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Resting under your eyelids

Summary:

— ¡No sé de que habla, Vegetta! — suplicó el de lentes una vez su jefe alzó una ceja en su dirección — Yo solo colgué algunas fotos viejas, tuyas, de Roier, Molly de bebé, no tengo idea de porque eso para Foolish resulta tan…

— ¿Molly de bebé? — interrumpió el azabache — Juan, yo no tengo fotos de Molly de bebé. ¿De quién…?

 

o donde Juan cuelga una foto de una bebé que no es quien él cree que es.

Notes:

holiiiii, traigo un nuevo os de mis papis.
la idea es de @/neritajeomijay en Twitter/x, me inspiro muchísimo a escribir algo y creo que quedó bastante decente.
velitas y se hará canon 💗.

Work Text:

Limpiar toda una mansión es complicado.

 

Juan podía dar fe de ello de primera mano. Llevaba alrededor de tres horas sacando cosas de cajas pesadas, subiéndolas por las infinitas escaleras, cambiándolas de habitación y repartiéndolas entre los que vivían ahí, quienes claramente jamás se ofrecieron a darle una mano.

 

Su oficina se había plagado de polvo gracias a las cosas que los isleños insistían en que debían pertenecer a sus cuartos: recuerdos de viajes, vestuarios exóticos (Juan había preferido no preguntar a quien pertenecían los conjuntos de lencería…), armaduras especiales, objetos pequeños o simplemente baratijas.

 

Vegetta se había paseado por su oficina hace casi una hora, silbando alegre mientras depositaba más cajas polvorientas sobre sus brazos con ayuda de su magia. Juan había caído al suelo debido al peso de las cosas, y cuando Vegetta simplemente sonrió y negó con la cabeza murmurando algo que no entendió mientras se alejaba, el castaño decidió meterle prisa a la organización de sus objetos. No quería que existiera la posibilidad de que su jefe le encargara aún más.

 

Cuando por fin terminó de entregar las cajas y estantes rosas en la habitación de Molly y se cansó de tropezar con las miles de distintas cosas extrañas que Tina insistía en coleccionar, Juan se dirigió a las cajas finales.

 

Eran de un tamaño extenso, casi de su altura.

Al abrirlas con delicadeza se encontró con objetos brillantes y artilugios que desconocía por completo.

 

Dentro de una de esas cajas reposaba un pulcro traje púrpura y una corona, ambos muy similares al atuendo que Vegetta solía vestir últimamente, pero con algo más apagado. Una cajita de terciopelo se apoyaba en el borde de la caja, más Juan decidió no investigar más. Esto se colocaría en un soporte para armaduras, como los demás.

 

La segunda caja que investigó estaba llena de pequeños objetos que aparentemente no tenían relación el uno con el otro. Tras tocar un extraño cristal tallado en forma de copo de nieve y que este desplegara una helada en su oficina que le dejó mojado el cabello, cerró la caja. Esa iría a la pila de “advertencia: objetos mágicos desconocidos”, junto a las demás que había decidido ignorar.

 

La última caja era más ligera que las otras y no emitía ruido alguno que advirtiera qué se encontraba en su interior.

 

Con dedos cautelosos, Juan destapó la caja. Sus lentes se ajustaron sobre su nariz cuando los acomodó para analizar exactamente qué era lo que estaba viendo.

 

Un pesado marco de lo que parecía ser oro puro se acomodaba boca abajo en la caja. En el respaldo de este podia verse una nota escrita en tinta que ahora resultaba inteligible, seguramente debido a la antigüedad del objeto.

 

Tras mucho esfuerzo logró sacar el marco de la caja. Al girarlo, el aliento se le escapó.

 

En la foto colocada en el marco se podía observar una escena digna de miles de premios: los protagonistas de la toma eran nada más y nada menos que Foolish y Vegetta. El primero se encontraba sentado en una silla de terciopelo rojo, la sonrisa en su rostro dorado delataba la felicidad y se extendía hasta sus ojos esmeralda. Su ropaje era ligero y brillante, apenas cubriéndole la parte inferior del cuerpo, mientras que su cabello dorado y largo se extendía sobre sus hombros.

A su lado posaba Vegetta. De pie y con una mano reposando sobre la espalda del otro, el azabache sonreía con una calidez que Juan no reconoció. Sus pecas relucían gracias a que, en el medio de la composición se alzaba una elegante chimenea, el fuego que ardía en esta parecía lo más vivo que podía existir.

La vestimenta que portaba el azabache también parecía ser una más relajada a la que utilizaba actualmente, aunque claro, bajo su estilo característico; el pecho descubierto y unos pantalones morados con apliques dorados, además de unas botas altas de color blanco y guantes a juego terminaban de darle a la foto un toque especial.

 

Los ojos avellana de Juan repasaron la foto por un largo rato. Trató de descifrar dónde se había tomado, pues los estantes llenos de libros, el globo terráqueo tras ellos, la chimenea y los cofres organizados, aunque familiares, no eran unos que pudiera reconocer.

 

Algo que generó curiosidad en el castaño fue la mirada de los dos hombres en la foto. Ambos se veían rebosantes de alegría, sonriendo con emoción a quien fuera que se encontraba detrás de la cámara que había captado tan bien el sentimiento de sus almas.

 

Algo era raro.

Vegetta nunca había sonreído así, al menos no en presencia de Juan, y Foolish a pesar de ser una pequeña caja musical de risas, jamás había reído hasta que la alegría llegará hasta sus ojos de esa misma forma.

 

 

— ¡Juan, llegó Quackity a quejarse de no se qué!

 

 

La estridente voz de Roier llamándole desde el piso de abajo casi hace que a Juan se le cayera el marco de las manos. Carraspeó con fuerza y se acomodó los lentes una vez más, aun si nadie le veía.

 

 

— ¡En un rato voy! — respondió con fuerza. Más valía terminar con esto antes de que un descontrolado Quackity comenzara a parlotear sin fin por horas y horas.

 

 

Tras apoyar el marco con cuidado sobre una pared, se dedicó a terminar de sacar el contenido de la caja. Encontró tres fotos mas, todas protagonizadas por Foolish.

 

Las fotos no estaban en un elegante marco como la otra, no. Estas fotos parecían más casuales, como si hubiesen sido tomadas sin una planeación detrás, simplemente captadas en el momento ideal.

Una donde el híbrido de tiburón aparecía despreocupado, lleno de tierra de pies a cabeza mientras su mirada se fijaba en la imponente estructura tras el: un dragón gigante.

Otra mostraba al tótem huyendo de la cámara, una sonrisa inmensa en su rostro y una mano estirada hacia la toma cubriendo la mitad de esta y, en su camino, al ojo que asomaba al lado.

Y finalmente, una foto donde Foolish parecía charlar con… ¿ese era Mariana?

 

Un último marco en el fondo de la caja llamó nuevamente la atención de Juan. Su curiosidad fue mayor, y tras colocar las fotos de menor tamaño sobre su escritorio, sacó de su encierro otro marco de oro.

 

Esta foto parecía ser una tomada con mucha más delicadeza y empeño que las tres anteriores, pues esta era una de gran altura, el marco era tallado en detalles pequeños pero elegantes, además de que este poseía un matiz brillante que las otras fotos no poseían.

 

 

¿Qué es esto?

 

 

Su confusión se expresó en voz alta al analizar la foto.

 

Un bebé de no más de un año protagonizaba la foto, piel ligeramente morena y unos ojitos cerrados con relajación eran lo que se admiraba en un rostro infantil que parecía dormir en paz envuelto en sábanas doradas. Juan no reconoció el rostro, pero tampoco era como que el bebé de la fotografía tuviera edad suficiente como para mostrar rasgos definitivos.

Lo único que destacaba en el infante era una motita de cabellos oscuros y delgados que se asomaban de su cabeza, tan pero tan tupidos que casi lograban ocultar con éxito el rasgo distintivo: un par de cuernitos púrpura que apenas parecían crecer.

Era Molly, sin duda.

Aunque Tina también contaba con ese par de cuernos imposible de no ver, los de la soldada eran de un lila más suave y una forma distinta a la redondeada que eran los de la bebé de esta foto.

Entonces por consecuencia, la protagonista de esta foto era Molly. Más tarde se burlaría de ella por tener una foto tan ostentosa.

 

 

— ¡Juan, ya sal de ahí! ¡Quackity quiere remodelar su habitación desde cero con piedra! — Roier nuevamente gritó desde el piso de abajo, alertando al segundo al mando inmediatamente.

 

— ¿Qué? ¡No puede hacer eso! ¡Détenlo!

 

 

El castaño abandonó la foto momentáneamente para poder correr fuera de su oficina y atender la emergencia.

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

 

 

 

Si limpiar toda una mansión es complicado, imaginen construir un dragón gigante hecho solo de amatista.

 

Exacto. Eso era diez veces más cansado.

 

Para cuando Foolish observó el Sol comenzar a ocultarse tras la gran montaña en el horizonte, se sacudió las manos y decidió terminar su labor por el día de hoy.

 

Mientras subía las escaleras de la mansión en búsqueda de algo de consuelo de parte de su cómoda cama, el cabello dorado le revoloteaba por sobre los hombros.

Ahora lo utilizaba un poco más corto, los mechones más largos apenas le rozaban la clavícula.

Las voces de Molly, Tina y Alondra le llenaron los oídos apenas puso un pie dentro de la mansión. Las risas de las chicas rebotaban entre las paredes de arenisca e inconscientemente le hicieron dibujar una sutil sonrisa en su rostro cansado.

Tras un día solitario de construir bajo el fuerte sol, un poco de ruido le hacía bien a su extraviada alma.

Los pasillos estaban solitarios a pesar de que el ruido provenía de todas las habitaciones. Roier, en su cuarto, seguramente discutiendo con Quackity y Aldo, las chicas riendo de alguna hazaña aventurera, Robleis y Senpai conversando con mucha más calma, y… un caminar sin pausa y un abrir y cerrar de cofres en el último piso. Vegetta.

El semidiós estaba tan perdido en sus pensamientos que casi pasa por alto un brillo que le caló familiar en el pecho. Se detuvo a la mitad de su andar cuando, de reojo, alcanzó a ver una imagen que reconoció inmediatamente.

 

 

 

 

 

 

 



 

 

Juan siempre buscaba la paz en las cuatro paredes de su oficina. De verdad.

 

Y Foolish jamás se veía como una amenaza hacia aquella paz. Si, claro, a veces la interrumpía con sus tonterías y su insufrible risa contagiosa; pero aún así, Juan lo estimaba demasiado.

 

¿Ahora mismo? Foolish parecía una amenaza para cualquier ser vivo. Especialmente una contra la integridad y salud de Juan.

 

 

— Where did you get it?!

 

 

El estruendo de la puerta de su oficina siendo destruida como papel hizo que Juan soltara un grito de completo terror. La pared alrededor del marco de la puerta desmoronándose con rapidez tampoco ayudó a que se tranquilizara.

 

Fue la imagen de Foolish lo terminó de aterrarlo.

 

El semidiós había cambiado de estatura: ahora parecía medir casi tres metros, su postura se erguía haciéndole ver aún más ancho de lo que ya era, sus puños se cerraban con violencia, y sus ojos… eran aterradores.

 

Las esmeraldas que siempre relucían con alegría y diversión ahora parecían gritar peligro con la forma en la que ahora fulminaban al castaño de lentes.

 

 

— ¡Foolish, cálmate! ¿Qué carajo te pasa? — gritó el castaño mientras se levantaba de su silla, listo para reclamar. Se tragó las palabras inmediatamente cuando fue testigo de cómo el híbrido de tiburón le gruñía desde el pecho.

 

 

Alzo las manos en señal de rendición cuando el rubio comenzó a caminar en su dirección.

 

 

— Where did you get it? — repitió Foolish con una voz gutural que hizo temblar al otro. Su ceño fruncido y su afilada mandíbula cerrándose con fuerza apenas contenida demostraban que su pregunta no era una broma.

 

— No sé de que me hablas — respondió Juan con cautela. Su respuesta solo provocó que colmillos se asomaran de entre sus labios fruncidos — ¡Te lo juro, no sé de que me estás hablando!

 

 

El semidiós no sonreía. Ni siquiera trato de sonreír un poco para terminar de asustar al pobre Juan.

No había ni un solo atisbo de que las comisuras de sus labios tuvieran intención de elevarse.

 

 

— La foto, Juan — murmuró Foolish con voz lenta y un ligero acento colándose en sus palabras — Where the fuck did you get it?

 

 

El castaño balbuceó y titubeó un par de veces antes de poder responder. Cuando abrió la boca para formular una oración coherente, el golpe del puño de Foolish estampándose en su escritorio (y partiéndolo por la mitad con una facilidad aterradora) le interrumpió.

 

 

— ¿Qué está pasando ahí adentro? — ese era Aldo, gritando con valentía.

 

— ¡Déjennos pasar! — y Molly, claro.

 

 

Foolish ni siquiera se movió de su lugar. Con su gran tamaño era capaz de bloquear el gran agujero que solía ser su puerta, impidiendo así la vista hacia adentro de la oficina.

 

 

— So? Do you have an answer?

 

Juan se apresuró a asentir con la cabeza — ¡Estaba en una caja! No pensé que fuera a molestar, es solo una foto vieja…

 

 

Otro golpe hizo que el segundo al mando se callara inmediatamente. Esta vez su estante de libros era el que había pagado las consecuencias, pues yacía destrozado en el suelo.

 

Foolish parecía estar al borde del punto de quiebre. Su rostro había dejado de ser amable y lindo, pues ahora tomaba un aspecto de depredador al que no querrías cruzarte ni en sueños.

 

 

— How dare you? — el híbrido volvió a gruñir desde el pecho, sus ojos jamás abandonando la mirada asustada de Juan — Do you have any idea?

 

 

El castaño negó inmediatamente.

 

El tiburón se mantuvo quieto por un segundo. Al siguiente, ya se estaba abalanzando sobre el que parecía un diminuto y asustado Juan que probablemente sería reducido a cenizas en cuestión de momentos.

 

 

— Foolish, quieto.

 

 

Una voz ajena a la de los presentes en la oficina hizo que ambos se congelaran en su lugar. Juan buscó desesperado al dueño de la voz mientras se pegaba a la pared tras su espalda, huyendo del ancho cuerpo dorado que le acorralaba.

 

 

Veyitta — susurró Foolish, reconociendo al azabache y su tono severo sin tener que darse la vuelta para ver su rostro. Había sentido su magia de elfo teletransportándole tras él incluso antes de que pronunciara palabra alguna.

 

— Foolish — repitió Vegetta dando un paso adelante que hizo al semidiós tensarse en su lugar — ¿Qué estás haciendo? ¿Qué pasa aquí?

 

— ¡Vegetta ayúdame, está loco! — lloriqueó el de lentes mientras cerraba los ojos y giraba el rostro hacia la derecha, pues el otro se había acercado aún más a él, y ahora Juan era capaz de ver demasiado cerca sus afilados colmillos de tiburón.

 

El semidiós gruñó y estampó el puño con firmeza justo sobre la cabeza de Juan — Shut up.

 

 

Las botas de Vegetta hicieron un ruido repetitivo sobre la madera del suelo. Juan abrió un ojo para tratar de divisar a su jefe, pero el amplio pecho del semidiós y su severa mirada se lo impidieron.

 

Rezó a todos los dioses que conocía para que tuvieran piedad de él y no terminara como su puerta: en pedacitos.

 

 

— Foolish, tell me what’s wrong — pidió Vegetta con firmeza, más agregando un tono dulce que solo parecía saber utilizar con el aludido.

 

 

El rubio cerró los ojos y su expresión pareció destensarse por un momento. Aquello no calmó a Juan, pues en lugar de mostrar enojo, Foolish parecía estar a punto de derrumbarse.

 

 

— La foto — murmuró el tiburón, tomó una profunda bocanada de aire y se giró levemente hacia la derecha para poder ver de reojo al azabache — In the hall.

 

 

Vegetta no pareció entender que era lo que la esmeralda mirada dolida de Foolish trataba de comunicarle. El azabache posó su mirada púrpura ahora sobre Juan, quien había aprovechado la distracción del semidiós para escabullirse hacia el lado contrario.

 

 

— ¡No sé de que habla, Vegetta! — suplicó el de lentes una vez su jefe alzó una ceja en su dirección — Yo solo colgué algunas fotos viejas, tuyas, de Roier, Molly de bebé, no tengo idea de porque eso para Foolish resulta tan…

 

— ¿Molly de bebé? — interrumpió el azabache.

 

 

Juan asintió con la cabeza, aún confundido y un tanto consternado por la salud mental de los dos hombres.


Foolish parecía haber calmado su sed de sangre. Se había retirado de donde acorralaba a Juan y ahora simplemente estaba de pie, encorvado y con una expresión indescifrable.

 

 

El azabache volvió a tomar la palabra, la misma expresión que el rubio poseía poco a poco se dibujaba en su rostro también — Juan, yo no tengo fotos de Molly de bebé. ¿De quién…?

 

 

Vegetta no terminó de enunciar su propia frase, pues pareció encontrar la respuesta en las esmeraldas de Foolish, quien ahora solo parecía mirarle a él como quien mira a quien ha perdido el mayor de sus tesoros.

 

El silencio se elevó en la oficina. El Rey del Norte parecía haberse quedado sin habla y eso estaba preocupando a Juan, pues su jefe parecía jamás ser capaz de silenciar su infinito parloteo.

 

Un suave destello purpura se elevó de entre los suelos, Juan descubrió que el causante de este era nada más y nada menos que Vegetta, quien parecía tratar de limpiar el desastre de madera y arenisca destruidos que era la oficina de Juan.


Mientras una estela mágica se deshacía de astillas y residuos, el Rey parecía incapaz de dejar de observar a Foolish.

 

 

— ¿Vegetta?

 

 

La palabra del castaño de lentes ni siquiera fue tomada en cuenta por el aludido.

 

A pasos cortos y cautelosos se acercó hasta estar a un lado de Foolish.

 

Vegetta se veía pequeño al lado de la gran altura que el semidiós había tomado. Hace tanto tiempo no le veía tan alto.

Se deshizo de uno de sus guantes blancos con lentitud, y una vez su mano estuvo libre de obstáculos, esta fue a parar a la muñeca dorada del híbrido.

 

La mirada verde de Foolish se elevó lentamente hasta que encajó a la perfección con la empatía de los ojos morados de Vegetta.

 

El corazón parecía haberse detenido en el pecho de los dos hombres.

 

 

— Vamos, Foolish.

 

 

La suave voz del Rey fue algo inesperado para el segundo al mando. Ese tono cariñoso e íntimo fue tan real que se sintió mal haberlo escuchado sin ser el receptor que se deseaba.

 

El tono melódico de la voz del azabache pareció hipnotizar al semidiós, pues este se enderezó nuevamente y comenzó a arrastrar sus pesados pies hasta donde se encontraba Vegetta de brazos abiertos.

 

Cuando Foolish se estampó en el pecho de Vegetta y este intentó cerrar los brazos alrededor del torso dorado, las estelas de magia amarillas y púrpura comenzaron a brotar.

 

La imagen podía haber sido cómica. Un semidiós de ahora casi cuatro metros abrazado a un hombre de solo 1.80, y, aún así, Foolish se veía diminuto entre los brazos de Vegetta.

 

 

 

— Ven, Foolish, ven — el susurro del azabache fue uno de consuelo puro. El rostro del tiburón se había tratado de ocultar en la curvatura del hombro y el cuello de Vegetta, pero con su gran tamaño la labor era difícil.

 

 

Juan pudo ver como los párpados de Foolish se cerraban con fuerza, como tratando de respirar con normalidad mientras alguien incrustaba una daga en el medio de su garganta.

 

La mirada firme de Vegetta se posó sobre Juan.

 

El castaño deseó nuevamente hacerse bolita y hundirse unos diez metros bajo la arenisca y la montaña.

 

 

— Quita la foto, Juan.

 

 

Los ojos amatista de Vegetta brillaron con una autoridad y poder que le dio escalofríos al segundo al mando. El púrpura de sus orbes se intensificó hasta que su cuerpo y el de Foolish comenzaron a brillar; segundos después y tras un breve resplandor y el susurrar de un conjuro, ambos habían desaparecido de la oficina.

 

 

 

 



 

 

 

 

 

El sentimiento del estómago revolviéndose mientras todos tus átomos vuelven a acomodarse centímetro a centímetro gracias a la teletransportación sin una piedra es nauseabundo, de allí la razón por la que Vegetta jamás la utilizara.

 

Pero todas las veces que la había utilizado mientras se aferraba al dorado cuerpo de Foolish, la sensación de náuseas se transformaba en una caricia que le recorría desde los pies a la cabeza.

 

El simple hecho de sus magias inmortales reconociéndose la una a la otra eran suficiente para hacer de un chispazo todo un incendio.

 

Aparecieron en su habitación. La luz del Sol se había acabado hace rato ya, solo quedaba la iluminación de sus faroles bronce y velas que estaban a punto de consumirse.

 

 

Veyitta.

 

 

La voz baja y cautelosa del semidiós hizo reaccionar al Rey. Los brazos de Foolish se habían desenganchado de su cuerpo, su estatura nuevamente se había reducido a sus usuales dos metros y su creciente furia parecía haberse apagado.

 

 

— I’m sorry. I didn’t mean to… — las palabras parecían no acomodarse de forma correcta en la lengua del rubio. Sacudió la cabeza, clavó los ojos en el suelo y suspiró con pesadez — Repararé la oficina. I’m really sorry.

 

 

El azabache apretó los labios y negó con la cabeza a forma de desaprobación.

 

 

— No me interesa la oficina, Fooel viejo apodo en los labios dulces del Rey sonó como una vieja melodía olvidada en los oídos del aludido. Vegetta se acercó despacio al rostro dorado e incluso se atrevió a rozar con el dedo índice su afilada mejilla — La foto — mencionó.

 

El tiburón volvió a cerrar los ojos con fuerza y se abrazó a sí mismo — No es importante.

 

— Lo es, lo es si es razón suficiente para que te ponga así — y dicho esto, el Rey acunó el rostro del semidiós en su mano derecha. Instintivamente, Foolish se acomodó sobre el familiar calor de la palma de la mano que hacía tanto no le tocaba.

 

 

La expresión de dolor en la carita del tiburón estaba destrozando el corazón del Rey. Ni siquiera las caricias de su pulgar sobre su pómulo parecían ser suficientes para sanar el dolor que no se podía curar con solo una venda.

 

 

— Tell me, please Foolish — suplicó el azabache en un susurro — ¿La foto era de…?

 

 

La última palabra se le atoró en la garganta.

No fue capaz de pronunciar tres simples letras.

 

El rubio tomó aire y se agachó un poco, solo lo suficiente para que su frente se recargara contra la de a quien alguna vez llamó como a nadie había llamado.

 

 

Leo.

 

 

El corazón de Vegetta se saltó un latido. Las puntas de sus dedos se congelaron sobre la piel del semidiós, y este se apresuró a envolver las manos enguantadas con las suyas.

 

 

— It was Leo.

 

 

Foolish repitió el nombre que ninguno de los dos se había atrevido a pronunciar tras el pasar de los años, pues este sonaba a una vieja fábula que les atormentaba por las noches, en los sueños, los atardeceres y las pesadillas.

 

Ardía en el fondo de la garganta la sola mención de su pequeña hija.

 

Su preciosa, chiquita y valiente Leo.

 

Los ojos amatistas de Vegetta comenzaron a picarle de pronto; años de haber cavado un gran agujero, vomitar su dolor y enterrarlo bajo una montaña y una lujosa mansión de pronto habían hecho erupción.

 

Su linda niña, su pollito.

 

De pronto, el dolor de Foolish ya no estaba solo. Ahora la miseria de Vegetta se había acomodado en una banca a su lado, ambos sentados bajo una tormenta eléctrica de la que no sabían cómo escapar.

 

 

— I’m sorry, Foolish — susurró en un hilo de voz el Rey del Norte, más su confesión no correspondía a ese título ahora mismo. El inicio de un sollozo se atoró entre un pesado suspiro de culpa — Nunca debí dejarlos.

 

 

El rubio apretó las manos del azabache entre las suyas aún más fuerte.

 

 

— It’s not your fault.

 

 

Vegetta de pronto perdió todo control sobre su estricto código de conducta Real. El sollozo que reprimió por años finalmente se le escapó de entre los labios y aterrizó directamente sobre el pecho de Foolish.

 

El semidiós observó de cerca lo que jamás se veía dos veces en la vida: Vegetta, el Guerrero más fuerte, la leyenda hecha persona, el Mago más experimentado, el respetado Rey del Norte, estaba llorando.

 

Vegetta jamás había derramado una lágrima, al menos no en presencia de Foolish.

 

Aquello lejos de descolocarle le hizo acercarse más. Con humedad recorriéndole las pestañas y un punzón en el medio del alma, el rubio subió una mano hasta la cabellera negra del guerrero, acomodó la otra alrededor de su torso y le acomodó en su pecho.

 

Acurrucado y escondido de toda luz contra el firme pecho del tiburón, Vegetta se permitió derrumbarse por primera vez.

 

Su llanto lejos de ser escandaloso era tenue, apenas notable. Cualquiera hubiera dado por alto los silenciosos hipidos y los cortos suspiros sino estuvieran proviniendo de la habitación del Rey del Norte.

 

 

— ¡Foolish, Foolish! ¿Qué pasa, están bien? — Aldo gritaba con pánico en su tono golpeado, aporreando la puerta con insistencia.

 

 

Vegetta se pegó aún más a Foolish. El tiburón apretó más fuerte el cuerpo del Rey.

 

 

— Foolish — llamó el azabache aún escondido en la piel brillante del otro — La extraño.

 

 

El semidiós contuvo la respiración un momento, al siguiente, recargó la barbilla en lo alto de la cabeza del azabache, sus ojos esmeralda acabaron viajando hasta el ventanal de la habitación, ahí donde se observaba a lo lejos un dragón de gran tamaño.

 

 

— I know, Veyitta — finalmente respondió, su mirada bajó hasta la piel ahora roja del rostro del azabache, irritada por el llanto que se escurría hasta sus labios — I miss her too. More than anything.

 

 

La confesión de que ambos aún se encontraban atascados en el medio de la tormenta fue tan revelador como de esperarse. Tras el correr de los años, las cosas habían cambiado y poco a poco habían tomado una distancia que no era lo que sentían correcto, pero en la que ambos habían estado de acuerdo.

 

El recuerdo punzante de la hija que criaron juntos hizo que, como si fuese magia, el chispazo que siempre había estado entre los dos de pronto se elevara hasta crear una llama de fuego.

 

Vegetta pareció calmarse, su respiración se había estabilizado de nuevo y sus manos se engancharon en los amplios hombros de Foolish.

 

El cuerpo del tiburón era tan lejano como familiar. Sabía exactamente dónde había cicatrices y dónde era sensible, pero tocarlo ahora mismo se sentía como si fuese la primera vez.

 

 

— Déjame decirles a los niños que todo está bien. Son unos dramáticos — comentó Vegetta, un intento de sonrisa asomándose de entre sus perfectos dientes blancos.

 

Foolish imitó su expresión y dejó una sutil caricia sobre su cabellera antes de soltarlo por completo — Como su padre.

 

 

Ambos rieron suavemente, pero Foolish no soltó una gran carcajada y Vegetta no elevó el volumen de su risa.

 

El azabache se acomodó la gran capa morada sobre los hombros y volvió a ponerse el guante de la mano derecha.

 

Aldo, Molly y Roier esperaban pacientemente junto a la puerta (por no decir que prácticamente tenían la oreja pegada a ella) a que apareciera Vegetta. Cuando por fin este salió y explicó con calma y una confianza que solo podría proyectar alguien con tantas emociones vividas, logró convencerles de que todo estaba bien y no había ninguna guerra a la que ir.

 

Foolish observó silencioso el diálogo entre el Rey del Norte y sus hijos.

 

El azabache pronto había enviado a Molly y Aldo lejos, probablemente con la excusa de que necesitaba algo, más Roier fue difícil de convencer.

 

El muchacho se adentró en la amplia habitación, manos en los bolsillos de sus sencillos pantalones y una expresión neutral en el rostro. Pronto llegó hasta donde el semidiós observaba el paisaje en silencio.

 

 

— Roier — el rubio reconoció sin moverse ni un centímetro, simplemente sintiendo su calidez posarse a su lado.

 

 

El aludido no mencionó ni una sola palabra. Solo miró al mismo punto del dragón en el que tanto tiempo llevaba perdido su padre, suspiró con suavidad y recargó su cabeza en su hombro.

 

Era trabajo complicado debido a la altura del tiburón, sí, pero aquello no hizo menos el pequeño acto de empatía que demostraba el Príncipe Heredero, su Roier.

 

El semidiós eventualmente cedió a la calidez y al consuelo, pues cerró los ojos y recargó ligeramente su cabeza sobre la de su hijo.

 

 

— Foolish.

 

 

El llamado de Vegetta hizo que ambos se giraran ligeramente sin romper la unión. El azabache se acercó con una pequeña sonrisa y se posó al lado de Roier, apretujándolo en el medio de los dos.

 

 

— Aún le debes una disculpa a Juan, Foo.

 

 

Roier soltó una risita por lo bajo que no buscaba ser disimulada. El semidiós bufó sarcástico y empujó al castaño hasta que este chocó con Vegetta.

 

 

— No peleen — riñó el azabache, ahora aprovechando su cercanía para envolver el hombro del castaño con uno de sus brazos. Extrañamente, Roier no protestó ni agregó un chiste sobre la interacción, solo se dejó querer.

 

 

Los tres se mantuvieron en silencio los siguientes minutos: atentos hacia el brillo de la luna llena reflejado en las amatistas de la cabeza del dragón, en las espesas hojas de los árboles moviéndose gracias a la brisa, y el recuerdo compartido de un par de verdes ojitos dragón que ya no volverían a abrirse.

 

Conforme el tiempo iba pasando y la luna se posaba más arriba en el cielo estrellado, el castaño pareció estar satisfecho con la aparente relajación de sus padres.

 

Se irguió y se soltó de sus agarres con suavidad, ganándose las miradas de ambos.

 

 

— Descansen, apás — les regaló una de sus amplias sonrisas y los dos se deleitaron con la forma en la que esta se extendió hasta achinar sus ojos marrones.

 

Vegetta inclinó la cabeza y correspondió la sonrisa, Foolish aprovechó y estiró una mano hasta revolverle el cabello chocolate con emoción — Thank you, Roier. Descansa.

 

 

El joven asintió con la cabeza y se marchó del lugar con una sonrisa aún más grande. Ninguno de los dos mencionó el hecho de que, para descansar, Foolish probablemente debería haber vuelto a su propia habitación.

Las estrellas poco a poco se acomodaban una más cerca de la otra, brillando y titilando al mismo ritmo que los corazones de ciertos seres que aún seguían en silencio. La gran cama decorada con luz tenue y preciosas sábanas púrpura de seda cada vez se veía más tentadora a ojos de un cansado Rey.

 

El tiburón notó como la respiración del azabache se había ralentizado; le analizó de reojo y notó, como solo él podía, la forma en la que su espalda se encorvaba muy ligeramente, como sus pestañas se juntaban más seguido, y la forma en la que cambiaba de posición para cargar su peso sobre el pie izquierdo.

 

De forma instintiva una de sus doradas manos fue a parar hasta los dedos enguantados de Vegetta, quien respingó ante el repentino contacto.


Los ojos amatista del Rey se posaron sobre las esmeraldas de Foolish.

 

Vegetta cedió ante la petición no expresada verbalmente y dejó que sus dedos se entrelazaran con los del tiburón; la unión de sus falanges hizo que una estrellita titilara más fuerte en el amplio cielo.

 

Cuando sus manos estuvieran juntas el rubio tiró suavemente del azabache para así poder encaminarle hacia la cama. Se sentaron en el borde de esta con naturalidad, sin soltarse de las manos y sin dejar de mirarse el uno al otro, callados y dubitativos sobre exactamente qué decir.

 

 

— Roier it’s a good boy — comenzó el rubio, dejando que su comentario flotara en el medio de ambos con neutralidad; en respuesta recibió una sonrisa sincera dejando los labios ajenos — Hiciste un buen trabajo con él.

 

El azabache negó con la cabeza, su pulgar acariciaba el dorso de la mano dorada con lentitud — Yo no hice nada, él ya era un trocito de cielo… solo le gusta fingir que no lo es — hizo una pausa en la que parecía pensar en lo que iba a decir — Y en todo caso, hicimos un buen trabajo. Us.

 

— Us — Foolish repitió con una expresión indescifrable — It’s been a long time.

 

 

El Rey del Norte no respondió. Aquello no era una pregunta, sino un hecho. Su reencuentro había sido turbulento, aunque en un principio esperanzador, los sentimientos no expresados y los hechos del pasado eran fantasmas que les habían forzado a no poder mantenerse las miradas como antes lo hacían.

 

Para Foolish, volver a ver al azabache tras casi una década desde la pérdida de su niña, el distanciamiento y un “hasta pronto” había sido abrumador. Jamás hubiera esperado que el mago le saludara mientras un par de adolescentes le escudriñaban con la mirada, y mucho menos que el par de adolescentes en cuestión tuvieran rasgos idénticos a los de Vegetta.

 

Costó bastante tiempo ajustarse a la nueva realidad, pero poco a poco comprendió que aquello había sido resultado de sus… encuentros casuales, sus magias inmortales mezcladas y otras cuantas coincidencias.

 

Aún así, a veces le dolía observar la sonrisa de los mellizos, su forma de expresar felicidad siempre le resultaba demasiado similar a la de su pequeña dragoncita.

 

 

 

— Casi dos décadas — el murmuró de Vegetta volvió a llamar la atención de Foolish, quien había dejado que su mirada verde viajara por todo el rostro afilado del otro — Como te extraño, mi Foolish.

 

 

El semidiós dejó de respirar un momento.

 

Para Vegetta, volver a ver al rubio había sido un golpe en el estómago, pues no se esperaba verle completamente intacto, con su gran sonrisa de siempre dibujada en sus bonitos labios y su esplendor de oro retratado en sus chistes tontos.

 

El verle tan motivado a seguir adelante, siempre apoyando a todo y todos, carismático y amable, fue el castigo que el azabache se había impuesto golpeándole en el rostro.

 

La culpa que Vegetta llevaba encima tras haberse ausentado tanto tiempo del lado de su familia era demasiada, tanta que ni siquiera sus hazañas, lujos, escándalos y revuelos en otros reinos lograban hacerlo llegar a olvidarla.

 

 

Foolish se removió ligeramente de su asiento en la cama, en el proceso de su movimiento dejó ir los dedos del azabache — You know… — se ganó la atenta mirada púrpura del otro cuando suspiró tras dos palabras, pensativo — I miss you too.

 

 

El Rey ladeó la cabeza y le dedicó una sonrisa sin alegría al semidiós.

 

 

— No espero que me perdones, Foolish. Solo quiero que estemos en paz.

 

El rubio imitó la pose de Vegetta, ladeando la cabeza para poder ver en el ángulo correcto los orbes amatista que buscaban ocultarse y fallaban en el intento. Dejó que sus ojos trazaran un mapa por las pecas del Rey, deteniéndose en cada puntito  de sus mejillas, nariz y pómulos. La mano desocupada acabó por subir instintivamente hasta la gran cicatriz en el rostro del otro — I’m not sure if we can do that, Veyitta.

 

Los ojos púrpura se cerraron y sus cejas tambalearon en una expresión de dolor — I know.

 

 

Foolish sonrió. Su pulgar acarició el borde de la cicatriz que se acercaba a los labios ajenos y se permitió tocarlos un ínfimo segundo.

 

 

— I mean, the peace part.

 

 

Vegetta abrió un ojo, confuso. Al encontrarse con la linda sonrisa de Foolish, se confundió aún más.

 

 

— ¿Qué dices, niño?

 

 

El semidiós rió brevemente, su pulgar se deslizó hasta la barbilla del azabache y descansó allí para permitirle deleitarse con la forma en la que su labio inferior se despegó del superior. La carita confundida de Vegetta era una obra de arte.

 

 

— I’m saying that I’m not sure about the peace — aclaró Foolish con diversión iluminando su rostro — Not if you keep bringing people here.

 

 

Vegetta poco a poco logró comprender que se le estaba diciendo. Al entenderlo, una risa y una exhalación se escaparon de sus labios inevitablemente.

 

Amatista y esmeralda brillaron por un momento.

La estrellita en el cielo que observaba atenta reflejó ese brillo y lo multiplicó mil veces más.

 

El Rey del Norte se atrevió a acercarse un poco más. Foolish permitió que sus rodillas descansaran la una contra la otra.

 

El rubio se inclinó lo suficiente como para que Vegetta pudiera estirarse y sus narices quedaran en un ángulo ideal para mirarse de cerca. El azabache elevó el rostro y tomó la mano que aún sostenía su barbilla.

 

Sus alientos se mezclaban y sus pestañas eran visibles desde ambos puntos de vista.

 

Foolish esperó.

Vegetta se lanzó de lleno contra él.

 

El beso que los labios del Rey depositaron en la mejilla del semidiós fue una linda confirmación de que no habría más espera.

 

Los brazos de Foolish rodearon la espalda del azabache y le atrajeron hasta pegarlo completamente a su pecho, cualquier código real, distancia, décadas o cicatrices quedaron olvidadas una vez sus corazones estuvieron frente a frente.

 

Vegetta cerró los ojos y sostuvo al tiburón con una fuerza demoledora, sus dedos pintaron patrones delicados sobre la piel dorada y, por un glorioso momento, las cadenas de su infinita culpa fueron olvidadas.

 

 

  Can I…? — el susurro del rubio golpeándole una de sus puntiagudas orejas le causó escalofríos, pero no le hizo separarse.

 

 

El azabache no dejó que Foolish terminara su pregunta. Tomó entre sus manos el rostro dorado y finalmente permitió que sus cadenas se aflojaran lo suficiente como para besar apropiadamente a su amado.

El tiburón saboreó el anhelado elixir que eran los labios del otro acomodándose como ángeles sobre los suyos. Sus manos fueron a parar hasta la nuca del Rey, y ahí, le empujaron aún más cerca.

 

Aquello era el beso del reencuentro que aún no habían compartido hasta hoy: el reencuentro de sus almas ahora entrelazadas.

 

Un dulce chasquido rebotó en la habitación cuando el azabache se separó en búsqueda de aire. Su respiración y expresión de alegría fueron sofocadas por el inicio de un beso aún más feroz e intenso por parte de Foolish. Su Foolish.

 

Las botas blancas de Vegetta acabaron por colocarse sobre las sábanas cuando este se colocó sobre sus rodillas en medio los fuertes muslos de Foolish. Sus guantes se perdieron sobre el hombro del semidiós y el cabello de este se enredó en los dedos del Rey.

 

El jadeo de sus desesperaciones tratando de derramar sobre la boca del otro todo anhelo que antes había sido reprimido acabó por ser interrumpido gracias a la puerta de la habitación siendo azotada al abrirse de golpe.

 

 

— ¡Vegetta!

 

 

La exclamación de Juan les hizo detenerse cuando los dos brincaron del susto.

 

La expresión en el rostro del castaño de lentes fue una verdadera obra de arte. Sus ojos estaban completamente abiertos y las palabras que iba a pronunciar parecían haberse esfumado de su cerebro en cuanto este comprendió que era lo que acababa de irrumpir.

 

 

Juan se aclaró la garganta, desvió la mirada chocolate hacia el suelo del lugar y comenzó a juguetear con sus dedos mientras volvía a reunir el valor para hablar — No era mi intención interrumpir. Quería disculparme por la foto…

 

 

Vegetta y Foolish compartieron una breve mirada.

Al mismo tiempo y con una coordinación aterradora se desentrelazaron el uno del otro. El azabache se levantó de la cama y buscó acomodarse la capa púrpura sobre los hombros, mientras que el semidiós se levantó y tomó pasó hasta donde Juan esperaba.

 

 

— I’m sorry, Juan. I shouldn’t have reacted like that down there.

 

 

Los ojos temerosos y avergonzados del segundo al mando tambalearon antes de poder fijarse en la mirada arrepentida que cargaba Foolish.

Negó con la cabeza y agachó esta, como un niño regañado.

 

 

— Fue mi culpa. Debí darme cuenta que esa no era Molly y, bueno… Lo lamento mucho — dijo, y antes de que pudiera obtener una respuesta, se agachó para tomar algo recargado en el marco de la puerta — Acéptenla, por favor.

 

 

Foolish observó perplejo como Juan extendía el gran marco de fotos hacia sus manos. La foto de su linda niña reposando tan en paz en ella le hizo inflar el pecho con dificultad.

 

El semidiós aceptó y tomó con cuidado el marco. Su mirada esmeralda se detuvo sobre la de Juan y le sonrió.

 

 

— Gracias, Juan. You’re not that bad.

 

 

La mueca formándose en los labios del castaño hizo que a Foolish se le escapara una risilla.

 

El Rey del Norte apareció tras la espalda del tiburón, su mano se posó alrededor del hombro de este y sus ojos se detuvieron sobre la dichosa foto de la que el aún no había sido testigo.

 

Un suspiro fue lo que escapó de sus labios. Su cabeza se recargó sobre el brazo de Foolish y estiró una mano hasta tocar la foto, allí donde se veía la redonda carita de su niña.

 

 

— Foolish reparará tu oficina, Juan — anunció al castaño, aunque también servía como un recordatorio para el tiburón. Que no creyera que se le iba a olvidar. — Gracias.

 

 

El de lentes asintió con la cabeza. Estaba fascinado con la forma en la que los ojos de su jefe podían cambiar de una gran autoridad a una dulzura tan paternal en cuestión de segundos.

 

La puerta fue cerrada nuevamente, los pasos de Juan perdiéndose en las escaleras fueron la confirmación de que se encontraban en privacidad nuevamente.

 

Vegetta no había podido dejar de mirar la foto. Cada facción de la niña capturada en la imagen le resultaba mágico. Y vaya, realmente lo era.

 

 

— ¿Dónde vas a colocarla? — preguntó con voz dulce Foolish mientras señalaba al marco dorado.

 

 

El azabache pareció pensarlo por un momento, se giró para analizar la habitación entera como si fuese la primera vez que la viera a profundidad. Frunció el ceño y aquello le dio a entender al otro constrictor que la respuesta aún no era clara.

 

 

— What about there?

 

 

Vegetta siguió el dedo del tiburón que señalaba a un espacio vacío justo sobre la cama donde hace poco habían reposado.

 

— No, definitivamente allí no — respondió con la seguridad de alguien que sabe exactamente lo que dice. Tomó el marco de las manos del otro y lo llevó hasta una pared cerca de la gran ventana, donde comenzó a jugar con la colocación del espacio.

 

El tiburón se vio interesado en la ambigua respuesta — ¿Por qué no?

 

 

El Rey del Norte sonrió. Foolish inmediatamente reconoció lo que esa sonrisa traviesa significaba.

 

 

— No es el lugar apropiado para la niña — afirmó. El recuerdo de sus palabras años atrás hicieron que el corazón del semidiós se derritiera — Además… si la ponemos justo ahí, verá lo que haremos una vez duermas en esta cama, conmigo.

 

 

La invitación dejada caer con sutileza hizo que Foolish riera y negara con la cabeza.

 

 

— Take me to dinner first, King — murmuró el semidiós, y, actuando totalmente en contra de su petición, rodeó por la espalda al azabache.

 

 

Vegetta sonrió pleno y dejó que la inmensa fuerza del tiburón le arrastrara de espaldas hasta la cama.

Cuando sus cuerpos chocaron con el borde del colchón e inevitablemente cayeron sobre este, el azabache finalmente se libró de los brazos del otro y se acomodó frente a él.

 

El semidiós le observaba en silencio, simplemente adorando el silencio y la punta redonda de la nariz de Vegetta.

 

El azabache subió una de sus piernas hasta rodearla cadera del otro con esfuerzo. Se acercó hasta que sus frentes quedaron pegadas y sus pestañas casi se rozaban la una con la otra.

 

Las estrellas brillaron más fuerte en el cielo de la noche.

 

Foolish se inclinó hasta dejar un breve beso en la nariz de Vegetta. Dejo otro más en su mejilla, otro en sus labios y luego inició un camino de besos húmedos desde su barbilla hasta el comienzo de su pecho.

 

El Rey se dejó hacer. Se acomodó con la espalda pegada a la cama para que el rubio se colocara encima de él y siguiera bajando más sobre su piel plagada de cicatrices.

 

Con delicadeza y lentitud el semidiós llevó los dedos hasta la capa del otro, la retiró y acarició con paciencia los músculos de su brazos, las heridas sanadas sobre su piel plagada de pecas y la forma en la que estas siempre resaltaban.

 

Le siguieron los púrpuras pantalones, el grueso cinturón de oro y las pesadas botas de tacón color marfil.

 

Los ojos cerrados de Vegetta y su gran expresión de satisfacción dibujada transmitía la relajación al corazón que le provocó sentir los afilados colmillos del tiburón mordiéndole con suavidad la piel de todas partes: los muslos, los hombros, el pecho, el cuello y los labios.

 

Ambos derramaron sus pasiones, anhelos y dolores en la unión húmeda de sus labios, todo mientras las ágiles manos del Rey se encargaron de despojar de la única prenda que poseía al semidiós.

 

Una vez piel contra piel, volvieron a recostarse frente a frente. Esmeralda y amatista una vez más.

 



— Vamos a hacerlo bien esta vez — sentenció el azabache mientras peinaba la cabellera rubia del otro hacia atrás, una especial fijación en su melena que no podía ocultar.

 

 

 

El semidiós asintió con la cabeza de acuerdo con la proposición del azabache, una proposición que ambos sabían abarcaba todo.

 

 

 

— We will — Foolish aceptó y se estiró hasta atrapar el cuerpo cálido contra el suyo — You and me.

 

— Together — completó Vegetta. Dorado y púrpura destellaron en la habitación cuando sus ojos se atraparon el uno al otro al mismo tiempo — In all lives.