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Como un poema dicho por una dama de rojo

Summary:

Victoria Laborde Tangle revive recuerdos que entrelazan desapariciones, rituales de caza y almuerzos familiares convertidos en sacrificios. Para ella, la palabra hembra se convierte en eje simbólico que revela la deshumanización heredada de una familia donde el canibalismo es uno de los principales pilares familiares.

Notes:

Recomiendo leer este capítulo con la canción "Animal Cannibal (Possibly in Michigan" de fondo:
https://open.spotify.com/track/2xirejSAympBuV00jrSxbW?si=djR75HOMRjiT-IeWM7GP6g

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Incondicionalidad

Chapter Text

El gorgojeo del llanto de aquella hembra fuerza a Victoria a salir de su estupor. Su mirada se alza hacia su rostro y se detiene sobre sus ojos café similares a la corteza raída de un árbol azotado por las ventiscas invernales.

No obstante, reconoce que no se ha detenido en esos ojos que le devuelven la mirada por el recordatorio de su estación favorita. Se han detenido por la similitud de los ojos de la hembra con sus ojos; se han detenido por la pupila contraída que está segura de que refleja la suya; se ha detenido porque ha reconocido humanidad en esa mirada.

Humanidad.

El peso de esa palabra en su mente es aún más doloroso que el golpe sordo proveniente de la patada que ha impactado contra un costado del torso de la hembra. Su hermano la ha pateado porque le ha dirigido la palabra, porque ha suplicado.

Suplicado.

Suplica por no ser testigo de la brutalidad de su hermano, suplica por no ser testigo de la humanidad de la hembra.

Hembra.

Evoca el desdén en la voz rasposa de su abuela, evoca sus lecciones sobre las diferencias entre ellas y las hembras. El sonido de sus palabras resuena en su cabeza, evoca la primera vez que presenció el sonido de sus propios dientes desgarrando la carne proveniente de una hembra.

Los padres de la menor desaparecida, de nombre Monserrat Obando realizaron la tarde de este martes un nuevo llamado dirigido a la comunidad a colaborar en la búsqueda en los alrededores del río Monseñor.

Mi familia disfrutaba de tener el televisor encendido durante el almuerzo. El vitoreo se hacía presente apenas la sección de desapariciones iniciaba, seguidos por platos que se alzaban frente a quien encabezaba esa mesa, esa persona, que esbozaba una sonrisa repleta de dientes cuando oía los gritos que enunciaban el éxito de un… ¿sacrificio?, ¿cacería? No recuerdo exactamente la palabra que usaban para denominar esa atrocidad que llamaban cohesión familiar.

Recuerdo mi primer almuerzo familiar. Recuerdo la carne asada cuidadosamente envuelta entre cortes curvos de lechuga y pequeños tomates situados alrededor, recuerdo el mantel blanco que ayudé a hilar a mi madre aportar solemnidad al emplatado de la carne de una… mujer.

Esa tarde mi hermano, a quien llamaba afectuosamente por su nombre en la escuela con tal de reafirmar la cercanía que proyectaba una familia numerosa viviendo a las afueras de la ciudad donde comenzaba el relieve de una gran montaña repleta de orgullosos quintrales, pero a quien me refería como señor en casa, me espetó:

- No estás honrando la comida.

Honrando.

Honrando el cuerpo de una mujer, aunque en ese momento le llamé hembra.

La voz de mi hermano era estridente, subía a una octava en cuestión de segundos, contorneándose como el balido de una oveja después de aturdirla con un mazo. Padre fue la primera persona en comparar sus gritos con el sacrificio de una oveja. Padre fue un orgulloso cazador empeñado en honrar la basta tradición familiar como cazadores en aquella zona olvidada por el gobierno municipal a la que nadie se acercaba por temor a presenciar un sacrificio a la intemperie, insistía en la integridad que aún conservaba el animal al usar un mazo y no una de esas pistolas de perno cautivo que se popularizaron tras un estudio ganadero que exponía su menor margen de error en comparación al método tradicional.

- Sólo los imbéciles imprudentes preferirían esta maldita cosa-. Concluyó ante uno de los encargados municipales responsables de la regulación del sector ganadero, mientras le devolvía la pistola que minutos antes había presentado ante Padre como una solución a la carne dura que abastecía las carnicerías del área precordillerana.

- Laborde, piense en como esto favorecería su negocio, ¡sus hijos no tendrían que cargar con ese mazo! -. Dijo el hombre, apuntando con su mano que ahora cargaba con el “arma para sacrificios” como insistía en llamarla.

- El mazo es lo que siempre se ha usado en esta familia, eso no cambiará para acomodarlos a ustedes y su incapacidad para atestar un buen golpe -, Su voz de bajo se hacía presente en las confrontaciones, entonando frases como ladridos de advertencia de un perro pastoreando ovejas. – Agradezco su oferta, pero no me ofenda presentando esa cosa como el evento del siglo.

El encargado tras un suspiro acercó su mano para estrechar la mano de Padre en señal de mutuo acuerdo, pese a que volvería en dos ocasiones insistiendo en que todos los otros dueños de negocios ganaderos habían accedido al cambio.

Franco se esforzaba para enorgullecer a Padre. Una vez él señaló con otro ladrido que gimiera como los animales que comercializábamos era indigno de un sucesor de esos cazadores que ambos tanto idolatraban, Franco empezó a practicar su voz para asemejarse a los ladridos territoriales que tanto caracterizaban a Padre. Por ello, su voz adquirió un falso tono de bajo que se desmoronaba fácilmente por la incipiente adolescencia que se acumulaba en los costados de su rostro y su barbilla. Uno de esos chillidos ocasionales captó mi atención.

- ¿Oíste? –Preguntó.

Imagino que sus mejillas se sonrosaron levemente por la súbita agudeza en su voz, sin embargo, no puedo asegurar de que así fuera, en casa estaba prohibido alzar la vista hacia uno de los mayores sin desafiar directamente la autoridad que sus padres les habían confiado tras la iniciación. Ese era uno de los ritos que la familia conservaba de sus tiempos como recién llegados a esta zona rural de la ciudad, cuando aún los Laborde eran una familia más que sufría de hambre durante el invierno devastador característico de vivir en las faldas de una montaña. Los más aptos, quienes luego se convertirían en los cabecillas de la familia e iniciarían la tradición, conocían la sensación de la hambruna carcomiendo sus huesos, el frío asentándose en lo más profundo de su ser, fue quizás ese mordaz frío aquel que los orilló a convertirse en esas bestias devora neonatos.

El canto del reloj me hizo soltar un suspiro de sorpresa.

- Me disculpo por ser tan explícita –Susurro una vez el reloj dejó de emitir sonido.

- No es necesario que se disculpe -Me asegura una voz monótona.

- Me parece necesario disculparme después de reafirmar la naturaleza de mi familia -. Aclaro. Me detengo brevemente en sus ojos almendrados, los mismos que se contraían cada vez hacía alusión al canibalismo.

- Insisto, señorita Tagle.

- Gracias -Respondo, sin estar segura de sí debo agradecerle.

Minerva Schmidt se levanta del sillón de cuero burdeo en que ha estado sentada desde que su secretaria me condujo a la entrada de su despacho. Junto a un suave tintineo de las hebillas de sus zapatos de charol negro, se dirige a la puerta para abrirla.

- ¿La veré la próxima semana? -Su voz de contralto se curva en una pequeña sonrisa que me ofrece serenidad.

- Lo hará.

- Ha sido un placer, señorita Tangle.

- Adiós, doctora Schmidt -. Me dirijo al vestíbulo del despacho, deteniéndome brevemente para despedirme de su secretaria, quien me ha observado con expectación desde que ingresé a la consulta.

La palabra hembra danza en mi lengua mientras toco los botones del ascensor.

Notes:

Espero hayan disfrutado de este primer capítulo, hasta pronto!