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Entre el encierro y la vida

Summary:

La sede de 5-0 siempre había sido un lugar seguro… hasta ese día. Las luces parpadearon, las puertas se sellaron y un zumbido extraño recorrió los pasillos. Steve McGarrett, líder inquebrantable, comenzó a sentir un dolor que no entendía. Lo que parecía imposible estaba a punto de cambiarlo todo: en medio del caos, la vida que llevaba dentro de él iba a nacer.

Work Text:

La mañana en la sede de 5-0 parecía normal. Steve McGarrett revisaba informes mientras Danny murmuraba quejas sobre el tráfico de Honolulu. Chin y Kono estaban en la sala de armas, Lou repasaba un expediente y Jerry, como siempre, estaba metido en sus conspiraciones.

De pronto, un zumbido sordo retumbó en el edificio. Las luces parpadearon, las puertas se sellaron con un clic metálico y la alarma de seguridad saltó.

—¿Qué demonios fue eso? —preguntó Lou, corriendo hacia la sala principal.

Danny intentó abrir la puerta de salida, pero el panel estaba bloqueado.
—Perfecto, ¡estamos atrapados! Esto es una ratonera.

Jerry tecleaba frenéticamente en su laptop.
—No es un fallo, alguien ha hackeado el sistema. Estamos completamente aislados.

Mientras todos discutían cómo salir, Steve empezó a sentir un dolor extraño en el abdomen. No era la típica molestia de una herida vieja, era algo más profundo, pulsante. Cerró la mandíbula y respiró hondo, negándose a mostrar debilidad.

Danny, siempre atento, lo observó de reojo.
—Steve, ¿estás bien? Estás pálido.

—Estoy bien —mintió, aunque otra punzada lo obligó a apoyarse contra la mesa.

El encierro recién empezaba y la tensión subía como la marea.

Pasaron horas. El equipo intentaba forzar el sistema de seguridad, pero cada intento fracasaba. El aire en la sede se sentía pesado, cargado de nervios.

Steve no podía ocultarlo más: su respiración era irregular, gotas de sudor bajaban por su frente y el dolor en su vientre se volvía rítmico.

—Steve —insistió Danny, poniéndole una mano en el hombro—. No me digas que es “nada”. Estás a punto de desmayarte.

El líder de 5-0 apretó los labios, pero entonces un espasmo más fuerte lo hizo doblarse de golpe. Se llevó las manos al abdomen y dejó escapar un gruñido ahogado.

Kono se acercó de inmediato.
—Esas contracciones… parecen…

Chin la interrumpió con la voz grave, incrédulo:
—Dios… parece trabajo de parto.

El silencio cayó como un balde de agua helada. Steve los miró como si le hubieran disparado otra vez.
—¿Qué…? Eso es imposible.

Pero otra ola de dolor lo atravesó y el líquido caliente bajando por sus piernas no dejó espacio a dudas: su bolsa había roto.

El equipo improvisó un espacio en la sala de reuniones. Danny se quedó junto a Steve, sujetando su mano con fuerza.

—Respira, Steve. Respira conmigo, ¿ok? —su voz temblaba, pero intentaba sonar firme.

El dolor lo hacía apretar los dientes. Cada contracción arrancaba un gemido ronco de su garganta. Lou trajo mantas, Kono buscó botiquines y Jerry intentaba comunicarse con alguien del exterior.

Pero el infierno no había terminado. De pronto, un estruendo sacudió el edificio: los atacantes habían abierto una brecha en la entrada. La misión de encerrarlos era solo una parte del plan.

En el caos, Steve intentó levantarse, pero una explosión cercana lanzó esquirlas que lo alcanzaron en el costado. Cayó al suelo con un grito ahogado, la sangre tiñendo su camiseta.

Danny lo sostuvo desesperado.
—¡No, no, no! ¡Quédate conmigo, Steve!

Ahora no solo estaba de parto, también estaba herido. La mezcla de dolor lo arrastraba al límite de la conciencia.

Lo llevaron de vuelta a la mesa. La sangre manaba de su herida, pero las contracciones eran cada vez más intensas.

Kono presionaba la herida para contener el sangrado.
—Si no saca al bebé ahora, podemos perderlos a los dos.

Danny se inclinó junto a él, sujetando su rostro.
—Mírame, Steve. No estás solo. Empuja cuando venga el dolor, ¿de acuerdo?

La narrativa se volvía insoportablemente gráfica: el cuerpo de Steve empujando contra su voluntad, el sudor mezclándose con la sangre, los músculos tensándose hasta el límite. Sus gritos resonaban en las paredes de la sala, ahogados por el rugido de disparos afuera.

Con cada esfuerzo, el bebé descendía más. Chin y Kono guiaban el proceso, mientras Lou cubría la entrada con su arma. El contraste era brutal: vida y muerte en la misma habitación.

Finalmente, un llanto agudo cortó el aire. El bebé salió al mundo entre manos temblorosas.

Steve apenas tuvo fuerzas para sonreír cuando Danny colocó al recién nacido sobre su pecho.
—Lo lograste… —susurró Danny, con lágrimas en los ojos.

El alivio duró segundos. Los atacantes irrumpieron en la sede. Lou y Kono abrieron fuego, protegiendo a Steve y al bebé.

Danny se quedó cubriendo a Steve con su cuerpo, decidido a no dejar que nadie los tocara. Steve, exhausto y sangrando, apenas podía mantener los ojos abiertos, pero sostuvo al bebé contra su pecho como si fuera su último acto.

El equipo luchaba con todo, no solo por sobrevivir, sino por la nueva vida que acababa de nacer en medio del caos.
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El sonido del monitor cardíaco fue lo primero que Danny escuchó. Ese pitido constante, regular, que marcaba el frágil límite entre la vida y la muerte. Steve yacía en la cama del hospital, el rostro pálido, el costado vendado, conectado a vías y oxígeno.

Danny no se había movido en horas. Tenía la mano de Steve entre las suyas, como si al soltarlo pudiera desvanecerse.

Una enfermera entró con un pequeño bulto envuelto en mantas azules. El bebé.
—Está estable —susurró, dejando al niño en la cuna junto a la cama—. Necesita cuidados, pero es fuerte… como su padre.

Danny tragó saliva. Padre. Esa palabra le golpeaba una y otra vez. Giró la mirada hacia Steve, que aún inconsciente parecía un soldado derrotado en batalla.
—Eres un maldito loco, McGarrett… —murmuró, con un nudo en la garganta—. Pero nos sacaste adelante otra vez.

El bebé comenzó a llorar suavemente. Danny se levantó, lo cargó con torpeza y lo acercó a Steve.
—¿Ves lo que hiciste? Ahora somos dos los que vamos a tener que cuidarte.

Cuando Steve despertó, lo primero que sintió fue la punzada en su costado. Luego, el calor de una mano en la suya. Danny estaba allí, medio dormido en la silla.

—¿Danny…? —su voz salió ronca.

Danny abrió los ojos y lo fulminó con una mezcla de rabia y alivio.
—No vuelvas a hacerme esto, Steve. Nunca.

Steve intentó incorporarse, pero una enfermera lo detuvo. Y entonces escuchó un llanto. Su mirada se giró y vio la cuna. Un bebé. Su bebé.

—No… —negó con la cabeza, incrédulo—. Eso no puede ser.

Un médico entró con un expediente en la mano.
—Señor McGarrett, es inusual, pero no imposible. Un embarazo abdominal oculto, gestado en tejidos extrauterinos. Es un milagro que haya sobrevivido. Usted y el niño.

Steve sintió que el suelo desaparecía. Un soldado entrenado para todo, y de repente, padre de un recién nacido.

Danny le puso el bebé en los brazos. Steve temblaba.
—Respira, socio. No es una bomba. Es tu hijo.

Los días siguientes fueron un caos. Steve apenas podía levantarse de la cama, y aún así insistía en caminar hasta la incubadora del bebé.

—McGarrett, te vas a reventar los puntos —regañaba Danny.

—Tengo que verlo —respondía Steve, cada vez, con esa terquedad que lo definía.

La primera vez que logró cargarlo, las lágrimas le empañaron los ojos. El bebé era tan pequeño, tan frágil. Steve, que había saltado de helicópteros y sobrevivido a explosiones, se sentía tembloroso sosteniéndolo.

Kono apareció con una sonrisa.
—¿Quién diría que el SEAL más duro de Hawái se vería así de asustado por un bebé?

—No estoy asustado —refunfuñó Steve, aunque la evidencia lo delataba.

El equipo se turnaba para ayudarlo, y poco a poco, Steve fue aprendiendo. Cómo alimentarlo, cómo calmarlo, cómo simplemente dejar que durmiera en su pecho mientras él, por primera vez en años, encontraba paz.

Pero la paz no duró. Chin y Lou llevaron el resultado de la investigación: el grupo que atacó la sede no era un cartel cualquiera. Estaban conectados con viejas operaciones encubiertas en las que Steve había participado.

—Querían eliminarte, Steve —dijo Chin con voz grave—. Y ahora que saben del niño… podrían volver.

El silencio en la habitación era sofocante. Steve miró al bebé dormido en su cuna.
—No lo van a tocar. No mientras yo respire.

Danny frunció el ceño.
—Eso significa que otra vez vas a lanzarte de cabeza a la guerra, ¿verdad?

Steve lo miró con determinación.
—No es una guerra. Es proteger a mi hijo.

Las discusiones entre Steve y Danny se hicieron más frecuentes. Danny insistía en que necesitaba recuperarse, que no podía cargar solo con todo.

—Eres padre ahora, Steve. Eso cambia las reglas.

—Yo no pedí esto, Danny —respondió Steve, con un temblor en la voz—. No pedí… ser padre así.

Danny lo miró en silencio, entendiendo por primera vez el miedo que escondía. Steve, siempre fuerte, ahora se sentía vulnerable, roto, asustado de fallar.

—No lo pediste —dijo Danny, suavizando la voz—. Pero aquí está. Y no tienes que hacerlo solo.

Steve apretó los labios. El peso de esas palabras lo golpeó más fuerte que cualquier bala.

El enemigo no tardó en mostrarse. Una noche, un vehículo sospechoso fue visto rondando cerca del hospital. Luego, un intento de infiltración en la planta pediátrica.

El equipo actuó de inmediato, trasladando a Steve y al bebé a un lugar seguro.

—Van por él —dijo Kono, revisando la seguridad—. No es solo venganza. Lo quieren vivo.

Steve entendió: el bebé no era solo un hijo inesperado, era un blanco.

—No dejaré que lo usen contra mí —susurró, con furia contenida.

Steve tomó una decisión: volver al frente, aunque aún no estaba totalmente recuperado.

—Estás loco —gruñó Danny—. Apenas puedes agacharte sin que te duela.

—Pero puedo disparar. Y puedo luchar.

Lou lo apoyó.
—Es su guerra, Danno. No podemos detenerlo. Pero sí podemos cubrirle la espalda.

El bebé quedó bajo cuidado del hospital con guardia armada. Steve, con el chaleco sobre sus vendajes, volvió a ser el comandante del 5-0.

La confrontación final estalló en los muelles de Honolulu. El grupo enemigo esperaba terminar el trabajo, pero no contaban con el 5-0 al completo.

Balas, explosiones, el rugido del mar contra los contenedores. Steve, aún herido, lideraba con una furia implacable. Cada disparo era una promesa: nadie tocaría a su hijo.

Al final, el líder enemigo cayó bajo el fuego de Steve. La amenaza estaba neutralizada.

Cuando el silencio regresó, Danny se acercó, sacudiendo la cabeza.
—Eres un desastre, socio. Pero lo lograste.

De vuelta en el hospital, Steve cargó a su hijo por primera vez sin dolor en el costado. Lo miró con ternura, como si en esos ojos diminutos pudiera ver el futuro.

—Te prometo que siempre voy a protegerte —susurró—. Pase lo que pase.

Danny, recostado en la pared, sonrió cansado.
—Ya somos dos en eso, McGarrett.

El equipo entero estaba allí: una familia improvisada, unida no solo por la ley, sino por la vida que acababa de comenzar.

Y por primera vez en mucho tiempo, Steve McGarrett permitió que la paz lo envolviera.