Work Text:
Si le preguntaron a Vincent Benítez si había experimentado las facetas del amor a lo largo de su vida, él, con una sonrisa mansa, diría que sí. Después de todo, el amor del Creador es el más grande y multifacético que existe; entregado a sus creaciones a raudales, sin contemplaciones ni restricciones. Un afecto generoso, constante y, a veces, silencioso, que se manifiesta en los gestos más pequeños y en las pruebas más difíciles.
Dios hizo llegar ese bello sentimiento a Vincent por medio de sus padres, quienes se quitaban el pan de la boca para alimentar a sus hijos; a través de sus hermanas mayores, que intercedieron por su hermano pequeño cuando los niños más grandes lo hostigaban; y mediante los amigos que lo sostuvieron cuando respondieron al llamado del Señor acompañándolo en sus misiones en Veracruz, el Congo, Bagdad y Kabul. En cada rostro que encontró, en cada mano extendida, en cada voz que lo llamaba “padre”, encontró la huella viva de esa guía divina.
Sintió también el cariño de sus feligreses, de su amado rebaño. Una comunidad rota, pequeña y herida, pero con una fe inquebrantable ante los horrores de la guerra y las injusticias. Hombres y mujeres que, aun en medio del dolor, encontraron la fuerza para dar gracias a Dios. Admiraba aquella fe humilde por su pureza, valentía y verdad.
Incluso recibió el amor divino a través de su propio cuerpo, porque Dios hizo al hombre a su semejanza, y Dios creó a Vincent tal cual, sin más ni menos. Una creación amorosa, imperfecta a los ojos del mundo, blasfema incluso, pero plena a los ojos del Creador. Vincent comprendió, con el tiempo, que su ser entero, su corazón, sus dudas, su deseo, su cuerpo, formaba parte del diseño divino, y que su misión no era esconderse, sino predicar con verdad y con dignidad, como testigo de la misericordia.
Aunque esto último supuso una de las pruebas más arduas que tuvo que superar. Atravesar lo que él llamaba su “época oscura” sin abandonar el sacerdocio, como llegó a considerar, y sin odiarse a sí mismo por algo que ahora considera hermoso, fue, sin duda, un milagro. Un proceso silencioso que no ocurrió de un día para otro, sino a través de lágrimas, oración y una terquedad sagrada. Fue una lucha solitaria que terminó de fortalecer su fe; una fuerza que le permitió aceptarse con valentía reconciliando su alma con su cuerpo y su fe con su humanidad.
Hizo acopio de esa misma fuerza para aceptar la nueva encomienda que el Señor le ha dado en la Santa Sede. Una responsabilidad inesperada; una cruz que nunca buscó, pero que no pudo rechazar.
Cuando llegó a Roma, con nada más que la ropa que vestía y su vieja bolsa de cuero marrón, jamás imaginó que sería la última vez que vería su hogar en Kabul. Había dejado comida en la despensa; su manta favorita seguía doblada sobre la almohada; y el pañuelo gris que Ziva, la buena mujer que lo ayudaba a repartir comida en los refugios, le regaló por su cumpleaños, quedó colgado en el baño, esperando su regreso que el destino o Dios ya no permitiría.
Se perdería el partido local de fútbol de Alí y Samir, los dos jóvenes veinteañeros de ojos brillantes que no paraban de hablar de jugadas y goles. Vincent les estaba profundamente agradecido; ellos se encargaban de vigilar mientras él oficiaba misa en algún sótano, entre mantas y velas, para su pequeño rebaño. Aquellos momentos eran peligrosos, pero sagrados.
Pocas veces se sintió tan cerca de Dios como en esos espacios improvisados, donde cada palabra del Evangelio era pronunciada como si fuera la última.
El peso de la pérdida le cayó encima como un balde de agua helada en el instante en que el decano del Colegio Cardenalicio le preguntó el nombre por el cual su pontificado sería conocido. En ese momento breve y definitivo, comprendió que nada volvería a ser igual. El tiempo del padre Vincent había terminado; su vida, tal como la conocía, había quedado atrás.
En el segundo en que Inocencio XIV vio la luz en el balcón de San Pedro ante la multitud, los días de Vincent Benítez, arzobispo de Kabul, se convirtieron en un recuerdo sagrado. Un capítulo cerrado, aunque aún palpitante, en lo más profundo de su corazón.
La nueva misión que el señor destinado para él era convertirse en el obispo de Roma, en el guardián de las llaves de San Pedro. Por muy improbable que fuera, por muy dolorosa o imposible que pareciera la situación, el plan inefable ya estaba en marcha. Entre el estrés emocional del Cónclave, los ataques terroristas, la revelación privada de su cuerpo y su ascensión al trono, el luto por su vida anterior lo había cegado. No prestó atención al regalo que Dios le otorgó sino hasta después de la Navidad y el año nuevo.
El ajetreo del papeleo y las ceremonias iniciales por fin había amainado. Gracias al cielo por eso. Los primeros días de su papado transcurrieron en un borrón de pompa, burocracia y hábitos blancos que lo dejaron más agotados de lo que jamás estuvo en sus jornadas más pesadas en Kabul. No creía que tal cosa fuera posible, pero su cuerpo le exigía descanso como si lo hubiera perseguido una mamá guajolote. Aquello, vergonzosamente, ocurrió más veces de las que le gustaría admitir. Todas culpa suya, sí, pero, no podía evitarlo; adoraba a los animales, en especial a las crías. Pequeñas y hermosas creaciones de Dios que se abren paso en el vasto mundo que el señor les ha dispuesto para crecer.
El nido le despertaba mucha curiosidad y los polluelos eran tiernos; era totalmente culpable de haber acercado demasiado y ser picoteado en consecuencia.
Lo que no terminaba de entender era su agotación en Roma. Siendo nada menos que el Papa, era consciente de que pasaba más tiempo sentado ahora que en toda su vida anterior. No le habría sorprendido levantarse de la silla acolchada un día y descubrir que su retaguardia había decidido irse de vacaciones para nunca volver.
De todos modos, Ray, bendito sea el buen monseñor, consiguió el milagro de una agenda libre de reuniones para el día siguiente, justo después de la vorágine de actividades de diciembre.
Celebrar un Cónclave a principios de noviembre no fue precisamente la mejor idea, considerando la cercanía de una de las celebraciones más grandes del calendario litúrgico. Pero Dios obra de maneras misteriosas y Vincent lo afrontó lo mejor que pudo a pesar de terminar exhausto en lo mental, lo espiritual y lo físico.
En sus ministerios anteriores, la Navidad era una celebración pequeña, discreta y bajo un velo de incertidumbre que tenía el efecto de resaltar la santidad del nacimiento del hijo de Dios, realzando el sentimiento de unidad y amor. La Navidad en el Vaticano, por el contrario, supuso un choque absoluto. Aunque su rebaño aumentó de tamaño descomunalmente al convertirse en el obispo de Roma, se sintió solo por primera vez en una fecha que normalmente lo hacía sentir cerca del Creador.
Vincent no estaba seguro de cómo había sobrevivido a tanto ajetreo. En su mente, noviembre era un borrón de actividades que apenas recuerda y diciembre no se quedó atrás; por ello, el descanso que Ray le facilitó fue más que bienvenido. El Monseñor también mencionó la residencia en Castel Gandolfo, y Vincent estaba considerando realmente un descanso del Vaticano para un futuro cercano.
Por el momento, se ha retirado después de la cena a sus aposentos en la casa Santa Marta. Se negó rotundamente a vivir en los apóstoles papales en el Palacio Apostólico; aquel lugar era tan vasto e impersonal que le provocó escalofríos en cuanto le apareció su supuesta habitación. Literalmente, dio media vuelta y se marchó, dejando confundido al séquito de religiosas, guardias y monseñores que lo acompañaban en ese momento.
No pudo permanecer en la habitación que le asignaron en el Cónclave. Curiosamente Thomas fue quien presentó la objeción inicial, no porque le negara seguir los pasos de su predecesor de residir en la casa Santa Marta, claro que no, el problema para el decano era el espacio reducido de la habitación, por demás sencilla, que se le había asignado a última hora. Como tal, Vincent no presentaba problema alguno, estaba acostumbrado a lugares totalmente incómodos y poco convencionales a la hora de dormir. La pequeña habitación representaba un lujo para sus estándares, sin embargo, terminó accediendo al cambio después de que el jefe de la gendarmería vaticana le explicara que el segundo y tercer piso de la sección en la que se ubicaba eran mucho más fáciles de asegurar y vigilar y, por ende, la carga de trabajo de la guardia suiza no se vería comprometida.
Con el fin de no causarle más estrés a la guardia suiza y de no tentar su suerte con la indulgencia del oficial le dieron una habitación en el tercer piso, el equivalente a un departamento pequeño con un recibidor, un estudio modesto, un baño sencillo, una mesa, varias sillas y su dormitorio.
El lugar daba espacio también para una lavadora por la cual Vincent tuvo que negociar con el personal de la lavandería al darse cuenta de que dicho personal no estaba dispuesto a dejar que el Papa hiciera su propia colada. Fue necesario que Thomas, haciendo gala de la diplomacia qué le caracterizaba, llegara a un acuerdo que consistía en que los hábitos papales, con todos sus accesorios, sería enviados al servicio sin falta para su respectivo mantenimiento y el propio Vincent se encargaría de su ropa de civil.
Vincent estuvo de acuerdo con el trato al instante, sintiéndose satisfecho con la preservación de su independencia y relajado al ver al personal de lavandería debidamente apaciguado.
Aquellas situaciones se repitieron con frecuencia. Vincent tenía hábitos que desconcertaba al personal ya la propia curia: Prefería el bullicio del comedor común a la soledad de sus aposentos; sorprendía a los guardias en su pequeño, pero bien equipado gimnasio mientras se ejercitaba; o les sacaba más de un susto a la Guardia Suiza al escabullirse por los pasillos. Tenía, además, la costumbre de apilar ordenadamente los platos vacíos de sus acompañantes para llevarlos personalmente a la cocina o entregarlos a la primera hermana que se acercará, siempre con un agradecimiento en los labios.
Sin embargo, lo que más revuelo provocó, para su completa consternación, fueron sus zapatos. Las gastadas zapatillas tipo Converse negras con las que llegó a Roma, y con las que llevaba un buen tiempo caminando sin dificultad, se convirtieron en el centro de una controversia durante sus primeros días de investidura.
Él era consciente de que los zapatos de cuero rojo eran tradición; simbolizaban la sangre de Cristo derramada en la cruz y formaban parte de su nueva indumentaria.
No obstante, ningún par disponible correspondería a su talla. Ese peculiar inconveniente ya se había presentado antes, durante el Cónclave, cuando Ray y Thomas emprendieron una verdadera cruzada por todo el Vaticano para encontrar ropa de su talla.
Los resultados de esa búsqueda fueron infructuosos. La talla más pequeña que pudo desempolvar parecía tragarse su figura, aunque no tanto como las otras opciones con las que daba la imagen de un niño jugando con la ropa de un sacerdote. Por ello, no le sorprendió que ocurriera lo mismo con los hábitos papales; se disculpó con Giovanni, el sastre, por ponerlo en apuros con su talla más pequeña y por hacerlo esperar.
Sus zapatillas todavía eran funcionales, les guardaba aprecio por ser el último vínculo con su hogar y, sobre todo, eran cómodas. El corte alto le hacía sentir seguro al caminar o correr. Tuvo la necesidad de correr por distintos motivos en su vida y un calzado que le cubría más arriba de los tobillos lo ayudó a evitar esguinces. En cambio, los zapatos papales le resultaban incómodos, tanto por la rigidez del cuero, al que no estaba acostumbrado, como al corte bajo el tobillo que lo hacía sentir extrañamente vulnerable e incómodo.
Así se lo contó a Bellini ya Thomas cuando lo confrontaron al respecto. Curiosamente, Thomas no dijo gran cosa; se limitó a transmitir la inquietud de la Curia y guardó silencio mientras Bellini trataba de persuadirlo de abandonar las Converse, al menos en público.
Vincent no estuvo de acuerdo, solo eran zapatos. No tenía caso discutir por algo tan trivial cuando había asuntos más importantes que tratar. No le importaba que las redes sociales explotaran, de hecho, Ray lo mencionó de pasada en algún momento y dijo que a los jóvenes les encantaba el gusto moderno del Papa.
No estaba dispuesto a ceder una de las pocas cosas que lo hacían sentir como Vincent Benítez; Inocencio XIV ya acaparaba gran parte de su identidad en el poco tiempo que llevaba como Papa y no estaba dispuesto a dejar que el papado ahogara la esencia de su ser solo para complacer a unos pocos.
Si no se había dejado intimidar por quienes lo querían muerto en sus ministerios, mucho menos lo haría con la Curia romana.
Al final, no se llegó a ningún acuerdo. Bellini se retiró de la reunión frustrada, enmascarando con suma práctica su enojo. Thomas, por su parte, mantuvo una expresión indescifrable, con la mirada fija en el suelo, justo en los pies de Vincent. Pareció reaccionar ante el sonido de la puerta cerrarse tras Bellini, Vincent lo vio parpadear un par de veces antes de que esos gélidos ojos azules se encontrarán con los suyos.
Se sintió un poco dolido. Thomas no había intervenido en la discusión para apoyarlo, como en otras ocasiones. Se limitó a señalar uno que otro punto que no ayudaba en absolutamente nada. Aunque podía entender su reticencia, el cardenal Bellini era el amigo más antiguo de Thomas, compartían ideales, historia y décadas de complicidad desde el seminario. Era lógico que no quisiera contradecirlo, pero el silencio de Thomas dejaba un vacío inesperado en el pecho de Vincent.
Thomas debió sentirse entre la espada y la pared. Su amigo de años en disputa con la persona que conoció hace unas semanas. Vincent trató de ignorar la amarga sensación que se gestó en su estómago y escaló, arrastrándose, hasta anidarse en su pecho.
“¿De verdad se ven tan mal?” Preguntó Vincent casi en un susurro, sintiéndose repentinamente inseguro bajo el escrutinio del decano, quién regresaba a bajar la vista que hacía sus pies.
Fue extraño sentirse así. El colegio cardenalicio podía observar y criticarlo cuanto quisiera, pero nada de lo que sus hermanos cardenales hacían generaba la vulnerabilidad que Thomas le hacía sentir cada que lo miraba con aquel misterioso brillo en los ojos.
La atención de Thomas pasó de sus viejas zapatillas a su rostro. La expresión en sus facciones mostró una determinación incendiaria que Vincent no alcanzó a comprender, pero le revolvió el estómago de forma agradable.
“Su santidad…”
“Vincent, mi querido Thomas”
“Vincent” Thomas se aclaró la garganta. "No te preocupes. Como ya has mencionado, hay cosas más importantes de las cuales ocuparse. La Navidad está a la vuelta de la esquina y necesitas prepararte. Déjame encargarme de este asunto".
"Es un asunto tonto Thomas. No vale la pena estresarse por ello".
"Debo insistir. La Curia siempre ha sido exigente en Navidad, pero ahora, considerando las circunstancias, están siendo mucho más escrutadores. De alguna manera, te están poniendo a prueba".
Vicente lo sabía. Era consciente de que seguía siendo un desconocido para la mayoría; alguien que no tenía ni la menor idea de los entresijos del Vaticano y que, a pesar de percibirse como un liberal, no se había declarado como uno oficialmente y tampoco como un conservador. Esa falta de bando definido agitó el colmenar que era la Curia y como consecuencia, distintos cardenales intentaron influenciar e imponer sus ideales.
El más descubierto era Tedesco. Era ruidoso y alzaba la voz cada que podía para hacerse notar. Vincent le tenía cierto recelo por aquel discurso de odio en el auditorio; Entendía que su ira nacía de un miedo que no reconocía y de un sentido de cuidado algo deformado. Le bastó observar unos días para notar que el hombre se preocupaba genuinamente por sus allegados más cercanos. Aunque estos no eran muchos.
Curiosamente, Thomas entró en ese círculo. Tedesco le ofrecía comida sin cesar si se topaba con él en el comedor, lo buscaba de forma insistente para charlar o jugaba con su nombre en su traducción italiana. Fue divertido ver a Thomas escabullirse de la atención indeseada de Tedesco en más de una ocasión.
De todos modos, fuera una prueba o no, era un asunto infantil; una nimiedad a la que Vincent no le veía sentido. Se percató que la Curia puede llegar a ser peor que un grupo de adolescentes malhumorados que se arremete si no se cumplen sus caprichos. Era agotador lidiar con ellos, pero la presencia de Thomas aliviaba gran parte de la carga. Además, el decano tenía razón. Le guste o no, su calzado enviaría un mensaje sobre el cual, sinceramente, no quería reflexionar aún.
Conteniendo un suspiro, miró a Thomas. Su decano le devolvió la mirada con las manos entrelazadas en la espalda.
"Bien. Está bien. Espero que no te cause demasiadas molestias encargarte de esto".
“No es ninguna molestia, Vicente”.
"Grandioso. Confío en ti." Vincent hablaba en serio formando una sonrisa cómplice que Thomas le regresó con entusiasmo.
Thomas se despidió poco después y Vincent dejó el asunto de los zapatos en sus manos.
La Curia Romana siguió siendo atormentada por las viejas zapatillas negras de lona durante al menos dos semanas más tras aquella discusión infructuosa. Aldo intentó volver a colar el tema nuevamente, mencionando la elección de vestuario para las celebraciones decembrinas; Vincent lo escuchó, pero no mordió el anzuelo limitándose a responder que todo estaba bajo control.
Bellini se retiró de nuevo y Vincent regresó a su primera homilía Navideña. Estaba pensando en cómo continuar cuando un par de golpes en la puerta de su oficina lo distrajo. Intuyendo que un breve descanso ayudaría a que las palabras fluyeran, exclamó un: “Adelante”
La puerta se abrió y la cabeza de Thomas Lawrence asomó por el umbral e inevitablemente, Vincent sonriendo al verlo. En los últimos días se había visto privado de la presencia de su decano; las responsabilidades de ambos los mantuvieron ocupados, alejados o limitados a breves saludos en los pasillos. La ausencia de Thomas en las comidas tampoco ayudó. Vincent albergaba la esperanza de pasar tiempo con él compartiendo el pan, lo deseaba desde su primera cena allí. Recordaba cómo Thomas lo había guiado hasta la mesa de los cardenales hispanohablantes con una mano suave en su espalda; Se sintió acogido por sus colegas, pero le habría gustado mucho que Thomas se quedara a su lado.
Desde entonces, la última vez que habían compartido el pan fue aquella mañana ajetreada en la que el propio Thomas desenmascaró a Tremblay. Vincent recordaba haberle acercado un plato con fruta y pan a Thomas quién, en ese momento, se veía completamente miserable.
Aquella vez no fue precisamente el mejor momento para intentar entablar una conversación informal; debe admitirlo. Sin embargo, a su pesar, no había tenido la oportunidad de compartir una comida adecuada con él ahora que las cosas avanzaban. Se le ha hecho costumbre buscar con la mirada la figura familiar de Thomas cada vez que entraba al comedor, y trataba de no sentirse tan decepcionado cuando no la encontraba.
Se preguntaba si Thomas prefería comer en la privacidad de su oficina o en su apartamento en Roma; Podría preguntarle si podía unirse a él en algún momento. En vista de que el trabajo los ha mantenido a distancia, al menos le gustaría compartir un momento con su cardenal favorito.
Vincent extrañaba a Thomas. Había comenzado a sentirse enfurruñado por la ausencia, llegando al extremo de hacer pucheros en privado, hasta que la figura ancha de Lawrence entró tímidamente en su despacho, cargada una enorme bolsa de papel con asas.
“¡Thomas!”
“Su santidad” Thomas avanzó hasta estar de pie frente al escritorio.
Vincent se puso de pie en cuanto su amigo entró en su campo de visión. La distancia entre ambos le resultó inoportuna y, por alguna razón, sintió la imperiosa necesidad de estar cerca de Lawrence. Fue algo tan natural como inevitable levantarse de la silla, rodear el mueble con rapidez y acercarse a Thomas hasta quedar a medio brazo de distancia.
El bloqueo de su homilía quedó relegado a los confines oscuros de la mente. Necesitaba un descanso y Thomas estaba allí. Tan oportuno como siempre.
"Mi querido Thomas. No te he visto en los últimos días, ¿Cómo has estado? ¿Quieres algo de beber? Ray instaló una nueva máquina de café y me ha enseñado a usarla, aunque con resultados mixtos; o si no, me parece que hay té en alguna parte de este lugar"
"Oh, no. Su santidad, yo... Perdón... Vincent. Estoy bien. Gracias. Solo venía a entregarte un paquete". Thomas alzó la bolsa, la colocó sobre el escritorio y comenzó a rebuscar en el interior.
“¿Otro regalo de algún dignatario entusiasta?” Preguntó Vincent con una sonrisa divertida.
"No. Afortunadamente, ya hemos dejado de recibirlos, aunque prepárate para el frenesí de obsequios navideños". Dijo, dejando de escarbar en la bolsa. “Una vez, por Navidad, Su Difunta Santidad recibió como obsequio una estatua de roca gigante en forma de mano por parte de un artista cuyo nombre ya no recuerdo.”
Vincent lo miró confundido.
“¿La estatua de una mano?”
“Una mano derecha, para ser exactos”. Thomas rió por lo bajo y negó con la cabeza. “No sabíamos qué hacer exactamente con ella, así que se colocó en uno de los jardines privados”.
"Oh. Nunca la he visto." Reflexionó Vincent, inclinando la cabeza un poco a la izquierda.
"Creo que aún no has visitado esa parte del Vaticano. Le pediré a alguien que te dé un pequeño recorrido por los jardines que no están abiertos al público".
“Sueña encantadora”. Vincent se balanceó de un pie a otro, sonriendo con picardía. "Bueno, ahora tengo curiosidad. Si no es un regalo de celebración y aún faltan semanas para Navidad. Entonces ¿Qué tienes ahí, mi querido decano?"
Thomas sonrió y volvió a remover el contenido dentro de la bolsa.
“Tengo la solución al problema de los zapatos” Dijo, extrayendo primero una caja y luego otra exactamente igual.
Vincent inclinó la cabeza, curioso como un gato, al ver a Thomas abrir una de las cajas y rebuscar en ella.
“Técnicamente…” La voz de Thomas adoptó ese tono didáctico que empleaba a veces; un vestigio de su época como profesor de derecho canónico. "El simbolismo de la tradición de los zapatos rojos papales recae, principalmente, en el color. Representan la pasión de Cristo y la sangre de los mártires. Pero, históricamente, nada dicta qué tipo de calzado debe usar el Pontífice. Bueno, salvo las sandalias episcopales, pero ese es otro tema, mi querido Vincent".
Dicho esto, sacó de la caja un par de zapatillas de lona rojas, tipo Converse. Los cordones blancos se balanceaban con el movimiento.
"De hecho, algunos de tus predecesores, incluido el anterior Santo Padre, tenían un zapato designado para confeccionarles un calzado a medida. Sin embargo, algo me dijo que a ti te gustaría otra cosa. Le pedí ayuda a Ray y él encontró esta fundación que tiene un programa de ayuda a niños de escasos recursos en el que por cada par de zapatos que les compras, ellos donan el mismo número de pares a niños que lo necesitan. Te conseguí dos pares, así que dos niños en..."
Thomas sujetó las zapatillas con una mano mientras metía la libre en el bolsillo de su sotana. Del interior extrajo un trozo de papel que desdobló con poca agilidad, entrecerrando los ojos ante la letra pequeña.
"Mozambique. Dos niños en Mozambique recibirán un par de zapatillas de lona rojas completamente nuevas gracias a ti"
Thomas alzó la mirada, sonriendo al fin, ofreciéndole el calzado a Vincent con los ojos brillantes. Parecía un cachorro particularmente feliz por haber encontrado la pelota que le pidieron buscar.
Vincent se quedó en silencio mientras asimilaba la situación. Miró los zapatos, luego a Thomas, y de nuevo a los zapatos. Algo en su pecho dio un vuelco; el corazón le giró como un trompo, descontrolado y vibrante. La admiración se mezcló con la adoración en un torrente emocional que lo hacía sentir cálido, rebosante de alegría y cariño por el hombre maravilloso, tierno y dulce que tenía al frente.
Thomas, tan inteligente y considerado.
Sin embargo, el silencio debió malinterpretarse, pues la adorable sonrisa de Thomas decayó en las comisuras, transformándose en una mueca nerviosa de cortesía inglesa. El sonrojo se atenuó y la palidez se abrió paso en donde antes había calor.
“¿No…te gustan?” Thomas era ahora la viva imagen de un cachorro reprendido. “Sé que prefieres tus propios zapatos, pero pensé que…”
Lo que sea que Thomas estaba a punto de decir se vio interrumpido cuando Vincent acortó la distancia de golpe. Primero lo tomó por los hombros; luego, sus manos subieron hasta el rostro de Thomas, acunándolo con delicadeza. Acarició con los pulgares las mejillas pálidas y, sin pensarlo, se puso de puntillas para besarle la frente, justo entre las cejas.
“Thomas” Dijo, volviendo a su altura original y abrazando a su atónito amigo. “Mi buen, mi buen hombre”
Su corazón seguía latiendo con fuerza, bullendo de una emoción que no lograba terminar de expresar. Una sorpresiva punzada, casi un impulso de morder el hombro de Thomas, lo tomó desprevenido; Sintió un picor en sus encías y sus dientes chasquearon levemente. Su mandíbula sufrió un espasmo y se obligó a separarse antes de avergonzarse a sí mismo.
“¡Los amo!” Exclamó en su lugar, logrando poner una distancia prudencial entre sus dientes y la carne de Thomas. El impulso frustrado golpeó algo primitivo en su interior, una sensación de insatisfacción que le cuajó en el estómago, pero decidió ignorar a favor de tomar los zapatos que Thomas aún le ofrecía.
“Tengo que probármelos.” Vincent comentó mientras se sentaba en una de las sillas frente al escritorio.
Levantó la pierna izquierda, apoyándola en el muslo derecho para deshacer el nudo doble de los cordones negros. Aflojó el ajuste con un par de tirones y liberó el pie, enfundado en un calcetín corto, color celeste con pequeñas tortugas rosas bordadas. Tomó el zapato correspondiente y repitió el proceso de aflojar los nuevos cordones blancos, ajustar la lengüeta y deslizar el pie.
La talla era la correcta. Ni muy grandes ni demasiado justas. Se sintió cómodo al instante. Como los cordones eran largos decidió rodearse el tobillo con ellos antes de asegurar un nudo doble muy apretado. Al terminar, bajó el pie y repitió la operación con el otro. Satisfecho, se puso de pie, recogió la sotana blanca entre sus puños y giró hacia Thomas.
“Hijo perfecto”. Aseguró Vincent, con la emoción amenazando con quebrarle la voz. "No solo porque me hacen sentir seguro y en confianza. Lo cual agradezco profundamente. O porque sean rojas...sino porque tú las has hecho especiales"
El nudo en su garganta era difícil de tragar, especialmente con Thomas mirándolo con los ojos cristalinos.
"Quiero decir. Pudiste haber ido a cualquier tienda comercial y comprar unas zapatillas rojas de algún escaparate. Las habría apreciado de igual forma, porque vienen de ti y tuviste en cuenta mis preferencias. Pero tú, mi querido cardenal, fuiste más allá. Hiciste algo increíble. Y yo solo..."
Algo cálido floreció en su pecho, como miel caliente brotando de su corazón para reconfortar no solo su cuerpo, sino también su alma, algo desolada por la soledad del Vaticano. Se sintió conmovido por la atención de aquella tan tierna después de haber sentido como un trozo de carne en un mar de tiburones.
"Gracias Tomás". Concluyó, dejando caer los hombros al liberar la tensión acumulada. Echó un último vistazo a sus pies, a la tela roja que ahora quedaba cubierta por las faldas de su sotana blanca. Ya ansiaba ver la reacción del colegio cardenalicio cuando las luciera en público.
La expresión de algunos cardenales valdría, por sí sola, todo el esfuerzo y consideración de Thomas. Vincent estaba seguro de que el propio decano también disfrutaría de observar las reacciones ajenas; se aseguraría de pedirle que lo acompañará por la mañana para deleitarse con su reacción también.
Además, Vincent no pasó por alto que Thomas encontró una solución creativa e ingeniosa para apaciguar a la Curia, sin favorecer del todo a ningún bando. El argumento de los conservadores era que el Papa debía calzar de rojo por tradición, el ala liberal reclamaba un calzado nuevo y apropiado para el escrutinio público. Sus nuevas zapatillas de lona encajaban perfectamente con ambas exigencias: eran rojas, eran nuevas y, sobre todo, eran puramente Vincent. Más allá de la comodidad, Thomas las había dotado de un valor humanitario, caritativo y sentimental, capturando la esencia misma de su ser en dos objetos sencillos.
Por último, residía allí un mensaje político-diplomático sutil para la Curia Romana: El Papa Inocencio XIV no se dejaría intimidar por los caprichos ajenos a la hora de tomar sus propias decisiones. El Papa servía a Dios, no a la Curia. Poseía un criterio propio, forjado a través de la experiencia, pero no era tan insensato como para ignorar a sus cardenales; Estaba dispuesto a escuchar opiniones, consejos, críticas y observaciones, mostrando una accesibilidad flexible, pero firme sin doblegarse ante imposiciones para avanzar según sea la voluntad de Dios.
Y Dios ha puesto a Thomas en su camino. Se lo ha enviado como un rayo de luz que lo ilumina en todos los sentidos. Una vez más, la idea que rondaba su cabeza desde hace unos días emergió, y de inmediato la aplastó; no quiere obligar a su amigo a dar más de lo que ya estaba entregando.
Thomas se irá . El pensamiento intrusivo lo golpeó como un marro contra madera, dispersando un sentimiento amargo que contaminó la miel en su pecho y desató un torrente de ansiedad por sus venas. Su decano dejará el Vaticano y él se quedaría atrás. La idea no le agrada, le causa una tristeza a la que no le había prestado suficiente atención; Sabía que, si se detenía a analizarla con más detalle se volvería demasiado real. No quería que su tiempo con Thomas se viera empañado por una melancolía que bien podía esperar.
“Me los voy a dejar puestos” Anunció, levantando un pie como un niño exhibiendo un trofeo. “Hijo, oficialmente, parte de mi vestimenta papal”.
Soltó una risita y miró a Thomas por primera vez tras su discurso de agradecimiento. El rostro y las orejas del decano estaban tratados del mismo escarlata brillante de su fascia. Thomas oscilaba de un pie a otro, visiblemente incómodo dentro de su propia piel, como si su sotana se hubiera vuelto demasiado estrecha. La nuez de Adán subió y bajó por su garganta antes de que logrará carraspear suavemente para hablar.
"Me alegra mucho que te hayan gustado. Habría sido...incómodo de lo contrario."
“No tienes por qué preocuparte.” Replicó Vincent con suavidad. “Estoy seguro de que cualquier cosa que venga de ti me encantará”.
"Me tienes en muy alta estima, Vincent. No lo merezco".
"Tonterías. Por supuesto que lo mereces." Las cejas de Vincent se juntaron en un gesto de leve desaprobación. "Eres brillante, Thomas. Mira esto, por ejemplo: Solucionaste este asunto de forma increíble".
"Yo realmente no hice mucho. Ray fue el que se encargó de la mayor parte"
Vincent no respondió de inmediato. En lugar de eso, lo inspeccionaré. Su capacidad para leer a quienes lo rodeaban había sido cultivada en los márgenes del mundo, donde cada mirada podía ser una advertencia, una súplica o una amenaza. En Kabul, en Bagdad, en el Congo, discernir lo no dicho era una cuestión de supervivencia. Y ahora, en la Santa Sede, ese mismo instinto se había vuelto indispensable para moverse entre la política enrevesada de la Curia.
Desde su llegada a Roma, había observado con atención al decano del Colegio Cardenalicio. Había visto cómo Thomas organizaba el caos sin imponerse, cómo tejía puentes incluso entre los más hostiles y cómo su presencia calmaba y ordenaba sin necesidad de alzar la voz.
Era imposible que pasara inadvertido con el aplomo y elegancia que exudaba el hombre al moverse e interactuar con los demás. Destacaba de entre el mar rojo que eran los cardenales con esos ojos azules, tan gelidos como profundos. Vincent dedujo rápidamente que era una persona amable y razonable, bastante atento con las personas, cortés, educado, eficiente en su trabajo y poseedor de una paciencia casi infinita.
Esa fue su primera impresión; una que no había hecho más que mejorar mientras continuaba observando al decano a través de los sucesos que los han traído hasta este punto. Aún no podía permitirse el lujo de decir que conoció bien al hombre. Sería absurdo tras apenas unas semanas, pero a pesar de la rapidez con la que se mueve su entorno hoy en día, había comenzado a descubrir los matices que componían a Thomas Lawrence.
El hombre mantenía una relación complicada con su autoestima y el mérito. Era como si llevara consigo una norma no escrita, invisible pero severa: no debía brillar demasiado, no debía recibir halagos. No debía ocupar espacio. Y ahí estaba de nueva esa negación sistemática de su propio mérito.
Vincent lo miró con un nudo formándose en el pecho. Thomas era un diplomático brillante y un servidor incansable, pero también era alguien profundamente modesto. A veces, dolorosamente modesto. Vincent no lo juzgaba por ello, pero sí lo entrastecía.
“Eso no es verdad”, dijo suavemente.
Thomas levantó la vista, sorprendido por el cambio de tono.
“¿Perdón?”
"Eso que has dicho. Que no hiciste mucho. No es verdad" Repitió Vincent, dando un paso hacia él. "Ray podrá haber buscado la fundación, hecho las llamadas e investigado... pero fuiste tú quien pensó en esto. Tú, Thomas. Nadie más. Tú supiste exactamente lo que necesitaba, antes de que yo mismo lo supiera"
La expresión de Thomas se tensó. No era tristeza o molestia; Era algo más profundo, como si aquellas palabras hubieran presionado una fibra especialmente sensible en su interior. Bajó la mirada, pero Vincent no se lo permitió. Dio un paso más, quedando tan cerca que podía escuchar la respiración irregular del otro.
Colocó las manos sobre sus hombros, con una delicadeza casi reverente. No quería que Thomas se sintiera atrapado; Quería anclarlo a la tierra. Un él. A la verdad de que su valor no dependía de lo que pudiera medir, sino de lo que era.
“No sigas huyendo del bien que haces” Susurró, masajeando con suavidad los hombros tensos bajo sus palmas.
Sus dedos se deslizaron lentamente por los brazos del decano hasta alcanzar sus manos. Las tomaron con ternura, entrelazando los dedos con los suyos. Vincent no levantó la vista aún; su atención se centró en el contraste de sus manos unidas, en sus pulgares trazando círculos pequeños, mientras su mente asimilaba la idea de compartir algo que solo se había permitido admitir ante sí mismo en la privacidad previa al amanecer; Ese momento en que la sotana blanca aún no se aferra a su cuerpo cada mañana.
“No tienes idea de cuánto significa esto para mí”. Dijo, tomando el aliento. "No sólo por los zapatos. Es lo que representan. Representan... que alguien me ve. A mí. No al Papa. No al título. No al símbolo. A Vincent."
En su nuevo apartamento, cuando la sotana blanca por fin se desprendía de su cuerpo al caer la noche, pasaban las madrugadas con los ojos fijos en el techo, tratando de no ahogarse con el terror que le provocaba ser tratado como si estuviera por encima de los demás. Ser idolatrado. Venerado como un santo. Puesto en un pedestal dorado e inalcanzable.
La sola idea le revolvía el estómago. Le daban náuseas pensar que alguien pudiera venerar el suelo que pisaba. Sentía pinchazos en la espalda cuando captaba las miradas de devoción absoluta, especialmente de algunas hermanas, o percibía el nerviosismo súbito que su presencia despertaba en quienes lo rodeaban. Le dolía el corazón cada vez que intentaba acercarse a un grupo que reía animadamente, solo para ver cómo las risas se apagaban al notar su proximidad. Como si, de pronto, lo olvidarán todo. Como si su humanidad se desvaneciera bajo el peso del cargo.
“Y eso es muy importante para mí” Añadió Vincent, bajando un poco la voz. No quería que Inocencio XIV devorara a Vicente Benítez; Inocencio era una parte de Vincet, no al revés. Necesitaba que alguien lo viera con desesperación. Él no era más que un hombre. Un simple mortal. Como todos los demás.
"Es extraño. Desde mi nombramiento, él sintió una presión invisible sobre los hombros. Como si llevara no una sotana, sino una armadura. No me malinterpretes". Agregó, con una sonrisa cansada. "Sé que el Papado es una carga pesada, y la acepté. Pero..."
Dió un apretón a las manos de Thomas. Esta vez no fue para consolarlo, sino para calmarse a sí mismo. El contacto le brindó el coraje necesario para alzar la mirada y encontrarse con sus ojos.
"La gente me mira como si ya no fuera humano; como si ya no pudiera dudar, ni cansarme, ni tropezar. Como si tuviera que ser infalible... santo."
Vincent esbozó una sonrisa tenue, la clase de gesto que intenta fingir entereza pero que no logra alcanzar los ojos. Era la sonrisa de quien ha sostenido la frente en alto durante demasiado tiempo y empieza a ceder bajo el peso.
"Pero yo no soy eso. No soy un santo, mi querido Thomas. Soy solo un hombre. Un hombre con un pasado, con errores, con cicatrices. Alguien que se rompe, que a veces no sabe qué hacer. Un hombre que duda, peca, pide perdón y sigue adelante".
La tentativa de una sonrisa tiró de sus labios. El recuerdo de Thomas repitiendo esas palabras en la homilía más hermosa que ha escuchado le trajo una paz sencilla, como una agradable taza de chocolate caliente en un día lluvioso. Respir hondo y continuo.
"Roma me conoce como Inocencio XIV. El mundo me llama Su Santidad. Pero muy pocos me conocen como Vincent Benítez. El muchacho que repartía pan en el Congo; el sacerdote de voz suave en Veracruz; el hombre que canta mal en la ducha y que se emociona con las tortugas. El que usó sus Converse hasta que se deshicieron... porque eran lo único que le recordaba a casa".
Hizo una pausa. El silencio no fue incómodo, sino reverente; cargado de la vulnerabilidad que acababa de ofrecerle a Thomas con el corazón en la mano, expuesto y aún palpitante.
“Y, con este gesto” Levantó un pie, señalando con suavidad la lona roja. "Me recuerdas quién soy. Tú me recuerdas quién soy."
Terminó con una sonrisa quebrada, frágil por lo que acababa de admitir en voz alta ante alguien más que su propio reflejo.
Todo su ser se sentía tierno, como una herida recién desinfectada que había dejado de supurar. Aún sensible pero lo suficientemente resistente como para hacer que el peso de la ansiedad que lo había estado carcomiendo desde el momento en que salió al balcón como Inocencio XIV, esa punzada constante entre los hombros, ese miedo a ser visto sólo como una figura de mármol y no como un hombre de carne y hueso, se evaporó. No ocurrió de golpe, pero si lo necesario como para sentir los hombros un poco más ligeros, como si por fin pudiera respirar a fondo sin que el aliento le temblará.
Por su parte, Thomas experimentó su propio grado de incomodidad inglesa. A Vincent le recordó aquel momento en la Sala de las Lágrimas. La intensidad callada, la forma en que el decano pareció reconstruirse delante de él después de revelar la verdad de su cuerpo. tomás
se puso en sus manos a la espera de su destino y, aunque pudo ver la indecisión en sus ojos, también fue testigo de la silenciosa determinación que hizo que el clérigo mayor decidiera ayudarle a vestirse de blanco.
Comprendió entonces que el silencio de Thomas no era juicio. Nunca lo había sido. Era su manera de asimilar lo que se le entregaba; de tomar la verdad, cruda, imperfecta, dolorosa si es necesario, y acomodarla dentro de sí, no para rechazarla, sino para responder desde el lugar más firme que poseía: Su sentido del deber. Su lealtad. Y su corazón.
Vincent no lo presionó. Sabía que le había arrojado una bomba emocional a un hombre que prefería las sutilezas al desbordamiento. Se vio obligado a esperar, luchando contra la ansiedad y observando con cuidado el proceso de asimilación que se vislumbraba en el rostro de Thomas. Era un espectáculo silencioso: los ojos que pestañeaban apenas más lento, el movimiento medido de los dedos, la respiración contenida.
“Vincent” comenzó Thomas, tras un momento de reflexión, pronunciando su nombre en un suspiro. "Siento mucho no haberme dado cuenta de tu sentir. Debió de ser terrible pasar por eso tú solo...Lo lamento mucho. Perdóname."
Al final de la frase, la voz de Thomas se tambaleó entre un suspiro y un sollozo arrastrado. Siguió una inhalación temblorosa y los ojos acuosos de Lawrence desaparecieron bajo sus párpados.
La reacción visceral de Thomas fue conmovedora, inesperada y preocupante a la vez. Vincent no esperaba una disculpa; tampoco la pedía, y mucho menos del hombre con el que se ha sentido más auténtico desde el inicio. Sin embargo, en un rincón de su mente, junto a los sentimientos cálidos que guardaba para Thomas Lawrence, está aterrorizado. Temía qué, específicamente él, lo santificara y lo pusiera fuera de su alcance.
Puede manejar el sentimiento con masas de personas con rostros difusos o contrarrestar con fervor la devoción de desconocidos mostrando su humanidad con su personalidad sin filtro; pero le aterraba que esa fuera la percepción de la persona que hace que su día se ilumina con su sola presencia.
“Thomas, no tienes porque disculparte”. Dijo Vincent esperando a que el decano volviera a bendecirlo con su mirada. Los segundos pasaron y la concesión llegó para su eliminación. "No es culpa tuya. Es mía en todo caso; lo he guardado por demasiado tiempo".
Una mueca apareció y desapareció en el rostro del cardenal con demasiada rapidez para que Vincent discerniera su significado.
"No es culpa tuya, Vincent". Thomas bajó la cabeza, su frente se arrugó hasta unirse con el ceño fruncido mientras su vista se deslizaba hacia sus pies.
Vincent tarareó.
"Tal vez un poco. No he tenido el ánimo suficiente para confesar dichos pensamientos y cumplir con mi penitencia. No quiero parecer desagradecido."
"No lo eres. De ninguna manera."
Sonaba tan desconsolado que a Vincent se le estrujó el alma. Le dio un apretón ligero en las manos para llamar su atención y le dedicó lo que esperaba que fuera una sonrisa tranquilizadora.
"Está bien Thomas. Tú no has hecho más que hacerme sentir cómodo desde que puse un pastel en el Vaticano".
“Pero no ha sido suficiente”. Fue apenas un murmullo, pero Vincent lo escuchó por la cercanía. El tono triste le dolio más de lo que esperaba.
“Oye, no” Vincent aguantó la voz mientras fruncía el ceño. "No, no, no. Alto ahí. No digas eso". Sus manos, impulsivas, se subieron de nuevo para sostener el rostro aturdido de Thomas. “No te atrevas a menospreciar tus esfuerzos. ¿Me entiendes?” Entrecerró los ojos. "Sí, me he sentido mal y he tenido pensamientos intrusivos. Pero tus atenciones y tú mera presencia hacen que esos pensamientos desaparezcan. Te has esforzado tanto para asegurar mi bienestar... Has hecho más que suficiente, Thomas. Así que el que debe disculparse aquí soy yo."
Los labios de Vincent se torcieron con reproche mientras dejaba que sus palabras aclararan en el hombre, dándose cuenta de que Thomas estaba encorvado mientras él le oprimía las mejillas hasta abultarlas, formándole un involuntario puchero.
La imagen se grabó al carbón en su memoria antes de soltar un jadeo avergonzado. Era costumbre para Vincent ser generoso con el contacto físico; Creció en una familia en la que los abrazos, toques suaves y golpes juguetones eran comunes entre amigos y familia. Y aunque sentía una confianza especial con Thomas, aquello no le daba derecho a tocarlo con tal presunción sin su consentimiento de una forma tan agresiva. Además, por el amor a Dios, el hombre era británico.
"¡Ay! Lo siento, lo siento. ¿Estás bien? ¿Te lastimé?" Retiró de inmediato las manos y, por puro instinto, amagó con volver a tocarlo antes de detenerse en seco.
“¿Thomas?”
Thomas, con la espalda aún encorvada, lo miraba con las pupilas dilatadas. Las palmas de Vincent habían dejado huella en cada mejilla; a causa del prominente sonrojo que le cubría el rostro, las orejas y el cuello, las marcas resaltaron brillantemente unos segundos antes de ser absorbidas por el color escarlata.
"¿Estás bien? Me he sobrepasado. No debí tocarte así. Lo lamento mucho. Yo..."
"Santo Padre... Digo, Vicente". La voz de Thomas sonaba ronca. "Está bien. No me hiciste daño. Estoy bien".
“¿Estás seguro? Siento haber invadido tu espacio de esa forma.”
“No ¡Quiero decir, sí! Solo… Me sorprendiste”.
La vergüenza calentó las mejillas de Vincent. Retrocedió un paso y entrelazó las manos frente al estómago, por debajo de la fascia.
"Aún así. Acepta mis disculpas. Sé que, para algunas personas, el contacto físico no es agradable, y mucho menos el repentino". Apartó la vista a un punto en la pared detrás de Thomas sintiendo el ir y venir de un montón de hormigas bajo la piel.
No sabía lo que le pasaba. Sus impulsos más torpes salían a flote con cada interacción con el hombre al frente suyo.
El deseo de morderle suavemente el hombro, de tocarlo con familiaridad o su ridícula necesidad de querer su total atención eran sólo unos cuantos de los muchos impulsos sin sentido que ha reprimido a lo largo de haber conocido a Lawrence.
Debería confesar. Arrodillarse en la madera dura del confesionario más cercano y purificar su alma con el sacramento de la reconciliación. Sin embargo, que Dios lo perdone, el cardenal Nakitanda, el actual confesor papal, no le brinda la misma sensación de seguridad que Thomas para abrir su corazón y expiarse.
Thomas le hizo sentir una sensación de seguridad que no había logrado replicar con alguna otra persona en el Vaticano. Sabe que no está siendo justo con los demás. Es una falta de respeto moral a las personas que hacen el esfuerzo de acercarse a Vincent, a pesar de sentirse intimidados por toda la pompa. Es un esfuerzo que ha llegado a valorar muchísimo y, sin embargo, ninguna iguala la complicidad y comodidad que Thomas le ofrece.
Es una lástima que pronto se quedará sin ese sentimiento. De nada servirá la confianza reconfortante y segura que le provoca un hombre que pronto se irá de su lado. Realmente extrañará a Thomas cuando se vaya del Vaticano. Pensar en la partida de Lawrence le produce un vacío en el pecho y le retuerce el estómago en un nudo desagradable que no logra ignorar del todo.
“De verdad estoy bien” Dice Thomas, todavía rojo hasta el cuello. "Yo sólo..."
Vincent puede ver las arrugas de su frente contraerse y abultarse en el entrecejo. Desea volver a tomarle las manos, brindarle todo el consuelo que pueda ofrecer para calmarlo e ignorar su propia tormenta emocional.
Sus manos se abren y se cierran sobre su estómago y Thomas parece notar su inquietud, pues estira los brazos en dirección a Vincent sin decir nada y entrelaza sus dedos.
La acción satisfizo su necesidad de contacto y Vincent presionó el agarre de forma tentativa; Thomas le devolvió el gesto con una firmeza inesperada, asegurando sus manos entre las suyas para indicarle que, efectivamente, todo estaba bien.
Un poco menos angustiado por haber vulnerado la dignidad de su cardenal, Vincent soltó un suspiro de cariñosa resignación. Todavía le arden las mejillas por su atrevimiento, pero al menos Thomas parecía menos inclinado a la autoflagelación que hace un momento.
"Una vez más. Perdóname por haber reaccionado con tal brusquedad contigo, mi Thomas". Vincent dio otro apretón a sus manos unidas, adelantándose a la protesta que el decano estaba a punto de formular. "También quiero disculparme por mi reacción tan... Desbordada. Las zapatillas han sido el detalle más conmovedor y considerado que he recibido en estas últimas semanas; fueron el detonante que necesitaba para expresar lo que siento con respecto a mi situación."
Vincent podría decir que se sentía más ligero, aliviado de soltar parte del peso que lo agobiaba al guardarlo sólo para sí mismo. La angustia seguía allí, por supuesto, pero ahora se encontraba atenuada por el confort de sentirse visto y escuchado. No obstante, su alivio no parecía ser compartido, dado que el ceño de Thomas se profundizó con su característica preocupación.
La preocupación era la eterna sombra de su cardenal; lo acompañaba a dónde quiera que fuera y sin importar con quien estuviera, no podía evitarlo.
Vincent lo encontraba encantador, aunque no pudo evitar pensar que esa calidad era uno de los motivos principales por los cuales las entradas en el cabello de Thomas eran tan prominentes.
Al fin, dejando eso de lado, Vincent no logró descifrar el origen del ceño fruncido de su decano. Hasta donde entendía, su vergonzoso arrebato no era el causante, ni tampoco el contacto físico, puesto que Thomas había comenzado a frotar uno de sus pulgares en pequeños círculos sobre el dorso de su mano. Quizás la suave, pero firme reprimenda qué le había dedicado le estaba dando vueltas en la cabeza; no quiso ser duro, pero era necesario que Thomas entendiera su punto respecto al trato hacia sí mismo.
Estaba a punto de cuestionar su evidente inquietud cuando Thomas se adelantó, respondiendo en voz baja.
“No sabía que te sentías así” Un ligero temblor le recorrió el cuerpo e, inesperadamente una risa carente de humor brotó de sus labios. "Pero debería haberlo sabido. ¿Por qué fui tan ciego? Yo estaba aterrorizado de asumir el puesto". susurró, más para sí mismo que para Vincent.
Thomas parecía perdido, con los ojos desenfocados puestos en algún punto por encima de la cabeza de Vincent. Mordisqueó su labio inferior con tal fuerza que Vincent temió qué se haría sangrar. Abró la boca, con otra amonestación firme en la punta de la lengua, pero Thomas parpadeó en rápida sucesión, recuperando la claridad en la mirada y cohibiéndose bajo su preocupado escrutinio.
“Perdóname yo…” Sacudió la cabeza soltando un suspiro frustrado. "Lo que quiero decir es que no tienes que disculparte por sentirte de esa forma. Entiendo a qué te refieres. Yo temí por cómo me afectaría el papado si el cáliz se hubiera decantado por mí al final ¿Y qué he hecho? He estado actuando como si fueras infalible. No he sido justo contigo, Vincent."
“A mi parecer, no hay por qué disculparse”.
Le presionó suavemente las manos. Thomas abrió la boca, pero Vincent no le dejó espacio para protestar.
“Pero, si insiste, podemos orar juntos y pedir perdón mutuamente a Dios”.
Thomas abrió la boca con la intención clara de decir algo e, inmediatamente, la cerró tras una pequeña exhalación. Por lo que Vincent sabía, los problemas de Thomas respecto a la oración habían disminuido tras el Cónclave; el propio decano se lo había mencionado la primera vez que le ofreció rezar lado a lado.
Thomas le confesó que su conexión con Dios se había fortalecido y que sus dudas ya no representaban una amenaza para su fe. También admitió, con un dejo de vergüenza, que a veces le resultaba difícil y volvía a caer en aquella espiral de incomunicación con el Señor, pero que la guía amable de Vincent lo ayudó a regresar al redil. Como la oveja perdida que vuelve al rebaño en los brazos de su pastor.
Por ese motivo, no lo presionó para obtener una respuesta inmediata. Dejó que el hombre se calmara, que los sentimientos se asentaran y que la claridad volviera a su decano.
Sonrió al ver cómo los hombros de Thomas se relajaban. La tensión se drenó poco a poco; Vincent pudo sentirlo a través de sus manos y, gracias a la cercanía le fue posible distinguir el cómo se suavizaban las arrugas de su frente.
“Sí. Me gustaría.”
Vincent sonriendo ante el recuerdo mientras terminaba de cepilarse los dientes. Sus zapatillas rojas descansaban bajo la cama, justo donde las había dejado antes de prepararse para dormir.
La primera vez que las usamos en público fue emocionante. Thomas se reunió con él después del desayuno y se enfrentaron juntos a las diversas reacciones del personal durante un paseo por los jardines. Como era de esperar, las protestas no faltaron; Sin embargo, a Vincent le importaban poco, pues el impacto fue más positivo que negativo. Ray le mostró las estadísticas en Internet, resaltando la gran aceptación entre los jóvenes, y cuando el buen monseñor le enseñó las fotografías de niños dos sonrientes con sus zapatos nuevos, la historia detrás de las modernas zapatillas de lona roja del Papa se volvió tendencia durante semanas.
Las dos facciones de la Curia Romana no pudieron más que murmurar sus inconformidades. Tedesco se mantuvo al margen con sus colegas y Bellini se presionó el puente de la nariz con el índice y el pulgar, mientras Thomas lo observaba con algo parecido a una compasión amistosa. Vincent incluso le lanzó a Thomas una mirada cómplice alzar las faldas de su sotana para bajar las escaleras, dejando sus zapatillas de lona rojas expuestas ante todos.
El rubor encantado del cardenal fue algo con lo que se deleitó en privado.
Siguió recordando los detalles tras apagar la luz del baño y dirigirse a su habitación. Sus oraciones para antes de acostarse ya estaban hechas, por lo que se dispuso a ir directamente a la cama para reflexionar sobre los acontecimientos recientes, ahora que el Vaticano, por fin, parecía sumido en la calma.
Se recostó sobre el colchón, dejando escapar un suspiro de satisfacción en cuanto su cabeza tocó la almohada. El material era suave y agradable al tacto, al igual que las sábanas con las que se cubría hasta el pecho. Thomas lo había ayudado a elegirlas cuando la hermana Agnes lo acorraló para someterlo a un interrogatorio intensivo sobre sus preferencias.
Thomas también lo había ayudado a descubrir varios detalles que podrían delatar su condición; pequeñas cosas, como el nulo uso de la maquinilla y la espuma de afeitar. Acordaron en secreto guardar cada artículo en una caja para que, más adelante, Thomas pudiera llevarselos para donarlos a personas que si lo necesiten.
El tema médico era otro asunto en el que Thomas y Ray habían estado trabajando con cautela. Hasta el momento, solo se había sometido a revisión externa y análisis de sangre específicos para monitorear sus niveles de colesterol, hierro, glucosa, así como sus funciones renales y hepáticas. Otros tipos de estudios, como ecografías, resonancias magnéticas o perfiles hormonales, se habían evitado momentáneamente ante el alto riesgo de revelar su secreto.
No es que necesitera uno en ese momento. Sus análisis sanguíneos habían salido bien; aunque sus niveles de hierro resultaron bajos y presentaron un cuadro de anemia ferropénica que ya estaba bajo tratamiento, más allá de eso, su salud era perfecta. Gracias a esos resultados, habían logrado esquivar un examen médico más exhaustivo.
Cabe señalar, además, que Thomas estuvo presente en cada una de las revisiones durante esos primeros días. Su presencia fue un bálsamo para sus inseguridades; lo hizo sentir a salvo mientras el médico lo inspeccionaba. En realidad, Thomas parecía dispuesto a saltar sobre el médico si este hacía el más mínimo movimiento que considerara sospechoso.
Ver el lado protector de Thomas dirigido hacia él le provocaba cosquillas en el pecho. Con cada intervención del decano en su defensa, el corazón se le aceleraba de regocijo; se sentía respaldado, como un rey junto a su caballero más leal.
A Vincent le habría gustado que las cosas fueran a la inversa, con Thomas en el trono papal y él como su fiel servidor. Sabía muy bien que Thomas manejaría el papado con mayor eficiencia y que luciría increíble vestido de blanco: radiante y benevolente. No obstante, el plan de Dios es inefable y Vincent poco podía hacer si el Señor deseaba que él fuera su mayor emisario en la Tierra. Afortunadamente, Thomas estaba allí y, esta vez, su permanencia en el Vaticano ya no era una incertidumbre.
Con una sonrisa y los ojos cerrados, el recuerdo de su reunión más reciente con Thomas, esa misma mañana, se reprodujo en su mente.
La agenda, por una vez, no estaba sobrecargada. Tras haber dejado atrás la Navidad y el Año Nuevo hacía apenas una semana, el ambiente en el Vaticano resultaba menos caótico. Algunos obispos regresan de sus reuniones familiares y otros, en su mayoría cardenales que habían viajado para pasar las fiestas en Roma, se despedían para volver a su diócesis.
El sol entraba por la ventana de su oficina, irradiando su calor a través de las cortinas. La calidez se sintió como un arrullo contra su cuerpo y no pudo evitar cabecear sentado en su silla, que repentinamente le resultó demasiado cómodo para sus cansadas articulaciones. La tranquilidad del Vaticano trajo consigo el descenso de la adrenalina y el cortisol que Vincent había estado generando desde su elección, un mes atrás.
Las cosas se movían demasiado rápido para ser un lugar lleno de ancianos. Vincent no era tan mayor como sus colegas, pero tras el mes de diciembre sintió que había envejecido al menos tres años, y no lo había resentido hasta ese momento. El agotamiento físico y emocional comenzaba a pasarle factura.
Bostezó sin cubrirse la boca; Al fin y al cabo, estaba solo. Se frotó los ojos y se puso de pie para estirar la espalda, haciendo una mueca ante el chasquido de sus vértebras. Le vendría bien una sesión de yoga para descomprimir la tensión muscular, pensó, pero de momento la idea de salir a respirar aire fresco le resultó más atractiva. Quizás el frío de una mañana romana le ayudará a espabilar.
Alisó los pliegues de su sotana y caminó hacia la puerta. Giró el picaporte y, de inmediato, su visión se vio obstruida por un bloque de tela negra, al tiempo que chocaba contra algo blando pero sólido.
“uf”
“¡Su Santidad!”
La voz de Thomas vibró a través de su propio cuerpo por unos segundos, haciéndose estremecer antes de retroceder un paso. Alzando levemente la vista para encontrarse con los ojos de su decano.
"Thomas. Perdóname, no estaba mirando"
Le sonrió al hombre mientras se acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja, tratando de recuperar la compostura tras el impacto.
“Su Santidad, ¿Se encuentra bien?”
Vincent levantó una ceja, esperando expectante y en silencio con los labios ligeramente torcidos. Thomas se aclaró la garganta y se removió en su sitio, captando la señal.
“¿Estás bien, Vincent?”
Satisfecho, Vincent asintió sacudiendo la mano para restablecer la importancia al asunto.
"Sí. Lo siento, no te vi. Parece que estabas a punto de llamar a la puerta. ¿Sucede algo, mi querido Thomas?"
El decano se mordio el labio. El gesto fue sutil y duró apenas unos segundos antes de que volviera a hablar.
"Me temo que sí. Hay algo importante de lo cual hablar, Su Santidad"
El tono de voz que usó al pronunciar su título oficial encendió una pequeña alarma en su cabeza. Vincent trataba de limitar las formalidades a las interacciones públicas; cuando se encontraban a solas o con colegas de confianza, que, hasta el momento, solo eran Thomas, Ray y la hermana Agnes, prefería que usaran su nombre de pila.
Tras varios tropiezos, Thomas había ido aceptando la informalidad de sus encuentros, llamándolo por su nombre cada vez con más frecuencia; A paso lento, el hombre había soltado la lenta y rigurosa etiqueta a la que estaba acostumbrado con el anterior Santo Padre. Sin embargo, el decano estaba usando aquel honorífico ahora con una intención que Vincent no lograba descifrar.
Sintiéndose consternado por el repentino intercambio, se hizo a un lado con un gesto de invitación para que entrara. Thomas vaciló en el umbral, pareciendo luchar por despegar los pies del suelo. Vincent frunció el ceño; la preocupación comenzaba a gestarse ante la evidente inquietud de su amigo.
“¿Está todo bien, Decano?” Decidió seguir el juego de la formalidad, ya que la situación se tornaba preocupante. “¿Ha ocurrido algo grave?”
Justo después de terminar aquella frase, Vincent jadeó con fuerza, abriendo muchos los ojos y presionando la palma de una mano contra su corazón palpitante.
“¿Ha muerto alguno?” Preguntó casi sin aliento con la voz cargada de angustia.
Thomas frunció las cejas con confusión.
“¿Perdón?”
“Algún cardenal… ¿Ha muerto algún cardenal?”
No era un secreto que muchos de los purpurados veteranos del Vaticano padecían graves enfermedades degenerativas. Hizo el esfuerzo de por lo menos hablar con cada uno de ellos para conocerlos más de cerca antes de que tuvieran que marcharse. Fue así como se enteró de las complicaciones de salud de gran parte de la Curia desde las más obvias, como los problemas de movilidad de los cardenales Krasinski y Yatsenko, o el sobrepeso del cardenal Guttuso, hasta las más sutiles, como las afecciones de vesícula del cardenal Villanueva.
De hecho, el día anterior tuvo una charla con el cardenal Scavizzi, quien había contraído un resfriado bastante fuerte. Vincent, como antiguo voluntario en los hospitales que él mismo ayudaba a construir, se preocupó ante la renuencia del vicario general emérito de Roma de recibir atención médica, bajo el argumento de que su salud estaba en manos de Dios. El hombre en cuestión parecía a punto de vomitar un pulmón en cualquier momento, de hecho, no pudo conversar más de veinte minutos ya que el cardenal sufrió un ataque de tos que lo obligó a retirarse.
Como él, había varios purpurados de ochenta o noventa años con salud delicada a los que Vincent conoció y no pudo evitar preocuparse. Por eso, cuando Thomas apareció repentinamente nervioso, vacilante y con una expresión atormentada, su primer pensamiento voló hacia el fallecimiento de alguno de los ancianos con los que convivió. Quizás el resfriado de Scavizzi había empeorado y ahora debían organizar los ritos funerarios.
Hubo un momento de silencio en el que Thomas parpadeó un par de veces, pareciendo un poco perdido antes de recuperar el sentido y dirigirle una mirada atónita.
"No. No, mi querido Vincent. Todos se encuentran bien".
La ansiedad en el estómago de Vincent se disipó. La leve sonrisa confundida de Thomas le alivió el pecho y pudo recomponerse lo suficiente para invitar al decano a entrar en la oficina.
“Oh, que alivio” Sonrió, cerrando la puerta detrás de Thomas. “Disculpa mi suposición Thomas, pero la salud del cardenal Scavizzi me tiene bastante inquieto”.
“Es cierto que el resfriado de Vittorio ha sido problemático, pero hasta donde sé, está controlado por la religiosa y el capellán que lo auxilian”.
“Qué bendición. Rezaré por su pronta recuperación” Dijo Vincent tomando asiento en su silla, detrás del escritorio. "Thomas, no te quedes ahí parado. Ven, siéntate".
Señaló una de las sillas vacías frente a él, esperando que el cambio de ambiente ayudara a Thomas a soltar lo que realmente lo había llevado hasta allí.
El decano se humedeció los labios y se sentó en la silla de la izquierda. Vincent notó la postura rígida y las manos inquietas de Thomas sobre su regazo, alisando arrugas inexistentes en su fascia escarlata. Intentó buscar sus ojos, pero Thomas esquivó el contacto visual, fijando la vista en un punto muerto de la pared. El silencio comenzaba a sentirse opresivo, así que Vincent decidió ser él quien diera el primer paso.
"Muy bien. ¿Cuál era ese asunto que necesitaba hablar conmigo, decano?"
Observó a Thomas respirar profundamente y removerse en el asiento. La inquietud volvió a Vincent lentamente ante aquella actitud esquiva.
“Su Santidad, he venido para hablar sobre mi estancia en el Vaticano”.
La ligereza del alivio anterior fue aplastada por el abrumador peso de la espada de Damocles, que caía por fin sobre su cabeza. Vincent quedó inmóvil, salvo por su respiración. El estómago se le revolvió y una sensación de entumecimiento le recorrió las extremidades.
“Aquella noche frente al estanque de las tortugas durante el Cónclave… ¿Lo recuerda?” Thomas seguía sin mirarlo. “Le mencioné que deseaba retirarme de mi puesto como decano del Colegio Cardenalicio y pasar el resto de mis días en un monasterio”
“Sí” Intentó sonreír, sintiendo como la comisura izquierda de su boca tiraba hacia arriba mientras la derecha se resistía. Esperaba no estar haciendo una mueca extraña. “Lo recuerdo”
“Y he permanecido en mi puesto a petición suya”.
Vicente avanzaba con la boca seca. El sudor comenzó a escurrirle por la espalda, la calidez agradable de antes se transformó en un calor sofocante. Las capas de ropa lo agobiaban, la fascia se sentía como un aro de hierro sobre su vientre y el alzacuello le apretaba la garganta.
“Sí, y debo agradecer su magnífico servicio, cardenal Lawrence”
Thomas hizo un gesto afirmativo y continuó, sin prestar atención a las dificultades de Vincent, quizás para ahorrarle la vergüenza o porque, sinceramente, no se percató.
"Me pidió que me quedara hasta que se hubiera adaptado a su nuevo puesto y a la dinámica del Vaticano. Ya hemos pasado una de las celebraciones más importantes y, para mí, usted se ha desempeñado de forma excelente. La Pascua no representará un problema mayor para usted. Está más que listo para dirigir la Iglesia".
Una voz en la cabeza de Vincent gritaba qué no, que no se sentía listo ahora, ni en un futuro cercano y quizás nunca lo haga al cien por ciento. Y que, si le ha ido la mitad de bien de lo que dice Thomas es gran parte gracias a él.
Thomas fue quien le presentó a los cardenales uno por uno. Le enseñó a pronunciar bien el nombre del cardenal Xalxo; fue quien lo guio por el Palacio Apostólico y sus jardines, ayudándole a memorizar el nombre de diplomáticos y jefes de estado. Corrigió sus primeras homilías como Papa, contó historias sobre las esculturas y pinturas del museo. Le compartió la anécdota sobre la sotana de Juan XXIII.
Thomas le puso el anillo del Pescador en el dedo anular izquierdo. Thomas le consiguió un par de zapatillas de lona rojas que además hicieron felices a dos niños en Mozambique.
Thomas había echado raíces tan profundas en él en tan poco tiempo que la idea de arrancarlo del suelo fértil del jardín de su ser se sentía casi como un martirio. Lo acababa de conocer, a penas dos meses, no podía irse ahora.
“Thomas, creo que me estás sobreestimando”
"No. No lo creo." Thomas negó con la cabeza. "A pesar de los contratiempos, Su Santidad se ha adaptado con una rapidez asombrosa. Puede confiar en mi criterio; he estado al servicio de dos de sus predecesores y puedo asegurar que usted ha demostrado una capacidad de adaptación sobresaliente".
Vincent sabía que eso no era cierto. Aún no se ha acostumbrado a despertar bajo el techo de la Casa de Santa Marta. A veces abría los ojos y deseaba estar de vuelta en Kabul, con su rebaño, al que extrañaba cada día. No terminaba de asimilar qué hubiera guardias dispuestos a dar la vida por él, el protocolo era tan extenso que, pese a sus esfuerzos, se le olvidaba constantemente. La comida, aunque sabrosa, no terminaba de sentarse bien al estómago. Le incomodaban las cámaras, y los paparazzi y reporteros que seguían cada uno de sus movimientos lo hacían sentirse atrapados en una especie de panóptico. Las multitudes que acudían solo para verlo le resultaban intimidantes, de hecho, sentían la necesidad de respirar hondo varias veces antes de enfrentarse a una audiencia llena de personas que aclamaban su nombre papal. Todavía tenía pesadillas, los ruidos fuertes lo asustaban y las tormentas le ponían los pelos de punta.
No. No se sentía listo para caminar sin la guía de Thomas Lawrence, y admitirlo lo hacía sentir profundamente egoísta porque hay muchas personas se esforzaban por ayudarlo y que Thomas, más que nadie, merecía el descanso que le había sido negado durante tanto tiempo.
“Eso es un gran cumplido viniendo de ti, Thomas”. Se obligó a responder con calma. “Si me dices esto, entonces asumo que has estado pensando en tu jubilación”.
Su amigo asintió, sin mirarlo a los ojos aún. Vincent quiso tomarlo de la barbilla para obligarlo a sostenerle la mirada.
“Sí, Santo Padre.”
“¿Has tomado alguna decisión?”
“Sí, Santo Padre.”
Vincent se mordió el interior de las mejillas. No quería seguir con aquella conversación, pero sentía que era su obligación llegar hasta el final, por Thomas. Si tenía que dejarlo ir, lo haría. No le negaría a su amigo la oportunidad de buscar su propia felicidad fuera de las murallas del Vaticano.
"Dime, mi querido Thomas. ¿Qué es lo que deseas?"
“Yo…” Thomas suspiró y, para sorpresa de Vincent, sus ojos azules por fin lo buscaron, clavándolo en la silla. “Sí Su Santidad me lo permite, y si todavía soy de utilidad aquí… Me gustaría conservar mi puesto como decano.”
Los pensamientos de Vincent se disiparon; por un instante, su mente quedó completamente en blanco. Thomas, por su parte, continuó hablando:
"Además de recuperar mi fe, también se ha renovado mi entusiasmo por seguir sirviendo a Dios en el Vaticano. He orado y reflexionado mucho últimamente, y he llegado a la conclusión de que me gustaría mucho seguir siendo de ayuda, no solo para su pontificado, sino también para poder seguir conociéndote, Vincent."
La emoción y el alivio rebosaron dentro de Vincent, estallando como pequeños fuegos artificiales en su estómago y en su pecho.
"Espera. Espera un momento. Quieres decir... Tú no..."
Vincent negoció con la cabeza, tratando de conectar el cerebro con la lengua para poder articular una oración completa.
“¿Eso quiere decir que te quedas? ¿De verdad?”
“Claro... si me aceptas.”
¡Oh, definitivamente Vincent lo quería cerca! Su posible partida había sido una cuchilla sobre su cabeza, una nube tormentosa cerniéndose sobre un día radiante.
“¡Por supuesto que sí!” La alegría en su voz fue evidente incluso para él mismo. “No sabes lo feliz que me has hecho, Thomas”.
Nuevamente, el impulso de morder el hombro de Thomas lo asaltó y tuvo que morderse la lengua en su lugar para evitar una escena bochornosa.
Los hombros del cardenal se relajaron visiblemente y una sonrisa sincera se abrió paso en su rostro.
“Gracias, Vincent”
"No, Thomás". Vincent extendió las manos sobre el escritorio con las palmas hacia arriba, esperando a que su amigo colocará las suyas sobre ellas. Cuando lo hizo, las presionó con suavidad. "Gracias a ti por elegir quedarte. Prometo no hacer que te arrepientas de tu decisión".
La sonrisa que Thomas le dio en respuesta perduró en su mente durante todo el día. Su entusiasmo creció ante el paseo que ambos dieron después, de hecho. Thomas lo llevó a la estatua en forma de mano derecha y Vincent se deleitó con la historia de fondo contada a detalle por él.
Esa sensación efervescente lo acompañó hasta que se acostó. Se giró de lado, envolviéndose en las sábanas y sumergiéndose en el recuerdo de aquel paseo. Vincent había aprovechado el impulso de valor que ganó tras la permanencia de Thomas para proponerle algo que llevaba tiempo dándole vueltas a la cabeza.
Mientras regresaban de contemplar la mano de piedra, Vincent le propuso convertirse en secretario de estado. Thomas detuvo su andar en seco, sorprendido, y lo miró con los ojos muy abiertos. Vincent creía sinceramente que se merecía el puesto; fue cautivador ver al decano tomar las riendas para la celebración de su misa inaugural. Los preparativos para el inicio de su pontificado tuvieron que ser excepcionalmente adelantados debido a que el mes de diciembre, junto a una de las más grandes celebraciones litúrgicas estaban a la vuelta de la esquina.
Había observado con asombro su destreza para encauzar todo trabajando en equipo con su secretario, monseñor Raymond O'Malley, y el maestro de celebraciones litúrgicas, el arzobispo Wilhelm Mandorff.
La mayoría se encontró un poco perdida aún, a pesar de haber transcurrido varios días tras la finalización del Cónclave. No obstante, Thomas, O'Malley y Mandorff fueron los primeros en movilizarse para asegurar un flujo fluido entre las celebraciones litúrgicas y las diplomáticas. Sin embargo, de entre ellos tres, era Thomas quien sobresalía por su entusiasmo; un brillo renovado que le valió miradas extrañas por parte de los cardenales Bellini y Sabbadin.
Además, cuando Vincent se vio abrumado por la cantidad de decisiones que debía tomar en tan poco tiempo para los eventos venideros, Thomas demostró ser un consejero excepcional. Todo resultaba más sencillo si él estaba allí, pues no presionaba con la insistencia de Bellini ni mostraba el autoritarismo de Tedesco o Sabbadin.
El decano ofrecía su opinión tal como era. Una visión sincera que no buscaba manipular el criterio de Vincent. En los pocos desacuerdos que habían tenido, Thomas solía arrugar la nariz y fruncir las cejas, expresando su malestar con una amabilidad inquebrantable. Al final, siempre quedó en manos de Vincent decidir si la opinión de su amigo influía o no en sus resoluciones. Y cuando Thomas no estaba de acuerdo, pero Vincent se mantenía firme, el decano lo apoyaba sin fisuras, defendiendo la decisión del Pontífice como si fuera propia a pesar de sus reservas personales.
En tan solo una semana, Thomas se convirtió en un filtro humano entre el mundo y Vincent. Todas las citas, reuniones, almuerzos y compromisos pasaban primero por él. Vincent solicitaba su presencia incluso cuando la asistencia del decano era estrictamente innecesaria; Se había preocupado por sobrecargar a un hombre ya de por sí demasiado ocupado, pero Thomas desestimó sus temores con soltura.
Desde el momento en que se conocieron, Thomas había demostrado ser un hombre digno. Fue el primero en acogerlo con amabilidad al llegar al Vaticano a última hora; se encargó de presentarlo ante sus hermanos en Cristo con aplomo y de asegurar que estuviera vestido y alimentado. Además, dirigió el Cónclave con mano suave pero firme ante las transgresiones de sus hermanos cardenales.
No fue cruel con lo que sea que hubiera ocurrido entre Adeyemi y la hermana Shanumi. Vincent tenía sus sospechas, no era idiota, sus ministerios se habían visto trágicamente plagados de abusos hacia las mujeres. Él mismo había consolado a muchas de ellas con el corazón roto y le habría gustado hacer lo mismo con Shanumi, pero Thomas pareció manejarlo con entereza dadas las circunstancias. Adeyemi presentó su renuncia como cardenal mayor penitenciario, no sin antes abrazar a Thomas y susurrarle unas palabras que Vincent no pudo captar, aunque, a juzgar por la expresión suave de su decano, dedujo que fueron buenas.
Thomas, junto a la hermana Agnes, se aseguraron de que la hermana Shanumi volviera a Nigeria sana y salva. Ella había mirado a Thomas con recelo antes de que su expresión se suavizará y decidirá abrazarlo también. No fue un gesto efusivo como el de Adeyemi, quien parecía aferrarse a Thomas como un koala; Fue un abrazo nervioso, casi tentativo, pero cargado de sentimiento.
En cuanto al cardenal Tremblay, Vincent sabía que Thomas le había dado oportunidades para desistir, examinar su conciencia y hacer lo correcto. También sabía que a Thomas no le agradó destapar la simonía ni confrontar a Tremblay durante aquel desayuno, tras revelar públicamente su conspiración. Thomas no se regodeó con la desgracia de sus hermanos. Dudó antes de revelar la verdad, odió escarbar en el pasado de quienes compartían su fe y, aun así, rompió el sello de los aposentos papales en busca de la justicia.
Hizo lo que su corazón le dijo que era correcto.
Todo eso, sumado a sus habilidades diplomáticas y su vasto conocimiento, eran las razones por las que lo había elegido como su secretario de estado. Ahora que Thomas oficialmente se quedaba, no había momento más oportuno para plantear la idea. Sin embargo, Thomas no pareció verlo así, ya que rechazó la propuesta de inmediato.
“Vincent, me siento muy halagado, pero me temo que debo rechazar la oferta”. Había dicho.
La eufórica confianza que Vincent había construido con esmero se desmoronó como la Torre de Babel en un abrir y cerrar de ojos. La desilusión se abrió paso en su pecho y no pudo evitar preguntar el motivo.
“No me siento capaz de sobrellevar la carga de trabajo que implica a la Secretaría”. Thomas explicó con suavidad. “Puede que resista por un tiempo, sin embargo, tengo la certeza de que el cargo mermará con rapidez lo que me queda de fuerzas, y no deseo que eso suceda.”
"Oh"
Más tarde, Vincent cuestionaría su escaso esfuerzo por ocultar su decepción, aunque no podía culparse; La negativa de Thomas había sido desmotivadora.
"Entiendo. No deseo forzarte a nada, mi querido Thomas. Si de verdad no aceptas el puesto, no voy a obligarte. Es más que suficiente qué hayas decidido quedarte como decano".
"Gracias, Vincent. Aunque eso no significa que no pueda asesorarte de alguna otra forma si lo requiere".
“Uhmm” Vincent tarareó, pensativo.
Thomas retomó su paso ligero y le ofreció el brazo para continuar la marcha. Vincent aceptó el gesto y entrelazó su brazo con el de su amigo, sintiendo la solidez de su apoyo.
“Podrías seguir asesorándome” Insistió Vincent después de un rato de caminar bajo el sol de invierno.
“Sí” El puente de la nariz de Thomas y sus mejillas estaban teñidas de un suave color rojo.
“¿Podrías ser…Algo así como un asesor principal?”
“¿Un asesor principal?”
"Si"
Los engranajes de la mente de Vincent comenzaron a girar con rapidez en la formulación de una nueva idea. Thomas pudo vislumbrar aquel brillo en sus ojos y lo miró con una ceja alzada y una media sonrisa.
“Puedo escucharte pensar, ¿Sabes?”
“uhm” Vincent sonrió, sujetándose con firmeza al brazo de su amigo. “Thomas, ¿podrías explicarme en profundidad el procedimiento para la creación de nuevos cargos?”
Thomas mantuvo la ceja alzada, pero accedió a explicarle el intrincado proceso de creación de cargos, dicasterios y la reconfiguración de la Curia Romana. Para el final del paseo, Vincent expuso su idea y ambos llegaron a un acuerdo: Thomas se quedaría como decano, pero además sería nombrado Asesor Papal. Un cargo inédito, propuesto por Vincent y configurado por el propio Thomas, cuyas responsabilidades consistirían en aconsejar y guiar al Pontífice sin el agobiante peso administrativo de la Secretaría de Estado.
Thomas se entusiasmó con la idea; No dejaba de proponer formas en las que podía ayudar. Hablaba y gesticulaba con las manos mientras delineaba la logística de su nueva carga que, básicamente, consistía en oficializar lo que ya hacía de forma extraoficial con la agenda de Vincent.
Verlo tan emocionado hizo que todo el papeleo futuro valiera la pena; Provocó que el corazón de Vincent irradiaría una calidez reconfortante. De repente, los jardines se veían más verdes y rebosantes de vida para estar aún en invierno. Sus guardias los seguían a una distancia prudente, pero aquello no importaba: la voz de Thomas llenaba el aire y Vincent, por fin, se relajó.
Thomas hacía que todo pareciera sencillo. Todo era mejor si él estaba allí: la comida sabía mejor, los paseos eran más esclarecedores, el té resultaba más cálido y el sol brillaba con más fuerza. Las reuniones se volvieron tolerables, la prensa menos odiosa y la nostalgia menos pesada. La vida, simplemente, era mejor con él a su lado.
Quizás , pensó Vincent mientras el sueño lo vencía, ahora que Thomas se quedaba, podría compartir con él algo más que el trabajo. Le gustaría acercarle la cuchara a los labios. Reunirse para charlar de nimiedades. Tal vez preguntele su color favorito. Pasear por los jardines en primavera. Morderle el hombro después de cada historia . Visitar a las tortugas. Tomarlo de la mano y besarle el sonrojo del rostro. Un beso en la frente, otro en la nariz, dos en cada mejilla y uno en los labios para, finalmente, mirarlo a los ojos y decirle…
La cama de Vincent se sacudió con brusquedad cuando se incorporó de golpe. Las sábanas se le enredaron en las piernas; el corazón le latía con fuerza contra el pecho y tenía los ojos abiertos como platos en medio de la oscuridad. Su mente, una diferencia de su cuerpo, estaba en una calma gélida, con un solo pensamiento claro y una sola palabra en la boca para describir su nueva realidad:
Mierda.
