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Nadie lo diría ahora que controlaba sus zapatillas con absoluta precisión, pero, durante un tiempo, caer había sido uno de los grandes miedos de Orugio.
Aprender a usar los zapatos voladores no era sencillo, e incluso los magos prodigio como él habían experimentado en alguna ocasión el terror de ver acercarse el suelo a toda velocidad, mientras el viento batía en sus oídos y les cortaba la respiración, y todas sus vísceras (pulmones, estómago, intestinos) quedaban constreñidas en una jaula de hierro. Por mucho que luego corrigieran el rumbo y remontaran el vuelo antes de aplastarse contra el suelo, el recuerdo era imborrable.
En aquel momento, escuchar la confesión de Qifrey era caer a plomo desde la montaña más alta, a pesar de estar bien sentado en un sillón en la habitación de su amigo. No solían hablar allí: sus lugares de encuentro habituales eran la cocina y su propio cuarto, del que tanto le costaba salir. Las pocas veces que entraba en los dominios de Qifrey le fascinaban las paredes cubiertas de libros, enmarcadas por guirnaldas de pequeñas lámparas que temblaban como libélulas custodiando un bosque de papel.
Su amigo no omitió nada: los experimentos de los sombreros de ala, sus consecuencias, cómo había logrado Coco revertir su condición... Hasta dónde había tenido que llegar para sobrevivir, aquella primera vez en la que sus vidas habían quedado enlazadas para siempre. Quién le había sugerido la solución para lograrlo.
Qifrey le contó todo con un tono apagado y monocorde que lograba que su voz ni siquiera pareciera la suya, sino la de un desconocido que hubiera irrumpido en su cuarto y usurpado su lugar, sentado en su cama con las piernas cruzadas. Solo apartaba la vista de sus manos, apretadas con fuerza en su regazo, para dirigirle miradas intermitentes, como si mirarle le produjera tal dolor que no pudiera soportarlo ni un segundo completo. En cambio, él no podía dejar de mirarle, absorbiendo cada una de sus palabras mientras se clavaban en su corazón como puñaladas.
Debería haberle interrumpido, hacerle mil preguntas, haber llorado, gritado, agitado a su amigo por los hombros; pero, por un momento, temió que hubiera sido él quien se había convertido en árbol, porque era incapaz de moverse o hablar. Jamás habría sido capaz de imaginar aquel horror que habían tenido que atravesar. Nadie nunca jamás sería capaz de imaginar algo así. Y, sin embargo, si lo pensaba, todas las piezas encajaban a la perfección. Como si una escritora de misterio hubiera ido dejando pistas que conducían irremediablemente a aquel punto y él no hubiera sido capaz de verlas. O, en realidad, lo más terrible era que sí había sido capaz de verlas. Había unido los puntos, había descubierto el secreto, y no había sido capaz de arreglarlo. Lo había empeorado. Todo lo que había hecho y todo lo que no había hecho había sido para peor. Todas las malditas decisiones de su vida habían sido para peor.
En ese momento, Qifrey dejó de hablar, y le sostuvo la mirada un instante más de lo que se había atrevido hasta entonces. Orugio observó aquel ojo azul, tan hermoso que no parecía de este mundo, recordó un rostro mucho más joven y lo imaginó rodeado de ramas y lleno de lágrimas, las mismas que ahora se negaban a salir. También por su parte, aunque sentía que si fuera capaz de empezar y derramar una sola, luego no sería capaz de parar, hasta llenar un bote de tinta como había tenido que hacer Qifrey.
Qifrey. Qifrey seguía vivo, seguía siendo él, y había sido gracias a su sacrificio, a su amistad, a su amor. Miró las manos de su amigo, temblando ligeramente como hojas en una rama mecida por la brisa, una envolviendo a la otra en un intento inútil de mantener una apariencia de calma.
—Qifrey... Lo siento. Lo siento muchísimo.
Solo pudo decir eso. Querría decirle tantas cosas, pero eso era lo que le estaba ahogando.
El mago de pelo blanco abrió la boca, incapaz de creer lo que oía.
Orugio continuó:
—Has soportado esta carga durante todo este tiempo. Tú solo. Lo siento...
Parpadeó para intentar retener las lágrimas, pesadas.
Qifrey cogió aire para hablar, pero no consiguió articular ninguna palabra. Desesperado, negó con la cabeza, mientras su expresión se llenaba de angustia.
Caer le había dado miedo un tiempo, pero si había un temor que acompañaba a Orugio durante toda su existencia, era fallar a alguien que necesitara su ayuda. Ese temor no se había disipado con el paso de los años. Al contrario. Siempre había sido consciente de los peligros y, cuanto mayor se iba haciendo, lo iba siendo aún más. La fragilidad de la vida era tanta que seguir vivos un día más era un milagro que celebrar, aunque pocos se tomaban el tiempo necesario para hacerlo.
Incapaz de dilucidar qué otra cosa podía hacer, Orugio se acercó más y le abrazó, con un nudo en la garganta. Ahora que su amigo no tenía que preocuparse por el parásito, podía dejarse ayudar, cuidar, relajarse. Cerró los ojos, mareado por la intensidad de sus emociones. Tuvo que controlarse para no aprisionarle con fuerza entre sus brazos para impedir que se fuera, y dejar que el contacto fuera más suave y menos desesperado de lo que él mismo necesitaba.
En los primeros segundos, sintió pánico. Qifrey se había quedado rígido entre sus brazos, y temió que el hechizo de Coco no hubiera funcionado. Pero enseguida comprobó que su amigo seguía siendo de carne y hueso y no de corteza, cuando Qifrey cerró los brazos alrededor de su cintura.
—Todo ha terminado. Todo ha salido bien. Ya no tienes que controlar lo que sientes.
Su amigo no dijo nada. Notó cómo contenía la respiración por un instante, y luego todo su cuerpo se estremeció en silencio.
—Qifrey...
Dejó que su compañero llorara en su hombro, sosteniéndole entre sus brazos. Se atrevió a alzar una mano para apoyarla en la cabeza de Qifrey, y este se dejó hacer. Deseaba tanto sentir entre sus dedos aquellos mechones que siempre le habían recordado a un copo de nieve. Le encantaría poder acariciarlos, y deslizar los dedos por su espalda, recorrer todo el cuerpo del joven mago. Tantas cosas deseaba. No podía existir una felicidad mayor, pero solo podía permitirse soñar con ello.
Entonces, las manos de Qifrey, en la parte baja de su espalda, aferraron su camisa, y el roce fue como una descarga eléctrica. Escenas de ellos dos, abrazados aún, pero mucho más cerca, de la forma que más cerca pueden estar dos seres humanos; no uno al lado del otro, sino Qifrey situado sobre él, en su regazo; no vestidos, sino piel contra piel, jadeando.
Orugio se quedó sin aliento por la fuerza de las imágenes que su mente había conjurado en un instante. Su deseo, reprimido hacía tanto tiempo, no necesitaba apenas nada para emerger. Sin embargo, Qifrey seguía llorando, y se sintió miserable por tener aquellos pensamientos. Se dio cuenta de que él mismo tenía las mejillas mojadas también, y se centró en el presente.
Ya habría tiempo de averiguar si Qifrey sentía algo parecido respeto a él. Por el momento, lo que necesitaba su compañero era aquello, dejarse acunar por Orugio, sentir su amor, sin importar la forma que tuviera.
Cuando logró calmarse un poco, Qifrey se apartó de él para poder mirarle a los ojos:
—Por favor, no vuelvas a decir eso, jamás —le rogó—. Soy yo quien lo siente. Soy yo quien ha hecho algo terrible.
—Pero yo te lo pedí, ¿no es así?
Qifrey cerró el ojo, intentando contener las lágrimas de nuevo, y asintió.
—Y ha salido bien. Estás aquí.
No podía soportar verle sufrir. Si había algo que tenía claro en la vida, era eso. No dudaba ni por un instante de que su yo de la infancia estuviera dispuesto a cualquier cosa por ayudar a Qifrey. Tratar de salvar a los demás formaba parte de su carácter, pero en el caso de su amigo este deseo se magnificaba hasta tal punto que le daba miedo, porque no sabía hasta qué extremos sería capaz de llegar. ¿Perder sus recuerdos? Era terrible. Y, sin embargo, no parecía tan grave a cambio de poder tenerle a su lado.
—Entonces, ¿no estás enfadado conmigo? —preguntó el profesor.
¿Enfadado? Se había enfadado con él tantas veces... Por su forma de mantener las distancias, de guardar secretos. De ponerse en peligro de las maneras más absurdas. Sin embargo, su indignación siempre terminaba por diluirse entre todo lo demás: curiosidad, deseo de protección, ternura...; hiciera lo que hiciera, Qifrey le atraía irremediablemente, en todos los sentidos.
—Sí, estoy enfadado —confesó, y a Qifrey le tembló el labio—. Y estoy increíblemente feliz de que estés bien —se apresuró a añadir—. También me siento sorprendido, triste, incrédulo, aliviado, enfadado otra vez, culpable... Aunque lo intentara, nunca sería capaz de describir todas las emociones que me produces.
Sin darse cuenta, levantó la mano para posarla en la mejilla de su amigo, con la intención de borrar los rastros dejados por las lágrimas. Para su sorpresa, Qifrey le apartó la mano, sin brusquedad, pero con más firmeza de la necesaria.
—Lo siento. No quería molestarte.
Se sentó un poco más lejos de él.
El profesor negó con la cabeza, y volvió a aferrarse las manos. Cogió aire un par de veces antes de hablar:
—No se trata de eso, Orugio. Al contrario. El abrazo, este gesto... Tu amabilidad, tu bondad, como siempre... Tanta calidez... Es demasiado, como si me quemara. Sé que ya no estoy en peligro, pero una parte de mí todavía lo siente así.
—Oh.
Orugio notó calor en el rostro. No había tenido eso en cuenta. Precisamente otro abrazo, hacía tanto tiempo, había desencadenado todo. Él había sido el detonante, él era quien le recordaba lo ocurrido cada vez que le veía.
Había sido egoísta por su parte dejarse llevar y abrazarle. Estaba tan contento por que Qifrey pudiera comenzar una nueva vida sin la amenaza del árbol, que no había reparado en que había que construir esa nueva vida poco a poco, ladrillo a ladrillo. Qifrey no podía borrar de un plumazo años y años en estado de alerta, midiendo cada emoción, sin poder permitirse dejarse llevar. Por mucho que su parte racional comprendiera su nueva situación, su cuerpo todavía tenía impreso el miedo, todavía reaccionaba en automático, como cualquier persona que ha atravesado un trauma. Él debería saberlo bien.
Se le partía el corazón al pensar en todos aquellos años que había pasado Qifrey sin poder desahogarse con nadie, con el miedo penetrando en cada grieta de su alma y congelando cualquier momento de felicidad hasta hacerlo estallar, en un proceso de gelifracción eternamente renovada. Lágrimas que no cesan, una capa de escarcha cubriendo todos sus días con un vaho que empaña, que oculta, que amenaza.
Si quería demostrarle su amor, la calidez para derretir esa escarcha tenía que ser progresiva, o el contraste de temperatura sería contraproducente.
—Entiendo. Necesitas tiempo para acostumbrarte a que tienes permiso para sentirte bien.
Su amigo asintió en silencio. Parecía agotado, incapaz de decir una palabra más. Orugio alargó la mano de nuevo, involuntariamente, pero se detuvo a tiempo. Era para volverse loco: Qifrey no podía disfrutar de sus gestos de afecto precisamente porque disfrutaba de ellos. Por tanto, las imágenes que había imaginado antes estaban totalmente descartadas. Se sonrojó de nuevo.
No pasaba nada, había pasado todos aquellos años demostrando su amor por Qifrey de todas las maneras posibles excepto las más obvias, así que podía esperar lo que hiciera falta. Pero ahora sabía que había existido una razón para que Qifrey nunca hubiera mostrado interés en él, y eso le hacía hervir la sangre por las posibilidades. Quizás no cambiara nada entre ellos, quizás solo sentía amistad hacia él. Pero... ¿y si sentía algo más, pero nunca lo había podido expresar?
Una idea le golpeo de improviso. Quizá sería mejor que se alejara de su amigo. Quizá lidiar con su compañía era demasiado para él en aquel momento. Pero... Sacudió la cabeza. Era absurdo: todo lo que había hecho Qifrey aquellos años era para que pudieran estar juntos.
Le gustaría tanto ahondar en lo que sentía Qifrey hacia él... No sabía si se atrevería a plantearlo. No ese día, en todo caso. Ambos necesitaban procesar demasiada información.
Qifrey aún no parecía creer que estuviera dispuesto a seguir a su lado. ¿Qué podía hacer para hacer que se sintiera bien, si no podía recurrir a las opciones físicas que se suelen emplear para consolar a alguien? Y recordó que había algo que siempre funcionaba, algo que disfrutaban los dos, un lugar seguro para ambos.
Entonces cayó en la cuenta de que seguramente Qifrey siempre había puesto tanto empeño en cocinar para ellos porque era tanto una forma de demostrarles su amor, como una fuente constante de estrés. Pensar un menú equilibrado, variado, adaptado a los gustos de cada uno, cultivar y comprar los ingredientes necesarios, cocinar con paciencia, aprender nuevas recetas, enfrentarse a la frustración de los errores... No había muchas tareas que generaran tanta carga mental como encargarse de la logística alimentaria de una familia numerosa. Suspiró, antes de levantarse y preguntarle:
—¿Te acuerdas de ese bizcocho que preparé con aquel té tan caro?
Qifrey se estremeció, y Orugio no pudo reprimir una sonrisa al ver que todavía le impresionaba su decisión de usar como ingrediente mundano aquel artículo de lujo.
—Claro, el del dragón de dos cabezas.
—Siempre me pides que lo vuelva a preparar, pero nunca tengo tiempo para ello. Bueno, creo que hoy es una buena ocasión.
El profesor titubeó unos instantes, antes de ponerse en pie también y acompañarle a la cocina.
El olor a mantequilla llenaba la cocina con su promesa de untuosidad y plenitud. Orugio inspiró profundamente para apreciar aún más el embriagador aroma. Acababa de sacar el bizcocho de la olla de hierro para ponerlo en la tabla de madera y, aunque no tenía hambre real, se le hizo la boca agua.
Dejó la tabla con su obra de arte sobre la mesa, y luego cogió un par de platos y un cuchillo y los colocó también. Miró a Qifrey, que permanecía sentado removiendo su té. Todavía no sonreía, pero su expresión era un poco menos desesperada que cuando estaban en su habitación. Se sentó frente a él, deseando ser capaz de derretir su dolor con la misma facilidad que su hechizo había ablandado la mantequilla a la temperatura adecuada para la receta.
Qifrey no pudo resistir la tentación de hundir un dedo en el bizcocho para evaluar su textura. Orugio sonrió mientras le tendía el cuchillo.
—Adelante —le invitó.
El profesor no se hizo de rogar y cortó dos rebanadas, con el grosor exacto para que fueran elegantes pero no tan finas como para dejarles con las ganas. Al ver cómo la hoja rompía con facilidad la capa externa, dorada y crujiente, y se deslizaba para revelar el pálido interior, Orugio comprobó complacido que, al igual que en aquella ocasión, había logrado que quedara compacto, denso, y también lo suficientemente esponjoso como para no resultar pesado. Qifrey esperó a que Orugio cogiera su porción, tomó la suya y por fin probaron un bocado cada uno.
El sabor a mantequilla le inundó el paladar. Acariciaba su lengua dejando un rastro de dulzor cremoso, definitivo, haciendo que se derritiera en todos los puntos adecuados. No pudo evitar cerrar los ojos un instante. Cuando los abrió, vio que Qifrey no apartaba la mirada de él, como si estuviera en trance. Se quedó inmóvil. Se preguntó qué pasaría si, en lugar de darle un mordisco a su bizcocho, cortaba un trozo con la mano y lo acercaba a la boca de Qifrey, con los dedos tan cerca de sus labios que podría rozarlos. Alguna vez se habían dando a probar alguna delicia que habían cocinado, y siempre había sentido que la cara le ardía y que tenía escritos sus sentimientos en letras de fuego. Se preguntó también qué pasaría si acercaba su boca a la de Qifrey. Si fuera su lengua la que acariciara la suya. En realidad, no se preguntó qué pasaría; estaba completamente seguro de que besarle sería tan dulce y aterciopelado como el mejor de los postres.
Intentó apartar esos pensamientos y alzó una ceja, invitando a Qifrey a emitir su veredicto.
—Maravilloso —dijo su amigo con vehemencia.
De nuevo notó calor en la cara y, como siempre, no supo qué responder al halago. Qifrey tampoco dijo nada, así que se terminaron sus trozos de bizcocho y se bebieron sus respectivos tés sin dejar de mirarse, sin decir una palabra. Orugio se sentía cohibido por la mirada de su amigo, y a la vez, cómodo con su compañía. Era como si se miraran por primera vez, esta vez sin secretos. Aunque todavía tenían muchos misterios que desvelarse el uno al otro, en esa ocasión eran de una naturaleza agradable.
—Espero que a las chicas también les guste —comentó para cambiar de tema.
—Desde luego —respondió Qifrey.
Le alegró comprobar que los labios del otro mago tenían un amago de sonrisa.
—¿Qué ocurre?
Su amigo suspiró.
—Siempre estás ahí para recordarme qué es lo verdaderamente importante.
—Bueno, soy tu Ojo Avizor, ¿no? Es mi trabajo.
—No es solo tu trabajo, Orugio. Es tu corazón, tu esencia. Eres... Tan amable, tan buena persona.
—Y tú no, ¿es lo que me quieres decir, Qifrey?
El silencio de su amigo fue lo suficientemente elocuente.
—Qifrey...
—Siempre me has dado tanto... En cambio, yo solo te he quitado. —Le tembló la voz y bajó la mirada, concentrado en las escasas migas que habían quedado en su plato—. ¿Sabes por qué me esfuerzo tanto en cocinar? Siento que al menos os puedo hacer felices así.
—Sabes que nos haces felices simplemente por existir, ¿verdad? —Qifrey volvió a mirarle, con la incredulidad pintada en la cara—. Eso es el amor. ¿Y de verdad piensas que no me das nada, que no nos das nada, Qifrey? Siempre nos has dado mucho, solo que no te das cuenta. Puede ser que te hicieras profesor por razones egoístas, como me has contado. Pero tu forma de ser profesor no ha sido egoísta.
Qifrey tragó saliva, y se tomó unos segundos antes de atreverse a preguntar:
—Entonces, ¿crees que puede salir algo bueno de algo que se hace por malas razones?
—Qifrey, nosotros nos hicimos amigos después de que estuvieras a punto de ahogarte, después de llevarnos fatal... ¿Crees que nuestra amistad no es algo bueno por eso?
El del pelo blanco negó con la cabeza.
—Tu amistad es lo mejor que me podría haber pasado nunca —dijo Orugio con todo su corazón—. Fuera cual fuera su causa inicial, y con todas sus consecuencias. —Entonces se le ocurrió algo—. Y si hablamos de egoísmo, ten en cuenta que yo... Supongo que yo también tenía mis motivos egoístas para pedirte que me borraras la memoria. Quiero decir, estoy seguro de que mi yo del pasado quería salvarte por tu propio beneficio, por supuesto, pero también... Lo hizo, lo hice, porque no podría soportar perderte. Tú estabas dispuesto a morir para no perjudicarme, y fui yo quien te hice una propuesta horrible porque no podía soportar que murieras. Te obligué a una vida de sufrimiento, Qifrey. Si lo piensas, el egoísta fui yo.
Qifrey negó de nuevo, ahora con más vehemencia. Parecía estar recuperando las fuerzas.
—Claro que no, Orugio. No le des la vuelta a la situación. Sé lo que intentas hacer, que no me sienta culpable.
—Es que no eres culpable. Por favor, créetelo. Tan solo cumpliste una promesa. La culpa te ha mantenido vivo, pero ahora tienes que dejarla ir. Ya no hace falta que te sigas haciendo daño.
Nunca había sentido tanta necesidad de convencer a alguien de que decía la verdad. Estaba muy acostumbrado a persuadir a los demás cuando tenía que vender sus artefactos mágicos. Sabía conectar con las necesidades del cliente, dar explicaciones técnicas con todo lujo de detalles, y su tono de voz, su expresión y su honestidad a la hora de ofrecer expectativas realistas ayudaban a que su porcentaje de éxito fuera tan elevado.
Por desgracia, todo su poder de convicción no era suficiente para liberar a alguien que llevaba toda su vida acarreando un peso inhumano. Se frotó el cuello mientras observaba cómo Qifrey daba vueltas a los restos de su té, pese a que ya debían estar helados.
—Puede que algún día deje de sentirme culpable, pero me temo que también necesitaré mucho tiempo para llegar a ese punto. —De forma mecánica, dio un sorbo a la bebida y, en efecto, arrugó la nariz y volvió a dejar la taza sobre el plato—. Supongo que ayudaría si fuera capaz de devolverte esos recuerdos. He pensado muchas veces en si habría alguna forma de lograrlo... Hasta pensé en utilizar algún tipo de hechizo para que me leyeras la mente, pero...
—También es un hechizo prohibido —le interrumpió—. Lo sé muy bien.
Qifrey le miró con sorpresa.
—Sí, alguna vez he pensado en usarlo. En los momentos de desesperación es cuando la creatividad se desata. Ver que tu mejor amigo está sufriendo, que te está ocultando algo, duele tanto que te planteas todo tipo de soluciones absurdas.
Se fijó en que Qifrey se irguió un poco y frunció el ceño levemente cuando se refirió a él como "mejor amigo".
—No necesito que me devuelvas esos recuerdos, Qifrey —aseguró—. Ya me lo has contado todo, y puedo imaginar lo difícil que ha debido ser. Gracias. Gracias por abrirme tu corazón.
Las mejillas de Qifrey se colorearon y desvió la mirada hacia la ventana, como si buscara consejo o apoyo en las estrellas que se veían a través de ella. Titubeó unos instantes y finalmente volvió a mirarle:
—Lo cierto es que si me hubieras leído la mente, habría sido más fácil —confesó—. Habrías visto... Habrías visto todo lo que siento por ti.
El corazón de Orugio comenzó a latir a toda velocidad. No se estaba refiriendo solo a amistad, ¿verdad?
Aunque se había dicho que no iba a plantearle nada de esa naturaleza tan pronto, cuando quiso darse cuenta las palabras ya estaban brotando de sus labios:
—Mi impulso siempre es estar contigo, Qifrey, ayudarte, abrazarte. Esto no va a cambiar, sientas lo que sientas por mí. Esto no ha cambiado a lo largo de todos estos años. Al contrario, crece cada día. Me encantaría estar más cerca de ti, pero es tu decisión qué grado de cercanía quieres, o necesitas, o soportas.
Alargó la mano hacia él con inseguridad. Qifrey acercó la suya, pero no llegó a tocarle. En su lugar, deslizó los dedos por el cordel que sujetaba la manga de Orugio a la altura del codo. Inmóvil, observó a Qifrey acariciar el accesorio, el celeste de su ojo inundado en anhelo, y recordó las innumerables veces en las que le había visto haciendo ese mismo gesto con la cinta de su gorro. Notó el mismo escalofrío que si estuviera rozando su piel.
—Oh.
Ahora que le había contado la verdadera razón tras su intercambio de borlas, que siempre había creído un capricho sin sentido por parte de su compañero, se dio cuenta de que no era un simple movimiento inconsciente. Era la única forma que tenía Qifrey de decirle sin palabras "Yo también quiero estar más cerca de ti, Oru".
—Tenemos todo el tiempo que quieras —insistió—. Tan solo recuerda que ahora es seguro para ti, y para todos, que seas tú mismo.
Qifrey asintió y tomó aire lentamente. Tras unos segundos de vacilación, soltó el cordón y, esta vez sí, puso la mano sobre la suya. Entreabrió los labios, sin llegar a decir nada.
Orugio tampoco era capaz de hablar: todas las emociones y confesiones de aquella noche se habían ido acumulando hasta lograr que su cuerpo y su mente estuvieran al borde del colapso.
Las barreras invisibles que se habían alzado entre ellos durante todos aquellos años por fin estaban comenzando a derrumbarse. Daría lo que fuera por que no hubiesen existido, por que Qifrey no hubiera tenido que mantener las distancias, por que su yo más joven no hubiera tenido que dar con una solución tan eficiente como cruel.
Ahora tenían por delante un camino largo y arduo para seguir derribando los escudos de Qifrey, forjados en una aleación de miedo y culpa. Pero esta vez lo recorrerían juntos.
Qifrey habló al fin, su mano todavía cubriendo la de Orugio:
—Siempre estuve seguro de que, si algún día te confesaba la verdad, iba a perderte para siempre. No esperaba que... Pudiera conseguir lo que más deseo.
Orugio se quedó sin aliento, perdido en su iris turquesa.
—Nunca me perderás, Qifrey —aseguró—. Y créeme, yo sí que nunca pensé que pudiera lograr lo que deseo.
El profesor sonrió al fin, y Orugio notó cómo los pulmones se le ensanchaban. Sintió los músculos más ligeros, la mente más despejada. Como al inicio de un vuelo con las zapatillas mágicas. Entonces recordó otra noche, una de hacía muchos años: el cielo cuajado de estrellas enmarcaba una de sus escapadas a espaldas de Beldaruit.
—¿Te acuerdas de cuando te enseñé a usar los zapatos voladores?
La sonrisa de Qifrey cogió fuerza.
—Claro.
—Me cogiste de la mano tan fuerte que me daba miedo no ser capaz de dibujar más. —Soltó una risa suave y Qifrey se le unió con timidez—. Al principio te daba miedo volar, pero luego te encantó. Supongo que aprender a ser tú mismo, a no tener que fingir, a ser libre, será similar.
Ambos permanecieron en silencio unos segundos más, y entonces Orugio sintió que el cansancio le envolvía. Intentó contener un bostezo, no era apropiado en una situación así, pero le fue imposible.
—Deberíamos ir a dormir, Qifrey.
La mano de este sobre la suya se tensó por un instante, antes de retirarla para coger la tabla con el bizcocho y acercársela.
—¿No quieres un último trozo? —le preguntó con rapidez, y a Orugio le pareció que su sonrisa era un tanto forzada.
A su pesar, tuvo que reconocer que sí le apetecía. Cortó un pedazo pequeño y lo saboreó.
—No debería, pero, como siempre, me tientas.
Qifrey se sonrojó y comentó, con un tono que pretendía ser ligero:
—Es una pena que el olor ya no esté cuando se despierten las niñas. ¿Sabes qué sería genial? Un hechizo que lograra capturarlo. Pero no sé cómo lo podríamos hacer...
—Bueno, no debería ser complicado. Primero tendríamos que dibujar el trazo de... —Qifrey parecía aliviado mientras le escuchaba—. Espera un momento: ¿Estás intentando que no vayamos a dormir?
—No, claro que no.
Reconocía aquel tono perfectamente, el que siempre usaba cuando mentía.
—Es por tus pesadillas, ¿verdad?
Qifrey hundió los hombros.
—Después de confesarte todo, no creo que mi mente sea capaz de serenarse en toda la noche. Lo sé, es una tontería que me den miedo, ya debería estar acostumbrado a ellas.
—No es ninguna tontería. Pero tienes que descansar, Qifrey. Como has dicho, necesitas tiempo. Estoy seguro de que llegará el día que puedas dormir tranquilo.
Se sintió culpable: él también tenía su cuota de pesadillas, por supuesto, pero nada comparable a lo que tendría que sufrir Qifrey. No le visitaban todas las noches y, aunque dormía poco, cuando lo hacía, lo hacía a pierna suelta. Era fácil entender que Qifrey tuviera problemas para dormir después de lo que le hicieron los sombreros de ala, pero ahora se daba cuenta de hasta qué punto habría dormido mal durante todos aquellos años. De hecho, lo raro era que hubiera conseguido pegar ojo durante el tiempo mínimo imprescindible para sobrevivir, con el caos que debía haber en su cabeza, con tantas variables a controlar, tantos pesos y contrapesos que debía colocar y recolocar a cada segundo para mantener un equilibrio casi imposible que le mantuviera vivo.
—Si te ayuda, puedo quedarme en el sillón de tu habitación.
El silencio de Qifrey fue de lo más elocuente, aunque luego se apresuró a decir:
—No, vete a tu cuarto, en el sillón no vas a poder dormir bien.
Orugio se levantó y recogió la mesa. Dejó los platos en el fregadero y tapó el bizcocho.
—Vamos —dijo–. No queda mucho para el amanecer, hay que aprovechar estas horas.
Por suerte, Qifrey se levantó y le siguió sin protestar. Orugio se guardó todas las preguntas que aún le ardían en la garganta, todas las emociones que bullían en su corazón, y sobre todo, las dos palabras que más deseaba decirle. Aquella confesión podía esperar un poco más, hasta que Qifrey estuviera preparado para escucharla, para confirmar aquello que en el fondo de su alma ya sabía, pero llevaba años negándose. Y, tal vez, Orugio también necesitaba un poco más de tiempo para poder creer que Qifrey le correspondía, algo que también sabía en el fondo de su alma, pero que su amigo había sido tan bueno escondiendo que nunca había podido confirmar.
