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the devil that you know (looks now more like an angel)

Summary:

Después de décadas de guerra, los reinos de Miorin y Kaerin llegan a un acuerdo de paz una lluviosa tarde de verano. Tan solo cuatro meses después, los reyes de aquellas tierras firman un pacto que unirá a sus reinos para siempre. Han Jisung de Kaerin debe contraer matrimonio con el heredero de Miorin, Lee Minho, y cargar en su vientre a un niño que represente todo aquello por lo que se ha luchado.

¿Cómo hallar felicidad y respetar la paz exigida por tu pueblo cuando debes dormir junto a tu mayor enemigo?

Notes:

Las chicas lindas solo queremos a Han Jisung embarazado en un mundo de fantasía en donde la mitad del grupo tiene poderes mágicos ❤️

Como los tags están en inglés, pongo advertencias de contenido también en esta nota.

-Magia/Criaturas mágicas
-Mpreg (no omegaverse; términos inventados)
-Problemas de embarazo/Pérdidas de embarazo
-Lore de un mundo fantástico inventado por mí
-Política/Guerra/Violencia física y psicológica
-Machismo/Costumbres machistas
-Menciones de acoso sexual (no en escena)

(Este fic está publicado en Watt*ad bajo el nombre "My Enemy")

¡¡¡Todo aquello escrito en cursiva es un idioma no nativo a la persona que está narrando. Cuando Jisung es el narrador, el idioma miorino se encuentra en cursiva. Cuando el que narra es Minho, es el idioma kaeris el que se encuentra en cursiva!!!

¡¡GLOSARIO EN LA NOTA FINAL!!

Chapter Text

En el día de su boda, Han Jisung, príncipe de Kaerin, sostuvo la mano de su hermano en un carruaje tambaleante mientras el vómito escapaba de sus labios hacia una intrincada vasija con inscripciones miorinas. La vasija, al igual que gran parte de su cargamento, era una pieza de la inmensa colección de regalos que habían recibido de Jaeho, rey de Miorin. Su padre había insistido en devolverlas a su lugar de origen con la perfecta excusa de Jisung siendo desposado.

-No necesito sus ridículas muestras de respeto -había dicho tan solo una semana atrás-. Me es suficiente que su príncipe ponga un niño dentro de ti y un batallón en nuestras fronteras.

Esa noche los vómitos comenzaron. “Ataques ansiosos” había confirmado el médico real, observándolo como si de un niño histérico se tratase.

Jisung no había estado presente el día en que el acuerdo fue firmado. Jamás se le habría permitido formar parte de reuniones de tal importancia, reuniones en las que se decidía el destino de dos reinos. Su prometido, aunque más que invitado a formar parte, había dedicado sus últimos diez meses a batallar contra el ejército de Itet, al sur del continente. Hyunjin, quien ahora sujetaba su mano con firmeza, había susurrado en la oscuridad de la noche todo aquello que conocía sobre el príncipe heredero de Miorin. Jisung había transfigurado más de un objeto mientras las palabras buscaban un lugar en su pecho. La violencia de los recuentos no era algo que lo perturbara en demasía; los kaeris podían ser criaturas violentas cuando la causa era justa, pero las costumbres de un pueblo tan salvaje como el miorino no podían hacer más que revolverle el estómago, empujando sus poderes a actuar sin su consentimiento.

-Dioses benditos, Jisung, tienes ocho y diez años. Compórtate como un adulto -protestó su padre por tercera vez en la última hora.

-Lo siento padre -volvió a murmurar en respuesta.

Hyunjin chasqueó la lengua en una protesta digna de un príncipe heredero, antes de limpiar los labios de Jisung con un blanco pañuelo que se volvió azul tan solo con tocarle la piel.

-También vomitaría mis propias vísceras si tuviera que desposar a alguno de esos incorregibles salvajes -observó su pañuelo antes de dejarlo caer en el espacio de asiento que los separaba-. Si mi hermano es algo, es sin dudas valiente.

-Valientes fueron todos los hombres que han muerto en guerras contra los miorinos para llegar a este acuerdo. Si el accionar de tu hermano fuera valentía, todas las mujeres y likit de Miorin sería santos a los dioses por permitir que sus salvajes contrapartes les hinchen el vientre.

Su hermano no protestó ante aquel argumento. Frente a la voluntad del rey guardaba silencio. Sin embargo, Jisung jamás podría pretender que alguien que no fuese un likit de la nobleza pudiera comprenderlo en plenitud. Saber con certeza, desde el final de tu niñez, que tu cuerpo sería una pieza de intercambio.

El silencio inundó el carruaje después de que su estómago fuera vaciado una última vez. La mano de Hyunjin no dejó la suya mientras atravesaron los últimos kilómetros de campo verde y montañas nevadas, el click-clack de los caballos como única compañía. Hubiera deseado ser uno de aquellos kaeris que podían volar, recorrer las cristalizadas montañas con la punta de los dedos, permitir que el aire helado golpee su rostro hasta adormecerlo. Dejarse caer al vacío sabiendo que su propio cuerpo detendría el violento empuje de la tierra.

Su madre podía volar. Se preguntaba si el vuelo había sido su refugio de fingida libertad.

-Ir-sium vi-rimi ul aramire.

La enorme espada chocó contra la suya en un chirrido de metal contra metal. Su brazo derecho vibró desde los dedos hasta el hombro, y los ojos frente a él brillaron ante el desafío.

-Ti-rimi kaela mur aramire -respondió con firmeza, las palabras arrancadas de su lengua con esfuerzo sobrehumano.

Chan resopló sonriente, su espada bajando ante el claro esfuerzo por no reírse. La clavó en la arena como si su cuerpo no pudiera contener el peso ante la situación frente a él.

-¿Qué? ¿Qué he dicho?

-En respuesta a “la piedra de Rimi es venerada” usted, alteza, ha contestado “en Rimi las estrellas son veneradas”.

Minho bufó y dejó caer su propia espada.

-Creí que kaela era “madre”.

-Kaelir -corrigió con un acento mucho menos severo que el suyo-. Cuidado alteza, o insultará a la madre de su esposo de alguna manera u otra.

-La piedra de la capital de Kaerin puede arder junto a toda su condenada ciudad -dijo Minho comenzando a quitarse las piezas de su armadura.

Jeongin se acercó a él a toda velocidad, su larga túnica blanca levantando granos de arena a cada paso, y sujetó las piezas de armadura en un orden que solo él parecía comprender. Minho jamás intervenía en las decisiones de orden que su sirviente personal tomaba. No desde que el insolente likit lo había observado con el ceño fruncido recitando de forma severa las palabras aprendidas por cada sirviente real. “Permítame hacer mi trabajo, alteza”, había gruñido como si las palabras pudieran empujarlo fuera de sus aposentos.

-La piedra de Rimi no puede arder -dijo Chan, aunque su mirada se perdió rápidamente entre los movimientos de Jeongin-. Kaela gir.

Jeongin se volvió hacia él con el ceño fruncido.

-Kaeris virs muri -dijo con firmeza, y mantuvo la mirada en alto antes de desaparecer detrás de una columna del patio interno.

-¿Estrella mía? -preguntó arqueando una ceja hacia Chan-. A mi sirviente que habla kaeris, por cierto.

Chan chasqueó la lengua y desenterró su espada de la arena.

-Su sirviente que puede hablar kaeris finge indiferencia -subió los hombros-. Quizás lo invite a bailar conmigo durante su boda, alteza. Que, por cierto… -elevó la mirada hacia el brillo del sol-. Comenzará en pocas horas.

-¡Ja! Creería uno que su “sociedad elevada” tendría más consideración con los tiempos y lo apropiado. La boda es en unas horas, tal y como has señalado, sin embargo mi esposo aún no es más que una simple idea flotando en mi mente -comenzó a caminar hacia el interior del palacio-. Quizás si sigue flotando allí, pueda volar lejos de este reino.

-No, no lo creo -dijo Chan siguiéndolo-. Muy pocos kaeris pueden volar.

Las enormes puertas del palacio se abrieron frente a ellos. Elevadas torres de piedra grisácea se alzaban alrededor de la estructura principal, rodeadas de verdes jardines y gigantescos árboles de wahu, una pequeña fruta rojiza que habían comenzado a importar en cuanto la guerra con Miorin se detuvo. Su vibrante color parecía encandilar en contraste con los oscuros y sombríos colores que lo rodeaban. A diferencia del Palacio Real en Kaerin, donde la entrada principal conducía hacia el abierto salón de cristal en el que su padre realizaba los bailes de verano, las escaleras de piedra frente a ellos conducían hacia la sala del trono. El enorme asiento del rey podía verse aún en la distancia, alineado con la puerta de entrada.

El rey Lee Jaeho los esperaba en el balcón que servía de primer descanso para las escaleras. Su ropa azul y negra parecía repeler los rayos del sol, quienes, confundidos, se concentraban en su dorada corona e igual de dorados ojos. Los sirvientes junto a él se apresuraron hacia ambos carruajes, claramente ordenados a ayudar con el movimiento de sus pertenencias.

Plag nivr! -exclamó el rey en cuanto todos sus baúles estuvieron fuera de los carruajes.

“Bienvenidos”

Jisung, obligado por su padre, había comenzado su educación en miorino en cuanto el primer acuerdo de paz fue firmado. Las intenciones de entregarlo como esposo de algún noble ya eran claras. Su destino estaba escrito en dirección de Miorin desde que la primera bandera blanca fue alzada.

Se inclinó hacia el rey al igual que su hermano, y guardó silencio mientras éste y su padre conversaban en miorino. Ambos se expresaban con gestos y palabras amables, pero la tensión en sus hombros era difícil de ocultar. Los grandes movimientos del rey Jaeho y la apretada sonrisa en los labios de su padre eran una indicación de su reciente y frágil amistad. El rey Jaeho aún los seguía viendo como débiles kae, seres mitológicos de los que el pueblo kaeris descendía, y su padre no posicionaba a los miorinos mucho más arriba de los salvajes mir de los que juraban descender.

Sin embargo, allí estaban, caminando por los pasillos del palacio, sonriendo a sus comentarios, permitiendo que el rey de Miorin los dirija a través de su hogar. Invitados en tierras que tan solo un año atrás buscaban destruir. Tierras que pertenecerían a su esposo en cuanto el rey Jaeho ascendiera junto a los dioses.

-Esta es la torre de la reina -dijo el rey Jaeho, señalando hacia unas angostas escaleras que trepaban como un espiral al final del primer pasillo-. Será tuya el día de mi muerte -añadió observando a Jisung, antes de continuar hacia el pasillo que se abría a la derecha.

-Toda una torre para ti -susurró Hyunjin, utilizando kaeris a pesar de que el rey podía entender cualquiera de los dos idiomas.

Los sirvientes ya los esperaban en los aposentos preparados para ellos. Se movían con velocidad, ordenando el contenido de cada baúl dentro de cajones, sobre mesas, o en elaborados cristaleros de oscura madera.

La enorme sala de descanso se abría hacia cuatro habitaciones de tamaños similares. Los vibrantes decorados, muebles y plantas, señalaban que toda aquella parte del palacio se trataba del lugar en el que “almacenaban” a sus invitados que no pertenecían al pueblo miorino.

Una blanca túnica de largas mangas y simples volados se atravesó frente a sus ojos, y una cinérea cabellera se posicionó a la altura de sus costillas. El joven que se inclinaba ante él realizó una serie de elaborados movimientos con sus manos, como si lo estuviera bendiciendo de alguna manera, antes de levantarse y sonreirle. Sus mejillas estaban cubiertas de pecas.

-Alteza, príncipe Han Jisung de Kaerin, será mi honor servirle -anunció con un delicado kaeris que lo delataba como nativo del idioma.

-Felix es el sirviente que mi hijo ha elegido para ti -dijo el rey Jaeho asintiendo hacia el joven, el cual huyó a toda velocidad ante aquel gesto, continuando con sus labores de orden-. Creyó importante que conserves algo de kaeris a tu lado .

- Lo agradezco con certeza, majestad -dijo inclinándose hacia el rey.

No se atrevería jamás a verbalizar las dudas que esa situación sembraba en su mente. Se preguntaba si el príncipe Minho realmente había elegido a Felix por su comodidad, o aquel gesto no era más que una burla, una firme división de lo que le pertenecería en su pronto matrimonio. Nada que fuera de Miorin.

Su atuendo de bodas descansaba sobre su transitoria cama. Lisa tela celeste atravesada por lazos blancos y dorados, con amplias mangas que colgarían de sus brazos, y una larga capa blanca que se ajustaba a los hombros con dos enormes broches de oro en forma de estrellas. Le recordaba a las túnicas de yar que utilizaban en Kaerin para recibir al verano.

Las ropas de Miorin no eran muy diferentes a las de su tierra natal. Sin embargo, la elección de colores parecía significarles mucho más de lo que podría importar a cualquier kaeris. Blanco, según sus recientes estudios sobre cultura miorina, era un color reservado para los likit. El celeste, en cambio, no era más que una representación suavizada de los colores del reino de Miorin. Lee Minho, su prontamente esposo, utilizaría azul.

-La ceremonia será corta. Eso he oído. Realmente nunca he presenciado una boda miorina -dijo Felix, arrastrando su larga túnica blanca a lo largo de la habitación-. He visto a algunos lores del reino, algunos de Kaerin. Ver los colores de sus atuendos me recordó a las fiestas de primavera.

-¿Llevas muchos años en Miorin?

-Oh no, alteza -negó con la cabeza, comenzando a colocar una serie de simples joyas doradas sobre el escritorio frente a la cama-. Fui empleado en cuanto las fronteras se abrieron. En Miorin escasean los sirvientes y sobran los soldados.

-Quizás por eso ganaron…

Felix parpadeó en su dirección, pero recuperó la compostura velozmente. No resultaría extraño que se hubiese acostumbrado a la frialdad con la que los miorinos trataban a sus sirvientes, como si fueran sombras sin vida. Él, por su parte, extrañaba profundamente a Yaera y Kiwon, los sirvientes personales que lo acompañaron desde su niñez hasta tan solo dos días atrás.

-¿Ganaron? -preguntó al fin, colocando dos finas diademas de oro frente a su rostro-. Joyas de la familia real -explicó antes de acercarse a Jisung.

-Quizás ambos perdimos -murmuró para sí mismo.

Felix asintió con suavidad, probablemente evitando discutir asuntos políticos con alguien que podría ordenar su muerte si así lo desease. En cambio, estiró ambas diademas hacia él y sonrió con dulzura.

-¿Cuál, alteza?

-Cualquiera sea la que desees -agitó una mano en el aire-. ¿Crees que traerán el agua caliente pronto?

-Pronto, sí.

Las náuseas, inútilmente contenidas durante la última hora, volvieron en cuanto Felix lo envolvió en una suave tela gruesa, su cabello aún húmedo por el agua siendo aceitado con cuidado en una mezcla de lavanda y wahu. La saliva tibia le inundó la boca y sus dedos palidecieron en el firme agarre de la tela que lo cubría. La acidez comenzó a subir por su garganta hasta que el olor a lavanda le inundó los sentidos.

Un dedo de Felix se apretaba contra su nariz, los brillantes ojos y largas pestañas se posaron frente a su rostro, parpadeando lentamente como si calculara la reacción de Jisung ante el aroma.

-Uh -fue el único sonido que pudo emitir mientras la acidez bajaba hacia su lugar de origen.

-Levg wif lum -dijo Felix en un perfecto acento miorino-. Estómago de bodas. Así lo llaman en Miorin. La lavanda ayuda, o eso me ha dicho el médico del palacio -sonrió hacia él una vez más-. Ahora, es momento de vestirlo, alteza.

La túnica se ajustaba a su cuerpo a la perfección. Caía con delicadeza desde los lazos en su cintura, rozando el suelo con suavidad de la misma forma en que la capa sobre su espalda lo hacía. Felix ajustó la diadema más delgada sobre su frente, una delicada piedra transparente colgando hacia su entrecejo. Sus sandalias de uso diario fueron reemplazadas por nuevas sandalias de cuero teñido, su natural marrón dando lugar a un irreal azul.

Sería esa la misma ropa que lo llevaría vez tras vez al día en que su destino fue sellado por los dioses. Tan bella como arruinada para siempre en su memoria.

Su padre lo esperaba en la sala de descanso que unía sus habitaciones, su ropa de viaje cambiada por el vibrante rojo que identificaba a un rey de Kaerin, la corona plateada brillante sobre su oscuro cabello. Observó su atuendo con molestia poco contenida, pero fingió una amable sonrisa en cuanto sus ojos hallaron los de Jisung. Respetaba el acuerdo como alguien que lo había firmado, pero Jisung sabía que su alma ardía en vergüenza y disgusto al ver a su hijo menor vestir de la forma en que los miorinos consideraban apropiada para una boda. Si Jisung hubiese contraído matrimonio con un noble kaeris, hubiera vestido el color que deseara, en una boda realizada en las más antiguas costumbres de su pueblo.

La paz le había robado elección alguna.

Con partes iguales de dolor y desprecio, el rey de Kaerin elegía a su pueblo por sobre la felicidad de su hijo. Jisung aceptaba su cruel destino, aún cuando su estómago continuara negándose.

-¿Recuerdas los pasos, Jisung?

-Por supuesto, padre.

Tambores, no cuerdas, los recibieron en el templo del palacio. Los sonidos parecían rebotar en su pecho, vibrando a través de sus pulmones, sacudiéndole los huesos, devolviendo el suave temblor de los nervios a sus manos.

Las formidables puertas de madera se abrieron ante ellos, el largo pasillo que conducía al altar estaba cubierto de hojas secas y pequeñas flores blancas. Los escasos nobles que servirían como testigos del acuerdo en cumplimiento observaban desde los altos asientos de piedra que rodeaban el altar. En el centro de éste, una gigantesca estatua de piedra de la diosa Wavr estiraba las manos hacia el sacerdote debajo de ella. La diosa primordial de Miorin, guerrera y madre, velaría por su matrimonio.

Su mano se apretó involuntariamente al brazo de su padre, pero no detuvieron el paso, ni siquiera cuando la respiración de Jisung se ahogó en su garganta al posar los ojos por primera vez sobre su prometido. Lee Minho vestía el azul de Miorin, aunque su túnica estaba cubierta de intrincados bordados dorados y, su capa, tan larga que caía fuera del altar, se ajustaba a sus hombros con dos broches de oro en forma de espadas. Sobre su oscuro cabello crecía una corona de macizo oro incrustado de piedras transparentes y azules.

Lee Minho, con sus enormes ojos oscuros y gruesos labios rojizos, se asemejaba a los antiguos retratos de reyes de la vieja tierra que Jisung solía admirar en sus libros de historia. El salvaje más majestuoso que había visto en sus dieciocho soles de vida.

-Swr kiv-ar iter -anunció el sacerdote en cuanto Jisung se detuvo frente al altar.

El antiguo idioma de esas tierras le era profundamente desconocido. Las raíces de algunas palabras encendían llamas de reconocimiento en su mente, pero su miorino no estaba lo suficientemente entrenado como para poder descifrarlo. Sin embargo, Jisung había memorizado la ceremonia desde la primera semana en que su compromiso fue declarado, por lo que no fue sorpresa que su padre se alejara de su lado en cuanto aquella frase fue pronunciada.

Escaló los escasos escalones hacia el altar y se enfrentó por primera vez a su prometido.

Las inentendibles palabras del sacerdote se nublaron ante la helada mirada que lo recibió por primera vez. No había maldad intencionada en aquel gesto, sino un simple y natural desprecio ante la situación que los unía frente a los dioses. Lee Minho deseaba su matrimonio tan poco como él mismo lo hacía, y su rostro no parecía ocultarlo de manera alguna.

-Pwacr ler-ir ikav -fue lo que pudieron absorber sus oídos en cuanto salió de aquel trance-. Ler-ir Wavrje turgv.

Su mano izquierda se movió a velocidad mayor que su mente. Tan velozmente que Lee Minho la sujetó aún en movimiento, mientras llevaba su propia mano izquierda hacia Jisung. Sus fríos dedos se entrelazaron en la tibieza de su prometido, y el sacerdote no esperó siquiera un segundo antes de comenzar a unirlos con un largo lazo azul, rodeando sus enlazadas manos hasta la muñeca. La distancia entre sus cuerpos se acortó y los labios frente a él comenzaron a moverse con palabras que solo podría comprender si recurriera a su memoria ceremonial.

-Esposo mío -fue la conclusión de la breve declaración.

El uso final de miorino moderno envió un escalofrío a lo largo de su columna, obligándolo a tomar una respiración profunda antes de comenzar con las únicas palabras que había memorizado a la perfección, la respuesta a aquella declaración. Su rústico miorino antiguo irritando hasta a sus propios oído.

“Hoy, ante los dioses, mía es la voluntad y del reino el poder. Mi alma a ti entrego, en vida o en muerte, en prosperidad o desolación, en paz o guerra. Tuyo soy desde este día y en nuestra ascensión con los dioses. Así lo juro.”

-Es… esposo mío .

Las palabras le supieron a veneno. Denominación injusta para un hombre al que no conocía, un hombre que se negaba a siquiera fingir alegría en el día que los uniría para siempre.

El lazo fue desatado lentamente y la tibia mano abandonó la suya. No hubo dulce beso de aceptación, ni una caricia o sonrisa que marcara la ceremonia como algo más que una pública declaración de un acuerdo cumplido.

Los nobles se levantaron de sus asientos, se inclinaron hacia ellos brevemente y se alejaron del templo como si el lugar hubiese comenzado a arder en llamas. El sacerdote los observó por algunos segundos antes de negar suavemente con la cabeza y presentar el largo lazo ante Jisung.

-Suyo, alteza .

-¿Debo hacer algo con él?

-Recuerdo de bodas -fueron las últimas palabras del sacerdote antes de dejarlos solos frente al altar.

-No caerá ninguna maldición sobre ti si decides descartarlo -dijo el príncipe miorino en cuanto el silencio pareció consumirlos-. Es solo un lazo.

Su mirada se movió entre el lazo y su esposo, la tela suave intentando resbalar entre sus dedos, los dorados ojos revolviendo su estómago.

-El banquete tendrá una duración de tres horas -continuó ante la falta de respuesta-. Mi padre esperará una dedicación, pero tú no estás obligado a decir nada. Creo que él preferiría que guardes silencio de todas formas.

-¿Por qué nos han dejado solos? -preguntó al fin.

-Porque eres mi esposo -dijo arqueando una ceja como si la respuesta fuera obvia-. Son momentos de gracia. Tiempo para estar juntos antes de esta noche.

-Antes de esta noche -repitió estúpidamente.

El ceño de Lee Minho se frunció, sus labios apretándose en una delgada línea.

-Imagino que tus tutores o sirvientes personales te han explicado lo que sucede en una noche de bodas.

Calor comenzó a trepar por su cuello. Ningún tutor o sirviente se atrevería a hablar de esos asuntos con un likit o mujer de la nobleza, nadie se atrevería a mencionarlo de forma tan directa. No era algo prohibido, pero el juicio social sería severo. Jisung, como gran parte de los jóvenes nobles de curiosas mentes y avidez por la lectura, había aprendido todo lo que sabía en la biblioteca del palacio. Datos objetivos de la naturaleza, nada en lo que había preocupado su mente hasta que la fecha de su boda fue seleccionada.

-Creí que los kearis tenían mucho más control sobre sus poderes.

La frialdad de las palabras lo sacó de sus pensamientos. El lazo, apretado entre sus temblorosos dedos, había perdido su color azul para transformarse en un profundo escarlata. El color del rey de Kaerin.

-Nuestras bendiciones son más que simples poderes a nuestra disposición. Son energía de Kaevi. Tienen su propia vida -su voz se profundizó con la violencia de sus palabras-. Sobre otros asuntos no debes preocuparte, esposo. Sé perfectamente cuál es mi deber después de esta unión, pero los kaeris no solemos discutir tales asuntos frente a nuestros dioses.

La mirada de su esposo se volvió hacia la estatua de Wavr, y una risa que sonaba más a bufido escapó de sus labios.

-Creo que la diosa madre sabe perfectamente cómo se crea una nueva vida .

Jisung se negaba a contestar aquella clara burla. Sujetó el lazo con firmeza y comenzó a atarlo junto a los delgados lazos que se aferraban a su cintura. El profundo rojo se asemejaba a una sangrante herida en medio de los claros colores de su atuendo. Kaerin sangrando desde sus entrañas.

-No les agradará -dijo Minho, observando el lazo como si éste lo ofendiera personalmente.

-Que no les agrade -sentenció con su más fuerte acento kaeris, y comenzó a bajar del altar.

 

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GLOSARIO DEL CAPÍTULO:

Ir-sium vi-rimi ul aramire: La piedra de Rimi es venerada. (kaeris)

Ti-rimi kaela mur aramire: En Rimi las estrellas son veneradas. (kaeris)

Kaelir: Madre. (kaeris)

Kaela gir: Estrella mía. (kaeris)

Kaeris virs muri: Puedo hablar kaeris. (kaeris)

Plag nivr: Bienvenido(s). (miorino)

Levg wif lum: Estómago de bodas. (miorino)

Swr kiv-ar iter: Novio a los dioses entregar. (antiguo miorino)

Pwacr ler-ir ikav: Príncipes las manos estiren. (antiguo miorino)

Ler-ir Wavrje turgv: Las manos ante Wavr unan. (antiguo miorino)

 

¡Espero que les haya gustado!

Próximo capítulo cuando mi corazón lo pida(? (mentira, la semana que viene, ya está escrito)

Sus kudos y comentarios son mi alimento ❤️