Chapter Text
El último autobús de Metrópolis llegó a la estación central de Gotham con un retraso de veinte minutos. Eran las 11:30 de la noche, y el andén estaba desolado, bañado por la luz amarillenta y parpadeante de las farolas que parecían luchar contra la oscuridad característica de la ciudad. Damian bajó, ajustando el cabestrillo con un gesto automático de frustración. El aire olía a lluvia reciente, gasolina y abandono, pero él apenas lo registraba.
Durante todo el viaje, un único pensamiento había ocupado su mente, denso y tangible como una presencia física: Jon. Aún podía sentir el fantasma de sus manos en su cintura, la presión firme de su cuerpo, el calor de su aliento en su piel. Su olor—a jabón limpio, a vainilla y café dulce, a algo único, puramente Jon—parecía haberse impregnado en sus sentidos, llenándolo por completo. Había estado tan perdido en esa cercanía, tan sumergido en el deseo casi eléctrico de cerrar esa distancia final y volver a sentirlo, que ni siquiera había registrado la presencia de Conner hasta que fue demasiado tarde.
Ahora, mientras caminaba por el andén vacío, una irritación fría se mezclaba con el desasosiego. Esperaba, con una esperanza casi ingenua, que Jonathan hubiera logrado que su hermano se callara. No era que tuvieran que dar explicaciones—eran adultos, solteros, y sus vidas privadas no eran asunto de nadie—, pero el silencio de Conner sería un bien precioso y Damian no sabía exactamente a dónde iba todo esto. Le gustaba Jon. Le gustaba mucho. Demasiado, quizás. Pero esa era la cuestión: avanzar tan rápido, ¿era bueno o era un error?
—No debería confiar en el tan fácilmente, no es adecuado—, musitó para sí, la voz arrastrada por el viento frío de la estación. Pero con Jon, las reglas parecían desvanecerse. Lo ocurrido en la cocina había sido apresurado, prematuro, una tormenta de impulsos que lo había arrastrado. Él, Damian Wayne, debía poner límites. Debía ser más fuerte. No podía simplemente ceder, seguir los impulsos impetuosos de Jon. Jonathan era quien debía rogar su perdón, quien debía demostrar constancia. Él no debería concederlo tan fácilmente.
Damian no pudo evitar sentir que todo había sucedido demasiado rápido. Un error de cálculo, una falla en su usual control meticuloso. Su mente, adiestrada para analizar riesgos y consecuencias, retrocedía ahora sobre lo acontecido, buscando la fisura en su lógica. Pero. ¿Había sido un error? La palabra le quemó por dentro con el peso de una mentira. No. No lo había sido. Él también lo había querido. Lo había deseado con una intensidad pura y voraz que, en retrospectiva, lo asustaba por su falta de ataduras. No había habido cálculo, solo impulso. Había sido... imprevisto. Incontrolado.
Ese era el problema.
A su lado, Jon siempre había tenido ese efecto: desbarataba planes, desdibujaba líneas, convertía lo predecible en caos. Y Damian, no estaba dispuesto a dejarse arrastrar sin condiciones. Tenía que poner límites. Era una cuestión de lógica, de justicia. Después de todo, ¿acaso no era Jon quien debía estar esforzándose? ¿Quién debía demostrar con hechos, no solo con impulsos calientes en una cocina, que estaba dispuesto a reparar lo que había roto? Jon tenía que esforzase mucho más.
Y Damian necesitaba ser más fuerte. Más dueño de sí. No podía —no iba a— ceder tan fácilmente. Dejar que un solo gesto de Jon —por muy desarmante que fuera esa mirada azul de súplica y su aspecto de cachorro mojado— bastara para reescribir las limites que Damian se había impuesto, sería un error estratégico.
Además, cuando esto avanzara, cuando tuvieran algo establecido ¿qué quedaría de él si empezaban sin estructura, sin que Jon demostrara con más que impulsos que había cambiado? ¿Qué posición tendría si su primer movimiento era ceder? ¿qué autoridad podría reclamar en un espacio compartido si desde el principio había entregado todas las concesiones? Sería como firmar un tratado en blanco.
Damian debía ser firme. Cuando comenzaran su relación, no podía permitir que Jon, con su caótica y deslumbrante facilidad para conmoverlo, se saliera siempre con la suya. Debía poner límites claros, no por crueldad, sino por supervivencia. Porque se conocía a sí mismo, y conocía a Jon. Sabía que, sin barreras, la fuerza gravitacional de Jonathan Kent era tal que podría moldearlo, llevarlo a donde quisiera, sin que Damian opusiera la resistencia suficiente.
¿Cuándo?
La certeza de ese "cuando" se instaló en sus pensamientos con una claridad sorprendente, casi absurda. No era una esperanza tímida, un "si" lleno de dudas. Era un "cuando" rotundo, un hecho interno, una conclusión lógica a la que había llegado sin consultar a su propio escepticismo. Y eso, reconoció con una punzada de ironía seca dirigida hacia sí mismo, era quizás lo más revelador —y lo más ridículamente obvio— de todo. Mientras su orgullo planeaba exigencias y trazaba condiciones, otra parte de él, más silenciosa y tenaz, ya había dibujado el mapa del futuro. Y en ese mapa, Jon estaba a su lado.
Por Dios, estaba pensando demasiado en el futuro. ¿Pero acaso no es esto, precisamente, el punto de todo este frágil proceso de reconciliación? No se trataba sólo de recuperar una amistad perdida, de reanudar una conversación interrumpida. Se trataba de… algo más. Algo a lo que ambos habían llegado de forma implícita, torpe y explosiva, pero real.
Y pensar en Jon, en ese "algo más", en lo que podía ser, le dio un dolor de cabeza punzante que rivalizaba con la molestia de su hombro. Estaba tan confundido, pensar en sentimientos, en lo que debía o no hacer. Quería lanzarse a los brazos de Jon y dejar que todo suceda. ¿Por qué seguir luchando con sus sentimientos? ¿Por qué hacer todo más complicado de lo que ya es?
Pero por cada impulso, había otro que lo detenía. Una parte más fría y lastimada le susurraba que no podía rendirse así, que no era justo, que no podía confiar enteramente. Que Jon debería entender, de alguna manera, todo el peso de lo que Damián había cargado solo durante aquellos años. Que debería conocer el sabor del dolor por no sentirse suficiente, aunque Damián supiera, en el fondo, que nada de eso había sido culpa de Jon. Era una herida antigua, ese sentimiento de insuficiencia. No había empezado con Jon, Estaba ahí, desde mucho antes de conocerlo, arraigado en lo más profundo de su ser.
Damian sacudió su cabeza, eliminando esos pensamientos, y se concentró solo en el ahora, en la sensación aún persistente de Jon en su piel y en sus sentidos. Por ahora, solo quería pensar en eso, en esa sensación.
Y, contra toda lógica y contra su propia naturaleza cautelosa, una sonrisa tonta —pequeña, fugaz, completamente involuntaria— se asomó a sus labios, dibujada por el simple y abrumador hecho de saber que Jon, en algún lugar de Metrópolis, estaba pensando probablemente en lo mismo. Damian soltó un suspiro largo, como si con ese aire pudiera exhalar el torbellino de pensamientos que lo inundaban, todos orbitando alrededor de un solo nombre: Jonathan.
Fue entonces cuando un claxon estridente, lejano y distorsionado, atravesó la niebla de sus pensamientos como un disparo. Damian parpadeó, súbitamente consciente de su entorno. El frío de la noche se colaba ahora a través de su camisa fina, el olor a concreto húmedo y al humo acre de los autos viejos le llegó con una crudeza que lo sacudió. Se dio cuenta de que había estado plantado en medio del andén vacío, completamente perdido en un bucle de dudas y sensaciones fantasma.
Esta vez, sacudió la cabeza con brusquedad, como para desalojar los últimos ecos de Jon de su mente, y enfocó la vista en la salida. Tenía que volver a casa. La hilera de taxis frente a la estación era escasa, casi patética. Y se negaba en rotundo a llamar a Pennyworth o, peor aún, a cualquiera de sus hermanos. Eso sería admitir una debilidad, una necesidad, y después de la tarde que había tenido —de la vulnerabilidad que había mostrado—, necesitaba aferrarse a cualquier resto de control.
Evaluó las opciones con una mirada rápida y experta, el análisis instantáneo reemplazando a la ensoñación. Un conductor dormitaba con la cabeza apoyada en el volante, un par de latas de cerveza vacías rodaban a sus pies en el suelo del auto. Otro, unos metros más adelante, gesticulaba con furia por teléfono, su rostro contraído en una mueca de exasperación que no inspiraba la más mínima confianza.
Apretó la mandíbula. No. Ninguno de esos. Extendió su percepción, escaneando el entorno con frialdad, buscando algo, alguien, que no fuera un desastre ambulante o una posible molestia.
Se detuvo en la acera, sintiendo la punzada absurda pero familiar de su propio entrenamiento: evaluar amenazas. Era ridículo. Juzgar a un taxista por su apariencia, por el estado de su vehículo, por la expresión en sus ojos al ver a un joven con ropa cara y un brazo lastimado. Pero Gotham, con sus calles oscuras y sus lecciones duras, había forjado ciertos instintos de supervivencia. Y Damian Wayne, hijo de Batman, nunca los ignoraba.
Rechazó dos con un leve movimiento de cabeza. El tercero, un sedán antiguo pero limpio, tenía a un hombre de mediana edad detrás del volante, leyendo un libro infantil a la tenue luz del salpicadero. No fumaba. No bebía. Tenía un rostro cansado pero sereno. Damian se acercó y le pidió que lo llevara a las afueras de Gotham a Mountain Drive.
El viaje comenzó en silencio. El hombre—Jeff, según la placa—condujo con calma profesional, pero a los cinco minutos, quizá incómodo con el mutismo absoluto de su pasajero, rompió el hielo.
—Brazo en mal estado, ¿eh? ¿Accidente?
—Algo así—, respondió Damian, mirando por la ventana las calles oscuras.
—¡Uy, cuidado con eso! Mi primo se rompió el codo y le quedó tieso para siempre. Dice que es como tener un gancho de carne en vez de un brazo —Jeff soltó una risa sincera.
Damian no rio en absoluto.
—Perdón, no quise incomodarlo. Sólo digo que debe tener cuidado.
El comentario era intrusivo y tosco, pero carecía de malicia. Damian asintió con frialdad, sin comprometerse. Sin embargo, Jeff parecía tener una energía conversacional inagotable.
En los siguientes diez minutos, Damian se vio arrastrado por un torrente de confidencias. Supo que Jeff había soñado con ser repostero —había estudiado cuanto pudo— y escuchó, con una paciencia forzada, la vívida descripción de un strudel que, según él, era tan crujiente por fuera y tan suave por dentro que se deshacía en la boca, "tan delicioso que le quitaba el sentido a la gente". Pero la vida, las facturas y una Gotham que —según sus palabras— "no es muy dadivosa con los que empiezan en desventaja", lo habían empujado hacia otros trabajos menos dulces.
—¿En desventaja? —, se atrevió a preguntar Damian, por fin interesado más allá de la cortesía obligatoria.
Jeff se encogió de hombros, un gesto visible por el retrovisor. —Ah, ya sabe. Un historial complicado. Pasé un tiempo... fuera del sistema. Por un robo. Hace años, fueron medicinas para mi madre, estaba muy enferma. El dueño de la farmacia retiró los cargos cuando supo el contexto, pero el registro policial queda. Es una sombra que te sigue, cierra puertas antes de que puedas tocarlas.
La confesión era sencilla, sin buscar lástima. Damian la escuchó, y el hielo que siempre recubría sus interacciones con extraños se agrietó un poco. No por compasión condescendiente, sino por el reconocimiento de una realidad cruda y de una elección comprensible, aunque ilegal. Y de una redención que Damian comprendía muy bien.
—¿Y ahora? —, indagó Damian, su tono menos frío.
—¡Ahora, estoy bien! —dijo Jeff, y su voz se iluminó genuinamente—. Trabajo como taxista, con los ahorros conseguí un apartamento pequeño. Pero muy acogedor. Y a pesar de todo, encontré el amor y me casé; formé una familia. Al principio fue difícil, pero las cosas se acomodaron poco a poco. Mi esposa es un pilar, una santa: trabaja en un supermercado y lleva la casa con una fuerza que me asombra. Tenemos una hija, Iris, que es literalmente nuestro sol. Y mi madre… bueno, está estable, felizmente. Vive con nosotros ahora. Como le dije, fue difícil al principio, aún lo es, pero supongo que solo son tiempos complicados, como para todos. Aun así, estamos a flote.
—¿Por qué? —preguntó Damian, su tono ahora completamente neutro, libre de la frialdad inicial.
Jeff miró a Damian por el retrovisor como si no comprendiese su pregunta. Luego, dirigió —y mantuvo— la vista en la carretera, como si acabara de procesarla. Se tomó un momento antes de responder, y lo único que hizo al principio fue soltar un suspiro hondo.
—La medicación de mi madre es de uso continuo, y el costo se acumula. No tenemos un seguro que la cubra por completo. Además, mi hija cumple seis años y entra a un nuevo grado en la escuela. A esa edad, los gastos aparecen de la nada —los uniformes, los útiles, las actividades— y no paran de crecer. Suma los servicios del apartamento y lo demás… es un momento ajustado. Pero no imposible. Mi esposa y yo trabajamos horas extras cuando hace falta. El presupuesto es estrecho, pero siempre llegamos a fin de mes. Nos va bien, dentro de lo que cabe.
Damian asintió lentamente. Lo entendía más de lo que podía —o quería— expresar en palabras.
—Es muy peligroso ofrecer servicio de taxi tan entrada la noche. Tal vez podría aminorar su carga de otras maneras —comenzó, midiendo sus palabras—. He escuchado que existen varios programas de asistencia en Gotham. Wayne Enterprises, en particular, tiene fondos dedicados a apoyo médico y familiar. Podría calificar para uno de ellos. Sería un respiro para cubrir parte de esos gastos fijos, algo que les permitiría respirar un poco más. Podría intentar solicitarlo.
La sugerencia era clara, práctica, y surgió con una naturalidad que a él mismo le sorprendió; una simple idea, expuesta con la misma lógica llana con la que Jeff había explicado su situación.
Jeff soltó una risa, un sonido que no era de burla sino de gratitud firme y serena.
—¡Ah, no, eso no! —dijo, sacudiendo levemente la cabeza—. Ya recibí ayuda de la Fundación Wayne hace años, cuando mi madre recayó y cuando nació Iris. Fueron un salvavidas en su momento, y se los agradezco. Pero ahora estamos a flote. Yo trabajo, tenemos salud. Y sí, es difícil y un tanto peligroso, pero aún soy joven. Pedir ayuda en este punto sería egoísta. No estoy en una situación límite, puedo resolverlo con mi propio esfuerzo. Y, sinceramente, no me sentiría bien ocupando un recurso que podría ser para alguien que se está ahogando de verdad. En los hospitales, los albergues, en las calles, hay personas que realmente necesitan esa ayuda mucho más que yo.
La respuesta sorprendió a Damian. No era un orgullo terco o mal entendido, sino una ética sólida y práctica, una forma de entender la comunidad y la dignidad que resonó profundamente en él.
—Es una perspectiva lógica —concedió Damian, con un respeto genuino en la voz.
Tras una pausa breve, como sopesando sus palabras, añadió:
—Usted mencionó su interés por la repostería. Conozco a alguien vinculado a 'Le Croissant de Gotham'. No es un regalo ni una garantía, pero podría conseguirle una entrevista para el puesto de ayudante de repostería. El sueldo es mejor y los horarios son más regulares. Tendría más tiempo para su familia. Eso sí —añadió, con un tono que dejaba claro los términos—, sería solo una oportunidad para presentarse. Su esfuerzo y su habilidad serán los únicos que decidirán si se queda o no.
El silencio en el taxi se espesó de repente, cargado de una posibilidad inesperada. Jeff lo miró por el retrovisor, y esta vez su mirada no era la de un conductor curioso, sino la de un hombre reevaluando por completo a su pasajero.
—¿En serio? Yo… claro, me encantaría. Pero… ¿por qué haría eso por mí? —preguntó, su voz baja, buscando el truco o la condescendencia en la oferta.
—Porque todos merecen una segunda oportunidad… para seguir lo que les gusta —respondió Damian, su tono directo—. Y porque Gotham necesita más panaderos que amen su trabajo y menos taxistas que sólo sueñen con terminarlo. —Dejó que un atisbo de ironía seca, lo más parecido a un humor que permitía, coloreara sus palabras—. Si le interesa, preséntese mañana a primera hora en el local. Ahí le darán la entrevista. Será mejor que se prepare: escuché que el jefe pastelero es… muy exigente.
Jeff dejó escapar una risa entrecortada, un sonido que era mitad incredulidad, mitad un destello de esperanza que no se permitía a menudo. —Vaya… Una entrevista. Eso… eso sí lo acepto. Con gusto. Estaré allí temprano. No lo haré quedar mal. Pero… no me siento bien recibiendo algo así sin poder dar nada a cambio.
—Usted ya me está llevando a casa pasada la medianoche, por una zona oscura y poco transitada —replicó Damian, su voz firme—. Podría ser asaltado al regresar. Creo que eso ya es suficiente reciprocidad.
—Para el precio del viaje y para lo que me ha ofrecido, no lo creo. Puede—dijo Jeff, su tono era firme pero no confrontacional—, que no tenga muchas habilidades, pero sé escuchar. Y también sé cuándo alguien lleva un peso. —Dejó que sus palabras flotaran un momento antes de continuar—. Usted parece el tipo de persona que carga las cosas solo. Sé que no es mi asunto, pero a veces, hablar con un extraño ayuda a poner las ideas en orden. Desde que subió al auto se le ve tenso, como con mil preguntas dando vueltas en su cabeza. Así que, si alguna vez necesita… un oyente que no sea parte de su mundo, que no vaya a repetir nada ni a tratarlo con condescendencia, puedo ser sus oídos. Un consejo de taxista, un simple desahogo, lo que sea. Es lo único que tengo para ofrecer a cambio de una oportunidad así.
Damian lo miró a través del retrovisor. Un destello de desconcierto, seguido de una rápida capa de irritación defensiva, cruzó sus ojos. La precisión del comentario de Jeff era casi una intrusión.
—¿Qué le hace creer que necesito desahogarme con alguien? —preguntó, su tono deliberadamente plano, un muro de hielo verbal.
Pero Jeff no retrocedió. Sostuvo la mirada en el espejo, tranquilo, esperando. La pregunta había sonado hueca, incluso para los oídos de Damian. Después de un segundo de silencio tenso, donde sólo se escuchó el sonido del motor, Damian rompió el contacto visual. Miró por la ventana, y su siguiente pregunta salió más baja, menos segura, casi para sí mismo:
—¿En serio parezco… alguien que necesita hablar con otra persona? ¿Urgentemente? —preguntó Damian, la duda filtrándose en su tono normalmente impenetrable.
Jeff tomó un momento, midiendo su respuesta. No en un tono de burla, sino, un simple observación, ante su estado.
—Mire, no quiero sonar entrometido —dijo, sus ojos encontrando y sosteniendo la mirada de Damian en el retrovisor con una franqueza inquebrantable—, pero un joven que llega pasada la medianoche desde Metrópolis, con la ropa ligeramente desordenada, sin abrigo en este frío, con una expresión de llevar el mundo a cuestas… y que se dirige a la zona más exclusiva de Gotham sin un auto privado esperándolo, sin nadie que lo reciba… tiene una historia. O un montón de problemas que procesar. Algo más complejo que una tarjeta rechazada o una mala inversión en la bolsa.
Damian esbozó una defensa débil, casi automática, el recurso más fácil.
—Eso es prejuicioso. Podría simplemente trabajar en una de esas mansiones.
Jeff soltó una risa suave, carente de burla, pero cargada de un escepticismo que atravesaba la falsa modestia—¿Trabaja en una de esas mansiones, ¿eh? Claro. Y por eso ofrece entrevistas de trabajo en panaderías de lujo a taxistas desconocidos. Y mira con esos ojos que han visto más de lo que deberían para su edad. No, señor. Los trabajadores no intervienen así. Los que dan órdenes, sí.
—Aún sigue siendo prejuicioso —replicó Damian, con tenacidad—. Podría ser un trabajador que le pediría un favor a su jefe.
—¿Y es un trabajador que le pedirá un favor a su jefe? — preguntó Jeff, su tono era llano, casi retórico. La lógica era circular, impecable, y dejaba a Damian sin salida fácil.
—No —dijo Damian, esta vez sin fuerza, mirando por la ventana la oscuridad que se engullía las calles. Era una negativa vacía, y ambos lo sabían.
Ante el silencio obstinado y cargado de Damian, Jeff había añadido, su tono bajando, volviéndose más suave, casi confidencial: —¿Por qué regresa tan tarde a casa?
Y algo en esa pregunta, en la simple curiosidad libre de juicio de un hombre que ya había mostrado su núcleo honesto, hizo que la presa se rompiera. ¿Por qué no?, se dijo a sí mismo. Podría simplemente contarlo. Tal vez el dolor de cabeza disminuiría, y realmente necesitaba hablar con alguien que no fuese el propio Jon. Necesitaba sacarlo, vaciar ese nudo de sentimientos, escuchar un consejo de alguien ajeno a ellos. Alguien que no los conociera, que no sintiera pena por él por ser un hermano o un amigo. Alguien que no se pusiera automáticamente del lado de Jon o del suyo. Tal vez esta era su oportunidad: el taxista desconocido que amaba hacer postres. Podría ayudarlo con su dilema. Así que lo decidió, y le contó todo.
No todo, desde luego. Omitió nombres clave, identidades secretas, el alcance real de la riqueza de su familia. Pero habló de Jon. De un amor de la adolescencia interrumpido por cobardía y distancia. De años de silencio autoimpuesto que se habían convertido en una barrera. De un reencuentro cargado de palabras no dichas y de un deseo que, lejos de haberse apagado, ardía con más fuerza. Habló de la reunión de ese día —no de chantajes o identidades secretas—, sino del resentimiento de un ex que se aferra al pasado. Habló de su padre, Bruce, no como Batman, sino como una presencia de autoridad fría y distante; un juez silencioso cuya aprobación parecía un muro infranqueable entre Damian y cualquier atisbo de felicidad personal. Habló, incluso, de cómo su trabajo se había convertido en su único refugio durante esos años, en la excusa perfecta para no mirar atrás, y de cómo ese mismo esfuerzo lo llevó a lesionarse, a terminar exhausto y con el brazo inutilizado, forzando un regreso a casa que no había planeado.
Lo contó todo, en esencia, destilando el caos en palabras sencillas. Y al terminar, se sintió repentinamente ridículo. Sus dilemas del corazón, sus conflictos familiares de alta alcurnia, sus crisis existenciales privilegiadas, palidecían ante la lucha diaria y tangible de Jeff por mantener a flote a su familia con dignidad y trabajo duro.
—Olvídelo —murmuro Damian, bajando la mirada hacia sus propias manos, como si pudieran contener la vergüenza—. Son tonterías.
—¿Tonterías? —su voz fue firme, un martillazo en el silencio del taxi—. ¿Los asuntos del corazón son tonterías? ¡Son los únicos que importan de verdad, muchacho! El dinero va y viene. El trabajo cambia. Pero eso… esa cosa que usted siente y que lo tiene dando vueltas a esta hora por la ciudad, eso que se le clava en los huesos y no lo deja dormir. Es lo más real que hay en el mundo.
Jeff hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su tono se había suavizado, volviéndose más íntimo y deliberado.
—Y si me permite decirlo… todo lo que me ha contado… bueno, parece un poco enredado. Como una película romántica mal hecha. En especial con lo sucedido hoy, con lo del ex. Fue un acto absurdo y desesperado; puedo entenderlo, pero no justificarlo. Fue una locura, aunque parece que ya lo solucionó. Y por lo demás… lo que me cuenta de sus sentimientos y de cómo lo está manejando con Jon… me parece que van bien. Avanzar de a poco, con cuidado, eso es sabio. Pero hay algo que quiero que quede claro: lo que pasó esa vez, cuando usted se declaró… creo que, en el fondo, fue lo mejor.
Damian lo miró por el retrovisor, desconcertado. —¿Lo mejor? ¿Cómo puede ser lo mejor?
—Bueno, piénselo. Cuando usted se declaró, tenía quince años. Él, casi diecinueve —dijo Jeff con una franqueza tranquila—. Ahí hay una línea, muchacho. Una línea legal, moral y de simple madurez. Lo que tenemos son dos verdades. La suya: él lo rechazó, lo dejó plantado con el corazón en la mano, y eso le dolió como un desgarro. Lo entiendo. Duele que te rechacen, sentirse vulnerable. Y que ese dolor te lo cause la persona en quien más confías, aquella ante quien te mostraste desnudo… sí, entiendo su dolor. Es válido.
Hizo una pausa, dejando que el reconocimiento del dolor de Damian se instalara en el aire del taxi antes de continuar.
—Pero existe otra verdad, la de él. Una verdad que usted quizás no vio de frente, o no del todo. Para él, en ese momento, decir "sí" no habría sido un acto de amor. Habría sido… una falta de ética. Una irresponsabilidad monumental. Como poner el postre más dulce delante de un niño y saber que, por mucho que él lo anhele, no puedes dárselo. No por falta de ganas, sino porque las reglas del mundo, las reglas decentes, no se lo permitían.
Dejó que el peso de sus palabras, la crudeza inescapable de la realidad, se asentara en el aire del taxi.
—Él no fue cobarde por alejarse, muchacho. Fue… a mi parecer, responsable. Torpemente, dolorosamente responsable. Porque la otra opción era hacerle un daño mucho mayor. —Jeff sacudió la cabeza con firmeza—. Y no lo justifico, ¿eh? Lo que hizo estuvo mal en todo aspecto: besarle después de su declaración, darle esa esperanza de "hablaremos después", para luego aparecer con otra persona, evitarlo y desaparecer de su vida sin una palabra… eso fue cruel. Fue cobarde. Dejarlo solo, confundido y herido con el corazón destrozado. Eso estuvo mal.
Midió sus palabras con cuidado.
—Pero el alejarse en sí… creo que fue lo único correcto que pudo hacer en esa encrucijada. Porque usted tenía quince años. Y puede que la gente diga que la diferencia no es nada, que en el amor no hay edad… pero sea sincero: usted a los quince, ¿cuánto sabía realmente del amor adulto? ¿Del compromiso serio? Y Jon tampoco era un experto a los diecinueve, se lo aseguro. Sé que me dirá que hay parejas que están juntas desde jóvenes y son felices, pero ¿qué tan seguro estaba de que ustedes iban a ser parte de esa excepción? A los quince, todo es intenso, confuso… y muy, muy frágil. Demasiado frágil para sostener una declaración de amor verdadero y eterno.
Miró a Damian en el espejo con una seriedad total.
—Y creo que él lo vivió como una trampa moral. Un dilema sin salida buena. Si decía que sí, si aceptaba lo que usted sentía, habría estado cruzando una línea que no se debe cruzar. Aunque la diferencia parezca mínima, a esas edades es un abismo. Usted estaba empezando esa etapa de enamoramiento inocente, ese despertar… él ya estaba saliendo de ella para entrar en algo más profundo, algo para lo que usted, simplemente, no estaba listo aún. Y eso, en muchos lugares, no solo está mal visto… es abuso. ¿Entiende? Puede que existan parejas así, pero eso no lo hace correcto. Él no podía mirarlo a los ojos y decirle que sí, aunque quizás también lo sintiera. No sin convertirse en alguien que se aprovecha de la inocencia y la confianza de un chico de quince años.
Hizo una pausa breve, su expresión volviéndose más reflexiva, casi de lamento.
—Aunque también creo que falló en mucho. Solo me pregunto: ¿por qué no le explicó? ¿Por qué no le dijo que esperaran? Usted parece un joven razonable, podría haberlo entendido. Podría haber esperado. —Suspiró—. Pero entonces pienso que quizá el miedo lo paralizó. El miedo a herirlo más diciéndole la cruda verdad, el miedo a no encontrar las palabras… o el miedo a que, si le decía que esperaran, usted no entendiera el "por qué" y el dolor fuera igual de grande.
Damian emitió un leve sonido, casi un gemido ahogado. Porque la verdad —aunque se repitiera a sí mismo que no era un niño, que era maduro para su edad, que nadie podía obligarlo a nada y que él podía entender y esperar—, la verdad era que no habría sido así. Si Jon le hubiese dicho que sí, Damian habría hecho lo imposible para que su relación avanzara lo más pronto posible. No se habría contenido. No habría puesto límites, sobre todo en lo que a intimidad se refiere. Habría saltado de cabeza, ciego y ardiente, hacia algo para lo que, quizás, ni su cuerpo ni su corazón estaban realmente preparados.
Sabía que el razonamiento de Jeff era lógico. Él mismo se habría horrorizado si esta situación la vivieran otras personas. Pero no se trataba de otras personas. Se trataba de él. Y aunque Jeff lo veía como un joven inocente, Damian no lo era. Dios, Damian había visto más cosas de niño que la mayoría de la gente en toda su vida. Pero no podía contarle toda la verdad a Jeff. Era revelador, sin embargo, y un poco desconcertante, escuchar este análisis desde la perspectiva de alguien que lo veía como un joven normal, con una vida normal. Una lente que no tenía en cuenta sombras, murciélagos o entrenamientos que comenzaban antes de aprender a multiplicar.
—Así que sí —continuó Jeff, su voz recuperando un tono más suave y conciliador—, creo que lo que pasó, aunque doloroso y devastador, y aunque hubo mil maneras mejores de manejarlo… en el fondo, el distanciamiento fue necesario. Claro, ahora que lo ves con distancia y lo analizas, todo parece tonto. Parece que se pudo solucionar hablando, diciendo un par de cosas claras. Pero cuando estás ahí, en ese momento, con el corazón latiéndote en la garganta, todo parece más abrumador, más intenso, más definitivo. Y teniendo en cuenta sus edades entonces… por muy maduros que se creyeran, no dejaban de ser dos jóvenes que recién empezaban a navegar aguas profundas. Todo era más complicado. Por Dios, los adultos seguimos enredándonos en nuestros propios problemas con una maestría vergonzosa.
Hizo una pausa, como si ordenara sus pensamientos antes de llegar al verdadero núcleo.
—Mire, el punto es este: usted ya no es ese niño. Él ya no es ese joven paralizado entre lo que sentía y lo que debía hacer. El obstáculo más grande —el moral, el legal— ya no existe. Lo que queda son… los fantasmas. Su dolor de entonces. Su miedo a que lo abandonen otra vez. Su resentimiento porque él prefirió huir en lugar de quedarse a enfrentarlo. Y el miedo de él a que usted nunca lo perdone por haberlo dejado solo con aquel desastre. Eso es lo que deben enfrentar ahora.
—Y esos pensamientos de querer hacerlo pagar, de que sienta lo que usted sintió, hijo… si de verdad quieren algo bueno, si quieren empezar una relación de verdad, elimínenlos de la cabeza. O simplemente no empiecen nada. Si no puedes dejar ir ese dolor, ese rencor; si no te sientes capaz de perdonar lo que hizo… ¿para qué empezar? Solo causará más dolor y sufrimiento para los dos. Porque una relación que nace del resentimiento y la revancha no lleva a nada bueno. En vez de construir sobre confianza y respeto, estarán cimentando sobre grietas que, en el futuro, se convertirán en reproches. Y no importa cuánto amor se tengan, eso no funcionará. Así que si no te sientes capaz de perdonar y confiar en él… déjenlo así. Sean amigos. No intenten nada más. Porque lastimarlo por lo que causó en el pasado, y que él acepte todo por tu "amor", no es sano. Vivirás siempre pensando que no confías en él, y él pensando que debe soportarlo todo por tu perdón. Cualquier error se convertirá en un pequeño castigo para que "aprenda a no volver a hacerlo", y eso está mal. Eso es feo, y tóxico, y solo los consumirá a los dos. Así que piénsalo bien, hijo. Si tienes esos pensamientos de venganza y castigo, no des ese paso.
Damian interrumpió, como si necesitara aferrarse a esa verdad, dejarla clara por encima de todo el caos.
—Lo quiero —la voz salió suave y baja, antes de ganar una convicción desesperada—. Yo realmente lo quiero… mucho. No es solo algo del pasado, ni algo de lo que dude…Y a pesar de todo, del dolor, de toda esta confusión que siento… no podría hacerle daño. Jamás.
Hizo una pausa. Las palabras que siguieron salieron en un susurro rasgado, cargado de una vulnerabilidad absoluta.
—Hace un par de semanas, ni siquiera me permitía pronunciar su nombre. Y ahora… ahora está en todas partes. Impregnando cada pensamiento, habitando cada rincón de esta ciudad. Es abrumador. Sí, he pensado en la venganza, en hacerlo pagar… pero sé que es una mentira. Sé que no podría. Porque solo imaginarlo, solo pensar en lastimarlo de verdad, en ver el dolor en sus ojos… me desgarra. Esa idea me provoca un dolor tan físico, tan hondo, que me ahoga. No puedo. No podría. Verlo sufrir me haría sufrir el doble.
—Lo único que quiero… —su voz se redujo a un hilo de esperanza frágil— es que esta vez salga bien. Quiero estar a su lado, sencillamente. Quiero que seamos felices, los dos. Quiero ver esa felicidad reflejada en él, y que él la encuentre a mi lado. Pero no puedo dejar de dudar, de preguntarme si todo esto es real… o quizá solo necesitamos hablar. De verdad, esta vez. Sin reproches, sin pasado entrometiéndose. Solo nosotros, con el corazón expuesto en la mano, sin ninguna otra armadura.
Jeff asintió lentamente, con una certeza tranquila.
—Bien. Es bueno que tenga eso claro y Si realmente quieres trabajar en ello, si estás listo para dejar ir todo ese dolor y empezar de nuevo… entonces háblalo. Tómense su tiempo. Hablen entre ustedes, digan lo que piensan y sienten, sin prisa. Salgan a una cita y conversen sin interrupciones. Recuerda que ya no son esos adolescentes en una situación imposible. Ahora son adultos. Han vivido separados, han sufrido cada uno a su manera, han crecido. Y si ahora, con todo lo que saben y lo que han vivido, los dos quieren lo mismo… si ese sentimiento es igual de fuerte, pero viene con la madurez de quien elige conscientemente, no solo con la intensidad ciega de la adolescencia… entonces dígame: ¿qué los detiene realmente?
Se inclinó levemente hacia adelante, su voz bajando a un tono más íntimo y penetrante.
—¿El miedo al qué dirán? ¿A su familia? —Su mirada, reflejada en el espejo, se fijó en Damian con una perspicacia que casi incomodaba—. Sabe, cualquier opinión que otras personas tengan… no importa. Si realmente usted lo quiere y quiere estar con él, es su elección, al fin y al cabo. Claro, si muchos supieran lo que pasó, se molestarían, se indignarían, porque… bueno, yo no quisiera que le hagan eso a mi hija. Pero por muy molesto que esté, sé que debo entender que es decisión de ella.
Jeff hizo una pausa, dejando esa verdad universal en el aire antes de volver a Damian.
—Usted subió a este taxi con una cara de llevar el peso del mundo. Pero cuando habla de él, de Jon, se le cambia la voz. Se le suaviza la mirada. Tiene ese… brillo. Ese brillo tonto y terco de la felicidad, incluso en medio del lío, incluso cuando intenta decir que es un idiota, que hizo aquello y lo otro. Aún en ese momento de dolor, se ve ese brillo en su mirada, aun cuando intenta aparentar indiferencia. Eso no es un recuerdo, muchacho. Eso es presente. Y lo real, cuando por fin lo encuentras después de tanto tiempo perdido… no es algo que se deja pasar por orgullo, ni por miedo, ni por fantasmas del pasado. Así que… solo actúe.
Dejó escapar un suspiro que sonaba a una resignación comprensiva, casi paternal.
—Y como le dije… usted parece una persona sensata. Y si tiene en claro lo que acaba de confesar… esa barrera, esos miedos, se disolverán pronto. Ese Jon también parece estar poniendo de su parte. Los dos quieren lo mismo, eso se nota a la legua. Así que desmenuzarlo todo otra vez, buscar culpables donde solo hubo dos chicos asustados y en una situación imposible… no lleva a nada bueno. A veces, lo más sabio es simplemente soltar. Aceptar que pasó, que dolió, pero también entender que, de una manera torpe y dolorosa, aquello los protegió de lastimarse aún más. Lo importante no es el desastre de ayer, sino empezar de nuevo desde donde están hoy, con lo que son ahora.
Hizo una pausa final, más larga y cargada, y su expresión se tornó grave, como si abordara el verdadero obstáculo.
—Sin embargo… creo que tiene un problema más grande. Más complejo. Su familia. En especial, su padre. Damian dejó escapar un suspiro largo y profundo, como si expulsara toda la tensión acumulada de la noche. El motor del taxi zumbaba en un ronroneo constante, un bajo continuo a sus palabras.
Tras un silencio que se hizo pesado, un gemido exasperado le brotó del pecho.
—Sí. Lo sé. Ha estado… insoportable. No me deja respirar. Parece decidido a hacerme la vida imposible mientras esté aquí, solo porque me negué a mudarme permanentemente a Gotham. Lo juro —añadió, con un dejo de incredulidad cansada—, su obsesión raya en lo psicótico.
—No sé si psicótico, muchacho —dijo Jeff, su voz baja y cargada de una certeza paternal que sonaba a sabiduría antigua—. Suena más a… pánico puro. A un hombre que acaba de entender, de golpe, que el tiempo no se puede detener ni negociar, y que no sabe cómo pedirle al mundo que vaya más lento… ni cómo pedirte a ti que no te vayas.
Se hizo una pausa, dejando que las palabras se asentaran como una losa entre ellos.
—No —negó Damian con firmeza, con un gesto de fastidio que le crispó la mandíbula—. Ese no es mi padre. Él no 'tiene miedo'. Es obstinación pura. Está así porque no ha conseguido lo que quiere, y no se detendrá hasta lograrlo. Eso es todo.
Jeff asintió lentamente, su mirada perdida en la cinta negra de la carretera más que en el tráfico, como si buscara respuestas en el asfalto.
—Mire, yo tengo una hija. Tiene seis años. —Su voz se suavizó, adoptando una cadencia cálida y melancólica, como si el solo hecho de nombrarla le cambiara el aire en los pulmones—. Hace apenas un par de años, no daba un paso sin aferrarse a mi mano como si fuera un salvavidas. Ahora, a veces, cuando caminamos, me la suelta. No por rebeldía ni por enojo, sino porque ya no le hace falta. Porque puede caminar sola, porque quiere hacerlo. Y cada vez que lo hace, aunque solo sea por unos metros, siento que se me escapa un poco. Que dejo de ser el suelo firme bajo sus pies para convertirme, lentamente, en el hombre que se queda atrás, mirándola alejarse.
Su mirada, reflejada en el espejo, se posó en Damian con la claridad dolorosa de quien ve el futuro desplegarse sin remedio.
—Si a mí, con mi niña de seis años, ya me duele en el alma cada paso que da lejos de mi mano… imagínese a su padre. Él no lo ve a usted como el joven de veintiún años que es. Ve al niño que una vez cargó en sus brazos. Y tiene miedo. Un miedo visceral, de esos que no se razonan. Miedo a que el mundo lo golpee y él no esté allí para interponerse, para sostenerlo. Miedo, sobre todo, a que usted ya ni siquiera quiera que lo intente. Así que se aferra. Se vuelve… pesado, celoso de un tiempo que se le escurrió entre los dedos. Intenta meterlo de vuelta en la burbuja donde aún podía protegerlo, aunque sea a golpe de reglas, interrogatorios y… sí, de una vigilancia que roza el acoso. Porque para él, eso es infinitamente mejor que el silencio. Mejor que el vacío de una habitación que ya no es la de su hijo.
—Aunque, claro, puedo estar equivocado —concedió Jeff, esbozando un gesto que era más una disculpa que un retracto—. Su padre podría ser, en efecto, un imbécil. Pero lo que yo creo… lo que siento que pasa, es que él está atascado en esa etapa en la que te das cuenta, de golpe, de que tu hijo dejó de ser la sombra que te seguía a todas partes, pidiendo a gritos que lo miraras. Y que ahora, en el mejor de los casos, solo te encuentra… molesto. Es una de las transiciones más duras. Y creo que no quiere perderlo. No quiere que se marche, y no sabe cómo soltar sin sentir que lo está arrojando directamente a la jaula de los lobos. Solo quiere protegerlo, aunque su método sea un desastre. Es puro instinto, crudo y torpe. Lo que más me parece, muchacho, es que su padre ni siquiera se dio cuenta del momento exacto en que usted creció. Y ese descubrimiento repentino… lo está aterrando.
Damian emitió un sonido entrecortado, un cruce entre un suspiro de incredulidad y el gemido ahogado de quien quiere entender algo que se le resiste. La perspectiva de Jeff era tan sencilla, tan terriblemente humana, que le resultaba dolorosamente clara y, al mismo tiempo, imposible de aceptar del todo.
—Y, hijo… no vuelva a desaparecer así. Cinco años sin una comunicación real con su familia…
—Tuve comunicación —replicó Damian, su tono agudizándose en una defensa automática—. Viajaba los primeros años. Luego, cuando tuve menos tiempo, llamaba a mi hermano y a mi… abuelo. Era él quien se encargaba de pasar la información. De decirle a mi padre que estaba bien.
Jeff lo miró por el retrovisor, alzando lentamente una ceja. Era un escepticismo silencioso, pero más elocuente que cualquier reproche.
—Mi padre no es… el tipo de hombre que tiene mucho tiempo disponible —continuó Damian, enredándose en una justificación que a él mismo le sonaba hueca—. Y nunca sabría cuándo llamarlo. Así que mi abuelo y mi hermano, que son más accesibles, le daban el recado. Los horarios no coincidían, la diferencia horaria era un caos… y, como dije, yo estaba muy ocupado. Ellos también. Hice lo mejor que pude dentro de lo posible. Además —añadió, con un dejo de amargura—, tampoco es que a ellos les importara demasiado.
—¿En serio cree que no le importó?
—Sí —dijo Damian, y esta vez su voz sonó más cansada que defensiva, como si el esfuerzo de sostener esa certeza lo estuviera agotando—. Usted me dice que debí ser más comunicativo, y tal vez tenga razón. Pero la verdad es que mi padre nunca me llamó. Nunca. Solo cuando necesitaba algo, o para exigirme. ¿Sabe? Después de un tiempo, uno deja de esperar la llamada que no llega. Se me hace imposible creer que le importara tanto como dice.
Hizo una pausa, mirando por la ventana la ciudad que se desvanecía en la oscuridad.
—Porque si de verdad le importara… ¿por qué nunca vino? En todos estos años, ni una sola vez. Puedo entender la lógica de lo que dice, Jeff. Suena razonable, humano. Pero mi padre no es así. No es un padre común. Es… una fuerza de la naturaleza con una agenda. Parece tener tiempo para otras cosas, pero… mire, no soy un hijo desagradecido ni idiota. Sé que las actividades que mantienen entretenido a mi padre son de suma importancia, que no puede delegarlas. Lo entiendo. Pero lo que está pasando ahora… esta insistencia repentina, este acoso… no es la preocupación de un padre normal. Él no es así. Él solo está irritado porque las cosas no están saliendo como él quiere, y está usando su insistencia y presión para que seda ante su voluntad. Yo ya estoy cansado de luchar contra una pared. Así que lo dejo ser. Que haga lo que quiera. Cuando llegue el momento todo volverá hacer como estaba antes. Por lo menos con mi padre, esta dinámica ha funcionado bien todos estos años.
—Está bien —asintió Jeff, sin insistir, pero sin ceder ni un ápice en su mirada—. No logro entenderlo del todo, y quizás nuestras perspectivas nunca coincidan. Pero hablemos del resto de su familia. Sus hermanos. Su abuelo. Cinco años, tres… da igual. Lo que sea que haya sido, son demasiados años de ausencia. ¿No le parece?
Hizo una pausa, dejando que la simpleza de esa verdad resonara.
—Puede decir lo que quiera de su padre, pero no me diga que no extrañó a sus hermanos. O que ellos no lo extrañaron a usted. Dijo que se llevaba bien con al menos uno, y estoy casi seguro de que también con los demás. Los problemas con su padre no deberían envenenar lo que tiene con ellos. Irse así, cortar el contacto… debió dolerles de una manera que quizás usted no quiso ver.
Hizo otra pausa breve, midiendo el efecto de sus palabras antes de añadir, con una firmeza que ya no era solo consejo, sino un recordatorio moral:
—Y antes de que me diga que ellos tampoco llamaron, que ellos también se equivocaron… creo que usted es mejor que eso. Mejor que convertirse en un resentido que deja de hablar con su familia solo porque los demás no tomaron la iniciativa. Eso sería convertir el orgullo en la única pared de su prisión.
Hubo un largo silencio. El zumbido del motor pareció llenarlo todo, hasta que Damian lo rompió con una voz baja, casi derrotada.
—Puede… puede que tenga razón en eso. Creo que me equivoqué ahí.
Continuaron su camino en silencio durante varios kilómetros, donde solo el zumbido del motor y el susurro del viento se escuchaban. Cuando Jeff volvió a hablar, su voz había adquirido una seriedad distinta, más grave.
—De verdad debería hablar con su padre. Usted mismo dijo que era valiente, que no temía decir las cosas difíciles. Por eso se declaró hace años, ¿no es cierto? Entonces, ¿por qué nunca le ha dicho a su padre, cara a cara, cómo se siente? Lo que lo molesta. Lo que lo lastima. Lo que necesita escuchar de él para poder seguir adelante.
Jeff respiró hondo, como si lo que siguiera fuera la pieza central de todo.
—Mire, la familia no es un trampolín del que uno salta y listo. Es la red que lo atrapa cuando cae. Si los ignora, si construye un muro entre usted y ellos, las heridas no se curan; se infectan en la oscuridad. La confianza se pudre. Se vuelven extraños que comparten un apellido y un pasado, pero no un presente. Y da igual lo fuerte o exitoso que sea allá afuera, si al final del día regresa a una casa que se siente vacía y a un silencio que duele más que cualquier golpe…
Su mirada, reflejada en el espejo, era intensa, casi abrasadora.
—Y la verdad, no creo que su padre sea tan frío o cruel como usted lo pinta. Nadie que esté realmente vacío por dentro se aferraría con tanto ahínco por no perder a alguien. Ni tomaría el primer vuelo disponible al enterarse de que estaba herido. Dijo que su padre casi se descompuso cuando le llegó la llamada, ¿no es así?
Jeff hizo una pausa, buscando las palabras exactas.
—El miedo verdadero es silencioso, muchacho. La indiferencia, también. No los confunda. Lo que su padre hace… eso es pánico. Pasó años en silencio, esperando quizás a que usted decidiera volver por su propia voluntad, sin darse cuenta de que él también tenía la opción —y la responsabilidad— de ir hacia usted. Y ahora está haciendo ruido de la única manera que parece conocer: con control, con exigencia, con presencia abrumadora. Es el ruido desesperado de alguien que no sabe cómo articular "te extraño" o "tengo miedo de que ya no me necesites". Parece un hombre que nunca aprendió a comunicarse, pero no creo que eso signifique que usted no le importe. Al contrario, creo que le importa demasiado, y por eso, cuando usted se alejó, él le dio ese espacio… sin entender que el espacio era precisamente lo último que usted necesitaba.
Damian emitió un sonido entrecortado, un cruce entre un suspiro y un gemido. La perspectiva que Jeff le ofrecía era tan simple, tan desgarradoramente humana, que le resultaba dolorosamente clara y, al mismo tiempo, imposible de reconciliar con los hechos de su vida.
—Lo entiendo, Jeff. Es solo que… es difícil de creer. Y no es que mi padre sea una mala persona, es solo que nuestra relación siempre fue… complicada. Y yo…
Jeff lo interrumpió con suavidad, pero sin dejar espacio para más excusas.
—Dale una oportunidad —concluyó, su voz ahora amable pero impregnada de una firmeza inquebrantable—. Hablen. Encuentren algo, cualquier cosa, que a los dos les guste y compartan eso. No es fácil, lo sé. Yo también fui un hijo. Yo también estuve en su lugar alguna vez, creyendo que todo era injusto, peleando, guardando rencor… y no digo que nuestros padres sean iguales. Claro que no. Cada uno comete sus propios errores.
Su tono se volvió más íntimo, cargado de una nostalgia que venía de la experiencia.
—Pero ahora que soy padre, puedo entender ciertas cosas… y me arrepiento de otras, profundamente. Puedo comprender a mis padres ahora más que nunca. Los castigos de mi padre, los regaños de mi madre… veo con claridad que todos esos momentos en los que creí que eran insensibles, que no me comprendían o que, en el fondo, no me querían… eran lo contrario. Sé que lo que hizo mi padre, por duro que pareciera, solo era para protegerme.
Hizo una pausa, y su voz se cargó de una pena silenciosa, antigua.
—Me gustaría poder decirle que estoy agradecido. Que lo quiero. Pero no puedo. Mi padre murió pensando que lo odiaba, que no lo quería. Nunca pude disculparme, ni decirle que lo amaba, ni agradecerle por todo lo que sacrificó por mí. Y ahora solo me queda mi madre. Por eso, a veces… solo deseo que el tiempo pase más lento. Como hijo, quiero más tiempo con ella. La siento irse, día a día, y anhelo con todo mi ser retenerla a mi lado, aunque sea un instante más.
—No me gustaría que pasara por lo mismo. Que se arrepintiera, años después, de no haber pasado más tiempo con su padre. De sentir que pudo hacer y decir más, en lugar de distanciarse, de dejarlo ser, de mostrarse indiferente y tratarlo como una molestia. Y por mucho que él parezca frío o distante… inténtelo. Si cree que su padre está equivocado, entonces demuéstrelo no siendo como él. No cometa sus mismos errores. Dé usted el primer paso… Creo que su padre espera, en el fondo, que usted sea mejor. Que si él no puede dar un abrazo o encontrar las palabras correctas… usted lo haga. Rompa esa barrera. Cierre ese ciclo de silencio que no les permite mirarse a los ojos. Acérquese. Abrácelo. No tema que lo rechace; tema más no haberlo intentado.
Su voz se volvió más íntima, cargada de una súplica personal.
—Se lo digo como padre: créame, su padre lo apreciaría más de lo que sus acciones —o su silencio— podrían expresar. El tiempo es lo único que no podemos recuperar. Pasa veloz y no perdona a nadie. Un día despiertas y descubres un dolor nuevo, arraigado en sitios que ni sabías que podían doler; te das cuenta de que te has hecho viejo y dejaste pasar momentos decisivos sin siquiera haberlos reconocido. Y para entonces, ya no hay vuelta atrás…. Yo lo veo ahora con mi propia hija: cada día que crece es un día menos de los que me quedan para cargarla en brazos. Por eso le ruego al tiempo que vaya más lento, aunque sé que no me escuchará. Quizás su padre solo esté pidiendo, a su manera torpe y urgente, lo mismo: un poco más de tiempo a su lado, antes de que el mundo lo reclame por completo
Hizo una pausa significativa, cargada de un consejo que sonaba a advertencia solemne.
—Y, hijo… no vuelva a desaparecer así. Cinco años sin una palabra verdadera con su familia es una eternidad, incluso para los más fuertes. El silencio puede parecer el camino más fácil, pero es el que más hiela el alma.
—Tal vez tengas razón —concedió Damian, con un suspiro que sonó más a rendición que a derrota—. Podría intentarlo. Pasar más tiempo con mi padre. Convivir de verdad con toda mi familia, no solo estar ahí como un espectro molesto y distante, pensando que todo es un fastidio. Se los debo… al menos, intentarlo. De verdad, esta vez.
—Bien —asintió Jeff, y en su voz había una satisfacción tranquila, de quien ha plantado una semilla y confía en que echará raíz—. Inténtelo. Al menos así, pase lo que pase, usted sabrá que lo intentó. Y si no funciona, si todo sigue igual… entonces podrá dejarlo ir con la conciencia limpia. Pero no se retire sin intentarlo. Hágalo como el hombre adulto que es… y sánele el corazón a ese niño herido que aún lleva dentro.
El resto del viaje transcurrió en un silencio cómplice. El paisaje urbano se desvaneció gradualmente, reemplazado por vastas propiedades, arboledas oscuras y setos perfectamente delineados. Jeff conducía con cuidado por la carretera, tarareando la canción tenue de la radio mientras pasaban frente a una sucesión de grandes mansiones. Al fondo, donde el camino se perdía entre la oscuridad, una silueta monumental empezó a dominar el horizonte.
A medida que se acercaban, la silueta de la Mansión Wayne se hizo visible a lo lejos, extrañamente oscura y silenciosa bajo el cielo nocturno.
Jeff silbó suavemente, casi sin aliento, y su mirada encontró la de Damian en el retrovisor.
—Vaya… —musitó, más para sí mismo—. Así que es un Wayne.
Damian esbozó una media sonrisa, un gesto extrañamente ligero que le suavizó la rigidez habitual de su rostro.
—El apellido suele tener ese efecto —dijo, con un dejo de ironía resignada que apenas velaba un dejo de fastidio ancestral—. Aunque, por lo general, la reacción es un poco más… estridente.
—¿Así? —rio Jeff suavemente, su mirada perdida un instante en la majestuosa y oscura silueta que se alzaba al fondo del camino—. Supongo que es el precio de la fama.
Damian no respondió. Permaneció en silencio mientras el taxi recorría los últimos metros del camino privado, observando cómo la mansión se volvía más definida, más real con cada segundo. La luz de la luna bañaba los contornos de las torres y se reflejaba en las ventanas vacías.
Cuando la reja principal de hierro forjado, coronada por el emblema de los Wayne, estuvo a una distancia que consideró segura —unos cincuenta metros—, habló de nuevo.
—Jeff, puede detenerse aquí, por favor.
Su voz era baja, pero poseía una claridad que cortó el silencio del auto como una navaja.
Jeff asintió sin cuestionar. Con un movimiento suave del volante, guio el taxi hacia el borde del camino de gravilla, donde el asfalto daba paso a la tierra bien cuidada de la propiedad. El motor en ralentí era el único sonido. Contempló la extensión de terreno, los setos impecables, la oscuridad casi absoluta de las ventanas de la mansión, con un asombro contenido que se le notaba en la forma en que entrecerraba los ojos.
—¿Está seguro de que quiere bajarse aquí? —preguntó, genuinamente preocupado—. Puedo acercarme más a la puerta sin hacer ruido. Hace frío, y con ese hombro… el camino es largo.
—No es necesario —respondió Damian, suave, pero con una firmeza que no admitía réplica—. Prefiero que mi llegada pase… desapercibida.
Una vez detenidos por completo, Jeff accionó el freno de mano con un chasquido suave y apagó el motor. El silencio repentino fue casi tangible. Entonces, en lugar de limitarse a mirar por el retrovisor, giró todo el cuerpo en su asiento de cuero crujiente. Su expresión ya no era solo de curiosidad o amabilidad profesional; era de un asombro creciente que se mezclaba con la picardía satisfecha de quien acaba de encajar la última pieza de un rompecabezas complejo.
—Creo que ya sé quién es usted —dijo al fin, la voz un poco más baja, como si el entorno silencioso exigiera discreción.
Damian, que ya tenía la mano en la empuñadura de la puerta, se detuvo. Arqueó lentamente una ceja, y su media sonrisa se tornó en algo más inquisitivo, casi un desafío juguetón.
—¿Ah, ¿sí? —preguntó, dejando que las dos sílabas flotaran en el aire quieto del auto—. ¿Y quién sería yo, Jeff?
Jeff sostuvo su mirada. No había triunfalismo en sus ojos, solo la certeza clara de quien ve algo con total nitidez por primera vez.
—El hijo menor —declaró, y las palabras parecían tener un peso especial en la penumbra del taxi. Una sonrisa lenta, cálida y triunfal se le dibujó en la cara mientras extendía la mano, no para despedirse, sino para recibir el billete que Damian ya le ofrecía. Tomó el dinero con un gesto deliberado, casi ceremonioso—. Damian. Damian Wayne.
Damian no confirmó ni lo negó. No hizo falta. Se limitó a sostener la mirada de Jeff, y aquella media sonrisa inquisitiva se transformó en algo más abierto, más auténtico. Una complicidad silenciosa se estableció entre ellos, tejida con confesiones y consejos dados en la intimidad móvil del taxi.
—¡Claro que lo es! —continuó Jeff, hablando más consigo mismo ahora, como si ordenara los recortes mentales de revistas y noticias en voz alta—. Usted es el hijo menor. El que… bueno, el que se esfumó. Hace años que no se veía su nombre en los periódicos, al menos no como antes. Decían que había tenido un… ¿cómo lo llamaron los de la revista? —Frotó su barbilla, buscando la frase—. Un ‘distanciamiento familiar’. Tonterías, siempre usan palabras grandes. Lo que querían decir es que se alejó después de que su padre se casó y que la… la nueva señora Wayne se asentara.
Damian emitió un leve sonido, un cruce entre un suspiro y una risa ahogada, cargado de una exasperación tan antigua que ya casi sabía a resignación.
—Vaya —murmuró Damian, sacudiendo la cabeza con un dejo de cansancio—. Los chismes de Gotham. Nunca decepcionan en su habilidad para asegurar e inventar una pelea familiar y convertirlo en un drama social.
Jeff no respondió de inmediato. Se quedó quieto, mirando alternativamente a Damian y a la silueta oscura de la mansión, mientras las piezas encajaban en su mente con un silencio casi audible. Soltó un pequeño bufido, un sonido entre la risa y la resignación
—. Bueno, supongo que así es la prensa. Toman una migaja de verdad, le añaden tres kilos de especulación y lo venden como un banquete. Y nosotros, creemos todo sin dudar
Hizo una pausa, dejando que el peso de esa simple verdad se asentara. Luego, una carcajada breve y sincera le brotó del pecho, llenándole los ojos de arrugas.
—¡Vaya! —exclamó, sacudiendo la cabeza incrédulo—. Así que Bruce Wayne resulta ser un padre sobreprotector con problemas para hablar de sentimientos. Y aquí estaba yo, en mi taxi, dándole consejos paternales al hijo de uno de los hombres más ricos del planeta. —Se frotó la barbilla, como si comprobara la realidad del momento—. La vida tiene unas ironías… ¿sabe? Es desconcertante. Uno los ve en las pantallas, en las revistas, y piensa que viven en otra realidad. Y resulta que tienen los mismos líos con sus hijos, los mismos silencios incómodos en la cena… —Dejó escapar un suspiro entre risueño y filosófico—. Lo hace parecer más real. Menos un título de revista y más… un hombre. Jamás pensé que Bruce Wayne tuviera problemas para decirle 'te quiero' a su propio hijo.
—No somos tan diferentes, Jeff —respondió Damian, con la mano ya en el tirador de la puerta—. Solo tenemos un telón de fondo más grande, con más focos. Pero los guiones, los problemas de fondo… son los mismos.
—Se parece mucho a él, ¿sabe? —dijo Jeff, observándolo con una curiosidad renovada—. Ahora que lo miro bien… la mandíbula, la forma de fruncir el ceño. Es muy parecido, aunque su padre sonríe más en las fotos. Usted es… más serio. Como si hubiera heredado todo el peso del apellido y ninguna de las sonrisas de fachada. —Se rio de nuevo, más suavemente, casi con ternura—. Oh, Dios. Qué locura.
Damian abrió la puerta del auto. Una bocanada de aire frío de la noche entró de golpe, llevándose el calor acumulado y el olor a café viejo. Jeff se movió rápidamente, revolviendo en su bolsillo para sacar el cambio.
—Espere, su vuelto…
—Guárdelo —lo interrumpió Damian, ya con un pie en la gravilla. Su voz era firme, pero su expresión se había suavizado—. Me escuchó. De verdad. Y me aconsejó sinceramente, no hubo juicio ni minimizo mis problemas, aunque podrían parecer banales ante los suyos, tomo enserio mis sentimientos y me dio los consejos que mejor pudo dar desde su perspectiva. Eso… vale mucho más que cualquier tarifa.
Jeff bajó la mano con el dinero, pero su sonrisa no decayó; al contrario, se hizo más cálida, más profunda.
—Y usted, joven Wayne —dijo, con un tono de respeto genuino que no tenía antes—, me dio una entrevista de trabajo. Me tendió una mano cuando solo era un taxista más. Eso me dará más tiempo con mi hija, con mi familia. Y eso —concluyó, sosteniendo su mirada— vale infinitamente más.
Damian asintió, una esquina de su boca se curvó en una leve y auténtica sonrisa.
—Es solo una entrevista, Jeff. No he hecho mucho por ti.
—¿Ah, ¿sí? —Jeff hizo un gesto con la cabeza, juguetón, como si Damian no entendiera la magnitud del asunto—. Para mí ya es más de lo que alguna vez pensé conseguir: una oportunidad de verdad. Un lugar donde demostrar lo que sé hacer, de frente, con gente que sabe. Y si me quedo con el trabajo o no… eso ya es otra historia. Pero al menos tendré el chance. Y si no… —añadió, con un brillo pícaro en los ojos—, siempre puedo abrir mi propio local con esta anécdota. "El strudel que aconsejó a un Wayne". —Pronunció el apellido con una solemnidad exagerada—. Tiene cierto atractivo, ¿no le parece?
Damian no pudo evitar una sonrisa más amplia, que le aligeró el gesto por completo.
—Bueno, creo que lo merece. Es un buen hombre. Y Jeff… sobre lo que hablamos…
—No diré nada, señor —lo interrumpió Jeff, con una seriedad repentina que transformó por completo su expresión jovial—. No soy un chismoso. Y lo que me contó… no es un secreto de estado. Son cosas que pasan en todas las familias, solo que a las suyas les ponen un micrófono. Así que no se preocupe. No saldrá de este taxi.
Su tono se suavizó entonces, volviéndose casi paternal, mientras su mirada recorría el rostro de Damian con una nueva claridad.
—Y, vaya… es una sorpresa verlo así. De verdad. Recuerdo las fotos en las revistas. Era un niño pequeño, siempre con el ceño fruncido, como si el mundo entero le debiera una explicación. —Jeff hizo un gesto con la mano, midiendo una altura imaginaria a la altura de su pecho—. Y ahora… mírelo. Es enorme. Por eso no lo reconocí. He visto a sus hermanos, al señor Wayne… pero usted se esfumó. Y de repente, aquí está, hecho un hombre. Es raro, ¿sabe? Verlo así, tan… de repente. Supongo que por eso su padre está tan desconcertado. Debe sentirse fuera de lugar. Usted, en serio, era muy pequeñito. —Jeff silbó suavemente, moviendo la cabeza con un asombro genuino—. Es increíble cuanto cambio.
Damian sintió una leve sorpresa al darse cuenta de que el comentario de Jeff no lo había molestado. Hubo un tiempo, no muy lejano, en que cualquier referencia a su estatura o a su juventud lo habría irritado profundamente. Las bromas sobre ser "el pequeño" le parecían entonces un intento de menosprecio, una negación de su fuerza y su capacidad. Ahora, mirando hacia atrás, toda esa susceptibilidad le parecía absurda y hasta un poco graciosa. Cuánta importancia les daba a esos detalles, pensó. Cuánto miedo le daba que su padre, o incluso su madre, lo vieran como alguien pequeño y débil, y lo descartaran por ello.
Aún hoy, de adulto, cargaba con esos resquicios de orgullo herido. Aún le costaba tolerar que lo percibieran como vulnerable. Pero Jeff lo había tratado, durante todo el viaje, simplemente como a una persona. No como a un Wayne, ni como a un soldado, ni como a un problema. Solo como a un joven con el corazón hecho un lío. Y en esa normalidad impuesta por un taxista desconocido, Damian se había sentido… bien. Extrañamente a gusto.
—Sí —dijo Damian, con un dejo de ironía cansada en su voz mientras abría la puerta—. Me lo han dicho. —Hizo una pausa, con un pie ya fuera del auto, y miró a Jeff por última vez. Su tono perdió el tono cínico y se volvió completamente sincero—. Y gracias. Tus consejos… fueron exactamente lo que necesitaba oír, Jeff.
Por primera vez en lo que parecía una eternidad, Damian rio de verdad. Fue un sonido bajo, genuino y sorprendentemente libre, que escapó de él mientras cerraba la puerta del taxi, aislando ese momento de complicidad en el interior del auto.
—¡Oiga! —Jeff lo llamó, reclamando su atención una última vez. Su voz era baja pero llena de convicción—. De verdad… no creo que sea un mal hombre, su padre. Puede ser distante, siempre lo fue —eso al menos es lo que siempre sale en las noticias—, un hombre un poco perdido en sus propias batallas. Pero no tuvo una vida fácil. Y, por lo que usted me cuenta y por lo que yo veo, con todo lo que ha pasado… lo está intentando. Es una gran persona, aunque parezca algo torpe en lo que más importa. Bruce Wayne tiene un gran corazón. Ha sido, de hecho, una de las personas que más ha ayudado a esta ciudad, a toda la gente que vive aquí.
—Y por eso, Jeff —dijo Damian, con un dejo de ironía en la voz, pero con una sonrisa auténtica en los labios—, es precisamente por lo que no te dije quién era mi padre al principio. Sabía que, te pondrías de su lado.
—¡Ehh, no! —protestó Jeff, levantando las manos en un gesto defensivo y risueño—. ¡Claro que no! Bruce Wayne o no, creo que un padre debe disculparse con su hijo si comete un error, y ser más presente. Lo que digo es que no creo que sea una mala persona. Solo… hablen. Soluciónenlo. De verdad, inténtelo con su padre.
Damian sonrió, un gesto genuino, cansado, pero también esperanzado.
—Lo haré. Creo que mi padre y yo nos lo debemos. —Hizo una pausa, ya con la puerta entreabierta—. Y tal vez vaya uno de estos días a probar sus postres, Jeff. Así podremos conversar más.
Damian comenzó a alejarse por el camino de gravilla, dejando atrás el taxi aún estacionado. Sus pasos eran firmes mientras se acercaba a la silueta monumental de la mansión, que se recortaba oscura e imponente contra el cielo nocturno. Las luces del auto se encendieron a sus espaldas, y el sonido del motor al arrancar rompió el silencio. Entonces, un grito lo detuvo.
—¡Oye! —lo llamó Jeff, asomando la cabeza por la ventanilla—. Yo también me escapaba de casa a su edad. Un consejo de veterano: cuando llegue a la puerta, quítese los zapatos. Hacen menos ruido. —Hizo una pausa, y una sonrisa amplia y cómplice se le dibujó en el rostro—. Y buena suerte con Jonathan. La va a necesitar. Al pobre Bruce le va a dar algo cuando se entere de que un chico viene a llevarse a su bebé.
Una sonrisa genuina, pequeña y real, tocó los labios de Damian.
—Gracias, Jeff. Por todo.
—Buena suerte, muchacho.
El taxi se alejó, giró en una amplia "U" en el camino privado, y sus luces traseras fueron desapareciendo gradualmente en la oscuridad, como dos puntos rojos que se fundían con la noche. Damian se quedó quieto un momento, respirando el aire frío que olía a tierra húmeda. El peso de la conversación aún descansaba sobre sus hombros, pero ahora mezclado con una claridad nueva, menos agobiante.
Damian continuó su camino hacia la mansión oscura. Se alejó del sendero principal y se filtró entre los árboles como una sombra más. Con un salto preciso y silencioso —forzando a su hombro lesionado a cooperar a pesar de la punzada de dolor—, superó el muro perimetral con una agilidad, a pesar de la molesta punzada.
Una vez dentro, se movió con cautela, pero con conocimiento interno. Evitó los puntos de seguridad que recordaba, aquellos que él mismo había ayudado a diseñar años atrás —aunque sabía que su padre modificaba los protocolos con frecuencia—, confiando en que los cambios no fueran tan radicales en esta zona menos vigilada. Se deslizó por el borde de la entrada principal, manteniéndose fuera del ángulo de las cámaras, rodeó la silueta imponente de la mansión y llegó hasta la puerta lateral que siempre parecía quedar al margen de las actualizaciones de seguridad.
Allí, en el umbral, recordó el consejo de Jeff. Se detuvo, se quitó los zapatos y los colgó de los dedos de su mano sana. Luego, en un silencio absoluto, cruzó el umbral. El frío del mármol antiguo del suelo se filtró al instante a través de sus calcetines, un hormigueo helado que le recorrió los pies y le recordó, de manera visceral, que estaba entrando en un territorio familiar altamente peligroso.
La mansión estaba sumida en una penumbra profunda, solo rota por el tenue resplandor de unas pocas lámparas de pared encendidas en puntos estratégicos, cuya luz apenas iluminaba pequeños círculos en la oscuridad. No había ruido de voces, ni de pasos, solo el profundo y vasto silencio de la noche, interrumpido por el leve crujir de la estructura y el susurro del viento presionando contra los ventanales altos.
Damian avanzó despacio, los zapatos balanceándose ligeramente en su mano como trofeos de una infiltración exitosa. Cruzó el vestíbulo principal, donde el mármol helado daba paso a la suave y densa lana de una alfombra persa bajo sus pies. El gran espacio estaba sumido en un silencio casi tangible, acogedor en su vacío. Perfecto, pensó. Al parecer, no había nadie cerca.
Exhaló un suspiro sordo, permitiendo que una pizca del alivio que sentía se escapara, y se lanzó hacia la base de la gran escalera. Sus pasos, amortiguados por la alfombra, fueron tan livianos que ni el más fino polvo se habría alterado. Ascendió los peldaños con la gracia y rapidez hasta llegar al descansillo del segundo piso sin provocar un solo crujido traicionero en la madera antigua.
Victoria. Solo unos metros de pasillo alfombrado lo separaban de la seguridad y privacidad de su habitación.
—Buenas noches, maestro Damian. Qué… oportuno regreso.
La voz, serena y afilada, se elevó desde el corazón mismo de las sombras que habitaban el vestíbulo. Damian se petrificó en su lugar. Su corazón, que momentos antes latía con la excitación sigilosa de la infiltración, dio ahora un vuelco seco y frío de puro pánico. Giró la cabeza con lentitud, como si un movimiento brusco pudiera empeorar las cosas.
Abajo, emergiendo de entre los pliegues de penumbra junto a la columna—como si hubiera estado materializándose desde la oscuridad, esperando precisamente este instante—, estaba Alfred. No parecía sorprendido. Su expresión era la de resignación. Sus manos estaban entrelazadas con tranquilidad a la espalda, en la postura impecable que siempre lo caracterizaba, su mirada clara y desapasionada escaló los peldaños, hasta clavarse en Damian.
Fue una mirada que, sin decir una palabra, lo hizo sentir culpable. No por una falta específica, sino por la transgresión general de ser Damian Wayne, llegando a casa a esa hora, de aquella manera. Alfred escaneó la escena completa en un instante: los pies descalzos sobre la alfombra persa, los zapatos colgando como un trofeo absurdo de los dedos de su mano sana, el cabello alborotado por el viento nocturno, la ropa desaliñada y con ligeras marcas de haber escalado el muro y escurrirse entre los setos. Y, por encima de todo, la expresión en su rostro que, por más que lo intentara, no podía ocultar lo profundamente inoportuno, lo evidentemente furtivo de su regreso.
—Alfred —logró articular, forzando su tono hacia la neutralidad, aunque le salió un poco más tenso y agudo de lo deseado—. El tráfico desde Metrópolis era… caótico. El autobús llegó con retraso y luego…
—Oh, joven maestro. Qué… desafortunado contratiempo —murmuró Alfred, sin que un solo músculo de su rostro se alterara—. Las vicisitudes del transporte público son, por definición, impredecibles.
Hizo una pausa. Fue apenas una fracción de segundo, pero suficiente para que la siguiente palabra cayera entre ellos con el peso preciso de un guante de terciopelo.
—Sin embargo… eso no explica por qué ingresa por la puerta lateral como un felino callejero, a punto de cometer alguna travesura, y en tan peculiar… estado de desorden —concluyó, dando por terminada la observación con un leve pero elocuente gesto que abarcó a Damian de pies a cabeza—. Olvídelo. Sin embargo, le sugiero que descienda esas escaleras y se dirija a la cocina inmediatamente. Afortunadamente, me he tomado la libertad de mantener caliente su cena. Un sustento adecuado, previo a su medicación.
Por un segundo, un alivio instantáneo —tan abrupto que casi le hizo flaquear las rodillas— inundó a Damian. Había esperado un sermón completo, pero Alfred parecía dispuesto a pasar página. Pero, el respiro se evaporó tan rápido como llegó: bajar a la cocina significaba riesgo. ¿Y si alguno de sus hermanos estaba merodeando por allí?
—Su padre y sus hermanos han salido —declaró Alfred, como si leyera su pensamiento—. Asuntos urgentes que atender en los muelles. Sin embargo —continuó, y esta vez su voz adoptó un tono más significativo—, su padre preguntó expresamente por su paradero en tres ocasiones distintas antes de partir. De hecho, pregunto por usted durante toda la tarde. Dado su estado de convalecencia, resulta comprensible que manifieste cierta inquietud…Debería avisar si planea llegar tarde, señor.
Damian se removió incómodo en su lugar, la mirada fija de Alfred pesando sobre él.
—Sí, claro… Se me hizo tarde y… —comenzó a balbucear, pero Alfred lo interrumpió con una leve elevación de ceja, un gesto que indicaba claramente que las excusas no eran necesarias… ni bienvenidas.
—Bajaré inmediatamente —murmuró Damian, comenzando a descender los escalones con una urgencia renovada. Pero se detuvo en seco. Aún tenía los zapatos colgando de sus dedos. Se dio cuenta, de repente, de que olía a aire nocturno, a asfalto frío… y sí, inevitablemente, a helado de vainilla y, muy en el fondo, a esa esencia única a jabón limpio y calor que era puramente Jon, impregnada en su ropa y su piel. Un rubor leve le subió por el cuello. —En realidad… debería asearme antes. El… smog. La contaminación urbana. Estoy impresentable. No sería apropiado sentarme a comer así.
Alfred no pestañeó. Solo inhaló muy, muy lentamente, un suspiro que parecía contener siglos de historia Wayne, de travesuras adolescentes, de excusas creativas y de regresos furtivos a altas horas de la noche.
—Comprendo —dijo, y las dos palabras resonaron como una sentencia condenatoria envuelta en absolución—. La 'contaminación urbana' puede ser… tenaz. Y ciertamente —añadió, mirando con una expresión ligeramente dolorida los pies descalzos de Damian y los zapatos que sostenían—, debería cambiarse y asearse antes de entrar en mi cocina. Muy bien. Tendrá cinco minutos para… descontaminarse. Luego, se le espera abajo. Con puntualidad, si es tan amable. Mientras tanto, informaré a su padre que ha regresado sano y salvo del frente de batalla contra el esmog. Sin duda eso contribuirá a que se relaje; ha estado particularmente… intenso hoy.
Damian asintió y giró para subir rápidamente a su habitación, pero la voz de Alfred lo detuvo de nuevo, clara y firme.
—Joven señor —dijo, y esta vez no había rastro de ironía velada, solo la fría y clara decepción, serena—. Por favor, hágame el honor de no repetir esta… exhibición. Lo he criado como a un joven decente. Con modales. Con un concepto básico de la dignidad personal. Regresar al hogar familiar como el protagonista de una novela barata, en un estado que sugiere una velada de juerga particularmente desastrosa, es… —hizo una pausa calculada, buscando la palabra definitiva que se clavar— indigno e inaceptable. De usted.
Dejó que la palabra resonara en el vestíbulo silencioso, un eco que condenaba más que cualquier grito.
—Y ahora, apresúrese —continuó, su tono virando de la decepción solemne a la eficiencia práctica—. Mañana será un día largo, y el descanso no es una sugerencia.
La reprimenda, dicha con esa calma glacial, golpeó a Damian con más fuerza que cualquier estridencia. Asintió una vez, un gesto seco, sin atreverse a articular palabra, y se apresuró escaleras arriba. La desaprobación de Alfred se había adherido a él como una segunda piel, más pesada y sofocante que cualquier abrigo.
—Entendido —logró gruñir, su voz ronca por la prisa y una vergüenza que le ardía en la garganta.
Giró sobre sus talones y se abalanzó hacia el pasillo de su habitación, los zapatos balanceándose de sus dedos y golpeándole tontamente contra el muslo. Justo cuando doblaba la esquina y creía haberse librado, el aire quieto del pasillo le trajo el último y perfectamente audible comentario de Alfred, dirigido aparentemente a las sombras o a la Noche misma:
—Demasiado parecido a su padre en los malos hábitos —murmuró, con un dejo de exasperación cariñosa—. Aunque, hay que concederle algo a esta generación: al menos vuelve a casa y con ambos zapatos en su poder. Un progreso, supongo. Si uno es de miras bajas.
Damian apresuro el paso hasta casi correr, una oleada de calor que le quemaba las orejas y el cuello. Maldita sea.
La noche había caído. Desde la ventana de su habitación, podía ver el destello intermitente de las luces de los autos ascendiendo por el camino privado, mientras desde la planta baja el ruido constante de voces y música brotaba del ala norte de la mansión. El sonido crecía con cada minuto que pasaba, una marea de frivolidad que se acercaba, inminente.
Su padre, por supuesto, no podía conformarse con una cena íntima o un evento discreto. No. Bruce Wayne tenía que invitar a media Gotham y a toda la prensa para celebrar su quinto aniversario de bodas. ¿Cómo lo había llamado su padre? ¿Bodas de madera? ¿O de papel? Damian arrugó la nariz ante el absurdo de los nombres. Un fastidio monumental.
Durante todo el día había sopesado, de forma fugaz pero genuina, métodos drásticos para evadir el evento. Había considerado desde fingir una recaída médica —aunque su padre, con esa mirada que atravesaba pretextos, no parecía dispuesto a creerle— hasta orquestar un falso “accidente” lo suficientemente leve como para justificar su ausencia, pero lo bastante creíble para no levantar sospechas mayores.
Al final, el pragmatismo se impuso. Asistir sería menos problemático —y menos agotador— que lidiar con las consecuencias de desertar.
Además, se había hecho una promesa silenciosa: intentaría arreglar las cosas con su padre. Esta noche, por molesta y artificial que fuera, era el punto de partida. El primer paso para reconstruir algo que, — como Jeff le había hecho ver con dolorosa claridad, —estaba más roto de lo que quería admitir. No era saludable vivir alejado de su familia, ni pasar cada reunión sumido en un resentimiento mudo, sintiendo que todo era un fastidio. Así que la fiesta no se veía tan mal.
Al menos, ya no era un niño. Eso significaba que se libraba de los pellizcos en las mejillas y de ser exhibido como el “adorable hijo de Brucie Wayne”. Solo tendría que soportar sonrisas falsas, preguntas insípidas de periodistas y la sensación de ser un espécimen bajo un microscopio social. Un fastidio, sí, pero uno manejable. O eso se repetía a sí mismo.
Con un suspiro, apartó la vista de la ventana y se encontró con su reflejo en el espejo de cuerpo entero. Su cabello, rebelde como siempre, se resistía a cualquier noción de orden. Tras unos minutos de lucha infructuosa, había cedido, dejándolo con un estilo desordenado que, admitía a regañadientes, no le quedaba del todo mal.
Aunque el verdadero problema no era su cabello, ni siquiera el traje de tres piezas de un negro absoluto —tan oscuro como la capa de Batman— que ya vestía. No. El enemigo era otro.
Colgando de su cuello, inerte y burlona como una serpiente de seda, estaba la corbata negra.
Con el brazo izquierdo algo torpe y aún punzante dentro de la manga de su camisa, cada intento de domar la corbata se convertía en un espectáculo patético de torpeza. Su mano derecha, diestra con una katana o para desarmar una bomba, se sentía torpe e inútil ante un trozo de seda. Maldita sea. El nudo seguía quedando asimétrico, flojo y desastrosamente feo.
Pedirle ayuda a Alfred era impensable. El pobre hombre llevaba desde el amanecer corriendo de un lado a otro, y sin duda su padre ya lo habría acaparado para los mil y un detalles de último minuto que se le ocurrían. A veces le sorprendía lo dependiente que era su padre de Alfred, en especial para asuntos mundanos. ¿No podía un hombre rico atarse solo los zapatos?
Damian suspiró, volviendo una vez más su atención a la corbata suelta en su cuello. Podría simplemente… no llevarla. La idea fue tentadora por un segundo. Pero no, el maldito traje era de tres piezas, un nivel de formalidad que rayaba en lo absurdo. Su padre había insistido. —Te verás bien —había dicho Bruce con esa seguridad inquebrantable que surgía de haber elegido personalmente cada prenda.
Damian, al ver el conjunto completo colgado en su armario, había quedado horrorizado. —¿Podría ser algo más… sencillo? —había preguntado, tratando de sonar razonable y no como un adolescente a punto de rebelarse.
Bruce lo había mirado, genuinamente contrariado. —Pero dijiste que te gustaba.
Claro. Ese era el problema. Durante la prueba de trajes, ante la opción de un gris marengo o un azul medianoche, Damian había gruñido un vago "el negro está bien", pensando que sería algo simple, discreto, funcional. No esta… esta producción de tres piezas. Ahora estaba atrapado en las consecuencias de su propia evasiva.
Llamar a uno de sus hermanos estaba completamente descartado. No iba a darles el gusto de verlo inútil. Ni de burlarse de él. ¿Damian Wayne, vencido por un accesorio de moda? Prefería arder en el infierno. Había decidido no usar el cabestrillo precisamente por eso: por orgullo. Quería verse bien, impecable, no como un convaleciente que necesitaba ayuda para vestirse.
Pero, por Dios, si alguno de sus hermanos aparecía en esa gala con un simple traje o, peor aún, con algo cómodo y presentable, iba a hacer un berrinche. No le importaba si tenía veintiún años. No le importaba si había prensa. Si él era el único al que habían enfundado en esta tortura ridícula, se tiraría al suelo y patalearía. Quizás así su padre consideraría, de una vez por todas, excluirlo permanentemente de cualquier evento público.
Intentó volver a hacer un nudo en su cuello; esta vez parecía algo más aceptable… si lo hubiera hecho un niño de seis años. Se miró al espejo una vez más y soltó un gemido ahogado ante la vista. Parecía un muñeco de tarta nupcial. Un adorno rígido y pretencioso. Era estúpido. Y la maldita corbata seguía colgando en un nudo mal hecho, torpemente feo, burlándose de él desde su propio cuello.
Toc, toc.
El sonido, suave pero firme, atravesó la madera justo cuando la corbata se le enredaba en los dedos por tercera vez.
—¿Damian? ¿Estás listo? —La voz de Barbara, clara y serena, se filtró a través de la puerta.
Él dejó escapar un gruñido ahogado, un sonido primitivo que contenía toda su frustración acumulada: por el traje, por la corbata, por la fiesta, por tener que bajar y fingir que no quería estrangular a media Gotham. Tiró de los extremos de seda con más fuerza de la necesaria, deshaciendo el nudo malogrado.
La puerta cedió unos centímetros, y Barbara asomó detrás de ella. Su mirada, verde y perceptiva, recorrió la escena en un instante: el cabello alborotado, la corbata colgando como una derrota, la tensión en sus hombros.
—¿Puedo entrar? —preguntó, y su tono era una oferta de tregua, lleno de una calma que parecía envolver el aire entre ellos.
Damian no dijo nada. Solo movió la cabeza en un gesto corto y resignado, un asentimiento que habló por sí mismo.
Ella entró, empujando la puerta solo lo justo para pasar, dejándola entreabierta a su espalda. Damian la observó. Barbara llevaba un vestido largo de un azul profundo que la envolvía en líneas elegantes y sobrias. Era muy bonito; los hombros del vestido caían a los lados con naturalidad, la tela cayendo en un flujo impecable hasta el suelo. Su cabello pelirrojo, capturado en un moño aparentemente casual pero impecable, que dejaba al descubierto la grácil curva de su cuello, acentuada solo por el destello frío y puro de unos pequeños pendientes de diamantes. A su lado, Damian se sintió un desastre.
—Te ves bien, pajarito —comentó ella, con una sonrisa sincera. Sus ojos lo recorrieron de arriba abajo en una evaluación rápida pero exhaustiva—. El negro te da un aire… decididamente serio. —Su sonrisa se tornó un poco más cómplice—. Pero parece que la corbata te está dando una pelea que, por lo que veo, estás perdiendo de manera categórica.
Damian, con la seda negra medio enredada alrededor de sus dedos, le lanzó una mirada que pretendía ser de fastidio absoluto. Sin embargo, en la profundidad de sus ojos verdes, asomaba algo más: el reconocimiento resignado de su derrota y una muda súplica de auxilio que jamás se dignaría a verbalizar.
—Es ineficiente —masculló, desviando la mirada hacia el nudo desastroso como si el problema residiera en la tela y no en su torpeza—. Un diseño ornamental sin propósito práctico alguno. Una reliquia absurda de la etiqueta.
—Ah, la clásica declaración Wayne sobre la moda masculina —dijo Barbara, acercándose sin prisas, como si se aproximara a un animalito asustado—. Déjame ver ese nudo de cerca. Prometo no emitir un juicio estético… por ahora.
Se colocó directamente frente a él. Damian bufó con fastidio; luego, con un suspiro casi inaudible que era la rendición total, dejó caer los brazos a los costados, los puños cerrados que finalmente se abrieron en un gesto de impotencia. Un gesto pequeño, pero que para él era izar una bandera blanca.
Barbara no dijo nada más. Alzó sus manos. Sus dedos, ágiles y seguros, encontraron la corbata. Con movimientos precisos y rápidos, comenzó a formar el nudo que él había tratado de hacer. Damian permaneció inmóvil, maldiciendo a su descuido: si estuviese completamente bien, no tendría que pedir ayuda.
—Bruce está dando órdenes de último minuto a un par de guardias, Dick está haciendo de anfitrión sonriente y tratando de que Jason no se esconda en la biblioteca, y Tim y Conner… bueno, es mejor no preguntar —comentó Barbara en un tono conversacional y calmante, mientras sus dedos transformaban el caos en un nudo perfecto—. Así que me ofrecí para venir a rescatarte. Alfred está ocupado supervisando la cocina, pero mandó recado: "Un nudo simple, señorita Gordon. Él lo arruinará si intenta algo más elaborado".
Un destello fugaz, casi imperceptible, de algo que podría haber sido una sonrisa asomó a los labios de Damian, rápidamente suprimido.
—Él conoce mis limitaciones —murmuró, observando cómo el desorden se convertía en orden bajo sus hábiles manos.
—No son limitaciones —replicó Barbara suavemente, dando el último y suave ajuste a la seda contra su cuello—. Ahí. Listo. —Dio un paso atrás, cruzando los brazos mientras lo evaluaba—. El negro te queda bien. Serio. Intimidante en el buen sentido. Pareces un joven magnate, todo un príncipe —Hizo una pausa, y un suspiro leve, cargado de una nostalgia sorprendentemente tierna, escapó de sus labios—. Verte así, todo formal y crecido… de repente me hace sentir terriblemente mayor.
Damian negó con la cabeza, un gesto brusco, pero innegablemente sincero.
—No lo eres. Aun eres joven —insistió, y luego, casi como un cumplido forzado pero genuino, añadió—: Y te ves… muy bien. El azul… es tu color.
La frase, torpemente emitida, colgó en el aire entre ellos.
—‘Aún’—repitió Barbara, llevándose una mano al pecho en un falso escándalo que no lograba ocultar su diversión—. Vaya, todo un cumplido, viniendo del niño al que vi crecer. Todavía te recuerdo escapándote de la cueva para patrullar solo, tan alto como una bota de combate. —Su mirada, antes juguetona, se suavizó hasta volverse casi melancólica—. Y ahora estás aquí, de pie frente a mí, hecho todo un hombre… —Hizo una pausa calculada, y su tono bajó a un susurro cómplice— Con un moretón muy particular en el cuello, por cierto.
Damian la miró, paralizado. Un rubor intenso, caliente y traicionero, le incendió la nuca y trepó hasta la punta de sus orejas. Se llevó la mano instintivamente a la base de la garganta, donde el cuello almidonado de la camisa rozaba la piel. Por supuesto que lo había notado. Al salir de la ducha esa mañana, con la mente despejada por el agua fría, lo había visto en el espejo empañado: un rastro de marcas violáceas y amoratadas, pequeñas constelaciones de posesión que adornaban la línea desde el punto donde su cuello se encontraba con el hombro, hasta la mandíbula. Marcas de Jon. Había querido maldecir a Jonathan Kent y su entusiasmo canino por marcarlo como territorio, aunque, en el silencio más íntimo de su mente, no podía negar el voltaje de placer que lo había recorrido cuando se hicieron. Por esa única y vergonzosa razón, Jon y su lengua imprudente seguían con vida.
Era, sin embargo, una evidencia indeleble y profundamente vergonzosa. Damian había dedicado una cantidad ridícula de tiempo y esfuerzo a ocultarlo: había hurtado maquillaje corrector del dormitorio de Stephanie, probado tres camisetas de cuello alto distintas —todas sofocantes—, y hasta había considerado, brevemente, inventar una historia sobre una reacción alérgica. Todo para escapar del ojo clínico de su familia. Y, sin embargo, ahí estaba. Barbara Gordon, sonriendo como un gato. Oráculo nunca se jubilaba del todo, al parecer.
Barbara se rio entonces, un sonido claro, cálido y sin malicia que solo aumentó su bochorno.
Atrapado entre la vergüenza y la urgencia, Damian se volvió bruscamente hacia el espejo de cuerpo entero, inclinándose con torpeza para inspeccionar su piel en el reflejo. Buscó ansioso las marcas, pero solo vio la piel limpia —gracias al corrector— y el impecable nudo de la corbata. No había moretón a la vista. Era una emboscada.
Giró de nuevo hacia ella, la expresión de su rostro transformándose del pánico a un fastidio glacial y profundamente ofendido.
—Eso —dijo, con una voz que pretendía ser de hielo pero que aún tenía un temblor residual de adrenalina— no fue gracioso, Gordon.
Barbara se acercó de nuevo, pero no para burlarse. Su sonrisa era de pura complicidad, el tipo de sonrisa que compartían los cómplices al salir airosos de una misión. Con un gesto natural, le alisó la solapa de la chaqueta que se había torcido con su movimiento brusco.
—Tranquilo, bebé murciélago. Solo bromeaba —su voz era un murmullo confidencial—. Pero toma un consejo, de adulta a adulto: la próxima vez, dile que sea más discreto. Que deje las marcas donde no las vea ni alguien con visión de rayos X. A menos, claro, que quieras que tu padre monte una investigación con más recursos de los que usa para las misiones con la Liga. —Una risa baja y cálida le recorrió la garganta.
—No es lo que crees —protestó Damian, demasiado rápido, la voz un tono más agudo de lo normal—. No pasó nada, no… fue… —Se interrumpió en seco, las palabras atascándose. Se estaba defendiendo de una acusación que ella ni siquiera había formulado. La trampa era perfecta, y él había caído de lleno.
Barbara dejó de reír. En cambio, puso una mano firme pero gentil sobre su hombro, un ancla en medio de su turbación, y negó lentamente con la cabeza.
—Damian, respira. No tienes que darme explicaciones. Ya no eres el niño que escondía moretones de entrenamiento. Eres un adulto. Y no te estoy juzgando —afirmó, y en su tono había una franqueza que solo podía venir de la experiencia—. Por Dios, todos bajo este techo hemos cometido imprudencias mucho más… creativas. —Hizo una pausa, y su mirada se perdió un instante, como si revisara un archivo mental de travesuras pasadas—. Solo… me toma por sorpresa. Es revelador verte así. Hecho un hombre, con secretos. Es dulce, y me hace sentir terriblemente nostálgica.
Damian asintió, una sola vez, sin alzar la vista. La vergüenza era una brasa en su estómago, pero por debajo fluía un extraño alivio. Barbara se rio entonces, un sonido suave, y le dio una palmadita firme y fraternal en el mismo hombro que sostenía.
—Bueno, ya estás listo. Estás perfecto —declaró, retirando la mano—. Ahora baja con esa cara de pocos amigos y ese traje imponente. Vas a hacer que media Gotham suspire y la otra mitad se pregunte si vas a despedirlos.
Damian volvió a mirarse en el espejo. La corbata estaba impecable. Él estaba… completo. Presentable. Un peso que no sabía que cargaba se le desprendió de los hombros. Asintió, un gesto corto y genuino dirigido a su reflejo, y luego a ella.
—Gracias.
—De nada, pequeño D —dijo Barbara, con un guiño que borraba cualquier resto de formalidad—. Ahora, ¿estás listo para bajar y sonreír para las cámaras? Tu padre está en modo "familia unida y feliz".
Damian la miró, y esta vez su mirada se detuvo, perforando la capa de ligereza. La sinceridad afloró, cruda y poco habitual, arrastrando las palabras antes de que pudiera detenerlas.
—En serio. Gracias. No solo por la corbata. Por… todo lo demás. Por tu ayuda, por la información. Sé que trabajaste hasta tarde para conseguirla.
Barbara sonrió, pero esta vez no era solo de complicidad; era una sonrisa de profunda satisfacción profesional, el tipo que solo aparece cuando una jugada arriesgada sale bien.
—Si, fue algo repentino, pero, vamos, Damian. Cuando alguien amenaza a un miembro de esta familia, se convierte en mi asunto personal. Puedes estar seguro de que no te delataré. —Hizo una pausa, y su voz bajó un grado—. Y sí, valió cada hora de sueño perdida. Me alegra que el resultado haya sido… favorable. Y que pudimos ayudarlo, ¿no es así?
Damian asintió, pero una duda persistente, fría y lógica, se instaló en su garganta. No se trataba de desconfiar de su trabajo, sino de la naturaleza de la amenaza. Lo más prudente era mantener una vigilancia continua.
—Creo que… quizá debamos seguir sus movimientos por un tiempo —dijo Damian, su voz apenas un susurro ronco.
Barbara le dirigió una sonrisa que era pura tranquilidad y suficiencia. No había sorpresa en sus ojos, solo la confirmación de una mente que ya había recorrido el mismo camino.
—Ya lo estoy haciendo —confirmó, su tono bajo y tan seguro como un hecho consumado—. Y lo haré hasta que esté completamente segura de que no es una amenaza latente. Revisé cada sistema que tocó o pudo tocar, y le dejé unos cuantos… regalos digitales. Por si acaso.
Un alivio tangible, casi físico, se expandió en el pecho de Damian. Con Barbara a cargo, el asunto estaba más que cerrado.
—¿Y lo de su madre? —preguntó, bajando la voz hasta convertirla en el rumor más tenue.
—Eso está en marcha —confirmó Barbara, su expresión volviéndose seria y precisa.—. Tiene un vuelo programado. Parece que se decidió a viajar solo después de verificar, él mismo, que la información que le diste era irrefutable. No puedo culparlo; cualquiera sería escéptico si le dicen que su madre, dada por muerta, está viva. Compró dos boletos, así que supongo que viajara acompañado, aun no sé quién es esa persona, pero lo averiguare.
Damian abrió la boca, una pregunta más —sobre los riesgos, los detalles logísticos— ya formándose en sus labios. Pero Barbara lo detuvo con una leve elevación de la mano.
—Y antes de que preguntes, me aseguré personalmente de que todo en su viaje sea impecable: el contacto que lo guiará desde el aeropuerto, la seguridad del refugio, la discreción absoluta del personal… y la nueva identidad de su madre. Los protocolos son invisibles e impenetrables. Él pasará completamente desapercibido, al igual que ella, siempre y cuando no cometa un error y estúpidamente llame la atención de Waller…
Su mirada se endureció un instante
—. Realmente espero que no haga nada estúpido, eso los pondrá en peligro, y no creo que Waller vuelva a fallar otra vez. —suspiró, como si ya le doliera la cabeza solo de pensarlo—. Y a nosotros nos traería un problema enorme. A Bruce realmente no le va a gustar, que lo tengan chantajeado con algo que él no controla es lo que más odia en el mundo. Ya sabes cómo se pone con estas cosas. —volvió a suspirar— esperemos que todo salga bien.
Su expresión se suavizó entonces, y con un movimiento casi imperceptible —un ligero enderezamiento de hombros—, cambió el tema. El aire en la habitación pareció aligerarse, cargado ahora de una curiosidad cálida y mucho más relajada.
—Pero basta de sombras y protocolos por ahora —concluyó Barbara, con un suspiro que era mitad complicidad, mitad resignación familiar—. Será mejor que bajemos. En serio, Bruce está volviéndose insoportable. Si no apareces en los próximos treinta segundos, tengo la sensación de que enviará a Dick a buscarte, y eso, como bien sabes, siempre termina con alguien colgado de una lámpara o con una anécdota familiar que no nos dejarán olvidar en una década.
—Fue una vez, solo una vez, y era un niño —respondió una voz desde la puerta, cargada de una inocencia exagerada—. Solo quería demostrar mis habilidades. Además, no tiene nada de malo. A la prensa le encanta cuando lo hago y recibo muchos elogios.
Ambos giraron hacia el sonido. Dick estaba apoyado en el marco de la puerta, brazos cruzados, con el rastro de un puchero fingido que se transformaba en una sonrisa de oreja a oreja, como si llevara minutos disfrutando del espectáculo. Su traje —un azul noche casi idéntico en corte al de Damian y que combinaba a la perfección con el vestido de Barbara— parecía una declaración silenciosa de unidad. Aquella sonrisa suya, amplia y llena de luz traviesa, iluminaba el rincón.
Barbara y Damian tardaron un parpadeo en reaccionar. ¿Desde cuándo estaba ahí? Parecía que Dick había estado puliendo su sigilo —o quizás ellos estaban demasiado inmersos en su conversación privada—. Pero por lo dicho, daba la sensación de que acababa de llegar. Barbara fue quien recuperó la compostura primero, alzando una ceja en un reproche lleno de afecto.
—Lo hiciste la Navidad pasada, cariño —lo corrigió, con una sonrisa que dejaba claro cuánto disfrutaba sacándolo a colación—. Y, aunque fue un momento… digamos, memorable, juraste que no se repetiría. No después de que Jason se burlara de ti durante tres días seguidos por no poder sostener la cuchara del postre sin que te temblaran los dedos.
Damian no pudo evitar que una sonrisa genuina —pequeña, pero auténtica— asomara en sus labios.
—Pensé que habías dejado hace mucho esos espectáculos, Richard —comentó, con un tono más suave de lo usual, aunque cargado de una picardía apenas disimulada—. Aunque debo admitir que ese tipo de acrobacias ya no son tan seguras para tu salud. A cierta edad, uno debe cuidarse más.
Un sonido entrecortado escapó de Barbara —un intento fallido de contener la risa que terminó convertido en una carcajada ahogada tras su mano. Dick, por su parte, se llevó una mano al pecho con una sacudida teatral, como si acabara de recibir una puñalada.
—¿Ahora… se unen para atacarme? —preguntó, avanzando un paso dentro de la habitación con una expresión de dolor exagerado—. ¿Ustedes? Mi esposa y mi hermanito menor… la traición duele más que cualquier lesión de espalda.
—¡Eh! Yo no tengo nada que ver —protestó Barbara, recuperando el aliento entre risas—. Literalmente, él también me acaba de llamar vieja a mí.
Dick sonrió y negó con la cabeza mientras cerraba la distancia hacia Damian, su mirada brillando con diversión.
—No era una ofensa, no era mi intención —se defendió Damian, dándose cuenta de que su comentario había sido tomado al pie de la letra—. Solo decía que Richard no debería hacer acrobacias innecesarias y… —Se detuvo al notar las sonrisas cómplices que Dick y Barbara intercambiaban. No se estaban riendo de él, sino con él. Respiró aliviado—. Es solo la verdad, Richard —concluyó, con tono plano, pero con un destello de diversión en los ojos.
Dick se detuvo justo frente a él. De repente, su expresión burlona se esfumó. Su mirada recorrió la figura de su hermano menor envuelta en el traje oscuro —desde los zapatos impecables hasta el nudo perfecto de la corbata— y por un instante, algo genuino y vulnerable asomó en sus ojos.
—Oh, Dami… —dijo, y su voz perdió por completo el tono juguetón—. ¡Te ves… tan bien! —exclamó, abriendo los brazos en un gesto natural y abierto—. Mira cuán grande estás. Tienes razón, en parte. Verte así… me hace… me hace sentir… —Su voz bajó a un murmullo sincero, cargado de una emoción que rara vez dejaba traslucir tan abiertamente, y se negó rotundamente a pronunciar la palabra "viejo"—. Mi hermanito menor ya es un hombre. Eso me hace sentir… muy feliz.
Antes de que Damian pudiera erigir sus defensas habituales, Dick lo envolvió en un abrazo. Fue cuidadoso pero firme, evitando con precisión el hombro lastimado. —Deja de crecer, por favor —susurró en su oído, con una ternura y vulnerabilidad que rara vez mostraba.
El abrazo se prolongó unos segundos más de lo que Damian habría permitido normalmente, pero esta vez no se resistió. Dejó que Richard se aferrara, e incluso —en un gesto que jamás admitiría en voz alta— correspondió levemente, permitiendo que su propia mano sana se posara en la espalda de su hermano.
Al separarse, Dick lo sostuvo a la distancia de los brazos, con una sonrisa tonta y emocionada en los labios, como si intentara recuperar algo de su compostura habitual. —¡Te ves genial! Es extraño poder abrazarte y no cargarte. Mi bebé murciélago ha crecido mucho —añadió, apretándolo una vez más con más cariño que fuerza, sin soltarlo del todo.
Barbara, que había observado toda la escena desde atrás con una sonrisa cálida y un poco nostálgica, notó la leve incomodidad que empezaba a asomar en la postura de Damian. Decidió intervenir con suavidad.
—Vamos, Dick —dijo, acercándose y tocándole suavemente el brazo—. Aunque apoyo el sentimiento, y sin duda verlo así es un poco nostálgico, quizás deberías soltarlo. Vas a lastimar su brazo y le arrugarás el traje antes de que baje.
Dick se separó de inmediato, pero sus manos se quedaron flotando cerca de los hombros de Damian, como si temiera que fuera a desmoronarse. —Oh, es verdad. ¿Te duele mucho, Dami? —preguntó, su rostro lleno de genuina preocupación mientras lo escudriñaba.
—Está bien, Richard. No pasa nada —respondió Damian, conteniendo una mueca y una extraña punzada de vergüenza por la efusividad de su hermano—. De hecho, ya no duele tanto. Me siento mejor. Aunque el traje sí es bastante susceptible a las arrugas.
—¿Seguro? —insistió Dick, sin apartar la mirada. Su expresión se volvió curiosa y desenfadada, y volvió a agarrarlo suavemente por los brazos, mirándolo con una nostalgia tan intensa que Damian empezó a retorcerse incómodo.
—Vamos, mamá gallina, lo estás asfixiando —intervino Barbara con una risa, acercándose para poner una mano en el brazo de Dick y otra en su espalda—. Cariño, ¿por qué mejor no nos cuentas qué mensaje envió Bruce contigo?
—Ahh, sí… —dijo Dick, distraído, soltando finalmente a Damian para mirar a Barbara—. B dice que se están demorando demasiado, y algo sobre un nudo de corbata rápido y sencillo —hizo una pausa dramática y clavó los ojos en Damian—, y que bajes ya.
Damian gimió ante la insistencia de su padre. Si se quedaba unos minutos más, temía que toda la familia terminara apiñada en su habitación, trayéndole el mismo mensaje uno tras otro, o lo que sería peor: que fuera el propio Bruce quien subiera, dejando su fiesta de aniversario a medio gas. Dick pareció leer su expresión.
—Vamos, no está tan mal, solo… algo nervioso —confirmó Dick, con un dejo de vergüenza cómica—. Quiere que todos estemos abajo, juntos y a tiempo. Steph, Duke y Cass ya llegaron, pero están evitando a todos; Bruce está lidiando con ellos ahora. Solo quiere que nos apuremos para la foto familiar obligatoria. Después, dejará de insistir tanto, y podremos hacer lo que queramos.
Damian dudó. No creía del todo que su padre fuera a calmar su intensidad después de una semana entera de comportarse así. Aunque, razonó, tal vez esa misma intensidad había sido por el aniversario. Quizás, cuando esto pasara, todo volvería a la normalidad. O a su versión de normalidad.
—Bueno —dijo Barbara, soltando un suspiro práctico—, ¿qué les parece si bajamos de una vez?
Dick y Damian asintieron, casi al unísono.
Dick extendió el brazo hacia Barbara con una elegancia tan exagerada que rozaba lo teatral, como un noble medieval ofreciendo escolta. —Por supuesto, my lady, ¿me acompañaría esta noche? —dijo, inclinándose levemente.
Ella tomó su brazo, una sonrisa divertida en los labios, y se acercó a su costado. Dick se inclinó entonces para susurrarle algo al oído, un secreto rápido que solo ella pudo escuchar. Barbara rio suavemente y, girando la cabeza, le respondió con otro susurro. Lo que fuera que le dijo hizo que a Dick se le formara un sonrojo más profundo, junto a una sonrisa tonta y enternecedora en el rostro.
Damian no pudo evitar gemir. Eran asquerosamente cursis cuando se lo proponían.
—Tal vez lleguemos abajo más rápido si aprietan el paso y no caminan como tortugas enamoradas —murmuró Damian, desviándose hacia su escritorio para recoger su teléfono.
—Bueno, andando —dijo Richard, avanzando junto a Barbara quien sostenía su brazo—. Y, ya que vamos juntos… ¿podrían ayudarme a extraer a Jason de la biblioteca? Creo que se ha atrincherado con un libro de historia griega y una botella de whisky que Alfred tenía escondida para emergencias emocionales. Vamos, tienen que ayudarme a sacarlo de ahí, sobre todo tú, preciosa —añadió mirando a Barbara, dándole un beso en la mejilla—. Entre nosotros, siempre está más dispuesto a escucharte a ti que a mis súplicas patéticas.
Barbara lo miró y negó con la cabeza, aunque una sonrisa se asomaba.
—Pensé que lo tenías vigilado en el salón principal —comentó, arqueando una ceja con escepticismo profesional—. ¿Cómo logró escabullirse?
Damian los miró desde atrás, tan unidos y cómplices. Sin querer, sus pensamientos se dirigieron a Jon, con la esperanza de verlo en la fiesta. Aunque, si era sincero, ni siquiera sabía qué haría cuando se encontraran. Después de lo ocurrido, no podía ser indiferente, ¿verdad? Pero tampoco podía ser demasiado cariñoso… ¿o sí?
De repente, una sensación de vacío e incertidumbre se apoderó de él. Este momento era demasiado parecido a la fiesta de compromiso de Conner y Tim, hacía cinco años. Todo era idéntico: la anticipación, los nervios, el miedo a ser dejado atrás.
¿Y si Jon aparece del brazo de Jay otra vez? ¿Y si la persona que acompaña a Jay a buscar a su madre es Jon? ¿Y si se da cuenta de que no quiere a alguien como Damian, un asesino? ¿Y si…? ¿Y si lo de ayer también fue un error? ¿Y si era Damian el único haciéndose expectativas?
No. No podía pensar así. No ahora. Debía dejar de dudar. Debía confiar. Este era el momento crucial; después de todo lo hablado, después de las promesas, Damian tenía que confiar en Jon. Por mucho que su mente le gritara que Jon lo dejaría otra vez, que nunca sería su primera opción, que siempre elegiría a otro antes que a él… tenía que confiar. Porque Jon le había dicho que lo quería. Porque Damian creía en Jon. Él no podría hacerle lo mismo dos veces.
Además, todo era diferente ahora. Ya no eran niños atrapados por sus sentimientos, aunque Damian, en ese momento, se sentía exactamente igual.
El sonido de una notificación y la vibración de su teléfono iluminaron la pantalla. Cuando miró, notó que tenía una docena de mensajes de Jonathan. Al parecer, Damian había estado tan inmerso en sus pensamientos que no los había escuchado llegar. El último mensaje, visible en la pantalla de inicio, decía: «Ya quiero verte.»
Las dudas de Damian y el torbellino de emociones parecieron calmarse de golpe. No pudo evitar sonrojarse. Aquella parte de él que siempre aparecía con las dudas, arrastrándolo en una espiral hacia lo más profundo, se calló de inmediato.
Damian tenía razón. Jon lo había prometido. Le había dicho que lo quería y que trabajarían para que esto funcionara, ya fuera como amigos o como algo más. Darían lo mejor de sí, aunque aún tuvieran mucho de qué hablar.
Deslizó el dedo por la pantalla para ver el resto de los mensajes, y su sonrisa se ensanchó con cada uno, aunque tuvo que controlarse para no delatarse ante su hermano. Un pensamiento se formuló en su cabeza, claro y cariñoso: Tonto, Kent.
Ahora, una sonrisa suave y genuina habitaba sus labios.
—Ugh.
El gemido exagerado de Dick lo sacó de sus pensamientos. Damian alzó la vista y vio a su hermano llevándose la mano libre a la frente en un gesto de derrota dramática, como si acabara de sobrevivir a una batalla épica.
—¡En el momento en que te fuiste, las encantadoras damas de Gotham nos rodearon como buitres enjoyados! Jason vio su oportunidad y desapareció entre las sombras —explicó, levantando la cabeza con una sonrisa pícara—. Aunque no sin antes sufrir un ataque de monstruoso afecto: la señora Lauder le estampó un par de pellizcos en los cachetes, "por lo adorable que estaba ese aire de chico malo". Juraría que aún tiene las marcas en forma de uña.
Damian, que ahora escuchaba atentamente el relato de su hermano con el móvil casi olvidado en sus manos, emitió un sonido ahogado. Una palidez repentina, casi fantasmagórica, se extendió por su rostro.
—¿Todavía… siguen con esa práctica? —preguntó, con una mezcla de horror genuino y desesperación—. ¿Incluso cuando uno ya ha alcanzado la mayoría de edad y, teóricamente, debería ser tratado como un adulto?
Dick y Barbara se volvieron a mirarlo.
—Ay, bebé murciélago —dijo Dick, sacudiendo la cabeza con una resignación tan teatral que habría hecho llorar a un actor de telenovela—, para ellas, nunca dejamos de ser los "adorables niños Wayne". Pero lo superarás. Te acostumbrarás y aprenderás a esquivarlas. —Tiró suavemente del brazo de Barbara hacia la puerta—. ¡Vamos, las bestias sociales nos esperan!
Salieron de la habitación y avanzaron por el pasillo, con Damian siguiéndolos lentamente. Pero cuando llegaron al inicio de la gran escalera, Damian se detuvo en seco. Se quedó plantado en el centro del pasillo, como si sus zapatos recién lustrados se hubieran soldado a la alfombra persa.
Dick, que ya había bajado el primer peldaño, se detuvo y volvió la cabeza. Su mirada encontró la de su hermano menor, petrificada. Justo en ese instante, un suave bip vibró desde las manos de Damian.
—Y-Yo… creo que… bajaré en un minuto —logró decir Damian, con una voz que sonó dos tonos más alta de lo habitual, delatando su pánico—. Necesito… contestar este mensaje. Y quizás… aplicar un poco más de crema hidratante. En las mejillas. Bajaré en un minuto.
Dick rio, un sonido cálido, profundo y lleno de una comprensión que solo podía venir de haber sobrevivido a décadas de esos mismos pellizcos.
—Está bien, pequeño —concedió, su tono suavizándose—. Pero no te demores mucho. Bruce está en modo "papá gruñón" y quiere su foto familiar perfecta. —Hizo una pausa, y su expresión se volvió de una resignación tan profunda que rayaba en lo histérico, como si narrara su propia película de terror—. Y escucha, Damian: cuando la noche termine, ni siquiera lo sentirás. Te acostumbrarás. Es el rito de paso de todo Wayne: sonreír mientras unas manos enjoyadas te pellizcan la carne como si fueran un melocotón en el mercado. Tus cachetes se pondrán rojos como tomates, brillantes y tentadores... Y nadie podrá ayudarte. No importa a quién mires suplicando un rescate; ellas solo se aglomerarán más, como un enjambre de abejas perfumadas... Y tú, bebé murciélago —añadió, su voz bajando a un susurro conspirativo—, tienes unos cachetes muy suavecitos.
Barbara le dio un suave empujón en el brazo.
—No lo asustes más de lo necesario, Dick —lo reprendió, aunque una sonrisa jugueteaba en sus labios—. Te daremos un poco más de tiempo, Damian —añadió, dirigiéndose a él, mientras su mirada se deslizaba hacia el celular que él sostenía con fuerza—. Y evitaremos lo más que podamos que Bruce suba a molestarte.
Con un último guiño, Dick descendió las escaleras con Barbara a su lado. Sus voces se fundieron en un murmullo conspirativo que se desvaneció hacia el bullicio de la fiesta.
Damian exhaló el aire que no sabía que estaba conteniendo. Finalmente, a solas, sacó el teléfono. La pantalla brillaba con una nueva notificación
Una atmósfera de celebración elegante llenaba el gran salón. El murmullo constante de docenas de conversaciones superpuestas formaba una especie de tejido sonoro, interrumpido por el cling líquido y metálico de las copas al chocarse en brindis vacíos. Desde un rincón, los acordes suaves y discretos de un jazz de piano fluían con el ambiente. La luz cálida de las arañas de cristal descendía, bañando a los invitados, atrapando destellos en la seda de los vestidos y multiplicándose en el brillo frío de los diamantes, pintando de oro líquido las elaboradas molduras del techo.
Bruce avanzaba con paso lento y medido, la gran y perfecta sonrisa del anfitrión, esculpida en su rostro como una máscara de mármol. Sentía el brazo de Selina enlazado al suyo como un único punto de anclaje, un contacto familiar y real en medio del océano de frivolidad. Se detenían aquí y allá, en pausas coreografiadas, para responder saludos, intercambiar sonrisas que no llegaban a los ojos y palabras cálidas que se evaporaban en el aire. Grupos de invitados se acercaban en oleadas para felicitarlos por su quinto aniversario de bodas.
Y, en medio de todo aquel caos de etiqueta y falsedad, sus ojos no dejaban de escudriñar la multitud, buscando. Buscando a sus hijos. Sabía, que ninguno de ellos era aficionado a estas galas. Los había visto evitarlas como a la peste en incontables ocasiones, esfumándose entre las sombras o inventando excusas de último momento.
Pero en esta ocasión, habían acordado, —no sin resistencia—, que estarían aquí. Únicamente porque él, y sobre todo, Alfred, con su típica mirada que no aceptaba protestas, había insistido. Y porque, al fin y al cabo, se trataba de un evento familiar. Su evento familiar. Una celebración que él había organizado y que, por tanto, requería de su presencia. Una presencia que, para Bruce, en lo más profundo de su ser, era el único regalo que realmente importaba en medio de toda aquella pompa vacía. Lo único que quería ver, entre tanta apariencia, eran sus rostros. Juntos. Allí.
Pronto, su mirada encontró a Dick, quien estaba junto a Barbara. Formaban una pareja de revista, sonrientes y elegantes, atrapados en una conversación con un pequeño grupo. Bruce distinguió al concejal Stroger entre ellos —un hombre conocido por sus discursos interminables y su autocomplacencia. Dick gesticulaba con su energía teatral habitual, narrando alguna anécdota aparentemente divertida, mientras Barbara reía con un sonido claro y que a oídos inexpertos parecería genuino, apoyando la cabeza levemente en su hombro en un gesto de intimidad escénica.
Todo parecía fluir con la frialdad controlada de un cóctel perfecto, hasta que alguien del grupo —sin duda el concejal— dijo algo, y todos rieron. Fue entonces cuando Bruce lo notó. Siempre podía notarlo; los conocía como las palmas de sus manos. Detectó las pequeñas, infinitesimales grietas en la fachada impecable.
En la forma en que Dick sostenía a Barbara: apretándola más contra sí, no como un gesto casual de afecto, sino con un brazo protector y rígido alrededor de su cintura. Era la forma en que la sonrisa de Dick, tan amplia y encantadora, temblaba casi imperceptiblemente en las comisuras, como un músculo fatigado de sostener tanto brillo artificial. Y era Barbara, quien, con su mano libre, acariciaba el brazo de Dick una y otra vez, un movimiento tranquilizador y constante, como si estuviera calmándolo. Su otra mano, sin embargo, apretaba con discreción la copa de champán.
Entonces lo recordó: el concejal Stroger. Aunque públicamente era un hombre dedicado, con propuestas decentes para la educación de Gotham, en privado era un imbécil clasista y misógino de la vieja escuela. Richard odiaba tener que tratar con él. Lo despreciaba con una frialdad que solo la disciplina de años en el escenario social le permitía disimular.
El concejal volvió a decir algo, moviendo la mano con un gesto desdeñoso. Los nudillos de Dick se tensaron aún más. El lenguaje corporal de ambos, antes contenido y elegante, ahora parecía gritar en silencio: quiero golpearlo. Lo que fuera que Stroger hubiera insinuado o declarado, los había herido —o enfurecido— de tal modo que Dick tenía que ejercer un control sobrehumano para no dar un paso al frente. Y el hecho de que Barbara, normalmente la más serena y calculadora de ellos, estuviera tan afectada —al punto de que su sonrisa dirigida al concejal no era cálida, sino una amenaza velada, como si estuviera a un segundo de diseccionarlo con la mirada— indicaba que la situación estaba a punto de romperse.
No estaban bien. La conclusión se formó en la mente de Bruce con frialdad, seguida inmediatamente por una punzada de culpa que se clavó justo bajo el esternón. Quiso acercarse, intervenir, arrancarlos de allí con cualquier excusa. Pero se detuvo. Fuese lo que fuese lo que Stroger estuviera soltando, Dick no se lo agradecería. Ya lo había vivido antes.
Recordó con una nitidez que aún le quemaba la última vez, cuando el concejal Stroger, con una sonrisa que pretendía ser cordial, había insinuado que, después de todo, la tragedia de los Grayson había sido "una desgracia afortunada" para Dick. Que terminar en la mansión Wayne, como pupilo de un multimillonario, era un final tan envidiable que casi compensaba la pérdida.
Bruce había visto el rojo encenderse en la mirada de su hijo, un destello de ira pura y dolorosa. Y antes de que Dick pudiera abrir la boca para responder, Bruce ya había cruzado la sala. Con una sonrisa fría y unas palabras cortantes que congelaron el aire alrededor del concejal, lo había puesto en su lugar, humillándolo con una eficiencia brutal que dejó la sala en silencio.
Después, a solas, Dick se le había reprochado con una calma que cortaba más que cualquier grito: "Yo podía lidiar con eso. Tenía una respuesta lista. Podría haberlo puesto en su lugar sin que te metieras."
Así que no intervendría. Sabía que Dick y Barbara lo controlarían. Que mantendrían la sonrisa mientras destrozaban al hombre con palabras cortantes y silencios cargados de advertencia. También sabía con certeza que Barbara, con un solo comentario aparentemente inocente, podría hacer que Stroger se ahogara con su propio champán y se callara durante toda la noche. Y si al día siguiente aparecía un artículo resucitando los viejos escándalos de acoso laboral del concejal, Bruce no se sorprendería. No publicarían nada que no fuese cierto.
Pero, aun así, la impotencia le pesaba. Revisarlos después, se prometió, guardando la preocupación en el cajón mental de los asuntos pendientes. Con un esfuerzo, apartó la mirada. Siguió escaneando el salón, buscando a sus otros hijos.
Su mirada se deslizó hacia un rincón más oscuro del salón. Allí, junto a un pilar de mármol, Cass, Steph y Duke habían erigido un fuerte improvisado. Conversaban y reían en voz baja, los hombros agitados por una risa contenida que sacudía sus vestimentas formales. Sus ojos, sin embargo, no descansaban: escudriñaban la sala en un patrón constante. Se detenían en un punto específico de la penumbra, barrían el resto del ambiente y luego se encontraban, intercambiando miradas cargadas de un lenguaje silencioso de complicidad y leve preocupación.
Claramente compartían un chiste interno, una observación cáustica sobre la pompa que los rodeaba o, más probablemente, un comentario sobre la desgracia ajena de su hermano mayor atrapado en la conversación con Stroger. Eran espectadores críticos, creando su propio espacio seguro dentro del caos. La estrategia era clara: cada vez que alguien del círculo principal parecía captar su existencia y hacer contacto visual, los tres desviaban la mirada al unísono y se pegaban un poco más, fingiendo de inmediato estar inmersos en una discusión seria y privada. Era un baile de evasión perfectamente coreografiado.
"Les dije que se integraran", pensó Bruce, con un dejo de exasperación que solo él reconocería como la forma retorcida en que a veces se manifestaba su afecto más profundo. Al llegar, les había pedido, —casi ordenado— que se mezclaran, que no se escondieran en los márgenes como de costumbre. Pero sus hijos, sin excepción, gravitaban hacia las sombras y los bordes. Era como si una parte fundamental de su esencia colectiva fuera incompatible con la luz desnuda y artificial de la normalidad social. Ni siquiera Duke o Steph, a quienes Bruce consideraba los más sociables y adaptables de ese grupo, estaban participando activamente esa noche. Era una resistencia unánime, un frente común de discreción deliberada.
Ante esa silenciosa y obstinada rebelión, Bruce solo pudo negar lentamente con la cabeza. Claro que podía entenderlos. Él también preferiría estar en otro lugar. Una sonrisa fugaz, tan breve que apenas alteró sus facciones, asomó por un instante antes de que la máscara imperturbable del anfitrión volviera a sellar su expresión. Bruce podía entenderlos muy bien
Siguió buscando mientras asentía y ofrecía sonrisas de cortesía. Selina llevaba el peso de la conversación con maestría; él solo intervenía con monosílabos distraídos, su atención fracturada. Su escrutinio recorrió el perímetro de la sala hasta que, finalmente, se posó en una columna alejada, en una zona de penumbra deliberada. Allí, casi fundido con la oscuridad y pasando totalmente desapercibido, estaba Jason.
Estaba aún más oculto que los demás, literalmente mimetizado con las sombras como un espectro de esmoquin. Así que eso era lo que miraban sus hijos, comprendió Bruce. Esa era la razón de sus risas ahogadas y sus susurros cómplices.
Se preguntó: ¿qué habrían apostado esta vez? Sus hijos tenían la manía de convertir cualquier situación en una competencia privada: quién podía evitar por más tiempo a los invitados, quién aguantaba más sin romper la compostura, quién se camuflaba mejor... quién se escapaba primero.
Jason, cruzado de brazos, era la imagen misma del desafío. Su expresión era un muro impenetrable de hielo y fastidio, tan intenso que parecía generar un radio de vacío a su alrededor. Nadie se atrevía a acercarse, o quizás, simplemente, nadie lo había notado siquiera. Era un hombre invisible, por voluntad propia, en medio de una multitud.
Bruce sintió un gemido interno. Sabía lo que pretendía Jason: escabullirse al primer descuido, desaparecer sin que nadie se diera cuenta. Por un instante, pensó en pedirle a Dick que intentara acercarse… aunque Dick mismo parecía estar colgando de un hilo.
Sin embargo, la verdad era que Bruce se sentía más aliviado que exasperado. Su hijo se había puesto un traje y había asistido. Eso, en sí mismo, era un avance significativo. En cualquier otra ocasión, Bruce sabía que Jason ni siquiera habría contemplado la idea, y mucho menos se habría enfundado en un esmoquin. Así que, contra todo pronóstico, Bruce podía decir que estaba más que satisfecho con Jason. No lo molestaría. No lo irritaría. Lo dejaría ser.
Con esa decisión tomada, su mirada inquieta siguió buscando a la única persona que realmente necesitaba encontrar. Escrutó entre los invitados ya presentes y los que iban ingresando, pero no daba con él. La frustración comenzaba a asomar cuando, al girar la vista, se encontró con Tim.
Al verlo, Bruce dejó escapar un suspiro, pero este era diferente: un suspiro de profunda satisfacción.
Al menos estaba Tim. Su tercer hijo, el que mejor había aprendido los pasos de ese complicado baile social, estaba en el centro de un grupo de jóvenes. Bruce los reconocía al instante: rostros que había visto madurar, año tras año, en eventos casi idénticos a este. Eran los hijos de otros magnates, abogados prominentes, banqueros influyentes. Los pequeños príncipes y princesas de Gotham que, una vez superados los veinte, empezaban a ocupar con timidez o arrogancia los espacios que sus padres habían calentado para ellos. Jóvenes pulidos, ambiciosos, con esa actitud de quien se limpia invisiblemente las manos antes de agarrar las riendas.
Bruce contuvo un suspiro. Su aniversario de bodas se sentía menos como una celebración y más como un patio de recreo social para adiestrar a la próxima generación de la élite de Gotham. La ironía no se le escapaba; tampoco él era ajeno a ese juego. En ese mismo instante, su mayor objetivo era usar esa misma maquinaria para integrar a su propio hijo más reacio en el tejido social de la ciudad.
Pero todo ese plan, meticuloso y esperanzado, tenía un prerrequisito fundamental: que dicho hijo apareciera.
Damian.
Su hijo menor. Brillaba por su ausencia, de una manera tan estridente que para Bruce resonaba más fuerte que la orquesta. Había enviado a Dick y a Barbara media hora antes, con la misión expresa de subir a buscarlo y decirle que bajara. Ellos ya habían regresado, reintegrándose a la fiesta con sonrisas fingidas, pero de Damian no había ni rastro. Al parecer, su hijo estaba librando una batalla campal de procrastinación en su habitación, tratando de evitar, minuto a minuto, cualquier contacto con la celebración.
La simple idea hizo que un temblor involuntario, apenas perceptible, recorriera el párpado de Bruce.
"Diez minutos", pensó Bruce, con fría determinación. "Si en diez minutos no baja, yo mismo subiré y lo arrastraré hasta el centro del salón."
Damian tenía que estar presente, a toda costa. Bruce lo tenía todo milimétricamente planeado. Primero, haría una reaparición controlada: presentaría a Damian al círculo general, haciéndolo saludar a un grupo selecto de personas importantes. Los dueños de grandes empresas, el director del hospital general, el fiscal del distrito, el nuevo fiscal adjunto, algunos accionistas clave de Empresas Wayne, figuras políticas e influyentes en Gotham. Un bautismo social rápido pero necesario.
Luego, en el momento preciso, Tim se acercaría. Cumpliendo su rol de hermano mayor sociable y puente entre mundos, conduciría a Damian con naturalidad hacia el grupo de jóvenes. Ahí estaba el verdadero núcleo de la operación.
Entre esos rostros pulidos, Tim —con su eficiencia metódica y discreta— había colocado los candidatos preseleccionados: la hija del director del museo de arte, el hijo del fiscal general, otros hijos de familias "impecables". Todos con currículos impolutos: excelentes calificaciones, familias "limpias" (o con escándalos suficientemente enterrados), sin trapos sucios a la vista y, sobre todo, solteros. Compartían, según los informes, algunos intereses superficiales con Damian: apreciación del arte, esgrima, una genuina afinidad por los animales. Y lo más crucial: todos tenían menos de veinticinco años y carreras que los anclaban irremediablemente a Gotham.
Eran, en la mente de Bruce, el cebo perfecto.
El objetivo no era un romance. Bruce no era tan iluso. Damian era demasiado joven, demasiado… Damian, para entablar un vínculo genuino. El objetivo era la carnada. Un flechazo pasajero, un interés leve; una razón trivial pero persuasiva para que su hijo rebelde considerara, aunque fuera por un instante, echar raíces en la ciudad. Si eso ocurría, Bruce podría encadenar esa decisión inicial a otras: su traslado a la universidad de Gotham, un puesto en el Hospital General de Gotham (alejado de misiones de alto riesgo), un departamento en la torre corporativa —pero viviendo aún en la mansión—, o un rol en Wayne Enterprises. Responsabilidades reales que no pudiera abandonar con un simple portazo.
Que la relación fallara —si es que llegaba siquiera a iniciarse— era irrelevante, incluso deseable. Para entonces, Damian ya estaría establecido. Y Bruce sabía, con la certeza de quien conoce el alma de su hijo, que Damian no se sentiría genuinamente atraído por ninguno de esos jóvenes pulidos y predecibles. Su hijo necesitaba intensidad, fuego, un desafío a su altura intelectual y moral. Un simple enamoramiento de juventud —un par de salidas controladas, sin profundidad real— era el instrumento perfecto: desechable, inocuo y útil.
Así se lo había dejado en claro a Tim al encomendarle la tarea. Los criterios eran sencillos: la persona debía ser joven, ya fuera hombre o mujer. El género, la riqueza, incluso los estudios, le daban igual a Bruce. Solo pedía que fuera una buena persona, o al menos que no estuviera metida en nada ilegal. Pero había una línea roja absoluta, no negociable.
Lo único inaceptable, la única posibilidad que le provocaba un rechazo visceral, eran las personas mayores. La simple idea hacía que el estómago de Bruce se retorciera con un asco tan primitivo que rozaba lo irracional. La idea de que algún viejo oportunista, ávido de juventud, influencia o ambas cosas, pusiera sus ojos en su hijo…
Se lo había espetado a Tim sin rodeos: "Aleja a tu hermano de cualquier hombre —o mujer— mayor que muestre el más mínimo interés en él".
La sola idea de su bebé, de su niño intenso, obstinado y feroz, de su bebé vulnerable, siendo manipulado, halagado con intenciones ocultas, o —Dios no lo permitiera— cortejado por alguien con décadas de ventaja, por un cincuentón… No. No. Y no. Era una línea que no se cruzaba. No bajo su vigilancia. No en su ciudad.
Bruce, en el fondo, no deseaba tener que orquestar un romance para su hijo. Damian aún era muy joven. Pero si esta estrategia que Tim había planteado era la única forma de hacer que su hijo se quedara en Gotham, si un simple romance, por pasajero que fuera, podía ser el ancla que evitara que Damian se marchara de nuevo… entonces Bruce la tomaría. La emplearía sin vacilar. Haría lo que fuera necesario.
Con un suspiro interno, Bruce volvió a mirar a Tim. Sus miradas se conectaron a través del salón, y su hijo le lanzó una mirada elocuente, cargada de un mensaje claro: ¿Y Damian? Bruce sabía que Tim estaba entreteniendo a ese grupo de jóvenes a regañadientes, consciente de que su hermano menor podía encontrarlos insípidos y estúpidos, y que lo único que deseaba era terminar con aquel papel. Pero Tim fingiría hasta el final; era su deber. Tal vez si Damian apareciera de una vez, todo sería más fácil.
Cuando Bruce negó con la cabeza, una sombra de frustración cruzó el rostro de Tim antes de que volviera a sonreír, esta vez dirigida a una joven de cabello corto y vestido color lavanda. Su entusiasmo, sin embargo, parecía haberse desinflado.
Al desviar la vista un poco más a la izquierda, Bruce encontró a Conner Kent. El joven kryptoniano parecía un coloso fuera de lugar, un torreón erguido en medio de un jardín de orquídeas. Su mera presencia, tan física y poderosa, parecía distorsionar el aire elegante a su alrededor. Estaba parado con una sonrisa vacilante y titubeante, un paso más alejado del núcleo del grupo, constantemente desplazado por el flujo inconsciente de los invitados alrededor de Tim. Conner no parecía feliz, ni cómodo; claramente no encajaba.
Bruce contuvo otro gemido. Tal vez hubiese sido mejor que Conner no bajara. Pero al instante negó mentalmente esa idea. No era justo, se reprendió. Conner se estaba integrando a la familia a su manera, y Bruce sabía que el chico se esforzaba, incluso si a él, personalmente, aún le parecía que Tim se había casado demasiado joven y que hubiera esperado un poco más. Pero lo hecho, hecho estaba. Bruce había aceptado a Conner como parte de su familia, porque lo veía hacer feliz a su hijo, y porque, en el fondo, a pesar de todo, era un buen chico. Él se aseguraría de que así siguiera siendo.
Fue entonces cuando Selina apretó suavemente su brazo. Su voz, un ronroneo cargado de ironía y cariño, lo arrancó de sus maquinaciones.
—Querido, deberías volver a sonreír —murmuró Selina, el calor de sus labios cerca de su oído—. El vicealcalde se acerca, y esa cara de 'plan de batalla frustrado' no combina con la hermosa noche que preparaste.
Bruce parpadeó, obligándose a volver al presente. Se giró hacia ella y, por un instante, la máscara de Bruce Wayne se resquebrajó para dejar pasar algo auténtico: una sonrisa breve pero genuina, solo para ella. Sabía que esta celebración era, en gran parte, una fachada social, y ya había decidido compensarla con un viaje, solo ellos dos. Dejaría a Batman en la banca un par de días. Le pediría ayuda a Dick, a Jason, a Tim… incluso a Clark, para que cubrieran Gotham. Selina se merecía unas verdaderas vacaciones y, sobre todo, un aniversario auténtico.
Después de aquella sonrisa íntima, asintió y le dio las gracias a la mujer —a su esposa— que tenía a su lado. Ella tenía razón. Debía concentrarse en el aquí y el ahora.
Pero, en el fondo, en un rincón oscuro y vigilante de su mente, un reloj silencioso seguía contando los minutos.
Ocho.
—¡Bruce! Felicidades. Cinco años de feliz matrimonio… eso es algo inesperado —la voz del Vicealcalde Reginald Sharp cortó el aire, seguida de una palmada demasiado fuerte en el hombro de Bruce.
Bruce contuvo un gemido interno. El comentario, cargado de un doble sentido torpe, fue recibido por él con una sonrisa amplia y vacía, la de quien elige pasar por alto el filo de las palabras.
Sharp giró entonces hacia Selina, tomándole la mano con una galantería exagerada para depositar un beso en el dorso. —Oh, señora Wayne. Radiante, como siempre. Tal vez debería deleitarnos con su presencia en los eventos sociales con más frecuencia. Ambos han estado tan… ausentes últimamente —dijo con una sonrisa que pretendía ser confidencial—. ¡Ah, pero claro! La compañía de la señora Wayne debe ser más que satisfactoria para retenerlo en casa. ¿No es así, Bruce? —añadió, sin malicia aparente, sino con una torpeza casi patética. Era el tipo de observación que solo podía salir de la boca de un hombre al que alguien había susurrado una idea sin explicarle sus implicaciones.
Un coro de risas suaves y sonrisas corteses se elevó entre el pequeño círculo que se había formado alrededor de ellos. Bruce mantuvo su sonrisa de mármol, pero sus ojos, por un instante, se encontraron con los de Selina, brillando con una chispa de peligrosa diversión.
Una risa clara y deliberadamente coqueta brotó de Selina. Bruce la miró, sintiendo cómo el juego —su juego favorito a dos bandas— comenzaba.
—Oh, querido vicealcalde Sharp —dijo Selina, deslizando el nombre con una dulzura que solo ella podía hacer sonar como un filo de seda—, por supuesto que sé cómo retener a mi esposo. Por algo se casó conmigo. —Hizo una pausa milimétrica, dejando que la implicación flotara—. Y dado que parece que nos extrañan tanto, quizás deberíamos hacer una reaparición triunfal. ¿Qué le parece si nos encontramos en su nuevo club? Podría ser… revelador.
El pobre Reginald Sharp asintió con una sonrisa genuina y desconcertada. El hombre no se había percatado en absoluto de su desliz, ni siquiera había registrado que pudiera haber algo de malo —o peligroso— en sus palabras.
—¡Por supuesto, querida! Es algo muy loable —intervino una voz cálida y antigua a su lado.
Eleanor Van Doren, una mujer mayor y respetada, pilar de la antigua socialité de Gotham. cuya memoria se extendía hasta los días en que Bruce era un niño al que le pellizcaba las mejillas. Bruce sabía que, en el fondo, era una buena persona, pero también era consciente de que podía ser una mujer prejuiciosa y terriblemente clasista. Sabía que, en su círculo, muchos habían visto su matrimonio con Selina con escepticismo, susurrando que se trataba de una caza fortunas.
—Bruce siempre ha sido muy selectivo con sus parejas —continuó la señora Van Doren, dirigiendo a Selina una sonrisa que era un estudio de cortesía helada—. Por supuesto que escogería a una mujer tan… única como tú.
Bruce sonrió, aunque una tensión apenas perceptible se instaló en sus hombros. Sabía que "única" era el eufemismo más educado —y cargado— que la señora Van Doren podía permitirse.
—Oh, querida Eleanor —replicó Bruce, su voz recuperando al instante el tono despreocupado y galante de Brucie Wayne, pero con una firmeza nueva en los ojos— Pero debo corregirte: fui yo quien insistió, casi supliqué. No podía dejar escapar a la mujer más inteligente y con más estilo que he conocido. Mis hijos la adoran. Es, sin duda, el pegamento que mantiene unida a nuestra peculiar familia —declaró, rodeando a Selina con un brazo que era a la vez protector y una declaración de posesión orgullosa.
—¡Por supuesto, querido! Una gran mujer —asintió la señora Van Doren, y esta vez el brillo en sus ojos, al dirigirse a Bruce, fue de un cariño genuino y nostálgico—. Es un agradable placer verte tan feliz y asentado, muchacho. Realmente lo es.
El cling de una copa que se golpeaba contra otra cortó la conversación y desvió todas las miradas.
—¡Por Bruce y Selina! —declaró el vicealcalde Sharp, alzando su copa con un entusiasmo repentino y un tanto descoordinado—. ¡Por el amor!
Bruce comprendió entonces el desliz. El hombre no era malintencionado, simplemente estaba visiblemente borracho. Había repetido, sin filtro, algún chisme de pasillo que había escuchado, y ahora vaciaba el contenido de su copa de champaña en un solo trago largo y ruidoso.
—Oh, gracias, vicealcalde —dijo Selina, apretando el brazo de Bruce con una presión que transmitía una mezcla perfecta de diversión sofisticada y resignación práctica.
Fue entonces cuando unos pasos firmes y mesurados, que se acercaban desde detrás de ellos, captaron la atención de Bruce.
—Feliz aniversario, Sr. Wayne. —La voz era nueva en el círculo, serena y decidida. Bruce se giró y reconoció al instante al hombre de rostro juvenil, pero de aire severo: Elijah Thorne, el nuevo Fiscal Adjunto, una promesa de integridad intachable recién llegada de Hub City para "limpiar la casa". —Un año más de feliz matrimonio. Es un honor estar aquí. —Su mirada, gris y penetrante, se dirigió entonces a Selina con respeto—. Y mis más sinceros respetos y felicitaciones, para usted, Sra. Wayne.
Bruce estrechó su mano. El apretón fue firme y medido. —Gracias, Fiscal Thorne. El honor es nuestro —dijo Bruce, manteniendo el contacto visual—. He seguido su carrera. Lo llaman la nueva promesa que pretende limpiar Gotham, la estrella ascendente de la fiscalía.
Una sombra de incomodidad, o quizás de cautela profesional, cruzó el rostro de Elijah Thorne. —Eso es… una exageración de la prensa, señor Wayne. Solo intento hacer mi trabajo.
Bruce asintió con una sonrisa en sus labios.
—¡Oh, Fiscal! Un placer inesperado tenerlo entre nosotros —intervino el vicealcalde, cuya voz adquirió de repente una claridad forzada y una postura más erguida, como si la sola presencia del hombre hubiera actuado como un destilador sobrenatural que purgara el alcohol de su sistema al instante.
—Vicealcalde —asintió Thorne con una inclinación de cabeza cortés pero distante.
—Bueno, querido, creo que es mi momento de retirarme —anunció Selina con una sonrisa encantadora que desactivaba cualquier objeción—. Intuyo que se acerca la hora de la charla sobre presupuestos municipales y reformas penales, y temo que mi aporte sería… limitado.
—¡Oh, no, Sra. Wayne! —protestaron casi al unísono el fiscal Thorne y el vicealcalde Sharp, quien luchaba por parecer compuesto—. Este es su aniversario, no debe sentirse excluida, ni obligada a…
—¡Para nada! —los interrumpió Selina con una dulzura que era una orden disfrazada—. En realidad, me muero por dar una vuelta y escuchar los últimos chismes de la boca experta de las damas. Además —añadió, deslizándose hacia Bruce—, sé que mi esposo estará encantadísimo de pasar un rato a solas con ustedes.
Se inclinó entonces, y su movimiento fue tan fluido que pareció parte de la conversación. Sus labios rozaron la mejilla de Bruce en un beso rápido, pero en el instante en que estuvo lo suficientemente cerca, bajó la voz a un susurro que era una brisa cargada de electricidad, solo para su oído:
—Y, querido… mira hacia la escalera principal. Creo que tu invitado de honor, el que tanto esperabas, acaba de hacer su entrada.
Y, tras dejar esa bomba de información perfectamente colocada, Selina se retiró con elegancia.
—Señora Van Doren —dijo, enlazando su brazo con el de la anciana dama con una sonrisa que prometía complicidad y chismes de alto nivel—, ¿me haría el honor de acompañarme? Me han susurrado que su esposo le regaló una villa absolutamente divina para su aniversario. ¡Debe contarme todos los detalles! Estoy segura de que los míos palidecen en comparación.
—¡Oh, por supuesto, querida! Es una cabaña encantadora, en los Berkshires —respondió la señora Van Doren, dejándose llevar con visible y genuino placer. Cualquier prejuicio residual se desvaneció al instante, ahogado por el prospecto de describir su propiedad y, sobre todo, por el raro honor de recibir la atención exclusiva de la anfitriona.
Bruce apenas registró su partida. Su mirada se desprendió de Selina y se fijó en la puerta del gran salón. Su hijo acababa de ingresar, intentando —y fracasando de la manera más estrepitosamente evidente posible— pasar desapercibido.
Damian vestía el traje negro de tres piezas que Bruce había escogido, y una observación inmediata hizo que él contuviera un suspiro: el cabestrillo había desaparecido. Por supuesto, pensó Bruce, con una mezcla de exasperación y resignación. Damian jamás consentiría en parecer vulnerable ante una multitud.
Pero el efecto era… inesperado. La impecable elegancia del esmoquin chocaba de lleno con su cabello desordenado, creando una contradicción que lo hacía parecer más juvenil y despreocupado de lo que Bruce había calculado. Esa melena revuelta acentuaba unos rasgos que, en la distancia de los últimos años, Bruce no había apreciado del todo.
Se parecía a Bruce en los huesos, pero de una manera totalmente distinta. Donde Bruce era ancho y macizo, Damian era esbelto y alto —más alto que él y que Jason—, con músculos definidos, pero sin masa voluminosa. No caminaba; desfilaba. Su postura era recta y orgullosa, la de alguien que, en el fondo, se cree por encima de todos los presentes. Y era ahí en su andar seguro y fluido, y en la manera en que su mirada verde escaneaba la sala con la precisión de un halcón, que Bruce veía el rastro inconfundible de Talia en su hijo.
Sin embargo, lo que realmente detenía las miradas era su rostro. Había heredado la mandíbula fuerte y cuadrada de Bruce, pero combinada con los pómulos altos, ojos verdes luminosos y una suavidad residual en las mejillas que evocaba, con dolorosa claridad, al niño de quince años que se había marchado. Y por un instante, no vio al hombre formidable que sabía que era, sino a su bebé.
Lo más sorprendente, sin embargo, no era su apariencia, sino su desenvoltura. El niño que había odiado visceralmente los actos sociales ahora se movía entre la élite con una naturalidad desarmante. Bruce bebió un sorbo de su copa. La respuesta era obvia: Talia le había dado la educación de un heredero, enseñándole a navegar por salones y campos de batalla por igual. Y Alfred había pulido esos modales hasta darles un brillo impecable. Bruce simplemente no había estado ahí para ver el resultado final.
Y no era el único que lo observaba. Bruce notó cómo varias cabezas giraban hacia la entrada, siguiendo la figura del joven apuesto que era un desconocido para muchos en la sala. Era comprensible. Su hijo no solo había crecido; se había transformado. Se parecía a Bruce, sí, pero con algo añadido: un toque exótico y una belleza que ya generaba susurros entre los invitados.
El resultado, en general, era de una belleza llamativa, casi desconcertante: algo a la vez delicado y perfecto, que contrastaba violentamente con su aura de seguridad inquebrantable. El hijo de Bruce y Talia. Lo mejor de ambos, caminando ahora con tanta certeza en un solo ser. Era la prueba tangible de que, a pesar de todo lo que los separaba, habían logrado crear algo perfecto juntos.
Pero Damian, absorto en su misión personal, parecía ajeno al pequeño revuelo que su sola presencia generaba. Bruce siguió la dirección de su mirada y comprendió al instante su verdadero objetivo: había localizado a Jason, apostado en su rincón sombrío como una estatua de fastidio. Una chispa de travesura genuina, pura y desafiante, brilló en los ojos verdes de su hijo menor. Su plan era transparente: alcanzar a su hermano y fundirse con las sombras hasta que la pesadilla social terminara.
Ah, no. No. No lo voy a permitir.
Mientras su mente procesaba esa decisión, Bruce notó, de reojo, que el grupo a su alrededor había cambiado. La multitud más amplia se había filtrado, dejando atrás un círculo íntimo y significativamente poderoso. Un pequeño grupo de influencia: el vicealcalde Reginald Sharp, el fiscal adjunto Elijah Thorne, Marcus Sterling —el influyente dueño de la Galería de Arte de Gotham—, Carson Row y Alistair Vance —dos de los accionistas más importantes de Wayne Enterprises—, el Dr. Robert Finch, director del Hospital General de Gotham. Y, como remate perfecto, Lucius, quien se había unido silenciosamente a ellos y ahora observaba a Bruce con una sonrisa ladeada y cargada de burla cómplice.
El escenario estaba servido. Era la audiencia exacta que Bruce había imaginado. Y su invitado de honor, el actor principal, acababa de llegar.
Bruce sonrió, un gesto calculado que encajaba perfectamente en el momento. —Señores—dijo, elevando un poco la voz sobre el murmullo cercano—, quisiera presentarles a alguien.
Fue como si hubiera lanzado un hechizo de silencio. La música de fondo cambió a un ritmo más suave, casi como si el pianista siguiera el guion de Bruce. Las conversaciones inmediatas se apagaron, aunque el ruido general de la fiesta continuaba más allá de su círculo. Bruce sintió el cambio de atención como una corriente eléctrica. Pudo escuchar el bufido disimulado de Jason desde su rincón, la risa ahogada de Steph, el gemido de Duke y, aunque no la veía, sintió la mirada penetrante de Cass clavada en su espalda. Al otro lado de la sala, vio cómo la sonrisa de Tim se ensanchaba, un espectador divertido, y captó la mirada fulminante de Dick, aún con Barbara, que le transmitía un mensaje claro: "No lo hagas. Por una vez, déjalo en paz."
—Hijo —llamó Bruce, su voz proyectándose con una calma firme y paternal que atravesó la distancia—. Acércate, por favor.
Damian, que hacía segundos se deslizaba como una sombra hacia Jason, se detuvo en seco. Por un instante, Bruce vio la tensión en su espalda. Luego, con un suspiro tan leve que solo alguien como él podría haberlo detectado, Damian giró sobre sus talones.
La transformación fue instantánea. En su rostro apareció una sonrisa ancha y despreocupada, perfectamente juvenil. Bruce no fue el único en notarlo. Escuchó susurros apreciativos provenientes de un grupo de jóvenes señoritas y comentarios bajos de algunos caballeros.
—Padre —dijo Damian al llegar a su lado, su voz clara y respetuosa, un tono perfectamente pulido para la ocasión.
Bruce posó una mano en el hombro de su hijo —el sano, notó con un destello de aprobación— en un gesto calculado para transmitir tanto posesión como apoyo público.
—Señores —anunció, su voz proyectándose con orgullo—, me complace presentarles formalmente a mi hijo menor, Damian Wayne. Algunos de ustedes lo recordarán.
El primero en reaccionar fue Lucius. Una sonrisa cálida y genuina, libre de la máscara corporativa, iluminó su rostro. —Es un gusto volver a verte, Damian. Los años te han sentado muy bien —dijo, tendiendo la mano.
—El placer es mío, señor Fox —respondió Damian, estrechando su mano con un apretón firme y seguro, su sonrisa social perfectamente calibrada—. Agradezco sus palabras.
Bruce sintió una punzada sorda y familiar en el pecho. La última vez. La imagen intrusiva de un chico de quince años, tieso y silencioso como una estatua de rencor en un rincón, justo antes de que todo se quebrara entre ellos. Forzó el recuerdo a retroceder, a ahogarse en el presente.
—Sí, ha pasado mucho tiempo, Lucius —dijo Bruce, su voz recuperando el tono cálido y controlado del anfitrión, mientras deslizaba la mano a la espalda de Damian en un mensaje tácito de 'quédate aquí'—. Pero parece que ha sabido invertirlo muy bien.
—¡Por todos los cielos, el pequeño Damian! —exclamó Alistair Vance. El anciano accionista lo había visto en galas de niño, una silueta formal y distante, y aun así extendió su mano con un reconocimiento exagerado—. ¡Vaya sorpresa agradable! Has crecido… mucho, eres todo un hombre ahora. La última vez que te vi, eras un niño que apenas le llegaba al hombro a tu padre.
Damian aceptó su mano con un saludo cortés pero distante.
—Un placer conocerlo oficialmente y tenerlo de vuelta entre nosotros, joven Wayne —intervino el Dr. Robert Finch, el director del hospital, con una curiosidad profesional y amable—. Aunque es toda una sorpresa, hay que admitirlo. Su… prolongada ausencia había dado mucho que hablar en ciertos círculos. —Hizo una pausa breve, su mirada yendo de Damian a Bruce—. Su padre, sin embargo, siempre ha hablado de usted con el mayor de los afectos.
Bruce no dejó que el comentario pesara.
—Oh, Robert, no fue banalidad—aclaró con suavidad, como si explicara un capricho juvenil—. Damian decidió viajar, y continuar su educación en el extranjero. Pero ha vuelto, y como pueden ver, el tiempo le ha sentado bien. Incluso ha superado mi estatura.
Los hombres asintieron, sus miradas escrutando al joven con renovado interés. No era solo la altura; era la postura impecable, la mirada alerta que evaluaba el entorno con una calma que parecía heredada directamente de su padre.
—Y no solo ha crecido en estatura —intervino Bruce, dirigiendo suavemente la conversación hacia el carril que había preparado—. Está a punto de culminar su carrera de Medicina. Y ya tiene la vista puesta más allá: especializarse en cardiología. Sueña a lo grande, ¿saben? Habla de fundar un instituto de investigación o incluso un hospital especializado para cardiopatías pediátricas. La ambición de mi hijo es… admirable.
—¿En serio? —preguntó el vicealcalde Sharp, genuinamente impresionado, su copa vacía balanceándose levemente en su mano. Extendió la mano hacia Damian con un entusiasmo un tanto borroso—. Un gusto conocerlo, joven Wayne. Un futuro brillante, sin duda.
Bruce intervino con la fluidez de un maestro de ceremonias, colocando una mano ligera en el hombro de Damian para guiar las presentaciones.
—Disculpen mis modales, hijo. Permíteme presentarte formalmente. El vicealcalde Reginald Sharp, un pilar de nuestra ciudad. A su lado, el joven fiscal adjunto Elijah Thorne, la nueva promesa de la fiscalía, conocido por su integridad. —Hizo un gesto hacia el siguiente hombre—. Marcus Sterling, dueño de la Galería de Arte de Gotham. Estoy seguro de que tendrán mucho de qué conversar; mi hijo es un apasionado del arte clásico y contemporáneo. —Finalmente, indicó al último—. Y Carson Row, accionista y miembro de la junta directiva de Wayne Enterprises. Seguro lo recuerdas de algunas de nuestras galas anuales.
Damian los miró a cada uno, asintiendo con una leve inclinación de cabeza. —Es un honor —dijo, su voz clara y neutra.
Extendió la mano hacia el vicealcalde, luego hacia Thorne, después hacia Sterling y finalmente hacia Row. Cada apretón fue firme, cortés, impecable. Externamente, su sonrisa se mantenía intacta, una máscara perfecta de jovialidad respetuosa.
Pero Bruce, que lo conocía como a nadie en el mundo, sintió la onda de exasperación contenida que emanaba de su hijo. No era un gesto, ni un suspiro. Era una vibración silenciosa en el aire entre ellos, una tensión casi palpable en los hombros que Damian mantenía deliberadamente relajados. Era el mismo calor estático que precede a una tormenta, y solo Bruce podía sentirlo.
—Bueno, hijo, volviendo a ese tema… un hospital especializado en cardiopatías es una meta enorme y muy ambiciosa —dijo el vicealcalde Sharp, inclinándose hacia Damian con interés renovado—. ¿De verdad planeas hacerlo?
—Sí, señor —confirmó Damian con una inclinación de cabeza, su voz un modelo perfecto de diplomacia mesurada—. Es un proyecto a muy largo plazo, por supuesto. La idea de poder ayudar de manera tangible es una meta que valoro profundamente. Aunque debo ser claro: aún no me he graduado, y el camino hasta una especialización es largo. Ni siquiera he decidido si sería… prudente emprender algo de tal envergadura aquí en Gotham, o si…
—¡Por supuesto que en Gotham, muchacho! —lo interrumpió el vicealcalde Sharp, con una efusividad que sacudió el poco champán que le quedaba en la copa—. ¡Esta ciudad necesita toda la ayuda que pueda obtener! ¡Nunca es demasiado! Sería un legado magnífico para la familia Wayne.
Damian no parpadeó. Sostuvo la mirada del hombre y continuó, su tono un poco más firme.
—Por ahora, creo que mi enfoque debe estar en ganar experiencia en mi campo. Mucha experiencia. Dejemos ese sueño como lo que es por ahora: un proyecto para un futuro… lejano.
—¡Esa es la actitud correcta! —exclamó el Dr. Finch, saltando sobre la palabra clave—. Pragmatismo y bases sólidas. Y en cuanto a esa experiencia… —hizo una pausa, su mirada profesional y astuta fija en Damian—. El Hospital General siempre está en busca de mentes brillantes y frescas. Cuando te gradúes, no dudes en buscarme. Podríamos hacer grandes cosas juntos. —Su sonrisa era amplia, pero sus ojos decían claramente que ya estaba haciendo planes.
Bruce asintió, una chispa de triunfo encendiendo brevemente su mirada. Primer eslabón, firmemente colocado.
La conversación continuó su curso, deslizándose hacia los temas de siempre: los negocios de la ciudad y su intrincada política. Bruce mantuvo a Damian firmemente anclado a su lado, una presencia silenciosa pero ineludible, permitiéndole intervenir ocasionalmente con comentarios breves y estudiados, sin darle espacio para respirar, mucho menos para escabullirse.
El tema finalmente derivó hacia los eternos proyectos paralizados de la ciudad: el puente, el tranvía, la renovación del distrito portuario. Hasta que Bruce decidió preguntar sobre uno de los proyectos que más le interesaba esa noche.
—Cambiando de tema, Lucius —dijo Bruce, dirigiéndose directamente a él como si acabaran de abandonar una charla trivial—. ¿Hubo veredicto en la junta directiva sobre el financiamiento para la nueva planta de tratamiento del río?
Lucius dejó escapar un suspiro breve y negó con la cabeza, un gesto de cansancio auténtico que Bruce conocía demasiado bien.
—Rechazado, Bruce. Por mayoría. Lo consideran un "pozo sin fondo". Argumentan que es tirar dinero a las aguas negras, literalmente. Cada estudio de viabilidad cuesta millones, y al final, algo siempre lo frena.
—No es por falta de intentarlo —intervino Carson, con un tono que pretendía ser razonable, pero que sonaba a derrotismo práctico—. Ese tipo de proyectos está en revisión perpetua. Logística, permisos, costos que se disparan… es un campo minado. Uno donde ya hemos perdido suficiente capital.
El vicealcalde Sharp asintió con vigor, buscando aliados y desestimando lo dicho con un gesto amplio.
—¡Vamos, Carson! Es que es muy complicado. El municipio lo intenta, hemos presentado iniciativas, pero promulgar leyes estrictas contra los contaminadores… es un proceso lento. Hay que conciliar intereses. Y Gotham tiene otras prioridades más… urgentes. La seguridad, por ejemplo.
El fiscal Thorne no pudo contenerse. Su voz, siempre medida, se volvió un filo de hielo.
—Concilia muy poco, vicealcalde. Lo que sobra son excusas. Lo que falta es voluntad política para promulgar leyes que no tengan agujeros del tamaño de un camión cisterna de desechos tóxicos. La falta de interés es… más que elocuente. Huele a acuerdos bajo la mesa.
Sharp abrió la boca para protestar, rojo de indignación, pero fue Robert Finch, director del hospital, quien habló con una amargura que venía de años de ver las consecuencias en sus salas.
—Sin duda, vicealcalde, se debería hacer algo. Mis salas están llenas de niños con intoxicación por metales pesados o infecciones bacterianas del agua todos los días. Las enfermedades respiratorias y gastrointestinales crecen. Y la tasa de mortalidad infantil en los distritos más afectados aumenta cada año. —Su voz tembló ligeramente, no por emoción, sino por una rabia contenida.
—Y supongamos que, por un milagro, se aprueba algo y se consigue el dinero —dijo Alistair Vance, mirando al grupo con ojos cansados y desencantados—. ¿Saben qué pasa siempre? Alguien lo sabotea. La última vez que intentamos reforzar el sistema de drenaje en el distrito industrial, los trabajadores recibieron amenazas anónimas. Hubo secuestros breves, más para aterrorizar que para pedir rescate. Aparecieron artefactos explosivos adheridos a la maquinaria pesada. Perdimos equipo valorado en millones, y la mitad de la cuadrilla renunció por miedo. Esto no es solo corrupción o burocracia lenta; es terror. Y cuando el miedo se convierte en el contratista principal, los proyectos mueren. Ya hemos perdido demasiado capital … — Hizo otra pausa, dejando que el peso de sus palabras se asentara— y vidas, así. A veces pienso que… quizá Carson tiene razón. Quizá es mejor no seguir invirtiendo en una batalla perdida.
Un silencio pesado, cargado de impotencia y cinismo, cayó sobre el grupo. Habían pasado en minutos de la frustración administrativa al núcleo oscuro y sangrante de Gotham: la sombra de los villanos y la corrupción que prefieren la ciudad podrida, porque en el caos y el veneno es más fácil reinar.
—¿Y cuál es su opinión al respecto, joven Wayne? —preguntó Marcus Sterling, quien hasta ahora se había mantenido como un observador silencioso. Su voz era calmada, pero su mirada, dirigida directamente a Damian, era inquisitiva y genuinamente curiosa.
Damian lo miró, claramente sorprendido por ser puesto en el foco de esa manera. Permaneció en silencio por unos segundos que se sintieron largos, procesando la pregunta. Bruce, al notar su vacilación, se preparó para intervenir, dispuesto a señalar que su hijo acababa de regresar y no estaba familiarizado con las complejidades del conflicto.
Entonces, Damian habló.
Comenzó con un tono casi distante, como si soltara una observación al aire, una reflexión académica sin mayor peso. Pero a medida que las palabras fluían —cada una elegida con precisión quirúrgica, formando argumentos estructurados y lógicos—, algo cambió en la atmósfera. La cortesía expectante en los rostros de los hombres a su alrededor se transformó primero en interés genuino.
—Lo que yo creo —dijo, como si estuviera razonando en voz alta— es que el error es pensar en una sola solución grandilocuente. Una planta de tratamiento convencional para el Río Gotham es como poner una curita en una hemorragia arterial. El problema es sistémico, como ustedes mismos lo han notado, así que la solución debe serlo también.
Hizo una pausa breve, sus ojos verdes escaneando sus caras, midiendo su atención.
—Primero, el tratamiento no puede ser unitario —comenzó Damian, su tono inicialmente clínico—. El río está contaminado con metales pesados industriales, compuestos orgánicos volátiles, desechos biológicos… hay que atacarlo por capas. Se necesita un sistema integrado por fases: bioremediación con cepas bacterianas específicas para degradar los compuestos industriales; fitorremediación en las riberas con plantas hiperacumuladoras que absorban plomo y mercurio del lodo; y para las toxinas más persistentes, adsorción con carbones activados de última generación en puntos de descarga crítica, respaldada por oxidación avanzada. No es barato, pero no es un gasto necesario; es la única inversión real que puede revertir el daño.
El Dr. Finch asintió lentamente, su expresión de escepticismo dando paso a un asombro profesional. —Ese es exactamente el enfoque multidisciplinario que recomiendan los estudios más recientes para ecosistemas críticamente degradados. Pero la escala…
—La escala se maneja con fases piloto y financiamiento vinculado a resultados —continuó Damian, dirigiéndose ahora al núcleo del problema—. Segundo: las empresas que vierten. Fortalecer la legislación es una obviedad que no avanza. En cambio, hay que cambiar los incentivos. Multas automáticas y progresivas por contaminación, calculadas en tiempo real con sensores, cuyos fondos se destinen directamente al proyecto de limpieza. Y paralelamente, beneficios fiscales sustanciales y subsidios directos para cualquier empresa que implemente sistemas de ciclo cerrado o trate sus propios efluentes por encima del estándar. Les das un palo y una zanahoria imposibles de ignorar.
El fiscal Thorne, un hombre de unos treinta y pocos años cuya expresión, siempre solía ser de escepticismo tallado en piedra, esbozó algo muy cercano a una sonrisa. Bruce se sorprendió de verlo. Los ojos grises y analíticos del fiscal se fijaron en Damian con un interés nuevo y penetrante.
—Hacer que les cueste más contaminar que cumplir la ley. Es una perspectiva… refrescante. Y pragmática. Estoy completamente de acuerdo con usted, Damian. Su tono era de genuino reconocimiento profesional.
Bruce notó el cambio en la actitud del fiscal —la aprobación directa, la mirada evaluadora pero favorable— y sintió una incomodidad instantánea y visceral que se le anudó en el estómago.
No era el plan.
—Le agradezco —respondió Damian brevemente, antes de continuar, su voz ganando una claridad metálica—. Tercero: la gente. Muchos trabajadores defienden esas fábricas por miedo a perder su sustento. La solución es darles una alternativa mejor. La construcción de los sistemas de tratamiento y la remediación de riberas generarán cientos de puestos de trabajo especializados y semiespecializados. Se les ofrece capacitación y empleo con salarios competitivos a los vecinos de los distritos afectados. Convierte la resistencia en cooperación.
Carson frunció el ceño, haciendo cálculos mentales. —Reentrenar fuerza laboral… es una inversión costosa a corto plazo, pero crea un mercado local calificado para mantener la infraestructura. A largo plazo, reduce la dependencia y los costos operativos.
—Exacto —asintió Damian, su tono ganando una convicción fría y metálica—. En cuanto al sabotaje y la corrupción. Para la delincuencia organizada que sabotea la infraestructura, se aplican las leyes de terrorismo ambiental ya existentes, pero con un enfoque ampliado y en colaboración directa con la fiscalía —hizo una breve pausa, su mirada encontrando la de Thorne, quien le dio un leve asentimiento en reconocimiento— para asegurar penas máximas ejemplares y el traslado inmediato a penitenciarias de máxima seguridad fuera de Gotham. Eso no solo aísla el problema, sino que establece un precedente disuasorio para cualquier otro grupo criminal que considere a los servicios públicos como un campo de batalla. Y, sobre todo, abriría la puerta para trasladar a criminales de alta peligrosidad a centros de máxima seguridad fuera de Gotham.
Su mirada, ahora cargada de una intensidad desafiante, se posó directamente en el vicealcalde Sharp.
—Y en cuanto a los ‘otros problemas’ y la presión política… se hace todo el proceso totalmente transparente. Se publican en línea, en tiempo real y en formato accesible, todos los contratos, cada desembolso y cada dato de los sensores de calidad del agua. La prensa debe ser un aliado estratégico, no un adversario; se les da acceso privilegiado a los datos crudos. Se expone públicamente todo el flujo del proyecto. Cualquier persona o entidad que intente bloquear, desviar o ralentizar el proceso… se expondrá sola ante el escrutinio público. Y, bajo ese nivel de apertura, la alcaldía no tendría que cargar sola con el peso de la supervisión ni gastar capital político en defender cada decisión. Por lo cual no habría motivo para que la alcaldía rechace el proyecto bajo esa luz, y sería una gran oportunidad para que limpien un poco su imagen, que ha sido tan ‘desprestigiada, en los últimos años’, ¿no le parece, vicealcalde?
El vicealcalde Sharp parpadeó, como si acabaran de enfocarlo con un reflector. Una sonrisa tensa, demasiado amplia, se estiró en su rostro.
Hubo otro silencio, pero este era de una cualidad completamente nueva.
—Y, para terminar —añadió Damian, y su tono adquirió un dejo que podía ser lástima profunda o el más puro desprecio intelectual—, no olvidemos el factor humano más básico. Mejorar los centros de salud, en equipamiento y personal capacitado, ante las nuevas enfermedades. Aunque eso solo trata los síntomas, no la causa. Gotham es un vertedero al aire libre. El aire está podrido, el agua es veneno puro, y las pocas áreas verdes son páramos tóxicos. No me sorprende en absoluto que esta ciudad produzca locos a montones. —Hizo una pausa, dejando que la crudeza de sus palabras calara—. ¿Han revisado los meta-análisis sobre neurotoxicidad por metales pesados y su correlación directa con brotes psicóticos, agresión irracional y deterioro cognitivo permanente? Beber esa agua, respirar ese aire día tras día… no es solo un problema ecológico o logístico. Es una crisis de salud pública masiva que, de manera sistémica y predecible, fabrica su propia cantera de enfermos mentales y delincuentes. Limpiar el río no es un capricho ecológico de activistas. Es, literalmente, la primera y más urgente reforma de salud y de seguridad que esta ciudad podría —y debería— hacer.
La última frase quedó flotando en el aire, brutal en su lógica irrefutable. El Dr. Finch palideció visiblemente, como si Damian acabara de ponerle palabras al pronóstico terminal que llevaba años viendo desarrollarse en sus salas, pero que nunca se había atrevido a formular con tan fría claridad.
Fue entonces cuando Bruce lo notó.
Elijah Thorne no estaba simplemente escuchando. Estaba absorto: una expresión de aprobación intensa y concentrada. Sus labios, finos y usualmente apretados en una línea de escepticismo, se habían relajado en una curva genuina, casi de fascinación. Sus ojos grises, esos ojos que parecían estar siempre aburridos y que Bruce empezaba a odiar, brillaban con un interés vivo y cálido mientras seguían cada palabra de Damian.
Bruce sintió un golpe frío en el estómago.
Conocía esa mirada. Era la de un hombre que ha encontrado algo —o a alguien— excepcional, y está calculando su valor. El interés del fiscal hacia su hijo no parecía solo profesional. Parecía algo más directo, personal, y estaba dirigido por completo a su hijo. No sabía cuál era la intención exacta de Thorne. Si era admiración, curiosidad, o algo más. Pero Bruce no estaba dispuesto a averiguarlo.
Y justo cuando Bruce reunía el aliento para intervenir y cortar la conversación, Lucius habló primero.
—Bruce… —dijo Lucius, y su voz sonaba diferente. Más relajada, con una calma cargada de asombro profesional—. Damian no solo ha identificado los problemas. Ha trazado un plan de acción con palancas políticas, económicas y sociales específicas, y todas interconectadas. Esto es… impresionante. Nos ha brindado una hoja de ruta viable, para abordar, por fin, el problema del río.
Todos los ojos en el círculo se volvieron hacia Damian. Algunos, como Lucius, el Dr. Finch y el fiscal Thorne, lo observaban con una sonrisa sincera, cargada de asombro y un respeto nuevo. Otros, como Vance y Sterling, esbozaban una sonrisa distinta: delgada, condescendiente, que decía claramente que encontraban al joven brillante, sí, pero idealista. Creían que Damian era inteligente, pero demasiado inocente para entender cómo funcionaban realmente las cosas.
—Vaya… una perspectiva muy… reveladora. Pero también, y permíteme la franqueza, ingenua —dijo Vance, sacudiendo la cabeza con un escepticismo—. Para Gotham, es poco realista.
—Lo que propones, muchacho, requiere una inversión colosal —agregó Carson, el más pragmático del grupo, frunciendo el ceño—. Los contribuyentes ya están asfixiados. La alcaldía no soltará un centavo más de lo que ya da para servicios básicos, que apenas funcionan, Seamos realistas: no apoyarán ninguna iniciativa. Menos las ‘transparentes’. Y, para Wayne Enterprises… sería un capital inmenso para desembolsar en un solo proyecto, especialmente en uno que aún podría tildarse de "experimento ecológico".
—No es un experimento —replicó Damian, y su tono perdió un matiz de la cortesía inicial—. Es una inversión en la salud pública de la ciudad. Menos contaminación significa una reducción medible en enfermedades respiratorias, neurológicas y gastrointestinales. Menos "locos", como dije. Y según lo que he podido apreciar, el Hospital General opera al borde del colapso estructural, al punto de solicitar donaciones extra solo para reponer equipos básicos desgastados. Eso no es "normalidad"; es el síntoma de un ambiente físicamente enfermo.
—Las enfermedades y la locura siempre han estado aquí —intervino Sterling con un gesto de fastidio, como si Damian estuviera señalando algo obvio y molesto—. Es la naturaleza de la ciudad.
—Lo que sugieres, hijo, es una lista de deseos —dijo Sharp, frotándose la sien con aire de cansancio—. Demasiados tratamientos, demasiada coordinación, un costo monumental. Tenemos prioridades más urgentes: el hospital, las escuelas, la renovación del distrito portuario, la seguridad… eso es lo principal. Incluso si quisiéramos empezar algo con el río, sería mucho más sensato invertir en el proyecto de nanotecnología de descontaminación de LexCorp. Al menos es una solución moderna, no un conjunto de ideas… complicadas.
Un murmullo de risas condescendientes y asentimientos pragmáticos recorrió el pequeño círculo. Los únicos que no se sumaron fueron Lucius, el fiscal Thorne —que observaba con los brazos cruzados y una expresión impenetrable— y Bruce. Damian contuvo un gemido audible de exasperación.
Bruce sintió la tensión instantánea que se propagó por el brazo de su hijo y apretó suavemente su hombro, una señal silenciosa y firme para que contuviera la réplica visceral.
—Claro —dijo Damian, y cuando volvió a hablar, su voz tenía el filo delgado y cortante del sarcasmo helado—. La nanotecnología de Luthor. Una tecnología prometedora, sin duda, pero que aún está en fase de laboratorio. Su despliegue a la escala del Río Gotham está a años, si no décadas, de ser viable. Y su costo sería tan astronómico que haría palidecer a un sheikh. Por dios, consumiría el presupuesto de la ciudad para una sola apuesta a largo plazo.
Hizo una pausa, dejando que la objeción práctica se asentara antes de lanzar su verdadero argumento.
—Pero ese no es el punto principal. El punto es que estamos discutiendo un problema actual y urgente. La solución de Luthor es un proyecto para el futuro. Lo que Gotham necesita es un plan de acción para mañana. Descartar métodos de remediación comprobados y escalables —como la bioremediación y la fitorremediación— a la espera de una tecnología que aún no existe, no es pragmatismo. Es negligencia. Es firmar la sentencia de muerte del río —y de los distritos que dependen de él— por otros veinte años.
Su tono se volvió aún más incisivo.
—Y no olvidemos el riesgo inherente: dispersar billones de nanopartículas de diseño en un ecosistema que ni siquiera entendemos por completo. Si algo sale mal —y con Luthor, la historia sugiere que es una posibilidad no despreciable—, estaríamos creando un contaminante nuevo, persistente e imposible de eliminar. Estaríamos intercambiando un veneno conocido por uno desconocido y potencialmente peor. ¿Eso es lo que llaman una "solución moderna"? Yo lo llamo una fantasía peligrosa que nos distrae de la tarea real: empezar a limpiar, el río, con las herramientas que sí tenemos.
— Bueno, hijo, incluso si quisiéramos adoptar tu enfoque… —intervino Lucius, tratando de tender un puente conciliador pero realista— …la verdad es que no tenemos la capacidad operativa interna para todos esos métodos. El proyecto que teníamos en carpeta se limitaba a la bioremediación, es el que podemos financiar en estos momentos. Para un sistema integral como el que describes, necesitaríamos aliarnos con corporaciones que ya dominen las otras tecnologías y que puedan compartir la inversión. La suma requerida es demasiado grande para el presupuesto designado a las obras caritativas que Industrias Wayne financia, menos para una obra en gran escala, como planteas. —Hizo una pausa significativa—. Para ello necesitaríamos un colaborador dispuesto a invertir capital significativo sin una rentabilidad, casi como un socio benéfico, Y entre las pocas con la capacidad técnica y financiera a esa escala… está LexCorp.
—La bioremediación por sí sola es insuficiente —insistió Damian, implacable—. No elimina metales pesados ni toxinas farmacéuticas residuales. Necesitamos el sistema integrado. —Su mirada se volvió más aguda—. Y una pregunta: ¿por qué le regalaríamos ese mercado emergente, el de la tecnología sustentable, a LexCorp? Durante años hemos permitido que Lex Luthor acapare el prestigio de la innovación. Se convirtió en nuestra principal competencia en ese campo, y no entiendo por qué nos conformamos. Industrias Wayne tiene el capital, el talento y la capacidad para liderar esto. Tenemos al personal. Solo nos falta la decisión.
Un silencio denso se instaló en el grupo. Lucius lo miró fijamente, procesando el desafío directo a la estrategia corporativa. Luego, una lenta sonrisa de genuino interés, e incluso de orgullo herido, apareció en su rostro.
—Tienes… un punto excelente, Damian. Arriesgado. Desafiante. Y correcto —admitió Lucius, su expresión una mezcla de sorpresa y reflexión—. Pero, Industrias Wayne sigue siendo líder en ese campo, y en muchos otros.…
Bruce, sintiendo el momento de intervenir, apretó el brazo de su hijo y rio suavemente, con un tono de orgullo paterno que pretendía amortiguar la audacia de Damian.
—Como les digo, mi hijo es… muy apasionado. Solo quiere lo mejor para nuestra ciudad —dijo Bruce, y su mirada se encontró con la de Damian por un instante, cargada de una advertencia silenciosa—. Y tiene la costumbre de ver más allá de lo inmediato.
Damian, sin embargo, parecía decidido a no ceder esta vez.
—¿Y por eso la solución es pedirle apoyo a Lex Luthor para la descontaminación del río? —añadió Damian, con un sarcasmo que no intentó disimular del todo—. Durante años competimos con él, palmo a palmo por la cima tecnológica. Y, aunque en el papel sigamos siendo líderes… ¿lo parecemos, realmente? —Dejó que la pregunta, retórica y cortante, flotara en el aire—. A eso voy. Cuando las personas piensan en soluciones vanguardistas, en el futuro, piensa en LexCorp. Hemos regalado la narrativa. Hemos cedido la mente del público. Y con ella, el mercado.
Su tono se volvió más frío, más calculador.
—Este proyecto no es solo limpiar un río. Es reclamar ese espacio. Si Industrias Wayne logra lo imposible —sanar uno de los ríos más envenenados del planeta—, no estaremos limpiando agua. Estaremos reescribiendo las reglas. —Su mirada encendida recorrió el círculo—. Seremos la empresa a la que los gobiernos, nacionales e internacionales, llamen para sus proyectos más críticos. Las licitaciones que hoy ni siquiera nos planteamos, serán nuestras. La inversión inicial, se multiplicará por diez, por cien, en contratos y en prestigio. Si lo que les asusta es el dinero ahora, piensen en las ganancias después. No solo recuperarían la inversión; forjarían una reputación como los pioneros que el mundo necesita. Y esa reputación, señores, vale millones.
La mirada de Lucius se suavizó al dirigirse directamente a Damian, cargada de un respeto profesional genuino.
—Tienes razón en el fondo, Damian. Hemos estado jugando a la defensiva. Tal vez… —su voz adquirió un tono más personal, casi de invitación— tal vez lo que nos ha faltado es una mente como la tuya en la sala de juntas, que nos empuje a encontrar una forma de hacerlo sin ellos.
Carson silbó bajito, y esta vez no era de escepticismo, sino de reconocimiento.
—Vaya, Bruce —dijo, dirigiéndose directamente a él—. No sabía que tenías a otro estratega nato escondido. Con esa mente agresiva para los negocios y esa formación científica… deberías empezar a traerlo a las juntas directivas. Al fin y al cabo, alguien tendrá que tomar las riendas del negocio familiar algún día. Tim no puede hacerlo todo.
Bruce asintió, su orgullo visible pero teñido de cautela.
—Oh, lo agradezco, Carson, pero aún es muy pronto. Damian es brillante, pero es muy joven. Dejemos que al menos se gradúe primero, después podríamos…
Pero Damian fue más rápido, su voz educada pero cortante el aire antes de que Bruce pudiera terminar.
—Le agradezco el halago, señor Row —dijo, con una inclinación de cabeza que era pura cortesía vacía—. Pero mi hermano Timothy es quien está dedicado a la empresa. Él tiene la visión y la experiencia. Él se hará cargo. Yo no soy necesario ahí.
La negación fue tan automática, tan protectora de Tim, que sorprendió incluso a Bruce. Aunque la respuesta de Damian fue rotunda, dejando claro que no formaba parte de sus planes, Bruce no pudo evitar pensar que su hijo menor tenía una mente excepcional para los negocios. Claro, le faltaba pulir algunos detalles, pero el potencial era innegable. Sería perfecto trabajando al lado de Tim… y de él.
El fiscal Thorne decidió que era momento de hablar.
—Ya sea en medicina o en negocios —dijo Thorne, su voz serena pero su mirada fija en Damian con una intensidad nueva—, estoy seguro de que el campo que usted elija desempeñar lo hará estupendo. Es usted un joven excepcional, y muy apasionado, sin duda. Tomará la mejor decisión y destacará donde sea.
—Gracias por sus palabras, fiscal Thorne —respondió Damian con una cortesía precisa—. Aunque he escuchado que usted también es muy apasionado en su trabajo. Para su corta edad, ha llegado muy lejos en su campo.
Los hombres a su alrededor rieron cortésmente, un sonido suave y aprobatorio. Bruce se rio también, pero el suyo fue un sonido bajo, forzado, que no alcanzó sus ojos.
—Bueno, señores —dijo Bruce, con una sonrisa enorme en su rostro—, creo que debo ir a buscar a mi esposa.
—Sin duda, Bruce —asintió Lucius con una comprensión inmediata—. Deberías estar al lado de Selina, acompañándola y disfrutando de esta noche.
El resto de los presentes en el grupo parecían estar de acuerdo.
—Y podríamos seguir conversando con Damian —agregó Thorne sin pestañear, su sonrisa ahora dirigida exclusivamente al joven—. La conversación ha sido… extraordinariamente interesante.
Si alguna vez Bruce había sentido un destello de respeto por la seriedad e integridad del fiscal, ahora ese sentimiento era ahogado por algo más primitivo. Una amenaza sutil, pero creciente, que se enroscaba en su estómago cada vez que ese hombre abría la boca para dirigirse a su hijo.
—No lo creo, fiscal —dijo Bruce, su tono, aunque suave, no admitía réplica—. Es momento de ir con mi esposa. Y Damian me acompañará. —No fue una pregunta. Fue un hecho, dicho mientras su mano ya se cerraba con firmeza, pero discreción, en el brazo de su hijo—. Además, creo que tu hermano quería decirte algo, hijo. — Su sonrisa de anfitrión era perfecta, impecable, y una mentira absoluta dirigida al círculo de hombres—. Si me permiten, caballeros.
Sin esperar respuesta, se retiró del círculo, llevando a Damian consigo con una firmeza disfrazada de guía paternal. Caminaron entre la multitud, esquivando grupos con sonrisas y asentimientos automáticos. Selina estaba al otro extremo del gran salón, un faro de elegancia negra en la penumbra dorada.
—¿Y ahora qué hice? —preguntó Damian en voz baja, manteniendo una sonrisa cortés y vacía para cualquiera que los mirara.
—Nada —respondió Bruce con un suspiro que solo su hijo podía escuchar—. Tenías razón en todo. Cada punto. Solo que… esto es Gotham, hijo. La sutileza a veces es más efectiva que el ataque frontal. Deberíamos trabajar en eso.
—Me controlé, padre —replicó Damian, y el dejo de exasperación era palpable en su susurro—. Es que son tan… derrotistas. Han dejado de intentarlo.
—Lo han intentado durante décadas, Damian. Dales algo de crédito por eso —dijo Bruce, su voz más suave—. Cuesta mantener la fe cuando cada esfuerzo termina en sabotaje, burocracia o balas. El cinismo es una coraza, no una elección.
—Entiendo —dijo Damian, aunque no sonaba convencido.
Bruce sonrió, esta vez de manera genuina y breve, un destello privado entre padre e hijo.
—Aunque… realmente estuviste bien ahí, hijo. Muy bien. Me hiciste sentir… orgulloso.
—Si tú lo dices, padre —murmuró Damian, desviando la mirada hacia el bullicio del salón como si buscara algo específico—. Creo que iré por un trago.
Se soltó del brazo de Bruce con un movimiento fluido antes de que su padre pudiera objetar. Bruce abrió la boca para protestar —Eres demasiado joven. No deberías. Estás delicado de salud. Es malo para ti. Hay prensa— pero se contuvo. Solo por hoy, pensó. Solo por este momento, después de haberlo soportado todo con esa calma, que tome un maldito trago y se relaje un poco.
Sin embargo, una punzada de nerviosismo, aguda e inesperada, se extendió en todo su ser. Damian no parecía enojado, pero sí… tenso. Demasiado quieto en su postura. ¿Lo había presionado demasiado? ¿Había cruzado una línea al ponerlo en ese círculo, al exponerlo así?
Para ser el mejor detective del mundo, Bruce era dolorosamente consciente de su propia ceguera cuando se trataba de sus hijos. A veces no podía entender lo que ellos querían. Siempre intentaba hacer lo mejor, pero… justo cuando creía estar haciendo algo bien, terminaba arruinándolo todo sin siquiera entender cómo.
Lo observó alejarse entre la multitud, la espalda recta, la melena oscura rebelde contra la impecable formalidad del esmoquin. Una mezcla de resignación, nerviosismo y ese orgullo testarudo y ardiente que no se atrevía a extinguirse luchaban dentro de él. Con un suspiro que cargaba el peso de todos sus errores paternos, Bruce volvió a poner la máscara del anfitrión y continuó su camino hacia Selina.
Damian necesitaba un trago. Con urgencia.
Después de ese despliegue verbal, sentía la garganta seca y áspera, como si hubiera estado respirando polvo. Cogió una copa de champán de la bandeja de un camarero y bebió un sorbo largo, sin pensar. Habría preferido agua, pero por ahora esto bastaba. Un segundo trago, más corto, mientras su mirada—casi por inercia—comenzaba a barrer el salón abarrotado.
Buscó de forma automática e insistente una silueta concreta. Cabello negro, siempre un poco desordenado, con ese mechón rebelde que nunca obedecía. Ojos del color del cielo despejado de Metrópolis. Un cuerpo que hablaba de fuerza contenida, combinado con esa torpeza encantadora de alguien capaz de tropezar con una alfombra perfectamente plana.
Desde su posición, entre la maraña de trajes y vestidos, no logró distinguir a nadie que encajara con esa imagen.
Se preguntó si ya habría llegado.
El último mensaje de Jon decía “En camino”, y eso había sido hacía más de media hora. Damian no recordaba haber visto entrar a los Kent, aunque lo cierto era que había estado tan atrapado en aquella conversación agotadora que fácilmente pudo haberlos pasado por alto.
—Parece pensativo.
La voz lo sacó de sus cavilaciones con tal brusquedad que Damian dio un pequeño —casi imperceptible— respingo. Se giró hacia quien había hablado y se encontró, no con la persona que esperaba, sino con el fiscal Elijah Thorne, que lo observaba con una expresión tranquila, sin prisa.
—Discúlpeme —añadió de inmediato—. No era mi intención sorprenderlo.
Los ojos cafés que Damian había notado minutos antes, habitualmente analíticos y distantes, lo miraban ahora con una curiosidad abierta, incluso cordial, como si simplemente hubiera reconocido en él a alguien interesante en medio del ruido.
Damian negó con la cabeza, un gesto breve que desestimaba cualquier preocupación.
—Fiscal Thorne. Qué sorpresa —dijo con un leve asentimiento, su tono cuidadosamente neutro, todavía algo incrédulo ante la presencia del hombre.
—Sé que puede parecer… inusual que me acerque así, después de nuestra resiente conversación grupal —admitió Thorne, haciendo un pequeño gesto con la mano que abarcó la distancia entre ellos y el círculo donde habían estado—. Lo vi solo y me tomé la libertad de acercarme. Le ofrezco una disculpa si lo interrumpí; no era mi intención hacerlo de manera abrupta.
—Sí, es inusual, fiscal Thorne —respondió Damian con franqueza, sin perder su característica seriedad ni ceder un ápice de formalidad—. ¿Desea hablar conmigo sobre algo en particular?
El fiscal asintió ligeramente, como si aquella respuesta fuera exactamente la que esperaba. Lejos de parecer incómodo, su expresión se suavizó, ante la pregunta de Damian.
—En realidad, sí —dijo Thorne—. Quería decirle algo que no encontré el momento adecuado de mencionar antes. Me refiero a su comentario sobre la responsabilidad estructural de las empresas contaminantes. —Hizo una breve pausa—. Los puntos que planteó y las propuestas que expuso no eran idealistas, como algunos intentaron sugerir. Son prácticas. Y, sobre todo, legalmente viables.
Alzó la mirada hacia Damian con una atención franca.
—Me sorprendió gratamente, señor Wayne. No es frecuente encontrar a alguien tan joven que esté tan involucrado en el tema… ni que lo entienda con esa profundidad.
Damian sostuvo su mirada sin retroceder, pero una mueca leve —más irónica que hostil— curvó sus labios.
—Habla como si yo fuera un niño y usted un hombre excesivamente adulto, fiscal —respondió, con un tono tranquilo—. Aun así, aprecio que se interese por mis ideas. Muchos las califican de ingenuas o poco realistas, atribuyéndolas a mi supuesta falta de experiencia… o a mi estatus. Como si eso, por sí solo, invalidara mis argumentos.
Hizo una breve pausa antes de añadir, con cortesía afilada:
—Y, como sabe, el señor Wayne es mi padre. Puede llamarme joven Wayne, fiscal Thorne.
Por un instante, Thorne pareció genuinamente divertido. Esbozó una leve sonrisa que desapareció casi tan rápido como había surgido, mientras lo observaba con una atención distinta, más personal.
—Supongo que puedo entenderlo —dijo finalmente—. Cuando ingresé a la fiscalía, muchos decían exactamente lo mismo de mí: que mi edad y mi falta de experiencia me impedían comprender cómo funcionaban realmente las cosas. Desestimaban mis ideas, las llamaban idealismo.
Su mirada se posó directamente en el rostro de Damian.
—Aún lo hacen, por supuesto. Solo que ahora lo disimulan mejor.
El gesto no desapareció. Permaneció. Un segundo más de lo necesario.
—Y puede llamarme Elijah, joven Wayne.
La curva de sus labios se acentuó apenas, como si la formalidad de Damian exigía le resultara… entretenida.
Damian asintió una sola vez. Aun así, la sonrisa breve del fiscal lo dejó ligeramente confundido. ¿Acaso se estaba burlando de el?... Prefirió cambiar el tema antes de sobrepensar y hacer algo que termine molestando a su padre.
—Dijo que las propuestas que mencioné eran legalmente viables —señaló—. ¿Cuál de ellas apoyaría usted con mayor firmeza, fiscal Thorne?
Elijah bajó ligeramente la voz; lo suficiente para que quienes pasaban cerca no pudieran oírlo, como una confidencia entre ellos
—La propuesta de descontaminación del río es necesaria. Pero si soy sincero, no podremos tocar el río mientras Gotham siga ahogándose en corrupción y crimen.
Hizo una breve pausa antes de continuar, con un tono más firme.
—Lo que sí considero posible, si contamos con el apoyo adecuado, es su planteamiento sobre el traslado de reclusos de alta peligrosidad. Eso… —exhaló lentamente— eso me resonó especialmente. Llevo semanas revisando expedientes y el patrón es absurdo: cada cierto tiempo, los internos más peligrosos se fugan de Arkham o de Blackgate como si fueran centros vacacionales.
Su mirada se endureció.
—Sacarlos completamente de la ciudad. Llevarlos a una instalación de máxima seguridad, verdaderamente aislada, con personal especializado y protocolos reales… eso es puro sentido común. Y, sin embargo, en Gotham parece una idea revolucionaria.
Damian guardó silencio unos segundos, procesando la respuesta.
—Ese es un punto en el que podríamos coincidir, fiscal —concedió finalmente, dejando escapar un suspiro. —Pero ambos sabemos que mientras quienes se benefician del daño sigan ocupando posiciones de poder, cualquier intento de reforma está condenado a fallar desde el inicio.
—Y es por eso que debemos buscar que se haga realidad —dijo el fiscal, con una convicción tranquila.
Damian ladeó apenas la cabeza, observándolo con atención.
—Así que esa es la razón por la que está aquí—dedujo—. Buscar aliados estratégicos, en caso de que decida presentar una propuesta formal.
Hubo un breve silencio. Por primera vez desde que comenzaron a hablar, el fiscal pareció ligeramente incómodo. No lo negó.
—¿Realmente cree que funcionará? —continuó Damian, sin dureza, pero sin suavizar la pregunta—. Si presenta una propuesta así… ¿cree que obtendrá el respaldo necesario? Estaría poniéndose en la mira de organizaciones criminales, de intereses políticos, solo para plantear algo que probablemente ni siquiera llegue a un juzgado.
Elijah sostuvo su mirada.
—Sí —respondió sin titubear—. Creo que debemos intentarlo.
Inspiró hondo antes de seguir.
—Sé que la rechazarán en primera instancia. Tal vez en la segunda también. Pero nada se ha construido rindiéndose al primer intento. Si logramos establecer un precedente, aunque sea uno, entonces las demás iniciativas estancadas podrían tener una oportunidad real.
Damian entrecerró los ojos, pensativo.
—Necesitará apoyo. Mucho —advirtió—. Poner a la prensa y a la policía de su lado. Le seré sincero fiscal… lo que propone es arriesgado, especialmente para alguien nuevo en esta ciudad. Gotham no es muy amable con los representantes del sistema de justicia. Un solo error, una palabra mal dicha… y todo se vendrá abajo. Muchas de las personas de esta sala, de quienes necesitará impulso, serán las primeras en abandonarlo si algo sale mal.
Hizo una breve pausa
—¿De verdad está dispuesto a arriesgarse?... He escuchado que tiene un futuro prometedor.
El fiscal soltó una risa baja, sincera.
—El futuro siempre es incierto, joven Wayne. Solo sé que debo hacer lo correcto ahora.
Su tono se volvió más serio, más íntimo.
—No creo que la gente de Gotham sea hostil por naturaleza. Creo que están cansados. Han perdido la fe: en el sistema, en la justicia, en que las cosas puedan cambiar. Pero si logramos devolverles un poco de esa confianza… si ven que la fiscalía, la policía, la alcaldía y las demás instituciones trabajan de verdad por un bien común… entonces podríamos empezar a sacar a la ciudad de esta marea de crimen que la ahoga.
Su mirada recorrió la sala, deteniéndose en los rostros, hasta posarse en el de Damian finalmente.
—Sé que es posible. Hay hombres y mujeres que aún luchan por eso. Familias enteras esperando que algo cambie. Hay personas aquí, en esta sala, esperando lo mismo. Claro que también están quienes forman parte del veneno que corroe a Gotham —añadió con franqueza—, pero no son todos. Aún queda gente dispuesta a intentarlo.
Damian lo miró. Esta vez de verdad.
No como al contacto incómodo que su padre había puesto frente a él, ni como a un obstáculo social que debía tolerar, sino como al hombre que estaba allí: Elijah Thorne. El fiscal adjunto cuya reputación lo precedía. La joven promesa del sistema judicial de Gotham.
Los susurros que había logrado escuchar decían que, en un par de años, podría desplazar al viejo Fiscal del Distrito. Que, si dejaba de involucrarse tanto, su futuro estaba asegurado incluso más arriba. Fiscal general, tal vez más. Damian podía estar de acuerdo con ellos.
Era un poco más bajo que Damian, de cabello castaño cuidadosamente peinado, sin exceso ni pretensión. Ojos cafés, cálidos, expresivos. Tendría la edad de Jason… quizá la de Dick. Era atractivo, en un sentido pulido y convencional. Pero más que eso, todo en él gritaba pasión por su trabajo. Convicción. Grandes sueños y metas nobles.
Si esta ciudad fuese un lugar distinto, un lugar justo, lo apreciarían. Le darían el espacio para crecer y triunfar. Pero Gotham no era ese lugar. Gotham ya había tenido a un fiscal con esas mismas características, con esa misma mirada, con esa chispa de convicción y esa fe obstinada en la justicia. Y ahora ese hombre era uno de los mayores villanos que la atormentaba.
La ironía era un veneno familiar.
El silencio de Damian se extendió, denso. No en desacuerdo…, sino en una sombría reflexión.
Se volvió incómodo, tan palpable que incluso Thorne pareció notarlo, dando un paso atrás, apenas perceptible, su confianza resquebrajándose por primera vez.
— Si lo que dije fue demasiado —dijo el fiscal, desviando la mirada un instante—. Debe disculparme. No quise incomodarlo. A veces… —esbozó una sonrisa breve, autocrítica— dicen que me involucro demasiado en mi trabajo. Que olvido los límites.
—No tiene de qué disculparse, fiscal —dijo Damian. Su tono era correcto, educado… pero cortés—. Y tiene razón. Si todos en Gotham trabajaran juntos, sería una ciudad mejor…. Le deseo éxito en sus proyectos.
La simple concesión pareció bastarle a Thorne. Su postura se relajó y esa seguridad que había flaqueado regresó.
—Se lo agradezco, joven Wayne —respondió con una leve inclinación de cabeza—. Y, en realidad… mi interés en hablar con usted va más allá de este contexto.
Damian arqueó apenas una ceja, expectante, pero Elijah se quedó en silencio un momento más, como si sopesara lo que iba a decir.
—Usted… tiene una mente brillante —continuó Thorne—. Es audaz. Inteligente, con ideas claras, con una forma particular de observar la ciudad. Pensé que quizá…
Hizo un gesto vago, una media sonrisa
—Podríamos charlar más, compartir ideas. Con más calma.
Damian negó despacio. Sin querer ser grosero, contuvo el filo natural de su voz.
—Lo siento, fiscal Thorne. Aunque respeto su trabajo, la política no es un ámbito en el que me involucre ni me desenvuelva con soltura. No creo poder colaborar con usted, y menos tener las habilidades que parece estar buscando.
—Sí, sí, lo entiendo —respondió Thorne con rapidez, levantando una mano en señal conciliadora—. No me refería a una colaboración profesional. Para nada.
Dio un paso lento hacia él, apenas un desplazamiento.
—Solo pensé que, quizá, podríamos conversar en otro momento —dijo Thorne, y su tono era cuidadoso, como si estuviera eligiendo cada palabra—. Conocernos un poco más. Creo que su visión para esta ciudad es magnífica, y su formación podría ayudarme mucho, en esta o en futuras propuestas. Usted … conoce Gotham y a su gente mejor que yo. Solo sería una charla amistosa, en un lugar más agradable y menos aglomerado.
Damian dudó antes de asentir. Sonaba razonable. Una charla. Un intercambio de perspectivas. Nada más.
El fiscal parecía un hombre profesional. Serio. Centrado. Tal vez tener a alguien así cerca podría ser un buen incentivo, un recordatorio de que en Gotham también había personas que intentaban hacer las cosas bien. Y, sin duda, su padre estaría complacido. Había sido el quien los había presentado, después de todo. Eso significaba que su padre veía en Thorne a alguien con quien valía la pena establecer una relación cordial. Y por una vez, Damian no tenía objeciones. Seguiría los planes de su padre.
Tampoco es que Damian fuera a forjar una amistad. No con alguien que acababa de conocer superficialmente. Pero tampoco necesitaba ser hostil. Podía ser profesional. Podía ayudar en lo que estuviera a su alcance sin involucrarse más de la cuenta. Total, en un par de semanas regresaría a Inglaterra. A sus estudios, a su vida.
—Claro —dijo—. Si surge alguna iniciativa en la que pueda aportar desde mi campo, no dude en contactarme.
Thorne sonrió. Una sonrisa más amplia de las que Damian había visto hasta entonces, aunque rápidamente llevó su copa a los labios ocultándola detrás del borde. Damian no le dio importancia. Desvió la mirada, buscando entre la multitud la presencia de Jon, cuando se dio cuenta de que un silencio se había instalado entre ellos.
Sintiendo que la conversación había terminado, Damian se removió incómodo en su lugar. Dispuesto a despedirse e ir a buscar a la persona que realmente quería ver.
El fiscal pareció notar su incomodidad. Cuando volvió a hablar, su tono era más bajo, casi confidencial, como si compartiera una observación menor.
—Es una ciudad difícil, Gotham —dijo.
Su mirada recorrió el salón lentamente, como si evaluara cada rincón. Luego regresó a Damian, deteniéndose finalmente. Damian frunció el ceño, confundido por la repentina observación.
—Dura. Exigente. Pero tiene algo que otras ciudades no tienen… Algo tan único que destaca en medio del caos.
Su voz se volvió más suave. Más íntima.
—Y es difícil no querer detenerse a admirarlo.
Dejó que la frase flotara en el aire mientras bebía otro sorbo de su trago.
—Empiezo a entender por qué tantos eligen quedarse.
Damian parpadeó, sin estar seguro de hacia dónde iba todo esto.
—Sí —dijo, asintiendo con seriedad—. La arquitectura de Gotham tiene un estilo gótico muy particular. Aunque muchas fachadas están descuidadas por falta de mantenimiento.
Thorne permaneció inmóvil un instante. Luego soltó una risa baja, sincera. Como si algo le pareciera profundamente encantador.
—Sí —dijo, soltando un suspiro y negando con la cabeza—. La arquitectura es muy hermosa de ver, joven Wayne.
Su sonrisa se ensanchó apenas, pero no dijo nada más. Solo bebió otro sorbo de su copa, con los ojos aún fijos en Damian. Como si esperara ver algo en él. Como si hubiera un chiste privado que Damian no estaba captando.
Damian comenzó a sentir que algo en esa conversación se le escapaba. No sabía qué. Solo que el fiscal seguía ahí, quieto, con esa media sonrisa que ahora le resultaba incómoda. Casi burlona.
—Bueno —dijo Damian, ajustando la copa con nerviosismo—. Si no hay algún otro tema específico que quiera tratar, creo…
—Damian.
La voz llegó desde atrás. Ligeramente sarcástica. Demasiado familiar.
Damián no tuvo que girar para reconocerla. Sintió los pasos acercándose antes de verlo. A su lado, la postura relajada del fiscal cambió de inmediato. Hombros más rectos. La copa sostenida con más cuidado. Como si alguien hubiera puesto música formal de repente. Damian solo sintió molestia.
—Timothy —dijo Damián, sin apartar la mirada del frente. Su tono era plano, resignado, como si su hermano mayor fuera una fuerza de la naturaleza predecible y molesta—. Déjame adivinar. Mi padre te envió a buscarme.
—Oh, no, para nada —respondió Tim, apareciendo a su lado.
Se detuvo justo al costado de Damián, reposando una mano en su hombro. La apretó. Un gesto que pretendía ser fraternal, pero resultaba incómodamente firme. Damián sintió el apretón de esos dedos como un juego estúpido de su hermano. ¿Qué demonios le pasa? pensó.
Cuando Damián giró por fin a mirarlo, se quedó aún más confundido.
Tim le dedicaba una sonrisa. Pero no era una sonrisa normal. Era demasiado amplia. Demasiado forzada. Mostraba demasiados dientes. Una de esas sonrisas que parecían sacadas de una película de terror, de esas que usaba cuando quería causar una impresión específica en alguien. Y sus ojos estaban más abiertos de lo normal. Parecía… enloquecido.
Vaya, Así se veía más feo de lo normal. Demasiado feo y extraño, hasta para Tim.
Y por un segundo, de verdad se cuestionó si Tim se habría expuesto al gas del Joker antes de venir. No sería del todo descabellado, tratándose de su familia. Pero entonces Tim le guiñó un ojo.
Damián parpadeó. No. Descartado. El gas del Joker no incluía guiñadas de ojo. O al menos eso esperaba.
Suspiró y negó con la cabeza. Solo era su familia. Actuando rara en eventos como este. Como siempre.
—De hecho —continuó Tim, sin soltar el hombro de Damián—, quería hablar contigo.
Entonces giró esa sonrisa hacia el fiscal, extendiéndole una mano en forma de saludo.
—Permítame presentarme —dijo, y su tono era una mezcla perfecta de cortesía y algo que no terminaba de encajar—. Timothy Drake. El hermano mayor.
—Un gusto conocerlo, señor Drake. He escuchado mucho de usted —dijo Elijah, estrechando su mano con un apretón firme que Tim devolvió con igual fuerza—. Soy Elijah Thorne.
—Lo sé. Es el nuevo fiscal adjunto —afirmó Tim, su sonrisa adoptando ese dejo de picardía profesional que usaba con los socios de su padre—. He escuchado mucho de usted también. Inició un proceso bastante sonado en Trenton, contra una empresa de logística, ¿verdad? Por evasión de impuestos y condiciones laborales abusivas. Recuerdo que el caso fue archivado.
Hizo una pausa calculada, dejando que el dato pesara.
—Fue un pequeño revuelo mediático. Si no me equivoco, dijeron que los cargos eran infundados. Y ahora está en Gotham. Muchos dicen que este traslado fue… su castigo.
—No lo veo como un castigo, señor Drake —replicó Elijah, sin perder la compostura, aunque sus ojos se endurecieron—. Sino como una oportunidad para seguir trabajando. Y para intentar convertir a esta ciudad en un lugar mejor.
Tim soltó una risa ligera, despreocupada.
—Vaya —observó Tim, su sonrisa intacta, casi admirativa—. Sí que tenían razón sobre usted, fiscal. Mucho entusiasmo. Y una gran pasión… Espero que logre conservarlas. Muchos dicen que esta ciudad puede ser un poco… desgastante. Pero sin duda, con usted aquí, Gotham podrá convertirse en un lugar mejor. Como usted bien dijo.
Ensanchó la sonrisa. Inocente. Amable. Perfecta.
—Por supuesto —dijo Elijah, y su mirada volvió a posarse en Damián, solo un instante fugaz, antes de regresar a Tim—. Misma pasión y entusiasmo que su hermano parece tener. ¿Sabía usted, señor Drake, que su hermano tiene grandes ideas para esta ciudad? Todo un prodigio. Con un gran corazón.
Tim parpadeó. Solo una vez. La sonrisa no se movió de su lugar.
—¿De verdad? —preguntó, con un tono de curiosidad perfectamente calibrado—. No sabía que mi hermano había tenido oportunidad de compartir sus… ideas con usted. Qué interesante. Aunque tiene razón, Mi hermano siempre ha sido así. De un gran corazón. Noble. Altruista. Siempre busca lo mejor para la ciudad y para todos sus habitantes. Incluso si eso implica pasar horas escuchando un sinfín de... divagaciones.
Tim volvió a reír una risa divertida como si despejara su comentario
Damián se quedó quieto.
Giró la cabeza para mirar el perfil de su ‘hermano mayor’. ¿Divagaciones? ¿Qué diablos le pasa al tonto de Tim? Y ¿De qué está hablando?
El fiscal, lejos de ofenderse, esbozó una sonrisa amplia, casi cómplice.
—No lo dudo. Su hermano es un hombre muy agradable. Pero con todo respeto, señor Drake, creo que no le hace justicia.
Tim arqueó una ceja, sin perder la sonrisa.
—He conocido a muchas personas, pero ninguna que escuche una conversación con tanta atención como él. Y le aseguro que no creo que las considere simples divagaciones. Es más, me atrevo a decir que es un oyente atento y cordial. Y créame, en mi trabajo eso se nota.
Tim sostuvo su mirada un segundo. Luego ofreció esa misma sonrisa de labios apretados.
—Sin duda, fiscal Thorne. Parece que nuestro pequeño Damian ha dejado una gran impresión en ustedes.
El fiscal abrió la boca para responder, pero Tim continuó con naturalidad, como si no hubiera notado la interrupción.
—Y, aunque me encantaría seguir enumerando las virtudes de mi hermano —continuó, su tono volviendo a la ligereza con naturalidad—, Me temo que tendré que llevármelo. La verdad es que lo he estado buscando toda la velada. Asuntos familiares.
Que desastre, Damian dejó de prestar atención en cuanto empezaron con su intercambio de falsa cortesía. Casi no pudo contener poner los ojos en blanco, —eran un fastidio— él solo quería que terminen de una vez y poder encontrar a jon
Elijah sonrió, un gesto que parecía entender algo más de lo dicho. —Por supuesto, no quiero interrumpir más. —Suspiró, como resignándose a algo—. Creo que es mejor que me retire. —Inclinó la cabeza con una elegancia natural—. Fue un gusto conocerlo, señor Drake.
—Lo mismo digo, fiscal Thorne —respondió Tim con otra inclinación de cabeza, cortés pero final.
—Joven Wayne —dijo entonces Elijah, volviéndose por completo hacia Damian—, ha sido un verdadero placer conocerlo y escucharlo. Hablar con usted… ha sido refrescante.
Damian salió de sus pensamientos al sentir la mirada del fiscal fija en él.
—Opino lo mismo, fiscal —dijo, recuperando la sonrisa de cortesía con la naturalidad de quien ha hecho esto toda su vida—. Ha sido un gusto.
—Si alguna vez quiere profundizar en esas ideas —dijo al fin—, o necesita hablar con alguien que las comprenda… siempre puede acudir a mí. De verdad. Me gustaría mucho tener una conversación más larga con usted. —De un bolsillo interno de su impecable traje, sacó una tarjeta de presentación de un blanco puro y tipografía elegante, y se la tendió a Damian.
Damian la tomó con los dedos, observando el nombre grabado en relieve por un segundo. Luego, alzó la vista de nuevo.
—Lo tendré en cuenta fiscal. —dijo Damian, y por primera vez, sus palabras sonaron menos como un juicio
Con un último asentimiento de despedida dirigido a ambos, Elijah Thorne se giró y se fundió entre la multitud. Damián y Tim se quedaron quietos. Mirando hacia el mismo punto. Observando hasta que la figura del fiscal se perdió por completo entre trajes y vestidos.
Solo entonces, seguro de que se había ido, Damián habló.
—¿Qué quieres, Drake?
—¿Por qué piensas que quiero algo?
—Porque no te acercas a mí sin una razón —dijo Damian, contando con los dedos—. Y porque dijiste explícitamente que querías hablar conmigo. Así que o te has vuelto estúpido de repente, o esto es… ¿puro amor fraterno renovado? —preguntó con sarcasmo, dejando la copa vacía de champán en una bandeja que pasaba.
Tim soltó un suspiro. —Bueno… sí. Quiero que conozcas a algunas personas.
—¿Más? —preguntó Damian, y esta vez su voz estaba cargada irritación genuina—. ¿Acaso mi padre planeó convertir esta noche en una tortura para mí? ¿Estoy siendo castigado por algo que ignoro?
—Claro que no. No seas dramático. —replico Tim, su tono, antes convincente, ahora filtraba un claro dejo de aburrimiento, como si estuviera cansado de repetir el mismo guion—. Solo… acércate y saluda Te prometo que esta vez no tiene nada que ver con política o proyectos aburridos.
—Realmente preferiría no hacerlo —replicó Damian en tono plano—. ¿No puedo simplemente quedarme aquí? Saludar y sonreír de lejos. No es necesario que interactúe. Puedo hacer lo mismo que Cass, Duke y Jason: sonreír cortésmente y mantener las distancias. Es una estrategia social perfectamente válido para mi.
—No, no puedes —dijo Tim, y su tono ya no era paciente—. Esta es tu primera gala después de tanto tiempo. Tienes que saludar, Damián.
Damián abrió la boca. Tim levantó una mano.
—Y no necesito que tú también te quejes. Suficiente tengo con Conner. Por favor, ¿puedes colaborar? —La última palabra salió entre dientes. Exasperada.
Damián lo miró un segundo. Luego giró la cabeza, recorriendo el salón con la mirada hasta que encontró a Conner al otro lado. El kriptoniano los miraba con una sonrisa demasiado amplia, demasiado inocente, como si no supiera perfectamente que acababa de ser mencionado.
Soltó un suspiro corto. Tensó la mandíbula. La derrota se instaló en sus hombros con resignación.
Fue entonces cuando, mirando más allá del hombro de Conner, distinguió las figuras familiares de Lois y Clark al otro lado del salón. Conversaban con Bruce y Selina. Cálidos. Relajados.
Pero no vio a Jon entre ellos.
Damián escaneó el grupo una vez. Dos veces. Nada.
El estómago se le contrajo. Llevaba toda la noche esperando verlo, escaneando la multitud en cada pausa de conversación. Buscando su silueta entre la marea de trajes y vestidos. Y ahora que sabía que estaba aquí —ahora que Tim lo había confirmado—, Jon no aparecía.
Damián recorrió el salón con la mirada una vez más. Grupo por grupo. Rincón por rincón. Nada
—¿No crees que es mejor ir a saludar a los Kent primero? —dijo Damián, volviendo la vista hacia Tim. Hizo un esfuerzo por que su voz sonara casual, como si la sugerencia fuera solo cortesía—. Sería lo adecuado. Realmente me gustaría saludar a Clark y Lois. Y… conversar con Jonathan. Hace rato que no lo veo.
Tim lo miró con esa expresión que Damián conocía demasiado bien. Esa mezcla de paciencia agotada y diversión contenida.
—Puedes hacer eso después —dijo Tim—. Además, Jonathan no está. Así que no puedes usarlo como excusa para escaparte.
Damian frunció el ceño.
—¿Qué?
Tim suspiró, como si explicar cosas obvias le costara un esfuerzo sobrehumano.
—Que Jonathan está en el jardín —aclaró con un gesto vago—. Salió a contestar una llamada hace un rato. Algo del trabajo, creo. Kon me dijo que su editor lo persigue hasta los fines de semana.
Damián parpadeó. Procesando la información.
Podría salir. Pasear por el jardín unos minutos. Despejar la mente… Pero antes de que pudiera formular la idea, la voz de Tim lo trajo de vuelta.
—Así que… sin excusa —dijo Tim, y su tono era firme, exasperado—. Solo son personas, Damián. No me digas que les tienes miedo.
El sarcasmo en su voz era evidente. El truco de siempre: provocarlo para que reaccionara.
Pero Damián no mordió el anzuelo. No esta vez.
—¿En serio, Tim? —Damián lo miró con una frialdad que apenas cubría su irritación—. ¿Sigues usando ese truco?
Dio un paso adelante por su cuenta. Esperando. La mirada fija en Tim, retándolo a empezar a caminar.
—Más te vale que esas personas sean realmente importantes —añadió—. No pienso perder mi tiempo en estupideces. Y te juro que si me llevas con la señora Van Doren, te haré pagar cada segundo.
—No es la señora Van Doren —dijo Tim, colocándose a su lado y echando a andar—. Aunque no estaría mal que la saludaras. Sería un gesto muy maduro de tu parte.
Damián lo fulminó con la mirada. Tim ni siquiera se volvió.
—Solo serán cinco minutos, Damián —dijo, con el tono de quien ya ha tenido esta conversación mil veces—. Y son agradables.
—Ninguna persona que requiere presentación formal es agradable —masculló Damián, aunque sus pies ya seguían a Tim entre la multitud.
Tim sonrió sin mirarlo.
—Verás. Te van a gustar.
Estúpido Drake.
Su hermano, el imbécil traidor, lo había abandonado apenas un par de minuto después de la presentación, como si con solo plantarlo frente a ese grupo su misión estuviera cumplida. "Para que se conozcan mejor", había soltado, le dio una palmada en el hombro y se fue sin mirar atrás. Así, sin más. Dejándolo a merced del conjunto más superficial y hueco de niños ricos que Damian había tenido la desgracia de conocer.
Tim los había presentado como si fueran lo más interesante del mundo. Y Damian lo creyó al principio, parecían cordiales y serios, hasta que su hermano se fue y él tuvo desagrado de interactuar con ellos. Ricos hasta la médula y frívolos en esencia:
Elara Sterling, hija del dueño de la galería de arte, estudiante de Historia del Arte. Su mención captó al instante el interés genuino de Damian. Por un momento, una chispa de posibilidad se encendió en él: quizás podrían hablar de alguna exposición reciente, intercambiar opiniones sobre técnicas de restauración o debatir el impacto de algún movimiento. Tenía preparada en la punta de la lengua una observación sobre el uso de la luz en los préstamos del Louvre en la galería de su padre.
Pero la ilusión se desvaneció en cuestión de segundos. Ella era una farsa. No poseía conocimiento real, solo regurgitaba frases rehechas de artículos que, Damian estaba seguro, ni siquiera se molestaba en leer completamente. Cuando él mencionó de pasada la diferencia crucial entre la pincelada gestual de un Caravaggio auténtico y la imitación plana de un copista moderno, ella solo parpadeó y desvió la conversación hacia el precio récord de una obra en una subasta. Marcus Sterling tendría que esforzarse mucho más con ella, o buscar desesperadamente otro heredero. Ver a alguien con acceso a tanto arte genuino reducirlo a mera cotización era, para Damian, una vergüenza profunda.
William Holloway, hijo del fiscal de Distrito. Estudiante de Derecho y Ciencias Políticas. Tenía cerebro, eso era innegable. Sus argumentos eran estructurados y sus citas legales, precisas. Pero en su mirada calculadora y en sus sonrisas demasiado pulidas, Damian ya veía los cimientos de la misma corrupción complaciente y ambiciosa que, sospechaba, mantenía a su padre en el poder.
El contraste con el fiscal Elijah Thorne, con quien Damian había conversado apenas media hora antes, fue tan abrupto que resultó dolorosamente claro. Con Thorne, aunque la charla fuera táctica, había un núcleo de genuina convicción, una pasión por el cambio que trascendía el cálculo político. Hablar con él, debatir ideas, había sido un duelo intelectual estimulante. Hablar con William Holloway había sido una experiencia nauseabunda.
Owen Lyle, al parecer su familia era dula de una farmacéutica. Lyle —el apellido, le sonaba, aunque no lograba recordar, el por qué—, el supuesto "prodigio" de la bioquímica. Al oír su presentación, un destello de interés genuino atravesó a Damian. Pensó, que podrían intercambiar opiniones sobre los últimos ensayos clínicos, discutir los límites éticos de la terapia génica o analizar el potencial de una nueva clase de antibióticos. Por un instante, vislumbró una conversación que valdría la pena.
Pero esa esperanza se desintegró en el momento en que Owen Lyle abrió la boca. Le tomó a Damian exactamente dos minutos, el tiempo que el chico tardó en mencionar sus "supuestas patentes pendientes", para descubrir el fraude. No era solo que sus conceptos fueran básicos o mal digeridos; era que ni siquiera podía pronunciar correctamente los términos técnicos que intentaba usar con aire de superioridad. Confundía "enzima" con "inhibidor", tropezaba con "farmacocinética" y "farmacodinámica" como si fueran la misma palabra. Por Dios, pensó Damian con un escalofrío de desprecio profesional, el chico no sabía siquiera la maldita diferencia. Era como ver a alguien intentando pilotar un avión sin saber la diferencia entre el acelerador y el timón.
Mara Chen, diseñadora con su propia línea de moda "sustentable" y amante de los animales. Ella parecía amable, y su discurso inicial sobre el bienestar animal había logrado, brevemente, que Damian bajara la guardia. Por que alguien que hablaba con tanto amor y protección de hacia ellos, siempre tendría, por principio, el respeto de Damian.
Pero todo se derrumbó en el momento en que ella abrió la boca más allá de las frases preparadas. Para lamentarse, con un tono de genuina decepción, de que la "moda woke" y la "sociedad canceladora" estuvieran arruinando el mercado de las pieles exóticas. Que era una lástima, porque trabajarlas era "un arte" y, además, ¡qué pérdida de ganancias! Luego, sin transición, pasó a hablar de su perro pomerania como si fuera el último accesorio de temporada, mencionando lo "fotogénico" que era para sus campañas.
Las ganas de estrangularla —de forma lenta, metódica y con la máxima precisión— surgieron en Damian con una intensidad física tan repentina que tuvo que apretar la copa que sostenía para no hacer un movimiento brusco.
Y finalmente, Sebastián Finch, hijo del director del hospital general de Gotham. Su padre era un hombre decente. Por eso, tal vez, no le sorprendió que, de todo el grupo, Sebastián fuera el que parecía menos despreciable a primera vista. No había en él la arrogancia vacía de Owen, la hipocresía cínica de Mara o la ambición calculadora de William. Parecía… normal. Incluso tímido.
Un joven estudiante de arquitectura que hablaba con mesura y escuchaba con atención. Por un fugaz momento, Damian pensó que tal vez, solo tal vez, había encontrado a alguien con quien podría sostener una conversación civilizada sin querer arrancarse los ojos. Pero esa impresión se desvaneció tan rápido como había surgido. Sebastián carecía por completo de carácter.
En cuestión de minutos, Damian fue testigo de la transformación. Cuando Elara soltó un comentario despectivo sobre "la gentrificación que al menos trae buena clientela", Sebastián no objetó. Solo asintió con una sonrisa débil y forzada. Cuando William hizo una observación clasista sobre los distritos más pobres de la ciudad, Sebastián miró al suelo, pero no dijo nada. Y luego, lo peor: cuando la conversación derivó en una burla velada hacia un conocido activista comunitario —un hombre cuyo trabajo Damian conocía y respetaba—, Sebastián no solo guardó silencio, sino que añadió un "sí, es un tipo… intenso" en un tono que buscaba complicidad con los burlones.
No era malvado. Eso habría sido casi más fácil de entender. No había odio genuino en sus ojos, solo un profundo, patético deseo de pertenecer. Era un seguidor. Un hombre cuyos principios, se disolvían al primer signo de presión social. Le faltaba por completo el temple, la firmeza moral que hacía de su padre un pilar en un hospital que se desmoronaba. Era, en esencia, hueco. Y en ese vacío, Damian vio reflejada la peor clase de cobardía: la de quien elige ser cómplice por miedo a quedarse solo.
Durante toda la interacción, después de que Tim se fue, Damian se sintió incómodo, fastidiado, profundamente molesto. Pero por encima de todo, confundido. ¿Por qué Tim lo habría presentado con estas personas? Y, lo que era más desconcertante, ¿cómo demonios no se habían dado cuenta de lo que eran en realidad?
La respuesta, era, obvia y deprimente. Para Tim, el director ejecutivo de Wayne Enterprises, ellos mantenían la máscara perfectamente. Eran corteses, ambiciosos en silencio, midiendo cada palabra para ganarse su favor. En el escenario social, eran impecables: proyectos filantrópicos en sus currículos, sonrisas en eventos benéficos, ninguna mancha pública. Su fachada de "jóvenes prometedores" era tan pulida que no dejaba grietas. No había rastro de su verdadera esencia en línea, solo un muro de logros y decoro.
Pero en cuanto Tim se marchó, y tras aceptar la sonrisa vacía y condescendiente de Damian como la contraseña correcta, le concedieron el dudoso honor de ver sus verdaderos colores. Supusieron que Damian, el hermano del que no había rastro en línea, el que había "estado viajando por el mundo con el dinero de papi" el que se “mudó a otro continente para vivir solo y hacer lo que quisiera”, era uno de los suyos. Otro hijo privilegiado, ocioso y desconectado de cualquier realidad que no fuera la suya. Con él, podían bajar la guardia. Podían relajarse y ser, por fin, ellos mismos: cínicos, aburridos y, en el fondo, profundo y patéticamente ordinarios.
Damian los observaba ahora, asintiendo con la cabeza mientras Owen soltaba una anécdota insulsa sobre una fiesta en un yate, pero su mente ya había abandonado la conversación. Su mente ahora calculando y ensayando las palabras que diría para poder abandonar este círculo de mediocridad.
Lo que ardía en su pecho ahora, no era solo el aburrimiento agudo, sino algo más punzante: decepción. Una decepción profunda y amarga dirigida hacia ellos, hacia su farsa vacía, y también, aunque le costara reconocerlo, hacia Tim.
¿Por qué lo había hecho? ¿Su hermano lo había arrojado a ese grupo como una broma cruel, un castigo adicional para hacer la noche aún más insufrible? O, peor aún, ¿Tim se había tragado por completo su fachada de "jóvenes prometedores"? La segunda opción le producía un desasosiego más hondo. Tim era el más inteligente de ellos, el estratega, el que leía a las personas. Si él no había visto más allá del brillo superficial de Elara, William, Owen y Mara… entonces la ironía sería tan dolorosa como reveladora. Significaría que el propio Tim podía ser engañado por la misma pulcritud social que ambos despreciaban.
Cuando Owen terminó de hablar y los demás soltaron sus risas huecas, Damian dejó escapar un suspiro audible, una señal final de su paciencia agotada. Decidido a poner fin a aquella patética interacción —y a la tortura de estar allí cuando podía estar con Jon, aunque primero tendría que encontrarlo—, se aclaró la garganta con un sonido claro que atrajo todas las miradas hacia él.
—Creo que es momento de retirarme —anunció Damian, dando un último trago a la copa que sostenía. El gesto no era de disfrute, sino la acción de quien toma valor para decir lo que piensa. Ya no le importaba si corrían como chismes, si su padre se enteraba de su "falta de educación". La autenticidad, en ese momento, valía más que cualquier protocolo.
—Señores, señoritas —continuó, su voz fría y clara como cristal—, déjenme decirles algo. En toda mi vida, nunca antes me había encontrado con un grupo tan singularmente… decepcionante. Toda nuestra interacción ha carecido por completo de la profundidad intelectual que uno esperaría de quienes son presentados como las "promesas" de Gotham. —Su mirada recorrió el círculo, deteniéndose un instante en cada rostro, como si archivara una última impresión—. Me resulta fascinante, en el peor sentido de la palabra, encontrar a personas tan perfectamente alineadas con la mediocridad y la falta de escrúpulos. Considero que cualquier minuto adicional dedicado a ustedes sería un desperdicio de mis recursos y, sobre todo, de mi tiempo. Disfruten su velada.
Hizo una pausa final, cargada de un desprecio tan palpable que pareció helar el aire entre ellos. Mientras el grupo lo miraba, paralizado por la sorpresa, Damian vio a Elara abrir la boca, un intento torpe de articular una respuesta que se atascó en su garganta. Sin darle la más mínima oportunidad de recuperarse, él volvió hablar.
—Nunca pensé decir esto, pero hoy, ustedes me han hecho desear, genuinamente, la compañía de la señora Van Doren. Al menos con ella, cuando me pellizca las mejillas, sé que detrás de ese gesto hay una mente que, a diferencia de la de ustedes, sí vale la pena.
Dicho lo que sentía y pensaba, Damian se giró y comenzó a caminar, alejándose con la cabeza en alto. La verdad, le traía sin cuidado lo que ese círculo de mediocridad pudiera opinar de él. Tampoco le preocupaba que fueran de chismosos; hacerlo significaría que Damian también podría contar exactamente lo que había escuchado, y ninguno de ellos querría eso. Enemistarse abiertamente con los Wayne no era poca cosa. Esa parte, al menos, estaba bajo control.
Damian realmente quería salir de ahí.
Era abrumador. La cantidad de personas. Las conversaciones vacías. Las risas que sonaban todas iguales, ensayadas, huecas. Llevaba demasiado tiempo atrapado entre seda y sonrisas falsas, y cada minuto que pasaba sentía el traje más apretado, el aire más pesado.
Además, durante todo ese tiempo no había visto a Jon en el salón.
No lo vio regresar del jardín. Tal vez la llamada se había extendido más de lo esperado. Tal vez Jon había decidido que el jardín era mejor que volver a la fiesta. Damian no lo culparía. Él también prefería estar en cualquier otro lugar.
Aun así, fue decepcionante. Una punzada sorda que no quería examinar demasiado.
Caminó entre un mar de personas que conversaban y reían, esbozando una sonrisa ligera, automática, cada vez que cruzaba miradas con alguien. Pero no se detuvo. Ni una vez.
Este era su momento. La mirada de su padre no estaba sobre él. La de sus hermanos, tampoco. Por primera vez en horas, Damian sintió un alivio genuino: podía filtrarse sin problemas.
Ya estaba cerca. Una de las puertas laterales, por donde entraba y salía el servicio, estaba a pocos metros. El pasillo hacia la libertad. Un paso, solo uno y dejaría la fiesta atrás.
Entonces un idiota de cabello rubio y sonrisa viscosa se plantó directamente en su camino.
—¡Damian Wayne! —dijo el hombre con el tono exagerado, y con la sonrisa más estúpida y presuntuosa que Damian había tenido la desgracia de ver en su vida—. Tiene que ser usted, ¿no es así?
—No, no lo soy —soltó Damian, seco, intentando esquivarlo con un movimiento lateral.
El hombre rio, un sonido grasiento y forzado, y bloqueó el camino nuevamente con su cuerpo.
—Vamos, sé que eres tú. Te pareces mucho a tu hermano… y a tu padre, por supuesto. El parecido es inconfundible. Soy Sheldon Lyle —dijo, tendiéndole la mano.
Ah, claro.
El apellido le sonaba por algo. El hermano mayor de Owen Lyle. El idiota que había estudiado con Dick y Barbara. El mismo al que Dick había golpeado cuando eran jóvenes.
Damian sostuvo su mano un segundo, el apretón rápido y seco. No le ofreció una sonrisa.
—Un placer, señor Lyle —dijo, con cortesía fingida—. Pero me temo que no podré acompañarlo.
Sin esperar respuesta, lo rodeó con un movimiento fluido y apretó el paso. No miró atrás. No valía la pena.
La noche lo envolvió en un manto de aire frío y silencio. Damian había conseguido escapar con éxito, ciertamente no podía pasar un segundo más ahí dentro. El ambiente lo abrumaba y su paciencia estaba llegando al límite.
Además, sabía que, de haberse quedado un minuto más allí, su padre o Tim habrían terminado arrastrándolo a conocer a otro desconocido. Y no se creía capaz de fingir otra sonrisa, ni mucho menos aparentar interés en una conversación más. Sobre todo, porque temía soltar algo inapropiado y desatar la furia de su padre. Aunque deseaba sinceramente mejorar su relación con él, existía un límite—una cantidad específica de personas que podía soportar antes de querer arrancarse los ojos.
Al fin, el bullicio de la fiesta se había transformado en un murmullo lejano y distorsionado. Respiró hondo, y el aire—cargado con el perfume dulce y complejo de los rosales que Alfred cuidaba con esmero—limpió sus pulmones del olor a perfume caro, champán y falsedad. El jardín yacía sumido en una oscuridad casi absoluta, apenas rota por los reflejos fantasmales de las luces que se filtraban desde las altas ventanas de la mansión y por la tenue claridad de unas pocas farolas de hierro forjado, que delineaban los senderos con pinceladas de luz vacilante.
Sacó el teléfono del bolsillo interior de su chaqueta. La pantalla se iluminó, un pequeño faro en la penumbra. Abrió el chat con Jon y deslizó el dedo hacia arriba y hacia abajo, como si ese gesto absurdo pudiera hacer aparecer un nuevo mensaje por arte de magia.
Nada.
El último mensaje—“Ya quiero verte”—seguía ahí, burlón, inmóvil, congelado en el tiempo.
Damian guardó el móvil con un suspiro que empañó ligeramente el aire frío. Su mirada recorrió el jardín, buscando distraerse de sus propios pensamientos. No lo logró. La verdad es que, había esperado encontrar a Jon aquí. Según Tim, debería estar en el jardín, atendiendo una llamada de su jefe. Pero de eso habían pasado más de cuarenta minutos. Y por muy importante que fuera la llamada, no habría durado tanto.
Y dado que Jon no estaba en la fiesta, ni en el jardín, tal vez….
Un pensamiento llegó a Damian. En lo parecida que era esta noche a aquella, de hace cinco años. La noche del compromiso de Tim y Conner. ¿Y si…?
No
Se prohibió terminantemente completar la frase.
No le haría eso a Jonathan. No se lo haría a sí mismo. No podía estar enredado en el pasado. No podía permitir que eso dictara su presente.
Además, lo más probable era que Jon hubiera escuchado el pedido de ayuda de alguien. Tal vez un gato atrapado en un árbol. Tal vez alguien necesitado en una calle oscura de Gotham. Jon nunca había podido ignorar una súplica de ayuda. Era su esencia misma. La que le gustaba a Damian.
Con una sonrisa y un bufido divertido, se acercó a los rosales casi sin darse cuenta, sus pies siguiendo el sendero de memoria. Frente a él, los capullos permanecían cerrados, ajenos a todo. Damian levantó una mano y, con una suavidad que pocos le conocían, rozó uno de ellos con la yema de los dedos. El silencio del jardín era tranquilo. Damian se sentía relajado, casi en paz, cuando un ruido lo sacó del momento. Confundido, agudizo sus sentidos, enfocando su mirada hacia el lugar del que provenía. Avanzó un paso, cuando lo volvió a escuchar.
Algo —o alguien— se movía más adentro, entre la densa masa de vegetación que circundaba la propiedad. Fue apenas un susurro. Apenas un quiebre en el patrón de las sombras. Tan sutil que cualquiera lo habría atribuido a un pájaro nocturno o a la brisa. Pero Damian no era cualquiera.
Sin hacer ruido, desvió su rumbo. Abandonó el sendero de gravilla y se internó en el césped húmedo, rodeando los rosales, alejándose de los haces de luz que escapaban de la mansión.
El traje de tres piezas era un obstáculo. La tela crujía levemente con cada movimiento, y los zapatos de cuero no eran el calzado ideal para terrenos blandos. Damian maldijo internamente. Su padre y su obsesión por la formalidad.
Al internarse bajo la copa de los primeros árboles, la oscuridad se volvió casi tangible. La luz de la mansión ya no alcanzaba a filtrarse entre las ramas. Damian aminoró el paso, deslizándose entre los troncos sin hacer ruido.
Entonces los escuchó: susurros entrecortados. Voces bajas, tensas, que venían de más adelante, ocultas por la maleza.
Cada vez más cerca. Se movió con cuidado, bordeando un arbusto grande. Las voces parecían volverse más claras. Una voz, alta, urgente. Otra, más baja, dubitativa.
Se detuvo junto a un tronco grueso. Lo suficientemente cerca para oír. Lo suficientemente oculto para no ser visto. Desde ahí solo podía distinguir una silueta entre las ramas.
Jon. Solo. Con la cabeza gacha.
Damian soltó el aire que parecía haber estado conteniendo, un suspiro silencioso que se deshizo en la penumbra. Luego cruzó los brazos sobre su pecho y se reclinó contra el tronco, mientras una sonrisa incrédula torcía sus labios. Nego con la cabeza, despacio, sin poder apartar la mirada de Jon.
¿Qué demonios hacía Jon aquí, solo en la oscuridad?
Damian se quedó un rato observándolo. Jon parecía perdido en sus pensamientos, ajeno por completo a su presencia. Y el nerviosismo que había estado formándose en su pecho comenzó a esfumarse.
Porque la verdad era que había estado nervioso toda la tarde. Sintiendo ese nudo en el estómago, ese peso sordo que no se iba con nada. Preguntándose si —como hace cinco años, después de un encuentro que para él lo había sido todo— ¿Si Jon volvería a elegir a Jay? ¿Si aparecerían juntos anunciando una reconciliación? ¿Si una vez más él sería el idiota? ¿El que confió? ¿El que se ilusionó? ¿El que se quedó esperando mientras ellos dos resolvían sus cosas?
Y había estado preguntándose qué haría si eso sucedía. ¿Sentiría lo mismo que aquella vez? Ese dolor en el pecho que apenas terminaba de sanar, esa sensación de que el mundo se abría bajo sus pies. ¿Podría volver a confiar en Jon después de eso?
Pero ver a Jon ahí —enfrascado en lo que parecía una pelea con sus propios pensamientos, tan absorto que ni siquiera había notado su presencia— hizo que sus dudas se esfumaran por completo.
Fue ver su rostro. Abatido. Esa mirada de cachorro triste y confundido. Lo que detuvo cualquier pensamiento en seco.
No debía sacar conclusiones apresuradas.
No después de todo lo hablado. No después de esa promesa silenciosa que ambos habían hecho sin necesidad de palabras. No después de que él mismo decidiera, con plena conciencia, que quería intentarlo de verdad.
Jon había pedido una oportunidad. Damian se había convencido de dársela. Eso significaba algo. Significaba no saltar, no asumir, no condenar antes de escuchar. Porque había decidido confiar en Jon. De verdad. Y confiar significaba esto: no asumir lo peor, no dejar que el pasado escribiera el guion del presente.
Bajó la mirada un instante, procesando sus propios pensamientos. Cuando volvió a levantar los ojos, Jon seguía ahí. Inmóvil.
El celular colgaba de su mano, olvidado. Con la otra, masajeaba su entrecejo en un gesto de cansancio, mientras daba pequeños pasos sin rumbo, como si no se diera cuenta de lo que hacía.
Su traje azul oscuro mostraba pequeños desarreglos: la chaqueta completamente abierta, la corbata torcida —no por descuido, sino porque al parecer había tirado de ella con impaciencia. Su cabello estaba alborotado, revuelto, como si se hubiera pasado las manos una y otra vez en un gesto de inquietud o desesperación. Solo el mechón rebelde que siempre le caía sobre la frente permanecía inalterable, un detalle fiel en medio del desorden.
Y, aun así, tenía ese aire de elegancia imponente. Esa presencia que el desaliño ocasional no lograba disminuir. La tela del traje se amoldaba a su figura, marcando la línea firme de sus hombros, la curva de su espalda ancha —esa espalda que Damian recordaba sólida y cálida bajo sus palmas.
Jonathan se veía bien así. Demasiado bien.
Damian pensó, de forma absurda y fugaz, que Jon debería usar trajes con más frecuencia. Podría…
Negó con la cabeza en un suspiro profundo. Concéntrate, se ordenó a sí mismo, cuando de repente Jon detuvo sus pasos. Alzando la cabeza lentamente, su espalda enderezándose como si algo hubiera llamado su atención. Por un momento pareció escuchar, los sentidos afinándose en la penumbra, buscando entre los sonidos del jardín algo que solo él podía percibir.
Entonces una sonrisa vaga se dibujó en sus labios. Pequeña. Íntima. Como si hubiera encontrado exactamente lo que buscaba.
Damian alzó una ceja. Al parecer, el tonto de Kent empezaba a darse cuenta de su presencia.
—Dami… aunque me gusta que me mires, me gustaría más tenerte cerca.
La voz de Jon llegó clara en la penumbra, y Damian sintió cómo se le tensaba la mandíbula. Jon se giró lentamente, sus ojos azules encontrando sin esfuerzo el lugar exacto donde estaba oculto. Una sonrisa jugueteaba en sus labios, esa sonrisa suya que siempre parecía saber más de lo que debería.
—Vamos, Damian —dijo, cruzando los brazos sobre el pecho con una calma exasperante—. Es un poco espeluznante que te escondas de esa manera. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
Damian puso los ojos en blanco. Un gesto rápido, automático, mientras se enderezaba y salía de entre las sombras con la cabeza en alto.
—¿Qué haces aquí, paleto? —su tono era burlón, pero sus ojos no se despegaban de Jon—. ¿Acaso pensabas irte sin siquiera saludar? ¿Desaparecer en la noche como el héroe misterioso que nadie pidió?
Se detuvo a unos metros. Lo justo para verlo bien bajo la luz tenue que se filtraba entre las ramas. Lo justo para no acercarse demasiado —porque acercarse significaba no poder frenarse después.
Jon rio, un sonido bajo y cálido que pareció quedarse atrapado entre los árboles. Negó con la cabeza, lento, mientras comenzaba a caminar hacia él.
—No, Dami. —Alzó el celular como prueba, como si necesitara justificarse—. Mi jefe creyó que esta era la hora perfecta para llamarme a gritos por mi pésima redacción en el artículo de la final interestatal de béisbol. Me preguntó si tenía idea de quiénes eran los Metropolis Meteors y los Central City Diamonds. Si podía siquiera diferenciar entre una bola rápida y una recta. Me dijo que mi pronóstico para la final era un asco.
Se pasó la mano libre por el cabello, reviviendo el momento.
—¿Puedes creerlo? Pasé cuarenta minutos escuchándolo destrozar el artículo. Cuarenta minutos, Damian. Y lo mejor de todo es que ni siquiera fui yo quien lo escribió. —Su risa fue corta, incrédula. —Por Rao, me saco de la sección de béisbol hace una semana, por faltar al trabajo ‘injustificadamente’, y me asigno al torneo de golf municipal. Y, aun así, el jefe agarró mi número y empezó a destrozarme. Sin dejarme hablar. Por un momento temí que pudiese asfixiarse, por lo rápido que hablaba.
Negó con la cabeza, la frustración asomando en su voz.
Damian sintió algo retorcérsele en el pecho. No era lástima —Jon odiaría eso— pero sí esa necesidad absurda de arreglarlo todo. De protegerlo incluso de su propio jefe imbécil.
—¿Eso no es acoso laboral? —preguntó, inclinando ligeramente la cabeza, sus ojos verdes fijos en él—. Llamarte para gritarte, hacerte sentir mal… Y que te culpe por todo lo malo sin antes comprobarlo… quizá podría hablar con alguien. Un par de llamadas y ese tipo aprende lo que es tener problemas de verdad.
—No. —Jon fue firme, pero no frío. Dio otro paso, acortando la distancia—. Nada de usar influencias, Damian. Ya sabes cómo me siento con eso.
—Solo ofrezco.
—Lo sé. —Jon sonrió, más suave ahora—. Y te lo agradezco. En serio. Pero no hace falta. Además, solo se confundió. Se disculpó cuando notó su error.
Hizo una pausa, y en sus ojos apareció ese brillo orgulloso que Damian conocía bien.
—Aunque… me pidió que vuelva a cubrir el torneo interestatal.
Dijo lo último con un dejo de orgullo que no pudo disimular, como un niño al que le devuelven su juguete favorito.
—¿Y eso es bueno o malo? —preguntó Damian, haciendo un gesto con la cabeza hacia el lugar donde Jon había estado antes—. Porque hace un momento parecías miserable.
—Mmm… es bueno —admitió Jon, encogiéndose de hombros con una sonrisa—. Significa que confía más en mí. Que le gusta mi redacción, aunque no lo diga directamente. Es como si… no sé, como si admitiera que no soy tan malo en esto.
Su voz se iluminó al hablar.
—Y como dice papá, por fin haré reportes de deportes de verdad. No solo seguir a señores con pantalones ajustados metiendo pelotas en hoyos.
Rio, y esa risa era más ligera ahora. Más él.
—Lo malo es que tengo que cubrir los dos esta semana. Así que estaré más ocupado. Pero… no me quejo. Es béisbol, Damian. El deporte que me enseñó mi papá. El que veíamos juntos cuando era niño.
Su mirada se perdió un momento, como si recordara algo lejano y cálido.
—Es mucho mejor que el golf, te lo aseguro. Y bueno, gano más experiencia. Si sigo así, puede que acepten mi traslado a otra división pronto. Periodismo de investigación, Damian. Eso es lo que quiero de verdad.
Cuando volvió a mirarlo, sus ojos brillaban con esa mezcla de ilusión y determinación que siempre habían tenido.
—Así que sí, es bueno. Es muy bueno.
Su sonrisa era radiante, iluminando la penumbra del jardín. Como si todo el cansancio de antes se hubiera disuelto con solo hablar de lo que amaba. Estaban más cerca ahora. La distancia que Damian había mantenido cuidadosamente se había evaporando.
—Así que al final —murmuró Damian, su voz más baja, más íntima—, el payaso de tu jefe hizo algo bien. Porque si hay alguien que debería estar escribiendo sobre noticias de verdad, ese eres tú.
El silencio se coló entre ellos, pero no era incómodo. Era denso, cargado de algo que ninguno se atrevía a nombrar. Jon lo miró, y Damian sintió que esos ojos azules le recorrían el rostro con una lentitud deliberada. Como si estuviera memorizando cada línea, cada sombra, cada detalle que la penumbra del jardín dejaba ver.
—Vaya —dijo Jon de repente, sacudiendo la cabeza con una sonrisa incrédula—. Qué idiota soy.
—¿Qué?
—Hablando de mi trabajo. De mi jefe. De béisbol. —Negó con la cabeza, riendo bajito—. Cuando tú estás aquí. Cuando tú…
Se detuvo. Tragó saliva. Sus ojos volvieron a recorrerlo, pero esta vez la lentitud era diferente. Más intensa. Más profunda.
—Estás… —Su voz se rompió, se volvió más ronca—. Estás increíble, Damian.
Damian abrió la boca para decir algo —una broma, un comentario sarcástico, cualquier cosa que aligerara la tensión— pero Jon levantó una mano, deteniéndolo.
—No. Espera. Déjame decirlo bien.
Dio el último paso. Ahora estaban frente a frente, tan cerca que Damian podía sentir el calor que desprendía su cuerpo. Podía ver el latido en su cuello, la forma en que sus ojos se oscurecían al mirarlo.
—Estás hermoso —dijo Jon, y esta vez no hubo timidez ni vacilación. Solo verdad. Verdad desnuda—. Y sé que sueno como un disco rayado, que te lo he dicho mil veces, pero no me importa. Porque es cierto. Cuando te vi en el salón, con ese traje, con esa actitud de "soy mejor que todos ustedes, pero también soy el más guapo del universo"…
Damian resopló, pero Jon no se detuvo.
—No podía respirar. Literalmente. Estuve intentando recordar cómo funcionaban los pulmones.
—¿Y lo lograste? —preguntó Damian, con un tono que pretendía ser burlón pero que salió más bajo, más tembloroso de lo que quería.
—No. —Jon sonrió, y esa sonrisa era todo—. Por eso estoy aquí. Porque si no, me habría quedado mirándote como un idiota toda la noche. Porque contigo cerca siento que me olvido como respirar. Y aunque suene raro. Es lo mejor que me pasa.
El calor trepó por el cuello de Damian. Maldijo internamente a sus genes por hacerlo tan susceptible a esas estupideces.
—Tú tampoco estás tan mal —logró articular, con un tono que pretendía ser burlón pero que salió más suave de lo que quería—. Considerando que tu estilo habitual es "granjero que se perdió en la ciudad".
—¿Eso es un cumplido? —Jon sonrió, acercándose un centímetro más—. ¿Me estás diciendo algo bonito?
—Es una observación, Jonathan. —Damian lo dijo con falsa condescendencia, pero sus ojos delataban otra cosa.
—Mm. ¿Y qué observas ahora?
Jon dio un paso atrás. Solo uno. El suficiente para plantarse frente a él, para ofrecerse a su mirada como quien posa para un cuadro. Había algo deliberado en su movimiento, una conciencia de sí mismo que rara vez mostraba.
Damian aceptó la invitación.
Dejó que sus ojos recorrieran a Jon con la misma lentitud deliberada con que Jon lo había mirado a él. El traje desaliñado. La corbata torcida. El cabello revuelto. Las manos que no sabían bien dónde colocarse.
—Observo —dijo, lento, saboreando cada palabra— que alguien ha estado peleando con su corbata. Y perdiendo.
Jon miró hacia abajo como si apenas notara el desastre. Como si hubiera olvidado que llevaba puesto algo más que la piel.
—Es incómoda —admitió, tocándola sin saber muy bien qué hacer—. Los trajes de oficina son más… no sé, permisivos. Esto es como llevar un abrigo elegante, pero con trampas. Todo aprieta donde no debe. Todo está en el lugar equivocado.
Damian rio. Un sonido bajo, genuino, que pareció sorprenderlos a ambos. Hacía tiempo que no reía así. Hacía tiempo que no reía por nada.
—Ven aquí, paleto.
Jon avanzó hacia él inclinándose ligeramente, una sonrisa tan grande en el rostro que amenazaba con partírselo en dos. Como si Damian le hubiera regalado algo precioso solo con llamarlo.
Sus manos encontraron la corbata de Jon. Con movimientos precisos, empezó a deshacer el nudo torcido. Lo soltó por completo. Lo rehízo desde cero, lento, deliberado.
Sus dedos rozaron la tela. Rozaron el cuello de Jon. Cada roce era una pequeña chispa que se acumulaba en algún lugar entre sus pechos.
—Te ves bien así —murmuró Damian, sin levantar la vista de su tarea. Su voz era más baja ahora. Más íntima—. Despeinado. Torcido. Como si hubieras estado peleando con algo y hubieras perdido.
—Suena horrible —dijo Jon, haciendo un puchero lastimero que resultaba casi ridículo en un hombre de su tamaño.
—No lo es. —Ahora sí levantó la mirada, y sus ojos verdes se encontraron con los azules—. Es real. Y me gusta.
Las manos de Damian, en lugar de apartarse cuando el nudo quedó perfecto, continuaron su recorrido. Bajaron lentamente por el pecho de Jon, alisando la solapa, ajustando la tela donde no hacía falta. Cada movimiento era una caricia disfrazada. Cada presión, una declaración silenciosa.
—Me gusta mucho cómo te ves, Jon. —Su voz bajó, se volvió un susurro—. Te ves sexy. Muy sexy.
Jon contuvo el aliento. Damian lo sintió en la forma en que su pecho se tensó bajo sus dedos. En la forma en que sus ojos se oscurecieron, perdiendo toda la luz juguetona de antes.
—Aunque —continuó Damian, sus dedos trazando círculos perezosos sobre la tela— me habría gustado verte completamente arreglado cuando llegaste.
—¿P-por qué? —Jon tartamudeó, su mirada fija en él, hipnotizada.
Damian sonrió. Una sonrisa lenta, peligrosa. De esas que prometían cosas que no se dicen en voz alta.
—Para ser yo el que te desarregle.
El gemido de Jon fue bajo, apenas un suspiro escapado. Rápido, su mano encontró la nuca de Damian, los dedos enredándose en su cabello con una urgencia que no intentó disimular. Apretó. Lo atrajo hacia él hasta que sus alientos se mezclaron, hasta que no quedó aire entre ellos que no estuviera compartido.
—Mmm… así. —Su voz era ronca, apenas audible—. Damian, no eras el único. No sabes lo mucho que me contuve cuando te vi.
Su pulgar trazó círculos en la base de su nuca, lento, deliberado.
—No sabes lo que me está haciendo ese traje, Dami. No sabes todo lo que pensé. Todo lo que quería hacer. Solo podía pensar en ir hacia ti y…
—¿Y qué querías hacer? —susurró Damian, su voz una caricia.
—Todo. —Jon rio, pero era una risa nerviosa, rota—. Quería cruzar el salón, agarrarte y… Dios, estabas tan perfecto. Tan inalcanzable en medio de toda esa gente. Y yo solo quería…
—Entonces debiste acercarte. —Damian lo interrumpió, llevando su propia mano a la nuca de Jon, devolviendo el agarre con la misma intensidad—. Debiste venir a saludar. Pedirme ir contigo. Y hacer lo que estabas pensando.
—Me habrías rechazado. —Jon sonrió, pero había algo oscuro en su mirada, algo que dolía y excitaba a partes iguales—. Estabas con Bruce. Y sé que no habrías agradecido que interrumpiera. Además, parecías muy cómodo en tu conversación con ese fiscal. Y yo no iba a ser el idiota que interrumpe sin más.
—Primero: no habrías interrumpido. —Damian lo miró fijo, sin pestañear—. Habrías sido mi excusa perfecta para salir de ahí.
Apretó el agarre, atrayéndolo un centímetro más cerca. Sus cuerpos se encontraron, pecho contra pecho, calor contra calor.
—Y segundo… —Su voz bajó aún más, convertida en amenaza y promesa—. Te dije que no escucharas conversaciones ajenas.
—Dijiste que no lo hiciera ayer —respondió Jon, desafiante, una sonrisa provocadora curvando sus labios—. Hoy es un nuevo día. Joven Wayne.
—Eres imposible.
—Y tú estás aquí. —Jon apretó la mano en su cintura, firme, dueño—. Así que algo bien estoy haciendo.
El espacio entre ellos desapareció por completo. Damian podía sentir cada línea del cuerpo de Jon, cada lugar donde sus cuerpos se encontraban, cada latido que resonaba en su propio pecho.
—Dami —susurró Jon, su aliento cálido contra sus labios—. Por favor.
No hizo falta aclarar qué pedía. No hizo falta nada más.
El espacio entre ellos se incendió.
Damian no supo quién se movió primero —si fue él, si fue Jon, si fueron los dos al mismo tiempo— pero de repente ya no había distancia, ya no había aire, ya no había nada más que la urgencia de sus cuerpos encontrándose.
El beso llegó como un choque y como un alivio. Como si hubieran estado conteniendo la respiración durante cinco años y por fin, por fin, alguien les permitiera existir.
Los labios de Jon eran suaves pero firmes, y besaban con una desesperación que hacía juego con la de Damian. No fue un beso tímido. Fue un beso de reencuentro, de hambre acumulada, de todo lo que no se habían dicho.
Damian gimió cuando la lengua de Jon pidió permiso para entrar en él, caliente, urgente. Los dedos de Jon se hundieron en sus caderas con una fuerza que prometía dejar marcas. Damian respondió enredando los dedos en ese cabello revuelto que tanto le gustaba, tirando suave, guiándolo, mientras Jon mordisqueaba su labio inferior como si quisiera atraparlo, retenerlo, no dejarlo escapar nunca más.
Damian respondió con la misma intensidad. Mordisqueó el labio inferior de Jon entre sus dientes antes de succionarlo. Jon gimió contra sus labios. Un sonido bajo, roto, que vibró en la boca de Damian y le recorrió la columna como un escalofrío.
Sin perder tiempo, una de sus manos comenzó a bajar, trazando un camino lento por su nuca, sus hombros, deslizándose hasta llegar a su pecho. Allí se detuvo, la palma abierta, sintiendo el corazón de Jon latiendo tan rápido como el suyo, tan fuerte que parecía querer escaparse del cuerpo.
—Dami… —susurró entre el beso, como si necesitara recordar que era real, que estaba ahí, que podía pronunciar su nombre—. Dami…
Las manos de Jon empezaron a moverse. Una bajó hasta el trasero de Damian, acariciando y apretando, pegando sus entrepiernas. Damian sintió cómo el miembro de Jon se endurecía entre ellos, y supo que él no estaba mejor.
La otra mano subió hasta su rostro, trazando caricias lentas en sus mejillas, sosteniéndolo, atrayéndolo más y más.
Podía sentir el calor de Jon a través de sus ropas. La solidez de su pecho contra el suyo. No había espacio entre ellos. Ninguno. Sus cuerpos se apretaban como si quisieran ser uno solo, como si la distancia de cinco años hubiera que pagarla con cada centímetro de piel que ahora podían compartir.
Jon lo apretó más fuerte, haciendo que las piernas de Damian se separaran lo justo para colocar una de las suyas entre ellas. Damian sintió cómo sus manos recorrían sus glúteos, sus piernas, redescubriendo cada curva, cada músculo, cada lugar donde su cuerpo respondía con un estremecimiento.
—Jon —murmuró contra sus labios, y su voz era un susurro roto, una súplica sin palabras.
Jon respondió apretándolo aún más, si eso era posible. Sus ojos se abrieron, vidriosos, encontrándose con los de Damian. Se separó apenas, lo justo para poder contemplar bien el rostro sonrojado de Damian y sus labios hinchados.
Estaban tan cerca que Damian podía ver las motas doradas en el azul de sus iris. Podía ver sus propias emociones reflejadas allí: deseo, miedo, esperanza, y algo… inmenso y aterrador que llevaban años cargando en silencio.
—Te quiero —dijo Jon. Su voz temblaba, pero sus ojos no—. Necesito que lo sepas. Necesito que lo escuches. Te quiero, Damian. Desde siempre. Y voy a pasar el resto de mi vida intentando merecerte.
A diferencia de las otras ocasiones en que había escuchado esas palabras, esta vez Damian sintió que algo se rompía dentro de él. Algo que había estado sujetando con fuerza durante cinco años. Algo que no sabía que aún podía doler y sanar al mismo tiempo. Una certeza tranquila se instaló en su pecho sin hacer ruido. Comprendió, realmente que no se trataba solo de dar una oportunidad. Se trataba de querer intentarlo. De verdad. Sin reservas. Sin un pie fuera por si acaso. Sin ese maldito mecanismo de defensa que lo mantenía a salvo, pero solo.
Quería intentarlo con Jon. Quería ver qué pasaba si se permitía confiar. Si se permitía caer.
Una sonrisa apareció en sus labios. Pequeña. Casi tonta. De esas que uno no puede evitar cuando entiende algo obvio que había estado negándose a ver. Como si de repente fuera gracioso darse cuenta de que todo este tiempo, a pesar de todo… lo único que realmente había querido era esto. Estar aquí. Con él.
No sabía cómo sería. No sabía si funcionaría. Pero por primera vez en mucho tiempo, eso no le importaba.
—Idiota —susurró, pero sus ojos estaban húmedos—. Y-yo…
La palabra se le atascó en la garganta. Quería decirlo, pero él jamás fue el mejor con las palabras. Así que decidió hacerlo como siempre había hecho.
—Te elijo. A ti. Pase lo que pase. ¿Me oíste? No voy a ningún lado. Me tienes. Para siempre.
Hizo una pausa. Lo miró fijo, directo a esos ojos azules que lo desarmaban.
—¿Y yo? ¿Te tengo a ti?
Jon sonrió. Esa sonrisa suya, amplia, radiante, que iluminaba incluso la oscuridad del jardín.
—Siempre —respondió, sin dudar—. Siempre, Dami. Me tienes. He sido tuyo desde el primer día, aunque fuera un idiota y lo negara. Lo prometo. No quiero separarme de ti nunca. Yo… lo siento.
Su voz tembló. De repente lo abrazó, pegándolos una vez más, y hundió el rostro en el cuello de Damian. Sorprendido, Damian llevó su mano para acariciar su cabeza, lento y suave.
—Lo siento tanto —susurró Jon contra su piel, la voz ahogada, rota—. Y te extrañé. De verdad te extrañé, Damian. Mucho. Todo este tiempo… te extrañé mucho. Yo… quería verte. Quería ir.
Damian no dijo nada. Con la mano que aún tenía libre, tomó el rostro de Jon entre su palma. Lo acunó. Lo sostuvo. Lo levantó suavemente, obligándolo a mirarlo a los ojos.
Y entonces, lentamente, con la misma reverencia, Jon se apoyó en su palma. Se dejó estar ahí, los ojos cerrados, disfrutando del calor de Damian. Unos segundos. Solo unos segundos.
Luego, sin prisa, llevó una de sus manos a la misma que lo sostenía. Entrelazó sus dedos desde el dorso, una caricia lenta, deliberada. Se separó apenas, abrió los ojos y llevó la mano de Damian a sus labios.
Dejó un beso allí. En la palma abierta. Una promesa.
Damian se perdió en la tormenta de sensaciones: el calor húmedo del beso en su mano, el olor a colonia limpia que era su esencia. Y el sonido: sus respiraciones, antes entrecortadas, comenzaban a calmarse, a encontrarse, a sincronizarse.
—Yo también te extrañé —confesó Damian entonces, en un suspiro ronco que salió desde lo más profundo.
Fue como romper un dique.
El beso que siguió fue suave al principio. Delicado. Como si ambos necesitaran saborear el momento, confirmar que era real. Solo unos segundos.
Luego la intensidad los envolvió otra vez.
Más profundo. Más húmedo. Un torbellino de lengua y dientes que hablaba de hambre y pertenencia. Damian, llevado por una oleada feroz, desvió los labios. Siguió la línea de la mandíbula tensa de Jon hasta encontrar el latido acelerado en su cuello. Allí, donde la piel era más fina, depositó besos ardientes, mordiscos suaves.
Mío.
Jon arqueó la espalda con un jadeo.
—Dami…
La necesidad los hizo tambalear. Jon empujó suavemente a Damian hacia atrás, guiándolo hasta que su espalda encontró la corteza del viejo roble. El impacto fue suave. Definitivo.
El aire entre ellos era ahora un horno.
Jon, con un movimiento fluido, deslizó sus brazos alrededor de Damian: uno bajo sus rodillas, el otro en su espalda. Con un impulso suave, lo levantó del suelo, sosteniéndolo contra el árbol.
Damian se dejó llevar. Se aferró a sus hombros mientras sus piernas se enlazaban instintivamente alrededor de su cintura.
Desde esa altura, dominante e íntima, Damian bajó la cabeza y reclamó sus labios en otro beso.
Sus dedos se enredaron en el cabello de Jon, guiando el ritmo con autoridad suave pero firme. Jon respondió con manos que no podían quedarse quietas: una acariciaba y apretaba la curva de su trasero a través de la tela fina del pantalón; la otra se deslizaba por su espalda para empujarlo más cerca, buscando el contacto total entre sus cuerpos. La fricción era deliciosa, electrizante. Una promesa de lo que vendría.
Fue en ese momento, cuando Damian se perdía en el calor y el sabor de los labios de Jon, que sintió la primera vibración.
Un zumbido sordo, intrusivo, proveniente de su saco.
Lo ignoró con desdén. En su lugar, desvió sus besos de los labios hinchados de Jon para trazar un camino ardiente por sus pómulos, su mandíbula, hasta hundir la nariz en el hueco de su cuello. Inhaló su esencia, profundo.
Jon gimió y tiró de su cabeza hacia atrás, ofreciendo más piel. Haz lo que quieras conmigo, decía ese arqueo.
Pero el maldito aparato volvió a vibrar. Más insistente. La vibración resonando justo entre sus cuerpos apretados.
Jon rompió el hechizo un instante, jadeando. —Creo que deberías…— murmuró, su voz ronca por la pasión.
—No —fue la respuesta inmediata y brusca de Damian, capturando sus labios de nuevo en un beso húmedo y profundo. Sus lenguas jugaron una danza familiar y urgente, como si pudieran borrar el mundo exterior a base de calor.
Pero el mundo exterior era persistente.
El zumbido cesó, solo para ser reemplazado por una secuencia rápida de ding-ding-ding Mensajes. Muchos.
Jon no pudo evitar soltar una risa baja, ahogada, contra la boca de Damian. La absurda terquedad de la situación lo venció. Con infinita delicadeza, como separando dos imanes, cortó el beso.
—Mmh, Dami… —susurró, mirándolo a los ojos. Los suyos brillaban con deseo no saciado, pero también con una chispa de divertida resignación.
Damian lo miró con fastidio puro. Ceño fruncido. Labios hinchados y brillantes en un puchero involuntario que desmentía toda su ferocidad. Era tan raro verlo así, tan genuinamente molesto por una trivialidad, que a Jon le dio un vuelco el corazón.
—Está bien, está bien —musitó Jon, su voz un arrullo.
Y entonces comenzó una lluvia de besos: pequeños, suaves, rápidos como pétalos. Sobre sus labios fruncidos. En la punta de su nariz. En sus párpados cerrados. En cada centímetro de su rostro enfurruñado.
Entre beso y beso, le decía verdades que Damian nunca terminaba de creer:
—Eres hermoso… el chico más bonito y terco del universo… mi chico bonito…
Mientras lo adoraba así, Jon deslizó sus manos para sostener las piernas de Damian aún enlazadas a su cintura. Con un impulso suave, lo bajó hasta posarlo de nuevo sobre el suelo firme.
Al hacerlo, la evidente prominencia en sus pantalones rozó a Damian. Un recordatorio físico de lo interrumpido.
Damian miró allí. Luego a los ojos de Jon. Frustración y triunfo mezclados.
Jon negó con la cabeza, una sonrisa amplia y amorosa en su rostro.
—Más tarde —prometió. Su voz cargada de una intensidad que hizo temblar a Damian.
Luego hizo un gesto con la cabeza hacia el pecho de Damian, donde el celular seguía vibrando con la llegada de nuevos mensajes.
—Míralo. Antes de que, no sé, Alfred o tu padre decidan salir a buscarte y encuentren algo… mucho más interesante.
Damian suspiró. Un sonido de resignación y anhelo. Atrajo a Jon hacia sí para darle un último beso que fuera una promesa. Fue profundo. Lento. Un intento de sellar en sus labios el sabor de lo que se interrumpía.
Al separarse, Jon, como hipnotizado, buscó su cuello. Hundió el rostro allí para seguir besando, succionando la piel ya sensible. Dejando una marca que Damian sentiría por horas.
Damian, aún pegado al tronco y con Jon acariciándolo a través de la tela arrugada, sintió que el mundo se inclinaba peligrosamente. Antes de perder por completo el sentido, desbloqueó el teléfono con una mano torpe. La otra seguía aferrada al cabello de Jon, acariciándolo, anclándose.
La avalancha de mensajes de Dick era directa y urgente:
¿Dónde estás? B te está buscando.
Quiere hacer las fotos ahora.
Vamos, Damian, no me ignores.
Bebé murciélago.
Por favor, regresa. Solo será un momento.
Bruce quiere ir a buscarte.
Te prometo que esto es lo último. Te dejará en paz después, yo me encargo.
No puedes ignorarme así. Lo prometiste.
Pequeño D, te doy 5 minutos. No creo poder retener más a B.
Si encuentras a Jason, ¿podrías traerlo contigo? Por favor.
Los mensajes se detuvieron ahí.
Tiró la cabeza hacia atrás contra la corteza. Damian sintió un poco de lástima por Dick. Tener que estar ahí en medio de todo y además soportar a su padre.
Un gemido frustrado escapó de sus labios cuando Jon presionó sus pelvis juntas con más insistencia. Un recordatorio tangible de lo que estaban postergando.
Con un gesto brusco, apagó el celular.
No quería volver.
Pero estaba en un consenso consigo mismo: mejorar su relación con su padre. Y eso era algo que haría bien. Además, era su deber como Wayne ir ahí, saludar y fingir. Se había ausentado lo suficiente.
Jon seguía pegado a él, sus manos grandes acariciando su cintura a través del chaleco arrugado.
Damian, en un acto de fuerza de voluntad que le costó cada fibra de su ser, apretó el puño en el cabello de Jon y tiró hacia atrás con suavidad, pero firmeza. Separando sus cuerpos.
Jon se estiró como un gato sacado del sol y le dio un beso rápido en los labios. Una sonrisa juguetona y comprensiva en los suyos.
—Debo regresar —dijo Damian, la voz más ronca de lo habitual.
Jon se separó un poco más. El espacio entre ellos, de repente, helado.
Asintió. Pero había un pequeño puchero en sus labios, un destello de tristeza en sus ojos que no podía disimular. Parecía querer negarse, querer sujetarlo y no dejarlo ir. Pero no dijo nada.
Damian, aún con el calor recorriéndole el cuerpo y esa mirada triste de Jon clavada en él, volvió a hablar.
—Espérame en mi habitación.
Jon rio. Un sonido bajo y cálido que lo desarmaba todo.
Su mirada triste y el puchero se borraron de inmediato, como si solo hubieran sido una actuación para obtener lo que quería. Pero un destello de cautela cruzó sus ojos, rápido, apenas visible.
—Aunque me gustaría mucho eso, Dami —dijo, su voz aún con ese tono ronco—, no creo que pueda simplemente entrar a la mansión y subir las escaleras como si nada. Alfred se daría cuenta antes de que pise el tercer peldaño. Y tú y yo… estaríamos en problemas.
—Jon —dijo Damian, frunciendo el ceño con ese aire de príncipe ofendido—, ya no somos niños que se ganan problemas. Pero… tienes razón. No podemos dejar que Alfred te vea.
Jon volvió a reír. Un sonido de pura felicidad. Se acercó para intentar, con dedos aún torpes por el deseo, alisar el cuello arrugado de la camisa de Damian. El gesto era íntimo, doméstico, y le dio un vuelco al estómago.
—Entonces, ¿qué sugieres que haga? —preguntó Jon, con una ternura que era casi un roce.
Damian desvió la mirada un instante. Un leve rubor en sus orejas.
—Bueno, no te estoy diciendo que entres por la puerta principal. La ventana de mi cuarto… está abierta. Podrías entrar por ahí.
Jon se acercó de nuevo. Su aliento caliente contra la piel de Damian. Capturó su labio inferior entre los dientes, succionándolo suavemente antes de soltarlo.
—Bien —murmuró, sus ojos oscuros por la promesa—. Pero no te demores mucho. No sé cuánto tiempo pueda comportarme como un invitado civilizado.
La amenaza, deliciosa y llena de promesas, flotó en el aire entre ellos. Tan tangible como el frío de la noche.
Damian rio genuinamente ante el comentario de Jon, mientras se arreglaba apresurado: alisó el chaleco, se pasó una mano por el cabello, ajustó los puños de la camisa.
De repente, un recuerdo cruzó su mente.
Voces. Recuerda haber escuchado más de una voz antes de encontrar a Jon.
Levantó la mirada, confundido, a punto de preguntarle. Abrió la boca para hacerlo, pero cuando sus ojos se encontraron con los de Jon —esa sonrisa tonta, radiante, que lo desarmaba todo—, la duda se esfumó.
Bah. Lo más seguro, es que haya escuchado parte de su conversación con el tonto de su jefe.
Descartó el pensamiento con un movimiento casi imperceptible de cabeza y le devolvió la sonrisa. Grande. Cálida. De esas que le salían sin permiso cuando se trataba de Jon.
No quería irse. No quería separarse de él ni un segundo más. Pero su padre lo esperaba.
Suspiró, y resignado, se giró para alejarse rápidamente. El corazón le latía fuerte, acelerado, y la promesa de Jon le quemaba la piel como una marca a fuego.
