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La mañana comenzó como cualquier otra en su casa desde hace poco más de medio año. Un completo caos.
Despierta debido al estridente golpe de la manija de su puerta golpeando la pared —hundiendo aún más el hormigón de la misma— cuando Aegon, su hijo menor, cruza el marco anunciando el primer problema del día.
—¡Papá, Rhae despertó!
El bufido que sale de él suena más como un gruñido. De inmediato, recuerda lo tarde que fue a acostarse después de bañar a la pequeña y ayudar a Aegon con su tarea cuando Daeron se negó a hacerlo él mismo, y por el contrario cayó rendido en el sofá.
Tiene tantas ganas de decirle a Aegon que él mismo se encargue de su hermana, cuando el eco desgarrador de los gritos de la niña retumban en la habitación. Cuando gira sobre la cama, ve a su hijo sosteniendo a la niña entre sus brazos, apenas pudiendo sostener todo su peso de forma correcta.
Salta de la cama más rápido de lo que su mente procesa, y arrebata a la pequeña de las torpes manos de su hermano pocos años mayor a ella.
De inmediato, la niña deja de llorar y se recuesta contra su pecho. Maekar suspira apenas un poco aliviado.
—Creo que necesita un cambio de pañal, apesta —Aegon dice, arrugando la nariz en un gesto exagerado. Su padre suspira, por segunda vez esta mañana. El día parece prometedor.
Después de un cambio rápido de pañal y una muda nueva de ropa, bajan por las escaleras con dirección al primer piso antes de detenerse en las escaleras y contemplar el desastre que sucede frente a ellos.
En el medio de la sala de estar, la televisión está encendida, reproduciendo una canción que a Maekar le perfora los oídos. La letra es horrible, pero la tonada lo es aún más. Inmediatamente reconoce al culpable de ello, recostado en el mismo lugar donde lo dejó ayer. Su hijo mayor, Daeron, está recostado contra el sofá, con la vista en el celular que sostiene con una mano y con un plato de cereal en la otra. La forma en que mastica resulta más ruidosa que la música en sí.
Más lejos del living, dentro de la cocina, se encuentra a Aemon, con la nariz enterrada en el libro frente a él, con un plato de lo que parece carbón a su lado y que apenas le presta atención. Y a sus espaldas, Daella prepara algo en la estufa. Si el olor de humo llega a Maekar, él lo descarta por completo cuando un torbellino pasa a su lado, empujando a Aegon en el proceso y riendo mientras se aleja.
—Eso dolió —el niño menor se queja, pero calla de inmediato cuando Aerion lo mira.
—Ups.
Es apenas un sonido, y es, de hecho, la mayor interacción entre ambos que han tenido en semanas, piensa Maekar.
Aerion baja las escaleras, golpeando con su mochila —que lleva sostenida del hombro— la cabeza de Daeron, quien gime apenas por el dolor repentino. Cuando llega a la cocina, deja caer la mancha negra —que es su mochila—, y si un golpe metálico se escucha desde el interior, nadie menciona nada.
—Tengo hambre. ¿Qué hiciste?
—Huevos revueltos y tostadas —responde la chica, depositando un plato frente a él. Aerion alza las cejas, pero su mirada ni siquiera muestra desprecio cuando habla.
—Huele a quemado.
—No te quejes. Agradece que por lo menos pensé en ti.
Aerion ríe, sin verdadera ánimo, pero agradece el atento gesto de su hermana menor y devora su desayuno como si fuera lo más delicioso que hubiera probado nunca. Daella sonríe, complacida. Después, gira la vista hacia el pie de las escaleras.
—Papá, Aegon. Vengan a desayunar, yo puedo alimentar a Rhae.
Maekar retiene un suspiro, deseando no mostrarse tan aliviado, y acepta el intercambio, avanzando hacia la cocina, despeinando a Daeron con su gran mano cuando pasa a su lado. El chico apenas parece notarlo. Y a sus espaldas, escucha a Aegon seguir sus pasos.
Daella ha dejado dos platos más sobre la mesa, antes de correr hacia su padre y tomar a la niña entre sus brazos. Maekar le deposita un beso en la coronilla y ella sonríe.
La bebé luce verdaderamente encantada una vez que se encuentra entre los brazos de su hermana mayor. Y cuando acerca una cucharada de papilla a su boca, ésta desaparece inmediatamente. Rhae odia las verduras, pero no hay otra opción cuando Daella no desiste y la pequeña se queja de nuevo.
Es Aerion, quien la mira desde el otro extremo de la mesa y le habla.
—No seas tan quejica, engendro. Solo come tus verduras.
El tono es duro, pero no lo verdaderamente cruel para ser Aerion. Y es tan entrañable cómo, cada vez, logra el efecto deseado cuando la pequeña Rhae le dedica una mirada demasiado parecida a la suya y luego acepta la comida que Daella le da.
—Siempre funciona —Daella dice, divertida y poco sorprendida.
—Sólo le encanta hacer berrinche —murmura Aerion, desde su asiento en la mesa, observando a sus dos hermanas.
—Me recuerda a alguien —la voz inocente de Aegon resuena al lado de Maekar, quien lo mira y lo encuentra observando atentamente a Aerion, antes de girar su vista y picotear su comida con sumo entretenimiento.
—No te pases de listo, pequeña rata.
La voz de Aerion es una advertencia, que hace a Aegon recostarse contra su asiento, molesto, y observando su comida como si fuera la peor aberración culinaria que haya visto en toda su corta vida. Al final, decide tomar la tostada quemada y la llena de mermelada.
Maekar apenas tiene ánimos de intervenir, más agotado de la situación repetitiva que de su cansancio matinal en sí.
Y pronto, se atreve a romper la paz momentánea, porque no hay forma de que pueda retrasar aún más la inevitable noticia.
—Hay algo que tengo que decirles —su voz demuestra el agotamiento que rige su cuerpo, la tensión en sus hombros lo hace aún más evidente cuando finalmente lo dice—. Vendí la casa.
La tostada que Aegon dirigía a su boca se detuvo a mitad del trayecto, cayendo segundos después sobre el plato, creando un ruido estrepitoso. Aquello es lo único que llena el abismo silencioso en el medio de toda la escena.
Y frente a él, Aemon le dirigió una mirada por primera vez en la mañana; Daella y la bebé lo miraron son ojos enormes; e incluso escuchó a Daeron detener la música. Aerion fue el único en recordar cómo hablar.
—Estás bromeando.
Comprendía la impresión, el desagrado detrás de su decisión. Pero también tuvo que mantenerse firme porque, si no lo hacía, ¿quién lo haría?
—No estoy bromeando —dijo, y miró a su hijo al otro lado de la mesa. Los ojos de Aerion ardían con odio absoluto—. La vendí. Tuve que hacerlo.
La sonrisa en su joven rostro fue una mueca terrible que le deformó la cara.
—No. No tenías por qué hacerlo. ¡No debiste!
Los puños contra la madera de la mesa hicieron retumbar la porcelana sobre ella, asustando a todos los presentes, excepto Maekar. Como su padre, conocía perfectamente bien a su segundo hijo; igual de volátil que él, impredecible, y al mismo tiempo, demasiado fácil de leer.
Hace algunos años, su esposa Dyanna solía decir que Aerion era más suyo que de ella. Piensa entonces que, quizás, siempre tuvo la razón. A pesar de lo mucho que Aerion la amaba y a él lo odiaba. Podía verlo en sus acciones, en su forma de hablar y en cómo siempre se esforzaba por desobedecerlo y sacarlo de quicio. Ahora, se está esforzando aún más en empeorar su relación desde la partida de su madre. Y Maekar comenzaba a hartarse de ello.
—Puedo. Y lo hice —soltó el hombre mayor, alzándose en todo su tamaño y dirigiéndose hacia la cafetera, de la cual se sirvió una gran taza de aquel líquido oscuro y ahumado. Por suerte para todos, Daella sí sabía hacer un buen café—. No había otra opción, y lo sabes. Todos lo saben.
—Eso es una mierda...
—Lo sabemos, papá —la voz de la chica mayor se hizo oír, frenando a su hermano mayor, tal vez en un intento de evitar una repercusión de escalas mayores al conocer a ambos. Aerion la observó antes de chasquear la lengua y ponerse de pie, pero sin quejarse de la interrupción, y ella continuó. —Lo entendemos, pero eso no significa que todos estemos de acuerdo.
La respuesta calmada de su hija le hizo suspirar de verdad, demostrando lo cansado que se encontraba últimamente. Quizás cansado desde hace mucho tiempo, mucho antes de lo que puede recordar. El silencio se prolongó un poco más, donde nadie hizo intento de volver a hablar. Hasta que la alarma de Daella —misma que usaba para marcar el tiempo restante que tenían antes de partir a clases— interrumpió todo, salvando el momento.
Los chicos maldijeron y corrieron hacia la puerta con sus respectivas pertenencias, desapareciendo por la puerta para comenzar a correr. A excepción de Daella, quien le entregó a Rhae antes de despedirse con un beso en la mejilla y la promesa de hablar después.
—Te veo luego, papá —dijo, y cuando pasó al lado de sus hermanos mayores, también se despidió de ellos antes de correr.
Aerion había dejado su plato sucio sobre la mesa y se había acercado a Daeron en el proceso del caos anterior. El mayor lo observó con una mirada recelosa.
—Llévame a clases —ordenó, con una pequeña mueca con sus labios.
—No me apetece —dijo, y Aerion lo pateó en la espinilla en represalia. —¡Puta madre! ¡¿Qué te pasa?!
—Dije, llévame a clases.
—¿Y yo por qué? Padre siempre te lleva a ti.
—Pues yo no quiero ir con él.
Maekar arrugó la nariz ante aquello.
—Puedo escucharte, ¿sabes? —dijo, alzando una ceja, y en sus brazos Rhae pareció reír. Aerion ni siquiera volteó a verlo.
—Llévame tú —repitió, y Daeron soltó un quejido exagerado, cubriendo su rostro con ambas manos antes de soltar su cuerpo por completo. Al final, se rindió.
—De acuerdo. Pero nada de fumar dentro del auto. Apesta.
—De acuerdo, niñita.
Su padre quiso preguntar acerca de los cigarrillos que Daeron mencionaba, pero Aerion pronto desapareció por la puerta antes de que pudiera decir algo. Apenas soltando una pequeña despedida hacia Rhae, quien se removió con entusiasmo en sus brazos. Ahora, acompañado solo por ella, su hijo mayor y el menor —quien lo observaba desde su asiento— volvió a suspirar. Daeron lo observó.
—No te preocupes, padre. Ya lo resolveremos.
El hombre mayor quiso agradecer el apoyo, pero si debía ser completamente honesto consigo mismo, no podía ver una situación peor a esta. Aún así, le agradeció por el apoyo con una pequeña sonrisa que probablemente, era más una mueca. Daeron entonces se levantó del viejo sofá, tomó su llavero de la mesa de centro y salió para seguir a su hermano, cerrando la puerta tras de sí.
Maekar observó a Aegon, quien ya estaba listo para ir a clases y esperaba por él para subir a su viejo auto. De acuerdo, era hora de continuar el día.
Bajó del auto apenas estacionó. Daeron maldijo por lo bajo y lo siguió. Maldijo cuando sus dos pies izquierdos por la mañana le hicieron tropezar. Al alcanzarlo, exhaló en busca de aire. Él ni siquiera era el fumador de su familia, pero parecía que su condición física era la de uno. Lo tomó del hombro en un intento de detenerlo, pero Aerion se apartó de golpe.
—No me toques.
Daeron suspiró, ya agotado. Y apenas eran las ocho de la mañana.
—¿Tan molesto estás que preferiste que fuera yo quien te trajera? —cuestionó, observando al menor con una mirada curiosa. Aerion rodó los ojos.
—Y a ti qué te importa.
El chico rubio se encogió de hombros, haciendo un gesto para restarle importancia.
—No realmente. Pero tú y yo sabemos que era una posibilidad que se venía arrastrando.
Aerion se calló ante ello. En cierta forma, era verdad. Nunca lo diría, pero al recordar cómo su padre había tenido que renunciar a su trabajo meses antes para intentar cuidar de Rhae y a todos ellos; cuando la niñera había dejado de ir cuando Maekar no pudo pagarle la última semana de trabajo… le dolió. Y antes de eso, cuando la mayoría de su dinero se había ido al tratamiento y cuidado de su madre para un final ineludible.
No, no lo admitiría, porque eso sólo lo haría más real.
La voz de Daeron le hizo dejar de lado el pasado y volver al presente.
—Escucha, sabes que poco me importa quedarme en este lugar, o en cualquiera. Me da igual —reafirmó, cruzándose de brazos. Luego, su mirada se nubló—. Pero sé que para ti y Daella les es más doloroso, y no quiero...
La voz de Aerion cortó el amable ambiente de tajo.
—¿Y tú qué sabes? —escupió, con un nuevo odio ardiendo en su interior; uno viejo y que creía ya olvidado—. ¿Cómo es que un perdedor cómo tú entendería como me siento?
La mirada dolida del chico mayor no sirve de nada contra el duro temperamento del chico menor. Aún así, lo intenta.
—Porque me importas, Aerion.
El joven omega observó a su hermano mayor, por primera vez en mucho tiempo. Lo hizo en serio. Observó las enormes ojeras bajo sus ojos; su cabello grasoso y despeinado; y su ropa desaliñada. Ahora, es demasiado diferente a lo que fue hace un tiempo. Ser consciente de aquello le hizo apretar los puños.
—Importarte, ¿yo?... ¡Ja, qué broma! —se jactó, riendo con sorna —. No puedes venir a mí y fingir consideración cuando tú traicionaste mi confianza, cuando te conté eso y tú… —Aerion perdió su sonrisa, de pronto con el humor completamente arruinado tras el recuerdo— olvídalo. No quiero verte. Solo... déjame en paz.
Sentenció, y siguió su camino a través del pasillo exterior hacia la entrada, y tras unos minutos escuchó el motor del auto de Daeron desaparecer al interior de la ciudad. Ni siquiera volteó.
Al entrar, tampoco reparó en la multitud que se conglomerado cerca de los casilleros, ni cuando vio a Daella al otro lado del pasillo, simplemente pasó de largo y luego siguió su camino hacia la próxima salida auxiliar que daba al patio trasero. Una vez ahí, sacó un cigarrillo y lo encendió.
El aroma mentolado golpeó sus pulmones y su alrededor. Había de admitir que últimamente se había obligado a sí mismo a cambiar el tipo debido a que no quería ser descubierto por su padre. Pero para este punto, ya daba igual. Inhaló y exhaló durante unos cortos minutos, hasta que tiró el filtro usado y lo pisó con su calzado oscuro. Lo aplastó como si lo odiara personalmente. Luego, tomó su mochila y la abrió.
Había gastado sus últimos ahorros en cosas innecesarias, ahora que pensaba mejor en su posición actual. Pero tampoco importaba más; si iban a vender la casa, probablemente también abandonaría esa estúpida preparatoria. Así que sí, daba igual.
Tomó entonces las latas de aluminio, y comenzó a realizar su obra de arte. Había pasado días pensando en realizar ese graffiti, y no pensaba cambiar de opinión debido a que su padre intentaba arruinar su vida. No es que tuviera amigos —nadie era digno de ello—, por lo tanto no extrañaría a nadie. Pero pensar en dejar la casa donde había vivido su madre, donde ella había muerto... se le revolvía el estómago de rabia.
Entonces, si su padre quería vender el último recuerdo de su madre, entonces lo ayudaría a adelantar el proceso. Porque Aerion amaba ayudar.
Estaba a mitad del proceso cuando una voz cansada, más que molesta, se escuchó detrás de él.
—Joven Targaryen —dijo el hombre, de canas y mirada cansada. Vestía su tonto uniforme de guardia, del cual, desde que Aerion recuerda su primer año en ese lugar, siempre fue el mismo. Aerion lo observó sin verdadera sorpresa—. Me temo que tendrá que acompañarme a dirección. Otra vez.
El chico tuvo que recordarse a sí mismo que el señor Walter no era su mayor enemigo, y que por el contrario, el anciano siempre había felicitado su arte como forma de expresión. Aerion suspiró.
—Vamos, Walter. Ni siquiera lo he terminado aún —se quejó, frunciendo el ceño y señalando su trabajo a medio terminar.
—Lo lamento, chico. Esta vez no puedo fingir no verte, —dijo el hombre, para después señalar hacia la esquina cercana al muro donde se escondía. Al alzar la vista, notó por primera vez la nada disimulada y nueva cámara de vigilancia. Aerion la observó con sorpresa apenas disimulada.
—¿Qué diablos...? ¿Desde cuándo está eso ahí?
El hombre mayor se encogió de hombros y se recostó contra el muro.
—Esta mañana.
Debía estar bromeando. El director Ashford debía de estar jodiendo.
—¿Qué mierda? ¿Ahora el director Ashford tiene el presupuesto necesario para colocar cámaras?
Es una broma. Todos le estaban gastando bromas el día de hoy, pensó. Sí, tenía que serlo. Aerion le dio una mirada al hombre frente a él.
—¿Qué día es hoy, Walter? ¿Es acaso el día de los inocentes y no me había enterado? —inquirió, y el hombre mayor se rió, moviendo los hombros.
—Eso fue hace una semana, chico. Y es justo por eso que el señor Ashford puso cámaras. ¿O es que ahora no lo recuerdas? ¿Tu último mural?
Aerion quiso hacer una broma tonta al respecto, especialmente cuando recordó el rostro colorado del director al ver su propia imagen retratada en ese mismo muro, follandose a una oveja. Carajo, el hombre se había enojado tanto que Aerion creyó que el bochorno duraría un día completo en borrarse de su cara.
Al final, soltó un resoplido ante el recuerdo.
—Está bien, me atrapó —dijo, observando aún la cámara—. Arresteme, señor Walter.
El hombre soltó una risa gorgosa, negando con la cabeza.
—Vamos, chico.
—No tengo nada que perder de todas formas —aseguró, comenzando a meter sus cosas en su mochila para luego colgarsela del hombro—. En realidad, ¿le cuento un secreto? —el anciano se encogió de hombros, y Aerion lo tomó como un gesto para continuar hablando—. Mi padre vendió nuestra casa. Lo más probable es que también nos vayamos de la ciudad. ¿No es increíble? Así, ni tú ni el director Ashford tendrán que volver a lidiar conmigo.
Pasó un momento, donde sólo podían escucharse los pasos de ambos. Luego, el silencio se cortó con el sonido de una exhalación del viejo hombre.
—¿Irte? Chico, sin ti aquí, este lugar será realmente aburrido.
Aerion soltó una risa pequeña.
—Oh, Walter... no me extrañes tanto, o podría volver para hacer enojar una vez más al director.
Walter entonces rió, un sonido rasposo por una larga vida de tabaco. Aerion se preguntaba de vez en cuando, si su voz también sonaría de esa forma si continuaba fumando. Quizás aquello le diera más personalidad.
Al entrar a la oficina del director, Aerion lo hizo con toda la altivez que poseía, y se auto invitó a tomar asiento en las incómodas sillas del despacho. El señor Ashford ya se encontraba en su lugar, al parecer firmando algo de papeleo que Aerion no estaba realmente interesado en saber qué era. Pensó en guardar silencio, pero pasó un minuto completo sin que él hombre dijera algo, así que Aerion, aburrido, se posicionó sobre la rígida silla, ahora acostado, quedando la mitad de su cuerpo flotando y su espalda baja punzando por el reposabrazos. No le importó. Un gruñido de molestia salió del hombre cascarrabias frente a él, y Aerion supo que había ganado.
—Siéntate bien, niño insolente.
—Fue usted quien no me prestaba atención. Al menos puedo intentar sentirme cómodo en este frío lugar, ¿no? —mencionó, girando la vista y viendo al hombre mayor mover el bigote de forma graciosa mientras murmuraba por lo bajo.
—¿Quieres atención? Bueno, aquí está tu castigo. Una semana de suspensión.
—¿Una semana? Ni siquiera fue la gran cosa, no pude terminar el graffiti.
—¿Te parece poco? ¿No te bastó con la semana anterior? —dijo, o más bien, gritó. Aerion comenzaba a cansarse, así que decidió sentarse correctamente esta vez, ahora un poco incómodo.
—Bueno, coincido con que en esa ocasión fue un mural aún más grande.
El hombre mayor ni siquiera se inmutó, pero el tic en su ojo reflejó la fisura en su ya corta paciencia.
—Una semana. Puedes irte ahora.
El chico apretó los labios, nada contento. Pensó en las cosas que podría decir, cosas como que no importaba ese tonto castigo, porque era posible que para la siguiente semana ya ni siquiera tuviera un hogar. Pero no lo hizo, no es como que una de las personas que más lo detestaban, no se alegrara por sus desdichas.
—Bien —dijo, torciendo la boca y alzando las cejas, para nada contento.
El viejo beta lo observó con detenimiento, alzando una ceja. Seguro se preguntaba si el mismo chico problemático que siempre le sacaba canas verdes, era el mismo frente a él. No obstante, poco le importó la falta de espíritu en él y lo despidió.
—Puedes irte ahora.
Aerion no perdió tiempo y se puso de pie, caminando directo a la puerta, hasta que la misma voz molesta le hizo detenerse.
—Y también confiscaré la pintura en aerosol.
Aerion se detuvo.
—¿Qué? No, no puede. ¡Es mía! ¡Yo la compré con mi propio dinero!
—Es una lástima, niño, pero no me importa —dijo, mofándose de él y dándole una seña al señor Walter de quitarle sus latas. El anciano le hizo un gesto con la mano, desganado, pero obedeciendo. Aerion observó su mano arrugada por los años; lo hizo por un buen tiempo, hasta que finalmente cedió y se las entregó. El director Ashford asintió, complacido—. De acuerdo. Ahora lárgate de mi vista.
Luego, la puerta se cerró ante sus narices y el silencio volvió a cubrirlo. Genial, el día no podía ir mejor.
—Bueno, al menos no tengo que volver a clases, eh.
El viejo hombre a su lado le dio una mirada, antes de encogerse de hombros.
—Haz lo que quieras, chico. De todas formas estás suspendido, otra vez —le recordó, a la par en que le devolvía sus latas de pintura. Aerion le miró, sorprendido. El anciano sólo se encogió de hombros. —Diré que me las quitaste y no pude alcanzarte. Lo creerá porque soy muy viejo para correr.
El joven omega sonrió entonces, con sus marcados colmillos reluciendo ante la luz, y sin dudarlo corrió en dirección por donde había llegado. A la mierda su suspensión de tres días, esta vez haría algo que fuera lo suficientemente terrible como para darle un coraje enorme al director Ashford y a su padre.
Entró a casa, dejando sus llaves sobre el mueble a un lado de la entrada y de pronto, fue consciente de cómo el caos anterior era sustituido por un silencio para nada cómodo. El frío que pronto se hizo notar tampoco ayudó en nada.
Entonces, observó a su alrededor y vio el desorden que lo rodeaba; con platos y tazas sucias,
—Bueno, parece que volvemos a ser solo tú y yo, pequeña.
Y Rhae pareció suspirar también, otra vez.
El resto de la mañana fue un borrón en su mente. Después de terminar de alimentar a Rhae, la dejó jugando antes de subir y lavar las sábanas sucias y ventilar la habitación. Hizo la cama de Aegon y suspiró al ver los gusanos de gomita debajo de su almohada. Las tiró a la basura.
Al salir al pasillo, echó un vistazo a cada habitación para recoger la ropa sucia. El encontrar el mismo desorden en las habitaciones de sus hijos mayores, le hizo rodar los ojos. Ni siquiera se detuvo a dar una segunda mirada cuando notó el calzado esparcido en toda la habitación de Aerion. O cuando las oscuras pinturas de Daeron lo siguieron con la mirada. Al menos sus otros hijos eran más ordenados.
Cuando llegó la hora de preparar la comida, cerca de la hora de que todos volvieran a casa, una llamada interrumpió su tranquilidad. Leer el nombre del contacto no le hizo sentir mejor. Suspiró y respondió.
—Baelor.
—Hermano, ¿cómo estás? —Su voz es amable, a pesar del tiempo y el efecto lejano de la grabadora.
—He tenido días mejores —dijo, mientras continuaba cortando unos vegetales que pensaba en añadir a una ensalada.
—Hm, ya veo. Es uno de esos días, eh —Maekar asiente, aún si sabe que Baelor no puede verlo—. ¿Y cómo están los niños?
—Baelor... —suspira, recordando la escena de esa mañana. Decide qué debería decirle—. Finalmente les dije a los chicos que vendí la casa.
—Ya veo. ¿Y cómo lo tomaron?
—Bueno —buscó a Rhae con la mirada, y la encontró jugando en el mismo lugar donde la había dejado antes en su pequeño corral, y habló—, como la mierda. Daeron se encogió de hombros, Aerion se enfadó, Daella no lo demostró pero sé que no le agrada la idea, Aemon no dijo nada, como siempre, y Rhae... Rhae sigue siendo una bebé. Ni siquiera lloró. —Se detuvo un segundo, dejando las cosas de lado antes de tomar asiento en una de las sillas del comedor—. Gracias por la ayuda, por cierto. No sé qué habría hecho sin ti.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, hasta que escuchó algo similar al cuero, crujir.
—Maekar, sabes que siempre estaré aquí para ti. —Él no dijo nada, pero lo sabía. A pesar de todo, lo sabía—. Entonces dime, ¿qué planes tienes ahora?
Maekar volvió a suspirar.
—No sé, Baelor. Mis últimos gastos están por terminarse y hace tiempo que tuve que renunciar porque ya no podía pagar una niñera. No sé qué hacer.
El cuero volvió a crujir cuando el peso sobre éste cambió, una vez más. Maekar sintió la necesidad de fumar de nuevo.
—Oye, te tengo una propuesta —interrumpió su hermano mayor.
—¿Una propuesta?
—Bueno, sí —dijo, carraspeando un poco—. ¿Qué dirías si te digo que conozco a alguien que puede ofrecerte un trabajo?
Era demasiado bueno para ser verdad.
—¿Qué? ¿De qué hablas? —la confusión le provocó sorpresa, y luego, mareo—. Espera, espera, ¿hablas en serio?
—Lo digo en serio. Pero...
—Claro, siempre hay un 'pero'...
Escuchó al otro hombre reír al otro lado de la línea.
—Verás, el trabajo es aquí, en Winterfell.
Sabía que era demasiado bueno para ser cierto.
—Baelor...
—Está bien, solo escúchame, ¿de acuerdo? —esperó por una confirmación y luego siguió—. El último sujeto renunció y tengo un puesto en la empresa, y necesito a un experto en bienes raíces. La paga es buena y podrías estar cerca de la familia. Ya sabes, Valarr, Matarys... yo.
Maekar observó la ensalada a medio terminar, con todas las raciones perdiendo la frescura. Él se sintió como aquella lechuga que comenzaba a arrugarse.
—Winterfell... no sé, Baelor. No sé si puedo dejar todo atrás. Todo…
—Maekar, puedes verlo como una oportunidad para empezar de nuevo. Los chicos podrían tener un mejor futuro aquí —insiste.
Él pensó en el fantasma que aún rondaba los tristes cimientos de aquella casa. Pensó en el primer año de vida de Rhae y en lo complicado que había sido; rodeaba de medicamentos, salas de hospital, doctores y una madre tan débil como para alimentarla. El solo recuerdo le hizo estremecer.
—Yo... lo pensaré.
—Está bien, Maekar. Solo piénsalo bien —su hermanito tomó un segundo más, esperando una respuesta diferente de él, que para su desgracia, no llegó con la rapidez que deseaba—. De cualquier forma te enviaré los detalles por mensaje.
—Gracias —dijo, porque era lo único que podía decir, y colgó.
Rhae había dejado sus legos atrás, ahora más interesada en las pinturas que tenía delante suyo, rayando sobre el libro para colorear que su padre le había dado antes. Maekar pensó; pensó en qué debería decirle a su hermano, en qué debería decirles a sus hijos, y cómo debería hacerlo. Y mientras observaba a Rhae, recordó una vez más a Dyanna, y tuvo ganas de llorar. No había llorado desde su partida hace medio año, ni antes de eso, a pesar de ver todo su sufrimiento siendo prolongado con máquinas y especialistas que intentaban ayudarla. Recordarlo le hizo un nudo en el estómago.
Entonces su celular volvió a sonar.
Contestó de inmediato, creyendo que sería una vez más Baelor del otro lado de la línea. Pero su sorpresa fue tal, cuando la voz que llegó a sus oídos le hizo suspirar una vez más.
—Señorita Jana... ¿qué hizo esta vez?
—¡Señor Maekar! ¡Tiene que venir urgentemente! Su hijo ha cometido un acto terrible.
Maekar rodó los ojos. Conocía muy bien a aquella mujer, y también al director Ashford. Y por supuesto que conocía a su hijo. Pero escuchar la voz de la mujer todo el tiempo, cada semana, nunca terminaba. Y parecía que nunca terminaría, ni siquiera cuando más necesitaba de paz y tranquilidad. Inevitablemente, tuvo que preguntar.
—¿Son tres días más de suspensión?
—¿Suspensión? Oh no, no señor. El señor Ashford acaba de expulsar por completo a su hijo.
La noticia lo golpeó como un puño en el rostro; lo transformó en hielo y luego en fuego que le calentó la garganta. Y las palmas. No podía ser cierto. No había pasado ni un día completo antes de que Aerion volviera a hacer de las suyas, y esta vez en grande; tan grande que le había valido una expulsión completa.
Iba a matarlo. Ese niño iba a matarlo.
Encontró su propia voz en el fondo de su ira, y volvió a hablar.
—Entiendo. Iré enseguida.
La señorita Jana aceptó la respuesta y colgó, no sin antes Maekar escuchar la inconfundible voz de su segundo hijo resonar en el fondo de la llamada.
—Mierda.
Un jadeo infantil se escuchó al fondo de la sala, proveniente de Rhae, quien lo observó con ojos enormes y una mueca de sorpresa. Maekar la observó de la misma manera antes de suspirar una vez más en el día, antes de abandonar la ensalada a un lado. De acuerdo, había tenido suficiente.
Al llegar a la escuela, vio a Daella y a Aemon sentados fuera de la oficina principal. Ambos conversaban por lo bajo, tenían la mirada inclinada y sus mochilas entre sus brazos. Maekar tragó antes de acercarse a ellos.
—¿Qué hacen aquí?
Su voz inconfundible hizo alzar la mirada de ambos, quienes lo vieron deslumbrados. Los ojos claros de Aemon y los oscuros de Daella lo observaron a él y a Rhae atentamente. Maekar había salido lo más rápido posible de casa, en un intento de retrasar menos lo inevitable, y tomó a Rhae con él sin reparar en los marcadores abandonados a su lado. Ahora, la llevaba en brazos, mostrando un gran garabato en todo su pequeño rostro. La señorita Jana les dedicó una mirada detenida.
Maekar carraspeó, y Daella entonces habló.
—Vaya, y creí que mi día había sido malo —la chica alzó sus brazos y la bebé inmediatamente se estiró hacia su dirección. Maekar no se lo impidió, y le dejó apartarse de su lado, sintiendo un alivio excesivo en su espalda al hacerlo.
—Sí bueno, alguien olvidó sus marcadores permanentes a un lado de las pinturas de Rhae —explicó el hombre, intentando peinar su cabello revuelto sin verdadero éxito.
—Uh, Aegon y yo hicimos su tarea de artes ayer por la tarde, en la sala. Lo siento, papá —dijo Aemon, hablando directamente con él por primera vez en el día. Maekar no lo mencionó, más tranquilo ahora que su hijo recordaba que tenía un padre.
—¿Entonces? ¿Qué hacen ustedes aquí?
—Ah, sobre eso... —intentó explicar su hija, en un comienzo de lo que pareció encontrar las mejores palabras antes de desistir por completo y dejar que Aemon fuera directo al punto.
—Aerion hizo un graffiti en el auto del señor Ashford.
—¿Qué...?
—Oh, y también dejó una comadreja muerta en el capó del auto.
Maekar observó a su hijo como si hubiera dicho la cosa más extraña del mundo, y parpadeó sin poder creer lo que oía. Tenía que ser una puta broma. Eso no... pero pronto, la puerta a un lado de ellos se abrió con un sonido estridente que hizo estremecer a todos a excepción del mismo culpable de esa vergüenza, y al padre del mismo.
Aerion lo observó con una mueca compleja en su rostro, antes de arrastrar sus pies hasta quedar a un lado suyo, y de espaldas a la oficina. Pronto, el director Ashford salió de la misma, hecho una furia colorada, mientras soltaba insultos y lamentos, hasta que vio a Maekar frente suyo y cambió de dirección hacia él.
—¡Señor Targaryen! —Comenzó, con el bigote despeinandose en el proceso antes de continuar—. ¡He tolerado cada insulto a lo largo de estos años, en especial estos últimos seis meses —exclamó, y tanto Maekar como sus hijos se encogieron ante aquello; si el hombre lo notó, no dudó antes de continuar con su discurso—, pero hoy he tenido suficiente! No quiero volver a ver a este chico en mis instalaciones, nunca más.
A su lado, Aerion se mofó ante ese último comentario, pero Maekar solo necesitó una mirada para mantenerlo callado. No obstante, el señor Ashford ya lo había escuchado.
—¡No le bastó con el último mural! Y no me refiero al de hoy, sino a esa... esa... estúpida oveja —mencionó, volviéndose más rojo, si era posible. Maekar recordó la última suspensión de Aerion, y por lo tanto, de la oveja. Había tenido que pagar por el material para poder removerlo, y recordarlo le hizo cerrar los ojos. El director continuó—. Hoy hizo lo último que podía permitir, y no pienso tolerarlo más.
El hombre giró su vista de Maekar a Aerion, y éste le sostuvo la mirada; con la barbilla inclinada para observar al bajo hombre. Aquello hizo enojar a Maekar, y enfurecer aún más al viejo hombre.
—¡Mataste una maldita comadreja y la dejaste en mi auto! ¡Da gracias a los Siete que no llamé a la policía, o a protección animal!
—¡Ese animal ya estaba muerto cuando lo encontré! —Aerion dijo, como si eso sirviera de verdad en su defensa. En realidad, sólo empeoró.
—¡Da igual! ¡Estás expulsado!
Maekar entonces intentó abogar por su hijo, si es que había forma de llamar así a su vago intento de evitar un problema mayor.
—Director Ashford, por favor... no creo que sea justo que...
—¿"Justo"? ¿Usted en verdad quiere hablar de justicia?
Maekar hizo una mueca ante sus palabras, no gustándole por dónde iba la cosa.
—Lo conozco desde hace años, señor Targaryen. También conocí a su esposa. Y sé que tiene hijos increíbles, demasiado buenos e inteligentes que harían sentir orgulloso a cualquier padre —manifestó, haciendo un gesto amable hacia a Daella y Aemon, quienes se encontraban sentados obedientemente en los asientos de al lado. Luego, continuó—. Y créame que he intentado comprender el comportamiento de Aerion desde hace tiempo, creyendo que era sólo una fase rebelde debido al dolor —señaló, obteniendo un ceño fruncido de Aerion—. Pero he llegado a mi límite, y no pienso lidiar con este demonio nunca más. Por favor, lléveselo.
Un montón de cosas cruzaron su mente, sin querer aceptar lo que se le decía. Aerion siempre había sido un problema, pero era suyo. Un gran y peligroso problema que había quedado claro, frente a completos desconocidos, que no podía controlar. La ira comenzó a hervir en su interior de forma compulsiva. Y así, con toda la vergüenza del mundo, Maekar supo que no había otra opción más que aceptar.
—Comprendo. Gracias por todo, señor Ashford. Y lamento lo de su auto; le haré llegar el pago por su reparación —su voz fue ligera, sin mostrar nada más a excepción de lo necesario. El mencionado lo miró con lástima, y tuvo suficiente. Luego, vio a sus hijos; a todos ellos—. Ustedes, vámonos.
Y fue todo lo que dijo. Sus hijos lo siguieron inmediatamente, incluyendo Aerion, quien prácticamente corrió tras él para poder alcanzarlo.
—Padre, escucha. No creí que fuera para tanto, en serio. O sea, sí quería hacerlo enojar porque me había quitado la pintura en aerosol pero no creí que...
—¡Cállate!
Su voz se alzó tanto, que los chicos que aún transitaban por los alrededores les dirigieron miradas consternadas.
—Pero...
—No. Guardarás silencio en todo el camino hasta que lleguemos a casa. Tengo algo más que decirles.
—¿"Algo más"? ¿A qué te refieres...? —intentó saber Daella, pero cuando el alfa mayor entró al auto sin siquiera responderle a ella, todos supieron que debía ser grave, así que entraron al auto sin rechistar.
Cuando llegaron a casa, Daeron y Aegon ya estaban dentro. Normalmente era él quien se encargaba de recoger a Aegon de la escuela, pero lo más probable es que una vez que no apareció a recogerlo, debieron llamar a Daeron para hacerlo. Y ahora ambos veían la televisión mientras reían. Hasta que todos los demás entraron, y ellos debieron detectar el mal ambiente porque callaron de inmediato.
—¿Qué pasó? ¿Quién murió?
El humor de Maekar era tal, que con un simple vistazo a Daeron fue suficiente para sumirlo en el deteriorado sofá que tanto amaba. Aegon permaneció en silencio a su lado, intentando hacerse más pequeño. Luego, Daella y Aemon, junto a la bebé tomaron asiento en el sofá de al lado, esperando. Entonces, Maekar buscó con la mirada la razón de sus problemas y lo encontró subiendo las escaleras con dirección al primer piso, de la forma más silenciosa posible. Ese chico tonto...
—¿A dónde crees que vas?
Aerion detuvo sus pasos; giró sobre su propio peso y se quedó en el mismo lugar. Parecía sin intención de moverse, y Maekar perdió la paciencia.
—¡Ven aquí ahora! —el fuerte tono de su voz pareció sacudir las paredes y a todos sus hijos, incluyendo a Aerion, quien arrastró sus pies hasta quedar a un lado del sofá, sin tomar asiento, pero tampoco sin poder sostener su mirada.
—¿Qué pasó? —La voz de Aegon se hizo presente, pequeña y asustada. Maekar se obligó a sí mismo a controlarse, a recordar que esos eran sus hijos; sus problemas. Y debía solucionarlo. O al menos, intentarlo.
—Nos iremos a Winterfell.
Siguió una pausa. Un momento donde todo se redujo a un silencio sepulcral, probablemente el más tranquilo que había tenido en mucho tiempo, pero no lo hizo sentir bien, no. Fue... malo. Y luego, un completo desastre.
—¿Qué? —la voz de Aerion fue un susurro, uno muy bajo.
—Nos mudaremos a Winterfell —repitió, más seguro que en un comienzo. Y cuando Aerion intentó volver a hablar, Maekar levantó su mano, haciéndolo callar una vez más—. Sin discusión.
—¿Esto fue culpa de él? —la voz de Aegon volvió a hacerse presente, y cuestionó lo obvio cuando le dio una mirada a Aerion, quien seguía inmóvil, ahí, de pie. Luego, Aerion lo observó con odio absoluto.
—¿"Mi culpa"? ¿Por qué crees que todo siempre es mi culpa?
—Cállate —dijo Maekar.
—¡No quiero! —Aerion estalló, observándole con los ojos rojos, inyectados de ira—. Tienes que ser honesto con todos. Estás harto de esta casa, del recuerdo que te genera, pero no todos pensamos lo mismo. ¡Yo no quiero irme!
—¡No te atrevas a decir estupideces, niño! La única razón por la que estamos en esta situación es por tu madre, ¡porque está muerta y nos dejó a todos! —La mirada dolida de su segundo hijo le oprimió el pecho, al igual que el estremecimiento de sus demás hijos. Maekar decidió volver a ignorar el daño que comenzaban a ocasionar sus palabras y continuó con su diatriba al volver a dirigir su vista a su endemoniado hijo—. ¡Y ahora tengo que lidiar con el hecho de tu expulsión porque eres incontrolable! ¡Y la única opción que me dejas es cortar todo de raíz e intentar empezar de nuevo en un lugar donde nadie pueda juzgarnos!
Aerion se burló ante eso.
—¿Y crees que Baelor no lo hace ya? —respondió Aerion, con odio en la mirada, que se dirigió de él a Daeron. Éste último bajó la vista, de pronto apenado, y Maekar se obligó a ignorar aquello, más ocupado en su propia cólera.
—El tío Baelor me ofreció un puesto de trabajo, en Winterfell. Y es el mejor que he obtenido en mucho tiempo —declaró, recordando lo mucho que había batallado en estos meses, antes y después de la muerte de Dyanna, y luego con el nacimiento y la crianza de Rhae. Se estaba asfixiando, y necesitaba un cambio. Y eso era ahora o nunca—. Y ya que no hay nada que nos ate a este lugar, nos iremos. Fin de la discusión.
—Eso no... eso... —El único omega de la habitación intentó recuperar la poca compostura que le quedaba, pero fracasó. Observó a todos sus hermanos que permaneceron en silencio, bajando la mirada ante la suya. Un instante después, subió las escaleras en un pestañeo, y desde la planta baja escucharon el estridente sonido de la puerta de su habitación siendo azotada.
El llanto de Rhae se hizo notar segundos después, tan ruidosos como lo fueron en la mañana. Daella intentó calmarla, pero sin éxito. Y luego, Maekar se acercó y la tomó en brazos. Segundos después, la niña logró calmarse, soltando suspiros entrecortados mientras su padre la mecía dulcemente.
—Lo sé, lo sé —le susurró a la pequeña, que se aferraba con fuerza contra su hombro—. Sé que es difícil. Pero es lo mejor para todos. Lo prometo— dijo, observando a los demás que ahora lo veían con atención a pesar de sus ojos llorosos—. Tendremos una nueva casa y conocerán mejores oportunidades de estudio, es una gran oportunidad.
—¿Y qué pasa con nuestra casa? ¿Simplemente nos damos por vencidos? —preguntó Aegon, pero sin obtener respuesta. Daeron entonces le revolvió el cabello, que tomó como señal para zanjar el tema, aceptando.
—Está hecho, hijo. Pero no te preocupes, encontraremos una nueva casa que sea perfecta para nosotros.
—¿Y qué pasa con nuestros amigos? —habló por primera vez Daella, y Maekar se lamentó por ello.
—Haremos nuevos amigos, hija. Quién sabe, tal vez incluso sean mejores que los actuales —se acercó a ella, tomándola del hombro y brindándole un apretón reconfortante. Ella le devolvió una sonrisa, pero apenas era lo suficiente honesta—. Además, siempre nos tendremos el uno al otro.
Con eso, sus hijos voltearon a verse entre ellos y asintieron, concordando con sus palabras. Y esta vez, Daella sonrió en serio.
—Cierto.
Porque tenía que ser cierto. No podía ser tan malo, ¿verdad?
Cuando todos fueron a dormir, Maekar envió un mensaje. Corto, pero contundente.
«Acepto».
Y ese fue el comienzo de todo.
