Work Text:
Sunghoon había sido una de las grandes figuras del patinaje artístico de su generación de su país Corea del Sur. Siempre fue disciplinado hasta el extremo y dueño de una elegancia que parecía natural sobre el hielo, había competido internacionalmente desde muy joven. Jungwon, por su parte, había seguido su propio camino como atleta y bailarín antes de convertirse en una figura reconocida dentro del mundo deportivo.
Ambos habían llegado a los Juegos Olímpicos y ambos habían ganado la mayoría de las veces. Ambos habían aprendido que alcanzar la cima era mucho más sencillo que aprender a vivir después de ella.
Cuando finalmente se retiraron de la competición profesional, decidieron quedarse cerca de aquello que había formado sus vidas. Comenzaron a trabajar como instructores en un centro de entrenamiento, donde enseñaban a niños y adolescentes las mismas técnicas que una vez habían aprendido ellos mismos. Sunghoon era especialmente estricto.
Cuando decidieron formar una familia después de casarse, y Jungwon lograra concebir, el embarazo lo había cambiado de una manera que ninguno de los dos había previsto. Acostumbrado durante años a mantener un cuerpo ligero y entrenado, de repente se encontraba mirando su reflejo en el espejo y descubriendo unas mejillas más redondas, los brazos un poco más suaves y una pequeña barriga que crecía semana tras semana. Al principio le costó aceptar que su cuerpo ya no respondiera como antes, pero con el tiempo y los mimos de Sunghoon lo terminó aceptando.
Y, sobre todo, había descubierto que podía comer mucho. Antes siempre media sus porciones, como acostumbraba desde la tierna infancia.
Pero ahora Jungwon podía estar cenando una porción completamente normal y, cinco minutos después, encontrarse mirando el plato de Sunghoon casi babeando.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando.
—Porque tienes pastel.
Sunghoon bajó la mirada hacia el plato que protegía con ambas manos.
—Te lo puedo dar… pero ya comiste una porción.
Jungwon infló las mejillas, y lo miró con sus ojos gatunos, rogando en silencio.
—Estoy embarazado.
Sunghoon suspiró, cediendo completamente.
—Ese argumento va a funcionar contigo durante nueve meses, ¿verdad?
—Durante nueve meses y un poco más.
Sunghoon terminó empujándole el plato.
—Come.
La sonrisa que apareció en el rostro de Jungwon fue inmediata.
Había días en los que despertaba con antojos absurdamente específicos. Fresas con crema, pan dulce recién horneado, mandarinas, galletas de mantequilla, arroz caliente con huevo, pastel de chocolate, helado de vainilla.También tenía antojos de combinaciones extrañas, como dulce de leche con fiambre de jamón cocido. En una ocasión hizo que Sunghoon saliera de casa pasada la medianoche porque necesitaba un tipo muy concreto de bollos rellenos que solamente vendían en una pequeña panadería al otro lado de la ciudad.
Cuando Sunghoon regresó casi una hora después, encontró a Jungwon sentado en la cocina, envuelto en una bata enorme, con el cabello revuelto y una expresión de felicidad absoluta, su aroma se expandía por la sala demostrando su gozo.
—No puedo creer que hayas ido.
—Yo tampoco puedo creer que haya salido a comprar esto a las doce y media de la noche.
Jungwon tomó uno de los bollos y le dio un mordisco.
Sunghoon se quedó mirándolo unos segundos.
—Estás feliz.
Jungwon asintió mientras masticaba. Su aroma dulce a damasco atacado se intensificó, demostrando su sinceridad.
—Muchísimo.
Y aquella era quizás la parte que más le gustaba a Sunghoon. Aunque el embarazo había vuelto a Jungwon más sensible, más cansado y considerablemente más hambriento, también lo había llenado de una alegría diferente. Se reía más. Se permitía descansar. Dejaba de preocuparse por mantener la misma figura que había tenido durante sus años como atleta.
Su cuerpo estaba cambiando porque estaba creando una vida.
Y por primera vez, Jungwon no sentía que necesitara corregirlo.
Durante el segundo trimestre, la pequeña barriga dejó de ser una pequeña curva y comenzó a notarse de verdad. Las camisetas comenzaron a quedarle cortas y sus pantalones favoritos dejaron de cerrarle. Una mañana, intentó ponerse uno de ellos y permaneció varios segundos tirando del cierre.
—No.
Sunghoon, desde la puerta, levantó una ceja.
—¿Qué estás haciendo?
—Estoy comprobando algo.
—¿Y?
Jungwon miró su abdomen.
—Creo que mis pantalones ya no me entran…
Sunghoon soltó una carcajada.
—Te dije que compraras ropa nueva.
—Todavía sirven.
—Jungwon, llevas cinco minutos intentando cerrar el mismo pantalón.
—Casi lo logro —Jungwon resopló—Eres muy poco solidario.
Sunghoon se acercó y lo rodeó por la cintura con ambos brazos.
—Estás precioso.
Jungwon bajó la mirada hacia su barriga y pasó una mano por ella.
—Estoy gordito.
—Estás embarazado.
—También estoy gordito.
Sunghoon sonrió y le besó una mejilla.
—Un poquito.
Jungwon lo miró horrorizado.
—¡Sunghoon!
—¿Qué? Tú lo dijiste.
A pesar de protestar, Jungwon terminó riéndose contra su pecho.
Con el paso de las semanas, empezó a acostumbrarse al peso de su barriga al caminar, apoyarla sobre la mesa cuando estaba sentado y acariciarla distraídamente mientras veía televisión. También le encantaba que Sunghoon estuviera constantemente pendiente de ella.
—¿La bebé se movió?
—Sí.
—¿Puedo sentir?
Jungwon tomó su mano y la colocó sobre el costado de su abdomen y esperaron.
Entonces una pequeña patada apareció bajo la palma de Sunghoon.
Los ojos del alfa se abrieron de inmediato.
—Lo sentí.
Jungwon sonrió.
—Sí.
—Fue ella.
—Claro que fue ella.
Sunghoon mantuvo la mano ahí durante varios segundos, completamente fascinado.
—Ya tiene fuerza.
—Probablemente la heredó de ti.
—Espero que no herede mi terquedad.
Jungwon arqueó una ceja.
—Entonces definitivamente la heredará de mí.
Los dos se rieron.
A medida que avanzaba el embarazo, Jungwon también se volvió más goloso. Había noches en las que se acurrucaba en el sofá con una manta, sostenía un cuenco enorme de helado sobre la barriga y veía películas mientras comía cucharada tras cucharada.
Sunghoon solía sentarse a su lado y fingir que no lo observaba. Solo oler su aroma cada vez más lactal lo hacía feliz.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando otra vez.
—Estás comiendo el cuarto postre del día.
Jungwon bajó la cuchara.
—La bebé quiere.
Sunghoon miró el vientre.
—Nuestra hija tiene una alimentación cuestionable. Está comiendo demasiado azúcar.
Jungwon volvió a introducir la cuchara en el helado.
—Te he enseñado a no provocarme.
—Parece que no he aprendido nada.
Jungwon tomó una cucharada enorme y se la llevó a la boca con una sonrisa desafiante.
Sunghoon terminó riéndose, su aroma a chocolate oscuro se esparció por la sala. Jungwon casi podía saborearlo, teniendo de repente antojo de chocolate.
Al final, aquella fue la versión de Jungwon que quedó grabada en la memoria de ambos: un hombre que había pasado años sometiendo su cuerpo a entrenamientos rigurosos y que ahora se permitía caminar despacio, dormir cuando estaba cansado y comer una segunda porción sin sentirse culpable.
Y Sunghoon adoraba cada centímetro de él.
Una tarde, mientras Jungwon estaba recostado en el sofá con una mano sobre el abdomen, Sunghoon se arrodilló frente a él y apoyó un beso sobre la barriga.
—Hola, pequeña.
Jungwon sonrió.
—Todavía no puede hablar contigo.
Volvió a besar su panza.
—Solo quiero que sepa que ya la estamos esperando.
Jungwon bajó la mirada hacia él.
Su expresión se suavizó.
—Creo que ya lo sabe.
Sunghoon levantó la vista.
—¿Por qué?
Jungwon sonrió mientras acariciaba lentamente su propia barriga.
—Porque cada vez que la siento moverse, parece que está contestando. Siempre se mueve cuando estás cerca.
Por un instante, ninguno de los dos dijo nada. Solo permanecieron así, juntos, con una mano sobre aquel pequeño cuerpo que todavía no conocían.
*
El embarazo no fue sencillo.
Jungwon tuvo meses de náuseas, cansancio y cambios bruscos de humor. Como omega, su cuerpo reaccionó intensamente a las fluctuaciones hormonales y Sunghoon rápidamente convirtió aquella etapa en una misión de alto riesgo.
Al principio pensó que simplemente estaba agotado. Las clases se habían vuelto más intensas y últimamente tenía menos energía de la habitual. Después comenzaron las náuseas, la sensibilidad a ciertos olores y una extraña sensación de calor que iba y venía.
Una mañana, mientras preparaba el desayuno, se quedó inmóvil frente a la cocina.
El olor del café que Sunghoon acababa de preparar le revolvió el estómago.
—No.
Sunghoon levantó la vista.
—¿Qué pasa?
Jungwon se llevó una mano a la boca y salió rápidamente de la habitación.
Cuando regresó unos minutos después, su esposo lo estaba observando con una mezcla de preocupación y desconcierto.
—¿Te sientes mal?
—Creo que sí.
—Entonces hoy no vas a trabajar.
—Sunghoon...
—No es negociable.
Jungwon puso los ojos en blanco.
Sunghoon por su parte controlaba sus horarios.
Preparaba las comidas.
Lo acompañaba a cada consulta.
Y, sobre todo, se obsesionó con asegurarse de que Jungwon no hiciera más esfuerzo del necesario.
—Puedo subir las escaleras solo —protestó Jungwon un día.
—No.
—Sunghoon.
—No.
—Tengo veintisiete años.
—Y estás embarazado.
—Sí, pero no estoy discapacitado.
Sunghoon lo cargó directamente en brazos.
—¡Sunghoon!
La risa de Sunghoon resonó por todo el pasillo.
Con el tiempo, aquella espera comenzó a hacer que ambos imaginaran cómo sería su hijo.
Hablaron de nombres durante semanas. Finalmente eligieron Ha-eun.
Una tarde, mientras estaban sentados en el dormitorio, Jungwon colocó la mano de Sunghoon sobre su abdomen.
—Se está moviendo.
Sunghoon abrió los ojos.
—¿Ahora?
—Sí.
El día del nacimiento llegó antes de que ninguno de los dos se sintiera preparado.
En una madrugada tranquila Jungwon despertó con un dolor diferente a todos los anteriores.
—Sunghoon...
Su esposo abrió los ojos inmediatamente.
—¿Qué pasa?
Jungwon respiró profundamente.
—Creo que ya viene.
Todo ocurrió demasiado rápido después de eso.
Sunghoon permaneció junto a Jungwon durante todo el proceso, sosteniéndole la mano en el hospital mientras se preparaba para dar a luz.
—Mírame.
Jungwon apretó sus dedos.
—Estoy aquí.
—Lo sé.
—Respira conmigo.
—No puedo. ¡Me duele todo!
Sunghoon sonrió entre lágrimas.
—Te amo.
—También te amo —le dio un beso en la frente.
Y finalmente, después de horas de espera, se escuchó un llanto.
Jungwon quedó inmóvil. Las lágrimas aparecieron inmediatamente de nuevo en sus ojos.
Sunghoon sostuvo a su hija en sus brazos. Ella tenía su rostro arrugado por el llanto y tenía una pequeña cantidad de cabello oscuro.
Jungwon extendió los brazos para alzarla.
—Ha-eun...
Sunghoon se quedó mirando a la bebé como si estuviera contemplando algo imposible.
—Alfa… mira lo que hicimos… —Jungwon cerró los ojos, abrazando a su bebé.
—Es preciosa —Sunghoon sonrió cuando su hija le rodeó el dedo con su diminuta mano.
En ese momento solo existían ellos tres.
***
El hielo crujía suavemente bajo los patines de Sunghoon mientras daba vueltas en la pista vacía del centro de entrenamiento. Desde la grada, Jungwon lo observaba con una sonrisa tranquila, acunando en su regazo a una pequeña de abrigo rosado.
—Mira, Ha-eun —susurró Jungwon, alzando a la niña de tres años para que viera a su papá—. Mira qué bonito patina tu papá.
Ha-eun abrió unos ojos rasgados y brillantes, idénticos a los de su madre. Tenía la misma nariz respingona que su padre y, cuando sonreía, unos hoyuelos profundos se formaban en sus redondas mejillas. Su cabello negro azabache caía en ondas suaves alrededor de su carita redonda, era casi el vivo retrato de Jungwon de bebé. Cuando Sunghoon hizo un triple salto perfecto, la pequeña dio una palmada y señaló la pista con determinación.
—Yo quiero, mami. Yo quiero hacer eso.
Jungwon rió. —¿Ah, sí? ¿Segura que no tienes miedo de caerte en el hielo?
—No —respondió Ha-eun, negando con tanta fuerza que su gorro se le resbaló, y su madre se lo volvió a poner.
Al día siguiente, Sunghoon la sostuvo sobre el hielo por primera vez. Era torpe, sus patines de doble hoja se abrían hacia los lados y sus manitas enguantadas se aferraban con fuerza a los dedos largos de su papá.
—Mantén la espalda recta, princesa —le indicó Sunghoon, con su voz tranquila y su porte elegante. Sus ojos, normalmente fríos como la escarcha, se derretían al mirarla—. Como cuando caminas, pero deslizándote.
Pero Ha-eun era testaruda. Se caía. Se levantaba. Se caía otra vez. Jungwon, desde la barandilla, contenía el aliento cada vez que la pequeña perdía el equilibrio. Quería correr a abrazarla, pero veía la determinación en la mirada de su hija, esa chispa idéntica a la que tenía cuando practicaba gimnasia rítmica en la academia. En lugar de eso, aplaudió para apoyarla.
—¡Vamos, Ha-eun! ¡Levántate, cariño!
Ha-eun levantó la vista, con los hoyuelos marcados por el esfuerzo, y se puso en pie. Sunghoon soltó una risa baja y orgullosa.
—Esa es mi niña —dijo, guiándola nuevamente en círculos lentos.
Once años después...
La pista estaba llena de padres y entrenadores, pero Jungwon solo tenía ojos para una figura pequeña y ágil que patinaba en el centro de la pista de la competencia regional juvenil.
Ha-eun, ahora con catorce años, tenía una mirada amenazante, sus ojos parecían teñidos en tinta negra.
Llevaba un vestido de seda azul celeste que combinaba perfectamente con su diadema. Su cabello, recogido en un moño perfecto, dejaba ver su rostro angelical, idéntico al de Jungwon. Su rostro, estaba completamente inexpresivo. No saludó al público con una sonrisa. Solo inclinó la cabeza, seria, y adoptó la posición inicial.
Jungwon, desde la grada, sintió un nudo en la garganta. —Mira su cara —susurró—. Es la misma que ponía cuando se caía de niña y se levantaba sin llorar. No va a fallar.
Sunghoon, con los nudillos blancos, asintió.
La música sonó. Ha-eun comenzó su rutina, una combinación de pasos rápidos y un solo axel perfectamente ejecutado. Se deslizó con una gracia inusual para su edad, recordando cada consejo de su padre. Sunghoon, al lado de Jungwon, apretaba el puño con emoción.
Ha-eun se lanzó a una Biellmann invertida. Su espalda flexible se curvó, el patín de su pierna derecha se elevó por encima de su cabeza, rozando su propio cabello negro, mientras su cuerpo formaba un círculo perfecto.
Siguió una combinación de triple salto y triple bucle, aterrizando con un golpe seco que resonó en el silencio absoluto de la pista.
Cuando Ha-eun terminó su presentación con una pirueta final y una amplia sonrisa llena de hoyuelos, la multitud estalló en aplausos. La niña buscó a sus padres entre la multitud y, al encontrarlos, levantó los brazos en señal de victoria.
Tras la premiación —con su medalla de oro al cuello—, Ha-eun salió corriendo hacia el vestíbulo, donde Sunghoon la levantó en vilo y la hizo girar. Jungwon se acercó, arreglando el flequillo desordenado de su hija.
—Estoy tan orgulloso de ti, Ha-eun —dijo Jungwon, besándole la frente—. Pero, ¿estás segura de que quieres seguir esto? Es mucho sacrificio. Como tu papá bien sabe...
Ha-eun la interrumpió, mirando fijamente a los ojos felinos de su madre con una sinceridad inquebrantable.
—Mami, yo quiero ser como papá. Quiero ir a los Juegos Olímpicos. Quiero sentir el hielo bajo mis pies y volar.
Sunghoon la bajó al suelo. —Sabes que ser atleta no es solo ganar, ¿verdad? Hay que caerse muchas veces.
—Lo sé, papá —respondió Ha-eun, sonriendo con los hoyuelos de su madre y la mirada firme de su padre—. Pero ustedes siempre están para levantarme.
Jungwon envolvió a los dos en un fuerte abrazo, sintiendo el frío del hielo mezclado con el calor de su familia. Aquella pequeña, que era la copia exacta de su rostro, había heredado el alma competitiva y tenacidad de Sunghoon.
