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Uma musume: La era dorada(spanish version)

Summary:

En Tracen Academy, ganar lo es todo... y tú ya perdiste demasiadas veces.

Eres el entrenador con peor reputación: ocho Uma Musume se fueron de tu equipo y nadie espera nada de ti. Cuando estás a punto de rendirte, aparece TM Opera O, exagerada, segura de sí misma y decidida a debutar cueste lo que cueste.

No promete ganar.
Tú no prometes nada.

Entre entrenamientos, pequeñas mejoras y mucha teatralidad, ambos avanzan hacia una carrera que podría cambiarlo todo... o confirmar el fracaso.
todos los personajes usados son propiedad de Cygames.
¿Romance? Definitivamente si, aun eres joven.

Chapter Text

Estás apoyado en el barandal del hipódromo.
El metal está frío bajo tus manos, pero apenas lo notas. Tus dedos aprietan un papel de apuestas ya arrugado, manchado de sudor, como si cambiar su forma pudiera alterar el resultado. No lo hará. Nunca lo hace.
El público ruge.
No gritan su nombre.
No corean a la chica que entrenas.
Los aplausos, los vítores, la euforia… todo es para Fuji Kiseki.
La ves pasar como un destello elegante, perfecta, inalcanzable. El estadio vibra cuando cruza la meta. Primera. Impecable. Como siempre.
Y entonces miras la pantalla.
Octavo lugar.
Ahí está ella.
La Uma Musume que tú entrenaste. Su respiración es errática, los músculos tensos, la zancada forzada. No se rindió. No aflojó. Apretó los dientes y dio todo lo que tenía… incluso cuando su cuerpo ya le pedía detenerse.
Tú lo sabes.
Lo viste desde aquí.
Corre.
Un poco más.
No mires atrás.
Eso pensaste. Eso gritaste por dentro. Como si la distancia pudiera romperse a fuerza de voluntad.
Pero no.
Uno a uno, los nombres se ordenan en la pantalla. El público sigue celebrando. El mundo sigue girando. Y cuando ella cruza la meta, nadie grita. Nadie aplaude. Apenas algunas miradas que ya buscan la siguiente emoción.
Octavo lugar.
Te preguntas en qué momento empezó a doler tanto.
¿Fue cuando aceptaste ser entrenador?
¿Cuando le prometiste que podían llegar lejos?
¿O cuando creíste, de verdad, que el esfuerzo siempre era suficiente?
Aprietas el papel con más fuerza.
No estás en la pista.
No estás corriendo.
Pero la derrota te pesa como si hubieras dado cada paso tú mismo.
La ves inclinarse, jadeando, las manos apoyadas en las rodillas. Su cola tiembla. No de cansancio únicamente. Hay algo más ahí. Algo que reconoces porque también lo sientes.
Impotencia.
No puedes correr por ella.
No puedes cargarla.
No puedes pedirle perdón al destino por no haber sido mejor.
Solo estás ahí. Mirando. Aprendiendo, de la peor manera posible, lo que significa perder en Tracen.
Y aun así…
A pesar de todo…
Sigues ahí.

Sigues sin moverte.
El estadio aún vibra, pero ya no escuchas los aplausos con claridad. El narrador —esa voz que no te deja escapar— insiste, sin piedad:
¿Eso era todo?
¿De verdad pensaste que bastaba con creer?
¿O solo necesitabas una excusa para no mirarte a ti mismo cuando perdieran?
No respondes.
No sabes cómo.
A tu lado, alguien más observa la pista.
Es una chica de cabello castaño, atado de forma descuidada, con un broche lateral que refleja la luz del estadio. Sus ojos amarillos brillan con una intensidad distinta a la del público. No celebra. No aplaude. Mira.
Mira a la pista.
Mira a la Uma Musume que terminó octava.
Y, por alguna razón, también te mira a ti.
No dices nada. Ella tampoco. Hay silencios que no necesitan palabras; este es uno de ellos.
—Oye, Pocket.
Un grupo de chicas se acerca riendo, todavía emocionadas por la carrera.
—Si te quedas más rato ya no vamos a alcanzar buen lugar para la siguiente —dice una—. ¡Pero estuvo impresionante! ¿Viste cómo corrió Fuji Kiseki?
La chica del broche parpadea, como si recién regresara al presente.
—Sí… —responde despacio—. Fue impresionante.
Pero no suena deslumbrada. Suena pensativa.
Sus amigas ya están hablando de tiempos, de elegancia, de lo “perfecta” que fue la carrera. Pocket frunce ligeramente el ceño.
—Aunque… —añade, con una media sonrisa ladeada— no creo que solo las señoritas sofisticadas de aquí puedan correr así.
Las otras la miran, confundidas.
—¿Eh?
Pocket se lleva las manos a la cintura, con una seguridad que no encaja del todo con su apariencia despreocupada.
—Yo también voy a correr —dice—. Y lo haré mejor.
No es arrogancia.
Es convicción.
—¿Mejor que ellas? —pregunta una de sus amigas, incrédula.
—Mejor que cualquiera —responde Pocket, sin quitar la vista de la pista—. Incluso si tengo que empezar desde atrás.
Tú sigues mirando al frente, en silencio.
El narrador no deja pasar el momento.
¿Lo ves?
Mientras tú cuentas derrotas, otros ya están soñando con correr.
¿Vas a quedarte aquí, aferrado a un papel de apuestas arrugado… o vas a levantarte cuando alguien aún cree que puede ganar?
Pocket se gira apenas, lo suficiente para verte de reojo. Sus ojos amarillos se cruzan con los tuyos por un segundo.
No te juzga.
No te consuela.
Solo te observa… como si estuviera evaluando algo que ni tú mismo sabes si existe todavía.
Y por primera vez desde que terminó la carrera, el silencio pesa un poco menos.

El vestidor está casi vacío. El eco de las celebraciones no llega hasta aquí, como si este lugar existiera solo para quienes no ganaron. Ella está sentada, con la espalda encorvada, aún con el uniforme húmedo por el sudor. Sus manos tiemblan mientras intenta desatarse las cintas de las zapatillas.
No levanta la vista cuando entras.
Y tú tampoco dices su nombre.
Te quedas de pie, observándola, como si buscaras algo que explique el resultado. El narrador no tarda en intervenir:
Vamos.
Dilo.
Para eso viniste, ¿no?
—Corriste mal.
Las palabras salen secas, sin rodeos. Incluso a ti te sorprende lo fácil que fue decirlo.
Ella se queda quieta.
—Te lo advertí —continúas—. Te dije que no te adelantaras tan pronto. Que guardaras energía para el último tramo.
Aprieta los dientes.
—Yo… lo intenté —responde en voz baja—. De verdad…
¿De verdad?
¿O solo quieres creerlo porque es más fácil que aceptar que no alcanzó?
—Intentarlo no sirve de nada si el resultado es el mismo —replicas—. Octavo lugar.
Ahora sí te mira. Sus ojos están enrojecidos, no sabes si por el esfuerzo o por algo más.
—Di todo lo que tenía —dice—. No me guardé nada.
—Ese es el problema —respondes sin pensar—. Siempre dices lo mismo.
El silencio cae pesado entre ambos.
Ella baja la cabeza.
—¿Entonces… fue mi culpa?
No respondes de inmediato. Y ese silencio dice más que cualquier palabra.
Ahí está.
La pregunta que estabas esperando.
—No importa —dices al final—. El resultado es el que cuenta.
Te das la vuelta. No quieres verla así. O tal vez no quieres verte reflejado en ella.
—Entrenador… —te llama.
Te detienes, pero no giras.
—Ya no voy a seguir —dices—. Con el equipo.
Sus palabras se quedan atoradas en la garganta.
—¿Qué…?
—Esto no funciona —continúas—. No contigo. No con nadie.
Ahora sí la miras. Tus ojos están cansados, vacíos.
—Eres la octava.
Ella parpadea, confundida.
—La octava Uma Musume que se va de mi equipo —aclaras—. Ocho derrotas. Ocho promesas que no llegaron a nada.
¿Lo escuchas?
No estás hablando de ella.
Estás hablando de ti.
—Tal vez el problema nunca fueron ustedes —añades—. Tal vez yo no sirvo para esto.
Ella se levanta de golpe.
—¡Eso no es justo! —exclama—. ¡Tú me entrenaste! ¡Creí en ti!
—Y yo creí que eso bastaba —respondes, con una sonrisa amarga—. Me equivoqué.
Tomas tus cosas. No miras atrás.
—Busca otro entrenador —dices—. Alguien mejor.
Cuando sales, el pasillo parece más largo de lo que recordabas.
No escuchas pasos siguiéndote.
No escuchas una despedida.
Solo el sonido de una puerta cerrándose.
¿Más fácil, ahora?
¿Dejarla sola te hizo sentir menos culpable?
Ocho veces.
Ocho veces huyendo justo después de perder.
Te preguntas, aunque no quieres admitirlo, cuántas veces más podrás hacerlo antes de que ya no quede nadie… ni siquiera tú.

Dos semanas después
Dos semanas.
No es mucho tiempo.
Pero es suficiente para que alguien empiece a parecerse a lo que cree que vale.
El Entrenador despierta tarde. Siempre tarde. La habitación huele a alcohol viejo y a ropa olvidada en el suelo. La camisa que se pone está arrugada; no recuerda cuándo fue la última vez que le importó plancharla. El cabello, desaliñado. El rostro, cansado.
El espejo no le devuelve una sorpresa.
Más o menos así te ves por dentro, piensa el narrador, sin malicia, solo constatando el hecho.
Bebe. No para celebrar. No para olvidar del todo. Bebe para que el ruido se vuelva manejable.
Aun así, termina yendo a Tracen Academy.
Por costumbre.
Por inercia.
Porque no sabe qué más hacer.
El despacho sigue igual: limpio, ordenado, demasiado pulcro para alguien como él. Se sienta frente a la computadora. La pantalla se enciende y, casi de inmediato, el correo electrónico aparece al centro.
No es el primero.
Pero este es distinto.
Advertencia formal.
Lee sin mucha prisa.
Falta de resultados.
Ausencias reiteradas.
Incumplimiento de responsabilidades como entrenador.
Posible despido.
Suspira. No hay enojo. No hay miedo. Solo una aceptación cansada.
¿Te duele?
¿O ya te da igual?
Tracen es una academia de excelencia. De récords, de talento, de nombres que hacen historia. Y él… él es lo que no encaja.
Una mancha.
Un recordatorio incómodo de que no todos los entrenadores ganan. De que no todos saben guiar. De que algunos solo acumulan fracasos.
Mira el correo un segundo más. Luego otro. No responde.
Se recuesta en la silla, mirando el techo del despacho.
Tal vez no deberías estar aquí, insiste la voz.
Tal vez nunca debiste.
Afuera, las Uma Musume siguen entrenando. Riendo. Corriendo hacia algo que todavía creen posible.
Y tú estás aquí, esperando a que alguien más tome la decisión que tú no te atreves a tomar.

El despacho está en silencio.
Demasiado.
El Entrenador sigue reclinado en la silla, mirando un punto inexistente en el techo, cuando la puerta se abre sin aviso.
No se abre.
Se anuncia.
—¡Oh, destino cruel que se atreve a ignorar mi llegada!
Una figura entra con paso firme, casi ensayado. Cabello corto color naranja, peinado con intención. Sobre su cabeza, una pequeña corona rosa con detalles dorados brilla como si la luz la hubiera estado esperando. Sus orejas, erguidas y orgullosas, lucen adornos dorados y joyas verdes que tintinean con cada movimiento.
Sus ojos morados, rodeando pupilas anilladas, recorren el despacho como si fuera un escenario.
—¿Este es…? —hace una pausa dramática— ¿el despacho del entrenador?
El Entrenador no responde de inmediato. Apenas gira la cabeza, lo justo para verla.
Claro.
Ahora también tienes visitas.
La chica lleva una mano al pecho, exagerando el gesto.
—Permíteme presentarme ante este humilde recinto —declama—. Yo soy TM Opera O.
Hace una reverencia tan profunda que roza lo ridículo. Se queda así un segundo de más, esperando aplausos que no llegan.
—… —silencio.
Opera O se incorpora, frunciendo el ceño.
—¿Nada? —pregunta, llevándose una mano a la oreja—. ¿Ni un murmullo de admiración? ¿Un suspiro? ¿Un “oh, qué presencia tan magnífica”?
El Entrenador suspira.
—La puerta estaba cerrada —dices—.
Opera O abre los ojos, ofendida.
—¡Cerrada para los mortales comunes! —responde—. Pero jamás para una estrella destinada a iluminar Tracen.
Camina por el despacho sin pedir permiso, examinándolo todo con aire crítico.
—Hmph… —murmura—. Esperaba algo más grandioso. Cortinas rojas, quizá. Un piano. Un retrato mío colgado en la pared.
Se vuelve hacia él de golpe, señalándolo con teatralidad.
—Pero tú… tú luces exactamente como esperaba.
El comentario no es cruel. Es honesto. Y por eso duele.
Mírate, dice el narrador.
Hasta una diva lo nota.
—Ropa arrugada —enumera Opera O—. Mirada apagada. Aura de tragedia mal ensayada. Fascinante.
—Si vienes a burlarte —responde él—, hazlo rápido.
Opera O sonríe. Una sonrisa grande, exagerada, casi infantil.
—¡Oh, no! —exclama—. Yo no me burlo. Yo observo. Y lo que veo… es un drama inconcluso.
Se inclina hacia él, apoyando las manos en el escritorio.
—He oído rumores —continúa—. El entrenador mediocre. El hombre que perdió a su equipo. La mancha en la academia perfecta.
Silencio.
—Y pensé —dice, enderezándose—: qué papel tan interesante.
El narrador interviene, casi divertido:
No vino a salvarte.
Vino porque le pareciste entretenido.
Opera O abre los brazos como si presentara el acto principal.
—Entrenador —declama—. He decidido que tú serás quien observe mi grandeza desde primera fila.
No pide permiso.
No pregunta si puede.
Simplemente lo decide.
Y por primera vez en semanas, algo en el aire cambia. No es esperanza. No es redención.
Es ruido.
Y, curiosamente… eso basta para que el silencio deje de aplastarte.

Opera O permanece de pie frente al escritorio, con la barbilla en alto, como si la decisión ya estuviera firmada por el destino mismo.
—Entrenador —declara—, me entrenarás.
No es una petición.
Es una sentencia.
Él suelta una risa breve, seca. No hay humor en ella.
—No —responde—. Ya no entreno a nadie.
Opera O parpadea, genuinamente sorprendida.
—¿…Perdón?
—No estoy en condiciones —continúa él, pasando una mano por su cabello desordenado—. No tengo equipo. No tengo resultados. Y pronto… —mira de reojo la computadora— probablemente no tenga trabajo.
Ella lo observa en silencio, ladeando la cabeza como si estudiara una pieza teatral mal interpretada.
—Qué monólogo tan triste —comenta—. Pero irrelevante.
El narrador no deja pasar el momento:
Ahí está.
Tu escudo favorito.
El “no puedo” antes de volver a fallar.
—No lo entiendes —dice el Entrenador, esta vez con cansancio genuino—. No es solo entrenar. Es cargar con expectativas. Con derrotas. Con lesiones. Con la culpa cuando alguien pierde.
Se pone de pie, apoyando ambas manos en el escritorio.
—Una carga así no la puede llevar cualquiera —añade—. Y yo ya demostré que no puedo.
Opera O lo mira fijamente. No sonríe. No exagera. Por un segundo, la diva desaparece.
—Interesante —dice al fin—. Hablas como alguien que ya decidió perder antes de correr.
Las palabras lo golpean más de lo que quisiera admitir.
Duele porque es verdad, susurra el narrador.
—Soy humano —responde—. Me equivoco. Me canso. Me rompo.
—¡Exacto! —exclama ella de pronto, recuperando su teatralidad—. ¡Por fin algo que tiene sentido!
Da una vuelta sobre sí misma, extendiendo los brazos.
—¿Crees que una estrella necesita a un dios? —pregunta—. No. Necesita a alguien que sepa lo que es caer del escenario y aun así seguir mirando hacia las luces.
Se inclina hacia él, con una sonrisa confiada.
—No queda nadie más —continúa—. Nadie quiere entrenar a una Uma Musume “difícil”. Nadie quiere lidiar con mi grandeza.
Hace una pausa, dramática.
—Y tú no tienes nada que perder.
Silencio.
Él aprieta la mandíbula.
Eso es lo peor, apunta la voz.
Que tiene razón.
—Si fracaso contigo —dice—, será definitivo.
Opera O se endereza, orgullosa.
—Entonces haz que no ocurra —responde—. Porque yo no pienso fracasar.
No hay promesas vacías.
No hay consuelo.
Solo una carga nueva, enorme, cayendo sobre los hombros de alguien que apenas se sostiene en pie.
Y aun así…
No se aparta.

Al día siguiente.

El hipódromo de Tracen Academy está casi vacío.
Es temprano. El cielo aún no decide si aclarar del todo. El Entrenador está de pie junto a la pista, con un cronómetro en la mano. Lo sostiene con la misma rigidez con la que alguien sujeta algo frágil.
No esperes demasiado, se advierte a sí mismo.
Así duele menos.
A unos metros, TM Opera O estira con exageración deliberada. Su uniforme deportivo rojo, con líneas blancas, contrasta con el gris apagado del amanecer.
—¡Observa bien, entrenador! —declama—. Este será el prólogo de una leyenda.
—Solo corre —responde él.
Opera O sonríe, satisfecha. Se coloca en posición.
Silencio.
El Entrenador levanta el cronómetro.
—Ya.
Opera O sale disparada.
No es perfecta. Su arranque es fuerte, quizá demasiado. Su zancada aún no es pulida, hay movimientos innecesarios, un exceso de energía mal distribuida. Él lo nota todo.
Demasiado ímpetu.
Demasiado ego.
Y aun así…
Corre bien.
No como una campeona.
No como una promesa clara.
Pero corre con una determinación que no había visto en semanas.
Cuando cruza el punto marcado, el Entrenador presiona el botón del cronómetro.
Mira el tiempo.
Parpadea.
Vuelve a mirar.
No es extraordinario.
No es un récord.
Pero es… mejor.
Un poco mejor.
Una diferencia mínima, casi insultante para cualquiera que espere milagros. Pero suficiente. Apenas lo suficiente para notar algo que no había estado ahí antes.
Esto…
Esto no lo habían logrado las otras.
Opera O se detiene, jadeando, con una sonrisa triunfal.
—¿Y bien? —pregunta—. ¿Te quedaste sin palabras?
Él tarda en responder.
—Es un buen tiempo —dice al final—. Para alguien que empieza.
Opera O ríe, llevando las manos a la cintura.
—¡Por supuesto que lo es! —exclama—. ¿Qué esperabas de mí?
El Entrenador baja el cronómetro, sin apartar la vista de la pista.
No sonríe.
No celebra.
Pero por primera vez en dos semanas… tampoco siente ganas de irse.
No es esperanza, aclara el narrador.
Es algo más peligroso.
Es la idea de que tal vez… solo tal vez… no todo esté perdido.
El cronómetro sigue marcando el tiempo.
Y tú sigues ahí.