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Sendou dio una patada. La más potente de su vida.
La pelota voló a gran velocidad hacia el arco, pero, desafortunadamente, Blue Lock Man la atajó sin problema. Con una sola mano. Sin inmutarse. Como si se estuviera burlando de él.
El chico frunció el ceño una vez que el holograma le devolvió la esfera. Qué frustrante. Gritar de furia no era una opción; aunque estuviera solo, siempre existía el riesgo de ser visto por alguien en ese maldito edificio.
—¿Por qué acepté venir aquí? —se lamentó el pelirrojo, dejándose caer en el césped artificial de la cancha mientras miraba el altísimo techo, tan lejos de él. Las luces blancas le quemaban los ojos, pero luego de unos segundos logró acostumbrarse—. Incluso un maldito holograma me humilla.
2:18 de la madrugada. No era una buena hora para entrenar, pero Sendou necesitaba distraerse de sus propios pensamientos.
Desde aquel partido contra Blue Lock Eleven no había podido anotar un solo gol, y eso le dolía en el orgullo. Él era una estrella, un ídolo, ¡un as! Y, sin embargo, ya nadie lo respetaba. Su nombre se había convertido en sinónimo de burlas, sus fotos circulaban como memes, sus propios fans hablaban mal de él.
Dolía. Demasiado. Sus ojos se llenaban de lágrimas con solo recordar, pero no lloraría. No otra vez.
—Alguien no puede dormir, ¿eh?
El japonés se incorporó de golpe, sentándose con la espalda erguida y su mejor cara de indiferencia. Casi automáticamente fingió que estaba haciendo estiramientos, aunque su vista seguía fija en la figura que acababa de entrar a la cancha. Don Lorenzo se acercó en silencio y lo miró desde arriba. Su expresión no era la de siempre: no se lo veía juguetón, sino serio.
Sendou dejó de fingir y relajó el cuerpo tanto como pudo. Levantó la vista, encontrándose con ese rostro que atormentaba los sueños de tantos jugadores talentosos… y los devoraba por completo. Por primera vez lo vio sin esa infame sonrisa dorada. Era como ver a otra persona.
—¿Qué quieres, Lorenzo? —escupió Sendou, desdeñoso.
—Uy, tranquilo, principino. Solo me llamó la atención no verte en tu cama.
El italiano se sentó en el pasto junto a él y lo observó en silencio durante un rato. Sendou no pudo evitar ponerse nervioso.
—¿Te pasa algo, Shuto?
Sendou bajó la cabeza. No quería hablar. No con él. No con esa persona que parecía disfrutar destruyendo egos ajenos. Pero… tampoco quería estar solo.
—Nada que te importe.
—Ajá —murmuró Lorenzo, con voz suave, sin dejar de observarlo. Luego volvió a sonreír como es usual, mostrando su dentadura dorada—. ¿Entonces por qué tus ojos se ven… así?
Silencio. Lorenzo suspiró dramáticamente y se recostó en el césped artificial. Reconocía esa expresión melancólica. La había visto en otros jugadores durante su corta carrera, pero sobre todo en sí mismo.
Antes de que Snuffy lo encontrara y prácticamente lo salvara, él también portaba esa mirada. Vacía, oscura, sin esperanza. Y ahora, Sendou se veía igual: triste, pequeño, perdido. Nada que ver con el supuesto as que la Asociación de Fútbol de Japón mostraba con tanto orgullo. Hasta se atrevería a decir que se estaba convirtiendo en una sombra de lo que fue.
Pero no podía permitirlo. No iba a permitirlo. Sendou tenía un potencial enorme por explotar; Lorenzo podía verlo, podía sentirlo. Veía en él a una bestia que ansiaba ser desatada cuanto antes. Si tan solo él mismo pudiera darse cuenta de su propia capacidad…
—No creo pertenecer aquí —confesó Sendou de la nada, escondiendo el rostro en sus rodillas—. Desde que perdí contra esos niños… yo…
De nuevo calló, abruptamente, como si las palabras y el recuerdo dolieran. Lorenzo también permaneció en silencio, pero porque quería esperar a que Shuto se calmara. Podía verlo temblar un poco, controlando las ganas de llorar, siendo consciente de quién tenía al lado. Esa fachada de jugador engreído se estaba rompiendo y revelaba al fin al joven vulnerable y sensible que se ocultaba allí.
Es por eso que decidió sentarse y darle un abrazo. En silencio, sin burlas, sin explicaciones ni discursos cursis. Lo rodeó con sus brazos delgados y lo atrajo a su cuerpo con fuerza tal como hizo Snuffy con él alguna vez después de salvarle la vida. Sendou se negó rotundamente al contacto en un principio, pero cuando se dio cuenta que su compañero no estaba dispuesto a ceder relajó los hombros y suspiró temblorosamente.
—A ti te dicen «devorador de ases», ¿no? —preguntó Sendou con voz pausada, sin mirarlo a los ojos. Aún se podía sentir un leve tambaleo en sus palabras—. ¿Crees que aún soy digno de devorar?
Esa pregunta golpeó a Lorenzo, que no respondió por unos segundos. No estaba seguro de si ese era el momento de responder aquella pregunta. En su lugar, relajó su abrazo y se alejó un poco, dándole espacio por un momento. El silencio que se formó después abrumó al frágil corazón de Sendou, quien no pudo contenerse por mucho tiempo y por fin sollozó mientras cerraba los ojos con fuerza.
—Di algo —suplicó, volteando ligeramente la cabeza para mirarlo a través de su flequillo. Su mandíbula estaba tensa, indicio del inevitable llanto—. Por favor…
—No puedo decirte lo que creo si estás así —respondió Lorenzo un poco descolocado, aunque manteniendo la compostura. Ver a su compañero desmoronarse frente a él movía algo en su pecho—. Shuto… Respira, ¿sí?
Esa palabra no sirvió de nada. De hecho, causó lo opuesto. Las primeras lágrimas cayeron sin que pudiera detenerlas. No era lo que necesitaba. No era lo que quería.
Lorenzo lo observó en silencio, volteando ligeramente el rostro hacia un lado con cierta pena momentos después. Verlo llorar solo haría que Sendou se sintiera aún más humillado.
… Sin embargo, algo en cómo se estaba rompiendo lo obligó a actuar.
—Tienes lo que se necesita —dijo luego de un suspiro profundo, sin verlo a los ojos aún—. De lo contrario, no me habría preocupado por ti en primer lugar.
Sendou no calló al instante, pero su llanto comenzó a controlarse. Sus ojos seguían rojos, su corazón aún latía fuerte, los sollozos aún interrumpían el silencio pesado de la cancha.
—Pero no sirve de nada si ni siquiera tú te lo crees.
Aquellas palabras flotaron en la cabeza de Sendou mientras trataba de calmarse. No lo miró de inmediato, pero tampoco se escondió. Era un poco confuso, pues seguía sin ser la respuesta que deseaba y aun así estaba satisfecho. Ante la falta de respuesta, el italiano volteó con suavidad y se encontró con la mirada rojiza y brillante de su compañero. Sonrió, mostrando los dientes de oro. Luego estiró la mano y, en un gesto extrañamente dulce, lo despeinó.
Por primera vez en toda la noche, y desde que ingresó a Blue Lock, el corazón de Sendou dejó de doler.
