Chapter Text
El amor de William por Mark Grayson no había nacido en un gran gesto heroico, ni en un momento de peligro compartido. No. Había crecido lentamente, como una enredadera tenaz, alrededor de las pequeñas certezas de la adolescencia: el asiento que Mark guardaba para él en el autobús escolar, el batido extra que compartía sin que William tuviera que pedirlo, la forma en que, en medio de una fiesta llena de gente, los ojos de Mark buscaban los suyos para compartir una mirada cómplice sobre lo absurdo de todo.
William, el hijo invisible de padres espectáculo, el chico que aprendió a moverse en silencio por los pasillos de su propia vida, encontró en Mark un punto de anclaje. El que más lo volteaba a ver. El que más lo cuidaba. El que más se preocupaba y hablaba con él. En un mundo donde era fácil pasar desapercibido, la atención constante de Mark fue un sol que alimentó un sentimiento que pronto se volvió demasiado grande, demasiado brillante, demasiado peligroso.
Pero los héroes crecen. Y los mundos de los héroes se expanden, alejándose de las cosas pequeñas y cotidianas. Los poderes llegaron, y con ellos, las responsabilidades, las misiones, las chicas como Amber y luego Eve. Las llamadas de Mark se espaciaron. Los "¿Qué haces?" en el chat quedaron sin respuesta durante días. Cuando se veían, la conversación era cortante, interrumpida por el zumbido de un audífono o la mirada distraída de Mark hacia el cielo, siempre alerta a una emergencia mayor.
El amor de William, esa enredadera que una vez floreció, empezó a marchitarse. No por falta de raíces, sino por falta de luz. Lo que quedó no fue odio, ni siquiera resentimiento. Fue un casi. Un fantasma de un sentimiento, una cicatriz sensible al tacto, un eco en una habitación vacía que, en los momentos más silenciosos y oscuros, aún susurraba.
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Y ahora, en los brazos de una pesadilla con el rostro de su casi, William entendía lo que era la atención absoluta. Era asfixiante.
Mohawk Mark no besaba; consumía. Sus labios sobre los de William no buscaban reciprocidad, sino posesión. Era un sello de propiedad impreso una y otra y otra vez, cada beso más insistente que el anterior, como si intentara borrar cualquier otro contacto que hubiera habido antes. William y Rick se habían besado, sí. Había sido torpe, dulce a veces, apasionado otras. Pero esto… esto era como ser devorado vivo por una fuerza de la naturaleza que, inexplicablemente, lo veneraba.
Esto es extraño, pensó William, su mente nadando en una niebla de shock y adrenalina. Pero no puedo dejar de sentirme bien… ¿Por qué este Mark me está besando?
Era la contradicción más desgarradora. El horror de la situación —el olor a sangre y polvo en el traje de la variante, los gritos que aún resonaban a lo lejos— chocaba con la cálida, abrumadora y total presencia del ser que lo sostenía. Por primera vez en años, William no era una afterthought. Era el centro. Y su corazón hambriento, a pesar de la mente aterrorizada, respondía con un latido traicionero.
Pero incluso la devoción más feroz necesita aire. William comenzó a ahogarse. La boca de Mohawk Mark estaba sellada sobre la suya en un beso que se alargaba eternamente.
¡Mierda, necesito aire!
El pánico instintivo por la supervivencia superó al aturdimiento. William empezó a retorcerse, a empujar débilmente contra el pecho duro como el acero, a girar la cabeza. Fue inútil. Finalmente, un gemido ahogado, un sonido de genuina angustia, escapó de su garganta contra los labios de la variante.
Mohawk Mark se separó de golpe, como si lo hubieran electrocutado. Sus ojos, normalmente llenos de arrogancia salvaje, se abrieron con algo parecido al pánico.
—Inhalación brusca exhalación aturdida toser con fuerza— William se dobló, tosiendo convulsivamente, tragando bocanadas de aire viciado.
—¡Perdóname, amor! —la voz de Mohawk sonó genuinamente angustiada, adolescente en su arrepentimiento abrupto—. Se me había olvidado que los humanos necesitan respirar más que un viltrumita. Lo siento, lo siento, lo siento…
La preocupación en su tono era tan discordante que hizo que William tosiera aún más fuerte entre lágrimas. Antes de que pudiera recuperar el aliento, sintió nuevos labios en su piel, pero esta vez en el cuello. Besos más suaves, casi exploratorios, acompañados de susurros que William apenas podía procesar.
—Sabes tan bien… —murmuró Mohawk contra su piel, la voz un zumbido grave—. Lo siento mucho, no debía haberte dejado solo… Te extrañé tanto, amaba tus besos…
Las palabras eran un puñal de confusión. ¿Dejarme solo? ¿Qué besos? William, finalmente, logró controlar la tos. Sintió que los labios de la variante subían nuevamente, buscando los suyos otra vez. Por reflejo, por un destello de claridad, William puso ambas manos sobre la boca de Mohawk, bloqueándola.
La reacción fue instantánea. La expresión en el rostro de la variante se derrumbó. Los ojos, tan feroces momentos antes, se llenaron de una tristeza de cachorro regañado. Su labio inferior pareció temblar levemente. Se veía tan… herido. Tan genuinamente desconsolado por haber sido rechazado.
A William se le encogió el estómago. Una oleada de furia lo recorrió —¡este ser acababa de masacrar gente, por Dios!—, pero fue seguida de inmediato por ese vacío doloroso, ese hueco familiar de querer consolar, de arreglar. Estaba enojado por lo que había hecho, y a la vez, su corazón se estremecía ante lo tierno y triste que se veía. Era una disonancia emocional que lo estaba haciendo pedazos.
Recobrando algo de lucidez, William bajó las manos. Estaba temblando. La sangre seca en los nudillos, en el pecho del traje de Mohawk, era un recordatorio brutal.
—Q-quién e-eres… —tartamudeó, odiando el sonido tembloroso y patético de su propia voz—. ¿Qué haces aquí?
Mohawk Mark guardó silencio. Sus ojos, ahora serios, escudriñaron el rostro de William. Podía ver el cálculo en ellos, la duda. ¿Decir la verdad? ¿Inventar algo?
William, desesperado por ganar algo de control, por entender, dejó escapar una oferta impulsiva y estúpida.
—P-por favor, si me dices… dejaré que me sigas besando —sus propias palabras lo hicieron enrojecer hasta las orejas. Por Dios, ¿por qué dije eso? Sueno tan patético.
Pero funcionó. Los ojos de Mohawk se iluminaron, la tristeza barrida por un brillo de entusiasmo infantil. La promesa de más contacto, más de ese "amor" que anhelaba con desesperación, fue un interruptor mágico.
—¡Claro! Te lo diré todo —asintió con vigor, como un niño compartiendo un secreto importante. Y lo hizo, Le habló de Angstrom Levy, del trato, de las otras 20 variantes. Le contó sobre la misión de destruir la imagen del Invincible de este mundo, de sembrar el caos. Y luego, con una naturalidad aterradora, agregó: —Y a cambio, él me daría un premio. Algo que perdí. A ti.
Tomó la mano de William con una reverencia casi ceremonial y besó su muñeca. El contacto de esos labios, que minutos antes habían estado sobre los suyos con fuerza bruta, ahora era delicado, casi temeroso. El corazón de William dio un vuelco violento, una respuesta física traicionera a la intensidad de la devoción.
Pero entonces, Mohawk Mark habló de nuevo, y el mundo se inclinó.
—Debiste haberlos visto, William —dijo, y un brillo de excitación pura entró en sus ojos—. El caos y la destrucción… Los varios héroes que maté. Todos creían que podían detenerme. ¡Pero hubieras visto sus caras cuando se dieron cuenta de que no, y que todo era al revés de lo que ellos pensaban!
Soltó una carcajada. No era la risa burlona de antes, sino una risa espeluznante, de puro y simple disfrute, como la de un niño recordando el momento cumbre de un videojuego violento. William sintió que la sangre se le helaba en las venas.
Luego, la risa cesó. Mohawk suspiró, y su voz volvió a suavizarse, adoptando un tono conciliador, casi de disculpa.
—Sé perfectamente que eso no te gusta —dijo, como si estuviera admitiendo haber roto un jarrón favorito—. Pero tranquilo, no lo volveré a hacer. Yo solo hice eso por ti, y un poco por diversión… Pero te prometo que no volverá a ser así. Es más… te llevaré a la reunión para que lo veas tú mismo.
¿Llevaré?
Antes de que William pudiera protestar, Mohawk Mark lo acomodó en sus brazos al estilo príncipe de cuento de hadas —el abrazo nupcial— y despegó del suelo con una suavidad engañosa.
—¡Espera! —gritó William, el vértigo apoderándose de él al ver cómo el suelo, los escombros, las dos pequeñas figuras de Rick y Axel (paralizadas, boquiabiertas, mirando con terror absoluto) se alejaban rápidamente—. ¡No puedes secuestrarme! ¡Ya bájame, estaba bien abajo!
Mohawk sonrió, divertido, mostrando unos colmillos que William no había notado antes.
—No te estoy secuestrando, te estoy cuidando —replicó, con la lógica retorcida de un niño—. Pero si en serio quieres que te baje… lo puedo hacer.
La sonrisa se volvió burlona. Y entonces, abrió los brazos.
William gritó, el pánico borrando todo pensamiento. Sus brazos se enroscaron instantáneamente alrededor del cuello de la variante con una fuerza que no sabía que tenía, aferrándose como a un salvavidas en medio de un océano.
—¡NO, ALTO! ¡ERA MENTIRA! ¡POR FAVOR, NO ME DEJES CAER! —aulló, enterrando la cara en el hombro de Mohawk.
La variante se rió de nuevo, una risa de triunfo juguetón, y lo sostuvo firmemente, nivelando el vuelo.
—No te preocupes. El lugar a donde vamos es bastante seguro, te lo prometo —dijo, acunándolo un poco.
—¡Estábamos bien en el campus que destruiste! —gritó William, encontrando un ápice de rabia en el miedo.
Por primera vez, la expresión de Mohawk Mark se ensombreció con algo genuino. No era arrepentimiento por las muertes, William lo sabía. Era algo más personal.
—Si hubiera sabido que estabas ahí… —murmuró, su voz baja, casi avergonzada— no habría sido tan descuidado.
La declaración dejó a William sin palabras. Este ser, esta caricatura sádica y poderosa de Mark, no lamentaba la carnicería. Lamentaba haber puesto en riesgo a él. La escala de valores era tan monstruosa y, al mismo tiempo, tan enfocada en William, que le producía náuseas… y ese maldito, pequeño, cálido hormigueo en el pecho otra vez.
¿Qué pasaba con él? ¿Con este Mark? Era como si el adolescente grosero y leal que William una vez conoció hubiera sido tomado, amplificado hasta lo grotesco, y luego entrenado como arma. No se arrepentía de destrozar familias, de masacrar inocentes. Pero ante William, se encogía, se disculpaba, se volvía tierno. Era aterrador. Era confuso.
Y William, Dios lo ayudara, se sentía halado por ese imán de atención distorsionada.
Para romper el silencio cargado, William hizo la pregunta que le quemaba la lengua.
—¿Qué… qué pasó con el yo de tu mundo?
Mohawk Mark se detuvo bruscamente en el aire, como si hubiera chocado contra un muro invisible. William contuvo la respiración, esperando una explosión, un golpe, una caída.
La variante habló al fin, con una voz extrañamente plana, como si recitara un hecho desagradable pero inevitable.
—Te mataron.
El estómago de William se convirtió en un nudo de hielo. Había sospechado una muerte trágica, pero oírlo confirmado, de esa manera…
—Mi padre pensaba que eras molesto. Igual que todos los demás —continuó Mohawk, mirando al horizonte quemado—. Así que te mató. Porque sí. Y me lo echó en cara aún sabiendo que yo te amaba. —Hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, había un veneno antiguo en su tono—. Así que yo mismo lo maté a él. Y así me convertí en el emperador de Viltrum.
Sonrió, pero era una sonrisa amarga, torcida por un dolor que nunca había sanado. William sintió una oleada de lástima tan profunda que casi le dobló las rodillas, incluso en el aire. Estaba asustado por la muerte de su otro yo, sí. Pero también, de una manera retorcida y peligrosa, se sintió amado. Amado con una ferocidad que trascendía la realidad, que había provocado un regicidio multiversal.
Casi gritó cuando el agarre a su alrededor se apretó convulsivamente, como si Mohawk estuviera reviviendo el momento. Pero luego, de repente, se suavizó, volviéndose casi acogedor.
—Fue el día más horrible de mi vida —añadió en un susurro, y William pudo ver cómo sus ojos, por un instante, perdieron todo su fuego y arrogancia, mostrando solo el vacío de un adolescente que había perdido lo único que le importaba.
Entonces, sin previo aviso, Mohawk inclinó la cabeza y besó a William de nuevo. Esta vez no fue una reclamación ni un sello. Fue suave, casi tentativo, un beso en los labios que buscaba consuelo. William se sonrojó furiosamente, la confusión alcanzando su punto máximo. La variante rió entre dientes al verlo, el momento de vulnerabilidad pasado, reemplazado por su habitual arrogancia juguetona.
—Ahí —señaló Mohawk de pronto, cambiando de tema con la velocidad de un niño aburrido—. Ése era mi destino antes. Qué lástima.
William miró hacia abajo. Reconoció las ruinas humeantes. Era la casa de los Grayson. O lo que quedaba de ella. Su corazón se detuvo un segundo, pensando en Debbie y Oliver.
—Vine aquí a buscar a mi mamá antes —comentó Mohawk con despreocupación—. Qué lástima que no estuviera en casa. Me habría encantado matarla otra vez.
Se rió. Una risa clara, sin malicia aparente, como si hubiera dicho algo gracioso.
Algo en William se rompió. El miedo, la confusión, la lástima, todo se fundió en una rabia pura y cristalina.
—¡MALPARIDO! —gritó, su voz quebrándose por la fuerza de la emoción—. ¿Qué verga te pasa? ¿Cómo mierda pudiste matar a Debbie? ¡Era tu madre! Era amable; ¡me trataba como si fuera su propio hijo!
Mohawk Mark parpadeó, sorprendido por el arranque. No parecía enfadado, sino… confundido. Como si no entendiera por qué William estaba tan alterado por algo tan trivial.
—Lo siento —dijo, y sonaba genuinamente desconcertado, como un niño que no entiende por qué su dibujo feo no le gusta a mamá—. No quise molestarte.
La sinceridad simple en su tono fue el golpe final. William no podía más. Giró la cabeza, mirando hacia otro lado, tratando desesperadamente de controlar el temblor que lo recorría, de separar los pedazos rotos de su mente.
El vuelo continuó en un silencio tenso, hasta que un nuevo panorama se desplegó ante ellos. Un claro en medio de una zona industrial arrasada. Y en él, figuras.
El pánico, un pánico nuevo y más profundo, se apoderó de William. Los vio. Los otros siete.
Estaban dispersos, algunos sentados en vigas retorcidas, otros de pie, observando el horizonte. Omni-Mark, con su capa roja manchada de hollín, hablaba en voz baja con Viltrumite Mark, quien asentía con gesto militar, ajustando el faldón blanco de su uniforme. Sinister Mark estaba aparte, limpiando meticulosamente una mancha oscura en su guante amarillo, su capa dorada inmóvil a pesar del viento. Prisoner Mark estaba acurrucado contra un contenedor aplastado, sus lentillas negras fijas en nada, acariciando el borde de su pantalón blanco. Maskless Mark miraba su reflejo en un trozo de metal pulido, alisándose el cabello con una indiferencia total. Emperor Mark estaba dando lo que parecía una arenga a nadie en particular, gesticulando con arrogancia. Fullmask Mark era una silueta azul y negra perfectamente quieta en la sombra de un tanque volcado, su cabeza girada hacia la dirección de la que llegaban.
Todos, de una forma u otra, llevaban las marcas de la batalla. Sangre, rasgaduras, polvo. Y todos, al sentir la llegada, giraron sus cabezas al unísono.
El peso de sus miradas cayó sobre William como una losa. No eran las miradas de héroes. Eran las miradas de depredadores. De adolescentes poderosos y trastornados que habían estado jugando a un juego mortal. Y ahora, su juguete nuevo había llegado.
—¡Bájame! —suplicó William, su voz un hilo de terror—. ¡Por favor, no quiero morir!
Se retorció, pero los brazos de Mohawk Mark, que un momento antes habían sido su prisión, ahora se cerraron a su alrededor en un abrazo protector y posesivo.
—No te asustes —susurró Mohawk contra su oído, pero su voz tenía un filo de excitación—. No dejaré que te maten. Los mataré a todos si lo intentan.
—¡Sí, claro! ¡Eso me hace sentir muy protegido! —bufó William con sarcasmo desesperado.
Mohawk Mark descendió en un arco pronunciado, aterrizando con un suave impacto que no coincidía con la fuerza que transmitía su cuerpo. Los colocó justo en el centro del claro, frente a las otras variantes.
El silencio fue absoluto.
Las ocho variantes, los ocho Marks restantes de los veinte que habían iniciado la invasión (los otros doce, William no lo sabía, yacían muertos en distintos puntos de la ciudad, eliminados por los héroes y las fuerzas de Cecil), observaban. Algunos con sorpresa (Maskless alzó una ceja). Otros con indiferencia calculadora (Viltrumite y Emperor lo evaluaron como un recurso). Unos con curiosidad fría (Omni-Mark inclinó la cabeza). Y uno, Prisoner Mark, se enderezó lentamente, sus lentillas negras fijas en William, y en su rostro se dibujó una expresión de tal asombro doloroso, de tal anhelo reconocible, que hizo que a William se le encogiera el corazón.
Pero fue Sinister Mark quien rompió el silencio. Una sonrisa lenta, cargada de una comprensión oscura, se extendió bajo su media máscara amarilla.
—Bueno, bueno —dijo, su voz un susurro sedoso que cortaba el aire—. Parece que alguien decidió cobrar su pago por adelantado.
Mohawk Mark apretó a William contra su pecho.
—Él es mío —declaró, con la petulancia de un niño reclamando el juguete más grande del parque—. Levy me lo prometió a mí.
Un coro de risas, gruñidos y exhalaciones de fastidio resonó en el claro.
—¿A ti? —escupió Emperor Mark, levantando la barbilla con desdén—. Por favor, bárbaro. Un emperador no comparte sus tratos con rebeldes malolientes. Levy me aseguró que yo sería recompensado con lo que más anhelaba. Claramente, habla de este… humano. —Su gesto hacia William fue despectivo.
—Tu coronita debe estar demasiado apretada, su alteza —replicó Omni-Mark con una voz que imitaba la cadencia grave y autoritaria de Nolan—. La lógica dicta que el que cumple la misión con mayor eficiencia merece la mejor recompensa. Y destruí más infraestructura que cualquiera de ustedes. Él es mi responsabilidad.
—¿Responsabilidad? —intervino Viltrumite Mark, hablando por primera vez. Su tono era frío, profesional—. Es un recurso valioso que requiere custodia y protocolo. No un trofeo para niños con complejo paterno o rebeldes sin causa. La disciplina viltrumita es lo único adecuado para… preservarlo.
—¡Preservarlo! ¡Ja! —Maskless Mark se rió, un sonido corto y cínico—. Lo único que van a hacer es asustarlo hasta matarlo o pelearse hasta destrozarlo. Mírenlo. Tiembla. —Señaló a William con un dedo despreocupado—. Yo solo quiero lo que me prometieron y largarme de este desastre. Pero si es él… bueno, no lo voy a dejar con ustedes, maníacos.
—Torturarlo sería más divertido si lo compartimos… —murmuró Sinister Mark, lamiéndose los labios detrás de la máscara—. Pedazo a pedazo. O… entero. Depende del humor.
William sintió que las lágrimas le nublaban la visión. El pánico era un animal vivo dentro de su pecho. Estaban discutiendo por él como por un objeto, pero cada uno con una posesividad distinta, cada uno creyendo tener el derecho exclusivo. Y entre ellos, Prisoner Mark y Fullmask Mark guardaban silencio. El primero lo miraba con una tristeza infinita, el otro era una estatua impasible, pero William podía sentir el peso de su atención, tan intensa como la de los demás.
—¡Cállense todos! —rugió Mohawk Mark, su voz cargada de una ira adolescente y celosa—. ¡Yo lo encontré! ¡Yo lo salvé! ¡Es mío!
—¿"Salvó"? —preguntó Emperor Mark con sorna—. ¿De qué, exactamente? ¿De la pared que tú derribaste? Patético.
Mohawk se sonrojó de furia. —¡Al menos yo hice algo! ¡No solo me paré a dar órdenes como un idiota con corona de papel!
—¿Cómo te atreves a hablar así a tu emperador, gusano? —Emperor Mark dio un paso al frente, su aura de autoridad chocando contra la rebeldía salvaje de Mohawk.
—¿Emperador de qué? ¡De un montón de escombros y de tu propia imaginación! —le escupió Mohawk.
La tensión subió como la marea. Viltrumite Mark se colocó en una postura lista para el combate. Omni-Mark cruzó los brazos, observando con aire de superioridad. Sinister Mark sonreía, disfrutando del espectáculo. Maskless Mark se frotó la nuca, exasperado.
—Están actuando como niños —dijo, y su voz, casual, cortó el aire—. Peleando por un juguete. ¿No se dan cuenta? Levy nos mintió a todos.
El silencio cayó de golpe. Ocho pares de ojos, algunos con ira, otros con cálculo, otros con lenta comprensión, se clavaron en Maskless.
—¿Qué? —gruñó Emperor.
—Piénsenlo —insistió Maskless Mark, señalándolos a todos con un gesto amplio—. Cada uno cree que él es el especial, el único que recibiría su "premio". Pero si todos estamos aquí, discutiendo por lo mismo… es porque todos pedimos lo mismo. Levy nos jugó. Nos usó para su venganza y nos dio la misma carnada.
La revelación flotó en el aire, pesada y venenosa. William podía ver cómo procesaban la idea. La rabia no disminuyó; se transformó. Ya no era solo celos entre ellos. Era la rabia del engañado, del usado, y se sumaba a la obsesión que ya sentían por él.
—Entonces… —dijo Sinister Mark, su voz más baja, más peligrosa—. El premio no tiene dueño único. Es… de todos. O de nadie.
—O —susurró Prisoner Mark, hablando por primera vez. Todos se volvieron hacia él. Su voz era áspera por el desuso, pero clara—. O es suyo. Y nosotros… solo estamos aquí para asegurarnos de que no lo pierda otra vez.
Sus palabras, llenas de una trágica resignación, causaron otro tipo de silencio. William lo miró, y en esos ojos negros y opacos, creyó ver un destello del dolor más profundo que había contemplado jamás.
—Patético —escupió Emperor Mark, pero sin su fuerza habitual—. ¿Propones que lo compartamos? Como si fuera un dulce.
—No lo estamos compartiendo —dijo Omni-Mark, su tono adoptando una extraña cualidad paternal, dirigida no a William, sino a la situación—. Lo estamos protegiendo. Colectivamente. De los demás. Del mundo. De todo. —Miró a William directamente—. Ya nadie te hará daño. Lo prometemos.
Era la promesa más aterradora que William había escuchado en su vida. No era liberación. Era una sentencia. Una custodia eterna por parte de ocho carceleros amorosos, traumatizados y peligrosísimos.
Mohawk Mark aún lo sostenía, pero su agarre ya no era solo posesivo. Era… parte de un círculo. William miró a cada uno de ellos: al emperador berrinchudo, al soldado fanático, al hijo que imitaba a su padre, al caníbal reprimido, al prisionero culpable, al cínico sin máscara, al tímido enmascarado, y al rebelde que lo sostenía.
No eran un equipo. Eran un desastre multiversal a punto de estallar. Y él, William Clockwell, el chico al que todos abandonaron, era el epicentro.
Estaba, sin lugar a dudas y por completo, acabado. Y sin embargo, rodeado por esos ocho pares de ojos que lo miraban como si fuera la única estrella en un cielo vacío, por primera vez en mucho, mucho tiempo, no se sentía invisible.
Se sentía terriblemente, catastróficamente, visto.
