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Careless Whisper

Summary:

Ran Haitani es un descarado y pese a que dolía no podía evitar disfrutar de ser feliz con ambos chicos.

O;

El proceso de pensamiento y hundimiento en culpa de Ran al serle infiel a su pareja.

Notes:

Fic inspirado en la canción "Careless Whisper - George Michael" No es necesario escucharla, pero le da un toque.

Primer trabajo, no me juzguen por no saber usar etiquetas, es realmente difícil.

Solo quería agregarle al ship porque casi no encuentro historias de ellos dos.

Work Text:

Lo bueno y lo malo, ¿Alguna vez supo distinguirlo? Aparentemente no, en lo absoluto, pero a pesar de todo, en ese único momento de claridad pudo discernir con certeza lo bueno y malo.

Y su estómago cayó cuando todo en él le dijo que cada decisión que había tomado para llegar a ese punto habían sido malas, totalmente incorrectas, crueles.

Pero no había vuelta atrás, no había forma de arrepentirse o borrar las sucias marcas de su piel, marcas que por más que se borrarán, seguirían ahí, eternas, como un despiadado recuerdo de sus pecados y errores. Seguirían ahí y una simple disculpa no las disimulará, no podía cubrirlas con más marcas, era inmerecedor de esconder su atrocidad.

Dante describió en su libro que el último círculo del infierno era para los traidores. Escoria entre la propia escoria, condenados a castigos que no alcanzaban para borrar ese pecado. Ahora lo entendía, no solo era basura, era la peor de todas.

Había fallado, le había fallado a sus ideales y por si no fuera poco, le había fallado a él.

Le había fallado a Nahoya, al amor de su vida, lo había traicionado de la peor manera posible.

Y apesar de que la culpa lo embargaba, no fue capaz de controlar el impulso de pecar con el chico frente suyo, pecar nuevamente, solo como ellos sabían. Fundir sus cuerpos por esa noche, unir sus labios y separar sus mentes de la realidad. Volar entre la bruma del placer y bailar en un ritmo obsceno, acompañados de una sinfonía para nada agradable a oídos ajenos, pero la cual reflejaba la complejidad de su relación, una relación repudiada por todos aunque para ellos fuera el apice de su disfrute.

Dicen que todo lo que sube tiene que bajar y Ran Haitani lo comprobaba cada noche que visitaba a su amante. Subía hasta las nubes, tocaba las estrellas por un momento y después se veía obligado a bajar, estampando contra la montaña de mentiras que el mismo había apilado para intentar alcanzar el cielo de nuevo. El golpe contra el suelo siempre dolía, no importaba que tantas veces lo hiciera, la culpa se encargaba de castigarlo por sus acciones.

Una vez de regreso a sus sentidos nunca se molestaba en despedirse, huía como si eso borrara lo que había pasado entre esas cuatro paredes del hotel de mala muerte que habían acordado para esa vez, cambiando siempre de ubicación, porque como el cobarde que era, ansiaba no ser descubierto.

La peor parte de su travesía era sin lugar a dudas llegar a su hogar. Encontrarse con un apetecible aroma de una comida recién hecha, incluso parecía que Nahoya siempre sabía dónde estaba, porque la comida nunca estaba fría. Lo primero que le recibía era la brillante sonrisa de su pareja, la cual dolía como la misma mierda.

¿Cuántas veces había repetido esa rutina? Regresar con el embriagante aroma de la traición y pintar su rostro con descaro. Disfrutando de la compañía de su pareja a pesar de que era una sucia rata rastrera.

Ran Haitani era un descarado y pese a que dolía no podía evitar disfrutar de ser feliz con ambos chicos.

Ninguno merecía los tratos que el azabache les propiciaba. Tocar el cielo con Haruchiyo y después despreciarlo para entrar en un paraíso con Nahoya sin hacer amago de arrepentimiento. Era la peor calaña que él mismo hubiera conocido.

Cómo si el Pelinaranja leyera el ambiente mas no las razones de este, simplemente lo sacó de sus pensamientos con una conversación amena mientras servía la cena, siendo apoyado por el mayor.

— Hey Rani, ¿Que te parece si después de la cena vemos alguna película?

Con un sabor agrio en su garganta tuvo que declinar la oferta, no se atrevía a acercarse demasiado al contrario después de lo que había hecho hace apenas unas horas. Necesitaba descansar y no podría hacerlo si la culpa lo embargaba cada que veía el lindo rostro de su novio.

— Vengo cansado del trabajo, lindo. Tal vez mañana podamos salir si quieres.

Y pese a que la sonrisa no desapareció del rostro del contrario supo que había arruinado la cena del chico. Cómo siempre arruinando las cosas para él.

— Hey, lindo. Tampoco te pongas así, podemos dormir abrazados si gustas. – Apesar de que la culpa lo envolvía, no quería ver a su pelusa desanimado. Siempre fue un hipócrita, pero está vez no le estaba viendo nada de malo a serlo.

Y entre caricias un tanto deshonestas terminaron acurrucados entre sí, abrazando al otro en la comodidad de su cama compartida y alimentando aquella fantasía de perfección.

Nahoya era cálido, casi como un sol en su máxima expresión, tal vez el cabello lo ayudaba en eso, pero siempre era brillante. Aunque Ran en ese momento no podía apreciar ese aspecto, no cuando todo su ser se sentía helado, congelado y entumecido.

Tal vez estaba viviendo el infierno en tierra.

¿Ese era su castigo? No poder disfrutar plenamente de su paraíso, no cuando cargaba con una culpa enorme.

No cuando había traicionado no solo su relación con Nahoya, si no que también su amistad.

Había cometido muchos pecados, más de los que debería y no quería cargar con el del silencio, incluso si eso lo alejaba de su felicidad no podía negarle la verdad a su amado.

Al diablo su egoísmo, prefería sincerarse a qué Nahoya lo descubriera por si mismo.

Porque efectivamente, lo iba a descubrir a este paso, él no era idiota ni mucho menos ingenuo. Tarde o temprano lo sabría y Ran se aseguraría que fuera temprano para no romper aún más su corazón.

Así su tan ansiada cita había llegado, Nahoya brincaba emocionado de un lado a otro de la habitación y el solo podía observarlo con un aire melancólico.

Después de todo, esos momentos no podrían dárselos las noches pasionales con Haruchiyo. Nunca le brindaría la calidez en el corazón como lo hacía el pelicotón.

Y pese a eso había arruinado todo, era tan culpable de que todo acabara esa noche como lo había sido de caer en la tentación, arruinar la mejor oportunidad que había tenido en su vida había sido nada más que su culpa.

Siendo sacado de sus pensamientos por su pareja, fue jaloneado en un camino que conocía bien. Su club favorito, lugar donde conoció a Nahoya y que ambos frecuentaban, pues uno de sus gustos en común era el baile.

Casi era gracioso que fuera ahí donde tuviera decidido terminar con todo, estuvo a nada de arrepentirse, pero no podía, no a estas alturas.

El ambiente era caluroso, animado y por sobre todo divertido. Perfecto para una salida romántica o una tarde de amigos.

Siempre bromeó con Nahoya que no solo eran pareja, si no también amigos, así que para ellos ese bar era la parada perfecta para amarse de la manera más divertida.

Entraron a la pista de baile y el azabache por un momento olvidó lo que tenía planeado, simplemente demasiado concentrado en el aura alegre del lugar. El ritmo del jazz se adentró en su cuerpo, en su mente, pronto pudo guiar a Nahoya al centro de la pista, un agarre firme que sorprendió al propio pelicotón. Aunque no era para él, él no escaparía, la firmeza era para recordarle a Ran su decisión, recordarle que era culpable de un pecado imperdonable que debía confesar.

Esa noche no sería egoísta, esa noche abandonaría toda su comodidad inmerecida para liberar a su amado.

Liberarlo de él.

Porque Ran fue la condena impuesta por un juez injusto hacia un ser que no había cometido delito equiparable al castigo que le habían otorgado.

La música resonó y fue su señal para iniciar con el vago plan trazado en su mente.

— Nahoya Kawata.

— Ese es mi nombre, si.

Hablaban pegados ambos a los oídos contrarios, pues la música impedía que se escucharán de otra forma que no fuera aquella.

— Prométeme que bailaremos la siguiente pieza de principio a fin.

La confusión adornó el semblante del menor, aunque la decidida expresión del contrario no le dejó otra opción que aceptar. Acabar ese baile, esa sería su misión.

Su último baile inició, un vaivén lento, el cuál conocían casi a la perfección, ¿Que tan cruel era de parte del destino el hecho de que la canción escogida haya sido la canción que tantas veces los había acompañado? Tal vez podía culpar de eso al hecho de que frecuentaban tanto ese lugar que el dueño ya los conocía.

Y pese a que tantas veces había recorrido la pista de baile al son de esa canción, esa tarde sus pies no lo obedecían, sus movimientos eran casi torpes, tanto que el contrario tuvo que guiar el movimiento.

El amargo sabor de su paladar se intensificó, ¿Que era lo que pasaba?

¿Sería ese su castigo divino?

Claro, era una consecuencia propia para sus pecados; no poder volver a bailar de la forma en la que bailaba con él.

Un suspiro salió de sus labios, no importaba su torpeza en ese instante, tenía algo que confesarle a su amado. Incluso si la inseguridad lo apresaba, no podía retractarse, no podía seguir alargando su situación. Porque Ran Haitani era cobarde y lo último que deseaba era que todo explotara en su rostro.

Era el momento.

Incorporó su cuerpo, de tal manera que Nahoya podía ver qué sus labios se movían, aunque por la alta musica no podía escuchar el mensaje que decían. Aunque no hizo falta escucharlo, porque reconocía perfectamente ese movimiento, el contrario sabía con certeza que lo había llamado, su nombre siempre fue reconocible cuando salía de los labios del mayor.

La atención y mirada del pelicotón estaban puestas en él, como un aviso más de que no podía retractarse para ese punto, no podía ceder a sus instintos y acudir al egoísmo que tantas veces lo había protegido de la verdad sobre su vida.

Inclinó su cuerpo, su propia respiración chocaba contra el oído contrario, sintió el cuerpo del chico temblar bajo de él.

Entonces lo hizo, un susurro descuidado, cargado de verdades nada gratas y un arrepentimiento enorme, aunque de nada servía en ese momento. Una vez cometido el delito, no hay arrepentimiento que te salve de la condena.

Supo que no hubo malentendidos en su mensaje cuando incorporó de nuevo y observó los ojos de su pareja.

Sus hermosos ojos, de un color cerúleo que podía transmitir cada sentimiento de su persona, unos hipnotizantes ojos los cuales le decían sin decir, toda la decepción que sentían.

En un instante sus propios ojos se llenaron de lágrimas, aunque no se atrevió a derramarlas, no estaba en ese derecho, no cuando era el único culpable.

Su menor también tenía los ojos cristalizados, brillando en un dolor casi palpable. Sintió como quiso escapar de su agarre, quiso dejarlo solo.

Lo detuvo, lo detuvo de abandonarlo, con la mirada le recordó su promesa, se sintió un descarado, obligando al pequeño algodón a cumplir sus promesas cuando el mismo había roto más de las que podía contar.

Pero Nahoya no era él, el Kawata una vez conciente de su anterior promesa no hizo amago de alejarse, siguió con sus movimientos, tal vez ansioso por qué acabarán de una vez.

Una vez más Nahoya le enseñó lo que era ser un humano decente.

Vislumbró las lágrimas recorrer cuáles ríos caudalosos las mejillas del menor, unas tras otras empapaban su rostro de dolor y decepción. No pudo soportar verlo así, pero tampoco podía consolarlo, su mirada reflejaba dolor y recordaba a la anterior confesión; y sus palabras no podrían alcanzar al contrario, no cuando a pesar de estar tan juntos, había tanta distancia entre ellos.

La música era fuerte, tanto que no podrías escuchar tu propia voz.

Y eso era lo mejor, porque estaba seguro que de poder escucharse, se dañarian aún más.

Porque sabía exactamente lo que diría el contrario y no quería escucharlo.

Los últimos versos de la canción empezaron a sonar, nota tras nota, sílaba tras sílaba, el miedo arremolinaba en su interior, sabía que eso acabaría, sabía que no podría forzar a su pareja a quedarse con él. Ya no más.

La última nota sonó y tras ella un silencio, las risas de otras parejas se escucharon, pero no pudo prestarles atención, no cuando el contacto había sido roto y lo último que le dedico el ojiazul fue una mirada de decepción junto con una última sentencia.

— Esto se acabó.

La pena había sido asignada, sus falsas esperanzas no habían sido escuchadas y su delito no logró quedar impune en el corazón de su amado.

— ¿Me odias?

El chico se detuvo, la pregunta definitivamente no había sido la que esperaba.

Pero Ran necesitaba esa respuesta, necesitaba saber que sentía hacia él.

Los labios carmesí del menor se movieron, más su respuesta no llegó a sus oídos.

La música resonó nuevamente con una canción distinta, pero no importaba, nada importaba en ese momento, porque Nahoya lo estaba abandonando.

No sabía su respuesta y tampoco pudo detenerlo para que se la diera, escapó de su alcance en tan solo un suspiro, sin darle oportunidad de nada.

¿Merecía esto?

¿Por qué no se sentía liberado? Había sido honesto por una vez en su vida, pero no hubo reconforte alguno en ello.

¿Realmente merecía ser abandonado de ese modo? Estaba arrepentido, eso tenía que bastar.

Excepto que no lo hacía, nada bastaría y él lo sabía bien, pero no podía evitar engañarse a si mismo con que tal vez y solo tal vez merecía el perdón.

Dio un último susurro al viento, dedicado con su corazón a su amado, sabía que no lo escucharía, pero tal vez podría llegar a su corazón, confiaba en que pudiera hacerlo.

— Te amo. – Un susurro descuidado, dedicado a su más grande amor.