Chapter Text
Sirius Black nunca había deseado ser padre.
No lo malentienda: no odiaba a los niños. ¡Los amaba! Adoraba la energía caótica de los mocosos de sus primos, la manera en que corrían, gritaban, se metían en problemas y luego, con esa confianza ciega, lo miraban como si él fuera una especie de héroe improvisado. Pero entre ser el tío “solterón” —entre comillas, porque sí tenía pareja, aunque no hijos, y según Dora actuaba como el tío solterón de manual— y ser un padre de verdad, siempre habría elegido lo primero. Menos responsabilidades, más escapismo, menos probabilidades de criar accidentalmente a un futuro villano traumado. Menos papeleo, menos decisiones irreversibles, menos noches sin dormir imaginando todos los posibles finales catastróficos.
Pero el destino tenía una manera muy particular de burlarse de la gente, y aquella noche había decidido que Sirius sería su víctima favorita. Porque, por supuesto, cuando la vida decide intervenir, lo hace con dramatismo, ruido de motor y un guiño cruel a tu sentido de la ética.
Tras la tragedia en el Valle de Godric, Sirius no solo había perdido al único miembro de su familia que lo había querido como a un hijo en todo menos en la sangre directa, sino que también había descubierto —con una claridad casi punzante— que aquellos a quienes llamaba amigos no eran tan santos como había creído. James y Lily Potter seguían tomando decisiones estúpidas: enviar a su hijo menor a vivir con los Dursley mientras ellos fingían ser una familia feliz en Francia con Liam, como si su felicidad pudiera protegerlo de la realidad del mundo. Como si la magia y las buenas intenciones fueran suficientes para evitar la tragedia.
Sirius había escuchado el plan completo en silencio. Sin interrumpir. Asintió. Sonrió, esa sonrisa suya que siempre anunciaba sarcasmo, ingenio… y, en ocasiones, un colapso moral inminente. Y luego, haciendo algo que cualquier persona sensata jamás habría siquiera considerado, decidió actuar.
Se llevó al niño apenas los Potter lo abandonaron en la puerta de los Dursley con nada más que una manta envolviéndolo y una carta explicando la situación. La manta era demasiado pequeña para cubrirlo todo, la carta demasiado corta para explicar un mundo entero, y Sirius… bueno, Sirius estaba demasiado consciente de que cada segundo que pasaba aumentaba la gravedad del acto que acababa de cometer.
Harry —demasiado pequeño para entender que su mundo acababa de romperse— dormía contra su pecho, oculto dentro de su chamarra, bien sujeto con un hechizo improvisado que temblaba de inestabilidad, y con una mezcla de paranoia creciente que apenas lograba contenerlo a él mismo. Sirius no sabía exactamente en qué momento había pasado de “esto es una pésima idea” a “ya no hay vuelta atrás”, pero sospechaba que había sido justo cuando encendió su moto y el rugido del motor cortó la noche con violencia, vibrando hasta los huesos. Era el sonido de su vida descarrilándose, de su moral tambaleándose, de cada cálculo racional volviéndose inútil ante la urgencia de proteger a ese pequeño cuerpo dormido.
—Está bien, Canuto —murmuró para sí mismo, con la voz apenas audible sobre el rugido—. Solo tengo que explicarle a Severus que, técnicamente, no es un secuestro si es por el bien del niño.
Harry emitió un pequeño sonido, algo entre un suspiro y un quejido. Sirius sintió cómo algo se le apretaba en el pecho, una mezcla de culpa, miedo y amor que lo hizo tragar saliva con fuerza.
—No llores —susurró—. Todo va a salir bien. Probablemente. O al menos… sobreviviremos.
El aire de la noche estaba frío, húmedo y lleno de sombras, pero la hilandera apareció ante él como un refugio improbable cuando más lo necesitaba. Sirius aterrizó torpemente, bajó de la moto y, por primera vez desde que había huido, el pánico lo alcanzó de lleno. Cada ruido parecía demasiado alto, cada sombra demasiado viva. Cada paso hacia la puerta de Severus era un recordatorio brutal de que estaba a punto de irrumpir en la vida de alguien que probablemente odiaría tanto la situación como él.
¿Cómo demonios se le explicaba eso a Severus Snape?
Hola, amor. Llegué tarde porque robé un bebé. ¿Cena?
Respiró hondo, ajustó al niño contra su pecho con cuidado casi obsesivo, asegurándose de que Harry estuviera cómodo, seguro, intacto, y tocó la puerta de la casa de Severus. Cada golpe resonó como un tambor en su cabeza, amplificando su nerviosismo, su miedo y, por un instante breve pero intenso, la certeza absoluta de que aquella noche cambiaría sus vidas para siempre.
Severus Snape no esperaba ver a Sirius Black esa noche.
No porque no lo quisiera allí, sino porque Sirius había anunciado, con esa ligereza típica que podía resultar irritante, que visitaría a unos amigos y probablemente se quedaría a dormir una semana. Severus había asentido, como siempre, fingiendo indiferencia mientras reajustaba mentalmente el horario de pociones del día siguiente, reorganizando los ingredientes, los tiempos de decocción y la posibilidad de que la visita de Sirius interfiriera con todo su orden milimétrico.
Por eso, cuando alguien llamó a la puerta cerca de la medianoche, Severus frunció el ceño. Nadie sensato visitaba ese lugar a esas horas. La noche era demasiado tranquila, demasiado silenciosa, demasiado cargada de la misma calma que precede a un desastre inevitable. Abrió la puerta con la varita ya en la mano, preparado para cualquier imprevisto, y se encontró con Sirius. Despeinado, pálido, con los ojos demasiado brillantes y esa expresión entre temeraria y desesperada que Severus reconocía como preludio de problemas monumentales. La chamarra de Sirius estaba abultada de una forma que no presagiaba nada bueno.
—Pensé que te quedarías fuera —dijo Severus, seco—. ¿O decidiste que la discreción era opcional esta noche?
Sirius abrió la boca para responder… y Severus vio el movimiento que le heló la sangre.
El leve ajuste de brazos.
El cuidado exagerado.
El bulto que respiraba bajo la tela.
El mundo pareció detenerse por un instante tan largo que Severus temió que se rompiera el tiempo mismo.se detuvo.
—…¿Qué es eso? —preguntó, en un susurro tenso, cargado de incredulidad, como si la pregunta fuera capaz de contener el peso de todo el universo.
Sirius tragó saliva.
—Antes de que digas nada…
—Sirius —interrumpió Severus, con un tono peligrosamente bajo que hacía vibrar el aire—. Te estoy haciendo una pregunta extraordinariamente sencilla.
Con infinita precaución, Sirius abrió un poco la chamarra. Bastó una fracción de segundo para que Severus viera el cabello oscuro, el rostro pequeño, los párpados aún cerrados y la respiración tranquila de un niño dormido.
Severus sintió cómo algo antiguo y feroz le subía por la garganta, un rugido primitivo de ira y miedo mezclados.
—No —dijo con voz firme, cortante, incapaz de ocultar la incredulidad—. No. No hiciste eso.
Sirius sonrió, nervioso, esa sonrisa que precede siempre a catástrofes históricas.
—Técnicamente, todavía no me han denunciado.
Severus cerró los ojos, contando hasta tres. Luego hasta cinco. Se apoyó con fuerza en el marco de la puerta para no lanzarse sobre Sirius y estrangularlo allí mismo, niño o no niño.
—¿Trajiste —empezó, con los dientes apretados— a un infante. A mi casa. En medio de una crisis política. Después de una masacre. ¿Y esperas que crea que esto es… qué? ¿Una broma?
Sirius negó con la cabeza, serio, completamente consciente de la magnitud de lo que había hecho.
—No podía dejarlo allí.
Severus abrió los ojos lentamente, estudiando al niño, respirando hondo, controlando cada músculo de su cuerpo para no estallar.
—Ese niño —dijo, cada palabra afilada como una daga— es Harry Potter.
No era una pregunta. No necesitaba serlo.
Sirius asintió. El silencio que siguió se cargó de todo lo que no se decía: Lily, James, el Valle de Godric, el mundo entero observando. Cada segundo que pasaba pesaba toneladas sobre ellos.
Harry se removió levemente, soltando un pequeño sonido; Sirius tensó los brazos de inmediato, meciéndolo con cuidado, suavidad y precisión para que no despertara. Ese gesto… ese gesto instintivo, protector y consciente de Sirius… fue lo que terminó de condenarlo.
Severus respiró hondo, profundo, como quien busca sostener un volcán bajo control, conteniendo gritos, rabia y preocupación.
—Entra —ordenó al fin, apartándose apenas lo suficiente—. Antes de que algún imbécil curioso decida pasar.
Sirius parpadeó.
—¿No vas a…?
—No —gruñó Severus—. Te estrangularé después. Cuando el niño no esté a medio centímetro de ti.
Sirius dejó escapar una exhalación temblorosa y cruzó el umbral, sintiendo el peso de la mirada de Severus en su nuca como un látigo invisible.
Severus cerró la puerta con un chasquido seco y la selló con más hechizos de los estrictamente necesarios, capas tras capas de protección como si cada uno fuera un mensaje: “Aquí no entra nada que no deba”. Sirius apenas tuvo tiempo de dar un paso antes de que la puerta quedara blindada y, con un silencio tenso, se sentara en el sofá siguiendo cada instrucción.
—Al sofá —ordenó Severus con voz baja, firme—. Despacio. Si lo despiertas, juro que te dejo inconsciente.
Sirius obedeció, con movimientos cautelosos y medidos, como si cualquier error pudiera desatar un desastre inmediato. Harry permanecía dormido, ajeno, y el ambiente parecía sostenerse en un hilo delgado entre la calma y la catástrofe.
Severus se acercó, observando primero, sin tocar. Analizó la respiración regular, el pulso que se marcaba bajo la piel del cuello, la leve mancha de suciedad en la mejilla. Luego pasó la varita con movimientos automáticos, casi rituales: hechizos de diagnóstico, detección de maldiciones, rastros mágicos, compulsiones externas. Nada. Absolutamente nada. Lo que, de algún modo, lo inquietó aún más.
—Está bien —murmuró finalmente, más para sí mismo que para Sirius—. Físicamente.
Sirius soltó el aire que había estado reteniendo desde que puso un pie en la entrada.
—Gracias a Merlin…
—No me agradezcas nada —lo cortó Severus, clavándole una mirada venenosa—. Aún no he decidido si denunciarte o enterrarte en el jardín.
Sirius alzó una ceja, fatigado pero desafiante.
—El jardín es pequeño. Se notaría.
Severus cerró los ojos y se apoyó con fuerza en la mesa, como si el peso de la situación amenazara con derribar todo a su alrededor.
—¿Te das cuenta —susurró, cada palabra cargada de contención— de la magnitud de lo que has hecho?
Sirius bajó la voz, con seriedad absoluta.
—Sí.
—¿Te das cuenta de que el mundo entero va a buscarlo?
—Sí.
—¿Y aun así decidiste robar al niño más vigilado de Gran Bretaña mágica?
Sirius miró a Harry, ajustando apenas el hechizo de protección sobre él, asegurándose de que continuara durmiendo.
Sirius miró a Harry, ajustando apenas el hechizo de protección sobre él, asegurándose de que continuara durmiendo.
Severus abrió los ojos. Algo cambió en su expresión, algo peor que la sorpresa.
—…Lo sabías —murmuró.
—Sí.
El silencio que cayó fue denso.
—Pudiste haber venido a mí —dijo Severus finalmente, la voz baja y peligrosa—. Pudiste haber hablado conmigo antes de hacer esto.
Sirius levantó la vista.
—Si lo hubiera hecho, me habrías dicho que no.
Severus no lo negó.
—Y aun así —continuó Sirius—, no podía dejarlo allí. No solo. No como… —tragó saliva— como si fuera un perro abandonado porque ya no es tierno.
Eso fue lo que lo rompió. No de forma visible, Severus no era hombre de gestos amplios, pero algo se acomodó dentro de él con un clic silencioso y definitivo.
Se acercó de nuevo al niño. Esta vez sí lo tocó. Dos dedos, apenas, sobre la manta improvisada. Un contacto mínimo, casi reverente.
—No podemos devolverlo —dijo.
Sirius alzó la cabeza de golpe.
—¿Qué?
—Si lo hacemos —continuó Severus, mirándolo con intensidad—, sabrán que estuviste involucrado. Que hubo dudas. Que alguien cuestionó la decisión. Y entonces… —hizo un gesto vago— el Ministerio, Dumbledore, el circo entero.
Sirius lo miró, incrédulo.
—¿Estás diciendo que…?
—Estoy diciendo —interrumpió Severus— que ya lo trajiste aquí. Y que, te guste o no, eso nos convierte en responsables.
La palabra flotó entre ellos como una losa pesada. Sirius sonrió apenas, pequeña, cansada, peligrosamente sincera.
—Sabía que entenderías.
Severus le lanzó una mirada asesina.
—No confundas entendimiento con aprobación.
Harry se removió otra vez, un pequeño ceño fruncido, un gemido suave. Sirius tensó los brazos de inmediato, meciéndolo con cuidado.
Severus observó, atento, consciente del gesto instintivo, del miedo, de la decisión ya tomada. Y, contra toda lógica, supo la verdad con una claridad incómoda: ese niño no se iría. No esa noche. No nunca.
—Dame al niño —dijo al fin.
Sirius parpadeó.
—¿Estás seguro?
—No —respondió Severus—. Pero eso nunca me ha detenido.
Con una lentitud casi ceremonial, Sirius le entregó a Harry. El peso fue mínimo, y aun así, Severus sintió cómo algo enorme se acomodaba en sus brazos.
Harry suspiró y se acomodó contra su pecho. Severus cerró los ojos un instante, dejándose invadir por una mezcla de alivio, miedo y algo que ni él mismo había esperado.
—Mañana —dijo— hablaremos de identidades, protecciones, mentiras legales y cómo diablos vamos a sobrevivir a esto.
Abrió los ojos y miró a Sirius.
—Esta noche, Black… no despiertes al niño.
Sirius sonrió, agotado, con los ojos brillantes.
—Sí, amor.
