Work Text:
Hacer juego de palabras con su apellido era un pasatiempo del que Óscar disfrutaba constantemente... desde que tuvo consciencia sobre qué significaba su apellido.
Es decir, hace unas pocas semanas. Desde Navidad más o menos.
Y era algo que traía a Ana María, su madre, por los pelos.
—¿Y por qué los Reyes Magos le llevan regalos al Niño Dios?
— Porque es el Niño Dios, Óscar. Y merece que le lleven regalos.
—¿Y por qué no al revés? ¿Si los Reyes son ellos?
—Porque fueron a adorarlo —siguió Ana María, con una paciencia que no sabía de dónde la sacaba.
—¿Y nosotros no somos adorables?
Desde la sala donde desgranaba maíz, Sebastián reía en voz baja con las ocurrencias de su hijo del medio.
—Claro que sí, hijo —contestó ella soltando los trastes que estaba terminando de lavar y se secaba las manos. —Demasiado adorables —terminó, dándole un pequeño roce con su dedo en la nariz.
Óscar se quedó pensando, sosteniendo su lápiz. Mientras veía por la ventana a Juan, su hermano mayor, cepillarle la crin a uno de los caballos en las caballerizas.
—Mamá…
—Mmm… —contestó la aludida, envuelta en su tarea de nuevo.
—Pero eso significa que ahora que nació Franco… ¿Nosotros somos los Reyes Magos?
Esta vez la risa de Sebastián se escuchó por toda la pequeña hacienda.
—Yo no voy a seguir haciendo esto, canijo.
—¡Juan, pero si estamos tan cerca!
La cara de su hermano mayor le dio a entender que tenía solo segundos para justificarse.
—¡Mira lo mucho que Libia está disfrutando esto! —argumentó Óscar como si eso fuese suficiente justificación a lo que estaban haciendo.
Como para darle más razones de molestarse a Juan, Libia empezó a lloriquear en el fardo de paja en el que la habían dejado.
En ese momento, Óscar buscó apoyo de Franco. Quien ya podía darle de comer a las yeguas que se encontraban en las caballerizas por sí solo.
Y en su desespero, buscando que Juan no lo regañase más, volvió a hablar.
—Ya estamos acá, y debemos cumplir a lo que vinimos —dijo él, montado en un banquito, sintiéndose más grande de sus siete años.
Se bajó, buscó a Franco para tomarlo de la mano, y la ubicó detrás de él.
—Ven, Juan, solo muévete un tantito y te pones en frente de mí. Y nos volteamos hacia donde está Libia… después de todo ella es la Niña Dios. Y nosotros venimos aquí con los regalos…
El resoplido de Juan vino primero que su cantaleta.
—¡Óscar, no digas tonterías! ¡Si Libia tiene casi un año! El Niño Dios es un recién nacido. —¡Pero no dijiste nada cuando propuse el juego!
—¡Porque no dejabas de chillar y querías que te callaras! Además… —se volteó de repente —¿Adónde se fue Libia?
Los ojos de Óscar se crecieron de sorpresa cómicamente al ver el espacio de heno donde Juan la había puesto hacía un rato… vacío.
Los del mayor también, pero con rabia.
—¡Óoooscar! —¡Francoooo! —Respondió el del medio.
Y como si su palabra lo hubiese materializado de la nada, Franco apareció detrás de ellos con una mirada inocente. —¿Qué? — dijo con voz asustada.
Ambos se le acercaron rápido y lo tomaron por los hombros. —¿En dónde está Libia? —preguntaron al mismo tiempo.
Su hermano solo los veía por encima de los hombros sin responder.
—La tengo yo —dijo una voz gruesa detrás de ellos.
Ahora, incluso hasta Juan tenía una mirada de susto. Los dos voltearon hacia su padre, quien sostenía a una Libia que reía risueña.
Automáticamente, pusieron al pequeño en frente como si de escudo sirviese.
—¿Creían que se iban a llevar a su hermana y ni su mamá ni yo nos daríamos cuenta? —cuestionó su padre, mitad serio, mitad divertido por la cara de sus hijos.
—¡Pero, ‘apá! —respondió Óscar apurado en explicar. —¡Los Reyes Magos venían a traerle incienso, oro y mira a la Niña Dios! —Con que mira a la Niña Dios, ¿no? —repitió Sebastián, esta vez riendo completamente.
—Sí, incienso, oro y la mira —señaló Óscar a las piedras, grandes y pequeñas, y paja en las cestas donde ponían los huevos cada mañana. Juan no pudo evitarse. —¡Es mirra, burro! —regañó a su hermanito, dándole un manotazo en la cabeza.
Esta vez, fue momento del padre de llamarle la atención.
—¡Juan! ¡No le digas burro a tu hermano! Que aún no le salen orejas.
Juan y Franco rieron con el chiste de su padre, mientras que Óscar se revisaba el lugar donde aún estaban firmes.
Esta vez se dirigió directo a su hijo más travieso.
—Óscar, hijo, agradezco que quieras consentir a tu hermana... pero hay mejores formas para jugar con ella que traerla al establo así con este frío. Recuerda que está muy pequeña, apenas tiene casi 10 meses. —le aconsejó.
—¿Pero y cómo íbamos a celebrar nuestro día? —argumentó el ojiverde con total naturalidad.
—¿Su día?
—Sí, ‘apá. ¡Nuestro día! ¡Tuyo y de nosotros! ¡El día de Reyes! ¡Es un día de celebración! ¡Carajo! Pensó Sebastián, ese hijo suyo tenía más ocurrencias que ninguno. Tratando de componerse, lo miró a los ojos, mientras se acomodaba a Libia en los brazos.
—Sea día de Reyes o no, ¡no puedes secuestrar a tu hermanita! Como castigo, ¡lavarás la loza del almuerzo y de la cena!
Óscar fue lo bastante inteligente para no protestar.
Mientras, tanto Juan como Franco veían a sus lados, tratando de separarse del problema. Pero su padre fue más rápido que ellos.
—¡Y ustedes no crean que se escapan! —les dijo señalándolos a cada uno — ¡Ustedes ayudarán a su hermano! —¡Pero, papá! — Reclamaron el mayor y el menor de los Reyes al mismo tiempo. —Papá, nada… o su “día de Reyes” lo terminarán mucho antes de lo que comenzó.
Y así, marcharon juntos los cinco hacia casa, donde Ana María los esperaba con el almuerzo.
El lugar que ahora compartían era un oscuro contraste al espacio que tenían en sus tierras.
En esta nueva casa, había poco espacio.
Ubicada en medio de un pequeño barriecito en San Marcos, aún se sentía poco habitable. Sin embargo, era lo poco que habían conseguido. Habían podido pagar los dos primeros meses con los trabajos que habían hecho en el camino. Y con la rebaja del tendedero, quien les había descontado un mes cuando Óscar les había contado su triste historia.
Habían llegado a ella en busca de ayuda del tío Aníbal, a quien aún no conseguían. Por lo que la casita les serviría de refugio mientras lo hacían.
Las paredes y piso de concreto distaban mucho de los anchos balcones que podían encontrar en su hacienda. Si bien esta no era muy grande, había sido suficiente para que cada uno tuviese su cuarto. —Aunque muchas veces, Óscar y Franco terminaban compartiendo uno—.
La única que tenía una habitación para ella sola era Libia. Por ser la única niña. Y no era muy grande.
Sin embargo, le permitía guardar pequeños tesoros como los que había llevado hoy.
Desde que habían llegado, el ruido de la gente despierta hasta tarde era algo que desconcertaba. Sin embargo, hoy la noche estaba extrañamente muy en silencio y no le ayudaría tanto en su misión.
A pesar de ello, se paró decidida a cumplirla. Solo le quedaban un par de horas antes de que amaneciera.
Con un poco de torpeza se dirigió hacia el cuarto de los varones con su botín. Sosteniéndose de las paredes con su antebrazo, tratando de no tumbar nada.
Una vez ubicó los zapatos de Franco primero, lo empezó a repartir. Su hermano más cercano en edad, parecía estar profundamente en sueños. Con uno de sus brazos casi colgando de la estrecha cama que ocupaba.
Caminó un poco más adelante y se tropezó con unos zapatos.
Se detuvo y aguantó la respiración esperando que ninguno se hubiese despertado. Ese Óscar y su desorden.
Contó unos segundos y continuó. Ninguno se había despertado.
Su segundo hermano mayor tenía sus brazos cruzados sobre su pecho. Y parecía tener una pesadilla por la expresión que tenía en el rostro.
Libia se rio un poco y siguió su camino. Debía recomendarle que comiese menos pesado antes de dormir para no tener ese tipo de sueños.
Finalmente, llegó a la cama de Juan. Y volvió a tener un poco de nervios.
Él era el más fácil de despertarse. Su costumbre de levantarse con las gallinas era algo que no se iba tan rápido.
A diferencia de los otros dos que les gustaba dormir hasta lo más que pudiesen.
Una vez dejó todo el cargamento, Libia se volteó para seguir su camino hacia su cuarto.
Y de repente, sintió que la tomaban por la muñeca.
No pudo evitar soltar un pequeño grito.
—¿Qué pasó? ¿Qué pasó? —Se escuchó del otro lado de la habitación.
Franco se había despertado sobresaltado. Y en la otra cama, Óscar se estaba ahogando con su propia cobija, no tan consciente de lo que ocurría.
—¿Qué va a estar pasando? —respondió Juan con un dejo de ternura en su voz, viendo a su única hermana como lo que era… la niña de sus ojos. —Que la Niña Dios nos acaba de dejar regalos a los Reyes Magos.
La “Niña” sonrío un poco.
—¡Uyuyuy, así es como me gusta! ¿Qué nos trajiste, Niña Dios? ¿Un reloj? Mira que el mío se rompió cuando veníamos…
—¡Canijo malagradecido! —Soltó el mayor de todos los Reyes. —¿Cómo Libia te va a regalar eso?
Su hermana no pudo evitar mirar al suelo apenada.
—Pensé… pensé…
De repente, sintió los brazos de Franco envolviéndola de lado y dándole calor.
—Pensaste todo lo mejor, hermanita. Gracias por el chocolate —le respondió con cariño.
Juan le tomó la otra palma con suavidad y la miró a los ojos.
—No tenías por qué, hermanita. Gracias por este detalle. Pero no tenemos mucho, y no debiste tomar de las compras para consentirnos... Sobre todo al animal del Óscar.
—¿Mmmm? —Fue lo que pudo emitir Óscar, con medio chocolate ya mordido.
Los otros tres rieron.
—Es nuestro primer día de Reyes sin mamá y papá… pensé que merecíamos algo que nos alegrara el día. Quería que lo comenzaran con algo lindo —les contestó ella con lágrimas en los ojos.
Desde que habían escapado del ataque a su hacienda, poco habían hablado de sus tradiciones. Las perdidas de las personas que más les importaba había pesado más.
—¿Y qué más lindo que la Niña Dios dándonos regalos? ¡Esto es un milagro! —volvió a decir Juan.
Todos rieron de nuevo. Libia se soltó del abrazo de Franco y se sentó en la cama de Juan, quien le dio su chocolate para compartir.
Los dos hermanos del medio peleaban por el chocolate del más pequeño de estos, porque el mayor se lo había robado ya.
Un día de Reyes para celebrar sin duda, pensó Juan en voz baja.
Eran pocas las veces en las que deseaba poder tener la habilidad para dormir sin que nada le molestara.
Y más en una habitación para él solo como en la que se encontraba. Si hubiese sido por él, habría compartido una sin ningún problema.
Un “rin, rin, rin” sonaba incesantemente en algún lugar de la misma y parecía no parar nunca.
Se paró a contestar el teléfono que estaba en la mesita de noche, tratando de no enredarse con el cable. Y escuchó una voz gruesa que no era de ninguno de sus hermanos menores.
—¿Juan Reyes?
—Sí, con él habla. ¿Puedo preguntar quién llama a esta hora?
La respuesta que le dieron hizo que soltara un gruñido. Y se parara de inmediato a vestirse con la ropa que se había quitado hacía unas horas.
—¡Me lleva el diablo!
Solo parecía hablar en pequeñas frases.
—¡Estos canijos…!
Cerró la puerta de la habitación.
—¡Solo saben joderme! —soltó en el pasillo en busca del ascensor.
————
La escena que encontró no fue para nada lo que esperaba.
—¡Vinimos a la ciudad a que Franco cerrara un negocio, carajo! ¡No a que ustedes se pongan de borrachos como si no hubiese mañana!
Sus hermanos pequeños, quienes se habían quedado en el bar del hotel un “ratito, Juan...” estaban tirados en unas sillas extensibles de una tienda de tatuajes de la ciudad.
Ambos despiertos.
Ambos hasta las medias.
—Pero es que Juan… ¿Cómo no va a haber mañana si ya son las dos de la mañana? —Le dijo Franco con la lengua completamente enredada.
Ambos rieron a más no poder. Juan se llevó las manos a la cabeza, desesperado.
—¡Faltaba más! ¡Mírense nada más, en que fachas están, que no se les entiende nada!
Empezó a caminar en el pequeño espacio en el que se encontraban.
—¿Ustedes creen que esto es un juego? ¿Que está bien perderse del hotel donde nos estamos quedando para venir a este… a este lugar?
Un hombre fornido, sin mucho espacio para agregar más tatuajes, le gruñó desde la esquina.
Suponía que era el hombre que lo había llamado para darle la dirección de su tienda y recoger a sus hermanos.
El pelinegro no se dejó intimidar.
—¿Cómo los acepta así? —Le dijo volteándose hacia el hombre mientras hablaba. —¡Si no saben diferenciar su cabeza de sus pies!
El tatuador cruzó los brazos y lo miró desafiante.
—Mire, hermano, estos caballeros…
La pausa que dio a entender que no los pensaba tan así.
—...estos caballeros pagaron lo suficiente para hacer todo este desmadre... y más. Cuando quiera, estoy en la otra sala.
Y salió por la puerta, dejándolos solos.
—Óscar… Franco… Qué quiso decir el… el…
—¿El tatuador? —Ayudó Franco con una risita.
La mirada que le dio su hermano mayor mató cualquier momento de diversión.
—¿Me pueden decir qué quiso decir ese hombre?
Óscar intentó pararse de la silla, pero simplemente solo pudo sentarse. Y le hizo una seña a su hermano para que se acercara.
Juan se acercó y Óscar empezó a hablar en un susurro que no era nada susurro recostándose de su brazo.
—¡Te está esperando a ti, Juancho! ¡Para tatuarte!
Si el del medio de los hermanos no hubiese estado en una silla ergonómica, se habría caído de frente al suelo.
—¿Están locos, canijos? ¿Se tatuaron? —El tono del pelinegro iba aumentando a medida que iba haciendo más preguntas. —¿Y quieren que yo también me tatúe?
Franco siguió en silencio y vio a Óscar, preguntándole en su idioma silente si esto había sido una buena idea. Hasta que el segundo decidió abrir la boca de nuevo.
—¿Y cómo vamos a ser los tres Reyes Magos si Melchor no tiene su tatuaje?
Juan no sabía si reír o llorar.
Cuando respiró varias veces, cerró y abrió los ojos rápidamente y pudo enfocar más allá que la cara de sus hermanos menores.
Cada uno tenía el pantalón recogido hasta la rodilla de la pierna derecha, con un plástico que envolvía su pantorrilla.
Volvió a respirar hondo y se acercó primero a la de Franco, quien tenía una coronita de tres puntas y una “R” en el medio de ella. Cuando se volteó a la de Óscar, tenía el mismo diseño, un poco más grande que la de su hermano menor.
Juan volvió a respirar hondo y dio varias vueltas por la sala. Mientras estuviesen así de borrachos, no podría hablar coherentemente con sus hermanos.
—¿Yo soy Melchor? —preguntó.
—¡Claro, si eres el más viejo! —contestó el ojiverde como si fuera obvio.
El mayor de los Reyes soltó otro bufido.
Los dos rubios se carcajearon abrazados el uno del otro. Franco se secaba las lágrimas con la mano derecha.
—Yo no soy payaso de ustedes. ¡Nos vamos!
Y cómo pudo, los paró a los dos y los echó a andar. Al salir de la sala, se encontraron con el tatuador.
—¿Supongo que Melchor no se va a tatuar?
—No, Melchor no se va a tatuar—gruñó el mechudo.
Los estaba metiendo a empujazos por la puerta cuando escuchó detrás de él.
—¡Dígales que recuerden que se guardaron en el bolsillo las instrucciones de cuidado! ¡Que si no se infectan!
—Infectados es que deberían quedar después de una cosa así… ¡me lleva el diablo! —volvió a gritar.
Y con ello, los llevó hasta el Jeep de Franco que habían llevado en el viaje.
Vigiló que se metieran en la parte de atrás, rezongando y empezó a manejar.
Baltasar y Gaspar no dejaban de chismear.
—¿Tú crees que mi Jimenita me tendría un desayuno a todo dar, Flaco?
—¿Y por qué habría de hacer eso, tonto?
—Ah, pues, ¡porque hoy es día de Reyes y se hace lo que nosotros decimos!
—¡Jimena ni te habla, Óscar!
Juan siguió mirando el camino, pero no pudo evitar sonreír de las ocurrencias de los bobos de sus hermanos.
—Ya tú vas a ver… hoy es día de Reyes… —escuchó a Óscar decir —y se cumplen todos los deseos. ¿Cómo crees que llegó tu fortuna, ah?
Ambos volvieron a reír.
Y Juan negó con la cabeza, viendo el camino hacia el hotel, pensando cuándo sería el día que pasara un día de Reyes normal.
Los seis de enero se habían convertido en tradición para los Reyes Elizondo.
(Celebración realmente adoptada por las hermanas Elizondo. Después de casarse con los hermanos Reyes, respectivamente).
Y más ahora, que contaban con varios pequeños Reyes Elizondo a los cuales sorprender con la magia del día.
El “día de Reyes” para ellos tenía una forma realmente literal. Según las costumbres (creadas por ningún otro que por Óscar), todo comenzaba el día cinco, cerca de la medianoche. Cuando los Reyes Magos (aún no se sabía si los de mentira o los de verdad) dejaban chocolates en los zapatos.
(Cuando estuviesen más grandes, conocerían que esta vino por la tía Libia).
Luego, venía un gran desayuno en el que había la comida preferida de cada Reyes Elizondo (y de algunos otros amigos también). Y de allí decidían qué hacer el resto del día.
Porque si algo que quedaba claro era la regla más importante.
—¡Porque hoy es día de Reyes y se hace lo que nosotros decimos! —Sonó la voz del pequeño León, amplificada por toda el área de la piscina de la casa de Juan y Norma. Gracias al micrófono que tenía en sus manos.
A pesar de tratar disimularlo, se escuchó la risa de todos los presentes.
Detrás de él, Quintina venía sin aire. Seguramente de estarlo persiguiendo. Ya que estaba regando agua por todos lados y ella tenía una toalla en las manos.
—¿Y quién te dijo eso a ti? —le preguntó curiosamente, aunque ya sabía la respuesta.
—Ah, pues, el tío Óscar — contestó Erick, metido nuevamente desde la piscina. Después de que su mamá lo hubiese sacado. Y quien lo miraba desde afuera, con una mano en la cintura, no sabiendo si regañarlo o reír.
—Con que el tío Óscar tenemos… —dijo Norma, tratando de atrapar a Erick sin éxito. —Pero el tío Óscar no está aquí — y antes de que su hijo se le adelantara completó —y la tía Jimena tampoco.
Mientras Norma lo distraía, Franco logró agarrar a su sobrino por la cintura y lo sacó finalmente de la piscina.
Los quejidos de decepción de Erick (y de León por su mellizo) se escucharon en todo el área.
—Hijo, ya Juan David se bañó, se vistió y mira, está comiendo allá con tu papá. ¿No quieres comer algo? —Dijo Norma señalando a su primogénito y a su esposo, quienes estaban comiendo en la mesa larga del caney. Junto a Sarita, quien le estaba dando de comer a Andrés, al que se le cerraban los ojos por la extenuación de la piscina.
—Nana nana, Juan David se bañó… —empezaron a imitar ambos mellizos. incluyendo a León quien se había escapado una vez más de los brazos de su nana y había venido a acompañar a su hermano.
Franco, reconociendo una travesura de Reyes cuando la veía, se puso a nivel de ambos niños. Los abrazó estando en el medio de los dos y les susurró algo en el oído.
Ellos vieron a su tío con admiración y con la mirada preguntaron algo, a lo que el adulto contestó con una mueca. Con esto, los dos salieron corriendo hacia la mesa. Evidentemente, a decirles lo que acababan de escuchar a su hermano y primo.
Los cuatro empezaron a gritar y salieron corriendo hacia la casa principal. A la par de Quintina, quien los perseguía sin ánimos de alcanzarlos pronto.
Franco se incorporó a la posición en la que estaba y se encontró con Norma, quien claramente lo estaba juzgando.
El rubio no pudo evitar sonreír mientras veía a su cuñada.
—Eso es entre un Rey Mago… y sus sobrinos.
Norma entrecerró los ojos y pegó un pequeño grito.
—Sarita, ¡ven a recoger a tu niño grande!
Todos los presentes rieron. Ruth, Antonio y Leandro desde la piscina. Melissa, Benito (quien se comía lo que habían dejado Juan David y Andrés), Eva y Leonidas desde el otro extremo de la mesa.
Y Sara le hizo una señal de que lo estaba viendo y le lanzó un beso para finalizar. El cual él le devolvió de la msima manera.
Al mismo tiempo, Gabriela salía de la casa hablando con Dominga, la primera cargando a una muy despierta Gaby.
—¡Mejor voy yo a recoger a mi Princesa entre Reyes!
Y como si estuviesen conectados, Gaby empezó a brincar tanto en los brazos de su abuela. A esta no le quedó de otra que soltarla en el suelo para que caminara la pequeña distancia hacia su padre.
Quien no perdió momento en cargar a su pequeña de un año y darle un beso grande en una mejilla. Y aquella se derretía en risas.
Juan dejó que su hermano menor jugara un rato con su pequeña y se levantó para hablar con él.
—¿Les pudiste instalar el videojuego, ese que el loco de Óscar les mandó? —preguntó Juan, sabiendo que eso era lo que había estado haciendo Franco gran parte de la tarde. Debido a que su hermano del medio y su esposa estaban de viaje por negocios en Milán.
Sin embargo, había leyes que no podían romperse. Incluso aunque Baltasar no estuviese, él haría que se cumplieran.
—Los Reyes Magos nunca fallan —dijo Melchor por lo bajito.
—Los Reyes Magos nunca fallan —repitió Gaspar con una sonrisa.
—¡A mí los Reyes Magos me tratan bien todo el año! ¡Porque son mis tíos y mi papá, carajo! —Se escuchó por toda la casa que se encontraba en silencio.
—Erick, compórtate —dijo una voz gruesa que parecía ser la de Juan David.
—Ahhhh, Sansón, mejor te callas.
—Primos, primos, primos… —susurró Andrés razonando. —Si seguimos así, nos van a descubrir y todavía falta pasar por la casa de la abuela, y la casa del tío Óscar y la tía Jimena.
León y Erick rieron en carcajadas idénticas. Mientras Juan David los miraba con reproche.
—¡Tenemos que enseñarle al primito Duván cómo se empieza un día de Reyes, como es debido! —Ignoró León y siguió gritando, pegándole una palmada a su hermano mellizo en el pecho. Haciendo referencia al hijo de Óscar y ahora, después de firmar los papeles de adopción, de Jimena también.
—Hey, hey, hey, hermanito, no podemos olvidar a Sibila y Gastón —completó Erick.
Desde el rescate a los hermanitos Barcha del ataque a su casa, que había acabado con las vidas de Nino —el mayor— y su abuelo. Estos habían sido incluidos en cada tradición familiar Reyes Elizondo.
En especial, ahora que vivían con Óscar y Jimena. Y Sibila era novia de Erick.
—Si no se callan ya, me voy a ir sola. Y los voy a dejar aquí solos —amenazó Gaby desde la punta de las escaleras de la casa grande de Juan y Norma. —Miren que ya en nuestra casa —se señaló a ella y a Andrés—ya los Reyes llegaron. Porque así de eficiente somos.
—Uhhhh, habló la “Princesa de los Reyes” —soltó Erick en forma de burla.
—Hermanita, vamos, no les pares. Sigamos —le dijo Andrés subiendo por las escaleras y tomándole de la mano.
Pronto las escaleras tronaron con el peso de todos. Y pensar que podían ser más.
Los cinco primos habían debatido por buen rato si incluían a Muriel, la esposa de Juan David. Pero habían preferido (y con esto había tomado la decisión Juan David) que ella se quedara con su hijo de pocos meses.
—¡No es justo que mi sobrino no empiece el día de Reyes cómo se debe! —había argumentado Erick.
—¡Sí, bro! ¡Mi sobrino merece que sepa que sus tíos son los mejores Reyes Magos que hay!
Alguien se rascó la garganta un poco.
—¡Los segundos mejores Reyes Magos que hay! —corrigió inmediatamente el rizado.
—Solo espero que no le estén dando chocolate a mi hijo, ¿oyeron, cabezones? Él está muy chiquito para comer eso —les acusó Juan David con recelo.
Erick y León se cuadraron como militares en forma cómica ante su hermano. Y eso había cerrado el asunto.
—Mejor empezamos con la habitación del Tata, ¿no creen? —dijo el mayor de todos los primos.
Y con ello, siguieron subiendo las escaleras.
Abajo, en la sala, un gruñido gutural interrumpió el silencio.
—Es una pena, casi van a ser las doce y miren todos los chocolates que les falta por entregar…
Franco rio con la declaración de su hermano. Estaban sentados en los muebles, en la oscuridad, y sus hijos y sobrinos no los habían visto.
—Y más que nosotros tenemos los buenos chocolates aquí abajo —dijo el rubio sonriendo. —¿No es así, Óscar?
Al no encontrar respuesta de parte de su hermano, se volteó a verlo. Óscar estaba metiéndose el último pedazo de lo que aparentaba ser uno de dos chocolates.
—¿Quééééé? —Preguntó con la boca llena el incriminado. —¡Es control de calidad!
Juan se levantó de su asiento y le dio una palmada por la cabeza.
—¡Nunca cambias, canijo!
Franco volvió a reír mientras Óscar se quejaba mientras se pasaba la mano por la cabeza.
—¿Y por qué habría de cambiar, ah? —miró a sus hermanos con un poco de indignación. — ¿Sí o no este el mejor día del año?
—Bueno, en teoría, mañana es en 10 minutos —bromeó Franco.
—¡Cállate, cabezón! —respondió el hermano del medio. Y esta vez aquel fue el recipiente de un manotón.
Fue el momento de Juan de reír. Y esto llamó su atención.
—¡Mírense! Con mujeres e hijos grandes y siguen siendo igual de canijos que siempre. Espero que eso siga sin cambiar —reflexionó.
—¡Mira, Gaspar! Melchor se nos puso sentimental —bromeó Baltasar. —Eso es porque Norma está con Sarita y Jimena en mi casa, pero ya las acabamos de ver. Ya los Reyes pasaron por allá.
Sin embargo, cuando volteó a ver a su hermanito, este tenía lágrimas en los ojos.
—Flaco, Flaco… ¿Qué pasó? —le apaciguó Óscar con mucha serenidad pero sin acercarse. Desde que el menor de ellos había regresado hacía unos meses. Luego de estar cuatro años en una cárcel en suelo extranjero... trataban de tener extremo cuidado con el trato que le daban.
Dejaron que se recuperara por sí solo. Esta era una recomendación que les había dado Sara, de cuando Franco había empezado terapia.
Hasta que pudo hablar.
—Esto… no saben… no saben cuánto extraño esto. No solo estar acá, sino volver a celebrar un día de Reyes como es debido. Desde que los niños crecieron (niños era exageración en algunos casos. Teniendo en cuenta que Juan ya era abuelo), no había sido tan mágico como antes. —Tomó una pausa y respiró suavemente par de veces — pero ahora con el bebé, Juan…
Con esto, su hermano mayor sonrío. Ese pequeño lo tenía… era embobado.
El ojiazul siguió en su confesión.
—Ahora saber que también tienes a tu hijo, Óscar… que mis hijos ahora sean parte de todo esto… lo hace todo aún más especial. El mejor día de Reyes, sin duda.
—Seguramente la Niña Dios nos volvió a hacer el milagrito —manifestó Óscar, claramente movido. Al voltear, vieron que a su hermano mayor le corrían unas lágrimas en silencio.
—Así es, canijo, la Niña Dios nos hizo el milagrito. —Y se movió a abrazarlo lentamente. A esto se unió Óscar.
Estuvieron los tres en silencio y abrazados un buen rato. Hasta que este último los interrumpió de nuevo.
—¡Ya sé! ¡Muéstrale a Franco cómo también fue el milagrito!
Juan gruñó y le hizo señas con los ojos que mejor se callara.
—No tengo que mostrar nada, canijo. Así que cierra la boca.
—¡Anda, Juan! Después de todo, lo hiciste por el Flaco, ¿no?
Franco los vio curioso, tratando de enterarse sobre qué hablaban sus hermanos mayores.
De manera reacia, Juan se subió la pierna derecha de su pantalón. Y se la enseñó a su hermano pequeño para que pudiera observarlo mejor.
Incluso desde la distancia en la que se encontraba, pudo distinguir tres puntas y una “R” muy familiar. Parecida a la que él mismo y su hermano Óscar tenían tatuadas en sus piernas, pero con un color más nuevo. Y un poco más grande de tamaño.
Esto había tomado por sorpresa al ojiazul y se encontraba sin palabras. Pero como siempre, y no le molestaba, otra voz habló por él.
—¡Dime si no es una chulada, Flaco! —sonrió el ojiverde. —Juan se lo hizo el primer día de Reyes en que… bueno, en que no estuviste.
La garganta de Franco empezó a cerrarse y sentirse caliente. Estos hermanos de él… sin duda eran otra cosa.
—Juan… Óscar… jamás podré agradecer—
Pero un estruendo en el piso de arriba los interrumpió y alertó.
Juan se puso de pie inmediatamente.
—Vamos a ver qué hicieron estos nuevos Reyes Magos.
—Sí —contestó Óscar —vamos a enseñarles quiénes son los Reyes Magos de verdad verdad.
Los tres se secaron las lágrimas caídas y se pusieron en marcha. Subiendo los tres uno detrás de otro, como siempre lo habían hecho.
Y si bien Juan nunca tuvo un día de Reyes normal… no había nada como un día de Reyes perfecto.
