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Draco Malfoy y el Efecto Estelar

Summary:

Hace un largo tiempo atrás, alguien que estaba destinado a morir vivió—y alguien más, que estaba destinado a vivir, perdió la vida.

Casi una década después, Draco Malfoy—un huérfano creciendo con su horrible tía y tío en Francia—tiene un undécimo cumpleaños muy inusual. Aprende la verdad sobre sus padres, sobre la extraña quemadura en forma de estrella sobre su pecho, y sobre una vida deliberadamente ocultada de él.

Su mundo se llena de magia, pero no sin sus determinados riesgos. Después de todo, sólo se le llama el Niño Que Vivió porque alguien intentó—y falló—en matarlo. Y en cuanto más aprende sobre el mundo de su padre, Draco sospecha que el Portador de Cenizas no ha terminado con él todavía.

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Esta Traducción de Draco Malfoy and the Starburst Effect pertenece a Tessa Crowley (tessacrowley)

Chapter 1: El Niño Que Vivió

Chapter Text

El señor y la señora Mercier, residentes del número 4 de la calle d’Avranches, no tenían gran cosa y estaban acostumbrados a luchar por conservar lo poco que tenían. Vivían juntos en uno de los barrios más conflictivos de Nantes, donde el señor Mercier trabajaba en una fábrica de conservas de pescado y su esposa limpiaba las casas de gente que vivía en zonas más acomodadas de la ciudad.

No tenían hijos, lo cual era motivo de discordia entre ellos. Madame Mercier se negaba a esa posibilidad y nunca había sido capaz de justificar su razonamiento de forma satisfactoria para su marido.

De hecho, había muchas cosas de su esposa que el señor Mercier encontraba desconcertantes y exasperantes. ¿Por qué hablaba con tanto desdén de Inglaterra, a pesar de haber nacido allí? ¿Por qué siempre miraba con malicia a los magos callejeros que actuaban en el centro de la ciudad, pero no a los músicos ambulantes ni a los mendigos? ¿Y por qué siempre afirmaba, cuando se le preguntaba, que no tenía familia, a pesar de que Monsieur Mercier sabía que tenía un hermano —o al menos estaba casi seguro de que lo tenía—? Rara vez hablaba de él.

Apenas ganaban lo suficiente para sobrevivir entre los dos, y discutían con frecuencia —entre ellos, con sus vecinos y, en ocasiones, incluso con perfectos desconocidos—, pero las discusiones nunca parecían inspirar ningún cambio. Continuaban en una ciudad que no les gustaba, en trabajos que les repugnaban y en un matrimonio que casi nunca era feliz porque, como siempre decían cuando se les presionaba al respecto, ¿a dónde más irían?

Severus Snape sabía todo eso sobre ellos porque llevaba tiempo observándolos, desde la distancia. También sabía algunas cosas más: que se llamaban Marc y Marie, que estaban enzarzados en una disputa con su vecino por un perro y que Marc desarrollaba un problema con la bebida. A Snape no le caían bien y, de estar en sus manos, habría regresado a Inglaterra hacía días.

Pero no se trataba de lo que él quería, y cuando en una tarde de noviembre bastante anodina, oyó un fuerte chasquido procedente del otro extremo de la calle en la que vivían los Mercier, supo que todo el disgusto había merecido la pena.

La noche se había tragado la pequeña calle residencial y sus estrechas casas adosadas. Snape se erguía alto y delgado bajo un haz de luz naranja, vestido completamente de negro. Un coche pasó a toda velocidad, tan peligrosamente cerca que el conductor no debía de haberlo visto en absoluto, y la ráfaga de aire le levantó el dobladillo de su larga túnica. Snape no dio ninguna señal de haberse dado cuenta; miraba fijamente hacia la oscuridad al otro extremo de la manzana.

Otra figura se encontraba a cierta distancia, ni tan alta ni tan delgada, vestida de un verde jade intenso. Con una mano, hizo un gesto que apagó todas las farolas a la vez. Con la otra, sostenía un pequeño bulto contra su pecho.

Snape enderezó los hombros, dilató las fosas nasales y se dirigió a paso rápido hacia la figura, que oyó los pasos y se dio cuenta de que no estaba sola.

“Supongo que no debería sorprenderme que estés aquí,” dijo la figura. Su voz, un tenor agudo y claro, era formal y rígida, pero no desagradable.

“Director, está cometiendo un error.”

“Rechazo la premisa de la acusación. No estoy cometiendo ningún error porque no estoy tomando ninguna decisión. El contrato es vinculante. Aquí es donde va a vivir.”

Al mismo tiempo, ambos miraron hacia la casa. El número “4” de latón se había desprendido de la puerta hacía tiempo, dejando solo un hueco en la pintura sucia y dos agujeros taladrados donde antes había estado fijado. Bajo la ventana delantera había una jardinera llena de plantas muertas hacía tiempo en una tierra negra y pastosa.

“Llevo tiempo observándolos,” dijo Snape.

“Sí, me imaginaba que lo harías,” respondió el Director, y abrió con suavidad la verja que daba al jardín delantero, abarrotado de muebles rotos y herramientas de jardinería en desuso. La verja, aunque oxidada, se abrió silenciosamente bajo la mano del Director.

“Son horribles. Entre ellos y con todos los demás. El marido se encamina a morir por intoxicación antes de que termine la década, y la mujer puede que haya envenenado o no al perro de su vecino con estricnina.”

“Son la única familia que le queda.”

“No, no lo son,” dijo Snape, con la voz tensa por la alarma. Siguió al Director por el camino de losas cubierto de maleza que atravesaba el jardín y conducía a la puerta. “¿Y Regulus?”

“Es casi seguro que Regulus está muerto, Severus.”

“Está desaparecido. Quizá aún lo encuentren. Y si no él, ¿qué hay de ? Soy su padrino. Seguro que Lucius querría que quedara a mi cargo antes de—antes de—”

“…¿antes de su propia hermana?”

“Su hermana, con la que no habla hace años.”

Ambos se detuvieron frente a la puerta principal. Dentro, un televisor emitía un zumbido en francés, ininteligible a través de la pared, incluso si alguno de ellos hubiera hablado el idioma lo suficientemente bien.

“A mí tampoco me gusta esto, Severus,” dijo el Director finalmente. “Pero su tutela no está en duda. El contrato no nombraba a Regulus, ni a ti. Nombraba a su pariente vivo más cercano—Marie Mercier.”

“Será famoso,” dijo Snape. “No habrá bruja ni mago en toda Inglaterra que no conozca su nombre. ¿Y quiere que crezca aquí, con los que quizá sean los peores Muggles de Francia?”

Con delicadeza, el Director se inclinó hacia delante y dejó en el umbral el bulto que sostenía en el brazo izquierdo. Al hacerlo, las mantas que lo envolvían se deslizaron un poco, dejando al descubierto el rostro redondo y pálido de un bebé y unos pocos mechones de pelo rubio claro. El niño se retorció, pero no abrió los ojos.

“Lo que yo quiera no importa,” dijo el Director. Levantó la mirada hacia los ojos de Severus, penetrantes, oscuros y llamativos en un rostro apuesto. “Lo que quieras no importa. Ya sabes cómo funcionan estas cosas, Severus. Los contratos mágicos son inviolables.”

Snape miró con tristeza el rostro del bebé dormido, como si no pudiera apartar la vista. Tras un momento, el Director le puso una mano en el hombro.

“Deberías volver a Inglaterra,” dijo. “Unirte a las celebraciones.”

“¿Celebraciones? Dos de mis amigos más queridos han muerto y su hijo ha quedado huérfano. ¿Cómo voy a celebrar algo así?”

“El Portador de Cenizas se ha ido. ¿Acaso el fin de su guerra no merece un poco de alegría?”

“El Portador de Cenizas se ha ido por ahora. Ya ha regresado antes. Y si lo hace, ¿cree que este niño inocente no estará en lo más alto de su lista de objetivos? Quizá incluso antes que usted. No puedo simplemente abandonarlo.”

“Entonces no.”

“¿No?”

El Director metió la mano en su túnica y sacó un pequeño sobre, dirigido a Señor y Madame. Mercier. Metió la nota entre los pliegues de la manta que envolvía al bebé.

“No lo abandones. Ven a Francia de vez en cuando y ve cómo le va tu ahijado. Tendrás limitaciones, por supuesto, en lo que puedas hacer y decir, pero puedes mezclarte con los Muggles si hace falta.”

Snape abrió la boca y la volvió a cerrar. Su expresión se había vuelto pensativa.

“Con el Estatuto,” dijo, “no podré contarle mucho hasta que él lo sepa todo. Sobre sus padres y de dónde viene.”

“Estoy seguro de que se lo contarán a su debido tiempo,” dijo el director.

“Yo no,” respondió Snape.

El Director levantó la mano y llamó tres veces, con fuerza y claridad, a la puerta. Entonces, al mismo tiempo, ambos se dieron la vuelta y salieron del jardín, aunque Snape lanzó una mirada triste y anhelante hacia atrás, al bebé que yacía en el umbral.

Entonces suspiró profundamente y dijo: “Espero que sepas lo que estás haciendo, Riddle.”

El Director Riddle se limitó a sonreír misteriosamente. “Normalmente es así,” respondió, y con otro fuerte chasquido, desapareció.