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Capítulo Diez.
Gojo llegó decidido.
No había titubeo en sus pasos ni la habitual ligereza en su sonrisa. La noche lo recibió con un frío que ya no le pertenecía; un frío humano, corriente y mordaz, que no respondía a su presencia como antes. La brisa no lo esquivaba, lo cortaba.
La casa de Megumi seguía allí, silenciosa, ajena al apocalipsis mágico. Sus luces encendidas proyectaban una franja cálida a través de las cortinas, una promesa de refugio que Satoru sentía que ya no merecía.
Era ahora.
No mañana. No después de otra excusa absurda. No tras otro colapso en el Polo Norte que Nanami tuviera que remendar con café amargo y resignación silenciosa. Hoy le revelaría todo a Fushiguro. Le pediría el cascabel y aceptaría cualquier resultado: el odio, el miedo, o el olvido. Lo único que importaba era salvar su mundo.
Tocó dos veces la puerta, con los nudillos blancos por el frío y los nervios.
Esperó ver los ojos jade, pero su mirada tuvo que descender cuando la puerta se abrió.
—¡Gojo-san! —saludó el menor, dando un pequeño salto de alegría que contrastaba con la gravedad del momento.
—¿Qué tal, Yuji? —forzó una sonrisa, revolviendo el cabello del niño con una mano que temblaba levemente.
Cruzó el umbral sin esperar invitación, confiado en esa familiaridad que había construido a fuerza de visitas casuales y pretextos torpes durante el último mes. El aroma a té y café recién hecho y galletas de mantequilla llenaba el aire, golpeándolo con una ola de domesticidad.
—¿Dónde está…? —su pregunta se quedó incompleta, muriendo en su garganta al escuchar voces en la sala.
El sonido seco de una taza de porcelana apoyándose contra la mesa lo detuvo en seco.
El sofá estaba ocupado.
Nanami Kento se encontraba allí. Sentado con la espalda recta, las piernas cruzadas con una corrección militar y sosteniendo una taza de té como si aquel living minimalista fuera una sala de juntas de alta seguridad. Su abrigo oscuro colgaba prolijamente del respaldo de la silla, sin una sola arruga, y su expresión era tan neutra que resultaba violenta.
Megumi, sentado frente a él, asentía con atención y respeto.
—…y en general, Yuji ha mostrado una mejora notable en su concentración —decía el rubio, con ese tono barítono y monocorde que convertía cualquier frase, incluso una mentira, en un informe irrefutable—. Sigue siendo impulsivo, pero responde bien a las rutinas claras y a la autoridad competente.
—Me alegra escuchar eso —respondió el tutor del pequeño, visiblemente aliviado—. En casa ha estado más tranquilo, es verdad.
El niño pasó corriendo junto al albino y se acercó a su tutor, quien le entregó libros de dibujo y crayones para mantenerlo ocupado.
—Lleva esto a tu cuarto y termina la tarea —le susurró Fushiguro al infante.
Yuji asintió y corrió a su habitación, ajeno a la tormenta que acababa de entrar por la puerta principal.
Gojo parpadeó una vez. Solo una. Kento levantó la vista lentamente.
Sus miradas chocaron.
Durante un segundo, el aire de la sala se tensó como una cuerda de violín a punto de estallar. No hubo saludo. No hubo sorpresa fingida. Solo un reconocimiento silencioso y peligroso.
«¿Qué demonios estás haciendo aquí?», gritaban los ojos azules.
«Lo necesario», respondían los ojos fríos de Nanami tras el reflejo de sus gafas.
—Ah —dijo el pelinegro al girarse y notar finalmente la figura estática en la entrada—. No te escuché entrar, Gojo.
—Veo que tienes visita —respondió el albino. Su voz salió estable, pero la sonrisa que dibujó en su rostro era afilada, defensiva, y no alcanzó sus ojos—. Espero no interrumpir una reunión importante —mencionó, avanzando con pasos depredadores hasta dejarse caer en el asiento junto a Megumi, marcando territorio.
—Nanami-san es uno de los maestros suplentes de la escuela de Yuji —explicó con naturalidad—. Pasó para darme un informe académico. Nada fuera de lo normal.
Nada fuera de lo normal. Satoru sintió ganas de reír histéricamente.
Nanami bebió un sorbo de té sin apartar la mirada de su líder caído.
—La educación requiere seguimiento constante —añadió el rubio, dirigiendo sus palabras a Gojo—. Especialmente en casos… problemáticos donde se ha permitido demasiada indulgencia. Las fechas límite son importantes, Fushiguro-san.
El oji-azul inclinó la cabeza, entendiendo perfectamente la amenaza velada. La tensión le crujía bajo la piel, una electricidad estática dolorosa.
—Coincido. Aunque —intervino el peliblanco, cruzando las piernas y adoptando una postura relajada que le costaba horrores mantener—, soy más partidario de otorgar libertad. A veces, la presión excesiva rompe al estudiante antes de que pueda dar resultados. Se suele brillar más en un ambiente… cálido.
—La calidez no paga las cuentas ni cumple los objetivos —respondió Kento, cortante—. Y la libertad sin resultados es simplemente negligencia. No hay certeza en el caos.
El silencio que siguió fue espeso, casi irrespirable.
Megumi miró de uno a otro, frunciendo el ceño. Se sentía incómodo, como si hubiera entrado sin querer en una conversación privada y hostil que no lograba descifrar. Miró las tazas vacías como quien busca un salvavidas.
—Iré a preparar un poco más de té —anunció, poniéndose de pie y recogiendo la vajilla—. Gojo, ¿quieres galletas?
—Me encantaría —respondió sin mirar al oji-verde.
En cuanto el sonido de los pasos del azabache se desvaneció tras la puerta de la cocina, la máscara cayó con un estruendo sordo.
—¿Perdiste la cabeza? —siseó Gojo, inclinándose hacia adelante, con los ojos brillando con una furia azul—. ¿Aquí? ¿En su casa?
—Era necesario —respondió con una calma insultante, dejando la taza sobre la mesa con delicadeza—. No estabas cumpliendo. El tiempo se acabó, Satoru.
—Lo haré. Hoy.
—Llevas semanas diciendo eso. Y mírate. —la mirada de Nanami recorrió a Gojo de arriba abajo con un juicio clínico—. Estás pálido. Tiemblas. Tu firma mágica es un parpadeo agónico.
Gojo apretó los dientes, odiando que tuviera razón.
—Esta vez es distinto.
El rubio se levantó del sofá. De repente, la sala pareció encogerse ante su presencia.
—El Polo Norte no puede esperar a que resuelvas tus conflictos emocionales adolescentes.
—No es un conflicto emocional.
—Estás fuera de control, Satoru —interrumpió, su voz bajando a un tono gélido que heló la sangre del albino—. Viniste por un cascabel y terminaste jugando a la familia feliz. Te has olvidado de quién eres.
—Vine a proteger lo que es mío —respondió, poniéndose de pie también, tambaleándose un poco antes de recuperar el equilibrio. Encaró al elfo—. Y Megumi no es parte del trato. Yo recuperaré el cascabel a mi manera.
—No tienes "manera". No tienes magia, apenas tienes pulso —Kento señaló agresivamente el reloj de muñeca de Gojo, donde la aguja rozaba la zona verde (primavera)—. Si no lo tomas tú ahora, lo haré yo.
—No te atrevas...
—Por la fuerza si es necesario —sentenció Nanami, sus ojos brillando peligrosamente tras las gafas—. Puedo entrar en su mente, tomar el recuerdo, tomar el objeto y dejarlo catatónico si eso salva el taller. No me hagas elegir entre un humano y nuestra existencia.
El silencio volvió a instalarse, pesado como una lápida. Satoru sabía que Nanami no bromeaba. El elfo haría el trabajo sucio que él se negaba a hacer.
Gojo dio un paso al frente, interponiéndose entre el de cabello rubio y el pasillo que llevaba a la cocina.
—Te prometo que recuperaré el cascabel —dijo, con una firmeza desesperada que nacía de lo más profundo de su ser—. Dame esta noche. Solo esta noche.
Nanami lo observó durante varios segundos interminables. No lo miraba como un subordinado a su jefe, ni como un elfo a Santa. Como alguien que estaba cansado de sostener un mundo que no era suyo. Lo miraba como un amigo que se prepara para asistir a un funeral.
—Esta noche, Satoru —concedió Nanami, implacable—. Si al amanecer no tienes el cascabel, volveré. Y no seré el "maestro de Yuji" cuando entre por esa puerta.
Fushiguro se recargó de espaldas a la pared de la cocina, oculto de la vista de la sala. La conversación que se filtraba desde el otro lado lo hacía sentirse como si estuviera parado sobre hielo demasiado delgado, escuchando cómo las grietas se extendían bajo sus pies.
Observó el objeto en su mano. El cascabel apenas emitió un sonido, un roce metálico que se sintió como un suspiro exhausto.
«¿Qué es lo que eres realmente?», pensó, envolviendo el metal dorado con los dedos.
Sintió que su lógica empezaba a resquebrajarse. No fue un estallido, sino ese silencio antinatural que precede al desastre; el momento exacto en que el hielo deja de crujir porque ya no tiene fuerza para sostener nada más.
—Si fallas —advirtió la voz de Nanami desde la sala, cargada de una severidad gélida—, no habrá más margen. No para ti. No para él.
—No fallaré —la respuesta fue un susurro áspero, despojado de toda su arrogancia habitual.
El de ojos jade escuchó el roce de una tela pesada. Kento se estaba ajustando el abrigo.
—Eso espero. Por el bien de todos.
Gojo exhaló lentamente, un sonido que delataba un cansancio que iba más allá de lo físico. Megumi contó hasta tres, forzó sus músculos a relajarse y volvió a la sala con el plato de galletas, interceptando al "maestro de Yuji" en el pasillo.
—Oh, Nanami-san, ¿ya se va? —preguntó, intentando que su voz no temblara.
—Así es. Surgió un inconveniente urgente por el cual debo retirarme —fijó su mirada brevemente en Satoru, una advertencia final antes de volver a ver a Fushiguro.
—Entiendo. Espero que todo esté bien.
—Lo mismo digo, Fushiguro-san —se acomodó las gafas. Por un instante, miró a Megumi con una compasión tan profunda y extraña que el pelinegro se sintió desnudo, vulnerable. —Que tenga una buena tarde.
La puerta se cerró con un clic definitivo.
El albino se acercó y tomó el plato de galletas de las manos de Megumi, sus dedos rozándose apenas. El contacto fue breve, pero el oji-esmeralda notó que la piel de Satoru estaba ardiendo, como si tuviera una fiebre interna.
—Megumi, tenemos que hablar. En serio.
El azabache asintió en silencio. Dejó que el de ojos azules llevara las galletas a la mesa y se sirvió un poco más de café. La tensión aumentaba con cada gota que caía en la taza; necesitaba el calor del líquido para contrarrestar el frío que empezaba a emanar de las paredes. Apretó el cascabel dentro del bolsillo de su abrigo, pero esta vez la calidez del objeto no llegó a su mano. Estaba muerto.
Gojo, sin embargo, agudizó el oído. Escuchó el débil y agónico tintineo proveniente del abrigo. Era un llamado de auxilio.
Fushiguro tomó asiento en el sofá frente a Satoru. Por primera vez, sintió todo el peso de la mirada del albino sobre él: no era coqueteo, no era juego. Era una desesperación contenida tras las lentes oscuras.
El silencio reinó en la habitación, pesado como el plomo.
—¿Estás bien? —se adelantó Megumi, rompiendo el hielo. El contrario lo miró con confusión. —Tu aspecto... luces mucho más cansado últimamente. Casi enfermo.
—Sí, estoy bien —mintió por reflejo, aunque sus manos temblaban sobre sus rodillas—. Solo he estado saturado de trabajo estas semanas.
Se frotó la nuca, buscando las palabras. Su habitual confianza se había evaporado. Se aclaró la garganta, pero el sonido salió áspero, como arena. Sus dedos tamborilearon nerviosos sobre su pierna, un gesto que en Gojo Satoru era un grito de pánico.
—Escucha, Megumi. Esto… sé que va a sonar como una locura. Sé que desprecias lo que no tiene una explicación lógica —hizo gestos vagos con las manos, intentando atrapar ideas que se le escapaban—. Y entiendo por qué. Pero hay cosas…
El pelinegro lo observaba con ojos expectantes. En su pecho, el instinto le decía que la "realidad" que conocía estaba a punto de ser incinerada.
—Hay cosas sucediendo fuera, lejos de aquí. Cosas que empezaron a escapar de mi control y que están desmoronando mi mundo. El tiempo se está volviendo... rígido. Y yo soy el único que puede evitar que el desastre se extienda. Por eso, necesito que me entregu…
Un tono de llamada estridente cortó el aire.
El albino se sobresaltó. Buscó el celular en sus bolsillos con movimientos torpes. Al ver el nombre en pantalla, su rostro perdió el poco color que le quedaba. Respondió de inmediato.
No habló. Escuchó en un silencio absoluto, con la espalda rígida y la mandíbula tensa. Megumi no oía la voz al otro lado, pero vio el efecto: los hombros de Gojo se hundieron como si el peso de la gravedad se hubiera triplicado de golpe. La "zona azul" del reloj en su mente acababa de teñirse de rojo.
—Tengo que irme —dijo Satoru al fin.
No fue una disculpa. Fue una sentencia.
Fushiguro abrió la boca para protestar, para exigir la verdad, pero Gojo ya estaba de pie. Se puso el abrigo con una urgencia febril, como si cada segundo que pasara en esa sala fuera un pecado.
En ese momento, lo sintió en el bolsillo. El cascabel se puso repentinamente tibio, latiendo con una insistencia nueva, salvaje, como si reconociera que su dueño estaba en peligro de muerte. Megumi tomó una decisión. No entendía nada, pero sabía que Satoru lo necesitaba.
—Gojo… espera, tómalo —dijo, metiendo la mano en el bolsillo para sacar el objeto.
Pero cuando alzó la vista, el oji-azul ya no estaba.
El pelinegro parpadeó. El espacio frente a él estaba vacío. No se escuchó la puerta abrirse, ni pasos en el pasillo, ni el motor de un auto. Solo el vacío súbito.
Bajó la mirada hacia su mano cerrada. La casa recuperó su silencio habitual, pero era un silencio distinto: frágil, como el de una casa de papel a punto de arder. Abrió la palma lentamente.
El cascabel tintineó una sola vez. Un sonido breve, imperfecto y desgarrador que no pertenecía a este mundo.
Palabras: 2, 329
[NoxVulpes~]
