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Four Season

Summary:

Ubasute es una práctica antigua del folklore japonés en la que un pariente enfermo o anciano es abandonado en un lugar remoto para morir.
o

La deidad del invierno encuentra un bebé en medio de la planicie congelada y decide hacerse cargo de el...solo hay un problema, ¡no tiene la mas remota idea de como cuidar a un bebé!

**Actualizaciones los domingos! :D**

Notes:

Esta solo es una inocente idea que tuve hace mucho tiempo.

;D

Los capitulos seran cortos como este. Sin grandes ambiciones, disfruten.

Chapter 1: Invierno 1

Chapter Text

Los ruidos se volvían más fuertes a medida que se acercaba, y supo que iba por buen camino cuando reconoció que se trataba de un llanto. Unos zorros blancos se adelantaron a su paso, olfateando la fuente de aquel sonido, lo que detuvo por un instante el lloriqueo de la criatura en el suelo. Gojo se agachó y descubrió que era un bebé. ¿Un bebé? En pleno bosque, en invierno. Era más común encontrarse con cadáveres congelados de ancianos al amanecer, pero ¡un bebé!

El niño seguía llorando mientras apretaba las mantas maltrechas que lo cubrían; sus mejillas y nariz, de un rosa oscuro, casi no destacaban frente a su cabello del mismo color. Los dedos del bebé, apenas visibles, estaban azulados por el frío.

Gojo examinó los alrededores, asegurándose de que no hubiera nadie más cerca. Era invierno; los aldeanos solían abandonar a sus ancianos en el bosque cuando las cosas se ponían difíciles, pero hasta entonces Gojo no se había topado con un bebé. Tomó a la criatura, que no dejaba de llorar, y la envolvió en su manto blanco con la intención de calentarlo. Sin embargo, el niño no cesaba su llanto; su pequeña lengua temblaba con cada exhalación.

—Vamos, no deberías gastar energía así —le dijo mientras lo mecía, pero nada parecía calmar a aquel bebé de pulmones fuertes. Gojo reflexionó rápidamente—. Debes llevar aquí mucho tiempo. Me sorprendes, pequeño.

Los mocos del niño colgaban de su nariz, y a Gojo le resultó curiosamente tierno.

—Te daré de comer... cuando descubra qué comen ustedes —intercambió una mirada con el zorro a su lado. Acomodó al niño en sus brazos, mientras este seguía intentando perforar los oídos de todos con su llanto.

—¿Qué es ese ruido? ¡Estás volviendo loco a todo el mundo! —Gojo oyó una voz a sus espaldas y, al volverse, vio a Megumi. Estaba desaliñado, como siempre que la primavera despertaba de su sueño. Su expresión de disgusto cambió al ver lo que Gojo tenía en brazos.

Por instinto, Megumi se acercó para asegurarse de que no era una ilusión. ¿Eso era un bebé? ¡Claro que lo era! Lloraba y olía como uno.

—¿De dónde sacaste eso? —preguntó Megumi, señalando al pequeño con el dedo. Gojo se interpuso, como si quisiera protegerlo del mal humor de su compañero.

—¿Cómo puedes pensar eso de mí? ¡Lo encontré justo aquí! —replicó Gojo, indignado. El bebé seguía llorando; Megumi rodó los ojos.

—Conociéndote, puedo pensar muchas cosas —dijo Megumi. Sabía que la calma del invierno a veces aburría a Gojo, quien no dudaba en provocar ventiscas o avalanchas solo por diversión.

Gojo fingió ofenderse.

—Lo encontré, como a los viejos que dejan para morir aquí. Alguien dejó a este bebé también. ¿No son crueles los humanos?

Megumi se acercó al niño, que ahora solo gemía, exhausto. Su cabello rosado y los ojitos húmedos lo conmovieron. A pesar de su tamaño, el bebé mostraba signos de desnutrición. ¿Por qué alguien lo abandonaría en medio del bosque?

—¿Qué es eso? —preguntó Megumi, notando un papel en el dobladillo de su pequeño brazo. Con cuidado, extrajo una hoja amarillenta y rota, en la que ponía: "Yuuji Itadori".

—¿Yuuji?

—Ah, es un nombre adorable, como él. Tan lindo —dijo Satoru, limpiando las mejillas frías del bebé.

—¿De verdad lo dejaron aquí para morir? —preguntó Megumi, con el rostro endurecido.

—No veo qué más podría estar haciendo una criatura como él en un lugar así —respondió Gojo. El zorro se paró en dos patas, como si también quisiera ver al pequeño Yuuji.

A Megumi no le gustaba la idea. Tampoco le agradaba encontrarse con cadáveres descongelados de ancianos en primavera, y un niño muerto sería aún peor. Pero conocía a Gojo y sabía que su presencia en el mundo era tan devastadora como impersonal; si uno no estaba preparado, el fin era inevitable.

—Oye, Megumi, ¿sabes qué podría comer Yuuji? —preguntó Gojo. Mientras lo mecía, Yuuji se preparaba para otra ronda de gritos—. Si sigue así, nadie va a dormir.

Megumi frunció el ceño, pensando. Yuuji volvió a llorar, y Gojo observaba fascinado la resistencia del pequeño, mientras Megumi se veía resignado a no dormir pronto.

—No tengo nada de comida ahora. Los animales están hibernando y ya no hay reservas. Además, Yuuji no tiene dientes —ambos miraron la boca del niño, abierta y potente.

—Ah, cierto —asintió Gojo. De repente, una idea cruzó su mente.

—No —dijo Megumi, con tono seco.

—Nanamin siempre tiene pan y leche —dijo Gojo alegremente, por encima del llanto de Yuuji.

Megumi quería decirle que no era una buena idea, pero Gojo siempre hacía lo que quería. Antes de que pudiera detenerlo, Gojo ya había desaparecido, dejando tras de sí una suave ventisca.