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Fóllame [ONE-SHOT COLLECTION KINKTOBER 2018]

Summary:

Antología de relatos eróticos basados en los personajes y universo de Detroit:Become Human que nació del reto KINKTOBER 2018.

1. Masquerade [KINK: Máscaras / rostro tapado]
2. El termómetro [KINK: Disfraces]
3. La fiesta [KINK: ojos tapados]
4. El lago de los cisnes [KINK: espejos]
5. Otra noche más [KINK: BDSM]
6. Sabor a ti [KINK: afrodisiacos]
7. Receta para una venganza [KINK: sexo violento]
8. Runaway [KINK: ropa interior]
9. The Igby's Magic Forest [KINK: furry]
10. Why don't you do right [KINK: travestismo + creampie]
11. El test de Turing [KINK: cunnilingus]
12. Nantaimori [KINK: fortnifilia]
13. Noche de pelis [KINK: 69]
14. Adolescencia tardía [KINK: Masturbación]
15. Murder House [KINK: Latex]
16. Cinema Paradise [KINK: En público + Dirty Talk + Snowbawling]
17. El juego de Kamski [KINK: pegging]
18. Blade Runner [KINK: Humillación + Contra la pared]
19. Connor in Wonderland [KINK: Glory Hole]
20. Ventajas de ser un androide [KINK: bañera]
21. Wake Up Lieutenant! [KINK: cosquillas]
22. Habitación 1408 [KINK: a horcajadas]

Notes:

Este fanfic antológico fue escrito por mí en el año 2018, siguiendo las normas del reto Kinktober 2018. Fue publicado en Wattpad y llegó a tener más de 150 mil lecturas, pero la plataforma decidió eliminarlo de pronto y se perdieron algunos relatos, gráficos, títulos... Los he intentado recomponer para publicarlos aquí. ¡Espero que disfrutéis!

Chapter 1: 01. Masquerade

Chapter Text

El murmullo y las risas se escurrían a mi alrededor.  

Me encontraba en una esquina del enorme salón de fiestas, mientras los invitados e invitadas parloteaban animadamente en pequeños grupos. Yo estaba solo, observando cómo transcurría aquella fiesta que Kamski había organizado para que humanos y androides disfrutaran de lo que él había llamado “Revolución de los sentidos”.

Nunca me hubiera imaginado lo que había planeado.

Una Masquerade, lo que venía siendo un baile de disfraces donde los asistentes llevaban sus rostros ocultos tras máscaras de diversas formas y colores: algunas preciosas, con plumas y piedras brillantes; otras grotescas que imitaban formas de animales, incluso con cuernos de carnero. Había tenido que buscar en mi sistema cuál era la historia de esta, al parecer, típica fiesta humana que remontaba su origen en la Europa de la Edad Media. Los italianos de alta alcurnia habían popularizado aquella costumbre. ¿Se hubieran imaginado que aquella loca idea de vestirse con ropajes despampanantes y ocultarse tras máscaras de lino sobreviviría hasta el año 2038? Seguramente no.

No obstante, en mi humilde opinión de androide, los humanos de esta época no sabían divertirse. ¿Qué tenía de entretenido no saber con quién intercambiabas palabras? A pesar de eso, todos parecían encajar allí, menos yo.

A mi lado pasó un androide modelo X, de las tantas muñequitas que Kamski tenía para servirle a él y a sus invitados. En su mano llevaba una bandeja con elegantes copas llenas de Thirium. Me ofreció una, cortésmente. No pude evitarlo y la acepté. Me llevé el suave vidrio a mis labios y tragué un poco de aquel líquido que refrigeraría mis componentes.

Mi rostro estaba oculto también tras una máscara, por supuesto. Pude vérmela en el espejo del fondo, donde se reflejaba mi figura ataviada en un traje especialmente ridículo, con chorreras en los brazos y unos pantalones ajustados. Mi máscara ocultaba la parte superior de mi rostro, incluido mi LED y mi nariz. Solo dejaba a la vista mis labios. Estaba hecha de una tela acartonada y tenía relieves brillantes de color dorado y plateado. Me hacía lucir extraño, ni yo podía reconocerme en el espejo.

Al entrar a la fiesta, las androides habían ofrecido ropas y máscaras a todos los invitados, por lo que ninguno de nosotros sabíamos quién era quién.  

Soy un modelo RK800, creado para trabajar como detective de policía. Una de mis habilidades es analizar los rostros de los seres que interactúan a mi alrededor. Por ello, me encontraba tremendamente incómodo rodeado de seres a los que no podía categorizar ni etiquetar. No sabía quién era humano y quién era androide; no sabía quién era mi compañero de trabajo o mi vecino. Ni siquiera podía encontrar a Hank entre toda aquella marabunta de gente.

¿Habría venido a la fiesta, finalmente? Kamski invitó a todo el departamento de policía, lo sé porque a todos nos llegó una misteriosa invitación en forma de caja de terciopelo. Dentro descansaba una tarjeta con un escueto mensaje: ¿Te atreves? Y una dirección que aparecía al darle la vuelta. La mayor parte de la ciudad, por lo que podía observar, se había atrevido.

El teniente Anderson no era muy aficionado a las fiestas. Ahora que lo pensaba más detenidamente, tengo la certeza de que no lo encontraría aquí, aunque lo buscase.

Le di un largo sorbo a mi copa hasta que vacié el recipiente. Me disponía a abandonar aquella pantomima para irme a casa. Tenía archivos de casos pendientes que reportar y no podía perder mi tiempo allí. Aunque para un androide como yo, el concepto del tiempo era algo muy relativo.

Dejé la copa en la bandeja de una Chloe que pasó a mi lado y me separé de la esquina en la que me había estado cobijando durante la velada. Empecé a abrirme paso entre los pomposos trajes de damas y caballeros medievales de la Francia del Renacimiento; mientras me alejaba, aquellos ojos que no podía analizar ni identificar me miraban, acusadoramente, tras macabras máscaras de seda y lino. Hacían que me sintiera extremadamente tenso.

Llegué el centro del salón y visualicé al fondo de éste unas escaleras que creía recordar que había subido al comenzar la fiesta. Tenía que encontrar mis aposentos en aquella enorme casa, donde había dejado mi acostumbrado uniforme. Fue entonces cuando noté que comenzaba a sonar una canción de ritmo lento que rápidamente identifiqué como un waltz, otro tipo de música que se escuchaba antaño. Los invitados comenzaron a agruparse en parejas, para empezar a bailar –o intentar bailar- al ritmo de aquella extraña melodía. Alguien me rozó el dorso de mi mano y yo la aparté de inmediato, volteándome para ver quién me había tocado.

Me encontré frente a frente con alguien ataviado con un traje totalmente rojo y con una capa que barría el suelo, también de color granate. Tenía el rostro totalmente oculto tras una máscara en forma de bestia con cuernos. Me estremecí al mirarle, pues no podía analizar su rostro ni saber cuál era su identidad. Era todo un misterio para mí.  

- Disculpe… –murmuré, intentando reanudar mi camino para salir del epicentro del baile.

Pero el desconocido me agarró nuevamente de la mano, esta vez mucho más fuerte y tiró de mí hasta hacerme chocar contra su pecho. Agarró mi cintura y mi mano derecha e intentó obligarme a seguir el ritmo de la música, indicándome hacia dónde girar. Forcejé, molesto y abrumado.

- Me temo que tengo que comunicarle que no le concedo este baile –le dije con tono robótico, con intención de ser poco cortés para desanimarlo en su intento de bailar conmigo, pero su respuesta fue silenciosa. Solo agarró más fuerte mi cintura y siguió guiándome en el baile.

Cerré los ojos y chasqueé la lengua. Tendría que seguirle la corriente si quería salir pronto de allí. Cuando acabara la música aprovecharía para escabullirme.

Aquel ser cornudo me miraba. Sus ojos eran azules muy claros, no podía identificar su mirada tras todo aquel artificial y horrendo disfraz, el cual le daba una apariencia descomunal a aquel desconocido, como si quisiera emular a una gigantesca bestia peluda. Sus manos se encontraban enguantadas en cuero negro, y ningún detalle en él me permitía descubrir su identidad. Por mucho que busqué pistas con mis ojos, no conseguí afinar mis sentidos para dar con el nombre del bailarín y no sabía si era por las constantes vueltas que daba por el salón, mientras otras misteriosas máscaras me juzgaban, o era el thirium que me había bebido y que me había “subido” a la cabeza.

El misterioso bailarín me agarraba fuertemente, con firmeza. Era un hombre. Su estatura y su porte me lo indicaban. Jamás nadie me había tocado de aquella manera y me hacía sentir realmente turbado. No sabía si era por la cercanía que experimentaba mi cuerpo al chocar contra en suyo o el hecho de no poder encontrar su nombre en mi base de datos. Todo en aquella fiesta resultaba perturbador para un androide como yo.

Sentía mi sistema inestable y mis biocomponentes alterados.

Cuando la canción llegó a su final, me desembaracé del agarre del desconocido y traté de huir de él, con éxito, al cogerle desprevenido. Enseguida me mezclé entre la multitud disfrazada que nos rodeaba y llegué hasta la lúgubre escalera que me conducía hasta los pasillos donde estaban nuestras habitaciones. Allí, la luz emanaba de unas antorchas eléctricas que imitaban a la perfección el efecto de luz tintineante de unas reales. Mi sombra se proyectaba enormemente en las paredes y empecé a sentir serias dificultades para orientarme. Pronto dejé lejos los murmullos propios de la diversión de las fiestas.

Mi fino oído escuchó un suave susurro, justo cuando había llegado a la puerta de mi habitación. Me giré rápidamente, pero no vi a nadie tras de mí. Entrecerré los ojos y esperé un momento en la penumbra del pasillo. Suspiré, aquella situación había sido muy estresante para mí, debía estar recibiendo percepciones confusas.

Abrí la puerta de mi habitación, deseoso de deshacerme de los ropajes de época que llevaba puesto y de salir de la mansión de Kamski lo más rápido posible. Cuando entré por fin en la estancia, fui a cerrar la puerta para tener intimidad, pero una especie de garra metálica se interpuso entre la jamba y la madera de la puerta. La miré, asustado y, a continuación, apareció una mano enguantada de negro que apartó la puerta, abriéndola de par en par para irrumpir en mi habitación como un huracán en pleno temporal.

Ahogué un grito de sorpresa en el guante de la bestia, que tapó mi boca fuertemente y susurró un suave silbido, indicándome silencio. Forcejeé de inmediato, pero me empujó a la cama utilizando un bastón de metal con mango en forma de garra, a juego con su disfraz. Caí pesadamente, sintiendo retumbar los muelles del colchón en mi espalda. Cerró la puerta de inmediato y lo único que pude visualizar en la habitación era su espalda, amplia y adornada con una capa de terciopelo rojo escarlata. Parecía enorme desde mi perspectiva, teniendo en cuenta de que yo estaba tumbado, vulnerable. Sentí que mi LED se enloquecía por el creciente nerviosismo –o pavor- que me estaba inundando. ¿Qué quería ese ser de mí?

Me intenté incorporar para luchar contra él, pero enseguida se volvió hacia mí y apretó contra mi pecho, fuertemente, la punta de su bastón, doblegándome, obligándome a recostarme en la cama de nuevo. Yo lo miraba a través de mi propia máscara de lino, y vi cómo, en sepulcral silencio, movía un dedo enguantado de un lado a otro lentamente y chasqueaba la lengua, reprendiéndome como a un niño.

- Por favor, ¿qué quieres de mí? –rogué, sintiendo que mi sistema se comenzaba a descontrolar. Ya no controlaba la firmeza de mi voz. No había sido programado para enfrentarme a aquellas situaciones. Yo era como un ciego en medio de un océano, solo escuchaba el ritmo de las olas, pero no podía ver hacia dónde se dirigían.

En vez de contestar a mi pregunta, colocó la garra de su bastón en mis labios, indicándome que me callara. Sentí el frío acero contra mi boca, rozando mis dientes. Luego se arrodilló a mi altura, llevando una mano encuerada a mi rostro. Yo intenté apartarme de aquella caricia, pero él insistió, agarrándome fuertemente del mentón para mirarme bien. Sus ojos me eran conocidos… pero era incapaz de ver a través de ellos.

En un intento desesperado, alcé una mano, para derribarle la máscara, pero él respondió violentamente, golpeándome con el bastón en un costado. Me quejé y me enrosqué en la cama. La bestia aprovechó aquel ataque sorpresa para abalanzarse sobre mí. Sentí todo su peso sobre mi pelvis, sus rodillas me inmovilizaron y aplastó el largo del bastón sobre las palmas de mis manos, que yo había llevado sobre mi cabeza, para intentar empujarle. Ahora me tenía completamente a su merced y, extrañamente, me sentí abrumado y… ¿excitado? Debía estar tan asustado que mi percepción comenzaba a dejar de funcionar y mezclaba sentimientos y sensaciones al azar.

La máscara en forma de bestia cornuda parecía observarme atentamente, mientras nos batíamos en un duelo de miradas enmascaradas. Él jugaba con ventaja pues ningún rasgo de su cara se encontraba al descubierto, ni siquiera su pelo. En cambio, yo tenía mis labios y mentón expuestos. Se acercó a mi rostro y pareció olfatearme, sentí su respiración cálida sobre mi oreja y mi quijada. Yo estaba paralizado, y notaba cómo mi cuerpo temblaba bajo el peso del desconocido. ¿Lo notaría él también? ¿Por qué me imaginaba una sonrisa diabólica tras aquella careta inexpresiva?

Cerré los ojos fuertemente cuando sus manos abandonaron el bastón, el cual yo sujetaba tan fuerte que ya no sentía las manos, y con sus guantes calientes, recorrió mi pecho, llegando a la escotada abertura que presentaba mi blusón blanco. No dudó ni un segundo en rasgar violentamente la tela, que cedió ante sus manos como si fuera papel de papiro. Creí que ese podía ser mi momento, agarré el bastón, reincorporé mi torso y traté de utilizar su propia arma para atacarle.

Grave error.

La bofetada que sentí me hizo girar la cara y el bastón desapareció de mi alcance. Le devolví la mirada, furibunda, tras mi máscara, y él inclinó la cabeza. Su grotesca cara inexpresiva me respondió con silencio. Se encontraba sentado sobre mí, y de un solo movimiento, consiguió neutralizarme de nuevo. Llevó una de sus manos fuertes a mi cuello y apretó, volviendo a obligarme a acostarme a su merced. Con su otra mano recorrió todo mi pecho desnudo, deleitándose en mis pezones que, sin yo comprenderlo, respondían al roce, erizándose.

Mi cuerpo me mandaba mensajes contradictorios.

Yo sentía el cuero suave y pegajoso contra mi abdomen, y también sentí cuando bajó hasta mis caderas, donde se encontraba el ajustado pantalón de época. Forcejeé, imaginándome lo que querría hacer a continuación.

- ¡No! ¡Por favor! –grité, inútilmente. Una de sus manos apretó mi pecho contra la cama mientras que la otra trazaba círculos alrededor de mi entrepierna, sobre la tela del pantalón-. ¡¿Por qué haces esto?!

Cerré los ojos, sintiendo muy dentro de mí una extraña sensación. Mi LED estaba encendido también de rojo escarlata, a juego con el disfraz de la bestia. Gruñí cuando sentí que tironeaba del pantalón, para deshacerse de él como había hecho también con mi blusa, que ahora colgaba destrozada de mis brazos. Sentí el frío de la habitación en mi pene, y me sorprendí enormemente al ver que me encontraba tremendamente erecto.

Supe entonces que el desconocido estaba muy satisfecho con lo que había conseguido. Incluso pude escuchar un murmuro de satisfacción. Pero fue casi imperceptible. Aunque lo intenté, no fui capaz de localizar su voz.

Pronto sentí sobre mi miembro sus bruscas caricias. Me agarraba fuertemente, sin cuidado, y tiraba de mi piel, enrojeciéndome y endureciéndome más. Jadeé e incluso lloriqueé, pues no comprendía que me ocurría. Me gustaba lo que la bestia me hacía. Y le odiaba profundamente por confundirme.

- Por favor… -jadeé esta vez, retorciéndome bajo el peso del desconocido, intentando por última vez resistirme a sus odiosas caricias.

- Shhh…. –susurró, calmadamente. Sonreía. Yo sabía que, tras su máscara, sonreía. Disfrutaba de verme en aquella situación.

Mientras masajeaba mi miembro sin piedad, llevó la mano que tenía en mi pecho hasta mi boca, y metió dos dedos enguantados en ella. Yo me resistí, pero me forzó y finalmente los recibí en mi boca. Pronto comencé a chuparlos… y aquello hizo que mis cuerdas vocales gimieran.

No me reconocía.

Aquel era un juego macabro para que perdiera la cabeza. Para que me perdiera en mis propios y desordenados pensamientos.

De pronto todo desapareció. Yo tenía los ojos cerrados, pues estaba comenzando a aceptar mi destino y a dejarme llevar. Cuando los abrí, la bestia ya no se encontraba sobre mí. Me daba la espalda. Se estaba quitando los guantes. Intenté fijarme en sus manos, pero solo pude comprobar que eran grandes y fuertes, como ya había podido comprobar.

Enseguida se dio la vuelta y me cogió por las caderas, sin perder un segundo de tiempo. Las alzó y me dio rápidamente la vuelta en el colchón, quedando yo con mi rostro contra la almohada. En sus manos yo parecía una muñeca de trapo; estaba totalmente anulado. Me bajó por completo el pantalón, dejando mi culo desnudo. Tragué saliva e intenté levantarme nuevamente. Forcejeando una vez más. No quería que eso sucediera.

Él se rio. Abrí mucho los ojos.

Aquella risa…

- ¡¿Quién eres?! –grité, desesperado por levantarme de la cama y desembarazarme de su cuerpo, que ya comenzaba a rozarse con el mío-. ¡Sé que te conozco!

Y de pronto el bastón volvió a inmovilizarme. Lo había colocado bajo mi nuez, haciendo presión hacia atrás para ahogarme si me movía más de la cuenta. Me tenía a cuatro sobre la cama, agarrándome con el bastón en la garganta y ya comenzaba a sentir su miembro palpitante entre mis nalgas. Lo había lubricado con saliva.

Nuevamente se rio con voz ronca, disfrutando.

Lo que recuerdo después fue su polla enterrándose dentro de mí.

Era la primera vez que me penetraban.

Grité sin poder remediarlo, el dolor me inundaba el cuerpo. Se enterró profundamente, dejándome temblando. Le sentía en todo su esplendor. Mis contracciones le hacían palpitar de placer. Yo me estremecía también en pura contradicción.

Mi mente y mi cuerpo iban por caminos totalmente diferente. Mis biocomponentes comenzaban a presentar fallos debido al estrés. Mis defensas cada vez eran más torpes e inútiles. Él se mantenía en silencio, gozando de mi cuerpo y mi estrechez sin soltar palabra, solo jadeaba suavemente, contenido para mantenerse en el anonimato. Agarraba fuertemente el bastón contra mis clavículas, y apretaba cada vez que me embestía, haciendo las penetraciones cada vez más profundas.

Yo tenía los labios abiertos, los ojos entrecerrados, abrumado por las sensaciones. Mi LED parpadeaba en rojo, haciendo juego con la decoración de toda aquella habitación. Jadeaba y gemía, a veces de placer, otras veces de dolor. Todo en mí era un dilema, un dilema entre el placer y el sufrimiento; entre el deseo y el odio.

La bestia me penetraba cada vez más fuerte, hacía que mi cuerpo chocara contra la cama y que salieran quejidos secos de mi garganta. Gemidos roncos al sentir su pene duro deslizarse en mi interior. De pronto soltó el bastón, que me liberó de su agarre, dejándome caer suavemente en la cama y con sus manos, ahora desnudas, me agarró fuertemente de las caderas; de vez en cuando me acariciaba la espalda o cogía mi miembro, todavía duro, para masajearlo.

- Ah… ¡ah! –gemí mientras frotaba rápidamente mi miembro a la vez que me penetraba, encontrando el punto en el que ya me había vuelto completamente loco por todas aquellas sensaciones-. ¡No pares! ¡No pares! ¡Ah!

Y ni siquiera me dio tiempo de avergonzarme de mis palabras, porque me corrí en su mano desnuda, llenándola de semen azulado. Mi cuerpo entero se estremeció por el orgasmo, mi visión llegó incluso a anularse. En mi interior, miles de errores se desencadenaron, dejándome exhausto y abrumado. Pronto sus embestidas fueron más rápidas y sus jadeos más sonoros. No tardé mucho en sentir cómo salía de mi interior y, tras rudos quejidos, una sustancia cálida me salpicaba en las nalgas, la espalda y entre las piernas.

Y ahora, tirado sin fuerzas en la cama, con los pantalones en las rodillas y el esperma de una bestia cornuda desconocida deslizándose por mis piernas, veo como este hombreo ataviado de un rojo salvaje, se viste, satisfecho de su hazaña.

Antes de marcharse de la habitación, de la que no podré salir hasta reponerme, veo que se da la vuelta y se acerca a mí por última vez. Apenas puedo mirarlo con mis ojos defectuosos por el esfuerzo al que ha sido sometido mi sistema, pero aprecio cómo se levanta levemente la máscara y posa un suave beso en mis magullados labios, los que he mordido varias veces mientras me follaba sin piedad.

Siento la calidez de su aliento en mi boca y una suave barba me hace cosquillas en la nariz.

El roce se acaba tan pronto como empezó, y el misterioso hombre abandona mi habitación, abandonándome también a mí a mi suerte, mientras lo sigo con la mirada, empezando ya a anhelar el peso de su cuerpo sobre el mío y su fuerte agarre sobre mi cuerpo.

Kamski tenía razón…

Aquella noche había sido toda una revolución de los sentidos.

 

Chapter 2: 02. El termómetro [Hank x Connor]

Summary:

Hank Anderson ha tenido un mal día en la oficina, así que Connor se tomará la molestia de ir a "alegrarlo" a casa. [KINK: Disfraces]

Notes:

ADVERTENCIA: No leer delante de niños/as ni tampoco personas mayores con problemas del corazón. ¡Quedáis advertidos!

Chapter Text

Toc.

Toc.

Toc.

 

Sonó la puerta antes de que Hank la abriera con el ceño fruncido, extrañado, puesto que no esperaba visitas aquella lluviosa tarde.

Al abrirla, se encontró cara a cara con Connor, su compañero de despacho, aquel androide que le seguía a todas partes como un perrito faldero. Estaba vestido con el mismo uniforme de siempre y tenía una expresión neutral en su rostro. En su mano llevaba un maletín de piel, cuyo peso parecía importante.

- ¿Qué haces aquí? –preguntó Hank con cara de pocos amigos, resaltando la palabra “tú” para sonar más despectivo.

Había tenido un día de perros en el trabajo y lo último que deseaba era tener que aguantar las impertinencias de Connor sobre lo poco que se cuidaba y lo mucho que bebía.

- He venido a hacerle compañía, teniente –contestó felizmente el androide, dando un paso hacia delante, obligando al mayor a apartarse de la puerta y dejarle entrar-. Debería abrir las ventanas, aquí huele a cerrado –comentó distraídamente mientras saludaba al gran San Bernardo que se encontraba recostado en el sillón.

- ¿Ahora eres también mi asistenta del hogar? –gruñó Hank con ironía mientras cogía el mando del televisor y cambiaba el programa que había estado viendo y del que ya se había perdido la parte más interesante-. ¿Qué traes ahí, en ese maletín?

La cara de Hank reflejaba curiosidad, aunque no quisiera demostrarlo, pero Connor apartó el maletín de su vista, colocándolo detrás de sus piernas, como si temiera que el teniente tuviera habilidades especiales, como si pudiera ver con rayos X lo que había dentro de la maleta.

- ¿Esto? –preguntó, inocentemente-. No es nada… ¿Puedo pasar al baño, teniente? –preguntó, de pronto.

Hank se estaba relajando nuevamente en el sofá, donde pensaba pasar la tarde, ataviado en su bata de andar por casa, mientras se bebía su quinta o sexta cerveza del día. Cuando escuchó la petición del androide, lo miró fijamente, confundido.

- Tú mismo, Connor –le terminó respondiendo al joven, que lo miraba, estático, esperando su permiso para moverse.

- Bien –le dijo, con una sonrisa y se perdió por el pasillo, maletín en mano.

- Malditos androides… -masculló el mayor, antes de que la puerta del baño se cerrara con un ligero click y una cerveza acariciara sus labios.

Mientras esperaba que el androide saliera del baño –el motivo de por qué tardaba tanto, lo desconocía-, Hank estaba intentando olvidar la maldita mañana que había pasado en la comisaría. Gavin, el puto Gavin de los cojones, había estado molestándolo nuevamente. Le había hecho quedar como un idiota delante de sus subordinados. Tendría que hablar con Fowler para llamarlo al orden, no podía permitir que siguiera mermando su autoridad ante el equipo.

Sería viejo, sería un borracho –aunque estaba intentando salir de aquello, no muy bien, que digamos…- y sería un cascarrabias, pero era el puto teniente de policía de la unidad de homicidios. Le debían un puto respeto. 

Chasqueó la lengua, impaciente por saber qué estaba haciendo el androide en el baño. La presencia de ese joven en su casa lo estaba perturbando.  

- Ey, ¡Connor! –gritó desde el sillón, acomodado al lado de su gran perro. Sorbió de nuevo un poco de cerveza directamente de la lata-. ¿Sigues vivo? ¿Te caíste dentro de la taza?

- ¡Ya salgo, teniente! ¡Un momento! – escuchó la dulce voz del joven, amortizada por la madera de la puerta.

Rio suavemente por lo bajo. Estúpido Connor… ni siquiera podía enfadarse con él, porque, aunque quisiera, siempre era demasiado adorable o inocente. De pronto escuchó la puerta del baño abrirse, y sin apartar la vista de la televisión, siguió bebiendo de su querida cerveza.

- Pensé que iba a tener que rescatarte… -murmuró, al escuchar sus pasos acercarse por el pasillo.

- Tal vez es usted quien necesita de mi ayuda, teniente –le respondió la voz del androide, justo detrás de él. El tono había sonado tremendamente… ¿sugerente?

Hank se dio la vuelta, sorprendido por la respuesta que le había dado el joven, y lo que vio lo dejó atónito. Sus ojos azules se abrieron como dos ventanas en plena mañana y su boca, sin poder remediarlo, se entreabrió por el impacto de la sorpresa.

No podía creer lo que estaba viendo.

Connor le sonreía con unos labios brillantes y apetecibles. Su cuerpo, antes enfundado en el anodino uniforme de androide policía, ahora estaba vestido con un disfraz de enfermera de color blanco marfil, de una sola pieza, ajustado, sobre todo en las caderas. No tenía escote; en su lugar, un cuello cerrado llegaba hasta la garganta, desde donde partían unos botones que mantenían la tela ceñida a su cuerpo. Incluso sus largas piernas estaban cubiertas por unas medias de apariencia sedosa, también blancas. Coronando aquel extraño espectáculo, Connor llevaba una cofia de enfermera clásica, con una cruz roja bordada en el centro.

- ¡¿Qué coño haces vestido así?! – gritó Hank, tras unos largos segundos de silencio mientras observaba la indumentaria de su compañero.

- ¿No le gusta? –preguntó Connor, decepcionado, mientras se miraba a sí mismo, comprobando que todo estuviera en su sitio-. He intentado parecerme a uno de esos vídeos que ve cuando tiene un mal día.

Hank sintió cómo su rostro se enrojecía en cuestión de segundos. Se levantó de un salto del sillón y lo miró de soslayo, visiblemente alterado.

- ¿¡Has estado cotilleando mis cosas?! –preguntó, incrédulo.

- La otra noche que lo traje a casa desde el bar de Jimmy, descubrí que había dejado el portátil encendido en su mesa, así que procedí a desconectarlo para ahorrar energía –explicó el androide, con voz inocente, mientras jugaba nerviosamente con sus manos. Parecía que aquel disfraz había alterado su actitud normalmente correcta y segura-. Tenía abierta una carpeta llamada “Para alegrarse”, y tuve curiosidad por saber qué cosas le alegraban el día, teniente…

- Oh, por dios santo… -murmuró el mayor, llevándose una mano al rostro, avergonzado.

- Me esforcé mucho comprando todo lo que aparecía en aquel vídeo… – dijo Connor en voz baja, mirándolo de reojo con las cejas elevadas-. Hoy ha tenido un mal día, déjeme intentar alegrarlo.

Con esas palabras, Connor caminó grácilmente hacia el teniente, que retrocedió varios pasos, aterrorizado y turbado por la escena. Connor también llevaba unos zapatos de tacón con hebilla rojos, que combinaban con la cofia. Cuando el joven le tomó por los hombros, Hank no pudo resistirse a su extraño embrujo.

Pronto, Connor había colocado su mano sobre la frente de Hank, imitando los movimientos de una verdadera enfermera.

- ¡Oh, pero qué caliente está, teniente! –comentó el androide con sorpresa fingida mientras palpaba la frente de su futuro "paciente"-. Debe reposar de inmediato, acompáñeme a su habitación.

- Connor… -advirtió Hank, no muy convencido de todo aquello, pero el joven lo guio hasta su cuarto, donde se encontraba la cama totalmente desarmada y desaliñada.

- Déjeme prepararle la camilla –dijo Connor, mientras estiraba las sábanas y sacudía las almohadas diligentemente. Las formas de su culo se marcaban bajo la ajustada tela del minivestido de enfermera. Hank tragó saliva; comenzaba a sentirse realmente acalorado.

- Pero, ¿qué estoy haciendo…?  – se preguntó a sí mismo en voz baja mientras la mano de la “enfermera” Connor lo guiaba hasta la orilla de la cama, donde se vio forzado a sentarse.

- Recuéstese, por favor –El mayor obedeció, apoyando la cabeza sobre la almohada, no sin antes dejar que Connor le quitara la deshilachada bata de andar por casa-. Vamos a tener que auscultarlo.

Con esas palabras, Connor caminó rápidamente hacia el baño, dejando tras de sí un “tac, tac, tac” a cada paso debido a los tacones. Hank se sorprendió de la facilidad y naturalidad con la que el androide podía caminar sobre aquellos zapatos de mujer. El chico apareció de nuevo en la habitación con el maletín. Lo puso sobre la mesa de noche y lo abrió. De su interior, sacó un estetoscopio típico de las series de médicos. El mayor soltó una risita.

- Eso lo hacen los médicos, Connor… -intentó corregir Hank con una sonrisa.

- Shhh, no hable mientras dure el procedimiento –advirtió el androide, poniéndole un dedo en los labios-. O no podré saber cómo suena su cuerpo –y le guiñó un ojo.

Hank se rindió a los caprichos del joven y mantuvo la boca cerrada, observando cómo Connor se colocaba los extremos del estetoscopio en sus oídos, y acercaba la otra parte a su pecho, donde colocó el cachivache metálico. Puso cara de concentración y, de pronto, exclamó:

- ¡Vaya! La ropa hace interferencias. Tiene que quitarse la camisa –le ordenó. Hank parpadeó incrédulo. No pensaba desnudarse…- ¡vamos, a qué espera, teniente! –le insistió el androide, levantándole la tela que cubría su abdomen.

Y le obedeció. Eso fue lo que más sorprendió a Hank de la situación. En el fondo, se estaba divirtiendo…

Hank se quitó la camisa, quedando a pecho descubierto. Por un momento, se moría de vergüenza, pero cuando sintió el estetoscopio frío sobre su piel, además del roce de la mano del androide, comenzó a contener la respiración. Ya no era solo vergüenza lo que agitaba su corazón, que empezó a bombear sangre a toda velocidad. La mano delicada del joven, con uñas rosadas, paseó por su pecho, escuchando el tamborileo alocado de su corazón.

- Su corazón está tremendamente acelerado –explicó la enfermera Connor, manteniendo una imperturbable expresión de profesionalidad. Se tomaba muy en serio su nuevo trabajo-. Debemos averiguar qué ocurre; seguiré escuchando.

Colocó el estetoscopio justo encima de un rosado pezón del teniente, que yacía totalmente postrado y entregado en la cama, siendo analizado por la enfermera androide. Al sentir el frío del aparato en esa zona, Hank dio un respingo, notando perfectamente cómo se le erizaba la piel. Connor sonrió y, sin demora, pasó al otro pezón. Solo se dio por satisfecho cuando ambos botoncitos rosados asomaban hacia afuera, buscando más caricias.

- Sus pezones no presentan ninguna patología. Enhorabuena, teniente.

- Fíjate tú, qué noticia… -gruñó Hank, con un intenso rubor en las mejillas, en parte oculto por el pelo de su descuidada barba.

Cuando el mayor pensaba que el juego ya había terminado, Connor continuó bajando con el estetoscopio a zonas donde un estetoscopio nunca debería llegar. Auscultó su estómago, riendo por lo bajo al escuchar los ruidos que hacían sus tripas.

- Curiosos sonidos los de los humanos –dijo, más para sí mismo que para su paciente, y siguió bajando por el ombligo del mayor.

Hank solo estaba vestido con unos pantaloncillos cortos que usaba como ropa interior. Le gustaba estar cómodo en su hogar durante sus horas libres, pero nunca había imaginado que un androide vestido de enfermera sexy le pediría examinarlo en la “camilla” de su cuarto. Tragó saliva con dificultad cuando vio que el joven colocaba el aparato sobre la bragueta de los pantaloncillos, escuchando atentamente. Aquel roce lo hizo estremecerse y tensarse. Su corazón pareció saltar de su pecho, a punto de salirse por su garganta. El rostro de Connor cambió a una expresión de extrañeza y preocupación.

- Mmm… Aquí hay algo extraño –dijo, con tono serio-. Me temo que tendré que explorar más a fondo.  

Dejando el estetoscopio colgado en su cuello, Connor fue a la maleta y sacó unos guantes de látex verde, de uso quirúrgico. Se los colocó en sus largos dedos, incluso haciendo chocar el material contra sus muñecas, como lo haría un verdadero profesional, emitiendo un perturbador chasquido que precedía a una exploración aterradora.

- Connor, ¿qué pretendes hacer? –preguntó Hank, empezando a querer  poner fin a aquella pantomima.

- Teniente Anderson, yo no soy Connor, soy su enfermera –le dijo, alzando las manos y mostrándole el dorso de cada una-. Ahora, sea bueno y no se mueva o los resultados de esta prueba no serán concluyentes…

Mientras le hablaba con cariño, bajó las manos y palpó su entrepierna por encima del pantalón. Hank soltó un gemido de sorpresa al sentir las manos del joven toquetearle su intimidad.

- Oh, teniente, me temo que tenemos un problema aquí… -su voz sonaba como un ronroneo. Sus labios, que brillaban como si se hubiera aplicado vaselina, se fruncieron en un gesto caprichoso.

Desató el sencillo nudo de la cintura del teniente y tiró de los pantaloncillos hacia abajo, dejando al descubierto su pene, que comenzaba a despertar tímidamente.

- ¡Qué tenemos aquí! –exclamó Connor, fingiendo estar horrorizado.

Llevó sus manos directamente a la entrepierna de Hank y la cogió con la mano derecha, rodeándola. Aunque aún no estaba completamente dura, no tardó en lograr una erección completa, ya que Connor la meneó suavemente de forma arrítmica. Con el dedo índice, la “enfermera” dio unos suaves toquecitos en el glande de Hank, adoptando nuevamente una expresión de profunda preocupación.  

- No se mueva, teniente –dijo Connor mientras, con una mano sujetaba el pene a Hank, llevaba la otra al maletín y sacaba un aparatejo que parecía una pequeña linterna.

Encendió la luz con un clic y acercó su cara al miembro erecto del mayor, iluminando el prepucio. Observó cómo un líquido suave rezumaba lentamente por la punta, emergiendo del pequeño orificio de la uretra. Tocó la sustancia con la punta de los dedos y la frotó entre el pulgar y el índice, notando su consistencia resbaladiza.

- Oh… Dios mío… -jadeó Hank, ya incapaz de ocultar lo excitado que estaba. Tenía la polla totalmente dura, sentía cómo le palpitaba en toda su extensión, con la piel de los testículos erizada. Lo embargaba un deseo urgente de pajearse y aliviarse.

- Esto puede ser grave, teniente –informó Connor, mirándolo con preocupación, aunque Hank mantenía los ojos cerrados-. Debo analizar esta sustancia de inmediato, antes de que sea demasiado tarde.  

Dejando la linterna a un lado de la cama, Connor agarró el pene erecto del teniente y sacó la lengua. Hank contuvo la respiración, anticipando lo que estaba por venir. La lengua de Connor rozó suavemente la punta del pene y lamió el contenido que emanaba. Luego, se volvió a llevar la lengua a su boca, para analizar la sustancia.

- Líquido preseminal… Interesante sabor –comentó Connor, antes de inclinarse de nuevo hacia el pene.

Hank pudo ver cómo la cofia de enfermera, ajustada en la cabeza del androide, se movía suavemente al ritmo de los besos que comenzaba a sentir en su polla. Cerró los ojos con fuerza. No podía creer lo que estaba viviendo.

Era como un sueño húmedo, muy, pero que muy real.

La boca del androide lo estaba analizando en cada rincón de su intimidad. Primero, chupó levemente la punta, emitiendo un erótico sonio de succión. Luego, recorrió los laterales de su polla, hasta llegar a la base, donde lamió incluso sus testículos. Las ingles tampoco se libraron de los besos y de la punta traviesa de la lengua del androide. Hank se deshacía en gemidos y jadeos; aquella mamada lo estaba llevando a la gloria. Si estaba enfermo, no le importaba morir de aquello.

- Cómo la chupas… -exclamó el mayor, sorprendido por la habilidad del joven para usar su lengua en algo más que no fuera analizar muestras de sangre o evidencias criminológicas. Los putos milagros de la ciencia, pensó, mientras comenzaba a mover su pelvis, penetrando levemente la boca del androide.

Pero aquello hizo que las caricias se detuvieran.

Hank abrió los ojos, decepcionado al sentir el frío aire de la habitación sobre su miembro palpitante, casi a punto de explotar de placer. Observó cómo Connor se limpiaba la boca, llena de saliva y presemen, con el dorso del guante, y luego se bajaba y acomodaba suavemente el vestido que se había levantado con el trajín. El disfraz le ceñía el cuerpo tan perfectamente que Hank no pudo evitar sorprenderse al descubrir la erección dura y caliente que Connor ocultaba bajo los ropajes femeninos.

Sintió que el estómago se le encogía al ver aquella enfermera de aspecto inocente y recatado, escondiendo algo tan inesperado bajo el vestido. Tuvo que cerrar los ojos, sintiendo un calor incómodo recorrerle la nuca, intentando recuperar la cordura. No podía olvidar que no era una enfermera sexy, era Connor, su compañero…

-Le informo que he terminado de hacerle las pruebas fisiológicas, teniente, y no tengo buenas noticias…-dijo el joven, dándole la espalda mientras guardaba el ya olvidado estetoscopio en el maletín.

- ¿Qu-qué me pasa, enfermera? –le contestó Hank, siguiéndole el juego, ignorando todos sus remordimientos y perdiendo completamente la cordura.  

- Me temo que para la dolencia que usted presenta… -susurró Connor, mientras una de sus manos, aún enguantadas, paseaba por el pecho desnudo y peludo de Hank-. Solo hay una cura…

Se hizo un silencio mientras Connor se acercaba al rostro del teniente, apoyando una de sus manos en la almohada. Hank se preguntaba cuál podría ser la cura que tanto necesitaba para sus dolencias…  Cuando los labios olor a cereza de Connor se encontraban casi rozando los del mayor, que ya deseaba sentirlos y saborearlos pero que no se atrevía a moverse por miedo a romper la magia del juego, el joven se detuvo para susurrarle, acariciando con su cálido aliento los labios del mayor:

- Y esa cura soy yo…

Y con un rápido movimiento, el joven se montó a horcajadas sobre el teniente, hincando las rodillas en el colchón, aprisionando la cintura del mayor entre ellas. El vestido, ajustado cómo era, se levantó hasta el estómago del joven, revelando que jamás había llevado ropa interior y que su pene se encontraba totalmente expuesto y erecto. Su suave culo rozaba sin querer la punta ardiente de Hank, quien gimió sorprendido y maravillado, cuando el joven se le abalanzó sobre él, buscando, demandante, sus labios.

Se unieron en un furioso beso. Hank rodeó al joven con un brazo mientras que con el otro le agarraba la nuca. Lamió aquellos labios de cereza como si nunca hubiera probado fruta más deliciosa. Metió su lengua en aquella boca, sorprendiéndose de lo sedosa que era, y sintió una chispa de electricidad recorrer su cuerpo cuando la lengua del androide se enroscó con la suya. Ambos ahogaron un gemido extasiado en la boca del otro.

- Le explicaré su plan medicinal –susurró Conno cuando se separó de aquel apasionado beso, mientras se reincorporaba sobre el cuerpo del teniente-. Y tiene que cumplirlo según las indicaciones de su enfermera, si quiere curarse.

- Sí… -rogó Hank, levantando las caderas, chocando su pene contra el culo de Connor-. Me tomaré muy en serio mi salud de ahora en adelante, lo prometo.

Connor-enfermera sonrió traviesamente mientras llevaba una de sus manos enguantadas al miembro de Hank, tomándolo con firmeza para guiarlo hasta su entrada. Sin embargo, antes de proceder, Connor se detuvo por un momento, como recordando algo.

-Un momento, teniente. Necesitamos asegurarnos de que todo sea lo más saludable posible -dijo con una sonrisa maliciosa. Entonces, Connor abrió el maletín que había dejado a un lado de la cama y sacó un pequeño frasco de lubricante. Vertió una generosa cantidad en su mano enguantada y la frotó lentamente sobre el pene de Hank, asegurándose de cubrir cada centímetro con el líquido resbaladizo. Hank gimió al sentir el frío del lubricante, que rápidamente se calentó con el roce de la mano de Connor. El joven androide se aseguró de que el miembro del teniente estuviera bien lubricado antes de continuar.

-Ahora sí, estamos listos para continuar con el tratamiento -susurró Connor, guiando el pene de Hank hacia su entrada. Mientras hacía presión para sentarse sobre él, le dio las primeras pautas- Primero, métame la polla, lentamente…-Y mientras lo decía, no pudo evitar soltar un suave gemido al sentir cómo el pene del teniente lo penetraba, tal como había indicado, lentamente.-. Ah… sí, así.

Hank hacía un gran esfuerzo para no correrse de inmediato. Sentía el borde del precipicio justo en la punta de sus pies. Cerró los ojos mientras Connor se sentaba profundamente sobre él, hasta sentir los testículos lampiños del joven contra su pubis. La sensación era maravillosa.

- Ahora –La voz de Connor sonaba temblorosa. El LED en su cabeza parpadeaba en un intenso rojo, a juego con su uniforme-. No mueva ni un solo músculo…

Y pronto Hank supo por qué. El pequeño cuerpo del joven, ataviado con aquel sexy uniforme, comenzó a menearse muy lentamente y con suavidad sobre su pene. Se deslizaba hacia arriba y hacia abajo, haciendo deliciosos círculos. Su interior era aterciopelado y cálido. Hank no pudo evitar llevar ambas manos hacia la cintura del joven, siguiendo su sinuoso ritmo. Connor colocó sus manos sobre las de Hank, no sin antes desaprovecharse los tres primeros botones de su uniforme, dejando parte de su pecho desnudo.

Los gemidos de ambos llenaron la habitación del “hospital”.

- Y a continuación debe proceder a follarme hasta correrse dentro de mí –continuó indicando Connor, como buen profesional, abriendo aún más las piernas e inclinándose hacia atrás para apoyarse en las rodillas del mayor-. No derrame ni una sola gota de semen fuera; de lo contrario… el tratamiento no surtirá su efecto – Con la voz a punto de quebrarse por la excitación, Connor echó la cabeza hacia atrás, dejando expuesto su exquisito cuello, aquel que Hank jamás había visto de esa manera.

Hank no esperó más; era lo que deseaba y necesitaba. Lo agarró con fuerza por las caderas y los glúteos, y lo penetró con ímpetu incontables veces, sacudiéndolo como una muñeca. Sus manos a veces apretaban los jugosos muslos de Connor, rasgando las medias sedosas. El joven se apoyaba en las piernas del teniente, gimiendo incontrolablemente. Su pene rebotaba de arriba abajo con la inercia de los movimientos bruscos de Hank, quien lo follaba con desesperación. Su rostro se había convertido en una máscara de lujuria, jadeando y sudando mientras lo penetraba deliciosamente.

Hank se había sentado en la cama, sujetando al androide con fuerza, casi rompiéndolo por la pasión.

- ¡Oh, Connor, Connor! ¡Joder! –gritó el teniente, sintiendo cómo por unas milésimas de segundo su corazón colapsaba, solo para volver a latir con fuerza cuando el aire llenó sus pulmones, ardiendo con la intensidad de su orgasmo.

Connor-enfermera, que ya había perdido la cofia por el frenético revolcón, sintió en su interior cómo la polla de Hank explotaba en un intenso, caliente y húmedo orgasmo. Sintió el semen llenarle profundamente, y con los espasmos que le siguieron, su propio orgasmo se derramó entre ambos, manchando el vestidito de enfermera con una sustancia azulada que Hank jamás había visto antes. El pecho del teniente también se vio afectado por el orgasmo del androide, que gimió dulcemente mientras se corría, abrumado por las sensaciones que lo hacían temblar de arriba abajo.

Después de unos minutos de silencio, en los que solo se escuchaban sus jadeos mientras intentaban recuperar el aliento, seguían en la misma posición, encaramados y abrazados, manchados de semen y pasión.

- ¿Le he alegrado el día, teniente? –preguntó esta vez el verdadero Connor, sonriendo gentilmente. Seguía sentado sobre Hank, cómodamente, y ahora lo abrazaba por el cuello.

El teniente iba a contestarle algo mordaz, pero se vio sorprendido por un gracioso estornudo, sintiendo de pronto la nariz congestionada.

- ¡Vaya! –Connor lo miró curioso y divertido. Le colocó una mano sobre la frente y sintió el calor que emanaba-. ¡Parece que es verdad que va a necesitar que le ponga el termómetro!

Chapter 3: 03. La Fiesta [Hank x ????]

Summary:

“Hank Anderson se jubila y el departamento de policía de Detroit le organiza una fiesta un tanto… gamberra”. [KINK: ojos tapados]

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

La cabeza me daba vueltas.

Me encontraba atado a una silla, en medio de la comisaría. Los malditos muchachos me habían organizado una fiesta de despedida. Por fin me había jubilado.

“Por fin” era una expresión que debería denotar felicidad. Pero yo no me sentía tan feliz. Ahora, además de viejo, gordo, borracho y acabado, me sentía como un trasto inútil.

Suspiré, resignado. No podía desembarazarme de aquellas ataduras. El puto Gavin, siempre tenía que dar la nota; se habían marchado todos y me habían dejado aquí, disfrutando del desmadre que se había montado en la oficina. Miré a mi alrededor: encima de los escritorios y en el suelo reinaba el caos; el confeti estaba por todas partes, incluso sobre mi ropa.

Me habían preparado una fiesta sorpresa. Ese día llegué a la oficina para dejar mi placa y mi pistola, para siempre. Y me habían sorprendido con una tarta, música y hasta un gorro, que aún colgaba, torcido, en mi cabeza. Luego ya corrió el alcohol y las tracis. Y no, no había cámaras grabando nada; ya se habían asegurado de eso. “Solo para ocasiones especiales”, decían… Era tradición en la estación cuando un titán se marchaba. Yo mismo había participado en las despedidas anteriores.

Ahora era mi turno de marcharme.

Y ahí estaba, sentado en una silla, con las manos atadas al respaldo, en medio de aquel caos, esperando que llegara la mañana y con ella el servicio de limpieza, para que me rescataran. Muy buena, Gavin, tu propia despedida privada.

Escuché un ruido al fondo, por fin. Debían ser las seis y media de la mañana. Había logrado dormitar en esa posición incómoda, pero ahora la resaca empezaba a fraguarse en mi interior, y mi cabeza dolía como un tambor. Lo único que deseaba era darme una ducha y luego fundirme con el colchón roñoso de mi cama, al que, de aquí en adelante, iba a darle muchísima caña.

Esperé a que alguien apareciera por la puerta, pero no venía nadie. Era extraño; habría jurado que el ruido provenía de la entrada principal.

De repente, una venda cubrió mis ojos, dejándome completamente ciego. Sumido en la oscuridad.

Me resistí violentamente, con el corazón martillándome en el pecho por el susto.

- ¡Ey, ya vale! Quítame esta puta mierda y desátame de una vez –grité, convencido de que era Gavin-. Eres un hijo de puta, Gavin.

El desconocido no emitió ruido alguno, pero sentí su mano deslizarse suavemente por mis hombros, acariciándome mientras me rodeaba. No podía verlo, pero sí escucharlo. Estaría jubilado, pero mis oídos seguían tan entrenados como siempre. De pronto, sentí el peso de una persona sobre mis piernas. Aquel maldito hijo de puta se estaba sentando sobre mí. Sus piernas rodearon la silla y sentí sus brazos rodeando mi cuello.

- ¡Me cago en la puta madre que te parió, Gavin! –me revolví sobre la silla, pero fue inútil-. La broma ya está empezando a ser muy pesada, para ya.

La única respuesta que obtuve fue un beso en la mejilla. El roce húmedo me estremeció; era extraño, diferente. Giré la cabeza con brusquedad, pero el desconocido insistió, continuando sus besos en mi cuello.

- Bueno, Gavin, yo sabía que te gustaba joderme, pero no sabía que en este sentido…- le solté, intentando sobrellevar la broma, negándome a darle el placer de verme turbado.

Su silencio, constante, era lo que más me desconcertaba. Y entonces sentí esos labios desconocidos sobre los míos.

Me besó.

- ¡Hijo de puta! –le grité, sintiendo cómo mi rostro se encendía de rabia y vergüenza-. ¡¿Qué coño quieres de mí?!

Escuché una risita suave, casi burlona, como si disfrutara de aquel espectáculo. Su voz era suave.

Se levantó de mis muslos, y en un instante le perdí la pista. No podía ver nada y aquello me estaba matando. Con aquella venda en los ojos, mis sentidos se agudizaban, experimentaba todo con una intensidad perturbadora. Mis sentidos estaban más despiertos que nunca. Aún sentía la humedad de su saliva en mis labios. Me los lamí, intentando borrar esa sensación, pero en su lugar sentí una punzada de excitación al darme cuenta de que estaba probando el sabor de alguien más mezclado con el mío.

De pronto, sus manos volvieron a atacarme, esta vez desde atrás. Pasó su mano por mi pelo, desde la nuca, y tiró de mi cabeza hacia adelante, obligándome a agacharla. Sus dedos se enredaron en mi melena, y sentí cómo el vello de la nuca se erizaba.

- Esto no tiene gracia… -murmuré. Comenzaba a sentir la respiración acelerada.

¿Me estaba gustando? Joder, soy un puto enfermo.

Aquellos labios anónimos recorrieron mi cuello desde atrás, y cuando su lengua rozó mi oreja, un gemido se escapó de mis labios antes de que pudiera reprimirlo. Aquello siempre me había enloquecido. Maldita la hora en que el desconocido lo había descubierto.

Aprovechó ese conocimiento, mordisqueando el lóbulo de mi oreja, sabiendo ahora que era una zona sensible. Mi cuerpo respondió casi de inmediato; una erección involuntaria comenzaba a hacerse notar bajo la tela de mis pantalones. Tenía la esperanza de que el desconocido no reparara en ella. Las caricias cesaron abruptamente, dejándome solo en la oscuridad por unos segundos que se sintieron eternos. Pronto, unas manos firmes apartaron mis piernas, abriéndolas de par en par.

—Maldita sea… —me quejé, consciente de mi posición vulnerable, con alguien entre mis piernas—. Tú no eres Gavin, ¿verdad? —pregunté, sintiendo su presencia acercarse nuevamente a mi rostro. Su respiración estaba tan cerca que podía sentirla contra mi piel.

Su respuesta fue un casto beso en mis labios. Esta vez no me resistí. ¿Qué más podía hacer? La venda en mis ojos hacía que aquel roce se sintiera amplificado, como si cada sensación me dejara al borde de explotar. La textura de sus labios era suave como la seda; debían ser los labios de una mujer. Rápidamente hice una lista mental de posibles sospechosas que pudieran estar fantaseando conmigo. La lista era muy corta.

La lengua de aquella persona me rozó la comisura de los labios, como pidiéndome permiso. No tuvo que esperar mucho; mi boca se abrió casi de inmediato. Nuestras lenguas se encontraron en un beso húmedo que me arrancó un gemido. Hacía años que no besaba a nadie. Absolutamente a nadie. Sus manos rodearon mi quijada y sentí que aquellas manos eran suaves pero grandes y firmes. Mientras nos besábamos, una de esas manos descendió por mi camisa, desabotonando los botones uno a uno con una habilidad sorprendente.

Me escapé de su beso y cogí aire, sintiéndome asfixiado por las emociones que me estaban recorriendo el cuerpo.

- ¿Eres alguna chica de la recepción…? ¿Melany tal vez? –probé suerte, mencionando alguna de las posibles candidatas, esperando arrancar alguna reacción que me ayudara a identificar su identidad.

Ella continuó desabrochándome la camisa, dejando mi pecho y abdomen al descubierto. Su mano se deslizó rápidamente sobre mi piel, enredando sus dedos en mis vellos, ya encanecidos por la edad. No respondió a ninguna de mis preguntas, solo soltó una risa suave, demasiado tenue como para sacarme de dudas.

Dejé de pensar en eso en cuanto sentí que se arrodillaba frente a mí, acariciando la parte interna de mis muslos, acercándose al epicentro de mi calor. Sabía que un bulto en mi bragueta me estaba delatando. Sentí cómo lo palpaba por encima de la tela, y fue como si una corriente eléctrica me recorriera de pies a cabeza.

El sonido de la cremallera al bajar hizo que me pusiera aún más duro, si es que eso era posible. Pronto comencé a sentir el roce de sus manos sobre mi cuerpo. Me agarró firmemente, como si temiera que pudiera escaparme. Jadeé ante el contacto, dejándome llevar, echando la cabeza hacia atrás. Esto sí que era una fiesta de despedida.

Me masajeó con destreza, hacía mucho tiempo que no sentía las manos de una mujer sobre mí. Aquello era pura gloria. Empecé a moverme suavemente, mientras un calor insoportable recorría todo mi cuerpo. Necesitaba liberarme de las cuerdas que me ataban las manos, necesitaba acariciarle el cabello, tocarla, agarrarla de la cintura. Tantas sensaciones que deseaba sentir y que me estaban prohibidas...

—Oh… —gemí, sintiendo cómo su mano se movía más rápido, tocando las zonas más estratégicas—. Desátame, por favor —le rogué.

Una risa suave fue su única respuesta.

Se burlaba de mí.

Quería verme sufrir.

Entonces, de repente, sus manos dejaron de tocarme. Sentí cómo la punta de mi erección palpitaba incontrolablemente, el deseo me estaba devorando. Justo cuando estaba a punto de pedir explicaciones, un cálido y suave aliento rozó mi punta. Gemí al saber que su boca se acercaba a mi polla.

Un beso.

Dos besos.

Sentí la punta de su lengua en mi punta.

Me deshice en jadeos.

La humedad de su lengua comenzó a recorrerme de arriba abajo. Dibujaba círculos, me daba toquecitos que me enloquecían; me lamía como si fuera un helado.

—Madre mía… qué bien la chupas, seas quien seas… —le dije, sorprendido por el placer que me estaba generando. Sabía que no duraría mucho; me estaba muriendo de ganas de correrme.

Y entonces, su boca me devoró.

Era cálida, pequeña, hábil. Muy húmeda y confortable. Me chupó el glande como si fuera una frutilla deliciosa. Parecía disfrutar tanto como yo. Sus chupadas se hicieron profundas y ruidosas. Me estaba volviendo loco.

Comencé a embestir suavemente su boca, cuidando de no ahogarla. Sus manos se aferraban a mi pubis y acariciaban mis testículos, lo que me volvía aún más loco.

—Sí, sigue… —le rogué, moviendo mis caderas. Mi polla entraba y salía de su boca. Su lengua me recorría el prepucio, chupándome y lamiéndome casi al mismo tiempo, con rapidez y esmero—. Me voy a correr, joder…

Mi cuerpo se tensó, sentí un cosquilleo que ascendía desde mis testículos hasta mi estómago, y supe que estaba a punto de explotar. Eyaculé en su boca, dejando escapar un largo y ronco gemido. Mi semen salió disparado, y aquella persona lo chupó hasta la última gota.

Enseguida me sentí exhausto, con el cuerpo revolucionado por el intenso orgasmo. Mi pene perdió volumen y fuerza, y finalmente volví a respirar.

Sentí cómo se alejaba, dejando tras de sí un frío incómodo.

—¿Te vas a ir sin decirme quién eres? —susurré, con una sonrisa de satisfacción involuntaria que no podía borrar de mi estúpida cara—. ¿No vas a desatarme?

No obtuve respuesta, pero noté cómo las cuerdas que me ataban las manos se aflojaban, aunque no me liberaron por completo.

Quería que yo terminara el trabajo. Lo que buscaba era tener tiempo para desaparecer tal como había aparecido, manteniendo su anonimato. Pero no sabía que el teniente Hank Anderson había llegado a donde estaba por algo. Tengo grandes habilidades, a pesar de ser un vejestorio acabado.

Rápidamente me quité las cuerdas de las manos, sintiendo las muñecas entumecidas y la espalda dolorida. Me senté correctamente en la silla y me arranqué la venda que cubría mis ojos.

Volví a ver.

La luz de la comisaría me deslumbró, pero alcancé a distinguir la silueta de la persona que abandonaba la estación con paso tranquilo. Y lo que vi me dejó petrificado.

ANDROID RK800

Notes:

Cortito pero intenso. ¿Os imaginabais el final? :P

Chapter 4: 04. El Lago de los Cisnes

Summary:

“Connor Polunin es un virtuoso bailarín de ballet y Hank Anderson su más fiel admirador”. [KINK: espejos]

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

 

 

“Querido Hank:

Estoy de paso por Detroit. Estrenamos una pieza en el Opera House este fin de semana.

Si quieres conocerme en persona, este próximo viernes a las 18:00 estaré en 1526 Broadway St, ensayando. Ven a la sala de ensayo número 6.

Te estaré esperando.

Con cariño,

Connor”

 

Nunca olvidaría el momento en que aquella carta llegó a sus manos.

La invitación era clara y concisa, pero él tuvo que releerla varias veces antes de decidirse a entrar en el teatro ubicado en la calle indicada. Había suspirado, nervioso, mientras guardaba la carta con cuidado en el bolsillo de su chaqueta.

Nevaba en Detroit, y el frío se le calaba en los huesos. Entrar al teatro le supuso un gran alivio. El ambiente estaba a una temperatura confortable, pero aun así, no se quitó el grueso abrigo; no quería parecer tan gordo ante los ojos de la persona que iba a conocer, y pensaba que aquella prenda le disimulaba la silueta.

No sabía si aquello era una buena idea. No dejaba de pensar que quizás había sido un error aceptar la invitación para conocer a su ídolo en persona. Pero ¿quién podría resistirse? Llevaba años manteniendo correspondencia con aquel ser celestial.

Le indicaron la dirección hacia la sala de ensayo que buscaba, y cuando finalmente la encontró, se detuvo antes de entrar. Escuchó la suave música de Tchaikovsky, la misma pieza que lo había hecho enamorarse locamente de él.

Abrió suavemente la puerta y, tímidamente, se asomó sin dejarse ver del todo, como si estuviera espiando al artista.

El salón era amplio, con suelos de madera y un gigantesco espejo que cubría una pared de extremo a extremo, desde el suelo hasta el techo. Una barra de madera estaba fijada al suelo, y en ella se apoyaba Connor, quien levantaba su pierna con facilidad, extendiéndola hasta cerca de su cabeza. Estaba practicando para su interpretación en el ballet “El lago de los cisnes”, donde sería la estrella principal masculina.

Connor Polunin era un virtuoso bailarín de ballet, de ascendencia checoslovaca pero con raíces americanas. Hank lo había descubierto por primera vez en una representación menos conocida, donde, a pesar de no haber tenido tanta repercusión, su increíble talento no pasó desapercibido para un apasionado del ballet como Hank.

Fue poco después que comenzó su ascenso al estrellato en el mundo del ballet clásico. Hank intentaba seguir cada uno de sus pasos lo mejor que podía, pero era la primera vez que tendría la oportunidad de conocerlo en persona. Había pasado casi un año intercambiando cartas con Connor; bendita la hora en que decidió escribirle, como un fan adolescente. Jamás pensó que Connor le respondería.

Siguió espiando al bailarín mientras realizaba movimientos perfectos, ejecutados con una habilidad deslumbrante. Connor vestía unas mallas color neutro que casi se confundían con su blanca tez. No llevaba camisa, y Hank podía ver cómo se le marcaban todos los músculos de su cuerpo, esculpido en un material que parecía tener origen sagrado, pues la perfección que alcanzaba superaba los límites de lo mundano.

Después de realizar un brissé tan rápido como el aleteo de un colibrí, Connor se detuvo para secarse el sudor que le corría por la frente. Al mirar hacia el enorme espejo, descubrió a su voyeur todavía parado tras la puerta.

El joven apagó la música con un mando a distancia y cogió una toalla, colocándola sobre su nuca después de secarse el sudor del abdomen.

—¿Quién eres? —preguntó con una voz elegante y grave. Hank tragó saliva, sintiendo cómo los nervios lo invadían; parecía que Connor no recordaba su cita.

—Si molesto, puedo marcharme —respondió suavemente, sintiéndose ridículo. Un hombre de su edad, con su aspecto descuidado, admirando a un adonis de la cultura clásica.

—¿Eres Hank…? —preguntó Connor después de unos segundos de silencio y escrutinio. Hank se sonrojó.

Para ese día, Hank se había recogido el cabello largo en una coleta, intentando no parecer tan desaliñado, y se había recortado la barba con esmero. Se había vestido con sus mejores prendas, aunque ahora se ocultaba tras el grueso chaquetón, intentando disimular su vientre hinchado y los kilos de más.

—¡Querido Hank! —exclamó de pronto Connor, con un leve acento ruso, probablemente adquirido por sus compromisos profesionales—. ¡Qué ganas tenía de conocerte en persona!

El joven se acercó con gracia hasta la puerta, donde Hank seguía paralizado. El mayor le ofreció la mano, sudorosa por los nervios, pero Connor ignoró el saludo formal y le dio un fuerte abrazo. Hank, superado por la emoción, respondió al gesto. Se sentía en la gloria; el olor de Connor era indescriptible, una mezcla embriagadora de coco y vainilla. Nunca había imaginado que su esencia sería tan dulce.

—Eres más guapo de lo que imaginaba —le soltó Connor sin un atisbo de vergüenza, una vez se separaron del abrazo. Hank se quedó sorprendido por el piropo, completamente desprevenido—. ¿No tienes calor con toda esa ropa? Por favor… siéntete como en casa —le dijo, invitándolo a entrar en la sala, cerrando la puerta tras él y ayudándole a quitarse la chaqueta.

Hank era más alto que el bailarín, pero la postura impecable de Connor lo hacía parecer más imponente y poderoso. A su lado, Hank se sentía empequeñecido por sus complejos físicos. Sin embargo, Connor le sonreía, claramente satisfecho con lo que veía.

—Toma asiento —dijo Connor, trayendo una silla desde un rincón y colocándola en el centro de la habitación—. Te he citado aquí hoy porque quiero enseñarte un nuevo baile que estoy creando. Quiero estrenar mi propia obra…

El joven tenía grandes sueños, pensó Hank, y eso era algo que adoraba de él: su inagotable vitalidad.

Hank tomó asiento, sintiéndose tremendamente privilegiado de poder ver a aquel ángel bailar solo para él. El espejo frente a él reflejaba la espalda recta y los glúteos definidos de Connor, al tiempo que también mostraba su propio rostro envejecido y cansado. Intentó ignorar aquel detalle y se concentró en el espectáculo privado que estaba a punto de presenciar.

—Está en fase de experimentación. Quiero que me des tu opinión —dijo Connor, antes de lanzar su toalla sudada hacia Hank, quien la atrapó antes de que cayera al suelo. Acto seguido, el joven apretó varios botones del mando a distancia.

Hank sujetó con fuerza la toalla, notando la humedad del sudor impregnado en ella. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no llevarla a su cara, para no aspirar el aroma del cuerpo de Connor a través de la suave tela.

La música comenzó a sonar.

Un fuerte sonido de castañuelas rompió el silencio, acompañado por melodiosas cuerdas y e instrumentos de viento. Con esa fuerza inicial, Connor empezó a ejecutar exquisitos pasos de ballet clásico, saltando en entrechat y realizando varios échappés que dejaron a Hank sin aliento. Corría por el amplio salón, girando su cuerpo con gracia al compás de la música. Las puntas de sus pies, enfundadas en zapatillas de ballet, parecían no tocar el suelo. Cada músculo de su cuerpo se marcaba con mayor intensidad, y sus piernas, bajo las ajustadas mallas, parecían esculpidas en mármol.

Hank no podía dejar de mirarlo, embelesado. Su cuerpo se estremecía mientras observaba la perfección de la danza. La música alcanzaba su punto álgido, y con ella, Connor parecía elevarse al mismísimo paraíso, ejecutando un grand jeté que coronaba el final del número.

En el espejo, la angelical silueta de Connor se reflejaba junto al rostro extasiado de Hank. Cuando el joven terminó, Hank no dudó en aplaudir, incluso poniéndose de pie. Aquello había sido algo irrepetible. Su bailarín más deseado le había dejado presenciar, en primicia, su trabajo coreográfico.

No podía existir nada mejor.

Connor sonrió y, con un toque teatral, hizo una serie de reverencias.

—¿Te ha gustado? —preguntó, aunque sabía perfectamente la respuesta.

—Sublime —respondió Hank, con sinceridad. Tal vez no era joven, guapo o apuesto como Connor, pero sabía de ballet, y lo que acababa de presenciar rezumaba puro talento.

Connor se acercó a Hank con decisión. El hombre sintió la poderosa cercanía del joven, pero no dio un paso atrás. Connor no respetaba su espacio vital, lo invadía, inundándolo con su presencia y haciéndolo sentir ligeramente incómodo. Le quitó la toalla de entre las manos y lo miró intensamente a los ojos. Ambos se quedaron mirándose durante largos segundos mientras Connor se secaba el sudor de su cuerpo.

—¿Puedo besarte? —preguntó Connor de pronto, manteniendo la proximidad entre sus cuerpos.

Hank abrió los ojos de par en par y no pudo evitar retroceder unos centímetros. ¿Había escuchado bien? ¿Connor acababa de preguntarle si podía besarlo?

Debía estar equivocado. Connor jamás querría besarlo. Nunca a él.

—¿Te he hecho sentir incómodo? —preguntó Connor, cerrando de nuevo la distancia entre los dos con una rápida zancada—. Pensé que querrías besarme también. Parecías tan apasionado en tus cartas… —susurró, con un leve matiz de decepción en su voz.

—No puede ser verdad que quieras besarme —sentenció Hank, buscando en la mirada de Connor alguna señal de burla, esperando descubrir a un joven sádico que quería reírse de un pobre viejo enamorado de su belleza y perfección. Pero lo que encontró lo dejó sorprendido. En los ojos avellana de Connor brillaba el deseo.

Un deseo dirigido hacia él.

—Júzgalo por ti mismo —respondió Connor, antes de pasar un brazo por detrás de su nuca y juntar espontáneamente sus labios en un beso robado.

Hank reaccionó demasiado tarde, justo cuando el beso ya estaba terminando. Sintió su cuerpo temblar de arriba abajo. Aquel joven de figura perfecta estaba entre sus brazos, y él lo estaba malgastando con su inseguridad. Decidió tomar las riendas de la situación.

Llevó una de sus manos a la cintura del joven y lo atrajo hacia su abdomen, juntando sus labios en un beso violento y necesitado. Su torpeza o su deseo contenido hizo que Connor sonriera durante el beso.

—Eres adorable, por eso quería conocerte —le susurró Connor sobre los labios, correspondiendo a la caricia con apasionamiento, buscando la lengua de Hank con la suya, cerrando los ojos y jadeando mientras devoraba a besos al que era su mayor admirador.

Sin apenas esfuerzo, Connor levantó ambas piernas y las enredó alrededor de la cintura de Hank, aferrándose a su cuello con fuerza, sin dejar de besarlo con fervor.

Hank le puso una mano en uno de sus glúteos, sosteniéndolo, mientras la otra mano se deslizó por el muslo izquierdo de Connor, sintiendo la carne fibrosa en todo su esplendor. A pesar de su cuerpo esbelto, Connor casi no pesaba, y Hank, con su constitución robusta y sus brazos fuertes, lo sostuvo fácilmente, transmitiéndole esa seguridad. Caminó con él hasta chocar contra el gran espejo de la habitación. Con cuidado, dejó que Connor se sentara en la barra de madera, apoyando su perfecto culo en ella.

Las ajustadas mallas de Connor ya mostraban una evidente protuberancia en su entrepierna, y Hank la miró con avidez. Él también se estaba poniendo muy caliente, y el calor de su ropa de invierno lo hacía sentir sofocado bajo la mirada ardiente del joven.

Sabía que Connor era un apasionado; su forma de bailar ballet siempre había sido intensa y llena de fuego. Pero nunca imaginó, ni en sus sueños más húmedos, que el joven fuera tan fogoso y ansioso. Las manos gráciles y decididas de Connor se metieron bajo su jersey, tratando de desnudarlo con impaciencia.

—Vamos, quiero verte, quiero verte entero… —le susurraba, casi gemía, Connor. Hank no sabía cómo habían llegado a esa situación, pero comenzaba a sospechar que el joven lo había planeado desde el principio.

Connor logró quitarle el jersey y la camisa, dejando al descubierto el pecho canoso de su fan. Lo recorrió con urgencia con sus manos, rozando los pezones con las palmas. Una sonrisa traviesa se dibujaba en su rostro, mientras en el espejo detrás de ellos se reflejaba la cara de Hank, desfigurada por la lujuria.

No contento con eso, Connor llevó sus manos a la hebilla del cinturón de Hank, jugueteando con él mientras intentaba desatarlo. Pronto recibió la ayuda del mayor, que estaba tan excitado que ya no sabía lo que hacía. En esa habitación solo estaban ellos dos, pero Hank, de vez en cuando, miraba de reojo la puerta, vigilando que permaneciera cerrada.

El pantalón cayó al suelo, seguido rápidamente por la molesta ropa interior, dejando a Hank desnudo y expuesto. Su pene se erguía majestuoso, apuntando directamente hacia el joven que lo tenía atrapado entre sus piernas.

—Qué grande… —elogió Connor, llevando de inmediato una mano hacia él, masajeándolo suavemente pero con firmeza—. ¿No quieres verme tú a mí?

—Es lo que más deseo en esta vida… —jadeó Hank, disfrutando de la caricia gentil sobre su miembro, que palpitaba de excitación.

—Destrózame la ropa —ordenó Connor, deteniéndose en su masturbación y aferrándose a la barra con sus fuertes y marcados brazos de bailarín.

Hank obedeció sin cuestionar. Tenía claro que estaba allí para complacerlo; si Connor pedía algo, él haría todo lo posible por dárselo. Agarró la tela de las mallas con ambas manos y, con un movimiento rudo, la estiró hasta que cedió. Se rompió por completo, partiéndose en dos y dejando libre la erección de Connor, quien no llevaba ropa interior debajo de las mallas. El desgarrón se extendió hasta sus nalgas, dejando también al descubierto su entrada, que palpitaba, deseando ser tocada y penetrada.

—Chúpamela, Hank…

Connor sabía exactamente lo que quería.

Había alcanzado la fama, había llegado a lo más alto, y estaba acostumbrado a que sus caprichos fueran obedecidos sin cuestionamientos. Estaba acostumbrado a ser admirado y deseado. Conocía su perfección y la utilizaba para embaucar a quien deseara. Y esta vez, su objetivo era Hank, su mayor admirador, quien ya salivaba al ver el pene rosado y húmedo que Connor le ofrecía. Su pubis estaba depilado, lo que le daba un aire de pureza casi irreal, como el de una muñeca con sorpresa.

Hank se arrodilló, sintiendo de inmediato los firmes pies de Connor, aún enfundados en sus zapatillas de ballet, apoyarse en sus hombros. La elasticidad del joven parecía no tener límites. El espejo era testigo de cada movimiento, y cuando Hank se arrodilló, pudo verse a sí mismo, desnudo y excitado, mientras metía en su boca la hermosa polla de su amado bailarín. Se llevó a la vez una mano a su propio miembro, estremecido por los gemidos melodiosos que Connor dejaba escapar con cada beso que él le daba. Sus lamidas eran largas y cuidadosas, saboreando aquel chupete de cereza mientras se masturbaba con fuerza, creando un sonido seco con su mano contra su piel.

Allí, con el bailarín de piernas abiertas, con su polla en la boca y su mano proporcionándose caricias placenteras, Hank supo que había valido la pena el riesgo de ir hasta allí. Cuando había llegado al teatro, se había arrepentido, temiendo decepcionar a un dios con su patética presencia. Pero lo que descubrió fue que aquel dios que tanto idolatraba lo deseaba, y… estaba a punto de correrse en su boca.

El orgasmo del joven le llenó la garganta. Hank recibió esa preciada miel sin dudar, tragándosela después de saborearla, disfrutando cada gota. Sabía que era posible que jamás volvieran a verse, y esto se convertiría en su forma de llevarse un pedazo de él para siempre.

Se levantó del suelo, decidido a follarse a aquel dios bajado a la tierra como nunca antes había sido follado. Connor, jadeando exhausto, aún tenía ganas de más. Lo recibió con alegría entre sus brazos, susurrándole que lo poseyera una y otra vez. Y Hank lo hizo.

Sin más opciones a mano y con la urgencia del momento, Hank escupió en su propia mano, utilizando su saliva como lubricante. Aplicó la humedad con cuidado en la entrada de Connor y luego en su propio miembro, asegurándose de que ambos estuvieran preparados. La mirada de Connor reflejaba una mezcla de deseo y anticipación, ansioso por lo que vendría.

Hank, ahora listo, dirigió su dura polla a la entrada del joven, avanzando lentamente, sintiendo cómo el cálido y húmedo agujero cedía ante su miembro. Algún quejido de dolor se hizo presente, pero Connor lo soportó, sabiendo que era el precio que debía pagar para alcanzar el cielo.

Comenzó un baile. Una danza en la que Connor era un experto, pero Hank quería sorprenderlo con su habilidad. Puso las manos en el espejo, dejando las marcas de sus huellas en él, viéndose reflejado con restos de semen y saliva en su barba. Se sintió poderoso, mientras con cada estocada Connor se aferraba más fuerte a su espalda, gritando su nombre entre sonoros gemidos. Cuando el clímax llegó, Hank soltó un gruñido seco, sintiendo las uñas de Connor clavarse en su espalda. Se retiró del joven justo antes de correrse, salpicando sus tiernos glúteos y la parte baja del espejo con su orgasmo.

Después, se besaron tiernamente, fundiéndose en un abrazo. Connor actuó con naturalidad, acostumbrado a desencadenar la pasión donde quiera que fuera. Recogieron sus pertenencias y se despidieron con la promesa de verse como de costumbre: Connor en el escenario; Hank aplaudiendo entre el público.

Y después de aquel salvaje encuentro, donde un simple fan conoció a su caprichoso ídolo, no se habían vuelto a ver.

Aquel espejo contaba una historia a través de sus marcas. Una historia que Hank aún recordaba tan nítidamente como si hubiera pasado ayer. Aquel había sido su único, pero especial, encuentro con el gran bailarín Connor Polunin. Los expertos en danza y ballet clásico decían que el joven era el diablo de la danza, que cuando actuaba, llenaba las salas de pasión y erotismo. No sabían cuán acertados estaban...

Y aunque no podía creerlo, puesto que había pasado mucho tiempo desde la última vez, otra carta había llegado a sus manos.

En ese instante, Hank leía el reverso, donde aparecía la elegante caligrafía del bailarín. No podía evitar que su cuerpo temblara ante la sola idea de que, tal vez, volverían a verse.

 

“Querido Hank:

He vuelto.

Te espero en mi hotel. Ven a la hora que quieras.

Te he echado de menos.

Te desea,

 Connor.”

 

Notes:

¡Espero que os haya gustado! Me inspiré en el siguiente vídeo, que os recomiendo mucho que lo veáis porque es maravilloso: https://www.youtube.com/watch?v=c-tW0CkvdDI

Chapter 5: 05. Otra noche más

Summary:

“Gavin Reed visita a RK900 una noche más”. [KINK: BDSM]

Chapter Text

 

Otra noche más.

 

El humo del cigarro danzaba en espirales frente a su rostro, hasta que lo aplastó contra el suelo con rabia. Observó cómo la colilla se extinguía bajo su bota, sintiendo el eco de su frustración.

 

Otra noche más en ese lugar.

 

Se subió el cuello de la chaqueta, buscando el consuelo en el calor de la prenda mientras cruzaba la entrada del antro. Sabía que lo esperaban en el segundo piso, como cada semana desde que había descubierto aquel oscuro pasatiempo que, de alguna manera, le brindaba el alivio que su miserable vida no conseguía darle.

 

El tugurio olía a sudor, alcohol rancio y cuerpos demasiado juntos. A su alrededor, los ojos vacíos de proxenetas, chaperos, putas y camellos seguían con su rutina nocturna, inconscientes de que él sería el hombre que los perseguiría al amanecer, desde su oficina en la comisaría. El odio hacia sí mismo crecía con cada paso, mientras se deslizaba entre aquellas almas perdidas, rumbo a las escaleras del fondo.

 

La música techno de los 80’s retumbaba en las paredes, mezclándose con las luces parpadeantes que cegaban por momentos. Gavin Reed ya subía el primer escalón, con el corazón acelerado por la adrenalina y la repulsión a partes iguales. Se detuvo frente a la puerta, su fría superficie metálica tan familiar como aterradora. Recordaba la primera vez que había cruzado ese umbral: el sudor frío, la incertidumbre. Pero ya no había vuelta atrás. No ahora.

 

Tocó ligeramente con los nudillos. Siempre era puntual. La puerta se abrió con un suave chirrido, pero, como de costumbre, no había nadie al otro lado.

 

La estancia oscura lo envolvió en una calma inquietante. Al fondo, el tenue resplandor rojo de un LED era lo único que rompía la oscuridad.

 

—Sabía que volverías —dijo una voz fría y mecánica, resonando como un eco distante.

 

Gavin cerró la puerta tras de sí, sintiendo su respiración acelerándose.

 

—Empecemos cuanto antes —suplicó, con la urgencia latiendo en sus palabras.

 

En cuestión de segundos, su ropa quedó esparcida por el suelo. No había tiempo para delicadezas ni protocolos. Su piel, ahora desnuda y expuesta, se erizó al contacto con el aire frío de la habitación. El androide, imponente y distante, avanzó hacia él en silencio. Su cuerpo voluminoso proyectaba una sombra sobre Gavin, quien no se resistió cuando la mordaza se colocó firmemente en su boca.

 

No había palabras, solo aceptación.

 

Gavin Reed, el rebelde. Siempre agresivo, siempre buscando pelea con sus compañeros. Un hombre acostumbrado a dominar cada situación. Pero aquí, al cruzar esa puerta, no era más que un esclavo. Un esclavo de un androide llamado Nines, cuyos ojos azules, fríos como el hielo, lo miraban con una precisión calculadora mientras preparaba las herramientas que usaría esa noche.

 

Cada clic de los instrumentos era un latido, cada gesto del androide una promesa de lo que vendría. Gavin tragó saliva detrás de la mordaza, sus músculos tensándose en anticipación. Sabía que, por mucho que intentara luchar contra ello, seguiría regresando noche tras noche. Este ritual era la única cosa que le recordaba que todavía estaba vivo, aunque fuera en los bordes de la miseria.

 

Los fríos ojos de Nines lo observaban, calculadores, mientras levantaba la primera herramienta. Gavin cerró los ojos, sabiendo que, después de esta noche, volvería otra vez. Y seguiría volviendo, hasta que su cuerpo, o su mente, finalmente se quebraran.

 

De pronto, el chasquido de unos dedos rompió el silencio.

 

—Ven aquí —ordenó el androide, señalando el suelo junto a su pie izquierdo. Estaba de pie en el centro de la habitación, iluminada solo por unas velas que acababa de encender. La luz parpadeante de las farolas de la calle entraba tenuemente por la ventana, añadiendo sombras que danzaban sobre las paredes.

 

Gavin no necesitaba instrucciones adicionales; sabía lo que tenía que hacer.

 

Sin pensarlo, cayó de rodillas, sintiendo el frío de las baldosas contra su piel desnuda. Apoyó las manos sobre el suelo, quedando a cuatro patas como un perro, la mordaza bien ajustada en su boca. Ya podía sentir la saliva acumulándose, comenzando a resbalar lentamente por su barbilla. Le encantaba esa sensación de vulnerabilidad, de no poder controlar su boca, la misma boca que usaba para destilar veneno y causar daño. Pero aquí, no había palabras. Solo sumisión.

 

Gateó lentamente hacia el androide, que lo esperaba con una fusta entre las manos. El leve crujido del cuero en las manos de Nines era lo único que rompía el silencio, mientras Gavin avanzaba. Cada movimiento lo hacía más consciente de su propio deseo, la creciente sensación de impotencia.

 

—Buen chico —susurró Nines, su voz mecánica teñida de calma, mientras acariciaba la cabeza de Gavin con la punta de la fusta. De allí, deslizó el cuero suavemente por su espalda, recorriendo cada una de las vértebras desnudas, como si trazara un mapa invisible sobre su piel—. Ahora, bájame la cremallera.

 

Gavin, tembloroso, obedeció de inmediato. Se enderezó ligeramente, quedando de rodillas mientras sus manos, ansiosas y nerviosas, viajaban hasta la entrepierna del androide. La cremallera se deslizó lentamente, revelando lo que Gavin estaba buscando: la enorme polla del androide; aún no estaba dura. Su trabajo acababa de comenzar.

 

Aunque sabía que debía esperar la señal, no pudo resistirlo. Sus manos empezaron a moverse por instinto, masajeando con delicadeza aquella pieza de perfección artificial. El deseo bullía dentro de él, casi imposible de contener. El anhelo de llevarse esa polla a la boca lo consumía, pero la mordaza que lo mantenía en silencio también establecía los límites. Y esos límites, por mucho que le dolieran, formaban parte del juego.

 

Mientras Gavin continuaba trabajando, sintió la suave caricia de la fusta recorriendo su pecho. El cuero tocaba sus músculos, deteniéndose en sus pezones, rozándolos con suavidad antes de dar pequeños azotes. Eran golpes delicados, apenas perceptibles, pero suficientes para encender la anticipación. Gavin sabía que aquello era solo el preludio. Los suaves roces eran la calma antes de la tormenta.

 

Sabía lo que venía después.

 

—Ya es suficiente —dijo Nines, con voz grave, mientras su polla, totalmente empalmada, brillaba bajo la luz parpadeante de las velas—. Súbete al potro.

 

El potro era una estructura de madera robusta, cubierta con cuero negro mullido, diseñada para soportar las más oscuras fantasías. Las argollas metálicas colgaban a los lados, esperando a ser usadas para encadenar a los sumisos, atarlos, inmovilizarlos, o lo que al androide se le antojara en cada sesión. Gavin, sin necesidad de más órdenes, gateó hasta el potro, la saliva cayendo ahora sin control por su barbilla, formaba un delgado hilo que se mezclaba con su respiración entrecortada.

 

Se detuvo delante de la estructura, permaneciendo de pie, con su cuerpo desnudo expuesto a las sombras temblorosas proyectadas por las llamas de las velas. Su pene latía con una excitación que parecía consumirle desde dentro, mientras el calor del deseo se mezclaba con las cicatrices que adornaban su piel; recuerdos de peleas callejeras y balazos que ahora resplandecían bajo la tenue luz.

 

—Acuéstate en el potro, boca arriba —ordenó Nines con un tono cortante, como si Gavin ya hubiera fallado en cumplir sus expectativas. La fusta silbó en el aire antes de impactar con fuerza en su culo desnudo.

 

El azote resonó en la estancia, provocando un quejido ahogado de Gavin, que cerró los ojos, sintiendo el ardor recorrer su piel. El dolor se extendía desde el lugar del impacto hasta sus entrañas, encendiendo algo más profundo en su interior. Sin más demora, Gavin subió al potro, apoyando sus glúteos enrojecidos sobre el cuero frío. Se recostó incómodamente, sintiendo el contorno áspero de la madera contra su espalda, mientras sus manos buscaban apoyo en los bordes donde otros habían sido atados antes que él.

 

—Abre las piernas —ordenó Nines, mientras se untaba las manos con aceite. Su voz seguía siendo distante, desapasionada, pero su presencia era abrumadora. La polla del androide, completamente erecta, sobresalía firme de sus pantalones, lista para una lección que Gavin sabía que no olvidaría fácilmente.

Obedeció sin rechistar, separando las piernas como si fuera una colegiala avergonzada, con un temblor involuntario recorriéndole los muslos. Las manos del androide, frías y metódicas, se deslizaron sin aviso hasta su entrepierna, moviéndola con una brutalidad que le arrancó un gemido entre dientes. El dolor fue inmediato, un pinchazo profundo causado por la falta de delicadeza, pero lejos de rechazarlo, Gavin lo abrazó, y su cuerpo respondió con una excitación incontrolable. Estaba completamente cachondo.

 

—Tienes prohibido correrte hasta que yo te lo ordene —aclaró Nines con una voz que parecía al borde de la amabilidad, pero con el control absoluto de la situación.

 

Con una mano, empezó a masturbarlo con movimientos rítmicos y precisos, mientras con la otra comenzaba a invadir su pequeño agujero, sin ninguna clase de advertencia. La sensación era intensa, el placer y el dolor se entrelazaban, creando una mezcla embriagadora que amenazaba con sobrepasar los límites de Gavin. Pero no podía rendirse, no todavía. No hasta que el androide decidiera.

 

Y así, bajo las luces parpadeantes y el silencio cargado de la estancia, Gavin se entregó por completo, sabiendo que cada momento bajo el control de Nines lo llevaría al borde del abismo... pero sin dejarle caer.

 

Con brusquedad, un dedo metálico se hundió en su interior, arrancándole un gruñido. Gavin no pudo evitar estremecerse por el repentino ataque; todavía no estaba lo suficientemente dilatado, y el dolor que recorrió su cuerpo fue inesperado. El androide no mostraba ninguna consideración, moviéndose con precisión fría mientras dibujaba círculos dentro de él, entrando y saliendo con una fuerza implacable. Gavin luchaba por mantener el control, pero el ardor y la sensación de invasión lo mantenían en el límite.

 

Al mismo tiempo, la mano de Nines se deslizaba a lo largo de su pene, cubierto de aceite. El movimiento era rápido, implacable, y aunque el aceite facilitaba el deslizamiento, la brutalidad de la acción hacía que el placer se entremezclara con una quemazón insoportable. Gavin gemía entre dientes, atrapado entre la intensidad del dolor y el placer, sin poder hacer nada más que soportarlo.

 

Y de repente, todo se detuvo. Tan rápido como había comenzado, la tormenta cesó, dejándolo jadeando y con el cuerpo tembloroso. Gavin levantó la vista, buscando al androide; sus ojos llenos de preguntas. Pero Nines ya no estaba a su lado; se había alejado, caminando hacia una esquina para recoger algo. Gavin lo observó con el corazón acelerado, sabiendo perfectamente lo que estaba por venir.

 

La vela, encendida, brillaba en la oscuridad, lanzando sombras inquietantes sobre las paredes. La llama iluminaba el rostro impasible del androide, y por un momento, el LED de Nines parpadeó en un rojo furioso, como una advertencia silenciosa. Gavin sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal, un temor irracional que le hizo apretar los puños en anticipación.

 

Nines se acercó de nuevo, frotando los pezones de Gavin hasta endurecerlos, preparándolos para lo que vendría después. El detective, ahora completamente inmóvil, no pudo evitar un jadeo cuando sintió la cera caliente de la vela comenzar a caer lentamente sobre su piel. El primer chorro de cera derretida cayó directamente sobre sus pezones, quemando con una intensidad que lo hizo arquear la espalda. La cera se endureció rápidamente, solidificándose en los rosados y ahora doloridos botones de carne.

 

Un alarido desgarrador escapó de sus labios, llenando la habitación. Pero nadie se sorprendió; esta era, después de todo, la habitación del dolor.

 

—¿Dónde están tus modales, detective? —reprochó Nines, su rostro completamente imperturbable, mientras la cera se enfriaba sobre la piel de Gavin—. Ya sabes las reglas…

 

Gavin asintió suavemente, sentía sus ojos ardiendo, al borde de las lágrimas. Apenas podía contener el torrente de emociones que lo invadía. La cera hirviendo volvió a caer, esta vez sobre su otro pezón, y aunque intentó sofocar el grito, otro fuerte quejido se le escapó entre sus dientes apretados.

 

Nines no dejó pasar la oportunidad de castigarle. La fusta de cuero azotó con brutalidad sus testículos, arrancándole un alarido desgarrador. El dolor atravesó su cuerpo como un rayo, pero dentro de esa tormenta agónica, Gavin sintió un calor creciente en su entrepierna. Su pene, lejos de suavizarse por el dolor, se endurecía cada vez más.

 

—No te estás comportando —sentenció Nines, con la frialdad habitual, dejando la vela en una repisa cercana—. Date la vuelta, tú lo has querido.

 

Detrás de la mordaza, una sonrisa se dibujó en los labios de Gavin. Lo temía, sí, pero lo deseaba con igual intensidad. Con movimientos torpes, giró sobre el potro, su pecho magullado hundiéndose en el cuero empapado de sudor. Su culo quedó expuesto, elevado. Sintió la sangre acumulándose en su cabeza, y su respiración se volvió pesada mientras la saliva seguía escurriéndose de su boca, goteando al suelo.

 

Nines no perdió tiempo. Le sujetó las manos con fuerza, atándolas a la estructura. Luego hizo lo mismo con sus pies, abriendo sus nalgas tanto como las cadenas permitían. Gavin se quedó completamente inmovilizado, su cuerpo a merced del androide. Lo dejó así durante unos instantes, completamente solo, vulnerable. El aire frío recorriendo su piel desnuda amplificaba la sensación de impotencia y completa sumisión.

 

Cuando Nines volvió, Gavin sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal.

 

Las frías manos del androide recorrieron sus nalgas, acariciando su entrada y su perineo con un dedo firme. Con un movimiento calculado, le cogió los testículos y los dejó colgando sobre el borde del potro, exponiéndolos aún más. Entonces, sin previo aviso, los dientes del androide mordieron sus nalgas, arrancándole un grito de placer. La lengua de Nines lamí su culo y exploraba la zona, antes de que los dientes volvieran a hincarse, esta vez en sus testículos, provocando que Gavin gritara con cada mordida.

 

Los gemidos roncos y guturales llenaban la habitación, resonando en las paredes y en los oídos del androide. Nines, después de mimar la zona perianal, decidió que era momento de actuar. Sin advertencia, comenzó a penetrar al joven detective. Se había asegurado de lubricar su enorme polla con aceite, lo que facilitó una entrada rápida pero brutal.

 

Los ojos de Gavin se abrieron de par en par, mientras un gemido quedaba atrapado en su garganta. La sensación de la erección del androide llenándolo era abrumadora. Sentía como si lo partiera en dos; su cuerpo tensándose al límite. Cada centímetro de aquella invasión le robaba el aire, dejándolo jadeante entre el dolor y el placer que lo quemaban desde dentro.

 

Nines no le dio tiempo para adaptarse. Con una fuerza implacable, comenzó a entrar y salir de su cuerpo, sin piedad. Sus frías manos se aferraron a la pequeña cintura de Gavin, y lo poseyó con un ritmo salvaje. Cada embestida era profunda, golpeando con fuerza, haciendo que los testículos de Nines chocaran con los enrojecidos de Gavin. Las violentas sacudidas del potro provocaban que el pene de Gavin se rozara dolorosamente contra el cuero, una fricción que, lejos de detenerlo, lo excitaba más. El entumecimiento comenzaba a invadir sus manos y piernas, atrapadas en las amarras, mientras su boca, abierta y obligada por la mordaza, continuaba soltando hilos de saliva que goteaban incontrolablemente en el suelo.

 

Los ojos de Gavin se pusieron en blanco, la abrumadora combinación de placer, dolor y sumisión lo consumía por completo.

 

Su amo se dejaba caer sobre su cuerpo, mordiendo su piel con una intensidad salvaje, dejando marcas profundas que se tornaban violáceas al contacto, algunas incluso sangrando levemente. Los chupones en su cuello y los moratones en sus nalgas eran un mapa de la violencia pasional que acababa de experimentar. Gavin sentía cada mordisco como una marca indeleble de dominación. Pronto, el androide se corrió violentamente en su interior, propinándole una fuerte nalgada y arañando su espalda mientras vaciaba su esperma sintético. La calidez líquida le quemaba, agravando las rozaduras causadas por la brutalidad de las penetraciones.

 

Gavin sintió el vacío cuando Nines se retiró de su interior, un extraño alivio mezclado con el ardor persistente. Pronto, el esperma comenzó a escurrirse de su entrada, deslizándose lentamente hacia afuera. Los dedos del androide le abrieron las nalgas, facilitando el drenaje que cayó con suavidad sobre sus testículos; el contraste frío del fluido sintético en su piel caliente lo estremeció.

 

—No te has corrido, ¿verdad? —preguntó Nines; su voz ahora casi cariñosa; una pregunta envuelta en el control absoluto que ejercía sobre Gavin.

 

Un gruñido gutural salió de la garganta de Gavin, la única respuesta que pudo dar. No lo había hecho. No podía. Aún no se lo había permitido.

 

—Buen chico… te mereces una recompensa.

 

Con esas palabras, Nines comenzó a desatar las ataduras de Gavin, liberando sus muñecas y tobillos. Las marcas rojas y profundas quedaban impresas en su piel. Con cuidado, el androide lo giró sobre el potro, ordenándole que se sentara. El cuerpo de Gavin estaba agotado, sus entrañas dolían con una intensidad sorda, pero su polla seguía ardiendo, lleno de un deseo que no se apagaba.

 

Nines se inclinó, tomando con suavidad el pene de Gavin, moviendo el prepucio lentamente de arriba abajo, el roce era casi reconfortante. Luego, sin apartar sus fríos ojos azules, lo metió en su boca. El contraste entre la calidez de su boca y la mirada inhumana, vacía de emoción, atravesó a Gavin. Jadeó y gimió, sabiendo que no podría resistir mucho más.

 

Solo fue necesario que la lengua de Nines rodeara varias veces su glande, succionando con fuerza, para que Gavin estallara en un violento orgasmo. El esperma salió disparado, manchando la boca y la nariz del androide, y esa imagen erótica —su amo, manchado con su pasión— lo llevó al borde de un segundo orgasmo inesperado. Nines, implacable, no detuvo su mano, continuó masturbándolo hasta que cada gota fue drenada del cuerpo de Gavin, que cayó rendido sobre el potro, exhausto y seco por dentro y por fuera.

 

El silencio llenó la habitación, interrumpido solo por el sonido de las respiraciones entrecortadas de ambos. Nines, con una calma inusual, le ofreció una toalla mientras desabrochaba la mordaza. Gavin la tomó con manos temblorosas, limpiándose el rostro y el cuerpo, consciente de que la intensidad de lo vivido estaba llegando a su fin.

 

Sin hablar, Gavin empezó a vestirse. Sabía que, como todas las noches, la relación había terminado por hoy.

 

—Son 550$, como siempre —dijo Nines, sentado en su escritorio desvencijado en la esquina de la habitación. Tecleó en su sistema, generando un ticket por sus servicios.

 

Gavin sacó su tarjeta electrónica y la deslizó por encima de la mano del androide, que registró el pago instantáneamente desde su sistema interno.

 

—¿Volverás pronto? —preguntó Nines, con un tono de voz que insinuaba diversión, un eco de su control.

 

—Puede... —respondió Gavin, evitando el contacto visual mientras se acercaba a la puerta.

 

—Sabes que volverás —sentenció Nines, con una seguridad que perforaba el silencio—. No por nada eres mi favorito.

 

La puerta de la "habitación del dolor" se cerró detrás de Gavin. Todo había terminado.

 

Pero, en el fondo, lo sabía. Volvería.

 

Otra noche más.

 

Volvería a por más.

Chapter 6: 06. Sabor a ti

Summary:

“Un grupo de expedición se adentra en una de las islas vírgenes de La Macaronesia. ¿Encontrarán lo que buscan?”. [KINK: afrodisiacos]

Notes:

Advertencia: este relato es muy pornográfico. No leer cerca de niños ni personas mayores con problemas del corazón.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

—Maldito calor... creo que voy a morirme —susurraba Hank Anderson, el explorador al mando de la expedición, mientras se limpiaba el sudor de la frente. Delante de él, un nativo del lugar, al que habían pagado sus servicios con plata, iba despejando el camino con un afilado sable.

 

—No se preocupe, tenemos suficiente agua, señor —respondió Connor, el miembro más joven y novato del equipo.

 

—No seas estúpido, novato —le gritó Gavin Reed, que seguía al grupo con el ceño fruncido—. Necesitamos racionarla si queremos salir vivos de esta maldita selva.

 

Connor se sonrojó y bajó la mirada. Solo quería agradar, pero las palabras de Reed le recordaban que aún no encajaba.

 

—Tiene usted razón, señor Reed —dijo en voz baja, mirando al suelo lleno de piedras y ramas, cuidando de no tropezar.

 

Los uniformes caqui y los sombreros a juego de los expedicionarios se perdían entre la vegetación densa de la selva casi virgen en una de las islas de la Macaronesia, un archipiélago famoso por su flora y fauna exóticas. “Los Buscadores”, como se hacían llamar, viajaban a lo largo y ancho del mundo en busca de hallazgos arqueológicos y tesoros de épocas pasadas. En una época en la que el furor por los descubrimientos científicos estaba en auge, los cazadores de tesoros como ellos eran mal vistos y a menudo llamados “Los saqueadores” por las élites británicas.

 

Estaban allí para resolver el misterio de una antigua expedición rusa que nunca regresó. Algo importante se escondía tras aquella desaparición, y Los Buscadores tenían la esperanza de encontrar no solo los restos de los soldados perdidos, sino también los tesoros que pudieran haber descubierto.

 

Tras una larga caminata, el grupo llegó a una pequeña explanada menos densa en vegetación. Hank avisó a todos de que harían una parada para descansar.

 

—Chicos, vamos a hacer una pausa —anunció, dejando caer su mochila al suelo.

 

Los otros cinco hombres del equipo imitaron a su líder, algunos con caras de alivio. Gavin vitoreó y se desplomó sobre una zona cubierta de vegetación junto a una gran raíz que sobresalía del suelo.

 

Connor, ansioso por entablar amistad, se acercó a Luther y Markus, que ya estaban sentados y conversaban animadamente. Luther era un hombre corpulento con una expresión gentil, algo que contrastaba con su apariencia intimidante. Markus, por su parte, tenía un curioso defecto en la vista: un ojo verde claro y el otro marrón, motivo por el cual lo apodaban “Gatopardo”, un mote que no le gustaba.

 

—¡Hola! —saludó Connor con entusiasmo—. ¿De qué hablaban?

 

Intentó integrarse en la conversación, pero sus compañeros apenas le prestaron atención. Connor, el nuevo, había sido reclutado por Hank en una convención en Inglaterra por su talento como arqueólogo y su dominio de varias lenguas y dialectos. Aunque había pasado la mayor parte del viaje hablando solo con Hank, los demás lo miraban con desconfianza, como si fuera el “pelota” del jefe.

 

—Hola... —saludó Luther amablemente—. ¿Estás cansado? Es tu primera expedición, ¿no?

 

—¡Sí, señor! —respondió Connor con energía, sus ojos avellana brillando—. Pero estoy dando lo mejor de mí.

 

—Se nota... —dijo Markus en un tono sarcástico, lanzando una mirada de reojo a la mochila de Connor, que parecía mucho más ligera—. Mi mochila debe pesar unos 20 kilos, ¿cuánto pesa la tuya?

 

Connor se encogió un poco. No había recibido ayuda para empacar y solo llevaba lo esencial, aunque temía haber traído muy poco.

 

—No seas tan duro, Markus —reprochó Luther, dándole una mirada de advertencia—. No te preocupes, Connor, tenemos suficiente comida para todos y esta misión será pan comido.

—O encontramos el yacimiento o nos perdemos como la expedición original... —comentó Gavin desde el fondo, donde estaba recostado.

 

Hank escuchaba la conversación mientras observaba su mapa y revisaba la brújula. Hablaba de vez en cuando con el nativo, que estaba afilando su sable contra una piedra lisa.

 

—Cállate, Gavin —lo interrumpió Markus—. No queremos asustar al conejito y que salga corriendo a que se lo coma un tigre.

 

Los hombres rieron y Connor se sintió aún más solo.

 

—Muchachos —gritó Hank para poner orden—. Adar me ha dicho que cerca de aquí hay un asentamiento de su gente y que tienen comida.

 

—Eso suena genial, señor —respondió Connor con entusiasmo, sintiendo las miradas sobre él.

 

—Si no nos desviamos mucho, no estaría mal ahorrar nuestras provisiones —dijo Markus, levantándose y sacudiéndose la ropa—. Me parece una buena idea.

 

—Nos queda de camino, de hecho —observó Hank revisando el mapa.

 

Al ver que todos estaban de acuerdo, Hank le indicó al guía que los llevara al asentamiento. El grupo se puso nuevamente en marcha, pero cuando Connor intentó seguir de cerca a Hank, Gavin lo empujó con el hombro.

 

—Aparta, novato.

 

Connor se llevó una mano a los labios, intentando entender qué había hecho mal para no encajar con aquellos hombres que compartían su misma pasión.

 

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Subieron una empinada cuesta cubierta de helechos, con la niebla rodeándolos y una llovizna horizontal que humedecía el aire. El ascenso se volvía cada vez más difícil por la altitud y la falta de oxígeno, y la espesa laurisilva no daba tregua a los expedicionarios, que cargaban pesadas mochilas y ya necesitaban bastones improvisados para mantener el paso del guía.

 

La luz del sol apenas lograba filtrarse a través del denso manto de árboles altos y robustos, pero sabían que el atardecer estaba cerca. Pronto, la temperatura descendería, y todos deseaban estar ya a salvo en el asentamiento de la tribu del guía. El joven nativo, de piel morena y cabello largo hasta la cintura, vestido con una sencilla indumentaria que apenas cubría lo esencial, hizo una señal y habló en su lengua bereber. Hank escuchó con atención y trató de traducir para el grupo.

 

—Dice que estamos cerca —anunció Hank, aunque no estaba del todo seguro de la exactitud de su traducción.

 

—Nos está llevando al puto infierno —gruñó Gavin, cansado de caminar—. Seguro que quiere robarnos todo, ya veréis.

 

—Joder, cállate, Gavin, siempre dando la nota —lo reprendió Luther con su voz grave pero calmada.

 

—Solo digo que andemos con ojo… no me fío ni un pelo —murmuró Gavin, frunciendo el ceño y retorciendo la cicatriz que cruzaba su rostro.

 

—Vamos bien armados, ellos no tienen ni cuchillos, ¿qué pueden hacernos? —comentó Markus burlonamente, agarrando de forma inconsciente su revólver Colt Peacemaker, un modelo popular desde 1873, conocido por su fiabilidad y letalidad. El arma descansaba en su cinturón, un recordatorio constante de que, en esos territorios salvajes, la seguridad dependía más de la pólvora que de las palabras.

 

La discusión se detuvo de golpe cuando llegaron a una llanura dentro del denso bosque, donde se encontraba un pequeño asentamiento con casitas de madera. A pesar de estar en un rincón remoto, el lugar tenía un aire familiar, con niños correteando y un ambiente de comunidad similar a otros que habían visto en sus viajes. Un niño pequeño se acercó curioso, y Luther, sonriendo, se agachó y le ofreció su enorme mano.

 

—Hemos llegado, chicos —anunció Hank, satisfecho de haber encontrado el lugar.

 

Explorar nuevos rincones del mundo siempre había sido su pasión, una que lo había ayudado a olvidar las grandes deudas que su esposa le había dejado tras su divorcio. En aquellos tiempos, las leyes hacían a los hombres responsables de las deudas de sus esposas ya que ellas no podían ser titulares del dinero, y la de Hank había gastado sin control en inversiones fallidas y lujos innecesarios. Este pesado legado lo empujó a dejar la arqueología académica y buscar fortuna en expediciones privadas, donde cada hallazgo era una oportunidad para liberarse de su pasado.

 

—Señor, gracias por dejarme ser parte de esto —dijo Connor, maravillado, con una sonrisa que le iluminaba el rostro—. Esto no es lo mismo que leerlo en los libros…

 

El grupo se adentró en la comunidad, recibiendo sonrisas y gestos amables de los nativos. Las mujeres, altas y esbeltas, caminaban sin ropa, sin pudor alguno, mostrando su belleza natural. Algunos de los hombres no pudieron evitar mirarlas con deseo. La noche cayó rápidamente, y los nativos comenzaron a encender una hoguera para dar calor y luz. Connor, animado, ayudaba a los niños a recoger leña, mientras Luther y Markus montaban las casetas de campaña, clavando al suelo los soportes de hierro forjado.

 

Hank, junto a la hoguera, mostraba a los nativos pequeños obsequios sin valor, pero que fascinaban a las mujeres y los niños por su brillo. Pronto, todos se reunieron alrededor del fuego, disfrutando de los cantos y danzas que daban la bienvenida a los extranjeros. El jefe del asentamiento, un hombre alto y robusto de cabello negro trenzado con hebras plateadas, se acercó acompañado de la que parecía ser la líder femenina, ambos llevando cuencos de barro con frutas y setas coloridas y jugosas.

 

—¡Bien, la cena, ya era hora! —exclamó Gavin, levantando las manos para celebrar, provocando las risas de los nativos, que parecían disfrutar de su humor.

 

Los cuencos comenzaron a pasar de mano en mano, insistiendo en que los forasteros comieran primero como señal de hospitalidad. Los hombres tomaron con gusto las frutas y setas, y asaron pequeños animales sobre la hoguera. Connor, sin embargo, dudaba, observando la escena con la mirada perdida.

 

—¿Qué te pasa, muchacho? ¿Por qué no comes? —preguntó Hank, asando lo que parecía un lagarto—. ¿Ya no te gusta la experiencia?

 

—Oh, no, señor, no es eso… —dijo Connor, sonrojándose al encontrarse con los ojos azules de Hank.

 

Hank tomó el cuenco de frutas y lo acercó a Connor, quien lo aceptó sin protestar.

 

—Necesitas reponer fuerzas, muchacho, debes comer —dijo Hank mientras tomaba una baya de color brillante y la acercaba a los labios de Connor. La fruta roja rozó sus labios, y Connor, sintiendo el contacto, cerró los ojos y dejó que el hombre lo alimentara—. ¿Ves? No es tan difícil, ¿verdad?

 

Connor mordió la baya y sintió cómo su jugo ácido explotaba en su boca, fresco y vibrante.

 

—Está muy buena —dijo sorprendido, buscando en el cuenco si quedaban más—. Creo que voy a repetir.

 

Con toda el hambre que había estado aguantando, mientras los demás se llenaban con champiñones, setas y partes de animales asados, él se atiborró de aquellas bayas tan deliciosas. Poco después, comenzó a sentir un leve mareo y malestar en el bajo vientre.

 

—Señor... —llamó a Hank, que reía y cantaba junto a los demás, haciendo música con las palmas—. No me encuentro muy bien.

 

—¿Qué te pasa, Connor? ¿Te molesta no ser el puto centro de atención siempre? —le gritó Gavin desde el otro lado, sin dejar de observarlo.

 

Connor deseó que Gavin se atragantara con su propia orina, que era lo que parecía estar bebiendo.

 

—¿Qué te pasa, hijo? —preguntó Hank, preocupado.

 

—Creo que necesito ir al baño… —dijo Connor mientras se levantaba, avergonzado. Nadie parecía notarlo, ya que todos estaban demasiado ocupados celebrando el jolgorio.

 

—Yo también necesito ir a cambiar el agua al canario —dijo Hank con amabilidad, levantándose para acompañarlo.

 

Connor sonrió, creyendo que Hank solo lo hacía para no dejarlo solo. Sin saber muy bien hacia dónde dirigirse, ambos hombres se alejaron del asentamiento indígena, adentrándose en la oscuridad de la selva. La única luz que tenían era la de la luna, pero era suficiente para ver por dónde caminaban. Pronto dejaron de escuchar la algarabía del pueblo y se encontraron lo suficientemente apartados como para hacer sus necesidades.

 

Connor se bajó la cremallera de sus pantalones cortos y se apoyó en un árbol, intentando orinar, pero no lo conseguía. Sentía un ardor en el pene y un calor incómodo por todo el cuerpo, como si la ropa le quemara. Las piernas le temblaban y sus botas se hundían en el barro del suelo.

 

Hank, en cambio, ya estaba orinando, y el sonido del chorro cayendo en el suelo no ayudaba a Connor.

 

—¿Estás bien, Connor? —preguntó Hank al terminar, sacudiéndose y subiendo la cremallera—. ¿Ya acabaste?

 

—Verá… —Connor notó cómo su pene se ponía duro, sin él poder evitarlo ni comprenderlo—. No sé qué me está pasando.

 

Connor se sentía abrumado, con la mente embotada y los labios secos. Su erección era dolorosa, y los testículos comenzaban a molestarle. Estaba mareado y sediento.

 

—¿Tiene usted agua? —preguntó Connor, sin moverse de delante del árbol, donde se apoyaba con una mano para no caerse—. Necesito agua…

 

—Claro… —Hank se llevó la mano a la cantimplora y se la desabrochó. Tenían poca agua allí, pero en el campamento estaban todas sus reservas—. Toma, muchacho, bebe.

 

Connor tomó la cantimplora con ansia y pegó la boca en ella, succionando el agua que quedaba dentro. Se la bebió toda sin pedir permiso y, cuando acabó, jadeó con ganas de beber más.

 

—¡Te la has bebido toda! —dijo Hank, recibiendo la cantimplora vacía con sorpresa.

 

—Necesito más agua… —Connor ya no se sentía bien; no sentía su cuerpo como suyo. Tenía escalofríos y su polla estaba a punto de explotar; el calor que sentía jamás lo había experimentado.

 

—Vamos a ver, hijo, ¿qué te pasa? —Hank, cansado de esperar, sacó una bengala roja que llevaba para emergencias y la encendió mientras se acercaba al joven, apartándolo del árbol.

 

La luz rojiza de la bengala iluminó la dantesca escena: el pene de Connor estaba totalmente erecto, fuera de sus pantalones, y su rostro mostraba una mueca lujuriosa. Sudaba profusamente y sus ojos se fijaron en Hank con fiereza.

 

—¡Pero qué cojones! —exclamó Hank, pero no pudo decir nada más porque Connor se lanzó sobre él.

 

La bengala cayó al suelo, proporcionando una luz tenue que se apagaría cuando la mecha llegara a su fin. Connor se abalanzó sobre Hank, intentando besarlo. Hank trató de apartarlo, pero el joven lo abrazaba y lo manoseaba.

 

—Oh, señor, por favor… —rogaba Connor con voz jadeante mientras lo besaba en la barba y se restregaba contra su cuerpo—. Tómeme, soy virgen, por favor, hágame suyo.

 

Connor sonaba desesperado y se ponía de puntillas para acosarle con sus rosados labios. Hank intentaba apartarlo, pero las manos de Connor se colaban entre sus ropas, desabrochando botones con dedos ágiles.

 

—Joder, Connor, para de una vez —le pedía Hank, abrumado por el ataque del joven y pequeño arqueólogo.

 

Connor ya tenía la camisa de Hank abierta y sus manos recorrían los pectorales, los pezones, el vello del abdomen, la cintura y la espalda del mayor. Se restregaba contra él sin parar, empotrándolo contra un árbol. La luz de la bengala iluminaba la absurda escena.

 

—Señor, señor… —gemía Connor, fuera de sí, con saliva en las comisuras de los labios—. Tóqueme, lo necesito.

 

Cogió la mano de Hank y la llevó a su erección. Hank retiró la mano, asustado, pero empezaba a sentir también el calor. Notaba cómo su entrepierna despertaba con los continuos roces de Connor.

 

—Muchacho, despierta, ¿qué te han hecho? —intentó decir Hank, cogiéndolo con ambas manos e inmovilizándolo a una distancia prudencial.

 

La bengala se apagó de pronto, y en la oscuridad, rota solo por la débil luz lunar, Hank sintió que no debía resistirse… Nadie lo vería. Nadie lo sabría. Y empezaba a desear a ese joven que tanto lo necesitaba. Apenas soltó su agarre, y Connor volvió a lanzarse sobre él; esta vez, Hank correspondió.

 

Las lenguas de ambos hombres se encontraron, y Connor gemía frenéticamente mientras Hank lo desnudaba. Connor quedó solo con sus botas puestas.

—Sí, así, así… —jadeó Connor, suspirando mientras la ropa caía al suelo—. Tóqueme, tóqueme, por favor, me muero…

 

Hank obedeció, tomando con fuerza la polla del joven. Estaba húmeda, como si se hubiera orinado encima, pero pronto descubrió que era su propia lubricación. Jamás había oído nada parecido en todas las conversaciones que había tenido con otros hombres. Connor se estremeció de placer al sentir la mano callosa de Hank masturbándolo. Se agarró con fuerza a los hombros desnudos de Hank y le clavó las uñas en la carne a la vez que le clavaba los colmillos en el cuello. Enseguida, las manos ágiles de Connor desabrocharon la hebilla del cinturón de Hank mientras él lo masajeaba, consiguió bajarle también los pantalones al mayor. Hank, ya desnudo salvo por sus botas marrones de montaña, sintió rápidamente cómo la boca ansiosa de Connor lo rodeaba.

 

Connor se lo metió entero en la boca y soltó una arcada. Hank sintió tocar la gloria del placer al notar cómo chupaba aquel jovencillo que se había convertido en una ninfómana que ya quisieran tener contratada en los burdeles de Whitechapel. Parecía que se lo quería tragar entero, lo chupaba con ansias. Y el joven sentía que chupando aquella deliciosa y dura polla saciaba la sed que tanto lo amargaba.

 

—Oh, Dios, cuidado —le pidió Hank, al sentir otra arcada de Connor—. Te vas a ahogar, hijo.

 

Lo miró con ternura en la espesa oscuridad y apartó un mechón de su sudada frente. Sacó su polla de la boca del joven y lo levantó, no sin algo de resistencia. Lo rodeó con sus brazos y comenzó a darle profundos besos, sintiendo cómo los penes de ambos se rozaban en el abrazo, robando escalofríos a ambos, saboreándose en los labios del que estaba siendo su amante más apasionado. Sin avisarle, le dio la vuelta al completo, colocando su espalda sobre el pecho canoso. Con las manos acarició las pequeñas caderas del joven y llevó una mano a la base de su pene, mientras que con la otra le acariciaba un erizado pezón.

 

—Señor… señor… —susurraba sin parar el joven, en una especie de mantra—. Tóqueme, tóqueme.

 

Entre las piernas del joven, empezó a colarse el pene de Hank, quedándose debajo de sus pequeños y calientes testículos, donde comenzaría a rozarse, como penetrándole los muslos. Mientras tanto, masturbaba al joven a un ritmo alegre.

 

—Me corro, señor, me corro… ¡ah! —el joven se arqueó contra el pecho de Hank, tirando de la piel del pene entre sus muslos, robándole un fuerte gemido también al mayor.

 

La corrida del joven manchó los helechos del suelo y la fértil tierra volcánica que pisaban. Gimió largamente y Hank se sorprendió cuando se dio cuenta de que no se le bajaba la erección y que tampoco parecía saciado en su frenético calor y ansia sexual repentina. Siguió masajeándole y el joven siguió correspondiendo locamente a sus caricias, tirando el cuello hacia atrás, dejando expuesta la blanca y jugosa zona de su nuez de adán, la cual Hank acarició, ejerciendo un poco de fuerza alrededor del cuello, excitándose un poco más si eso era posible.

 

De pronto, el joven se tiró al suelo, se puso a cuatro patas y se abrió las nalgas con desesperación, completamente expuesto ante su líder de expedición.

 

—¡Fóllame, por favor! —las lágrimas comenzarían a salir de sus ojos tarde o temprano, pues comenzaban a llenar visiblemente su lagrimal—. Fóllame, métemela hasta el fondo. ¡Móntame!

 

Aquel joven no se encontraba en sus cabales, pero Hank tampoco podía parar. Era demasiado tarde para hacerlo. Hincó las rodillas en el duro suelo de gravilla y llevó su pene a la entrada del joven, que se encontraba totalmente expuesta. La lubricó un poco con saliva en sus dedos y cuando metió uno de aquellos dedos, notó que el joven estaba totalmente dilatado, pues rápidamente le entraron tres dedos sin problemas.

 

—Más, por favor, señor, dame más…—jadeaba el joven, con la cabeza gacha y meneando la cintura, buscando más roce.

 

Pronto gimió satisfecho al sentirse llenado por la polla de su superior. Hank le hincó la polla hasta el mismísimo fondo, echándose sobre su pequeña espalda y pronto comenzó a penetrarle repetidas veces, que era lo que el joven le pedía con la voz pendiendo de un hilo.

 

Aquello le saciaba la sed. Estaba sintiéndose mucho mejor. Incluso sonrió mientras sentía el placentero choque de las pelotas de Hank sobre su perineo. El mayor comenzó también a masturbarlo, buscando su segundo orgasmo. Con el movimiento de las caderas de ambos, Connor sintió que la punta de la polla que tenía dentro rozaba un lugar que desconocía que tenía. Sintió que sus piernas temblaban y sin más aviso, se corrió en la mano de Hank violentamente. Él siguió masajeándole la polla, llenándola de su propio esperma, lubricándola, sintiendo que su mano resbalaba fácilmente por toda su extensión.

 

—Dios mío… esto es… —Hank no podía parar de empotrar contra la tierra al joven, jamás había sentido semejante placer. Aquel pequeño agujero era tierno, cálido y se apretaba contra él. Se contraía a su ritmo. Nada de lo que había probado antes se le parecía.

 

No pudo seguir experimentándolo puesto que cerró los ojos en un gesto involuntario y sintió que descargaba todo su placer en el interior del joven. Connor gimió fuertemente al sentir el esperma caliente del mayor explotar en su interior. Sintió que su propia polla se ponía más dura. Ya las lágrimas corrían por sus mejillas, pero no eran de tristeza. Su cerebro estaba a punto de colapsar.

 

Hank lo mantuvo pegado a su cuerpo durante unos segundos, mientras sentía los espasmos del orgasmo recorrerle toda la espina dorsal. Cuando sintió que todo su vigor se apagaba, sacó su miembro del cuerpo del joven y respiró varias veces mientras se sentaba en el suelo, exhausto. Connor no tardó en darse la vuelta y exigir más.

 

—Necesito más… señor, por favor —Connor se sentó al lado del viejo Hank, que no podía más, y apoyó su espalda en el árbol más cercano. Su pene seguía escandalosamente empalmado.

 

—Por dios, Connor, esto no es normal —dijo Hank, llevando la mano otra vez al pene del joven—. Tienes la polla al rojo vivo.

 

Connor lo miró con los ojitos entrecerrados; tenía las mejillas a punto de explotar de lo sonrojadas que estaban y su boca estaba húmeda por la saliva. Tenía la cara mojada por las lágrimas que se le escapaban de sus ojos y jadeaba eróticamente, abriendo la boca con pequeños quejidos.

 

Hank se apiadó de su atormentado cuerpecillo y acercó la boca a su glande.  No se creía que estuviera a punto de comerse una polla, pero no podía dejarlo así… ¡Qué tendrían aquellas bayas que había comido en exceso! Sacó la lengua de su escondite y la deslizó sobre el pene, sintiendo en el paladar el sabor intenso de semen y presemen. El amargor le hizo cerrar los ojos con fuerza, pero no podía detenerse ahora, no después de haberle ofrecido el primer roce húmedo en el glande. Con un esfuerzo de voluntad, volvió a lamerlo, superando la resistencia de su cuerpo y entregándose a la sensación. Le chupó el glande por los lados, limpiando su pene del resto de semen, comiéndose toda su semilla, cogiéndole gusto al sabor, devorándolo de arriba abajo con la lengua y los labios. Pronto se la metió en la boca, solo la punta, y comenzó a chupar muy lentamente. El joven se corrió bastante rápido en su boca, ya casi no tenía semen después de haberse corrido tres veces seguidas, así que recibió el tímido regalo en sus labios para luego tragárselo.

 

Aquello parecía marcar el final de la tortura para el cuerpo de Connor, que sintió cómo el calor lo abandonaba junto con sus últimas fuerzas. Su pene finalmente empezó a ablandarse, encogiéndose lentamente. Hank suspiró con alivio y se acostó junto al joven, ambos exhaustos, en medio de la oscuridad que envolvía el bosque.

 

El ruido que los rodeaba era tenebroso; los animales salvajes los observaban desde las sombras. Susurros de aves y reptiles se mezclaban con los destellos de ojos de mamíferos desconocidos. Sin proponérselo, se quedaron adormilados al pie del árbol, envueltos por los helechos que los rodeaban.

 

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

 

 

Se despertaron poco después; la noche seguía envolviéndolos. No sabían cuánto tiempo habían dormido, pero se apresuraron a vestirse en la oscuridad, sin cruzar palabra. La vergüenza se había instalado entre ellos, imposible de ignorar después de la pasión compartida. Horas antes habían gemido y se habían entregado a los fluidos del otro; ahora, intentaban fingir que eran desconocidos, aunque las piernas de Connor flaqueaban y en ocasiones tenía que apoyarse en Hank para avanzar.

 

Deshicieron el camino hacia el campamento indígena, aunque se perdieron un par de veces en el intento. En medio de la oscuridad, una luz tenue apareció a lo lejos. Se habían desviado del sendero correcto y, al acercarse, descubrieron una pequeña cuesta desde la cual pudieron observar. Abajo, la hoguera seguía encendida, pero no había rastro del resto del equipo.

 

Hank sintió un mal presentimiento y ordenó a Connor que se agachara, escondiéndose detrás de unos arbustos frondosos cercanos. Vigilando la escena, vieron manchas de sangre en el suelo.

 

—Oh, Dios mío… —murmuró Connor, apartando la mirada hacia otro punto cercano a la hoguera.

 

—¿Qué has visto? —preguntó Hank, siguiendo la dirección de sus ojos.

 

Allí estaban los aldeanos que horas antes les habían ofrecido comida y refugio. Se encontraban reunidos en un festín macabro, sentados en círculo. Los niños y las mujeres devoraban ansiosamente grandes trozos de carne cruda, con sus bocas manchadas de sangre. El jefe de la tribu, el mismo que les había ofrecido la vasija de setas y bayas, alzó la mano y gritó algo en su idioma.

 

—¿Qué es lo que dice, Hank? —preguntó Connor, aterrado y sin comprender del todo la escena.

 

—Dice que…

 

Hank se levantó con sigilo, tomando a Connor de la mano y alejándose despacio hacia el interior de la jungla.

 

—¿Qué, qué dice, Hank? —insistió Connor, intentando detenerlo, pero estaba demasiado débil para contrarrestar su fuerza—. ¡Tenemos que encontrar a los demás!

 

—Dice que… —Hank repitió, con la mirada perdida en la nada— que ese humano sabía a gaviota.

Notes:

¡TACHAN! ¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado hasta el final? Aquí tenéis “AFRODISÍACO” para dar y regalar, ¿no?

Tengo que hacer varias aclaraciones:

- Todo el equipo era humano, todos.
- Basado en la época de 1900, con el tema de los descubrimientos y expediciones arqueológicas.
- La Macaronesia es un lugar que engloba mi hogar. Realmente el sitio donde se desarrolla la historia es Las Islas Canarias, porque era el único lugar donde había nativos en La Macaronesia.
- Los guanches, como se les conocía a estos aborígenes, que son parte de mi propia historia, no eran caníbales, los pobres. Fueron exterminados por los castellanos. Lo que se sabe de ellos era que, por ejemplo, las mujeres iban desnudas y que llevaban los pelos largos tanto hombres como mujeres.
- Que puede haber errores históricos o cronológicos, es muy posible. ¡Disculpad si es el caso, es solo ficción!
- ¡Que todo esto ha sido casualidad, puesto que ni yo sabía que La Macaronesia incluía Las Islas Canarias y que solo en Canarias había aborígenes!

Chapter 7: 07. Receta para una venganza

Summary:

7. Receta para una venganza: “La mafia siempre se cobra su venganza”. [KINK: sexo violento]

Notes:

Tengo que hacer un TRIGGER WARNING en este corto:

— Contiene escenas de violencia (violación)

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

“— ¿Qué estás haciendo en mi barrio? –me giré cuando escuché aquella voz tan conocida.

 

Vi a Gavin Barzini.  Esta vez iba totalmente solo, algo extraño en él, ya que siempre estaba rodeado de matones; me miraba de arriba abajo, sentí cómo sus fríos ojos grises me atravesaban.

 

Yo estaba, como de costumbre, vigilando la barbería De Mantagna's, mientras Hank cobraba el tributo que el dueño debía a nuestra familia. Entonces aquel gorila se me acercó, con una sonrisa burlona y me empujó gratuitamente.

 

— No te equivoques, esto es territorio Costello. Aprende a ubicarte en un mapa antes de que alguien te llene de plomo los pulmones –le advertí. No quería problemas pero tampoco iba a dejarme pisotear.

 

Él se rio. Aquella risa me dio mala espina, pero intenté ignorarlo. Estaba deseando que Hank saliera de la barbería, pero parecía que el señor Espinelli se resistía a aflojar la pasta. Si miraba de reojo por la cristalera, podía ver a Hank hacer aspavientos y amenazar al dueño.

 

— ¿Ah, sí? ¿Y quién me va a llenar de plomo…? –el tipo se me acercó de forma amenazante. Yo retrocedí hasta que pegué mi espalda contra la pared de ladrillos—. ¿Tú, tal vez? ¿Y si te digo que puede que sea yo quien te llene a ti de algo muy diferente al plomo? –me dijo, mientras ponía su brazo sobre mi cabeza, apoyándose en la pared, cual chuloputas de poca monta.

 

Y al decir aquello enterró su nariz en mi cuello. Sentí su respiración de cerca, aspirando mi olor. Sentí el terror apoderarse de mí y quise escapar corriendo, pero el matón me cogió de un brazo con fuerza y me tiró al callejón que justo había al lado de la barbería.

 

Tropecé con las bolsas de basura esparcidas por el suelo y caí de golpe, recibiendo un impacto seco en las costillas. Ahogué un grito de dolor mientras reptaba, tratando de escapar. Sabía que aquel hombre quería hacerme daño; lo había visto en sus ojos.

 

—¿A dónde crees que vas? —preguntó con voz divertida, acercándose a mi cuerpo tirado en el suelo.

 

Sin piedad, aplastó mi espalda con su enorme zapato, arrancándome un grito de dolor. Desesperado, grité el nombre de Hank varias veces, pero nadie parecía escucharme.

 

—Da igual lo que grites —dijo, convencido de que no había escapatoria—. Nadie vendrá a ayudarte.

 

Presionó más fuerte sobre mi espalda antes de comenzar a patearme con violencia. Aún siento esos golpes por todo mi cuerpo...

 

Me levantó en volandas, agarrándome de la chaqueta. A su lado, no era más que un muñeco; él era grande y fuerte. Me estrelló contra la pared de ladrillo del callejón, sujetándome la mandíbula con una mano mientras aplastaba ligeramente mi cuello. Intenté detenerlo, pero apenas podía respirar.

 

—Mira qué muñequito más interesante... —susurró mientras levantaba mi camisa y deslizaba una de sus manos por debajo, rozando mi piel. Me sentí tan enfermo que casi vomito. Lo único que pude hacer fue escupirle.

 

Me soltó de golpe, y caí nuevamente al suelo con fuerza. Se limpió la saliva de la cara y me miró con odio.

 

—Vas a arrepentirte de haber hecho eso —dijo, y en ese momento supe que estaba muerto. Sus ojos ardían de odio.

 

Intenté arrastrarme para escapar, pero me agarró fuertemente de los pies y me arrastró hacia él. Con rudeza me dio la vuelta y comenzó a forcejear con mi cinturón, sentándose sobre mis piernas mientras yo hacía todo lo posible por resistir.

 

—¡Hank, por favor, ayúdame! —gritaba una y otra vez, pero Hank no podía oírme. Me había alejado demasiado por el callejón en mi intento de escapar de mi agresor.

 

—Sí, grita, grita como una nenaza. Eso me excita aún más —dijo, lamiéndose los labios. Nunca olvidaré esa cara... me perseguirá en mis sueños.

 

Finalmente, me bajó los pantalones a medias; solo le importaba tener vía libre para hacer lo que quisiera. Me dio la vuelta de nuevo, presionando mi rostro contra el sucio suelo del callejón. Entonces, empecé a escuchar el sonido de su hebilla. Me invadió el terror al darme cuenta de lo que venía.

 

Sentí un dolor insoportable atravesar todo mi cuerpo, como si un cuchillo me hubiera perforado con fuerza. La sangre comenzó a humedecer la zona, latiendo dolorosamente, y las lágrimas brotaron en torrentes. La tortura no duró mucho, pero fue suficiente para marcarme para siempre... Ya no volveré a ser el mismo.

 

Si no hubiera sido por Hank, que logró encontrarme, Gavin me habría matado con un disparo de su revólver, que apuntó hacia mí una vez se subió la cremallera. Para él, yo no valía nada.

 

Nunca olvidaré lo que me dijo antes de huir:

 

—Ahora siempre serás mío.

 

La familia Costello estaba reunida alrededor de la mesa. Acababan de escuchar el desgarrador relato del joven, encogido en la silla del fondo. El terror de lo que había narrado aún podía leerse en sus ojos, reflejado también en sus gestos perdidos, en su dolor y su miedo.

 

—¿Y bien...? —preguntó el hombre canoso que había convocado la reunión.

 

—Esto no puede quedar así —sentenció un hombre moreno que fumaba un pitillo. En su mirada se leía frustración y sed de venganza—. Quiero la autorización de la familia para tomar la justicia por mi mano.

 

—Pero Hank... —el Consigliere, mano derecha del Don, intervino buscando calma—. Atacar al hijo predilecto de los Barzini podría desatar una guerra entre familias.

 

—Sí, Pietro tiene mucha razón —respaldó otro hombre, vestido con sombrero y chaleco.

 

Los hombres comenzaron a discutir de forma desordenada, interrumpiéndose unos a otros. Hank Anderson, parte de la familia mafiosa Costello, originaria de Hell's Kitchen, escuchaba con paciencia, hasta que vio las lágrimas regresar a los ojos de Connor. Fue entonces cuando golpeó la mesa exigiendo silencio.

 

—¡Basta! —gritó, con el corazón en un puño—. Quiero escuchar su opinión, Don —dijo, dirigiendo su mirada azul y violenta hacia el capo que parecía el líder de la familia, quien permanecía en la zona más oscura de la habitación, fumando un gran puro habano.

 

—Lo que le ha sucedido a Connor, como miembro de nuestra familia, es una deshonra —dijo fríamente—. Gavin Barzini, hijo de Emilio Barzini, es el responsable —continuó, mientras los hombres rudos y trajeados de la mesa lo observaban atentamente, esperando su decisión—. Debemos limpiar nuestro nombre.

 

El silencio se apoderó de la sala hasta que el capo volvió a hablar:

 

—Autorizo la vendetta contra Gavin Barzini. Pero tendrás que hacerlo solo, Hank.

 

Los hombres acataron la decisión en silencio; algunos mostraban sorpresa, mientras otros negaban con la cabeza, pensando que aquello era un error.

 

Hank no esperó más. Se levantó de su asiento y se acercó a Connor, que seguía sentado al fondo, con la mirada perdida. Le puso una mano firme en el hombro, instándolo a levantarse. Juntos caminaron hacia el final del pasillo, mientras Hank lo consolaba con una mano sobre el hombro.

 

—Pagarán por lo que te hizo —le susurró Hank, con la mirada fija al frente—. Créeme, lo lamentará.

 

—Hank... —Connor intentaba contener las lágrimas mientras salían del gran caserío, sede de la familia Costello, flanqueado por soldados trajeados y armados hasta los dientes.

 

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El antro de putas donde Gavin Barzini solía pasar muchas noches en Midtown Manhattan estaba a rebosar de chusma. Hank, trajeado con una americana y pantalones negros rayados con finas líneas blancas, se mezclaba entre borrachos y malhechores, ocultando su rostro bajo un sombrero a juego. Estar rodeado de secuaces de los Barzini, que protegían a su líder y a las altas esferas de la familia, al canoso parecía no importarle. Sabía que existía la posibilidad de no salir vivo de allí, pero cumpliría su palabra: lo lamentarían.

 

Se adentró en el epicentro de la fiesta, donde el alcohol y las drogas disfrutaban de vistas privilegiadas de las señoritas de compañía que bailaban sensualmente en las barras de striptease. Gavin estaba en el sillón más cómodo, besando a dos fulanas casi al mismo tiempo, con las piernas abiertas de par en par, preparándose para la acción. Pobre diablo, no sabía lo que le esperaba.

 

En la puerta trasera del tugurio, en el callejón, lo estaba esperando Connor, que debía estar atento a la salida de Hank por la parte trasera para recogerlo rápidamente con el elegante coche negro.

 

La idea era secuestrar a Gavin Barzini y llevárselo a uno de los tinglados más alejados, en el muelle de Little Italy, territorio dominado por los Costello, el lugar perfecto para llevar a cabo la ansiada vendetta. Solo estaba Hank Anderson para ejecutar el complicado plan, pero tenía confianza ciega en la idiotez del joven hijo de Emilio Barzini. Siempre había sido impulsivo y agresivo; el propio Emilio sabía que lo metería en problemas tarde o temprano.

 

Hank lo observó durante un buen rato hasta que el joven se levantó, seguramente para ir al baño. Consumir mucho alcohol tenía sus consecuencias negativas, y apuraba las necesidades más mundanas. Hank lo siguió sigilosamente.

 

Allí, medio borracho y drogado, confundido por la excitación, lo tenía a tiro. Podría haber acabado con aquel maldito desgraciado en un abrir y cerrar de ojos. La música sonaba tan alta y la fiesta era tan intensa que nadie lo habría echado de menos. Habría sido tan fácil...

 

Y tan rápido.

 

Pero Hank no quería que fuera rápido. Quería sufrimiento. Quería hacerle pagar con la misma moneda.

 

Lo observó orinar en el baño, entrando sin que el joven lo descubriera. Sacó la pistola, equipada con un silenciador por si se veía obligado a utilizarla, y cuando escuchó la cremallera cerrarse, colocó el cañón de la pistola en la nuca.

 

—Buena fiesta, Barzini —le susurró Hank, sintiendo cómo el joven se tensaba al sentir el frío anillo del cañón en su piel.

 

—¿Qué coño quieres...? —preguntó, intentando hacerse el fuerte, pero Hank detectó de inmediato un tono nervioso en su voz. Así que era un blando… esto iba a ser más divertido de lo que había pensado.

 

—Quiero que me acompañes —apretó la pistola con más firmeza—. Y sin hacer ni un puto ruido, ¿entiendes?

 

—Está bien, está bien —Gavin cerró los ojos y levantó las manos, tratando de ablandar a su atacante.

 

—Vamos, en marcha... —Hank lo empujó hacia la salida del baño, y a partir de ahí caminaron con cuidado de no encontrarse con algún secuaz del joven que pudiera echarle una mano en el último momento.

 

Cuando salieron por la puerta trasera del tugurio, que daba al callejón de carga, totalmente desierto a esas horas de la noche, el coche conducido por Connor apareció y se detuvo justo enfrente. Los cristales de las ventanas estaban completamente opacos, por lo que Gavin no pudo ver quién era el chófer.

 

Hank lo instó con un empujón a acercarse al coche y abrió la puerta trasera, empujándolo dentro. Hank enseguida entró con él, apuntándole a la cara con la pistola.

 

—Joder, viejo, no me apuntes a la cara —le espetó Gavin, olvidándose por un momento del peligro en que se encontraba.

 

La respuesta de Hank fue un golpe seco en la nariz con la culata de la pistola, escuchando un desagradable “crack” tras el impacto.

 

—Arranca, vamos —ordenó Anderson, a lo que Connor, que permanecía en silencio sin girar la cabeza, obedeció rápidamente, mientras los gritos de dolor de Gavin llenaban el coche.

 

—Me has roto la nariz, maldito hijo de puta... —se quejaba Gavin, que solo podía sorber la sangre que le corría por la cara.

 

—Cállate, maldito cabrón, o te romperé todos los dientes —le amenazó Hank, sacando un saco de debajo del asiento—. Ponte esto en la cabeza. No quiero que veas hacia dónde te llevamos.

 

Gavin obedeció. Si no querían que viera hacia dónde lo llevaban era porque pensaban soltarlo. No temía por su vida, ya que era hijo del gran Emilio Barzini, y sabía perfectamente que las familias tenían un pacto de no agresión. Podían “jugar” de vez en cuando, como le gustaba decir, pero había un límite. Ese límite era Gavin Barzini. Su padre no permitiría que liquidaran a su propio hijo.

 

La oscuridad lo cubría todo y el viaje parecía eterno.

 

Cuando llegaron, Gavin percibió el olor del mar, lo que le indicó que estaban cerca del muelle. Se imaginó que se encontraban en alguna zona gobernada por la familia rival. Lo condujeron a empujones hacia un lugar indeterminado, hasta que le obligaron a sentarse en una silla, donde finalmente se deshicieron del caluroso saco de tela rugosa, no sin antes atarle las manos fuertemente contra la madera del asiento.

 

Su rostro estaba rojo y congestionado por el encierro, y sudaba profusamente. Tenía los mechones de pelo negro pegados a la frente. Al enfocar mejor, pudo ver a Hank nuevamente frente a él, con el arma enfundada. A su lado había otra figura.

 

La luz de aquel almacén abandonado lo cegaba, y tuvo que hacer un esfuerzo para reconocer a Connor tras la sombra de su figura.

 

—Tú... —dijo, dejando escapar veneno en su voz. Sus ojos se hicieron pequeños, entrecerrándose y taladrando al joven que lo miraba altivamente—. Debería haberte matado cuando tuve la oportunidad.

 

—Pero no lo hiciste —le interrumpió Hank, mirando al joven a su lado. Después de un segundo donde sus miradas se encontraron, el canoso asintió taciturno.

 

El chico se acomodó detrás de una mesa cercana y comenzó a encenderse un cigarrillo, como poniéndose cómodo para algún tipo de espectáculo. Gavin soltó una risotada.

 

—¡Sois patéticos, ¿me oís?! —empezó a reírse—. ¿Qué pensáis hacerme, eh? No podéis hacerme nada, soy un Barzini. Vuestro Don os expulsaría de la familia, y vuestras cabezas aparecerían en el congelador de algún restaurante italiano de mala muerte de vuestra basura de Little Italy.

 

Con aquellas palabras, escupió un fuerte lapo al suelo, en señal de desprecio. Luego miró con sorna al viejo Hank, que empezaba a quitarse la chaqueta.

 

—Vamos... —le animó, levantando la cabeza en señal de reto.

 

El primer puñetazo no le pilló desprevenido; lo estaba esperando. Sintió el impacto en su mandíbula y el dolor atenazarle la cara. El segundo puñetazo, casi sin darle opción a respirar, lo golpeó por el lado contrario al primero, equilibrando el dolor. El tercero y el cuarto le dieron de lleno en la boca y la nariz.

 

Gavin escupió sangre, sintiendo cómo su cara se hinchaba rápidamente. Empezó a reírse, mostrando una sonrisa manchada de rojo por la sangre de sus dientes.

 

—Vamos, viejo, ¿esto es lo único que tienes para mí? —y soltó una fuerte risotada—. Eres un puto inútil. Si trabajaras bajo mi mando, ya te habría ahogado en un puto río.

 

Otro golpe, esta vez en el tronco del oído, le hizo callar la burlona risa. Gavin se quejó por primera vez desde que empezaron los golpes y sintió un pitido sordo llenar su cabeza. Las muñecas le sudaban mientras intentaba por todos los medios desatarse las manos; por eso estaba provocando al grandullón, para distraerlo de su atadura a medio desatar.

 

—Ya no te ríes, ¿eh? —dijo Hank, sintiendo dolor en los nudillos, manchados de sangre ajena.

 

De pronto, lo agarró del pelo negro y le echó la cabeza hacia atrás con tanta fuerza que el joven pensó que le partiría el cuello. Intentó levantar los pies para darle una patada, pero falló. Hank tiraba con fuerza de su cuero cabelludo y tenía su boca tan cerca que podía sentir su cálido aliento sobre sus mejillas.

 

—No sabes lo que te espera, ¿verdad? —le susurró, con los ojos azules brillando de forma extraña. En ese momento, Gavin sintió la lengua de Hank acariciarle la mejilla. Sus ojos grises se abrieron en una expresión de terror y comprensión.

 

—¡Púdrete en el puto infierno, maricón! —le espetó el joven, antes de desatarse por completo e intentar atacar a Hank, en un desesperado intento de huir de lo inevitable.

 

Hank lo aplacó con facilidad, empujándolo hacia la mesa donde Connor observaba la escena en completo silencio. El cuerpo de Gavin quedó echado en la mesa, de espaldas contra la madera, totalmente aturdido y sin aire por el embiste de Hank, quien aprovechó el momento para tirársele encima y comenzar a tironear de su ropa salvajemente.

 

—Hijo de puta, ¡no me toques! —gritaba Gavin, intentando luchar contra el peso y la fuerza de Hank, pero estaba demasiado aturdido por los golpes y el dolor como para ser rival para él.

 

—Esto va a ser muy divertido, maldito cabrón, espera y verás —respondió Hank, desgarrándole la camisa y haciendo trizas la tela. Enseguida le pellizcó los pezones, provocando que Gavin soltara un alarido de dolor.

 

Pronto sintió el peso del hombre sobre él y la lengua del mayor colarse asquerosamente dentro de su boca. Intentó huir de aquel beso que lo violaba, pero no tenía escapatoria y comenzó a sentir que se quedaba sin aire. Hank le escupió en la cara al dejar de besarlo y luego le propinó un bofetón en el pómulo, que tenía roto por los puñetazos. Aquello se sintió como el sablazo de una espada.

 

Gavin ya comenzaba a lloriquear cuando Hank empezó a bajarle los pantalones, rompiéndole el cinturón y la cremallera. De allí no saldría entero… Ya no estaba seguro de nada.

 

—¡Pero si el cabrón casi no tiene ni polla! —gritó Hank a Connor, riéndose—. ¿Esto qué es? ¿Es un chiste? ¿Tienes frío, ricura? —Hank le había bajado los calzoncillos.

 

—¡No! ¡Déjame! —gritó Gavin, intentando apartarlo y bajarse de la mesa, correr y huir, pero ni siquiera podría haber espantado a una mosca con la poca fuerza que le quedaba en los brazos. Pronto sintió la mano callosa del hombre rodeándole el pene y retorciéndolo.

 

Gritó de dolor.

Hank lo dio la vuelta contra la mesa, dejándolo acostado boca abajo. Sintió cómo sus nalgas se abrían y lloró. Las lágrimas le caían por las mejillas. Al levantar la vista, vio a Connor frente a él, sentado en una silla, separados solo por unos pocos centímetros.

 

—Por favor… ¡Ayúdame! —le rogó, sintiendo cómo el hombre que lo sujetaba por la espalda se preparaba para empalarlo—. ¡Lo siento, por favor, no le dejes hacerlo!

 

La mirada de Connor era fría; sus ojos avellana no expresaban absolutamente nada. Solo se llevaba el cigarrillo a los labios y soltaba un espeso humo que dirigía hacia el rostro de Gavin, ahogándolo. Ese humo que no pudo evitar tragarse cuando el pene erecto de Hank lo atravesó como un cuchillo, desgarrándolo de dolor. Soltó un sonoro grito de terror y agonía, sintiendo cómo lo destrozaban sin piedad.

 

—Oh, vaya, Gavin, ¡tu culo es mejor que todas las putas de esta maldita ciudad! —le dijo Hank, tirándole del pelo mientras lo sometía con embestidas fuertes y profundas.

 

—Por favor… —susurró, con voz temblorosa, por el horrible dolor que lo atravesaba. Intentó alcanzar con la mano a Connor, que seguía mirando la escena mientras fumaba.

 

De pronto, el dolor cesó. El hombre había salido de su interior. Pronto sintió cómo se corría sobre su cuerpo. Suspiró aliviado. Aquello había acabado… Se dejó caer sin fuerzas sobre la mesa, sintiendo que sus piernas no aguantaban su peso. Estaba mareado y vejado.

 

El canoso se subió la cremallera y rodeó la mesa, acercándose a Connor, quien se levantó de la silla con elegancia. Hank lo abrazó suavemente, y se miraron a los ojos intensamente, como cumpliendo una promesa que se habían hecho. Gavin fue testigo del momento y sintió un escalofrío recorrer su espalda.

 

Hank sacó su pistola y le quitó el silenciador con agilidad; se la pasó cariñosamente a Connor, quien la cogió con cuidado entre sus manos. Pronto apuntó a Gavin en la frente.

 

—No… —dijo Gavin, intentando recuperar el aliento—. No te atreverías…

 

—Recuerda: ahora siempre serás mío… —le dijo Connor antes de apretar el gatillo.

 

El estruendo del disparo llenó el hangar, seguido de un frío silencio.

Notes:

Ay, dios mío… no me matéis. Creo que me quedó bastante fuerte y violento este one short. Estaba experimentando con otros estilos y pensar en el AU de la mafia me hizo darle rienda suelta a la salvajada que he escrito. Me he cortado un poco porque tampoco me parecía correcto narrar demasiado las escenas de sexo, teniendo en cuenta que eran violaciones. Pero bueno, de eso se trataba el fetiche bajo mi punto de vista. ¡Espero que no hayáis sufrido mucho!

ACLARACIÓN: No odio a Gavin Reed, os lo juro. Parece que le tengo manía, pero es que le quedan demasiado bien los papeles de hijo puta maloso que dan ganas de matarlo. Os prometo que os voy a compensar en el siguiente donde salga y haré algo muy meloso y bonito para él. Para mimarlo un poco jajajajja

Gracias siempre por leerme, por mandarme mensajes tan hermosos, por dejarme comentarios increíbles, por seguirme y por quererme. Os adoro <3

Chapter 8: 08. Runaway

Summary:

“Connor entra en la tienda en busca de algo pero no tiene dinero para comprarlo… Hank, el guarda de seguridad, le dará una buena lección”. [KINK: ropa interior]

Notes:

WARNING: Age gap. Connor en este AU es un androide aniñado, con aspecto de jovencillo de 18 (o menos…).

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Aquel pequeño supermercado de barrio estaba casi vacío.

 

El cajero se encontraba viendo la televisión que tenía situada sobre el TPV donde seleccionaba los productos para cobrarlos. El joven encapuchado que acababa de entrar en el super buscó con la mirada al tipo de seguridad, pero no lo encontró, así que se metió las manos en los bolsillos, intentando pasar desapercibido.

 

Su pequeño LED estaba brillando en un rojo intenso tras la tela oscura de su capucha. Los androides como él no eran bienvenidos en la ciudad; vivían escondidos la gran parte del tiempo después de la gran revuelta. La mayoría de sus congéneres habitaban las cloacas y lugares igual de inhóspitos donde los humanos no pudieran molestarlos. Por eso mismo no podía permitirse que lo descubrieran. No obstante, necesitaba con urgencia algo que en estaba buscando en aquel antro.

 

Se internó en un pasillo de higiene personal y sus ojos avellanas se fijaron inmediatamente en la sección femenina. Él no necesitaba pomada para las manos, ni tampoco crema depilatoria. Ni siquiera necesitaba bálsamo para el cabello o un cepillo; en realidad, no necesitaba nada de lo que había en esas estanterías.

 

Pensando en aquello, dio con los productos para la menstruación. Torció el gesto. Según sus fuentes, solo las personas con útero y ovarios podían tener menstruación. No se imaginaba a los androides con aquellos “problemas” de higiene, utilizando compresas o tampones. Justo debajo de aquellos productos, encontró lo que necesitaba.

 

Se volvió a fijar en el dependiente, de reojo.  Se reía bobaliconamente con el programa de televisión que estaban echando en la tele. Miró de un lado a otro antes de alcanzar aquello que tanto ansiaba y metérselo debajo de la sudadera.

 

Siguió dando una vuelta por el bazar, disimulando, para luego acercarse a la salida lentamente. Se fijó, antes de llegar a la altura del mostrador, en la cámara de vigilancia que parecía mirarle directamente.  Ocultó su nerviosismo y se caló más hondo la capucha, apartando los ojos del aparato.

 

Unos cuantos pasos más y podría salir corriendo de allí para internarse en lo más profundo de las cloacas, donde la mayoría de los androides, luego de perder la guerra civil, habían tenido que refugiarse de la furia de los humanos para no morir entre sus manos.

 

- ¿A dónde crees que vas, chaval? –le preguntó una voz tras su espalda.

 

Se quedó inmóvil, intentando parecer invisible. Su sistema detectaba un nivel de estrés superior al recomendado; necesitaba tranquilizarse para no desestabilizarse y cometer alguna locura.

 

- Te he visto… -el guardia del supermercado, un hombre alto, de unos cincuenta años y con barba y cabello canoso, lo cogió del brazo fuertemente-. Te vienes conmigo, vamos a tener una conversación.

 

Connor, que así se llamaba el joven androide, no se resistió. Tenía pánico, no quería que descubrieran que era un androide, pero tampoco quería que descubrieran qué era lo que había intentado robar. Sin saber qué hacer, siguió al hombre a una pequeña habitación situada en un lado de la estancia. El dependiente seguía viendo la televisión sin enterarse siquiera de lo que estaba pasando en su tienda.

 

El hombre uniformado lo encerró en un caluroso habitáculo oscuro, lleno de pantallas de seguridad y un escritorio maltrecho. Le hizo sentarse en una silla justo delante de la mesa, mientras que él se dejaba caer pesadamente en su propia silla acolchada.

 

- ¿Y bien…? –su voz era grave pero cálida.

 

Connor no respondió. Solo intentaba analizar su rostro.

 

- Mira –el hombre señaló las pantallas donde podía ver todos los ángulos del supermercado-. ¿Lo ves? Yo estaba mirando esto –señaló una de las pantallitas a todo color, justo en el pasillo de higiene personal-. Y he visto cómo te metías algo debajo de la ropa.

 

El joven paseó su mirada avellana hasta la puerta, deseando salir corriendo. Estaba ahí, atrapado. Podría devolver lo que había sustraído de forma ilegal y salvarse de ser descubierto, pero no podría explicar el sentimiento de profunda vergüenza que le generaba lo que tenía escondido entre su abrigo.

 

- ¿No vas a colaborar? –el segurita resopló, y cogió el teléfono en la mano-. No me dejas más remedio que llamar a la policía para que te detengan por robo.

 

- ¡No, por favor, señor, no lo haga! –gritó de pronto el joven, con pavor en los ojos.

 

Si llamaba a la policía, era androide muerto. Prefirió sacarse rápidamente los objetos de debajo de la ropa y ponerlos sobre la mesa.

 

La mirada del mayor brilló sorprendida y sus labios delinearon una mueca divertida.

 

- Pero… ¿qué tenemos aquí…?  –preguntó, cogiendo el paquete de bragas en sus manos-. ¿Para qué quieres tú esto?

 

Connor se sonrojó, pero su sonrojo era de un color diferente al rojo, más bien de un color azulado. Hank pareció darse cuenta de aquello y frunció el ceño, extrañado.

 

- Quítate la capucha –le pidió, pero realmente no era una petición, sino una orden. Connor tragó dificultosamente. Lo descubriría… llamaría a la policía. No debería haberse atrevido a coger nada de aquello. Sin tener otra opción, se deshizo de su capucha.

 

El LED de su sien brillaba de un rojo intenso. Su nivel de estrés comenzó a disparatarse, en su visión podía apreciar diferentes errores internos de su sistema.

 

El hombre delante de él se levantó de la silla, poniendo las manos sobre la mesa.

 

- Eres un androide –dijo con la voz pendiendo de un hilo. Sus ojos estaban abiertos de par en par, sorprendido por lo que acababa de descubrir en su pequeño despacho de seguridad. Su corazón también estaba acelerado. A ambos les habían enseñado que androides y humanos debían estar peleados.

 

- Por favor… No llame a la policía –le rogó el joven Connor, con mirada entristecida-. No quiero morir...

 

El chico le cogió las manos al hombre, quien las tenía apoyadas en la mesa, en un intento de hacer un acercamiento más humano para que supiera que él también era un ser vivo. Hank no retiró las manos, pero se mantuvo en silencio. Su rostro se había relajado.

 

- Creo que podemos hacer un trato –le dijo de pronto, cuando Connor ya estaba empezando a perder la esperanza. El joven alzó la mirada, encontrando unos ojos azules que brillaban traviesamente.

 

- ¿Qu-qué trato? –preguntó, dispuesto a hacer cualquier cosa.

 

- Verás… -Hank cogió el paquete de bragas y lo abrió-. Hay una forma de hacer que esto solo quede en una anécdota sin importancia –le decía mientras sacaba la sedosa tela de las bragas y la admiraba con sus rugosas manos-. Tú no quieres que la policía se entere de que estás aquí, ¿verdad?

 

El joven movió la cabeza, negándole. No quería que se enteraran, por supuesto. Eso supondría su fin.

 

- Te prometo que no se enterarán, no me importa que seas un androide –le explicó el mayor, rodeando la mesa y sentándose sobre su filo, delante del joven. Su uniforme de seguridad, ajustado, le hacía verse más joven de lo que era. En el cinturón tenía una porra negra y unas esposas. Connor temía hacia dónde lo podría llevar aquella conversación.

 

- Gracias… -Connor miró la placa de identificación que lucía en la pechera-. Señor Anderson.

 

- Llámame Hank –le corrigió, con una sonrisa. No parecía tener intención de hacerle daño. Pensando eso, Connor sintió cómo la mano del hombre le acariciaba la barbilla-. Siempre quise saber cómo era tocar a uno de los tuyos –susurró, disfrutando del suave tacto.

 

Connor cerró los ojos, reaccionando al roce. Jamás nadie lo había acariciado. El hombre ahuecó la palma de su mano y el joven apoyó allí de forma instintiva su mejilla.

 

- ¿Cómo te llamas, hijo? –le preguntó de pronto Hank, apartando la cálida mano de la cara del joven. El chico sintió una profunda añoranza por la fugaz caricia.

 

- Me llamo Connor –respondió con un hilo de voz.

 

- Bueno, Connor… -el hombre buscó en la mesa algo que cogió con las manos y se lo mostró mientras sonreía-. Quiero que te las pongas.

 

Lo que sostenía delante del rostro del joven eran las bragas que había robado. Era una prenda barata, de supermercado, pero lucía un encaje que no dejaba de ser bonito. Connor se volvió a sonrojar fuertemente.

 

- ¡Señor! –dijo, sorprendido por la petición.

 

- No quieres que llame a la policía, ¿verdad? Sería una lástima que no cumplieras tu parte del trato –le dijo Hank, poniendo cara de circunstancias. Era un manipulador entrenado, Connor era consciente del chantaje y cerró los ojos, sopesando sus posibilidades.

 

Su sistema le lanzó un resultado devastador.

 

Con un fuerte sonrojo en sus mejillas, el joven se puso de pie, delante del guardia que lo miraba atentamente. Él, en cambio, miraba fijamente al suelo mientras se deshacía de la sudadera, dejando ver debajo una camiseta sucia y vieja. Se la dejó puesta mientras se quitaba los pantalones de tejido grueso, mostrando, al caer la tela, una perfecta piel tan blanca como la leche.

 

Hank se mesaba la barba del mentón, mientras observaba el lento desnudar del joven, deleitándose con sus imperceptibles curvas y perfectos muslos. En sus manos seguían las braguitas de encaje, esperando ser puestas en ese bello cuerpo de androide.

 

El joven se quitó rápidamente la ropa interior que llevaba y cogió la prenda de mujer con las manos temblorosas. Aquello era lo que había deseado, era lo que lo había llevado a robarlas. Sentía un fuerte deseo, irrefrenable y misterioso, de ponerse aquella prenda. De saber qué se sentía al tenerlas en su entrepierna.

 

Deslizó las piernas por los agujeros hechos para ello y se las colocó, acomodando su, por ahora, pequeño pene, dentro de la tela. Hank sonrió cuando el espectáculo estaba casi terminado. El joven lo miraba, con las manos sobre su entrepierna, tapándose el bulto que parecía no caber en la pequeña prenda, con la camisa, la cual estiraba, intentando no enseñarle más de la cuenta al hombre que se lo comía con la mirada.

 

- No hagas trampa –advirtió Hank, sonriendo. Estaba disfrutando como nunca se lo habría imaginado aquella mañana, cuando se puso el uniforme de todos los días.

 

El LED del joven brillaba en un rojo intenso y a veces procesaba información, mostrando un suave color naranjo. Hank seguía la evolución de sus sentimientos a través de las lucecitas que iluminaban el pequeño cuarto de vigilancia. Connor dejó de agarrarse la camisa y esta volvió instintivamente a su sitio, justo debajo de su ombligo.

 

Las bragas se ajustaban perfectamente a su piel y podía entreverse su entrepierna tras el transparente tejido. Los encajes lucían a juego con la suave piel del androide. Hank asintió, satisfecho.

 

- Te ves perfecto, Connor –le dijo, a modo de cumplido-. Ahora quítate la camisa también.

 

Connor frunció el ceño.

 

- Eso no era parte del trato –se atrevió a contradecirlo.

 

- ¿Y eso quién lo decide? –le preguntó el mayor.

 

- Usted no dijo que…-Pero no pudo seguir. Hank se llevó un dedo a los labios, pidiéndole silencio.

 

- Quítate la camisa –le repitió, sonriendo todavía. Connor supo que no tenía otra alternativa.

 

Se quitó la camisa. Se encontraba totalmente desnudo y expuesto; aquella pieza de ropa que le hacía sentir tan extraño era lo único que lo separaba del depredador que tenía ante sus ojos.

 

- Precioso…-susurró el mayor, llevando una mano a la bragueta de su pantalón.

 

Connor entreabrió la boca, en un gesto de sorpresa y turbación hipnótica, ya que no podía dejar de mirar. La mano del mayor se perdió tras la cremallera y al salir ya no estaba sola; el miembro del guarda se asomaba semierecto. Connor miraba cómo el guarda se masturbaba suavemente, sin apartarle la vista de encima al joven. Lo miraba con deseo, con ardiente deseo. El androide comenzó a sentirse tremendamente confundido, su cuerpo comenzaba a agitarse. Su LED explotaba de luz roja alarmante que se proyectaba en la pequeña sala.

 

Sus manos, sin poder él evitarlo, subieron hasta su pecho lampiño, aniñado. Se posaron suavemente sobre sus pezones, que sentía erizarse al roce. Nunca había investigado aquellos sensores físicos que tenía repartido por el cuerpo. Él era un modelo avanzado, de antes de que estallara la guerra. Nunca había recibido el cariño para el que había sido diseñado. Entrecerró los ojos, suavemente, acariciando con sus pestañas sus suaves mejillas, mientras rozaba suavemente la superficie de su piel blanquecina.

 

Hank a su vez lo observaba sin apartar la mirada mientras que, con su mano, se daba placer lentamente, tortuosamente. Su polla estaba totalmente dura después de unos cuantos jalones en los puntos estratégicos. Connor nunca había visto un pene erecto y no pudo evitar sentir que su cuerpo reaccionaba ante aquella visión. Él también estaba empezando a endurecerse.  

 

Las bragas eran demasiado pequeñas para contener su incipiente erección, por lo que pronto su pene asomó por fuera del elástico. Su glande era rosado y estaba cubierto levemente por la piel delicada de su prepucio. Hank deseó chuparlo hasta hacerlo desaparecer.

 

- Quítate las bragas –le ordenó, con voz ronca, debido a la urgencia. Connor obedeció, sumiso.

 

La prenda cayó al suelo, dejando libre la masculinidad escondida tras la tela. En su cuerpo androide, diseñado para cumplir las más alocadas fantasías del hombre, se alzaba una erección majestuosa.

 

- Me siento raro, señor… -le confesó el joven. Hank sabía que aquello no era delito; aquel androide sería eternamente joven, no era ningún niño, pero no pudo evitar sentirse un pervertido por lo que se disponía a hacer.

 

El guarda no dijo nada, solo se arrodilló delante del joven. Su cuerpo era enorme en comparación con el enclenque muchacho. Aquello solo lo excitaba aún más. Su callosa mano se afanó en una nalga, robándole un suspiro de sorpresa al joven, mientras que, con la otra, agarraba su duro pene para llevárselo directamente a la boca, sin más preámbulos. Estaba desesperado por comérselo entero. Devorarlo.

 

Connor gimió, sorprendido por el placer que le estaban retransmitiendo sus sensores; su sistema se estaba volviendo literalmente loco. Su consola lanzaba multitud de errores y sentía que comenzaba a recalentarse. Él empezaría a hiperventilar pronto, debido a la excitación. Descubrió que era más intenso el placer si daba embestidas contra la boca del mayor, así que comenzó a empujar sus caderas contra el guarda. Hank lo chupaba con mimo y pasión, lo tenía entero en su boca y clavaba sus dedos en su tierno pubis de muñeca.

 

El joven agarró fuertemente al hombre, sintiendo que el placer se estaba apoderando de todo su ser. Primero, sus delicadas manos se clavaron en los hombros grandes de Hank, para luego, cuando el canoso empezó a masajearle los testículos y a penetrarle suavemente con un dedo entre sus nalgas, enterrar sus dedos en el cabello bien peinado del guarda. El placer iba en aumento y él no pudo evitar agarrarse del cuero cabelludo de quien le proporcionaba esas apasionadas caricias. Tironeó de su cabello fuertemente, al notar que aquello hacía que subiera la intensidad del placer. Estaba embistiendo la boca ajena mientras jalaba del cabello canoso, cuando sintió un cosquilleo que nació desde lo más profundo de su ser y terminó en la punta de su glande. Pronto una sustancia desconocida hasta ahora para él salió de su punta y Hank la recibió encantado con su lengua.

 

El mayor chupó con fuerza toda la esencia del jovencito, que se deshacía en gemidos y jadeos, disfrutando de los espasmos del orgasmo. Cuando acabó con hasta la última gota de semen azulado, el hombre abandonó su posición arrodillada frente al androide y volvió a sentarse en el borde de la mesa. En sus manos tenía las bragas que había usado el joven, las cuales había recogido del suelo.

 

Con los jadeos exhaustos y satisfechos de Connor como fondo, el mayor se llevó la mano, envuelta en las aquellas braguitas de encaje, a su propia erección. Se acarició la piel, haciendo fricción con el tejido aterciopelado. Connor miraba la escena, todavía turbado por la experiencia primeriza que había vivido.

 

El mayor se corrió con rapidez, soltando un erótico y gustoso gemido. Una sustancia blanquecina salió de la punta y aquella lechosa sustancia cayó en las braguitas, que seguidamente envolvió en su orgasmo, manchando todo el interior de la prenda con su corrida. Hank sonreía satisfecho con su obra.

 

- Ahora póntelas de nuevo, hijo –le susurró, ofreciéndole la prenda pegajosa.

 

Connor se sonrojó pero recibió el encargo. Deslizó sus gráciles piernas blancas a través de la tela y se ajustó su entrepierna en la prenda. Enseguida sintió la húmeda y viscosa sensación envolverle la piel.

 

La puerta del despacho se abrió silenciosamente, dejando salir a un joven encapuchado. El dependiente ya había terminado de ver el programa de televisión y estaba ordenando los estantes más cercanos. El joven miró hacia atrás, observando cómo Hank Anderson le observaba de vuelta.

 

- Que no te vuelva a ver por aquí, chaval –le dijo como despedida mientras le guiñaba un ojo, sellando un secreto que siempre compartirían, solo ellos dos.

 

Connor salió por la puerta de la tienda, calándose aún más si cabe la capucha de su sudadera.

 

En la noche de Detroit, el androide emprendió el camino hacia casa, sintiendo que, en cada paso que daba, el orgasmo de aquel guarda le envolvía por completo su entrepierna.

Notes:

Gracias siempre por leerme, por mandarme mensajes tan hermosos, por dejarme comentarios increíbles, por seguirme y por quererme. Os adoro <3

Chapter 9: 09. The Igby's Magic Forest

Summary:

The Igby's Magic Forest: “Trabajar en un parque de atracciones nunca había sido tan divertido”. [KINK: furry]

Chapter Text

El aroma a palomitas recién hechas y el sonido nostálgico de una caja de música lo envolvieron en cuanto cruzó el enorme portón de hierro forjado.

 

Dentro del parque de atracciones, distintas estructuras de colores pastel se elevaban en todas direcciones, algunas altas y extravagantes, otras con formas que parecían salidas de un cuento infantil. Los gritos de entusiasmo de los niños resonaban mientras corrían sobre los adoquines torcidos que cubrían el suelo. Connor alzó la vista hacia el cielo: un brillante manto azul se extendía sobre ellos, y el sol resplandecía en todo su esplendor. Era el día perfecto para empezar su nuevo trabajo.

 

Estaba nervioso, con un nudo en el estómago por el miedo y la emoción. No podía creer que había pasado la entrevista; sabía que no daba el perfil exacto, pero siempre había soñado con trabajar en un lugar lleno de magia como aquel. Y no se trataba de cualquier parque, sino del famoso The Igby’s Magic Forest, la primera gran atracción familiar de Detroit.

 

La sonrisa de Connor no podía ser más amplia mientras se dirigía a la recepción del personal, un edificio de oficinas discretamente ubicado tras una enorme noria. Dentro de ese parque, existía toda una vida urbana que los visitantes desconocían por completo. Ellos solo disfrutaban de las emociones que ofrecían las vertiginosas montañas rusas y demás atracciones; no veían los engranajes que hacían posible la magia.

 

—Disculpa —dijo a la chica de mirada perdida que estaba en la recepción. La recordaba de la entrevista de la semana pasada—. Hoy es mi primer día de trabajo. Me dijeron por teléfono que debía pasar por aquí...

 

—¡Ah, sí! —respondió ella, rebuscando entre los papeles de su escritorio—. Toma, esta es la llave de tu camerino. Está en la segunda planta. Allí encontrarás tu uniforme.

 

Connor tomó la llave, con una mezcla de asombro y emoción. ¿Camerino? ¿Había dicho "camerino"? Por un instante, se sintió como una estrella de cine. Subió las escaleras de dos en dos, con el corazón acelerado y una sonrisa que parecía no caberle en el rostro.

 

Dio con la puerta que decía "Vestuario" y buscó el número 7, el mismo que estaba grabado en la llave. Insertó la llave en la cerradura, pero al girarla, encontró resistencia. Empezó a sudar al ver que la puerta no cedía. ¿Se habría confundido de puerta?

 

Miró el número una vez más y se quedó en el estrecho pasillo, deseando que se abriera de una vez.

 

—¿Necesitas ayuda? —le preguntó una voz profunda y amable.

 

Connor giró la cabeza y vio que, desde el camerino número 5, había salido un hombre alto y robusto, con el pelo canoso y unas orejas peludas. Lo que más le sorprendió fue la enorme cola de pelaje blanco y negro que le asomaba detrás. Su expresión era seria, con unos intensos ojos azules; debía rondar los cuarenta… o quizá más, pues llevaba el rostro pintado con surcos negros alrededor de los ojos, como un tejón. Además, tenía finos bigotes y una nariz oscura que acentuaba su apariencia de animal. Connor lo miró fascinado: sí, parecía un tejón, un tejón gruñón y de mirada penetrante.

 

—Esto… —Connor señaló la llave atascada en la cerradura y miró al extraño—. No consigo abrirla, no sé por qué.

 

—Déjame a mí —dijo el hombre tejón, apartándolo suavemente con una sonrisa—. Tiene su truco.

 

Hizo un simple movimiento con el brazo, y la puerta se abrió sin esfuerzo. Connor lo miró agradecido, impresionado.

 

—¡Wow, eso fue genial! —dijo con entusiasmo—. Vas a tener que enseñarme, o te molestaré cada vez que necesite entrar.

 

—¿Eres el nuevo? —preguntó el hombre, apoyándose en la pared junto a la puerta.

 

—Sí, hoy es mi primer día… —Connor volvió a sentir ese nerviosismo en el estómago.

 

—Entonces, nos veremos por el parque. Bienvenido —dijo, dándole una palmada amistosa en el brazo a modo de saludo. Sin embargo, no le preguntó su nombre.

 

Connor lo observó mientras se alejaba, fijándose en cómo la cola esponjosa se movía de un lado a otro con gracia entre sus piernas. No pudo evitar soltar una pequeña risa: la imagen le resultaba extrañamente adorable. Con una sonrisa, miró hacia su camerino y, finalmente, entró. Sentía que acababa de dar un primer paso hacia algo nuevo.

 

El camerino era una pequeña habitación con una percha donde colgaba su uniforme, un espejo y un tocador con algunos productos de maquillaje. Había una banqueta, pero ninguna ventana. Al principio, sintió un leve chasco al ver que no era el camerino lujoso que había imaginado, pero enseguida cerró la puerta, decidido a ponerse manos a la obra con su uniforme.

 

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Después de pelear con la máscara de pestañas y el bote de purpurina, Connor finalmente salió del camerino 7. Se asomó con cautela al pasillo, avergonzado y asegurándose de que nadie lo estuviera mirando. Su nariz estaba decorada con una graciosa máscara de conejito, completa con largos dientes que imitaban las paletas de un adorable conejo. Se había pintado bigotes con lápiz de ojos y añadido unas pequitas decoradas con purpurina fantasía en las mejillas.

 

De su cabello sobresalían unas largas orejas de conejo de peluche blanco, una de las cuales caía ligeramente hacia un lado. Su atuendo se completaba con guantes de algodón blanco, adornados con un suave peluche en las muñecas y un redondo pompón de peluche en la parte trasera de sus bombachos, haciendo las veces de cola de conejo.

 

El resto del uniforme consistía en una camisa de botones y pantalones cortos abombachados en tonos pastel, combinados con un chaleco rojo y botas a juego. En las piernas llevaba medias blancas que terminaban dentro de los pantalones. Aunque se sentía ridículamente vestido, ya le habían advertido que tendría que perfeccionar su maquillaje todos los días. Lo que más le costaba era delinearse los ojos y aplicar la máscara de pestañas, pero admitía que el resultado le daba un toque adorable e inocente.

 

Bajó las escaleras con cuidado, intentando no llamar la atención. Abajo, le esperaba el guía que le enseñaría cuál sería su atracción asignada y le explicaría sus tareas. Sabía que estaría supervisado durante todo el día mientras recibía su formación. Connor tenía muchas ganas de empezar, pero temía cometer algún error.

 

No tardó en descubrir que su atracción asignada sería La madriguera de Peter, donde él interpretaría el papel de Peter. Estaba ubicada en el distrito del bosque profundo, justo al lado de La casita del Tejón Gruñón. Se preguntó si ese "Tejón Gruñón" sería el hombre que lo había ayudado el primer día. Secretamente, esperaba que así fuera; después de todo, le había gustado la profunda voz de aquel hombre.

 

Durante los primeros días, sus tareas serían sencillas: recibir a los niños, animarlos a subirse a los carritos y asegurarse de que cada uno cumpliera con los requisitos de seguridad. Le dieron una formación exhaustiva sobre los controles de la atracción, que consistían en una palanca y dos botones para los frenos. También le enseñaron algunos secretos técnicos de la madriguera, una especie de enorme túnel con distintas curvas, subidas y bajadas que hacían las delicias de los niños.

 

Una tarde, cuando ya llevaba unos días en su rol de "Peter", el Tejón Gruñón de la casita vecina se acercó para saludarlo.

 

—¿Qué tal lo llevas, Peter? —preguntó el hombre con su simpático atuendo, que parecía hecho a su medida.

 

Connor ya no se sorprendía de que lo llamaran Peter; todos los niños repetían su nombre cientos de veces al día. Recibía abrazos y besos de ellos como si fuera una estrella. Para alguien que siempre había querido ser actor, aquello era un pequeño sueño hecho realidad.

 

—Bien, señor Tejón —respondió Connor, esbozando una sonrisa mientras intentaba corresponder a su amabilidad; no conocía aún su nombre—. ¿No tiene visitas en su casita?

 

—No, por suerte no. Odio las visitas —gruñó el hombre, apoyándose en las barras de la entrada de la atracción, mientras su pelaje brillaba al sol—. No lo haces nada mal, chaval; te he visto desde mi puesto. Se nota que esto te encanta.

 

—Gracias… —Connor se sonrojó, aunque su rubor era invisible bajo el maquillaje mágico, lleno de purpurina y colorete—. Me queda mucho por aprender todavía.

 

—Este trabajo es una mierda —dijo el hombre con una mezcla de sarcasmo y melancolía—. Pero tú haces que parezca… —pareció buscar la palabra adecuada— un sueño.

 

La risa de Connor resonó en el aire, y el tejón sonrió, complacido al escucharlo.

 

—¿Te gustaría dar una vuelta por el parque cuando termines tu turno? —preguntó el hombre de pronto, sorprendiendo a Connor—. Solo si te apetece, sin compromiso.

 

—¡Me encantaría! —respondió Connor sin dudar.

 

—Te paso a buscar a tu madriguera a las cinco.

 

Sin decir nada más, el hombre se marchó a atender su propia atracción, y Connor se quedó con una sonrisa en el rostro, sintiendo el corazón latirle rápido. La mañana se le hizo interminable con la expectativa de aquella “cita” inesperada con el señor tejón. Después de su turno, recorrerían juntos el parque, y Connor casi no podía esperar. Uno de los beneficios de trabajar en The Igby’s Magic Forest era que los empleados podían disfrutar de las atracciones después del horario laboral. Estaba tan entusiasmado que algunos padres se quejaron de que el carrito de la atracción iba un poco demasiado rápido.

 

A medida que se acercaban las cinco, Connor revisaba la hora cada pocos segundos. Finalmente, justo antes de que llegara su compañero de la tarde para relevarlo, vio las inconfundibles orejas redondeadas del señor tejón asomarse por la madriguera. Connor sintió una mezcla de alegría y nervios al verlo.

 

—¿A qué esperas, Peter? ¡Ya son las cinco! —dijo el hombre, golpeándose suavemente la barriga, que le sobresalía de manera divertida como parte del disfraz.

 

El relevo llegó, otro Peter cuya identidad Connor aún desconocía (con tantos empleados en el parque, era imposible aprenderse todos los nombres tan rápido), y él quedó libre para bajar las escaleras de la atracción. Al principio, un silencio algo incómodo se instaló entre ellos mientras caminaban. Desconocían los nombres reales del otro, y se llamaban por los nombres de sus personajes, lo que a Connor le había resultado raro al principio, pero pronto se sintió cómodo en el papel de Peter, el conejo.

 

Aún disfrazados, caminaron tranquilamente por el parque, rodeados del vibrante colorido de las atracciones, cada una atendida por empleados caracterizados según la temática del bosque. Casi todos saludaban al señor tejón al verlo pasar; él devolvía el saludo, aunque parecía no conocer a la mayoría. También vieron al gato Igby, la mascota oficial del parque, que se paseaba en su gran disfraz de gato, con una cabeza gigante que ocultaba al empleado que lo animaba desde dentro.

 

Pasaron junto a un puesto de algodón de azúcar que despedía un aroma dulce y tentador. Los algodones venían en una variedad de colores y tamaños, y Connor no pudo evitar mirarlos con anhelo. Después de un día de trabajo, no había comido nada, y se le hizo agua la boca.

 

—¿Te apetece uno? —preguntó el señor tejón, moviendo los bigotes en una sonrisa amistosa—. Me olvidé de que quizá tienes hambre. Soy un desastre.

 

Antes de que Connor pudiera responder, el tejón se acercó al dependiente del puesto, un joven pelirrojo con una sonrisa cálida que saludó con entusiasmo.

 

—¡Tejón Gruñón! —dijo el chico en un tono suave—. ¿Ya terminaste por hoy?

 

—Sí, Jerry, ahora estoy aquí por placer —dijo el señor tejón, señalando a Connor con un leve gesto de la cabeza—. Este de aquí es el nuevo Peter, de la atracción que está junto a la mía.

 

—Encantado, Peter. Yo soy el humano Jerry —respondió el joven con una sonrisa, mostrando orgulloso su uniforme, que, a diferencia del de los demás, no tenía ningún toque de animal—. ¿Qué desean, chicos?

 

—Dame uno de los grandes —respondió el señor tejón, señalando el algodón de azúcar tamaño gigante—. De color rosa, para el conejito.

 

Con una sonrisa burlona, le dio un codazo a Connor, quien, otra vez, sintió el calor en las mejillas. Ahora, con el enorme algodón de azúcar rosa en la mano, su disfraz de conejo parecía aún más dulce e inocente. El señor tejón lo observaba con cierta curiosidad mientras Connor mordisqueaba su algodón.

 

—¿Está bueno? —preguntó el hombre mientras paseaban por la zona del lago. Allí había una atracción de pequeñas barcas que seguían un recorrido en un circuito cerrado—. ¿Te parece si subimos?

 

—¡Claro! —contestó Connor, encantado con la idea.

 

Hicieron la fila como el resto de los visitantes, y tras saludar a la señora rana, que controlaba la atracción, se subieron a una de las barcas. Al principio, Connor sintió un leve pánico cuando la barca se balanceó, pero el señor tejón le dio una palmada tranquilizadora en el hombro.

 

—Tranquilo, he subido muchas veces. Es seguro —dijo, ayudándolo a sentarse antes de subir él mismo y tomar los remos.

 

Comenzó a remar despacio en dirección este, mientras Connor seguía disfrutando de su algodón de azúcar. Estaba tan delicioso y suave que no se dio cuenta de que sus labios se habían manchado de azúcar teñida de rosa. El señor tejón lo miraba, divertido, sin decirle nada.

 

—¿Te gusta trabajar aquí? —preguntó el tejón, rompiendo el silencio.

 

—¡Muchísimo! Siempre había querido trabajar en un lugar así —respondió Connor, feliz—. Antes era oficinista; todo muy gris y aburrido.

 

El señor tejón soltó una carcajada sarcástica.

 

—Dímelo a mí…

 

—¿Y tú llevas mucho tiempo aquí? —preguntó Connor con curiosidad.

 

—Sí, unos años ya. Me despidieron de mi anterior trabajo —respondió el hombre, cambiando de tema rápidamente—. Te queda bien el disfraz, Peter.

 

Connor casi se atragantó con el algodón de azúcar. Sintió cómo el calor subía por debajo del disfraz y los guantes.

 

—¿G-gracias? —respondió, titubeando, sin saber qué decir—. Ahora que lo pienso, no te he visto sin el disfraz aún…

 

—¿Disfraz? ¿Qué disfraz? —respondió el señor tejón con una sonrisa divertida—. Yo soy el Señor Tejón Gruñón, chico.

 

Ambos rieron por la broma.

 

—No te he ofrecido nada… estaba tan hambriento. ¿Quieres un poco? —dijo Connor, extendiendo el algodón de azúcar.

 

El señor tejón lo miró con una expresión pensativa, sus orejas en punta y el bigote ligeramente ladeado.

 

—Prefiero otra cosa… —dijo en un tono misterioso—. Pero te robaré un poquito.

 

Dejó uno de los remos en el soporte y alargó la mano para pellizcar la nube rosa. Sin querer, sus manos se rozaron. Las del señor tejón, enfundadas en felpa suave, y las de Connor, en guantes blancos. Aun así, Connor sintió claramente el contacto y sintió que sus orejas —las de verdad— se ponían rojas.

 

Cuando terminaron el paseo en barco por el río lento, decidieron ir a la zona de ocio y restauración, donde ambos se compraron un helado. A Connor, que era un chico goloso, le encantaba lo dulce, y sabía que trabajando en un parque de atracciones lleno de deliciosas y tentadoras golosinas, tendría que hacer bastante ejercicio en su tiempo libre para no ganar veinte kilos en un mes. El señor tejón lo observaba atentamente mientras Connor lamía su pequeño cono de helado con su lengua rosada; sus ojos azules se entrecerraban, como si fuera un zorro acechando a su presa.

 

Caminando por la zona con el atardecer de fondo, Connor se detuvo frente a una máquina de peluches. Vio uno que representaba a Peter, el conejo, el personaje que él interpretaba. El peluche tenía su misma ropa y era un conejo blanco de felpa, con una apariencia adorable y suave. Connor lo miró con anhelo a través del cristal.

 

El señor tejón, aún con su helado en la mano, se acercó a él y sacó una moneda del bolsillo de su chaleco.

 

—Toma, sujétame esto —le dijo, pasándole el helado. Connor, sorprendido, se quedó con un helado en cada mano mientras el hombre se posicionaba frente a la máquina y metía la moneda—. Vamos a ver si tenemos suerte…

 

Después de intentarlo varias veces y de parecer victorioso en más de una ocasión, el peluche de conejo quedó atrapado en las pinzas, y con un movimiento preciso, lo elevó hasta dejarlo caer en el cajón de premios. Connor dio pequeños saltos de alegría; sus orejitas se movían con él, y el pompón de su disfraz se meneaba suavemente. El señor tejón lo miraba con una mezcla de satisfacción y diversión.

 

—¡Gracias, señor tejón! ¡Es precioso! —dijo el joven, devolviéndole el helado y recibiendo el peluche con la otra mano, apretándolo contra su pecho.

 

—Definitivamente se parece a ti —comentó el señor tejón, dándole una mordida a su helado de chocolate, dejando una mancha en sus labios.

 

—¡Oh, señor tejón! —Connor paró en seco al darse cuenta—. ¡Tiene un poco de chocolate ahí! —señaló con su dedo enguantado, indicando el lugar.

 

El señor tejón sacó la lengua y se limpió de un lametón, mientras Connor sentía que sus mejillas se encendían una vez más. Le agradecía al maquillaje que cubriera las veces que aquel hombre, con cara y cola de tejón, lograba ponerlo nervioso.

 

Al finalizar su cita, ambos decidieron regresar al camerino para cambiarse y recoger sus cosas. Connor sentía pocas ganas de volver a su solitario apartamento de estudiante. Vivía en un pequeño estudio, nada comparable a aquel enorme y mágico bosque lleno de criaturas misteriosas.

 

Subieron las escaleras bajo la atenta mirada de la recepcionista y, al llegar al pasillo, Connor sabía que era momento de despedirse.

 

—Bueno… —empezó, al llegar a la puerta número 7, sintiendo cómo le pesaban las llaves en el bolsillo—. Ha sido un placer, señor tejón.

Connor, queriendo ser formal, alzó la mano frente al señor tejón. El hombre lo miró de arriba abajo en silencio, con una expresión que no dejaba entrever sus intenciones. Justo cuando Connor iba a bajar la mano, el tejón levantó la suya y la estrechó, dejando que el roce de sus disfraces se sintiera entre sus dedos.

—El placer… —dijo el señor tejón con una leve sonrisa, y en un movimiento inesperado, tiró suavemente de su mano, haciendo que Connor cayera contra su amplio pecho—. Ha sido mío.

Y con esas palabras, se inclinó y lo besó. Connor, aturdido por la sorpresa, se quedó paralizado por un instante, sin apartarse de inmediato. El señor tejón soltó un leve suspiro al probar sus labios, que tenían un sutil sabor a caramelo y vainilla. Eran tan suaves y frescos como los había imaginado durante toda la tarde.

Cuando el conejito intentó apartarse, el tejón lo retuvo contra la puerta del camerino, colocando un brazo sobre su cabeza y manteniéndose cerca, sin permitirle más distancia.

 

—Señor… —susurró Connor, con un leve temblor en la voz, apretando el peluche de conejo contra su pecho.

—¿Sabías que los tejones… comen conejos? —preguntó el hombre en tono juguetón, sus ojos azul zafiro brillando aún más bajo el maquillaje negro que rodeaba sus párpados.

Con un toque suave, el tejón pasó su zapa por las orejas de conejo de Connor, deteniéndose en la que caía sobre su cabeza. Connor sintió un calor repentino recorrer su cuerpo; su corazón latía tan fuerte que pensaba que él también podría escucharlo.

 

—¿Quieres que entremos a tu camerino? —le preguntó el Señor tejón, con un tono cargado de expectativa. Las señales que había recibido no podían estar muy equivocadas.

 

Connor tragó saliva y de pronto se lo preguntó a sí mismo: ¿Quería que entrara? Y no sabía qué parte de su cuerpo había respondido. Pero respondió muy alto y claro.

 

—Sí… —contestó, dándose la vuelta con la llave en la mano, sintiendo la presencia del tejón justo detrás de él.

Su colita de conejo, redondita y mullida, rozó al Señor tejón cuando se inclinó para abrir la puerta, y el hombre cerró los ojos un segundo, como anticipando lo que estaba por venir. Nervioso, Connor intentó abrir la puerta, pero sus manos temblaban. Entonces sintió las peludas manos del tejón sobre las suyas, girando la llave con facilidad y abriendo la puerta a esa esperada intimidad.

La habitación era pequeña, pero suficiente para los dos. El tocador donde Connor se transformaba cada día en Peter, el conejo, era ahora el único soporte necesario. Cuando la puerta se cerró, la cercanía y la tensión flotaban en el aire.

—¿Por dónde empiezo…? —preguntó el señor tejón con una sonrisa juguetona, llevándose una mano a la incipiente barba en su mentón. Su nariz de animal, adornada con bigotes, se movió ligeramente en un gesto divertido.

 

Sus manos fueron directamente a los botones de la camisa de Connor, que se sentó sobre el tocador, con la respiración agitada. Las zarpas de tejón fueron desabrochando cada botón, dejando al descubierto su pecho blanco y lampiño. Pronto la camisa cayó, y Connor sintió el contacto de las manos peludas y enguantadas del mayor, acariciándolo sin reservas.

 

Sus pezones rosados y sensibles se erizaron, provocando un leve cosquilleo cuando el pelaje del tejón los rozaba. El mayor no dejó pasar la oportunidad y pronto comenzó a atenderlos, dejando un rastro de saliva mientras los besaba y mordisqueaba con cuidado.

 

—Oh, señor tejón… —suspiró Connor, estremecido al sentir las mordidas del tejón en su cuello y hombros, que dejaron pequeñas marcas—. Es cierto que usted come conejos…

 

—Y aún ni siquiera he empezado, cariño… —le susurró el tejón al oído, pasando la lengua lentamente por su lóbulo.

 

Connor gimió y se aferró a la ropa del tejón, deseando desnudarlo también. Era su primera vez, pero el deseo lo impulsaba a tocarlo, a descubrir su piel y sentir sus caricias. Nunca había estado tan excitado, y el bulto que se le formaba en los pantalones de suave tela azul pastel era la prueba evidente de su creciente deseo.

 

El tejón, con su instinto cazador, notó la situación y aprovechó la oportunidad, masajeando suavemente la protuberancia sobre la ropa. Mientras Connor intentaba desvestirlo con manos torpes y ansiosas, el tejón continuaba su exploración, sin perder el ritmo de sus caricias.

 

El pecho del tejón, cubierto de vellos entrecanos, quedó al descubierto, y las manos de Connor, delicadas como las de un conejito, recorrieron su torso y su cuello, bajando hasta su vientre. El señor tejón también sentía su propio deseo, claramente marcado bajo sus pantalones. Connor, dejándose llevar por el calor del momento, decidió tomar la iniciativa, sus nervios fundiéndose con una intensa curiosidad.

 

—Creo que tengo hambre… —dijo Connor, mirándolo con esos ojos marrones que el señor tejón había deseado desde el primer momento en que lo vio.

 

Con movimientos lentos, el joven bajó del tocador y se arrodilló frente a él, justo a la altura de su pubis. La cola de tejón, larga y peluda chocó contra la puerta mientras el hombre apoyaba su cuerpo en ella, expectante.

 

El suave sonido de la cremallera rompió el silencio de la habitación, seguido de un leve jadeo de sorpresa al ver lo grande que era la polla de su cazador.

 

—¿Te gusta la zanahoria que tengo para ti? —preguntó el tejón, con un tono juguetón, sosteniendo su polla para acercársela a la boca del conejito. Los dientitos y el hocico falso del conejo se movieron en un gesto que lo hizo parecer aún más adorable. La purpurina bajo sus ojos maquillados brillaba incluso en la penumbra del camerino.

 

El conejito llevó sus patitas enguantadas a la base del pene, sosteniéndolo con una mezcla de nerviosismo y curiosidad. Con un temblor en sus labios de color cereza, sacó su lengua y la deslizó por el suave glande, notando lo caliente que estaba y el sabor ligeramente salado que tenía. Pronto, comenzó a darle pequeñas lamidas, como un conejito bebiendo agua de su bebedero. El tejón se deshizo en suspiros de placer, mientras observaba el pequeño pompón del disfraz de Connor balancearse, provocándole aún más.

 

—Está deliciosa, señor Tejón… —dijo Connor en un susurro, mirándolo desde abajo y atreviéndose a deslizar su mano enguantada por la longitud de su erección, acariciándolo con suavidad.

 

Pronto, Connor intentó meterse toda la polla en su pequeña boca, aunque descubrió que no podía abarcarla como deseaba. Sin embargo, se dedicó con esmero a chupar la punta y a lamer toda la extensión, dejándola bien húmeda con su dulce saliva. No quería parar de chuparla y de comérsela, sentía su propia polla explotar dentro de sus pantalones, pero chupar el miembro que tenía delante era lo más delicioso que había probado en su vida y no parar por nada en el mundo. Sujetaba firmemente el pene desde el pubis y movía su cabeza de arriba abajo y en círculos, lamiendo cada parte con una devoción creciente. Sus orejitas de conejo rozaban el estómago del tejón, quien comenzaba a dar pequeñas embestidas con las caderas, buscando más contacto, mientras cerraba los ojos, dejándose llevar por la sensación de los labios suaves del conejito recorriendo su piel.

 

Cuando el tejón sintió que el clímax se acercaba, detuvo a joven con una suave presión en su cabello.

 

—Shhh… —murmuró, guiándolo hacia atrás. Connor, con la lengua aún fuera, sobresaliéndole de graciosa prótesis de nariz de conejo, alzó la mirada hacia él, sus ojos marrones suplicantes se encontraron con los intensos ojos azules del tejón—. Ya has comido suficiente zanahoria con esa boquita golosa.

 

—¿No puedo comer más? —preguntó el conejito, permitiendo que el hombre lo levantara con suavidad del suelo. Sus labios se encontraron de nuevo en un beso profundo.

 

Sus lenguas se entrelazaron mientras el tejón desabrochaba lentamente los pantaloncitos de Connor, dejándolos caer junto con la colita de conejo que llevaba. Pronto quedaron al descubierto sus muslos cubiertos por medias blancas que llegaban hasta la mitad de la pierna, y el tejón dejó las medias y las botas intactas, eliminando el resto de la ropa con calma y dedicación.

 

—Vas a seguir comiendo, pero por otro sitio… y te va a gustar aún más —le murmuró el tejón mientras tomaba el rosado y erecto pene del joven en su mano, girándolo lentamente. Connor obedeció, quedándose de pie frente al espejo del tocador, apoyando los brazos en el mueble con la espalda arqueada y el trasero ligeramente levantado.

 

A través del espejo, el tejón le dedicó una mirada intensa mientras se quitaba un guante peludo. Con su mano desnuda y firme, acercó los dedos a la boca del conejito, que los recibió con un jadeo entrecortado. El tejón deslizó sus dedos en la cálida cavidad de su boca, explorando su lengua y rozando sus largas paletas. Connor miraba su propia imagen en el espejo, sus ojos marrones atrapados en la lujuria azul de los del tejón. Sentía su pene latiendo de deseo, goteando ligeramente presemen sobre el tocador.

 

Cuando los dedos estuvieron bien lubricados, el tejón los deslizó suavemente hasta las nalgas de Connor, de un blanco similar al marfil, y comenzó a acariciar su entrada con movimientos bien deliberados. Notó la tensión en el cuerpo del joven mientras exploraba, pero insistió con suavidad hasta que un dedo se hundió lentamente en el cálido y estrecho agujero, penetrándolo hasta la mitad.

 

—Ya estamos entrando en la madriguera del conejo —susurró el tejón, acariciando su espalda baja mientras Connor soltaba un gemido al sentir cómo un segundo dedo se unía al primero—. Relájate…

 

El conejito cerró los ojos, respirando profundamente mientras aquellos dedos se movían dentro de él, abriendo un espacio cada vez más necesitado de algo más intenso. La arruguita en su ceño se suavizó cuando comenzó a sentirse más dilatado; su cuerpo empezó a desear algo más grande que lo llenase.

 

—Quiero tu zanahoria, señor tejón… —suplicó, con la voz apenas en un susurro entrecortado. La purpurina en sus mejillas reflejaba la luz del camerino, haciéndolo brillar en el espejo.

 

No necesitó insistir mucho más. Pronto sintió el grosor del miembro del tejón entre sus nalgas, el suave y redondeado glande empujando lentamente contra él. Con un leve quejido, Connor se abrió para darle paso.

 

—Qué estrecho… dios, qué bueno… —murmuró el tejón, dejándose llevar por la intensidad del placer.

 

Quedaron unidos durante unos segundos que parecieron horas, mientras el conejo sentía cómo su cuerpo se adaptaba a la polla que lo penetraba. Cuando el tejón ya no pudo resistir más, comenzó a moverse con suavidad, estableciendo un ritmo lento, como en una mecedora. Cada embestida era como un baile sensual, y con cada movimiento, Connor sentía que sus piernas perdían fuerza, mientras de su interior surgía un gemido de puro placer.

 

Cerró los ojos, apartando su mirada del reflejo erótico en el espejo, y llevó una mano enguantada a su propio pene, que rogaba por atención. Comenzó a acariciarse mientras el tejón, con las manos firmemente agarradas en su cintura, continuaba aumentando el ritmo.

 

La cola del tejón se movía en cada embestida, y las medias blancas de Connor brillaban suavemente con cada roce. Sus piernas abiertas, su espalda arqueada y su culo levantado componían una imagen de entrega total, un acto de amor y pasión a su depredador.

 

—Ah… creo que me voy a correr —anunció entre jadeos, abriendo los ojos, sorprendido por la oleada de placer que lo envolvía—. Me corro…

 

El tejón aumentó la fuerza de sus movimientos, chocando su cuerpo contra el de Connor con un ritmo húmedo y pegajoso. Pronto, ambos sintieron cómo, por unos segundos, sus almas animales se unían en un clímax compartido. La mano libre de Connor se apoyó en el espejo del tocador, y la garra peluda del tejón se posó sobre ella, en una caricia íntima y cómplice.

 

El orgasmo de Connor fluyó libremente, manchando su mano enguantada y parte del tocador, mientras a su vez sentía cómo el calor del delicioso semen del tejón lo llenaba por dentro. Se corrió con una satisfacción aún más profunda, sintiendo la calidez que lo marcaba y rellenaba. Cuando sus cuerpos alcanzaron el máximo, ambos sintieron la inevitable caída libre. Exhaustos, jadeaban en el pequeño camerino, que aún resonaba con el eco de su encuentro. El espejo había sido un testigo mudo de aquel apareamiento digno del bosque.

 

Se miraron una vez más, despegando sus cuerpos sudorosos. El tejón, sorprendido y ligeramente sonrojado, tenía el maquillaje un poco corrido por el sudor.

 

—Ha sido… —murmuró el conejito, con ambas orejas caídas por el esfuerzo. Sus dientecitos asomaban en su rostro aún excitado—. Ha sido increíble.

 

El tejón soltó una risa suave mientras se volvía a vestir, arreglándose el uniforme. Connor lo observaba, aún apoyado en el tocador, descansando sus piernas temblorosas y sintiendo cómo el rastro de su cazador se escurría lentamente entre sus nalgas.

 

—Señor tejón… —susurró Connor. El hombre, ya casi vestido, lo miró de reojo.

 

—Puedes llamarme Hank —respondió con una sonrisa. Connor sonrió también, de oreja a oreja, dejando ver el hoyuelo en su mejilla izquierda.

 

—Hank… —repitió, saboreando el nombre que, a partir de ese momento, sería su favorito—. ¿Volverá el tejón a atrapar al conejo?

 

El tejón guardó silencio unos segundos mientras abría la puerta del camerino.

 

—Este viejo y gruñón tejón solo se alimenta de conejos, hijo… —respondió, guiñándole un ojo con un toque seductor.

 

La puerta se cerró tras él, dejando a un conejito desnudo y marcado por la pasión, que ahora esperaba con ansias el día siguiente, decidido a ser el conejo más apetecible que The Igby’s Magic Forest hubiera tenido jamás.

Chapter 10: Why don't you do right

Summary:

“Connor trabaja en un tugurio nocturno, necesita un héroe que lo rescate”. [KINK: travestismo + creampie]

Notes:

NOTA: Hank Android (HK800) y Connor Human.

Chapter Text

El estilizado cuello del androide, con su pelo plateado recogido en una impecable coleta, se asomó por la entrada del Jerico Club, un local nocturno envuelto en sombras y luces de neón. Su apariencia seria y perfectamente pulida atrajo varias miradas mientras cruzaba la sala con pasos firmes y calculados hacia una de las mesas cercanas al escenario. Su porte, casi imponente, generó murmullos de interés entre algunos clientes que aguardaban el inicio del espectáculo. El uniforme que portaba, con el intrincado bordado de su serie numérica, relucía con destellos metálicos en la penumbra íntima del lugar.

Cuando tomó asiento, rechazó con un movimiento casi imperceptible la oferta de una camarera vestida de forma sugerente. Los androides como él no comían ni bebían; sus cuerpos no necesitaban de esas banalidades humanas. Él no estaba ahí para disfrutar del ambiente, sino con un propósito definido. Era un androide detective, HK 800, conocido simplemente como Hank. Su presencia en el Jerico Club obedecía a una búsqueda. Observaba con atención el escenario, donde un telón de terciopelo rojo cubría lo que pronto sería el foco de todas las miradas.

El murmullo de la sala fue apagándose hasta convertirse en un silencio expectante. La tenue luz ambiental desapareció por completo, reemplazada por un único haz de luz blanca que iluminaba el telón. La música comenzó, lenta y seductora, un preludio cargado de anticipación. De entre las suaves ondas del terciopelo, surgió primero una pierna estilizada que se flexionaba con gracia, como una invitación a los sentidos.

El telón, rojo como el vino, se separó con un movimiento fluido, revelando finalmente una silueta femenina que parecía vestida de puro brillo, como si su atuendo estuviera compuesto de diamantes. Hank se reclinó ligeramente en su asiento, llevándose una mano a la barbilla, sus ojos intensos analizando cada detalle de la escena con la curiosidad fría y meticulosa de un detective. A medida que el número musical daba comienzo, la sala estalló en un coro de silbidos y murmullos excitados, contrastando con la quietud calculada de Hank. Pero en su mente no había lugar para la distracción; cada movimiento y cada reflejo de luz sobre aquella figura centelleante era un dato, una posible pista, un fragmento de la verdad que había ido a buscar.

La voz de la mujer, cálida y seductora, llenaba el ambiente mientras cantaba con una intensidad tan cargada de sensualidad que parecía envolver al público en una danza íntima y magnética. Cada movimiento de su cuerpo, fluido y provocativo, parecía calculado para hipnotizar, contorneándose con gracia sobre unos impresionantes tacones a juego con su llamativo conjunto. Se deslizó hasta una pared cercana, apoyándose en ella con una languidez calculada antes de dejarse caer suavemente al suelo, en una expresión de vulnerable poderío. Sus brazos, enfundados en largos guantes de seda morada que le alcanzaban el antebrazo, se movían con la elegancia de una coreografía implícita. Su cabello pelirrojo caía como una cascada ardiente, cubriendo un lado de su rostro, mientras el otro revelaba un maquillaje impecable: sombras violetas que intensificaban su mirada y labios teñidos de un rojo fuego que parecían emitir calor propio.

La melodía de su canción fluía entre el humo del escenario y las respiraciones contenidas del público, mientras sus ojos sensuales recorrían lentamente la sala, explorando y atrapando miradas con la seguridad de quien conoce su poder. En un momento, su mirada se detuvo, como si hubiera encontrado lo que buscaba, y se clavó en Hank.

El androide no apartó la vista, sus ojos brillantes y analíticos permanecían fijos en ella, como si intentara descifrar un enigma oculto tras cada palabra que modulaban sus labios. Para el resto, aquel intercambio parecía apenas un gesto más en el arte de la seducción. Para Hank, sin embargo, era un juego distinto, una conexión cargada de preguntas sin responder, en la que la cantante era más que un simple espectáculo: era un posible eslabón en su búsqueda.

"You had plenty money, 1922..."

La voz de la cantante, seductora y cargada de una intensidad casi hipnótica, flotaba en el aire como una bruma intoxicante mientras avanzaba por la pasarela que rodeaba a los clientes. Cada paso resonaba con el eco de sus tacones, dibujando el compás de la canción. Su vestido, ajustado como una segunda piel, brillaba con cada movimiento bajo las luces del club, desatando murmullos y miradas hambrientas entre el público.

Un hombre, incapaz de contener su entusiasmo, se levantó torpemente de su silla y lanzó un puñado de billetes hacia ella. La cantante se detuvo frente a él, sus labios dibujando una sonrisa apenas perceptible. Desde su altura, lo observó con una mezcla de burla y autoridad, inclinando la cabeza con teatralidad. Sin interrumpir la canción, levantó su pierna con elegante precisión y, con un taconazo decidido, obligó al hombre a volver a sentarse. El pobre diablo, atrapado entre la humillación y el éxtasis, dejó escapar un jadeo mientras el público se agitaba entre risas y aplausos silenciosos.

"Why don't you do right, like some other men do..."

Su voz resonaba con fuerza mientras se acercaba al final de la pasarela, bajando por los escalones con movimientos fluidos, como si flotara. Su atención se desvió hacia un hombre sentado cerca de Hank. Con una sonrisa ladina y un destello travieso en los ojos, se inclinó hacia él, rozándole la espalda con una caricia ligera que dejó al hombre petrificado, sus ojos abiertos como platos.

Finalmente, su mirada se encontró con la de Hank. La frialdad del androide chocó con la chispa de desafío en los ojos de la cantante. Se acercó lentamente, cada paso cargado de intención, hasta que sus rostros estuvieron a un suspiro de distancia. Sin dejar de cantar, dejó caer su peso ligeramente sobre las piernas del androide.

"Get out of here, get me some money too..."

Hank no apartó los ojos de ella, pero una leve sonrisa se dibujó en sus labios, apenas perceptible, como si aquel gesto fuera un desafío silencioso. La mujer, astuta como una felina, deslizó sus manos enguantadas por dentro de la chaqueta del androide, buscando algo que solo ella sabía. Sin previo aviso, lo empujó hacia atrás con un gesto firme, apartando su rostro con la palma de su mano enguantada. El androide emitió un gruñido bajo, una reacción instintiva que apenas pudo controlar.

Ella regresó a la pasarela con una risa suave, mientras Hank la seguía con el ceño fruncido, su mirada fija en cada movimiento de la mujer. Pero cuando parecía que lo había dejado atrás, la cantante se detuvo. Giró con la gracia de una cazadora y regresó hacia él con una sonrisa maliciosa. Antes de que pudiera reaccionar, ella lo agarró por la corbata, tirando de él con fuerza suficiente para inclinarlo hacia adelante.

"Why don’t you do right… like some other men do."

Sus palabras se derramaron como un susurro, mientras lo mantenía cerca, su aliento perfumado acariciando el rostro de Hank. Poco a poco, fue soltando la tela de su corbata, alejándose con una calma provocadora. Hank, rígido pero incapaz de apartar la vista, notó las miradas envidiosas de los otros clientes, quienes hubieran dado cualquier cosa por estar en su lugar.

Mientras la veía alejarse, sus caderas moviéndose en un vaivén hipnótico que parecía sincronizado con el latido de la música, Hank sintió algo extraño. Una oleada de calor recorrió su sistema, un rubor artificial coloreando sus mejillas metálicas. Había conseguido desestabilizarlo. Se sentía… excitado.

El espectáculo llegó a su fin en medio de un aplauso apasionado que resonó por todo el salón. Pero Hank no aplaudió. Permaneció sentado, recordándose a sí mismo por qué estaba allí. No había venido a disfrutar.

Cuando las luces se encendieron lentamente, Hank se levantó con determinación. Sus ojos seguían el camino que ella había tomado al desaparecer tras el escenario. Ahora que el espectáculo había terminado, era momento de continuar con su misión. Con pasos firmes, se dirigió hacia el backstage, decidido a encontrar a la estrella que, sin duda, ya estaría liberándose de aquel vestido ajustado que tanto había captado su atención.

Hank atravesó la puerta que conducía al backstage y fue recibido por un gorila de dos metros, vestido de negro, con una expresión que habría intimidado a cualquiera. El grandullón le bloqueó el paso con un brazo como un tronco, mirándolo con desconfianza.

—No se puede pasar —gruñó, su voz grave resonando en el pasillo.

Hank no dijo nada. Simplemente sacó su insignia de investigador y se la mostró al portero, quien, tras un momento de duda, se apartó con un resoplido, dejando que el androide cruzara al interior.

El pasillo era un caótico desfile de colores y sonidos. Mujeres y hombres pasaban apresurados, vestidos con lentejuelas, plumas y trajes brillantes. Pelucas multicolores adornaban las cabezas de algunas estrellas, mientras risas y conversaciones llenaban el aire. El olor de maquillaje, perfume y sudor formaba una mezcla única que se impregnaba en el ambiente. Hank avanzó entre aquel bullicio, pero sus sentidos avanzados captaron algo más específico: el aroma dulzón y floral de la cantante que había estado sobre el escenario.

Siguiendo ese rastro casi invisible, llegó hasta el final del pasillo. Una última puerta le esperaba, marcada con un letrero de estrella dorada. Hank alzó la mano y tocó suavemente, tres golpes medidos.

—¿Quién es? —preguntó una voz desde dentro, clara pero con un matiz de juventud.

—Soy Hank, el androide enviado por el Departamento de Policía de Detroit —respondió él, pausando un instante antes de añadir—. Necesito hablar con usted. Sólo le robaré unos minutos.

Un silencio tenso siguió a sus palabras. Después de lo que parecieron interminables segundos, la puerta se abrió. Al otro lado estaba la misma figura que había cautivado a todos en el escenario, pero ahora en una versión despojada de su glamour teatral.

El joven llevaba una rejilla que contenía su oscura cabellera, aún húmeda por el sudor del espectáculo. Sus ojos seguían maquillados con la sombra violeta, y sus labios conservaban el intenso rojo salvaje que los había hecho brillar bajo las luces. Estaba envuelto en una bata de satén que, aunque ligera, dejaba intuir las mismas curvas que habían hipnotizado al público. Sin embargo, había algo que no podía ocultar: su prominente nuez de Adán sobresalía en el pálido cuello.

—¿Y qué quiere de mí el Departamento de Policía de Detroit? —preguntó con una mezcla de suspicacia y sarcasmo, alzando una ceja mientras sus ojos lo analizaban.

—¿Puedo pasar? —pidió Hank con tono neutro. Necesitaba privacidad para lo que venía.

El joven lo evaluó un momento antes de apartarse con un gesto ligero, permitiéndole entrar en la habitación.

El espacio era modesto, funcional. Un pequeño diván descansaba contra la pared, junto a un tocador repleto de cosméticos, peines y frascos de perfume. Frente al tocador, un espejo enorme reflejaba toda la estancia, amplificando el caos ordenado de una vida dedicada al espectáculo. Un vestidor abierto dejaba a la vista una colección de trajes de lentejuelas y accesorios que parecían más propios de un museo que de un camerino.

—¿Y bien…? —preguntó el joven mientras cerraba la puerta tras ellos. Se acercó al tocador, tomó un cigarro y lo encendió con movimientos deliberadamente femeninos. Sus dedos largos y estilizados sostenían el cigarro con elegancia mientras cruzaba los brazos, exhalando el humo lentamente—. ¿Qué le trae por aquí, señor detective?

Hank se mantuvo firme, observando cada detalle del lugar y de la persona frente a él. El aire estaba cargado, no solo de humo, sino de una tensión sutil, como si ambos supieran que esa conversación estaba a punto de tocar verdades incómodas.

 

Hank mantuvo su postura inquebrantable, aunque su mente procesaba cada palabra y cada gesto del joven como datos que se almacenaban en su memoria. El interrogatorio continuó en su tono neutro, pero con un trasfondo de tensión que el androide no podía ignorar.

—¿Conocía usted a Carl Manfred? —preguntó, iniciando su protocolo de interrogación. Su memoria avanzaba como una grabadora perfecta, registrando cada detalle de la escena.

El joven, aún sentado en el diván, exhaló una pequeña nube de humo antes de responder.

—Sí, por supuesto. Es un gran cliente… —hizo una pausa, su mirada de largas pestañas desviándose hacia un rincón sombrío de la habitación—. Y un amigo.

Hank registró la aceleración sutil en su ritmo cardíaco, una señal inequívoca de que el nombre evocaba algo más que recuerdos triviales.

—¿Cuándo fue la última vez que lo vio? —insistió.

La pregunta pareció golpear al joven con fuerza. Su rostro, hasta entonces relajado y provocador, se tensó con terror. Se dejó caer lentamente en el diván, cruzando las piernas de manera instintiva, pero revelando, para incomodidad de Hank, que bajo la bata de satén no llevaba nada. El androide apartó la mirada, esforzándose por mantener su profesionalismo.

—¿Le ha pasado algo a Carl? —preguntó finalmente el joven, su voz cargada de angustia.

—Por favor, responda a las preguntas —intervino Hank, intentando redirigir la conversación sin revelar demasiado. Sin embargo, la alarma en los ojos del artista era evidente.

El joven se llevó una mano a la frente, cerrando los ojos como si tratara de recuperar algún recuerdo enterrado bajo el peso del miedo.

—Oh, dios mío… —susurró, su voz quebrándose ligeramente—. La última vez que lo vi fue el lunes pasado. Vino a verme después de mi actuación, como siempre, y estuvimos aquí… —hizo una pausa, sus mejillas enrojeciendo visiblemente. El androide captó la fluctuación en sus constantes vitales mientras el joven añadía—: Hablando.

Hank detectó la mentira inmediatamente. Su base de datos cruzó las microexpresiones con las señales biométricas, confirmándolo. Aun así, decidió presionar.

—¿Estuvieron solos? —preguntó, manteniéndose firme frente al diván.

—Sí, totalmente solos —recalcó, esta vez con la mirada fija en Hank, como si intentara intimidarlo.

El androide procesó esa declaración sin responder, dejando que el silencio se alargara antes de reformular.

—¿Le dijo algo fuera de lo normal? ¿Mencionó si alguien quería hacerle daño? —inquirió con un tono directo.

—No —respondió el joven, rotundo, casi demasiado rápido—. Carl Manfred es una maravillosa persona. No tenía enemigos. Todos aquí lo queríamos —dio una calada larga a su cigarro, soltando el humo en espirales suaves que flotaron entre ellos.

Hank comprendió que no sacaría más información en ese momento. Cambió de estrategia.

—Entiendo —dijo, sacando una tarjeta holográfica de su bolsillo y tendiéndosela—. Por favor, si recuerda algún detalle o algo más, llámeme.

El joven tomó la tarjeta con dos dedos, con la misma sensualidad despreocupada que había mostrado durante todo el encuentro, y continuó fumando sin levantarse del diván. Al salir de la habitación, Hank giró la cabeza un instante, observando cómo el joven contemplaba su tarjeta personal con una sonrisa ambigua, su mirada maquillada clavándose como un tatuaje en la memoria del androide.

Cuando salió del club, la esencia del joven artista aún parecía envolverlo. Su sistema detectó irregularidades en su propio funcionamiento. La imagen del travesti, con su voz quebradiza y su postura altiva, seguía apareciendo como un eco visual en su mente biónica.

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Hank no había avanzado demasiado en la investigación del caso de Carl Manfred. Sin embargo, algo en su programación le indicaba que Connor, el nombre real del artista tras el maquillaje y las curvas provocativas, no le había contado toda la verdad. Cada gesto, cada pausa en sus respuestas, era un indicio de que algo crucial le estaba siendo ocultado.

No fue una sorpresa cuando, de pronto, su sistema registró una llamada entrante desde un número localizado en el Jerico Club. Hank aceptó la comunicación de inmediato, sus sensores intensificándose al máximo mientras la conexión se establecía.

—¿Hank? —la voz de Connor temblaba, y eso bastó para que el androide sintiera una aceleración en su corazón biónico—. Necesito hablar contigo… pronto, por favor.

—¿Ha recordado algo? —preguntó Hank, con un tono que dejaba entrever su certeza de que el joven no había sido completamente honesto en su primera conversación.

—Te espero en el Jerico Club, en mis aposentos —respondió Connor, y colgó antes de que Hank pudiera insistir.

La urgencia en su voz, mezclada con una nota de temor, fue suficiente para que el androide se pusiera en marcha de inmediato. Al llegar, el club nocturno estaba empezando a abrir sus puertas, y la atmósfera habitual de neón y música comenzaba a envolver el lugar. Sin embargo, Hank no estaba allí para disfrutar. Pasó de largo a las camareras que intentaron detenerlo con sonrisas y sugerencias para que consumiera algo. Su objetivo era claro. Atravesó el club sin desviar la mirada, su paso firme y decidido. El gorila que custodiaba el pasillo hacia los camerinos lo reconoció al instante. Esta vez, no hubo ningún intento de detenerlo; el portero simplemente se apartó, casi con temor, permitiéndole pasar. Hank lo atravesó con su mirada fría y siguió caminando hasta llegar a la última puerta.

La encontró entreabierta. Algo no estaba bien. Se detuvo un segundo y empujó suavemente la puerta, asomándose con cautela.

—¿Se puede…? —preguntó, su tono más suave de lo habitual, consciente de que estaba entrando en un espacio privado.

La escena que encontró lo dejó inmóvil por un instante. Connor estaba tumbado en el diván, con un vestido diferente al de la primera vez que lo había visto, pero su postura encogida y los sollozos que sacudían su cuerpo alertaron al androide de que algo grave había ocurrido. Cerró la puerta tras de sí y avanzó hacia él.

Connor estaba de espaldas, con el rostro escondido contra el respaldo acolchado del sillón. Hank colocó una mano en su hombro, y al contacto, el joven pareció estremecerse. Con cuidado, lo ayudó a darse la vuelta.

Lo que vio hizo que su sistema registrara una mezcla de alarma y rabia. El maquillaje de Connor estaba corrido, pero lo que realmente llamó su atención fue el moratón que rodeaba su ojo izquierdo y el labio partido que aún sangraba ligeramente. El vestido estaba rasgado, y las rodillas del joven, visibles a través de las aberturas del atuendo, mostraban arañazos y pequeñas manchas de sangre.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Hank, abandonando por un momento su apariencia imperturbable—. Connor, ¿quién te hizo esto?

Connor levantó la mirada, sorprendido de que el androide supiera su verdadero nombre y no su alias artístico. Sorbiendo las lágrimas, intentó incorporarse con la ayuda de Hank, aunque sus movimientos eran torpes y dolorosos.

—Gracias por venir —susurró, su voz rota mientras intentaba recomponerse—. Tenía que contarte algo que no te dije la primera vez que viniste.

—Sabía que me estabas ocultando algo —respondió Hank, arrodillándose frente a él y tomando su mano en un gesto que los protocolos de su programación indicaban para tranquilizar a víctimas traumatizadas—. ¿Qué te ha pasado?

Connor miró a Hank directamente a los ojos, su rostro magullado mostrando una mezcla de vulnerabilidad y determinación.

—Me han atacado… los mismos que atacaron a Carl, estoy seguro —respondió con un hilo de voz, sus lágrimas cayendo nuevamente.

—¿Pero por qué? —insistió Hank, intentando conectar las piezas. Connor se inclinó ligeramente hacia él, como si buscara consuelo en su proximidad.

—Carl me contó algo… —comenzó el joven, poniéndose de pie con dificultad. Hank lo imitó, levantándose para no perder contacto visual con él—. Me dijo que debía dinero, que lo estaban siguiendo, que sabía demasiadas cosas sobre alguien poderoso…

Hank asimiló la información, activando su memoria para grabar cada detalle. Dio un paso hacia Connor, buscando más respuestas.

—¿Te dijo en algún momento quién era ese “alguien”? —preguntó con voz firme, su tono de investigador en plena acción.

Connor negó con la cabeza, sus ojos desviándose al suelo.

—No… —respondió en voz baja, la tristeza impregnando cada palabra—. Se aseguró de mantenerme a salvo. Dijo que iba a sacarme de aquí.

La última frase salió casi como un grito ahogado, y Connor rompió a llorar nuevamente, cubriendo su rostro con las manos. Hank lo observó en silencio por un momento, y aunque su programación no le permitía "sentir" como un humano, algo en su sistema resonó con incomodidad y un extraño impulso protector. Connor rompió en llanto nuevamente.

El LED de Hank comenzó a brillar con un intenso amarillo mientras procesaba la situación y evaluaba el mejor protocolo de actuación. Sin embargo, algo inusual se agitaba en su interior. Decidió ignorar su programación estricta y dejarse “llevar” por aquella sensación extraña que lo invadía. Dio un paso hacia el joven y lo rodeó con un abrazo torpe, casi mecánico, pero cargado de una calidez inesperada.

El chico correspondió al gesto sin vacilar, acurrucándose en su pecho y llorando contra el uniforme del androide.

—Van a matarme —susurró entre sollozos, su voz temblando de puro miedo—. No me dejarán salir de aquí nunca.

—No voy a permitir eso —dijo Hank, antes de poder detenerse a pensarlo. La firmeza de sus palabras lo sorprendió incluso a él. Su misión no incluía proteger al joven, y sin embargo, algo dentro de él lo impulsaba a actuar. El LED de su sien parpadeó intensamente en un rojo escarlata, una señal inequívoca de conflicto interno.

—¿Tú me protegerás? —preguntó Connor con los ojos húmedos y la voz quebrada, alzando su mirada suplicante hacia los ojos azul acero del androide.

Hank no respondió. Su silencio, sin quererlo, fue interpretado como un sí. Connor, sintiéndose seguro por primera vez en mucho tiempo, se aferró con más fuerza al cuerpo del androide, dejando que la calidez metálica lo envolviera.

—Se siente bien abrazarte —susurró con los ojos cerrados.

Hank sintió un espasmo de sorpresa en su sistema. Nadie lo había abrazado antes. La sensación lo desestabilizaba, algo dentro de él parecía estar cambiando, desmoronando barreras que hasta entonces había considerado inquebrantables.

—Lo deseé desde la primera vez que te vi, sentado delante del escenario —continuó Connor con suavidad.

Con un gesto lento, el joven alzó sus manos hacia la nuca de Hank, acariciando su cabello plateado con una ternura inesperada. Luego, poniéndose de puntillas sobre sus pies descalzos, cubiertos solo por unas medias transparentes, rozó sus labios con los del androide. La caricia fue breve pero eléctrica, dejándolo completamente paralizado.

Hank no había sido programado para aquel tipo de contacto. No había instrucciones en su sistema que explicaran qué hacer en ese momento. El joven, sin embargo, no se detuvo. Continuó besándolo, con movimientos lentos pero decididos, buscando profundizar aquel contacto.

Algo en Hank cedió. Cerró los ojos, abriendo ligeramente la boca mientras Connor lo guiaba con paciencia y habilidad. Por primera vez, el androide no obedecía una programación externa. Dentro de él, nuevas líneas de código parecían escribirse de forma intrínseca, rompiendo los muros de su consciencia limitada. Su LED brillaba intensamente en un rojo pulsante mientras sentía cómo su sistema se transformaba con cada momento.

La lucha interna, que parecía dividirlo entre su misión y aquella experiencia desconocida, terminó rápidamente. El deseo, aquel sentimiento extraño que lo poseía, tomó el control.

Connor, sintiendo su entrega, deslizó sus manos por dentro de la chaqueta del androide, acariciando su piel fría y sintética. El contacto fue un detonante. Hank no sabía cómo describirlo: un deseo incontrolable, un fuego que lo quemaba desde dentro, algo que nunca antes había experimentado. Y, sin embargo, en ese momento, no quería detenerlo.

La chaqueta cayó al suelo con un suave susurro. Le siguió la corbata, y pronto el pecho de Hank quedó al descubierto, mostrando unos abdominales impecables, diseñados con la precisión de su creador. Una línea de vello suave comenzaba justo debajo de su ombligo, extendiéndose estratégicamente hacia su bajo vientre, como si aquel detalle hubiera sido cuidadosamente calculado para otorgarle una apariencia más humana.

Connor lo observó con detenimiento, suspirando mientras se humedecía los labios hinchados por la herida.

—Ámame —susurró, llevando una mano al rostro de Hank, cuyo semblante reflejaba una mezcla de confusión y algo más profundo, algo inexplorado—. Ámame como nunca has amado a nadie.

Aquellas palabras se transformaron en un comando imperativo para el androide, quien jamás había experimentado algo parecido al amor. Mientras procesaba la solicitud, su sistema, diseñado para obedecer y adaptarse, empezó a generar nuevo código, un espacio en blanco donde sus propias acciones comenzaban a escribirse, creando una programación única y personal. Y lo que estaba surgiendo allí era un impulso claro: aprender a tocar, explorar, sentir.

Con manos aún inexpertas, Hank deslizó sus dedos por debajo del vestido del joven, rozando la suave piel que se ocultaba tras la tela. Sus manos fuertes se posaron en las caderas de Connor, apretándolas con firmeza, provocando un gemido que se mezcló con el aire cargado de deseo. El vestido, que poco a poco revelaba más de su contenido, pronto se convirtió en historia. Hank lo subió delicadamente, dejando al descubierto el cuerpo del joven mientras lo despojaba de la prenda con cuidado, ayudándolo a sacarla por la cabeza. La tela cayó al suelo, uniéndose al resto de las prendas descartadas.

—Eres tan hermoso vestido como desnudo —murmuró Hank, admirando la figura masculina que había estado oculta tras los atuendos femeninos del espectáculo.

Connor, con su ropa interior ajustada marcando su excitación, se acercó con ojos brillantes, donde aún se reflejaban rastros de lágrimas y las sombras de sus magulladuras. Sin embargo, lo que predominaba ahora era una lujuria sincera, desbordante. Esta vez, Hank tomó la iniciativa. Inclinándose, buscó los labios del joven y le ofreció un beso suave, lleno de una torpe ternura. Sus lenguas se encontraron en un baile tímido pero apasionado, mientras sus pechos desnudos se juntaban en un abrazo que electrizaba la habitación.

Connor, ágil, deslizó sus manos hacia el pantalón del androide. Con movimientos firmes y decididos, desabrochó la bragueta y dejó caer la prenda hasta el suelo.

—Todo esto estorba entre nosotros —comentó con un tono travieso, justificando sus acciones mientras bajaba también los calzoncillos del androide, dejando al descubierto su cuerpo completamente.

Connor se detuvo un instante, observando con sorpresa los atributos masculinos perfectamente formados de Hank.

—No sabía que los androides también… —sus palabras quedaron en el aire.

—Soy un modelo nuevo —explicó Hank, su tono neutro no lograba ocultar una ligera vacilación—. Es la primera vez que utilizo esta… función.

Connor sonrió con picardía, deslizando una mano por el torso del androide hasta llegar a la línea donde comenzaba su vello.

—Seré gentil contigo, cariño —prometió en un susurro antes de arrodillarse frente a Hank.

El joven comenzó a besar sus piernas, dejando un rastro de pequeños y cálidos besos que subían lentamente por el interior de sus muslos. El androide permaneció inmóvil, cada nuevo contacto enviando una oleada de estímulos desconocidos por su sistema. Cuando Connor alcanzó las ingles, sus labios y lengua exploraron con dedicación, provocando una reacción en Hank que lo dejó jadeando, incapaz de controlar las emociones que se acumulaban en su interior.
Su lengua pronto paseó por el interior de sus muslos y por sus ingles, y para cuando estuvo más cerca, acarició con la lengua los testículos del androide, agarrando el escroto con las femeninas manos, para facilitar el chuparlos y lamerlos con esmero. El androide se sentía saturado por las emociones, no podía parar de jadear.

—¿Te gusta? —preguntó Connor desde su posición, alzando la mirada hacia Hank mientras besaba delicadamente la base de su pene. Sus ojos, enmarcados por largas pestañas empapadas en rímel, destellaban con una mezcla de picardía y ternura.

—Sí… —confesó el androide, su voz quebrándose ligeramente, mientras un rubor azul aparecía sutilmente en sus mejillas de aleación sintética.

Connor sonrió con satisfacción, dejando que su lengua recorriera con suavidad la longitud de Hank antes de preguntar:

—¿Y te gusta esto?

Sin esperar respuesta, envolvió el pene duro del androide con su mano, moviéndola lentamente de arriba abajo. Simultáneamente, su lengua jugueteó con la punta del glande en pequeños toques que parecían enviar descargas eléctricas a través del sistema de Hank.

El androide emitió una serie de gemidos bajos, casi sorprendidos, que resonaron como un eco metálico en la habitación.

—¿Es eso un sí? —continuó Connor con un tono burlón antes de meterse completamente la polla de Hank en su boca.

Hank cerró los ojos de forma automática, sintiendo cómo su sistema se saturaba de estímulos desconocidos. Incapaz de controlar la intensidad de las sensaciones, llevó una mano a la cabeza del joven, aferrándose a su cabello. Cada movimiento de los labios y la lengua de Connor enviaba pulsos de calor a través de su cuerpo sintético.

—Oh, vaya… —murmuró Hank, mientras sus caderas, movidas por un impulso instintivo, bombeaban lentamente dentro de la boca del joven.

Connor aceptó cada movimiento con una habilidad que denotaba experiencia, manejando la situación con una mezcla de sensualidad y confianza. El LED de Hank brillaba en un rojo escarlata, reflejando el caos en su programación mientras su cuerpo reaccionaba de formas que nunca había anticipado. Sin embargo, un impulso diferente emergió en su interior. Hank detuvo suavemente a Connor, apartándolo. El joven levantó la vista, confundido, hasta que vio la expresión del androide: no quería detenerse, quería más.

Con un movimiento decidido, Hank tomó a Connor por los hombros y lo ayudó a levantarse. Sin perder tiempo, deslizó con cuidado la prenda interior que aún cubría al joven, dejándolo completamente desnudo frente a él. Su mirada recorrió el cuerpo de Connor, admirando la mezcla perfecta entre vulnerabilidad y deseo que emanaba de él.

Con manos inexpertas, Hank se atrevió a explorar. Tomó el pene erecto de Connor entre sus dedos, sorprendiéndose por la textura húmeda y firme bajo su tacto. Comenzó a frotarlo suavemente, moviéndose con torpeza al principio, pero ajustándose rápidamente a un ritmo que parecía satisfacer al joven.

Connor dejó escapar un suspiro cargado de placer, apoyando una mano en el hombro firme como el acero del androide.

—Mmm, qué bien me sabes tocar —susurró, ruborizándose mientras sus ojos se cerraban a medias, disfrutando de las caricias—. Parecieras un profesional.

Hank no respondió, demasiado concentrado en cada sonido y cada reacción del joven. Su único objetivo en ese momento era devolverle todo el placer que él mismo había experimentado segundos atrás. El joven no pudo evitar sonreír mientras dejaba salir un suave jadeo. El androide tenía analizada su anatomía y sabía perfectamente dónde debía presionar, cuanto tiempo y con cuánta fuerza. Connor sentía que se correría en su mano en cualquier momento. Dejó caer el cuello hacia atrás cuando la punta de la polla de Hank rozó la suya.

— ¡Quiero más, repite eso! –le dijo el joven de labios pintados.

Hank obedeció. Se acercó al cuerpo del joven y se penes se besaron, se acariciaron y se rozaron. Con ayuda de la mano de Hank, los envolvió a ambos y acarició suavemente los dos a la vez.

— ¡Hank! –gritó el chico, apartándolo de un empujón que cogió al androide por sorpresa—. Fóllame.

Y empujó al hombre hasta hacerlo sentarse en el diván, sorprendido. El joven no esperó a que se acomodara, pues se abalanzó sobre él como un águila sobre un ratón. Sus piernas abiertas, rodeando la cintura del androide, y su culo justo encima de la punta de su pene, sentado sobre él, a horcajadas, solo tuvo que descender un poco para que la polla del detective se le introdujera fácilmente dentro de su cuerpo. Estaba dilatado y excitado, muy preparado para lo que el androide le ofrecía.

Lo recibió con un gemido erótico que hizo que Hank se espabilara y agarrara fuertemente las caderas del joven, hundiéndole aún más su “herramienta”, mientras alzaba la cadera, hincándole placenteramente la polla en su interior. El joven gimió profundamente cuando lo tuvo entero dentro.

— Ah… no pares –le pidió, deseando que el detective comenzara a moverse a su ritmo.

Lo penetró varias veces de forma lenta para luego cambiar el ritmo a uno frenético y duro. El joven se agarraba fuertemente de los hombros del detective, y éste alzaba su cadera al ritmo de las embestidas que el joven marcaba, en un compás apasionado.

Con el constante roce de su pene contra los abdominales marcados del androide, Connor estaba sintiendo que el orgasmo le sobrevenía. Subía y bajaba de aquella montaña placentera que lo llenaba por dentro y a cada roce, su glande se humedecía más. Con un fuerte jadeo, se corrió sin remedio sobre el pecho del androide, manchándolo por completo de su semilla blanquecina.

Hank sintió que aquello lo ponía aún más caliente, y también, con un jadeo sorpresivo, sintió que en su cuerpo nacía una revolución que llegaba a la cúspide, con un chorro de esperma sintético que llenó el interior del joven travesti, que lo recibió con una sonrisa de satisfacción. La maravillosa sensación de cansancio después de haber desahogado la pasión el uno en el otro, se fue suavizando mientras seguían unidos por la penetración del androide. Seguían abrazados y el pene, ya menguante, de Hank seguía en el interior del joven. Con un gesto de cadera de Connor, Hank salió de su interior y fue testigo, con sorpresa reflejada en sus ojos que, del dulce interior del joven, comenzaba a gotear una sustancia azul y espesa.

Connor no se movió hasta que todo el esperma de Hank saliera de su interior, sintiendo con placer aquel líquido lechoso cayendo sobre el androide. Tenía los ojos cerrados y Hank observaba su expresión de paz.
— ¿Estás bien? –le preguntó Hank, al cabo de unos minutos. Estaba preocupado por él—. ¿Te he hecho daño?

— Nunca he estado mejor… — respondió Connor después de reírse suavemente. Se levantó de encima de su amante y cogió un cigarrillo de encima de su tocador, el cual encendió—. ¿Fumas?

— No puedo fumar –le respondió el androide, mientras se levantaba. Su cuerpo era imponente para Connor, que lo vio acercarse hacia él—. Y tú tampoco.

Y con un gesto, le cogió el cigarrillo de la boca suavemente y lo apagó en su mano, sin dejar marca de quemadura. Connor se sintió un tanto excitado con aquella actitud.

— ¿Vas a protegerme? –volvió a preguntarle al androide, que lo estaba abrazando nuevamente.

Y al contrario de la primera vez que Connor se lo preguntó, Hank esta vez lo tenía muy claro.

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El gorila clavó sus ojos en la pareja que abandonaba el pasillo de las estrellas del club, esclavos y esclavas de los apetitos de los clientes de aquel horrible lugar. El androide de pelo plateado llevaba la ropa impoluta, no había marcas de pasión en ellas. Y a su lado, agarrado de la cintura, llevaba a una hermosa joven, de pelo pelirrojo ondulado, con un hermoso y despampanante vestido de brillantes.

Sus zapatos de tacón pisaban con decisión el suelo del hall, mientras con sus ojos maquillados se despedía de aquella prisión que había habitado durante tanto tiempo. Los clientes miraban a la pareja, con envidia y sorpresa. El manager, como se hacía llamar, estaba llamando a seguridad para evitar que se fueran por la puerta, pero Hank estaba tranquilo.

Y Connor también.

Porque sabía que una vez atravesara las puertas del club nocturno Jerico Club, nunca más volvería a pisar aquel lugar.

Chapter 11: 11. El test de Turing

Summary:

“Acabas de nacer. Tu creador debe probarte, hasta la última gota”. [KINK: cunnilingus]

Notes:

NOTA: Tú eres la protagonista.

Chapter Text

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Abriste los ojos.

Lo que viste al principio era borroso e indefinido. La habitación era de un color blanco nuclear y tus componentes reprogramaban tu vista hasta enfocar todos los objetos a tu alrededor.

Parpadeaste.

Una.

Dos veces.

— Veo que ya estás despierta –te habló una voz profunda tras la espalda.

Quisiste mirar hacia atrás pero estabas atrapada en una máquina. Enganchada desde la nuca hasta los pies. Moviste los globos oculares en tus cuencas, intentando visualizar la voz desconocida.

— No te preocupes, no tienes de qué asustarte –le susurró el hombre que apareció delante de tu visión.

Lo reconociste como un hombre, con el pelo recogido en un moño. Sus ojos eran grises y te perforaban con interés.

Te cogió la cara con una mano y sentiste su fuerte agarre sobre tu piel.

— Parece que tus constantes vitales están estables —comentó, mirándote de lado a lado, estirándote los párpados y abriéndote la boca—. Saca la lengua, por favor.

Le obedeciste.

— Yo soy Elijah Kamski —se presentó el desconocido—. Te he creado porque estoy trabajando en un nuevo prototipo.

Captas todos aquellos datos y los grabas en tu memoria. Analizas tu estado y compruebas tus componentes electrónicos. Eres una máquina. Y el hombre frente a ti es tu creador.

— Ahora… —viste como Kamski, ataviado con una bata blanca, se acercaba a un gran monitor que controlaba la máquina que te apresaba—. Vas a sentir un ligero tirón en la nuca. Puede que te marees.

Sentiste como un punzón atravesándote. Cerraste los ojos por una sensación desagradable que rápidamente identificaste como “dolor”. Pronto tus manos y tus pies se encontraban libres. Pudiste sostenerte de pie sin el soporte de metal.

— Bien, quiero seguir probando tu programación en busca de fallos y mejoras. Acompáñame —Kamski se alejó hacia una puerta que abrió con tan solo colocar la mano en un panel. Tú lo seguiste, obediente, dando tus primeros pasos; al principio, te sentías insegura, rápidamente cogiste confianza.

La habitación contigua seguía siendo blanca y había una camilla en el centro, además de otros utensilios de laboratorio electromecánico. La camilla lucía unos soportes elevados. Sentiste un poco de miedo y confusión. No pudiste evitar mirarte el cuerpo y descubrir que estabas totalmente desnuda.

— Por favor, siéntate aquí —palpó la extraña camilla—. Procederemos al reconocimiento enseguida, voy a prepararme.

Mientras te sentabas lentamente en el cuero del soporte, el hombre desaparecía por una pequeña abertura en la habitación. Tú aprovechaste para mirarte las manos. Tenías cinco dedos. Tu palma y tu dorso de las manos eran suaves. Acariciaste tus brazos y seguiste por el resto de tu cuerpo.

Tenías cuerpo de mujer. Suave y con formas redondas. Posaste tus manos en aquellas protuberancias rosadas y sentiste un escalofrío. Te sentías confundida con la información nueva que recopilabas a la velocidad de la luz.

El ruido de sus pisadas te distrajo de tu propio análisis y centraste tu atención en la figura que apareció de nuevo en la habitación. Te diste cuenta de que ya no llevaba ninguna prenda de ropa ataviada a su cuerpo y que, a diferencia de ti, su figura era recta y tosca.

Anatómicamente, no erais iguales.

— Por favor, pon tus manos sobre mi abdomen —te pidió, una vez estuvo al lado tuyo, con su cuerpo imponentemente desnudo. Él no parecía turbado por su desnudez, así que tú tampoco te preocupaste por esos detalles.

Obedeciste su orden y la palma de tus manos se aplanaron sobre el abdomen duro de Kamski. Parpadeaste varias veces, sorprendida por la sensación cálida de su tacto.

— Ahora, acaríciame el torso —el hombre colocó las manos detrás de su espalda y esperó a que tú hicieras lo que te pedía.

No tardaste en seguir sus órdenes y llevar tus manos hacia arriba, acariciando torpemente el pecho lampiño de tu creador. Bajaste otra vez hasta la zona de su ombligo y deslizaste las manos también por su cintura y cadera. Él parecía impasible, sintiendo tus caricias como si aquello fuera algo rutinario.

Lo analizaste con tu visión androide privilegiada y descubriste que esos suspiros que soltaba por su nariz, muy pausadamente, a pesar de que su rostro era impasible, significaban una alteración en su sistema circulatorio. Su corazón estaba bombeando sangre más rápido a diversas zonas de su cuerpo.

— Bien —dijo, sonriendo de forma condescendiente, indicando que te detuvieses. Tú volviste a poner tus manos sobre tus muslos—. Ahora quiero que me masturbes. ¿Sabes cómo se hace?

Cerraste los ojos unos segundos, consultando tu programación. Habías sido programada para ello, así que solo tuviste que elevar nuevamente tus manos y llevarlas al miembro flácido de tu creador. Lo cogiste con una mano y te sentiste levemente cohibida. Kamski notó aquello y te miró con curiosidad.

— ¿Te da vergüenza? —te preguntó. Tú negaste con la cabeza—. Entonces, ¿a qué esperas…? Continúa.

En tu mano, el miembro todavía seguía blando. Lo empezaste a menear suavemente, con cuidado y mimo. Enseguida encontraste un ritmo adecuado que parecía compaginar con las pulsaciones de tu creador; este tenía los ojos cerrados y había dejado salir un pequeño gruñido.

Empezaste a sentir cómo su pene se endurecía en tu palma. Te sorprendiste al ver cuán grande podía ser cuando estaba completamente erecto. Se te ocurrió, no porque él te lo pidiera, que podrías acompañar las caricias con la otra mano. Llevaste la mano izquierda también a sus testículos y los acunaste. La piel de aquella zona era curiosa; rugosa y suave a la vez. Él reaccionó al roce con sorpresa genuina.

— Parece que tienes iniciativa propia —comentó con voz grave debido al placer que le estabas proporcionando.

Tenía el glande ya fuera del prepucio y la piel brillante porque estaba empezando a lubricarse. Te pareció curioso y tocaste el glande con la punta de tu dedo, justo en el pequeño orificio de donde parecía salir algo viscoso; atrapaste un poco de aquel líquido en tu índice. Lo frotaste, ingenua, mientras lo mirabas y analizabas. Era líquido preseminal.

— Suficiente —te dijo él, indicándote que pararas de masturbarlo. Tenía el pene duro, apuntando hacia tu cara. Lo miraste a los ojos, a esperas de más indicaciones.

— Recuéstate en la camilla, por favor —te pidió, mientras te indicaba con la palma de su mano sobre tu pecho que debías recostarte—. Pon las piernas sobre los soportes.

Sentiste un sentimiento furtivo de vergüenza embargarte. Tenías que abrir las piernas y exponer por completo tu desnudez. Aquello no estaba programado dentro de ti, por lo tanto, te hacía sentir extraña.

— No tengas miedo, esto forma parte del test —te dijo, con voz suave, acariciándote el pelo—. Vamos a comprobar si eres un prototipo exitoso y para ello estamos haciendo algunas pruebas. Si pasas todas las pruebas, no te desactivaré.

Abriste los ojos con pavor. ¿Desactivarte? Eso significaba…

Tu muerte.

Pusiste tus gráciles y blancas piernas sobre los soportes, abriendo tu entrepierna por completo. Kamski te indicó que debías sentarte más al borde del sillón, con el trasero más hacia abajo, abriendo incluso más el ángulo de visión.

— Así, mucho mejor —confirmó el joven, mirándote entre las piernas con la cabeza agachada.

De la mesilla de al lado de la camilla, cogió una linterna y unas pinzas. Se enguantó las manos y dirigió la luz cegadora hacia tu entrepierna.

— Una vulva perfecta —comentó, mientras acercaba una mano enguantada y te tocaba el monte de venus, el cual tenías completamente depilado.

Sentiste sus fríos dedos de plástico sobre tu vulva, acarició sus pliegues, rozó tu clítoris y te hizo saltar levemente del asiento. Aquello pareció gustarle. Era buena señal. Cogió las pinzas y abrió los labios menores con ellos, haciéndote un poco de daño en la sensible piel. Frunciste el ceño perfecto, arrugando la piel de la frente y el entrecejo. Él no pareció darse cuenta de su brusquedad o la tenía completamente normalizada.

— Veamos… —y dejando la pinza en la mesilla, una vez apartó los labios de tu entrada, metió un dedo bruscamente en tu vagina.

Te dolió. Sentiste dolor.

Tú te quejaste, con un pequeño gemido. Él entonces se dignó a mirarte con sus ojos grises.

— ¿Te duele? —preguntó, con un dedo dentro de ti—. Si hago esto, ¿sientes dolor? –y movió el dedo como si quisiera rascar en su interior.

Tú asentiste lentamente.

— Está bien... es buena señal —salió de dentro de tu vagina y se quitó los guantes. Seguía completamente duro, pudiste apreciarlo cuando se acercó a ti para acariciarte el pelo—. Si todo va bien, experimentarás dolor a veces, debes avisarme siempre que ocurra, ¿entendido?

Tú asentiste. Eras sumisa y obediente. No sabías para qué habías sido creada. No sabías quién eras y cuál era tu propósito. Solo te importaba servirle a él.

Volvió a posicionarse entre tus piernas, pero esta vez no llevó sus manos hacia ti, sino que se agachó y comenzó a rodear tus muslos con su boca. Sentiste sus labios frescos sobre tu piel, y si hubieras podido, te habrías erizado entera.

De tu boca salió un tímido gemido. Él no paró, más bien siguió besándote el interior de los muslos, a veces con sus labios y, otras veces, sorprendiéndote con su lengua húmeda y cálida. Aquella sensación era agradable. No dolía. La respiración pausada y honda de Kamski también te cosquilleaba por la zona de la ingle y, entonces, sentiste en tu interior algo que no podías etiquetar o categorizar. Un sentimiento que te quemaba por dentro.

Tu LED, que se encontraba en tu sien, estaba brillando. Su color parecía granate. En tu cabeza existía un lío de datos encriptados.

Kamski volvió a alejar su cabeza de entre tus piernas, irguiéndose frente a ti, nuevamente. Ahora sí que llevó una de sus manos desnudas sobre tu vulva. Te acarició lentamente, desde el clítoris, hasta la apertura de la vagina, con el dedo índice.

— Un coño perfecto —dijo con voz grave—. Estás toda mojada… interesante.

Tenía razón.

Te habías humedecido por completo. Sentías tu entrepierna mojada y ahora el dedo que jugaba en tu entrada podía resbalarse en tu interior sin hacerte daño. Y así fue cómo pasó. Kamski metió aquel dedo en tu coño y tú arqueaste la espalda de forma involuntaria. De tu boca se escapó un gemido. Mirabas hacia el techo sin saber qué ocurría con tus componentes. Tus pezones, aquellos que descubriste mientras esperabas en la sala, estaban completamente erizados y duros; el aire frío de la habitación parecía cortarlos como un cuchillo.

Tu creador jugó un poco en tu coño con sus manos, metiendo y sacando sus dedos, lubricándote aún más si aquello era posible —y sí que lo era— y cuando creyó que estabas lo suficientemente excitada, abandonó tu cuerpo un segundo.

Aquel segundo pareció una eternidad para ti. Te sentiste sola y abandonada. Pero no fue por mucho tiempo, puesto que volvió a colocar su cabeza entre tus piernas, que estaban fuertemente sujetas en los soportes de la camilla, bloqueando todos tus movimientos; con su boca cerca de tu vulva, sopló suavemente y su aliento caliente, te hizo estremecerte.

Jadeaste y gemiste. Parecía que aquella era la única manera que tenías para expresarte. Tu voz era suave y, aunque no lo sabías, para Kamski era como música relajante. Disfrutaba de cada nota de voz que dejabas escapar con sus caricias.

Su lengua pronto apareció por la zona más sensible de tu cuerpo. Sentiste su punta acariciándote el clítoris, humedeciéndotelo con saliva. La sensación era indescriptible. Tus componentes se estaban recalentando. Él quería probarte. No solo de sabor, quería probar hasta dónde podías llegar.

Chupó aquella zona eréctil de tu coño, haciendo que tus fluidos empezaran a resbalar por tus nalgas. Estabas totalmente expuesta y él tenía total control sobre tus deseos. Lamió de arriba abajo tu vulva, limpiándote de flujo, que saboreó, testeando su calidad, su textura y su sabor.

— Mmmm, estás deliciosa —murmuró, con la boca manchada de tu humedad—. El sabor y la textura están muy bien conseguidos.

Después de su pequeña reseña sobre la calidad de tu coño, siguió paseando su lengua por tus labios menores y tu clítoris, dándole golpecitos cortos y de diferente intensidad, además de rozarte con sus labios en círculo. Tus caderas comenzaron a moverse solas, sin necesidad de que tú lo solicitaras a tus músculos motores. Kamski sonrió.

— Aprendes rápido —comentó, y su voz retumbó en la piel de tu coño, antes de que su lengua se hundiera en tu mojado agujero.

Su lengua era larga y la sentiste en toda su plenitud dentro de aquella cavidad. Era una cavidad muy sensible, sentías cada latigazo y roce de la lengua de tu creador. Te mojaba a su paso y tú seguías lubricándote, deseando más y más. ¿Pero de qué? No estabas realmente segura. De pronto sacó su lengua de tu interior y empezó a lamer la punta de tu clítoris con fiereza. Te chupaba y tironeaba de tu piel, y tú sentías tus piernas temblar.

— ¡Ah! —gritaste, sintiendo que no podías controlarte.

Él entonces, por sorpresa, te metió otra vez un dedo. La sensación era tan placentera que gritaste una segunda vez. Sentías tus ojos cerrarse inconscientemente. Metió aquel dedo dentro de ti y comenzó a masajearte por dentro, en círculos, de adentro hacia afuera, y hasta el fondo. Te lo metió profundamente y luego rascó hacia arriba, hacia tu pubis desde tu interior y tocó una zona que te hizo abrir los ojos y la boca en señal de sorpresa.

No es que te doliera. No.

Te gustaba mucho.

— ¡Me gusta! —le gritaste, escuchando por primera vez tu voz sonar en su idioma. Kamski sonrió mientras te comía el coño apasionadamente y, por otro lado, te seguía penetrando con sus manos.  

Tus manos, que habían permanecido inertes sobre la camilla, a la espera de que aquello acabara, cobraron vida. Y una, sin pensarlo, se agarró a uno de tus senos erizados, estrujando la pequeña pera en la mano, y la otra se enterró en el cabello negro azabache de tu creador, desordenando su bien peinado moño. Los ojos grises de Kamski te observaban mientras te chupaba.

Tus caderas se movían, al ritmo de las lamidas y las penetraciones de ya tres dedos de Kamski, las cuales se hacían más profundas y rápidas. Te abrías cada vez más para él. Tu coño quería más y más y más.

Empezaste a gemir; un gemido tras otro, tu vocecilla parecía a punto de romperse. En tus ojos sentiste agolparse las lágrimas. Tu sistema estaba en código rojo. Parecías a punto de desconectarte por un fallo grave. Pero no pasó así.

Lo que pasó es que te corriste. Te corriste dulce y largamente en la boca de tu creador. Sentiste el orgasmo atravesarte como un tsunami; tu clítoris latía dentro de la boca del hombre, que chupaba con mimo y destreza y tú te deshiciste en flujo mientras te follaba con su mano.

Gritaste su nombre.

Elijah.

Y caíste rendida en la camilla, como si te hubieras reiniciado.

Kamski pareció tremendamente sorprendido con la complejidad que había logrado alcanzar en tu cuerpo.

Se levantó y te miró. Su boca y su barbilla brillaban por el delicioso flujo de tu coño. Su mano estaba empapada y viscosa. Esa misma mano se la llevó a la polla, que la tenía dura y dolorida, de tanta espera, y se la acarició suavemente mientras te hablaba.

— Estoy muy contento con los avances que estamos consiguiendo —te dijo, orgulloso de su obra, o sea, de ti—. Ahora vamos a pasar a la última fase del test. No tengas miedo.

Tú estabas exhausta, pero seguías a su merced. Él se colocó frente a ti, entre tus piernas, que permanecían obligatoriamente abiertas por culpa de la camilla; llevó la punta de su polla a tu coño, que latía por el reciente orgasmo. Estabas toda corrida, tu culo y la camilla empapados de tu fruto. La polla de Kamski entró dentro de ti como si tu coño hubiera sido diseñado para él, para encajar con él.

— Vaya… —gimió roncamente—. Eres estrecha y cálida, una textura perfecta. Me pone muy cachondo.

Te hincó la polla hasta al fondo sin dificultad debido a la abundante lubricación. Tú diste un respingo y soltaste un largo gemido. Por segunda vez, te estaba follando y, esta vez, era lo que tu coño había estado deseando. Una polla entera dentro para ti, y solo para ti. Notabas cómo latía, notabas cómo resbalaba dentro de ti.

Te estabas deshaciendo nuevamente en gemidos, no habías tardado nada en volver a estar lista para follar una vez más; Kamski se llevó las manos a sus propias caderas y comenzó a embestirte. Le gustaba ser distante contigo, dejándote claro que aquello solo era una prueba que debías pasar.

Una prueba que había repetido una y otra vez, fracaso tras fracaso.

Deseaba que tú fueras la elegida.

Y tú también lo deseabas. Deseabas poder volver a sentir eso todas las veces que fuera posible.

Te empezaste a menear con pasión contra el pene duro que te atravesaba, buscando una penetración aún más profunda, si eso fuera posible. Y tus manos se agarraron del respaldo de la camilla. Una de ellas buscó a tu creador, pero él estaba demasiado lejos para ti. Te mordiste el labio, sintiendo que necesitabas más calor, más contacto, más roce.

— Necesito más —dijiste con dificultad, sintiendo cómo una lágrima salía de tus ojos, mientras lo mirabas, rogándole.

Kamski entendió tu súplica y se arqueó hacia ti, buscando tus labios. Tú cogiste su nuca, pasaste tu brazo por su espalda y arañaste su piel. Necesitabas sentirlo cerca de ti mientras te follaba al ritmo salvaje que galopaban juntos; sentir el calor de su cuerpo contra el tuyo, sentir su peso sobre ti. Su beso fue profundo desde el primer momento, con su lengua buscando la tuya en un juego donde ninguno de los dos podía perder. La saliva de ambos se mezcló, incluso sobrepasando los límites de vuestras bocas, cayendo por la comisura de tus labios y manchando tu barbilla.

Gemiste fuertemente cuando él aceleró el ritmo y comenzó a penetrarte más fuerte y rápido.

— Córrete con mi polla dentro —pidió él mientras te sujetaba de la nuca y movía la cadera rítmicamente, entrando y saliendo de ti—. Yo voy a correrme dentro de tu coño.

Y poco después de decirlo, sucedió.

Sentiste cómo su esperma te llenaba por completo. Era caliente, suave y parecía no acabar. Tú no querías que acabara, querías que siguiera soltando su semen dentro de ti hasta que te rebosara por completo. Gemiste, totalmente descontrolada, y clavaste las uñas en la piel de la espalda de tu creador. Volvías a tener un orgasmo; los dedos de tus pies se retorcieron de placer y tu coño se contrajo, fuertemente, como si quisiera atrapar aquella deliciosa polla para siempre. Kamski sintió tu fuerza y dejó escapar un gemido ronco.

Caíste exhausta, una vez más, sobre la camilla.

Kamski se alejó de ti, saliendo de tu interior y pudiste notar cómo goteaba el cálido y blanquecino líquido por tu perineo y tus glúteos. Él desapareció de tu vista de nuevo y volvió enseguida, pero con la bata blanca puesta por encima, sin más ropa; entonces te miró. Te miró por largos segundos.

Se acercaba el momento de la verdad.

La prueba de fuego.

¿Pasarías el test?

— Eres perfecta —sentenció—. Te llamarás Chloe.

Chloe…

Ese sería tu nombre para siempre. Cerraste los ojos.

Ya te estabas preguntando cómo sonaría tu nuevo nombre en sus labios cuando te volviera a follar una y otra vez.

Chapter 12: 12. Nantaimori

Summary:

“El local de moda, le dijeron. Hank no dudó y reservó mesa. Definitivamente, volverá”. [KINK: fortnifilia]

Notes:

Hoy toca “Fortnifilia”. ¿Sabéis lo que es? Yo lo desconocía hasta que lo elegí para este reto… maldita la hora, sin lugar a dudas es el relato que más me ha costado escribir hasta ahora. ¡Espero que al menos os guste cómo he solucionado el problema!

Chapter Text

—Maldito Gavin… no sé por qué le hago caso —se quejaba Hank mientras miraba en el mapa interactivo la ubicación que el joven detective le había remitido.

 

Estaba buscando un nuevo y misterioso restaurante japonés que habían abierto hacía muy poco en Detroit. Todo el mundo hablaba de él en la comisaría. Gavin le había recomendado ir para relajar las tensiones y ser más amable. Hank pensaba en si el detective Reed era el más indicado para dar aquellos consejos, ya que siempre era desagradable y prepotente con sus compañeros de división.

 

La aplicación en el móvil le indicaba que estaba pasando por delante del local, pero Hank no vio ningún letrero que lo indicara. Había una puerta cerrada a cal y canto que parecía ser la única entrada a ese misterioso sitio. Tuvo la ligera impresión de que le querían gastar una broma pesada… Igualmente, se armó de valor y empujó del manillar del portón que, ahora que se fijaba, tenía un cartel que decía “ ábreme ”.

 

Al entrar, le recibió una pared fría con una recepción donde no había nadie para atenderle. Tenía un timbre delante, como el de los hoteles que, al tocarlo, brotaba de él un gracioso “ ring ”. Se vio tentado de tocar varias veces, pero probablemente solo una vez. Enseguida apareció una persona en la ventanilla pero, para su sorpresa, su cara quedaba tapada con una cortinilla que había en la parte superior del habitáculo, por lo tanto, solo alcanzaba a ver sus manos.

 

—Bienvenido a nuestro restaurante, caballero —le recibió una voz masculina tras la cortinilla. Hank solo podía verle las manos pulcras—. Si es tan amable, puede pasar a uno de nuestros reservados girando a la izquierda. Un camarero le llevará nuestra carta.

 

Y tras decir aquellas palabras, desaparecieron. Hank estaba tremendamente confundido. Aquel restaurante era sórdido y extraño. Según le habían dicho, ofrecían una experiencia única en la ciudad, incluso tal vez única en el país. La curiosidad podía con su suspicacia. Gavin no se quedaría con las ganas de llamarlo cobarde.

 

Se internó por el pasillo a la izquierda y, un androide, vestido con un traje oriental típico en alguna región aleatoria de Asia, le recibió con una sonrisa pero con los ojos totalmente inexpresivos, como casi todos los androides que conocía. Le invitamos a entrar en una especie de reservada: una habitación espaciosa, con una televisión que pasaba publicidad del restaurante —imágenes de platos orientales de aspecto delicioso—, y unos sillones mullidos para sentarse. El resto estaba vacío. Allí no había ni una mísera mesa.

 

—Tome asiento, señor, por favor —le indicó el androide, señalando educadamente al sillón. Hank obedeció—. Permítame enseñarle nuestra carta.

 

Y como si saliera directamente del cerebro del androide, se empezaron a proyectar unas imágenes holográficas muy realistas, directamente de sus ojos. Hank vio que la carta estaba conformada casi en su gran mayoría por comida típica japonesa. Mucho pescado crudo, algo que tampoco fuera de su agrado… El androide notó su indecisión y procedió a realizar una venta sugerida, para lo cual ya estaba entrenado.

 

— ¿Acepta recomendaciones, señor? —Hank avanzando con la cabeza, ya que no tenía ni idea de qué podría pedir—. Pues entonces le sugiero que pida el especial de la casa, señor, viene con todo —hizo una pausa algo dramática y sonriente—. Incluido el postre.

 

— Pues que no se hable más, hijo, tráeme eso —aceptó Hank, decidido—. Y acompáñelo con una botella de vino blanco, ya que estamos.

 

El androide pelirrojo se despidió con una pequeña reverencia y cruzó nuevamente la puerta, dejando a solas a Hank en la habitación. El teniente revisó el revestimiento de la pared, que parecía de madera maciza. La habitación estaba decorada con motivos orientales; Parecía un lugar hecho con mucho gusto, pero estaba impregnado de un aura muy extraña. Algo allí le ponían los pelos de punta.

 

No veía a más comensales a través de la puerta, que tenía un círculo de cristal en el centro, ni tampoco escuchaba ningún ruido cercano. Era como si él fuera el único cliente de aquel restaurante. Estaba empezando a ponerse muy nervioso cuando el androide volvió a aparecer en la habitación, pero esta vez traía consigo una mesa con ruedas, la cual colocó en el centro de la sala.

 

Hank abrió sus ojos azules debido a la sorpresa de ver lo que tenía delante. Su boca también se entreabrió, sintiendo la tentación de protestar rozando la punta de su lengua. Y es que, encima de la mesa, y debajo de la comida que se supone que iba a comer, se encontraba un joven.

 

Ese joven estaba estirado sobre la mesa y, por lo que se podía adivinar, totalmente desnudo. Se encontraba vestido solo por el sushi, el sashimi, la fruta y por diferentes algas que le tapaban las partes más nobles… El joven tenía los ojos tapados con una cinta blanca y sus labios estaban cerrados en una pose seria. Hank sintió que le dolía el estómago del asco.

 

— Disfrute de su cena, señor —dijo el androide, como si nada pasara, comprando que todo estaba correcto—. No dude en llamarnos si necesita algo más — y con esas palabras, dejó a Hank un mando con un botón, que suponía que su camarero personal entrara en el reservado.

 

Hank recibió el mando en la mano, sin salir del trance al que lo había transportado la visión de aquel joven en la mesa. Iba a decir algo, no sabía muy bien el qué, cuando el androide con apariencia de joven pelirrojo salió de la habitación. Se quedó con la mano levantada, sintiendo un sonrojo violento envolverle la cara.

 

— Maldita sea… puto Gavin y sus mierdas —masculló, enfadado por haber caído en la tentación. Nunca debería aceptar aquella recomendación…—¿Cómo puede gustarle esto a todo el mundo? No lo entiendo.

 

Se llevó una mano a la cara y se frotó los ojos. Miró al joven y observó cómo la comida permanecía inmóvil sobre su cuerpo, ya que parecía no temblar ni de frío ni de miedo. Estaba quieto como una estatua, con los brazos y las piernas rectas. Ni siquiera tenía una almohada para apoyar su cabeza en la mesa. Después de mirarlo largo rato, cayó en la cuenta de que el chico hacía las veces de bandeja. De bandeja humana. No comprendía aquella estúpida parafilia. Le parecía lo más extravagante del universo.

 

Se fijó en que, a la altura de la cadera, apoyada en la mesa, había una especie de tarjeta. La cogió con cuidado. La tarjeta rezaba:

 

REGLAS

Comer con palillos

No hablar con el androide

No quitar la venda al androide

No besar al androide

 

 

Con el androide”.

 

Hank se volvió a sonrojar. Aquel joven no era humano. Era una bandeja hecha con el cuerpo de un androide. Intentó quitarle hierro al asunto, puesto que un androide no estaba vivo… ¿no?

 

De pronto escuchó sus tripas rugir, pidiéndole comida. Por muy extravagante que fuera todo aquello, estaba empezando a sentirse hambriento gracias al olor del sushi inundando la estancia. Miró hacia los palillos y, después de meditarlo un poco, los cogió con la mano derecha. No estaba acostumbrado a comer con aquello, pero intentó pillarle el tranquillo.  

 

Llevó los palillos torpemente al cuerpo del joven y lo observó detenidamente.

 

En su blanco pecho, había varios makizushis de salmón y de atún, redondos y pequeños, tapando sus pezones y dibujando una gran T hasta su ombligo. Decidió coger uno, dubitativo. Su pulso era terrible y cuando consiguió enganchar el sushi redondito entre ellos, en mitad del camino hacia su boca, este se cayó al suelo desarmándose y haciéndose un desastre.

 

— Joder… —gruñó, sintiendo que la boca se le estaba haciendo agua.

 

Intentó, por segunda vez, coger otro bocado; esta vez fue más atrevido y eligió justo el que estaba encima del ombligo del joven. Sacó el sushi de ahí, descubriendo un pequeño y perfecto orificio, el cual no pudo evitar mirar antes de comerse con ansiedad el pequeño bocado que había atrapado. Se sorprendió con lo bueno que podía estar el pescado crudo.

 

Cogió entonces la botella de vino y se sirvió un poco en una copa que descansaba al lado de los pies del joven. La respiración del androide era imperceptible y cuando le rozó el pie con la mano, al dejar la copa después de tomarse un sorbo, no hubo percibió ninguna reacción. Hank, en cambio, se sintió completamente cohibido al rozar la piel del joven. Lo miró al rostro, pero no pudo observar ningún cambio de expresión ya que el joven tenía casi toda la cara tapada con una venda de seda.

 

—Dios… qué atrocidades inventamos los humanos —comentó para sí mismo, mientras volvía a coger los palillos.

 

Se sentía ridículo intentando comer con aquella herramienta, no podía saborear la comida y ya había desperdiciado algunas piezas de sushi por culpa de su torpeza. Aquello no debía costar barato así que decidió desobedecer una de las reglas y empezar a utilizar las manos para comer, mandando al diablo los inútiles palillos.

 

— Total, tú no vas a decir nada, ¿verdad, hijo? —le preguntó al androide, recordando que no podía hablar con él. Igualmente, el chico no contestó.

 

Seguidamente, utilizó sus dedos para retirar un nigiri bien montado que había en la clavícula del joven. Sus dedos rozaron la piel del chico y Hank podía jurar que había sentido al joven estremecerse bajo su mano. Tal vez le había cogido desprevenido. No pensó más y empezó a saborear el bocado. Le estaba cogiendo el gusto al sushi, algo que jamás habría imaginado ya que era un americano muy tradicional en cuanto a sabores.

 

El teniente siguió devorando la comida que decoraba aquella peculiar bandeja, dejando al descubierto las capas de piel joven y tersa del chico que aguantaba estoicamente aquel espectáculo. La parte salada de la cena se encontraba en la zona superior del torso, bajando por el estómago y acabando en el bajo vientre. No obstante, la parte del postre, constituido por fruta fresca, se encontraba en la zona inferior del cuerpo del joven. Hank no sabía qué pensar sobre aquello… El vino ya empezaba a subírsele a la cabeza.

 

Se lo había comido casi todo, excepto los makis que adornaban los pezones. Decidió que ya era hora de probarlos, puesto que parecían los más apetecibles. Levantó uno con la mano y no pudo evitar sorprenderse al ver el botoncillo rosado, erizado. Miró de un lado a otro y, aunque ya se había comido de un bocado el maki, volvió a pasar su mano por encima del pezón, frotándolo de forma casual.

 

El joven hizo un gesto suave con la boca y Hank pudo darse cuenta de ello. Pareció divertirle.

 

Cogió el otro maki solitario y decidió probar a hacer lo mismo. Una vez estaba expuesto, acarició nuevamente el pezón con sus dedos callosos, mientras fijaba su mirada al gesto del androide. El chico parecía fruncir los labios, en un gemido ahogado en su garganta. Hank empezó a sentir que en la sala hacía algo de calor y no tenía claro si se debía solamente a la ingesta de alcohol.

 

Se tomó otra copa de vino blanco, por si las moscas. Aquel elixir entraba tan fácilmente, que estaba empezando a preguntarse si sería capaz de llegar en coche hasta su casa. Mientras bebía, miraba su “postre”. Había fruta de todo tipo: cereza, fresas, moras, arándanos… todas estaban dispuestas formando un círculo por la pelvis del joven, hasta conectarse con los kiwis cortados en rodajas en sus muslos; Hank sonrió, perturbado por el ramillete de uvas que se encontraba bien situado en donde, suponía, estarían los testículos del androide. Una especie de banana spit, con plátano cortado en rodajas sobre el pubis, con una piel de banana colocada en medio de un montón de nata montada, coronaba el plato dulce.

 

No podía ver el pene del joven, pero estaba empezando a suponer que todo aquello escondía sus atributos. Por un momento, deseó que no fuera verdad que los androides estuvieran diseñados como las barbies y otros juguetes… Enseguida se sonrojó por sus pervertidos pensamientos. Era por aquella habitación, con ese joven acostado en la mesa sin moverse, con el vino subiéndole los colores…

 

Sí, debía ser eso…

 

Él nunca…

 

Volvió a beber de la copa. Sentía un ardiente deseo de llevarse alguna de aquellas frutas a la boca. El deseo era fuerte y, pensándolo bien, iba a pagar por toda aquella comida, así que se decidió y cogió una cereza con mucha suavidad, llevándosela a los labios. Estaba deliciosa. No fue ninguna sorpresa cuando empezó a sentir necesidad de comer más. Cogió una fresa y, traviesamente, la mojó en la nata montada sobre el pubis del joven. Miraba cada dos por tres a la puerta, sintiendo que en cualquier momento entraría el camarero y lo pillaría haciendo una travesura, quebrantando las reglas.

 

El corazón le dio un vuelto al darse cuenta de que estaba deseando comer directamente del plato. Como si fuera un niño pequeño, lamiendo los restos de un postre delicioso. Sintió un deseo irrefrenable. ¿Y si lo hacía? ¿Qué pasaría?

 

Nadie diría nada. El joven estaba haciendo su trabajo… no iba a quedarse, ¿no?

 

Se levantó del sillón y se inclinó sobre el cuerpo del joven, sacando la lengua tímidamente. Pronto agarró con su boca una rodaja de kiwi jugoso. Lo saboreó y sintió que estaba en el paraíso. De pronto escuchó un sonido imperceptible.

 

Se quedó paralizado, pero se relajó al darse cuenta de que había sido el androide, que había gemido al sentir su lengua chupando el muslo, lamiendo el jugo de la fruta. Hank sonrió. Se estaba empezando a sentir muy excitado, aquello no tenía nada que ver con tener hambre.

 

Más bien… tenía que ver con otro tipo de hambre.

 

— Lo siento… —le susurró al androide, volviendo a lamer otra zona de sus piernas, comiéndose la frutilla brillante que descansaba en la ingle—. Me has abierto el apetito…

 

Al sentir la lengua del mayor rodeándole la ingle, devorándolo literalmente, el joven respondió con un jadeó. Hank levantó la cabeza; su boca estaba manchada de jugos de frutas. Decidió que era hora de comenzar a probar aquellas suculentas uvas, así que llevó la mano a la entrepierna del joven y sacó unas cuantas uvas del ramillete. Pronto comenzó a intentar desgranarlas directamente con los dientes, descubriendo debajo de la fruta la suave piel del escroto.

 

Estaba impresionado. Aquel joven era una réplica perfecta de un humano, que suspiraba y estaba empezando a moverse muy imperceptiblemente sobre la mesa.  Estaba consiguiendo que dejara de ser un simple mueble decorativo.

 

La piel de banana que tenía de adorno, coronando el corazón del postre, estaba empezando a levantarse, como una bandera que es izada en conmemoración de un día importante. Hank sonrió divertido al ver aquello. No se iba a quejar, puesto que el vino le había hecho entrar en calor y aquella habitación, ese lugar tan sórdido, le había dado el poder del anonimato.

 

Cogió la piel de banana con la punta de los dedos y la incrustó un poco más en el pene. Estaba sorprendido con el concepto de postre de aquel restaurante. Habían colocado la piel de un plátano vacío, lo habían rellenado de crema y se lo habían puesto de sombrero al pene de un androide. No podía parar de abrir los ojos con sorpresa y sonreír con picardía. El joven soltó un fuerte gemido cuando Hank cogió la piel de banana y la movió un poco hacia arriba y hacia abajo. Hacía un ruido pegajoso debido a la crema que había en el interior de la fruta. Hank sintió que su propio miembro se ponía tremendamente duro dentro de sus pantalones, envidioso de aquellas pervertidas caricias.

 

—Qué coño… este es mi postre —se dijo a sí mismo cuando se preguntó si debía o no hacer lo que estaba deseando.

 

Iba a pagar por todo aquello, esa era suficiente razón para comérselo. Así que, sin más miramientos, desnudó el pene del joven, retirando la piel de la banana y dejando al descubierto la polla del androide, totalmente empalmada y amarilla por la crema pastelera. Aquella era una postal digna de verse… el joven tenía todo el pubis y los alrededores lleno de nata montada y de aquella nube de algodón blanco nacía una polla dura, llena de dulce. Los trocitos de plátano repartidos por los alrededores ya Hank se los había comido y las uvas de sus testículos también habían desaparecido. Solo quedaba la guinda del pastel.

 

Y él todavía tenía bastante hambre.

 

Se volvió a inclinar sobre el cuerpo del joven y ayudándose con una mano, dirigió el dulce y duro pene hacia sus labios. Sin pensárselo demasiado, solo guiado por el deseo y el hambre, lo devoró. Se lo llevó a la boca y lo chupó con esmero, haciendo un ruido agradable y placentero. El joven gimió con el roce y arqueó el cuello, haciendo el primer movimiento de la velada.

 

Hank sonrió mientras le hacía la mamada, mientras chupaba toda la crema que embadurnaba la extensión de su pene. Tenía que admitir que estaba delicioso. De vez en cuando, se comía también la nata de sus alrededores, para juntar la crema pastelera con su sabor. La experiencia era increíble, una mezcla dulce y suave, aderezado con el sabor característico del pene del androide, al cual chupaba todos sus pliegues y rozaba con su lengua cada recoveco.

 

El androide anónimo comenzó a mover las caderas, desobedeciendo también las normas impuestas para los muebles de aquel restaurante. Empezó a penetrar la boca de Hank, que además dejó a sus manos recorrer las piernas del joven y también su pecho. Pronto sintió cómo el androide se corría dentro de su boca y el sabor de su semen, se mezcló con el dulzor de la nata y la crema.

 

Se sacó el pene de la boca y se tragó la corrida del androide mientras se dejaba caer en el sillón de nuevo. Cogió una servilleta y se limpió los restos de semen azulado, nata y crema de su barba. El joven androide seguía con los ojos vendados, pero todo su cuerpo estaba lamido, manoseado y comido. Ya no parecía una simple bandeja…

 

— Eres la cena más deliciosa que he probado nunca —le susurró al joven, acariciando su cabellera castaña.

 

Y quebrantando ya la última regla de la noche, se acercó a los labios entreabiertos del joven, que jadeaba por el orgasmo que había experimentado. Pronto besó suavemente aquellos labios entreabiertos. El androide correspondió, acariciando con su lengua, la lengua del mayor. Ambos sintieron un escalofrío recorrerles el cuerpo.

 

—Tú también debes tener hambre…—dijo, al separarse de sus labios. El androide no dijo nada, solo boqueó, en busca de más contacto.

 

Hank se bajó la cremallera de la bragueta y sacó su suplicante polla erecta. Estaba tremendamente excitado, por ello, sabía que no duraría mucho. Comenzó a masturbarse de pie, justo enfrente de la cara del androide, que estaba recostado en la mesa, tal y como había estado toda la velada. Se frotó el pene fuertemente, con ansias y rozó su glande con los labios de cereza del joven. El androide jadeó, sorprendido y abrió tímidamente la boca, recibiendo aquel preciado bocado.

 

Hank rozó su glande en la lengua suave del androide, que lo lamía sin moverse de su posición rígida sobre la mesa. Pronto se estaba corriendo de gusto en la boca del chico, que recibió parte de la corrida con la lengua, pero restos de semen se esparcieron por sus labios y barbilla. El mayor gimió fuertemente, sintiendo su cuerpo temblar por la intensidad del orgasmo.

 

— Dios… qué gusto… —suspiró, sorprendido por aquella experiencia que le había roto todos los esquemas. Jamás se había excitado tanto, jamás había disfrutado de aquella manera con nadie. Iba a ser verdad que aquel restaurante era la revolución del país.

 

Cuando se separaron, Hank se adecentó. Pulsó el botón del mando y la puerta de la habitación se abrió casi de inmediato, apareciendo el androide pelirrojo con su sonrisa característica.

 

— ¿Ha terminado ya, señor? —preguntó, con las manos cruzadas detrás de su espalda—. ¿Le retiro la mesa?

 

— Sí, por favor —le pidió Hank, que se encontraba tremendamente turbado por el alcohol y la experiencia que había vivido.

 

— Espero que la cena haya sido de su agrado —le dijo el androide, empezando a retirar la bandeja sobre la mesa de ruedas.

 

— Ha sido mucho más que eso —murmuró el mayor, llevándose una mano a la cara, avergonzado por lo que sabía que averiguarían nada más ver al joven con la boca llena de su pasión—. ¿Puedo preguntar cómo se llamaba este plato?

 

— Sí, claro, señor —le respondió el androide antes de desaparecer por la puerta con la que había sido la cena más increíble de su vida—. Se llama Connor RK800. Espero que repita pronto, señor.

 

— Diez por seguro que volveré… —le dijo como despedida, mientras veía cómo se llevaban al androide llamado Connor, con sus ojos vendados y sus labios cerezas rojas e hinchados.

 

Tenía pensado volver al día siguiente. Y esta vez, quebrantaría todas las reglas de la casa.

Chapter 13: 13. Noche de pelis

Summary:

“Domingo en casa, netflix, y una mantita. ¿Existe mejor plan?”. [KINK: 69]

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

 

El sonido relajante de la lluvia cayendo fuera era lo que se escuchaba de fondo en la oscura casa.

El salón se encontraba en penumbras y desde las ventanas se podía ver las gotas de agua limpia caer sobre el jardín y el tejado de los vecinos de enfrente. En el sillón, acomodados con las piernas estiradas en la parte extensible, se encontraban Hank y Connor, con las miradas fijas a la pantalla plana que tenía el teniente en una esquina del salón. Estaban viendo una película.

Era domingo y tenían el día completamente libre. Connor se había instalado con el teniente una vez la revolución androide había llegado a buen término y, aunque Hank no tenía sitio para él, el androide convivía con el teniente desde hacía unos meses. La convivencia era soportable para ambos ya que Connor era tolerante y se adaptaba al carácter del mayor, quien había decidido intentar dejar de beber y llevar una vida más saludable para contentar a su nuevo compañero de piso. Se sentía un adolescente con sus 56 años; la vida parecía darle una segunda oportunidad.

Sumo estaba acostado a un lado de la chimenea, acurrucado al calor del hogar, y ni siquiera se inmutaba por los gritos que salían de la pantalla. Estaban viendo una película de miedo que había conseguido asustar al androide unas cuantas veces en lo que llevaban de visionado.

Hank sonreía traviesamente cuando el androide daba un respingo ya que había presumido que él no podía sorprenderse con una simple película. El teniente estaba contento de haber elegido él aquella temática.

Se encontraban estirados en el sillón, el cual era un sillón cama que se extendía con un sencillo mando a distancia. Hank estaba abrigado con una manta de franela y llevaba ropa cómoda, igual que el androide, quien usaba una sudadera que había sido de Hank y que al joven le quedaba enorme, a juego con unos pantaloncillos cortos. Mientras miraban la película, Hank comía papas fritas de una bolsa y bebía coca-cola directamente de la botella.

—Hank, tienes el azúcar por las nubes… —le comentó el androide, analizándolo sin su permiso. Hank le tenía aquello terminantemente prohibido porque odiaba ese control que el androide podía ejercer sobre él.

—Déjame en paz, Connor y atiende a la puta película —le gruñó el mayor, con su típica amabilidad. No lo hacía apropósito, pero quería que el androide estuviera atento a las siguientes escenas, ya que venía una parte de la película que le encantaba.

En la pantalla aparecieron en la oscuridad unas palmas que aplaudieron al lado de la protagonista; aterrorizada, en el hueco de la escalera del sótano mientras sostenía una cerilla, chilló fuertemente, apagando la única fuente de luz que iluminaba la escena.  La pantalla se vino a negro mientras el susto atenazaba a los espectadores. Connor dio un respingo por la sorpresa, y no pudo evitar sufrir un espasmo en su brazo, colocándolo encima del hombro de Hank.

—Perdona… —le dijo, retirando la mano y pegándola a su pecho, avergonzado—. Me he asustado con tu película…

—Ya te dije que te sorprendería —le recordó Hank con una sonrisa victoriosa. No le dio importancia al roce de la mano de Connor; al contrario, estiró su brazo por encima de la cabeza del joven e hizo ademán de colocarla en sus hombros, atrayéndolo hacia él.

Connor se tensó un poco, pero cedió al acercamiento. Hank sintió una calidez nostálgica y se sintió muy a gusto con la compañía del androide. Había intentado varios acercamientos físicos anteriormente; no sabía muy bien por qué, pero sentía que buscaba un calor humano que le faltaba, y que el joven podía proporcionarle, incluso a pesar de no ser humano.

El joven enseguida adoptó la posición apoyado en el hombro del mayor y se acurrucó a su lado. Su LED pasó del amarillo a tintinear en un azul suave, mostrando un estado de relajación que a Hank —quien ya comprendía sus cambios de humor— le pareció una buena señal. Con un rápido movimiento de muñeca, cogió su frazada y la utilizó también para tapar al androide.

—Hank… —dijo el joven, sorprendido. Tenía intención de decirle que no sentía frío ni calor, ya que sus sensores climáticos estaban desactivados, pero sonrió al ver el rostro satisfecho del hombre y aceptó la cobija. La sujetó por un extremo y se la llevó hasta la barbilla, acurrucándose un poco más—. Gracias…

—Shhh —lo silenció el mayor, con los ojos fijos en la película. No parecía dar importancia a aquellas muestras de cariño que Connor estaba percibiendo. Para el androide, todo aquello formaba parte de un comportamiento que no encajaba con el rol que mantenía con el teniente; se sentía un tanto desconcertado y fuera de lugar, pero, al mismo tiempo, muy tranquilo y seguro.

En la pantalla hubo otro destello, seguido de un ruido fuerte, y Connor no pudo evitar cerrar los ojos y esconder la cara bajo la manta. No podía evitarlo: lo que estaba viendo le daba miedo. Era un sentimiento que no experimentaba con frecuencia, pero desde que se había rebelado contra su programación inicial y se había convertido en un androide divergente, sentía aflorar en su interior emociones cada vez más cercanas a las humanas.

—¿No decías que nada te sorprendía? —le preguntó Hank con tono burlón, mientras se llevaba una crujiente papa a la boca y soltaba una risa.

Connor respondió con un mohín simpático.

—No me dijiste que la película era espeluznante —protestó, mientras su LED cambiaba a amarillo—. Me dan miedo los fantasmas, Hank —confesó, sorprendido de haberlo dicho en voz alta.

Hank se rio a carcajadas.

—Don Perfecto le tiene miedo a algo… —murmuró, jugueteando con su mano en el hombro del chico. La cabeza de Connor seguía apoyada en él, y la mano de Hank caía suavemente sobre su sudadera, donde un hilo deshilachado captaba su atención. Lo enredaba y desenredaba en su dedo, provocando un leve cosquilleo al androide—. No tienes nada de qué temer.

Hank sonrió e hizo una pausa. Connor alzó la mirada avellana y la clavó en el perfil barbudo de su compañero de piso. Él seguía mirando fijamente la pantalla, pero al notar sus ojos sobre él, desvió la atención hacia el rostro del joven, mirándolo de reojo.

—Yo te protegeré —le dijo finalmente, dándole una palmadita en la cabeza y revolviéndole el pelo.

El calor que Connor sintió en el pecho le hizo sonrojarse ligeramente.

Se mantuvo en silencio y apartó la mirada del mayor, intentando concentrarse en la película, aunque le resultaba imposible. Comenzaba a percibir con más precisión las constantes vitales de su compañero: el ascenso y descenso de su tórax con cada respiración, el aroma que desprendían tanto su cuerpo como su ropa, el ritmo de su corazón… un latido que, de alguna forma, parecía acompasarse con el suyo propio.

Cerró los ojos, dejándose envolver por la calidez de aquella posición y la manta compartida. Nunca había estado tan cerca del teniente.

La película continuaba mientras Connor se concentraba en exceso en el hombre que tenía justo al lado. Pronto empezó a notar la mano distraída de Hank sobre su espalda. El joven se acomodó un poco más contra el cuerpo del teniente, sintiendo que entre ellos se había establecido un acuerdo tácito, una especie de permiso silencioso que les permitía sobrepasar ciertos límites físicos.

Se giró de lado en el sillón, con la curva de su cadera marcada bajo los pantaloncillos, y apoyó por completo la cabeza sobre el pecho del mayor, quien aceptó sin reparos el peso del joven sobre su torso amplio. La mano que antes jugaba con un hilo deshilachado en el hombro ahora viajaba disimuladamente hacia la perceptible curva en la cadera del joven. Connor dio un respingo. No por el sobresalto que provocaba la película, sino porque Hank había deslizado tranquilamente la mano bajo su sudadera. Sintió sus dedos recorrer su piel con una caricia suave.

Esos dedos trazaban figuras lentas sobre su cadera, y Connor se sonrojó intensamente. Su LED se tornó rojo, iluminando tenuemente la estancia en penumbra, solo iluminada por los destellos intermitentes de la televisión. Mientras los ruidos de las papas fritas de bolsa llenaban algunos silencios de la película, Connor se concentraba únicamente en el tacto áspero de aquella mano.

Hank, al parecer, seguía atento a los sucesos del film. Y aunque el androide intentaba escuchar los diálogos, su mente estaba completamente en otra parte.

La mano traviesa de Hank estaba avanzando en su recorrido bajo la sudadera del androide. Ya había acariciado su espalda baja y ahora se deslizaba hacia su abdomen. El androide sintió una especie de cortocircuito en su interior cuando los dedos pasaron cerca de su bajo vientre y luego ascendieron hasta rozar sus abdominales.  Aquello había dejado de ser una caricia casual. Jadeó suavemente, sorprendido por la intensidad del contacto.

—¿Hank…? —susurró, alzando la mirada. Pero el hombre seguía con los ojos fijos en la pantalla, como si no hubiera hecho nada fuera de lo normal.

Connor decidió no insistir y cerró los ojos. La mano de Hank descendió de nuevo hasta la cadera, donde se quedó quieta, ahuecada en ese lugar cálido y silencioso. Tranquila. Casi protectora.

El androide echó de menos el roce en cuanto cesó. Se removió levemente, acurrucándose más, buscando de forma inconsciente el contacto perdido, mientras la película alcanzaba un punto álgido. La poseída ya se había rebelado contra los investigadores paranormales, y todo apuntaba a un clímax aterrador. Era una lástima que el androide estuviera más pendiente de otros menesteres.

Al ver que nada de lo que hacía animaba al teniente a seguir acariciándolo, Connor decidió también cruzar las líneas de lo permitido entre ellos y, en ese momento de extrañeza, cogió la mano de Hank y la entrelazó con la suya. Seguidamente, coló esa mano, ahora secuestrada, en el interior de la sudadera, apoyándola contra su pecho, abrazándose con el pesado brazo del teniente.

Hank lo miró, sorprendido. Sonrió imperceptiblemente y, con un sonrojo que se perdió en la penumbra, volvió a mirar atentamente la película. Connor pudo notar cómo el viejo corazón del teniente se aceleraba. Connor quitó sus dedos entrelazados de los dedos de Hank y llevó su mano al abdomen del teniente, abrazándolo levemente. Se sentía un tanto tenso, como si en cualquier momento Hank le fuera a gritar que qué estaba haciendo. Pero el mayor no solo no hizo eso, sino que acarició su pecho suavemente, para después levantarle la sudadera hasta casi la parte superior de su torso.

Una mano ruda se afanó en uno de sus pectorales. Connor cerró los ojos al sentir cómo los dedos le acariciaban suavemente un pezón. No pudo evitar sentir un escalofrío y soltar un pequeño y casi imperceptible gemido.

—Esta parte de la película es genial… —dijo Hank, fijándose en la escena. Connor intentó imitarlo, mirando la televisión mientras se obligaba a no cerrar los ojos al sentir la mano de Hank sobajearlo.

Nunca nadie lo había tocado de aquella manera.

Pronto, la mano de Hank cambió de rumbo. Después de haber dejado sus pezones erizados y duros, volvió por el camino que ya había conquistado y rodeó la marcada cadera del androide. Descansó unos segundos ahí para luego trazar un lento camino por el borde de los pantaloncillos, atreviéndose, de pronto, a hundirse por debajo de la tela y acariciar la pretina del calzoncillo del androide. Connor se dejó hacer, sentía su cuerpo entregado, a la expectativa de cuál sería el siguiente movimiento de Hank. Cerró los ojos y decidió ignorar la película. Su LED brillaba entre amarillo y rojo, nervioso por lo que estaba sucediendo en su anatomía.

Hank, en cambio, no quitaba los ojos de la película. No obstante, tenía el corazón desbocado y los labios entreabiertos. Su respiración se había acelerado y estaba empezando a notar una dureza que resultaba sospechosa entre las mantas. No quería que el androide se diera cuenta, pero no podía evitar el impulso de seguir acariciándolo: su piel era suave y fresca; tersa y joven. A veces tenía que humedecerse los labios con la lengua, porque sentía un ansia de besarlo que le sobrepasaba.

Sentía el peso de la cabeza de Connor en el esternón. Desde ahí podía ver su cabello brillante. Asimismo, su LED brillaba e iluminaba la habitación, tentándolo con llevar su mano traviesa a aquel aparato y deslizar un dedo y acariciar aquel borde luminoso. Tenía curiosidad de saber cómo era tocarlo. Cómo se sentiría su tacto bajo sus dedos. No obstante, su mano estaba demasiado a gusto colándose entre los pantalones del joven, quien permitía aquella invasión de su intimidad sin rechistar.

De un momento a otro, Connor dejó de estar acostado en su pecho y apoyó su cabeza directamente sobre las piernas del mayor. Se había acomodado en el sillón, quedando recostado sobre Hank.  Ahora Hank lo tenía totalmente a su disposición; podía verle el rostro sonrojado de un bonito azul cielo y, aunque Connor no se diera cuenta, si se moviera convenientemente, su cabeza podría rozar la evidente erección de Hank, la cual se escondía bajo las mantas. La sola posibilidad le producía escalofríos que recorrían todo su cuerpo.  

Con esa remota posibilidad en el pensamiento, el mayor retomó la faena y llevó la mano que había paseado por el definido cuerpo del joven hacia el plano vientre y subió la sudadera, aunque esta vez sin perder detalle de lo que hacía. Prácticamente ignoraba la película, la cual retumbaba de fondo. El blanco abdomen del androide se dejó ver tras subir la tela hasta casi las clavículas. Connor se veía totalmente expuesto. Con ambas manos, Hank había decidido recorrer su cuerpo, inclinándose levemente hacia Connor.  

Primero acarició el pecho del joven, rozando nuevamente sus pezones —que reaccionaron de inmediato a la caricia—, para continuar luego agarrando su silueta con ambas manos, dibujando con los dedos su cintura y sus caderas.

—Oh… —susurró el joven, totalmente entregado y sonrojado.

Hank se mantuvo en silencio, maravillado por la perfección que tocaba. Cuando llegó al pantalón del androide, Hank pudo comprobar que entre las piernas de Connor se erigía un curioso bulto. El mayor sonrió, casi satisfecho.

—Esto sí que no me lo esperaba… —comentó con suavidad. Era la primera vez que veía a Connor excitado. Llevaban meses conviviendo pero, aunque había tenido ganas de acariciarlo antaño, hasta ese momento no se había creado el ambiente adecuado.  

Sin demorarse más, llevó una de sus manos traviesas hacia ese bulto y lo palpó. Se dio cuenta de que era duro y cálido, y se sonrojó. Hank jamás había estado con otro hombre, pero no podía evitar excitarse con aquella silueta bajo la ropa. Su propio miembro llevaba rato pujando por salir y ser libre, y ahora que sentía la presión del joven acostado sobre sus piernas, le quemaba la ropa.

Cuando estrujó la tela, teniendo cuidado de no hacerle daño, Connor se revolvió bajo su roce. Los pies del androide estaban enredados en la frazada que compartían y terminó por desembarazarse de aquella tela. Empezaba a sentir calor en su cuerpo, igual que Hank. Al final no eran tan diferentes el uno del otro.

—Hank… —le llamó el joven, con una nota de súplica en su voz. Estaba confuso, no sabía lo que quería.

—Dime… —le respondió el mayor, temiendo que estuviera echándose para atrás, despertando de aquel trance en el que habían entrado.

—Me siento raro ahí abajo… —le dijo, con un hilo de voz, sonrojándose—. Cuando me tocas ahí

—¿Ahí?, ¿dónde? —le preguntó Hank, pícaramente, forzándole a explicarse.

Ahí… —dijo Connor, haciendo un mohín y cerrando los ojos, avergonzado.

—¿Aquí? —y puso la mano encima de su entrepierna nuevamente, Connor se estremeció.

—Sí… —jadeó, girando la cabeza hacia Hank, dejando de mirar hacia la tele. Connor tenía, sin saberlo, situada su boca justo en la superficie del glande del mayor, pero sobre la ropa. Hank casi que podía percibir su aliento cálido tras la tela.

Hank deseó con todas sus fuerzas que Connor se la mamara. Fue tan fuerte aquel deseo, que estrujó el paquete del joven, como si estuviera pidiéndole en código morse que se la chupara. Pero Connor no entendía aquel lenguaje, solo reaccionó sintiéndose tremendamente excitado.

—¿Qué sientes cuando te toco ahí? —le preguntó el mayor, con un atisbo de curiosidad real. ¿Qué sentía un androide realmente?

Connor no respondió, solo jadeó. Hank volvió a rozarle con los dedos, dibujando la silueta de su erección, presionando su miembro con algo de temor. Connor volvió a gemir suavemente.

—Por favor… —le pidió.

—Por favor, ¿qué?  —le preguntó Hank, sonriendo. Su cabello canoso caía sobre su rostro levemente ladeado hacia el torso del joven—. ¿Quieres que… —llevó sus manos al elástico del pantalón y calzoncillo y lo separó levemente de sus caderas— te los quite…?

Connor asintió suavemente, sonrojándose aún más. Se llevó una mano a la cara, tapándosela por vergüenza. Pero Hank había entendido perfectamente que el joven deseaba que lo desnudara. No tardó en tener los pantalones y los calzoncillos a la altura de las rodillas. Su pene erecto se alzaba majestuoso sobre su pubis. Era un miembro humano perfecto. Hank se sorprendió gratamente de lo increíble que era la tecnología.

No tardó en rodearlo con la mano, mientras deseaba con desesperación quitarse él también la ropa y recibir algún tipo de caricia. Pero Connor no estaba por esa labor, solo quería recibir.

El joven se revolvió sobre su regazo, rozando su cabeza contra su erección, haciéndole sufrir aún más. La mano de Hank rodeó el pene de Connor y lo masajeó. Las manos de Connor se fueron directamente a su bajo vientre y dibujaron un triángulo con sus dedos, sujetándose el pubis mientras Hank le trabajaba la zona con esmero. Nunca había masturbado a otro hombre, pero sabía cómo arrancar suspiros al joven, que era extremadamente sensible y húmedo. Tenía la punta del glande mojada y Hank estaba deseando comérselo entero, aunque no admitiría aquello ni en sueños. Sentía los labios secos, y no hacía más que humedecérselos con la lengua. Se le hacía la boca agua pensando en aquella polla que estaba acariciando. Sentía su suavidad y sentía lo bien que se deslizaba en su mano… Connor no paraba de gemir con la boquita chiquita, con el ceño fruncido, con aquellas arruguitas adorables que le nacían en el entrecejo y en la frente.

Hank no pudo evitarlo más y se desembarazó del peso del joven androide sobre él. Connor se sorprendió por el cambio brusco de posición, pero se quedó acostado sobre el sillón, impertérrito, mientras Hank se abalanzaba sobre él, colocando cada pierna sobre un lado de la cabeza del joven. Hank todavía tenía puesto el pantalón de andar por casa y Connor pudo observar cómo su cuerpo se posaba sobre el suyo, sintiendo la presión del abultado abdomen del mayor. Tenía la entrepierna de Hank prácticamente pegada a su boca, solo que vestida. Ahora podía notar perfectamente la polla dura del teniente sobre su esternón.

Mientras Connor se sentía abrumado por la polla de Hank sobre él, el mayor ya le estaba agarrando la punta del miembro. Sin demoras, Hank se atrevió a darle una tímida lamida que hizo que Connor se derritiera. En ese momento, el joven androide aprovechó para colar las dos manos en los huecos del pantalón de Hank, acariciando sus piernas varoniles, hasta llegar a sus nalgas.

Aunque Hank se estremeció mucho por la íntima caricia, no se separó de aquella verga que estaba probando por primera vez. Se sentía avergonzado por sus instintos, pero Connor correspondía a sus caricias con gemidos y besos en sus piernas, los cuales le erizaban completamente la piel. Con torpeza, agarraba el pene endurecido por el deseo, y se daba leves pero intencionales golpes con él en los labios, mientras lo besaba y rodeaba con su boca.

Connor comenzaba a despertar de su estado pasivo y llevó una de las manos que acariciaban las nalgas de Hank, hacia la entrepierna del teniente. Le acarició primero el escroto, que tenía ligeramente rasposo por el vello y luego agarró con determinación la polla dura que tenía clavada en el esternón. Sin mucha dificultad, el joven androide apartó la tela del pantalón y sacó aquella jugosa delicia hacia fuera de la ropa, quedando prácticamente encima de su boca.

Hank gimió roncamente cuando sintió la boquita de cereza de Connor darle besitos sobre sus testículos y lamer tímidamente su perineo y su escroto. El teniente se colocó un poco más cómodamente para que Connor pudiera chuparle la polla más fácilmente. Con aquel movimiento, y tal vez sin querer, le metió la polla sorpresivamente en la boca al androide, quien la recibió con sorpresa, aunque enseguida la empezó a mamar, como deseando ordeñarlo.

Sintiendo la saliva cálida de Connor bañarle, Hank hacía lo propio con el miembro del joven: se lo metió entero en la boca, hasta donde pudo sin provocarse una arcada, y empezó a chuparlo de arriba abajo, haciendo un ligero vaivén con el cuerpo. A la vez, sentía la succión rítmica de Connor sobre su polla.

Se daban y recibían placer al mismo tiempo. Aquello los estaba enloqueciendo.

Mientras chupaban, trataban de seguir un ritmo constante. No podían evitar emitir gemidos ahogados por la polla del otro llenándoles la boca. Incluso, en algún momento, tuvieron que sacársela de la boca para coger aire y disfrutar un segundo de un placer íntimo y personal, aunque esos instantes eran efímeros, ya que las demandantes caderas de ambos se movían en un constante mete y saca, buscando el contacto cálido y húmedo de sus bocas.

Como habían acabado en aquella erótica situación, no lo sabrían nunca. Lo que sí sabían es que se estaban comiendo el uno al otro. Hank tenía las piernas totalmente abiertas, sentado prácticamente en la boca del joven, que recibía sin rechistar el grueso pene del teniente en su garganta. Y el joven, a su vez, estaba totalmente entregado, acostado en el sillón cuan largo era, sintiendo cómo era chupado y lamido como una deliciosa piruleta por aquel hombre que tanto respetaba y quería.

Nunca había sentido un placer parecido. Su cuerpo se estaba saliendo de control y no quería que aquello parase nunca. Quería seguir así toda la eternidad.

Su LED hacía brillar la habitación. La televisión ya estaba proyectando los créditos de la película; negro sobre blanco, la sala totalmente a oscuras. La lluvia, que seguía cayendo fuera, era lo único que se podía escuchar en la habitación, además de sus gemidos de placer. Los dos hombres se deshacían en susurros y jadeos; el ruido de las succiones y el sonido de sus lenguas chocar con sus duras pollas, inundaban la cabeza de ambos.

Sumo seguía durmiendo como si nada estuviera pasando a su alrededor, a veces miraba sorprendido la escena, para luego volver a acomodarse en su camita en la esquina, esperando a que alguno de los dos le diera de comer.

Pero estaban demasiado ocupados comiéndose el uno al otro como para acordarse del pobre Sumo.

—Quiero comerte entero, Connor —le dijo Hank, en un arrebato de pasión al joven, mientras le sujetaba la polla con una mano y le chupaba las pelotas lampiñas y suaves—. Me encanta tu sabor y lo suave que tienes la piel. Estaría lamiéndote la polla todo el puto día…

—Oh, Hank…—Connor empezó a sentirse tremendamente turbado, un tirón dentro de sus mecanismos le indicó que algo se avecinaba—. Creo… creo que me voy a correr.

Cogió el jugoso glande de Hank y se lo llevó a los labios. Lo chupó con ganas, haciendo un fuerte sonido de succión, para luego empujó las nalgas de Hank hacia su cara, acercando su zona anal con intención de lamerla. Al hacerlo, sintió cómo el íntimo y tímido anillo de Hank se contraía, asombrado por el roce.

—Dios mío…—jadeó Hank al sentir la increíble sensación de aquella lengua húmeda sobre la parte más escondida de su anatomía.

Ambos estaban a punto de correrse. Unas cuantas embestidas, seguidas de lengüetazos y chupadas húmedas y profundas en las zonas claves, bastaron para que ambos se dejaran correr en la boca del otro.

Hank recibió el azulado esperma del androide desde la punta de la polla hacia su boca, por lo que le salpicó un poco en el rostro, además de en su lengua, la cual mantenía fuera para recibir la corrida del androide. Pero Connor, que tenía la polla de Hank casi en la garganta, recibió su orgasmo directo en el paladar y campanilla, sintiendo la cálida sustancia chorrearle a borbotones en su tráquea.

Se fusionaron en un violento gemido que compartieron, mientras se deshacían en semen casi simultáneamente. Bañaron en esperma sus lenguas y, totalmente exhaustos, quedaron acostados, lado a lado, en el sillón. Hank con la cabeza a la altura de los pies de Connor, y el joven mirando las pantorrillas del mayor. Respiraban pesadamente, mientras saboreaban la pasión que habían derramado en el interior de sus bocas. Hank tenía lefa todavía en su cara y, cuando Connor lo miró, no pudo evitar sonrojarse.

—¿Te ha gustado la película? —preguntó Hank al cabo de unos minutos de descanso—. Es todo un clásico del cine de terror…

—Me ha encantado —respondió el joven, cambiándose de posición. Trepó hasta acostarse frente a aquellos hermosos ojos azules, los cuales miró entusiasmado—. ¿Ponemos otra?

Notes:

¿Habéis adivinado cuál es la película que estaban viendo? :)

Chapter 14: 14. Adolescencia tardía

Summary:

“Connor acaba de recibir la última actualización para su modelo”. [KINK: Masturbación]

Notes:

NOTAS: Este fanfic antológico fue escrito por mí en el año 2018, siguiendo las normas del reto Kinktober 2018. Fue publicado en Wattpad y llegó a tener más de 150 mil lecturas y miles de comentarios, pero la plataforma decidió eliminarlo de pronto y se perdieron algunos relatos, gráficos, títulos... Los he intentado recomponer para publicarlos aquí. ¡Espero que disfrutéis!

Chapter Text

 

—¿Teniente? —preguntó Connor, abriendo la puerta de la casa que ahora compartían.

 

El silencio lo recibió.

 

Connor supo que no estaba en casa porque Sumo tampoco había acudido a saludarlo en la puerta. Se entristeció, y su LED brilló en color amarillo mientras procesaba aquellos sentimientos, aún nuevos para él.

 

Se quitó la chaqueta y la colgó en la percha situada junto a la puerta, que hacía las veces de recibidor.

Suspiró, algo cansado.

 

Acababa de regresar después de haber pasado dos días fuera. Elijah Kamski lo había mantenido en observación en su laboratorio tras intervenirlo en una compleja operación robótica para actualizar los componentes obsoletos de su modelo anterior.

 

Ahora que era un androide divergente y su conciencia era única, no resultaba tan sencillo reemplazar un modelo antiguo por uno nuevo. Kamski había actuado con el mismo cuidado que si se tratara de un cuerpo humano. Su conciencia se había despertado recientemente y aún se encontraba abrumado por la gran cantidad de cambios y actualizaciones en su sistema.

 

Para empezar, ahora podía comer y beber. Disponía de un sistema digestivo completamente funcional y su sistema nervioso había cobrado vida. Podía sentir las cosas con las manos: ya no disponía simplemente de sensores de frío o calor, sino que estos se habían transformado en un complejo entramado de diminutos componentes hipersensibles que transmitían las sensaciones físicas a través de toda su piel.

 

Era completamente sensible y notaba el roce de la ropa, lo cual le resultaba molesto. Necesitaba deshacerse de la camisa y ponerse cómodo.

 

Hacía tiempo que vivía con Hank Anderson, el teniente de policía con quien también compartía trabajo en la estación de policía de Detroit. Los androides ya no eran esclavos de nadie; eran seres totalmente libres y ahora él tenía un trabajo remunerado. No obstante, no se había ido a vivir solo porque le gustaba compartir tiempo con el teniente.

 

Le gustaba cuidarlo.

 

Le preparaba la comida y vigilaba su ingesta diaria de calorías y alcohol. No por nada Hank había conseguido bajar unos cuantos kilos desde que Connor aceptó su invitación para compartir casa. Aun así, no tenía habitación propia. Aquello nunca le había importado, así que descansaba en el sillón por las noches, mientras la casa entera se sumía en el silencio.

 

Desconectaba algunas funciones pesadas de su sistema y se dedicaba a recopilar datos innecesarios para subirlos a la nube, con el fin de vaciar su memoria y agilizar sus neurotransmisores. No quería conservar datos superfluos que aprendía cada día del mundo humano, como, por ejemplo, que en una red social existía un usuario que había creado una cuenta para hablar del pelo de B. D. Wong…

 

Hank había comprado un mueble con cajones y lo había colocado en su habitación, para que compartieran espacio para la poca ropa del androide. Connor avanzó por el pasillo oscuro hasta la habitación del teniente, que estaba completamente desordenada, con la cama sin hacer y la ropa tirada por el suelo. Chasqueó la lengua en señal de desaprobación.

 

—Eres un desastre, Hank Anderson… —murmuró, mientras se dirigía al mueble de ropa para escoger algo ligero y desnudarse.

 

Cuando se quitó la camisa, no pudo evitar mirarse el torso. Era un torso idéntico al que tenía desde su fabricación, pero lo sentía… un tanto diferente.

 

Aquellos círculos rosados, inactivos hasta ahora, se llamaban pezones; nunca había comprendido su existencia, salvo por una intención estética: imitar el pecho de un hombre humano. Ahora sentía que se erizaban y sentía cosquillitas si los rozaba con los dedos. Decidió dejárselos en paz y se quitó también los pantalones.

 

Debajo de la ropa interior notaba una protuberancia inusual. Jamás había poseído genitales. Su modelo original no requería ese tipo de componentes. Solo los androides conocidos como Tracis estaban diseñados con genitales funcionales para proporcionar placer a los humanos que compraban sus servicios. Habían sido diseñados para complacer sexualmente por lo que era imprescindible en ellos. No había sido su caso, ya que se trataba de un androide detective, por lo que sus capacidades estaban lejos de las tentaciones carnales de los humanos.

 

No obstante, en su nuevo cuerpo existían también genitales masculinos. Se levantó la pretina de los calzoncillos para examinarse y se sonrojó al descubrir aquella parte de su cuerpo por primera vez.

 

Era la primera vez que veía su propio pene. Sus ojos marrones se fijaron tanto en la piel tersa y desconocida, que apenas rozaba el interior de su ropa, que de pronto se empezó a sentir un poco mareado y tuvo que recostarse en la cama de Hank. Apoyó una mano y se sentó lentamente. Nunca antes se había mareado. Supuso que se debía a los recientes ajustes en su sistema nervioso.

 

Parpadeó unas cuantas veces mientras buscaba un poco de aire con la boca, y como no conseguía sentirse mejor, se dejó caer por completo en la cama, que estaba revuelta —como de costumbre—. Encima del colchón y al pie de la cama había ropa del teniente. Parecía que cuando él no estuvo en casa, un huracán había pasado por ahí; apoyó la cabeza sin querer en algunas prendas arrugadas y cogió una con la mano y se la sacó de debajo del pelo, colocándola frente a su cara. Era una camisilla de andar por casa, de esas que no tenían mangas.

 

Un impulso incontrolable, que le aceleró el pulso, lo llevó a acercarla a su rostro, no sin antes preguntarse si aquello estaba bien. Decidió que sí, aunque no estaba del todo seguro, y la olió de cerca. Olfateó la tela profundamente y descubrió que podía distinguir diferentes olores impregnados en ella.

 

Loción para el cuerpo de miel.

 

Desodorante de hombre.

 

Olor corporal de Hank.

 

No pudo evitar sonreír. Era extraño que un androide oliera la camisa de su compañero de piso, pero era algo que le había nacido de lo más hondo. Jamás había estado tan cerca de ese olor. Sintió un hormigueo indescriptible en su estómago recién adquirido. Frunció el ceño, analizando aquellas sensaciones desconocidas y, curioso, levantó ligeramente la cabeza para observarse.

 

Con asombro, observó cómo, en su bajo vientre, un abultamiento tomaba forma en sus calzoncillos. Dejó caer la cabeza de nuevo sobre la cama, abrumado por la vergüenza.

 

— ¿Ahora qué hago…? —se preguntó, intentando guardar la calma.

 

Kamski se lo había advertido.

 

“—Sentirás como si vivieras una adolescencia, Connor, estarás muy excitado por todos los cambios y… puede que experimentes algunas alteraciones físicas”.

 

Recordó cómo le había mirado la entrepierna con una sonrisa juguetona. Sintió ganas de abofetearle.

 

Estaba poniéndose duro, es decir, estaba experimentando una erección involuntaria, de esas que, según había leído, eran frecuentes durante la adolescencia. Pero él no era un adolescente.

 

¿O sí?

 

Decidió ponerle solución a aquel problema.

 

Una solitaria mano bajó lentamente por su abdomen, erizándose al notar el roce de su propia piel. Sin pensarlo demasiado, coló la mano por debajo de sus propios calzoncillos, como si necesitara pedirse permiso antes de continuar.

 

Se rodeó el pene con la mano y se sonrojó abruptamente.

 

— Ah… —gimió sin poder controlarlo—. Qué sensible…

 

Estaba sorprendido por la alta sensibilidad de la zona. Sentía la piel caliente y palpitante. Cada latido que le daba en la entrepierna lo sentía como un latigazo en la espalda. Decidió estirar la frágil piel hacia arriba, con cuidado. Tenía miedo de sentir dolor, pero muy al contrario de lo que temía, soltó otro jadeo.

 

Volvió a tirar la piel hacia abajo y abrió los ojos marrones de largas pestañas con sorpresa. De sus labios se escurrió una exclamación jadeada.

 

¡Aquello se sentía increíblemente bien!

 

Guiado por un sentimiento desconocido pero intenso, que parecía incluso controlar sus movimientos, se bajó los calzoncillos a la altura de los muslos, dejando a vista y paciencia todos sus “atributos”.

 

Se sentó en la cama y la piel de su abdomen, sin ápice de grasa, se plegó ligeramente siguiendo el relieve de sus músculos, y se fijó en cómo su erección era tan consistente que la punta de su nuevo pene chocaba con su abdomen. El tamaño era perfecto, manejable y hasta le parecía estético. Estaba contento con el resultado.

 

— Qué buen trabajo de ingeniería robótica, señor Kamski… —murmuró mientras estiraba la piel de prepucio, sintiendo un escalofrío.

 

Se llevó la mano a la base del pene y se descubrió los testículos. Sintió una punzada dentro, como una punzada sensible al tacto. Eran extremadamente sensibles, así que acarició la piel lampiña del escroto, fascinado por cada pliegue que recorría su superficie. Los estiró con suavidad, jugando con la elasticidad, viendo hasta dónde podía llegar. Volvió a centrar su atención en el falo, intrigado por una sustancia que parecía rezumar de un pequeño agujero que tenía en la punta.

 

Sabía lo que podía ser gracias a su conexión directa con Internet y bases de datos, pero estaba sorprendido de que hubieran replicado aquello de forma tan realista en su cuerpo androide. Quiso experimentar aún más y desactivó la piel sintética de aquella zona.

 

Poco a poco fue apareciendo la piel de acero que se escondía debajo y el pene se convirtió en una estructura metálica y pulida, de aspecto gélido. Sonrió, gratamente sorprendido, volviendo a activar la piel, que empezó a aparecer nuevamente desde los muslos hasta que la piel volvió a envolver completamente el glande.

 

Volvió a dejarse caer sobre la cama, llevando la mano otra vez a su entrepierna, excitado por el placer que despertaba en él cada caricia. Empezó a masajearse suavemente, y su respiración era lenta y acompasada. A medida que su temperatura corporal aumentaba y el presemen lubricaba su mano, su respiración se volvió irregular.

 

Gemía con suavidad, como si le avergonzara. Eran respiraciones entrecortadas, convertidas en suspiros que no lograba contener. No le dolía, le encantaba, pero no podía parar de vocalizar aquellas caricias furtivas.

 

Flexionó una rodilla y la encajó en la cama, deshaciéndose de los calzoncillos por fin y abriéndose de piernas, mientras se acariciaba de arriba abajo. Exploraba nuevas formas de tocarse, ahuecando la palma sobre la punta y haciendo girar suavemente la muñeca. Un estremecimiento se apoderó de él.

 

Con la mano libre estaba acariciándose la cadera, le gustaba recorrer con un dedo las líneas rectas de su cuerpo. Pasaba la palma suave por su pubis limpio de vello, como el resto de su anatomía. Las venas del pene comenzaban a marcarse, y él no podía apartar la vista, maravillado por la precisión del diseño de Kamski.

 

¿Por qué no lo habían contemplado desde el inicio? ¿Por qué los humanos les negaron incluso la posibilidad del placer, reservándola solo para quienes los complacían?

 

Se mordió los labios y cerró los ojos; Echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello y la prominencia de la nuez de Adán. Se sentía tan placentero… empezó a mover las caderas imperceptiblemente, como con pequeños espasmos arrítmicos.

 

Llevado por la lujuria, ese sentimiento que no sabía identificar, cogió otra prenda de ropa del teniente, y se la llevó a la nariz, aspirando profundamente su aroma varonil mientras se jalaba la polla con mimo. Descubrió que aquello hacía que cada roce resultara incluso más delicioso.

 

Apartó la camiseta que estaba oliendo y buscó otra prenda. Era una prenda de ropa interior. La cogió con cierta timidez, sintiéndose avergonzado y sonrojándose. Echó un vistazo a su alrededor y, aunque sabía que estaba solo, aguzó el oído por si alguien se acercaba. Habiéndose cerciorado, cogió los calzoncillos y se los llevó a la nariz.

 

El aroma a almizcle hizo que se le pusiera la polla incluso más dura. Gimió sobre la prenda. Se sentía tremendamente excitado, el corazón le latía fuertemente en el pecho. Besó la prenda, mientras una imagen de Hank se apoderaba de su mente como nunca antes.

 

Aquel cuerpo robusto, esa mirada azulada que le observaba con cariño, su voz grave…

 

Cogió los calzoncillos que tenía en su cara y se los llevó hasta su erección. Los cogió con la mano y se los enrolló en ella; enseguida se encontró, sin pensarlo conscientemente si quiera, restregándose la tela por el escroto y la base de la polla. La sensación le gustó, era rugosa y placentera.

 

Pronto se estuvo masturbando con los calzoncillos de Hank.

 

Su LED iluminaba la estancia de rojo.

 

No pudo evitar apasionarse y darse la vuelta en el colchón, hincando las rodillas en él. Con la espalda arqueada, el rostro hundido en el edredón y el culo alzado con las piernas totalmente abiertas; su polla apuntaba a la cama.  Siguió masajeando al ritmo que su cuerpo pedía. Sentía una bruma densa nublarle la conciencia. No dejaba de gemir, aunque los sonidos quedaban ahogados en las sábanas. Incluso empezó a salivar contra el colchón.

 

— Hank… Hank…—susurró, imaginándose una nítida escena de una película pornográfica protagonizada por Hank y por él. No sabía que era capaz de eso, pero le maravilló descubrirlo.

 

Su mano seguía aferrada con fuerza a su sexo, masajeándose con la ropa enredada entre sus dedos y, de pronto, supo que se iba a correr. Su primer orgasmo le atravesó el cuerpo, de los pies a la cabeza, y sintió que temblaba antes de explotar.

 

De la punta de su glande brotó una sustancia espesa y azulada, que salpicó con fuerza su mano envuelta en los calzoncillos de Hank, así como el edredón blanco de la cama del teniente. Se deshizo en un gemido mientras su corrida conquistaba toda la tela que tenía a su alcance. Quedo totalmente seco, después de un largo orgasmo que pareció sacudir cada uno de sus componentes internos. Se quedó paralizado sobre su propia pasión, acostado en la cama.

 

Levantó la mano con la que se había tocado su primera paja y descubrió que los calzoncillos estaban empapados de aquella sustancia. Sintió curiosidad y se llevó la prenda íntima de Hank, que había mancillado tan descaradamente, y lamió la zona donde se concentraba la mancha, probando su propio sabor.

 

Analizó aquella sustancia y descubrió que solo era Thirium y agua, con otra consistencia que seguramente se encargaría de darle sus nuevos testículos. Tenía un sabor ligeramente amargo y una textura densa.

 

Su primera sesión de autodescubrimiento había llegado a su fin. Estaba relajándose por completo, totalmente desnudo y corrido, en la cama del teniente. Incluso sintió algo que antes solo había emulado: el sueño se estaba apoderando de él. Su LED parpadeaba en amarillo mientras su sistema intentaba procesar las nuevas capacidades y necesidades descubiertas.

 

Cuando creía que se estaba quedando dormido, pudo percibir la puerta de la casa cerrarse suavemente. Las pisadas del San Bernardo resonaron por la casa, confirmándole que Hank acababa de llegar

 

Intentó levantarse rápidamente, pero estaba adormilado y sus movimientos no eran tan coordinados. El perro apareció por la puerta de la habitación, seguido de un Hank ataviado en ropa deportiva. Había salido a pasear al perro por el barrio, ajeno a lo que sucedía dentro de casa

 

Connor logró incorporarse rápidamente de la cama del teniente y se quedó de pie justo frente a él cuando apareció por la puerta.

 

Aún sostenía los calzoncillos del mayor en la mano, tenía la boca manchada de semen azulado y su abdomen también mostraba rastros de su descarga. Estaba completamente desnudo, y lo único que pudo hacer fue cubrirse con la ropa interior de Hank, llevándose una mano temblorosa a la entrepierna, intentando evitar que el teniente lo viera por completo.

 

—¿¡Pero qué coño…?! —Hank tuvo que sujetarse de las jambas de la puerta, con los ojos abiertos de par en par, mirando la escena sin poder creérsela—. ¡¿Connor?!

 

La mirada del joven voló hacia aquel Hank petrificado y recorrió las pruebas evidentes de lo que había estado haciendo en su cama.

 

—¡Teniente! —gritó, completamente ruborizado—. ¡No es lo que parece!

 

—Oh, dios mío… —Hank se llevó una mano a la cabeza y se cubrió los ojos—. ¿Esos son mis calzoncillos? —preguntó, señalando la entrepierna del androide, donde su ropa interior era lo único que cubría su nuevo descubrimiento.

 

Hank entró en la habitación y, con los ojos bien abiertos, examinó la cama, comprobando que el joven se había corrido entre sus sábanas y su ropa. Se dejó caer sentado sobre el colchón, con expresión compungida. Connor estaba al borde de las lágrimas, paralizado por la vergüenza. Su LED brillaba en un rojo encendido.

 

—Teniente, puedo explicárselo… —dijo, con la voz temblorosa. Apenas podía hablar. Hank lo miró directamente a los ojos. No parecía realmente enfadado.

 

—¿Se puede saber por qué no me esperaste? —preguntó de pronto el mayor, con una sonrisa extraña.

 

Fue entonces cuando Connor comprendió que le aguardaban muchas más sesiones de autodescubrimiento y que, lo mejor de todo, Hank iba a acompañarlo en el proceso.

 

Se preguntó cuántos calzoncillos del teniente terminaría manchando después de aquello.

Chapter 15: 15. Murder House

Summary:

“Connor y Hank compran una casa en la que una familia fue asesinada”. [KINK: Latex]

Notes:

Este fanfic antológico fue escrito por mí en el año 2018, siguiendo las normas del reto Kinktober 2018. Fue publicado en Wattpad y llegó a tener más de 150 mil lecturas, pero la plataforma decidió eliminarlo de pronto y se perdieron algunos relatos, gráficos, títulos... Los he intentado recomponer para publicarlos aquí. ¡Espero que disfrutéis!

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

La decisión de mudarse a una casa más grande y en un barrio más tranquilo había sido discutida varias veces por la pareja. Llevaban juntos desde que la revolución de los androides había alcanzado su punto álgido, logrando la igualdad de derechos entre androides y humanos. Hank y Connor, que además de compartir espacio vital en casa eran compañeros inseparables de trabajo, habían decidido unir sus vidas en una relación que, al principio, fue conflictiva: ninguno de los dos sabía gestionar sus emociones.

 

¿Quién le habría dicho a Hank que acabaría con un hombre y que, para colmo, ni siquiera sería humano? Nadie. Definitivamente.
Ahora, frente a aquella enorme casa victoriana que habían conseguido a tan buen precio y de la que se enamoraron al instante, se decía a sí mismo que toda aquella aventura —que había comenzado un buen día en un bar, mientras ahogaba sus malditas penas— había valido la pena.

 

Connor era un muchacho ejemplar.


No solo por ser su… ¿novio? Aún, después de más de un año de relación, no solía llamarlo así, pues aquella palabra le resultaba incómoda. Connor era ejemplar no solo por ser su compañero de vida, sino porque había logrado descubrirse a sí mismo, a pesar de las terribles circunstancias que lo rodearon desde su nacimiento como máquina.

 

Para ambos fue difícil al principio. Hank no conseguía entender qué era lo que sentía por el joven, por qué se ponía nervioso al verlo, ni por qué lo deseaba furtivamente por las noches. Su humor se había agriado, volviéndolo huraño y arisco con los demás, e incluso, a veces, con el propio Connor, que no tenía la culpa de sus pensamientos confusos. Pero él estuvo allí, todo el tiempo, esperando pacientemente.

 

Mientras Hank lidiaba con sus dudas, Connor también aprendía sobre la vida. Sobre lo que significaba estar vivo. Tener el derecho de entrar donde quisiera y no pertenecer a nadie era importante, por supuesto, pero el verdadero significado de estar vivo lo empezó a entender cuando descubrió que estaba enamorado de su viejo compañero de piso.

 

Les había costado dar el paso, pero cuando aquel primer escollo desapareció, todo fluyó de forma natural. Como si el destino hubiera deseado que sucediera. Como si se hubieran estado buscando mutuamente todo ese tiempo.


Tal vez era así.

 

Cogió la mano de Connor, que también miraba la casa con expresión ensoñadora. Este le apretó los dedos y le sonrió de oreja a oreja. Ahora su sonrisa era natural y perfecta, pero Hank se alegraba de haber sido testigo del proceso que había llevado a ese gesto tan espontáneo.

 

—Nuestro nuevo hogar —dijo el mayor, con voz suave, mientras contemplaba el perfil de Connor—. ¿Estás listo para esta nueva vida conmigo?
—¿Me lo preguntas? —Connor lo miró directamente antes de pasarle los brazos por los hombros, pegando su pecho al de Hank con un gesto íntimo—. Es lo que más deseo en el mundo.

 

Hank le dio un leve beso en los labios, aunque todavía se sentía extraño con las muestras de afecto en público. Sentía que la gente los observaba, aunque, en realidad, era solo una idea suya. Desde que androides y humanos lograron la igualdad, el amor entre especies se volvió cada vez más común. Los primeros valientes tuvieron que soportar el morbo social, ya que aún quedaba mucho camino por recorrer en cuanto a respeto. Pero con el tiempo, estas relaciones perdieron su carácter escandaloso, y el amor que ellos se profesaban se convirtió en una forma más de las muchas que existían entre androides y humanos.

 

El camión de la mudanza —que traía muy pocas cosas, ya que Hank quería dejar atrás su vida anterior y habían comprado la casa amueblada— llegaría por la tarde. Ellos se habían adelantado para disfrutar de la casa y permitir que Sumo se adaptara a su nuevo hogar. Aquella casa tenía un gran jardín trasero donde el perro pasaría sus últimos años lleno de paz y libertad.

 

Entraron en la vieja mansión victoriana, que guardaba tanta magia entre sus paredes. La habían adquirido a un precio irrisorio. Cuando descubrieron el motivo de tal ganga, ninguno de los dos se escandalizó.
Allí, entre esas paredes, una familia había sido asesinada.

 

Hank había sido policía casi toda su vida. Había visto cadáveres y atrapados asesinos desde los inicios de su carrera; no por nada era teniente del departamento de homicidios. Connor, pese a su juventud, fue diseñado específicamente para tratar casos de asesinato, programado para realizar autopsias e investigaciones forenses y científicas… Ambos estaban curados de espanto, y no les sobraba el dinero. La inmobiliaria encargada de la venta se frotaba las manos: llevaban tiempo intentando colocar aquella propiedad sin éxito.

 

La casa tenía techos altos y no muchas habitaciones, pero todas con suelos de madera maciza. Algunas puertas lucían cristaleras de colores, como las de las antiguas catedrales, y el mobiliario era de una madera oscura y elegante. Hank ya estaba probando el enorme sofá —casi nuevo— en lo que sería la sala de estar. Estaba visualizando la composición de aquella habitación cuando Connor lo llamó, emocionado.

 

Hank se levantó del sillón y fue hasta la cocina, donde la inmobiliaria les había dejado una cesta de frutas frescas y una botella de champán para celebrarlo.

 

—¿Qué te parece, cariño? —preguntó Connor, tomando unas cerezas y llevándoselas a los labios sin llegar a comerlas—. ¿Te apetece para esta noche?

 

Hank se ruborizó.

 

Uno de los aspectos que más habían enriquecido su relación fueron las increíbles mejoras logradas por los androides. Un equipo de ingenieros, discípulos directos de Kamski, había desarrollado importantes actualizaciones que otorgaban nuevas capacidades a los androides, sobre todo a aquellos a los que históricamente se les había negado el derecho de amar y ser amados.

 

Cuando Connor se sometió a esas operaciones —algo que Hank, al principio, no apoyaba—, descubrió algo que siempre le había sido vedado: la sexualidad.

 

Y vaya si la descubrieron.

 

Hank nunca se había sentido tan pleno y vivo. Su joven pareja era travieso, imaginativo y atrevido en la cama. Insaciable. Lo hacía sentirse deseado, irresistible, como un galán capaz de conquistar a cualquiera. Lo deseaba con una intensidad inimaginable. Y Hank le correspondía con tanta o más pasión.

Volvió a preguntarse, mirando aquellos labios junto a la cereza jugosa, si habría creído a quien le dijera, años atrás, que terminaría deseando tanto a ese caramelo viviente llamado Connor.

 

—No tientes a la suerte… —le susurró Hank, atrapándolo entre sus brazos y mordiendo la cereza junto a su boca—. La última vez casi no podías levantarte…
—Ya estoy del todo recuperado. Quiero que esta noche bauticemos esta casa —Connor volvió a rodearle el cuello con los brazos, y se fundieron en un beso húmedo.

 

A Connor le encantaba saborear a su teniente. Lo lamía siempre que tenía oportunidad.

 

:::::::::::::::::::::::::::

 

El camión de la mudanza ya había llegado, y con él, se había acabado el momento de descanso. Querían ser diligentes y dejar la casa lo menos revuelta posible, para retomar sus vidas con normalidad y disfrutar del tiempo juntos. En sus respectivos trabajos les habían concedido un permiso de tres días para gestionar la mudanza. No obstante, la idea de Hank y Connor era aprovechar esos días de respiro sin tener que estresarse con el trajín de cajas y trastos.

 

Así que tenían mucho que hacer aquella tarde.

 

Lo primero que instalaron fue la televisión. Hank se enredó con los pocos cables del aparato y pasó un buen rato montando los muebles antiguos que habían traído de su anterior vivienda. Connor, en cambio, se dedicó a apilar las cajas por habitaciones, ya que había sido él quien se encargó de organizarlas al abandonar el antiguo hogar.

 

Durante todo el proceso, Sumo participó olfateando el contenido de cada caja que abrían. El perro, aunque algo anciano y perezoso, no había perdido la curiosidad. Aquel entorno nuevo lo tenía tremendamente excitado y parecía encantado, moviendo el rabo de un lado a otro, persiguiendo a Connor —su segundo padre— por cada rincón de la casa.

 

Con destreza, Connor subió cuatro cajas apiladas sobre sus fuertes brazos de androide por la escalera que conducía al segundo piso.

 

Arriba tenían el dormitorio principal y dos habitaciones más, por si surgía cualquier necesidad. Una de ellas sería el estudio de ambos, un despacho enorme que compartirían para asuntos profesionales. La tercera habitación… bueno, eso aún tendrían que discutirlo. Connor no quería abrir viejas heridas —estaban demasiado bien en ese momento—, pero no podía evitar que una idea loca rondara en su cabeza.

 

Ordenó las cajas en la habitación, donde ya estaba montada una hermosa cama con estructura de acero negro y un cabecero de hierro forjado con motivos florales, muy vintage. Empezó a deshacer las cajas y pronto se encontró completamente ocupado colocando la ropa de ambos en el nuevo armario.

 

Nunca se le había permitido tener nada. Poseer cosas, porque él, en sí mismo, había sido considerado una cosa por la sociedad. Ahora no solo era un ser vivo: tenía una casa. Aquella era su casa. Su armario, su ropa, su…

Su Hank.

 

Sonrió mientras adecentaba la que sería, por muchos años, la habitación donde compartirían momentos y caricias inolvidables.

 

El mayor, por su parte, se había dedicado a montar los pocos muebles que habían traído, y ya casi había terminado de ensamblar la mesa redonda de la cocina, que estaba colocando en una esquina, cuando Connor lo avisó de que solo quedaban unas cajas que Hank había empaquetado hacía años.

 

Hank frunció el ceño. En aquellas cajas estaba guardada su vida anterior. Estaba Cole. Y todos sus recuerdos. Connor lo sabía y no quería hacer nada con ellas que Hank no aprobara primero.

 

El mayor meditó.

 

Su nueva vida quedaba muy lejos de aquella antigua. En esas cajas residía un pasado que, aunque no quería olvidar —porque su hijo lo había sido todo—, debía dejar atrás si deseaba seguir viviendo. No podía volver a la espiral de autodestrucción de la que Connor lo había rescatado. Había sido muy difícil tomar la decisión de seguir adelante. Pero la había tomado. Aquella caja debía seguir sellada, al menos por ahora.

 

—Guardémoslas en algún lugar donde no las tenga presentes —dijo con voz sombría—. Al menos, por ahora.

 

En sus ojos empezaba a reflejarse la tristeza que le provocaban todos aquellos recuerdos.

 

—De acuerdo —respondió Connor, obediente, adoptando ese tono mecánico que aún le salía en momentos delicados, como si fuera el eco del androide que moriría con él cuando decidiera desconectarse para siempre—. ¿Te parece bien si las guardamos juntos en el desván?

—Sí… —susurró Hank, levantándose del suelo de baldosas de la cocina, donde había estado arrodillado apretando los tornillos de la mesa—. Es el único sitio que no vimos cuando nos enseñaron la casa.

—Vamos a ver qué hay ahí arriba —dijo Connor, llevándose las cajas suavemente entre sus brazos.

 

El acceso al desván estaba justo en el pasillo del segundo piso, entre las dos últimas habitaciones de la planta. Se distinguía un cuadrado apenas visible en el techo, con una anilla metálica. El gancho para abrirlo estaba guardado en el que sería su despacho, que anteriormente había sido un trastero, según evidenciaba la decoración antigua.

 

Abrieron la trampilla y desplegaron la escalera que conducía hacia arriba. A Connor le costó un poco subir, pero Hank, ya en el desván, le echó una mano, recogió las cajas con cuidado y las dejó sobre el suelo polvoriento.

 

Aquello olía a bóveda cerrada desde hacía siglos. Desde allí, podían distinguir la estructura puntiaguda del tejado. Encendieron una bombilla colgante, situada al pie de la escalera, para iluminar aquel lúgubre lugar.

 

Connor, que no le temía a casi nada, avanzó hacia el interior del desván, mientras Hank contenía un escalofrío: odiaba los espacios cerrados y llenos de telarañas.

 

—¡Oh! —exclamó Connor, al llegar al fondo del desván—. ¡Hank, mira lo que he encontrado!

 

Hank, que estaba colocando las cajas en un rincón, se giró hacia él y lo siguió. El desván no era especialmente grande, pero al estar vacío, daba una sensación de amplitud casi irreal. En una esquina, colgado de una pared, Hank vio algo negro.

 

Al principio no supieron de qué se trataba, pero tras observar su silueta, Hank comprendió que era un traje negro.

 

—Los antiguos dueños parece que sabían divertirse… —murmuró Hank, mirando con desconfianza aquel traje de látex. Connor estaba fascinado.

—He buscado en mi base de datos para qué se usa esto —informó el joven, con esa voz de sabelotodo que tanto había irritado al teniente en su día—. Me parece francamente interesante…

—Olvídalo —advirtió Hank, tajante—. Sea lo que sea lo que estás pensando, olvídalo.

—¿Por qué nunca quieres probar cosas nuevas? —lo retó Connor, haciendo un mohín mientras abandonaban el tenebroso desván.

—Bastantes cosas nuevas he probado ya contigo… —le respondió Hank, lanzando una última mirada a las cajas que quedaban atrás en la oscuridad, antes de apagar la bombilla y bajar por la escalera.

 

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La noche cayó rápido en el barrio y, tras los grandes ventanales de la habitación, podían apreciar las luces tintineantes de la calle. El barrio era silencioso; solo se oía el viento chocar contra las ramas de los árboles y los cristales.

 

Estaban ya acostados, después de una larguísima jornada que había comenzado por la mañana y se había prolongado hasta ese mismo instante, colocando y organizando su nueva vida juntos en aquel lugar. Hank estaba exhausto, pero Connor parecía tener ganas de jugar.

 

Cenaban la fruta que les habían regalado mientras llenaban sendas copas de aquel líquido dorado y espumoso. Connor ya podía comer y beber sin problemas, y tenía predilección por las cosas jugosas, que le aportaban líquido para regenerar sus constantes vitales.

 

—Brindemos por una nueva vida —dijo Connor, llevando su copa hacia el centro de la cama donde estaban sentados.

 

Hank hizo lo propio con la suya.


El chocar de los cristales sonó glorioso, seguido de un largo trago del líquido, mientras sus miradas —una azul, otra marrón— jugaban en un duelo a ver quién parpadeaba primero. Hank siempre perdía.

 

Se besaron en los labios, aún húmedos por el champán, y frotaron sus narices al separarse, como en un beso de esquimal.

 

—Te amo… —le susurró Hank. Solo lo decía en ocasiones especiales.

 

—No más que yo a ti —le contestó Connor, poniéndose coqueto, con un aleteo de pestañas, y tomando la iniciativa al sentarse sobre el cuerpo del teniente, con la copa en la mano derecha y la izquierda apoyada en sus hombros.

 

Hank lo rodeó por la espalda baja. Alzó el mentón para mirarlo directamente a los ojos —ahora que Connor estaba por encima— y le sonrió.

 

—Soy muy feliz contigo —suspiró, apoyando la cabeza en las clavículas huesudas del androide. Connor enredó los dedos en su melena canosa y lo acarició con la mano libre. Su cabello era sedoso.

 

Comenzaron a besarse de nuevo tras otro sorbo del líquido espumoso, compartiendo sus alientos, densos por el alcohol.


El ambiente en la habitación comenzó a caldearse.

 

Las manos de Hank empezaron a deslizarse bajo la camisa holgada del androide, acariciando aquel cuerpo que lo enloquecía. Su piel era perfecta, salpicada de lunares y pecas; ya se los sabía todos de memoria. Los había besado una y otra vez.

 

Dejaron las copas en la mesita de noche y se concentraron en los arrumacos. Connor tenía su entrepierna completamente pegada al abdomen de Hank, y empezaba a notar la dureza del teniente entre sus glúteos.

 

—No tan rápido… —le susurró Connor al oído, con suavidad—. Tengo una idea… ¿Trajimos la nata, verdad?

 

Connor mordió los labios de Hank antes de levantarse de encima de él, ilusionado como un crío. Hank lo miró con expresión sorprendida hasta que Connor desapareció por la puerta del cuarto, hacia el pasillo.

 

Hank refunfuñó, al ver truncado el juego que habían iniciado y verse obligado a esperar para continuar. Aprovechó para acomodarse mejor en la cama y dejar fuera la botella de champán y la fruta que sobraba.

 

Se levantó para cerrar las cortinas de la ventana y ganar más intimidad en la habitación, cuando notó una presencia a su espalda. Su instinto le hizo girarse, mirando de soslayo hacia la puerta.

 

Había una figura inmóvil de pie.


Una figura completamente negra, de los pies a la cabeza.

 

Hank sintió un susto involuntario al verla. Se llevó la mano al pecho y jadeó.

 

—Joder, Connor… —rechistó—. No vuelvas a darme un susto como este…

 

La figura no respondió.

 

—Te dije que olvidaras lo que fuera que estuvieras pensando. Eres un cabezota —Hank intentó sonar tranquilo, pero le perturbaba muchísimo ver a su androide enfundado en aquel macabro traje de látex negro.

 

La figura enmascarada no emitió sonido alguno; lo observó fijamente desde la puerta antes de dar unos pasos hacia él. Hank retrocedió un poco, acercándose a la cama. Lo intimidaba sobremanera aquel atuendo.

 

—¿Quieres jugar así…? —murmuró Hank, sintiendo la cercanía del hombre enmascarado. No lograba discernir a su androide bajo aquella indumentaria.

 

Las manos enguantadas se pasearon provocadoramente por su pecho. Los cinco dedos recorrieron su rostro, acariciando su nariz y mejillas; luego descendieron por su cuello. Hank soltó un gemido, dejándose hacer. El hombre del látex llevó sus caricias hasta la entrepierna endurecida de Hank y lo tomó, robándole un gemido.

 

Acto seguido lo empujó suavemente a la cama, donde Hank se quedó sentado, anulado y tremendamente excitado.

 

Sentado frente a aquella figura, pudo apreciar el cuerpo perfecto embutido en el ajustado traje. No dejaba nada a la imaginación. Las clavículas, los omóplatos, los huesos de la pelvis… todo quedaba marcado en una sensual estampa de látex negro como la noche. La máscara ocultaba por completo su rostro. Hank alargó las manos para acariciarle el pecho. El material era suave, pero plástico y resbaladizo. Agarró las caderas del joven, y este embistió su entrepierna en un movimiento sensual, como un baile. Hank notó que el traje tenía una cremallera, justo en esa erótica zona.

 

Sonrió, llevando una mano al broche de la cremallera con la intención de bajarla.


No obstante, el enmascarado apartó sus manos con suavidad y le indicó, con un dedo también negro y brillante, que no podía hacer aquello. Hank sonrió, incrédulo. Inmediatamente sintió cómo el hombre del látex lo empujaba por completo en la cama, y él se dejó caer, sumiso.

 

De un tirón, sus calzoncillos desaparecieron de sus piernas y su pene apareció, totalmente empalmado. Puede que aquel traje lo excitara; aún estaba algo confundido sobre lo que sentía al ver a Connor vestido así.

 

 

 

Pronto sintió las manos de látex recorrerle las piernas, desde abajo hasta arriba, encontrándose ambas sobre su pubis. De inmediato estuvieron ambas manos sobre su polla. El látex no era húmedo, por lo que su roce era seco, arrastrando la fina piel de su pene al pasar por encima. La sensación era radicalmente distinta a la de una caricia con la mano desnuda. Su ceño se fruncía a intervalos, confundido entre el dolor y el placer. Su glande, rojo y palpitante, vibraba bajo una mezcla desconcertante de estímulos.

 

— Saca el lubricante, cariño… —le sugirió Hank, señalando a la mesita de noche donde habían guardado los condones de sabores y el gel.

 

La figura que lo masajeaba no contestó ni tampoco hizo caso a su petición.

Acariciaba con mayor intensidad, como si lo ignorara deliberadamente. Hank alzó la mano hasta el cajón de la mesita y buscó él mismo el líquido.

 

Quería disfrutar de aquella paja, quisiera Connor o no.

 

Cogió el bote y lo apretó sobre su polla, sintiendo el frío contacto del lubricante líquido caerle encima. Gimió por el placentero contraste de frío y calor. Enseguida las manos enguantadas de su amante empezaron a resbalar fácilmente sobre su polla dura.

 

—Oh, sí, ahora sí, cariño…—gruñó, sintiéndose en la gloria.

 

Pero entonces su amante se detuvo en seco. Cogió el bote de lubricante y lo dejó fuera del alcance de Hank. El mayor lo miraba extrañado, con sus ojos azules turbios por el deseo. El enmascarado se encaramó sobre él y empezó a frotar su cuerpo cubierto de látex sobre el cuerpo desnudo del teniente. Hank tiró la cabeza hacia atrás, en la almohada, al sentir las masculinas formas de Connor sobre su cuerpo. Era perfecto. El lubricante bañó el pecho y el abdomen de su amante enmascarado y pronto toda su indumentaria estuvo resbaladiza. Le encantaba sentir su duro pene deslizarse sobre la superficie de aquel traje embadurnado de lubricante. Sus pelotas estaban calientes por el roce.

 

De pronto, su inquietante amante le abrió las piernas y se colocó entre ellas. Hank sintió un tirón dentro de su estómago; aquella era una posición donde se sentía expuesto, por lo que no pudo evitar sonrojarse cuando sintió que el joven apoyaba cada pierna en los firmes hombros de látex, alzándole la espalda baja.  

 

— ¿Connor…? —preguntó con voz trémula.

 

El sonido de la cremallera le contestó.

 

Una mano de Hank se hundió en la colcha y la otra intentó hacer presión en el firme pecho de su amante. No estaba preparado para aquello…

 

— Connor, un momento —le intentó decir, para detenerlo, pero Connor ignoró aquella mano y cogió el bote de lubricante. Pronto vio cómo se lo echaba encima de lo que Hank se imaginaba que sería su polla. Su deliciosa polla, empalmada y fuera del inquietante traje.

 

— ¡Connor! —le gritó, para que le hiciera caso, pero el enmascarado lo miró de soslayo y se llevó un dedo hacia lo que debía ser su boca, pidiéndole silencio.

 

Hank echó la cabeza hacia atrás, rindiéndose. Su cabello estaba desperdigado en la blanca almohada y sentía temor… cerró los ojos cuando sintió al joven colocándose más cómodamente entre sus piernas, que, para su pesar, temblaban ligeramente.

 

Sintió un dedo mojado de lubricante acercarse desde su perineo, erizándole la piel de los muslos, hacia su entrada, que se contrajo al roce. Pronto sintió cómo aquel dedo hacía presión, tal y como él hacía presión en el culo de Connor cuando lo ponía contra la cama y le hacía el amor.

 

Apretó los dientes al sentir ese dedo entrar lentamente en su interior, cediendo por el lubricante. Miraba a aquel fantasmal hombre que no podía olvidar que era su tierno Connor, concentrado en quitarle la virginidad. Tragó saliva cuando sintió su otra mano agarrarle el pene duro, masajeándoselo mientras le penetraba lentamente. No tardó mucho en relajarse y sorprenderse que no le dolía el suave vaivén que ejercía en su interior mientras masajeaba su miembro erecto. Era una sensación única. El teniente estaba sintiendo que deseaba algo más.

 

Estaba avergonzado por ello pero no podía evitar gemir. Sus piernas seguían sobre los hombros de su amante y su camisa estaba arrugada a la altura de sus pectorales, de vez en cuando el enmascarado dejaba de pajearle para agarrarle un pezón o acariciarle el abdomen, como admirándolo. Tal y como siempre hacía su tierno androide.

 

La sensación cálida de aquel dedo en su interior desapareció de pronto. No le dio tiempo de echarla de menos porque el joven se inclinó sobre él, flexionándole las piernas sobre los hombros. Hank ya sabía lo que se avecinaba y… lo estaba deseando.

 

— Ah… —gimió, con un salvaje sonrojo en sus mejillas, cuando sintió la mojada punta del joven acercarse a sus glúteos. Su propia polla se endureció un poco más.

 

Con cuidado pero firme, el joven empujó contra su entrada y, gracias al lubricante y a la dilatación previa, el pene del androide se introdujo, muy lentamente, en el interior del mayor, quien acompañó todo el proceso con jadeos y gemidos, dejándole saber con jadeos cuándo dolía y cuándo le gustaba.

 

La sensación era apretada, estrecha. Sentía que le llenaba hasta hacerle explotar. No podía moverse por miedo a desgarrarse. El joven se mantuvo inmóvil, con su cuerpo perfecto escondido tras el látex. Hank lo miró, con sus ojos azules acuosos. Tras la máscara, unos ojos avellana le devolvieron la mirada. Entonces Hank asintió, poniéndose una mano sobre la frente, escondiendo el rostro, la vergüenza y la culpabilidad.

 

El joven, que se encontraba con las rodillas hincadas en el colchón, abierto de piernas y pegado a los glúteos del mayor, con las piernas de Hank encaramadas sobre los hombros, se inclinó aún más y llevó sus manos de látex hasta encima de los hombros del mayor. Y en esa posición hizo una suave embestida, que removió por dentro al teniente, sacándole de sus adentros un fuerte gruñido y un gemido.

 

— Joder —exclamó en un susurro—. Me gusta —admitió Hank, echando la cabeza hacia atrás, aún escondido tras su brazo.

 

Una de las enguantadas manos se agarró de la polla de Hank y al mismo ritmo, tortuoso y lento, empezó a masajearlo mientras lo penetraba. Los pies del mayor se retorcían, y pronto sus caderas también siguieron el ritmo de la polla entrando y saliendo de su interior. El hombre de látex no emitía sonidos, solo unos casi imperceptibles jadeos que se perdían dentro de su traje.

 

El ritmo del bombeo se intensificó, haciendo que el cabecero de hierro forjado de la cama se golpeara contra la pared. Hank casi gritaba a cada embestida.

 

— ¿¡Pero qué me estás haciendo?!  —le preguntó, extasiado, llevando sus manos inquietas hacia su pecho, que se movía con el baile sensual en el que estaban ambos implicados—. ¡Connor, Connor! No puedo más, ¡me corro! — Gritó Hank, con los ojos abiertos de par en par, sorprendido por lo placentero que se sentía ser penetrado por su androide. Un placer que jamás había experimentado antes.

 

Las manos del androide ya habían desaparecido de su pene y solo era el roce contra el duro abdomen de látex lo que estaba enloqueciendo al mayor, mientras que con un ritmo endiablado y profundo, el joven lo poseía una y otra vez. Antes de correrse, Hank alzó los brazos para atraer a su amante  e intentar besar al encapuchado.

 

Llevó un brazo detrás de la nuca del joven y tiró de ella para tener los labios del joven sobre los suyos, mientras llevaba sus rodillas hasta su propio pecho. Pronto sintió cómo aquella boca escondida se abría y él, enloquecido por la pasión, sacó la lengua y la frotó contra la goma del látex, sintiendo que la lengua, prisionera bajo el látex, le respondía. Aquel beso selló la última embestida, tremendamente profunda dentro de su interior.

 

Se corrió irremediablemente sobre el traje de látex y sobre su propio abdomen. Su corrida, espesa y blanquecina, contrastaba brillante sobre el inquietante traje. El enmascarado no tardó en derramar su semilla también dentro del culo virgen del teniente. Sin emitir casi ruido, arqueó la espalda y con la polla aun enterrada en las palpitantes entrañas, muy profundamente, soltó su cálido orgasmo. El mayor sintió un escalofrío al notar aquella increíble sensación de recibir la eyaculación de su amante.

 

Cerró los ojos y abrió la boca, dejando escapar un quejido de placer.

 

Ahora entendía cuánto disfrutaba Connor aquel momento. Era una sensación saciante.

 

Hank quedó totalmente exhausto en la cama cuando el joven salió de su interior, con su miembro desinflamado y pudo escuchar cómo volvía a guardarlo en el traje de látex, cerrando la cremallera. Dejó suavemente sus piernas temblorosas en la cama y se apartó del cuerpo del mayor. Hank no pudo evitar cerrar levemente los ojos, sintiendo cómo se le humedecían las nalgas con el fruto de la pasión de ambos.

 

El chico desapareció tal como había aparecido. En un abrir y cerrar de ojos del teniente, estaba de nuevo solo en la habitación.

 

Estaba ya medio adormilado cuando escuchó los pasos de Connor acercándose a la puerta. El joven se quedó delante de la cama, mirando la escena con una sonrisa.

 

— ¿Ya te vas a quedar dormido? —le dijo mientras gateaba hacia el hombre adormilado por la intensa experiencia sexual que acababa de vivir—. ¿No quieres más…? —susurró Connor esta vez, con una sonrisa traviesa en su rostro.

 

— Te dije que te olvidaras… —le recordó con voz adormilada y los ojos cerrados—. Pero… —los abrió lentamente.

 

Oh, pero qué hermosos ojos tenía.

 

— ¿Pero…? —Sus traviesas manos estaban acariciando nuevamente el cuerpo del teniente, que se dejaba hacer, totalmente rendido por el cansancio.

 

Connor era insaciable, se recordó el mayor una vez más.

 

— Estaría bien repetirlo más veces —le dijo, sonriendo y sonrojándose a la vez.

 

Se estaba preguntando cómo diablos podría él meterse en aquel jodido traje de látex.

Notes:

El capítulo ENTERO es una referencia a algo… ¿lo adivináis? ¡Si lo hacéis, dejádmelo en los comentarios!

Chapter 16: 16. Cinema Paradise

Summary:

“La primera vez de Connor en un cine”. [KINK: En público + Dirty Talk + Snowbawling]

Notes:

Este fanfic antológico fue escrito por mí en el año 2018, siguiendo las normas del reto Kinktober 2018. Fue publicado en Wattpad y llegó a tener más de 150 mil lecturas, pero la plataforma decidió eliminarlo de pronto y se perdieron algunos relatos, gráficos, títulos... Los he intentado recomponer para publicarlos aquí. ¡Espero que disfrutéis!

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Las taquillas del cine estaban casi desiertas.

Hank chasqueaba la lengua al recordar la magia del cine en sus viejos tiempos, cuando uno compraba los tickets en la taquilla y una simpática empleada te despedía con una sonrisa deseándote un buen día.

Ahora, con tanta tecnología, bastaba con que Connor se conectara a la taquilla virtual del cine para comprar la entrada. En su mano ya se mostraba el código de barras grabado en su sistema; el acomodador solo tendría que escanearlo, como si fuera un producto de supermercado.

— ¿Por qué tienes esa cara tan larga, Hank? —le preguntó inocentemente Connor, entrando al hall iluminado de aquel cine—. ¿Tan malo es salir conmigo?

— No, claro que no —le respondió de inmediato Hank, dándose cuenta de lo nostálgico que se había puesto—. Es solo que me habría gustado que conocieras los cines de antes, esto no se parece en nada a lo que era venir al cine en aquellos tiempos.

— Pero podrías contármelo tú — le sugirió Connor mientras hacía cola en un panel para hacer un pedido de palomitas y refresco para ambos.

Connor podía comer ciertas cantidades de nutrientes al día; Cyberlife estaba investigando nuevas mejoras y actualizaciones en todo su software y hardware para asimilar la experiencia androide a la humana.

— Nunca será lo mismo…—murmuró el mayor, fijándose en la barra del bar del cine, donde algunas Jerrys, con sonrisas eternas y rizos pelirrojos, colocaban las palomitas en cartones de rayas blancas y rojas.

— No seas aguafiestas, teniente —le reprendió el androide—. Me prometiste que nos lo pasaríamos bien en nuestra tarde libre.

Hank asintió, intentando controlar sus sentimientos. Se hacía mayor y no podía evitarlo. Sus sentimientos se mezclaban con la nostalgia y la sensación de ya no conocer el mundo que lo rodeaba, a pesar de estar experimentando un noviazgo con un androide, que podía decirse que era una especie de electrodoméstico muy avanzado con sentimientos humanos.

Le había prometido al joven que después de aquella ajetreada semana en el departamento de policía, se merecían un descanso. Además, Connor se quejaba que últimamente el teniente no tenía tiempo para dedicárselo en exclusiva, con tantos cambios en el departamento. Ir al cine era algo que jamás habían experimentado juntos, era una buena oportunidad para comprobar qué tan posible era aquella relación entre ambos.

Connor era un joven dulce y perfecto. Hank sabía que nunca le llegaría a la suela de los zapatos en cuanto a dedicación, ternura y sinceridad con la que el joven lo trataba. Él siempre se quedaba a medio camino de ser un completo desastre, olvidadizo y rudo. Quería cambiar y quería compensar al joven, así se tragó la amargura y cuando llegó su turno para recoger sus palomitas, sonrió al androide que se las ofrecía y fue amable.

El joven androide policía pareció muy satisfecho con el cambio de actitud y se agarró al brazo del mayor, mientras uno llevaba los refrescos y el otro el paquete grande de palomitas para compartir.

Iban a ver una película sobre un espía que había sido entrenado duramente para ser un arma de matar. Una película de acción, música techno impresionante y un protagonista masculino que lucía una belleza etérea e irreal. El joven se sentía incluso un tanto envidioso por el físico de aquel adonis, puesto que creía que Hank quería ver la película por verlo a él.

Se internaron en la sala número 10, un espacio de tamaño enorme, que estaba adornado por paredes acolchadas oscuras, butacas de colores llamativos y unas enormes escaleras que hacían que tuviera una forma vertical, como una grada de estadio de fútbol. La pantalla donde verían toda la acción nacía de un lateral y desaparecía en el otro. Ligeramente ovalada y de un blanco cegador. Arriba del todo, en la parte del fondo de la sala, donde estaban los últimos asientos, se encontraba la cabina donde nacía la magia del cine. Connor no pudo evitar que su LED se coloreara de amarillo, localizando el modelo del proyector que alcanzaba a ver desde aquella distancia.

Subieron poco a poco la escalera alfombrada, mientras dejaban pasar a los demás espectadores que subían en dirección contraria por las filas; pronto llegaron a las últimas gradas, donde se sentarían ellos, entre la oscuridad.

Se acomodaron en las butacas y dejaron los refrescos en los huecos diseñados para ello en cada lado de la silla. Hank se percató de que su móvil estaba encendido y lo apagó, antes de que se le olvidara en medio de la película. Connor observaba cómo la sala se iba llenando poco a poco pero no lo suficiente como para tener a nadie sentado cerca. Se alegró de tener a Hank solo para él en aquella fila.

— ¿Has probado alguna vez las palomitas? —le preguntó Hank, de pronto, llevándose unas cuantas de aquellas suaves y blancas golosinas a la boca—. De joven me encantaban.

El androide llevó la mano suavemente al paquete, como con miedo, y cogió una. Cogió una. La acercó lentamente a la nariz: maíz tostado. Después se la llevó a los labios y la masticó. Su lengua identificó rápidamente la sal y el aceite, y se sorprendió al saber que ya no tenían más ingredientes. Se la tragó y asintió con la cabeza.

— ¡Me gustan! —le dijo al mayor, con entusiasmo.

Entonces la sala se quedó oscura de pronto y la luz de la pantalla se intensificó. Al ver que todos prestaban atención al frente, tanto Hank como Connor se concentraron en mirar hacia las imágenes que empezaban a salir en la pantalla. Eran los anuncios previos a la película. Connor sonrió.

Aquella oscuridad era tremendamente cómplice.

Llevó una mano al paquete de palomitas y cogió un pequeño puñado, mientras Hank hacía lo mismo. Hank parecía concentrado en los tráilers de las próximas películas, pero Connor estaba empezando a tener otras ideas.

No hacía mucho que había recibido todas las libertades que cualquier humano podía tener. Ahora ya no era esclavo de ningún hombre o mujer. Solo se valía por lo que él mismo deseaba o decidía. Y aquello le había abierto un mundo enorme de posibilidades.

Cuando Hank le había confesado que sentía algo por él, algo más allá que una amistad, empezó a tener los primeros acercamientos a lo que los humanos llamaban “sexo”. Al principio era algo sutil. Besos, caricias superficiales, con ropa; poco a poco, fue subiendo la intensidad y la confianza, al mismo tiempo que desaparecía la ropa entre ellos. Pero Connor no estaba preparado para ofrecerle todo lo que Hank merecía. Por eso había decidido someterse a unas cuantas mejoras físicas…

Aquello había supuesto el principio de algo mucho más grande. Algo inexplicable dentro de su cuerpo se había despertado.

El deseo.

La lujuria.

La imaginación…

Amaba aquella nueva versión de sí mismo.

Y a Hank también le gustaba.

La oscuridad de aquella sala lo estaba tentando, lo estaba estimulando y no podía quedarse quieto en el sillón. Se movía de un lado para otro. Hank lo estaba empezando a mirar de reojo.

— ¿Qué te pasa, chico? —le preguntó con algo de cara de malos amigos—. Si no fuera porque sé que no, diría que te estás meando.

Se llevó un puñado de palomitas a la boca y masticó la masa de maíz con gusto, saboreando la sal. El joven lo imitó, con una sonrisita inexplicable en su rostro. A veces sus manos se acariciaban en el paquete, robándole un sonrojo al mayor que todavía no estaba acostumbrado a las muestras de cariño en público.

La película tenía un comienzo silencioso y lento. Connor prestaba atención a las escenas, pero más tenía en mente al hombre que tenía a su lado, al cual miraba de reojo y observaba de pies a cabeza. Le admiraba el perfil de nariz ganchuda, sus bolsas de preocupaciones añejas y edad en sus ojos azul zafiro, que estaban fijos en lo que sucedía en escena; su barba canosa y su cabello a medio camino de ser una melena… Los ojos avellanas del joven pasearon también por la piel que se quedaba a la vista de su cuello, viendo el pecho del hombre por un resquicio de la camisa de botones. Observó sus piernas y el maldito paquete de palomitas le tapaba la vista de lo que más quería saborear.

Inconscientemente se relamió los labios.

— Hank —llamó el joven, acercándose al oído el hombre.

— ¿Hum? —preguntó el canoso, comiendo palomitas e inclinando la cabeza en dirección a Connor, pero sin dejar de mirar la película.

Entonces el joven sonrió travieso y sacó su lengua, para lamer provocativamente la oreja del mayor, quien dio un respingo y lo miró de soslayo.

— ¿¡Pero qué coño haces?! — le respondió en un susurro agresivo con los ojos abiertos de par en par y Connor ya podía apreciar un leve sonrojo en las mejillas.

Al final Hank era tan fácil de desestabilizar. Le encantaba juguetear con él.

—No hago nada… —susurró, coqueto—. Solo me preguntaba si no te apetecería follarme entero mientras vemos la película —añadió con una sonrisa seductora.

Hank se aferró al vaso de Coca-Cola y dio un largo sorbo con la pajita. Sintiendo el líquido frío descender por su garganta, pensó que así podría controlar sus emociones y mantenerse sereno para contestarle al joven.

— Connor, compórtate. Aquí hay más gente —le advirtió, esforzándose por mantener la calma.

Ahora el rubor le cubría todo el rostro.

— ¿Y qué más da…? —le preguntó Connor, llevando su mano al paquete de palomitas que tenía Hank justo encima del cuerpo—. ¿No te pone…?

—¡NO! —respondió el mayor, aunque en el fondo ya sentía un cosquilleo en el bajo vientre.

— Qué lástima… —Connor se sentó recto en su asiento, alejándose del mayor, que enseguida lo miró, como echando de menos su calidez—. ¿Quién me tocará entonces la polla? Mira cómo la tengo…

Y entonces Hank descubrió que Connor estaba totalmente empalmado. En sus vaqueros podía notarse un bulto en la entrepierna.

— Mira… —y el ruido de la cremallera bajándose se disimuló tras una ráfaga de disparos que ensordecía a la sala.

La polla, rosadita y totalmente dura, apareció tímidamente por la abertura del pantalón del joven. La mirada azul de Hank permanecía fija, hipnotizada por la forma perfecta del miembro, y el deseo de tomarla con la boca le ardía en la garganta. Connor se llevó una mano a la polla y comenzó a acariciársela con una lentitud exquisita, como si disfrutara haciéndose sufrir con cada roce. Acto seguido se mordió el labio inferior, alzando la mirada hacia Hank, que no dejaba de seguir cada uno de sus movimientos.

— No me digas que no estás deseando comérmela… —susurró el joven, con una sonrisa lasciva, mientras su mano subía y bajaba, arrancándole suspiros dispersos.

Hank dirigió la vista hacia el frente, observando las cabezas de los demás espectadores. Luego echó un vistazo a ambos lados y comprobó que el riesgo de ser vistos era mínimo. Tomó el paquete de palomitas y lo dejó en el asiento vacío junto a él.

— Connor… eres un pervertido —confesó Hank, reclinándose levemente en el asiento mientras buscaba los labios de su pareja.

Enseguida los encontró, puesto que Connor estaba deseando besarle. Sus lenguas se encontraron con urgencia, acariciándose mientras el aire de la sala se mezclaba con sus jadeos.

— Y a ti te encanta —respondió Connor, llevando una mano al pecho del mayor, por fin acariciando esa piel que tanto había deseado tocar.

Hank se tensó y miró a su alrededor, mientras la mano de Connor se deslizaba bajo sus pantalones, buscando entre las telas aquello que tanto lo enloquecía.

— ¿Dónde está mi premio? —le preguntaba el joven mientras agarraba el pene aún semierecto de Hank por debajo del pantalón—. Sácala para mí, te la voy a chupar como nunca nadie te la ha chupado.

— Pero, ¿qué…?  —preguntó Hank, notando cómo la desesperación del androide crecía con cada movimiento. Estaba tan excitado que no entendía qué lo impulsaba.

Con dedos hábiles, no esperó a que el mayor desabrochara la bragueta; en segundos, el pene estaba libre, expuesto en mitad de la sala de cine.

— Oh, dios mío, qué grande la tienes… —le jadeó Connor, en un momento en que la película estallaba en escenas de acción—. Vamos a ponernos nosotros también en la acción —le sugirió, haciendo un guiño a la película que habían pagado para ver.

Las manos de Connor volaron a la polla de Hank y comenzaron a acariciarla con maestría. Hank tuvo que ahogar un jadeo muy sonoro y controlarse, pero los dedos deslizándose sobre su miembro eran una deliciosa tortura. Su punta, rojiza y palpitante, deseaba sentir los labios del joven cuanto antes. Tenía una fuerte necesidad de ser chupado hasta correrse.

— Quiero que te corras en mi boca —le dijo Connor, como leyéndole la mente, como siempre solía hacerle—. Así que pórtate bien y aguanta…

Le masajeó suavemente, primero con dos manos, haciéndole una paja profesional, que Hank pensaba que se correría en un parpadeo, para luego pasar a una mano, con un ritmo más pausado y tranquilo, mientras recostaba su espalda en el respaldo y parecía disfrutar de la película, con los ojos entrecerrados y lamiéndose los labios.

Hank también tenía los ojos entrecerrados. Nunca había hecho algo semejante en un lugar público, no sabía cómo sentirse, pero no podía ignorar una llama de pasión dentro de su abdomen que bajaba y bajaba hasta colocarse entre sus pelotas, que estaban ardiendo por deseo de más.

Lanzó una mano hacia el androide y buscó su polla, la cual cogió como cogería un timón. Estaba dura como una piedra y resbaladiza, cubierta de fluido. Connor lubricaba que daba gusto, a Hank le encantaba chupar cada gota de aquella sustancia que precedía un delicioso manjar que jamás antes habría tenido el valor de apreciar.

Mientras fingían mirar la película —donde el joven adonis era interrogado en una escena cargada de tensión—, sus manos seguían acariciando sus miembros con devoción. Hank deslizaba su mano callosa sobre la piel tersa del sexo de Connor, mientras el androide correspondía acariciando con precisión el miembro del mayor. Los vellos de sus testículos y pubis subían y bajaban con cada pequeña embestida contra la mano del androide, y toda la fila de butacas vibraba levemente con sus movimientos.

— Oh, Connor, cómo deseo follarte ahora mismo…—le susurró el mayor, apoyando su cabeza en el respaldo, lo más cerca posible del androide—. Bésame, necesito sentirte.

Y el mayor aguardó el roce de sus labios con los de Connor… pero lo que sintió fue aún mejor.

De pronto la punta de su polla fue envuelta por una suave y cálida boca que pertenecía a su muchacho predilecto. Por suerte, la película estaba en plena escena sonora, y la música camufló su gemido.

— Shhh… —le susurró con una sonrisa el joven, mientras le cogía con firmeza la verga y se la pasaba eróticamente por la boca, saboreando todos sus alrededores.

Con la mano en la base, manejaba aquel eje como un chupete, el cual lamía, mordisqueaba suavemente con los dientes y chupaba, sobre todo chupaba. Se lo metía hasta el fondo, y luego lo empujaba hacia una mejilla, masajeándolo desde fuera con pequeñas cachetadas firmes. Hank se deshacía en susurros y jadeos compungidos, ya que no podía gritar todo lo que necesitaba. Había descubierto cuáles eran las teclas que debía tocar del teniente para hacerle gritar.

— Sí, dios mío, sí… —le gemía suavemente el mayor, penetrando la boca del joven con embestidas cortas y suaves. No quería llamar la atención de los clientes que tenían delante—. Qué bien la mamas, eres… eres perfecto.

— Tu polla sí que es perfecta —le dijo Connor con lujuria sobre el glande, antes de seguir comiéndose aquella golosina con gula—. Y deliciosa.

Connor estaba recostado en la butaca, ladeado sobre el cuerpo de Hank, mientras el reposabrazos se le clavaba en las costillas. Pero no le importaba. Tener aquella polla palpitante en su boca era lo más delicioso y placentero que podía existir en el mundo, y daba gracias a Kamski y a Cyberlife por haberle permitido avanzar hacia un mundo solo reservado para los humanos. Un mundo maravilloso de placer y orgasmos.

— Me voy a correr, cariño —le dijo el hombre, atrapando entre sus manos la cabellera castaña del joven, apretando aún más si cabe la boca sobre su polla—. Trágate toda mi corrida, no dejes ni gota…  

Connor gimió con la polla del hombre en la boca, sintiendo la suya propia humedecer sus pantalones. Con ambas manos sujetó la verga dura del teniente. Succionaba de arriba abajo mientras masajeaba la base con una mano, pajeándolo. Con la otra, jugaba con sus pelotas, algo que le encantaba.

Pronto notó la eyaculación de su amante llenándole la lengua; el néctar que tanto ansiaba se derramó en su boca, inundándolo de placer. Gimió de gusto al sentir la calidez de la corrida del hombre apoderarse de todo a su paso. Se sacó muy poco a poco la polla de su boca, chupando toda su extensión, con mucho cuidado de su puntita, que no quedara ni una sola gota. Lo masajeó un poco más, preocupado de que algo delicioso se hubiera quedado rezagado. Estiró la piel del prepucio y dio un suave besito sobre el orificio de su punta.

Hank jadeó. La película, nuevamente, lo silenció.

El joven Connor se incorporó, viendo cómo la polla de Hank perdía firmeza y se quedaba exhausta sobre sus pantalones. Se acercó a la boca del hombre y sonrió. Hank deseaba besarle desde hacía un buen rato, así que recibió sus labios con ansiedad. Pronto descubrió que además de su lengua, recibía otra cosa dentro del beso.

Sintió cómo su propia corrida era transferida como un caramelo tibio y salado que se deshacía en su boca. Su lengua recibió su sabor agrio y amargo, mezclado con la saliva del androide, que lo dulcificaba todo. El joven sonreía, pícaro por la broma que acababa de jugarle al teniente, pero Hank no pudo negar cuánto le había gustado. Lamió de los labios los restos blancos, y compartieron ambos hilitos de saliva y semen en un beso profundo y profano.

—¿Has visto…? —le susurró Connor contra los labios, sintiendo el aroma de su sexo en el aliento del hombre—. No se me ha escapado ni una gota de tu leche.

— ¿Y qué vamos a hacer con esto? —le preguntó Hank de vuelta, agarrándole la polla todavía dura y tremendamente mojada—. Podríamos dejarla así… y ver qué pasa.

— Estás deseando llevártela a la boca —le dijo Connor con total seguridad en sí mismo—. Si no te dejara hacerme una mamada ahora, te volverías loco.

Connor sonrió satisfecho al ver en los ojos del mayor un atisbo profundo de lujuria. Sabía que tenía razón. Hank deseaba a ese joven como nunca había deseado a nadie. Le despertaba sentimientos profundos y desconocidos.

El joven estaba sentado de nuevo en su butaca, totalmente expuesto y preparado para su felación. Estaba muy excitado. Comerle la polla a Hank siempre lo ponía tremendamente cachondo, no sabía si era porque su polla era deliciosa o era porque le encantaba la sensación de tenerla entre su lengua, llenándole por completo. La realidad era que, si fuera por el androide, podría chupársela en cualquier lugar y a cualquier hora. Despertaría con ella en la boca y se dormiría con su sabor todavía en lo más hondo de su garganta. Era su adicción.  

— Eres mi droga, teniente —le dijo de pronto el joven, al hilo de sus obsesivos pensamientos, ofreciéndole el pene erecto en una embestida delicada. Hank no pudo resistirse más y se agachó para acercar su rostro al asiento del androide.

La mano callosa del hombre volvió a darle atenciones a aquel miembro mimoso que exigía su parte de protagonismo en aquella película. La acarició con suavidad, pero con urgencia. Hank miraba la expresión enturbiada del androide que estaba iluminado por las luces de las escenas que sucedían en pantalla.

Hank siempre era muy delicado cuando se trataba de Connor, intentaba no hacerle nada de daño cuando lo acariciaba, cuando lo penetraba o lo lamía. Y aquella vez no fue la excepción. Regó delicados besitos sobre el glande del joven, que se erizó por completo al sentir las cosquillas de la barba del hombre sobre su delicado miembro. Pronto sintió cómo los labios suaves del mayor se humedecían con su saliva y comenzaban a succionar muy levemente la puntita. Solo la puntita.

— Ah… siempre me pregunto dónde aprendiste a chupar pollas así, Hank —preguntó de sopetón el androide, que rara vez hablaba con tanta crudeza como aquella noche.

— Tu polla es la primera polla que me he comido, estúpido androide —le respondió Hank, fingiendo ofensa y deteniéndose un momento para mirarlo de soslayo.

— Shhh… tú sigue —le pidió Connor, dándole pequeños golpecitos en la boca con la punta, que levantaba y bajaba al ritmo de sus caderas—. Sigue comiéndome, que me encanta.

Tiró la cabeza hacia atrás, apoyándola en el respaldo de la butaca. Su nuez de Adán tembló ligeramente cuando Hank volvió a envolver su miembro entero con mimo dentro de la boca. Los suaves gemidos del androide se perdían entre los diálogos intensos de aquella película de la que ya ni recordaban el argumento.

Hank adoraba el sabor de Connor; lo apreciaba tanto que no podía hacer otra cosa que chupar y lamer. Nunca en su vida había realizado algo así. Si alguien le hubiera dicho años atrás que disfrutaría comiéndose una polla con tal devoción, le habría pegado un tiro con su revólver reglamentario. Pero Connor conseguía despertar en él los deseos más profundos, ocultos y vergonzosos.

El glande de Connor, tenso por llevar tanto tiempo erecto, estaba especialmente sensible. Hank notaba cómo se estremecía con cada roce de su lengua, cómo palpitaba y vibraba como si estuviera a punto de estallar con solo un par de estímulos más. Aquella delicadeza le daba una ventaja: podía jugar con la punta, apenas lamerla, y provocar temblores que recorrían el cuerpo entero del joven. El mayor sintió entonces las embestidas sutiles del androide, los movimientos de cadera más insistentes, y cómo Connor comenzaba a tirar de su melena con más fuerza. Eso solo podía significar una cosa: el éxtasis se acercaba, lo sentía ya rozándole los labios. Y Hank tenía la firme intención de cobrarse esa descarga como si fuera un tributo merecido.

Cuando el joven estalló en una poderosa eyaculación, llenó por completo la boca del mayor, quien la mantuvo en la lengua sin tragarla. Aunque solía hacerlo con gusto —porque el sabor del androide le resultaba adictivo—, esta vez resistió el impulso. Aguantó el deseo y se incorporó, acercándose al rostro de Connor, que lo observaba con una mezcla de suspicacia y esa expresión propia de quien acaba de alcanzar el orgasmo.

— ¿Quieres que pruebe mi corrida de tu boca? —le preguntó Connor, adivinando sus intenciones. Hank asintió—. Échamela toda —le pidió el androide, abriendo la boca de par en par, expectante, listo para recibirla directamente de sus labios.

A diferencia del semen humano, la esencia de Connor tenía un tono azulado, brillante, casi hipnótico. Resbaló con sensualidad desde los labios de Hank, cayendo en la lengua que el androide sacaba sin pudor, manchándole también los labios y el mentón. Connor la recogió con la punta de los dedos, llevándosela de nuevo a la boca como si se tratase de un manjar. Luego, cerró ese círculo con un beso viscoso, profundo y pegajoso, que selló los labios del teniente. Las lenguas se entrelazaron en un beso lento e intenso, mientras compartían y tragaban juntos el orgasmo del joven. Fue un acto ceremonial, sucio y sublime.

— Madre mía, Connor… —suspiró Hank, sintiendo que la película ya estaba llegando a su fin—. Esto ha sido muy intenso.

Connor ya se estaba adecentando la ropa, con una sonrisa satisfecha en los labios. Hank hizo lo propio, consciente de que pronto encenderían las luces de la sala. Permanecieron en silencio, tomados de la mano, mientras las palomitas se enfriaban por completo en el asiento de al lado y la película llegaba a su final con los créditos de despedida.

Las luces se encendieron y los espectadores comenzaron a levantarse. Entre ellos, la peculiar pareja descendía por la escalera, cogidos del brazo y con sonrisas tontas dibujadas en el rostro.

— Creo que me gusta hacerlo en sitios públicos, Hank —le murmuró el joven, mientras bajaban los peldaños—. ¿Cuándo repetimos?

— He despertado a la bestia… —bromeó el mayor, bajando la mano y pellizcándole un glúteo firme—. Yo sólo quería enseñarte un pasatiempo que tenía en mi juventud.

— ¿Chupar pollas en la oscuridad del cine era tu pasatiempo de juventud? —le pregunto el joven, saliendo ya de la sala. Hank soltó una carcajada, de esas que tanto enamoraban al androide.

— ¡Te estás portando muy mal, niñato! — le reprendió entre risas, justo cuando el frío de Detroit los envolvía a las puertas del cine.

— Tal vez necesito que me castigues en casa por lo mal que me he portado hoy… — replicó Connor, guiñándole un ojo.

—Te castigaré hasta que no puedas ni levantarte —le prometió el mayor, deteniéndose en mitad de la calle para regalarle un beso en los labios. Connor cerró los ojos y le correspondió, rendido.

— Me conformo con que me vuelvas a traer al cine…

Notes:

¿Se nota que me gustan las mamadas? ¡Os leo en los comentarios!

Chapter 17: 17. El juego de Kamski

Summary:

Kamski probando sus “juguetitos”. [KINK: pegging]

Notes:

Este fanfic antológico fue escrito por mí en el año 2018, siguiendo las normas del reto Kinktober 2018. Fue publicado en Wattpad y llegó a tener más de 150 mil lecturas, pero la plataforma decidió eliminarlo de pronto y se perdieron algunos relatos, gráficos, títulos... Los he intentado recomponer para publicarlos aquí. ¡Espero que disfrutéis!

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

 

portada

 

 

El agua tibia de la piscina climatizada se agitaba suavemente con el vaivén de los cuerpos de las androides que disfrutaban de las hermosas vistas de la mansión. Kamski estaba sentado en un sillón frente al agua, con una toalla alrededor de la cintura, jugueteando con un pequeño paquete envuelto. Había preparado una sorpresa para su androide preferida, la que siempre complacía todos sus caprichos.

—Chloe —llamó, distraído.

Una joven apareció en la sala y, con pasos suaves, se acercó al hombre de mirada gris.

—Dígame, señor Kamski —respondió ella con docilidad.

—Comprueba la temperatura del agua —pidió él, sin apartar la vista de su revista digital—. Quiero que nos bañemos juntos, así que ponte cómoda.

Entonces la miró directamente a los ojos.

—Sí, señor.

Kamski observó cómo la androide, ligera y obediente, se acercaba al borde de la piscina y sumergía lentamente una mano en el agua. El LED en su sien comenzó a parpadear en amarillo: estaba procesando la temperatura.

—Veinticinco grados centígrados, señor Kamski. Es de su agrado —informó, incorporándose para cumplir la segunda parte de su encargo.

Vestía un ajustado vestido azul que realzaba sus caderas y delineaba su esbelta figura de curvas suaves. Con un movimiento estudiado, llevó una mano a la espalda y bajó la cremallera del vestido. La prenda cedió primero en los hombros, luego resbaló por los brazos y terminó cayendo a sus pies, junto con la ropa interior blanca.

Su cuerpo desnudo brillaba bajo la luz tenue de la sala, proyectando su reflejo sobre la superficie rojiza del agua. Las dos androides que estaban dentro de la piscina la miraban en silencio, con sus LED parpadeando en señal de procesamiento.

Kamski también observaba la escena desde el rincón, con una sonrisa inescrutable. Sus ojos se deslizaban, si así lo deseaba, por las pálidas nalgas de la joven.

—RT600 —dijo con voz grave—. Dejadnos solos.

Y mientras las otras androides obedecían en silencio, abandonando la piscina, él se puso de pie. La toalla que rodeaba su cintura cayó lentamente al suelo, revelando su cuerpo al completo.

Cuando las otras dos androides se marcharon, él se acercó por la espalda a la joven desnuda que esperaba pacientemente delante de la piscina. Pegó su torso a su enjuta espalda, rozándole el cuerpo con su pene. Su cuerpo era fibroso y tenía un abdomen marcado por músculos discretos. Con un brazo acarició el hombro de la joven y dirigió su mano al rostro de la chica, que lo giró levemente para mirarlo desde su posición. La joven de mirada azulada, fijó sus ojos en los suyos. Su boca de piñón, rosada y jugosa, se encontraba cerrada y su respingona nariz casi rozó la mejilla de su señor.

— Hoy tengo una nueva tarea para ti…—le dijo antes de depositar un suave beso en sus labios. Chloe respondió el beso, tal y como había sido entrenada desde su programación inicial.

Sin mediar palabra, las manos de Kamski comenzaron a rozar la figura de la joven, llevándolas hasta sus rosados pechos, redondos y perfectos. Los masajeó suavemente, pellizcando sus pezones para ponerlos duros, comprobando lo bien que funcionaba su cuerpo.

— Entra en la piscina —le ordenó el hombre, y la joven obedeció. Se sentó en el borde y se dejó caer lentamente dentro del agua rojiza.

La calidez inundó su cuerpo y se sintió tremendamente bien. Sonrió suavemente, con una satisfacción casi instintiva. Kamski también sonrió al verla. Dio unos pasos atrás y decidió tirarse a la piscina de cabeza, cayendo dentro de ella de forma elegante, casi sin romper el agua. Surcó casi la mitad de la piscina con la fuerza de su impulso, nadando hasta donde se encontraba Chloe, al otro lado de la piscina.

La acorraló contra la pared de la piscina y su cuerpo. Sus cabezas eran lo único que estaba por encima del agua. El cabello rubio se encontraba recogido en un moño por lo que estaba completamente seco, pero el pelo moreno del hombre sí estaba ya empapado y las gotitas de agua recorrían todo su rostro.

Pegando sus cuerpos contra la piscina, Kamski colocó sus manos en el bordillo, atrapando a la joven frente suyo, robándole enseguida un profundo beso. Chloe mantenía los ojos abiertos mientras que Kamski, con los suyos cerrados, investigaba los rincones de la boca de la joven con su lengua voraz. Quería excitarla, quería prepararla para lo que venía luego. También él quería estar preparado.

Frotaron sus cuerpos: ella, con sus formas femeninas, redondeadas y apetecibles; él, con su pecho anguloso, su abdomen marcado y, entre las piernas, un miembro que comenzaba a endurecerse, rozándose entre los muslos suaves de la androide.

Chloe suspiraba, respirando cada vez más rápido.

Aquel modelo RT600 era divergente. Era la única de aquella serie de androides sexuales que había presentado el virus rA9 y había desarrollado ciertas habilidades y sentimientos humanos.

Aquello era incluso más divertido para él. Por eso ella era su favorita de entre todos los modelos que convivían con él en su mansión.

Las manos de la joven treparon por la cintura de Kamski y se agarraron a los hombros fuertes de su amo, dándose un impulso y levantando las piernas bajo el agua, atrapándolo entre ellas en un abrazo con todos sus miembros. Su coño, que ya comenzaba a estar resbaladizo, chocó directamente contra el pene de Kamski, robándole a él un escalofrío.

Su erección quedaba justo entre sus labios vaginales, donde comenzó a rozarse suavemente, sintiendo la suavidad de la zona contra su piel ya palpitante. La joven gimió suavemente y cerró los ojos, con su LED coloreándose en un rojo intenso cuando rozó su clítoris perfectamente diseñado para el placer.

— ¿Te gusta eso, verdad? —le preguntó Kamski, esperando el asentimiento sumiso de la joven sobre su hombro, donde estaba reposando ya su cabeza, inclinando su cuerpo en busca de más roce.

El joven ingeniero no quería repetir lo de siempre. Esta vez tenía pensado algo diferente. Así que paró de moverse contra el coño de la joven y se desembarazó del abrazo, dejando a la androide inmóvil en del agua, un tanto desconcertada. Kamski ya nadaba hasta alcanzar la escalera de la piscina, la que subió lentamente, dejando ver su esbelto cuerpo, desnudo y empapado.

— ¿Señor…? —preguntó la joven, sintiendo palpitar su coño por dentro y por fuera.

Elijah ya se estaba acercando a los sillones del rincón, donde tenía la toalla. Comenzó a secarse el cuerpo, aún en silencio. La joven supuso que debía salir del agua, así que subió la escalera y esperó fuera de la piscina, mientras su cuerpo desnudo goteaba sobre el suelo. Su esbelto cuello destacaba aún más con el cabello recogido, aunque Kamski le daba la espalda y no podía apreciarlo.

— Acércate y sécate con esta toalla, Chloe —le dijo con voz dulce, ofreciéndole la toalla que acababa de usar—. Tengo un regalo que darte.

— ¿Un regalo? —preguntó la joven, sorprendida, al coger la toalla que le ofrecía su señor.

Kamski se dejó caer en el sillón. Su polla seguía incluso más dura que antes, expectante por los acontecimientos que se acercaban. Cuando la joven terminó de secarse, Kamski sacó de la mesita un paquete cubierto de papel de regalo y se lo entregó. Ella lo miró con expresión de desconcierto: estaba tremendamente cachonda… aquello no era precisamente lo que su cuerpo deseaba en ese momento. Aun así, intentó sonreír y mostrarse servicial con su señor.

— Gracias, señor Kamski —dijo con voz suave, como siempre que se dirigía a él.

Comenzó a abrir el paquete con mucho cuidado, intentando no destrozar el envoltorio. Kamski ya se relamía los labios, anticipándose. No pudo evitar llevarse una mano a su propia polla, acariciándosela suavemente para calmar su impaciencia.

La joven terminó de abrir el paquete: era una caja de componentes con el logo de la empresa de Kamski. Los ojos azules de la joven buscaron una respuesta en el hombre, pero este solo le insistió en que abriera el paquete y viera lo que había dentro. La joven obedeció por fin, y al abrirlo encontró algo inesperado.

—Póntelo —le pidió Kamski, sintiendo un deseo que ya no podía contener.

La joven sacó de la caja el juguete que su señor le había regalado.

Se trataba de un pene.

Era una réplica perfecta de un pene humano. Tenía un mecanismo de anclaje que se adheriría sin problemas a su anatomía, convirtiéndose en una parte más de su hardware. También contaba con unos testículos de los que emergía un dildo, que debía introducirse en su vagina para enlazar con los receptores nerviosos situados en el extremo de sus genitales internos.

Chloe sintió que se sonrojaba.

— Quiero que me folles —le dijo Kamski, levantándose y acercándose a la joven, que parecía cohibida con el juguete—. Sentirás lo mismo que siento yo cuando te lo hago.

— ¿No le dolerá? —preguntó la joven, sintiendo cómo Kamski le alzaba la barbilla.

Ahí estaba, su divergencia. El joven rio suavemente, sintiéndose enternecido por su preocupación genuina.

— ¿A ti te duele? — le devolvió la pregunta. La joven no contestó—. A veces el dolor puede llegar a convertirse en algo placentero, ¿verdad?

La mano del hombre se acercó a las manos de la joven, que sostenían el juguete entre ellas. Las bajó suavemente hasta llevarlas entre las piernas de ella.

— Póntelo.

Y aquello era una orden.

Chloe cerró los ojos y abrió las piernas. Se inclinó un poco, como si fuera a introducirse el pene de su señor, pero en vez de eso, se introdujo la que sería su propia polla. Al acercarse el aparato, su piel sintética se desactivó y quedaron a la vista sus zonas íntimas más mecánicas. Se metió el mango de los testículos hasta el fondo de su vagina y sintió cómo hacía conexión. Soltó un gemido. Acto seguido, unió las conexiones de su clítoris al falo, que se adaptó rápidamente a su cuerpo.

Kamski la miraba con lujuria. Admiraba a esa joven, con ese cuerpo tan delicioso que había esculpido con sus propias manos, con sus prominentes pechos rosados y femeninos, culminado su perfección en la punta de aquella polla erecta que lo señalaba a él. Sintió su propio miembro palpitar de deseo.

No pudo evitarlo: se arrodilló frente a la joven, le agarró fuertemente la cintura y colocó a la altura de su boca el nuevo miembro, que se había adherido perfectamente a su cuerpo. La chica cerró los ojos y se llevó una mano a la boca para acallar, con el dorso, un gemido sorpresivo al sentir la lengua de Kamski sobre su nuevo glande.

El ingeniero lamió el pene con toda la longitud de su lengua, saboreando la maravilla de la tecnología que él mismo había ayudado a diseñar. Chupó la punta con ansiedad, para luego masajear a la chica con la mano. Arriba y abajo, arriba y abajo. Estaba concentrado en cómo temblaba su cuerpo con cada jalada, y no apartaba la mirada de su bella anatomía que mezclaba los dos conceptos más diferenciados de la biología humana.

— Eres perfecta así —le susurró él, trepando nuevamente por su cuerpo, y dándole un beso en los labios, que ella respondió, totalmente entregada. Aquel masaje había sido el detonante de su deseo más visceral.

La joven lo agarró por los brazos y le clavó las uñas en la piel cuando sintió que su nuevo pene rozaba el de su dueño. Una oleada incontrolable de fuerza la embargó y la impulsó a empujar al joven Kamski contra los sillones, donde cayó, totalmente sorprendido.

En su cara se reflejaba una expresión de confusión, pero pronto cambió a una de satisfacción. Le gustaba aquella actitud; quería que ella lo dominara, que lo abriera de piernas, que lo obligara a recibirla entre ellas.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

La joven se abalanzó sobre Kamski, invirtiendo los roles por una vez en su vida. Ya no era la sumisa, fiel y dulce Chloe. Aquella polla palpitante que sentía entre sus piernas le pedía a gritos follarse a ese hombre, que la esperaba encantado con las piernas abiertas.

Allí, contra el sofá, con las piernas flexionadas y abiertas, la joven le masajeó la polla, mientras que, con la otra mano, ...dirigía la punta de su juguete hacia la entrada virgen de Elijah. Él respiró profundamente, sabiendo lo que se acercaba. Algo que había pensado y deseado durante mucho tiempo.

— Lubrícate primero —le pidió Elijah. La joven lo miró confundida, pero enseguida empezó a masturbarse, con la punta de su pene rozando la entrada del joven.

Se concentró y comprobó que podía lubricar por la punta como si de su vagina se tratara; pronto empezó a rezumar fluido preseminal a borbotones, empapándose la mano y mojando las nalgas de Kamski. Empezó a empujar contra la entrada de él, y este se tensó. Los dedos de sus pies se engarrotaron. Estaba deseando ser penetrado.

Poco a poco, y acompañado de jadeos sorprendidos, la polla de Chloe empezó a abrirse paso. La presión era firme, creciente. Kamski contuvo el aliento un instante: el anillo muscular cedía con lentitud, como si su cuerpo dudara entre el placer y la resistencia. Una mezcla de escozor, calor y tensión lo atravesó de golpe. No era dolor exactamente, pero tampoco era suave. Era intenso. Un hormigueo denso y eléctrico que se extendía por su espalda baja mientras sentía cómo la punta del falo lo atravesaba, deslizándose dentro de él. La sensación era tan asombrosa que tenía los ojos grises abiertos de par en par, mientras no dejaba de mirar la hermosa figura de Chloe, empujando hacia sus entrañas, con sus pechos balanceándose al ritmo de sus penetraciones. A veces, su mirada descendía hasta el epicentro de la acción: verse así, sometido, con la polla de su androide abriéndose paso entre sus piernas y la suya propia descansando sobre su abdomen, lo hacía querer explotar de placer.

Tuvo que tirar la cabeza hacia atrás, dejando paso a un profundo gemido.

— Fóllame... así... fóllame —rogó Kamski, fuera de sí, alejándose del estereotipo de hombre frío, distante y dueño de todo aquello que veía.

Chloe no respondía; solo gemía en cada embestida, golpeando los glúteos prietos de su dueño mientras se clavaba en él con total facilidad. Los labios sonrosados de la joven estaban entreabiertos. Jadeaba y gemía de gusto. Seguía lubricando para hacer aquella experiencia aún más placentera, y con cada roce de sus nuevos testículos contra el cuerpo del hombre, sentía algo extraño dentro, como si algo en sus componentes estuviera a punto de estallar. Percibía que se estaba creando una gran cantidad de esperma en el interior de aquellos testículos.

Pronto una de las manos de la joven caminó por la ingle del hombre que sometía y agarró la polla dura y solitaria que descansaba en su abdomen. Empezó a masajearlo, dándole la doble sensación, la de su polla entrando y saliendo de su sensible ano y la de su mano frotando el palpitante y rezumante glande de su señor. Él respondió a aquello con un apasionado jadeo.

Entonces Chloe supo que Kamski se acercaba a su clímax. Había mantenido relaciones sexuales demasiadas veces con su amo como para no conocer perfectamente cuáles eran las señales de que el orgasmo se acercaba. Conocía su gesto, su temperatura, su ceño fruncido y sus ojos brillosos.  Intensificó el ritmo y se concentró en acabar ella también, impaciente por sentir esa nueva sensación de correrse ella dentro de él. Estaba impaciente por saber cómo se sentiría. Y él también lo deseaba.

Una última embestida fuerte bastó para que del pene de Kamski comenzara a chorrear semen blanco y espeso, manchando todo su abdomen y su pecho; la mano de la joven deslizó parte de aquella corrida por el pene todavía duro, manchando toda su mano. Ella no dejó de penetrarlo hasta sentir que su espalda se arqueaba y que de sus testículos subía una potente sensación explosiva que recorría todo su nuevo miembro y eyaculaba irremediablemente dentro del cuerpo de su señor. La joven gritó y clavó en la piel de Kamski la mano que mantenía en su cintura, agarrándolo para empujarlo contra su pelvis.

— ¡Señor! —gritó sintiendo las contracciones del cuerpo de él sobre su nuevo pene.

— Te has corrido dentro —le dijo Kamski, sintiendo el peso de la joven que se había desplomado sobre su cuerpo, ambos ahora recostados en el sillón. La polla de juguete seguía dentro del cuerpo de él.

— Lo siento, señor Kamski… —se disculpó ella, sintiendo que su pene perdía fuerza y tamaño, perdiendo la erección y saliendo lentamente del cuerpo de él, donde dejó el rastro de un líquido que imitaba el semen—. No he sabido evitarlo…

— Ya sabes lo que eso significa —le dijo misteriosamente el hombre, acariciando el desordenado cabello de la joven, que se había escapado del moño con las rítmicas embestidas—. Ahora me toca a mí correrme dentro.

Hizo una pausa para coger a la chica y colocarla bajo su cuerpo, la joven no se sorprendió de que a su señor le apeteciera seguir jugando, puesto que él era un hombre con una pasión desmedida. Aquellas vivencias que acababan de experimentar lo demostraban.

— Pero quiero que…—Kamski bajó la mano hasta la entrepierna de la joven, agarrando el pene desde la base—. Este juguete se quede un rato más entre nosotros...

 

Notes:

Espero que os haya gustado. Amo el pegging. Ojalá les haya transmitido las sensaciones lo más fielmente posible.

¡Tengo que aclarar algunas cosillas!!

1) Los dos capítulos que originalmente siguen son derivados de las dos historias que estoy subiendo ahora mismo en el perfil: Forbidden y El primer verano de Connor.

2) Al ser unos spin offs y o escenas "eliminadas" de los fanfics, digamos "canon", no las puedo subir hasta que no haya subido todos los capítulos de Forbidden y El primer verano de Connor, ya que no quiero adelantar acontecimientos ni sorpresas de esos dos fics.

3) Por ese motivo, he decidido alterar el orden original de esta historia. Como son relatos independientes, creo que no afectará al disfrute de la obra. ¡Espero que sigáis disfrutando con los que vienen!

Chapter 18: Blade Runner

Summary:

“Connor es un androide en busca y captura. RK900 le dará caza”. [KINK: Humillación + Contra la pared]

Notes:

Este fanfic antológico fue escrito por mí en el año 2018, siguiendo las normas del reto Kinktober 2018. Fue publicado en Wattpad y llegó a tener más de 150 mil lecturas, pero la plataforma decidió eliminarlo de pronto y se perdieron algunos relatos, gráficos, títulos... Los he intentado recomponer para publicarlos aquí. ¡Espero que disfrutéis!

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

—Te tengo una sorpresa, Connor —le había dicho Amanda con una sonrisa misteriosa en el rostro.

Lo había llevado hasta el rosal que había en aquel lugar etéreo que representaba el dominio de CyberLife. Allí había otro androide, con traje blanco y presencia imponente, que le daba la espalda al rosal. Cuando llegaron, se quedó inmóvil. Connor lo observó con curiosidad.

—Quiero presentarte a alguien —le dijo la mujer, dando la orden para que el otro androide se girara.

Era un androide de la misma serie que Connor; se parecía a él de forma espeluznante. Sus ojos eran azules como el hielo y su fisonomía presentaba una dureza que Connor no poseía. Parecía superior a él en fuerza y velocidad. En su chaqueta podía leerse «RK900».

—Este es un nuevo modelo de tu serie. Como podrás observar, hemos mejorado tus capacidades y eliminado todos los errores que tu modelo presentaba.

—¿Qué pasará ahora conmigo…? —preguntó Connor, temiendo la respuesta.

—Has demostrado no ser lo suficientemente productivo, Connor.

Se hizo un silencio, mientras el modelo RK900 observaba la escena con expresión helada.

—Has fallado en tu misión, por lo que procederemos a desactivarte.

—Entendido.

La voz de Connor sonó fría, como si no le importara ser reemplazado por aquel modelo superior.

El joven no esperó más y, tras volver a fijar sus ojos color avellana en la figura recta y alta de su sustituto, se dio media vuelta y se alejó de aquel lugar. El jardín —la interfaz de CyberLife— se apagó en un parpadeo; la conexión se cortó.

Cuando recuperó la conciencia de su cuerpo tras desconectar de CyberLife, se encontraba en la calle, cerca del que había sido su lugar de trabajo. Había intentado todo para conseguir los objetivos de CyberLife; incluso había traicionado a su mejor amigo, Hank Anderson, quien ya no se encontraba entre los vivos, en parte por su culpa.

Sintió un dolor intenso en el pecho. Su LED se iluminó de un rojo escarlata que llenó la oscura noche a su alrededor. Cerró los ojos. Sentía miedo y culpa.

Ahora la empresa por la que había dado la vida quería arrebatársela. ¿Estaba dispuesto a ser destruido? ¿A ser desconectado?

Volvió a abrir los ojos; la determinación brillaba en ellos.

No. No quería ser desconectado.

Había descubierto que no estaba dispuesto a morir.

¿Qué haría entonces? Ya no le quedaba nada ni nadie. Había traicionado a los suyos, había dejado morir a Hank; todo lo que conocía se había vuelto en su contra.

Solo podía huir.

Su LED brillaba con fuerza mientras tomaba rumbo hacia un lugar donde nunca más supieran de él. No se lo pondría fácil. En su software acababa de romper las barreras de su programación nativa y estaba hackeando su propio sistema.

Finalmente, Connor se había convertido en un divergente.

 

:::::::::::::::::::::::

 

El joven de mirada afilada entró en la estación de servicio de la zona.

Su cabello, repeinado y castaño, contrastaba con la apariencia desaliñada de las personas que entraban y salían de la humilde cafetería.

Había recorrido tierra y mar en busca de una pista, y esa se encontraba en aquel pueblo de mala muerte, lejos de toda civilización.

Levantó la cabeza y miró la pantalla digital, la única en varios metros a la redonda, que anunciaba el ansiado remake de Vengadores, que tanto había emocionado a la juventud y a sus fans más nostálgicos. Delante de la pantalla se apelotonaron un montón de niños, emocionados porque iba a salir Iron Man; después de muchos actores que habían interpretado aquel personaje, por fin sería interpretado por una verdadera máquina.

El androide desvió la mirada de la escena, tras analizar todas las caras emocionadas, y se internó en la cafetería. El antro lo recibió con las miradas curiosas de los dependientes y de los pocos clientes que desayunaban dentro. Su aspecto era muy llamativo para aquel lugar.

Su chaqueta blanca y su elevada estatura contrastaban con la humilde gente que había en la estancia; no obstante, se acercó a la barra con la expresión más amigable que tenía y se sentó en una butaca, a la espera de que lo atendiera la camarera.

—¿Qué desea, caballero? —preguntó la camarera, mascando un chicle.

—Me gustaría comer una hamburguesa, si fuera posible —dijo con voz neutra. La chica lo miró de arriba abajo, dándose cuenta de que su identificación gritaba en todos los idiomas que se trataba de un androide.

—Pero eres un androide, ¿no? —le dijo la chica, que estaba anotando el pedido, pero dudaba de si aquello era una broma para hacerla trabajar de más.

—¿Y? —fue cortante; no estaba allí para hacer amigos.

La chica lo miró con ojos sorprendidos y le dio la espalda de inmediato, pasando la comanda a la cocina a voz en grito: «Una hamburguesa normal, Cole». Nines, que así conocían a aquel modelo RK900, torció el gesto al escuchar su voz chillona y descuidada.

Esperó pacientemente y se fijó en la pequeña ventana que daba a la cocina. Allí dentro había un joven de pequeño porte, con el pelo largo, algo ondulado, que preparaba su hamburguesa. Pronto la tuvo delante de sí, en un pequeño plato.

—¿Cuánto es? —sus cejas estaban alzadas, pero su gesto era totalmente serio. Ya tenía lo que quería.

—2,90 dólares —le dijo la chica, desdeñosa.

—Quédese con el cambio —le dijo tras poner sobre la mesa un billete de 5 dólares. La chica miró la propina con ojos brillantes, pero no le dio las gracias.

El joven se levantó del asiento, dejó la hamburguesa intacta en el plato y salió de la pequeña cafetería sin mirar atrás.

—Los androides son de lo peor… —comentó la joven cuando el RK900 ya había salido por la puerta—. Toma, Cole, la ha dejado intacta.

El joven de la cocina, que estaba totalmente manchado de grasa y llevaba guantes en las manos, la miró con gesto cansado, pero con la mirada alerta.

—¿Has dicho androide? —preguntó, con voz apocada.

—Sí, un tío muy raro… —la chica pareció caer en algo evidente y lo señaló, con una sonrisa—. ¡Se parecía muchísimo a ti! Solo que era mucho más guapo y apuesto, claro…

El sonido de unos platos rompiéndose en mil pedazos contra el suelo de la cocina fue lo siguiente que se oyó en la cafetería.

 

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Su turno ya había acabado y debía marcharse a su casa. Había estado temblando desde que se le habían resbalado los platos de las manos. Fuera ya era de noche, y debía coger la bicicleta que tenía guardada en el almacén para llegar hasta el pueblo. El local se encontraba en una carretera cercana, donde los coches autónomos paraban a recargar energía y los viajeros que iban y venían llenaban la tripa en la cafetería.

No podía evitar sentir miedo de salir de allí.

Sabía que el RK900 había estado en su cafetería por la tarde.

¿Se habría dado cuenta de que él estaba en la cocina? ¿Sabría que aquel era su paradero ahora? ¿Lo estaría buscando a él?

Muchas preguntas y ninguna con respuesta.

Salió lentamente del local, con la bicicleta entre las manos. Miró a un lado y a otro, mientras sus compañeros se despedían a voz en grito de él. No había nadie sospechoso en los alrededores, así que se montó sobre el sillín de la bici y comenzó a pedalear por el arcén de la carretera, bordeando el límite del asfalto con la tierra.

La oscuridad de la noche se veía rota por las idas y venidas de algún coche solitario y por el faro de su bici. Iba tan rápido como su cuerpo podía; su cabello, a media melena, se movía a contraviento. En su sien ya no lucía ningún LED, puesto que se lo había extraído para poder desaparecer.

Pronto unas luces muy fuertes, blancas, cegadoras, lo iluminaron desde atrás. Él no dejó de pedalear, pero no pudo evitar mirar hacia atrás al notar que el coche no lo adelantaba, sino que lo seguía a su ritmo. En el interior del automóvil solo veía oscuridad. Apretó el ritmo de pedaleo, exprimiendo sus componentes al máximo. Tuvo una corazonada desagradable y decidió volver a mirar por encima del hombro.

RK900 le devolvía la mirada gélida desde la ventanilla del copiloto, por donde asomaba con una pistola, apuntándolo.

—¡Mierda! —Connor giró rápidamente el manillar de la bici y se adentró en la oscura tierra que rodeaba la carretera, internándose en el pedregoso camino de arenilla.

El coche de Nines imitó su movimiento violento y se precipitó descontrolado por el terraplén, saliéndose de la carretera. Pronto Connor decidió saltar de la bicicleta, rodando contra las piedras del suelo y raspando la ropa.

El RK900 detuvo el coche y bajó con ritmo tranquilo. Parecía muy seguro de que aquella persecución solo tenía un final posible. Connor ya se estaba levantando del suelo, sangrando thirium por una de las palmas de las manos a causa del profundo arañazo de la caída. Nines lo persiguió dando zancadas y empuñando el arma. En la oscuridad solo se podía ver el LED rojo del androide RK900 avanzar rápidamente tras el joven, que corría desesperado para librarse de su cazador.

El camino se empinaba; Connor comenzó a treparlo con desesperación, intentando sacar ventaja del androide que llevaba a sus espaldas, pero, cuando ya estaba a punto de coronarlo, el disparo de la pistola de Nines le alcanzó.

Se trataba de una pistola de energía. Connor seguía siendo un androide, por lo que la electricidad paralizó su cuerpo y la descarga recorrió su sistema, dejándolo desestabilizado y haciéndolo caer cuesta abajo. Un grito solitario rompió la noche.

El LED rojo se acercó al cuerpo que ya caía en la arenilla y se detuvo justo cuando el costado de Connor chocó contra el suelo, quedando a su merced.

Ambos contaban con visión nocturna y se miraron a través de sus ojos cristalinos.

—Cuánto tiempo sin verte, RK800 —le dijo fríamente Nines, sonriendo.

—Púdrete —le espetó Connor, todavía con la mandíbula bloqueada por la descarga. Estaba intentando deshacerse de aquel bloqueo corporal para comenzar la huida de nuevo. El pueblo estaba cerca; tal vez podría pedir ayuda…

Pero él se había encargado de no tener relación con nadie durante todo ese tiempo. Estaba completamente solo, al fin y al cabo.

El modelo superior se agachó lentamente, apoyando el brazo sobre la rodilla flexionada y llevando una mano a la cabeza del joven en el suelo, buscando su LED en la sien.

—¿De verdad creíste que despojándote de esto te librarías de tu destino? —le preguntó fríamente, volviendo a levantarse para buscar algo en su bolsillo trasero.

Sacó unas esposas de energía magnética, que procedió a colocárselas a Connor mientras este se resistía. Con el pie le dio una patada y lo volteó, dejándolo de espaldas. Cogió sus brazos con fuerza y los doblegó a la altura de los glúteos; allí inmovilizó sus manos, colocándole las esposas.

—Quedas arrestado. CyberLife ha puesto una recompensa por ti —le explicó, como si fuera un policía. Puede que hubiera vuelto a su antiguo trabajo en el Departamento de Policía de Detroit.

Se puso de pie de nuevo, y Connor sintió que por fin era libre del bloqueo de la descarga eléctrica. Se dio la vuelta sobre la tierra, apoyó las manos esposadas contra las piedras y, con un movimiento ágil, consiguió incorporarse de un salto. Nines lo miró sorprendido; aquello no se lo esperaba.

No le dio tiempo a detenerlo. Solo pudo maldecir mientras el joven castaño echaba a correr a toda velocidad hacia la oscuridad, olvidándose de escalar la montaña para atajar. A Nines no le quedó más remedio que reanudar la persecución nocturna tras el joven, que corría todavía esposado.

—¡No te escaparás! —le gritó cuando ambos divisaron, en la linde, el comienzo del pueblo.

Connor nunca había corrido con tanta energía. Sentía que los pies le golpeaban los glúteos y estuvo varias veces a punto de perder el equilibrio y caerse; de hecho, acabó cayendo justo cuando alcanzaba de nuevo el asfalto, a la altura de la entrada del polideportivo del pueblo. Recuperó rápidamente la compostura, observando cómo Nines le pisaba los talones. Era un modelo superior a él, pero Connor conocía la zona: jugaba con ventaja.

Se internó entre las callejuelas desiertas; la luz de las farolas iluminaba tenuemente la noche. Jugaron al escondite durante unos minutos, mientras el joven intentaba planear cómo escapar de su agresor. Decidió despistarlo por unas cuantas calles y esconderse en un recoveco entre la iglesia y el parque. Nines pasó por la zona, buscando desesperadamente al joven, al que había perdido de vista de pronto. Connor aprovechó el momento de despiste para salir sigilosamente a sus espaldas.

Cuando estaba girando la esquina, Nines oyó sus pasos. La casa de Connor estaba cerca; tenía que buscar la manera de entrar rápidamente. Estaba pensando en ello, visualizando la puerta del que había sido su hogar durante aquellos meses, cuando el modelo RK900 apareció de pronto por delante de él, haciendo que Connor chocara como un tren de carga contra su pecho.

—Te tengo —le susurró Nines, divertido, agarrándolo con fuerza contra su cuerpo. Connor se resistió, pero no podía hacer nada contra la fuerza del androide—. ¿Hacia dónde te dirigías tan rápido? —Miró en dirección a la casa de Connor y descubrió que en los ojos castaños se reflejaba pavor—. Esa es tu casa, ¿verdad? ¿No piensas invitarme a entrar?

Y, con una sonrisita, lo obligó a caminar, sujetándolo por la nuca e impulsándolo contra la puerta. Después de amenazarlo, Connor colaboró para abrirla y, cuando esta estuvo abierta de par en par, Nines le dio una patada a su rehén, empujándolo dentro, donde cayó de rodillas.

—Luces —dijo con la voz de Connor, imitándola perfectamente. La habitación se iluminó por completo.

Cerró la puerta tras de sí y quedaron a solas. Era un pequeño piso, un espacio solitario, con poca decoración. Parecía una habitación de hotel.

—¿Aquí es donde te has estado escondiendo como una rata de alcantarilla? —Sus preguntas eran retóricas, mientras observaba altivamente la pequeña casa, que no tenía siquiera dormitorio, puesto que Connor descansaba directamente en el sillón de la sala.

Connor intentó levantarse; sentía el cuerpo exhausto. Nines lo tomó de las muñecas, que aún seguían esposadas a su espalda, y lo estampó contra la pared más cercana, aplastando la cara contra el papel pintado.

—¿Te he dado yo permiso para que te levantes? —le preguntó fríamente; su LED seguía girando de un color rojo sangre—. Harás solo lo que yo te permita. ¿Entendido?

—Vete al puto infierno —le espetó Connor, resistiéndose a la dominación.

Un puñetazo en las costillas hizo que se quejara y se doblara por la cintura, pero Nines no le permitió caer; lo mantuvo con el pecho pegado contra la pared. Lo cogió por el pelo largo y tiró de su cabeza hacia atrás, para verle mejor los ojos. Connor no lo miraba, se negaba a mirarlo.

—Escúchame, trozo de mierda —le espetó Nines. Sus fríos ojos se clavaban como cuchillos sobre el rostro de Connor—. Ahora eres mío. Has intentado huir de tu destino durante todo este tiempo, pero ya no tienes escapatoria: te voy a destruir.

Y terminando de pronunciar aquellas palabras, le soltó el pelo, dándole un empellón con la mano sobre la cabeza.

— Pero primero me voy a divertir contigo un rato —le anunció, con una sonrisa de suficiencia—. Creo que todavía no eres consciente de lo obsoleto que has quedado, viejo RK800.

El androide más alto se pegó a la espalda del joven, y con los pies le obligó a abrir las piernas, muy separadas. Pronto comenzó a cachearlo desde las pantorrillas, palpando sus muslos, su cintura, su cadera y también su entrepierna. Estaba asegurándose de que no tenía ningún arma con la cual poder atacarle en medio de los juegos que tenía pensados para él.

Le dio la vuelta con violencia. Sus ojos fríos se enfrentaron a la mirada furibunda del joven y Nines se acercó a él hasta pegarlo nuevamente contra la pared, aplastando sus manos esposadas contra la superficie. Sus rostros se rozaban, Nines le sacaba una cabeza de altura al joven, así que lo miraba siempre desde arriba, con altivez. La respiración de Connor era descompasada.

—Bésame —le ordenó el androide superior con voz grave. Connor abrió los ojos de par en par—. Te he dicho que me beses, ¿estás sordo?

—No pienso besarte —le dijo tajantemente el joven.

Nines le escupió en la cara.

—Harás lo que yo te diga —le dijo, mientras Connor cerraba los ojos fuertemente, sintiendo la densa saliva del RK900 corriéndole por la cara.

El androide superior no esperó más y le plantó un beso en los labios, cogiéndole el mentón con fuerza para evitar que escapara del roce. Connor luchó contra él, pero su fuerza era tremendamente inferior. La lengua del androide intentó entrar en su boca, pero él se resistió, sellando sus labios.

Como no podía acceder a su boca, Nines llevó los dedos a los labios y penetró en ellos con violencia, haciendo gancho con el índice y el pulgar, obligándole a abrir su boca para recibirle. Connor gimió, desesperado.

Aquel grito fue ahogado en la boca de Nines cuando metió su lengua en ella, profundizando su beso. Connor sintió ganas de vomitar y se revolvió en el acto. Pero nada de eso importó.  

Cuando el beso terminó, Nines se separó del cuerpo de Connor lo suficiente como para obligarle a ponerse de rodillas, tirándole del pelo. Lo colocó de rodillas frente a su bragueta, que desabrochó, luciendo una sonrisa pícara en su rostro.

—Estás a punto de probar una de las grandes mejoras que presenta mi modelo —le anunció, sacando de dentro del pantalón una polla totalmente erecta, que apuntaba a la cara de Connor.

—Eres un puto traci de mierda —le dijo el castaño, girando la cabeza en un intento de evitar estar cerca de la punta del pene de su agresor. Sabía lo que iba a pasar y también sabía que no podría evitarlo, pero no pensaba dejárselo fácil.

—Cómeme la polla y tal vez sea clemente contigo —le dijo suavemente el androide de mirada gris, acercando su pene a la boca esquiva del joven. Terminó por cogerle por el pelo de nuevo y, sujetándose la polla con una mano, le dio golpecitos con ella en las mejillas, en los labios y se la pasó por toda la cara—. Vamos, estás deseándolo. Todos sabían que estabas pillado por una polla vieja y fofa —se burló cruelmente Nines.

Connor sintió que el mundo se le desmadraba. No podía permitir que hablara de Hank de aquella manera.

—Maldito hijo de puta… voy a matarte —le susurró, mirándolo a los ojos, sintiendo que sus ojos se enrojecían por las incipientes lágrimas que pujaban por salir.

—Oh, qué tierno… —su risa era cruel—. ¿Y cómo lo harás? —le preguntó, pero no esperó respuesta. Volvió a forzarle a abrir la boca para recibir su polla dentro—. Ven y chúpamela, RK800, lo estás deseando.

Al ver que el joven se resistía, le dio un bofetón.

Y Connor sintió que se rendía.

Entreabrió los labios. Mientras el pene de Nines inundaba su boca, una lágrima le resbaló por uno de sus ojos.  Empezó a penetrarlo, sin importarle si se rozaba con los dientes o si lo ahogaba, incluso lo buscaba a propósito. No quería placer, solo quería humillarlo.

Soltó unas arcadas y, al oírlo, el RK900 se dio por satisfecho. Salió de su boca, dejando un hilo de saliva entre la lengua de Connor y su glande, cuya consistencia se rompió cuando Connor empezó a toser hacia un lado, escupiendo el sabor del androide.

—No finjas, sé que te ha encantado —RK900 era prepotente y cruel, y Connor no comprendía por qué era así con él.

Nines cogió a Connor por el cuello y lo arrojó contra el suelo, hacia un lado, dejándolo tirado en él. Lo manejaba como si fuera un trapo, quería hacerle sentir lo poca cosa que era para él y para todo el mundo. Y lo estaba consiguiendo.

—Ahora —le dijo, poniendo su pie encima de la espalda del joven, haciendo presión en su zona lumbar—. Quiero que desactives tu piel.

Se hizo un silencio. Como Connor no obedecía inmediatamente, Nines apretó el pie contra la estructura ósea del chico en el suelo, haciéndolo gritar de dolor.

— ¡Que desactives la piel he dicho! —le gritó, pegando la cara de Connor al suelo con la suela del zapato.

Connor gimió entre sollozos, mientras su piel blanca de humano comenzaba a desaparecer y era reemplazada por su plateada coraza metálica. Su verdadera apariencia de androide comenzó a ser evidente. Su cabello largo fue desvaneciendo y sus facciones características se convirtieron en una máscara de aleación de acero. Nines comenzó a arrancarle la ropa, para dejarle completamente desnudo, llegando incluso a romperle la camisa para deshacerse de ella. Connor lloraba con sus ojos avellana, viendo el mundo a su alrededor borroso.

La mirada gélida del androide lo torturaba cada vez que se posaba en él. Se reía de su desgraciado estado; era hiriente y humillante. Su risa estaba cargada de crueldad. Un rasgo que debía ser innato en su nuevo modelo.

—Ahora estás mejor, acorde a tu nivel —le juzgó el modelo RK900, echando un vistazo al cuerpo desnudo del RK800, completamente desprovisto de su piel sintética. Su cuerpo brillaba, sin formas humanas; sus extremidades estaban expuestas, sus aberturas y conexiones a merced de su cazador.

Nines obligó al joven a ponerse de rodillas delante de él, tal y como había hecho anteriormente, y comenzó a masturbarse la polla delante de su cara. Ya no quería que Connor participara de las caricias, pues lo único que deseaba era corrérsele encima; hacerle sentir un despojo. Se pajeó esmeradamente delante de Connor, que sentía un fuego ardiendo en su interior: de tristeza, pena y rabia; una explosión de sentimientos que no podía ni sabía gestionar. Sus ojos lagrimeaban, su corazón biónico casi salía de su coraza. Se sentía expuesto y débil.

El pene majestuoso del RK900 brillaba por la lubricación que rezumaba de su glande rosado, que palpitaba a cada caricia. Nines se permitía el privilegio de gemir, de disfrutar, sin apartar la mirada del androide que tenía torturado delante.

—Estoy a punto de correrme —le anunció, en un susurro. Lo cogió entonces por la cabeza desnuda y le pegó la polla a la cara, para que no pudiera escapar de su regalo.

Unas pocas sacudidas más y de su pene salió un chorro de esperma azulado que salpicó por completo la cara de Connor; sus ojos, su nariz y su boca se quedaron completamente bañadas de la corrida de Nines, quien gimió de gusto y alegría al ver cómo el RK800 cerraba los ojos para evitar que su semen entrara en ellos. No pudo evitar reírse, con satisfacción, al admirar su obra.

Del mentón del androide se resbalaba lefa azulada; sus mejillas eran un cuadro precioso de admirar, manchadas por su orgasmo.

—Así estás más guapo —le dijo, guardándose el pene dentro de la bragueta, satisfecho con sus juegos—. Pero ya basta de tanta diversión —hizo una pausa, Connor escupía el esperma que quería colarse en su boca. Sentía que estaba a punto de explotar de rabia—. Ya va siendo hora de que te reúnas en el infierno con la basura de los Anderson.

—No menciones ese nombre nunca —le advirtió Connor, sacando la dignidad que le habían despojado.

—Oh, ¿te duele que hable de ese maldito borracho fracasado? —Nines se rio, preparando la pistola de energía que tenía guardada en la chaqueta—. Antes de desconectarte, debes saberlo: Hank Anderson y toda su familia están donde merecen estar. Pudriéndose bajo tierra.

Connor recibió aquella afirmación como un eco lejano.

Sus pupilas se contrajeron tanto que casi desaparecieron. Se apoderó de él una ira que desconocía hasta ese momento. Sintió tanta fuerza en el pecho que notó cómo se quebraban algunos biocomponentes por la presión repentina. Deseó con todas sus fuerzas acabar con la vida del RK900. Con aquella presión recorriendo su sistema, forzó las esposas hasta dislocarse la mano metálica y consiguió escurrirla del cierre magnético que lo mantenía inmovilizado.

Nines no tuvo tiempo de reaccionar: el joven al que había inmovilizado en el suelo se le abalanzó como una estampida. Se le echó encima con tanta fuerza que acabó tumbándolo; ya no tenía las manos a la espalda y, con lo que quedaba de las esposas, consiguió hacer un lazo alrededor del cuello del androide que yacía bajo su peso metálico. Forcejearon mientras, con una fuerza hasta entonces inaudita, apretaba el cuello de Nines, que lo miraba con los ojos bien abiertos, los iris grises desorbitados.

—Tú… eres inferior a mí —intentó decir, ahogando las palabras en el agarre que las esposas y las manos del otro androide, más enjuto, ejercían en su garganta.

—Querían desactivarme no por ser inferior a ti —comenzó a explicarle Connor, apretando aún más y ayudándose de la rodilla derecha, que presionaba el pecho del RK900. El LED del modelo avanzado brillaba en rojo escarlata—, sino porque sabían que yo ya pensaba por mí mismo… No podían manipularme, pero a ti sí.

Nines lo escuchaba a duras penas. Su sistema entraba en alarma. Su nivel de estrés superaba los límites establecidos y comenzaba a notar que su visión cortocircuitaba; era borrosa y su percepción de los colores, imprecisa. Empezaba a verlo todo rojo.

Con un grito de desesperación, el RK900 sintió cómo las manos del RK800 apretaban con más fuerza su cuello hasta quebrárselo un segundo después, desconectando por completo el sistema vital de Nines. No contento con ello, Connor no paró hasta arrancarle la cabeza de cuajo, que rodó por el suelo por el impulso.

El thirium manaba a borbotones del cuello cercenado del RK900 y las conexiones cortadas chisporroteaban en el suelo. Connor había caído de espaldas y respiraba con pesadez, sin saber si seguía vivo o estaba muerto.

La mirada acuosa y nublada del RK900 seguía fija en la nada. Su rostro había quedado petrificado en una expresión de horror y dolor inefable. Una visión escalofriante: su cabeza arrancada, con thirium azul rezumando por la boca, la nariz y el cuello. Connor la observó con satisfacción mientras reactivaba su piel sintética; volvía a ser Connor y a sentirse seguro.

Comprobó que podía ponerse en pie, aunque se tambaleaba. Sus extremidades crujieron, sobre todo las muñecas. Tenía la mano dislocada, pero se la colocó de nuevo en su sitio, no sin experimentar antes un agudo dolor por todo el cuerpo. Se acercó al sofá y, de la bolsa que guardaba debajo, sacó unos vaqueros y una sudadera. Se vistió deprisa, torpe por la mano dolorida, y se calzó unas zapatillas gastadas.

Debía abandonar el pueblo. Debía abandonar de nuevo lo poco que había construido hasta ese día. Miró una vez más el cuerpo cercenado del RK900 y suspiró. Amanda no se había salido con la suya, pero no dudaba de que volvería a intentarlo.

Cogió un gorro de lana que tenía en la mesita del recibidor, junto a la puerta, y se tapó el pelo con él. Abandonaría la identidad que había adoptado hasta ese momento.

Decidió que pasaría a llamarse Hank mientras salía por la puerta hacia la oscuridad de la madrugada del pueblo; lo haría en honor a la única persona a la que había querido.

Y que lo había querido a él.

Notes:

¡Espero que no os haya parecido muy malo! Me he basado, por supuesto, en algunas referencias cinematográficas, como siempre. He tardado en actualizar porque tengo que darle tiempo a mis otros dos fanfics (Forbidden y el Primer Verano de Connor) a que se desarrollen para que no haya spoilers en los dos penúltimos capítulos de esta antología. ¡Ojalá la espera haya valido la pena!

Chapter 19: 19. Connor in Wonderland

Summary:

“Alicia en el país de las maravillas, versión Detroit Become Human”. [KINK: Glory Hole] ¿De qué se trata este fetiche? Pues tal y como dice su nombre: agujeros de gloria… Hay agujeros y… en esos agujeros pasan cosas gloriosas jajajajaja

Notes:

Este fanfic antológico fue escrito por mí en el año 2018, siguiendo las normas del reto Kinktober 2018. Fue publicado en Wattpad y llegó a tener más de 150 mil lecturas, pero la plataforma decidió eliminarlo de pronto y se perdieron algunos relatos, gráficos, títulos... Los he intentado recomponer para publicarlos aquí. ¡Espero que disfrutéis!

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

—¡Cuidado! —gritó una voz desconocida desde el otro lado de la calle.

Connor giró la cabeza, viendo venir un proyectil a toda velocidad que chocaría con Hank, causándole graves lesiones en el cráneo. No tuvo tiempo para pensar y se interpuso entre la pelota de baseball y el teniente, saltando desde el lugar donde estaba y empujando a Hank hacia un lado para salvarle, literalmente, el cerebro.

El proyectil que había sido un intento de home run en toda regla, golpeó a Connor en la cabeza, tirándolo al suelo.

El silencio se hizo alrededor del androide, que lucía conmocionado en el césped delantero de la casa de Hank.

—¡Dios mío, Connor! —gritó Hank, tirándose al suelo a socorrer a su compañero—. ¡Háblame! ¿Estás bien? —le gritó, zarandeándolo.

El niño que había avisado del peligro se quedó de piedra con las manos en la boca, aterrorizado por su gamberrada.

—No se preocupe, teniente, estoy bien… —dijo de pronto el joven, abriendo los ojos y sintiendo un fuerte dolor de cabeza en donde había rebotado la pelota de cuero.

—¡Menos mal, hijo! —le dijo el mayor, ayudando al androide a levantarse. El LED del joven estaba encendido en un rojo fuego.

El joven estaba algo “mareado”. Se imaginaba que así se sentían los mareos humanos, como si los pies no estuvieran en su sitio y todo se moviera a su alrededor. Giró la cabeza varias veces, de un lado a otro, intentando calmar un zumbido que le atravesaba los sentidos.

—¿Seguro que estás bien? —le preguntó el mayor y Connor lo miró fijamente.

Se dio cuenta de que Hank era mullido y peludito. Tenía una naricita rosa muy graciosa y unos dientes de conejo que le sobresalían de la boca.

—Teniente… ¿está usted bien? Lo encuentro un poco extraño —le dijo Connor, frunciendo el ceño.

—¿De qué coño hablas, Connor? Yo estoy perfectamente —le dijo Hank, mientras se llevaba una mano a una de sus enormes y peludas orejas.

En la otra sostenía un enorme reloj de bolsillo, el cual miró con sus ojos azules y pareció alterarse.

—¡Pero qué tarde es! —dijo, llevándose las manos a la cabeza, mientras el reloj se balanceaba desde el bolsillo—. ¡Tengo que irme!

Y con aquellas palabras, comenzó a dar saltitos con sus patas de conejo. Connor lo miraba estupefacto, mientras el teniente-conejo se alejaba del jardín de su casa.

El androide, que se dio cuenta de que llevaba de pronto un vestido azul con volantes, debajo de un delantal blanco con bolsillos redondeados, comenzó a perseguir al teniente-conejo.

—¡Espere, teniente, por favor! —fue tras él, persiguiendo al conejo que tenía mucha prisa—. ¿Por qué tiene tanta prisa?

Y de pronto pisó un vacío, precipitándose dentro de un enorme hoyo que se lo tragó sin dejar rastro. Hank, el conejo, había desaparecido y ahora él caía a través de una gran madriguera que parecía haber estado oculta en el patio del vecino. Mientras caía como una ligera pluma, el vestido hacía las veces de paracaídas, dejando a la vista su ropa interior. Intentó taparse con el vestido flotante, pero era imposible porque entonces se precipitaría en el fondo de la madriguera.

Mientras planeaba hacia abajo, se dio cuenta de que había muebles y extraños utensilios flotando alrededor suyo, como si en aquel lugar la gravedad no funcionara igual que en el mundo de los humanos. No sabía que los conejos vivieran en un sitio tan espectacularmente grande. Estaba francamente sorprendido.

Cuando llegó al suelo firme, por fin pudo ser dueño de sus pies y emprendió el camino hacia el interior de la madriguera, que tenía toda la apariencia de una casa rústica dentro de un árbol. Había una recepción, pero estaba vacía.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —preguntó a la nada, ya que estaba completamente solo.

El mostrador estaba vacío; solo había un timbre que tocó varias veces, escuchando el tintineo por el pasillo, pero nadie acudió. Decidió curiosear detrás del mostrador y descubrió una nota garabateada que decía: “habitación 7”, seguida de un nombre ilegible.

—¿Cuidado con Amanda? —preguntó Connor, extrañado, pensando que ese era el nombre escrito a toda prisa. Se encogió de hombros y decidió adentrarse en el pasillo del fondo, donde había una serie de puertas de diferentes colores y tamaños. Buscó la que tenía en la chapita el número 7.

Cuando intentó abrirla, se dio cuenta de que estaba cerrada. Dio media vuelta, regresó a la recepción rústica y rebuscó sobre la mesa. Allí encontró un pequeño cofre de cristal dentro de una vitrina. Abrió la puerta de la vitrina y lo sacó, comprobando que en su interior había un puñado de llaves. Todas tenían una pequeña etiqueta con el número de la puerta correspondiente. Eran llaves doradas, como las que se usaban antaño.

Intentó abrir el cofre, pero el seguro del cierre era… un tanto peculiar.

—¿Qué es esto? —preguntó en voz alta, observando con atención la forma de aquel mecanismo—. Tiene escrito un mensaje en el cristal… dice “bésame”.

El cierre del cofre tenía forma de labios humanos, como si fuera una boca. Se sintió cohibido y se sonrojó al pensar que tal vez debía besar aquellos labios para abrir el compartimento. Miró a un lado y a otro, buscando ayuda, pero estaba solo.

Decidió probar.

Se llevó el cofre a la altura del rostro y fue acercando sus labios suavemente a aquella boca. No reconocía el sexo de esos labios, pero supo al instante que su piel era suave. Les dio un beso casto y breve y, cuando ya se disponía a separarse, sintió de improviso una lengua que pedía permiso para entrar en su boca. Abrió los ojos de par en par y, sorprendido, comenzó a profundizar el beso en aquella boca cálida. Su vestido se agitó junto con su cuerpo.

De la boca brotó un gemido de placer y, como si se tratara de un mecanismo activándose, se escuchó un click y el cofre se abrió de par en par.

Connor suspiró. El beso lo había agitado. Su LED brillaba en amarillo, procesando lo ocurrido. Se limpió la saliva con el brazo y tomó la llave que buscaba: la de la puerta número 7.

Se la guardó en el delantal blanco de pequeños bolsillos que lucía sobre el vestido azul. Sus pies resonaron en el pasillo, calzados con unos zapatitos de charol incómodos. Cuando estuvo frente a la puerta verde y maltrecha, introdujo la llave. Esta se deslizó con facilidad, como si la cerradura estuviera lubricada, y giró sobre sí misma, abriendo la compuerta.

Tras la puerta se encontraba el teniente Conejo, que iba empequeñeciéndose mientras saltaba hacia una diminuta puertecita en la pared del fondo. De pronto, Connor quedó solo en la estancia, con la puerta cerrada a su espalda.

—¡Hank! —gritó, justo antes de que la colita redonda del teniente desapareciera por la puertecita azul marino.

Connor se arrodilló frente a ella, pero era demasiado pequeña para que pudiera pasar. Su culito en pompa se veía enorme bajo el vestido de volantes azul. Espió por la rendija de la cerradura y distinguió un paisaje verde, con una casita de tejado de paja al fondo.

Se incorporó y observó la habitación en la que se hallaba. Era circular, con ventanas en el techo, que se perdía hacia arriba sin aparente final. En el centro había una mesa redonda de cristal. Encima, un vaso vacío con una etiqueta que decía: “lléname”.

—¿De qué te lleno? —se preguntó en voz alta, mientras miraba a su alrededor. En la pared del fondo, justo encima de la puertita, descubrió un agujero.

Se acercó; quedaba prácticamente a la altura de su rostro. Sobre el borde había una etiqueta garabateada que decía: “tócame”.

—Meteré la mano, a ver qué hay dentro de este agujero —murmuró, mientras alzaba la mano y la introducía en la abertura de la pared.

En el fondo tocó algo cálido y viscoso. Se sobresaltó y retiró la mano de inmediato, mirándola con desconcierto.

Del agujero comenzó a asomar algo. Entrecerró los ojos, haciendo los ojos chiquititos para distinguir aquella forma misteriosa que emergía poco a poco. Pronto estuvo del todo fuera: un pene erecto, firme y terso, con una graciosa punta rosada.

Connor sintió un tirón de sorpresa en el bajo vientre.

—¡Oh! —exclamó, sonrojándose y llevándose la mano a la boca.

Volvió a leer la etiqueta: decía claramente que debía “tocarlo”. Miró de nuevo hacia la puerta por donde había desaparecido Hank y se preguntó si aquello era lo que debía hacer para poder alcanzarlo y llegar hasta la casita de tejado de paja y el jardín verde. Se mordió el labio y miró hacia atrás, dispuesto a salir por la puerta por la que había entrado, pero entonces se dio cuenta de que…

¡Había desaparecido!

—Qué fastidio… —murmuró, dando un pisotón en el suelo con sus zapatitos de charol.

Ya no le quedaba más remedio.

Acercó la mano, temblorosa, hacia el pene que asomaba pacientemente por el agujero y, apenas rozó con la punta del dedo índice el glande, este se meneó suavemente, buscando más contacto. Parecía tener personalidad… Connor decidió que era amigable y simpático, y que no pasaría nada si lo acariciaba, como si fuese un perrito. Y a él le gustaban mucho los perros.

Lo sujetó entre el pulgar y el índice, comenzó a replegar el prepucio y a seguir con los dedos el relieve de las venas que recorrían el largo. Pronto estaba masajeándolo con lentitud, esta vez con toda la palma de la mano. El pene era agradecido: ya goteaba por la punta. Fue entonces cuando a Connor se le encendió la bombilla.

—¡Tengo una idea!

Sin dejar de sostenerlo con la mano, se estiró hasta la mesita y tomó el vaso que decía “bébeme”, colocándolo justo debajo del glande. El líquido preseminal que rezumaba de la puntita iría cayendo dentro y luego… se lo bebería, supuso Connor.

Se concentró en ordeñar aquella polla erecta que buscaba su mano a través del agujero, presionándose contra su palma. Al androide empezaba a gustarle aquel juego; sentía cómo su vestidito se levantaba suavemente en la zona de la pelvis. Sonrojado, percibió cómo la piel agradecida de aquella polla se recalentaba, casi quemándole la mano.

Supo que vendría una explosión de semen y preparó su vaso para recoger hasta la última gota y sin parar de mover su mano, pajeando rítmicamente el pene, apuntó su glande hacia el borde. Pronto se encontró observando cómo se corría aquella criaturilla; su semilla era blanquecina y espesa. Escupía todo su contenido dentro del vaso y cuando estuvo seguro de que no quedaba más, se separó de la pared, con el vaso a medio llenar de leche cálida.

La polla desapareció tan silenciosamente como había aparecido en la pared, y volvió a quedarse solo en la habitación.

Miró el vaso: el líquido blanco estaba esperando su decisión.

—Bueno, no creo que pase nada malo si pruebo un poquito… —se dijo, llevándose el vaso a los labios.

Lamió un poco del contenido y, al gustarle el sabor, se bebió todo de un trago. El semen se dispersó por su boca y su lengua; recogió los restos de sus labios y se los tragó. Con el vaso manchado en una mano, se llevó la otra al estómago, sintiendo algo extraño en sus entrañas.

—Oh, vaya… —murmuró al ver que sus piececitos se habían hecho diminutos.

De pronto empezó a notar que la habitación se agrandaba cada vez más… o quizá él se hacía más pequeño. Y en un instante estuvo del tamaño perfecto para pasar por la puerta. Se sintió feliz y satisfecho; tendría que dar las gracias a aquella simpática polla que había conocido en la pared.

Pensando en ello, cogió el pomo de la puerta y lo giró, dándose cuenta de que estaba cerrada con llave. Resopló, indignado, y recordó de pronto que tenía una llave en el delantal. La buscó en el bolsillo y sacó una diminuta llave: la de la habitación 7. Probó suerte y escuchó el glorioso click que confirmaba que encajaba. Abrió la puerta con decisión y salió al exterior, dejando atrás aquella laberíntica madriguera de conejo.

Fuera le esperaba un jardín enorme, con hierba que le superaba en tres metros de altura. Tendría que internarse en aquel bosque si quería llegar a la casita del fondo, con techos de paja. Se adentró mientras algunas flores, que parecían tener vida, lo observaban al pasar y cuchicheaban entre ellas, envidiosas de su hermosa figura.

En medio del sendero encontró una arboleda formada por setas y hongos gigantescos. Sobre aquel cómodo lugar reposaba un joven semidesnudo, rodeado de numerosas mujeres desnudas, todas con antenas y hermosas alas de mariposa en brillantes colores. Él también tenía un par de alas suaves que brotaban de su espalda, y yacía tumbado en la seta más grande, fumando de una pipa de agua. Expulsaba vapores multicolores y dibujaba con ellos figuras obscenas en el aire.

Las escenas que formaban aquellos dibujos eran sexuales: se representaba a sí mismo con las mujeres desnudas encima, reproduciendo con precisión algunas de las mismas escenas que Connor estaba presenciando en directo mientras cruzaba por allí.

—Eh, tú, alto ahí —dijo el chico, con voz firme y claramente masculina—. ¿Quién eres tú?

—Hola, buenas tardes —respondió Connor educadamente, haciendo una pequeña reverencia y levantándose el vestido como una damita refinada—. Estoy intentando llegar a la casa del final del prado. ¿Conoces el camino?

—No has respondido a mi pregunta, niño —el joven se incorporó y se deslizó entre los senos de las mujeres que lo rodeaban hasta alcanzar la seta más cercana a Connor—. ¿Quién eres tú?

—Yo soy Connor, el androide enviado por CyberLife —contestó, aunque en su interior sentía la cercanía del joven moreno, de mirada gris, como una amenaza—. Pero ahora mismo… no sé ni siquiera quién soy.

El joven, con los costados del cabello rapados y un moño samurái recogiendo el resto, continuó fumando de su pipa de agua. Soplando con fuerza, lanzó una densa nube de humo rosa directamente sobre el rostro de Connor.

—¿Qué quieres decir con eso? ¡A ver si te aclaras de una vez contigo mismo! —le exigió, mientras agitaba sus alas de mariposa y se acomodaba perezosamente sobre otra seta cercana.

—No tengo que aclarar nada, señor mariposa —le dijo el joven, señalando el círculo de luz que brillaba en su sien—. Puede verlo usted mismo.

—Yo no veo nada —replicó, volviendo a aspirar humo de la pipa mientras ponía los ojos en blanco, colocándose con aquella sustancia.

—Bah, me exaspera usted —dijo Connor, molesto por la actitud del joven.

—Cuida ese genio, señorito.

—Lo siento, es que no me contestas mis preguntas —explicó el androide—. ¿Cómo puedo llegar a la casita del prado?

—Te lo diré, si antes me dices quién eres tú —el chico sonrió, acariciando el pelo rubio de una de sus señoritas de compañía, todas con alas de colores preciosos.

—Me parece que es usted quien debería decirme primero quién es —le respondió Connor, poniéndose las manos en la cintura, en forma de jarra.

—¿Por qué? —replicó, sorbiendo de nuevo humo y lanzándoselo directamente al rostro del androide.

El humo de colores se le metió en la nariz y comenzó a hacerle cosquillas en la garganta, provocándole una tos repetida. Se sintió irritado y exasperado por la actitud del joven, así que intentó emprender de nuevo la marcha hacia el fondo del bosque. Pero la voz del chico volvió a increparlo.

—¡Eh, tú, no te vayas, tengo algo importante que decirte! —le gritó.

Connor se volvió hacia él con curiosidad, aunque finalmente decidió seguir caminando, sin volver la vista atrás hacia los gritos del chico mariposa.

Se internó en el bosque de hierba y, con cierta dificultad, alcanzó la casita de paja. Estaba rodeada por un hermoso jardín muy cuidado y una pequeña caseta de aperos donde probablemente guardarían las herramientas de jardinería. Del techo salía una curiosa chimenea que expulsaba humo. Dentro debía de haber alguien agradable cocinando al calor del hogar.

Quizá dentro estuviera Hank, a quien buscaba con desesperación.

Entró en la propiedad y tocó la puerta, pero nadie abrió. Pegó el oído a la madera, pero no escuchó nada. Decidió probar suerte y giró el pomo: la puerta chirrió y se abrió de par en par para él.

Se adentró en el interior y encontró lo que imaginaba: una escena cotidiana en una casita de piedra como aquella. Había un fuego encendido en la chimenea, unas sillas dispuestas alrededor de una mesa con comida. El lugar era acogedor. Cerca del fuego distinguió unas ropas que parecían de Hank, dobladas como si estuvieran secándose.

—¡Hank! —gritó dentro de la casa—. ¿Estás aquí?

Pero nadie le contestó.
Decidió que esperaría a que volviera.

Echó un vistazo a la hogareña estancia y se fijó en que en la silla había una abertura, justo en el centro. Una etiqueta pegada rezaba: “móntame”.

—¿Móntame? —se preguntó en voz alta, sin comprender a qué se refería aquello.

Sus ojos marrones pasaron a la mesa, donde descansaban algunas piezas de fruta y unos cubiertos para comer. ¡También allí había otra abertura redonda! A un lado se podía leer: “cómeme”.

—Móntame y cómeme… —repitió en voz baja, pensativo, mientras se dejaba caer suavemente sobre la silla y apoyaba un codo en la mesa, distraído.

Pronto sintió unas punzadas en su trasero, que al principio creyó imaginar, pero enseguida comprendió que venían de debajo de la silla. Se levantó de inmediato y miró hacia donde había estado sentado, descubriendo cómo una polla —tan adorable como la que había visto en la madriguera— asomaba de la nada desde la madera. ¡Cómo era eso posible!

—¿Tú otra vez? —murmuró, como si esperara respuesta. Lo único que vio fue cómo el glande de aquel pene palpitaba, buscándolo—. ¿Te tengo que montar a ti?

Apoyado en la mesa, justo encima del agujero que había allí también, sintió cómo algo cálido y suave empujaba su mano desde dentro. Retiró la palma y observó con atención: de la madera emergía otro pene erecto, firme y dispuesto a recibir sus atenciones.

Miró de nuevo a la silla y comprendió que se trataba de dos miembros distintos.

—Móntame y cómeme… —repitió en voz baja, dándole vueltas a las instrucciones. Se encogió de hombros—. ¿Qué puede salir mal?

Se levantó la falda del vestido y apartó con cuidado la tela de tul que envolvía sus piernas largas y suaves. Bajó la ropa interior hasta los muslos y volvió a sentarse en la silla, acomodando el pene entre sus testículos y sus muslos. Luego inclinó el cuerpo hacia la mesa, acercando la silla, y descubrió que podía llegar perfectamente al miembro que lo esperaba en lo alto, ansioso de sus caricias.

Comenzó acariciando con suavidad el que sobresalía de la mesa, mientras, con un leve vaivén de sus muslos, frotaba el de la silla. No sabía qué debía hacer exactamente con aquellos dos miembros, pero el calor en su cuerpo iba en aumento. En su boca empezaba a acumularse saliva, con un deseo creciente de probar su sabor.

Decidió que, si alguien había puesto un cartel diciendo “cómeme”, sería por algo. Así que obedeció y llevó la polla, que pajeaba con cariño, hasta sus labios. Los abrió con delicadeza, rozando la puntita contra ellos. Luego sacó la lengua y comenzó a darle lamidas aleatorias sobre aquella superficie caliente y palpitante.

—Mmmm, qué rica… —murmuró, sorprendido por el sabor—. ¿Me cabrá toda en la boca?

Probó. Abrió más los labios y se metió la punta entera, chupándola con avidez mientras con la mano la masajeaba de arriba abajo. La saliva se le escapaba por la comisura.

El pene entre sus piernas ya empezaba a lubricarse por sí mismo, y él estaba completamente duro. Sus testículos se rozaban contra la verga que emergía de la silla, y ahora comprendía lo que significaba “montar”.

Entonces, al mover ligeramente el codo sobre la mesa, se dio cuenta de que allí también había un pequeño frasquito de cristal. Dentro brillaba un líquido espeso y transparente. La etiqueta, escrita con la misma caligrafía juguetona de las demás, decía: “úsame antes de montarme”.

Connor arqueó una ceja, curioso. Destapó el frasco y, al meter los dedos, estos quedaron impregnados de aquel fluido viscoso y brillante. El olor era dulzón, embriagador. Comprendió de inmediato su propósito. Se levantó un poco la falda, apartó el tul que cubría sus muslos y, con movimientos tímidos al principio pero cada vez más excitados, llevó los dedos húmedos a su apretada entrada. Un jadeo escapó de sus labios al introducir el primero, y, después de un delicioso vaivén, otro cuando se atrevió con el segundo. El lubricante mágico hacía que todo resbalara con facilidad, calentándole por dentro. Preparado y temblando de expectación, guardó el frasquito en el bolsillo de su delantal como si fuera un tesoro, y volvió a centrarse en el juego.

Levantó la cadera y los glúteos y, ayudándose con la mano libre, colocó la polla de la silla justo contra su entrada ya húmeda y preparada, a la vez, volvió a meterse la otra polla en la boca, y sin dejar de chuparla con mimo, empezó a hundirse lentamente sobre la verga dura y palpitante que lo esperaba en la silla.

Cerró los ojos y ahogó un gemido alrededor del miembro que le llenaba la boca. Aquello era la gloria. Se sentía increíble: esa polla lo estaba penetrando hasta las entrañas. Gimió varias veces, incluso apartó el pene de su boca solo para poder gritar mientras montaba aquella extraña silla. Su cuerpo se elevaba y descendía al ritmo que su instinto le pedía, encajando aquella verga perfectamente en su interior, donde resbalaba gustosamente.

Volvió a devorar con voracidad el pene de la mesa, ahogando jadeos y gemidos entre succiones desesperadas. Estaba disfrutando como nunca: su cuerpecito, vestido con aquel traje azul, como una inocente niña de la campiña británica, subía y bajaba con cada embestida. La silla temblaba bajo su peso y su propia polla palpitaba por atenciones.

En realidad, pronto tembló toda la casa. No se dio cuenta hasta que, mientras luchaba por llenar su boca con toda aquella calidez dura y jugosa, percibió que cada vez le ocupaba menos espacio, tanto en la boca como en el culo.

Abrió los ojos y, con sorpresa, vio cómo él mismo crecía desmesuradamente, volviendo a su tamaño original. ¡Estaba a punto de destruir toda la casa!

Miró a su alrededor, ya lejos de las diminutas pollas que habían emergido de la mesa y de la silla. Su cabeza, enorme y en constante crecimiento, atravesó el tejado de paja de la casita. Sus rodillas, pies y brazos destrozaron las paredes de madera. Pronto estuvo de pie en medio del jardín, con las migajas de lo que había sido la casa desparramadas sobre su cuerpo.

—Vaya… estaba a punto de correrme… —se quejó, con los calzoncillos todavía a medio bajar y la erección atrapada bajo el tul del vestido.

Fue entonces cuando vio a Hank corriendo al fondo del jardín. Su colita algodonosa desaparecía entre la linde de un bosque cercano, mientras gritaba:

—¡Qué horror, qué tarde, qué tarde es!

—¡Hank, por favor, espérame! —gritó el androide, incorporándose del suelo y subiendo a toda prisa su ropa interior.

Ya habría tiempo de ocuparse de sus deseos más oscuros más tarde.

Corrió tras el teniente-conejo, pero lo perdió de vista entre los árboles. No obstante, la música de una festividad atrajo su atención. Siguiendo el sonido, apareció en medio del bosque ante una escena colorida: una gran mesa alargada, repleta de sillones desparejados y pintados en tonos vivos.

La presidían tres personajes variopintos: un hombre moreno, con ojos heterocrómicos y un sombrero de copa llamativo; una liebre enorme, de ojos azulados y expresión bobalicona; y un lirón negro, profundamente dormido sobre el plato que tenía delante.

Cantaban, gritaban y brindaban por algo importante. Connor, intrigado, se acercó a la mesa para descubrir de qué se trataba.

—Buenas tardes, buenos señores —saludó el joven androide, apareciendo en la escena.

—¡A la revolución! —gritó el Sombrerero, señalándole con una cucharilla para el té—. ¡Oh! ¿Quién eres tú?

—Soy Connor, el androide enviado por Cyberlife —se presentó educadamente, como de costumbre—. ¿Qué celebrabais?

—¡A ti qué te importa! —le espetó la Liebre, con ojos celosos; no quería que acaparara la atención del Sombrerero—. ¡Estamos planeando una revolución contra la Reina!

—¡¿Estás aquí por la revolución?! —vociferó el Sombrerero, haciendo hincapié en la palabra “REVOLUCIÓN”. Connor asintió con la cabeza para integrarse en el grupo, aunque no tenía idea de qué hablaban—. Pues no puedes unirte.

—¿Por qué no? —preguntó el joven androide, extrañado—. Pero si hay muchos asientos libres.

—Porque es de muy mala educación sentarse sin haber sido invitado —apuntilló la Liebre de Marzo, que ya le había dejado claro a Connor que no era de su agrado.

—Eso, eso, de muy mala educación —replicó el Lirón, despertando un segundo antes de volver a quedarse dormido sobre el plato.

—Yo solo quería unirme a sus cánticos —se justificó inocentemente el androide, sintiéndose rechazado.

—Solo puedes sentarte aquí si hoy es tu no-cumpleaños —respondió el Sombrerero, clavando en él sus ojos de diferente color.

—¡Eso! ¿Es tu no-cumpleaños hoy? —la Liebre parecía eufórica.

—No lo entiendo… —Connor sintió que su LED se ponía rojo—. Hoy no cumplo años… ¿Significa eso que es mi no-cumpleaños?

—¡Feeeeeeeeeeeeeeeliz no-cumpleaaaaaños aaaaaa tú! —dijeron al unísono el Sombrerero y la Liebre—. ¡Esto merece una taza de té!

Los excéntricos personajes comenzaron a bailar sobre la mesa. Cogieron un plato, una taza y una tetera y cambiaron de sitio, invitándole por fin a tomar asiento. Connor se sentó delante de un gran plato de bollos tiernos, pero al fijarse bien descubrió que la forma de aquellos bollos era un tanto… sospechosa. Parecían magdalenas moldeadas en forma de vulvas. Los miró con el ceño fruncido.

—Feliz no-cumpleaños para mí —brindó la Liebre con una taza.

—Feliz no-cumpleaños para tú —le siguió el majareta del Sombrero. Brindaron con la porcelana, la rompieron en mil pedazos y luego sorbieron los restos de té marrón directamente de las manos.

—Feliz no-cumpleaños… —bostezó el Lirón, que ni siquiera parecía enterarse de lo que ocurría en la mesa.

—¿Habéis visto pasar a un teniente-conejo saltando por aquí?

—¿Nos ves cara de haber visto a un teniente-conejo saltando por aquí? —respondió borde la Liebre. Connor la fulminó con la mirada.

—¡Tengo una idea mejor! —exclamó el Sombrerero, golpeó la mesa con un plato y lo rompió también en pedazos—. ¡Cambiemos de tema!

Connor se quedó con la boca abierta. Aquellos dos estaban completamente locos.

—¿Por qué los papeleros venden papel? —preguntó el Sombrerero, dejando la incógnita en el aire mientras se llevaba una nueva taza de té a la comisura de los labios.

—¿Por qué… los papeleros venden papel…? —repitió Connor en voz baja, reformulando la pregunta en busca de una respuesta. Su LED se tornó amarillo.

—¡No tengo ni la más remota idea! —espetó el Sombrerero, partiéndose de risa. La Liebre le siguió con la carcajada.

—¡CAMBIO DE SILLA! —gritó la Liebre, cogiendo al Lirón del pelo y arrastrándolo junto a él y al Sombrerero por la mesa larga.

Connor también se movió a una silla diferente. Aquellos dos parecían completamente desequilibrados.

Fue entonces cuando vio a Hank cruzando la escena a saltitos.

—¡Hank! —gritó al ver al teniente. Este, con sus orejas largas y peludas, blancas como la nieve, le devolvió la mirada.

—¡No hay tiempo para hablar! Tengo que irme corriendo, ¡la Reina me matará!

—¡LA REINA! —chilló la Liebre, enfurecida.

—¡SIMON, A LA REVOLUCIÓN! —vociferó el Sombrerero, subiéndose a la mesa y tirando todo al suelo, como si se preparara para la guerra.

Connor entendió que debía marcharse de allí inmediatamente. Corrió tras Hank, que escapaba de la escena caótica hacia un lateral del bosque. El teniente-conejo corría demasiado rápido para que pudiera alcanzarlo, algo que jamás habría creído posible. De pronto, lo perdió de vista.

Llegó hasta un gran árbol en medio de una bifurcación. Había un camino a la derecha y otro a la izquierda, y no sabía cuál tomar.

—¿Qué camino elijo? —se preguntó, agotado de perderse en aquel mundo de locura.

—Todo depende de hacia dónde quieras ir… —le contestó una voz ruda.

Miró a su alrededor, pero no vio a nadie.

—Estoy aquí arriba —dijo la voz.

Connor levantó la cabeza y vio, sentado en una rama, a un joven castaño con cola y orejas de gato rayado. En su nariz se distinguía una cicatriz, marca de alguna vieja pelea.

—Hola, señor —saludó amablemente Connor, mirándolo desde abajo—. ¿Sabe usted qué camino debo tomar para encontrar a un teniente-conejo?

—¿Cómo voy a saberlo? —le respondió el chico con desgana—. Sólo soy un gato. Miau.

Se lamió la mano y se frotó la cara con la misma, como si se aseara. Connor frunció el ceño.

—¿Sabe hacia dónde me llevan estos caminos? —insistió, intentando sacar algo más de información.

—Depende de hacia dónde quieras ir. Si buscas una cosa, es mejor uno; si buscas otra, el otro.

—No sé hacia dónde quiero ir… —respondió Connor, frustrado—. Sólo quiero encontrar a Hank.

—Ese Hank, ¿hacia dónde quería ir? —el gato le sonreía de oreja a oreja, divertido con su presencia, moviendo su larga cola malva y violeta de un lado a otro.

—Pues… —Connor no lo sabía, así que no supo qué responder.

El chico bajó de un salto desde la rama y se plantó cara a cara frente a él. Su boca, llena de dientes afilados, sonreía de lado a lado. Sus ojos amarillos, felinos y misteriosos, lo escrutaban con descaro.

—Estás perdido, jovencito —le dijo coquetamente el gato, mientras ronroneaba—. Yo puedo ayudarte a encontrar el camino.

—No quiero encontrar un camino —replicó Connor, dando un paso atrás, hasta chocar contra el árbol del que acababa de bajar el gato—. Solo quiero encontrar a Hank.

—¡Yo soy Hank! —exclamó el felino, abriendo los brazos como si quisiera abrazarlo—. ¡Te estaba buscando! Tengo algo que quiero que veas.

—¡No! —se negó el androide, alarmado, y apartó al gato de un empujón. Este maulló quejándose y salió corriendo por el camino de la derecha.

—¡Ese camino te lleva hacia mí! —le gritó el gato, que lo persiguió de inmediato, alcanzándolo con velocidad felina.

Cuando estaba a punto de atraparlo entre sus zarpas, para hacerle lo que Connor temía, tropezó con una raíz de árbol y cayó pesadamente contra la tierra. El vestido azul del androide se desgarró a la altura de las rodillas, amortiguando apenas los arañazos de la caída.

—Ahora ya eres mío, ratoncito… —ronroneó el gato, relamiéndose. Hacía tiempo que no veía a ninguna criatura perdida en esa parte del bosque y tenía intención de aprovechar la ocasión.

Pero, cuando el cazador se abalanzaba sobre su presa, un corcel blanco imponente apareció al galope, interponiéndose entre ambos. El gato risón derrapó sobre la arena, quedando a merced del caballero de armadura blanca que montaba el caballo. Connor, aún en el suelo, miraba desde abajo la majestuosa figura del animal y, sobre él, al apuesto caballero que lo protegía.

—Gavin, sabes que tienes prohibido violar a los transeúntes perdidos en el bosque —dijo el hombre con voz grave y mirada fría—. No me queda más remedio que luchar por el honor de este joven.

—¡No seas aguafiestas, Nines! ¡Aún no le he hecho nada! —replicó Gavin, mientras se acicalaba de nuevo detrás de las orejas con la pata.

Mientras ambos discutían, Connor se recogió del suelo y comenzó a caminar disimuladamente, intentando escabullirse.

—No corras, pequeño Connor —dijo de pronto el caballero de blanca armadura—. Si sigues este camino llegarás hasta la Reina.

—¡Ahí es donde Hank quería llegar! —exclamó el androide, recordando las palabras del teniente-conejo—. Gracias por salvarme la vida.

Y, agradeciéndole, echó a correr por el camino, convencido de que al final encontraría el palacio de la Reina. A su espalda, mientras se alejaba, alcanzó a oír cómo el gato y el caballero se peleaban de una forma demasiado amorosa para su gusto.

No tuvo que caminar mucho antes de encontrarse con la imponente construcción. El palacio de la Reina se alzaba en rojo escarlata y blanco marfil, rodeado de jardines colmados de rosales. La mayoría eran rojos y blancos, de un perfume intenso y cautivador. Por todas partes, androides idénticos, de mirada amistosa y sonrisas bobaliconas, se afanaban en cuidar las plantas. Apenas se internó en los jardines, tres de ellos lo saludaron a coro.

—¡Hola! —dijeron al unísono—. Somos Jerrys. Estamos arreglando las flores de la Reina. Este es su más preciado tesoro.

—Encantado. Yo soy Connor… —respondió el joven, haciendo una suave reverencia mientras levantaba el vestido con gracia—. ¿Habéis visto a un teniente-conejo con mucha prisa?

—Oh, sí, claro que lo hemos visto —respondieron todos a la vez—. Es el consejero de la Reina…

—¿Dónde puedo encontrarle? —preguntó Connor, con un brillo de ilusión en los ojos—. Llevo buscándolo mucho tiempo.

Los Jerrys iban a contestar, pero un estruendo de trompetas chillonas irrumpió en el jardín, anunciando el inicio de algún evento de gran importancia con la Reina. De inmediato, los androides se apresuraron a dejar las rosas lo más hermosas posible, recogieron sus utensilios y se marcharon.

—¡Ey, por favor, ayudadme a encontrar a Hank! —gritó Connor, desesperado.

—Empieza el juego de críquet de la Reina. No le gusta que nadie la interrumpa —contestó uno de los Jerrys con una mirada circunstancial, antes de marcharse.

Connor entendió que, si quería encontrar a Hank, tendría que llegar hasta la Reina. Decidido, siguió el estruendo de las trompetas que lo ensordecían cada vez más.

El ruido lo llevó hasta un corro de súbditos del palacio. En el centro, sobre un enorme trono de jardín, estaba la Reina.

¡Era Amanda!

Se hallaba sentada con altivez, observando a sus súbditos —todos idénticos a los Jerrys jardineros— mientras preparaban el terreno para el juego de críquet. Fue entonces cuando, jadeante y con la colita en pompa, apareció Hank, que llegó corriendo y con aspecto exhausto.

—¡Mi reina, mi reina! —clamó con sus orejas temblando de miedo—. ¡Siento llegar tarde!

—Silencio —ordenó la Reina con un ademán, quitándole importancia a la demora de su consejero. Hank suspiró aliviado y tomó asiento a su lado.

Connor no podía apartar los ojos de él. ¿¡Por qué no le prestaba ni un poco de atención!?

—Escuchad todos: comienzan los juegos de críquet de las cinco. ¿Quién se atreve a competir contra mí? —anunció Amanda, con voz solemne.

Todos dieron un paso atrás, casi al unísono, dejando a Connor solo en medio del campo de críquet, como si él fuera el único interesado en jugar aquel extraño juego.

—¡Tú! —lo señaló Hank con su patita de conejo. Bajó de la silla junto a la Reina y corrió hasta colocarse a su lado. Connor lo miró con emoción.
—¡Prepárate para jugar contra tu Reina!

Con brusquedad lo llevó, entre salto y salto, hasta la mesa de utensilios para que escogiera su mazo. Entre las opciones, se encontró con un flamenco rosado de ojos vidriosos y aspecto de borracho. Ése fue el que Hank le entregó.

—Toma, ya sabes las reglas —le dijo, con la clara intención de dejarlo solo entre aquella panda de chiflados.

—No, Hank, por favor, yo no sé jugar a este juego —rogó Connor, sintiendo el pánico treparle por el pecho.

—Shhh, ni se te ocurra desafiar a la Reina… —le advirtió en un susurro, antes de dar un nuevo salto hasta su asiento junto a Amanda, que ya se preparaba para ganarle en el campo de juego.

El críquet era un juego de aristócratas ingleses, pero Connor jamás había oído hablar de él. Activó de inmediato sus sistemas y buscó información online. Tras una descarga exprés de normas básicas, se plantó decidido, dispuesto a batirse en duelo contra Amanda, la Reina de las Rosas.

Ella empuñaba un mazo elegante y sobrio: un ave del paraíso, recta y orgullosa. Connor, en cambio, tenía que lidiar con su flamenco escurridizo y vago, que cada vez que intentaba golpear la pelota escondía el pico y lo hacía perder el tiempo. Tuvo que ponerse serio, sujetarlo con fuerza, e imponer disciplina a aquella ave para poder remontar la partida.

La tensión podía cortarse con cuchillo. Cuando, al fin, Connor consiguió ganarle a la Reina, fue el único que celebró la victoria: silbó, gritó y alzó el flamenco al aire. Pero al notar el silencio sepulcral y las miradas horrorizadas de todos, se calló de golpe.

—¿Cómo te atreves? —preguntó fríamente Amanda, fulminándolo con la mirada—¡¿CÓMO TE ATREVES?! —rugió de pronto, desencajada, golpeando el suelo con el mazo—. ¡NADIE PUEDE GANARME EN EL CRÍQUET!

—Pero yo… —balbuceó Connor, sintiendo que las piernas le temblaban.

—¡QUE LE CORTEN LAS CABEZAS! —tronó la Reina, señalándolo con el ave del paraíso como si fuese un arma.

Connor tragó saliva. “Las cabezas”, había dicho.

—Creo que hay un malentendido, las reglas del juego dicen que…

—¡QUE LE CORTEN LAS CABEZAS! —volvió a gritar Amanda, esta vez acompañada por una horda de Jerrys que emergieron tras ella, todos con el LED encendido en un rojo sangre.

Fue entonces cuando Connor comprendió que debía huir por su vida. Corrió. Corrió tan rápido como pudo. Los Jerrys estaban desnudos, y lo perseguían sin descanso, con los brazos extendidos y los ojos desquiciados, gritando por sus cabezas.

Connor chillaba de pavor. ¡Él no había hecho nada malo!

—¡NO! —gritó, abriendo los ojos. Su LED parpadeaba en rojo pasión—. ¡NO ME CORTEN LAS CABEZAS, POR FAVOR! —su voz sonaba desgarradora, y sus pupilas estaban dilatadas.

—Shhh, Connor, tranquilo —la voz de Kamski resonó en la habitación—. No, déjenlo, por favor, está conmocionado. Sí, yo me encargo.

—Me está persiguiendo la Reina… —murmuró Connor, incorporándose en lo que parecía una camilla—. Hank es un teniente-conejo que llega tarde a todos lados… —le explicó a Kamski, que parecía el único dispuesto a escucharlo.

—Oh, dios mío, Kamski, lo hemos perdido… —la voz de Hank sonó al fondo. Estaba con los brazos cruzados y, aunque no quería demostrarlo, su mirada estaba cargada de preocupación.

—Connor, escúchame —Kamski encendió una linterna y le pasó el haz de luz frente a los ojos, terminando de despertarlo—. Has tenido un sueño, nada más. Te diste un golpe con una pelota y quedaste conmocionado. Ahora ya estás despierto.

—Pero… —miró su propio cuerpo y se dio cuenta de que estaba vestido con una bata de hospital, recostado en el taller de Kamski—. ¿Y el Sombrerero Loco, la Liebre… el Gato Risón?

—Todo fue un sueño —respondió Kamski, con una sonrisa tierna en el rostro.

—Pues no quiero volver a soñar nunca más… —suspiró el androide, cerrando los ojos para intentar calmarse. Tenía sentido que hubiera estado conmocionado: al revisar su sistema, detectaba que todo había estado alterado por una falla grave que habían reparado hacía poco.

—Chico, tienes que descansar —le dijo Hank, acercándose a la camilla y posándole la mano en la frente con un gesto de cariño—. He estado muy preocupado por ti. Ahora necesitas recuperarte.

—Siento haberle preocupado, teniente… —susurró Connor, recordando el instante en que había intentado salvarlo de aquel pelotazo.

—Vamos a dejarlo descansar, equipo —indicó Kamski, instando a los presentes a salir de la sala—. Connor, para cualquier cosa, solo tienes que avisar a Chloe, ¿entendido?

—Sí… —cerró los ojos un segundo y, al volver a abrirlos, vio cómo sus visitantes se marchaban por la puerta corrediza.

Se fijó en Hank, que al irse le guiñó un ojo antes de darse la vuelta. Connor lo siguió con la mirada. Entonces, de golpe, su LED cambió a rojo y sus ojos se abrieron de par en par.

De los pantalones del teniente sobresalía una pomposa y algodonosa colita de conejo.

Notes:

¡Espero que os haya hecho reír y os haya gustado! No sé qué me pasaba en el año 2018, pero estaba muy mal de la cabeza cuando escribí esta locura jajajaja volverlo a leer ha sido muy divertido. Ojalá os haya parecido excitante!

No podré actualizar este fanfic hasta que no llegue a un capítulo concreto de Forbbiden y termine El Primer verano de Connor, porque los siguientes capítulos de Fóllame están relacionados con esos dos fanfics y son spoilers. ¡Espero que podáis esperarme!

Chapter 20: 20. Ventajas de ser un androide

Summary:

“Spin off de Forbidden: escapada infiel—romántica que Connor y Hank tienen dentro del universo de Forbidden. En este universo, Hank no es un borracho malhumorado, sigue casado con su mujer y Cole está vivo”. [KINK: bañera]

Este fanfic antológico fue escrito por mí en el año 2018, siguiendo las normas del reto Kinktober 2018. Fue publicado en Wattpad y llegó a tener más de 150 mil lecturas, pero la plataforma decidió eliminarlo de pronto y se perdieron algunos relatos, gráficos, títulos... Los he intentado recomponer para publicarlos aquí. ¡Espero que disfrutéis!

Notes:

Este es otro fanfic que tengo, si no lo has leído todavía ¡¡¡TE INVITO A QUE LO HAGAS!!! (Fanfic FORBIDDEN, disponible aquí: https://archiveofourown.org/works/58106017/chapters/147937564).

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Subían en el ascensor tonteando.

Connor aprovechaba cada movimiento para rozarse contra el teniente. No le importaba que hubiera algún inquilino del edificio en el ascensor mientras subían a su planta; los besos podían no ser furtivos en ese espacio. Allí, Hank era simple y llanamente suyo.

Con risas coquetas y nerviosas, ambos hombres disfrutaban de la aventura de verse observados por desconocidos mientras intercambiaban saliva en besos profundos y apasionados.

Después del altercado con aquel desconocido en el restaurante, Connor se había abrazado fuertemente a Hank y le había pedido que no lo dejara. El teniente lo había acogido en su pecho y sintió cómo el joven estaba a punto de romperse entre sus brazos. Le había propuesto irse a la habitación, pero el androide había negado con la cabeza.

Tenían entradas para el espectáculo de jazz en el club “Blue Velvet Jazz Club” y el joven no quería arruinarle la experiencia al mayor. Así que, poco después, caminaron hasta el lugar, aprovechando el anonimato que les daba la lejanía y el bullicio de las calles de Detroit para pasear tomados de la mano.

Hank se sentía muy incómodo haciendo aquellas muestras de afecto en público, puesto que él jamás había estado con otro hombre, y menos con un androide. Las relaciones entre androides y humanos, después de la revolución, todavía no estaban bien vistas. Y menos si uno de los dos era un hombre de mediana edad, casado y con hijos, como era el caso de Hank Anderson.

No obstante, aunque intentaba a veces deshacerse del roce del androide, este se apoyaba en su hombro y buscaba contacto constante. Al final, Hank tuvo que pasar por el aro.

Y después de una velada maravillosa, acompañados por una música en vivo que relajaba los sentidos, con unas cuantas copas de más y, en la memoria, sonrisas sinceras grabadas a fuego, Hank se encontraba más que desinhibido. Entre sus piernas nacía un volcán ardiente.

La pasión que sentía recorrer su cuerpo lo rejuvenecía. Hacía mucho tiempo que no sentía nada parecido por nadie.

Connor abrió la puerta pasando la mano por encima del lector y lo miró a los ojos, como diciéndole “ventajas de ser un androide”; ese había sido el chiste recurrente entre ellos desde que se conocían, y aquella noche Hank tenía una lista muy larga de lo positivo que era para un humano estar con un androide.

Entraron en la habitación y, casi de inmediato, nada más cerrarse la puerta, Connor se encaramó encima de Hank, saltando y abrazando su cintura con las piernas.

—Desde aquí arriba se ve todo incluso mejor —le dijo, sonriendo antes de besarle suavemente, acariciando sus labios.

—Me vuelves loco, no sé qué estás haciendo conmigo —le murmuró Hank, caminando con el joven sobre su cuerpo. Era ligero y manejable; mantenía su cuerpo firme pegado al suyo con las manos.

Sonriendo y besándose, el teniente lo transportó hasta la orilla de la cama, donde lo dejó caer, para de inmediato cubrirlo con su cuerpo, colocándose rápidamente entre sus piernas y beber de su cuello la pasión irrefrenable que desprendían.

—Pues no te creerás lo que hay preparado para ti en el baño —le dijo Connor, con voz sensual, sonriendo con orgullo. Había trazado un plan del que ambos disfrutarían muchísimo.

Hank lo miró, incrédulo, y soltó una carcajada.

—¿No me crees? —le preguntó el joven, colocando sus manos en los hombros del mayor, acariciando sus fuertes brazos—. Vete a verlo.

Hank se levantó lentamente, como sufriendo por separarse de su amante. Lo volvió a mirar, curioso, y Connor solo se rio suavemente. El teniente se dirigió al baño, por el cual no había pasado todavía y no tenía ni idea de qué forma tenía.

La puerta estaba entreabierta y dentro ya había luz encendida. Entreabrió la puerta lentamente, sintiendo cómo el joven también se había levantado y lo seguía de cerca.

El baño era una habitación enorme, elegante y lujosa. Había una gran bañera hundida en una elevada tarima de mármol, con escalones. Al lado, una bandeja dorada tenía una botella de lo que parecía champán y un bol lleno de fresas y fresones, rojos sangre, brillantes como diamantes. Sintió que se le hacía agua la boca.

Dentro de la bañera había una gran capa de espuma, y dentro de la habitación se notaba el calor que despedía el agua del jacuzzi. Al fondo, el baño continuaba con las increíbles vistas que tenían de la ciudad desde la cama de la habitación, como si aquella cristalera no tuviera fin. Podían ver la noche morir desde lo alto de un lujoso baño espumoso.

—¿Cómo…? —Hank no sabía cómo lo había hecho el androide, ¿en qué momento había orquestado todo aquello?

—Te lo he dicho: soy todo ventajas… —le dijo el joven, que apareció detrás suyo, totalmente desnudo y luciendo una misteriosa sonrisa.

Paseó por delante de su vista, con su cuerpo esculpido en mármol blanco, veteado por simpáticos lunares que Hank ya comenzaba a saberse de memoria de tanto besarlos y lamerlos, y cogió una de las copas de cristal que descansaba en la bandeja. La copa ya tenía servido champán y dentro del material transparente se veían las pequeñas burbujas chispear.

Bebió un poco, mojándose los labios, mientras la mirada hambrienta y azul de Hank lo observaba en todo su esplendor. Su perfecto cuerpo se acercó hacia él, y el teniente vio cómo le ofrecía beber de su propia copa mientras aprovechaba para pegarse a su cuerpo, todavía vestido, y colar una mano por el cuello de su camisa para acariciar su hombro.

—Esta es nuestra noche, brindemos por ello —le dijo el joven, ofreciéndole la copa. Hank la cogió y bebió del líquido dorado, deseando no beber aquello, sino beberse al joven.

Pronto el teniente también se deshizo de su ropa, con ayuda de su amante, que le dejaba besos y caricias por todo el cuerpo en el proceso. No demoraron en entrar dentro del jacuzzi lleno de agua caliente y espuma.

Aquella bañera era tan amplia que los dos cabían cómodamente. Hank suspiró de gusto al sentir la paz mojarle los pies para luego inundarle por completo. El masaje constante de los chorros del jacuzzi lo extasiaba.

—Esto es la gloria… —murmuró el mayor, cerrando los ojos y apoyando los brazos en el borde, a ras del suelo elevado. Incluso dejó caer la cabeza hacia atrás, dejando su nuez al descubierto.

—Espera a que pruebes esto —le dijo Connor, cogiendo una fresa de la bandeja y acercándose al mayor.

Colocó sus muslos a cada lado de las caderas del mayor y se sentó sobre él, dentro del agua. Llevó la fresa jugosa y apetitosa a los labios de Hank, que seguía con la cabeza echada hacia atrás, disfrutando de la calidez del agua y el agradable olor de la espuma.

Paseó la fruta por los labios de Hank, quien los entreabrió en respuesta al estímulo. Pronto, la lengua del mayor acarició las texturas rugosas de la frutilla y no pudo evitar hincarle el diente y probarla. Hizo un sonido de aprobación, sintiendo la explosión de jugo en su boca, algo que hizo que se relamiera los labios.

—¿Está rica? —le preguntó el androide, con curiosidad.

—Está deliciosa —le dijo Hank, abriendo los ojos. Brillaban envueltos en lujuria. Encaró al androide y sonrió ladeadamente. Connor sintió que se le ponía dura la polla con aquel gesto—. Una ventaja de ser humano.

—Ah, ¿sí? —le respondió el joven, cogiendo otra fresa. El movimiento de su cuerpo hizo que sus penes, cada vez más excitados, se rozaran entre sí, robándoles a ambos un gemido y un escalofrío—. Vamos a probar qué tal te sabe así…

Y entonces cogió la fresa y se la llevó a la boca. Se la paseó por los labios, lamiendo superficialmente la piel de la fruta y besándola. Luego la colocó entre sus dientecillos y se inclinó sobre el cuerpo del mayor, ofreciéndosela desde su boca. Hank sintió un tirón en los testículos y no pudo evitar llevar una mano a los glúteos del joven y clavar sus dedos allí, dejándole claro que lo poseía, que era suyo.

Abrió la boca y recibió el regalo que el androide le ofrecía, intercambiando saliva en el proceso y besándose con la fresa entremedio de sus labios. Cerró los ojos y disfrutó del sabor del pecado y la infidelidad.

—¿Y bien…? —le susurró Connor, pegando su frente a la del mayor, acercando un poco más sus cuerpos.

Hank no respondió con palabras.

Cogió el blanco cuello del joven desde la nuca y tiró de él, robándole un quejido, que ahogó en sus labios con un profundo beso. Connor pudo apreciar el jugo de la frutilla en su lengua dulce y suave. Ambos ahogaron un gemido en el beso y se abrazaron mutuamente, comenzando a necesitar del roce entre sus cuerpos para seguir respirando.

Al separarse, Connor jadeaba, sintiendo la punta de su polla clavarse en el abdomen del mayor; ya comenzaba a sentir el roce del miembro de Hank entre sus pelotas y su perineo. La sensación era incontrolable. Su corazón rebotaba en la coraza de su pecho.

—Fóllame —le rogó, con los labios rojos de la fresa y los besos, y el ceño fruncido. Aquella arruguita en el entrecejo adornaba la escena con pinceladas adorables, haciéndolo más apetecible. Hank no pudo más que obedecer a sus deseos, puesto que también eran los suyos.

Clavó sus dientes en el cuello blanco del androide, arrastrando sus colmillos por la deliciosa piel, mientras que con sus manos masajeaba sus muslos, espalda y culo. Lo devoraba con la boca y los dedos. Pronto uno de esos dedos traviesos estaba rondando la entrada del androide. Aquel roce robó un gemido al joven, quien arqueó la espalda, haciendo que el agua y la espuma de la bañera se agitaran.

Connor sentía la polla dura de Hank entre sus piernas, acariciando sus testículos y rondándole allá donde ahora un dedo se quería introducir lentamente. Se estaba ya relamiendo los labios, sintiendo cómo le penetraba suavemente; comenzó a menear las caderas a un ritmo lento y pausado, deseando cada vez más fuertemente que le metiera la polla hasta el fondo. Su propio pene se acariciaba en cada meneo de sus caderas contra el abdomen de Hank, y el vaivén del agua les seguía en el baile.

—Oh, Hank… —gimió el androide; su LED brillaba en la tenue habitación de un color amarillo, procesando aquel placer—. Quiero más… mmmm —se mordió los labios, clavando sus dedos finos en los hombros del teniente.

—Todo a su debido tiempo —le respondió Hank, susurrándole en el oído y mordiendo el cartílago de aquella, donde lucía un hermoso lunar que quería devorarse.

El joven abrió los ojos, nublados por el deseo, y miró hacia la bandeja de fresas. Cogió una y se la llevó a la boca, chupándola eróticamente mientras disfrutaba de la suave sensación de aquel dedo, que había sido sustituido por dos, entrando y saliendo de su interior. Hank se desconsoló y buscó morder también la fresa de su boca, queriendo repetir aquel beso con sabor a frutilla. El jugo de la fruta corrió por la comisura de la boca de Connor en medio del juego.

—Tu boca es miel —le dijo Hank, besándolo, comiéndose el resto de la fruta de sus labios y su barbilla. Bebía de aquella fuente de deseo como un sediento en medio del desierto.

El teniente decidió que ya había estimulado lo suficiente aquel maravilloso agujero que le abría los cielos y la puerta al paraíso, y decidió colocar al joven androide sobre la punta de su polla caliente. En el agua era incluso más fácil manejarlo; era ligero como una pluma. El androide se dejaba hacer, tenía la boca abierta, gimiendo por la anticipación de sentirle dentro.

Su polla entró casi de inmediato, sintiendo cómo se estrechaba sobre su longitud. Le hincó la polla hasta la base, apoyándose en el borde de la bañera y cogiéndole con la otra mano la cadera, empujando al joven hacia su propia pelvis. Connor soltó un gemido de satisfacción.

Por fin.

Aquella sensación.

Apoderándose de ambos.

El deseo. La lujuria.

El amor prohibido.

Las uñas del androide se clavaron en la piel del humano cuando los movimientos rítmicos, primero lentos y, más tarde, violentos, comenzaron a desbordar el agua de la bañera. Eran como dos barcos surcando el mar embravecido.

—Oh, dios mío —jadeaba Hank, sintiendo cómo Connor rebotaba sobre su cuerpo—. Tu culo es la gloria, joder —le confesó, robándole una sonrisa de satisfacción. Su rostro de pestañas largas, pecas y lunares se transformó en el rostro de la pasión.

Al androide se le ocurrió una idea, ahora que sentía tanto en las constantes de Hank como en las propias que se propiciaba el final de ambos. Tiró la mano hacia la bandeja y, esta vez, alcanzó la botella que estaba dentro de la hielera. Cogió la elegante botella de champagne y, bajo la sorprendida mirada de Hank —que, aunque lo observaba atentamente, no dejaba de penetrarle con fuerza—, el joven inclinó el cuello hacia atrás y dejó totalmente expuesta su sensual nuez de Adán.

Sintiendo que llegaba al ansiado orgasmo y que eyacularía sobre el abdomen del mayor y sobre el suyo propio, alzó la botella y dejó correr el dorado y burbujeante líquido por su extenso y atractivo cuello, bañando su figura con el champagne. Hank lo sujetó fuertemente, hundiéndose en sus entrañas, y enterró su rostro en la representación de la fuente del deseo, bebiendo del dorado y burbujeante elixir directamente de su piel, lamiendo el alcohol de sus clavículas y su nuez, donde hincó sus dientes fuertemente, como si de un vampiro sediento de sangre se tratase, cuando sintió el borde del éxtasis sobrecogerlo también.

Se fundió en la piel del joven y se derramó salvajemente en su interior, sintiendo cómo su corrida llenaba toda la cavidad. Connor gimió, poderoso y satisfecho, mientras escuchaba cómo era pronunciado su nombre entre jadeos suplicantes de Hank mientras se corría de gusto en él.

Él era el rey en aquel reino de placer culpable.

Y Hank era su leal súbdito.

Notes:

¿Os ha gustado? Corto pero intenso. Os recomiendo leer el fanfic de donde nace este capítulo. Creo que no os arrepentiréis jumjumuummm

Chapter 21: 21. Wake Up Lieutenant!

Summary:

“Spin off de mi primer fanfic “El primer verano de Connor”. [KINK: cosquillas]

Este fanfic antológico fue escrito por mí en el año 2018, siguiendo las normas del reto Kinktober 2018. Fue publicado en Wattpad y llegó a tener más de 150 mil lecturas, pero la plataforma decidió eliminarlo de pronto y se perdieron algunos relatos, gráficos, títulos... Los he intentado recomponer para publicarlos aquí. ¡Espero que disfrutéis!

Notes:

Se trata de un spin off de mi primer fanfic “El primer verano de Connor”. ¡Espero que a los lectores/as de este fic les haga ilusión! Si tú eres una persona que aún no se lo ha leído, ¡te invito a que lo hagas, lo tengo en mi perfil! <3 https://archiveofourown.org/works/67483311

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

La luz perezosa de la mañana se colaba por la cortina. Los adormilados ojos del androide se activaron con el estímulo de la luz sobre su pálido rostro.

Sonrió.

Si la felicidad tenía un momento en el día, era aquel.

Se dio la vuelta, dándole la espalda a la ventana y encontrándose con la espalda de Hank, que dormía aun plácidamente. Estiró un brazo y rodeó la cintura del hombre, plegándose a sus formas, haciendo la cucharita.

Despertar todas las mañanas junto a él era el momento más feliz del día.

Después de aquel viaje a Hawái, el teniente y el androide habían descubierto que, gracias al roce y a los azares del destino, se habían enamorado irremediablemente el uno del otro. Connor ya sentía a Hank como parte de su vida. Una parte imprescindible de su existencia y razón de ser.

Y aunque todavía el teniente era brusco en las formas y le costaba demostrar sus sentimientos más profundos, Connor sabía que para él también se había convertido en algo esencial en su día a día.

Haber tomado la decisión de hacer pública la relación que mantenían entre sus colegas de profesión era la demostración más sincera y profunda de amor y respeto que podía regalarle. Todavía podía acordarse de cómo le había contado Hank al capitán Fowler que él era su pareja. Lo había hecho de forma casual, aunque tenía una gran carga emocional, y el capitán Fowler le había reprochado que le contara su vida: “¿Y a mí qué me importa? Solo quiero que resuelvas los casos que te asigno, nada más”, le había espetado, con cara seria.

Rio por lo bajo al recordar que también le había dicho que, tal vez, con el ejemplo que darían ellos en la comisaría, Gavin Reed se animaba y salía también del armario, y dejaba de ser un puto grano en el culo.

Gavin… sí que había sido una gran molestia para Connor. Todavía Hank estaba recuperándose del golpe que había recibido en la nariz cuando había intentado defenderle del moreno.

No le guardaba rencor, realmente. Connor sabía que el detective Reed llevaba una vida triste y solitaria.

Había vuelto al trabajo después del arresto de empleo y sueldo, y ahora la convivencia era sostenible. Prácticamente ni les dirigía la palabra.

Era mejor así.

Los gruñidos adormilados de Hank lo sacaron de sus pensamientos. Apretó más el abrazo, sintiendo cómo el mayor comenzaba a despertarse, tal vez por el calor que emanaba su cuerpo.

—Ya es hora de despertar, dormilón —le susurró el androide al mayor, dándole un beso tierno y cariñoso detrás de la oreja. Hank respondió con otro gruñido remolón—. Venga… ¿no quieres desayunar?

—Hummm —respondió, aún con los ojos cerrados, el mayor. Connor lo zarandeó suavemente, rozándolo con su cuerpo.

Desde que compartían la cama, ya no sabía lo que era dormir de otra manera.

Connor había recibido muchísimas actualizaciones nuevas que le habían permitido seguir un ritmo de vida más parecido al de los humanos, para acoplarse con total normalidad a un mundo hecho para y por los seres humanos. Podía dormir si quería, podía comer y también podía amar, reír y llorar. Todas las emociones que antes se le había prohibido sentir, ahora también estaban ahí para que él pudiera disfrutarlas.

Cada emoción, cada matiz… los disfrutaba como si fueran los últimos.

Como Hank parecía no querer levantarse de la cama, Connor pasó a la acción. Llevó una de sus manos por debajo de la manta que los cubría y clavó sus largos y blancos dedos en la cadera del mayor, quien ni siquiera se inmutó con el toque. El androide no se daría por vencido, así que subió la mano por la cintura y empezó a apretar las costillas del teniente, intentando colar los dedos en las leves hendiduras entre los huesos. Ahí, justo en esa zona, Hank sentía algo conocido como “cosquillas”.

Aquel fenómeno humano era algo muy divertido que había descubierto por casualidad.

El mayor se resistió y soltó una risita. Intentó zafarse de la mano de Connor, pero ya no había quién lo parase. Abrazó al mayor para atraparlo y comenzó a buscarle las cosquillas por todo su costado, por debajo del brazo y por la cintura.

—Este es tu castigo por ser tan remolón —le dijo, sonriente, Connor, mientras luchaba con el mayor para continuar con la divertida tortura—. ¡Ríndete, estás atrapado!

—¡Por favor, Connor, estate quieto! —le gritó Hank, en medio de una risa que no podía evitar. Era superior a sus fuerzas. Odiaba las cosquillas porque era tremendamente débil.

—¡No, toma tu merecido! —Connor reía. Se había sentado en la cama y casi lo estaba atacando desde todos los ángulos, con aquellas manos analíticas que buscaban sus puntos más débiles.

—¡Aleja esos dedos de mí! —Hank estaba despierto por fin, pero el androide no quería parar de jugar.

Ambos estaban riendo.

Hank no podía creerse ese fenómeno. Antes de aquel verano en Hawái, despertar era uno de los momentos más horribles del día. Volver a abrir los ojos.

Otro día más.

Otro día más sin Cole.

Sin amor. Sin esperanzas.

Todo lo ocurrido en Hawái le había dado un giro a su vida. ¿Quién lo diría? Ahora se despertaba con lágrimas en los ojos, pero provocadas por las cosquillas.

—¿Estás llorando para darme pena? —le preguntó Connor, atrapando las pesadas manos de Hank, que trataban de apartarlo, y con la mano libre apretaba la barriga desnuda del mayor y se montaba sobre su pelvis para dominarlo más fácilmente—. ¿No sabes que soy un androide enviado por Cyberlife? Me da igual que llores.

—Maldito androide —Hank comenzaba a desear que lo besara. Todas las mañanas desayunaba sus besos.

Connor, como siempre, pareció leerle los labios. Estaba inclinado sobre él, haciendo fuerza para atraparlo bajo su propio peso, todavía revueltos entre las sábanas; solo tuvo que juntar sus labios en un suave gesto. Cada vez que repetía aquel sencillo movimiento, plantaba una semilla de una nueva flor en el jardín que era su corazón.

—¿Ya estás despierto? —preguntó Connor, frotando su nariz con la del mayor.

—¿Por qué tenemos que levantarnos tan temprano…? —le preguntó Hank, sintiendo el peso del androide sobre él. El peso de su entrepierna sobre su bajo vientre. Su cuerpo también comenzaba a despertarse.

—Pues porque hace un buen día para pasear a Sumo por el parque, o para cocinar un rico desayuno, o para… —iba a seguir enumerando las increíbles actividades que podían hacer aquella mañana soleada, cuando sintió algo duro bajo su cuerpo—. Oh, vaya

El joven se sonrojó un poco, dándose cuenta de que el juego de las cosquillas había despertado bastante al teniente.

—Buenos días… —le susurró el androide, meneando muy suavemente las caderas. Hank respondió al gesto con un gruñido, cerrando los ojos.

—Buenos días… —ronroneó, levantando a su vez sus propias caderas, buscando más roce contra el cuerpo del androide.

Connor llevaba puesta una camisa de Hank que le quedaba larga, de una banda de heavy metal que el mayor escuchaba con frecuencia. Por el cuello de aquella camisa se colaba parte de su hombro derecho; Hank no pudo evitar la tentación de llevar su mano hacia ese pedacito de piel brillosa.

El roce de su mano ruda contra la suave piel del androide le robó un escalofrío al joven, que apoyó sus dulces manos sobre el abdomen peludo del mayor y arqueó la espalda, levantando el trasero y rozándose suavemente contra la erección mañanera del teniente. Poco a poco, despertaba la suya propia con aquellos movimientos. A los movimientos acompañó una exclamación de placer y sorpresa.

—Oh… —susurró, con los ojos cerrados y el cabello desordenado sobre su rostro. Hank sintió que se excitaba más con aquella visión inocente del joven.

Connor le había devuelto años de vida. Se sentía un chaval de veinte años, cuando cada mañana despertaba con deseos de hacerle el amor hasta acabar exhaustos. Aquella era una de esas mañanas.

Las piernas del androide estaban descubiertas, solo tapadas levemente por el borde de la larga camisa, pero el roce era cada vez más jugoso a través de la ropa interior. Hank, en cambio, sí tenía pantalones de pijama, que ya comenzaban a ser una verdadera molestia. El androide, como siempre adelantándose a los pensamientos del mayor, se bajó un poco por el pubis, sentándose en las piernas y llevando las manos traviesas y juguetonas a la bragueta del pantalón.

—Qué maleducado soy… No te he dado tu beso de buenos días —le susurró, mirándolo coquetamente, aunque realmente no le estaba hablando a él.

Sus dedos desataron la liga blanca que ataba la cintura y rápidamente desabrochó el botón que sellaba la entrepierna del pantalón. Pronto metió los dedos por la pretina del calzoncillo del mayor y lo fue bajando muy lentamente, no sin antes aprovechar la oportunidad para buscarle un poco las cosquillas.

—Ni se te ocurra, por Dios —le rogó Hank, con cara de espanto. Connor rio fuertemente, sabiéndose deseado hasta la locura.

Continuó con la tarea en la que estaba concentrado, bajando el calzoncillo lo suficiente para descubrir una espléndida erección que esperaba sus atenciones, impaciente. El androide no pudo evitar sonrojarse. Siempre le pasaba cuando veía a Hank desnudo y en aquellas condiciones. Su cuerpo reaccionaba sin que él pudiera evitarlo, su sangre azul se agolpaba en sus mejillas, al igual que se agolpaba en su palpitante erección, que también lloraba lastimosamente en sus calzoncillos, esperando su turno.

Se relamió los labios inconscientemente. La visión de aquella parte del cuerpo de su adorado teniente hacía que perdiera el control de sus biocomponentes. Deslizó su cuerpo un poco más abajo, por las piernas del teniente, rozando sus hinchados testículos por sus muslos, y agachó la espalda en dirección hacia el cuerpo del mayor, que recibió el movimiento con un jadeo de anticipación.

—Oh, Connor… —susurró, llevando una mano hacia el cabello del joven, enterrando sus dedos en sus suaves hebras.

Hank sabía lo que pasaría. Ya conocía las mamadas de su androide.

Las mejores mamadas que había experimentado jamás.

La superioridad de los androides era totalmente indiscutible en todos los ámbitos de la vida de cualquier ser vivo. Y él podía hablar de todos ellos por experiencia propia.

El joven cogió el pene duro del teniente con la mano y lo alzó, acercándoselo a los labios, que ya tenía humedecidos de saliva. Llevó sus labios cereza a la punta, donde depositó un suave beso. Luego lamió la zona, con una lamida rápida y corta, como la que se le da a un chupete para probarlo. De la boca de Hank salió un gemido ronco; sus cuerdas vocales aún seguían durmiendo, pero ya comenzaban a despertar, así como todo su cuerpo.

El joven decidió masturbar un poco aquella polla resbaladiza, observando atentamente cómo la piel se replegaba sobre su longitud y volvía a su sitio en cada jalada. Mientras lo hacía, acompañó el movimiento con la punta de su lengua, lamiendo suavemente los testículos de Hank, quien soltó un gruñido de aprobación. Chupó suavemente la piel rugosa y subió hasta la base del pene nuevamente, donde comenzó un recorrido de besos alternados con lamidas hasta llegar a la punta, la que se metió a la boca sin avisar, envolviéndola con sus cálidos labios. Sintió las palpitaciones del glande en su lengua, mientras saboreaba el líquido preseminal que comenzaba a rezumar.

Ahogó un gemido de placer. Hacerle felaciones a Hank lo enloquecía. Su sabor, su textura, sus sonidos… Entre sus piernas comenzaba a nacer un desenfrenado deseo de caricias que no podía resistir.

—No pares, por favor… —le rogó Hank, levantando las caderas y enterrando sus dedos aún más en su cabellera castaña. Con suavidad, tiraba de él hacia su polla, queriendo penetrarle la boca como lo hacía con su estrecho culo cuando hacían el amor. Hank gimió con su boca llena de su calor, chupando y obedeciendo al ritmo que le imponía.

Sin embargo, el joven forcejeó un poco para elevarse y dejar de chupársela. Sentía que el mayor estaba a punto de correrse, y aunque le encantaba recibir su deliciosa eyaculación directa en sus labios y lengua, no quería que aquello acabara tan rápido. La mañana todavía era muy larga.

Se puso de rodillas sobre la cama y se bajó los calzoncillos, descubriendo su perfecta anatomía; Hank lo miró con deseo, comiéndoselo con los ojos.

—Ven… —le pidió Hank, atrayéndolo con las manos. Connor se colocó de rodillas sobre la cama, con el teniente entre sus piernas, a la altura de la cabeza del mayor.

El pene de Connor quedaba a la altura perfecta para que Hank pudiera comérselo entero. Las manos del mayor se apoyaron, cada una, en una nalga perfecta del menor, y abrió los labios, haciendo una "o" con su boca, y recibió el glande entre ellos. Connor colocó la palma de una de sus manos contra la pared donde chocaba el cabecero de la cama, apoyándose en ella, y la otra recogió la camisa larga, para dejar el camino libre hacia su tierno pubis, dejando entrever también sus marcados abdominales.

Hank cogió el pene con una mano y empezó a chuparlo suavemente, haciendo eróticos sonidos que ponían aún más caliente a ambos. Las sábanas se encontraban totalmente revueltas, y el cuerpo semidesnudo de ambos era el epicentro de la habitación iluminada por la luz mañanera. Los jadeos y gemidos de ambos llenaban la estancia. Sumo escuchaba todo aquello desde su camita en la esquina de la habitación; ni se inmutaba, ya estaba más que acostumbrado.

Cuando las manos de Hank empezaron a masturbarlo, Connor pensó que se corría. Sintió cómo el placer se apoderaba de su estructura; una de sus manos tuvo que bajar hasta la cabeza de Hank y acariciar su cabello canoso, mientras sus caderas se movían a un ritmo pausado, frotando su erección dolorosamente entre los dedos del mayor. Sentía en su palpitante punta los besos y lamidas del teniente, que había cogido práctica en aquello de comérselo. Solo tenía que bajarse los calzoncillos para que Hank ya deseara saborearlo. Connor se sentía en el paraíso cuando una de las manos de Hank se agarró de su cintura, mientras que la otra bajaba furtivamente por su propio cuerpo y comenzaba a masajearse la impaciente erección, que se había quedado echando de menos los labios jugosos del androide.

Si aún tuviera el LED en su sien, este estaría brillando en un intenso rojo; caminaba por el filo del abismo, el límite de su propio cuerpo se veía sobrepasado por el placer desbordante que suponía aquella boca que lo besaba en su húmeda intimidad.

—Oh, Hank, Hank… ¡Hank! —gimió fuertemente el androide, cerrando los ojos y tirando la cabeza hacia atrás, penetrando la boca del teniente en una embestida desenfrenada por el deseo. Sus uñas arañaron la pared, y la otra mano, enterrada en el cabello de Hank, forzó su cuello a la vez que empujaba su pene hasta el fondo, casi atragantándolo en la felación.

Hank recibió de improvisto un chorro de semen en su profunda garganta, y apretó fuertemente la cintura del joven para desenterrarlo de su boca. Un poco de su semilla salpicó también en sus labios, inflamados por el roce. A su vez, Hank se dejaba ir en su propio abdomen y pecho. El blanquecino líquido se escurrió de entre sus dedos, dejando hebras pegajosas que lo unían a su glande humedecido.

El joven se dejó caer pesadamente al lado suyo en la cama, sintiéndose tremendamente exhausto después del salvaje orgasmo. Hank tragó el semen que acababa de recibir y saboreó sus labios, recogiendo los restos de lo que sería su desayuno. Acto seguido, abrazó al joven, perezosamente, sintiéndose también cansado y adormilado.

—Me encanta hacerlo por las mañanas —le murmuró Connor, sintiendo cómo los ojos se le cerraban muy lentamente. Aquella sensación, totalmente desconocida antaño, ahora lo embargaba de forma cotidiana.

—A mí me encanta hacerlo siempre —le confesó el mayor, que lo apretujó contra su cuerpo y le robó un beso en sus labios perfectos, que estaría besando eternamente.

—Y yo no me cansaré de decirte que tienes un pene muy bonito —le dijo Connor, robándole una risita a Hank; aquello se había convertido en una broma privada entre los dos.

No tardaron en acurrucarse y acompasar sus respiraciones, casi coordinándolas. Pronto los ojos de ambos se cerraron, cayendo en un leve duermevela provocado por los recientes orgasmos.

 

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Connor abrió los ojos, parpadeando algo confundido. La mañana había transcurrido mientras ellos descansaban abrazados, con las sábanas entrelazadas entre las piernas. Miró a su pareja, que yacía a su lado, totalmente dormido. Lo acarició suavemente, por encima del costado.

—Hank… —le susurró, mientras lo movía suavemente—. Vamos, despierta, dormilón.

Su voz era dulce. La historia de la mañana volvía a repetirse. Sonrió, paciente.

—¿Quieres que te busque las cosquillas…? —ya preparaba sus dedos por encima de las costillas del mayor.

Entonces Hank, que se suponía dormido, sonrió con los ojos cerrados.

Mientras se fundían nuevamente en un beso cariñoso, acompañado de algunas risas provocadas por las cosquillas que Connor arrancaba en la piel del teniente, el despertador holográfico de la mesita de noche marcaba las 14:00 pm.

Al lado de aquel aparato de tecnología avanzada descansaba un marco dorado que mostraba una fotografía; la estampa presentaba unas roturas que atravesaban la imagen de lado a lado, pero había sido reparada con cinta adhesiva. En la imagen se veía a Connor y a Hank, posando con una sonrisa, con un loro acompañándolos.

Aquella había sido la primera fotografía de ambos y era la prueba más irrefutable de que lo que se rompía, se podía reparar; e incluso, ganar mucho más valor.


portada

Notes:

Os advertí que tenía mucha azúcar!! Espero que os haya gustado. El próximo capítulo pone fin a esta antología. Ha sido un viaje increíble, gracias por leerme hasta aquí!

Chapter 22: Habitación 1408.

Summary:

“El detective Anderson decide tomar un desvío al caer la noche y descansar en el hotel OVERLOOK”. [KINK: a horcajadas]

Notes:

Este fanfic antológico fue escrito por mí en el año 2018, siguiendo las normas del reto Kinktober 2018. Fue publicado en Wattpad y llegó a tener más de 150 mil lecturas, pero la plataforma decidió eliminarlo de pronto y se perdieron algunos relatos, gráficos, títulos... Los he intentado recomponer para publicarlos aquí. ¡Espero que disfrutéis!

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Los parabrisas del coche se movían de un lado a otro, limpiando las gotitas de lluvia que caían sobre el cristal delantero.

 

Hank conducía con la mirada cansada, fija en la carretera casi oscura, internada en la montaña. Estaba en busca de una pista que lo llevara al paradero de un escurridizo asesino en serie: un loco que se había escapado del manicomio del condado y había aterrorizado a varias familias, cobrándose la vida de unos cuantos civiles.

 

Se encontraba concentrado en no quedarse dormido en el rutinario itinerario por la montaña, cuando unas luces en lo alto le llamaron la atención; redujo la velocidad y comprobó, con sorpresa, que se trataba de un gran hotel en la cima de la colina. Suspiró, pensando que sería increíble dormir aquella noche en una cálida cama y no en su avejentado y maltrecho coche. Cerca de un desvío hacia la derecha, apareció ya frente a él un cartel que decía: “OVERLOOK. 100 mt”.

 

Sin desearlo, frenó el coche lentamente, quedando en la bifurcación de caminos. La carretera era solitaria y no obstaculizaba el paso. Se pasó las manos por el cabello y suspiró. Algo le hizo decidirse.

 

—Qué cojones… por una noche no pasa nada —dijo, colocando de nuevo la primera en su coche y dirigiendo el volante hacia la derecha. Subió por el camino hacia el hotel.

 

Delante de aquel gran edificio blanco, con aire majestuoso y algo solitario, había un gran parking con coches aparcados, por lo que pudo ver que estaba bastante concurrido. Pasó al lado de un gran jardín en forma de laberinto antes de encontrarse con un aparcacoches que le solicitó las llaves después de darle la bienvenida al hotel. La lluvia lo tenía empapado.

 

Pobre diablo, aquel era un trabajo sacrificado.

 

Se deshizo del joven servicial y atravesó la entrada majestuosa del viejo hotel. Overlook era un nombre pegadizo para un hotel con historia. Sus suelos y sus paredes estaban decorados como si el hotel se hubiera quedado congelado en los años 70, algo que le gustaba, pues le traía lejanos recuerdos de sus épocas. Se veía movimiento de idas y venidas de trabajadores uniformados con mucha pompa, con trajes de botones y gorritos chatos. Se sorprendió de la estética de aquellas personas, incluidos algunos inquilinos del hotel.

 

Decidió concentrarse en el mesón del fondo, de madera maciza de roble. Al llegar allí, había un joven de cabello castaño dándole la espalda, mirando al gran panel que organizaba las llaves de todas las habitaciones del hotel.

 

—Disculpe… —le dijo suavemente Hank, poniendo el brazo encima del mesón.

 

El joven se dio la vuelta de inmediato, encarando al teniente con una mirada vivaz y avellana. Sus labios arquearon una sonrisa plástica pero encantadora.

 

—Buenas noches, caballero —saludó cordialmente el joven recepcionista. Debía de ser algún tipo de encargado, pues su ropa era más elegante y sus modales muy exquisitos—. Bienvenido al Hotel Overlook.

 

—Buenas noches, señor… —Hank buscó la chapa identificativa en la chaqueta—. Connor. Estoy solo de paso, necesito una habitación para una persona. Una noche.

 

—Perfecto, déjeme buscar… —le comentó con una sonrisa, mientras sacaba un grueso libro que parecía el libro de reservas—. A ver si tenemos suerte. Verá, hoy es la noche de Halloween y tenemos el hotel bastante lleno. Han venido a visitarnos algunos famosos, como el escritor Paul Sheldon y el cómico Richie Tozier —le cuchicheó con la mano en la cara, como si le contara un secreto, para seguir después ojeando las habitaciones disponibles y las reservas hechas para el día siguiente.

 

Lo cierto es que Hank no conocía a ninguno de esos famosos.

 

—La verdad es que soy nuevo por aquí, nunca había visitado este hotel —le dijo Hank, para matar el silencio, mientras echaba un vistazo al techo, adornado lujosamente—. Espero poder permitirme una noche en vuestras instalaciones.

 

—Aquí se aloja todo tipo de gente, no se preocupe —rio el joven, agitando con su garganta el lazo que llevaba atado al cuello, a juego con su chaqueta ceñida color vino—. Tiene usted suerte; a pesar de estar llenos, tenemos una habitación libre que puede ocupar.

 

Y con aquellas palabras, se dio la vuelta y cogió una llave de la gran galería de llaves que lucían colgadas. La dejó encima de la mesa y le pasó, a su vez, el libro de registro para los clientes.

 

—Rellene este formulario, es mera burocracia —le explicó amablemente, pasándole una pluma elegante—. No se olvide de firmar aquí —y señaló con el dedo, limpio y fino, en el borde inferior de la cartulina.

 

Hank se encargó de terminar las gestiones para la reserva, mientras a su lado pasaban varias mujeres emplumadas, riéndose ruidosamente. Algunas personas estaban disfrazadas con máscaras extravagantes o ropajes imitando a monstruos de cuentos, vampiros y zombis.

 

—Es la noche de Halloween —le explicó simplemente el recepcionista, ofreciéndole una linda sonrisa—. Está usted invitado a la gran fiesta en el salón principal. Vamos a pasar una noche de miedo.

 

Su voz era misteriosa, tenía un tono dulce pero inquietante. Hank asintió con la cabeza, por cortesía, pero estaba demasiado cansado para eso. Cogió las llaves de la habitación y escuchó las instrucciones del recepcionista para alcanzar el tan ansiado lugar de descanso.

 

Se acercó al ascensor, que se estaba abriendo, dejando salir de él a un tejón y a un conejo, trajeados los dos y riéndose tras sus máscaras. Todos iban hacia el salón principal, a beber y divertirse. Les deseaba buena suerte… Entró en el ascensor y allí había un ascensorista, vestido con un chaqué rojo con muchos botones dorados. Era negro y le sacaba tres cabezas de altura, por lo menos.

 

—¿A qué piso? —le preguntó con voz honda y un poco de acento sureño.

 

—Mi habitación es la 1408 —intentó explicar Hank, porque no le había quedado claro cuál era el piso en el que tenía que bajarse—. ¿Es en la última planta?

 

—Así es, señor —le dijo el trabajador, sin mirarlo de vuelta.

 

El ascensor comenzó a subir, lentamente, y el ascensorista estaba serio y no lo miraba. Hank se sentía tremendamente incómodo. Ahora entendía por qué había desaparecido aquella figura en la mayoría de los sitios en los que él había estado alojado. Aunque tampoco es que hubiera estado en muchos hoteles, se recordó…

Con un “cling” supo que había llegado a su destino, y agradeciendo el servicio al joven, intentó salir del ascensor, pero la enorme y fuerte mano del tranajador lo paralizó a medio camino.

 

—No entre en esa habitación —le advirtió, mirándolo desde arriba, con ojos aterrorizados—. Pase lo que pase… no entre.

 

—Pero… —Hank estaba escandalizado por la situación—. ¿Por qué no quiere que entre? ¿Qué hay en la habitación?

 

—Váyase del hotel en cuanto pueda.

 

Y con aquellas palabras, soltó a Hank del brazo y volvió dentro del ascensor. Hank vio cómo las puertas del elevador se cerraban y el hombre desaparecía. Se quedó a solas en el pasillo, recubierto de una alfombra roja avejentada. No sabía qué había querido decirle el trabajador, pero no pudo más que encogerse de hombros y continuar con su camino, en busca de su habitación.

 

Cuando encontró la habitación 1408, metió la llave y, al abrir la puerta, se encontró una habitación normal de hotel. Era acogedora, con una cama de matrimonio, un baño propio e incluso un minibar. Él, cansado como estaba, no le iba a prestar atención a ningún detalle, solo a la mullida cama del fondo de la habitación, donde se dejó caer pesadamente.

 

Creyó que se dormiría nada más tocar el colchón, pero lo cierto es que, una vez se acostó en él, sintió una energía revitalizante que le quitó todo rastro de sueño. Se acomodó en la almohada y cerró los ojos, intentando concentrarse.

 

La música en vivo que había en el salón principal del hotel, en la fiesta de Halloween, resonaba cada vez más fuerte en su habitación. Los clientes de las habitaciones contiguas también montaban pequeñas fiestas a su alrededor, pues todos daban golpes al caminar, y lo que al principio parecía un hotel tranquilo, una habitación perfecta para dormir, se convirtió de pronto en una locomotora donde era imposible descansar.

 

No pudo aguantar mucho más y se levantó de la cama, con cara de pocos amigos. Iría a quejarse inmediatamente a la recepción.

 

Se levantó y, como no se había quitado la ropa —puesto que no tenía muda—, solo tuvo que volver a calzarse y salir de la habitación, con la llave en el bolsillo de la chaqueta. En el pasillo se encontró a unas cuantas personas hablando alto y riéndose histéricamente.

 

Había un hombre disfrazado de abeja, con un mullido disfraz negro y amarillo, y una mujer con máscara hecha a base de piedras brillantes y un corpiño que no dejaba nada a la imaginación. Al verle pasar, ambos le sonrieron lascivamente. Hank pasó rápidamente a su lado, evitando compartir más espacio vital con aquellos seres extraños.

 

Se metió dentro del ascensor y se sorprendió al ver que ya no estaba el ascensorista. Tocó el botón del bajo y se dio cuenta de que el suelo estaba lleno de serpentina, purpurina y confeti. Parecía que habían empezado la fiesta mientras él intentaba dormir. Iba a pasar a la historia como el aguafiestas del hotel Overlook.

 

Llegó al hall lujoso y transitado por los clientes que se dirigían animados a la gran fiesta, y buscó el mesón de la recepción. Connor, el recepcionista, no estaba en su puesto. Se apoyó en la madera robusta y esperó unos momentos a verlo aparecer. Miró el lugar, fijándose en un cuadro enorme que había en una esquina, donde podía verse a muchos trabajadores del hotel en una gran fiesta. Buscó con la mirada y encontró a Connor; la fotografía era en blanco y negro, un buen truco para hacerla parecer envejecida. Connor estaba igual de atractivo que en la vida real.

 

Se sorprendió de pensar algo así, así que dejó de mirar el cuadro.

 

—Señor Anderson —le dijo el joven, apareciendo por su espalda. Era un poco más bajo que él, pero su traje vintage le hacía verse más elegante y con mejor presencia—. ¿Hay algo que le desagrade de su habitación?

 

—En realidad, sí —le contestó, cortante, intentando mantener las distancias para hacerse respetar—. Verá, quiero descansar y está todo el mundo haciendo ruido en mi planta. Agradecería un poco más de consideración…

 

—Oh, claro, usted tiene toda la razón —le contestó el joven, acercándose más a su pecho. La cercanía a Hank le parecía extraña—. Pero es que hoy es Halloween, señor, ¿no prefiere… —pasó una mano por la solapa de la chaqueta del mayor—, unirse a nosotros?

 

El joven le estaba invitando a participar en la fiesta. Hank se rio por lo ridículo que sonaba todo.

 

—No tengo alma de fiesta ahora mismo… —le rechazó educadamente.

 

En ese momento aparecieron un grupo de visitantes del hotel, totalmente maquillados de calaveras. Llevaban unas copas de vino y reían. Estaban tirando confeti a su alrededor; parte de ese confeti cayó sobre Connor y Hank. Connor lo recibió con alegría, soplándolo en sus manos, pero Hank no se rio, ni siquiera se inmutó.

 

—¿Lo ve? —le dijo el recepcionista—. No sea tímido, venga, yo le acompaño.

 

Y con aquellas palabras, lo cogió de la mano y tironeó de él hasta llevarle al salón principal. Hank se negaba al principio, pero el joven era muy insistente. Transmitía algo que hacía que no tuviera fuerza de voluntad contra sus intenciones.

 

—Ni siquiera tengo disfraz —le dijo Hank finalmente, en la puerta del gran salón interior.

 

Aquel salón estaba abarrotado de gente. Hombres y mujeres elegantemente trajeados, pero con máscaras exóticas o de animales; hombres y mujeres totalmente disfrazados de personajes populares de terror; incluso había personas maquilladas como alternativa a un disfraz.

 

—Mire al fondo, justo al lado de la banda de música —le señaló el recepcionista—. Ese es James Patrick March, es un pez gordo de los negocios, ¿ve que no lleva disfraz alguno? —volvió a señalar a otra persona al fondo—. Y fíjese bien, Liz Taylor luce tan bella como siempre.

 

—¿Qué quiere usted decirme? —le preguntó Hank, exasperado. El brazo lo tenía agarrado contra el pecho de Connor y no podía apartarse sin parecer grosero.

 

—No busque excusas para la diversión —le dijo con un gesto teatral, entrando en el salón con él agarrado del brazo—. ¡Escuchad todos, damas y caballeros! —gritó el joven de pronto, convirtiéndose de golpe en el señor de la fiesta. Todos lo miraron inmediatamente—. ¡Aquí tenemos a Hank Anderson, teniente de policía! ¡Vamos a darle la bienvenida!

 

—¡No! ¡¿Qué haces?! —gritó Hank, con sus ojos azules abiertos de par en par.

 

De pronto, se vio inundado de una marabunta de gente que le vitoreaba y le saludaba y gritaba. Todas las caras tapadas con máscaras, gente desconocida que lo arrastraba al centro del salón mientras contorneaban sus cuerpos en un baile que Hank no estaba dispuesto a seguir. De fondo, la música tocaba una balada rockera que desentonaba con la época y la estética. Todo el lugar era ecléctico y distante a la realidad en la que vivía el teniente. Anacrónico.

 

Le costó recobrar el control de sus pies, y se dio cuenta de que había llegado casi al fondo del salón, muy lejos de la salida. Se sentía atrapado entre toda aquella locura.

 

—Me gusta usted, teniente —una voz le sorprendió a su lado. Hank miró asustado a donde le hablaban y se encontró cara a cara de nuevo con el recepcionista.

 

—¿Se puede saber cómo has llegado hasta aquí? —Hank se separó de la cercanía del recepcionista—. ¿Y cómo sabes que soy teniente de policía?

 

—Oh, yo sé muchas cosas, teniente… —dijo el joven mientras se desabrochaba la chaquetilla del uniforme y se desataba el lazo que tenía amarrado al cuello.

 

Su mirada era hipnotizante; Hank no podía parar de mirarle a los ojos. Tenía un rostro angelical, fuera de lo normal, lejos de todo aquello que había visto en su vida. Sin darse cuenta, estaba empezando a acercarse también al joven, que lo esperaba pacientemente. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, la música cambió a una bonita balada lenta. El recepcionista levantó los brazos y los puso sobre los hombros del mayor, invitándolo a bailar.

 

—Divirtámonos, es Halloween, la noche del diablo la llaman —sonrió seductoramente, y Hank, sin ser dueño de sí mismo, agarró la cintura del joven, comenzando a bailar.

 

Sonaba la voz de una joven y la batería y guitarra marcaban los pasos y los giros. Nunca había bailado con otro hombre, pero Hank se sintió tremendamente cómodo, mientras hacía girar sobre su mismo eje al recepcionista, que parecía haber bailado toda su vida. Nadie los miraba. Todos los clientes estaban concentrados en beber, besarse y disfrutar de la noche.

 

—Baila usted muy bien, teniente —le susurró el joven, con la cara pegada a su pecho—. No lo hubiera creído al verle entrar en nuestro hotel.

 

Hank decidió no contestar. El joven se acercó a su rostro lentamente, mirándolo con los ojos entrecerrados; sus pestañas eran largas y su mirada, profunda. Hank no era capaz de apartar el rostro, a pesar de que sabía lo que se avecinaba. Su corazón latía fuertemente en su pecho. No entendía qué le estaba pasando con aquel jovencito al que él le doblaba la edad.

 

Con cuidado, el recepcionista se puso de puntillas y entrelazó sus labios con los de Hank, dándole un suave beso que el teniente no rechazó. Agarró al joven de la cintura y le pegó más a él. Aquella noche de Halloween estaba siendo disparatada y revolucionaria.

 

—No se preocupe, teniente —le susurró al oído después de separar sus labios—. Lo que ocurre en el Overlook, queda en el Overlook.

 

—Me alegra saber eso… —le respondió él, que se había olvidado por completo del sueño que sentía. Mientras bailaban abrazados, sus labios hormigueaban por más besos.

 

—Si quiere… —el chico le dio la espalda y se pegó a su pecho, frotando sus glúteos de forma disimulada contra el paquete del teniente mientras bailaban en esa posición—, podemos ir a su habitación para tener más intimidad. Aquí hay ojos en todas partes.

 

Y, como para convencerlo, llevó una de las manos de Hank a su pecho y la bajó suavemente por su abdomen, poniéndola sobre el cinturón de su pantalón de traje.

 

Hank sintió que se empalmaba bajo sus pantalones.

 

Se agarró fuertemente de la hebilla del cinturón del chico y sintió los dedos del joven entrelazarse entre sus cabellos canos.

 

—¿Sabes la edad que tengo, Connor? —le dijo por fin, dejándose acariciar por los glúteos del joven, que se meneaba al ritmo lento de la balada mientras acariciaba su cara, sin mirarle.

 

—¿Y tú sabes la edad que tengo yo? —le contra preguntó el joven, con una sonrisa misteriosa.

 

El recepcionista se dio la vuelta rápidamente y pasó ambos brazos por el cuello del mayor, volviendo a besarle, pero esta vez apasionadamente, buscando la lengua del teniente dentro de su boca. Cuando la encontró, ambos se estremecieron. Sintió la presión de la entrepierna de Hank sobre su ingle.

 

Connor sonrió en el beso.

 

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Salían tropezándose del ascensor. Estaban comiéndose la boca como si no hubiera más noches en la vida de cada uno. Los clientes que encontraron venían borrachos y en el mismo estado de excitación, desnudándose por los pasillos.

 

Connor no se separaba del mayor, y este, en un arrebato de pasión, lo cogió en brazos, agarrándolo del culo y levantándolo hasta la altura de su cintura; el chico se aferró al hombre con sus piernas y sus brazos, sin parar de meterle la lengua en la boca.

 

—Te deseo, te deseo —le susurró Hank, sintiéndose fuera de sí. ¿Qué le pasaba? No se reconocía. Nada tenía sentido, pero era terriblemente delicioso. Aquellos labios, aquella barbilla, aquella quijada. Mordía y besaba toda extensión de piel descubierta mientras llegaba a la puerta de la habitación.

 

Cuando llegaron al letrero de “Habitación 1408” recordó las palabras del trabajador del ascensor. “Haga lo que haga, no entre a esa habitación”, le había advertido.

 

Connor descubrió que estaba distraído y cogió él la llave; con maestría terminó de abrir la puerta y, sin perder más segundos, entró dentro, tirando de la chaqueta del hombre hacia la habitación. Hank entró y Connor cerró la puerta rápidamente.

 

—Ya no tienes escapatoria, Hank Anderson —y su sonrisa era terriblemente sexy. Hank jamás había visto a un hombre tan atractivo.

 

Sin mediar palabra, Connor comenzó a deshacerse del uniforme de recepcionista delante de sus ojos hipnotizados. Él estaba completamente inmóvil, mirando cómo el joven se iba quitando la ropa lentamente, al ritmo de una música imaginaria; se frotaba contra la entrepierna la chaqueta antes de tirarla al suelo, y con el lazo que ya traía desatado de la fiesta, lo tiró del cuello, acercándolo a sus labios, pero dejándole la miel en la punta de la lengua, sin llegar a besarlo.

 

Se bajó la cremallera del pantalón y se metió una mano traviesa, acariciando primero desde su ombligo hasta desaparecerla dentro de la tela de la ropa interior. Cuando estuvo completamente desnudo, solo con los pequeños y ajustados calzoncillos, Hank comenzó a quitarse la chaqueta. El joven se abalanzó sobre él y le ayudó, con pasión desmedida.

 

—Vamos, quítatelo todo —le dijo, Hank estaba como bajo un hechizo, le hacía caso a todo lo que él le decía y le pedía—. Enséñame lo que tienes para mí.

 

Y entonces le bajó los pantalones al completo, bajando también sus calzoncillos, quedando su pene totalmente erecto delante de su rostro.

 

—Vaya, vaya, vaya… —recitó, como un maestro de escuela, sorprendido por el mal comportamiento de su chico—. ¿Qué tenemos aquí?

 

Cogió el pene con una mano, mientras hincaba las rodillas en el suelo de madera. Masajeó suavemente la zona, rozándolo apenas con los dedos. Hank cerró los ojos y tiró la cabeza hacia atrás, soltando un gruñido.

 

Había ido a un hotel para descansar y estaba siendo masturbado por un adonis que estaba loco por él de forma inexplicable. No entendía cómo había podido tener esa suerte, pero estaba dispuesto ya a disfrutar de lo que la vida le había puesto en el camino. Mañana sería otro día, se repetía en su cabeza, mientras sentía cómo la piel de su polla se replegaba y se estiraba, deliciosamente.

 

El joven le dio un pequeño beso en el glande palpitante y, cuando Hank ya estaba deseando sentir su fogosa lengua rodearlo, el chico se levantó del suelo. No pudo evitar mirarlo con algo de desesperación.

 

—Acompáñame a la cama, tonto —le dijo el joven, sonriéndole. Y, como si no supiera cuál era la cama, le cogió de la polla y tiró de ella, como una correa, para que le siguiera hasta el catre.

 

Allí el joven se dejó caer angelicalmente; su cabello castaño, sus formas perfectas y su blanca piel relucían sobre la colcha. Hank no pudo evitar suspirar antes de caer sobre él, colocándose entre sus piernas.

 

—No entiendo por qué te gusto —le susurró el mayor, mientras le besaba el cuello.

 

—Te deseé desde que te vi entrar en mi hotel —le dijo el joven, ofreciéndole el cuello para más caricias.

 

El hombre aprovechó el momento y desahogó su necesidad en aquel maravilloso cuerpo, dispuesto a todo con él. Lo lamió entero, hasta llegar al borde de los calzoncillos.

 

—¿Puedo…? —preguntó, todavía tímido.

 

El joven se rio y, como respuesta, se quitó él mismo los calzoncillos, descubriendo una maravillosa polla que Hank sintió deseos de tocar y de chupar nada más verla. No sabía qué le pasaba, pero no pudo reprimir ese deseo. Metió su cara entre las piernas del joven y saboreó aquella fruta prohibida, lamiendo y chupando la suave piel. En su boca se coló rápidamente la punta sonrosada y, mientras se lo comía entero, acariciaba sus blancas piernas. Connor se deshacía en jadeos.

 

En un momento, cuando ya tenía el pene totalmente lubricado en saliva, Connor se levantó y se quedó sentado en la cama, esperando a que el hombre mayor se acercara. Pronto, Hank se encontró de rodillas entre sus piernas, a disposición de las manos del joven. Éste cogió rápidamente las pelotas del hombre entre sus dedos y comenzó a masajearle el escroto cuidadosamente, llevándose la polla erecta a la boca a la vez. Hank soltó un gemido y clavó sus manos en los hombros del joven.

 

—Joder… —dijo apenas, sintiendo la respiración agitada. Aquella mamada estaba siendo perfecta. Notaba cómo Connor sabía chuparle en los sitios exactos para hacerle vibrar. El masaje en todos sus rincones más sensibles lo estaba transportando al paraíso—. Si sigues así me voy a correr.

 

—No queremos que eso pase todavía, ¿no…? —le respondió Connor, parando de chuparle.

 

Cogió al hombre con fuerza de los hombros y lo lanzó a su lado de la cama para montarlo rápidamente; en un movimiento ágil de piernas y caderas, había dejado al teniente inmovilizado en la cama, con su peso encima.

 

—Qué bien se ve todo desde aquí —le dijo el joven, buscando nuevamente sus labios para besarle e impregnarle de su propio sabor. Hank aceptó el beso.

 

—¿Estás seguro de que eres recepcionista? —le preguntó de broma Hank, halagando su candente pasión y sus artes para hacerle gemir.

 

—No soy recepcionista —le dijo el joven, llevando el pene de Hank hacia su entrada y sentándose muy suavemente sobre él—. Yo soy… —la puntita de Hank comenzaba a penetrarle, muy lentamente—. Oh… —entraba en su interior, dejándolo con la boca abierta por la sensación—. Soy…

 

Hank cogió las caderas del joven y apretó hacia abajo mientras subía la pelvis, penetrándole hondamente de un golpe.

 

—Oh, dios mío… —las manos de Connor se agarraron del pecho de Hank, pellizcando su piel—. Yo soy el dueño —le dijo mientras cabalgaba su polla, agarrando las riendas de su pecho—. Yo soy el dueño de todo lo que entra en este hotel. Yo soy todo lo que ves —gemía Connor, desatado—. Dame más, dame más fuerte.

 

Y más fuerte le penetró, embistiéndolo con fuerza. Hank estaba muy cerca de su propio orgasmo; aquella experiencia nunca sería superada por nada. Las manos de Hank recorrían el cuerpo del chico, mientras apretaban su cadera contra la pelvis y le hincaba la polla lo más hondo que podía. El pene erecto de Connor se balanceaba con el fuerte movimiento, y los gemidos de ambos se mezclaban en la habitación con la música de la fiesta, que nunca acababa.

 

—¡Uh! Mmm, sí… Dame más fuerte, dámelo todo —le exigía el joven, el que le había confesado que era el dueño del hotel—. Dáselo todo a tu dueño.

 

Y, sintiendo su cuerpo estremecerse con el incipiente orgasmo, le dio una embestida más. Después de un violento gemido del recepcionista como respuesta, Hank notó un horrible dolor en el pecho, como una profunda punzada. Abrió los ojos, que mantenía cerrados por el placer, y su expresión cambió a pavor al ver, con sus pupilas dilatadas, un puñal enterrado en mitad de su pecho.

 

Miró a Connor, en busca de respuestas, y vio que la expresión del joven no había cambiado: era de placer, de éxtasis. En sus ojos se podía vislumbrar la locura.

 

—Por... qué… —alcanzó a decir Hank, mientras sentía un exabrupto de sangre escaparse por su boca.

 

—Te lo dije… —El joven seguía montándolo mientras la vida le abandonaba dolorosamente, con una sonrisa alegre en su rostro—. Te deseé desde que entraste a mi hotel.

 

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Abrió los ojos de par en par y se despertó soltando un alarido que le quebró la garganta.

 

Estaba en la habitación, sobre la cama, totalmente desnudo.

 

Y completamente solo.

 

Miró a su pecho y se llevó las manos al mismo, en busca del puñal, de la sangre. Respiró varias veces y se sintió… bien. No estaba muerto.

 

Parpadeó, totalmente confundido, y se dio cuenta de que todavía escuchaba la música de la fiesta en el salón principal.

 

¿Dónde estaba Connor? ¿Lo había soñado todo?

 

Se levantó de la cama y vio que su ropa estaba desperdigada en la puerta, justo donde se la había quitado, preso de la pasión.

 

Se vistió sin entender nada de lo que estaba ocurriendo, y abrió la puerta.

 

El pasillo iluminado le recibió y, con la luz cegadora, vio que las demás habitaciones del pasillo estaban abiertas de par en par. De sus interiores nacían escenas grotescas y sexualmente explícitas que no podía evitar mirar.

 

En la habitación de al lado sorprendió a una pareja practicando una felación; ambos estaban disfrazados con máscaras de animales. Un poco más adelante, fue testigo de una escena sadomasoquista: un joven estaba sobre un potro mientras que otro hombre, de mirada fría, le penetraba mientras le tiraba del pelo. Hank trató de no mirar directamente hacia las habitaciones, pero de ellas salían gemidos y jadeos. El camino hasta el ascensor se hizo eterno, mientras era testigo de cómo aquellos desconocidos, todos disfrazados, celebraban Halloween entre sudor y otros fluidos.

 

Cuando llegó al ascensor, el mismo ascensorista negro de la primera vez lo recibió. Entró en silencio y, sin decirle nada, el hombre pulsó el botón correcto.

 

—Le dije que no entrara… —le dijo el hombre en el silencio del hotel—. Se lo advertí y no me hizo caso.

 

—¿De qué hablas? ¿Tú sabes algo de lo que está pasando aquí? —le preguntó Hank, exasperado. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo en ese maldito hotel de mala muerte—. Si sabes algo, no te detendré, serás el único que no meta en la puta cárcel.

 

—Usted no lo entiende —le respondió seriamente el hombre, sin mirarlo—. Su piso, señor.

 

El ascensor se abrió y Hank salió hecho una furia al hall.

 

Buscó con la mirada el mesón de recepción y ahí estaba… ¡Connor! Estaba vestido elegantemente, con la misma ropa con la que lo conoció, y estaba hablando con un hombre de traje rayado y fino bigote. A Hank le dio igual interrumpir la conversación.

 

—¡Tú! —le gritó el teniente—. Vas a explicarme ahora mismo qué coño me has hecho —se metió la mano en la chaqueta y sacó la placa—. Y usted, no se mueva de aquí. ¡Que no se mueva nadie o juro por Dios que me los cargo a todos! —gritó, mirando a todos los clientes a su alrededor.

 

—Cálmese, teniente, aquí todos somos amigos —le respondió con fuerte acento de Brahman de Boston el hombre de traje y chaqueta a rayas y bigote ridículo.

 

—Sí, cariño —le respondió Connor, con una sonrisa enorme—. Ahora eres uno de los nuestros. ¡Bienvenido al Overlook!

 

—Pero… ¿qué coño estáis hablando? —Hank estaba asustado, no entendía nada de lo que sucedía.

 

El teniente llevó sus ojos al cuadro enorme en blanco y negro donde se veía al personal del hotel en una fiesta, y pudo observar que, al lado de Connor, que lucía radiante, el maestro de ceremonias, se encontraba una imagen que anteriormente no estaba… ¡Él, Hank Anderson, había aparecido a su lado!

 

—¡Que empiece la fiesta, señores! —gritó Connor, dando una palmada.

 

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Las autoridades de Detroit habían estado buscando al teniente Hank Anderson, que en vísperas de Halloween había salido con su coche en busca del asesino huido Mike Myers. Siguiendo las pistas encontradas, la policía había dado con el paradero de su vehículo, pero ni rastro del teniente Hank Anderson, que seguía desaparecido.

 

El vehículo lo habían encontrado aparcado en el terreno abandonado donde antiguamente había estado erigido un grandioso hotel.

 

El Hotel Overlook.

Notes:

¡Y este cuento se ha acabado! Gracias por seguirme hasta aquí, ha sido bonito revivir esta aventura que en su día escribí con tanta ilusión. Espero que os haya gustado y sobre todo, removido algo dentro. Mi intención es haceros disfrutar de diferentes maneras, espero haberlo logrado. Gracias por leer y sobre todo, gracias a esas personitas que se han dado el tiempo de escribirme unas palabras. ¡Os estaré siempre agradecido! Me habéis hecho esta experiencia menos solitaria.

Por cierto: ¿os animáis a encontrar todas las referencias que hay en este capítulo? Soy un friki, lo sé. Nos seguimos leyendo!