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Hibernación.

Summary:

Aislado en un apartamento en Colorado, Craig decide emprender un experimento radical: dormir durante un año entero. Movido por la apatía, el desencanto y una visión distorsionada del descanso como escape, se sumerge en una rutina de sedantes, oscuridad y sueños distorsionados. Mientras el mundo sigue girando afuera, él se encierra cada vez más en su cápsula de inercia, ignorando llamadas y preocupaciones.

Su letargo se rompe cuando regresa a South Park y se encuentra con sus amistades de infancia.

Chapter Text

Cada vez que despertaba, de día o de noche, me arrastraba por el largo vestíbulo principal de mi apretado hogar. Me tambaleaba por los pasillos en dirección a la tenda, que nunca cerraba, y pedía dos grandes sin azúcar. El primero me lo tomaba de un trago mientras subía en el ascensor hasta mi piso; el segundo apenas lo tocaba en el transcurso de la mañana. Pasaba horas viendo películas, noticias sensacionalistas y chismes de farándula antes de finalmente dar el último sorbo. Así transcurrían mis días sin realmente transcurrir.

Sin embargo, había dejado esa rutina tiempo atrás. Ahora pasaba mis días durmiendo y pensando en Thomas. Pasaron meses, días, horas, y yo despertaba encontrando que había hecho pedidos de comida a domicilio: comida china, pizzas e incluso, a veces, combos familiares de pasitas. Pedidos que terminaba llamando para cancelar, lo que me molestaba bastante, pues odiaba hablar con la gente. Había empezado a perder el control de mis actos, así como la lucidez de los mismos.

Al principio, limpiaba con regularidad lo que en algún momento había sido mi departamento de soltero, enceraba el suelo, limpiaba los muebles, aspiraba la moqueta. En algún punto entre mayo y junio, dejó de importarme y permití que el polvo y la mugre se acumularan sobre mis pertenencias. También solía pagarle a alguien para que recogiera mi ropa sucia, la llevara a la lavandería y me la trajera oliendo a suavizante y detergente. Disfrutaba abrir las bolsas y hundir el rostro en el montón de ropa limpia cuando me sentía somnoliento. Con el tiempo, aquello también me pareció una molestia. Empecé a tirar mis calzoncillos cuando estaban sucios y comprar nuevos. De todas formas, los viejos me recordaban a Thomas.

Recibía muestras de perfume, a veces ropa y carteras junto a ejemplares de revistas cuya suscripción pagaba mi hermana y que, seguramente, había olvidado hace tiempo que seguía pagando. A veces me despertaba y encontraba paquetes de ropa que no recordaba haber pedido y que nunca me pondría: sacos, camisas, pantalones formales. Otras veces, ropa deportiva como sudaderas y pantalones cortos, similares a los que usaban los modelos de las revistas.

Me bañaba una vez a la semana, como mucho. Dejé de cortarme el cabello, de rasurarme el poco vello facial que me salía. Había dejado de ir al gimnasio, de lavarme los dientes, de salir de casa. Tenía el alquiler pagado por adelantado y también los impuestos anuales de la vieja casa de mis padres muertos. Los inquilinos de esa casa me enviaban la renta por correo, y el seguro de desempleo me llegaba todas las semanas, siempre y cuando presionara el numero uno en la operadora, prometiendo que me había esforzado ese mes en conseguir empleo. Eso bastaba y sobraba para financiar mi estilo de vida descuidado.

También tenía al asesor financiero de mi padre, que había invertido en quién sabe qué y nos enviaba informes a mi hermana y a mí. Nunca los leía. Tenía un montón de dinero en mi cuenta de ahorros, la misma que abrí en la universidad y jamás usé. Además, tenía un monton de crédito en la Visa, así que el dinero nunca fue un problema.

Había comenzado a "hibernar" a mediados de el 2000. Tenía veintiséis años y había perdido el interés en relacionarme. Había perdido la vitalidad que en algún momento tuve. Mis músculos se habían atrofiado y mi rostro, que muchas mujeres habían llamado atractivo, tenía siempre sudor y uno que otro grano que no me molestaba en tratar. Había visto, desde el espacio entre la persiana y la ventana, pasar el amarillo verano y el frío otoño. Pasaba la mayor parte de mis días acostado en el sofá frente al televisor, viendo en su mayoría películas. No soportaba la televisión normal, aunque, he de admitir, al principio estaba más que fascinado con ella. Pasaba los días enteros jugueteando con los botones del control a distancia, cambiando de canal sin siquiera prestar atención. Era demasiado para mí.

Alguien importante se moría, secuestraban a un niño, un político había robado dinero, adictos se inyectaban heroína a plena luz del día. Pasaban cosas en Colorado, siempre pasan, pero ya no me afectaban. Ese es el encanto del sueño: es como morir sin hacerlo. Quedar inconsciente y olvidar lo que pasa afuera. Era fácil ignorar lo que no me incumbía: que un tsunami matara personas, que hubieran asesinado al jefe de policía. Podrían habernos invadido los aliens o la gente cangrejo, y lo recordaría más como un sueño que como una vivencia.

Por aquellos años solo podía leer las revistas de moda masculina que eran entregadas junto con más muestras de perfume y el periódico, lleno de noticias amarillistas y chismes de farándula que olvidaba tan pronto terminaba de leerlos. Y en cuanto notaba que mis pastillas comenzaban a escasear, me aventuraba a la farmacia más cercana. No importaba la hora, nevara o lloviera. Bajaba las escaleras y caminaba menos de cinco calles, hasta que un anuncio neón con los números "24/7" me recibía. Era una farmacia pequeña junto a una tienda de conveniencia, estaban tan juntas que parecían el mismo lugar si los mirabas desde afuera. Al entrar, siempre me saludaba una de las cuatro trabajadoras. Todas tenían los ojos pintados con colores llamativos; todas eran casi tan guapas como las chicas pasitas. Unas más que otras, pero todas convencionalmente atractivas. Además de mi psiquiatra, y mi amigo Stan. Probablemente eran las personas a las que más veía.

Cuando recién me había mudado al barrio todas habían tonteado conmigo hasta el hartazgo, guiándome el ojo o pidiéndome el número. Pero en cuanto comencé a entrar arrastrando los pies a horas extrañas con lagañas en los ojos y porquería en la boca habían dejado de intentar ganarse mi cariño.

—Tienes algo aquí— Me dijo una vez una mientras se señalaba la barbilla con los largos dedos y esmalte de uñas rojo brillante.

Yo hice un gesto con la mano tocándome la cara descubriendo que tenía costras de pasta de dientes y residuos de saliva. Tiempo después descubrí que las chicas habían comenzado a llamarme apestoso o vagabundo entre risas, también por alguna razón me dejaban llevarme cigarrillos, supongo como una especie de broma entre ellas. También descubrí después de un tiempo que tenían una máquina de café en la tienda de al lado, era una mierda sin embargo no tenía que caminar y esperar 30 minutos a que la persona delante mío terminará de pedir su bebida de nombre impronunciable o innecesariamente largo. Comencé a comprar café en la tienda más por comodidad que por gusto. Las cosas siempre eran iguales y eso me gustaba. Las revistas afuera dándome la bienvenida, los estantes llenos de comida basura y chicles frente a la caja registradora.

Toda mi tranquilidad era interrumpida de vez en cuando por Stan que se aparecía con una botella de vino en mano e insistía en hacerme compañía. Stan y yo habíamos crecido juntos en el mismo pueblo al sur de Colorado, South Park era su nombre. En la infancia no nos agradabamos mucho pero en cuanto crecimos y ambos terminamos en las mismas clases en la universidad, nos hicimos cercanos. Su madre se estaba muriendo de cáncer en la granja de su padre al que odiaba, eso entre otras cosas eran las razones por las que se me quitaban las ganas de verle.

—¿Te olvidaste que venía?— Me dijo mientras entraba empujando la puerta del apartamento —Hablamos anoche ¿te acuerdas?

Me gustaba llamarlo cuando las pastillas para dormir y los demás medicamentos comenzaban a hacerme efecto. Comenzaba a hablar de cosas que habían pasado cuando eramos niños y de caricaturas y programas que veía en mi infancia. El decía que le parecía bien y me dejaba ser.

—Anoche me contaste toda la trama de Red Racer, hiciste la escena del despegue y todo— Dijo mientras ponía unas bolsas con lo que probablemente era alcohol en la cocina.
—Esa fue la única película buena.
—Eso mismo dijiste anoche.

Me sentía tanto aliviado como molesto en cuanto aparecía Stan en mi casa. Como cuando estas a punto de suicidarte y alguien llegaba a interrumpirlo. Por supuesto no era como si yo fuera a suicidarme.

—Hueles horrible— Dijo una vez me tuvo de frente —Date una ducha y yo sacaré la basura.

Quería a Stan, pero ya no me agradaba, ni siquiera era como cuando eramos niños que su presencia me molestaba pero era divertido tenerle cerca. Lo único que teníamos en común y aun nos unía era nuestro pasado juntos. Nos habíamos hecho cercanos en cuanto entramos a la universidad y a ambos nos daba pereza hacer más amigos que probablemente serían unos idiotas. Ambos nos habíamos vuelto cínicos con el tiempo. Solíamos beber juntos mientras se quejaba de lo idiota que se había vuelto Kyle o sobre lo mezquina que se había vuelto Wendy. Al terminar la universidad comenzó a trabajar en una agencia que tenía algo que ver con seguros, siempre que le preguntaba por su puesto solía evadir la pregunta. Stan había recuperado contacto con Wendy tiempo atrás, ambos mantenían una relación la cual ambos habían dejado de disfrutar y parecían seguir juntos más por costumbre que por amor.

—¡Todos hablan mierda y no parecen darse cuenta de que hablan mierda!— Me dijo una vez mientras bebía en mi piso —¡Y esperan que yo no me moleste con ellos por hablar mierda!.

Stan era hijo de los Marsh, tenía una hermana y unos padres que a pesar de todo se negaban a divorciarse. Su padre había comprado una granja cuando era niño haciendo que poco a poco se distanciara de su grupo de amigos que más de una vez me causaron dolores de cabeza en la infancia. A menudo me hablaba de cómo todos se habían vuelto unos idiotas que en sus palabras solo sabían hablar mierda. Se quejaba de todo y todos, incluyendo a su novia: Wendy.

Wendy había crecido con nosotros y había tenido una relación con Stan en el pasado, más adelante recuperarian el contacto y decidirían "comenzar de nuevo". Tenía los ojos marrones, un largo y espeso cabello negro que había cortado hasta los hombros una vez entró a la universidad. Piel melocotón y facciones finas. Bastante guapa a mi parecer. Sin embargo las cosas en su relación no parecían ir bien pues siempre parecían pelear. Siempre que le preguntaba a Stan por qué seguían juntos, el tonteaba un rato conmigo antes de finalmente decirme que yo no sabía nada del amor.

—Es por que eres un idiota, por eso— Decía cada que hablaba sobre mis relaciones pasadas—Lo semejante, atrae lo semejante.

Stan como amigo era raro, aveces podría ser cariñoso y hablar de cuanto amaba a sus amigos y otras podía decirte que te fueras a la mierda sin una explicación del por qué. Sin embargo siempre regresaba disculpándose y arrastrando los pies. El no podía entender o más bien se negaba a entender  el por que quería pasar mis días durmiendo. Él decía que había que seguir viviendo no importaba que tan mal se pusieran las cosas. Wendy lo había contagiado con su positivismo.

Cuando en verano comencé a dormir, Stan y Wendy me invitaron a la playa diciendo que solo necesitaba aire y la luz del sol. Me negué hasta que dejaron de molestar con eso, solo para que Stan comenzará a molestar con sus comentarios idiotas; "desperdicias tus mejores años", "deberías de salir más", "si salieras más, ya hubieras conseguido alguien mejor que Thomas". Y el que más irónico me parecía; "fumar mata" este último lo decía como si él no perdiera el conocimiento con botellas y botellas de alcohol que a la larga, también mataban.
—Ya no somos niños, Stan. Me cuido solo.—
—Nos preocupamos por ti por que nos importas, por que te queremos— Decía él. Siempre hablaba en plural como si Wendy también estuviera tan preocupada por mí como él.

Stan era buen amigo cuando quería y se le había pegado lo de hacerse el buen samaritano de Kyle. Así que cuando no hablaba mierda de todos, venía a ayudarme en el departamento Para él, era lo mismo que ir al hospital a jugar con niños moribundos. No era una mala persona, pero tampoco era el tipo de persona que querías cerca.  Stan creía que no me daba cuenta de cuando mezclaba su alcohol con pastillas que sabrá dios que eran. Probablemente drogas aunque el juraba que no era adicto a nada, ni siquiera al alcohol. Estaba endeudado por la universidad y por años de exceder el límite de sus tarjetas bancarias, robaba dinero de la cuenta de su padre y apenas si hablaba con su familia, la única vez que de verdad estaba con ellos era cuando su madre se ponía grave y todos creían que moriría.

Odiaba a su padre y su granja, pero más que nada, odiaba su vida, sin embargo él no era como yo que abiertamente me quejaba de la vida y lo mierda que era. El sentía la necesidad de mantenerse positivo para evitar que la gente se alejara de él, como le había pasado de niño. Nada le dolía a más a Stan que alguien fuera tan pesimista como él y que aún así pareciera estar bien con las consecuencias de serlo.

—¿No estas molesto con Clyde o Tolkien?
—¿Por qué debería?
—¿Por qué ambos se alejaron y ni siquiera preguntan cómo estás?
—No.
—Pero ¿no te hace sentir mal que a tus amigos les importes un carajo?
—¿Te haría sentir mejor si te digo que si?
—No—Dijo el después de pensárselo un rato—Solo, me sorprende.

Stan no intentaba ocultar ni un poco la envidia que sentía por mi, pues cada que me pasaba algo bueno decía que no era para tanto. Incluso cuando comencé a salir con Thomas, el decia: "no es para tanto, ya veras". Finalmente después de años, cuando le conté que quería casarme con Thomas, dijo "no es justo". Aveces incluso sentía que Stan creía que tenía todo más fácil por alguna razón, aveces decía que era por que era gay, otras por que era guapo y otras tantas ya no sabia ni que inventarse.

—Tienes a tantas chicas lindas detrás tuyo y decides ser gay— Decía él cada que alguna mujer guapa tonteaba conmigo.
—¿Crees que es es por que soy gay?—Dije yo, ya sabiendo que diría alguna idiotez.
—No, creo que es por que eres guapo.

En realidad él también era atractivo, tenía ojos azules y aunque no se cuidaba mucho, era bastante guapo.

—No deberías de mezclar pastillas con alcohol— La voz de Stan me trajo de vuelta al mundo real, acababa de tomar la ducha que Stan me había pedido que tomara y estábamos sentados en el sofá bebiendo. A Stan no le gustaba que usará "drogas". A pesar de que más de una vez lo vi haciendo lo mismo que él me decía que no hiciera. Stan iba a bares con la excusa de "pasar el rato". Se podía tomar un whisky de un trago. Aveces tomaba ibuprofeno en cada trago pues decía que así mantenía el ritmo. Pero tenía razón, yo me metía una docena de pastillas, pero la diferencia es que yo lo regulaba o al menos eso quería creer. Quería creer que tenía todo bajo control. Solo quería dormir sin parar, ese era mi plan.

Cuando Stan se ponía borracho subía los pies en la mesa, tiraba lo que sea que estuviera encima para acomodarse y hablaba y hablaba de Kyle y Wendy. Me ponia al día de los chismes que le contaban sus amigos que ya no frecuentaba y se quejaba de todo y todos. Y al final, lloraba por su madre, lloraba por lo estúpido que era su padre y lloraba por no hablarse con su hermana.

—Ya ni siquiera puedo ver a mi madre sin llorar y cada que veo a mi padre, parece ser más idiota que antes y Shelley ya ni siquiera quiere verme— Decía entre lágrimas y con los mocos embarrados por sus mejillas.—Wendy dice que todo va a estar bien, pero nunca parece escucharme. Me siento tan triste, me siento muy solo.
—Todos estamos solos, Stan.
No es que fuera insensible pero era verdad, él estaba solo, yo estaba solo.
—Se que tengo que estar listo para cuando finalmente me den la noticia de que mi mamá murió. Ni siquiera estoy seguro de que sepa todo sobre su enfermedad. Shelley solo me escribe para pedirme dinero para los medicamentos. —Hundía su rostro entre sus piernas y lloraba un buen rato antes de volver a hablar. —Solo quiero que las cosas sean como cuando eramos niños, solo quiero salir de nuevo con Kyle, Cartman y Kenny y olvidarme del idiota de mi padre, de mi madre enferma. Quiero que alguien me abrace ¿Es eso patético?
—Estás borracho, Stan.—Le decía sin mirarlo, me daba pena verle llorar.
—Y luego esta lo de Wendy, preferiría matarme a quedarme solo otra vez.
—Al menos tienes esa opción.

Después de eso él se quedaba dormido y si después tenía ganas pedíamos comida a domicilio y veíamos películas estúpidas. Yo prefería ver VHS pero Stan siempre insistía en ver lo más "nuevo" pues según él. Entre más nuevo, mejor. Por aquellos tiempos Stan pasaba sus tiempos libres ojeando las revistas de Wendy a escondidas. Sentía orgullo de saber más sobre la cultura pop de la época y de "saber vestir bien" para ser hombre. Aveces intentaba darme consejos de moda y otras veces me hablaba sobre las cosas que se había comprado, perfumes y ropa que llenarían su departamento.

El departamento de Stan estaba al otro lado de la ciudad, estaba en el cuarto piso de un edificio sin ascensor y olía a ropa sudada, comida procesada, lejía y colonia barata. Fui solo dos veces en 5 años apesar de que cuando recién se mudo me había dado un juego de llaves. Igual no hacía falta pues Stan era el que pasaba a verme. Probablemente le gustaba que el portero le reconociera, subir por el ascensor y caminar a través del largo pasillo cuya decoración recordaba a un hotel y finalmente llegar a mi puerta. Donde me vería despilfarrar dinero que no gane yo y hundirme en la cama. La presencia de Stan me molestaba de cierto modo, lo veía como una molestia, pero por más que lo empujará, insistía en permanecer a mi lado. Creo que muy en el fondo me odiaba y odiaba mi presencia tanto como yo la suya. Me veía luchar contra mi sufrimiento como si fuera una contraparte del suyo propio. Yo había elegido mi soledad y falta de propósito mientras que él simplemente no podía conseguir lo que quería: una familia, hijos y una carrera fabulosa.

Así que cuando empecé a dormir creo que sintió cierta satisfacción al verme desmoronar y convertirme en el vago sucio que esperaba que fuera. En un principio eso me molesto un poco, por lo que discutíamos a menudo. Me imagino que así debe de ser tener un hermano, alguien que te quiere pero sigue molestando y recalcando tus errores cada que puede, alguien con el que puedes hablar de bolas y decir chistes obscenos un segundo para el siguiente pelear por alguna tontería.

Una noche Stan nos hizo una foto polaroid mientras dormía, él sonreía en la esquina inferior de la foto, él hacía un gesto de amor y paz con la mano, mientras en el otro lado, yo estaba durmiendo con la boca abierta y la frente sudada. Yo la colgué en el refrigerador como una forma de recordarme lo poco que disfrutaba de su presencia cada que pensara en llamarle cuando las pastillas o el alcohol comenzaban a hacerme efecto, pero Stan lo tomo como una muestra de afecto y comenzó a hacerme más cada que se quedaba a dormir.

Wendy por otro lado alimentaba a Stan con libros y CDs de auto ayuda. Así que cada cierto tiempo tenía que oírle hablar de lo que sea que fuera su nueva filosofía.

—Tienes que darte cuenta que necesitas ayuda, muchas personas se niegan a obtener ayuda.
—Tengo un psiquiatra.
—El psiquiatra no hará todo el trabajo— Odiaba cuando hablaba así. —Tienes que poner de tu parte aunque sea difícil— Repetia hasta el hartazgo lo que sea que dijera su nuevo libro sin embargo no aplicaba para el. —Vente al bar conmigo, hoy es 2x1 — Ignoraba sus enseñanzas siempre y cuando se tratara de alcohol, pero se había comenzado a sentir culpable con el tiempo así que siempre trataba de arrastrarme con él a los bares y discotecas.
—No quiero salir, Stan— Le respondí.
Él jugueteo con su camiseta un rato y se quedó mirando al suelo.
—Te extraño mucho— Dijo con la voz quebrada. Probablemente creyó que sus palabras me llegarían al corazón.
Llevaba todo el día sedado por las pastillas.
—A lo mejor ya no deberíamos vernos más— Dije aun recostado mirando al techo, sin voltear a verle.—Lo he pensado y no veo una razón por la que deberíamos de seguir siendo amigos

El se sentó en la cama y no dijo nada por dos minutos, volteo a verme e hizo ese gesto que siempre hacía cuando estaba a punto de llorar, yo trate de aguantarme la risa mientras le veía balbucear y recomponerse antes de hablar.

—No me puedes echar...—Decía con lagrimas amenzando salir de sus ojos.— Soy tu único amigo, eso sería muy autodestructivo.

No dije nada, tome un sorbo de mi cerveza y volví a recostarme, como si él no estuviera ahí. Eso pareció molestarle aún más, pues en tono sarcástico me dijo.

—Al menos yo trato de esforzarme por conseguir lo que quiero y mejorar— Dijo con los ojos vidriosos— ¿Tú qué esperas de tu vida además de esto?— Hizo un ademán con las manos y volvió a mirar al suelo, nos quedamos callados por unos minutos y finalmente le respondí.

—Quería ser astronauta, pero soy muy tonto para eso— Dije ignorando su tono sarcástico, había aprendido con el tiempo que era mejor no pelear con él.
—Bastante—Me miró con una sonrisa extraña, miro al suelo unos momentos. Y sin decir nada se levantó tambaleándose y se dirigió a la puerta. Le escuché cerrar la puerta detrás suyo y me quedé dormido.