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El sol había desaparecido en el horizonte, y aunque en el inframundo siempre estaba sumido en la oscuridad, sus residentes sabían que era de noche en la superficie. Hades esperaba en el muelle, impaciente, mirando el río Estigia con el ceño fruncido. Caronte lo observaba desde su barca, inquieto también; porque la chica no volvía y mucho menos porque tenía un trato con el señor del inframundo.
"¿Dónde está?", murmuró Hades, su mirada oscura, reflejando algo más que simple preocupación. Sentía un mal presentimiento creciendo en su pecho, uno que se intensificaba cada segundo que pasaba.
Pena y Pánico, estaban también en el muelle, intercambiando miradas nerviosas. Sabían que Erianthe había dicho que regresaría al atardecer, y ahora temían que algo malo le hubiera ocurrido en la superficie.
—Quizá solo se entretuvo mirando las estrellas… —Intentó decir Pánico para sacar hierro al asunto, aunque su tono mostraba que ni él mismo lo creía.
Hades lo fulminó con la mirada, que el pequeño demonio retrocedió idea de que algo le hubiera sucedido a Erianthe en el mundo de los vivos iba tomando más fuerza y un instinto primitivo, uno que no había sentido en siglos, lo estaba impulsando a hacer algo al respecto.
"Maldita mortal, seguro que ha aprovechado para escapar." Le decía una voz. Hades respiró hondo. Erianthe no era así… "¿Y tú qué sabes? Has confiado en ella y, mira, no ha aparecido. Te ha traicionado. Como todos…"
No, no…, ella… No me ha traicionado… Hades se negaba a creerlo.
—Caronte, prepárate. Voy a buscarla yo mismo —dijo finalmente, y su tono no admitía discusión.
El barquero asintió, y Hades subió a la barca con un aire de determinación. Pena y Pánico, aunque aterrados, se apresuraron a seguirlo. Con un movimiento rápido, Caronte comenzó a remar, cruzando las aguas oscuras del río, decidido a encontrar lo que se había perdido en la superficie.
Mientras tanto, en el bosque, Erianthe comenzaba a recobrar el sentido. Su cabeza latía con fuerza, y sentía un dolor punzante en la espalda por el golpe. Al abrir los ojos, notó que estaba en una carreta con las manos atadas. A su lado estaba el lobo, lo miró con tristeza y preocupación, pues no sabía a dónde los estaban llevando esos traficantes.
De repente, el movimiento del carro cesó y escuchó que uno de los hombres gritó: "acampamos aquí". Escuchó cómo uno de los hombres bajó del carro y empezó a preparar el campamento, mientras que el tercero fue a la parte de atrás de la carreta y vio que tenía los ojos abiertos.
—Vaya, mira quién decidió despertar. —dijo el hombre, que era alto y corpulento, mientras la miraba con una sonrisa lasciva. La miraba de arriba a abajo, analizando cada una de sus curvas. A Erianthe intentó zafarse de las cuerdas —es inútil, muchacha, no podrás escapar. Además, veo que eres una chica muy hermosa. Te venderemos muy bien en el mercado de esclavos.
— ¡Sí que es guapa! Oye, antes de venderla deberíamos catarla como es debido, ¿no creéis?— añadió el hombre que estaba preparando el campamento, que a diferencia de su compañero era bajito y escuálido.
— Bajadla del carro — dijo el tercer hombre.
— Sí, jefe.—Los dos hombres agarraron a la chica, uno por las piernas y el otro por los hombros, y la sacaron de la parte de atrás del carro.
— ¡Soltadme! — gritó Eri, mientras los hombres la zarandeaban, uno de ellos aprovechó para tocarle los pechos. Detrás de ella pudo escuchar cómo el lobo gruñía a los hombres que se llevaban a la chica.
— ¡Silencio! — El tercer hombre, aquel que llamaban jefe, era muy intimidante. El aire que desprendía era de un hombre sin escrúpulos y miraba a Erianthe con habían prendido una hoguera y por lo que se pudo fijar la chica es que estaban al lado de un lago.— Si no te estás quieta, o te juro que será lo último que hagas. ¿De acuerdo?
Eri estaba asustada, ese hombre no se andaba con rodeos, pero hizo algo muy estúpido al devolverle una mirada desafiante. A lo que el hombre la golpeó en toda la cara.
—¡Ah! —gritó de dolor la chica. Notó un fuerte dolor en la mejilla derecha y, además, como la boca le sabía a hierro, le había partido el labio.
— ¿Te crees muy valiente? ¡Chicos, me decíais que queríais catarla! Adelante, haced lo que queráis con ella. —sonrió maliciosamente el hombre.
Mientras, ya en la superficie, Hades junto con los diablillos buscaron por la zona en busca de alguna pista del paradero de la chica. En el fondo, el dios se imaginaba que en algún momento detrás de un arbusto aparecería con una sonrisa, disculpándose por cualquier cosa, que si se había quedado dormida, que no encontraba el camino de vuelta. Cualquier cosa.
"Se ha ido. Se ha escapado. Admítelo, nadie quiere volver al inframundo." Le decía esa voz. "No…, ella no es así" se repetía a sí mismo, convenciéndose de que Eri no era como los demás.
— ¡Jefe! Hemos encontrado su bolso — gritó Pena. Se apresuró hacia donde habían hallado sus pertenencias; estaban tiradas por el suelo y, sin lugar a dudas, sabían que le había pasado algo a la hija de Hércules. Pues nunca dejaría sus utensilios de arte tirados por ahí y menos en medio del bosque.
Y entonces, lo escuchó, la súplica de un mortal, llamándole a él, al dios de los muertos. Escuchó la súplica de Erianthe, implorándole ayuda.
…Unos momentos antes…
Erianthe veía cómo esos hombres la empezaban a tocar y a desnudar. No quería llorar, pero estaba desesperada, no quería perder su virginidad de esa manera, no quería ser violada. Y lo intentó. Intentó golpearles con sus piernas que no estaban atadas, intentó resistirse, pero solo conseguía que la golpeasen más fuerte.
Fue cuando pensó en su familia, en sus amigos…, y lo extraño es que cuando pensó en ellos, pensó en él, pensó en Hades. "Hades, estará furioso", pensó y entonces cayó en la cuenta: "a los dioses se les llama con oraciones o súplicas". No tenía nada que perder por intentarlo.
— ¡Hades! Señor de los muertos, te lo suplico. ¡Ayúdame! Te lo implora tu subordinada —gritó Erianthe a pleno pulmón.
—¿Qué hace esta chalada?—preguntó uno de los hombres.
— Jajaja. Ha perdido la cabeza, ya se está encomendando al señor del inframundo — se burló el otro hombre.
Erianthe escuchaba cómo esos hombres se reían y se burlaban, mientras le acababan de rasgar su túnica para quitarle la parte de arriba, exponiéndole los pechos.
— ¡No! ¡No!
— ¡Venga, guapa! ¡Quédate quieta!
Ya no lo pudo evitar, Eri empezó a sollozar y con un hilo de voz susurró:
— Por favor, Hades. Ayúdame.
De repente, se escuchó un ruido, un leve susurro que parecía resonar en el aire. Los traficantes alzaron la vista, confundidos, pero antes de que pudieran reaccionar, una figura oscura surgió entre los árboles como una sombra amenazante.
Era Hades.
El dios de los muertos observó la escena. Dos hombres estaban encima de su subordinada, quien tenía lágrimas en los ojos, el labio partido y, estaba medio desnuda. Mientras el otro los observaba de pie junto a ellos.
Erianthe llorando, atada, ensangrentada y desnuda con 3 hombres en medio del bosque. Hades se tuvo que controlar para no estallar de la furia que sentía, pero evidentemente, por la cara de los presentes, vieron que estaba cabreado.
Su presencia llenó el lugar de un aura de peligro palpable, y los hombres sintieron un escalofrío recorrerles la espalda. La mirada del dios era fría como el témpano.
— ¿Cómo os atrevéis a tocar a mi subordinada?—dijo en un tono que resonó con furia contenida, y aunque no gritó, su voz parecía vibrar con una fuerza abrumadora y amenazante.
Los dos hombres que estaban encima de Erianthe se pusieron de pie, aterrados, pues delante de ellos estaba el dios de los muertos en persona. El otro hombre, el jefe, agarró a la chica del brazo.
— ¿La quieres? Pues hagamos un trato, nos dejas marchar sin ningún problema y te entregamos a la chica, si no le rajo la garganta. — El hombre sacó un cuchillo y lo plantó delante del cuello de Eri. —No querrás que esta preciosidad acabe muerta en tu reino, ¿no? Qué lástima que no la podamos vender, nos hubiesen dado mucho dinero…, pero parece que este "juguetito" ya tiene dueño.
— ¿Cómo te atreves a chantajear a un dios, mortal? —Hades lo iba a calcinar, estaba muy cabreado. Querían vender a Eri como esclava, los iba a matar allí mismo, pero vio el miedo en los ojos de la chica. Iba a actuar con cordura, aunque no era su estilo. —Está bien, marchaos. Dadme a esa chica.
— Espera Hades, ese lobo, hay que liberarlo… —dijo con un hilo de voz Erianthe. El dios vio un animal enjaulado en el carro. Entonces lo entendió. La chica quería ayudar a ese animal. "Será necia, ¿en serio?"
—Mira que te dije varias veces, que volvieras al atardecer —le dijo, su tono firme, pero en sus ojos había algo más que reproche.
Erianthe asintió, avergonzada.
—Lo siento… vi a ese lobo atrapado, y no pude evitar intentar ayudarlo… —dijo, mirando al animal, que aún seguía enjaulado.
Entonces, el dios actuó. Se le estaba acabando la paciencia. Con un simple chasquido de sus dedos, los árboles a su alrededor comenzaron a temblar, el suelo bajo ellos empezaron a agrietarse, liberando un humo negro que envolvió a los hombres como si fueran cadenas.
En ese momento aparecieron Pena y Pánico, que ayudaron a liberar a Erianthe de las cuerdas que ataban sus manos. La chica vio cómo Hades, con un simple gesto de su mano derecha, empezó a estrujar las cadenas de humo de los hombres que se retorcían de dolor. Hades observó al lobo por un momento, sin decir palabra, e hizo un gesto con la otra mano. La cerradura de la jaula se rompió en un instante.
Antes de que el lobo pudiera salir, uno de los hombres golpeó la carreta. Habían asegurado con una piedra una de las ruedas para que no se moviera, con ese golpe la piedra se movió y el carro cayó al lago con la jaula y el lobo.
—¡No! —gritó Eri, que no dudó en lanzarse al lago a ayudar al animal a salir de la jaula.
— ¡Eri! ¡No! —gritaron los diablillos mientras la chica se sumergía a salvar al lobo.
— ¡Señor! ¡Erianthe está en el lago! —gritó Pánico.
— ¿Qué? ¡Joder! ¿Cómo puede ser tan impulsiva?—El dios estaba ocupado torturando a los mortales que estaban a punto de desmayarse del dolor. "Luego me encargo de ellos", y con un chasquido los mando al tártaro, iban a pasar el resto de la eternidad pudriéndose en una celda.
Hades se acercó al lago y vio cómo "algo" emergía y esperó que fuese la mocosa. Iba a echarle una broca monumental, iba…, pero lo que salió del lago fue el lobo. En ese momento, al dios casi se le paró el corazón. "¿Dónde está?" El lobo aulló indicándole al dios que algo no iba bien.
Volvió a chasquear los dedos, pero no pasó nada. "¿Qué? ¡No fastidies! ¿Y mis poderes? ¿Me he vuelto a quedar sin poderes?" No tenía tiempo, se lanzó al lago a buscarla. El lago no era muy profundo, se sumergió y nadó hacia el fondo.
Allí la vio. Inconsciente, parte de su túnica se había enganchado con la puerta de la jaula. "Maldita chica, ¿cómo te lanzas a salvar a alguien y luego no puedes salvarte a ti misma?", pensó el dios molesto. Rompió la tela de la túnica que se le había enganchado, la agarró y nadó hacia la superficie. Una vez fuera, nadó hasta la orilla, los diablillos le ayudaron a sacarla y tumbarla en la tierra.
—Señor, no respira —le dijo Pena preocupado.
El señor de los muertos se apresuró a salir del lago y a colocarse al lado de la chica para reanimarla. "Mierda, en qué momento he tenido que quedarme sin poderes", pensó el dios. Iba a empezar la reanimación cuando se percató de la desnudez de la joven. "¡Hades, este no es el momento, actúa!" Y empezó a reanimarla.
—¡Venga, despierta! —El dios empleó su última opción, el boca a boca.
Sentía el cuerpo pesado. Abrió los ojos y vio que todo a su alrededor era agua, se hundía poco a poco, pero no se estaba ahogando, es más, sentía calma y paz.
De pronto, escuchó una voz. Al principio no la reconoció, pero enseguida supo que era la voz de su padre.
— Eri, cariño, ¿qué haces?
— Papá… — Sentía mucho cansancio.
— Venga, cielo, despierta. Te están esperando.
— Papá…
— Despierta, Eri, por favor —esta vez no era la voz de su padre. Era la voz de alguien familiar, ¿Hades? —¡Despierta!
— ¡Cof! ¡Cof! —Erianthe estaba desorientada, "¿qué ha pasado?"
—Eres demasiado impulsiva, Erianthe. —La voz de Hades era suave, pero no podía esconder el leve tono de cariño y preocupación que se mezclaba en ella.
— Perdóname, Hades — susurró la chica. En ese momento se abrazó al dios, que le había vuelto a salvar la vida. —Gracias por venir a buscarme…
—No hay de qué, pero la próxima vez no te precipites y no actúes sola, ¿de acuerdo?—y le devolvió el abrazo. Dios y la mortal estuvieron un rato de esa manera, hasta que uno de los diablillos puntualizó:
— Eri, vas a agarrar un resfriado vestida de esa manera.
Erianthe se miró y vio que su túnica estaba rasgada por todas partes, exponiéndola sobre todo por la parte del pecho. Avergonzada, se abrazó a sí misma, intentando tapar lo máximo que podía.
Hades, viendo que la pobre chica estaba más roja que cuando él mismo se enfadaba, decidió darle algo de ropa. Como no podía utilizar sus poderes, decidió darle parte de su indumentaria. Él siempre vestía el quitón y, por encima, una toga abrochada con su broche de calavera.
Se quitó la toga y envolvió a la chica para que no le diera vergüenza estar tan expuesta. Erianthe se sorprendió, miró al dios que se quedó solo en su quitón.
— ¿Mejor así? —le preguntó. Eri solo pudo asentir, aunque ya estaba "vestida", aún le daba vergüenza mirar directamente al dios, "¿por qué me pongo tan nerviosa?".
Se escuchó cómo los diablillos gritaron asustados y se escondieron detrás del señor de los muertos. El lobo se les estaba acercando. Como ya había visto Erianthe ese "lobo" era demasiado grande, pero eso a la hija de Meg no le importó. Intentó levantarse, pero Hades aún la agarraba en su regazo.
— Estaré bien. Déjame levantarme —le aseguró la chica.
— La última vez que dijiste "estaré bien", aseguraste volver al atardecer al inframundo y que no te capturasen unos traficantes de esclavos. —le contestó el dios con ironía.
— Por favor, confía en mí.
Hades suspiró. Y dejó que se levantara, sabía que podía confiar en ella. "Al final no se había ido. No me ha traicionado", pensó el dios.
Con dificultad, Erianthe se levantó del regazo del dios y caminó donde estaba el "lobo". Ahora que se fijaba mejor había algo extraño, aparte de ser una criatura enorme, su pelaje era totalmente negro y los ojos eran rojos. El "lobo" observaba cómo se le acercaba la chica.
— Me alegro de que estés bien. ¡Ya eres libre! —sonrió Eri, quien se atrevió a acariciar la cabeza de esa enorme criatura. "Es tan grande como un caballo, se podría montar en él", pensó la joven.
Hades miró receloso, sabía perfectamente que eso no era un lobo.
— Eri, ten cuidado. Qué sepas, ese "lobo", es un ser que aparece en bosques donde hay "almas errantes", para que dichas almas no causen estragos en el mundo de los vivos, son como guardianes. Me sorprende que esos tipos hayan conseguido capturar uno.
— ¿Almas errantes?
— Almas que se quedan atrapadas en este mundo. Vagando sin ningún propósito, pero lo suficientemente peligrosas, ya que aún hay "algo" que les ata al mundo de los vivos.
—Buena explicación, señor de los muertos — dijo de repente una voz que provenía del lago.
Los presentes se sorprendieron al escuchar la voz. Del lago emergió una hermosa mujer, morena de ojos verdes. Esta miraba directamente a Erianthe, quien no entendía quién era esa mujer, "¿una ninfa?", pensó.
— Al final te has salvado, jovencita, pensaba que te morirías, ¡qué lástima! Hubieras sido una buena residente de estos bosques —le dijo la mujer.
— ¿Residente de estos bosques?
— Este bosque es la residencia de numerosas almas errantes, chiquilla, aquellas que les pesa culpa, remordimiento en su corazón y tú… Tu corazón rebosa de ello… —dijo maliciosamente.
A Hades no le gustaba lo que estaba ocurriendo. Se incorporó y se interpuso entre esa alma y Erianthe. El lobo, por su parte, gruñó a la mujer, también poniéndose delante de la chica.
—¡Qué tierno! ¿Os cae bien esa chica para querer protegerla y salvarle la vida? Solo he aparecido para aconsejarla, lo juro. No voy a hacerle nada.
— ¿Qué es lo que me quieres decir?—preguntó la chica.
— Como continúes llevando ese peso en tu corazón, Erianthe, hija de Hércules y Megara, acabarás siendo una alma errante y tu alma nunca descansará en el inframundo. —le advirtió la mujer.
—¿A qué te refieres?—le preguntó asustada.
— Esa noche, sigue pesando en tu corazón. Te culpas de sus muertes, la de tus abuelos y la de ese joven, sobre todo, la de ese chico, Lisander.
Hacía mucho tiempo que no escuchaba a alguien pronunciar su nombre, Lisander. No pudo contener sus lágrimas, que se deslizaron por sus mejillas sin control. Pensar en él siempre era muy doloroso.
— Lo que más te duele, es que se sacrificó por ti, ¿no?
Hades observaba a Erianthe. Nunca la había visto de esa manera, ese dolor en sus ojos, esas lágrimas, era una visión que no le gustaba. Quería verla sonreír, pero allí estaba temblando y llorando.
— Basta… — escucharon los presentes a Erianthe con un hilo de voz.
— ¿Qué pasa? ¿No lo quieres recordar? ¿No lo quieres escuchar? — Ante esta última afirmación, Erianthe la miró sin comprender, hasta que vio cómo el agua del lago se transformó en él.
Allí estaba delante de ellos había un joven apuesto, moreno, de cara amable y gentil, que le sonreía a Erianthe. "Es tal y como lo recordaba", la chica lo vio y no dudó es caminar hacia él, hacia Lisander.
— Lisander…
— Erianthe, mi Eri… ¡Vive, sé feliz! Prométeme que siempre regalarás al mundo esa sonrisa que tienes.
—Lisander…
— Erianthe, te amo. —Y antes de que la chica pudiese alcanzarlo, la figura del chico desapareció.
— ¡Lisander! ¡No! —gritó con voz quebrada la chica. Su dolor era palpable.
Hades la agarró para tranquilizarla.
— Si no te perdonas, chica. Si no sanas, jamás encontrarás paz. Recuérdalo.
— Déjala, Nemeris. —Le advirtió amenazante el dios de los muertos.
— ¡Vaya! Sabes quién soy, es todo un honor viniendo de parte del señor del inframundo. Pero que sepas, que tu "querida" subordinada en algún momento tendrá que sanar su corazón; si no, en algún momento formará parte de este club.
Y de entre los árboles empezaron a surgir espectros, almas que se habían quedado atrapadas. El "lobo" se interpuso entre la chica y las almas y empezó a aullar, ahuyentándolas, incluyendo a Nemeris, que se volvió a sumergir en el agua, no sin antes dedicar una sonrisa malévola al dios y a la hija de Hércules.
— Eri, ¿me escuchas? —preguntó el dios preocupado a la chica.
Erianthe no contestaba, estaba en shock, volviendo a asimilar las palabras que le dijo aquella noche Lisander.
Al notar que la joven no reaccionaba, decidió agarrarla y llevarla en volandas; aún tenía energía suficiente para trasladarse a las puertas del inframundo con Erianthe.
— ¡Chicos! Id a preparar mi baño privado, también preparad una muda para Erianthe y decidle a Giles que prepare algo para comer, pero que no sea comida de muertos. — ordenó el dios a sus subordinados, que se desvanecieron para cumplir sus directrices, no sin antes dedicarle una mirada de preocupación a su compañera.
Antes de desvanecerse, Hades vio que el "lobo", se inclinó en forma de reverencia y desapareció en la oscuridad del bosque, seguramente en busca de las almas que se habían alterado hace poco.
—Volvamos a casa, Erianthe —le susurró el dios a la chica, desvaneciéndose en la oscuridad de la noche.
