
Aemond dio un paso.
Fue el cuerpo quien lo decidió.
Tomó la camisa con dos dedos y la levantó. Clínico. Preciso. Frío.
El roce de los nudillos contra las costillas fue accidental.
O eso se dijo.
Lucerys no apartó la vista ni un segundo mientras Aemond le quitaba la camisa. No había desesperación en su gesto: había algo peor. Certeza.
Inclinó la cabeza hacia atrás. El aliento caliente chocó contra la barbilla de Aemond. Un golpe suave. Una provocación.
El olor cambió.
De dulce a eléctrico.
De verano a fuego.
Feromonas de omega dominante, latentes, desgarradas como una herida que pide lengua.
Aemond lo entendió demasiado tarde.
No había vuelta atrás.
La prenda cayó al suelo con un sonido suave, como si el algodón fuera más pesado de lo que realmente era.
La piel de Lucerys brillaba húmeda. Hombros tensos, clavícula marcada, pecho apenas expandido con la respiración. Aemond no se dio cuenta de que había bajado los ojos. Solo sintió que algo lo empujaba desde dentro del estómago hacia abajo, como un pulso, como una orden.
—No te quedes ahí mirándome, ayúdame a subir a la bañera —dijo Lucerys, y no era un pedido. una provocación quizas.
Aemond tragó saliva. Podría haber dicho que dejara de jugar, irse y dejar que Lucerys lo hiciera solo. Podría haber protegido a Rhaena, protegido a sí mismo.
Pero nada de eso existía ahí.
Solo existía el omega. Solo existía ese olor.
El vapor espesó el aire hasta volverlo casi irrespirable.
Aemond todavía
Todavía podía irse.
Lucerys lo miraba desde abajo, el pecho subiendo y bajando con un ritmo que no era solo alcohol. La bañera ya estaba llena. El agua temblaba levemente por el eco de sus respiraciones.
—Mond —murmuró otra vez.
No fue provocación esta vez.
Fue algo más suave. Más antiguo.
Aemond levantó la mano para apartarle un rizo húmedo de la frente. El gesto era automático. Lo había hecho mil veces a los diez, a los quince, después de exámenes, después de lágrimas.
Pero ahora su pulgar se detuvo en la sien.
Demasiado cerca.
Lucerys no retrocedió.
Nunca retrocedía cuando quería algo.
El silencio se volvió denso.
—Sí... eres atractivo —murmuró Aemond, inclinándose apenas, lo suficiente para que su aliento rozara su piel-. Y tus feromonas... son imposibles de ignorar. Cualquiera lo notaría.
Lucerys sostuvo su mirada en el espejo detrás de él, viendo la imagen duplicada: el alfa rígido, el omega ardiendo.
El omega emitió una sonrisa como si hubiese ganado una batalla.
El pulso de Aemond traicionó todo.
Y entonces fue mínimo.
Un movimiento tan pequeño que podría haberse negado después.
Lucerys se inclinó primero.
No un beso robado.
Un roce.
Sus labios apenas rozaron la comisura de Aemond, como si estuviera probando temperatura. Como si quisiera confirmar algo que ya sabía.
Aemond cerró los ojos un segundo.
Ese segundo fue suficiente.
Cuando volvió a abrirlos, ya no estaba huyendo.
Sujetó la nuca de Lucerys con una firmeza que no era brusca, pero tampoco dudosa. Lo acercó apenas lo necesario.
El segundo beso no fue accidental.
Fue lento.
Medido.
Una rendición silenciosa.
Algo más profundo. Más íntimo.
La mano de Aemond descendió hasta la cintura del omega, afirmándolo como si temiera que desapareciera.
Lucerys respondió sin vacilar.
No borracho.
No confundido.
El agua de la bañera se desbordó apenas cuando uno de ellos dio un paso atrás sin mirar.
Ninguno se apartó.
Cuando finalmente se separaron, no fue por falta de deseo.
Fue porque la realidad regresó en forma de respiración entrecortada.
Rhaena.
El nombre no fue pronunciado.
Pero estuvo allí.
Aemond apoyó la frente contra la de Lucerys.
—Esto no... —empezó.
Lo miró, aún demasiado cerca.
—Ya pasó.
Y tenía razón.
Lucerys levantó las manos hacia el cuello de Aemond.
Fue tan simple. Tan inevitable.
El alfa sintió cómo su cuerpo se movía sin consultarlo. El botón superior de su camisa cedió. Luego el segundo. Luego el tercero. La tela se abrió como un secreto antiguo.
Lucerys deslizó los dedos por el borde del cuello de Aemond. No era una caricia: era un examen. Una prueba de límites.
Aemond no temblaba. Se endurecía. Como un depredador al acecho.
No dijo nada. Nunca había necesitado palabras.
Lucerys levantó la vista. Sus ojos se enturbiaron, las pupilas dilatadas por algo más que alcohol. Feromonas reptando en el aire, como electricidad estática, como arañas invisibles.
El omega dio un paso adelante y su torso rozó el de Aemond. No pecho contra pecho: un roce mínimo, destinado a despertar esa parte de la corteza cerebral donde viven los deseos.
Aemond sintió cómo las feromonas entraban. No por la nariz. Por la sangre.
La bañera seguía llenándose detrás, ahogando al mundo con espuma silenciosa.
—Hay algo muy mal conmigo —murmuró Lucerys, sin verlo a los ojos—. Siempre quiero más.
Esa frase cayó a los pies de Aemond como un collar.
Una cadena.
Un desafío.
El alfa lo agarró de la muñeca.
No fue suave.
No fue violento.
Fue exacto.
Lucerys no retrocedió. Giró la mano, enlazó los dedos con los del alfa, y tiró.
Una decisión tan pequeña.
Un desastre tan grande.
Las caderas de ambos se encontraron a mitad de camino, sin que nadie las moviera. El aire entre ellos desapareció como una puerta que se cierra.
El mundo entero se volvió calor.
El corazón de Aemond latía contra el propio esternón. Intentó respirar y el aire fue Lucerys. Solo Lucerys.
El alfa apretó los dientes.
El vapor se pegaba a sus pestañas. El mármol tragaba la luz. Los espejos los repetían, uno, dos, cuatro, ocho... todos ellos ahí, duplicando la tensión, reproduciendo el error.
Aemond deslizó su otra mano hasta la nuca del omega, sus dedos rozando deliberadamente la glándula que desprendía ese aroma dulce y peligroso. La presión fue sutil, casi una caricia. Sintió el leve estremecimiento bajo sus dedos... y no apartó la mano.
Lucerys jadeó. No por sorpresa.
Fue un reconocimiento primitivo, profundo, algo que vibró directamente en su glándula bajo la palma de Aemond.
El cuerpo del alfa lo rodeó, brazo firme, palma caliente. No hubo espacio. Tampoco negociación. Ni un permiso verbal.
Pero los cuerpos eran dos piezas magnéticas, buscándose en silencio. El borde de las caderas chocó, la pelvis insinuó, la sangre eligió.
Lucerys deslizó la mano por debajo del cinturón de Aemond -apenas, un roce, un aviso.
El alfa respiró hondo. Un sonido casi como un gruñido, el tipo de sonido que no se entrena, que no se educa, que no se enseña.
Lucerys sintió el pulso bajo la piel del cuello de Aemond y rió con una ternura venenosa.
—Te deseo.
La palabra no sonó romántica.
Sonó como una verdad.
La bañera rebalsó un poco, el agua cayendo por el borde como si el mundo también hubiera decidido rendirse.
En ese instante, no existían Rhaena, ni Cregan, ni la fiesta, ni los Targaryen, ni los Hightower.
Solo existía ese cuarto.
Ese vapor.
Ese alfa.
Ese omega.
Ellos dos, encerrados en una biología más vieja que la moral.
Aemond hundió la mano en el cabello húmedo de Lucerys y tiró hacia atrás.
Lucerys jadeó.
Pero entonces
Un segundo.
Un segundo mínimo.
El nombre apareció en la mente de Aemond como un golpe seco.
Rhaena.
Su risa. Su mano apretando la suya. "Después vuelves... y quizá terminamos lo que hablamos."
El deber regresó como un cuchillo frío.
Aemond aflojó apenas el agarre. Creía inútilmente que aún podía detenerse.
El deseo por él era inevitable. Como el fuego buscando oxígeno. Como la marea obedeciendo a la luna.
—Dime que pare —susurró Aemond.
Sonaba como una súplica.
No lo dijo para salvarse. Lo dijo para entregarle el poder.
El silencio se abrió entre ellos como un abismo.
Aemond respiró.
Y no lo soltó.
Su mano se deslizó apenas, afirmándose en el cabello, firme en la base de la nuca. Esta vez no hubo duda en el gesto. No hubo titubeo.
Lucerys sostuvo su mirada. Sus pupilas estaban dilatadas, el pecho subiendo y bajando con una lentitud traicionera.
—No quiero que pares —dijo.
No tembló.
—Te deseo tanto —repitió, más bajo. Más honesto.
El mundo pudo haberse detenido en ese segundo.
Y Aemond eligió.
Aemond tiró de su cabello y Lucerys arqueó la espalda como un animal que reconoce a su depredador. No había gritos ni dramatismo: solo el sonido suave del agua rebalsando y el pulso que golpeaba las sienes de ambos.
El baño entero respiraba.
Lucerys deslizó más sus dedos por la nuca de Aemond y, antes de que el alfa pudiera pensar, lo empujó hacia él. No fue un beso que pidió permiso.
Fue una colisión.
La boca del omega se estrelló contra la del alfa con una violencia silenciosa. Labios abiertos, dientes rozándose, respiración robada. No hubo inicio suave ni exploración tímida. Fue hambre.
Aemond respondió. No hubo duda. No hubo origen. Simplemente, respondió.
Los dedos del alfa se cerraron más en la cintura de Lucerys dejando marcas y el omega emitió un sonido. Era un sonido bajo, nacido en la garganta. Era biológico.
Era instinto. Ya estaban dentro del agua.
Lucerys subió una pierna, apoyándola en el borde frío de la bañera. El movimiento alargó el cuello, expuso la clavícula, abrió el pecho. Pidiendo una mordida.
Aemond se olvidó de todo.
Todo se evaporó con el vapor del baño.
Lucerys deslizó la lengua entre sus labios, provocador, y el alfa perdió el último hilo de cordura. Lo levantó de la cintura -sin esfuerzo, sin duda- y lo sentó en el mármol del lavabo. El contraste entre el frío de la piedra y el calor del omega provocó un jadeo que Aemond sintió en el estómago.
Las manos de Lucerys fueron directas. Sin ninguna pizca de duda. Se enredaron bajo la camisa de Aemond, recorriendo el abdomen como si ya fueran dueñas de él.
—No me sueltes —susurró contra su boca.
Era una orden y una vulnerabilidad. Un desafío y una confesión.
Aemond respondió mordiendo el labio inferior de Lucerys. El omega se tensó, arqueó la espalda y lo empujó hacia el borde de su propio cuerpo, buscando más, siempre más.
Las feromonas ya ni siquiera reconocería las suyas estaban tan mezcladas.
Fue como un latigazo invisible. Aemond sintió el aire espesarse, caliente y denso. Podía saborearlo. Omega dominante. Olor a fruta madura y sangre fresca. A océano antes de la tormenta.
Y él, un alfa... reaccionó.
Lo empujó suavemente hacia dentro de la bañera.
Lucerys cayó con el agua tibia, soltando un gemido ahogado que no sabía si era placer o desafío.
El vapor rodeó su cuerpo, marcando cada milímetro de piel.
Aemond entró tras él. Los pantalones empapados pegándose como un castigo. El agua subió, cubriendo rodillas, muslos, caderas. El omega lo recibió con los brazos abiertos y las piernas que se cerraron alrededor de sus costillas.
Ahí lo atrapó.
Sus bocas volvieron a encontrarse bajo el vapor. Ahora sin duda. Con hambre pura. Los besos eran lentos y brutales al mismo tiempo, como si hablaran un idioma que solo se aprende entre dientes.
Lucerys deslizó los dedos por la espalda de Aemond, hundiéndolos como si buscara propiedad.
Aemond, sin pensar, respondió hundiendo su frente en la curva del cuello del omega y respirándolo.
El olor lo golpeó.
Aquel omega.
Para él.
Lucerys tembló, como si ese simple gesto lo hubiese desarmado más que cualquier caricia.
—Fóllame ya, Mond. Hazme gritar tu nombre mientras me atas con tu nudo —rogó el omega, la voz ahogada en lujuria y fiebre.
Las piernas abiertas en invitación descarada.
Decir "Mond" era su perdición absoluta.
Aemond no contestó con palabras.
Lo levantó dentro del agua, las manos cerradas en los muslos del omega, y lo besó como si quisiera borrar de su piel cualquier recuerdo de Cregan, de cualquier alfa anterior.
Lucerys se dejó arrastrar, cuerpo entero pegado al del alfa, uñas marcando hombros, gemidos que parecían oraciones rotas.
Cuando el agua ya no fue suficiente para sostenerlos, Aemond tomó a Lucerys en brazos -omega mojado, manso en apariencia, pero peligroso en esencia- y lo llevó a través del pasillo, goteando como un crimen recién cometido.
El dormitorio estaba en penumbras.
Sábanas grises. Ventanales que mostraban la ciudad como una constelación inmóvil.
Aemond lo lanzó sobre la cama.
No con violencia.
Con posesión.
Lucerys giró, boca abierta, espalda arqueada, sonrisa rota.
El alfa subió encima de él con todo su peso.
Las rodillas de Aemond se hundieron profundamente en el colchón, abriendo más las piernas de Lucerys hasta que los muslos del omega quedaron temblando, completamente expuestos.
Sin saber en que momento la ropa desapareció entre ellos.
El aire de la habitación ya estaba espeso: olor a sudor fresco, a feromonas alfa saturadas y al lubricante dulce y viscoso que empapaba el centro de Lucerys y goteaba por su entrada hinchada.
Aemond bajó la cabeza y hundió la nariz en el cuello del omega, inhalando con fuerza. El aroma lo golpeó como un puñetazo: dulce, caliente, adictivo.
Su polla, dura hasta doler, dio una sacudida contra el vientre de Lucerys, dejando un rastro pegajoso de pre semen. Las manos grandes del alfa bajaron, agarraron las caderas del omega y las levantaron un poco, abriéndolo más.
Los pulgares rozaron su entrada empapados, separándolos, sintiendo cómo el lubricante caliente y viscoso se escurría entre sus dedos.
La primera vez que Aemond se alineó fue torpe. La cabeza gruesa de su polla, hinchada y brillante, resbaló dos veces sobre la entrada resbaladiza antes de encajar.
Empujó. Su entrada cedió de golpe con un sonido húmedo, obsceno. Aemond soltó un gruñido ronco, casi de sorpresa, cuando el calor abrasador lo envolvió.
Era demasiado: apretado, sedoso, palpitante. Cada centímetro que entraba hacía que sus bolas se contrajeran. Lucerys arqueó la espalda con un gemido largo y bajo, las uñas clavándose en los hombros del alfa, pero no era dolor nuevo para él; era la sorpresa de lo grande que se sentía Aemond, lo caliente, lo lleno.
Aemond se quedó quieto un segundo entero, temblando. Sentía cada pulso interno alrededor de su polla, cada contracción involuntaria del omega. Liquido caliente chorreaba por su longitud, bajando hasta sus bolas, goteando sobre las sábanas.
Olía a sexo puro, a omega. Entonces salió casi del todo -el sonido fue un chapoteo húmedo, obsceno- y volvió a entrar de un solo golpe profundo, hasta que sus caderas chocaron y sus bolas pesadas se estrellaron contra la piel mojada de Lucerys.
Empezó a follar sin ritmo, puro instinto.
Embistidas cortas, fuertes, desesperadas. Cada vez que entraba hasta el fondo, el nudo apenas formado golpeaba contra la entrada, exigiendo paso.
El sonido llenaba la habitación: carne contra carne mojada, el crujido constante de la cama, los jadeos entrecortados de ambos. El sudor corría por la espalda de Aemond, goteaba desde su pecho sobre el torso de Lucerys, mezclándose con el sudor del omega. El olor se volvía más denso, más animal.
Era su primera vez con alguien... que no era cualquiera era Lucerys, su Lucerys.
El omega se retorcía debajo, las caderas subiendo para recibir cada golpe, su entrada hinchada rozando brutalmente contra el hueso púbico del alfa con cada embestida.
Sus paredes internas se apretaban en espasmos, ordeñando la polla gruesa que lo abría. Aemond sentía todo: el calor líquido que lo bañaba, la fricción perfecta, cómo el omega lo succionaba hacia dentro.
Cada vez que salía, el lubricante natural del omega y el semen formaban hilos brillantes entre ellos que se rompían con el siguiente empujón.
El nudo empezó a hincharse de verdad.
Aemond gruñó contra el cuello de Lucerys, mordiendo sin control, dejando marcas rojas que enseguida se volvieron moradas. Empujó más fuerte, más profundo, sintiendo cómo la base de su polla se ensanchaba, con la entrada apretada del omega resistía un segundo... y luego cedía con un pop húmedo.
El nudo entró entero.
Lucerys se arqueó violentamente, un grito ronco escapando de su garganta. Sus paredes internas se contrajeron en oleadas alrededor del nudo hinchado, apretando tan fuerte que Aemond vio estrellas.
El orgasmo del omega lo atravesó como un relámpago: su polla pequeña soltó chorros calientes y blancos contra su propio abdomen, brotando en pulsos alrededor del nudo, empapando todo.
El olor se volvió abrumador, dulce y salado, sexo y rendición.
Aemond no aguantó ni tres segundos más. El nudo trabado lo mantenía clavado hasta el fondo. Empujó con lo poco que podía moverse -pequeños círculos brutales, fricción constante contra la próstata de Lucerys- y se corrió con un rugido ahogado contra la clavícula del omega.
Cada pulso fue grueso, abundante, caliente. Chorros y chorros llenando al omega hasta que el exceso empezó a escaparse por los bordes del nudo, blanco espeso mezclándose con el líquido transparente, goteando por las nalgas de Lucerys y manchando las sábanas debajo.
Se quedaron pegados. El nudo palpitaba dentro, enviando pequeñas descargas de placer con cada latido. Aemond jadeaba contra el cuello de Lucerys, inhalando su olor mezclado con el suyo propio.
Lucerys temblaba debajo, las piernas abiertas y flojas, el cuerpo todavía contrayéndose alrededor del nudo en pequeños espasmos residuales.
El sudor los unía, la piel resbaladiza, el calor de los cuerpos casi insoportable.
Ninguno habló.
Solo respiraciones pesadas, el sonido húmedo cuando alguno se movía apenas y el nudo tiraba dentro, y el olor denso, primitivo, de dos cuerpos que acababan de descubrir que encajaban demasiado bien.
Cuando el nudo empezó a aflojar, Aemond salió despacio, el sonido húmedo y viscoso llenando la habitación.
Lucerys temblaba, las piernas abiertas, el agujero enrojecido y dilatado goteando semen y el lubricante.
Aemond lo miró un segundo, hipnotizado por la visión, y luego volvió a entrar sin aviso.
—Mond... Alfa—no fue súplica. Fue una advertencia.— Espera.
Pero Aemond no hizo caso.
La segunda vez fue más lenta, más deliberada.
Aemond empujaba hasta el fondo y se quedaba ahí, girando las caderas para que la cabeza de su polla rozara cada punto sensible dentro.
Lucerys clavaba los talones en la cama, las manos en la nuca del alfa, obligándolo a bajar para morderle el labio inferior.
Mordidas en el cuello, en la clavícula, en el pecho. Aemond respondía chupando con fuerza los pezones oscuros y arrugados, dejando marcas moradas.
La tercera vez ya no fue sexo con forma. Fue puro instinto animal. Aemond lo puso de lado, una pierna de Lucerys sobre su hombro, y lo folló así, profundo, lento al principio y luego brutal.
Cambiaron de posición sin hablar: Lucerys a cuatro patas, Aemond detrás, agarrándolo por las caderas con tanta fuerza que dejaría moretones.
Un desastre para resolver al día siguiente ahora no les importaba nada.
Luego boca abajo, el alfa cubriéndolo completamente, embistiendo mientras le mordía la nuca como si quisiera marcarlo para siempre.
En algún momento Lucerys giró la cabeza, buscó los ojos de Aemond y lo atrapó con la mirada mientras su cuerpo se sacudía con otra embestida profunda.
No dijo nada. Solo lo miró, los párpados pesados, la boca entreabierta, mientras otro orgasmo lo atravesaba y sus paredes internas se contraían alrededor de la polla que lo llenaba otra vez.
Aemond se derrumbó sobre él después de correrse por tercera vez, el nudo hinchado otra vez, sellándolos.
Sus respiraciones eran lo único que se oía en la habitación: jadeos rotos, gemidos bajos que se escapaban sin querer, el crujir de la cama cada vez que alguno se movía apenas.
Ninguno habló.
No hacía falta.
Los cuerpos seguían hablando por ellos.
Aemond sintió algo quebrarse dentro suyo.
El omega debajo de él no estaba borracho. No estaba confundido. Estaba respondiendo a cada impulso con la misma ferocidad.
No había Rhaena. No había nombres. No había moral.
Solo él arriba. Solo él debajo. Solo el calor, el choque, la pérdida.
Lucerys lo agarró de la nuca y lo obligó a mirarlo mientras el cuerpo se tensaba bajo el suyo, ojos brillando con algo más peligroso que el placer.
Aemond sostuvo sus muñecas contra el colchón, inclinándose hasta que sus frentes casi chocaron.
Su respiración todavía desordenada. Su pulso desbocado. Su cuerpo aún reaccionando.
Allí empezó la mentira. Y no podrían parar. No ahora que habían cruzado la línea.
Porque una vez que dices la primera mentira...
... ya no puedes parar.
Y ellos acababan de empezar a mentir.
Al mundo.
A Rhaena.
A ellos mismos.
El nudo se había deshecho, pero el lazo que acababa de formarse era mucho más fuerte. Más oscuro. Más inevitable.
Y en algún lugar del penthouse, la fiesta seguía. La música seguía vibrando. Rhaena seguía esperando.
Pero aquí, en esta cama empapada de pecado, dos cuerpos seguían hablando el único idioma que importaba:
Alfa. Omega. Destino. Traición.
Y ninguno de los dos quería que terminara.
