Work Text:
No solo es un regalo hermoso, sino que también encierra un sentimiento espiritual. La orquídea simboliza lujo, belleza, fuerza y fertilidad. Y la orquídea Phalaenopsis representa elegancia y solidaridad. Regalar una orquídea transmite el mensaje de "Eres especial, hermosa y te mereces algo hermoso".
George trabaja las joyas con devoción. Desde los collares con montones de dijes, cadenas y brillantes hasta la alianza matrimonial de oro blanco más sencilla. Ama lo que hace, y ama hacerlo bien.
Sin embargo duda cuando el amor de su vida, su mejor amigo, se le acerca pidiendo que le haga un anillo para confesarse a la persona que le gusta.
Ocurre una tarde de frío otoñal en su taller. Está bien calefaccionado y huele a metal, impregnado en la esencia del arte que hace George. Trabaja en el dije de un brazalete de alpaca realmente complicado, puliendo una piedra preciosa verde para que quede el óvalo más prolijo posible, cuando un golpe en la puerta lo distrae de su labor.
Deja la piedra sobre la mesa, se coloca los lentes protectores sobre la frente y seca sus manos en el delantal gastado antes de abrir la puerta.
El frío entra, pero todo lo que puede sentir es calidez al ver la sonrisa hermosa de Dream al otro lado de la puerta.
Sonríe, tal vez más de lo que debería. Le gusta encontrarse a la gente que quiere por ahí, y cuando se mudó solo, descubrió que sentía la misma emoción cuando lo visitaban de sorpresa. Tener a Dream de visita sorpresa en su taller casi le hace saltar de alegría.
—Hey —Dream se encoge más cerca suyo con las manos en los bolsillos.
—¡Hey! —le duelen las mejillas de tanto sonreír y el frío le congela las encías—. Pasa, está helado afuera.
Dream entra con un suspiro sacando las manos enguantadas de sus bolsillos, frotándolas entre sí. Ve el caos sobre la mesa de trabajo y se sienta en su banco.
—¿En qué has estado trabajando, Georgie?
El apodo hace que se le llene el estómago de mariposas.
—Eh, sólo un brazalete. Empecé a trabajar con piedras preciosas —se acerca a su costado con las manos en los bolsillos de su pantalón.
Dream levanta la piedra para observarla más cerca de la luz.
—¿Con cuáles trabajaste ya?
George se toma un segundo para pensar.
—Amatista, piedra de luna, ágata... ópalo... algunas más, pero no recuerdo los nombres. ¿Puede que esa sea mariquita?
—Malaquita —le corrige con una sonrisa.
—Es lo mismo.
Dream ríe suavemente acariciando su trabajo.
—Es un muy buen trabajo, George —dice mientras acaricia los gravados del brazalete.
George no sabe recibir elogios, y muchas veces los niega o los ignora, pero hay algunos realmente específicos —tanto que le cuesta reconocerlos— que le hacen sentir como si brotaran flores en su interior. Este en particular le hacen querer levantar los brazos y gritar, muy probablemente porque venga de Dream.
—Gracias —ríe nervioso, con las mejillas rojas. El calor de los artefactos con que trabaja y la calefacción pueden servir de excusa para su color.
Dream se saca los guantes, los mete en los bolsillos de su campera y la deja doblada sobre su regazo. Luce un suéter de lanilla escote en V color verde salvia y el cuello de una camisa blanca escapa de los costados.
—¿Qué te trae a la guarida del dragón? —pregunta George con tono juguetón.
El chico rubio ríe con más fuerza.
—Realmente eres un dragón, con todas estas joyas y máquinas de calor... —sacude la cabeza levemente, mirando las pinzas colgadas meticulosamente arriba de la mesa de trabajo.
—¿Qué puedo decir? Este es mi tesoro.
—Estás de muy buen humor hoy, ¿qué te picó? —le pincha el costado. George salta con un quejido y se le aleja rápido.
—Estaba bien hasta que tú viniste —miente con un descaro que asustaría a Judas, brazos cruzados sobre el pecho.
—No, en realidad se te iluminaron los ojitos cuando me viste —Dream se regocija.
—¡Vasto mentiroso!
Dream sigue molestándolo con eso y George escupe mentiras mientras intenta escapar de las manos que buscan posarse en él, para hacerle cosquillas, apretarlo en un abrazo o iniciar una pelea falsa a puño limpio. Sus risas avivan el fuego cuando Dream alcanza su objetivo y sigue pinchando los costados de George, que se encoge para protegerse a sí mismo y al santo ecosistema que cobra vida en su pecho cuando termina acorralado entre la pared, otra mesa y el enorme cuerpo de Dream.
Lo odia y lo ama, que se pegue a su costado con tanta confianza y el cariño casual y las palabras bonitas. No recibió este tipo de afecto nunca en su vida, pero tampoco quería fingir que no sentía nada de por medio. Anhela su toque tanto como lo quiere lejos hasta entender qué es lo que siente Dream por él.
Final y tristemente Dream se aleja y George puede soldar los cables que se cortaron de su cerebro.
—¿Quieres comer o tomar algo? —pregunta George siguiéndolo por detrás.
—Oh, no, hoy no, estoy algo corto de tiempo. La verdad es que venía a pedirte algo.
Dream se da la vuelta con su sonrisa hermosa y permanente. George suspira internamente, sintiendo cómo su rostro se ablanda y las esquinas de sus labios se levantan.
—¿Qué necesitas?
El chico toma su campera y saca su cuaderno de bocetos de un bolsillo interno. Abre una página marcada y se lo tiende a George.
Dream es muy buen dibujante. Maneja lápiz, tinta, carboncillo, óleo, pastel al óleo, pastel a la tiza y cualquier cosa que le dieras y deje una estela de color cuando la pasas por una superficie. Cuando George le mostró cómo trabajan los joyeros, Dream se interesó en los bocetos, y empezó a diseñar sus propias joyas en base a sus conocimientos de materiales de artística y fragmentos de conversaciones sobre bisutería artesanal. Secretamente, George tomó inspiración de varios de sus bocetos para llevar a cabo su negocio por encargos.
Este en particular era uno muy trabajado. El boceto a carbonilla exponía en el centro de la hoja un precioso anillo que simulaba ser una rama de orquídeas envuelta alrededor del dedo. Una flecha iniciaba en las flores y señalaba hacia otro boceto que graficaba la flor más a detalle: pétalos con un pequeño borde metálico pintados con esmalte blanco y centro señalado como rosa frambuesa, igual que el labelo, y un estrás en la punta de la columna.
George mira el boceto con los labios entreabiertos y la admiración tallada en su rostro.
—¿Qué te parece? —pregunta Dream pegado a su hombro. George lo mira, aún asombrado y deslumbrado por el verde espectacular de sus ojos que ni siquiera su incapacidad para ver los colores puede alterar.
Vuelve a mirar las orquídeas, el detalle de las ramas y los materiales y colores señalados para cada parte de la pieza.
—Es preciosísimo —murmura George rozando el boceto con las yemas de los dedos.
—Gracias. Lo considero uno de mis mejores trabajos —su tono es jocoso pero igualmente bajo.
—Por supuesto que lo es.
George contempla el trabajo, memorizando desde los trazos hasta la textura de la tapa del cuaderno y la presión de sus hombros juntos.
Sale de su ensoñación cuando sabe que ha pasado demasiado tiempo y se separa lamentablemente de su contacto.
—¿Está bien si le tomo una foto? —pregunta mirándolo nervioso, con el cuaderno firme entre sus dedos.
—En realidad venía para preguntarte si puedes convertir esto en una realidad.
George alza las cejas, perdiendo los nervios.
—¡Por supuesto que sí! —asiente rápido, causando que los lentes protectores se deslicen a su frente y despeinen sus cabellos. Dream ríe mientras George se las baja al cuello y acomoda su pelo—. Me encantan todos tus bocetos, pero este en particular se fue al carajo.
—Me alegra que te guste tanto.
—Es totalmente perfecto. ¿Cuál es la ocasión? Oh, déjame adivinar: ¿el cumpleaños de Puffy?
—Me voy a confesar a alguien.
Sus pulmones olvidan cómo funcionar. Las flores se marchitan y las mariposas mueren, marcando el fin del hermoso ecosistema que Dream genera en él cada vez que lo ve.
Dream estaba... ¿enamorado?
Sus ojos empiezan a picar cuando asimilan las palabras que salieron de los hermosos labios del chico. Parpadea rápidamente y se obliga a respirar, ahora sintiendo enfermizo el olor a metal fundido que antes identificaba como cobijo. ¿Tiene sentido si dice que siente las puntas de los dedos fríos? Se da cuenta de que respira demasiado rápido y hace hasta lo imposible para relajarse.
—Eh... —murmura, pero no sabe qué decir. ¿Felicitaciones? ¿Desde hace cuánto te gusta alguien? ¿Por qué ese alguien no soy yo?
Dream suspira con una sonrisa y las mejillas enrojecidas y, Dios, George odia no ser él quien lo cause.
—Supongo que... no suelo hablar de eso. Aunque creo que ya todos sospechan que hay algo ahí, entonces... pensé que tu habilidad es la única que podría hacer algo tan hermoso como para obligarme a no retroceder a último momento.
George se obliga a inhalar y exhalar a pesar del dolor en su corazón.
¿Por qué, de todos los joyeros? Se pregunta internamente.
Dream... estaba enamorado.
Y no de George.
—Okay... —suspira George, con la voz más rota de lo que debería. Se aclara la garganta—. Perdón, sólo... me agarraste desprevenido.
Y enamorado.
—Sí, lo siento, supongo que me abrumo fácil.
Terriblemente enamorado.
—Está bien.
Pero nada lo está.
—Sí.
—Sí...
Se hace el silencio. El dolor punzante en el pecho se consolida conforme pasan los segundos, las lágrimas le pinchan los ojos con el deseo de salir.
—Bien, si puedes hacerlo... en la página de atrás están los detalles. Materiales, talle, todo eso.
—Oh, sí —George da vuelta la hoja para poder ver algo que no sea el rostro de su amado enamorado.
—Es pequeño, un talle diecisiete —dice Dream, dolorosamente cerca suyo, señalando la especificación con un dedo.
—Ah, el mismo que yo... —puede sentir cómo las lágrimas encuentran una posible vía de escape. Hace lo posible por retenerlas.
—Sí, tiene tus manos —asiente Dream, ajeno a su enfermiza reacción.
Dream sigue divagando sobre los materiales y dudando sobre los que no tiene conocimientos muy profundos. George no hace más que asentir, con la cabeza llena de dolores y olor a flores marchitas hormigueando en su nariz.
Finalmente, se encuentran en el marco de la puerta. El frío se cuela adentro, pero ni de broma causa más escalofríos que la idea de Dream amando a alguien más.
—Tómate todo el tiempo que quieras. Es más, ni siquiera lo necesito para una fecha exacta, así que ve a tu ritmo. Sé de antemano que tu trabajo es espectacular.
Dream baja las escaleras entusiasmado, dejando atrás los pedazos del corazón destrozado de George y pétalos marchitos.
—Sí, seguro...
—Muchísimas gracias por darme una mano en esto, George.
Dream posa ambas manos sobre sus hombros. Está un escalón por debajo del de George, por lo que tiene una visión perfecta y dolorosa del maravilloso verde de sus ojos, las pequitas que manchan todo su rostro como si fueran acuarela salpicada, los dientes asomando en una sonrisa preciosa bordada por labios perfectos...
—Gracias por confiar en mí —susurra roto, dolido.
Como si quisiera hacerle sentir el hueco del lugar donde debería estar su corazón, le da un abrazo, rápido y fuerte, antes de marcharse.
George voltea, entra, cierra la puerta, se desliza hasta el suelo y llora.
☆☆☆
George se interna en el taller.
Trabaja día y noche durante dos semanas. Más de una vez se durmió sobre la mesa y más de una vez estuvo diez minutos sacándose pedacitos de alambre que pincharon su piel y aplicando pomada para las veces que dejaron cortes.
Quiere terminar el anillo rápido y terminar rápido esta etapa de sufrimiento. Está tan enfocado en su sufrir que el anillo es lo único en lo que puede concentrarse.
George se encontró a sí mismo preguntándose por qué no podía ser él, pero la respuesta es bastante obvia. Vamos, Dream es una persona hermosa, seguro le gusta una persona hermosa que merece un anillo hermoso. Dream es rubio y hermoso y amable y perfecto, no tiene tiempo para ponerse en algo más que una amistad con un tipo que siempre huele a metal fundido y sólo sabe hablar de por qué la alpaca es mucho mejor que la plata 925. Dream es adinerado y estético y George es sólo un artesano que se gana la vida labrando metal.
Curiosamente, sólo encuentra paz cuando pega el estrás en cada columna, cuando hace un degradé de esmalte blanco y magenta en cada pétalo y cuando pega las flores en su respectiva ramita.
Y cuando menos se da cuenta, el trabajo está terminado.
Está en automático cuando figura el hecho. Terminó de pulir el anillo y vio el destello y quedó sorprendido con su labor.
Antes de darse cuenta de lo que hace, desliza las flores a través de su anular. Le queda tan perfecto que duele. Duele el tener que imaginar ser la persona a la que Dream ama, duele tener que imaginar que su propia mano es la de su amado poniéndole el santo anillo.
Tal vez haya regado las flores con una lágrima, y otra y otra. Tal vez haya sollozado con el puño cerrado contra su pecho. Nadie es testigo de eso, así que no es nada que podamos confirmar.
Envía un mensaje.
Tu anillo está listo.
Por su propio bien, le pide a Sapnap que se lo alcance. No está listo para volver a ver a su amor con el objeto que lo va a impulsar a confesar sus sentimientos a alguien que no es él.
La expresión en el rostro de Sapnap es seria cuando pasa a buscar el anillo. Charlan un rato, toma la joya y se va.
No sale en otra semana.
☆☆☆
Sapnap prácticamente lo arrastra a su habitación, le tira un par de prendas y le da cinco minutos para vestirse antes de secuestrarlo.
Alega que la presencia de Dream y Karl esa noche iba a hacer la salida aún mejor. Genial, piensa George. Nuestros respectivos amores. Sólo a uno le fue bien. Pista: no soy yo.
Curiosamente es arrastrado a la feria donde se supone que debería estar trabajando ahora mismo, vendiendo sus producciones.
—Tú me vas a pagar la alacena esta semana —murmura de mal humor.
—Ay, ni que ganaras tan poco.
—Intenta trabajar con fuego y metal seis horas al día y después me hablas de dinero.
Sus manos están cubiertas de callos, unos viejos, otros nuevos, por el uso de pinzas y alicates. Tiene una o dos ampollas de quemaduras con materiales a altas temperaturas y rasguños de metal.
Intenta no pensar en que Dream las sostendría con cariño y les pondría curitas, porque eso no va a pasar, o al menos no con él.
En lugar de eso, se concentra en la música.
Hay banderines en zigzag colgando de los soportes de los puestos de artesanías. El camino está bordeado por guirnaldas de luces, y en el restobar al fondo del laberinto de pasillos suena una especie de jazz lento. Love Me, de The Little Willies. Qué conveniente.
La noche aún es joven, así que se encuentran con Dream y Karl en un punto específico. George intenta con todas sus fuerzas no mirar a su amor e ignorar los intentos que tiene el rubio de iniciar una conversación.
Le sale relativamente bien. Relativa, ya que se está ahogando por el nudo en la garganta, pero está bien. Hasta que le deja de salir bien.
Mira a un lado, mira al otro. No hay rastro de la parejita feliz.
Pero sí una presencia de oro y verde bosque a su lado.
Suspira con dolor.
—¿No me vas a hablar? —pregunta Dream, con ese tono que usa cuando está herido.
George se da cuenta de que es imbécil. ¿Ignorar su dolor ignorando al otro? No hace más que estar enojado por algo que, a fin de cuentas, no recae en él ni en Dream.
—Perdón, solo... estoy cansado —habla cabizbajo, caminando entre los estantes sin prestarles la atención que siempre les daba.
—Está bien, sé que estuviste trabajando mucho.
Siguen andando por ahí hasta que dan con el restobar donde quedaron para comer. Sin embargo, se quedan afuera, mirando por la ventana.
Sapnap y Karl bailaban pegaditos el uno al otro, meciéndose al compás de la música. La iluminación cálida, la música lenta y el amor legible en su lenguaje corporal hizo que George se sintiera doblemente triste.
Dream lo mira preocupado.
—George, ¿en serio estás bien?
George lo mira, sin poder evitar las lágrimas que se juntan en sus ojos por el tono vulnerable de Dream.
Vuelve a mirar a sus amigos.
—Supongo que, me siento... solo —se atreve a hablar, lo más sincero que ha dicho en meses.
—¿Por qué ibas a estarlo?
Se queda así, simplemente parado viendo a sus dos amigos susurrarse cosas al oído mientras bailan en un ambiente perfecto.
—Como... muy soltero.
Dream ríe con suavidad. George siente cómo el chiste hace el efecto que tenía destinado y afloja la tensión en su pecho para permitirle seguir hablando.
—O sea, míralos. No me sorprende que Karl esté tan de novio, pero ¿Sapnap? Ese chico es un caos, y míralos. Están total e indiscutiblemente felices, podrían casarse, mudarse y adoptar niños, todo, el día de mañana, y las cosas seguirían perfectamente bien entre ellos. Y luego estás tú con tu amor misterioso... —se le corta la voz—. Y luego estoy yo...
Se abstiene de presionarse los ojos, porque sabe por experiencia que eso le va a hacer lagrimear más.
—A mí tampoco me fue bien.
El cerebro de George se traba.
Voltea y mira orbes verdes.
—¿Por qué?
Dream se encoge de hombros.
—Creo que me evitó.
—Ah... fantástico —murmura con las lágrimas amargas opacando su tono.
—Sí —asiente Dream, con el descaro de sacar el anillo de su bolsillo—. Fabuloso.
George no quiere abrir la boca, porque sabe que si sus llantos no hacen incomprensibles sus palabras, va a terminar confesando todo lo que siente.
—¿Damos una vuelta? —sugiere Dream señalando el puente que atraviesa un pequeño río.
Posiblemente terminaría arrepentido y herido, pero caminan juntos.
Es un silencio extraño. No es incómodo, pero hay algo tenso entre los dos mientras cruzan el camino empedrado, el sector de puestos de comida y el anfiteatro vacío en dirección al pequeño puente.
La imagen era digna de una velada romántica. Luz de luna acariciando el río, sauces llorones ondeando al viento y nuestro protagonista y su enamorado mirando la escena con los brazos apoyados sobre la barandilla. Del puente cuelgan candados con iniciales que nunca serán C y G, rozados apenas por las luces azuladas del restobar, las doradas de la feria y el plateado lunar. La imagen era digna de una velada que iba a acabar con la cordura de George, quien sabía desde el principio que sus lágrimas van a terminar exponiéndolo, porque todo lo que puede pensar es en cómo el frío trae consigo las ganas de pegarse a su costado y sentir su calor corporal atravesar la tela de su camisa.
Todo lo que no sean Dream y George está aparte en este momento exacto. La música del restobar es apenas audible, los grillos entonan melodías para sus oyentes y los candados se burlan del amor que nunca florecerá.
—¿Por qué no le insististe? —pregunta George, aceptando su destino de dolor.
Dream se queda callado unos segundos, algo extraño para su personalidad.
—No quiero molestarle. Es la persona más importante en mi vida.
Se traga las lágrimas de un recuerdo donde se le dirigían esas mismas palabras en un tono demasiado casual para ser en serio. Ignora con dolencia total cómo Dream juega con el anillo entre sus dedos, apreciando cada minuto de trabajo en él.
Ríe amargamente, con la esperanza de que el falso humor le ayudara a disimular el tono roto.
—Por supuesto que tenía que venir alguien y usurpar mi puesto —comenta, más triste de lo que debería.
—Por supuesto que nadie más que tú va a ocupar ese lugar.
—Ah, ¿y entonces?
George consigue forzar una sonrisa y voltea a mirarlo. Los ojos de Dream estaban clavados en su perfil con antelación, ese verde intenso y honesto y lleno de amor con tantos sentimientos para mostrar.
Sus ojos brillantes, emocionados. Su sonrisa tan sincera como todo de él.
Entonces, se da cuenta.
—Oh.
Oh.
¿Habrá posibilidad?
El nerviosismo se lee en el lenguaje corporal de Dream cuando se ponen frente a frente. Mientras George siente que puede respirar nuevamente, el otro chico parece querer encogerse hasta desaparecer, siguiendo adelante únicamente por un anillo de plata entre sus dedos demasiado grandes como para que sea suyo.
—George —susurra—. Eres tan hermoso. Disfruto tu compañía como ninguna otra. Me divierto tanto contigo que el mundo podría estar acabándose y yo lo olvidaría cada vez que hagas un chiste, o hables o simplemente me mires. Eres el mejor amigo que alguna vez pude soñar tener, la única persona con la que soy realmente yo mismo, y... estoy asustado.
George pestañea rápido y respira profundo intentando calmarse, sin dejar de mirar ni un solo segundo los ojos verdes, con el miedo de que sea solo una ilusión que se difumine cuando se distraiga. Las palabras se graban a fuego en su mente mientras la realización de los hechos cobra sentido en su mente.
Sus manos se rozan, entrelazadas inconscientemente.
—Me haces tan bien, George —susurra acariciando la piel suave con sus pulgares.
Es un milagro que las lágrimas aún no se hayan desbordado de sus ojos mientras cierra la boca, traga saliva y aprieta suavemente las manos que envuelven las suyas.
—¿Cómo puedes decir tantas cosas lindas? —pregunta con la voz quebrada y la comezón en sus ojos por fin aliviándose ahora que las lágrimas bajan por su rostro.
—Porque yo siempre te digo la verdad —corresponde el apretón.
George baja la cabeza, dejando caer un par de lágrimas más. Suelta una de sus manos para secarse los lagrimales y poder volver a mirarlo a los ojos sin visión nublada.
Una mano muy cálida para el frío que está haciendo toma su rostro con la delicadeza con que alguien sostiene algo de cristal y seca el camino de las lágrimas que finalmente lograron escapar de sus ojos. George mantiene la mano sobre su mejilla antes de poder siquiera pensar en ello. Respira hondo y vuelve a ver los ojos de su amado.
—Pero siempre huelo a hierro —susurra con una risita que Dream corresponde.
—Me encanta porque eres el único que conozco que huele así.
Su corazón bombea alivio y amor cuando se da cuenta de que sus manos siguen entrelazadas, tan cerca el uno del otro que George nota cómo Dream se pierde al ver sus labios rosados e intenta disimularlo mirando sus dedos.
Cuando George mira el mismo punto que Dream, se da cuenta de que está mirando el anillo de orquídeas, sujeto en su dedo.
Dream se aclara la garganta y suelta sus manos apenas, con el anillo entre sus dedos y la duda clara en su expresión.
George entiende sus dudas y separa los dedos.
El anillo encaja perfectamente en su dedo, lo bastante suelto como para sacárselo con facilidad pero no para resbalarse. Podría llorar de alivio. Está a punto de hacerlo cuando el otro habla.
—No tienes... no te tomes esto como, no sé, un incentivo a algo. Estoy bien con lo que quieras ser. Sólo quería-
George lo sostiene del rostro y le tira hacia abajo en un beso. Siente la exhalación de Dream sobre el labio antes de ser correspondido.
Se besan abrazados, a la luz de la luna que es testigo único de todo lo sucedido sobre aquel puente y de cómo encajan tan bien como el anillo en el dedo de George. La curvatura del cuello de Dream tiene la forma perfecta para que George cruce los brazos a su alrededor, y su cintura está hecha para recibir las manos que la sostienen. Pero, ¿sus labios? Sus labios son un poema, un cuadro al óleo, una sinfonía.
Están hechos para esto, para estar juntos. No hay átomo que se atreva a separarlos, ni sonido con el valor para interrumpirlos.
—No hables más —le susurra George sobre sus labios con una sonrisa imitada por Dream, que murmura un "mmkay" antes de volver a ser besado, lento y enamorado.
Quiere probar cada mueca de sus labios, ver sus ojos durante las mañanas que se levanta y las noches que se acuesta, acariciar su pelo y besar sus pecas hasta un cansancio que nunca llegará.
Se separan apenas con un chasquido. George desliza las manos de los hombros a su pecho con una sonrisa tan radiante que el sol envidiaría.
No hay más que caricias cargadas de un amor puro e inconmensurable.
George apoya la cabeza sobre su hombro y desliza las manos hacia sus costados en un abrazo. Recibe a cambio besos en la coronilla y una mano acariciando los cabellos de su nuca.
—Eres tan precioso —susurra Dream, meciéndolos suavemente. Lo único que George atina a hacer es soltar una risa nasal y acurrucarse más cerca de su calor, rascando su espalda para dejar salir todo el amor que llevaba tanto tiempo guardándose.
Los besos se deslizan desde su coronilla hasta la línea de pelo y su sien, despegándose de a poco de su escondite, radiante su sonrisa ante tanto cariño.
Dream admira su rostro, alzando una mano para acariciarlo. Se pierden en un mar de azul y verde por un instante.
—No pienses que vas a dormir en tu casa esta noche —murmura Dream acercándose a su rostro. George ríe en respuesta.
—No pensaba hacerlo —niega, rozando sus narices.
Comparten un beso suave y corto con la familiaridad de quien lleva toda la vida haciéndolo.
—¿Podemos subir al bar? Tengo hambre —pide George con un puchero que Dream no tarda en besar.
—¿Todavía? —inquiere, jocoso.
George se aleja suavemente, riendo con sorna y revoleando los ojos.
—No probaste ni el diez porciento de mi habilidad —susurra en su oído con tono seductor y juguetón mientras acaricia su pecho.
Dream se pinta de todos los tonos de rojo y oculta su rostro en el cuello de su chico. "No puedes decir eso" murmura contra la tela de su ropa y George ríe.
—Ya, en serio, no hagamos esperar más a Karl y Sapnap —palmea sus hombros.
—Oh, en realidad... ellos no nos están esperando.
George lo aleja de su cuerpo para mirarlo con una ceja alzada.
—Lo que Sapnap dijo que era una salida entre los cuatro fue una trampa para arrastrarte fuera de tu departamento —murmura con una risa nerviosa al final—. Así que no, no nos esperan.
—¿Qué hacemos entonces?
Le cuesta no perderse en el amor presente en su mirada verde.
—Podemos ir a otro lado. O pedir sushi e ir a mi casa, a ver una película calentitos —habla con un tono de voz tan meloso y amoroso que George podría dormirse escuchando.
—Honestamente me gusta más la segunda.
—Perfecto.
El calor de la mano de Dream protegió a George del frío nocturno en el camino de vuelta.
